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lunes, 3 de mayo de 2010

EN ESTO PENSAD -- MAYO 2010

La Santidad

Santo es aquello que puede considerarse que está limpio, libre de pecado, apartado para uso especial. La palabra santidad alude a la excelsa virtud que perteneciendo a Dios, Él la confiera a los Suyos. Los creyentes son santos porque Dios les hace así. El que no es santo no es de Dios. El uso indebido de esta palabra ha hecho que muchos crean que proviene de un esfuerzo meritorio del ser humano.
El diccionario secular indica que la santificación es un acto de la gracia de Dios. En realidad se trata de un título divino dado por el mismo Dios a quienes reciben Su Hijo Jesucristo como Señor y Salvador personal. Él es el santificador de los seres humanos, por Su sangre. Y el medio de esa santificación es el Espíritu Santo que recibe quien cree, en el momento de hacerlo.
El apóstol Pablo llamaba “santos y fieles en Cristo Jesús” a los creyentes de las iglesias a las cuales escribía. Eso no quería decir que fueran literalmente perfectos, sino que así lo eran a la vista de Dios, en razón de la obra redentora del Señor Jesucristo.
Al ser justificados por la sangre preciosa del Señor de la gloria, los creyentes somos santificados,.
Sin embargo, siempre en esta vida ha de quedar en los santificados un resquicio en donde está agazapado el viejo ser corruptible, que ha sido vencido pero que no está muerto, y que inclina o busca inclinar hacia el pecado.
Si se obedece a este impulso, y se peca, debe haber inmediato arrepentimiento, sabiendo que Abogado hay ante el Padre, y es el mismo Señor que dio Su sangre preciosa para justificar al pecador – lee 1 Juan 2:1.
Cada creyente ha sido declarado santificado para siempre, y no por sus propios méritos, sino por la sangre derramada en el altar del Calvario por el Cordero perfecto y sin mancha en sacrificio agradable a Dios, Juez justo (He. 10:14).
El santificado por la gracia de Dios nunca habrá de perder esa santificación, que significa haber cambiado de naturaleza, pero es necesario que procure constantemente tener una separación práctica de toda inmundicia y mundanalidad.
Es importante por ello que cada día y a cada instante busque ponerse en las manos del Señor, para que Él le dirija y le encamine, y además, al final de cada jornada, pida ser limpiado de los pecados de contaminación que le rodean constantemente en este mundo.
El Señor, que es la fuente de la santidad, al respecto indica a los Suyos: “Sed santos, porque yo soy santo” (Lv. 20:7; 1 P. 1:15-16). No es una sugerencia sino un mandamiento, y por lo tanto, es nuestra responsabilidad personal. Pero pérmiteme preguntar: ¿eres santo en toda tu manera de vivir?
adaptado de “Manzanas de Oro”, agosto 1998, pág. 21
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LA DOBLE PREDESTINACIÓN:
DOCTRINA ERRÓNEA DE CALVINO Y CALVINISTAS


No somos calvinistas, por muchas razones de peso. Entre ellas está la doctrina no bíblica que pronunció Juan Calvino, y los calvinistas la creen casi de pies juntitos: que Dios predestinó no sólo a algunos a la salvación sino que también predestinó a todos los demás a la perdición y éstos no pueden ser salvos. Calvino escribió:

"La predestinación es el decreto eterno de Dios por el que ha determinado lo que quiere hacer de cada uno de los hombres. Porque Él no los crea a todos con la misma condición, sino que ordena a unos para la vida eterna y a otros para condenación perpetua. Por tanto, según el fin para el cual el hombre es creado, decimos que está predestinado a vida o a muerte".
"En conformidad con la clara doctrina de la Escritura, afirmamos que por un consejo eterno e inmutable, Dios ha determinado una vez y para siempre a quiénes admitirá a la salvación y a quiénes condenará a la destrucción".
Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, III, XXI, 5, págs. 728, 729, 733

A continuación citamos la respuesta de los sres. Martínez y Trenchard:

"...el Evangelio y su proclamación constituyen el medio ordenado por Dios para la salvación del hombre...basado sobre una obra redentora de posibilidades infinitas. Por lo tanto, podemos ponernos delante de cualquier hombre o mujer en el mundo declarando en el Nombre de Cristo que el amor de Dios quiere la salvación de todo pecador, habiéndose hecho amplia provisión para esta salvación, de modo que todo aquel que cree recibe vida eterna. Al mismo tiempo, el que rechaza manifiesta ser indigno del don de vida provisto por la gracia divina y se pierde. El que cree en la doble predestinación —la predestinación para vida y la reprobación— no puede dirigirse con sencillez y sinceridad a todo aquel que le escucha, pues está convencido de que la suerte de las almas que tiene delante se ha fijado por secreta decisión divina desde la eternidad".
José M. Martínez y Ernesto Trenchard, Escogido en Cristo, CLIE, pág. 78-79
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Ofrendas de Gran Valor

“Pero todo lo he recibido, y tengo abundancia; estoy lleno, habiendo recibido de Epafrodito lo que enviasteis; olor fragante, sacrificio acepto agradable a Dios” (Filipenses 4:18).

La carta de Pablo a los filipenses fue un reconocimiento a la ofrenda de amor que había recibido de los creyentes de Filipo. Probablemente se trataba de dinero. Lo sorprendente es la manera en la que el apóstol magnifica este obsequio. Lo describe como: “olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios”. En Efesios 5:2 utiliza una expresión similar para describir el gran don de Cristo ofrecido en el Calvario: “ofrenda y sacrificio de olor fragante”. Es impresionante pensar que una ofrenda dada por los hombres a un siervo del Señor se festeje con un lenguaje similar a aquel con el que se describe al Don Inefable. J. H. Jowett comenta con gran elegancia al respecto: “¡Qué inmenso es, entonces, el significado de una bondad aparentemente local! Pensaban que ministraban tan sólo a un hombre pobre, y en realidad acudieron en ayuda del mismo Rey. Imaginaron que la fragancia estaría confinada a un estrecho e insignificante vecindario, y he aquí, el dulce aroma se esparció por todo el universo. Creían que trataban solamente con Pablo, y encontraron que ministraban al Salvador y Señor de Pablo”. Cuando comprendemos la verdadera naturaleza espiritual de las ofrendas cristianas y su amplio alcance de influencia, dejamos de dar a regañadientes o por necesidad. Nos inmunizamos para siempre contra los trucos de aquellos profesionales que extorsionan las conciencias de muchos levantando fondos recurriendo a toda clase de zalamería, patetismo o comedia. Descubrimos que dar es una forma de servicio sacerdotal y no una imposición legalista. Damos porque amamos, y amamos dar. La verdad admirable de que mi minúscula ofrenda al Gran Dios llena de fragancia el salón del trono del universo, debe llevarme a adorarle humildemente y a ofrendar jubilosamente. La oportunidad de entregar mi ofrenda el domingo ya jamás será un deber aburrido o pesado, sino un medio verdadero de dar directamente al Señor Jesús como si estuviera corporalmente presente.
William MacDonald, de su libro De Día en Día, CLIE
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DIOS AMA AL DADOR ALEGRE

"Las obras de caridad, como todas las demás buenas obras, deben hacerse de manera reflexiva e intencionada...La ayuda debe darse con generosidad, sea más o menos, no con renuencia, sino con alegría. Mientras algunos desparraman y aun así crecen, otros retienen más de lo que se ve y eso lleva a la pobreza. Si tuviésemos más fe y amor desperdiciaríamos menos en nosotros mismos, y sembraríamos más con la esperanza de un crecimiento abundante".
extracto del Comentario de Matthew Henry sobre 2 Corintios 9:6-15
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La Danza y La Iglesia
Si alguien, pues, se refiere al ejemplo de David para elevar la danza, para que pase a ser una parte integral y normal del culto, hay que responderle que todo estaría en orden si bailara tantas veces como David. Pero, en este caso, se entresaca un evento único y se concluye de él la norma de conducta para una forma de culto definitiva. Este método es un ejemplo de la falta de sobriedad en el manejo de la interpretación de la Biblia... La Biblia no reconoce la danza en el culto. Para el Nuevo Testamento la danza es algo ajeno. La Iglesia no bailó, tampoco los grupos de creyentes o los hermanos individuales, ni los discípulos en el acontecimiento de Pentecostés, ni la Iglesia cuando miles se convirtieron por las predicaciones de Pedro. Pablo no bailó, tampoco Juan después de recibir por revelación el último libro de la Biblia. El Señor no bailó y tampoco Sus apóstoles, los discípulos o la Iglesia... Aunque el dictamen de la Biblia es muy claro, seríamos ingenuos si pensáramos que esta generación de creyentes se deja impresionar por ello. Estos pensamientos no encontrarán solamente una respuesta positiva. Vivimos en los días en que los creyentes se amontonan maestros conforme a sus propias concupiscencias (2 Ti. 4:3-4), y hoy no existe casi ningún comportamiento erróneo que no se pueda, aparentemente, justificar con ciertos pasajes bíblicos. Por eso, termino con esta lamentación, no muy optimista, de Jeremías: “Abrazaron el engaño, y no ha querido volverse” (Jer. 8:5).

