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miércoles, 30 de septiembre de 2026

EN ESTO PENSAD - octubre 2026

 ¿Por qué murieron Nadab y Abiú?

Durante los días de su consagración, murieron dos sacerdotes, hijos de Aarón y escogidos por Dios. Entraron en el Tabernáculo y fueron consumidos al instante por el fuego de Su presencia. El texto es breve, pero las implicaciones son profundas. “Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová” (Lv. 10.1-2).
    Pablo afirma a la iglesia de Corinto, en la edad de gracia, la importancia del Antiguo Testamento para los creyentes. “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Co. 10.11). Ilustran preceptos muy importantes que todavía hoy debemos respetar y guardar.
    Para entender por qué murieron Nadab y Abiú, debemos considerar la autoridad y la santidad de Dios, la solemnidad de la adoración y el peligro de acercarnos a Dios según nuestro parecer, ya sea por la lógica o la improvisación, en lugar de hacerlo según Sus términos.

Nadab y Abiú eran sacerdotes con privilegios y responsabilidades
    Nadab y Abiú no eran forasteros ni paganos, sino sacerdotes, hijos de Aarón, el sumo sacerdote. Fueron divinamente elegidos y consagrados para el servicio sagrado (Éx. 6.23). Habían sido testigos oculares de la gloria de Dios. Las Escrituras registran que ellos estaban entre los que vieron una manifestación de la presencia de Dios en el monte Sinaí (Éx. 24.9-11).
    Esto hace que su pecado sea más grave, no menos. Las Escrituras enseñan que un mayor conocimiento conlleva una mayor responsabilidad. Jesucristo, por quien vinieron la gracia y la verdad, dijo: “a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará” (Lc. 12.48, véase también Stg. 3.1). Ellos conocían la santidad de Dios y Sus instrucciones, y sin embargo decidieron ignorar Su mandato.

Improvisaron y ofrecieron “fuego extraño” que Dios no les mandó.
    Levítico 10.1 dice: “ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó”. La expresión “fuego extraño” se refiere a un fuego no autorizado, es decir, a un modo de adoración que Dios no había prescrito.
    No eran hombres idólatras. No ofrecieron nada a otros dioses ni blasfemaron. Sin embargo, su pecado fue grave, ya que Dios había dado instrucciones explícitas sobre cómo se debían ofrecer los sacrificios y cómo se debía utilizar el fuego en el Tabernáculo (Éx. 30.9; Lv. 16.12). La adoración no debía ser creativa ni pragmática, sino obediente y reverente. “Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás” (Dt. 12.32). Lo suyo no fue una mera innovación inocente en el estilo, sino el pecado de la desobediencia en la adoración, pues salieron de guion divinamente dado. Este pecado se comete a menudo hoy en día en muchas iglesias “cristianas” que creen que la gracia de Dios significa libertad para improvisar como quieran y que, si son sinceros, serán aceptados. Recuerda que Nadab y Abiú eran sinceros en su improvisación, pero estaban fatalmente equivocados.

La adoración debe ser conforme a la Palabra de Dios y Su santidad, no a las preferencias humanas
    La respuesta de Dios revela el meollo del asunto: “En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado” (Lv. 10.3). Esta declaración explica el juicio. Dios exige a quienes se acercan a Él que se le trate como santo y soberano. La adoración, si ignora la voluntad revelada de Dios, deshonra Su santidad. Nadab y Abiú trataron la adoración de manera casual, como algo que debía ser moldeado por el juicio personal en lugar de por el mandato divino.
    La Biblia advierte repetidamente contra la adoración diseñada o modificada por uno mismo. “Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mt. 15.9). Dios desea obediencia, no nuestras innovaciones, por buenas que nos parezcan. Esto sigue siendo cierto en la edad de la gracia. La gracia no significa libertad para hacer lo que nos plazca. Eso no es libertad, sino libertinaje. Dios nos da Su gracia para ser obedientes y leales, no para improvisar o modificar lo que vemos en las Escrituras.      
continuará, d.v. en el siguiente número               

         autor desconocido

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 La Ilusoria Esperanza de la Paz


Mientras el mundo rechace al Señor Jesucristo, no conocerá la verdadera paz. Es una expresión muy utilizada, pero que, en el mejor de los casos, es un ideal elevado y difícil de alcanzar para muchos. El problema fundamental es la condición pecaminosa del corazón humano. El profeta Isaías lo afirma dos veces: “No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos” (Is. 48.22; 57.21). La historia de la humanidad no se caracteriza precisamente por la paz. “Sus pies corren al mal, se apresuran para derramar la sangre inocente; sus pensamientos, pensamientos de iniquidad; destrucción y quebrantamiento hay en sus caminos. No conocieron camino de paz, ni hay justicia en sus caminos; sus veredas son torcidas; cualquiera que por ellas fuere, no conocerá paz” (Is. 59. 7-8).

    En este mundo, gobernado por el Maligno (1 Jn. 5.19), y en el que la raza humana pecadora rechaza a Cristo, el premio Nobel de la Paz es simplemente una farsa. La Biblia lo deja claro en Romanos 3.17, “y no conocieron camino de paz”. El supuesto prestigioso premio lo otorgan pecadores a otros pecadores que, al igual que ellos, no conocen la paz verdadera ni saben cómo alcanzarla. 
    Romanos 5.1 afirma: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Las bendiciones de la paz solo están al alcance de los creyentes.
    Considera la siguiente lectura devocional:

Él hablará paz

Texto: Zacarías 9.10
    Hoy en día, los hombres buscan la paz. Hay planes de paz, iniciativas de paz y acuerdos de paz. Los mejores políticos, estrategas y expertos militares intentan establecerla. Sin embargo, todos sus esfuerzos son, en el mejor de los casos, temporales y frágiles. Solo el Señor Jesucristo traerá la paz a las naciones del mundo. Isaías lo describe así: “... Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (Is. 9.6-7). O consideremos las palabras del salmista sobre el reino mesiánico: “Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra” (Sal. 72.8).
    Este reino de paz comenzará en el milenio cuando, según Apocalipsis 20, Satanás será atado durante mil años. El mundo nunca ha visto nada parecido en su historia.
     Como creyentes, disfrutamos ahora de las bendiciones de Su gobierno y paz, y esperamos su futuro reinado de paz. Esta paz nos llega gracias a Su obra en la cruz. Pablo lo describe en Colosenses 1.20-22. “Y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él”.
    Pero, sobre todo, estamos llamados a vivir en paz unos con otros como hermanos en Cristo. Véanse las palabras de Pablo a los corintios en 2 Corintios 13.11.
    Además, nos beneficia conocer Su paz (Jn. 14.27), es decir, la misma paz que Él conoce; también nosotros estamos invitados a conocerla. Pablo nos anima a llevar una vida libre de preocupaciones e inquietudes y a descansar en la paz de Dios (Fil. 4.6-7).

Brian Gunning, St. Catharines, Ontario, Canadá, Day by Day Christ Foreshadowed, (Día a Día Cristo Presagiado) p. 373, Precious Seed Publications.

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    Las preguntas que cada lector debe hacerse son: “¿Conozco realmente esta paz con Dios?”  “¿Tengo la paz de Dios y experimento Su paz en mi vida?” Conocer al Señor Jesucristo es conocer tener paz, y es hallar el camino de paz.

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 Peligros Pastorales
por Stephen Hulshizer (1941-2019)

