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domingo, 31 de mayo de 2026

EN ESTO PENSAD -- junio 2026


“El Señor Está Contigo” 

Brian Gunning

Texto: Sofonías 3.14-20 

Es probable que esta Escritura se refiera al reinado milenario de Cristo, cuando establecerá su reino mundial. En lugar de ser objeto del odio de las naciones, Israel será cabeza de las naciones. En ese día, Israel cantará y conocerá la bendición y la comunión con Dios como nunca antes las había conocido. Se cumplirán las promesas.

 Incluso hoy, Israel sigue estando en los planes del Señor y Él no lo ha olvidado. Aunque se encuentra en la ceguera y sin la luz de las Escrituras, Dios no ha terminado con Israel. En la actualidad, el Señor Jesucristo está edificando Su Iglesia (Mt. 16.18). Cuando eso termine, la Iglesia será arrebatada y Dios reanudará Su plan para Israel, cumpliendo todas las promesas pendientes. 

 No podemos dejar de notar el paralelismo entre estas promesas a Israel en un día futuro y las promesas del día presente para el creyente cristiano. 

 Por ejemplo, “Jehová ha apartado tus juicios” (v. 15), nos recuerda que “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8.1). “Ha echado fuera tus enemigos” (v. 15), se repite en las palabras del escritor hebreo: “para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (He. 2.14). “Nunca más verás el mal” (v. 15), contiene la conocida verdad: “porque el pecado no se enseñoreará de vosotros” (Ro. 6.14). El “No temas” del verso 16 se refleja en las palabras de Pablo a Timoteo: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía” (2 Ti. 1.7). El gozo de la comunión (v. 17), el consuelo para los afligidos (v. 18), la superación de las dificultades y el sufrimiento para bien (v. 19) y la promesa de reunir a Su pueblo (v. 20) tienen su contrapartida en el Nuevo Testamento para nosotros hoy en día. 

Probablemente Israel se siente abandonado por Dios. Si nos fijamos solo en las circunstancias, sus sentimientos estarían justificados. Del mismo modo, los cristianos de hoy pueden pasar por momentos en los que sienten que el Señor no está con ellos. Las personas, las familias y las asambleas de creyentes pueden pensar que Él los ha olvidado. Tan seguro como que Él cumplirá Su promesa a Israel, hoy podemos confiar en nuestro Señor Jesucristo, que dice: “No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13.5). 

Brian Gunning, del libro Day By Day Christ Foreshadowed

(“De Día en Día, Cristo Presagiado”) p. 367

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El Que Todo Lo Puede

Las limitaciones humanas pueden resultar frustrantes. Un hombre discapacitado pasó 38 años sentado junto a un estanque esperando ser sanado. Él lo explicó así: “No tengo a NADIE que me meta en el estanque” (Juan 5.7 NBLA). El Salvador también conoció a un hombre endemoniado y salvaje. Era un caso perdido, pues “NADIE podía atarle, ni aun con cadenas” (Marcos 5.3). El hijo pródigo estaba tan mal que “NADIE le daba nada” (Lucas 15.16 NBLA). Pero el Señor Jesús nunca se sintió frustrado;  no tenía limitaciones en cuanto a sus recursos y capacidad. En cuanto a la salvación, Él dijo: “NADIE viene al Padre” (Juan 14.6). Cuando tratamos de ser salvos chocamos con el muro de nuestra incapacidad porque “éramos débiles” (Romanos 5.6). Agradece al Señor que Él puede hacer lo que nosotros no podemos. Él puede “llevarnos a Dios” (1 Pedro 3.18). 

Juan Dennison, Devoción a Diario, lectura para el 2 de junio,
disponible de Libros Berea y de Publicaciones Pescadores


“Él puede, Él puede, yo sé que Él puede,
Yo sé que todo puede mi Señor.
Salvó a desalentados, cautivos Él libró.
También sanó a los ciegos, y a los muertos levantó.
Yo sé que todo puede mi Señor”. 