Alexander Seibel, Música y Danza, (Llamada de Medianoche), págs. 21, 30-31
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EL CAMINO ROMANO

Tenía una opinión buena de mí mismo hasta que un amigo me invitó a dar un paseo en el camino romano. No sabía yo qué era esto. Se trata del libro en el Nuevo Testamento llamado “Romanos”. Mi amigo usó sólo este libro para abrir mis ojos a mi relación con Dios, y desde entonces no he sido lo mismo. Me advirtió que podría dolerme el paseo, y tenía razón porque empezó esclareciendo mi verdadera condición delante de Dios.
“Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios...” Romanos 3:23
Esto sonaba fatídico, especialmente cuando me enteré de la paga del pecado.
“La paga del pecado es muerte...” Romanos 6:23a, y no hay rebajas.
Mi futuro parecía negro, porque como pecador ví que estaba condenado y que Dios me iba a juzgar. Entonces, me explicó que Dios en amor había provisto para“vida eterna”.
“Mas la dádiva de Dios es vida eterna en Jesucristo Señor nuestro” Romanos 6:23b
Entonces me mostró cómo Dios dio a Su Hijo Jesucristo en sacrificio expiatorio por mi pecado. ¡Jesucristo tomó mi culpa y sufrió por mí el castigo que merezco!
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. Romanos 5:8
Yo me preguntaba si Dios me aceptaría. Mi amigo me aseguró con más buenas noticias.
“Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo”. Romanos 10:13
Él veía que me conmovía lo que estaba aprendiendo, así que me enseñó lo que debía hacer para recibir el perdón de Dios y la vida eterna.
“Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”. Romanos 10:9
Entonces pasó algo dentro de mí. Me impactó el saber que soy pecador culpable y que Dios como juez justo iba a juzgar mi pecado. Pero todavía más me impactó ver Su amor al enviar a Su Hijo a morir en la cruz sufriendo mi castigo por mí, y levantándolo de los muertos al tercer día. Entendí que Jesucristo vive y que por medio de Él Dios quiere perdonarme y darme vida eterna. Entonces, arrepentido de mis pecados, deposité mi confianza en el Señor Jesucristo y Su sacrificio por mi en la cruz. Creí de corazón y le confesé con mi boca, aceptando la dádiva de Dios, vida eterna, en Jesucristo. Fue el momento más grande de mi vida, y por supuesto que estaba emocionado. Luego pregunté a mi amigo si había algo en el libro de Romanos que podría ayudarme en mi nueva vida de creyente. Me dirigió la atención a los primeros dos versículos de Romanos 12.
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.
Me explicó que si doy primer lugar a Dios en mi vida, las demás cosas se arreglarían según el plan de Dios para mí. Leo la Biblia mucho desde ese día, y mi amigo tenía razón. Mi vida ha sido transformada por el Señor Jesucristo y la Palabra de Dios.
Veía mucho a mi amigo después de esto, porque fui con él a congregarme con otros creyentes, y me bauticé públicamente para anunciar a todos mi nueva vida en Cristo. Ahora hay muchos versículos subrayados en mi Biblia, pero nunca olvidaré el camino de Romanos porque mi amigo lo usó para mostrarme el camino de vida eterna.
Es por esto que comparto esto, para que Ud. también pueda conocer el camino romano y la vida eterna. Porque las buenas noticias, hay que compartirlas.
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¡ A L E L U Y A ! ... ¿ ?

“Según el Nuevo Testamento, ¿cuántas veces resuena el ALELUYA sobre la Tierra?” Esta pregunta la hizo un predicador amigo a un hermano que con impertinencia interrumpía sus prédicas voceando de voz en cuello “¡A l e e e l u u u y a!” en los momentos más inoportunos durante el sermón.
“¿Qué cuántas veces resuena el aleluya en la tierra?” “Pues... muchas, muchas veces”, respondió el hermanito. “Pues vea”, le dijo el predicador, “Aleluya no resuena en al tierra ni una sola vez en el Nuevo Testamento. Resuena sólo en el cielo y esto únicamente en un solo capítulo del último libro de la Biblia”.
No obstante este limitado uso, aquí en la tierra escuchamos el "A l e -
l u y e o" en cantidades astronómicas. Algunos lo usan superficialmente como si se tratara de un estribillo o de un refrán. Otros para hacer demostraciones de espiritualidad. Predicadores hay que cuando se les acaba la gasolina apelan al Aleluya como relleno para tomar impulso; como una pausa de punto y coma en lo que se les va ocurriendo más palabrerío para proseguir. Hay quienes lanzan aleluyas repetidamente, fuertemente, atronadoramente, como si fueran saetas incendiarias. Las envían para incitar emotivamente a los oyentes. En turno, éstos se las devuelven con estrepitosas andanadas como si se tratase de un ametrallamiento entre dos bandos. La gritería sube tanto de volumen y de color que es capaz de intimidar al más bravucón o de ensordecer a cualquiera.
El modelo de predicadores, Jesucristo, pronunció su sin igual Sermón del Monte de los capítulos 5, 6 y 7 de Mateo sin usar el recurso de los Aleluyas ni una sola vez. Los Aleluyas estuvieron ausentes de su brillante Sermón del Monte Olivar del capítulo 24. Lo mismo hizo su fogoso discípulo Pedro cuando le tocó predicar el histórico sermón del día de Pentecostés y su productivo mensaje en la casa del centurión Cornelio. Notamos la ausencia de los Aleluyas en el sermón de San Pablo a los filósofos sobre el Areópago ateniense y en sus discursos de defensa frente a los gobernadores Félix y Porcio Festo y ante los reyes Agripa y Berenice. Los predicadores contemporáneos más destacados, sustanciosos y fructíferos, tampoco incluyen los Aleluyas en sus mensajes.
Con amargo espíritu de juicio hay quienes se permiten clasificar de “fríos” los cultos donde el Aleluya brilla por su ausencia. Para ellos la temperatura de un culto se mide A l e l u y a m e n t e. Aún los creyentes individualmente son enjuiciados de “fríos” o absueltos como “calientes” dependiendo del número y del volumen con que truenen sus A l e l u y a s en el culto. Esta desafortunada consigna arroja resultados negativos. Promueve entre los nuevos convertidos un aceleramiento desproporcionado por aprender rápido lo que ellos perciben ser las leyes del juego y el carnet de pase a la aceptación. ¿Resultado? que muy pronto se les ve en el pleno descargue de Aleluyas al por mayor y detalle.
Este estado de cosas es por demás triste, deprimente e innecesario. Se hace intolerable al que llega a discernir que se puede llegar a este y a cualquier otro aspaviento sin tener raíz, ni profundidad en la vida espiritual. Cualquiera puede hacer esto. No es tan difícil condicionar la emoción, ni descargarla por el tubo de la rutina.
Resulta contraproducente cuando en medio de un sermón en el que el predicador dice “si no te arrepientes irás al infierno”, la gritería responda: “¡Amén! ¡Aleluya!” como si dijera: “¡Qué bueno que ése va para el infierno! ¡Así sea alabado Dios por ello!” A veces el orador narra con destreza e intensidad emocional una volcadura de automóvil en la que pierden la vida sus ocupantes. Ilustraciones de esta naturaleza suponen evocar en el auditorio un profundo sentimiento de pena, de identificación con la desdicha de los accidentados, pero...¿cómo se responde? “¡Aleluya, gloria a Dios!”
Quede claro que no estamos inculpando a los que A l e l u y a n como quienes hacen estas inapropiadas intervenciones con intenciones de producir efectos negativos. Eso nunca. Todo lo que este asunto demuestra es que se puede ser víctima de psicosis, y que ésta puede estar barrenada tan hondamente, que ésta apriete el gatillo inconscientemente. Una vez sale este disparo, ya no se le puede hacer regresar. Pero es el caso que el uso inoportuno, inapropiado, indiscriminado de esta significativa palabra de alabanza, además de ser absurdo, deja impresiones muy desfavorables en el ánimo de las gentes. El sabio Salomón en Proverbios capítulo 25, versículo 11 exhorta: “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene”. Las palabras dichas con sazón en el tiempo adecuado son como la combinación de estos dos metales preciosos cuando se confecciona un ornamento. Son palabras sobre ruedas que se mueven, ensanchan su benéfica influencia, y no mueren. El proverbista subraya en su libro de que bajo el sol hay tiempo oportuno para todo. Esta filosofía debía servir como una saludable lección. San Pablo por su parte anima a los cristianos Colosenses a “andar sabiamente para con los de afuera” y para ello les recomienda: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal” [4:5-6].

¿QUÉ SIGNIFICA ALELUYA?