viene del número anterior

11. El Desánimo
     Muchos siervos de Dios sienten las dificultades que hay en su ministerio, especialmente los que desean serle fieles en todo y no ir con la corriente. Esto ocasiona cierto desgaste en el cuerpo, la mente y los ánimos. El gran profeta Elías tuvo que afrontar mucha oposición, crítica, odio y aun amenazas contra su vida. Le faltaba vivienda y alimentos, pero no se echaba atrás ni se convirtió en mendigo. No anduvo publicando su necesidad ni pidiendo una ofrenda de los hermanos. Vivía en una continua crisis de fe. Constantemente veía delante suyo una nación infiel que invitaba el juicio de Dios, y llegó a perder las ganas de vivir y servir más (1 R. 19:4).
    Dios llamó a Ezequiel a ser profeta, y le advirtió desde el principio que era enviado a un pueblo de duro cerviz que no escucharía. Su ministerio fue difícil. En Ezequiel 24:16 leemos que una mañana Dios le dijo: “he aquí que yo te quito de golpe el deleite de tus ojos; no endeches, ni llores, no corran tus lágrimas”. Esa misma tarde su esposa murió, y Ezequiel obedeció al Señor. Fue un tiempo triste para él, porque debido a su ministerio tenía pocos amigos, y luego Dios le quitó la esposa. 
    Luego le dijo que el pueblo se mofaba de él junto a las paredes — donde Ezequiel no los podía oír (Ez. 33:30). Le advirtió que vendría, escucharía y haría halagos con sus bocas, pero no pondrían por obra sus palabras (Ez. 33:31-33). Esas cosas desaniman a los siervos de Dios. Años antes Isaías había exclamado: “Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas” (Is. 49:4).
    Unos pueden desanimarse por lo que sufren en la vida, y algunos tiran la toalla. Otros aflojan su ministerio y se vuelven más permisivos y populares para sufrir menos. Se van con la corriente porque es difícil ser fiel.
    Jeremías se desanimó cuando halló que los de su pueblo y sus parientes habían hecho complot contra él, e incluso ideaban quitarle la vida (Jer. 11:18-21; 12:6). Luego exclamó: “¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste hombre de contienda y hombre de discordia para toda la tierra!” (Jer. 15:10). 
    El pueblo de Dios se le opuso constantemente en todo su ministerio. Fue reprendido, castigado públicamente por el sacerdote Pasur, puesto en el cepo (Jer. 20:2), echado en una cisterna (Jer. 38:6) y luego en la cárcel (Jer. 38:28). En el capítulo 20 llegó a desanimarse tanto que exclamó que no hablaría más en nombre de Jehová – se callaría para no sufrir más.
“Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude. Porque oí la murmuración de muchos, temor de todas partes: Denunciad, denunciémosle. Todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se engañará, decían, y prevaleceremos contra él, y tomaremos de él nuestra venganza” (Jer. 20:8-10). 
    Jeremías es llamado el profeta llorón, por tanto que sufrió y lamentó en el ministerio que Dios le dio. En esto se parece un poco como nuestro Señor, “varón de dolores, experimentado en el quebranto” – no en la popularidad. 
    Así también hermanos todos, y especialmente los siervos de Dios, es nuestra porción salir a Él, fuera del campamento religioso, llevando Su vituperio (He. 13:13). En el Salmo 69 leemos proféticamente del Señor Jesucristo: “El escarnio ha quebrantado mi corazón”. Cuando un siervo de Dios sienta cosas así, experimenta comunión con Cristo por serle fiel. No se desanime, aunque duela, ni abandone su fidelidad y su servicio.
    En Corinto el apóstol Pablo encontró oposición, como en muchos otros lugares. Fue a los judíos en la sinagoga con el mensaje del evangelio de su Mesías. Pero como solían hacer, ellos se oponían y blasfemaban (Hch. 18:5-6). Debía sentirse cansado y desanimado, porque “el Señor dijo a Pablo en visión de noche: No temas, sino habla, y no calles, porque yo estoy contigo” (Hch. 18:9-10).
    Los ancianos y obreros que son fieles al Señor y Su Palabra conocerán oposición, ingratitud, crítica y censura. No verán los resultados que otras iglesias liberales y populares ven – numerosa asistencia, mucha actividad y popularidad. En los postreros tiempos que nos han tocado vivir la realidad es otra: “no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Ti. 4:3-4). Es natural que esto cause desánimo, pero no hay que ceder a ello ni tirar la toalla. “Tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio” (2 Ti. 4:5).
    Todo siervo de Dios debe recordar cómo el Señor enseñó y preparó a Sus discípulos para su ministerio: 
“Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre...” (Lc. 6:22-23, 26).
continuará, d.v. en el siguiente número

                       del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea

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 Los Sufrimientos en el Lago de Fuego Eterno
Antonio Rodríguez Galende


Acerca de esto, nada fácil resulta saberlo. Y en cuanto a mi experiencia antedicha acerca del infierno, sólo me fue permitido tomar conciencia de la inmensa peligrosidad a que estuve sometido en haber podido sucumbir a esos necrosos abismos. 
    Dios ya ha revelado en Su Palabra acerca de esos sufrimientos para los desgraciados que sufran juicio por haber rechazado previamente la gracia divina o indulto del soberano de la Eternidad.
    Hay, sí, un gran problema en cuanto a discernir con claridad acerca de los sufrimientos del tormento eterno. Y es que si antes los analfabetos eran los que no sabían leer, (y, lógicamente también eran analfabetos los que no sabían interpretar correctamente aquello que leían) resulta que hoy, como ya no quedan personas que no saben leer (salvo algún extraño caso), el analfabeto es aquel que no sabe interpretar bien aquello que ha leído...     
    Sería una infinitud de preguntas a las que la mente humana no podría nunca dar una respuesta satisfactoria para todos, porque aunque hay revelación, no tenemos iluminación suficiente para comprender con la claridad que algunos pudieran desear. De todos modos, las descripciones bíblicas no dejan lugar a dudas de que los sufrimientos van a ser solemnemente graves para todos los que “sufrirán pena de eterna perdición, excluídos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Ts. 1.9).
    No, no pretendo yo tratar de exponer aquí cómo son exactamente los terrores infernales, que la Palabra de Dios informa de sus eternas amarguras para aquellos que sucumban al juicio eterno. Pero sí que hay aspectos que no pueden ser dejados ahora en el olvido, tales son:


1. Que todo enjuiciado aceptará la sentencia de condenación divina y la tendrá por justa, con sus agravantes y atenuantes incluídos.

2. Que todos los enjuiciados soportarán el remordimiento de una conciencia despertada a la realidad espantosa de haber despreciado y pisoteado a Cristo.

3. Que los condenados se verán aplastados por aquella pesadez aterradora que reporta el saber la duración del castigo: PARA SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE.

1º - ACATANDO LA SENTENCIA

    Cuando todo inconverso (que rehusó fiar en Cristo y, por ello, la ira santa y justa está sobre su cabeza, Jn. 3.36) haya partido a la eternidad y tome conciencia POR FIN de su desgraciada situación, va a temblar esperando el juicio divino que le aguarda. Y llegará ese día de espanto para ellos, y comparecerán sucios de sus pecados ante la presencia del Juez Supremo, el cual les hará ver su culpabilidad, y que pudieron convertirse al Cristo que les brindó esas maravillosas oportunidades de conversión que ellos quisieron menospreciar.
    Muchas de esas personas serán religiosos profesionales y miembros de iglesias, pero sus alegaciones de nada servirán, pues creer que uno es cristiano, pero sin serlo, carece de validez ante el Dios Justo.
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7.21-23).
    Y qué terror, pavor y espanto sobrecogerá a unos y otros condenados. Dios les hará ver su estado sucio del pecado. Reos culpables ante el Dios que inexorablemente les aplica todo el peso y el rigor de su terrible justicia, la que ellos no quisieron considerar en esta vida, y muchos aun la burlaron directamente y sin escrúpulo alguno.
    Dios les advierte previamente: “Estas cosas hiciste, y yo he callado; Pensabas que de cierto sería yo como tú; Pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos” (Sal. 50.21).
    Qué espanto aterrador el mirar atrás y ver la película de su vida despreciando tantas veces, y durante tanto tiempo, la oportunidad de convertirse a Cristo, que les habría limpiado de sus pecados, “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1.7), sin dejar ninguno al imaginado purgatorio.
    Sus nombres no constan en el Libro de la Vida del Cordero Divino, y Él dictamina laudo de sentencia eterna contra ellos. “Y el que no se halló inscrito (su nombre) en el libro de la vida fue lanzado (catapultado) al lago de fuego” (Ap. 20.15).
    Cristo ya lo advirtió: “si no os arrepentís, todos pereceréis” (Lc. 13.3-5). Cada sentencia llevará implícito el grado de castigo, ya que el tormento será proporcionado a la luz y oportunidad recibidas, y rechazadas. Será acorde al grado de culpa de cada cual (Mt. 10.12-15; Lc. 12.47-48).
    En el lago de eterna amargura, sufrirán mayor condenación aquellos religiosos que, no solo no entraron ellos al reino de Cristo, sino que lo impidieron a aquellos que querían entrar (Mt. 23.13-14). Los ayes de Cristo (“ay de vosotros”) que aparecen en Mateo 23 son terribles admoniciones contra esos pobres ciegos, erigidos en ciegos guías de otros ciegos, desventurados como ellos.
    Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapar del lazo del diablo, en el QUE ESTÁN CAUTIVOS A LA VOLUNTAD DE ÉL (2 Ti. 2.26).
    Se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; reciban por la fe que es en Cristo perdón de pecados y herencia entre los santificados (Hch. 26.18). 
continuará, d.v. en el siguiente número 

