¿Por qué murieron Nadab y Abiú?
Durante los días de su consagración, murieron dos sacerdotes, hijos de Aarón y escogidos por Dios. Entraron en el Tabernáculo y fueron consumidos al instante por el fuego de Su presencia. El texto es breve, pero las implicaciones son profundas. “Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová” (Lv. 10.1-2).
Pablo afirma a la iglesia de Corinto, en la edad de gracia, la importancia del Antiguo Testamento para los creyentes. “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Co. 10.11). Ilustran preceptos muy importantes que todavía hoy debemos respetar y guardar.
Para entender por qué murieron Nadab y Abiú, debemos considerar la autoridad y la santidad de Dios, la solemnidad de la adoración y el peligro de acercarnos a Dios según nuestro parecer, ya sea por la lógica o la improvisación, en lugar de hacerlo según Sus términos.
Nadab y Abiú eran sacerdotes con privilegios y responsabilidades
Nadab y Abiú no eran forasteros ni paganos, sino sacerdotes, hijos de Aarón, el sumo sacerdote. Fueron divinamente elegidos y consagrados para el servicio sagrado (Éx. 6.23). Habían sido testigos oculares de la gloria de Dios. Las Escrituras registran que ellos estaban entre los que vieron una manifestación de la presencia de Dios en el monte Sinaí (Éx. 24.9-11).
Esto hace que su pecado sea más grave, no menos. Las Escrituras enseñan que un mayor conocimiento conlleva una mayor responsabilidad. Jesucristo, por quien vinieron la gracia y la verdad, dijo: “a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará” (Lc. 12.48, véase también Stg. 3.1). Ellos conocían la santidad de Dios y Sus instrucciones, y sin embargo decidieron ignorar Su mandato.
Improvisaron y ofrecieron “fuego extraño” que Dios no les mandó.
Levítico 10.1 dice: “ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó”. La expresión “fuego extraño” se refiere a un fuego no autorizado, es decir, a un modo de adoración que Dios no había prescrito.
No eran hombres idólatras. No ofrecieron nada a otros dioses ni blasfemaron. Sin embargo, su pecado fue grave, ya que Dios había dado instrucciones explícitas sobre cómo se debían ofrecer los sacrificios y cómo se debía utilizar el fuego en el Tabernáculo (Éx. 30.9; Lv. 16.12). La adoración no debía ser creativa ni pragmática, sino obediente y reverente. “Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás” (Dt. 12.32). Lo suyo no fue una mera innovación inocente en el estilo, sino el pecado de la desobediencia en la adoración, pues salieron de guion divinamente dado. Este pecado se comete a menudo hoy en día en muchas iglesias “cristianas” que creen que la gracia de Dios significa libertad para improvisar como quieran y que, si son sinceros, serán aceptados. Recuerda que Nadab y Abiú eran sinceros en su improvisación, pero estaban fatalmente equivocados.
La adoración debe ser conforme a la Palabra de Dios y Su santidad, no a las preferencias humanas
La respuesta de Dios revela el meollo del asunto: “En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado” (Lv. 10.3). Esta declaración explica el juicio. Dios exige a quienes se acercan a Él que se le trate como santo y soberano. La adoración, si ignora la voluntad revelada de Dios, deshonra Su santidad. Nadab y Abiú trataron la adoración de manera casual, como algo que debía ser moldeado por el juicio personal en lugar de por el mandato divino.
La Biblia advierte repetidamente contra la adoración diseñada o modificada por uno mismo. “Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mt. 15.9). Dios desea obediencia, no nuestras innovaciones, por buenas que nos parezcan. Esto sigue siendo cierto en la edad de la gracia. La gracia no significa libertad para hacer lo que nos plazca. Eso no es libertad, sino libertinaje. Dios nos da Su gracia para ser obedientes y leales, no para improvisar o modificar lo que vemos en las Escrituras.
continuará, d.v. en el siguiente número
autor desconocido
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La Ilusoria Esperanza de la Paz
Mientras el mundo rechace al Señor Jesucristo, no conocerá la verdadera paz. Es una expresión muy utilizada, pero que, en el mejor de los casos, es un ideal elevado y difícil de alcanzar para muchos. El problema fundamental es la condición pecaminosa del corazón humano. El profeta Isaías lo afirma dos veces: “No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos” (Is. 48.22; 57.21). La historia de la humanidad no se caracteriza precisamente por la paz. “Sus pies corren al mal, se apresuran para derramar la sangre inocente; sus pensamientos, pensamientos de iniquidad; destrucción y quebrantamiento hay en sus caminos. No conocieron camino de paz, ni hay justicia en sus caminos; sus veredas son torcidas; cualquiera que por ellas fuere, no conocerá paz” (Is. 59. 7-8).