Aleluya es un vocablo hebreo compuesto del verbo Alelu que significa load y el nombre Ya que es una abreviación de Yavéh, Yaué, Yajué o Jehová. El nombre de la Deidad que invoca la palabra Aleluya, hace de ella una palabra de un significado profundo, muy profundo. Tan profundo como la inmensidad del Ser que forma parte de su estructura. Aleluya es tan sublime como el Dios a quien supone va dirigida su alabanza. El nombre de Yavéh que incluye la invocación de este vocablo debe hacernos pensar dos veces antes de ametrallar a mansalva a un auditorio con esta sagrada palabra. A l e l u y a r sin ninguna consideración, sin ninguna ciencia o discriminación, sólo para darnos a conocer como cristianos o quizás sólo para ser vistos u oídos, o para producir ruido, o para impresionar a otros de nuestra espiritualidad, para aparentar que “estamos en la cosa” o para “calentar” un culto, nos pone en el riesgo de usar el nombre de Yavéh en vano. Aleluya, repito, significa alabad a Yavéh. Yavéh es Dios, alto, sublimado, y su carácter es reverendo o reverenciable.
Los judíos tenían un concepto tan elevado y un escrúpulo tan profundo en cuanto al uso del Nombre del Inefable, que eran en demasía puntillares observando la prohibición del tercer mandamiento de la ley de Dios. Este mandamiento dice: “No tomarás el nombre de Yavéh tu Dios en vano; porque no dará por inocente Yavéh al que tomare su nombre en vano” [Éxodo 20:7]. Poseídos de un profundo sentimiento de reverencia al Nombre de Yavéh, los judíos se abstenían de pronunciar este nombre y preferían substituirlo con otras designaciones como Adonai o Elohim. Al transcribir las Sagradas Escrituras cuando estas contenían el nombre Yavéh, los escribas pausaban y se lavaban mucho las manos antes de transcribir el nombre de la Deidad.
La única porción del Nuevo Testamento que contiene la palabra Aleluya es el capítulo 19 de Apocalipsis. En sus primeros seis versículos encontramos una gran multitud en el cielo que la trae a colación cuatro veces. La primera vez se encuentra en el versículo uno y dice: “Después de esto oí una gran voz de gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya! Salvación y honor y gloria y poder son del Señor Dios nuestro”. Como bien señala el predicador canadiense, Boyd Nicholson, este es el Aleluya de redención o de salvación si se quiere. Lo entonan con regocijo los redimidos por la sangre del Cordero que ahora moran en la casa celestial.
La segunda vez se halla en el versículo tres donde se lee: “Otra vez dijeron: ¡Aleluya! Y el humo de ella sube por los siglos de los siglos”. Este es el Aleluya de retribución o de juicio sobre la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, vengando la sangre de sus siervos de la mano de ella.
La tercera mención de la palabra se hace en el versículo 4 y éste dice: “Y los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron en tierra y adoraron a Dios, que estaba sentado en el trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya!” Este es el Aleluya de adoración que entonan los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes que se postran ante el trono de Yavéh —Yavéh — para adorarlo.
La cuarta y última mención de Aleluya la hace el versículo 6 en estos términos: “Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!” Este es el Aleluya de subordinación a la majestad, al señorío, al reinado del Señor Dios Todopoderoso.
Aleluya, amigo nuestro, es una palabra para el uso exclusivo de los redimidos, de los que conocen al Señor, le aman, y le reverencian. Si usted lee este tratado ahora y todavía no ha sido redimido de sus pecados por la sangre preciosísima de Jesucristo, quiero invitarle a arrodillarse en cuerpo, y a inclinarse en espíritu ante la majestad de Dios, y allí, arrepentido de sus pecados, pídale a Él que lo perdone y lo reciba en su familia. La Biblia nos asegura que a los que reciben al Hijo de Dios como Salvador, Él los hace hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Acepte a Jesucristo hoy y aprenda en la sinceridad y en la profundidad de su corazón a decirle: ¡ALELU - YA!

Mariano González V.

Si desea más copias de este tratado para repartir, fotocopie o reproduzca en una imprenta tantas copias como necesite.

Apartado 2153, Santo Domingo, República Dominicana




martes, 20 de abril de 2010

EN ESTO PENSAD -- ABRIL, 2010


¿A QUIÉN AYUDARÉ?
(Parte II)
Donald Norbie

La verdadera fe obra en silencio con respecto a sus necesidades. Hay una dignidad asociada con el camino de fe. El que anda en dependencia sencilla del Dios del cielo no abarata a Su Dios mendigando y publicando sus necesidades. Pablo podía decir: “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado” (Hch. 20:33). Prefería trabajar con sus manos antes que deshonrar al evangelio pidiendo dinero.
Cuando el siervo de Dios ve menguar sus provisiones, como Elías veía secarse el arroyo, su único recurso es Dios. Puede que clame a Dios en oración de corazón torturado por dudas e inquietudes, pero ante los hombres sus labios no emitirán ni una palabra. A sus hermanos les puede parecer que no tenga necesidad, porque no la publica excepto a Dios en oración. En consecuencia, los que deseamos ofrendar a estos hermanos necesitamos ejercitar espiritualmente nuestros corazones delante de Dios, y tomar compromiso respeto a los que realmente viven por fe. El que vive así está comprometido con un camino de silencio, excepto delante de Dios. Dios sabe, y esto es suficiente.
Quizá el que ofrenda diga: “¡Pero si sólo supiera sus necesidades!” ¿No puede el Dios que llamó a Su siervo guiar tu corazón a lo que debes ofrendar? Pero esto requiere ejercicio en oración. Siempre es más fácil leer una carta de alguien que pide y da el número de su cuenta bancaria y entonces enviar un cheque o giro. ¡Qué vergüenza deberíamos sentir por nuestra pereza espiritual!
¿Cuánto debo ofrendar? ¿Por qué no considerar las circunstancias del obrero? ¿Está casado? ¿Tiene hijos? ¿Tiene necesidades especiales, quizá gastos de hospital o médico? ¿Dónde trabaja, en la obra pionera o en asambleas establecidas? Considera estas cosas antes de ofrendar.
¿Por qué no pides al Señor que ponga sobre tu corazón uno o dos obreros en tu país y en el extranjero, para que puedas fortalecer sus manos? Escríbeles e intenta conocerles mejor. Pide una foto y ora por ellos. Entreteje tu vida con la suya para que de veras compartas con ellos en la obra de Dios. Entonces, al orar, Dios puede dirigir tu corazón respecto a tus ofrendas. Haciendo esto, descubrirás que es verdad la Palabra cuando cita al Señor Jesús: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hch. 20:35).
del su libro LA IGLESIA PRIMITIVA, Editorial Berea

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Acerca del Evolucionismo

“Preferiría creer en las hadas que en unas especulaciones tan desenfrenadas. He dicho durante años que las especulaciones acerca del origen de la vida no nos llevan a ningún buen propósito, por cuanto incluso el más simple sistema vivo es excesivamente complejo para poder ser comprendido en términos de la química extremadamente primitiva que los científicos han empleado en sus intentos de explicar lo inexplicable. Dios no puede ser desechado con pensamientos tan superficiales”.
Ernst B. Chain, citado por Ronald W. Clark, The Life Of Ernst Chain: Penicillin and Beyond (“La vida de Ernst Chain: Penicilina y más allá”), Londres: Weidenfeld & Nicholson, 1985, págs. 147-148. Bioquímico. Premio Nobel.

“Se nos dice dogmáticamente que la evolución es un hecho establecido, pero nunca se nos dice quién lo estableció ni por qué medios. Se nos dice, bien a menudo, que la doctrina está basada sobre evidencia, y que lo cierto es que esta evidencia está desde ahora más allá de toda verificación, así como inmune a cualquier posterior contradicción por parte de la experiencia, pero se nos deja totalmente a oscuras acerca de la cuestión crucial: ¿Cuál es precisamente esta evidencia?”

J. Wolfgang Smith, Ph.D. en matemáticas, Universidad de Columbia, Oregon State University, MIT (Instituto Technológico de Massachusetts). Teilhardism and the New Religion: A Thorough Analysis of the Teachings of Pierre Teilhard de Chardin (“El Teilhardismo y la Nueva Religión: Un Análisis Exhaustivo de las Enseñanzas de Pierre Teilhard de Chardin”). Tan Books & Publishers, Inc., 1988).


“Ya hemos tenido bastante de la falacia darwinista. Es hora ya de gritar: “¡El emperador va desnudo!”
K. Hsu, geólogo en el Instituto Geológico de Zurich, “Darwin’s Three Mistakes” (Los Tres Errores de Darwin), Geology, Vol. 14 (1986), pág. 534.


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EL HOGAR, POR FIN
William Macdonald

No hay palabras que si quiera se aproximen a una descripción adecuada de las glorias del cielo. Ninguna mente mortal puede comprenderlo. Pero Dios nos ha dicho suficiente al respecto como para que tengamos cada vez más añoranza de ir allá. Spurgeon dijo:

“Si no tuvieras añoranza del cielo, seguramente podrías cuestionar si el cielo te pertenece o no. Si alguna vez has gustado el gozo de los santos, como seguramente los creyentes hacen en la tierra, entonces cantarás con el alma llena:

Mi espíritu sediento desfallece,
Deseando llegar a la tierra que amo,
La herencia radiante de los santos,
La Jerusalén de arriba”.

J. Sidlow Baxter presenta una vista con diez facetas de la salvación final en las huestes incontables de pecadores salvados y transplantados en el cielo como santos glorificados:

“Delante del trono” — visión bendita
“Vestiduras blancas” — santidad sin mancha
“Palmeras” — victoria finalizada
“Le sirven” — ministerio sublime
“Él les cubre” — seguridad eterna
“Jamás tendrán hambre” — satisfacción eterna
“El sol no les fatigará” — felicidad sin fallo
“Él les pastoreará” — serenidad en Su amor
“Aguas vivas” — inmortalidad perfecta
“Toda lágrima enjugada” — gozo perfecto sin caducidad

Robert G. Lee llamó al cielo “el lugar más hermoso que la sabiduría de Dios puede concebir y el poder de Dios puede preparar”. Dio en el blanco cuando dijo:

“Un día, cuando entremos por aquellas puertas de perlas, y veamos por primera vez la hermosura asombrosa alrededor nuestro, pienso que buscaremos a Juan y diremos: “Juan, ¿por qué no nos dijiste que es tan hermoso?” Y Juan responderá: “Intenté decíroslo cuando escribí los capítulos veintiuno y veintidós del último libro de la Biblia, después de tener la visión, pero no pude”.