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 Más Bienaventurado Es Dar Que Recibir
Donald Norbie
parte 2

viene del número anterior
Los Creyentes Como Dadores

    Cuando uno recibe al Señor Jesucristo, también recibe al Espíritu Santo en su vida. Su cuerpo viene a ser templo de Dios para irradiar la gloria divina (1 Co. 6.20). El Espíritu de Cristo que mora en él (Ro. 8.9)  también se caracteriza por dar. La misma vida generosa que caracterizaba a Cristo en este mundo se manifiesta ahora en Su cuerpo, la Iglesia.
    Aquellos a quienes Cristo tocó se convirtieron en dadores generosos. Zaqueo recibió a Cristo (Lc. 19.8) y emocionado, proclamó: “La mitad de mis bienes doy a los pobres”. ¡La salvación llegó a su cartera! Hoy en día no muchos ofrendan así como ese publicano.
    El día de Pentecostés, una gran multitud creyó y fue bautizada. Cuando se reunían, el amor rebosaba.“Vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (Hch. 2.45). No es de extrañar que los observadores se sintieran sobrecogidos por el asombro (Hch. 2.43).
    En el Antiguo Testamento, se instruía a los israelitas para que dieran el diez por ciento de todo lo que adquirían (Lv. 27.30). De esta manera, reconocían que todo realmente pertenece a Dios. Cuando no lo hacían, era una señal de malestar espiritual y los profetas los reprendieron fuertemente por ello. “¿Robará el hombre a Dios?” fue el clamor del profeta Malaquías (Mal. 3.8).
    Cuando el Señor estaba en este mundo, Él habló bien del diezmo, aunque si se trataba de algo desvinculado de la práctica de la piedad, lo reprendía (Mt. 23.23). La ofrenda no debe considerarse una forma de pagar por los pecados. No podemos comprar a Dios. El Señor Jesús alabó la forma sacrificada en que la viuda ofrendó (Lc. 21.1-4).
    Las iglesias primitivas se caracterizaban por las ofrendas generosas, y se exhortaba a los fieles a realizarlas: “Dios ama al dador alegre” (2 Co. 9.7). Las ofrendas debían realizarse en secreto, esto es, sin manifestación abierta, para que no surgieran motivos incorrectos en el corazón (Mt. 6.3-4). La ofrenda debe ser algo planificado, regular y proporcional (1 Co. 16.2).    
    ¿Cuánto debemos ofrendar? No estamos obligados a dar el diezmo como los israelitas bajo la ley de Moisés. Sin embargo, A. P. Gibbs solía decir: “Si bajo la Ley se daba el diez por ciento, sería una desgracia dar menos que esto bajo la gracia!” Puede que algunos encuentren que el diez por ciento es un buen punto de referencia para empezar a ofrendar, pero no deben diezmar porque están bajo la gracia, no bajo la ley. Y si alguien siente que no puede dar esta cantidad con alegría, entonces debe decidir cuánto puede dar y pedir a Dios que aumente su fe. Siempre debemos reservar una parte para Dios cuando recibimos la nómina, aunque sea para distribuirla más tarde. 