Romanos 5.1 afirma: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Las bendiciones de la paz solo están al alcance de los creyentes.
Considera la siguiente lectura devocional:
Él hablará paz
Texto: Zacarías 9.10
Hoy en día, los hombres buscan la paz. Hay planes de paz, iniciativas de paz y acuerdos de paz. Los mejores políticos, estrategas y expertos militares intentan establecerla. Sin embargo, todos sus esfuerzos son, en el mejor de los casos, temporales y frágiles. Solo el Señor Jesucristo traerá la paz a las naciones del mundo. Isaías lo describe así: “... Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (Is. 9.6-7). O consideremos las palabras del salmista sobre el reino mesiánico: “Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra” (Sal. 72.8).
Este reino de paz comenzará en el milenio cuando, según Apocalipsis 20, Satanás será atado durante mil años. El mundo nunca ha visto nada parecido en su historia.
Como creyentes, disfrutamos ahora de las bendiciones de Su gobierno y paz, y esperamos su futuro reinado de paz. Esta paz nos llega gracias a Su obra en la cruz. Pablo lo describe en Colosenses 1.20-22. “Y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él”.
Pero, sobre todo, estamos llamados a vivir en paz unos con otros como hermanos en Cristo. Véanse las palabras de Pablo a los corintios en 2 Corintios 13.11.
Además, nos beneficia conocer Su paz (Jn. 14.27), es decir, la misma paz que Él conoce; también nosotros estamos invitados a conocerla. Pablo nos anima a llevar una vida libre de preocupaciones e inquietudes y a descansar en la paz de Dios (Fil. 4.6-7).
Brian Gunning, St. Catharines, Ontario, Canadá, Day by Day Christ Foreshadowed, (Día a Día Cristo Presagiado) p. 373, Precious Seed Publications.
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Las preguntas que cada lector debe hacerse son: “¿Conozco realmente esta paz con Dios?” “¿Tengo la paz de Dios y experimento Su paz en mi vida?” Conocer al Señor Jesucristo es conocer tener paz, y es hallar el camino de paz.
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Peligros Pastorales
por Stephen Hulshizer (1941-2019)
viene del número anterior
Muchos siervos de Dios sienten las dificultades que hay en su ministerio, especialmente los que desean serle fieles en todo y no ir con la corriente. Esto ocasiona cierto desgaste en el cuerpo, la mente y los ánimos. El gran profeta Elías tuvo que afrontar mucha oposición, crítica, odio y aun amenazas contra su vida. Le faltaba vivienda y alimentos, pero no se echaba atrás ni se convirtió en mendigo. No anduvo publicando su necesidad ni pidiendo una ofrenda de los hermanos. Vivía en una continua crisis de fe. Constantemente veía delante suyo una nación infiel que invitaba el juicio de Dios, y llegó a perder las ganas de vivir y servir más (1 R. 19:4).
Dios llamó a Ezequiel a ser profeta, y le advirtió desde el principio que era enviado a un pueblo de duro cerviz que no escucharía. Su ministerio fue difícil. En Ezequiel 24:16 leemos que una mañana Dios le dijo: “he aquí que yo te quito de golpe el deleite de tus ojos; no endeches, ni llores, no corran tus lágrimas”. Esa misma tarde su esposa murió, y Ezequiel obedeció al Señor. Fue un tiempo triste para él, porque debido a su ministerio tenía pocos amigos, y luego Dios le quitó la esposa.
Luego le dijo que el pueblo se mofaba de él junto a las paredes — donde Ezequiel no los podía oír (Ez. 33:30). Le advirtió que vendría, escucharía y haría halagos con sus bocas, pero no pondrían por obra sus palabras (Ez. 33:31-33). Esas cosas desaniman a los siervos de Dios. Años antes Isaías había exclamado: “Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas” (Is. 49:4).
Unos pueden desanimarse por lo que sufren en la vida, y algunos tiran la toalla. Otros aflojan su ministerio y se vuelven más permisivos y populares para sufrir menos. Se van con la corriente porque es difícil ser fiel.
Jeremías se desanimó cuando halló que los de su pueblo y sus parientes habían hecho complot contra él, e incluso ideaban quitarle la vida (Jer. 11:18-21; 12:6). Luego exclamó: “¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste hombre de contienda y hombre de discordia para toda la tierra!” (Jer. 15:10).
