El Cristo Que Divide
Texto: Miqueas 7.6
"Porque el hijo deshonra al padre, la hija se levanta contra la madre, la nuera contra su suegra, y los enemigos del hombre son los de su casa".
No solemos pensar en esto como uno de Sus títulos, pero es una verdad ineludible que afecta a cada creyente.
En este texto, el profeta Miqueas ansía la llegada de una visita divina para juzgar (7.4). Entonces desaparecerán todos los lazos de amistad, afecto y lealtad. La supervivencia motivará a los miembros de la familia a volverse contra sus seres más cercanos y queridos. Habría una traición generalizada y los hogares se desgarrarían. Miqueas aconseja a sus oyentes que ni siquiera confíen en sus esposas y mucho menos en sus amigos y vecinos (7.5). Este terrible colapso social formaría parte del terrible juicio que caería sobre Judá.
Pero el asunto no termina ahí. Nuestro Señor revela que el cumplimiento final de esta profecía se producirá durante la Gran Tribulación (Mt. 10.21). Entonces, los fieles a Cristo se enfrentarán diariamente al odio y la traición, que los llevarán al martirio (Mt. 24.9-10). Experimentarán la traición despiadada de personas de su entorno. Sus propios familiares revelarán secretos íntimos a sus perseguidores, como hizo Judas con Jesús. Esa ha sido siempre la suerte de los verdaderos seguidores de Cristo, especialmente en tiempos de persecución. Incluso hoy en día, los parientes inconversos malinterpretan con facilidad y, en ocasiones, se oponen con amargura a un cristiano fiel a su Señor. En este sentido, la lealtad a Cristo es un camino de soledad.
El Señor Jesús va al grano del asunto al afirmar que Él mismo es el gran divisor de las familias (Mt. 10.34-36; Lc. 12.51-53). Aunque es el Príncipe de Paz, Su primera venida trajo conflicto y contienda. Y aún lo sigue haciendo. La neutralidad es imposible. Inevitablemente, esto provoca división incluso en el círculo más íntimo. Existe una línea divisoria entre quienes reconocen la soberanía de Cristo y quienes no. La fe y la incredulidad se enfrentan incluso dentro de la familia. Los enemigos de Cristo se oponen implacablemente a él y, por lo tanto, a quienes llevan Su Nombre, incluso dentro del hogar. Es notable que nuestro Señor conociera y sintiera profundamente esta dolorosa división familiar en Su propia experiencia (Mr. 3.21; 31-35; Jn 7.5).
El Salvador nos plantea el desafío del discipulado. Seguirlo significa amarlo con más intensidad y devoción que a nuestro ser más querido en la tierra. No debemos permitir que nuestros apegos naturales releguen al Señor a un segundo plano. Por lo que es y por lo que ha hecho por nosotros, Él merece y exige con justicia el primer y más alto lugar en nuestro afecto. ¿Se lo concedemos?
Brian Gunning, St. Catharines, Ontario, Canadá, del libro Day By Day Christ Foreshadowed
(“Día a Día Cristo Presagiado”), lectura para 14 diciembre
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La Duración del Lago de Fuego
Antonio Rodríguez Galende

A veces se alzan voces bastante necias manifestando sandeces como la de “querer ir al infierno, para no pasar frío en invierno; o para juntarse allí con personas de mala vida y recrearse en su compañía”.
Si el infierno durase “cuatro días”, quizá fuera bueno ir a él, para aprender a valorar la gracia de Dios y la eternidad en su gloria. Pero la verdad es que aquellos que sucumban al juicio del Señor, no saldrán nunca del lago de fuego.
Isaías 66.24 habla de que su gusano NUNCA morirá, ni su fuego se apagará. Y en Marcos 9.48 leemos que Cristo ha ratificado literal la cita de Isaías.
Vemos en Apocalipsis 20.10 que “serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos”. Es decir: sin fin.
Judas 6 habla de “prisiones eternas para el juicio del gran día”–o día eterno de castigo–. Y aunque esta cita habla acerca de los ángeles que no guardaron su dignidad y se alzaron en rebelión contra Dios. Cristo advierte que los hombres irán también a ese lugar y con esos ángeles impuros (diablo y sus demonios) al fuego ETERNO, PREPARADO PARA TODOS ELLOS, Mt. 25.41).
Lucas 3.17 nos habla de fuego y tormento perpetuos.
Ciertamente podría presentar aquí más citas, pero basten éstas para afirmación y confirmación del eterno castigo contra los rebeldes a la voluntad de Dios, la cual es “Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna” (Jn. 6.40).