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El Salvador Santo Desea Una Iglesia Santa
parte 2
Lucas Batalla

viene del número anterior

La Iglesia debe dar un testimonio santo porque es lo que corresponde al Salvador santo. Ocho veces dijo Dios a Israel: “Sed santos porque yo soy santo” en éstas u otras palabras. Consulta la concordancia para verlo. No lo dudemos, la santidad sigue siendo muy importante en nuestros tiempos (1 P. 1:15-17). Pero la falta de obediencia y disciplina en las iglesias hoy en día es una verdadera vergüenza y desagrada a Dios. La iglesia local no es para divertirse con música y otras cosas, no es un lugar de encuentros sociales. Es para adorar a Dios, agradarle, aprender de Él, y también reparar nuestra conciencia, limpiarnos y recargar nuestras pilas, por decirlo así, para seguir andando en Sus caminos en este mundo. Dios no quiere una iglesia fría, apática e indiferente a las cosas divinas. Pero hoy gran número de llamados “cristianos” se emocionan más por el deporte, la música y el teatro u otros “programas” de la iglesia que por el Señor mismo y Su Palabra. La iglesia verdadera y santa ama al Señor. Debe rendirle culto con amor y ánimo pronto, adorando “en espíritu y en verdad”, no con cosas externas como incienso, drama o música especial por “equipos de alabanza”. Debe vivir fiel y limpiamente para Él. Dios no quiere que seamos mundanos, carnales o inmundos, sino como 1 Tesalonicenses 3:13 y 4:3 declaran, desea nuestra santificación. El que dice que la santificación y la santidad son cosas del Antiguo Testamento y que no deben imponerse hoy es un ignorante que no debe estar enseñando la Palabra de Dios. 1 Pedro 1:15-16 enuncian el mandamiento de santidad en la edad de la gracia, y 2 Pedro 3:11 habla de una “santa y piadosa manera de vivir”.
    Una iglesia santa necesita y se basa en la Palabra santa, porque Juan 17:17 la presenta como instrumento de nuestra santificación. La Palabra de Dios tiene un poder limpiador y purificador en nuestras vidas. Hoy en día hay buenos libros que nos pueden ayudar, sí, pero la Palabra de Dios está por encima de todos ellos. Ella ayudó a los Tesalonicenses porque la recibieron como Palabra de Dios (1 Ts. 2:13). Ella produjo cambios en las vidas de ellos. Nuestras vidas también necesitan ser impactadas por la Palabra de Dios. No sirve de nada que los vecinos digan que eres buena persona o buena madre, si no estás viviendo y educando a tus hijos en la santidad, en la Palabra de Dios que puede santificarles. Hagamos lo que agrada y honra a Dios, y es la santidad.
    1 Juan 1:5-8 enseña que si decimos que no tenemos pecado, mentimos (v. 6). Y si mentimos unos a otros, luego acabaremos haciéndole mentiroso a Dios (v. 10). Debemos ser muy meticulosos y serios en estas cosas. Es nuestra responsabilidad cuidar nuestra propia vida y andar en comunión con Dios, pero para andar así, tenemos que vivir en santidad, porque Él es santo.
continuará, d.v. en el siguiente número

del libro Dios Santo: Pueblo Santo, Lucas Batalla, Libros Berea

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 “El Cauto”

Así era el apodo que los de su pueblo le pusieron a Claudio Comas, que era quizá el hombre más precavido y cauto de todo el pueblo. Algunas esposas tienen que insistir para que sus maridos e hijos lleven botas de goma cuando llueve, pero, en este caso, era Claudio quien siempre le recordaba a su mujer que llevara impermeable o paraguas cuando se acercaba una tormenta.
    Una vecina suyo partió una pierna al tropezar con una segadora que el sobrino había dejado afuera de la casa, y llevó al sobrino a los tribunales. Entonces Claudio añadió una cláusula a su póliza de seguros para cubrir esos percances. Decía: “Ya no te puedes fiar ni de la familia”.
    Claudio también se vacunaba cada año contra la gripe y, cuando llegaba la primera helada, tomaba dosis masivas de vitamina C a diario. Se compró un coche con cinturones extrafuertes y airbags por todas partes. Se unió a un grupo de deportistas adultos y comenzó a correr, por lo que pronto todo el mundo estaba acostumbrado a ver aquella figura dando vueltas a la manzana, vestida con un viejo chándal.
    También contrató una costosa póliza de seguro de vida, además de la que ya tenía, y le dijo bromeando a su mujer: “No te engaño, Ana, pero te valdré más muerto que vivo”.
    Hace seis meses, tras muchos robos en una población cercana, instaló un complejo sistema de alarmas en su casa, de modo que cualquier intruso que intentara entrar desencadenaría la alarma más estrafalaria que se pudiera imaginar. Fue algo embarazoso para él encontrarse un día con que se había olvidado las llaves. La policía municipal no ha dejado de reirse de él desde entonces.
    Hace tres meses, hizo instalar un lujoso sistema antiincendios. Le dijo a su mujer que sería una tontería haber trabajado toda una vida solo para ver cómo todo se convertía en humo.
    Así era la vida de Claudio hasta la semana pasada. Un día, tras salir a correr, estaba en casa bebiendo un vaso de zumo, cuando tosió dos veces, se desplomó y cayó al suelo, muerto. ¡Hasta ese momento gozaba de buena salud!
    Entonces el pastor de la congregación visitó a la Sra. de Comas, aunque ellos nunca habían asistido mucho, porque siempre estaban muy ocupados.
—“¿Era cristiano el Sr. Comas?”, indagó amablemente el predicador.
—“Bueno —contestó la mujer, pensativa—, era un hombre bueno, si a eso se refiere. Nunca tuvo mucho tiempo para la iglesia, porque estaba terriblemente ocupado. Pero vivió una buena vida. Nunca nos gustaba pensar en la muerte”.
—“Entiendo”, respondió el pastor—“pero, ¿conocía al Señor Jesucristo como su Salvador personal?”
—“Me temo que no sé lo que eso quiere decir”—le contestó la entristecida viuda.
—“Ya veo”— respondió el pastor, mientras contemplaba el elaborado sistema de alarma, la última precaución de un hombre prudente en las cuestiones de lo temporal, pero insensato en lo eterno.
    Dudo que Claudio hubiera leído u oído hablar del hombre del que Cristo habló, que había planificado bien para la vida presente, pero fracasó rotundamente en sus planes para la vida venidera. Este hombre dijo: “Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?” (S. Lucas 12.19-20).
    El cuerpo está condicionado para una existencia de bien pocos años en este mundo. El alma, el VERDADERO tú, es imperecedera. Existirá para siempre en la eternidad, ¿pero dónde? ¿En el cielo, redimida; o en el infierno, perdida?
    Si Claudio hubiera pensado en su alma inmortal, quizá se habría interesado por saber que Dios había preparado lo necesario para la salvación: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (S. Juan 3.16).
    Si tan solo "el Cauto" lo hubiera sabido, ¡cuánto podría haber cambiado su manera de pensar y se habría preparado para la eternidad! Pero ya es tarde para él.
    ¿Y tú, amigo? Todavía estás aquí. ¿Tienes algún plan para tu partida? ¿Algo que tenga que ver con Cristo como tu Salvador? ¿O vas a dejar que los demás tengan que hacer cábalas acerca de dónde estás? Aquí tienes algunas cosas en las que pensar, si quieres un final diferente al de Claudio Comas. 
    “No te jactes del día de mañana, porque no sabes qué dará de sí el día” (Proverbios 27.1).
    “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (S. Juan 5.24).
    “Estas cosas os he escrito a vosotros, que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5.13).

lunes, 31 de agosto de 2026

EN ESTO PENSAD -- septiembre 2026

 El Cristo Que Divide


Texto: Miqueas 7.6
"Porque el hijo deshonra al padre, la hija se levanta contra la madre, la nuera contra su suegra, y los enemigos del hombre son los de su casa".

      No solemos pensar en esto como uno de Sus títulos, pero es una verdad ineludible que afecta a cada creyente.
      En este texto, el profeta Miqueas ansía la llegada de una visita divina para juzgar (7.4). Entonces desaparecerán todos los lazos de amistad, afecto y lealtad. La supervivencia motivará a los miembros de la familia a volverse contra sus seres más cercanos y queridos. Habría una traición generalizada y los hogares se desgarrarían. Miqueas aconseja a sus oyentes que ni siquiera confíen en sus esposas y mucho menos en sus amigos y vecinos (7.5). Este terrible colapso social formaría parte del terrible juicio que caería sobre Judá.
     Pero el asunto no termina ahí. Nuestro Señor revela que el cumplimiento final de esta profecía se producirá durante la Gran Tribulación (Mt. 10.21). Entonces, los fieles a Cristo se enfrentarán diariamente al odio y la traición, que los llevarán al martirio (Mt. 24.9-10). Experimentarán la traición despiadada de personas de su entorno. Sus propios familiares revelarán secretos íntimos a sus perseguidores, como hizo Judas con Jesús. Esa ha sido siempre la suerte de los verdaderos seguidores de Cristo, especialmente en tiempos de persecución. Incluso hoy en día, los parientes inconversos malinterpretan con facilidad y, en ocasiones, se oponen con amargura a un cristiano fiel a su Señor. En este sentido, la lealtad a Cristo es un camino de soledad.
     El Señor Jesús va al grano del asunto al afirmar que Él mismo es el gran divisor de las familias (Mt. 10.34-36; Lc. 12.51-53). Aunque es el Príncipe de Paz, Su primera venida trajo conflicto y contienda. Y aún lo sigue haciendo. La neutralidad es imposible. Inevitablemente, esto provoca división incluso en el círculo más íntimo. Existe una línea divisoria entre quienes reconocen la soberanía de Cristo y quienes no. La fe y la incredulidad se enfrentan incluso dentro de la familia. Los enemigos de Cristo se oponen implacablemente a él y, por lo tanto, a quienes llevan Su Nombre, incluso dentro del hogar. Es notable que nuestro Señor conociera y sintiera profundamente esta dolorosa división familiar en Su propia experiencia (Mr. 3.21; 31-35; Jn 7.5).
     El Salvador nos plantea el desafío del discipulado. Seguirlo significa amarlo con más intensidad y devoción que a nuestro ser más querido en la tierra. No debemos permitir que nuestros apegos naturales releguen al Señor a un segundo plano. Por lo que es y por lo que ha hecho por nosotros, Él merece y exige con justicia el primer y más alto lugar en nuestro afecto. ¿Se lo concedemos?