    Así sabremos que estamos dando a Dios las primicias y no las sobras. No es correcto esperar a ver cómo nos va el mes y después ofrendar a Dios solo lo que sobre. Lo primero y lo mejor para Dios.
    Entonces,¿cómo deben distribuir estos fondos las iglesias y los creyentes? El dinero de las ofrendas no es simplemente para aumentar el saldo de la cuenta bancaria de la iglesia. “No os hagáis tesoros en la tierra” (Mt. 6.19) también se aplica a las iglesias locales. Pero algunas tiene mucho dinero ahorrado “por sí a caso”, y no lo distribuyen. Hay necesidades en la asamblea local que deben tener prioridad. Por ejemplo, la Palabra de Dios manda: “El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye” (Gá. 6.6). También hay creyentes necesitados en nuestra localidad y en otros lugares a los que debemos ayudar (Hch. 2.45; 11.29-30; 1 Ti. 5.3-10). En aquellos primeros días de la Iglesia hablaban del hambre que había, oraban por esa situación, y enviaron ayuda. 
    Las iglesias y los particulares también ayudaban a los obreros del Señor. Lidia abrió su casa a Pablo y sus compañeros (Hch. 16.15). La hospitalidad es una forma de ofrendar que sale costosa; ya que implica dar de sí mismo. Los cristianos de Filipos enviaban con frecuencia fondos a Pablo, no por obligación sino por amor e interés personal. Tales ofrendas nacían de la oración y del profundo interés por ayudar a los siervos de Dios. No se trataba de un mero ejercicio contable, ni de dar “una ayudita” simbólica que en realidad no ayuda mucho. Es importante tener comunión de esta manera práctica, y mostrarse agradecido.
    Aquellas iglesias primitivas nunca prometieron un apoyo económico, pues ¿cómo podían ellas saber el futuro? No se contrataba a ningún obrero, ni nadie recibía un salario. Tal pensamiento habría sido repugnante. Eran siervos del Señor. Sin embargo, había oración, preocupación y ofrendas regulares por parte de las iglesias. Esa era la obra de Dios. 
    Lamentablemente, los corintios eran tacaños o descuidados con respecto a las necesidades de Pablo. Él servía incansablemente entre ellos, pero aparentemente no recibía nada. Por eso leemos: “He despojado a otras iglesias, recibiendo salario para serviros a vosotros” (2 Co. 11.8). También les preguntó: “Si nosotros sembramos entre vosotros lo espiritual, ¿es gran cosa si segáremos de vosotros lo material?” (1 Co. 9.11). Algunos piensan que su ofrenda es gran cosa, pero el ministerio espiritual es mayor que el material. El precepto bíblico que debemos seguir es: “El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye” (Gá. 6.6). No debemos tratarlos como dijo cierto hombre en oración: “Señor, mantén humilde a tu siervo, y yo lo mantendré pobre”. El que hace tesoros en la tierra y no tiene cuidado de su hermano, peca (1 Jn. 3.17).
continuará, d.v. en el siguiente número