Desde luego que, tanto la vida que tenemos en Cristo los que hemos “pasado de muerte a vida” (Jn. 5.24) como la muerte (separación de Dios y su castigo) que aguarda a los que rechazan el señorío de Cristo para sus vidas, ambas son eternas, y nadie como Cristo lo expone con tanta claridad y transparencia: “E irán éstos al castigo eterno, y los justos (los justificados, los declarados justos) a la vida eterna” (Mt. 25.46, Dn. 12.2).
Si la vida es eterna, ¿por qué la muerte o el castigo no ha de ser eterno? ¿Qué argumentos presentan los oponentes a Cristo, el cual afirma que el castigo es eterno? Y no vale la expresión en el decir: que el castigo es eterno, por cuanto se quedan sin vida eterna al haber sido aniquilados. No, esa argucia no vale, porque las citas hablan de gusano que no muere; fuego que no se apaga; tormento día y noche por los siglos de los siglos; castigo eterno, y no mera aniquilación que priva del gozo eterno; se habla de quemante castigo eterno, ¡sentido y bien sentido!
Pero qué hermosura mirar a Cristo y saber que, por Él, Sus redimidos podemos entonar una preciosa canción que en una de sus estrofas reza así:
“Y cuando pasen siglos mil y miles sin contar,
Me quedará con Él vivir igual que al empezar”.
En cambio, los inconversos debieran pensar que en el infierno entonarán sus endechas de muerte eterna con su aciago “miserere”:
“Ya han pasado siglos mil de mi triste eternidad,
Y a mí me queda sufrir igual que el empezar”.
Así será para los santos de Dios, y así también para los condenados: ETERNIDAD SIN FIN.
De manera que convendría al hombre materialista del momento no afanarse aquí y ahora tanto y tanto por un poco de bienestar (que a veces se traduce por la mucha abundancia en malestar), y preocuparse de su futuro eterno. Y el consejo no es mío, sino que Dios sigue diciendo a los inconversos: “Prepárate para venir al encuentro de tu Dios” (Am. 4.12).
“¿Qué extraña locura lleva al mundo sin su Señor?
Se acaba el tiempo, y se llega a presencia de ese Dios.
¿Desechaste tú el indulto que mi Hijo te ofreció?
¿Fuiste capaz de pisar la sangre del Salvador?
¿Terrible en tu corazón la voz de Dios tronará?
¿Su laudo dictaminó y al lago de fuego irás?
Detente, amigo, que al fin te aguarda una eternidad.
Confía en Cristo, pues así con Él por siempre estarás.
Pronto cesará tu tiempo pues la muerte te hallará.
Ponte en Cristo bien cubierto pues VAS A LA ETERNIDAD”.
Antonio Rodríguez vive en Benavente, España
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Distinciones Importantes entre
el Cuerpo de Cristo y una Asamblea Local
Norman Crawford
viene del número anterior
A menudo se suele emplear una ilustración que creemos equivocada. Dicen que el cuerpo es como una naranja o una manzana divida entre varias personas. Nadie tiene toda la naranja, pero todos tienen naranja. Suena bien, y parece basarse en 1 Corintios 12:27, pero en la ilustración cada uno tiene una parte de la naranja y si se juntaran todas las partes la naranja estaría entera. ¿Esto realmente se aplica al “cuerpo de Cristo” y las asambleas? ¿Es una asamblea “una parte del cuerpo”? Y si se juntaran todas esas asambleas, ¿tendríamos “el cuerpo”?
En el siguiente capítulo veremos a la asamblea como testimonio único de Dios en el mundo, y rechazamos la ilustración de la naranja. La asamblea no es parte de nada, aunque cada uno que está en comunión en la asamblea reconoce que es también miembro del “cuerpo de Cristo” con todos los demás creyentes en esta dispensación – estén en la tierra o en el cielo.
Norman Crawford. capítulo 3 de su libro, Congregados A Su Nombre, Libros Berea
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La Importancia de la Separación
Parte 2
viene del número anterior
Observe que el yugo de Cristo es diferente. Él dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mt. 11.29-30). Nuestro Señor quiere que vivamos y sirvamos junto con Él. Su yugo nos queda perfectamente, pues el Señor conoce nuestra condición. Entonces podrás decir con Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4.13).
Del mismo modo, cuando sirves y compartes con otros que también están unidos a Cristo, estás trabajando en un yugo igual, el único tipo de yugo que el Señor quiere que lleves. La ayuda y la cooperación de otros creyentes en las tareas que realizas y los proyectos que emprendes es, por supuesto, una gran bendición para todos los involucrados. Puedes ser un “compañero de yugo” (Fil. 4.3) con otros, pero solo con aquellos que sirven al mismo Maestro según Sus instrucciones.