Brian Gunning, St. Catharines, Ontario, Canadá,  del libro Day By Day Christ Foreshadowed 

(“Día a Día Cristo Presagiado”), lectura para 14 diciembre

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La Duración del Lago de Fuego
Antonio Rodríguez Galende




     A veces se alzan voces bastante necias manifestando sandeces como la de “querer ir al infierno, para no pasar frío en invierno; o para juntarse allí con personas de mala vida y recrearse en su compañía”.
    Si el infierno durase “cuatro días”, quizá fuera bueno ir a él, para aprender a valorar la gracia de Dios y la eternidad en su gloria. Pero la verdad es que aquellos que sucumban al juicio del Señor, no saldrán nunca del lago de fuego. 
    Isaías 66.24 habla de que su gusano NUNCA morirá, ni su fuego se apagará. Y en Marcos 9.48 leemos que Cristo ha ratificado literal la cita de Isaías.
    Vemos en Apocalipsis 20.10 que “serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos”. Es decir: sin fin. 
    Judas 6 habla de “prisiones eternas para el juicio del gran día”–o día eterno de castigo–. Y aunque esta cita habla acerca de los ángeles que no guardaron su dignidad y se alzaron en rebelión contra Dios. Cristo advierte que los hombres irán también a ese lugar y con esos ángeles impuros (diablo y sus demonios) al fuego ETERNO, PREPARADO PARA TODOS ELLOS, Mt. 25.41).
    Lucas 3.17 nos habla de fuego y tormento perpetuos. 
    Ciertamente podría presentar aquí más citas, pero basten éstas para afirmación y confirmación del eterno castigo contra los rebeldes a la voluntad de Dios, la cual es “Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna” (Jn. 6.40). 
    Desde luego que, tanto la vida que tenemos en Cristo los que hemos “pasado de muerte a vida” (Jn. 5.24) como la muerte (separación de Dios y su castigo) que aguarda a los que rechazan el señorío de Cristo para sus vidas, ambas son eternas, y nadie como Cristo lo expone con tanta claridad y transparencia: “E irán éstos al castigo eterno, y los justos (los justificados, los declarados justos) a la vida eterna” (Mt. 25.46, Dn. 12.2). 
    Si la vida es eterna, ¿por qué la muerte o el castigo no ha de ser eterno? ¿Qué argumentos presentan los oponentes a Cristo, el cual afirma que el castigo es eterno? Y no vale la expresión en el decir: que el castigo es eterno, por cuanto se quedan sin vida eterna al haber sido aniquilados. No, esa argucia no vale, porque las citas hablan de gusano que no muere; fuego que no se apaga; tormento día y noche por los siglos de los siglos; castigo eterno, y no mera aniquilación que priva del gozo eterno; se habla de quemante castigo eterno, ¡sentido y bien sentido!
    Pero qué hermosura mirar a Cristo y saber que, por Él, Sus redimidos podemos entonar una preciosa canción que en una de sus estrofas reza así: 

“Y cuando pasen siglos mil y miles sin contar,
Me quedará con Él vivir igual que al empezar”.


    En cambio, los inconversos debieran pensar que en el infierno entonarán sus endechas de muerte eterna con su aciago “miserere”:

“Ya han pasado siglos mil de mi triste eternidad,
Y a mí me queda sufrir igual que el empezar”.

    Así será para los santos de Dios, y así también para los condenados: ETERNIDAD SIN FIN. 
    De manera que convendría al hombre materialista del momento no afanarse aquí y ahora tanto y tanto por un poco de bienestar (que a veces se traduce por la mucha abundancia en malestar), y preocuparse de su futuro eterno. Y el consejo no es mío, sino que Dios sigue diciendo a los inconversos: “Prepárate para venir al encuentro de tu Dios” (Am. 4.12).

“¿Qué extraña locura lleva al mundo sin su Señor?
Se acaba el tiempo, y se llega a presencia de ese Dios.



¿Desechaste tú el indulto que mi Hijo te ofreció?
¿Fuiste capaz de pisar la sangre del Salvador?

¿Terrible en tu corazón la voz de Dios tronará?
¿Su laudo dictaminó y al lago de fuego irás?

Detente, amigo, que al fin te aguarda una eternidad.
Confía en Cristo, pues así con Él por siempre estarás.

Pronto cesará tu tiempo pues la muerte te hallará.
Ponte en Cristo bien cubierto pues VAS A LA ETERNIDAD”. 
 

Antonio Rodríguez vive en Benavente, España

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Distinciones Importantes entre  
el Cuerpo de Cristo y una Asamblea Local


Norman Crawford

viene del número anterior

     Mencionamos antes el texto de Romanos 15:7, “Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios”. Así algunos intentan demostrar que la recepción al cuerpo es todo lo que se requiere para ser recibido en una asamblea local. Sin embargo, si queremos entender correctamente este texto, debemos examinar su contexto. Probablemente había al menos tres asambleas en Roma (Ro. 16:5, 14 y 15). En ellas había judíos y gentiles (Ro. 15:5-21), con trasfondos y normas muy distintos acerca de la dieta y los días sagrados. Surgieron muchos conflictos sobre esas diferencias (vv. 1-7). Pablo escribió a las personas en esas asambleas para que tuviesen “un mismo sentir según Cristo Jesús” (v. 5). Ése es el contexto, y por eso nos asombra cuántas veces hermanos que son lectores cuidadosos de la Palabra de Dios usan este texto para la recepción a la asamblea. Seguramente “los unos a los otros” en el verso 7 significa lo mismo que las otras veces que aparece en el mismo pasaje (Ro. 14:13, 20; 15:5, 7, 14). En todos esos casos habla de los creyentes que están en la comunión de la asamblea. ¿Puede significar algo distinto aquí? Es otro ejemplo de la importancia de siempre entender un texto en su contexto. La recepción de Febe en Romanos 16:2 es la recepción a una asamblea, y ahí el verbo “recibid” es diferente del verbo usado en 15:7.   (En Romanos 15:7 es proslambano, pero en Romanos 16:1 es prosdexomai).
    A menudo se suele emplear una ilustración que creemos equivocada. Dicen que el cuerpo es como una naranja o una manzana divida entre varias personas. Nadie tiene toda la naranja, pero todos tienen naranja. Suena bien, y parece basarse en 1 Corintios 12:27, pero en la ilustración cada uno tiene una parte de la naranja y si se juntaran todas las partes la naranja estaría entera. ¿Esto realmente se aplica al “cuerpo de Cristo” y las asambleas? ¿Es una asamblea “una parte del cuerpo”? Y si se juntaran todas esas asambleas, ¿tendríamos “el cuerpo”?
    En el siguiente capítulo veremos a la asamblea como testimonio único de Dios en el mundo, y rechazamos la ilustración de la naranja. La asamblea no es parte de nada, aunque cada uno que está en comunión en la asamblea reconoce que es también miembro del “cuerpo de Cristo” con todos los demás creyentes en esta dispensación – estén en la tierra o en el cielo.

Norman Crawford. capítulo 3 de su libro, Congregados A Su Nombre, Libros Berea

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La Importancia de la Separación
Parte 2

viene del número anterior


       Observe que el yugo de Cristo es diferente. Él dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mt. 11.29-30). Nuestro Señor quiere que vivamos y sirvamos junto con Él. Su yugo nos queda perfectamente, pues el Señor conoce nuestra condición. Entonces podrás decir con Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4.13).
     Del mismo modo, cuando sirves y compartes con otros que también están unidos a Cristo, estás trabajando en un yugo igual, el único tipo de yugo que el Señor quiere que lleves. La ayuda y la cooperación de otros creyentes en las tareas que realizas y los proyectos que emprendes es, por supuesto, una gran bendición para todos los involucrados. Puedes ser un “compañero de yugo” (Fil. 4.3)  con otros, pero solo con aquellos que sirven al mismo Maestro según Sus instrucciones.
     Las razones para no entrar en un yugo desigual, es decir, para no vincularse con inconversos ni con cristianos rebeldes o desviados en ninguna clase de asociación, se exponen en 2 Corintios 6.14-17. 

“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual, Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré”.
    
    Tienen que ver con las diferencias existentes entre creyentes e incrédulos. Ten en cuenta que estas diferencias existen realmente. No las hemos inventado nosotros, sino que es Dios quien las menciona. Lee estos versículos para ver que se refieren a lo correcto y lo incorrecto, la luz y las tinieblas, Cristo y Satanás, la fe y la incredulidad, Dios y los ídolos.
    No solo son diferentes, sino que se excluyen mutuamente; son opuestos. Muchos de los que han aceptado un yugo desigual han descubierto finalmente y de forma trágica lo opuestos que son. Muchos también han descubierto que el lugar equivocado del yugo ha distorsionado el lugar correcto, y que cualquier compromiso al que se haya llegado está muy por debajo de lo inicialmente previsto. ¡Siempre es más fácil dejarse arrastrar hacia abajo que tirar hacia arriba!

     Esto se escribe para aconsejarte y advertirte sobre los peligros de no separarte del mundo. Mantener la separación no te privará de disfrutar ni te llevará a una vida aburrida. Es el diablo quien hace que desobedecer la Palabra de Dios parezca atractivo y emocionante. Estar prevenido es estar preparado, y la protección contra el naufragio espiritual consiste en tener la Palabra de Cristo morando en abundancia en nosotros (Col. 3.16) y en mantener el alma bien anclada y fortalecida por la verdad de Dios (Sal. 119.11).

