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sábado, 31 de octubre de 2026

EN ESTO PENSAD - noviembre 2026

 ¿Por Qué Murieron Nadab y Abiú?
parte 2

viene del número anterior

Hay evidencia de irreverencia y posible embriaguez
    

Más adelante en el capítulo, Dios ordena a Aarón y a los sacerdotes que no beban vino ni bebidas fuertes cuando entren en el tabernáculo (Lv. 10.8-11). Esta orden se da inmediatamente después de la muerte de Nadab y Abiú, lo que sugiere claramente que su castigo pudo estar relacionado con una falta de reverencia o de dominio propio.
    Las Escrituras enseñan constantemente que quienes sirven ante el Señor deben hacerlo con sobriedad y discernimiento. “Sed sobrios y velad” (1 P. 5.8). “Sobrio”, dice Vine, significa de mente sana, de ahí, con dominio propio, templado, prudente. Ser sobrio es no ser liviano, no tomar decisiones por su cuenta, ni a la ligera, ni actuar impulsivamente. Independientemente de si hubo embriaguez o no, el texto deja claro que la negligencia en la adoración es inaceptable para Dios.

El juicio de Dios preservó la santidad de la adoración
    Este acontecimiento tuvo lugar en un momento crítico. El tabernáculo acababa de ser inaugurado, se habían aceptado los sacrificios y la gloria de Dios se había manifestado visiblemente al pueblo (Levítico 9.23-24). En momentos como este de la historia de la redención, Dios suele actuar definitivamente para preservar la seriedad de Su santidad.
    Juicios similares ocurren en otros momentos cruciales, como con Uza (2 Samuel 6.7) y con Ananías y Safira (Hechos 5.1-11). Estos acontecimientos recuerdan al pueblo de Dios que no debe tomarse a la ligera Su presencia. “Nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12.29).

La justicia de Dios no fue cruel, sino recta
    Especialmente hoy en día, algunos consideran que este juicio fue excesivo. Las Escrituras no lo ven así. Dios había revelado claramente Su voluntad. Nadab y Abiú la ignoraron. Su muerte no fue un arrebato de ira ni una reacción emocional de Dios, sino un juicio justo. “Los juicios de Jehová son verdad, todos justos” (Sal. 19.9). La santidad de Dios y la autoridad de Su Palabra no son negociables. Cuanto más nos acercamos a Él, mayor es la responsabilidad de honrarlo como es debido. “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón” (Sal. 24.3-4).

El silencio de Aarón revela la aceptación de la justicia de Dios
    Después de que Moisés habló, las Escrituras registran: “Y Aarón calló” (Lv. 10.3). Su silencio es significativo, pues muestra reverencia y el temor de Dios. Hoy en día, muchos padres se molestarían si Dios tocara a sus hijos, porque anteponen la familia a Él. Sin embargo, Aarón, el padre de los difuntos, no protestó ni acusó a Dios de ser injusto. Reconoció que Dios tenía razón. Esto nos enseña que la reverencia hacia Dios implica someterse a Sus juicios, incluso cuando resultan dolorosos. “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal. 46.10).

La conexión con el Nuevo Testamento
    El Nuevo Testamento no rebaja el estándar de Dios para la adoración. Más bien, lo profundiza. Los creyentes son ahora el templo del Espíritu Santo (1 Co. 6.19). En la edad de la gracia se nos manda adorar a Dios “en espíritu y en verdad” (Jn. 4.24).
    La gracia no elimina la reverencia. “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12.28-29). El relato de Nadab y Abiú advierte a los creyentes y las iglesias que la sinceridad sin obediencia no es una adoración aceptable.
    Nadab y Abiú fueron muertos porque se acercaron a Dios según sus propios términos, como ellos creían que era mejor. Improvisaron y ofrecieron una adoración no autorizada, desobedeciendo así Su Palabra y deshonrando Su santidad. Su castigo nos enseña que Dios define cómo debe ser adorado, y que quienes le sirven deben hacerlo con obediencia, reverencia y temor, sin inventar ni modificar nada. Este pasaje es para nuestra instrucción y amonestación (1 Co.10.6, 11). La historia se escribió para invitarnos a examinar nuestras prácticas de adoración. Hermanos, Dios es misericordioso, pero también es santo. La verdadera adoración no tiene que ver con la creatividad o la conveniencia. Tiene que ver con someterse a la voluntad revelada de Dios y mostrar reverencia hacia Su santa presencia.

Sigamos el patrón sin modificaciones
    Necesitamos hoy ser más como los de Berea, que escudriñaron cuidadosamente las Escrituras antes de tomar decisiones. El Espíritu Santo los llama “nobles”. Quisieron ceñirse a la Palabra de Dios. Si hiciéramos esto siempre, no se permitiría los cambios que se ven en las iglesias. Seríamos más sobrios, más prudentes, más fieles. El Nuevo Testamento presenta un patrón claro para la Iglesia y las iglesias. Si se siguiera este patrón, no existirían todas las denominaciones ni los “estilos de culto” que vemos en las iglesias que procuran acomodar al público. Dios es quien establece el patrón, y se nos manda: “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste” (2 Ti. 1.13), y “guarda lo que se te ha encomendado” (1 Ti. 6.20). Retener y guardar no admiten modificaciones. Desde los inicios de la Iglesia, a los ancianos se les describía así: “Retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada” (Tit. 1.9).
    No se permite desviarse de la enseñanza apostólica, modificarla ni improvisar. No hay lugar para el razonamiento humano ni para las decisiones basadas en la conveniencia o la opinión de la mayoría. El incumplimiento de estas cosas ha dado lugar a todas las denominaciones e improvisaciones que ofrecen un fuego extraño a Dios. “Extraño” significa aquello que Él no mandó; que no está de acuerdo con Su Palabra.
    Pensemos en algunas de las muchas aplicaciones de esta lección. ¿Mandó Dios celebrar reuniones y conferencias de mujeres? ¿Acerca de la Cena del Señor, mandó usar copitas en lugar de la copa? ¿Acaso mandó usar un “equipo de alabanza”, conciertos, actuaciones de música especial o coros? ¿Mandó presentar obras de teatro en las reuniones? Si estas y otras cosas no están en el Nuevo Testamento, que es nuestro único patrón, entonces son “extrañas”.

autor desconocido

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Los Sufrimientos en el Lago de Fuego Eterno
Parte 2
Antonio Rodríguez Galende


viene del número anterior
2º- CONCIENCIA QUE DESPIERTA AL ESPANTO DEL ETERNO DESTINO DE CONDENACIÓN.


Las densas y negras espesuras de la noche eterna se abrieron para recoger en su hórrido seno a los pobres condenados que habían dado altivo espaldarazo a aquel Dios que comprendía sus necesidades espirituales y les ofrecía misericordiosamente remedio absoluto a sus males.
    Dios me hizo ver, desde mi lugar de seguridad en Cristo, que estuve sujeto, o expuesto, a haber sido engullido al abismo eterno, y yo no podía ni soportar aquel pensamiento, y es por tanto que ahora puedo divisar algo más de cerca lo que podrá ser para aquellos desgraciados cuando sus conciencias hayan despertado a la más espantosa realidad que nadie pudiera haber imaginado.
    ¿Y qué impresión les quedará de sí mismos después de haber visto al mismo Cristo en su gloriosa majestad, cual Juez justo contra ellos?
    Estímese que Juan apóstol, aquel que en la Santa Cena reclinó su cabeza sobre el pecho de Cristo, cuando años más tarde vio en Patmos al mismo Cristo en su esplendente realidad, y con sólo verle cayó como muerto a Sus pies, Apocalipsis 1:17. Y si Juan, el discípulo amado del Señor, compañero de Cristo, testigo especial de Cristo, fiel siervo del Dios Eterno..., cae como muerto nada más ver a Aquel que ya era su Salvador, ¿qué será, entonces, de aquellos impenitentes que hayan tenido que comparecer ante Su Divina Majestad, Rey de la Eternidad, y  hacerlo sucios de sus pecados?, y lo más grave: culpables y culpándose a sí mismos de: haber pisoteado al Hijo de Dios, haber tenido por inmunda la Sangre del Pacto en la que fueron santificados, y de haber hecho afrenta al Espíritu de Gracia, Hebreos 10:29.
    Sí, ¿qué será de ellos? ¿Cuántas veces crucificaron de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y lo expusieron a vituperio (burla pública)? Hebreos 6:6.
    ¿Qué conciencia de terror en aquel entonces para cuantos hoy tienen a Cristo cual pobre pelele que nada tiene útil para ofrecer a ellos? ¿Y qué de aquellos que aún le ponen tantas y tantas veces aun como taza de agua? ¿Qué impresión para memoria eterna les quedará indeleble, tanto del rostro del Cristo glorificado, como de la propia certidumbre en haberle menospreciado?
    “HORRENDA COSA ES CAER EN MANOS DEL DIOS VIVO”, Hebreos 10:31. Y confieso que nuestra pobre mente humana bien poco puede vislumbrar de lo espantoso del juicio eterno.
    Recuerda, lector, que si simples calumnias, desprecios de protocolo, insultos y pisoteos a la dignidad de algún reyezuelo de este mundo, serían dignas acciones de un severo castigo, ¿cuál castigo correspondería al que pisoteare olímpicamente a Cristo?

“Conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor”.    Deuteronomio 32:35; Hebreos 10:30.

3º- EL PESO ATERRADOR DEL CASTIGO ETERNO
    Mi débil mente no alcanza a discernir qué resultará más negativo para los pobres condenados:

1. El peso acerbo de la propia locura en haber rechazado el perdón divino en Cristo.

2. El recuerdo imborrable de la imagen misma del Juez Justo y Santo, al que han visto en Su infinitud gloriosa.

3. Tal vez el peso aterrador de saber que de aquel lago de fuego en que se bañan continuamente jamás de los jamases van a poder salir.

    Sea como fuere, serán tres cargas para siempre. Y este apartado trata de la duración del infernal destino: para siempre, siempre, siempre.
    El propio castigo se hará espantoso en extremo al saber que nunca cesará, que será eterno, que perdurará por los siglos infinitos, “y nada podrá hacer ni poseer el hombre para recompensar a Dios y salir de allí”, Mateo 16:26; Marcos 8:37.
    Para recompensar a Dios, o satisfacer su justicia por haber ofendido su dignidad, nada hay sino sólo la Sangre del Cordero Divino que expió el pecado humano. Y los que rechazan al Crucificado, no hallarán goma alguna que pueda borrar sus  manchas, Hechos 4:12.
    Y sólo la eternidad soportando sus pecados tendrá en calma al Dios, también Eterno, que vindica gloriosamente su justicia y glorifica su Nombre en ello.
    En el Evangelio según Mateo hallamos que Cristo dijo seis veces (y probablemente otras muchas que dicho Evangelio no registra): “...allí será el lloro y el crujir de dientes”. ¡Cuánto y cuánto advierte el Señor que se huya del infierno de fuego!
    Y aunque muchos estimen que el tormento eterno de los rebeldes a la gracia divina no honraría a Dios, sí que le honra y glorifica. Porque si en verdad Dios ha manifestado a Su creación que “ha amado tanto al mundo enviando a su Hijo a morir para salvarnos del juicio que por pecadores merecemos, también manifestará y hará bien patente su inexorable justicia enviando al lamento eterno a aquellos que rechazan, precisamente, a su Hijo”.
    Qué inmensa alegría sería para los condenados a eterna desdicha si un día les pasasen informe que iban a ser aniquilados. ¡Libres del peso lamentoso al fin! Pero ni esa breva les caerá; y como de Judas dijo Cristo: más les valdría a ellos no haber nacido. Mateo 26:24.
    ¡Cuántos enfermos y ancianos desean verse libres de su situación aceptando que Dios “se acuerde de ellos” y les envíe la muerte! Pero para aquellos condenados se esfuma toda esperanza de verse libres de aquellos lamentos. Y saber que de tal lugar no saldrán jamás, pues la condena es a perpetua eternidad, les aplanará constantemente en un fuego eterno presente.
    Dios puso eternidad en el corazón del hombre, Eclesiastés 3:11, a la eternidad vamos, y en ella moraremos eternamente y para siempre. ¿Siempre?
    Si una persona escribiese un nueve, seguido de los ceros suficientes para cubrir la línea de los cuarenta mil kilómetros que dicen circundan la tierra, tan incomprensible cifra traducida en siglos ¿qué sería en la eternidad? apenas un simple segundillo de la eternidad sin fin.
    Hay quienes estiman que el aspecto más terrible y espantoso del lago de fuego eterno es su eterna duración, que sobrecogerá de espanto a los condenados. Sí, sólo Dios sabe lo que significa ¡Eternidad! 

del libro La Salvación de los Pecadores, por Antonio Rodríguez Galende

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Una Demostración Singular: 
Congregados a Su Nombre

Norman Crawford

Aquí es donde el creyente nuevo debe comenzar su lectura. Pero estas verdades que tocan el corazón y nos conmueven no son demasiado sencillas o familiares para los creyentes de años. ¡Conceda Dios que todos apreciemos de corazón el bendito privilegio de congregarnos al Nombre del Señor Jesucristo!
    Una asamblea es un testimonio único a Dios en el mundo. Es único porque no hay nada más que el Nuevo Testamento reconoce como testimonio colectivo de Dios en nuestros tiempos. Hay muchos sistemas y organizaciones en el “mundo cristiano” (la cristiandad). Se podría decir mucho bien acerca de ellos, pero también mucho mal. Si el Nuevo Testamento es realmente nuestra única guía, solo hay un verdadero testimonio de Dios en sentido colectivo. Algunos intentan esquivar esto diciendo que el Nuevo Testamento solo describe el cristianismo primitivo, y que es (según ellos) la intención de Dios que las iglesias locales se unan en sistemas organizados. De este modo serían reconocidos por el mundo y tendrían mayor impacto para Dios. Debemos tener mucho cuidado con eso de decirle a Dios cuáles son Sus intenciones. En Su Palabra Él nos ha dado la completa revelación de Su voluntad, y ni siquiera menciona nada semejante a eso. Ninguna de las grandes instituciones y organizaciones de la cristiandad tiene siquiera un solo texto de apoyo bíblico para su existencia.
    En los capítulos anteriores señalamos que solo hay dos aspectos de la iglesia en el Nuevo Testamento: el cuerpo espiritual, y la asamblea local. ¿Pero no deben las iglesias locales unirse para formar unidades más grandes, federaciones, asociaciones u organizaciones de alguna clase? Así hacen, pero la Biblia no lo apoya. Cuando el Nuevo Testamento menciona o se dirige a un número de asambleas, nunca las llama en singular: “la iglesia de...” (cualquier cosa). Simplemente las llama “las iglesias de los santos” u otra expresión bíblica que se aplica a todas las congregaciones.
    Esta verdad es designada la independencia o autonomía de la iglesia local, pero ninguno de esos términos es suficiente. La asamblea no es en verdad autónoma – no se gobierna a sí misma – y ciertamente no es independiente ni autosuficiente. Pero es cierto que cada asamblea es responsable solo al Señor, y no a ninguna asociación, cuerpo gubernamental ni jerarquía. Es gobernada por sus propios ancianos que deben obedecer al Señor y ser guiados solo por Su Palabra (Ap. 1:12-3:22). Una asamblea no es una democracia, gobernada por el pueblo, sino una teocracia que reconoce el gobierno de Dios.
 

  En verdad la Biblia describe un gran sistema religioso que se desarrolla durante esta época. En dos de las parábolas en Mateo 13 vemos que experimenta un crecimiento fenomenal. En una parábola un hombre siembra una semilla de mostaza. Crece y se hace un gran árbol, tanto que las aves del cielo vienen y se anidan en sus ramas (vv. 31-32). El Señor Jesús explica que el campo es el mundo (v. 38), y las aves son los emisarios de Satanás (v. 19). El gran árbol ilustra la cristiandad. En la parábola de la levadura una mujer esconde levadura en tres medidas de harina, y todo es leudado (v. 33). La levadura hincha y agranda la masa, pero no añade valor o peso – así es también espiritualmente. Si la levadura no es impedida por el horno, todo se convierte en una enorme masa amarga. En la Biblia la levadura ilustra el principio de la maldad, tanto moral (1 Co. 5:6-8) como doctrinalmente (Gá. 5:9). Así ha subido un gran sistema eclesial en el mundo religioso, y todo el sistema está impregnado con el mal. Pero debemos tener cuidado al hablar del “sistema”, para distinguir claramente entre él y las personas por quienes el Señor Jesús derramó Su sangre.

El Nombre Digno

    Deseamos ahora examinar el lado positivo de la verdad de congregarse al Nombre del Señor Jesucristo. Sabiendo que pronto volvería a Su lugar en el cielo, Cristo dio instrucciones para guiar a los Suyos durante Su ausencia. Dejó muchos legados espirituales a los Suyos, pero ninguno de ellos es más precioso que Su precioso Nombre. Es conmovedora la lectura de las palabras de Jeremías: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos” (Jer. 15:16). Es una de las grandes verdades del Antiguo Testamento, porque Dios dijo a Israel: “Y verán todos los pueblos de la tierra que el nombre de Jehová es invocado sobre ti, y te temerán” (Dt. 28:10). Deuteronomio está lleno de esta verdad, que Dios puso Su Nombre como marca distintiva del lugar donde Israel debía congregarse (Dt. 12:5, 11, 14, 18, 21, 26; 16:2, 6, 7, 11). ¿Existe un paralelo a esta verdad para nuestros tiempos? Santiago escribió a los creyentes humildes acerca de los ricos: “¿No blasfeman ellos el buen nombre que fue invocado sobre vosotros?” (Stg. 2:7). Somos conocidos por el Nombre que los hombres blasfeman, pero este Nombre es precioso y digno. Al decir “buen nombre”, la palabra “buen” es el adjetivo kalos en griego. Según W. E. Vine esto significa: “algo que es intrínsecamente bueno, y así, hermoso, honroso”. 
(Diccionario Expositivo, W. E. Vine, Grupo Nelson, p. 120)

Isaac Watts (1674-1748) compuso este hermoso himno acerca del Señor:

     “Venid, nuestras voces alegres unamos,
    Al coro celeste del trono alrededor;
    Sus voces se cuentan por miles de miles,
    Mas todas se inflaman de un mismo amor.

    “Es digno el Cordero que ha muerto”, proclaman,
    “De estar exaltado en los cielos así”.
    “Es digno el Cordero”, decimos nosotros,
    Pues Él por nosotros Su vida dio aquí”. 