Las razones para no entrar en un yugo desigual, es decir, para no vincularse con inconversos ni con cristianos rebeldes o desviados en ninguna clase de asociación, se exponen en 2 Corintios 6.14-17.
“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual, Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré”.
Tienen que ver con las diferencias existentes entre creyentes e incrédulos. Ten en cuenta que estas diferencias existen realmente. No las hemos inventado nosotros, sino que es Dios quien las menciona. Lee estos versículos para ver que se refieren a lo correcto y lo incorrecto, la luz y las tinieblas, Cristo y Satanás, la fe y la incredulidad, Dios y los ídolos.
No solo son diferentes, sino que se excluyen mutuamente; son opuestos. Muchos de los que han aceptado un yugo desigual han descubierto finalmente y de forma trágica lo opuestos que son. Muchos también han descubierto que el lugar equivocado del yugo ha distorsionado el lugar correcto, y que cualquier compromiso al que se haya llegado está muy por debajo de lo inicialmente previsto. ¡Siempre es más fácil dejarse arrastrar hacia abajo que tirar hacia arriba!
Esto se escribe para aconsejarte y advertirte sobre los peligros de no separarte del mundo. Mantener la separación no te privará de disfrutar ni te llevará a una vida aburrida. Es el diablo quien hace que desobedecer la Palabra de Dios parezca atractivo y emocionante. Estar prevenido es estar preparado, y la protección contra el naufragio espiritual consiste en tener la Palabra de Cristo morando en abundancia en nosotros (Col. 3.16) y en mantener el alma bien anclada y fortalecida por la verdad de Dios (Sal. 119.11).
Verás, es una triste realidad que muchos creyentes han quedado espiritualmente lisiados y arruinados por acercarse demasiado al mundo y luego involucrarse en un yugo desigual. Esto ha adoptado diversas formas, pero, en definitiva, el diablo ha arrastrado a muchos al nivel de las personas mundanas. Muchos cristianos jóvenes, brillantes y felices han caído en esta trampa sutil, y su vida y testimonio para Dios en el mundo se han visto afectados. La falta de separación ha destruido muchos árboles fructíferos en el jardín del Señor y ha paralizado muchas manos fuertes que Él podría haber utilizado poderosamente en su servicio.
Hay cuatro áreas importantes en las que el yugo desigual supone un peligro especial para ti. Estas son:
· las amistades sociales
· las relaciones matrimoniales y familiares
· las asociaciones en los negocios y el comercio
· las comunidades eclesiásticas
continuará, d.v. en el número siguiente
autor desconocido
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La Importancia del Trabajo
Noé y sus hijos construyeron el arca. Jacob era pastor de ovejas. Gedeón trabajaba en la cosecha del trigo. Eliseo araba el campo con doce yuntas de bueyes. Amós era boyero y recogedor de hijos silvestres. Leví era recaudador de impuestos. Pedro, Andrés, Jacobo y Juan eran pescadores. El apóstol Pablo escribió: “no comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche” (2 Ts. 3.8). Es cierto lo que dijo William MacDonald, que Dios no llama ni utiliza a los ociosos ni a los de brazos cruzados. La instrucción apostólica es:
“Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan” (2 Ts. 3.10-12).
El hermano Juan Dennison escribió lo siguiente acerca de la importancia del trabajo.
David y Moisés eran pastores, Pedro y Juan eran pescadores, y Pablo era un fabricante de carpas. A Dios le gusta usar gente que sabe trabajar y que mantiene un empleo. Incluso el Señor Jesús probablemente trabajó durante 15 años antes de comenzar sus tres años de ministerio público y espiritual. El pueblo de Nazaret proclamó: “¿No es éste el carpintero?” (Marcos 6.3). Aunque ellos se negaban a aceptarlo como su Mesías, no podían negar su historial de arduo trabajo. También se preguntaron: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mateo 13.55). Parece que el Creador dejó que José le enseñara la carpintería. ¿No es cierto que las personas “enseñables” (receptivas) llegan a ser los mejores trabajadores? Más adelante, en cuanto a la gran obra de salvación, Él declaró: “He acabado la obra” (Juan 17.4). Que Dios nos ayude a apreciar e imitar la ética de trabajo de nuestro Salvador.