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Peligros Pastorales
por Stephen Hulshizer (1941-2019)

viene del número anterior
8. La Falta de Oración

Otro peligro que parece ser un defecto común es la falta de oración – no necesariamente porque no ore, sino porque no dedica el tiempo debido a la oración, ni espera pacientemente la respuesta de Dios. Tenemos muchas actividades y compromisos – no todos ellos son espirituales – y la oración suele ser reducida a unos breves momentos al principio y al final del día. Los efectos secundarios de la falta de oración son prioridades incorrectas, decisiones no acertadas, y obras en el poder de la carne. Mal asunto es cuando los que cuidan de una asamblea no son hombres de oración.
    En Hechos 6 vemos la importancia dada a la oración por los que guiaban la asamblea en Jerusalén. 
“Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra” (Hch. 6:3-4). 
    La oración es uno de los temas destacados en el libro de Hechos. Uno aprende esto si hace una lectura seguida del libro y solo apunta los textos que mencionan la oración. ¡Siempre estaban orando!
    Observamos que dos veces en su vida Josué no oró debidamente, y esto causó confusión y pérdida en el pueblo de Dios. En Josué 7, no hubo oración antes de atacar a Hai, y por eso no supo del pecado en el campamento. De haberse detenido para orar y esperar que Dios indicara Su voluntad, habrían conocido el pecado. De ese modo habrían podido rectificar y evitar el fracaso ante los de Hai.
    Otro error de Josué y los otros príncipes en Israel fue su decisión acerca de los hombres de Gabaón. Josué 9 relata cómo los gabaonitas “usaron de astucia” (v. 4), y engañaron a los hombres de Israel. Contaron una historia fabricada para engañar. Sabían lo que los israelitas querían oír y se lo dijeron. Se fingieron viajeros de un país lejano, y presentaron sus “pruebas” para engañar la vista: “zapatos viejos y recosidos”, “vestidos viejos” y pan “seco y mohoso” (v. 5). Tristemente los hombres de Israel se dejaron engañar por lo que oyeron y vieron. No debieron confiar en sus cinco sentidos, ni en la lógica, sino consultar a Dios en oración y esperar Su respuesta. Pero los versículos 14-15 relatan el error de Israel: “Y los hombres de Israel tomaron de las provisiones de ellos, y no consultaron a Jehová. Y Josué hizo paz con ellos...”
    A veces los ancianos sienten presiones a tomar decisiones o actuar. No es bueno demorar cuando hay que actuar. Pero tampoco hay que actuar antes de tiempo. El pueblo de Israel quiso un dios “ya”, pero Aarón podía haber dicho “no” y mandado que esperasen. Los gabaonitas querían una decisión en aquel mismo momento, y todo el pueblo estaba mirando y esperando. Pero en lugar de dejarse presionar, debieron responder: “Volved luego, y nosotros consultaremos a Jehová”
    Después de la caída de Jerusalén el pueblo quiso ir a refugiarse en Egipto, y consultó a Jeremías. El profeta tomó diez días (Jer. 42:4, 7) para orar y consultar a Dios antes de responder al pueblo. Los siervos de Dios no deben dejarse presionar por el pueblo. Antes de tomar decisiones, ora y espera conocer la voluntad de Dios. Hoy tenemos toda Su Palabra para consultar y saber Su voluntad.
    Sansón era un hombre activo, de gran poder y hazañas, pero impulsivo y poco reflexivo. Por su poder logró muchas cosas, pero por su falta de espiritualidad fracasó. No es ejemplo a seguir, sino más bien ilustra una conducta que debemos evitar. No notamos en él nada de la importancia de la oración. Parece que se gozaba más de sus músculos y su poder físico que de la presencia y comunión de Dios. Obraba más bien por impulsos carnales: lujuria, enojo y venganza, y murió preso en Filistea.
    Satanás anda alrededor, buscando a quién devorar (1 P. 5:8). Especialmente acecha a los ancianos para arruinarles si puede. Por eso el consejo: “Sed sobrios y velad en oración”.
continuará, d.v. en el siguiente número

                       del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea 

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 La Verdad No Es Negociable
Lucas Batalla