    A Ti que eres digno, se den en los cielos,
    Poderes divinos y gloria y honor;
    Y más bendiciones que darte podemos,
    Por siempre a Tu trono se eleven, Señor.

    Que todos los seres que pueblan las nubes,
    La tierra, y el aire, y el fuego, y el mar,
    Unidos proclamen Tus glorias eternas,
    Y dente alabanzas, Señor, sin cesar".

    El Nombre del Señor Jesucristo contiene toda la inigualable dignidad y nobleza de Su Persona y Su obra. Es imposible separar ese Nombre de todo lo que Él es y ha hecho.

del capítulo 4 de Congregados a Su Nombre, Norman Crawford, Libros Berea

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“El Lugar”

Algunos dicen que no necesitan reunirse como iglesia porque Dios está en todas partes, y se le puede adorar y rendir culto en cualquier lugar. Es cierto que Dios es omnipresente, pero también lo es que Él es soberano, y tiene derecho a decirnos cómo debemos acercarnos a Él. Lo hace en Su Palabra, la Biblia, y en ella no se dice que cualquier lugar está bien. ¿Qué dice la Escritura?
    Tras sacar a Israel de Egipto como pueblo Suyo, les enseñó a no imitar a las naciones y dio las siguientes instrucciones:
    “No haréis así a Jehová vuestro Dios, sino que el lugar que Jehová vuestro Dios escogiere de entre todas vuestras tribus, para poner allí su nombre para su habitación, ése buscaréis, y allá iréis. Y allí llevaréis vuestros holocaustos, vuestros sacrificios, vuestros diezmos, y la ofrenda elevada de vuestras manos, vuestros votos, vuestras ofrendas voluntarias, y las primicias de vuestras vacas y de vuestras ovejas; y comeréis allí delante de Jehová vuestro Dios, y os alegraréis, vosotros y vuestras familias, en toda obra de vuestras manos en la cual Jehová tu Dios te hubiere bendecido. No haréis como todo lo que hacemos nosotros aquí ahora, cada uno lo que bien le parece” (Dt. 12.4-8).
    Observa cómo se repite para hacer hincapié: “El lugar… allí… allá… allí… allí”. ¿Quién decide el lugar? No los hombres, sino Dios. No en cualquier lugar del campo, la playa o la ciudad. No sirve cualquier lugar, porque Dios indicó que escogería dónde y pondría allí Su Nombre. En ese lugar había que presentar las ofrendas y rendir culto a Dios. No estaba permitido que cada uno hiciera lo que le pareciera. En Deuteronomio 10.21, se dirigió a Israel y declaró: “Él es el objeto de tu alabanza, y él es tu Dios”.
    El lugar escogido por Dios se menciona otras veces en Deuteronomio 15.20 y 16.2, 5-7, 11, 15-16. “… En el lugar que Jehová escogiere” (Dt. 15.20). “Y sacrificarás la pascua a Jehová tu Dios… en el lugar que Jehová escogiere para que habite allí su nombre” (Dt. 16.2). No se podía celebrar la Pascua en cualquier lugar, por conveniencia o a gusto del pueblo.
    Era necesario celebrar la Pascua donde, cuando y como Dios mandó. Solo podían faltar quienes no estuvieran limpios o quienes estuvieran de viaje. Todos los demás debían estar presentes. “Mas el que estuviere limpio, y no estuviere de viaje, si dejare de celebrar la pascua, la tal persona será cortada de entre su pueblo; por cuanto no ofreció a su tiempo la ofrenda de Jehová, el tal hombre llevará su pecado” (Nm. 9.13).

continuará, d.v., en el siguiente número

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  CONDENADO  
y esperando la muerte

Cuentan que, en tiempos pasados, un príncipe viajó a Francia y visitó la prisión de Toulón, donde estaban recluidos los criminales condenados a muerte. El comandante del centro penitenciario, en un gesto de cortesía hacia el príncipe, le permitió liberar a uno de los presos, a su elección. Al príncipe le encantó la idea y, deseando aprovechar este privilegio de la mejor manera, entrevistó a los presos uno por uno para conocer la razón de su condena.
    Uno le dijo: “Me han acusado falsamente”. Otro se quejó diciendo: “Fue un juicio injusto y los testigos tenían prejuicios contra mí”. Otro alegó que las leyes eran injustas e irrazonables.  Otro afirmó ser víctima de la corrupción del sistema judicial. En definitiva, todos se declaraban inocentes y afirmaban haber sido maltratados y oprimidos.    Finalmente, el príncipe entrevistó a uno que, cuando le hizo la misma pregunta que a los demás, respondió así: “Alteza, no tengo ninguna razón para quejarme. Soy culpable. He sido muy malo y rebelde, y soy un miserable infeliz. Reconozco que es una gran misericordia el hecho de que todavía esté vivo”.    
    El príncipe fijó su mirada en él y le dijo: “¡Oh hombre miserable y malo! Qué lástima que te hayan puesto aquí entre tantos hombres buenos y honestos. Por tu propia confesión eres tan malo que podrías corromper a todos ellos, pero no lo permitiré. No te quedarás aquí ni un día más”. Y dando la vuelta para hablar con el funcionario, añadió: “Este es el hombre al que quiero librar”.
    ¡Cuánto remordimiento de conciencia afligía a los demás cuando vieron a su compañero salir libre mientras ellos se quedaban para enfrentarse a su sentencia de muerte! ¡No se puede describir con palabras! Cualquiera de ellos podría haber salido libre si hubiese confesado su crimen y culpa.
    Pero el remordimiento que le esperará a cada lector de estas líneas si rehúsa confesar su ruina, culpa y justa condenación espiritual delante de Dios, el Juez de todos, y no recibe el perdón que solo se ofrece a quienes se arrepientan de sus pecados y confíen en el Señor Jesucristo, será infinitamente mayor. Dios ya conoce sus pecados y culpas, y si los niega, solo aumentará su condena. Así que, no diga que es bueno ni que no es como los demás, porque Dios dice lo siguiente: 

“No hay justo, ni aun uno: no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:10-12).

“Estando atestados de toda injusticia...”  (Romanos 1.29).

“Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3.23).

    Todo ser humano es pecador. Nadie se salva por méritos propios. Solo los pecadores que se arrepienten y confían en el Señor Jesucristo reciben el perdón de Dios y entran en el Cielo. El Señor Jesucristo declara: 

“Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (S. Lucas 5.31-32).

“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (S. Lucas 19.10).

    Y el apóstol Pablo declaró:

“Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1.15).

    Si se reconoce como pecador culpable y condenado ante Dios, amigo lector, arrepíentase y confíe en el Señor Jesucristo, que murió en la cruz en su lugar, pagando por sus pecados. Recibirá de Él el perdón y la vida eterna. Él que murió por usted también resucitó y vive para salvar a todos los que confían en Él.


miércoles, 30 de septiembre de 2026

EN ESTO PENSAD - octubre 2026

 ¿Por qué murieron Nadab y Abiú?

Durante los días de su consagración, murieron dos sacerdotes, hijos de Aarón y escogidos por Dios. Entraron en el Tabernáculo y fueron consumidos al instante por el fuego de Su presencia. El texto es breve, pero las implicaciones son profundas. “Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová” (Lv. 10.1-2).
    Pablo afirma a la iglesia de Corinto, en la edad de gracia, la importancia del Antiguo Testamento para los creyentes. “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Co. 10.11). Ilustran preceptos muy importantes que todavía hoy debemos respetar y guardar.
    Para entender por qué murieron Nadab y Abiú, debemos considerar la autoridad y la santidad de Dios, la solemnidad de la adoración y el peligro de acercarnos a Dios según nuestro parecer, ya sea por la lógica o la improvisación, en lugar de hacerlo según Sus términos.

Nadab y Abiú eran sacerdotes con privilegios y responsabilidades
    Nadab y Abiú no eran forasteros ni paganos, sino sacerdotes, hijos de Aarón, el sumo sacerdote. Fueron divinamente elegidos y consagrados para el servicio sagrado (Éx. 6.23). Habían sido testigos oculares de la gloria de Dios. Las Escrituras registran que ellos estaban entre los que vieron una manifestación de la presencia de Dios en el monte Sinaí (Éx. 24.9-11).
    Esto hace que su pecado sea más grave, no menos. Las Escrituras enseñan que un mayor conocimiento conlleva una mayor responsabilidad. Jesucristo, por quien vinieron la gracia y la verdad, dijo: “a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará” (Lc. 12.48, véase también Stg. 3.1). Ellos conocían la santidad de Dios y Sus instrucciones, y sin embargo decidieron ignorar Su mandato.

Improvisaron y ofrecieron “fuego extraño” que Dios no les mandó.
    Levítico 10.1 dice: “ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó”. La expresión “fuego extraño” se refiere a un fuego no autorizado, es decir, a un modo de adoración que Dios no había prescrito.
    No eran hombres idólatras. No ofrecieron nada a otros dioses ni blasfemaron. Sin embargo, su pecado fue grave, ya que Dios había dado instrucciones explícitas sobre cómo se debían ofrecer los sacrificios y cómo se debía utilizar el fuego en el Tabernáculo (Éx. 30.9; Lv. 16.12). La adoración no debía ser creativa ni pragmática, sino obediente y reverente. “Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás” (Dt. 12.32). Lo suyo no fue una mera innovación inocente en el estilo, sino el pecado de la desobediencia en la adoración, pues salieron de guion divinamente dado. Este pecado se comete a menudo hoy en día en muchas iglesias “cristianas” que creen que la gracia de Dios significa libertad para improvisar como quieran y que, si son sinceros, serán aceptados. Recuerda que Nadab y Abiú eran sinceros en su improvisación, pero estaban fatalmente equivocados.