    Verás, es una triste realidad que muchos creyentes han quedado espiritualmente lisiados y arruinados por acercarse demasiado al mundo y luego involucrarse en un yugo desigual. Esto ha adoptado diversas formas, pero, en definitiva, el diablo ha arrastrado a muchos al nivel de las personas mundanas. Muchos cristianos jóvenes, brillantes y felices han caído en esta trampa sutil, y su vida y testimonio para Dios en el mundo se han visto afectados. La falta de separación ha destruido muchos árboles fructíferos en el jardín del Señor y ha paralizado muchas manos fuertes que Él podría haber utilizado poderosamente en su servicio.
    Hay cuatro áreas importantes en las que el yugo desigual supone un peligro especial para ti. Estas son:


· las amistades sociales
· las relaciones matrimoniales y familiares
· las asociaciones en los negocios y el comercio
· las comunidades eclesiásticas

continuará, d.v. en el número siguiente                    

autor desconocido 

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La Importancia del Trabajo

Noé y sus hijos construyeron el arca. Jacob era pastor de ovejas. Gedeón trabajaba en la cosecha del trigo. Eliseo araba el campo con doce yuntas de bueyes. Amós era boyero y recogedor de hijos silvestres. Leví era recaudador de impuestos. Pedro, Andrés, Jacobo y Juan eran pescadores. El apóstol Pablo escribió: “no comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche” (2 Ts. 3.8). Es cierto lo que dijo William MacDonald, que Dios no llama ni utiliza a los ociosos ni a los de brazos cruzados. La instrucción apostólica es: 

“Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan” (2 Ts. 3.10-12).

    El hermano Juan Dennison escribió lo siguiente acerca de la importancia del trabajo.

David y Moisés eran pastores, Pedro y Juan eran pescadores, y Pablo era un fabricante de carpas. A Dios le gusta usar gente que sabe  trabajar y que mantiene un empleo. Incluso el Señor Jesús probablemente trabajó durante 15 años antes de comenzar sus tres años de ministerio público y espiritual. El pueblo de Nazaret proclamó: “¿No es éste el carpintero?” (Marcos 6.3). Aunque ellos se negaban a aceptarlo como su Mesías, no podían negar su historial de arduo trabajo. También se preguntaron: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mateo 13.55). Parece que el Creador dejó que José le enseñara la carpintería. ¿No es cierto que las personas “enseñables” (receptivas) llegan a ser los mejores trabajadores? Más adelante, en cuanto a la gran obra de salvación, Él declaró: “He acabado la obra” (Juan 17.4). Que Dios nos ayude a apreciar e imitar la ética de trabajo de nuestro Salvador.

Juan Dennison, Devoción a Diario, lectura  7 marzo, 
Libros Berea y Publicaciones Pescadores

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El Salvador Santo 
Desea Una Iglesia Santa

Lucas Batalla

Texto: Hebreos 10:1-18

    La Iglesia es santa, porque su Salvador y Cabeza es Santo. Si estudias la Biblia sin ver a Cristo, no la entenderás, porque todo apunta a Cristo y Su obra redentora. La Ley solo puede condenar, pues es una sombra que no puede salvar a nadie. Pero Cristo —y solo Él— guardó y satisfizo la Ley, y después murió en nuestro lugar. Dios le preparó un cuerpo a su Hijo para que satisficiera la justa demanda de la Ley contra nosotros, los pecadores (He. 10:5, “me preparaste cuerpo”). Esto demuestra que somos pecadores y que no tenemos poder para salvarnos a nosotros mismos. Sin embargo, mucha gente dice que no tiene culpa, que no hace mal a nadie, que Dios no tiene por qué juzgarles, etc., pero el sacrificio de Cristo demuestra que no es así: murió solo por nosotros. ¿Murió porque somos buenos? ¡De ninguna manera! En la Ley vemos nuestra condenación y, en el Señor Jesucristo, nuestra salvación.
    La Ley es la sombra de cosas venideras (v. 1), pues no puede salvar ni santificar a nadie, pero Cristo sí. Sólo Su sangre nos limpia y nos santifica – sin ese derramamiento de sangre no hay remisión de pecados. En 1 Juan 1:7 leemos que la sangre de Jesucristo nos limpia “de todo pecado”, no porque pidamos perdón, ni porque seamos sinceros, ni siquiera porque deseemos nacer de nuevo, sino sólo porque Cristo murió por nosotros, castigado en nuestro lugar. Cuando arrepentidos confiamos en Él, recibimos el perdón. Es Su preciosa sangre que nos provee perdón. En 1 Juan 2:2 leemos que Él es la propiciación por nuestros pecados.
    El tabernáculo era una sombra. El altar, los levitas, los sacerdotes, el sumo sacerdote, los sacrificios, el coro, el incienso... Todos eran sombras que anunciaban la llegada de quien vendría a santificarnos mediante el sacrificio de sí mismo. El Salvador santo es el único que puede santificarnos. Solo Cristo, crucificado, resucitado, ascendido y glorificado a la diestra del Padre, puede santificarnos e interceder eficazmente por nosotros. Hebreos 7:23-26 nos recuerda que tal sumo sacerdote nos conviene, nos hace falta. Aarón era figura de Cristo, pero como hemos visto tanto él como sus hijos tenían pecados y fallos. Por eso, antes de entrar en la presencia de Dios, Aarón tenía que ofrecer sacrificios por sus propios pecados y luego por los del pueblo  (He. 7:27). Sólo Jesucristo es el Sumo Sacerdote perfecto que cuida e intercede por Su pueblo. Sólo tuvo que ofrecer un sacrificio “una vez para siempre”, pues se ofreció a sí mismo. Por eso acudimos s a Él, y no a santos, vírgenes, ángeles, sacerdotes, psicólogos ni otros. Hebreos 8:5-6 dice que todo lo del tabernáculo y el templo era representativo – figuras de cosas celestiales.  Romanos 8:34 nos informa de que Cristo intercede por nosotros. Por tanto, cuando los creyentes pecamos, acudimos al Señor y Él, fielmente, cuida y atiende a los suyos. 
    Hebreos 10:19 anuncia que tenemos libertad para entrar en el lugar santísimo por la sangre de Cristo. Hermanos míos, la sangre de Cristo es poderosa e importante, y nunca debemos olvidarla. Gracias a ella podemos acercarnos a Dios. El versículo 22 dice que nos purifica la conciencia y nos limpia. La Iglesia necesita un Salvador poderoso, eficaz y santo, y lo tiene en el Señor Jesucristo. Él sigue interesado en nuestras vidas; no solo en la salvación de nuestras almas y el perdón de nuestros pecados, sino también en cómo somos y vivimos diariamente. El Señor guía nuestras vidas a través de su Palabra, en la que nos dice lo que debemos y no debemos hacer. 
    Por ejemplo, los israelitas sabían que había cosas que se podían tocar y otras que no, cosas que se podían comer y otras que no, cosas que se podían vestir y otras que no, etc., y si desobedecían, luego venía el juicio, el castigo. Y nosotros, hermanos, ¿qué debemos hacer? Algunos dicen que eso de la separación y de no tocar ciertas cosas no se aplica porque no estamos bajo la ley. Pero se equivocan. El Nuevo Testamento manda: “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré” (2 Co. 6:17). Debemos obedecer al Señor y tomar en serio sus instrucciones respecto a nosotros mismos y a nuestras vidas. Esa es la santidad: caminar tras Él, cerca de Él, por Sus caminos conforme a Su Palabra, amarle y obedecerle. Y, cuando fallamos, debemos humillarnos y no tratar de justificarnos ni implilcar a terceros, sino confesarlo para recibir perdón y limpieza (1 Jn. 1.9). El Señor desea y merece un pueblo santo en la práctica, no solo de palabra, pues murió para santificarnos. No digamos que la santidad es radicalismo y que no hay que enfatizarla tanto, pues este es uno de los errores que Israel cometió y por el que fue juzgado, como bien sabemos. Pero parece que no creemos, o se nos olvida, que el Señor, el Juez justo, también nos juzgará en el Tribunal de Cristo.
continuará, d.v. en el siguiente número

del libro Dios Santo: Pueblo Santo, Lucas Batalla, Libros Berea

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¿Somos Todos Hijos de Dios?