Cuando nuestros parientes y amigos creyentes son llevados para estar con el Señor, nos es un consuelo inexpresable saber que ellos están en el lugar del día eterno, conscientemente disfrutando la presencia del Señor y las glorias del cielo. No quisiéramos hacerles volver a este desierto de pecado y tristeza.
Para nosotros los que estamos en Cristo, ¡qué esperanza y qué perspectiva! Pronto, muy pronto, el Salvador vendrá para llevarnos a la casa del Padre que tiene muchas moradas. Nosotros también, por fin, estaremos en nuestro hogar.


del libro EL CIELO, por William MacDonald

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EL SEÑOR JESUCRISTO

El Señor Jesucristo es el único ejemplo real y totalmente digno de seguir. Los padres deben presentarle a sus hijos en lugar de los héroes o exitosos del mundo. Los predicadores deben presentarle a sus oidores en lugar de insistir en ser seguidos ellos mismos. Los jóvenes y no tan jóvenes deben tomar compromiso con Él como su Ejemplo y Guía con todo lo que aquello implica en sus vidas, carreras, ambiciones, pasatiempos, aficiones y relaciones sociales, etc.
del libro JESUCRISTO, SEÑOR Y MAESTRO, por G. Harding Wood

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EL CRISTO DE DALÍ

“Hermosear a Cristo es sacarlo de la realidad.
Es colocarlo sobre una pared...”


Hay un óleo famoso que fue pintado en 1951 por Salvador Dalí. Se titula: “Cristo de San Juan de la Cruz”, y su ejecución fue inspirada en un dibujo hecho por un místico español, el monje carmelito Juan de Yepes, que vivió en el siglo XVI. Cualquiera que haya sido el propósito de ese hombre piadoso al hacer ese dibujo, lo cierto es que Dalí sacó de su obra una interpretación muy personal de la crucifixión. Su cuadro muestra a un Cristo crucificado, suspendido en el cielo e inclinado hacia el mundo, que está allí representado por el retrato de los dos pescadores con su red y pequeño barco. Lo que nos llama la atención es el Cristo, que no muestra ninguna señal de sufrimiento. Su cuerpo no está lacerado ni lastimado, no se ve sangre ni defecto físico alguno.No hay tensión ni fatiga en ese Cristo, quien más bien descansa sobre la cruz. Dalí mismo dice acerca de su obra: “Mi ambición estética fue completamente opuesta a todos los Cristos pintados por la mayoría de los pintores contemporáneos... Mi Cristo sería hermoso, como el Dios que Él es”. La preocupación por un Dios hermoso no permite al pintor la libertad de representar los sufrimientos de Cristo, quien en verdad es Dios. En el citado óleo, hasta la cruz es hermosa, de buena madera lustrada. El cartel que hizo burla a Su dignidad divina, queda en blanco. Si pensamos en los pescadores a la orilla del mar, como son representados por Dalí, estaríamos ante un Cristo divorciado de la realidad humana, un Cristo sin sangre, sin dolor, sin lágrimas; un Cristo demasiado bello. Muchas personas sienten emoción profunda al estudiar la obra. ¿A quién no le agrada estar en un culto religioso haciendo armonizar sus sentimientos y reflexiones con los actos solemnes allí realizados? Sin embargo, con tal actitud podemos caer en el peligro de hermosear a Cristo, reconociéndolo como un elemento más de una obra artística o de un culto religioso, sin aceptarlo como una persona histórica que aún vive. La Biblia dice de Cristo que “no hay parecer en él, ni hermosura”. El Cristo hermoso del óleo, que no vertió ni gota de sangre, ni sudó, ni derramó una sola lágrima, carece de la vida necesaria para ser el Salvador de los hombres. Por eso, vez tras vez, las Sagradas Escrituras subrayan que “Jesucristo vino en carne”, o sea que Cristo es Dios con cuerpo humano, la segunda persona de la Trinidad. Lo hizo para acercarse a la condición humana y expresar el amor de Dios en términos que pudiéramos comprender. Él sufrió en carne propia el drama de la vida común: el desengaño, el cansancio, las lágrimas, la muerte. Colgado en la cruz, lo que le desfiguró tanto fue el hecho de ser contado como un pecador, siendo que Él era perfecto en todo; ser castigado por nuestros pecados, siendo Él inocente de toda culpa. Hermosear a Cristo de esta manera, es sacarlo de la realidad, es colocarlo sobre una pared y olvidarnos que nuestra salvación requería que Él padeciera todo el furor de Dios por nuestra infracción a la ley divina. El Cristo verdadero está vivo en el cielo desde donde ofrece, a todos los que, arrepentidos, confían en Él, la salvación y la vida eterna.
“...Puede también salvar perpetuamente alos que por él se acercan a Dios” (Hebreos 7:25).

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EN ESTO PENSAD -- MARZO 2010

¿A QUIÉN AYUDARÉ?
por Donald Norbie
Acabo de recibir el correo, y como muchas veces sucede, veo una cantidad de cartas de obreros u organizaciones cristianos. Al abrir las cartas una por una, voces urgentes claman pidiendo atención y ayuda. Un movimiento estudiantil pide tu interés y ayuda. Caras patéticas y marcadas por la pobreza te miran desde otras cartas, y piden con elocuencia: “¡Dame!” Un hospital necesita ayuda; un orfanato está pasando por pruebas difíciles; un obrero nacional va a tirar la toalla a menos que le mandes una ofrenda. Cada carta tiene un mensaje conmovedor. Un programa de radio está atrasado en sus pagos mensuales, y si no mandas dinero la gente no escuchará el evangelio. La lista parece infinita.
Sin embargo, tus recursos están limitados. Amas al Señor y en lo secreto de tu corazón te has dispuesto a dar cierta proporción de tus ingresos a la obra de Dios. Ahora viene la pregunta: “¿A quién debo ofrendar? Mis ingresos tienen límite; no puedo dar a todos”.
Uno tiene que ser realista. No puede apoyar económicamente cada obra que se lleva a cabo en nombre de Cristo. Puede dar gracias a Dios por cada uno que proclama el evangelio en su sencillez, sin sentir obligación a ofrendar a todos ellos. Los motivos y métodos de estos predicadores son muchos y variados. ¿A quién debo ofrendar? ¿Cuáles son los principios que pueden guiarme a la hora de ofrendar?
En primer lugar, el cristiano debe sentir una responsabilidad prioritaria a la obra de su asamblea local de la cual él forma parte. Es la unidad básica de la comunión y el trabajo de los creyentes, y es absolutamente vital para la obra de Dios. Las Escrituras describen a la iglesia local como “columna y baluarte (soporte) de la verdad” (1 Ti. 3:15). Si esto es verdad, y estás convencido de que la asamblea donde estás en comunión es obra de Dios, entonces da lo mejor a ella, tanto en tiempo como en finanzas. Es lógico que la mayoría de lo que ofrendas irá a ella. De hecho, muchos ofrendan todo a través de ella, aun designando ofrendas a obreros por medio de la asamblea local. Aunque hay muchas formas de ofrendar, debemos recordar que el tiempo que damos al Señor o el dinero que gastamos en Su trabajo para ir de un lugar a otro, estas cosas son “extras” y no deben tomar el lugar de ofrendar en la asamblea.
¿Qué factores debes considerar para decidir qué obras vas a apoyar? En primer lugar, ¿hay principios que guían la obra que estoy considerando? ¿Son principios que gobernaban la obra de Dios en los días del Nuevo Testamento? ¿Es su meta el ver salvadas las almas perdidas y entonces congregarlas en la sencillez de la iglesia primitiva? “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios” (1 S. 15:22). Asegúrate de que tu ofrenda va a una obra marcada por obediencia a la Palabra de Dios y que sigue el patrón del Nuevo Testamento. Hay mucho pensamiento indefinido sobre esta tema. Muchos piensan que una obra evangelística debe ser apoyada a pesar de los métodos que emplee, y cualquier iglesia que predique la Palabra es digna de nuestra colaboración. ¿Es así que Dios estima la obediencia?
¿Qué sabes del carácter moral del obrero? Se dan casos como el de un radio evangelista que fue matado en un motel por el marido de una mujer con quien él tenía relaciones ilícitas. Y muchas personas habían enviado ofrendas del dinero que sudaban para ganar, en respuesta a sus peticiones de fondos en la radio, mientras que él bebía vodka y vivía en adulterio. Todavía hay quienes hacen negocio con el evangelio (2 Co. 2:17), ¡y no sólo dan el número de su cuenta bancaria, sino que también piden los datos de las cuentas de los hermanos para tomar las ofrendas que quieran de ellos! Ofrendamos a aquellos cuyas vidas son una recomendación del evangelio.
¿La obra se lleva a cabo por fe genuina en el Dios vivo? Hoy en día tantas obras que profesan ser “por fe” no muestran más fe que Caritas o “Manos Unidas”, a menos que quieran decir fe en la generosidad de la naturaleza humana. Se considera que la publicidad es la clave del éxito en la obra cristiana. Hay competencia aguda para recibir el dinero de los creyentes. Si es un “pastor” con salario o “misionero” con una paga mensual de un equipo de apoyo, los que valoramos la vida de fe y el principio de fe en la obra de Dios debemos reservar nuestras ofrendas para los que así viven y trabajan. Si no apoyamos la obra de las asambleas neotestamentarias,¿quién lo hará?
continuará, d.v., en el siguiente número