La adoración debe ser conforme a la Palabra de Dios y Su santidad, no a las preferencias humanas
    La respuesta de Dios revela el meollo del asunto: “En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado” (Lv. 10.3). Esta declaración explica el juicio. Dios exige a quienes se acercan a Él que se le trate como santo y soberano. La adoración, si ignora la voluntad revelada de Dios, deshonra Su santidad. Nadab y Abiú trataron la adoración de manera casual, como algo que debía ser moldeado por el juicio personal en lugar de por el mandato divino.
    La Biblia advierte repetidamente contra la adoración diseñada o modificada por uno mismo. “Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mt. 15.9). Dios desea obediencia, no nuestras innovaciones, por buenas que nos parezcan. Esto sigue siendo cierto en la edad de la gracia. La gracia no significa libertad para hacer lo que nos plazca. Eso no es libertad, sino libertinaje. Dios nos da Su gracia para ser obedientes y leales, no para improvisar o modificar lo que vemos en las Escrituras.      
continuará, d.v. en el siguiente número               

         autor desconocido

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 La Ilusoria Esperanza de la Paz


Mientras el mundo rechace al Señor Jesucristo, no conocerá la verdadera paz. Es una expresión muy utilizada, pero que, en el mejor de los casos, es un ideal elevado y difícil de alcanzar para muchos. El problema fundamental es la condición pecaminosa del corazón humano. El profeta Isaías lo afirma dos veces: “No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos” (Is. 48.22; 57.21). La historia de la humanidad no se caracteriza precisamente por la paz. “Sus pies corren al mal, se apresuran para derramar la sangre inocente; sus pensamientos, pensamientos de iniquidad; destrucción y quebrantamiento hay en sus caminos. No conocieron camino de paz, ni hay justicia en sus caminos; sus veredas son torcidas; cualquiera que por ellas fuere, no conocerá paz” (Is. 59. 7-8).

    En este mundo, gobernado por el Maligno (1 Jn. 5.19), y en el que la raza humana pecadora rechaza a Cristo, el premio Nobel de la Paz es simplemente una farsa. La Biblia lo deja claro en Romanos 3.17, “y no conocieron camino de paz”. El supuesto prestigioso premio lo otorgan pecadores a otros pecadores que, al igual que ellos, no conocen la paz verdadera ni saben cómo alcanzarla. 
    Romanos 5.1 afirma: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Las bendiciones de la paz solo están al alcance de los creyentes.
    Considera la siguiente lectura devocional:

Él hablará paz

Texto: Zacarías 9.10
    Hoy en día, los hombres buscan la paz. Hay planes de paz, iniciativas de paz y acuerdos de paz. Los mejores políticos, estrategas y expertos militares intentan establecerla. Sin embargo, todos sus esfuerzos son, en el mejor de los casos, temporales y frágiles. Solo el Señor Jesucristo traerá la paz a las naciones del mundo. Isaías lo describe así: “... Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (Is. 9.6-7). O consideremos las palabras del salmista sobre el reino mesiánico: “Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra” (Sal. 72.8).
    Este reino de paz comenzará en el milenio cuando, según Apocalipsis 20, Satanás será atado durante mil años. El mundo nunca ha visto nada parecido en su historia.
     Como creyentes, disfrutamos ahora de las bendiciones de Su gobierno y paz, y esperamos su futuro reinado de paz. Esta paz nos llega gracias a Su obra en la cruz. Pablo lo describe en Colosenses 1.20-22. “Y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él”.
    Pero, sobre todo, estamos llamados a vivir en paz unos con otros como hermanos en Cristo. Véanse las palabras de Pablo a los corintios en 2 Corintios 13.11.
    Además, nos beneficia conocer Su paz (Jn. 14.27), es decir, la misma paz que Él conoce; también nosotros estamos invitados a conocerla. Pablo nos anima a llevar una vida libre de preocupaciones e inquietudes y a descansar en la paz de Dios (Fil. 4.6-7).

Brian Gunning, St. Catharines, Ontario, Canadá, Day by Day Christ Foreshadowed, (Día a Día Cristo Presagiado) p. 373, Precious Seed Publications.

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    Las preguntas que cada lector debe hacerse son: “¿Conozco realmente esta paz con Dios?”  “¿Tengo la paz de Dios y experimento Su paz en mi vida?” Conocer al Señor Jesucristo es conocer tener paz, y es hallar el camino de paz.

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 Peligros Pastorales
por Stephen Hulshizer (1941-2019)

viene del número anterior

11. El Desánimo
     Muchos siervos de Dios sienten las dificultades que hay en su ministerio, especialmente los que desean serle fieles en todo y no ir con la corriente. Esto ocasiona cierto desgaste en el cuerpo, la mente y los ánimos. El gran profeta Elías tuvo que afrontar mucha oposición, crítica, odio y aun amenazas contra su vida. Le faltaba vivienda y alimentos, pero no se echaba atrás ni se convirtió en mendigo. No anduvo publicando su necesidad ni pidiendo una ofrenda de los hermanos. Vivía en una continua crisis de fe. Constantemente veía delante suyo una nación infiel que invitaba el juicio de Dios, y llegó a perder las ganas de vivir y servir más (1 R. 19:4).
    Dios llamó a Ezequiel a ser profeta, y le advirtió desde el principio que era enviado a un pueblo de duro cerviz que no escucharía. Su ministerio fue difícil. En Ezequiel 24:16 leemos que una mañana Dios le dijo: “he aquí que yo te quito de golpe el deleite de tus ojos; no endeches, ni llores, no corran tus lágrimas”. Esa misma tarde su esposa murió, y Ezequiel obedeció al Señor. Fue un tiempo triste para él, porque debido a su ministerio tenía pocos amigos, y luego Dios le quitó la esposa. 
    Luego le dijo que el pueblo se mofaba de él junto a las paredes — donde Ezequiel no los podía oír (Ez. 33:30). Le advirtió que vendría, escucharía y haría halagos con sus bocas, pero no pondrían por obra sus palabras (Ez. 33:31-33). Esas cosas desaniman a los siervos de Dios. Años antes Isaías había exclamado: “Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas” (Is. 49:4).
    Unos pueden desanimarse por lo que sufren en la vida, y algunos tiran la toalla. Otros aflojan su ministerio y se vuelven más permisivos y populares para sufrir menos. Se van con la corriente porque es difícil ser fiel.
    Jeremías se desanimó cuando halló que los de su pueblo y sus parientes habían hecho complot contra él, e incluso ideaban quitarle la vida (Jer. 11:18-21; 12:6). Luego exclamó: “¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste hombre de contienda y hombre de discordia para toda la tierra!” (Jer. 15:10). 
    El pueblo de Dios se le opuso constantemente en todo su ministerio. Fue reprendido, castigado públicamente por el sacerdote Pasur, puesto en el cepo (Jer. 20:2), echado en una cisterna (Jer. 38:6) y luego en la cárcel (Jer. 38:28). En el capítulo 20 llegó a desanimarse tanto que exclamó que no hablaría más en nombre de Jehová – se callaría para no sufrir más.
“Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude. Porque oí la murmuración de muchos, temor de todas partes: Denunciad, denunciémosle. Todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se engañará, decían, y prevaleceremos contra él, y tomaremos de él nuestra venganza” (Jer. 20:8-10). 
    Jeremías es llamado el profeta llorón, por tanto que sufrió y lamentó en el ministerio que Dios le dio. En esto se parece un poco como nuestro Señor, “varón de dolores, experimentado en el quebranto” – no en la popularidad. 
    Así también hermanos todos, y especialmente los siervos de Dios, es nuestra porción salir a Él, fuera del campamento religioso, llevando Su vituperio (He. 13:13). En el Salmo 69 leemos proféticamente del Señor Jesucristo: “El escarnio ha quebrantado mi corazón”. Cuando un siervo de Dios sienta cosas así, experimenta comunión con Cristo por serle fiel. No se desanime, aunque duela, ni abandone su fidelidad y su servicio.
    En Corinto el apóstol Pablo encontró oposición, como en muchos otros lugares. Fue a los judíos en la sinagoga con el mensaje del evangelio de su Mesías. Pero como solían hacer, ellos se oponían y blasfemaban (Hch. 18:5-6). Debía sentirse cansado y desanimado, porque “el Señor dijo a Pablo en visión de noche: No temas, sino habla, y no calles, porque yo estoy contigo” (Hch. 18:9-10).
    Los ancianos y obreros que son fieles al Señor y Su Palabra conocerán oposición, ingratitud, crítica y censura. No verán los resultados que otras iglesias liberales y populares ven – numerosa asistencia, mucha actividad y popularidad. En los postreros tiempos que nos han tocado vivir la realidad es otra: “no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Ti. 4:3-4). Es natural que esto cause desánimo, pero no hay que ceder a ello ni tirar la toalla. “Tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio” (2 Ti. 4:5).
    Todo siervo de Dios debe recordar cómo el Señor enseñó y preparó a Sus discípulos para su ministerio: 
“Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre...” (Lc. 6:22-23, 26).
continuará, d.v. en el siguiente número

                       del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea

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 Los Sufrimientos en el Lago de Fuego Eterno
Antonio Rodríguez Galende


