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lunes, 31 de agosto de 2026

EN ESTO PENSAD -- septiembre 2026

 El Cristo Que Divide


Texto: Miqueas 7.6
"Porque el hijo deshonra al padre, la hija se levanta contra la madre, la nuera contra su suegra, y los enemigos del hombre son los de su casa".

      No solemos pensar en esto como uno de Sus títulos, pero es una verdad ineludible que afecta a cada creyente.
      En este texto, el profeta Miqueas ansía la llegada de una visita divina para juzgar (7.4). Entonces desaparecerán todos los lazos de amistad, afecto y lealtad. La supervivencia motivará a los miembros de la familia a volverse contra sus seres más cercanos y queridos. Habría una traición generalizada y los hogares se desgarrarían. Miqueas aconseja a sus oyentes que ni siquiera confíen en sus esposas y mucho menos en sus amigos y vecinos (7.5). Este terrible colapso social formaría parte del terrible juicio que caería sobre Judá.
     Pero el asunto no termina ahí. Nuestro Señor revela que el cumplimiento final de esta profecía se producirá durante la Gran Tribulación (Mt. 10.21). Entonces, los fieles a Cristo se enfrentarán diariamente al odio y la traición, que los llevarán al martirio (Mt. 24.9-10). Experimentarán la traición despiadada de personas de su entorno. Sus propios familiares revelarán secretos íntimos a sus perseguidores, como hizo Judas con Jesús. Esa ha sido siempre la suerte de los verdaderos seguidores de Cristo, especialmente en tiempos de persecución. Incluso hoy en día, los parientes inconversos malinterpretan con facilidad y, en ocasiones, se oponen con amargura a un cristiano fiel a su Señor. En este sentido, la lealtad a Cristo es un camino de soledad.
     El Señor Jesús va al grano del asunto al afirmar que Él mismo es el gran divisor de las familias (Mt. 10.34-36; Lc. 12.51-53). Aunque es el Príncipe de Paz, Su primera venida trajo conflicto y contienda. Y aún lo sigue haciendo. La neutralidad es imposible. Inevitablemente, esto provoca división incluso en el círculo más íntimo. Existe una línea divisoria entre quienes reconocen la soberanía de Cristo y quienes no. La fe y la incredulidad se enfrentan incluso dentro de la familia. Los enemigos de Cristo se oponen implacablemente a él y, por lo tanto, a quienes llevan Su Nombre, incluso dentro del hogar. Es notable que nuestro Señor conociera y sintiera profundamente esta dolorosa división familiar en Su propia experiencia (Mr. 3.21; 31-35; Jn 7.5).
     El Salvador nos plantea el desafío del discipulado. Seguirlo significa amarlo con más intensidad y devoción que a nuestro ser más querido en la tierra. No debemos permitir que nuestros apegos naturales releguen al Señor a un segundo plano. Por lo que es y por lo que ha hecho por nosotros, Él merece y exige con justicia el primer y más alto lugar en nuestro afecto. ¿Se lo concedemos?

Brian Gunning, St. Catharines, Ontario, Canadá,  del libro Day By Day Christ Foreshadowed 

(“Día a Día Cristo Presagiado”), lectura para 14 diciembre

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La Duración del Lago de Fuego
Antonio Rodríguez Galende




     A veces se alzan voces bastante necias manifestando sandeces como la de “querer ir al infierno, para no pasar frío en invierno; o para juntarse allí con personas de mala vida y recrearse en su compañía”.
    Si el infierno durase “cuatro días”, quizá fuera bueno ir a él, para aprender a valorar la gracia de Dios y la eternidad en su gloria. Pero la verdad es que aquellos que sucumban al juicio del Señor, no saldrán nunca del lago de fuego. 
    Isaías 66.24 habla de que su gusano NUNCA morirá, ni su fuego se apagará. Y en Marcos 9.48 leemos que Cristo ha ratificado literal la cita de Isaías.
    Vemos en Apocalipsis 20.10 que “serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos”. Es decir: sin fin. 
    Judas 6 habla de “prisiones eternas para el juicio del gran día”–o día eterno de castigo–. Y aunque esta cita habla acerca de los ángeles que no guardaron su dignidad y se alzaron en rebelión contra Dios. Cristo advierte que los hombres irán también a ese lugar y con esos ángeles impuros (diablo y sus demonios) al fuego ETERNO, PREPARADO PARA TODOS ELLOS, Mt. 25.41).
    Lucas 3.17 nos habla de fuego y tormento perpetuos. 
    Ciertamente podría presentar aquí más citas, pero basten éstas para afirmación y confirmación del eterno castigo contra los rebeldes a la voluntad de Dios, la cual es “Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna” (Jn. 6.40). 
    Desde luego que, tanto la vida que tenemos en Cristo los que hemos “pasado de muerte a vida” (Jn. 5.24) como la muerte (separación de Dios y su castigo) que aguarda a los que rechazan el señorío de Cristo para sus vidas, ambas son eternas, y nadie como Cristo lo expone con tanta claridad y transparencia: “E irán éstos al castigo eterno, y los justos (los justificados, los declarados justos) a la vida eterna” (Mt. 25.46, Dn. 12.2). 
    Si la vida es eterna, ¿por qué la muerte o el castigo no ha de ser eterno? ¿Qué argumentos presentan los oponentes a Cristo, el cual afirma que el castigo es eterno? Y no vale la expresión en el decir: que el castigo es eterno, por cuanto se quedan sin vida eterna al haber sido aniquilados. No, esa argucia no vale, porque las citas hablan de gusano que no muere; fuego que no se apaga; tormento día y noche por los siglos de los siglos; castigo eterno, y no mera aniquilación que priva del gozo eterno; se habla de quemante castigo eterno, ¡sentido y bien sentido!
    Pero qué hermosura mirar a Cristo y saber que, por Él, Sus redimidos podemos entonar una preciosa canción que en una de sus estrofas reza así: 

“Y cuando pasen siglos mil y miles sin contar,
Me quedará con Él vivir igual que al empezar”.


    En cambio, los inconversos debieran pensar que en el infierno entonarán sus endechas de muerte eterna con su aciago “miserere”:

“Ya han pasado siglos mil de mi triste eternidad,
Y a mí me queda sufrir igual que el empezar”.

    Así será para los santos de Dios, y así también para los condenados: ETERNIDAD SIN FIN. 
    De manera que convendría al hombre materialista del momento no afanarse aquí y ahora tanto y tanto por un poco de bienestar (que a veces se traduce por la mucha abundancia en malestar), y preocuparse de su futuro eterno. Y el consejo no es mío, sino que Dios sigue diciendo a los inconversos: “Prepárate para venir al encuentro de tu Dios” (Am. 4.12).

“¿Qué extraña locura lleva al mundo sin su Señor?
Se acaba el tiempo, y se llega a presencia de ese Dios.



¿Desechaste tú el indulto que mi Hijo te ofreció?
¿Fuiste capaz de pisar la sangre del Salvador?

¿Terrible en tu corazón la voz de Dios tronará?
¿Su laudo dictaminó y al lago de fuego irás?

Detente, amigo, que al fin te aguarda una eternidad.
Confía en Cristo, pues así con Él por siempre estarás.

Pronto cesará tu tiempo pues la muerte te hallará.
Ponte en Cristo bien cubierto pues VAS A LA ETERNIDAD”. 
 

Antonio Rodríguez vive en Benavente, España

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Distinciones Importantes entre  
el Cuerpo de Cristo y una Asamblea Local


Norman Crawford

viene del número anterior

     Mencionamos antes el texto de Romanos 15:7, “Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios”. Así algunos intentan demostrar que la recepción al cuerpo es todo lo que se requiere para ser recibido en una asamblea local. Sin embargo, si queremos entender correctamente este texto, debemos examinar su contexto. Probablemente había al menos tres asambleas en Roma (Ro. 16:5, 14 y 15). En ellas había judíos y gentiles (Ro. 15:5-21), con trasfondos y normas muy distintos acerca de la dieta y los días sagrados. Surgieron muchos conflictos sobre esas diferencias (vv. 1-7). Pablo escribió a las personas en esas asambleas para que tuviesen “un mismo sentir según Cristo Jesús” (v. 5). Ése es el contexto, y por eso nos asombra cuántas veces hermanos que son lectores cuidadosos de la Palabra de Dios usan este texto para la recepción a la asamblea. Seguramente “los unos a los otros” en el verso 7 significa lo mismo que las otras veces que aparece en el mismo pasaje (Ro. 14:13, 20; 15:5, 7, 14). En todos esos casos habla de los creyentes que están en la comunión de la asamblea. ¿Puede significar algo distinto aquí? Es otro ejemplo de la importancia de siempre entender un texto en su contexto. La recepción de Febe en Romanos 16:2 es la recepción a una asamblea, y ahí el verbo “recibid” es diferente del verbo usado en 15:7.   (En Romanos 15:7 es proslambano, pero en Romanos 16:1 es prosdexomai).
    A menudo se suele emplear una ilustración que creemos equivocada. Dicen que el cuerpo es como una naranja o una manzana divida entre varias personas. Nadie tiene toda la naranja, pero todos tienen naranja. Suena bien, y parece basarse en 1 Corintios 12:27, pero en la ilustración cada uno tiene una parte de la naranja y si se juntaran todas las partes la naranja estaría entera. ¿Esto realmente se aplica al “cuerpo de Cristo” y las asambleas? ¿Es una asamblea “una parte del cuerpo”? Y si se juntaran todas esas asambleas, ¿tendríamos “el cuerpo”?
    En el siguiente capítulo veremos a la asamblea como testimonio único de Dios en el mundo, y rechazamos la ilustración de la naranja. La asamblea no es parte de nada, aunque cada uno que está en comunión en la asamblea reconoce que es también miembro del “cuerpo de Cristo” con todos los demás creyentes en esta dispensación – estén en la tierra o en el cielo.