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LA GENEROSIDAD


Dios es generoso, no mezquino. Él desea que también Su pueblo sea generoso, no mezquino. Un cristiano mezquino es una contradicción, porque la mezquindad viene del egoísmo y es pecado. Nos gusta que los demás sean generosos para con nosotros, pero nos cuesta mucho ser generosos con otros. Generalmente, el pueblo de Dios peca de mezquindad en su trato con sus hermanos. Pero las Escrituras claramente enseñan que seamos generosos:
Éxodo 35:5 dice: “...todo generoso de corazón la traerá a Jehová”. Al hablar Dios de la ofrenda para el Tabernáculo, apuntó que la ofrenda es asunto del corazón (2 Co. 9:7), como lo es también la generosidad. La raíz del asunto está en el corazón.
2 Crónicas 29:31 dice: “...y todos los generosos de corazón trajeron holocaustos”. Durante el reino de Ezequías hubo avivamiento, y una de las formas de manifestarlo fue en los sacrificios presentados al Señor. Vemos la generosidad de los que trajeron holocaustos – ofrendas enteramente dedicadas al Señor – como evidencia de la obra del Espíritu de Dios en ellos.
Proverbios 11:25 dice:“El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado”. Entra de nuevo en nuestro interior para enseñarnos de dónde viene la generosidad. Comienza en el alma con una actitud y un deseo, y luego se manifiesta en dádivas generosas que sacian a los que tienen necesidad. Cuando vemos a los que han salido para predicar el evangelio viviendo sin tener a penas sus necesidades básicas cubiertas, sufriendo escasez de cosas básicas en lugar de ser saciados por nuestras ofrendas, debemos preguntarnos si nos gustaría vivir como les hacemos vivir a ellos. Puede que Dios castigue con escasez a personas e iglesias que no son generosas, dándoles conforme a sus obras.
Isaías 32:8 afirma:“Pero el generoso pensará generosidades, y por generosidades será exaltado”. La generosidad comienza en los pensamientos. A partir de allí se manifiesta en los hechos, según nuestras posibilidades por supuesto. ¿Qué pasaría si Dios nos diera como damos a otros?
2 Corintos 8:2 manifiesta:“...que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad”. Los pobres macedonios manifestaron “riquezas de su generosidad”. La generosidad de los pobres tal vez no sea tanta como la de los ricos, pero realmente en la historia de la obra del Señor han sido los pobres, más que los ricos, quienes la han apoyado. Los ricos suelen dar “de sus riquezas” y aún les queda – no necesitan depender del Señor porque tienen mucho más guardado. Los pobres que son como la viuda con sus dos blancas, dan mucho más y confían en el Señor para suplir sus necesidades. En cambio, hay otros que siempre se disculpan diciendo: “soy pobre”, y piensan que les toca a otros ser generosos, porque tienen más (¿los extranjeros?). Mis hermanos, esto es un error y tal vez un pecado.
2 Corintios 9:5 declara: “Por tanto, tuve por necesario exhortar a los hermanos que fuesen primero a vosotros y preparasen primero vuestra generosidad antes prometida, para que esté lista como de generosidad, y no como de exigencia nuestra”. Los corintios prometieron ayudar con una ofrenda a los pobres en Jerusalén, pero no llevaron a cabo con prontitud su promesa. Pensemos en esto, que Dios escucha nuestros promesas de ayuda a los hermanos, y Él quiere que seamos generosos, no simbólicos, en hacerlo.
2 Corintios 9:6 promete: “El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará”. Es la ley de la siembra y la cosecha. Si somos escasos, no generosos, en la ofrenda, echando cualquier monedita allí en lugar de preparar y traer una ofrenda generosa como sacrificio a Dios, pués Él lo tendrá en cuenta luego con nosotros.
1 Timoteo 6:18 instruye: “Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos”. Es una exhortación muy necesaria a los ricos. Suelen amar a sus riquezas y desear siempre tenerlas. Entonces cuando ofrendan, dan una parte que ellos no necesitan, sin la que realmente pueden vivir bien. Aunque los demás consideren esa ofrenda de mucha ayuda, Dios ve cuánto les queda en sus cuentas y sabe que no han sido generosos según sus posibilidades. Ricos en buenas obras significa muchas buenas obras. "Dadivosos" significa muchas dádivas, continuamente como práctica y norma de su vida, y "generosos" significa que den de acuerdo con sus posiblidades que son mayores que las de los demás. Esto es el uso correcto de los bienes, para el Señor en el tiempo presente, y no haciendo tesoros en la tierra (Mt. 6:19-21). Y recordemos: "Dios ama al dador alegre".
En estos textos vemos claramente lo que Dios quiere de Su pueblo. Hermanos, debemos arrepentirnos de la mezquindad, confesarla como pecado, y ser imitadores del Dios generoso.El profeta Malaquías enseña que Dios no puede bendecir al pueblo tacaño y mezquino que no le honra con sus ofrendas. Él es Dios grande, y nuestras ofrendas deben reflejar que apreciamos esto. Proverbios 3:9 nos llama a honrarle con las primicias de todo. Nuestro Señor en Lucas 6:38 mandó así: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir”. Si personalmente no hemos sido generosos con el Señor, debemos postrarnos arrepentidos y confesar nuestro egoísmo, mezquindad, falta de fe y amor al dinero.Si como iglesia no hemos hecho bien, tal vez sería bueno que hubiera una reunión de arrepentimiento, confesando y apartándonos de este pecado, y presentando al Señor ofrendas generosas. No pongamos más excusas ni demos explicaciones justificándonos. Si somos de la familia de Dios, y Su Espíritu opera en nosotros, seamos generosos, como nuestro Padre celestial. "Más bienaventurado es dar que recibir".

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¿COOPERAMOS CON LA VERDAD?


Cuesta creerlo y entenderlo, pero hay asambleas en ciertas regiones que dan la diestra de comunión a hermanos para que salgan a hacer obra pionera, y luego no los apoyan. Algunos se disculpan alegando que técnicamente no son obreros porque no han sido encomendados. ¿Por eso son abandonados? De estos hermanos que han salido poniéndose en la brecha, hay quienes pasan grandes apuros; hablamos de necesidades básicas. Están casi desamparados por las iglesias de donde salieron, y a nadie le gustaría vivir como algunos de ellos viven por causa del evangelio. Gracias a Dios por los sacrificios vivos de ellos, pero, no está justificada la falta de apoyo hacia ellos. No es siempre por falta de recursos, sino a veces por neglilencia y descuido. 1 Corintios 9:7-10 dice: "¿Quién fue jamás soldado a sus propias expensas? ¿Quién planta viña y no come de su fruto? ¿O quién apacienta el rebaño y no toma de la leche del rebaño? ¿Digo esto sólo como hombre? ¿No dice esto también la ley? Porque en la ley de Moisés está escrito: No pondrás bozal al buey que trilla. ¿Tiene Dios cuidado de los bueyes, o lo dice enteramente por nosotros? Pues por nosotros se escribió..." Pero en nuestros tiempos hay asambleas que obligan a hermanos servir a sus propias expensas, y esto no es correcto. Son culpables de poner bozal al buey que trilla, y de esto deberían arrepentirse. En 1 Juan 3:16-18 leemos: "En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad". El que no obedece esta clara instrucción del Señor está pecando y contristando al Señor. 3 Juan 6-8 dice: "...harás bien en encaminarlos como es digno de su servicio a Dios, para que continúen su viaje. Porque ellos salieron por amor del nombre de Él, sin aceptar nada de los gentiles. Nosotros, pues, debemos acoger a tales personas, para que cooperemos con la verdad". Permíteme preguntar: ¿Qué haces tú, querido lector, y qué hace tu asamblea, para apoyar y ayudar a los que han salido para predicar y enseñar la Palabra de Dios? ¿Cooperáis con la verdad, o dejáis desamparados a vuestros hermanos que están en la brecha sirviendo al Señor? No lo digo por mí, ni muchísimo menos, sino por ELLOS.

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La Soberanía de Jesucristo el Redentor