Acerca de esto, nada fácil resulta saberlo. Y en cuanto a mi experiencia antedicha acerca del infierno, sólo me fue permitido tomar conciencia de la inmensa peligrosidad a que estuve sometido en haber podido sucumbir a esos necrosos abismos. 
    Dios ya ha revelado en Su Palabra acerca de esos sufrimientos para los desgraciados que sufran juicio por haber rechazado previamente la gracia divina o indulto del soberano de la Eternidad.
    Hay, sí, un gran problema en cuanto a discernir con claridad acerca de los sufrimientos del tormento eterno. Y es que si antes los analfabetos eran los que no sabían leer, (y, lógicamente también eran analfabetos los que no sabían interpretar correctamente aquello que leían) resulta que hoy, como ya no quedan personas que no saben leer (salvo algún extraño caso), el analfabeto es aquel que no sabe interpretar bien aquello que ha leído...     
    Sería una infinitud de preguntas a las que la mente humana no podría nunca dar una respuesta satisfactoria para todos, porque aunque hay revelación, no tenemos iluminación suficiente para comprender con la claridad que algunos pudieran desear. De todos modos, las descripciones bíblicas no dejan lugar a dudas de que los sufrimientos van a ser solemnemente graves para todos los que “sufrirán pena de eterna perdición, excluídos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Ts. 1.9).
    No, no pretendo yo tratar de exponer aquí cómo son exactamente los terrores infernales, que la Palabra de Dios informa de sus eternas amarguras para aquellos que sucumban al juicio eterno. Pero sí que hay aspectos que no pueden ser dejados ahora en el olvido, tales son:


1. Que todo enjuiciado aceptará la sentencia de condenación divina y la tendrá por justa, con sus agravantes y atenuantes incluídos.

2. Que todos los enjuiciados soportarán el remordimiento de una conciencia despertada a la realidad espantosa de haber despreciado y pisoteado a Cristo.

3. Que los condenados se verán aplastados por aquella pesadez aterradora que reporta el saber la duración del castigo: PARA SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE.

1º - ACATANDO LA SENTENCIA

    Cuando todo inconverso (que rehusó fiar en Cristo y, por ello, la ira santa y justa está sobre su cabeza, Jn. 3.36) haya partido a la eternidad y tome conciencia POR FIN de su desgraciada situación, va a temblar esperando el juicio divino que le aguarda. Y llegará ese día de espanto para ellos, y comparecerán sucios de sus pecados ante la presencia del Juez Supremo, el cual les hará ver su culpabilidad, y que pudieron convertirse al Cristo que les brindó esas maravillosas oportunidades de conversión que ellos quisieron menospreciar.
    Muchas de esas personas serán religiosos profesionales y miembros de iglesias, pero sus alegaciones de nada servirán, pues creer que uno es cristiano, pero sin serlo, carece de validez ante el Dios Justo.
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7.21-23).
    Y qué terror, pavor y espanto sobrecogerá a unos y otros condenados. Dios les hará ver su estado sucio del pecado. Reos culpables ante el Dios que inexorablemente les aplica todo el peso y el rigor de su terrible justicia, la que ellos no quisieron considerar en esta vida, y muchos aun la burlaron directamente y sin escrúpulo alguno.
    Dios les advierte previamente: “Estas cosas hiciste, y yo he callado; Pensabas que de cierto sería yo como tú; Pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos” (Sal. 50.21).
    Qué espanto aterrador el mirar atrás y ver la película de su vida despreciando tantas veces, y durante tanto tiempo, la oportunidad de convertirse a Cristo, que les habría limpiado de sus pecados, “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1.7), sin dejar ninguno al imaginado purgatorio.
    Sus nombres no constan en el Libro de la Vida del Cordero Divino, y Él dictamina laudo de sentencia eterna contra ellos. “Y el que no se halló inscrito (su nombre) en el libro de la vida fue lanzado (catapultado) al lago de fuego” (Ap. 20.15).
    Cristo ya lo advirtió: “si no os arrepentís, todos pereceréis” (Lc. 13.3-5). Cada sentencia llevará implícito el grado de castigo, ya que el tormento será proporcionado a la luz y oportunidad recibidas, y rechazadas. Será acorde al grado de culpa de cada cual (Mt. 10.12-15; Lc. 12.47-48).
    En el lago de eterna amargura, sufrirán mayor condenación aquellos religiosos que, no solo no entraron ellos al reino de Cristo, sino que lo impidieron a aquellos que querían entrar (Mt. 23.13-14). Los ayes de Cristo (“ay de vosotros”) que aparecen en Mateo 23 son terribles admoniciones contra esos pobres ciegos, erigidos en ciegos guías de otros ciegos, desventurados como ellos.
    Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapar del lazo del diablo, en el QUE ESTÁN CAUTIVOS A LA VOLUNTAD DE ÉL (2 Ti. 2.26).
    Se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; reciban por la fe que es en Cristo perdón de pecados y herencia entre los santificados (Hch. 26.18). 
continuará, d.v. en el siguiente número 

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El Salvador Santo Desea Una Iglesia Santa
parte 2
Lucas Batalla

viene del número anterior

La Iglesia debe dar un testimonio santo porque es lo que corresponde al Salvador santo. Ocho veces dijo Dios a Israel: “Sed santos porque yo soy santo” en éstas u otras palabras. Consulta la concordancia para verlo. No lo dudemos, la santidad sigue siendo muy importante en nuestros tiempos (1 P. 1:15-17). Pero la falta de obediencia y disciplina en las iglesias hoy en día es una verdadera vergüenza y desagrada a Dios. La iglesia local no es para divertirse con música y otras cosas, no es un lugar de encuentros sociales. Es para adorar a Dios, agradarle, aprender de Él, y también reparar nuestra conciencia, limpiarnos y recargar nuestras pilas, por decirlo así, para seguir andando en Sus caminos en este mundo. Dios no quiere una iglesia fría, apática e indiferente a las cosas divinas. Pero hoy gran número de llamados “cristianos” se emocionan más por el deporte, la música y el teatro u otros “programas” de la iglesia que por el Señor mismo y Su Palabra. La iglesia verdadera y santa ama al Señor. Debe rendirle culto con amor y ánimo pronto, adorando “en espíritu y en verdad”, no con cosas externas como incienso, drama o música especial por “equipos de alabanza”. Debe vivir fiel y limpiamente para Él. Dios no quiere que seamos mundanos, carnales o inmundos, sino como 1 Tesalonicenses 3:13 y 4:3 declaran, desea nuestra santificación. El que dice que la santificación y la santidad son cosas del Antiguo Testamento y que no deben imponerse hoy es un ignorante que no debe estar enseñando la Palabra de Dios. 1 Pedro 1:15-16 enuncian el mandamiento de santidad en la edad de la gracia, y 2 Pedro 3:11 habla de una “santa y piadosa manera de vivir”.
    Una iglesia santa necesita y se basa en la Palabra santa, porque Juan 17:17 la presenta como instrumento de nuestra santificación. La Palabra de Dios tiene un poder limpiador y purificador en nuestras vidas. Hoy en día hay buenos libros que nos pueden ayudar, sí, pero la Palabra de Dios está por encima de todos ellos. Ella ayudó a los Tesalonicenses porque la recibieron como Palabra de Dios (1 Ts. 2:13). Ella produjo cambios en las vidas de ellos. Nuestras vidas también necesitan ser impactadas por la Palabra de Dios. No sirve de nada que los vecinos digan que eres buena persona o buena madre, si no estás viviendo y educando a tus hijos en la santidad, en la Palabra de Dios que puede santificarles. Hagamos lo que agrada y honra a Dios, y es la santidad.
    1 Juan 1:5-8 enseña que si decimos que no tenemos pecado, mentimos (v. 6). Y si mentimos unos a otros, luego acabaremos haciéndole mentiroso a Dios (v. 10). Debemos ser muy meticulosos y serios en estas cosas. Es nuestra responsabilidad cuidar nuestra propia vida y andar en comunión con Dios, pero para andar así, tenemos que vivir en santidad, porque Él es santo.
continuará, d.v. en el siguiente número

del libro Dios Santo: Pueblo Santo, Lucas Batalla, Libros Berea

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 “El Cauto”