Norman Crawford. capítulo 3 de su libro, Congregados A Su Nombre, Libros Berea

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La Importancia de la Separación
Parte 2

viene del número anterior


       Observe que el yugo de Cristo es diferente. Él dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mt. 11.29-30). Nuestro Señor quiere que vivamos y sirvamos junto con Él. Su yugo nos queda perfectamente, pues el Señor conoce nuestra condición. Entonces podrás decir con Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4.13).
     Del mismo modo, cuando sirves y compartes con otros que también están unidos a Cristo, estás trabajando en un yugo igual, el único tipo de yugo que el Señor quiere que lleves. La ayuda y la cooperación de otros creyentes en las tareas que realizas y los proyectos que emprendes es, por supuesto, una gran bendición para todos los involucrados. Puedes ser un “compañero de yugo” (Fil. 4.3)  con otros, pero solo con aquellos que sirven al mismo Maestro según Sus instrucciones.
     Las razones para no entrar en un yugo desigual, es decir, para no vincularse con inconversos ni con cristianos rebeldes o desviados en ninguna clase de asociación, se exponen en 2 Corintios 6.14-17. 

“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual, Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré”.
    
    Tienen que ver con las diferencias existentes entre creyentes e incrédulos. Ten en cuenta que estas diferencias existen realmente. No las hemos inventado nosotros, sino que es Dios quien las menciona. Lee estos versículos para ver que se refieren a lo correcto y lo incorrecto, la luz y las tinieblas, Cristo y Satanás, la fe y la incredulidad, Dios y los ídolos.
    No solo son diferentes, sino que se excluyen mutuamente; son opuestos. Muchos de los que han aceptado un yugo desigual han descubierto finalmente y de forma trágica lo opuestos que son. Muchos también han descubierto que el lugar equivocado del yugo ha distorsionado el lugar correcto, y que cualquier compromiso al que se haya llegado está muy por debajo de lo inicialmente previsto. ¡Siempre es más fácil dejarse arrastrar hacia abajo que tirar hacia arriba!

     Esto se escribe para aconsejarte y advertirte sobre los peligros de no separarte del mundo. Mantener la separación no te privará de disfrutar ni te llevará a una vida aburrida. Es el diablo quien hace que desobedecer la Palabra de Dios parezca atractivo y emocionante. Estar prevenido es estar preparado, y la protección contra el naufragio espiritual consiste en tener la Palabra de Cristo morando en abundancia en nosotros (Col. 3.16) y en mantener el alma bien anclada y fortalecida por la verdad de Dios (Sal. 119.11).

    Verás, es una triste realidad que muchos creyentes han quedado espiritualmente lisiados y arruinados por acercarse demasiado al mundo y luego involucrarse en un yugo desigual. Esto ha adoptado diversas formas, pero, en definitiva, el diablo ha arrastrado a muchos al nivel de las personas mundanas. Muchos cristianos jóvenes, brillantes y felices han caído en esta trampa sutil, y su vida y testimonio para Dios en el mundo se han visto afectados. La falta de separación ha destruido muchos árboles fructíferos en el jardín del Señor y ha paralizado muchas manos fuertes que Él podría haber utilizado poderosamente en su servicio.
    Hay cuatro áreas importantes en las que el yugo desigual supone un peligro especial para ti. Estas son:


· las amistades sociales
· las relaciones matrimoniales y familiares
· las asociaciones en los negocios y el comercio
· las comunidades eclesiásticas

continuará, d.v. en el número siguiente                    

autor desconocido 

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La Importancia del Trabajo

Noé y sus hijos construyeron el arca. Jacob era pastor de ovejas. Gedeón trabajaba en la cosecha del trigo. Eliseo araba el campo con doce yuntas de bueyes. Amós era boyero y recogedor de hijos silvestres. Leví era recaudador de impuestos. Pedro, Andrés, Jacobo y Juan eran pescadores. El apóstol Pablo escribió: “no comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche” (2 Ts. 3.8). Es cierto lo que dijo William MacDonald, que Dios no llama ni utiliza a los ociosos ni a los de brazos cruzados. La instrucción apostólica es: 

“Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan” (2 Ts. 3.10-12).

    El hermano Juan Dennison escribió lo siguiente acerca de la importancia del trabajo.

David y Moisés eran pastores, Pedro y Juan eran pescadores, y Pablo era un fabricante de carpas. A Dios le gusta usar gente que sabe  trabajar y que mantiene un empleo. Incluso el Señor Jesús probablemente trabajó durante 15 años antes de comenzar sus tres años de ministerio público y espiritual. El pueblo de Nazaret proclamó: “¿No es éste el carpintero?” (Marcos 6.3). Aunque ellos se negaban a aceptarlo como su Mesías, no podían negar su historial de arduo trabajo. También se preguntaron: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mateo 13.55). Parece que el Creador dejó que José le enseñara la carpintería. ¿No es cierto que las personas “enseñables” (receptivas) llegan a ser los mejores trabajadores? Más adelante, en cuanto a la gran obra de salvación, Él declaró: “He acabado la obra” (Juan 17.4). Que Dios nos ayude a apreciar e imitar la ética de trabajo de nuestro Salvador.

Juan Dennison, Devoción a Diario, lectura  7 marzo, 
Libros Berea y Publicaciones Pescadores

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El Salvador Santo 
Desea Una Iglesia Santa

Lucas Batalla

Texto: Hebreos 10:1-18

    La Iglesia es santa, porque su Salvador y Cabeza es Santo. Si estudias la Biblia sin ver a Cristo, no la entenderás, porque todo apunta a Cristo y Su obra redentora. La Ley solo puede condenar, pues es una sombra que no puede salvar a nadie. Pero Cristo —y solo Él— guardó y satisfizo la Ley, y después murió en nuestro lugar. Dios le preparó un cuerpo a su Hijo para que satisficiera la justa demanda de la Ley contra nosotros, los pecadores (He. 10:5, “me preparaste cuerpo”). Esto demuestra que somos pecadores y que no tenemos poder para salvarnos a nosotros mismos. Sin embargo, mucha gente dice que no tiene culpa, que no hace mal a nadie, que Dios no tiene por qué juzgarles, etc., pero el sacrificio de Cristo demuestra que no es así: murió solo por nosotros. ¿Murió porque somos buenos? ¡De ninguna manera! En la Ley vemos nuestra condenación y, en el Señor Jesucristo, nuestra salvación.
    La Ley es la sombra de cosas venideras (v. 1), pues no puede salvar ni santificar a nadie, pero Cristo sí. Sólo Su sangre nos limpia y nos santifica – sin ese derramamiento de sangre no hay remisión de pecados. En 1 Juan 1:7 leemos que la sangre de Jesucristo nos limpia “de todo pecado”, no porque pidamos perdón, ni porque seamos sinceros, ni siquiera porque deseemos nacer de nuevo, sino sólo porque Cristo murió por nosotros, castigado en nuestro lugar. Cuando arrepentidos confiamos en Él, recibimos el perdón. Es Su preciosa sangre que nos provee perdón. En 1 Juan 2:2 leemos que Él es la propiciación por nuestros pecados.
    El tabernáculo era una sombra. El altar, los levitas, los sacerdotes, el sumo sacerdote, los sacrificios, el coro, el incienso... Todos eran sombras que anunciaban la llegada de quien vendría a santificarnos mediante el sacrificio de sí mismo. El Salvador santo es el único que puede santificarnos. Solo Cristo, crucificado, resucitado, ascendido y glorificado a la diestra del Padre, puede santificarnos e interceder eficazmente por nosotros. Hebreos 7:23-26 nos recuerda que tal sumo sacerdote nos conviene, nos hace falta. Aarón era figura de Cristo, pero como hemos visto tanto él como sus hijos tenían pecados y fallos. Por eso, antes de entrar en la presencia de Dios, Aarón tenía que ofrecer sacrificios por sus propios pecados y luego por los del pueblo  (He. 7:27). Sólo Jesucristo es el Sumo Sacerdote perfecto que cuida e intercede por Su pueblo. Sólo tuvo que ofrecer un sacrificio “una vez para siempre”, pues se ofreció a sí mismo. Por eso acudimos s a Él, y no a santos, vírgenes, ángeles, sacerdotes, psicólogos ni otros. Hebreos 8:5-6 dice que todo lo del tabernáculo y el templo era representativo – figuras de cosas celestiales.  Romanos 8:34 nos informa de que Cristo intercede por nosotros. Por tanto, cuando los creyentes pecamos, acudimos al Señor y Él, fielmente, cuida y atiende a los suyos. 
    Hebreos 10:19 anuncia que tenemos libertad para entrar en el lugar santísimo por la sangre de Cristo. Hermanos míos, la sangre de Cristo es poderosa e importante, y nunca debemos olvidarla. Gracias a ella podemos acercarnos a Dios. El versículo 22 dice que nos purifica la conciencia y nos limpia. La Iglesia necesita un Salvador poderoso, eficaz y santo, y lo tiene en el Señor Jesucristo. Él sigue interesado en nuestras vidas; no solo en la salvación de nuestras almas y el perdón de nuestros pecados, sino también en cómo somos y vivimos diariamente. El Señor guía nuestras vidas a través de su Palabra, en la que nos dice lo que debemos y no debemos hacer. 
    Por ejemplo, los israelitas sabían que había cosas que se podían tocar y otras que no, cosas que se podían comer y otras que no, cosas que se podían vestir y otras que no, etc., y si desobedecían, luego venía el juicio, el castigo. Y nosotros, hermanos, ¿qué debemos hacer? Algunos dicen que eso de la separación y de no tocar ciertas cosas no se aplica porque no estamos bajo la ley. Pero se equivocan. El Nuevo Testamento manda: “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré” (2 Co. 6:17). Debemos obedecer al Señor y tomar en serio sus instrucciones respecto a nosotros mismos y a nuestras vidas. Esa es la santidad: caminar tras Él, cerca de Él, por Sus caminos conforme a Su Palabra, amarle y obedecerle. Y, cuando fallamos, debemos humillarnos y no tratar de justificarnos ni implilcar a terceros, sino confesarlo para recibir perdón y limpieza (1 Jn. 1.9). El Señor desea y merece un pueblo santo en la práctica, no solo de palabra, pues murió para santificarnos. No digamos que la santidad es radicalismo y que no hay que enfatizarla tanto, pues este es uno de los errores que Israel cometió y por el que fue juzgado, como bien sabemos. Pero parece que no creemos, o se nos olvida, que el Señor, el Juez justo, también nos juzgará en el Tribunal de Cristo.
continuará, d.v. en el siguiente número