Muchos piensan así, pero ¿qué dice la Escritura? Dios es nuestro Creador, pero eso no significa que sea nuestro Padre. Todos somos criaturas de Dios, pero nunca dice que seamos todos Sus hijos. Para llegar a ser hijo de Dios, es necesario algo más que el nacimiento físico. 
    Por ejemplo, aunque haya niños y jóvenes en nuestro barrio, no son nuestros hijos, sencillamente porque no los hemos engendrado nosotros.
    Los Salmos 11.4 y 14.2 informan de que Dios examina a los hijos de los hombres, es decir, a todos los seres humanos. Y lo que ve no es bonito. “El corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez en su corazón durante su vida; y después de esto se van a los muertos” (Ecl. 9.3). Porque todos nacemos como hijos de Adán, sus descendientes, no como hijos de Dios. Adán pecó y todos los que descienden de él son pecadores. Por eso, en la Biblia encontramos el retrato divino de la condición natural de toda la humanidad:

· hijos de viles (Job. 30.8)
· hijos de los hombres (Sal. 4.2)
· hijos mentirosos (Is. 30.9)
· hijos de la hechicera, generación del adúltero y de la fornicaria (Is. 57.3)
· hijos rebeldes, generación mentirosa (Is. 57.4)
· hijos rebeldes (Jer. 3.14)
· hijo del diablo (Hch. 13.10)
· todos están bajo pecado (Ro. 3.9)
· no hay justo, ni aun uno (Ro. 3.10)
· todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno (Ro. 3.12)
· hijos de desobediencia (Ef. 2.2; 5.6)
· sin esperanza y sin Dios en el mundo (Ef. 2.12)
· extraños y enemigos en vuestra mente (Col. 1.21)
· hijos de desobediencia (Col. 3.6)
· hijos de ira (Ef. 2.3)
· una generación maligna y perversa (Fil. 2.15)
· hijos de maldición (2 P. 2.14)
· hijos del diablo (1 Jn. 3.10)
 

    Esa es nuestra condición al nacer. Somos descendientes de nuestro primer padre, Adán, que pecó antes de engendrar hijos, por lo que todos sus descendientes nacemos contaminados con el pecado. La única forma de escapar de esta terrible situación es nacer de nuevo por la fe en el Señor Jesucristo. Solo a los creyentes nacidos de nuevo se les dice: “todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gá. 3.26), es decir, no todos los seres humanos, sino todos los creyentes. El nuevo nacimiento es por la fe en Jesucristo. 

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn. 1.12-13). 

    Por el nacimiento natural, somos humanos, hijos de Adán. Podemos ser más o menos religiosos, pero eso no nos convierte en hijos de Dios. Cristo le explicó al religioso Nicodemo la necesidad del nuevo nacimiento: 

“Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3.6-7).

    Nicodemo, aunque era un hombre religioso y enseñaba a otros (como los catequistas), todavía no era hijo de Dios cuando habló con Cristo aquella noche. Esto es así para todos: quien no nazca de nuevo, no es hijo de Dios. Dios es su Creador y Juez, pero no es su Padre, ni deben decirle “Padre nuestro”, porque no es cierto, y es un error rezar así el Padrenuestro.
    Dios llama a todo hijo de Adán a reconocer su condición pecaminosa y perdida, a arrepentirse y a confiar en Jesucristo como su Señor y Salvador. El Hijo de Dios, santo y justo, murió cargado con los pecados de toda la humanidad, para pagar nuestra deuda y ofrecer salvación para cuantos en Él confían. Romanos 3.25 afirma que solo “por medio de la fe en su sangre” podemos ser justificados y gozar del perdón y de la vida nueva y eterna. Esto es nacer de nuevo, y a partir de ese momento y no antes, el creyente se convierte en miembro de la familia de Dios (Ef. 2.19). ¿Quieres ser hijo de Dios y tener un hogar eterno en el cielo? Necesitas nacer de nuevo. 
  

  

viernes, 31 de julio de 2026

EN ESTO PENSAD -- agosto 2026

La Importancia de la Separación



¿Qué significa estar separados de los incrédulos, tal y como se nos dice en 2 Corintios 6.17? Obviamente, no puede significar que los cristianos no deban reunirse, hablar, comer, trabajar o convivir con quienes no lo son. ¡Eso requeriría un aislamiento y una segregación totales en colonias autónomas de algún tipo! ¡Eso requeriría un aislamiento y una segregación totales en colonias autónomas de algún tipo! Además, el Señor Jesús ha mandado a Su pueblo que vaya por todo el mundo y predique el evangelio (Mr. 16.15), y la forma más eficaz de presentar el evangelio a los incrédulos es mostrarles en la vida cotidiana sus características.
    Ser separados significa ser diferentes; vivir entre la gente, pero ser distintos de ellos; acercarnos a ellos sin identificarnos con ellos en cuanto a objetivos, hábitos, asociaciones o compañerismo. Significa no tomar nunca un “yugo desigual”, un término bíblico (2 Co. 6.14) que exploramos a continuación.
    El mejor ejemplo de lo que debemos ser en esto, como en todo lo demás, es nuestro Señor Jesucristo. Lea de nuevo los Evangelios para ver cuán separado y diferente era Él como Hijo y Siervo de Dios, y sin embargo cuán cerca se encontraba de las personas pecadoras, necesitadas y cansadas de Su época.

Diferencias importantes
     Existen diferencias fundamentales entre las personas que son salvas y las que no. En el momento de su conversión, los creyentes en Cristo obtienen una nueva vida, una nueva esperanza, un nuevo destino, una nueva condición ante Dios y un nuevo Señor al que servir, el Señor Jesucristo. Todo esto contrasta radicalmente con lo que tienen las personas no convertidas. 2 Corintios 5.17 lo expresa así: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.
    Mientras vivimos en este mundo y nos relacionamos con los incrédulos, es muy importante que estas diferencias se hagan evidentes, ya que hemos sido enviados al mundo para servir a nuestro Salvador y señalar a los demás hacia Él. “Somos embajadores en nombre de Cristo” (2 Co. 5.20), y como todos los embajadores, pertenecemos a un “país” diferente (Fil. 3.20) al que servimos.  No debemos integrarnos en el mundo, dejarnos absorber por él ni conformarnos a él, porque de lo contrario nuestra labor como embajadores se verá sofocada y negada. Entonces seremos incapaces de representar adecuadamente a nuestro Rey y a nuestro país.
   En Romanos 12.1-2 se nos exhorta, como creyentes, a presentar nuestros cuerpos a Dios como sacrificio vivo, haciendo Su voluntad en este mundo con una mente transformada y renovada, sin conformarnos de ninguna manera con el mundo, ya sea en pensamientos, palabras, prioridades, obras, hábitos, costumbres o actividades.
    El Señor Jesús dijo que Sus discípulos estarían “en el mundo” (Jn 17.11), pero no “del mundo” (v. 16), tal como Él mismo lo estaba. Él era “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (He. 7.26), y sin embargo, mientras estaba en el mundo, cuán accesible era para todo tipo de pecadores. Muchos fueron bendecidos por haber estado en contacto con Él, porque era diferente y estaba separado de ellos, pero sin estar fuera de su alcance. Nosotros también debemos estar separados y marcar las diferencias, pero ser accesibles para quienes buscan la verdad.
    En 2 Corintios 6.14, se utiliza una metáfora interesante para expresar esta idea: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos”. Un yugo es una barra de madera que se coloca sobre los hombros de dos animales, normalmente bueyes o caballos, para que puedan realizar juntos una tarea que no podrían realizar por separado. Sin embargo, el éxito de la operación dependía de la compatibilidad entre ambos animales.
    Por tanto, la Escritura, tan sensata como siempre, prohibía yugar un buey con un asno (Dt. 22.10). ¡No es difícil predecir el resultado de este yugo desigual! Las diferencias en el temperamento, la energía, la estructura física y el tamaño de los animales significarían que el trabajo no se haría bien, si es que se hacía. Los animales tirarían de manera diferente e incluso en direcciones opuestas. El yugo se convertiría en una fuente de irritación y dolor, y sería un obstáculo para ambos.

traducido de Focus On Separation, autor desconocido
continuará, d.v. en el número siguiente  

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 Peligros Pastorales
por Stephen Hulshizer (1941-2019)

viene del número anterior

10. La Frustración y El Enojo
      A menudo los siervos de Dios en la asamblea son el objeto de las quejas y el enojo del pueblo descontento. Moisés es un excelente ejemplo de esto. La nación de Israel llegó a un lugar donde no había agua. Números 20:2-3 relata el caso.
“Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón. Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová!” 
    No fue la primera vez que se quejaban así. Suele suceder que cuando las cosas van bien, nadie dice nada, pero cuando vengan los tiempos difíciles, inmediatamente culpan a los líderes. Así fue este caso. No se acordaron de que llegaron a ese lugar siguiendo la nube de la presencia divina. Culparon a Moisés y Aarón, pero ellos no produjeron ni movieron la nube, sino solo la siguieron. Sin duda Moisés y Aarón sintieron frustración ante las constantes murmuraciones y críticas del pueblo. Su primera reacción fue buena:

“Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros” (Nm. 20:6). 

    Dios se les apareció y mandó a Moisés a tomar la vara, reunir la congregación, hablar a la peña a vista de ellos, prometiendo que daría agua al pueblo. Hicieron como Dios mandó, excepto que en su frustración Moisés golpeó la peña dos veces. Su lenguaje manifestó su frustración con el pueblo. “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?” (Nm. 20:10). Su frustración produjo ira, y su ira produjo desobediencia. 
    Cuán diferente es el ejemplo del Señor Jesucristo. Muchas veces Sus discípulos eran torpes, impulsivos y tardos para oír y entender. Sin embargo, Él seguía tratándoles con gracia y paciencia, ¡y así hace ahora con nosotros! En una ocasión, después de alimentar a los cinco mil, quiso alimentar a otra multitud de cuatro mil. Los discípulos preguntaron: “¿De dónde tenemos nosotros tantos panes en el desierto, para saciar a una multitud tan grande?” (Mt. 15:33). Todavía no habían aprendido. Nosotros, como los doce, somos a veces tan lentos, pero Él sigue trabajando con nosotros.
    A veces expresó Su desaprobación de la falta de comprensión de ellos. En Mateo 15:16 pregunto: “¿También vosotros sois aún sin entendimiento?” En Mateo 16:9-11 dijo: 

“¿No entendéis aún, ni os acordáis de los cinco panes entre cinco mil hombres, y cuántas cestas recogisteis? ¿Ni de los siete panes entre cuatro mil, y cuántas canastas recogisteis? ¿Cómo es que no entendéis que no fue por el pan que os dije que os guardaseis de la levadura de los fariseos y de los saduceos?” 