El pueblo de Dios se le opuso constantemente en todo su ministerio. Fue reprendido, castigado públicamente por el sacerdote Pasur, puesto en el cepo (Jer. 20:2), echado en una cisterna (Jer. 38:6) y luego en la cárcel (Jer. 38:28). En el capítulo 20 llegó a desanimarse tanto que exclamó que no hablaría más en nombre de Jehová – se callaría para no sufrir más.
“Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude. Porque oí la murmuración de muchos, temor de todas partes: Denunciad, denunciémosle. Todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se engañará, decían, y prevaleceremos contra él, y tomaremos de él nuestra venganza” (Jer. 20:8-10).
Jeremías es llamado el profeta llorón, por tanto que sufrió y lamentó en el ministerio que Dios le dio. En esto se parece un poco como nuestro Señor, “varón de dolores, experimentado en el quebranto” – no en la popularidad.
Así también hermanos todos, y especialmente los siervos de Dios, es nuestra porción salir a Él, fuera del campamento religioso, llevando Su vituperio (He. 13:13). En el Salmo 69 leemos proféticamente del Señor Jesucristo: “El escarnio ha quebrantado mi corazón”. Cuando un siervo de Dios sienta cosas así, experimenta comunión con Cristo por serle fiel. No se desanime, aunque duela, ni abandone su fidelidad y su servicio.
En Corinto el apóstol Pablo encontró oposición, como en muchos otros lugares. Fue a los judíos en la sinagoga con el mensaje del evangelio de su Mesías. Pero como solían hacer, ellos se oponían y blasfemaban (Hch. 18:5-6). Debía sentirse cansado y desanimado, porque “el Señor dijo a Pablo en visión de noche: No temas, sino habla, y no calles, porque yo estoy contigo” (Hch. 18:9-10).
Los ancianos y obreros que son fieles al Señor y Su Palabra conocerán oposición, ingratitud, crítica y censura. No verán los resultados que otras iglesias liberales y populares ven – numerosa asistencia, mucha actividad y popularidad. En los postreros tiempos que nos han tocado vivir la realidad es otra: “no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Ti. 4:3-4). Es natural que esto cause desánimo, pero no hay que ceder a ello ni tirar la toalla. “Tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio” (2 Ti. 4:5).
Todo siervo de Dios debe recordar cómo el Señor enseñó y preparó a Sus discípulos para su ministerio:
“Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre...” (Lc. 6:22-23, 26).
continuará, d.v. en el siguiente número
del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea
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Los Sufrimientos en el Lago de Fuego Eterno
Antonio Rodríguez Galende
Acerca de esto, nada fácil resulta saberlo. Y en cuanto a mi experiencia antedicha acerca del infierno, sólo me fue permitido tomar conciencia de la inmensa peligrosidad a que estuve sometido en haber podido sucumbir a esos necrosos abismos.
Dios ya ha revelado en Su Palabra acerca de esos sufrimientos para los desgraciados que sufran juicio por haber rechazado previamente la gracia divina o indulto del soberano de la Eternidad.
Hay, sí, un gran problema en cuanto a discernir con claridad acerca de los sufrimientos del tormento eterno. Y es que si antes los analfabetos eran los que no sabían leer, (y, lógicamente también eran analfabetos los que no sabían interpretar correctamente aquello que leían) resulta que hoy, como ya no quedan personas que no saben leer (salvo algún extraño caso), el analfabeto es aquel que no sabe interpretar bien aquello que ha leído...
Sería una infinitud de preguntas a las que la mente humana no podría nunca dar una respuesta satisfactoria para todos, porque aunque hay revelación, no tenemos iluminación suficiente para comprender con la claridad que algunos pudieran desear. De todos modos, las descripciones bíblicas no dejan lugar a dudas de que los sufrimientos van a ser solemnemente graves para todos los que “sufrirán pena de eterna perdición, excluídos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Ts. 1.9).
No, no pretendo yo tratar de exponer aquí cómo son exactamente los terrores infernales, que la Palabra de Dios informa de sus eternas amarguras para aquellos que sucumban al juicio eterno. Pero sí que hay aspectos que no pueden ser dejados ahora en el olvido, tales son:
1. Que todo enjuiciado aceptará la sentencia de condenación divina y la tendrá por justa, con sus agravantes y atenuantes incluídos.
2. Que todos los enjuiciados soportarán el remordimiento de una conciencia despertada a la realidad espantosa de haber despreciado y pisoteado a Cristo.
