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martes, 31 de marzo de 2026

EN ESTO PENSAD - abril 2026

 Jesucristo: Varón de Dolores

Nuestro Señor ciertamente experimentó alegría mientras estuvo en la tierra (Jn. 15.11; 17.13). Sabía lo que era regocijarse en espíritu (Lc. 10.21). Sin embargo, Él era verdaderamente el “Varón de dolores”. Hoy contemplamos al Monarca del dolor y el sufrimiento, cuyos dolores solo se intensificaron a medida que Su vida en la tierra llegaba a su fin. Estos dolores provenían de muchos frentes:

1) El mundo. Porque, aunque estaba en el mundo, no fue reconocido por él (Jn. 1.10). Él no era del mundo (Jn. 17.14, 16). Hoy quizás dirían, “No eres de aquí, ¿verdad?” Siempre fue un “forastero” en el mundo (Lc. 24.18). El Santo tuvo que respirar el aire contaminado de un mundo en guerra contra Dios.

2) Su nación. Porque fue rechazado, no solo por los samaritanos (Lc. 9.53), sino también por Su propio pueblo (Jn. 1.11). Y cuánto lo sintió. Lamentó y lloró por Jerusalén (Lc. 13.34; 19.41).

3) Sus hermanos. “Porque ni aun sus hermanos creían en él” (Jn. 7.5). En una ocasión, mientras enseñaba a una multitud, “los suyos vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí” (Mr. 3.21).

4) El sufrimiento de las personas que le rodeaban. Porque siempre fue sensible y comprensivo con el sufrimiento que le rodeaba, ya fuera en forma de enfermedad, angustia, dolor, pobreza o duelo. Las muchas penas de los demás pesaban mucho en Su espíritu. Por ejemplo, cuando habló con María después de la muerte de Lázaro, “al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió... Jesús lloró” (Jn 11.33, 35). Hizo Suyas las penas de los demás.

5) La condición espiritual de Sus enemigos también le dolía. Porque se entristecía por la dureza de sus corazones y suspiraba profundamente en su espíritu por su decidida incredulidad (Mr. 3.5; 8.12).

6) Aun Sus discípulos le causaron dolores, porque a menudo no le entendían a Él ni a Sus enseñanzas; por ejemplo, Mateo 15.6; 16.9; Juan 14.9. Una vez más, no solo muchos de los discípulos del círculo exterior se retiraron y dejaron de seguirle (Jn 6.66), y al final incluso los apóstoles le abandonaron y huyeron (Mr. 14.50). Y a nivel individual, Judas Iscariote le traicionó y entregó a Sus enemigos, y Simón Pedro le negó con juramentos.

7) Por encima de todo, la obra de la cruz fue dolorosa. En Getsemaní, la tormenta de la anticipación se desató con furia sobre Su cabeza. “Comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera...”, y les dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mt. 26.37-38).

El dolor de Sus discípulos (Lc. 22.45) no era nada en comparación con el Suyo. Durante las tres horas de oscuridad en la cruz, Él sondeó el abismo más profundo del dolor y la angustia. Verdaderamente Él es el Varón de dolores y experimentado en quebrantos. Con razón detectamos Su voz en el texto de Lamentaciones 1.12, “Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido”. Nos asombra ver que fue a favor nuestro que Él experimentó todos estos dolores. Debemos manifestarle nuestra gratitud, adoración y amor.

Malcom Horlock, Cardiff, Gales, Reino Unido, traducido y adaptado del libro Day By Day Christ Foreshadowed (Día A Día, Cristo Presagiado) lectura del 11 de octubre, 
Precious Seed Publications

"Tú sabes mi afrenta, mi confusión y mi oprobio; 
Delante de ti están todos mis adversarios.
El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado.       Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; 
Y consoladores, y ninguno hallé". 


Salmo 69.19-20 

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 Peligros Pastorales
por Stephen Hulshizer (1941-2019)

viene del número anterior


6. La Popularidad

A nadie le gusta ser impopular o tenido en poco. El deseo de la amistad, aceptación y aprobación puede movernos a hacer cosas simplemente para agradar a otras personas. En las Escrituras hallamos a personas que fueron impulsadas por “el pueblo”. En 1 Samuel 15 Saúl intentó justificar su desobediencia y varias veces dijo “el pueblo”. 

“Y Saúl y el pueblo perdonaron a Agag, y a lo mejor de las ovejas y del ganado mayor” (v. 9). “De Amalec los han traído; porque el pueblo perdonó lo mejor de las ovejas y de las vacas” (v. 15). “...He destruido a los amalecitas. Mas el pueblo tomó del botín ovejas y vacas, las primicias del anatema, para ofrecer sacrificios a Jehová tu Dios en Gilgal” (vv. 20-21). “...Temí al pueblo y consentí a la voz de ellos” (v. 24). 

Es el peligro del temor que Proverbios 29.25 menciona.
    Hallamos algo similar con Aarón. Moisés había subido el monte de Sinaí, y cuando tardó en volver, Aarón hizo el becerro de oro. Cuando Moisés descendió del monte y vio el ídolo y el desenfreno, rompió las tablas de la ley, destruyó el becerro de oro, y preguntó a Aarón:

 “¿Qué te ha hecho este pueblo, que has traído sobre él tan gran pecado?” Y respondió Aarón: “No se enoje mi señor; tú conoces al pueblo, que es inclinado a mal. Porque me dijeron: Haznos dioses que vayan delante de nosotros...” (Éx. 32.21-23). 