El Espíritu Santo también enfatiza el señorío de Cristo en relación con el sacrificio de eterna redención en el Calvario. En la cruz, le vemos cumpliendo el gran objetivo por el cual vino al mundo. Afrontando de una vez por todas el problema del pecado, logró un grandioso triunfo sobre el príncipe de la muerte. Muchos textos de la Escritura dan testimonio inequívoco de Su soberanía. ¿Quién es esta gloriosa Persona que pende de una cruz romana, cubierta de vergüenza e ignominia, sufriendo tortura indecible de cuerpo y espíritu? Es “CRISTO... [el Ungido] el que murió” (Ro. 8:34). Fue mucho más que un fallecimiento común, más que la simple muerte de una persona maravillosa llamada Jesús. Fue “la muerte del SEÑOR” (1 Co. 11:26). Fue el Dios Hombre el que descendió a los terribles abismos de la cruz.
No fue una cruz cualquiera. Muchos criminales han sufrido muertes ignominiosas. Pero esta cruz es única, y su gloria sin par brilla en el hecho de que la Persona que pendió de ella fue el soberano Señor. Fue “la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gá. 6:14). Gracias a la gloria y soberanía sin igual de Aquel que llevó la cruz, el monte fuera de la ciudad ha sido un lugar de encuentro a través de las edades para multitudes de cada región, color y nación. Es sólo aquí donde el Dios Santo puede reunirse con los pecadores. A este lugar sagrado se han dirigido muchos pies manchados por el pecado, cargados y cansados del peregrinaje de la vida, para reemprender su viaje con corazones ligeros y rostros iluminados. ¿Y por qué? Porque es el lugar del perdón, la paz y la limpieza. Es el lugar “donde también nuestro Señor fue crucificado” (Ap. 11:8). Fue en el momento de Su humillación extrema, cuando parecía que Su muerte sería el jaque mate del diablo, que incluso Sus enemigos se vieron obligados a reconocer Su soberanía. “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mt. 27:54). No le quitaron la vida al soberano Señor (Jn. 10:18) – Él mismo escogió darla.
Es maravillosa la estrategia divina que arranca de Sus antagonistas la verdad, expresada en el título colgado sobre Su cabeza: “ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS” (Lc. 23: 38). Cuando los principales sacerdotes reconvinieron a Pilato por esa afirmación incondicional, su respuesta puso fin al asunto: “Lo que he escrito, he escrito”. Antes, Pilato había preguntado: “¿Qué es verdad?” ¡Ahora la estaba declarando!
Pero los que visitan este lugar para mirar al Crucificado, después de inclinar sus cabezas en asombro reverencial, ven que la cruz está vacía. Su humanidad inmaculada y deidad reconocida han proclamado Su soberanía sobre la muerte, y en la gloriosa mañana de la resurrección tanto la cruz como la tumba estaban desiertas.
¿Quién despedazó las rejas de la muerte, y venció para siempre la tumba? ¡Cuántos textos del registro apostólico irrumpen en nuestra memoria! Tendremos ocasión más tarde de hacer referencia al testimonio de Pedro en el día de Pentecostés. “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho SEÑOR Y CRISTO” (Hch. 2:36). Quien resucitó de los muertos es EL SEÑOR. “Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús” (Hch. 4:33). Él ascendió en triunfo glorioso al trono del Padre, fue hecho el centro de admiración y adoración del cielo, y divinamente nombrado como “CABEZA sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo” (Ef. 1:22-23).
Sí, ¡Él es Señor! El mayor que David derrotó al mayor que Goliat, y por Su muerte destruyó “al que tenía el imperio de la muerte” (He. 2:14). A lo largo de este programa invencible, desde el humilde pesebre hasta la conquista majestuosa, Él nunca dejó de establecer la gloria divina de Su Persona.
Entonces, hecha la obra de la expiación, el Espíritu Santo procede a establecer la supremacía del Señor resucitado mediante la constitución de un doble Reino. La soberanía recuperada ha de encontrar digna expresión a través del tiempo y de la eternidad. Durante esta era de la gracia, el Reino puede definirse como un misterio, puesto que Dios está tomando del mundo un “pueblo para su nombre” (Hch. 15:14). El señorío de Cristo se manifiesta ahora por medio del Espíritu Santo en un organismo espiritual llamado la Iglesia, como también en el corazón de cada creyente incorporado a esa Iglesia por la regeneración (Ef. 4:4-6). “Para nosotros,” dice el apóstol: “hay..UN SEÑOR, Jesucristo” (1 Co. 8:6).
Dada la naturaleza de esta cuestión, el Hijo de Dios ha de venir otra vez, manifestando así incluso más Su soberanía por medio de la liberación de Su pueblo, la transformación de lo mortal a lo inmortal, y lo corruptible a lo incorruptible. Tal como ilustró Su soberanía sobre la muerte ante la tumba de Lázaro, volverá para dar un grito de victoria universal: “SAL FUERA”. Los muertos serán resucitados y los vivos serán transformados. ¿A quién, entonces, esperamos? Volvamos a observar el testimonio del Espíritu Santo respecto a Su soberanía. Mientras que sea “este mismo Jesús” – el Hombre de Galilea y del Calvario – aquel que vendrá otra vez, el evento glorioso será nada menos que “la venida del SEÑOR” (Stg. 5:7). Él es “el bienaventurado y solo Soberano, REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (1 Ti. 6:15). (Léanse también Fil. 3:20, 4:5; 1 Ts. 4:15-17; Jud. 14; Ap. 22:20.) Es el mismo que “en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (Ap. 19:16). La oración a la que la Iglesia hace eco es: “Amén; sí, ven, Señor Jesús” (Ap. 22:20).

del libro: THE NEW SOVEREIGNTY ("La Nueva Soberanía"), capítulo 4,
por Reginald Wallis, traducido por Emily Knott de González

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Dios Dará La Recompensa
Texto: Efesios 6:7-8

El buen servicio es importante para el Señor. “Sirviendo de buena voluntad” habla no sólo de nuestro servicio sino también de la actitud con la que servimos. La buena voluntad es la disposición a servir, el deseo, el ánimo, la atención a la calidad del servicio y el interés sincero en agradar a aquel que es servido. En el último análisis, servimos al Señor, y con esto cualquiera debe tener suficiente motivación. Servimos al Señor en cosas sencillas como nuestros tareas cotidianas, y le servimos cuando asistimos a las reuniones con los hermanos para la alabanza, la oración y el estudio de Su Palabra. Le servimos cuando testificamos, y cuando dedicamos tiempo diariamente a la lectura de Su Palabra y la oración privada. Además de esto, surgen oportunidades para servir al Señor todos los días, en nuestro roce con los demás en el curso de la vida. Nos gustaría ver en seguida la recompensa, pero no siempre es así.
Se cuenta de un pobre hombre campesino que un día caminaba en el campo oyó voces pidiendo socorro, y rescató a un joven, salvándole la vida. Resulta que el padre del joven era un nombre rico, un noble, que vino a expresar su gratitud y a recompensarle. Pero aquel campesino dijo que no hacía falta ninuna recompensa ya que sólo había cumplida con su deber, lo que cualquiera hubiera hecho. Entonces el noble ofreció costear la educación del hijo del campesino, y éste aceptó. Su hijo, gracias a esta recompensa, llegó a cursar estudios universitarios y se hizo médico. Luego en sus investigaciones descubrió una medicina que salvó muchas vidas. Así que, sea parábola o historia verídica, esto ilustra la ley de la recompensa, de la siembra y la cosecha.
No hay nada que hagamos sirviendo de buena voluntad que quede sin recompensa. La ley de la siembre y la cosecha funciona, pero no siempre da fruto instantáneamente. No obstante, aunque tarde en venir, la recompensa llegará, porque Dios lo promete. El versículo 8 promete: “el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor”. No siempre vamos a recoger de donde hemos sembrado, pero el Señor asegura que recogeremos, y Su promesa no falla.
Hebreos 6:10 dice que “Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún”. Como creyentes servimos al Señor sirviendo a los santos. Y hermanos, tenemos tantas oportunidades todos los días, que nadie tiene excusa para ir al cielo con las manos vacías. Quitemos nuestros ojos de nosotros mismos y miremos alrededor las oportunidades que todos los días tenemos.
Lucas 6:38 exhorta: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir”. También está hablando de la recompensa. Dios dice que “con la misma medida” nos recompensará, y esto debe hacernos pensar. Es una promesa y también una advertencia. Si somos parcos y mezquinos, entonces en la misma manera que hemos dado o rehusado, nos volverán a medir. ¡Cuidado! Es una lección que nos urge aprender, pero aparentemente hay quienes no lo creen o no lo quieren aprender. Dios nos manda ser generosos y dar con buena medida. “Dad, y se os dará”.
Habrá reconocimiento y recompensa en el cielo. El que siembra abundantemente va a recibir de la misma manera. 2 Corintios 9:6-11 lo asegura. El versículo 6 afirma: “El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará”. No podemos sembrar un grano de trigo y luego esperar cosechar todo un campo de trigo. Ni podemos ofrendar de forma “simbólica” y esperar gran recompensa. Dios es generoso y quiere que Su pueblo también lo sea. En el versículo 7 aprendemos que Dios ama al dador alegre. Esto sigue la idea de Efesios 6:7, de la "buena voluntad”. En el versículo 8 habla de abundar para toda buena obra. Los versículos 9-10 prometen que Dios proveerá y multiplicará el fruto si sembramos así. El versículo 11 habla de “liberalidad” y asegura que las ofrendas que son así producirán acciones de gracias. La recompensa será como el servicio, y una de las maneras de servir a Dios es con nuestras ofrendas.
Es cierto que va a redundar si hacemos lo que Dios dice. Gálatas 6:9-10 nos instruye: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”. No nos cansemos de hacer bien, ni de servir bien. Aprovechemos las oportunidades que tenemos. “A todos” dice, y aunque no lo agradecen los del mundo, Dios sí, y en el cielo nos recompensará. Los hombres olvidan, pero Dios nunca lo hace. Y termina diciendo: “mayormente a los de la familia de la fe”. Porque la casa del Señor debe tener gran prioridad en nuestro servicio, incluso en nuestras ofrendas. Ser tacaños con nuestros hermanos es una señal de problemas de corazón. Que el Señor nos ayude a recordar que en nuestro servicio le estamos sirviendo a Él, para que lo hagamos de buena manera y de buena voluntad. Él nos ayudará, si tomamos este compromiso. Que así sea para Su gloria. Amén.

de un estudio dado por Lucas Batalla, el 25 de febrero, 2010

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sábado, 6 de febrero de 2010

EN ESTO PENSAD -- FEBRERO 2010

LA FILOSOFÍA Y EL INTELECTUALISMO
William MacDonald

“Tened cuidado, que nadie estropee vuestra fe con intelectualismo o locuras grandilocuentes. ¡Éstas están fundadas en las ideas que tienen los hombres acerca de la naturaleza del mundo y no toman en cuenta a Cristo!” (Col. 2:8 parafraseado por Phillips).