del libro Dios Santo: Pueblo Santo, Lucas Batalla, Libros Berea

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¿Somos Todos Hijos de Dios?


Muchos piensan así, pero ¿qué dice la Escritura? Dios es nuestro Creador, pero eso no significa que sea nuestro Padre. Todos somos criaturas de Dios, pero nunca dice que seamos todos Sus hijos. Para llegar a ser hijo de Dios, es necesario algo más que el nacimiento físico. 
    Por ejemplo, aunque haya niños y jóvenes en nuestro barrio, no son nuestros hijos, sencillamente porque no los hemos engendrado nosotros.
    Los Salmos 11.4 y 14.2 informan de que Dios examina a los hijos de los hombres, es decir, a todos los seres humanos. Y lo que ve no es bonito. “El corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez en su corazón durante su vida; y después de esto se van a los muertos” (Ecl. 9.3). Porque todos nacemos como hijos de Adán, sus descendientes, no como hijos de Dios. Adán pecó y todos los que descienden de él son pecadores. Por eso, en la Biblia encontramos el retrato divino de la condición natural de toda la humanidad:

· hijos de viles (Job. 30.8)
· hijos de los hombres (Sal. 4.2)
· hijos mentirosos (Is. 30.9)
· hijos de la hechicera, generación del adúltero y de la fornicaria (Is. 57.3)
· hijos rebeldes, generación mentirosa (Is. 57.4)
· hijos rebeldes (Jer. 3.14)
· hijo del diablo (Hch. 13.10)
· todos están bajo pecado (Ro. 3.9)
· no hay justo, ni aun uno (Ro. 3.10)
· todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno (Ro. 3.12)
· hijos de desobediencia (Ef. 2.2; 5.6)
· sin esperanza y sin Dios en el mundo (Ef. 2.12)
· extraños y enemigos en vuestra mente (Col. 1.21)
· hijos de desobediencia (Col. 3.6)
· hijos de ira (Ef. 2.3)
· una generación maligna y perversa (Fil. 2.15)
· hijos de maldición (2 P. 2.14)
· hijos del diablo (1 Jn. 3.10)
 

    Esa es nuestra condición al nacer. Somos descendientes de nuestro primer padre, Adán, que pecó antes de engendrar hijos, por lo que todos sus descendientes nacemos contaminados con el pecado. La única forma de escapar de esta terrible situación es nacer de nuevo por la fe en el Señor Jesucristo. Solo a los creyentes nacidos de nuevo se les dice: “todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gá. 3.26), es decir, no todos los seres humanos, sino todos los creyentes. El nuevo nacimiento es por la fe en Jesucristo. 

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn. 1.12-13). 

    Por el nacimiento natural, somos humanos, hijos de Adán. Podemos ser más o menos religiosos, pero eso no nos convierte en hijos de Dios. Cristo le explicó al religioso Nicodemo la necesidad del nuevo nacimiento: 

“Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3.6-7).

    Nicodemo, aunque era un hombre religioso y enseñaba a otros (como los catequistas), todavía no era hijo de Dios cuando habló con Cristo aquella noche. Esto es así para todos: quien no nazca de nuevo, no es hijo de Dios. Dios es su Creador y Juez, pero no es su Padre, ni deben decirle “Padre nuestro”, porque no es cierto, y es un error rezar así el Padrenuestro.
    Dios llama a todo hijo de Adán a reconocer su condición pecaminosa y perdida, a arrepentirse y a confiar en Jesucristo como su Señor y Salvador. El Hijo de Dios, santo y justo, murió cargado con los pecados de toda la humanidad, para pagar nuestra deuda y ofrecer salvación para cuantos en Él confían. Romanos 3.25 afirma que solo “por medio de la fe en su sangre” podemos ser justificados y gozar del perdón y de la vida nueva y eterna. Esto es nacer de nuevo, y a partir de ese momento y no antes, el creyente se convierte en miembro de la familia de Dios (Ef. 2.19). ¿Quieres ser hijo de Dios y tener un hogar eterno en el cielo? Necesitas nacer de nuevo. 
  

  

viernes, 31 de julio de 2026

EN ESTO PENSAD -- agosto 2026

La Importancia de la Separación



¿Qué significa estar separados de los incrédulos, tal y como se nos dice en 2 Corintios 6.17? Obviamente, no puede significar que los cristianos no deban reunirse, hablar, comer, trabajar o convivir con quienes no lo son. ¡Eso requeriría un aislamiento y una segregación totales en colonias autónomas de algún tipo! ¡Eso requeriría un aislamiento y una segregación totales en colonias autónomas de algún tipo! Además, el Señor Jesús ha mandado a Su pueblo que vaya por todo el mundo y predique el evangelio (Mr. 16.15), y la forma más eficaz de presentar el evangelio a los incrédulos es mostrarles en la vida cotidiana sus características.
    Ser separados significa ser diferentes; vivir entre la gente, pero ser distintos de ellos; acercarnos a ellos sin identificarnos con ellos en cuanto a objetivos, hábitos, asociaciones o compañerismo. Significa no tomar nunca un “yugo desigual”, un término bíblico (2 Co. 6.14) que exploramos a continuación.
    El mejor ejemplo de lo que debemos ser en esto, como en todo lo demás, es nuestro Señor Jesucristo. Lea de nuevo los Evangelios para ver cuán separado y diferente era Él como Hijo y Siervo de Dios, y sin embargo cuán cerca se encontraba de las personas pecadoras, necesitadas y cansadas de Su época.

Diferencias importantes
     Existen diferencias fundamentales entre las personas que son salvas y las que no. En el momento de su conversión, los creyentes en Cristo obtienen una nueva vida, una nueva esperanza, un nuevo destino, una nueva condición ante Dios y un nuevo Señor al que servir, el Señor Jesucristo. Todo esto contrasta radicalmente con lo que tienen las personas no convertidas. 2 Corintios 5.17 lo expresa así: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.
    Mientras vivimos en este mundo y nos relacionamos con los incrédulos, es muy importante que estas diferencias se hagan evidentes, ya que hemos sido enviados al mundo para servir a nuestro Salvador y señalar a los demás hacia Él. “Somos embajadores en nombre de Cristo” (2 Co. 5.20), y como todos los embajadores, pertenecemos a un “país” diferente (Fil. 3.20) al que servimos.  No debemos integrarnos en el mundo, dejarnos absorber por él ni conformarnos a él, porque de lo contrario nuestra labor como embajadores se verá sofocada y negada. Entonces seremos incapaces de representar adecuadamente a nuestro Rey y a nuestro país.
   En Romanos 12.1-2 se nos exhorta, como creyentes, a presentar nuestros cuerpos a Dios como sacrificio vivo, haciendo Su voluntad en este mundo con una mente transformada y renovada, sin conformarnos de ninguna manera con el mundo, ya sea en pensamientos, palabras, prioridades, obras, hábitos, costumbres o actividades.
    El Señor Jesús dijo que Sus discípulos estarían “en el mundo” (Jn 17.11), pero no “del mundo” (v. 16), tal como Él mismo lo estaba. Él era “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (He. 7.26), y sin embargo, mientras estaba en el mundo, cuán accesible era para todo tipo de pecadores. Muchos fueron bendecidos por haber estado en contacto con Él, porque era diferente y estaba separado de ellos, pero sin estar fuera de su alcance. Nosotros también debemos estar separados y marcar las diferencias, pero ser accesibles para quienes buscan la verdad.
    En 2 Corintios 6.14, se utiliza una metáfora interesante para expresar esta idea: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos”. Un yugo es una barra de madera que se coloca sobre los hombros de dos animales, normalmente bueyes o caballos, para que puedan realizar juntos una tarea que no podrían realizar por separado. Sin embargo, el éxito de la operación dependía de la compatibilidad entre ambos animales.
    Por tanto, la Escritura, tan sensata como siempre, prohibía yugar un buey con un asno (Dt. 22.10). ¡No es difícil predecir el resultado de este yugo desigual! Las diferencias en el temperamento, la energía, la estructura física y el tamaño de los animales significarían que el trabajo no se haría bien, si es que se hacía. Los animales tirarían de manera diferente e incluso en direcciones opuestas. El yugo se convertiría en una fuente de irritación y dolor, y sería un obstáculo para ambos.

traducido de Focus On Separation, autor desconocido
continuará, d.v. en el número siguiente  

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 Peligros Pastorales
por Stephen Hulshizer (1941-2019)

viene del número anterior

10. La Frustración y El Enojo
      A menudo los siervos de Dios en la asamblea son el objeto de las quejas y el enojo del pueblo descontento. Moisés es un excelente ejemplo de esto. La nación de Israel llegó a un lugar donde no había agua. Números 20:2-3 relata el caso.
“Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón. Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová!” 
    No fue la primera vez que se quejaban así. Suele suceder que cuando las cosas van bien, nadie dice nada, pero cuando vengan los tiempos difíciles, inmediatamente culpan a los líderes. Así fue este caso. No se acordaron de que llegaron a ese lugar siguiendo la nube de la presencia divina. Culparon a Moisés y Aarón, pero ellos no produjeron ni movieron la nube, sino solo la siguieron. Sin duda Moisés y Aarón sintieron frustración ante las constantes murmuraciones y críticas del pueblo. Su primera reacción fue buena:

“Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros” (Nm. 20:6). 