Así era el apodo que los de su pueblo le pusieron a Claudio Comas, que era quizá el hombre más precavido y cauto de todo el pueblo. Algunas esposas tienen que insistir para que sus maridos e hijos lleven botas de goma cuando llueve, pero, en este caso, era Claudio quien siempre le recordaba a su mujer que llevara impermeable o paraguas cuando se acercaba una tormenta.
    Una vecina suyo partió una pierna al tropezar con una segadora que el sobrino había dejado afuera de la casa, y llevó al sobrino a los tribunales. Entonces Claudio añadió una cláusula a su póliza de seguros para cubrir esos percances. Decía: “Ya no te puedes fiar ni de la familia”.
    Claudio también se vacunaba cada año contra la gripe y, cuando llegaba la primera helada, tomaba dosis masivas de vitamina C a diario. Se compró un coche con cinturones extrafuertes y airbags por todas partes. Se unió a un grupo de deportistas adultos y comenzó a correr, por lo que pronto todo el mundo estaba acostumbrado a ver aquella figura dando vueltas a la manzana, vestida con un viejo chándal.
    También contrató una costosa póliza de seguro de vida, además de la que ya tenía, y le dijo bromeando a su mujer: “No te engaño, Ana, pero te valdré más muerto que vivo”.
    Hace seis meses, tras muchos robos en una población cercana, instaló un complejo sistema de alarmas en su casa, de modo que cualquier intruso que intentara entrar desencadenaría la alarma más estrafalaria que se pudiera imaginar. Fue algo embarazoso para él encontrarse un día con que se había olvidado las llaves. La policía municipal no ha dejado de reirse de él desde entonces.
    Hace tres meses, hizo instalar un lujoso sistema antiincendios. Le dijo a su mujer que sería una tontería haber trabajado toda una vida solo para ver cómo todo se convertía en humo.
    Así era la vida de Claudio hasta la semana pasada. Un día, tras salir a correr, estaba en casa bebiendo un vaso de zumo, cuando tosió dos veces, se desplomó y cayó al suelo, muerto. ¡Hasta ese momento gozaba de buena salud!
    Entonces el pastor de la congregación visitó a la Sra. de Comas, aunque ellos nunca habían asistido mucho, porque siempre estaban muy ocupados.
—“¿Era cristiano el Sr. Comas?”, indagó amablemente el predicador.
—“Bueno —contestó la mujer, pensativa—, era un hombre bueno, si a eso se refiere. Nunca tuvo mucho tiempo para la iglesia, porque estaba terriblemente ocupado. Pero vivió una buena vida. Nunca nos gustaba pensar en la muerte”.
—“Entiendo”, respondió el pastor—“pero, ¿conocía al Señor Jesucristo como su Salvador personal?”
—“Me temo que no sé lo que eso quiere decir”—le contestó la entristecida viuda.
—“Ya veo”— respondió el pastor, mientras contemplaba el elaborado sistema de alarma, la última precaución de un hombre prudente en las cuestiones de lo temporal, pero insensato en lo eterno.
    Dudo que Claudio hubiera leído u oído hablar del hombre del que Cristo habló, que había planificado bien para la vida presente, pero fracasó rotundamente en sus planes para la vida venidera. Este hombre dijo: “Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?” (S. Lucas 12.19-20).
    El cuerpo está condicionado para una existencia de bien pocos años en este mundo. El alma, el VERDADERO tú, es imperecedera. Existirá para siempre en la eternidad, ¿pero dónde? ¿En el cielo, redimida; o en el infierno, perdida?
    Si Claudio hubiera pensado en su alma inmortal, quizá se habría interesado por saber que Dios había preparado lo necesario para la salvación: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (S. Juan 3.16).
    Si tan solo "el Cauto" lo hubiera sabido, ¡cuánto podría haber cambiado su manera de pensar y se habría preparado para la eternidad! Pero ya es tarde para él.
    ¿Y tú, amigo? Todavía estás aquí. ¿Tienes algún plan para tu partida? ¿Algo que tenga que ver con Cristo como tu Salvador? ¿O vas a dejar que los demás tengan que hacer cábalas acerca de dónde estás? Aquí tienes algunas cosas en las que pensar, si quieres un final diferente al de Claudio Comas. 
    “No te jactes del día de mañana, porque no sabes qué dará de sí el día” (Proverbios 27.1).
    “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (S. Juan 5.24).
    “Estas cosas os he escrito a vosotros, que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5.13).

lunes, 31 de agosto de 2026

EN ESTO PENSAD -- septiembre 2026

 El Cristo Que Divide


Texto: Miqueas 7.6
"Porque el hijo deshonra al padre, la hija se levanta contra la madre, la nuera contra su suegra, y los enemigos del hombre son los de su casa".

      No solemos pensar en esto como uno de Sus títulos, pero es una verdad ineludible que afecta a cada creyente.
      En este texto, el profeta Miqueas ansía la llegada de una visita divina para juzgar (7.4). Entonces desaparecerán todos los lazos de amistad, afecto y lealtad. La supervivencia motivará a los miembros de la familia a volverse contra sus seres más cercanos y queridos. Habría una traición generalizada y los hogares se desgarrarían. Miqueas aconseja a sus oyentes que ni siquiera confíen en sus esposas y mucho menos en sus amigos y vecinos (7.5). Este terrible colapso social formaría parte del terrible juicio que caería sobre Judá.
     Pero el asunto no termina ahí. Nuestro Señor revela que el cumplimiento final de esta profecía se producirá durante la Gran Tribulación (Mt. 10.21). Entonces, los fieles a Cristo se enfrentarán diariamente al odio y la traición, que los llevarán al martirio (Mt. 24.9-10). Experimentarán la traición despiadada de personas de su entorno. Sus propios familiares revelarán secretos íntimos a sus perseguidores, como hizo Judas con Jesús. Esa ha sido siempre la suerte de los verdaderos seguidores de Cristo, especialmente en tiempos de persecución. Incluso hoy en día, los parientes inconversos malinterpretan con facilidad y, en ocasiones, se oponen con amargura a un cristiano fiel a su Señor. En este sentido, la lealtad a Cristo es un camino de soledad.
     El Señor Jesús va al grano del asunto al afirmar que Él mismo es el gran divisor de las familias (Mt. 10.34-36; Lc. 12.51-53). Aunque es el Príncipe de Paz, Su primera venida trajo conflicto y contienda. Y aún lo sigue haciendo. La neutralidad es imposible. Inevitablemente, esto provoca división incluso en el círculo más íntimo. Existe una línea divisoria entre quienes reconocen la soberanía de Cristo y quienes no. La fe y la incredulidad se enfrentan incluso dentro de la familia. Los enemigos de Cristo se oponen implacablemente a él y, por lo tanto, a quienes llevan Su Nombre, incluso dentro del hogar. Es notable que nuestro Señor conociera y sintiera profundamente esta dolorosa división familiar en Su propia experiencia (Mr. 3.21; 31-35; Jn 7.5).
     El Salvador nos plantea el desafío del discipulado. Seguirlo significa amarlo con más intensidad y devoción que a nuestro ser más querido en la tierra. No debemos permitir que nuestros apegos naturales releguen al Señor a un segundo plano. Por lo que es y por lo que ha hecho por nosotros, Él merece y exige con justicia el primer y más alto lugar en nuestro afecto. ¿Se lo concedemos?

Brian Gunning, St. Catharines, Ontario, Canadá,  del libro Day By Day Christ Foreshadowed 

(“Día a Día Cristo Presagiado”), lectura para 14 diciembre

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La Duración del Lago de Fuego
Antonio Rodríguez Galende




     A veces se alzan voces bastante necias manifestando sandeces como la de “querer ir al infierno, para no pasar frío en invierno; o para juntarse allí con personas de mala vida y recrearse en su compañía”.
    Si el infierno durase “cuatro días”, quizá fuera bueno ir a él, para aprender a valorar la gracia de Dios y la eternidad en su gloria. Pero la verdad es que aquellos que sucumban al juicio del Señor, no saldrán nunca del lago de fuego. 
    Isaías 66.24 habla de que su gusano NUNCA morirá, ni su fuego se apagará. Y en Marcos 9.48 leemos que Cristo ha ratificado literal la cita de Isaías.
    Vemos en Apocalipsis 20.10 que “serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos”. Es decir: sin fin. 
    Judas 6 habla de “prisiones eternas para el juicio del gran día”–o día eterno de castigo–. Y aunque esta cita habla acerca de los ángeles que no guardaron su dignidad y se alzaron en rebelión contra Dios. Cristo advierte que los hombres irán también a ese lugar y con esos ángeles impuros (diablo y sus demonios) al fuego ETERNO, PREPARADO PARA TODOS ELLOS, Mt. 25.41).
    Lucas 3.17 nos habla de fuego y tormento perpetuos. 
    Ciertamente podría presentar aquí más citas, pero basten éstas para afirmación y confirmación del eterno castigo contra los rebeldes a la voluntad de Dios, la cual es “Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna” (Jn. 6.40). 
    Desde luego que, tanto la vida que tenemos en Cristo los que hemos “pasado de muerte a vida” (Jn. 5.24) como la muerte (separación de Dios y su castigo) que aguarda a los que rechazan el señorío de Cristo para sus vidas, ambas son eternas, y nadie como Cristo lo expone con tanta claridad y transparencia: “E irán éstos al castigo eterno, y los justos (los justificados, los declarados justos) a la vida eterna” (Mt. 25.46, Dn. 12.2). 
    Si la vida es eterna, ¿por qué la muerte o el castigo no ha de ser eterno? ¿Qué argumentos presentan los oponentes a Cristo, el cual afirma que el castigo es eterno? Y no vale la expresión en el decir: que el castigo es eterno, por cuanto se quedan sin vida eterna al haber sido aniquilados. No, esa argucia no vale, porque las citas hablan de gusano que no muere; fuego que no se apaga; tormento día y noche por los siglos de los siglos; castigo eterno, y no mera aniquilación que priva del gozo eterno; se habla de quemante castigo eterno, ¡sentido y bien sentido!
    Pero qué hermosura mirar a Cristo y saber que, por Él, Sus redimidos podemos entonar una preciosa canción que en una de sus estrofas reza así: 

“Y cuando pasen siglos mil y miles sin contar,
Me quedará con Él vivir igual que al empezar”.