La palabra griega que Phillips traduce como “intelectualismo” es la misma de la que proviene la palabra “filosofía”. Básicamente significa amor por la sabiduría, pero más tarde adquirió otro significado, es decir, la búsqueda de la realidad y el propósito de la vida.
La mayoría de los filósofos se expresan en un lenguaje complicado y grandilocuente. Sus palabras, incomprensibles para una persona normal; apelan a aquellos que les gusta emplear su poder intelectual para revestir las especulaciones humanas con palabras difíciles de entender.
Francamente, las filosofías humanas no sirven de mucho. Phillips se refiere a ellas como “intelectualismo y locuras grandilocuentes”. Están basadas en las ideas que tienen los hombres acerca de la naturaleza de las cosas, y ellos no hacen caso de Cristo. Se cita al famoso filósofo Bertrand Russell, que decía al final de su vida: “La filosofía ha demostrado ser un fracaso para mí”.
Al cristiano sabio no se le puede engañar con las locuras grandilocuentes del seudo intelectualismo de este mundo. Se niega a inclinarse ante el altar de la sabiduría humana. Por el contrario, sabe bien que todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento se encuentran en Cristo. Así que, pone a prueba todas las filosofías humanas por medio de la Palabra de Dios y como resultado, las rechaza porque ve que se oponen a las Escrituras.
No cambia de parecer cuando los filósofos salen en primera plana con algún nuevo ataque contra la fe cristiana. Es suficientemente maduro para juzgar y percatarse de que no puede esperar nada mejor de ellos.
No se siente inferior por no poder conversar con los filósofos utilizando palabras de muchas sílabas o seguirles en sus razonamientos complicados. Se siente desconfiado ante la incapacidad de ellos para dar a conocer su mensaje con sencillez y se regocija de que el evangelio puede entenderlo el hombre común, por ignorante que éste sea.
Detecta en los filósofos la trampa de la serpiente: “...seréis como Dios” (Gn. 3:5). El hombre es tentado a exaltar su mente y sus poderes intelectuales por encima de la mente de Dios. Pero el cristiano sabio rechaza la mentira del diablo. Derriba argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios (2 Co. 10:5).
de su libro DE DÍA EN DÍA, Editorial CLIE

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AVISO: "MIRAD LO QUE OÍS" (Mr. 4:24)

El Señor Jesús nos amonesta a que seamos cuidadosos con lo que oímos. Somos responsables de controlar lo que entra a través de la puerta del oído, así como de emplear lo que escuchamos como es debido.
No debemos dar oído a lo que es manifiestamente falso. Las sectas están vomitando su propaganda en volumen sin precedente. Siempre están buscando a alguien que esté dispuesto a escuchar. Juan dice que no debemos recibir en nuestra casa a los sectarios, ni siquiera saludarles, porque están contra Cristo.
No debemos escuchar lo que es engañosamente subversivo. Los jóvenes en colegios, universidades y seminarios están expuestos cada día a una andanada de comentarios que ponen en duda y niegan la Palabra de Dios. Escuchan explicaciones poco convincentes de los milagros y deforman el sentido simple de la Escritura. Se esfuerzan en minimizar la persona del Señor con alabanzas descoloridas. Aun si no logran destruir la fe del estudiante, sí desfiguran su pensamiento. Es imposible escuchar enseñanza subversiva y no ser afectado por ella. “¿Tomará el hombre fuego en su seno, sin que sus vestidos ardan? ¿Andará el hombre sobre brasas sin que sus pies se quemen?” (Pr. 6:27-28). La respuesta es obvia: “No”.
No debemos escuchar lo que es impuro o indecente. En la sociedad de hoy, la peor forma de contaminación es la de la mente. La palabra “inmundicia” es la que describe mejor a la mayoría de los periódicos, revistas, libros, programas de radio, televisión, películas de cine y conversaciones. Al estar constantemente expuesto a esto, el cristiano corre el riesgo de perder el sentido de la enorme maldad del pecado. ¡Y éste no es el único peligro! Cuando escuchamos historias viles y provocativas, éstas regresan una y otra vez para atormentarnos en nuestros momentos más santos.
No debemos llenar nuestras mentes con baratijas y cosas indignas o frívolas. La vida es demasiado breve y la tarea demasiado urgente como para entregarnos a estas cosas. “En un mundo como el nuestro, todos debemos ser celosos”.
Viéndolo de manera positiva, debemos ser cuidadosos para oír la Palabra de Dios. Cuanto más nos saturemos de ella y obedezcamos sus sagrados preceptos, más pensaremos según los pensamientos de Dios, más seremos transformados a la imagen de Cristo, y estaremos más alejados de la contaminación moral de nuestro medio ambiente.

William MacDonald, de su libro DE DÍA EN DÍA, Editorial CLIE

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¿A ESTO LO LLAMAS SABIDURÍA?

Pensemos ahora en la sabiduría del mundo, contrastándola con la sabiduría de nuestro Rey y Su reino. Por su propia sabiduría, el hombre nunca puede llegar a conocer a Dios. Piensa que la predicación del evangelio es una verdadera locura, pero Dios en Su sabiduría lo usa para salvar a los que creen (1 Co. 1:21). El hombre jamás escogería cosas necias, débiles, viles, menospreciadas o insignificantes para realizar sus propósitos. Pero Dios las ha escogido así, y con ellas avergüenza a lo sabio y a lo fuerte, reduciendo el tamaño de aquellos a los que el mundo considera grandes (1 Co. 1:27-28).
De éstas y otras maneras, Él enloquece la sabiduría del mundo. No es de extrañar que Pablo dijese: “la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: Él prende a los sabios en la astucia de ellos” (1 Co. 3:19). Y la afirmación de Traill es también muy fuerte; él dijo: “La sabiduría fuera de Cristo es locura fatal”.
La locura más grande del mundo es la manera en la que rechaza la Palabra de Dios. Esto le priva de una autoridad infalible y le obliga a ir a la deriva en un mar de opiniones humanas. No nos confundamos: el hombre, o acepta la verdad de Dios o acepta la opinión humana. Y si se inclina por la opinión, surge la pregunta: “¿Cuál es la opinión correcta?” Son las ideas de uno en contra de las de otro. Suelen ser las opiniones vocales las que más arrastran, por muy incoherentes o extravagantes que sean.
El cristiano tiene un fundamento firme: la Palabra de Dios. Tiene un criterio absoluto para juzgar las palabras, los pensamientos y los hechos. Examina todo a la luz de las Sagradas Escrituras. Las opiniones humanas pueden oscilar, pero la ley de Dios no.
Con la Biblia, existen absolutos. Hay cosas que están bien y cosas que están mal. Pero al rechazar la Biblia, todo es relativo; y así no se puede calificar algo como malo. Emborracharse y drogarse puede ser un problema genético o nada más que una enfermedad. La homosexualidad es un estilo de vida aceptable. La fornicación está bien mientras se haga en amor. La vida humana es sagrada excepto en lo tocante al aborto. La disciplina de los niños es tabú. El matrimonio no es más que un papel legal que se puede romper por cualquier causa. La puerta está abierta de par en par invitando al feminismo, la seducción psicológica, el humanismo, el misticismo oriental, el ocultismo y la idolatría. Lo que importa es la opinión que tenga la gente acerca de estas cosas.
El mundo exalta al hombre y a su intelecto. El creyente exalta la Palabra de Dios, y sabe que el principio de la sabiduría es el temor de Dios (Sal. 111:10). El mundo calcula la riqueza según la abundancia de sus posesiones. El creyente la calcula según sus pocas necesidades. El rico necio acumula cosas materiales. El cristiano sabio lo deja todo por Cristo. El mundano hace tesoros en la tierra, el discípulo los hace en el cielo.
Dios considera necedad la sabiduría del mundo. Lo insensato de Dios es más sabio que los hombres.
No obstante, el Señor Jesús pronunció la sorprendente declaración de que hay un aspecto en que: “los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz” (Lc. 16:8). Los incrédulos hacen provisión para el futuro; el futuro, en lo que a ellos respecta, está aquí en la tierra. Los hijos de luz no hacen provisión para su futuro en el cielo; sino que viven para las cosas presentes en lugar de vivir para realidades eternas como debieran.
William MacDonald, de su libro: MUNDOS OPUESTOS

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"Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros
de la sabiduría y del conocimiento"
(Col. 2:2-3).

Para mi gran sorpresa hallé en la casa de un creyente estos libros: "El Poder de la Mente sobre la Sabiduría", "Las Edades Esotéricas del Hombre", (colección "perlas de sabiduría") y de la escuela de filosofía: "De Sócrates a Sartre". ¿Por qué no está satisfecho con Cristo y la Palabra de Dios y se tiene que meter en pensamientos vanos de hombres perdidos? (1 Co. 3:20) Hermanos, Dios nos ha dado en Cristo un gran tesoro de divina sabiduría, ¡y Él es más que suficiente! No sea hallado más entre nosotros la sabiduría vana de este mundo. ¡Hagamos una buena limpieza!

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¡VIDA NUEVA!