Texto: 2 Juan

    La verdad es el antídoto contra la mentira que abunda en el mundo.  No tenemos excusa para filosofar como Pilato que preguntó evasivamente: “¿Qué es la verdad?” (Jn. 18.38). Jesucristo declaró acerca de las Escrituras: “Tú palabra es verdad” (Jn. 17.17). Así que, salgamos de dudas, porque conocer a Dios y la Biblia es conocer la verdad. Hoy en día escuchamos expresiones como “tu verdad” y “mi verdad”, como si la verdad fuera relativa o negociable. Muchos no saben a quién creer, hay mucha desconfianza e incertidumbre, pero lo extraño es que no cree a Dios “que no miente” (Tit. 1.2). Los creyentes tenemos el gran privilegio de conocer la verdad. La Iglesia del Señor tiene una respuesta clara y firme, y una verdad divina y segura. El Señor prometió: “conoceréis la verdad” (Jn. 8.32), y Su promesa se cumple en nosotros los creyentes. Además, declaró: “Yo soy... la verdad” (Jn. 14.6). En el mundo hay mucho error, engaño y mentira. Las noticias encubren la verdad. Las religiones también mienten: el bautismo de los bebés, la salvación por obras, la devoción a los santos y el uso de imágenes. Aunque proclamamos la verdad del Evangelio, resulta extraño que el mundo crea más en la mentira que en la verdad.
    El apóstol comienza en el primer verso con un saludo a la “señora elegida y a sus hijos, a quienes yo amo en la verdad” (v. 1). Se trata del ámbito sano del amor cristiano: “en la verdad”, quiere decir, conforme a la verdad de Dios. Algunos creen que la señora se refiere a una iglesia local, y que los hijos serían los creyentes. Otros creen que se refiere a una familia de la iglesia, una hermana creyente y sus hijos. Ambas cosas son posibles, pero no tenemos más información para resolver la duda. Pero el amor cristiano es sano y edificante porque se basa en la verdad de Dios y Él ha derramado Su amor en nosotros por medio del Espíritu Santo (Ro. 5.5).
    El mismo apóstol Juan describe al creyente en su Evangelio como alguien que practica la verdad y viene a la luz (Jn. 3.21). En 1 Juan 3.18, se nos manda así: “no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad”. Esto es amar en la verdad. En esta segunda epístola de Juan podemos observar lo siguiente acerca de la verdad:
    v. 1    amar en la verdad, y conocer la verdad
    v. 2    la verdad que permanece en nosotros
    v. 3    Cristo es el Hijo del Padre en verdad y en amor
    v. 4    andar en la verdad
    El verso 2 indica que la verdad permanece en los creyentes, y “estará para siempre con nosotros”. La verdad no cambia, porque viene del Dios inmutable. Además, el hecho de que la verdad permanezca en nosotros es un testimonio a favor de la seguridad de la salvación. 
    El verso 3 expresa su deseo de que gocen de gracia, misericordia y paz, cosas que provienen del Padre y del Hijo, pero no de María ni de la Iglesia. Los apóstoles no enviaban dinero a las iglesias, sino que ofrecían tesoros espirituales, que son más ricos y permanentes. 
    En el verso 4 se menciona el gozo que produce la obediencia. Debemos mencionar las cosas buenas que vemos, y no ser conocidos como quejosos o criticones. Es importante expresar lo positivo. “Mucho me regocijé porque he hallado a algunos de tus hijos andando en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre”. Los hijos que andan en la verdad traen alegría. Proverbios 23.24-25 lo expresa así: “Mucho se alegrará el padre del justo, y el que engendra sabio se gozará con él. Alégrense tu padre y tu madre, y gócese la que te dio a luz”. En cambio, Proverbios 17.25 dice “El hijo necio es pesadumbre de su padre, y amargura a la que lo dio a luz”. Los hijos infieles y desobedientes, o no se dan cuenta, o no les importa la tristeza que causan a sus padres. Y en la iglesia, si los creyentes son fieles y obedientes al Señor, hay gozo, pero si son infieles y desobedientes, hay tristeza. Nuestro comportamiento afecta a los demás.       
 

          continuará, d.v. en el siguiente número

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La Noche de San Juan: 

Una Festividad Pagana


Las palabras “solsticio” y “equinoccio” son términos astronómicos, no astrológicos. El solsticio de invierno y el de verano son los días más cortos y más largos del año, respectivamente, cuando el sol se halla en uno de los trópicos. Sucede del 21 al 22 de junio y del 21 al 22 de diciembre. En estas dos fechas, la diferencia entre la duración del día y de la noche es mayor. El equinoccio se refiere a los dos momentos anuales en los que, al encontrarse el sol sobre el ecuador, la duración del día y de la noche es igual en todo el mundo. Esto ocurre del 20 al 21 de marzo y del 22 al 23 de septiembre. 
     La Biblia declara que el sol y la luna fueron creados por Dios el cuarto día de la creación (Gn. 1.14-19). Son parte de la creación inanimada de Dios. Debemos adorar al Creador, no a la creación. Dios prohibió terminantemente rendir culto al sol, la luna o las estrellas. “No sea que alces tus ojos al cielo, y viendo el sol y la luna y las estrellas, y todo el ejército del cielo, seas impulsado, y te inclines a ellos y les sirvas; porque Jehová tu Dios los ha concedido a todos los pueblos debajo de todos los cielos” (Dt. 4.19).
 