    Dios se les apareció y mandó a Moisés a tomar la vara, reunir la congregación, hablar a la peña a vista de ellos, prometiendo que daría agua al pueblo. Hicieron como Dios mandó, excepto que en su frustración Moisés golpeó la peña dos veces. Su lenguaje manifestó su frustración con el pueblo. “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?” (Nm. 20:10). Su frustración produjo ira, y su ira produjo desobediencia. 
    Cuán diferente es el ejemplo del Señor Jesucristo. Muchas veces Sus discípulos eran torpes, impulsivos y tardos para oír y entender. Sin embargo, Él seguía tratándoles con gracia y paciencia, ¡y así hace ahora con nosotros! En una ocasión, después de alimentar a los cinco mil, quiso alimentar a otra multitud de cuatro mil. Los discípulos preguntaron: “¿De dónde tenemos nosotros tantos panes en el desierto, para saciar a una multitud tan grande?” (Mt. 15:33). Todavía no habían aprendido. Nosotros, como los doce, somos a veces tan lentos, pero Él sigue trabajando con nosotros.
    A veces expresó Su desaprobación de la falta de comprensión de ellos. En Mateo 15:16 pregunto: “¿También vosotros sois aún sin entendimiento?” En Mateo 16:9-11 dijo: 

“¿No entendéis aún, ni os acordáis de los cinco panes entre cinco mil hombres, y cuántas cestas recogisteis? ¿Ni de los siete panes entre cuatro mil, y cuántas canastas recogisteis? ¿Cómo es que no entendéis que no fue por el pan que os dije que os guardaseis de la levadura de los fariseos y de los saduceos?” 

    Después de alimentar a los cuatro mil, los discípulos todavía no entendieron y el Señor exclamó: 

“¿Qué discutís, porque no tenéis pan? ¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís? ¿Y no recordáis?... ¿Cómo aún no entendéis?” (Mr. 8:17-18, 21).

    Pero no les abandonó ni dejó de enseñarles. También los ancianos pueden cansarse de repetir las mismas enseñanzas, y de contestar las mismas preguntas. Pero deben perseverar enseñando y guiando fielmente. Aunque como seres humanos que son, sientan frustración e irritación no deben ceder a esas cosas sino dejar que el Espíritu Santo les llene y guíe. Pablo dijo a Timoteo: 

“Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen...” (2 Ti. 2:24-25).

“que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Ti. 4:2).

    Que el Señor aliente los corazones de los hermanos que sirven como ancianos, especialmente cuando tengan que tratar con un pueblo que murmura y chismea. Concédales el Señor la gracia para ser sufridos y pacientes en situaciones que suelen provocar la frustración.

continuará, d.v. en el siguiente número

                       del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea

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Distinciones Importantes entre  
el Cuerpo de Cristo y una Asamblea Local

Norman Crawford

viene del número anterior
Distinciones entre el Cuerpo y una Asamblea

      Ya hemos afirmado que “el cuerpo de Cristo” y una asamblea son cosas distintas. Si las comparamos veremos en seguida que la primera diferencia es quién está en cada uno de ellos. Solo personas verdaderamente salvas están en el Cuerpo. Las asambleas enseñan que “todos los que habían creído estaban juntos” (Hch. 2:44), y que ninguna persona no regenerada debe estar en una asamblea, sin embargo, han entrado personas inconversas. No sería difícil demostrar que muchos de los que son verdaderos miembros del cuerpo de Cristo nunca estuvieron en una asamblea, y por otra parte, algunos de los que han estado en una asamblea nunca estuvieron en el cuerpo (Gá. 2:4). También hay una diferencia en el tiempo de entrar en cada uno, la manera de entrar en cada uno, y la manera de mantenernos en cada uno. 

Similitudes entre el Cuerpo y una Asamblea


    Hay muchas similitudes entre el cuerpo de Cristo y una asamblea.

    1. El Cuerpo

    A. La iglesia (Ef. 1:22)
    B. El cuerpo (Ef. 4:12)
    C. Un templo santo (Ef. 2:21)
    D. Una Morada (Ef. 2:22)
    E. El Rebaño (Jn. 10:16)
 

      Son semejanzas muy importantes y nos indican claramente que una asamblea es una expresión del “cuerpo”. La verdad de un solo cuerpo es muy preciosa. Es un tema principal en las epístolas de Efesios y Colosenses. Está muy relacionado con la verdad de la asamblea. Si se nos pidiera explicar por qué una asamblea debe estar unida y manifestar unidad especial en todas las relaciones de los hombres con sus prójimos, usaríamos las Escrituras para enseñar la unidad del cuerpo de Cristo (Ef. 4:4-6; 1 Co. 10:17; 12:13). La comunión de una asamblea es la expresión de una comunión más amplia. En la asamblea se ve la práctica de la unidad del cuerpo.
    Muchos han ido un paso más para decir que la asamblea es un duplicado, una copia exacta del cuerpo, o que es el cuerpo en miniatura, un microcosmo, de modo que todo lo que es verdad acerca del cuerpo también lo es de la asamblea, excepto que la asamblea tiene una escala reducida. Pero la Biblia no enseña esto.

Distinciones Significativas

1. “El cuerpo” es espiritual, y las verdades relacionadas con él son posicionales. Una asamblea es geográfica, y las verdades relacionadas con ella son prácticas (Ef. 1:22-23; 1 Co. 1:1-2).

2. Entramos en “el cuerpo” en el momento de la conversión, pero el patrón para entrar en una asamblea es que después de la conversión los creyentes deben bautizarse y entonces son añadidos a la comunión de la asamblea (1 Co. 12:13; Hch. 2:41-42).

3. En “el cuerpo” no hay varón ni hembra (Gá. 3:28), pero en una asamblea hay muy claras distinciones entre varones y mujeres (1 Co. 11:1-16; 14:34; 1 Ti. 2:12-15).

4. Damos gracias a Dios que ningún creyente puede ser separado del “cuerpo” (Ro. 8:38-39). Pero puede ser necesario sacar a una persona de una asamblea (1 Co. 5:11).

5. “El cuerpo” en Efesios es llamado “mi iglesia” por Cristo en Mateo 16:18. Nada falso puede entrar ahí, ni puede Satanás prevalecer contra ella. En cambio, lobos rapaces pueden entrar en una asamblea (Hch. 20:29), y Satanás puede corromperla (2 Co. 11:1-3).

6. Hay perfecta unidad en “el cuerpo” (Ef. 4:4), pero una asamblea puede ser dividida por disensiones (1 Co. 3:3).

7. La novia será presentada, sin falta, santa y sin mancha (Ef. 5:25-27), pero una asamblea puede ser quitada en juicio (Ap. 2:5).

8. La esposa será eternamente (Ap. 21:1-2), pero una asamblea continua solo “hasta que él venga” (1 Co. 11:26; Ap. 2:25).

9. Nunca está presente todo “el cuerpo” en un lugar hasta que venga el Señor y se reúna con Él (2 Ts. 2:1). Pero toda una asamblea debe congregarse regularmente (1 Co. 14:23; He. 10:25).

10. El Señor Jesús dijo: “Edificaré mi iglesia” (Mt. 16:18), pero Pablo dijo que los hombres edifican una asamblea y que él mismo era perito arquitecto (1 Co. 3:10).

    Se podría apuntar más distinciones, pero con éstas tenemos bastante para enfatizar las diferencias. De esas claras distinciones debemos sacar ciertas conclusiones. Primero, creemos que muchos amados hermanos han comprendido la gran verdad de “un cuerpo”, pero todavía no han comprendido las distinciones entre él y una asamblea. Dios ha dado a los hombres la responsabilidad de mantener la pureza de una asamblea, pero Cristo guarda sin mancha a la novia (aspecto futuro de la iglesia) en virtud de Su sangre. Entramos en “el cuerpo” como pecadores totalmente indignos que solamente merecen el juicio eterno del Dios santo. Pero un creyente entra en la comunión de una asamblea cuando da evidencia de vida nueva en Cristo.