    Después de alimentar a los cuatro mil, los discípulos todavía no entendieron y el Señor exclamó: 

“¿Qué discutís, porque no tenéis pan? ¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís? ¿Y no recordáis?... ¿Cómo aún no entendéis?” (Mr. 8:17-18, 21).

    Pero no les abandonó ni dejó de enseñarles. También los ancianos pueden cansarse de repetir las mismas enseñanzas, y de contestar las mismas preguntas. Pero deben perseverar enseñando y guiando fielmente. Aunque como seres humanos que son, sientan frustración e irritación no deben ceder a esas cosas sino dejar que el Espíritu Santo les llene y guíe. Pablo dijo a Timoteo: 

“Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen...” (2 Ti. 2:24-25).

“que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Ti. 4:2).

    Que el Señor aliente los corazones de los hermanos que sirven como ancianos, especialmente cuando tengan que tratar con un pueblo que murmura y chismea. Concédales el Señor la gracia para ser sufridos y pacientes en situaciones que suelen provocar la frustración.

continuará, d.v. en el siguiente número

                       del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea

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Distinciones Importantes entre  
el Cuerpo de Cristo y una Asamblea Local

Norman Crawford

viene del número anterior
Distinciones entre el Cuerpo y una Asamblea

      Ya hemos afirmado que “el cuerpo de Cristo” y una asamblea son cosas distintas. Si las comparamos veremos en seguida que la primera diferencia es quién está en cada uno de ellos. Solo personas verdaderamente salvas están en el Cuerpo. Las asambleas enseñan que “todos los que habían creído estaban juntos” (Hch. 2:44), y que ninguna persona no regenerada debe estar en una asamblea, sin embargo, han entrado personas inconversas. No sería difícil demostrar que muchos de los que son verdaderos miembros del cuerpo de Cristo nunca estuvieron en una asamblea, y por otra parte, algunos de los que han estado en una asamblea nunca estuvieron en el cuerpo (Gá. 2:4). También hay una diferencia en el tiempo de entrar en cada uno, la manera de entrar en cada uno, y la manera de mantenernos en cada uno. 

Similitudes entre el Cuerpo y una Asamblea


    Hay muchas similitudes entre el cuerpo de Cristo y una asamblea.

    1. El Cuerpo

    A. La iglesia (Ef. 1:22)
    B. El cuerpo (Ef. 4:12)
    C. Un templo santo (Ef. 2:21)
    D. Una Morada (Ef. 2:22)
    E. El Rebaño (Jn. 10:16)
 

      Son semejanzas muy importantes y nos indican claramente que una asamblea es una expresión del “cuerpo”. La verdad de un solo cuerpo es muy preciosa. Es un tema principal en las epístolas de Efesios y Colosenses. Está muy relacionado con la verdad de la asamblea. Si se nos pidiera explicar por qué una asamblea debe estar unida y manifestar unidad especial en todas las relaciones de los hombres con sus prójimos, usaríamos las Escrituras para enseñar la unidad del cuerpo de Cristo (Ef. 4:4-6; 1 Co. 10:17; 12:13). La comunión de una asamblea es la expresión de una comunión más amplia. En la asamblea se ve la práctica de la unidad del cuerpo.
    Muchos han ido un paso más para decir que la asamblea es un duplicado, una copia exacta del cuerpo, o que es el cuerpo en miniatura, un microcosmo, de modo que todo lo que es verdad acerca del cuerpo también lo es de la asamblea, excepto que la asamblea tiene una escala reducida. Pero la Biblia no enseña esto.

Distinciones Significativas

1. “El cuerpo” es espiritual, y las verdades relacionadas con él son posicionales. Una asamblea es geográfica, y las verdades relacionadas con ella son prácticas (Ef. 1:22-23; 1 Co. 1:1-2).

2. Entramos en “el cuerpo” en el momento de la conversión, pero el patrón para entrar en una asamblea es que después de la conversión los creyentes deben bautizarse y entonces son añadidos a la comunión de la asamblea (1 Co. 12:13; Hch. 2:41-42).

3. En “el cuerpo” no hay varón ni hembra (Gá. 3:28), pero en una asamblea hay muy claras distinciones entre varones y mujeres (1 Co. 11:1-16; 14:34; 1 Ti. 2:12-15).

4. Damos gracias a Dios que ningún creyente puede ser separado del “cuerpo” (Ro. 8:38-39). Pero puede ser necesario sacar a una persona de una asamblea (1 Co. 5:11).

5. “El cuerpo” en Efesios es llamado “mi iglesia” por Cristo en Mateo 16:18. Nada falso puede entrar ahí, ni puede Satanás prevalecer contra ella. En cambio, lobos rapaces pueden entrar en una asamblea (Hch. 20:29), y Satanás puede corromperla (2 Co. 11:1-3).

6. Hay perfecta unidad en “el cuerpo” (Ef. 4:4), pero una asamblea puede ser dividida por disensiones (1 Co. 3:3).

7. La novia será presentada, sin falta, santa y sin mancha (Ef. 5:25-27), pero una asamblea puede ser quitada en juicio (Ap. 2:5).

8. La esposa será eternamente (Ap. 21:1-2), pero una asamblea continua solo “hasta que él venga” (1 Co. 11:26; Ap. 2:25).

9. Nunca está presente todo “el cuerpo” en un lugar hasta que venga el Señor y se reúna con Él (2 Ts. 2:1). Pero toda una asamblea debe congregarse regularmente (1 Co. 14:23; He. 10:25).

10. El Señor Jesús dijo: “Edificaré mi iglesia” (Mt. 16:18), pero Pablo dijo que los hombres edifican una asamblea y que él mismo era perito arquitecto (1 Co. 3:10).

    Se podría apuntar más distinciones, pero con éstas tenemos bastante para enfatizar las diferencias. De esas claras distinciones debemos sacar ciertas conclusiones. Primero, creemos que muchos amados hermanos han comprendido la gran verdad de “un cuerpo”, pero todavía no han comprendido las distinciones entre él y una asamblea. Dios ha dado a los hombres la responsabilidad de mantener la pureza de una asamblea, pero Cristo guarda sin mancha a la novia (aspecto futuro de la iglesia) en virtud de Su sangre. Entramos en “el cuerpo” como pecadores totalmente indignos que solamente merecen el juicio eterno del Dios santo. Pero un creyente entra en la comunión de una asamblea cuando da evidencia de vida nueva en Cristo.

La Recepción Mutua     
    Debe estar claro a todos los que entienden la verdad de la comunión, que una asamblea recibe al creyente y que ese creyente también recibe a la asamblea. A eso el finado señor Fisher Hunter lo llamó “la recepción mutua”. Si recibimos a personas que no reciben a la asamblea, llámese como se llame, eso no es comunión. Lucas 5:10 describe a Jacobo y Juan como “compañeros” de Simón –eso es– socios suyos en el negocio. La palabra 
“compañeros” viene de la misma palabra traducida como “comunión”, (gr. koinonos – socio, compañero, colaborador) y sugiere que esa comunión es una colaboración completa y bilateral. No es casual, ocasional, ni unilateral ni con doblez.
continuará, d.v. en el siguiente número


Norman Crawford. capítulo 3 de su libro, Congregados A Su Nombre, Libros Berea

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¿El Pecado Se Hereda o Se Transmite?




“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores...” (Ro 5.19).

Si el pecado se hereda significaría que seriamos víctimas inocentes al pecar, como lo es un alcohólico que posee una predisposición genética hacía el alcoholismo. Muchas enfermedades son genéticas e inevitablemente nos enfermaremos por ello. Sin embargo, la verdad bíblica es que no hemos heredado el pecado de Adán, sino su naturaleza caída. Nadie de nosotros es culpable del pecado cometido por Adán, sino que somos culpables de nuestro propio pecado, y pecamos porque somos pecadores. Es decir, un niño no se hace pecador porque peca, sino que peca porque es pecador. Cada uno nace bajo pecado con una naturaleza pecaminosa (Sal. 51.5; 58.3).

“No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán...” (Ro. 5.14).

    Todos nacemos separados de Dios y unidos a Adán. Cuando él pecó, allí estábamos todos pecando junto con él (Ro. 5.18-19). Él nos ha transmitido la capacidad de pecar, no el pecado que cometió sino la naturaleza contaminada y la habilidad para pecar.