    En cambio, los inconversos debieran pensar que en el infierno entonarán sus endechas de muerte eterna con su aciago “miserere”:

“Ya han pasado siglos mil de mi triste eternidad,
Y a mí me queda sufrir igual que el empezar”.

    Así será para los santos de Dios, y así también para los condenados: ETERNIDAD SIN FIN. 
    De manera que convendría al hombre materialista del momento no afanarse aquí y ahora tanto y tanto por un poco de bienestar (que a veces se traduce por la mucha abundancia en malestar), y preocuparse de su futuro eterno. Y el consejo no es mío, sino que Dios sigue diciendo a los inconversos: “Prepárate para venir al encuentro de tu Dios” (Am. 4.12).

“¿Qué extraña locura lleva al mundo sin su Señor?
Se acaba el tiempo, y se llega a presencia de ese Dios.



¿Desechaste tú el indulto que mi Hijo te ofreció?
¿Fuiste capaz de pisar la sangre del Salvador?

¿Terrible en tu corazón la voz de Dios tronará?
¿Su laudo dictaminó y al lago de fuego irás?

Detente, amigo, que al fin te aguarda una eternidad.
Confía en Cristo, pues así con Él por siempre estarás.

Pronto cesará tu tiempo pues la muerte te hallará.
Ponte en Cristo bien cubierto pues VAS A LA ETERNIDAD”. 
 

Antonio Rodríguez vive en Benavente, España

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Distinciones Importantes entre  
el Cuerpo de Cristo y una Asamblea Local


Norman Crawford

viene del número anterior

     Mencionamos antes el texto de Romanos 15:7, “Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios”. Así algunos intentan demostrar que la recepción al cuerpo es todo lo que se requiere para ser recibido en una asamblea local. Sin embargo, si queremos entender correctamente este texto, debemos examinar su contexto. Probablemente había al menos tres asambleas en Roma (Ro. 16:5, 14 y 15). En ellas había judíos y gentiles (Ro. 15:5-21), con trasfondos y normas muy distintos acerca de la dieta y los días sagrados. Surgieron muchos conflictos sobre esas diferencias (vv. 1-7). Pablo escribió a las personas en esas asambleas para que tuviesen “un mismo sentir según Cristo Jesús” (v. 5). Ése es el contexto, y por eso nos asombra cuántas veces hermanos que son lectores cuidadosos de la Palabra de Dios usan este texto para la recepción a la asamblea. Seguramente “los unos a los otros” en el verso 7 significa lo mismo que las otras veces que aparece en el mismo pasaje (Ro. 14:13, 20; 15:5, 7, 14). En todos esos casos habla de los creyentes que están en la comunión de la asamblea. ¿Puede significar algo distinto aquí? Es otro ejemplo de la importancia de siempre entender un texto en su contexto. La recepción de Febe en Romanos 16:2 es la recepción a una asamblea, y ahí el verbo “recibid” es diferente del verbo usado en 15:7.   (En Romanos 15:7 es proslambano, pero en Romanos 16:1 es prosdexomai).
    A menudo se suele emplear una ilustración que creemos equivocada. Dicen que el cuerpo es como una naranja o una manzana divida entre varias personas. Nadie tiene toda la naranja, pero todos tienen naranja. Suena bien, y parece basarse en 1 Corintios 12:27, pero en la ilustración cada uno tiene una parte de la naranja y si se juntaran todas las partes la naranja estaría entera. ¿Esto realmente se aplica al “cuerpo de Cristo” y las asambleas? ¿Es una asamblea “una parte del cuerpo”? Y si se juntaran todas esas asambleas, ¿tendríamos “el cuerpo”?
    En el siguiente capítulo veremos a la asamblea como testimonio único de Dios en el mundo, y rechazamos la ilustración de la naranja. La asamblea no es parte de nada, aunque cada uno que está en comunión en la asamblea reconoce que es también miembro del “cuerpo de Cristo” con todos los demás creyentes en esta dispensación – estén en la tierra o en el cielo.

Norman Crawford. capítulo 3 de su libro, Congregados A Su Nombre, Libros Berea

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La Importancia de la Separación
Parte 2

viene del número anterior


       Observe que el yugo de Cristo es diferente. Él dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mt. 11.29-30). Nuestro Señor quiere que vivamos y sirvamos junto con Él. Su yugo nos queda perfectamente, pues el Señor conoce nuestra condición. Entonces podrás decir con Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4.13).
     Del mismo modo, cuando sirves y compartes con otros que también están unidos a Cristo, estás trabajando en un yugo igual, el único tipo de yugo que el Señor quiere que lleves. La ayuda y la cooperación de otros creyentes en las tareas que realizas y los proyectos que emprendes es, por supuesto, una gran bendición para todos los involucrados. Puedes ser un “compañero de yugo” (Fil. 4.3)  con otros, pero solo con aquellos que sirven al mismo Maestro según Sus instrucciones.
     Las razones para no entrar en un yugo desigual, es decir, para no vincularse con inconversos ni con cristianos rebeldes o desviados en ninguna clase de asociación, se exponen en 2 Corintios 6.14-17. 

“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual, Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré”.
    
    Tienen que ver con las diferencias existentes entre creyentes e incrédulos. Ten en cuenta que estas diferencias existen realmente. No las hemos inventado nosotros, sino que es Dios quien las menciona. Lee estos versículos para ver que se refieren a lo correcto y lo incorrecto, la luz y las tinieblas, Cristo y Satanás, la fe y la incredulidad, Dios y los ídolos.
    No solo son diferentes, sino que se excluyen mutuamente; son opuestos. Muchos de los que han aceptado un yugo desigual han descubierto finalmente y de forma trágica lo opuestos que son. Muchos también han descubierto que el lugar equivocado del yugo ha distorsionado el lugar correcto, y que cualquier compromiso al que se haya llegado está muy por debajo de lo inicialmente previsto. ¡Siempre es más fácil dejarse arrastrar hacia abajo que tirar hacia arriba!

     Esto se escribe para aconsejarte y advertirte sobre los peligros de no separarte del mundo. Mantener la separación no te privará de disfrutar ni te llevará a una vida aburrida. Es el diablo quien hace que desobedecer la Palabra de Dios parezca atractivo y emocionante. Estar prevenido es estar preparado, y la protección contra el naufragio espiritual consiste en tener la Palabra de Cristo morando en abundancia en nosotros (Col. 3.16) y en mantener el alma bien anclada y fortalecida por la verdad de Dios (Sal. 119.11).

    Verás, es una triste realidad que muchos creyentes han quedado espiritualmente lisiados y arruinados por acercarse demasiado al mundo y luego involucrarse en un yugo desigual. Esto ha adoptado diversas formas, pero, en definitiva, el diablo ha arrastrado a muchos al nivel de las personas mundanas. Muchos cristianos jóvenes, brillantes y felices han caído en esta trampa sutil, y su vida y testimonio para Dios en el mundo se han visto afectados. La falta de separación ha destruido muchos árboles fructíferos en el jardín del Señor y ha paralizado muchas manos fuertes que Él podría haber utilizado poderosamente en su servicio.
    Hay cuatro áreas importantes en las que el yugo desigual supone un peligro especial para ti. Estas son:


· las amistades sociales
· las relaciones matrimoniales y familiares
· las asociaciones en los negocios y el comercio
· las comunidades eclesiásticas

continuará, d.v. en el número siguiente                    

autor desconocido 

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La Importancia del Trabajo

Noé y sus hijos construyeron el arca. Jacob era pastor de ovejas. Gedeón trabajaba en la cosecha del trigo. Eliseo araba el campo con doce yuntas de bueyes. Amós era boyero y recogedor de hijos silvestres. Leví era recaudador de impuestos. Pedro, Andrés, Jacobo y Juan eran pescadores. El apóstol Pablo escribió: “no comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche” (2 Ts. 3.8). Es cierto lo que dijo William MacDonald, que Dios no llama ni utiliza a los ociosos ni a los de brazos cruzados. La instrucción apostólica es: 

“Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan” (2 Ts. 3.10-12).

    El hermano Juan Dennison escribió lo siguiente acerca de la importancia del trabajo.

David y Moisés eran pastores, Pedro y Juan eran pescadores, y Pablo era un fabricante de carpas. A Dios le gusta usar gente que sabe  trabajar y que mantiene un empleo. Incluso el Señor Jesús probablemente trabajó durante 15 años antes de comenzar sus tres años de ministerio público y espiritual. El pueblo de Nazaret proclamó: “¿No es éste el carpintero?” (Marcos 6.3). Aunque ellos se negaban a aceptarlo como su Mesías, no podían negar su historial de arduo trabajo. También se preguntaron: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mateo 13.55). Parece que el Creador dejó que José le enseñara la carpintería. ¿No es cierto que las personas “enseñables” (receptivas) llegan a ser los mejores trabajadores? Más adelante, en cuanto a la gran obra de salvación, Él declaró: “He acabado la obra” (Juan 17.4). Que Dios nos ayude a apreciar e imitar la ética de trabajo de nuestro Salvador.