Helios
   Sin embargo, las antiguas religiones paganas veneraban al sol y a la luna como dioses y les rendían culto (2 R. 23.5, 11; 2 Cr. 34.4). Atribuían poderes divinos a los planetas y las estrellas. Esta práctica se realizaba en la antigua Babilonia, donde se utilizaba la torre de Babel para observar los cielos. Allí nacieron el zodiaco y la astrología. Cuando Dios juzgó y dispersó a la humanidad, esta se fue de Babel a todas las partes del mundo llevándose consigo sus creencias paganas. Por eso hay torres, pirámides y astrología en diferentes partes del mundo. En Egipto, el sol se asociaba con dioses como Atum-Ra y Amón-Ra. Los romanos rendían culto al Sol Invictus. Para los griegos, el dios del sol era Helios. La cultura inca tenía como deidad más importante al dios sol, llamado Inti, y el inca era considerado su hijo. En Asiria, Assur era el dios principal y se simbolizaba con un disco alado del que emanaban rayos. Un dato que muchos ignoran es que la cruz era un símbolo del dios sol reconocido y usado durante siglos antes del cristianismo. No es un símbolo cristiano, sino pagano. En la revista National Geographic, J. M. Sadurní escribe: 


     “Junto a la Noche de Reyes, la de San Juan (23-24 junio) es considerada una de las noches más mágicas del año, y aunque sus orígenes son inciertos, es muy posible que estos se hallen en los cultos solares celebrados por distintas culturas desde hace miles de años. Para dar una explicación a la noche más corta del año (que tiene lugar el día 21 de junio), en algunas antiguas leyendas se contaba que eso sucedía porque el Sol, enamorado de la Tierra, se negaba a abandonarla.
          A partir de ese día, cuando el Sol se mostraba en todo esplendor, era el momento en que los celtas celebraban el “Alban Heurin”, una festividad en la que se encendían hogueras para dar la bienvenida al buen tiempo, para pedirle al Sol que no abandonara el cielo y para ahuyentar los malos presagios y atraer la fertilidad de la Tierra”.

     La noche de San Juan coincide con el solsticio de verano, la noche más corta del año, que es muy importante para las religiones místicas y paganas. En Stonehenge (Inglaterra) se celebra con danzas y música para honrar la luz y la naturaleza. En muchos lugares se queman objetos para renovarse y atraer buena suerte, y se saltan hogueras para alejar lo malo. Es una noche mágica de fuego, agua, música y comunidad, que se celebra con hogueras en plazas y playas, quemando deseos y buscando protección para el nuevo ciclo. En resumen, hacen todo lo que Dios prohíbe y condena. En lugar de reconocer al Creador, rinden culto a las cosas que Él creó con Su gran poder y sabiduría. 
     ¿Cuál debe ser la postura del creyente ante tales cosas? Dios manda: “no aprenderás a hacer según las abominaciones de aquellas naciones… porque es abominación” (Dt. 18.9, 12). No aprendáis el camino de las naciones, ni de las señales del cielo tengáis temor, aunque las naciones las teman. Porque las costumbres de los pueblos son vanidad” (Jer. 10.2-3). Romanos 12.2 exhorta: “no os conforméis a este siglo”. Por tanto, no cabe duda de que el cristiano debe apartarse por completo de cualquier objeto o práctica relacionado con las ideas paganas acerca del sol, la luna o las estrellas. No debemos asistir ni participar en sus festividades, sino separarnos y marcar claramente la diferencia. 
      El apóstol Pablo escribe:
“Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor” (2 Co. 6.15-17).
 