¿Pero como sucedió esto si aún no existíamos?
    Cuando Dios creo a Adán lo formó con la capacidad de abstenerse de pecar y también con la capacidad de poder pecar, lo que llamamos libre albedrío, por eso Dios le dio un mandamiento sobre el árbol del bien y del mal (Gn. 2.16-17). Cuando desobedeció perdió la capacidad de abstenerse y nos comunicó a todos la imposibilidad de no pecar, quedando todos inclinados al mal, “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5.12). Así que, Romanos 3.23 afirma que nuestra historia y condición es: “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. “Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores” (Ro. 5.19).
    Esto no es herencia sino un estado de esclavitud al pecado (Ro. 6.16-18). Fuimos así constituidos pecadores, “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Ecl. 7.20).  
    Este vocablo “constituir” (Ro. 5.19) significa escoltar, conducir, ser hecho como tal. El pecado de Adán como cabeza federal de toda la humanidad dejó a todos bajo pecado, “... pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado” (Ro. 3.9). Esto quiere decir que somos responsables, no víctimas, ya que si hubiésemos existido junto con Adán habríamos hecho lo mismo. De no ser así existirían algunos con la capacidad de abstenerse del mal y que no pecarían, pero esto es imposible pues todos hemos perdido la capacidad de abstenernos de pecar, “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3.23; véase también Ro. 7.17)
    Entonces no hemos heredado una enfermedad que se llame pecado, sino que hemos perdido la facultad de no pecar y hemos quedado todos bajo condenación (Jn. 3.18-19). Dios enfáticamente declara, “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3.10-12).
    Por esto la necesidad de la muerte de Jesucristo, “... así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Ro. 5.19). Este verbo “serán” significa que para ser escoltados a la condición de justo necesitamos ejercer fe en la obra del Señor que libera del pecado. Él fue hecho pecado para librarnos de la esclavitud del pecado y darnos la capacidad de abstenerse de pecar por el poder 
del Espíritu Santo, “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gá. 5.24). Nunca dejaremos de pecar totalmente en esta vida, pero podremos retroceder frente a la tentación de pecar, si andamos en el Espíritu (Ro. 8.13).

Camilo Vásquez Vivanco 

Camilo y su esposa Jéssica sirven al Señor en Chile, 
y viven en Castro de la Isla de Chiloé.
Oremos por ellos y su ministerio.

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No Te Enredes en el Ocultismo  

  

"No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas...” (Dt. 18.10-12). 

Solo Dios conoce el futuro. Debes decir con el salmista: “En tu mano están mis tiempos” (Sal. 31.15), y dejarlo así. Además, el Señor nos prohíbe consultar el futuro a cualquier otra cosa o persona excepto la Biblia. Los que amamos al Señor podemos confiar en Él en lo referente al futuro. Él nunca nos abandonará. Sus misericordias son nuevas cada mañana (Lam. 3:23). Esto significa que Él siempre te amará y buscará tu bien. Nunca se equivocará, nunca te hará mal ni te abandonará. Lee también el Salmo 23, Juan 14.1-3 y Apocalipsis 21.1-22.5 y verás el futuro que te espera como creyente.
    Los del mundo muchas veces curiosean en cosas como dice una canción popular: “Salud, dinero y amor”. Pero si eres creyente y discípulo del Señor Jesucristo, no te corresponde el leer los horóscopos (ni aun por curiosidad), consultar las cartas de Tarot, jugar con “oija”, escuchar los programas de radio acerca de cosas como “la cuarta dimensión”, ir a curanderos, ni consultar a los adivinos. No debes jugar con cosas como leer lineas de la mano, la numerología, adivinar por hojas de té o péndulo de cuerda. Ni te involucres en el yoga o la meditación transcendental, ni uses las estampas de santos, los amuletos o talismanes (aunque sean los adornos de moda). 

    En cuanto a la astrología, si te preguntan de qué signo eres, responde que de ninguno, ya que crees en el Señor Jesucristo. Efesios 5.11-12 exhorta: “Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto”. No debes leer su literatura ni ver sus vídeos en las redes sociales. Es el camino del mundo, de las tinieblas, y va contra las claras instrucciones y prohibiciones divinas (Lv. 20.6,8; Dt. 4.17-19, 23-24; Dt. 13.1-4; 18.20-22; Is. 8.19. 20, 22; Ez. 13.6-9; 18-23). El Señor merece ser el único objeto de tu confianza. Nadie te ama como Él, ni puede guiarte y cuidarte como Él.
    Querido creyente, tu libro es la Biblia, porque en ella Dios te habla. Le hablas en oración, y Él te responde a través de Su Palabra. Léela, conócela toda, domínala y sabrás todo lo que necesitas. Deja lo oculto para los que no tienen la luz. Gózate con lo que Dios te ha dado: ¡Su Palabra! “Lampara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 119.105).
 

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 EL DÉCIMO MANDAMIENTO

 “No codiciarás”


"No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo".  Éxodo 20.17


Este mandamiento menciona un pecado que se comete muchas veces en lo más recóndito de la mente. Se ha dicho que de todos los pecados, este es el menos confesado. Sin embargo, todos lo cometemos, pues está presente en nuestros deseos y pensamientos. Incluso el apóstol Pablo admitió haberlo cometido (véase la Epístola a los Romanos 7.7-8).
    Al ser un pecado de deseos y pensamientos, se puede cometer de forma oculta y desapercibida en cualquier lugar. Es el pecado de la actitud que no se conforma con lo que se tiene, sino que desea tener más,  sobre todo cuando se ve lo que tienen los demás. Podría debatirse si se comete más en países ricos o pobres, ya que los ricos ven más cosas que codiciar, pero los pobres envidian la vida y las posesiones de los ricos constantemente. Suelen envidiar y criticar a los ricos, pero luego codician su forma de vida y sus posesiones, por lo que, además de codiciosos, son hipócritas.
     La codicia no es el materialismo, sino un deseo, una actitud. El presidente de una multinacional y uno que no tiene más que una manta sucia y duerme en la calle pueden ser igual de codiciosos. La mujer que lava la ropa a mano en un arroyo y la que vive en un chalet de lujo pueden ser igual de codiciosas.
    La codicia está relacionada con el pecado de amar al mundo y a las cosas que hay en él. Quienes aman así al mundo, no tienen el amor del Padre en ellos, por religiosos que sean (Primera Epístola de S. Juan 2.15-17). ¡Fíjese hasta dónde se puede llegar! Alguien puede estar sentado en una capilla o templo, supuestamente pensando en las cosas de Dios, ¡y ahí mismo codicia algo que tiene la persona que está a su lado! ¿Nunca ha envidiado el dinero, la casa, la popularidad o la posición de otra persona? Dicen que la envidia es el pasatiempo nacional, y casi nadie lo discute, más bien, ¡casi parece ser un deporte! 
     ¿Nunca ha deseado a la mujer de otro ni al marido de otra? ¿Nunca ha deseado lo que tienen otras personas, su ropa, su casa, su coche, sus electrodomésticos, su trabajo, su sueldo, su reconocimiento, su oficio, su suerte, su cuerpo o su pelo? Todas estas cosas y otras semejantes son fruto del pecado de la codicia y rompen los Diez Mandamientos.
    Algunos protestan: “¿Qué más da?”, ya que, en su opinión, codiciar no hace daño a nadie, así que ¿para qué criticarlo y denunciarlo? Alegan que solo aspiran a una vida mejor y que eso no es malo. Les parece un mandamiento muy severo y se niegan a confesar la codicia como pecado. Sin embargo, la codicia es síntoma de un corazón ingrato y descontento. ¡Qué joya más rara es la del contentamiento! San Pablo declara: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento” (Primera Epístola a  Timoteo 6.6). Quienes profesan las órdenes religiosas declaran tener piedad y devoción, pero hay quienes no se conforman, ya que pasan sus vidas deseando en secreto las cosas que tienen quienes están fuera del convento. Aparentan la  piedad, pero no con contentamiento, sino con codicia. La piedad que se muestra por fuera pero no se siente por dentro es falsa y no sirve de nada; puede ser incluso una mentira y una hipocresía. Este mandamiento pone al descubierto nuestra insatisfacción y falta de conformidad.  
    La Sagrada Escritura manda: “No os afanéis” (Evangelio según S. Mateo, 6.25) y, “contentos con lo que tenéis ahora” (Epístola a los Hebreos, 13.5). 

  
¿Ha codiciado algo alguna vez? ¿Ha sentido codicia en algún momento? Entonces, ha roto los Diez Mandamientos y no puede utilizarlos para ir al cielo, ya que estos le condenan: 
                                                           ¡Culpable!
 

Conclusión
    Tras repasar los Diez Mandamientos, ¿qué tal le ha ido?  ¿Realmente cree que los ha cumplido todos perfectamente durante toda su vida? 
    Si ha incumplido uno solo, lamento informarle de que no puede decir que guarda los Mandamientos ni utilizarlos como esperanza para ir al cielo. No se trata de una opinión personal,  ya que la Biblia dice: “Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2.10). 
    Siendo que Dios lo dice así, ¿cuál es Su veredicto acerca de usted? ¡Culpable! Y por eso, digno de muerte: “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6.23). Esto es posible porque Jesucristo“llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2.24). Los pecadores culpables y condenados que arrepentidos confían en Él, reciben de Dios el perdón y la vida eterna.