La Recepción Mutua     
    Debe estar claro a todos los que entienden la verdad de la comunión, que una asamblea recibe al creyente y que ese creyente también recibe a la asamblea. A eso el finado señor Fisher Hunter lo llamó “la recepción mutua”. Si recibimos a personas que no reciben a la asamblea, llámese como se llame, eso no es comunión. Lucas 5:10 describe a Jacobo y Juan como “compañeros” de Simón –eso es– socios suyos en el negocio. La palabra 
“compañeros” viene de la misma palabra traducida como “comunión”, (gr. koinonos – socio, compañero, colaborador) y sugiere que esa comunión es una colaboración completa y bilateral. No es casual, ocasional, ni unilateral ni con doblez.
continuará, d.v. en el siguiente número


Norman Crawford. capítulo 3 de su libro, Congregados A Su Nombre, Libros Berea

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¿El Pecado Se Hereda o Se Transmite?




“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores...” (Ro 5.19).

Si el pecado se hereda significaría que seriamos víctimas inocentes al pecar, como lo es un alcohólico que posee una predisposición genética hacía el alcoholismo. Muchas enfermedades son genéticas e inevitablemente nos enfermaremos por ello. Sin embargo, la verdad bíblica es que no hemos heredado el pecado de Adán, sino su naturaleza caída. Nadie de nosotros es culpable del pecado cometido por Adán, sino que somos culpables de nuestro propio pecado, y pecamos porque somos pecadores. Es decir, un niño no se hace pecador porque peca, sino que peca porque es pecador. Cada uno nace bajo pecado con una naturaleza pecaminosa (Sal. 51.5; 58.3).

“No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán...” (Ro. 5.14).

    Todos nacemos separados de Dios y unidos a Adán. Cuando él pecó, allí estábamos todos pecando junto con él (Ro. 5.18-19). Él nos ha transmitido la capacidad de pecar, no el pecado que cometió sino la naturaleza contaminada y la habilidad para pecar.

¿Pero como sucedió esto si aún no existíamos?
    Cuando Dios creo a Adán lo formó con la capacidad de abstenerse de pecar y también con la capacidad de poder pecar, lo que llamamos libre albedrío, por eso Dios le dio un mandamiento sobre el árbol del bien y del mal (Gn. 2.16-17). Cuando desobedeció perdió la capacidad de abstenerse y nos comunicó a todos la imposibilidad de no pecar, quedando todos inclinados al mal, “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5.12). Así que, Romanos 3.23 afirma que nuestra historia y condición es: “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. “Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores” (Ro. 5.19).
    Esto no es herencia sino un estado de esclavitud al pecado (Ro. 6.16-18). Fuimos así constituidos pecadores, “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Ecl. 7.20).  
    Este vocablo “constituir” (Ro. 5.19) significa escoltar, conducir, ser hecho como tal. El pecado de Adán como cabeza federal de toda la humanidad dejó a todos bajo pecado, “... pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado” (Ro. 3.9). Esto quiere decir que somos responsables, no víctimas, ya que si hubiésemos existido junto con Adán habríamos hecho lo mismo. De no ser así existirían algunos con la capacidad de abstenerse del mal y que no pecarían, pero esto es imposible pues todos hemos perdido la capacidad de abstenernos de pecar, “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3.23; véase también Ro. 7.17)
    Entonces no hemos heredado una enfermedad que se llame pecado, sino que hemos perdido la facultad de no pecar y hemos quedado todos bajo condenación (Jn. 3.18-19). Dios enfáticamente declara, “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3.10-12).
    Por esto la necesidad de la muerte de Jesucristo, “... así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Ro. 5.19). Este verbo “serán” significa que para ser escoltados a la condición de justo necesitamos ejercer fe en la obra del Señor que libera del pecado. Él fue hecho pecado para librarnos de la esclavitud del pecado y darnos la capacidad de abstenerse de pecar por el poder 
del Espíritu Santo, “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gá. 5.24). Nunca dejaremos de pecar totalmente en esta vida, pero podremos retroceder frente a la tentación de pecar, si andamos en el Espíritu (Ro. 8.13).

Camilo Vásquez Vivanco 

Camilo y su esposa Jéssica sirven al Señor en Chile, 
y viven en Castro de la Isla de Chiloé.
Oremos por ellos y su ministerio.

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No Te Enredes en el Ocultismo  

  

"No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas...” (Dt. 18.10-12). 

Solo Dios conoce el futuro. Debes decir con el salmista: “En tu mano están mis tiempos” (Sal. 31.15), y dejarlo así. Además, el Señor nos prohíbe consultar el futuro a cualquier otra cosa o persona excepto la Biblia. Los que amamos al Señor podemos confiar en Él en lo referente al futuro. Él nunca nos abandonará. Sus misericordias son nuevas cada mañana (Lam. 3:23). Esto significa que Él siempre te amará y buscará tu bien. Nunca se equivocará, nunca te hará mal ni te abandonará. Lee también el Salmo 23, Juan 14.1-3 y Apocalipsis 21.1-22.5 y verás el futuro que te espera como creyente.
    Los del mundo muchas veces curiosean en cosas como dice una canción popular: “Salud, dinero y amor”. Pero si eres creyente y discípulo del Señor Jesucristo, no te corresponde el leer los horóscopos (ni aun por curiosidad), consultar las cartas de Tarot, jugar con “oija”, escuchar los programas de radio acerca de cosas como “la cuarta dimensión”, ir a curanderos, ni consultar a los adivinos. No debes jugar con cosas como leer lineas de la mano, la numerología, adivinar por hojas de té o péndulo de cuerda. Ni te involucres en el yoga o la meditación transcendental, ni uses las estampas de santos, los amuletos o talismanes (aunque sean los adornos de moda). 

    En cuanto a la astrología, si te preguntan de qué signo eres, responde que de ninguno, ya que crees en el Señor Jesucristo. Efesios 5.11-12 exhorta: “Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto”. No debes leer su literatura ni ver sus vídeos en las redes sociales. Es el camino del mundo, de las tinieblas, y va contra las claras instrucciones y prohibiciones divinas (Lv. 20.6,8; Dt. 4.17-19, 23-24; Dt. 13.1-4; 18.20-22; Is. 8.19. 20, 22; Ez. 13.6-9; 18-23). El Señor merece ser el único objeto de tu confianza. Nadie te ama como Él, ni puede guiarte y cuidarte como Él.
    Querido creyente, tu libro es la Biblia, porque en ella Dios te habla. Le hablas en oración, y Él te responde a través de Su Palabra. Léela, conócela toda, domínala y sabrás todo lo que necesitas. Deja lo oculto para los que no tienen la luz. Gózate con lo que Dios te ha dado: ¡Su Palabra! “Lampara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 119.105).
 

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 EL DÉCIMO MANDAMIENTO

 “No codiciarás”


"No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo".  Éxodo 20.17


Este mandamiento menciona un pecado que se comete muchas veces en lo más recóndito de la mente. Se ha dicho que de todos los pecados, este es el menos confesado. Sin embargo, todos lo cometemos, pues está presente en nuestros deseos y pensamientos. Incluso el apóstol Pablo admitió haberlo cometido (véase la Epístola a los Romanos 7.7-8).
    Al ser un pecado de deseos y pensamientos, se puede cometer de forma oculta y desapercibida en cualquier lugar. Es el pecado de la actitud que no se conforma con lo que se tiene, sino que desea tener más,  sobre todo cuando se ve lo que tienen los demás. Podría debatirse si se comete más en países ricos o pobres, ya que los ricos ven más cosas que codiciar, pero los pobres envidian la vida y las posesiones de los ricos constantemente. Suelen envidiar y criticar a los ricos, pero luego codician su forma de vida y sus posesiones, por lo que, además de codiciosos, son hipócritas.
     La codicia no es el materialismo, sino un deseo, una actitud. El presidente de una multinacional y uno que no tiene más que una manta sucia y duerme en la calle pueden ser igual de codiciosos. La mujer que lava la ropa a mano en un arroyo y la que vive en un chalet de lujo pueden ser igual de codiciosas.
    La codicia está relacionada con el pecado de amar al mundo y a las cosas que hay en él. Quienes aman así al mundo, no tienen el amor del Padre en ellos, por religiosos que sean (Primera Epístola de S. Juan 2.15-17). ¡Fíjese hasta dónde se puede llegar! Alguien puede estar sentado en una capilla o templo, supuestamente pensando en las cosas de Dios, ¡y ahí mismo codicia algo que tiene la persona que está a su lado! ¿Nunca ha envidiado el dinero, la casa, la popularidad o la posición de otra persona? Dicen que la envidia es el pasatiempo nacional, y casi nadie lo discute, más bien, ¡casi parece ser un deporte! 
     ¿Nunca ha deseado a la mujer de otro ni al marido de otra? ¿Nunca ha deseado lo que tienen otras personas, su ropa, su casa, su coche, sus electrodomésticos, su trabajo, su sueldo, su reconocimiento, su oficio, su suerte, su cuerpo o su pelo? Todas estas cosas y otras semejantes son fruto del pecado de la codicia y rompen los Diez Mandamientos.
    Algunos protestan: “¿Qué más da?”, ya que, en su opinión, codiciar no hace daño a nadie, así que ¿para qué criticarlo y denunciarlo? Alegan que solo aspiran a una vida mejor y que eso no es malo. Les parece un mandamiento muy severo y se niegan a confesar la codicia como pecado. Sin embargo, la codicia es síntoma de un corazón ingrato y descontento. ¡Qué joya más rara es la del contentamiento! San Pablo declara: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento” (Primera Epístola a  Timoteo 6.6). Quienes profesan las órdenes religiosas declaran tener piedad y devoción, pero hay quienes no se conforman, ya que pasan sus vidas deseando en secreto las cosas que tienen quienes están fuera del convento. Aparentan la  piedad, pero no con contentamiento, sino con codicia. La piedad que se muestra por fuera pero no se siente por dentro es falsa y no sirve de nada; puede ser incluso una mentira y una hipocresía. Este mandamiento pone al descubierto nuestra insatisfacción y falta de conformidad.  
    La Sagrada Escritura manda: “No os afanéis” (Evangelio según S. Mateo, 6.25) y, “contentos con lo que tenéis ahora” (Epístola a los Hebreos, 13.5). 