Juan Dennison, Devoción a Diario, lectura  7 marzo, 
Libros Berea y Publicaciones Pescadores

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El Salvador Santo 
Desea Una Iglesia Santa

Lucas Batalla

Texto: Hebreos 10:1-18

    La Iglesia es santa, porque su Salvador y Cabeza es Santo. Si estudias la Biblia sin ver a Cristo, no la entenderás, porque todo apunta a Cristo y Su obra redentora. La Ley solo puede condenar, pues es una sombra que no puede salvar a nadie. Pero Cristo —y solo Él— guardó y satisfizo la Ley, y después murió en nuestro lugar. Dios le preparó un cuerpo a su Hijo para que satisficiera la justa demanda de la Ley contra nosotros, los pecadores (He. 10:5, “me preparaste cuerpo”). Esto demuestra que somos pecadores y que no tenemos poder para salvarnos a nosotros mismos. Sin embargo, mucha gente dice que no tiene culpa, que no hace mal a nadie, que Dios no tiene por qué juzgarles, etc., pero el sacrificio de Cristo demuestra que no es así: murió solo por nosotros. ¿Murió porque somos buenos? ¡De ninguna manera! En la Ley vemos nuestra condenación y, en el Señor Jesucristo, nuestra salvación.
    La Ley es la sombra de cosas venideras (v. 1), pues no puede salvar ni santificar a nadie, pero Cristo sí. Sólo Su sangre nos limpia y nos santifica – sin ese derramamiento de sangre no hay remisión de pecados. En 1 Juan 1:7 leemos que la sangre de Jesucristo nos limpia “de todo pecado”, no porque pidamos perdón, ni porque seamos sinceros, ni siquiera porque deseemos nacer de nuevo, sino sólo porque Cristo murió por nosotros, castigado en nuestro lugar. Cuando arrepentidos confiamos en Él, recibimos el perdón. Es Su preciosa sangre que nos provee perdón. En 1 Juan 2:2 leemos que Él es la propiciación por nuestros pecados.
    El tabernáculo era una sombra. El altar, los levitas, los sacerdotes, el sumo sacerdote, los sacrificios, el coro, el incienso... Todos eran sombras que anunciaban la llegada de quien vendría a santificarnos mediante el sacrificio de sí mismo. El Salvador santo es el único que puede santificarnos. Solo Cristo, crucificado, resucitado, ascendido y glorificado a la diestra del Padre, puede santificarnos e interceder eficazmente por nosotros. Hebreos 7:23-26 nos recuerda que tal sumo sacerdote nos conviene, nos hace falta. Aarón era figura de Cristo, pero como hemos visto tanto él como sus hijos tenían pecados y fallos. Por eso, antes de entrar en la presencia de Dios, Aarón tenía que ofrecer sacrificios por sus propios pecados y luego por los del pueblo  (He. 7:27). Sólo Jesucristo es el Sumo Sacerdote perfecto que cuida e intercede por Su pueblo. Sólo tuvo que ofrecer un sacrificio “una vez para siempre”, pues se ofreció a sí mismo. Por eso acudimos s a Él, y no a santos, vírgenes, ángeles, sacerdotes, psicólogos ni otros. Hebreos 8:5-6 dice que todo lo del tabernáculo y el templo era representativo – figuras de cosas celestiales.  Romanos 8:34 nos informa de que Cristo intercede por nosotros. Por tanto, cuando los creyentes pecamos, acudimos al Señor y Él, fielmente, cuida y atiende a los suyos. 
    Hebreos 10:19 anuncia que tenemos libertad para entrar en el lugar santísimo por la sangre de Cristo. Hermanos míos, la sangre de Cristo es poderosa e importante, y nunca debemos olvidarla. Gracias a ella podemos acercarnos a Dios. El versículo 22 dice que nos purifica la conciencia y nos limpia. La Iglesia necesita un Salvador poderoso, eficaz y santo, y lo tiene en el Señor Jesucristo. Él sigue interesado en nuestras vidas; no solo en la salvación de nuestras almas y el perdón de nuestros pecados, sino también en cómo somos y vivimos diariamente. El Señor guía nuestras vidas a través de su Palabra, en la que nos dice lo que debemos y no debemos hacer. 
    Por ejemplo, los israelitas sabían que había cosas que se podían tocar y otras que no, cosas que se podían comer y otras que no, cosas que se podían vestir y otras que no, etc., y si desobedecían, luego venía el juicio, el castigo. Y nosotros, hermanos, ¿qué debemos hacer? Algunos dicen que eso de la separación y de no tocar ciertas cosas no se aplica porque no estamos bajo la ley. Pero se equivocan. El Nuevo Testamento manda: “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré” (2 Co. 6:17). Debemos obedecer al Señor y tomar en serio sus instrucciones respecto a nosotros mismos y a nuestras vidas. Esa es la santidad: caminar tras Él, cerca de Él, por Sus caminos conforme a Su Palabra, amarle y obedecerle. Y, cuando fallamos, debemos humillarnos y no tratar de justificarnos ni implilcar a terceros, sino confesarlo para recibir perdón y limpieza (1 Jn. 1.9). El Señor desea y merece un pueblo santo en la práctica, no solo de palabra, pues murió para santificarnos. No digamos que la santidad es radicalismo y que no hay que enfatizarla tanto, pues este es uno de los errores que Israel cometió y por el que fue juzgado, como bien sabemos. Pero parece que no creemos, o se nos olvida, que el Señor, el Juez justo, también nos juzgará en el Tribunal de Cristo.
continuará, d.v. en el siguiente número

del libro Dios Santo: Pueblo Santo, Lucas Batalla, Libros Berea

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¿Somos Todos Hijos de Dios?


Muchos piensan así, pero ¿qué dice la Escritura? Dios es nuestro Creador, pero eso no significa que sea nuestro Padre. Todos somos criaturas de Dios, pero nunca dice que seamos todos Sus hijos. Para llegar a ser hijo de Dios, es necesario algo más que el nacimiento físico. 
    Por ejemplo, aunque haya niños y jóvenes en nuestro barrio, no son nuestros hijos, sencillamente porque no los hemos engendrado nosotros.
    Los Salmos 11.4 y 14.2 informan de que Dios examina a los hijos de los hombres, es decir, a todos los seres humanos. Y lo que ve no es bonito. “El corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez en su corazón durante su vida; y después de esto se van a los muertos” (Ecl. 9.3). Porque todos nacemos como hijos de Adán, sus descendientes, no como hijos de Dios. Adán pecó y todos los que descienden de él son pecadores. Por eso, en la Biblia encontramos el retrato divino de la condición natural de toda la humanidad:

· hijos de viles (Job. 30.8)
· hijos de los hombres (Sal. 4.2)
· hijos mentirosos (Is. 30.9)
· hijos de la hechicera, generación del adúltero y de la fornicaria (Is. 57.3)
· hijos rebeldes, generación mentirosa (Is. 57.4)
· hijos rebeldes (Jer. 3.14)
· hijo del diablo (Hch. 13.10)
· todos están bajo pecado (Ro. 3.9)
· no hay justo, ni aun uno (Ro. 3.10)
· todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno (Ro. 3.12)
· hijos de desobediencia (Ef. 2.2; 5.6)
· sin esperanza y sin Dios en el mundo (Ef. 2.12)
· extraños y enemigos en vuestra mente (Col. 1.21)
· hijos de desobediencia (Col. 3.6)
· hijos de ira (Ef. 2.3)
· una generación maligna y perversa (Fil. 2.15)
· hijos de maldición (2 P. 2.14)
· hijos del diablo (1 Jn. 3.10)
 

    Esa es nuestra condición al nacer. Somos descendientes de nuestro primer padre, Adán, que pecó antes de engendrar hijos, por lo que todos sus descendientes nacemos contaminados con el pecado. La única forma de escapar de esta terrible situación es nacer de nuevo por la fe en el Señor Jesucristo. Solo a los creyentes nacidos de nuevo se les dice: “todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gá. 3.26), es decir, no todos los seres humanos, sino todos los creyentes. El nuevo nacimiento es por la fe en Jesucristo. 

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn. 1.12-13). 

    Por el nacimiento natural, somos humanos, hijos de Adán. Podemos ser más o menos religiosos, pero eso no nos convierte en hijos de Dios. Cristo le explicó al religioso Nicodemo la necesidad del nuevo nacimiento: 

“Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3.6-7).

    Nicodemo, aunque era un hombre religioso y enseñaba a otros (como los catequistas), todavía no era hijo de Dios cuando habló con Cristo aquella noche. Esto es así para todos: quien no nazca de nuevo, no es hijo de Dios. Dios es su Creador y Juez, pero no es su Padre, ni deben decirle “Padre nuestro”, porque no es cierto, y es un error rezar así el Padrenuestro.
    Dios llama a todo hijo de Adán a reconocer su condición pecaminosa y perdida, a arrepentirse y a confiar en Jesucristo como su Señor y Salvador. El Hijo de Dios, santo y justo, murió cargado con los pecados de toda la humanidad, para pagar nuestra deuda y ofrecer salvación para cuantos en Él confían. Romanos 3.25 afirma que solo “por medio de la fe en su sangre” podemos ser justificados y gozar del perdón y de la vida nueva y eterna. Esto es nacer de nuevo, y a partir de ese momento y no antes, el creyente se convierte en miembro de la familia de Dios (Ef. 2.19). ¿Quieres ser hijo de Dios y tener un hogar eterno en el cielo? Necesitas nacer de nuevo.