3. Que los condenados se verán aplastados por aquella pesadez aterradora que reporta el saber la duración del castigo: PARA SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE.
1º - ACATANDO LA SENTENCIA
Cuando todo inconverso (que rehusó fiar en Cristo y, por ello, la ira santa y justa está sobre su cabeza, Jn. 3.36) haya partido a la eternidad y tome conciencia POR FIN de su desgraciada situación, va a temblar esperando el juicio divino que le aguarda. Y llegará ese día de espanto para ellos, y comparecerán sucios de sus pecados ante la presencia del Juez Supremo, el cual les hará ver su culpabilidad, y que pudieron convertirse al Cristo que les brindó esas maravillosas oportunidades de conversión que ellos quisieron menospreciar.
Muchas de esas personas serán religiosos profesionales y miembros de iglesias, pero sus alegaciones de nada servirán, pues creer que uno es cristiano, pero sin serlo, carece de validez ante el Dios Justo.
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7.21-23).
Y qué terror, pavor y espanto sobrecogerá a unos y otros condenados. Dios les hará ver su estado sucio del pecado. Reos culpables ante el Dios que inexorablemente les aplica todo el peso y el rigor de su terrible justicia, la que ellos no quisieron considerar en esta vida, y muchos aun la burlaron directamente y sin escrúpulo alguno.
Dios les advierte previamente: “Estas cosas hiciste, y yo he callado; Pensabas que de cierto sería yo como tú; Pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos” (Sal. 50.21).
Qué espanto aterrador el mirar atrás y ver la película de su vida despreciando tantas veces, y durante tanto tiempo, la oportunidad de convertirse a Cristo, que les habría limpiado de sus pecados, “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1.7), sin dejar ninguno al imaginado purgatorio.
Sus nombres no constan en el Libro de la Vida del Cordero Divino, y Él dictamina laudo de sentencia eterna contra ellos. “Y el que no se halló inscrito (su nombre) en el libro de la vida fue lanzado (catapultado) al lago de fuego” (Ap. 20.15).
Cristo ya lo advirtió: “si no os arrepentís, todos pereceréis” (Lc. 13.3-5). Cada sentencia llevará implícito el grado de castigo, ya que el tormento será proporcionado a la luz y oportunidad recibidas, y rechazadas. Será acorde al grado de culpa de cada cual (Mt. 10.12-15; Lc. 12.47-48).
En el lago de eterna amargura, sufrirán mayor condenación aquellos religiosos que, no solo no entraron ellos al reino de Cristo, sino que lo impidieron a aquellos que querían entrar (Mt. 23.13-14). Los ayes de Cristo (“ay de vosotros”) que aparecen en Mateo 23 son terribles admoniciones contra esos pobres ciegos, erigidos en ciegos guías de otros ciegos, desventurados como ellos.
Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapar del lazo del diablo, en el QUE ESTÁN CAUTIVOS A LA VOLUNTAD DE ÉL (2 Ti. 2.26).
Se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; reciban por la fe que es en Cristo perdón de pecados y herencia entre los santificados (Hch. 26.18).
continuará, d.v. en el siguiente número
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El Salvador Santo Desea Una Iglesia Santa
parte 2
Lucas Batalla
viene del número anterior
Una iglesia santa necesita y se basa en la Palabra santa, porque Juan 17:17 la presenta como instrumento de nuestra santificación. La Palabra de Dios tiene un poder limpiador y purificador en nuestras vidas. Hoy en día hay buenos libros que nos pueden ayudar, sí, pero la Palabra de Dios está por encima de todos ellos. Ella ayudó a los Tesalonicenses porque la recibieron como Palabra de Dios (1 Ts. 2:13). Ella produjo cambios en las vidas de ellos. Nuestras vidas también necesitan ser impactadas por la Palabra de Dios. No sirve de nada que los vecinos digan que eres buena persona o buena madre, si no estás viviendo y educando a tus hijos en la santidad, en la Palabra de Dios que puede santificarles. Hagamos lo que agrada y honra a Dios, y es la santidad.
1 Juan 1:5-8 enseña que si decimos que no tenemos pecado, mentimos (v. 6). Y si mentimos unos a otros, luego acabaremos haciéndole mentiroso a Dios (v. 10). Debemos ser muy meticulosos y serios en estas cosas. Es nuestra responsabilidad cuidar nuestra propia vida y andar en comunión con Dios, pero para andar así, tenemos que vivir en santidad, porque Él es santo.
continuará, d.v. en el siguiente número
del libro Dios Santo: Pueblo Santo, Lucas Batalla, Libros Berea
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“El Cauto”
Así era el apodo que los de su pueblo le pusieron a Claudio Comas, que era quizá el hombre más precavido y cauto de todo el pueblo. Algunas esposas tienen que insistir para que sus maridos e hijos lleven botas de goma cuando llueve, pero, en este caso, era Claudio quien siempre le recordaba a su mujer que llevara impermeable o paraguas cuando se acercaba una tormenta.