  
¿Ha codiciado algo alguna vez? ¿Ha sentido codicia en algún momento? Entonces, ha roto los Diez Mandamientos y no puede utilizarlos para ir al cielo, ya que estos le condenan: 
                                                           ¡Culpable!
 

Conclusión
    Tras repasar los Diez Mandamientos, ¿qué tal le ha ido?  ¿Realmente cree que los ha cumplido todos perfectamente durante toda su vida? 
    Si ha incumplido uno solo, lamento informarle de que no puede decir que guarda los Mandamientos ni utilizarlos como esperanza para ir al cielo. No se trata de una opinión personal,  ya que la Biblia dice: “Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos(Santiago 2.10). 
    Siendo que Dios lo dice así, ¿cuál es Su veredicto acerca de usted? ¡Culpable! Y por eso, digno de muerte: “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6.23). Esto es posible porque Jesucristo“llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2.24). Los pecadores culpables y condenados que arrepentidos confían en Él, reciben de Dios el perdón y la vida eterna. 

martes, 30 de junio de 2026

EN ESTO PENSAD -- julio 2026

 Jesucristo: 
El Deseado de todas las naciones

Texto: Hageo 2.7

En la actualidad, las naciones, en mayor o menor medida, desprecian al Señor Jesucristo. Pero llegará el día en que Él será “el Deseado de todas las naciones”. Los hombres rechazan al gran emancipador y se encuentran atrapados en un mundo académico, político y económico sin Dios. Hoy en día, los seres humanos se agotan haciendo el mal, y buscan a un hombre o al diablo que los guíe hacia la paz. Todavía se aliarán con el hombre de Satanás.
    Cuando eso haya seguido su curso, el Señor Jesucristo vendrá a esta tierra para establecer su reino. Juan nos dice: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén” (Ap. 1.7). El derrocamiento del gobierno del maligno y el establecimiento de un reino justo son descritos por Hageo: 

“Porque así dice Jehová de los ejércitos: De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca; y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Hag. 2.6-7).

    Aunque a lo largo de la historia algunos creyentes parecen haber sido utilizados por Dios en asuntos gubernamentales y políticos, es difícil concebir cómo un verdadero cristiano puede participar eficazmente en política. Nos enfrentamos a un sistema corrupto que acaba corrompiendo al creyente con el tiempo.
    Sin embargo, según Mateo 13, el reino de los cielos está funcionando ahora en ausencia del Rey. No es visible en los asuntos de los hombres, pero existe y la Iglesia opera bajo su gobierno. En un mundo que odia a Dios, vivimos bajo los principios de justicia que rigen su reino, lo que a menudo va en contra de la forma de pensar del mundo. Los creyentes son considerados necios por abrazar estos valores. Pero lo hacemos porque sabemos que el Rey vendrá finalmente. Pablo dice: “Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio” (2 Ti. 2.8). Es el “linaje de David... resucitado de los muertos” quien reinará visiblemente en los asuntos de este mundo, y lo afirmamos ahora viviendo según Su gobierno.
    En última instancia, el Señor Jesucristo, el Salvador del mundo que ahora predicamos será “el Deseado de todas las naciones”.

Brian Gunning, del libro Day By Day Christ Foreshadowed, 
(“De Día en Día, Cristo Presagiado”) p. 368

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Más Bienaventurado Es Dar Que Recibir

Donald Norbie   parte 3

viene del número anterior
Los Obreros del Señor

   Hoy en día, a menudo decimos “vive por fe” cuando alguien deja un empleo estable para dedicarse a servir al Señor de una manera más amplia.  Reconocemos que todos los creyentes deben vivir por fe en su trabajo, en su vida familiar y en su relación cotidiana con Dios. Sin fe, nadie puede agradar a Dios (He. 11.6). No obstante, es cierto que supone una prueba adicional de nuestra fe cuando alguien deja la seguridad de un sueldo fijo. Quienes menosprecian esto deberían probarlo primero.
    Quien sale así para servir al Señor debe tener claro que Dios lo ha llamado. Pablo reconoció que había sido apartado desde el vientre de su madre (Gá. 1.15). Compartía la convicción ardiente de los profetas del Antiguo Testamento (Jer. 1.5). No fue él quien escogió su ministerio, sino que fue ordenado por Dios. Se deleitaba en llamarse siervo y esclavo de Dios. Ahora bien, debemos reconocer que el dinero otorga la posibilidad del control. Por eso, no se podía alquilar ni contratar a ningún profeta de Dios; ya que era Su portavoz. Por tanto, tanto los profetas del Antiguo como los del Nuevo Testamento se mostraron desinteresados por el dinero. Que les apoyaran quienes confiaban en ellos. No eran hombres que solicitaran un trabajo o apoyo económico. Para estar libres del control de los hombres, deben estar libres de salarios y otros compromisos para recibir el apoyo de ellos. Pablo dijo: “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado” (Hch. 20.33).
    Su apoyo era variado, y no dependía de ningún hombre. Ayudaban en varias asambleas y a veces viajaban (2 Co. 11.26). Como dependía del Señor, y no de una sola fuente humana, podían viajar cuando era necesario, ayudar a las asambleas débiles, y establecer iglesias nuevas. Pablo habló de cómo las ofrendas de otras iglesias hicieron posible que él ayudara en Corinto cuando los propios corintios no eran dadivosos (2 Co. 11.8).
     Pero eso no quiere decir que sea un camino fácil. A veces, en la vida de fe, uno puede sentirse como alguien que está en una pequeña barca al pie en medio de un mar embravecido. Eso le obligará a orar, a examinar sus motivos, y a clamar a Dios y esperar en Él. No enviará cartas de oración que expongan sus necesidades, ni de pedir descaradamente como hacen algunos hoy en día. Está en juego el honor de Dios, y él llamará humildemente a Dios para que honre la fe de Su siervo (un amo está obligado a cuidar de sus siervos). A Dios le gusta que le recordemos Su honor. Moisés hizo esto repetidas veces (Éx. 32.11-13).
     Si por las circunstancias un siervo de Dios tiene que trabajar con sus manos, no es nada vergonzoso (Hch. 20.34-35). De hecho, puede demostrar su sinceridad, humildad y devoción a Dios y a Su obra. Pablo se negó a abandonar Éfeso en busca de pastos más verdes cuando no había fondos. No formaba parte de un clero profesional, ni buscaba una iglesia más grande que pagara un salario más alto. Su corazón era el de un verdadero pastor, que trabajaba desinteresadamente para el bien de las ovejas.
    En un mundo con una tecnología tan avanzada, es fácil desviarse del camino de la fe. Algunos buscan subvenciones del gobierno para sus proyectos. Los hombres pueden construir vastos imperios religiosos con listas de correo informatizadas y anuncios en los medios de comunicación. Suelen incluir sus datos bancarios al pie de las cartas para facilitar los ingresos. En realidad, estas personas no necesitan a Dios para obtener financiación, y Dios no controla sus operaciones. Su maquinaria masiva y bien engrasada sigue adelante, produciendo sus propias finanzas.
    Recordemos esto: en la vida de fe todos están involucrados, tanto los que ofrendan como los que reciben. Esto produce fruto espiritual y crecimiento personal (Fil. 4.17). También permite que sea Dios, y no los hombres, quien controle Su obra. Si no hay fondos suficientes para un proyecto, Su siervo puede descansar tranquilo. Hágase la voluntad de Dios. Las ofrendas espirituales dan como resultado obras espirituales. Sé selectivo con tus ofrendas y apoya solo a las personas y las obras que se ajustan a las Escrituras. Que Dios nos dé más fe para Su obra, y más interés en hacer tesoros en el cielo, no en la tierra.

Donald Norbie (1923-2017)
Libros Berea ofrece sus libros: La Iglesia Primitiva y Sé Un Hombre