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EL OCTAVO MANDAMIENTO 

"No robarás"

Dios mandó: “No hurtarás” (Éxodo 20.15). Según la Real Academia la
palabra “hurtar” significa “Tomar o retener bienes ajenos contra la voluntad de su dueño”. Algunos sinónimos son: robar, sustraer, quitar, bolsear. 
    Sin embargo, es otro eslabón de los mandamientos que a menudo se rompe. Antes de decir “yo no robo”, recuerda que este mandamiento también se aplica en sentido absoluto. Significa: “No hurtarás ni robarás de ninguna manera en absoluto”.
    No hay que pensar solo en atracos, porque la Palabra de Dios va mucho más allá. No se puede robar nada, ni siquiera una vez, por poca cosa que sea. Robar es tomar sin permiso algo que es de otra persona. Da igual si se trata de un bolígrafo de la oficina, unos clavos del taller, unos ladrillos de una obra, un poco de pintura o pegamento, o cualquier otra cosa. 
    Algunos dicen que es una enfermedad o un trastorno mental llamado cleptomanía. Alegan que la persona no es responsable, y que no puede controlar sus impulsos. La tratan de víctima en lugar de responsable y culpable. Pero, ante Dios, no se trata de una enfermedad, sino de un pecado. Ante la ley de los hombres es un delito. Nunca está permitido tomar lo que no es tuyo.
    Hay quienes filosofan y dicen que no han robado, simplemente porque no lo definen como Dios. Se crean su propia definición con la intención de declararse inocentes, pero esto no tiene valor ante Dios. Roban el tiempo de los demás, por lo que les están defraudando. Por ejemplo, ¿llega tarde al trabajo alguna vez o se excede en el tiempo de descanso? Si se le permite media hora para comer, ¿se excede tomándose unos minutos más? ¿Luego apunta más horas de las que realmente trabajó en su hoja de trabajo? ¿Utiliza sin permiso el teléfono de alguien? ¿Intenta viajar en autobús o tren sin pagar?
 
 Algunos niños hurtan de sus padres, burlándose de la confianza que se les tienen. Hay jóvenes que consideran divertido el entrar en una tienda para robar algo.
    Las empresas y los contratistas que cobran de más o que defraudan a sus empleados pagándoles menos también roban. Con los contratos laborales, la Seguridad Social y los impuestos hay mucho chantaje, es decir, engaño y robo.
    Los del gobierno roban cuando utilizan fraudulentamente los fondos. Cada año salen a la luz nuevos casos de corrupción. Además de esto, los funcionarios tienen tanta mala fama de inercia que en el siglo XIX Mariano José de Larra escribió sobre ellos el libro Vuélva Usted Mañana. Sabemos que no se aplica a todos indiscriminadamente, pero “si el río suena...”. 
    Pero, en lo que respecta al gobierno, ¿ha sido siempre honesto en su declaración de la renta, pagando todo lo que debía? Si tiene un negocio, ¿utiliza dos juegos de libros y una contabilidad doble, para engañar al gobierno? 
    ¿Ha entrado ilegalmente en un país para vivir y trabajar? ¿Ha trabajado sin un contrato en regla, sin permiso de trabajo y sin pagar la Seguridad Social que marca la ley? ¿Paga los impuestos de sus compras o realiza compras sin factura para evitarlos? ¿Ha cobrado el paro o una pensión del gobierno mientras trabajaba en negro? 
    ¿Ha intentado alguna vez pasar la aduana con algo escondido, sin declarar honesta y abiertamente todos los objetos comprados? 
    ¿Ha copiado o descargado del internet copias de música, películas, programas o juegos sin pagar, o ha aceptado copias de estos para su uso personal? Ha hecho fotocopias de libros en lugar de comprarlos, sin permiso del autor? Hay quien intenta filosofar sobre las leyes de derechos de autor y dice que son leyes injustas porque favorecen a los ricos, pero, amigo mío, la ley es la ley, y Dios dice:  “Someteos a toda institución humana” (Primera Epístola de Pedro, 2.13). 
   
 Algunos intentan justificarse, diciendo que los precios son injustos y abusivos. Pero el hecho de no poder pagar una casa no da derecho a ocupar la casa de otro. Si no se puede comprar un vehículo, eso no justifica el delito de robo, y lo mismo se aplica a las copias ilegales. El latrocinio es un crimen. Toda clase de hurto y robo es pecado. Las 
excusas no le libran de su responsabilidad ante Dios. Si ha hecho alguna de esas cosas, el veredicto es:                       ¡CULPABLE!


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