Juan Dennison, Devoción a Diario, lectura 7 marzo,
Libros Berea y Publicaciones Pescadores
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El Salvador Santo
Desea Una Iglesia Santa
Lucas Batalla
Texto: Hebreos 10:1-18
La Iglesia es santa, porque su Salvador y Cabeza es Santo. Si estudias la Biblia sin ver a Cristo, no la entenderás, porque todo apunta a Cristo y Su obra redentora. La Ley solo puede condenar, pues es una sombra que no puede salvar a nadie. Pero Cristo —y solo Él— guardó y satisfizo la Ley, y después murió en nuestro lugar. Dios le preparó un cuerpo a su Hijo para que satisficiera la justa demanda de la Ley contra nosotros, los pecadores (He. 10:5, “me preparaste cuerpo”). Esto demuestra que somos pecadores y que no tenemos poder para salvarnos a nosotros mismos. Sin embargo, mucha gente dice que no tiene culpa, que no hace mal a nadie, que Dios no tiene por qué juzgarles, etc., pero el sacrificio de Cristo demuestra que no es así: murió solo por nosotros. ¿Murió porque somos buenos? ¡De ninguna manera! En la Ley vemos nuestra condenación y, en el Señor Jesucristo, nuestra salvación.
La Ley es la sombra de cosas venideras (v. 1), pues no puede salvar ni santificar a nadie, pero Cristo sí. Sólo Su sangre nos limpia y nos santifica – sin ese derramamiento de sangre no hay remisión de pecados. En 1 Juan 1:7 leemos que la sangre de Jesucristo nos limpia “de todo pecado”, no porque pidamos perdón, ni porque seamos sinceros, ni siquiera porque deseemos nacer de nuevo, sino sólo porque Cristo murió por nosotros, castigado en nuestro lugar. Cuando arrepentidos confiamos en Él, recibimos el perdón. Es Su preciosa sangre que nos provee perdón. En 1 Juan 2:2 leemos que Él es la propiciación por nuestros pecados.
El tabernáculo era una sombra. El altar, los levitas, los sacerdotes, el sumo sacerdote, los sacrificios, el coro, el incienso... Todos eran sombras que anunciaban la llegada de quien vendría a santificarnos mediante el sacrificio de sí mismo. El Salvador santo es el único que puede santificarnos. Solo Cristo, crucificado, resucitado, ascendido y glorificado a la diestra del Padre, puede santificarnos e interceder eficazmente por nosotros. Hebreos 7:23-26 nos recuerda que tal sumo sacerdote nos conviene, nos hace falta. Aarón era figura de Cristo, pero como hemos visto tanto él como sus hijos tenían pecados y fallos. Por eso, antes de entrar en la presencia de Dios, Aarón tenía que ofrecer sacrificios por sus propios pecados y luego por los del pueblo (He. 7:27). Sólo Jesucristo es el Sumo Sacerdote perfecto que cuida e intercede por Su pueblo. Sólo tuvo que ofrecer un sacrificio “una vez para siempre”, pues se ofreció a sí mismo. Por eso acudimos s a Él, y no a santos, vírgenes, ángeles, sacerdotes, psicólogos ni otros. Hebreos 8:5-6 dice que todo lo del tabernáculo y el templo era representativo – figuras de cosas celestiales. Romanos 8:34 nos informa de que Cristo intercede por nosotros. Por tanto, cuando los creyentes pecamos, acudimos al Señor y Él, fielmente, cuida y atiende a los suyos.
Hebreos 10:19 anuncia que tenemos libertad para entrar en el lugar santísimo por la sangre de Cristo. Hermanos míos, la sangre de Cristo es poderosa e importante, y nunca debemos olvidarla. Gracias a ella podemos acercarnos a Dios. El versículo 22 dice que nos purifica la conciencia y nos limpia. La Iglesia necesita un Salvador poderoso, eficaz y santo, y lo tiene en el Señor Jesucristo. Él sigue interesado en nuestras vidas; no solo en la salvación de nuestras almas y el perdón de nuestros pecados, sino también en cómo somos y vivimos diariamente. El Señor guía nuestras vidas a través de su Palabra, en la que nos dice lo que debemos y no debemos hacer.
Por ejemplo, los israelitas sabían que había cosas que se podían tocar y otras que no, cosas que se podían comer y otras que no, cosas que se podían vestir y otras que no, etc., y si desobedecían, luego venía el juicio, el castigo. Y nosotros, hermanos, ¿qué debemos hacer? Algunos dicen que eso de la separación y de no tocar ciertas cosas no se aplica porque no estamos bajo la ley. Pero se equivocan. El Nuevo Testamento manda: “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré” (2 Co. 6:17). Debemos obedecer al Señor y tomar en serio sus instrucciones respecto a nosotros mismos y a nuestras vidas. Esa es la santidad: caminar tras Él, cerca de Él, por Sus caminos conforme a Su Palabra, amarle y obedecerle. Y, cuando fallamos, debemos humillarnos y no tratar de justificarnos ni implilcar a terceros, sino confesarlo para recibir perdón y limpieza (1 Jn. 1.9). El Señor desea y merece un pueblo santo en la práctica, no solo de palabra, pues murió para santificarnos. No digamos que la santidad es radicalismo y que no hay que enfatizarla tanto, pues este es uno de los errores que Israel cometió y por el que fue juzgado, como bien sabemos. Pero parece que no creemos, o se nos olvida, que el Señor, el Juez justo, también nos juzgará en el Tribunal de Cristo.