Cuando una persona ha fracasado daría cualquier cosa por volver a empezar. Y es que hay errores que dejan un sabor amargo y doloroso, especialmente aquellos que nos afectan a nivel íntimo y personal.
Hay quienes al comenzar el año se proponen hacer que las cosas cambien, pero pasan los días y los meses y las cosas no cambian, y si lo hacen es para peor. A menudo no hacemos el bien que queremos, sino el mal que no queremos hacer.
El problema es nuestra naturaleza. Hay algo que nos aleja de nuestros ideales más nobles. Y el paso de los años agranda las frustraciones y los desengaños. ¿Qué podemos hacer?
Lo ideal sería empezar una vida nueva, sin los errores del pasado. Ser una persona nueva, diferente. ¡Se puede volver a empezar! ¿Te parece un deseo imposible? No lo es.
HOY PUEDES EMPEZAR UNA NUEVA VIDA SI DEJAS QUE JESUCRISTO TE TRANSFORME.
¿Te preguntas cómo? Eso mismo nos hemos preguntado todos los que hemos experimentado el poder transformador de Jesucristo. Eso mismo preguntó Nicodemo, un maestro de Israel a quien Jesucristo le dijo que tenía que nacer de nuevo para ver el reino de Dios. “¿Cómo puede hacerse esto?” (S. Juan 3:9)
La respuesta es creer que Jesucristo ha venido a sustituirnos en la cruz; donde al morir, siendo Él inocente y sin pecado, sufrió como sustituto el castigo de los pecados de cada uno de nosotros. Él pagó por nosotros en la cruz, y al final gritó: “¡Consumado es!” (S. Juan 19:30), significando que todo estaba hecho. Nosotros no podemos pagar por nuestros pecados ni hacer nada para anularlos. Jesucristo hizo todo esto. A nosotros nos toca arrepentirnos, confiar en Él como nuestro Señor y Salvador para que nos dé una vida nueva, y entonces obedecer Su Palabra y seguir Su ejemplo.
Si crees que Jesucristo murió pagando por tus pecados, fue sepultado y resucitó el tercer día, esto es el Evangelio*, y recibiendo a Cristo como tu Señor y Salvador, podrás empezar una vida nueva, cuyos frutos irás viendo poco a poco.
Jesucristo es el único que puede cambiarte, el único que puede hacer de ti una persona nueva.
Se trata de una transformación interior, de un cambio profundo que quitará la raíz de la mayoría de tus problemas personales.
Muchos hemos encontrado en Cristo la oportunidad que buscábamos. Cristo nos enseña a valorar las cosas en su justa medida y nos libera de las cargas que nos agobian.
Amigo, ¿Quieres disfrutar de una VIDA NUEVA?

* 1 Corintios 15:1-4 dice: “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”.

Manuel Fernández

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¿CITA CON LA AMADA?

Eran las nueve y veinte de la mañana del domingo y Mari oyó que llamaban con insistencia a su puerta. Abrió y allí estaba John, todo sonriente. Mari le dio la bienvenida y él, entrando rápidamente, se sentó en su lugar preferido. Siempre se sentaba en el mismo lugar. Mari se sentó en el sofá y se quedó esperando en silencio. No podía evitar fijarse en lo guapo que estaba John esta mañana. Vestía un traje caro, de corte muy elegante; llevaba los zapatos lustrosos, y la corbata y los calcetines eran del mejor gusto. Se había peinado con esmero y, además de ser alto, estaba sentado bien erguido.
Mari esperó. Sabía que en el momento indicado John empezaría, porque siempre era puntual. Y así fue; él seguía mirando el reloj hasta las las nueve y media en punto, y entonces se puso de pie y empezó a hablar.
“Mari, no te imaginas cuánto significa esto para mí. Toda la semana he estado esperando este momento, deseándolo con todo mi corazón. Por fin ha llegado la hora y aquí estoy, para decirte cuánto te quiero. Mari, sólo vivo para disfrutar de este ratito contigo cada semana”.
“Oh, Mari; estaba recordando el día que te conocí. Mi corazón se estremeció y enseguida supe que estabas hecha para mí. Los días de nuestro noviazgo, nuestra boda... ¡Qué recuerdos tan dulces...!”
“Me acuerdo de cuando estuve enfermo y tú me cuidabas. perdiendo sueño mientras me atendías con aquella delicadeza. Y recuerdo cómo tus cariñosos labios rozaban mi frente cuando la fiebre se apoderaba de mí. Era como una fresca brisa del cielo. Cuidaste de mí hasta devolverme la salud y la fuerza. Sin ti habría muerto, Mari”, no hay nadie como tú".
En ese momento los ojos de John se humedecieron. Cesó de hablar, luchando por controlar sus emociones. Sacando un pañuelo, se enjugó las lágrimas y se sonó la nariz con fuerza. Tras unos momentos esforzándose por contener la emoción, recobró la compostura y continuó:
“Mari, aquí sentado esta mañana de domingo, te veo más hermosa que nunca. Tus ojos parecen limpios estanques de agua azul. Tu rostro es un espejo de encanto. Tu carácter me maravilla. Jamás he conocido a alguien tan amable, encantador, considerado, justo y recto como tú. Mari, eres sencillamente maravillosa”.
“Y sobre todo, Mari, te amo por lo que has hecho por mí. Has estado a mi lado en lo bueno y en lo malo. Cuando más te necesité te sacrificaste para salvarme la vida. Mari, jamás podré agradecerte bastante lo que has hecho por mí. Significas mucho para mí; más que cualquier otra cosa”. Luego sacó su libro de poemas y leyó uno que le gustaba mucho. Siempre leía de su libro uno de los mismos dos o tres poemas.
“Bueno Mari, es casi hora de irme. Son cerca de las diez y media según mi reloj. ¡Cuán agradecido estoy por esta oportunidad de estar contigo cada semana!. Sólo vivo para esta hora. Y ahora que me marcho quiero darte algo que expresa mi profundo amor y mi gratitud”.
En ese momento John sacó la cartera con cierto ademán de esplendidez. Dejando a un lado varios billetes de más valor, cogió uno inferior, pero muy nuevo, y con una tierna sonrisa se lo dejó sobre la mesa.
“Mari, me tengo que marchar ya. Ha sido maravilloso estar contigo, mirarte a los ojos y decirte cuánto te amo. Adiós. Hasta la semana que viene. Te quiero.”
Los vecinos vieron salir a John de la casa, montarse en su lujoso automóvil nuevo y alejarse. Mari se quedó a la puerta, mirando con los ojos empañados en lágrimas. Era un matrimonio realmente extraño. Este breve ritual se repetía cada domingo por la mañana.
Los comentarios corrían por todo el vecindario. Una hora a la semana no parecía suficiente para pasar con su mujer. John parecía tener tiempo para sus amigos; siempre estaba yendo a la playa o a la montaña, le encantaban el golf y los bolos. Luego, con sus clubs y sus asociaciones cívicas completaba las tardes. Y algunos fines de semana, ocupado como estaba con tantos viajes, incluso se mostraba impaciente en casa de Mari, esperando la hora en que había quedado con sus amigos para salir a comer al campo.
Durante la semana John nunca llamaba a Mari por teléfono, ni le escribía. Se diría que vivían en mundos diferentes, a pesar de tener un buen sistema de comunicación entre ellos.
Se rumoreaba que John ni siquiera se sentía orgulloso de su matrimonio. Cuando le preguntaban si estaba casado, procuraba cambiar de tema y se sentía molesto. Es más, le habían visto a veces con otras mujeres, o eso al menos se decía. Lo que sí es cierto, es que parecía querer aparentar no estar casado.
Él vivía bien. Se ufanaba de su indumentaria y su vehículo, claro que en su trabajo uno tiene que causar buena impresión. Uno tiene que poner altas sus miras si quiere ascender en este mundo y lograr mejor “standing”. Tiene que asociarse con los grandes si quiere llegar a ser uno de ellos. John, en realidad, vivía un poco más allá de sus posibilidades en su afán de mantenerse a la altura de los demás.
A veces pensaba un poco en Mari y en sus necesidades, pero, al fin y al cabo, él le pagaba religiosamente cada domingo. Verdad es que llevaba veinte años dándole la misma cantidad, si bien sus ingresos se habían triplicado... ¡Pero también sus gastos se habían multiplicado por tres! Pero así es la vida. Y él no cabe duda que amaba a Mari. Cada domingo reservaba una hora para hablarle de su amor por ella. Bien podría dedicar ese tiempo a sí mismo si quisiera. Madrugaba en vez de quedarse en la cama y combatía el tráfico con tal de ir a ver a Mari. Debería sentirse muy agradecida. Ese esfuerzo probaba su inmarcesible amor por ella.
Hace mucho Cristo dijo: “Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí” (Mt. 15:8). ¿Puede decirse esto de alguno de nosotros?

Donald L. Norbie

Traducido y adaptadode una antigua copia de “Light & Liberty” (Luz y Libertad)
El hermano Norbie es obrero y anciano en una asamblea en Greeley, Colorado, EE.UU.

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SIN TIEMPO

Me arrodillé a orar, pero no mucho,
¡Tanto tenía que hacer!
Tenía que apresurarme e ir al trabajo,
Porque las facturas pronto debía pagar.
Así que apresuré una oración,
Y pronto de mis rodillas me levanté.
Mi deber cristiano ya cumplido,
My alma en paz podía quedar.

Todo el día no tuve tiempo
Para dar una palabra de aliento
Ni para hablar de Cristo a los amigos,
Se reirían de mí, o así temía.
Ni tiempo para Dios o Su iglesia,
Por toda la vida este mi clamor era.
Ni tiempo que darle a Él o a ellos,
Y finalmente me tocó el tiempo de morir.

Y cuando ante el Señor llegué,
Me presenté mustio y cabizbajo.
En Sus manos Él un libro sostenía,
De los que una corona habían ganado.
En el libro miró y me dijo:
“Tu nombre aquí no lo puedo encontrar.
Una vez lo iba a escribir,
Pero nunca encontré el tiempo.


(Citado en el libro de la serie “LA MIES”, titulado
“Soldados o blandengues” - Carlos Tomás Knott)

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