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La Verdad No Es Negociable
Lucas Batalla   
parte 2

viene del número anterior 

En 2 Juan versos 5 y 6 vemos que se repite el mismo mandamiento que el Señor dio a Sus discípulos en Juan 13.34-35. Como dice el verso 6, amar la verdad produce una vida que obedece Sus mandamientos. En 1 Juan  5.1-3 el amor no es una emoción, sino que consiste en guardar la Palabra de Dios, es decir, que nuestra obediencia está motivada por amor a Dios.
    En los versos del  7 al 11, hay una advertencia acerca de los engañadores, que son aquellos que no aman la verdad. Hoy hay más de ellos que cuando se escribió la epístola. Hay un montón de denominaciones y además, sectas como la iglesia católica, los testigos, los mormones, los adventistas, los “cristianos liberales” y otros. El verso 7 advierte que “muchos engañadores han salido”, y han pasado más de dos mil años, con que imagínate cuán grande es este problema ahora. Un problema en las iglesias hoy es que el mundo con sus mentiras se ha colado en ellas. Necesitamos mucho discernimiento espiritual. A Juan especialmente le preocupaba la difusión de doctrinas que niegan la deidad de Cristo, como el gnosticismo, que afirma que Jesús era solo un hombre al que se le apareció un espíritu llamado “Cristo”, un poder místico o esotérico que le dio conocimientos y poderes. Esto es falso, pues Jesucristo es Dios y “ha venido en carne”, no se divide en dos personas: “Jesús” y “Cristo”. Dios fue manifestado en carne (1 Ti. 3.16). El Verbo era con Dios y el Verbo era Dios (Jn. 1.1-2). Pero el anticristo y el engañador no aceptan esta verdad, sino que creen la mentira.
    Por eso el verso 8 dice “Mirad por vosotros mismos”, porque debían estar alerta y tener cuidado y discernimiento. No se puede perder la salvación, pero sí se puede perder el fruto y el galardón si nos dejamos engañar. Hay que mirar bien y estar atentos, porque el verso 9 habla de la persona que se extravía y no permanece en la doctrina de Cristo. Las cosas pequeñas pueden causar mucho daño, como un virus por ejemplo. Pero la doctrina de Cristo no es pequeña ni negociable, sino es el fundamento de nuestra fe. Hay que perseverar en ella y no tolerar cambios. El espíritu del anticristo opera en los que objetan diciendo que no seamos tan radicales, que no hay que creer a rajatabla, ni debemos juzgar. Hermanos, no cedamos a estas cosas que dicen. El verso 10 instruye sobre qué hacer si alguno “viene a vosotros” sin la doctrina de Cristo. ¿Cómo sabemos qué doctrina lleva? Hay que tomarse el tiempo para preguntar, y no hacer suposiciones. Aunque digan que son cristianos evangélicos, necesitamos saber más. El Sr. Vine dice en su comentario que “la doctrina de Cristo” incluye más que Su deidad, pues incluye toda Su doctrina, todo lo que Él enseñó y mandó a Sus discípulos (Mt. 28.19-20). 
    Por tanto, no es correcto ni saludable recibir y dar la bienvenida a todas las personas que vengan. La pureza de la doctrina y la fidelidad a nuestro Señor Jesucristo son más importantes que tener una iglesia numerosa. No debemos ser cómplices de quienes traen errores, pues “el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras” (v. 11). De ahí la importancia de la carta de recomendación cuando visitamos a una iglesia.
    Hermanos, el mundo está en contra de Dios. Ya lo demostró cuando crucificó al Señor. 1 Juan 2.15-17 nos instruye a no amar el mundo, porque es mentira, no verdad, porque es maldad.
    En el verso 12 se indica que el apóstol tenía muchas otras cosas que decirles, pero que prefería verles y hablar con ellos cara a cara. La visita personal y la conversación cara a cara son importantes para la comunión. El apóstol tendría que viajar para verles, lo que le supondría tiempo y esfuerzo, pero merecería la pena poder hablar con ellos en persona. Este deseo se repite en su tercera epístola (3 Jn. 14). Es mejor hablar en persona cuando se pueda, aunque no debemos menospreciar la importancia de la palabra escrita. Tampoco debemos limitar la comunión al tiempo de las reuniones de la iglesia. Que el Señor nos ayude a vivir en la verdad de Dios, a amarle y a nuestros hermanos, para dar gozo al Señor y a los demás.                       
L. B.

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Peligros Pastorales
por Stephen Hulshizer (1941-2019)

viene del número anterior
9. Los Pecados Ocultos y la Hipocresía
 

     Los ancianos velan por las almas de los creyentes en la asamblea (He. 13:17). Pero ¿quién vela por ellos mismos? La exhortación de Pablo a Timoteo es: “Ten cuidado de ti mismo” (1 Ti. 4:16). El diablo ataca a los que están al frente del pueblo, porque si los derrota o desvía, hace mayor daño al testimonio y muchos son afectados.
    Volviendo al primer peligro: el descuido personal, por ello algunos han caído en inmoralidad. Es una de las trampas favoritas del diablo. Sansón y David cayeron en inmoralidad. Salomón en Proverbios advirtió acerca de la mujer extraña (Pr. 2:16; 5:3-20; 6:24-35; 7:5-27; 22:14; 23:27-28). Ahora con las redes sociales se dan casos de hombres que secretamente excitan sus pasiones e incluso arreglan citas inmorales. Todo anciano debe hacer pacto con sus ojos, como Job, para no mirar (Job 31:1), y declarar: “No pondré delante de mis ojos cosa injusta” (Sal. 101:3). Pablo manda: “Huid de la fornicación” (1 Co. 6:18).
    Por eso es doblemente importante que los ancianos tengan cuidado de sí mismos, anden siempre en la luz, velen y estén siempre alertas respecto de su vida personal y espiritual. Deben aplicar los mismos criterios a sí mismos que aplican al resto del pueblo, e incluso deben ser más estrictos consigo mismos. No deben recurrir a la excusa egoísta y débil: “tenemos nuestros fallos, pero somos los ancianos”. Los que así hablan, ¿qué fallos tienen, y qué deben hacer para corregirlos? Es necesario que sean irreprensibles (1 Ti. 3:2; Tit. 1:6-7). ¡Pongan ejemplo, sean ejemplos de la grey! (1 P. 5:3). Recordemos la advertencia de Santiago 3:1. “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación”. 
    En Ezequiel 8 el profeta fue llevado en visiones a Jerusalén, y Dios le enseñó los pecados de los líderes espirituales de la nación (vv. 11-12, 16). En el capítulo 34 declaró Su oposición a los pastores de Israel. Sus pecados eran conocidos por Dios. Alguien dijo que pecado oculto en la tierra es escándalo abierto en el cielo. 
    Considera el ejemplo de Pablo: 
“golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Co. 9:27). “No satisfagáis los deseos de la carne” (Gá. 5:16). 
    El que es anciano debe andar en el Espíritu, y ser vigilante contra esos deseos, pues han arruinado el testimonio de más de uno. Todo creyente debe ejercer dominio propio (2 Ti. 1:7; 2 P. 1:6), pero especialmente los ancianos de la asamblea. Los que son “ejemplos de la grey” no pueden permitirse la pereza, la mundanalidad, ni la liviandad. Por ejemplo, si ellos pasan horas en cosas frívolas, ¿qué pueden esperar de los demás hermanos? 
    Cuando no se cuidan, sino permiten discrepancias y pecados en su propia vida o su casa, esto conduce a la hipocresía y la doblez. El Señor Jesucristo reservó Sus denuncias más duras para los fariseos y escribas, por su hipocresía y doblez. En Mateo 23:1-7 leemos lo que Él dijo públicamente:


“Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí”. 

 
    El Señor siguió denunciando a los fariseos y escribas y en los versículos 13-36 pronunció ocho “ayes” sobre ellos por sus hipocresías. Además, los llamó públicamente insensatos y ciegos, necios y ciegos, guías ciegos, serpientes y generación de víboras. En Mateo 15 los acusó de invalidar la Palabra de Dios con sus enseñanzas. Por todas esas reprensiones se ofendieron los fariseos (Mt. 15:12), pues al hipócrita nada le duele más que ser expuesto y visto por lo que realmente es. Pero Cristo no se retractó. Eso no es maledicencia, sino reprensión bíblica. Alguien dirá que sólo el Señor puede hablar así. Pero Pablo mandó a Timoteo: “repréndelos delante de todos” (1 Ti. 5:20), y a  Tito dijo: “a los cuales es preciso tapar la boca” y “repréndelos duramente” (Tit. 1:11, 13). 
    El Señor no les trató en privado para evitarles la vergüenza, sino reprendió públicamente su mal ejemplo y su falsa espiritualidad. Hermanos míos, ¡cuán importante es cuidar bien la propia vida espiritual, y no permitir la doblez! Alguien dijo: “Lo que eres donde nadie te ve, eso es realmente lo que eres”.
    Todo creyente y especialmente los ancianos deben leer, meditar y orar en el lenguaje del Salmo 139. 


“Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos” (vv. 1-3). 


Este excelente salmo termina así:


“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (vv. 23-24). 


    Todo creyente debe orar así todos los días, pero especialmente los ancianos. “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros...” (1 Jn. 1:7).
continuará, d.v. en el siguiente número

                       del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea

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Distinciones Importantes entre  
el Cuerpo de Cristo y una Asamblea Local

 Norman Crawford


El tema de este capítulo ha ocupado muchas mentes durante muchos años. Lo que tenemos que decir no resolverá la cuestión para algunos, pero invitamos al lector a examinar la Palabra de Dios por su cuenta, y de ella discernir la mente de Dios. Procuremos siempre tener un espíritu recto respecto a otros hermanos que puedan diferir con nosotros sobre este tema. Con el deseo de ayudar a los creyentes, consideraremos ahora las distinciones en el Nuevo Testamento entre “el cuerpo de Cristo” y una asamblea local.