Una vecina suyo partió una pierna al tropezar con una segadora que el sobrino había dejado afuera de la casa, y llevó al sobrino a los tribunales. Entonces Claudio añadió una cláusula a su póliza de seguros para cubrir esos percances. Decía: “Ya no te puedes fiar ni de la familia”.
Claudio también se vacunaba cada año contra la gripe y, cuando llegaba la primera helada, tomaba dosis masivas de vitamina C a diario. Se compró un coche con cinturones extrafuertes y airbags por todas partes. Se unió a un grupo de deportistas adultos y comenzó a correr, por lo que pronto todo el mundo estaba acostumbrado a ver aquella figura dando vueltas a la manzana, vestida con un viejo chándal.
También contrató una costosa póliza de seguro de vida, además de la que ya tenía, y le dijo bromeando a su mujer: “No te engaño, Ana, pero te valdré más muerto que vivo”.
Hace seis meses, tras muchos robos en una población cercana, instaló un complejo sistema de alarmas en su casa, de modo que cualquier intruso que intentara entrar desencadenaría la alarma más estrafalaria que se pudiera imaginar. Fue algo embarazoso para él encontrarse un día con que se había olvidado las llaves. La policía municipal no ha dejado de reirse de él desde entonces.
Hace tres meses, hizo instalar un lujoso sistema antiincendios. Le dijo a su mujer que sería una tontería haber trabajado toda una vida solo para ver cómo todo se convertía en humo.
Así era la vida de Claudio hasta la semana pasada. Un día, tras salir a correr, estaba en casa bebiendo un vaso de zumo, cuando tosió dos veces, se desplomó y cayó al suelo, muerto. ¡Hasta ese momento gozaba de buena salud!
Entonces el pastor de la congregación visitó a la Sra. de Comas, aunque ellos nunca habían asistido mucho, porque siempre estaban muy ocupados.
—“¿Era cristiano el Sr. Comas?”, indagó amablemente el predicador.
—“Bueno —contestó la mujer, pensativa—, era un hombre bueno, si a eso se refiere. Nunca tuvo mucho tiempo para la iglesia, porque estaba terriblemente ocupado. Pero vivió una buena vida. Nunca nos gustaba pensar en la muerte”.
—“Entiendo”, respondió el pastor—“pero, ¿conocía al Señor Jesucristo como su Salvador personal?”
—“Me temo que no sé lo que eso quiere decir”—le contestó la entristecida viuda.
—“Ya veo”— respondió el pastor, mientras contemplaba el elaborado sistema de alarma, la última precaución de un hombre prudente en las cuestiones de lo temporal, pero insensato en lo eterno.
Dudo que Claudio hubiera leído u oído hablar del hombre del que Cristo habló, que había planificado bien para la vida presente, pero fracasó rotundamente en sus planes para la vida venidera. Este hombre dijo: “Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?” (S. Lucas 12.19-20).
El cuerpo está condicionado para una existencia de bien pocos años en este mundo. El alma, el VERDADERO tú, es imperecedera. Existirá para siempre en la eternidad, ¿pero dónde? ¿En el cielo, redimida; o en el infierno, perdida?
Si Claudio hubiera pensado en su alma inmortal, quizá se habría interesado por saber que Dios había preparado lo necesario para la salvación: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (S. Juan 3.16).
Si tan solo "el Cauto" lo hubiera sabido, ¡cuánto podría haber cambiado su manera de pensar y se habría preparado para la eternidad! Pero ya es tarde para él.
¿Y tú, amigo? Todavía estás aquí. ¿Tienes algún plan para tu partida? ¿Algo que tenga que ver con Cristo como tu Salvador? ¿O vas a dejar que los demás tengan que hacer cábalas acerca de dónde estás? Aquí tienes algunas cosas en las que pensar, si quieres un final diferente al de Claudio Comas.
“No te jactes del día de mañana, porque no sabes qué dará de sí el día” (Proverbios 27.1).
“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (S. Juan 5.24).
“Estas cosas os he escrito a vosotros, que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5.13).






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