continuará, d.v. en el siguiente número
del libro Dios Santo: Pueblo Santo, Lucas Batalla, Libros Berea
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¿Somos Todos Hijos de Dios?
Muchos piensan así, pero ¿qué dice la Escritura? Dios es nuestro Creador, pero eso no significa que sea nuestro Padre. Todos somos criaturas de Dios, pero nunca dice que seamos todos Sus hijos. Para llegar a ser hijo de Dios, es necesario algo más que el nacimiento físico.
Por ejemplo, aunque haya niños y jóvenes en nuestro barrio, no son nuestros hijos, sencillamente porque no los hemos engendrado nosotros.
Los Salmos 11.4 y 14.2 informan de que Dios examina a los hijos de los hombres, es decir, a todos los seres humanos. Y lo que ve no es bonito. “El corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez en su corazón durante su vida; y después de esto se van a los muertos” (Ecl. 9.3). Porque todos nacemos como hijos de Adán, sus descendientes, no como hijos de Dios. Adán pecó y todos los que descienden de él son pecadores. Por eso, en la Biblia encontramos el retrato divino de la condición natural de toda la humanidad:
· hijos de viles (Job. 30.8)
· hijos de los hombres (Sal. 4.2)
· hijos mentirosos (Is. 30.9)
· hijos de la hechicera, generación del adúltero y de la fornicaria (Is. 57.3)
· hijos rebeldes, generación mentirosa (Is. 57.4)
· hijos rebeldes (Jer. 3.14)
· hijo del diablo (Hch. 13.10)
· todos están bajo pecado (Ro. 3.9)
· no hay justo, ni aun uno (Ro. 3.10)
· todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno (Ro. 3.12)
· hijos de desobediencia (Ef. 2.2; 5.6)
· sin esperanza y sin Dios en el mundo (Ef. 2.12)
· extraños y enemigos en vuestra mente (Col. 1.21)
· hijos de desobediencia (Col. 3.6)
· hijos de ira (Ef. 2.3)
· una generación maligna y perversa (Fil. 2.15)
· hijos de maldición (2 P. 2.14)
· hijos del diablo (1 Jn. 3.10)
Esa es nuestra condición al nacer. Somos descendientes de nuestro primer padre, Adán, que pecó antes de engendrar hijos, por lo que todos sus descendientes nacemos contaminados con el pecado. La única forma de escapar de esta terrible situación es nacer de nuevo por la fe en el Señor Jesucristo. Solo a los creyentes nacidos de nuevo se les dice: “todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gá. 3.26), es decir, no todos los seres humanos, sino todos los creyentes. El nuevo nacimiento es por la fe en Jesucristo.
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn. 1.12-13).
Por el nacimiento natural, somos humanos, hijos de Adán. Podemos ser más o menos religiosos, pero eso no nos convierte en hijos de Dios. Cristo le explicó al religioso Nicodemo la necesidad del nuevo nacimiento:
“Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3.6-7).
Nicodemo, aunque era un hombre religioso y enseñaba a otros (como los catequistas), todavía no era hijo de Dios cuando habló con Cristo aquella noche. Esto es así para todos: quien no nazca de nuevo, no es hijo de Dios. Dios es su Creador y Juez, pero no es su Padre, ni deben decirle “Padre nuestro”, porque no es cierto, y es un error rezar así el Padrenuestro.
Dios llama a todo hijo de Adán a reconocer su condición pecaminosa y perdida, a arrepentirse y a confiar en Jesucristo como su Señor y Salvador. El Hijo de Dios, santo y justo, murió cargado con los pecados de toda la humanidad, para pagar nuestra deuda y ofrecer salvación para cuantos en Él confían. Romanos 3.25 afirma que solo “por medio de la fe en su sangre” podemos ser justificados y gozar del perdón y de la vida nueva y eterna. Esto es nacer de nuevo, y a partir de ese momento y no antes, el creyente se convierte en miembro de la familia de Dios (Ef. 2.19). ¿Quieres ser hijo de Dios y tener un hogar eterno en el cielo? Necesitas nacer de nuevo.





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