El Problema
    Muchas veces cuando creyentes intentan enseñar acerca de la asamblea, surge una pregunta expresada algo así: “¿No querrás decir que crees en una comunión cerrada?” Sabemos que “comunión cerrada” es una expresión religiosa, pero no está en la Biblia. Comprendemos que los que así preguntan se refieren solo a la recepción a la Cena del Señor. El Nuevo Testamento ciertamente enseña que todos los creyentes deben participar de la Cena del Señor, y hay una manera correcta de disfrutar este privilegio. Pero sin duda el que pregunta quiere decir: “Si procedo de otra asamblea distinta de la tuya, sin carta de presentación o recomendación, ¿podría participar en la Cena del Señor como visitante ocasional?” La respuesta bíblica a esta pregunta es: No. Entonces viene la objeción: “Si no recibís a todo miembro del cuerpo de Cristo, os convertís en una secta”. Lo he expresado intencionadamente de esta forma, sin rodeos, para que claramente veamos la cuestión.
    Para empezar, en el Nuevo Testamento no existe la práctica de recibir a una persona a la Cena del Señor. Recibimos a los creyentes a la comunión de la asamblea, que nunca es una cosa ocasional (Hch. 2:42). En esa comunión, gozan de todos los privilegios de la asamblea, y también comparten igualmente las responsabilidades. Pero todavía queda mucho por decir.
    Examinemos la acusación: “Si no recibís a todo miembro del cuerpo de Cristo, os convertís en una secta”. Es incorrecta, y no sería aceptada por muchas personas que leen la Biblia. Hay claras razones bíblicas por las que una persona puede ser miembro del cuerpo de Cristo y sin embargo no estar en condiciones para ser recibida en una asamblea. Muchos estaremos de acuerdo que el que profesa ser cristiano, pero vive en inmoralidad (1 Co. 5:11), o practica el pecado (1 Jn. 3:8-9), o tiene mala doctrina acerca de Dios o la Persona de Cristo (1 Ti. 1:20), no es apto para la comunión de la asamblea. Aun la mayoría de las grandes denominaciones creen así, o bien ahora o en otro tiempo de su historia. Así que, hay quienes modifican la acusación, y dicen: “Si alguien es verdaderamente regenerado y sano doctrinal y moralmente, no debe ser rehusado, aunque solo desee participar en una ocasión en la Cena del Señor. Rehusarlo no es bíblico sino sectario”.
    Los que así afirman, se basan en que hay un Cuerpo, y que la asamblea local debe reconocer la unidad del Cuerpo y obedecer la exhortación: “recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios” (Ro. 15:7). Esta enseñanza aparece en muchos libros y panfletos. Alegan que si uno está en el cuerpo de Cristo, y es sano en doctrina y santo en conducta, automáticamente tiene derecho de participar en la comunión de una asamblea cuando así desee. Esto suena bien a los sentimientos, pero no se basa en la Palabra de Dios, porque estar en el cuerpo es muy distinto a estar en una asamblea.
    Con la ayuda de Dios, y la Biblia abierta en nuestras manos, nos gustaría dirigirnos a cada uno de los puntos arriba mencionados. He leído frecuente y cuidadosamente los escritos de hermanos que insisten que todos los que están regenerados y sanos en doctrina y vida deben ser recibidos en cualquier momento para partir el pan con una asamblea. He buscado en vano en sus escritos alguna instrucción que guiaría a los hermanos de una asamblea acerca de cómo determinar si los visitantes reúnen esos requisitos mínimos. Si una persona que desconocen se presenta en la puerta y desea partir el pan, ¿cómo pueden determinar en pocos minutos si la persona es verdaderamente regenerada?
1 Por ejemplo, un sondeo reciente en los Estados Unidos estima que 70% de los estadounidenses se llaman “evangélicos” y 50% de la población profesa haber tenido alguna experiencia espiritual. En el primer siglo, la asamblea en Jerusalén dudaba la realidad de la conversión de Saulo, hasta que recibieron confirmación de ella. Reconozco que él tenía fama de perseguidor, pero ¿creemos que somos más sabios o que tenemos más discernimiento que los apóstoles y profetas que formaron parte de esa asamblea?
    Requiere su tiempo saber si una persona es verdaderamente salva. La regla única dada por el Señor Jesucristo fue: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt. 7:20). El fruto es producido por el crecimiento y requiere tiempo. Es verdad que el contexto tiene que ver con falsos profetas, pero el contexto más amplio del capítulo es que el verdadero juicio se hace por los frutos, no por juzgar motivos o pensamientos, ya que eso queda más allá de nuestra habilidad. La dificultad es más cuando consideramos que ninguno de los otros dos requisitos que esos hermanos dan –vida sana y doctrina sana– pueden ser apreciadas a través de una breve conversación en la puerta del local.
    El capítulo 12 de este libro trata la recepción a la asamblea. Pero debemos añadir aquí que los ancianos piadosos harán todo lo que pueden para ayudar a los que desean entrar en una asamblea. No les juzgarán por el grado de su conocimiento, sino buscarán un espíritu receptivo y el deseo de aprender, y entonces tratarán de enseñar y animar a tales personas.

1 No es correcto limitarse a preguntar a un visitante: "¿Es usted un cristiano bautizado?" con el fin de determinar si debe recibir la comunión. Quizás las intenciones sean buenas, pero este procedimiento es ingenuo y superficial. Además, como demuestra la historia, ha causado errores, daños y contribuye a la confusión y la debilidad espiritual de la asamblea. Ed.

continuará, d.v. en el siguiente número

Norman Crawford. capítulo 3 del libro, Congregados A Su Nombre, Libros Berea

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EL NOVENO MANDAMIENTO

"NO MENTIRÁS"

 


Más precisamente: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”. Es un pecado muy común, pero especialmente reprochable, porque con una mentira el diablo engañó a Eva en el huerto del Edén, induciéndola a pecar, pues dijo: “no moriréis” (Génesis 3.4 Nácar-Colunga). Dios es verdad, y veraz, y la mentira le ofende y le afrenta. El Señor Jesucristo llamó a Satanás “mentiroso y  padre de la mentira” (Evangelio según S. Juan 8.44, Nácar-Colunga). Por tanto, no existe ninguna mentira piadosa. Dios no miente, y no nos da permiso para mentir.
    Se trata de cualquier uso de la boca para mentir. La mentira pasiva es callarse en lugar de decir la verdad. Caín dijo la primera mentira humana cuando Dios le preguntó dónde estaba su hermano y respondió, “no sé” (Génesis 4.9). Fingir ignorancia es mentir. Incluso el hecho de chismear puede ser falso testimonio, y cuando daña el buen nombre o la reputación de otra persona, además de mentir, también es robar. ¿Dice siempre la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? ¿Se ha puesto alguna vez a criticar a los demás, hablando mal de todos, y diciendo cosas que no puede asegurar que son ciertas? ¿Ha escuchado algún rumor sobre alguien, y lo ha repetido después a otros? ¿Ha exagerado los detalles de algo que contaba a otra persona? ¿Ha chismeado o escuchado a otros chismear? ¿Ha llamado al trabajo diciendo que estaba enfermo cuando realmente no era así? ¿Se ha fingido enfermo para evitar un examen en la escuela? ¿Ha copiado en un examen o ha utilizado algún método deshonesto para aprobar? ¿Ha mentido al decir su edad, peso o estado matrimonial?
    ¿Ha rezado el Padrenuestro sin haber nacido de nuevo? Esto es grave, porque si no ha nacido de nuevo, Dios no es su Padre y ha mentido al decir “Padre nuestro”. 
    ¿Ha ocultado la verdad sobre sus finanzas al declarar la renta? ¿Intenta engañar y así aprovecharse de la seguridad social? Ha entrado ilegalmente en un país para buscar trabajo sin permiso? ¿Ha entrado como turista en un país cuando realmente su plan era quedarse? ¿Ha engañado a los oficiales de la imigración o la policía?
    ¿Nunca ha dicho una mentirijilla, lo que llaman una “mentira piadosa”? (¡Aunque realmente todas son diabólicas!) ¿No sabe que una verdad a medias es también media mentira? ¿No ha dicho: “No sé” cuando sí sabía, o “se me olvidó” para librarse de la culpa, cuando en realidad no se le olvidó? Si le preguntan con quién habla, ¿dice “nadie”?, o acerca de qué ha hablado, ¿responde: “nada”? 
    ¿No ha dicho: “no tengo dinero” cuando lo tenía pero no quería gastarlo? ¿Nunca se ha hecho el sordo o despistado, cuando realmente ha oído o visto a la persona? Cuando suena el teléfono, ¿dice “Si es tal persona, no estoy”?
    Hay quienes mienten cuando no quieren comer algo, y dicen: “El médico no me deja”, o cuando quieren las cosas de cierta manera invocan “la ley”; en realidad no se trata de la ley, sino de sus propios gustos o manías. Esa deshonestidad es una forma de mentir.
    Los políticos a menudo prometen cosas que no tienen intención de cumplir y hacen afirmaciones que saben que no son ciertas. Manipulan al público en su beneficio. Toda esa deshonestidad, insinceridad, mentira y engaño no son más que una estrategia para ganar las elecciones y hacerse con el título, la fama, el poder y el salario.
    Pero no son los únicos. ¿Cuántos han hecho los votos matrimoniales prometiendo ante Dios y testigos:“hasta que la muerte nos separe”, y luego  se divorcian? Para muchas personas su “sí” no es sí, y su “no” no es no. Su palabra no vale nada porque mienten.
    Se oye decir que está permitido mentir y ocultar la verdad para no hacer daño o desalentar a una persona. Por ejemplo, si tiene una enfermedad terminal, no se le debe decir eso, sino que tiene un virus y que se recuperará.
    El islam permite la mentira en ocasiones de peligro, por ejemplo, en guerra, para librarse de los enemigos y así poder vencerlos (el concepto de Taquiyya). Sin embargo, la mentira es una herramienta del diablo, no de Dios.
    Dios no miente ni permite la mentira; al contrario, Su mandamiento es sencillo y claro: “no mentirás”. No hace falta saber hebreo, griego o latín para entenderlo. No es necesario ser filósofo ni teólogo. Sencillamente, Dios aborrece la mentira y no la utiliza; pero el diablo la ama y la usa. Así que, amigo lector, si ha mentido, ha vuelto a romper la Ley de Dios en el noveno mandamiento. ¡Otro eslabón 
roto y se esfuma la esperanza de llegar al cielo cumpliendo los mandamientos!

                                          ¡CULPABLE!