    Otra vez vemos que un guía espiritual se dejó persuadir por el deseo del pueblo.
    En Apocalipsis 3.14-22 leemos la carta del Señor a la iglesia en Laodicea, que estaba en tan mala condición que la amenazó con vomitarla de Su boca. “Laodicea” significa “el pueblo gobierna” – la vox populi, la voluntad de la mayoría, la democracia. Pero los siervos de Dios, aunque han de ser amables y serviciales, no deben ceder a los deseos del pueblo, sino servir y agradar a Dios. La iglesia en Laodicea se había arruinado, en parte por los deseos del pueblo, y en parte por la falta de liderazgo espiritual. En contraste leemos las palabras del apóstol Pablo: 

“Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gá. 1.10). 

A los tesalonicenses escribe así: “...según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones” (1 Ts. 2.4). Pablo no se dejaba guiar por deseos de ser aceptado por el pueblo, sino por el deseo de obedecer y agradar al Señor. En todas las cosas su prioridad era agradar a Dios y serle fiel (1 Ts. 4.1).
    El Señor Jesucristo no se dejó guiar por las opiniones y los deseos de los hombres, ni siquiera los de Su familia en la carne. Su prioridad era: “en los negocios de mi Padre me es necesario estar” (Lc. 2.49). Su familia le tenía por loco y quiso intervenir. “...los suyos, vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí” (Mr. 3.21). Su madre estaba con ellos. “Vienen después sus hermanos y su madre, y quedándose afuera, enviaron a llamarle” (Mr. 3.31). Pero el Señor rechazó su intervención: “Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre” (Mr. 3.35). En otra ocasión declaró: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Jn. 4.34). Que así sea con todos los que desean apacentar a Sus ovejas. Que obren siempre y solo para agradar al gran Pastor de las ovejas. Que el Señor les dé la gracia necesaria para obedecer a Su Palabra aun cuando sufran los reproches y las críticas de otros que resisten la voluntad de Dios.
continuará, d.v. en el siguiente número

                       del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea

"Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos" .
2 Corintios 12.15

 "¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo, por deciros la verdad?" 
Gálatas 4.16
 

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  El Creciente Énfasis en la Música

Parte 3

Stephen Hulshizer (1941-2019)

viene del número anterior

Ningún coro hay en el Nuevo Testamento

Actualmente en gran parte de la cristiandad la música ha reducido el énfasis en la predicación de la Palabra (2 Ti. 4.3). Como hemos señalado anteriormente, la gente elige “su iglesia en función de la música, no de lo que se enseña y se cree. También está muy extendida la creencia de que toda la música es más o menos igual, y no se ve con buenos ojos a quienes emplean el discernimiento a la hora de seleccionarla.
    Sin embargo, la Palabra nos enseña que nuestro amor debe abundar en ciencia y en todo conocimiento (discernimiento), “para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo” (Fil. 1.9-10). Existen grandes diferencias entre los distintos tipos de música, en cuanto al contenido bíblico de sus letras, el ritmo, el volumen y la forma de interpretarla. Cuanto más la música reemplace, reduzca o quite el énfasis en la predicación de la Palabra, menos discernimiento habrá para distinguir estas diferencias.  Esto es especialmente cierto si la música tiene poca profundidad respecto a las Escrituras o si simplemente entretiene a la carne religiosa del hombre natural.
    Como se ha dicho muchas veces: “Lo que empleamos para ganar las personas, a eso serán leales”.Y en un sentido similar, otro ha comentado: “Lo que empleamos para ganar a la gente, tendremos que seguir empleándolo para que no se vaya, y la “dosis” tendría que ser mayor y mejor con el paso del tiempo”. Por el contrario, parece que la forma bíblica de ganar almas para Cristo es emplear la Palabra de Cristo. Si hacemos esto, no hace falta nada más.
    Ahora bien, no podemos justificarlo cuando cantamos mal o sin expresar gozo espiritual (He. 13.15). Cuando la Palabra de Dios se arraiga en nuestro corazón, surge un canto de gracia al Señor (Col. 3.16). Las cuerdas fabricadas pueden producir sonidos hermosos y otros no tanto, pero la música espiritual que no proviene de una interpretación profesional, sino de la verdad que mora en abundancia en el corazón de los santos, suena más dulce y llega al corazón de Dios (Hch. 16.25).
Ahora imitan a las discotecas y los bares
      Cantar sin entusiasmo es una muestra evidente de falta de gozo en el Señor y en su Palabra. A diferencia de lo que ocurre hoy en día, el Señor no se preocupa por la pericia de los que cantan, sino por la condición de sus corazones (Mt. 15.8). Del mismo modo, el verdadero gozo espiritual y la verdadera adoración no son fruto de la música externa, alta y con un ritmo rápido que literalmente golpea el cuerpo y al que responde el hombre sensual. Tampoco es la música suave de arpa que hace que se te salten las lágrimas, sino la respuesta interior y espiritual a la obra del Espíritu Santo en el corazón mediante la Palabra de Dios (Ef. 5.18-19; Col. 3.16).
    El tiempo ha demostrado ampliamente que las modas vienen y se van. Las modas en el vestir cambian con frecuencia y, a veces, cumplen un ciclo completo en la vida de una persona. También cambian las razones por las que la gente elige iglesias. No hace mucho tiempo, los “grupos celulares”, pequeños grupos que se reunen entresemana en casas para estudiar la Biblia, estaban de moda en el mundo evangélico. ¡Pero ahora está de moda pertenecer a una megaiglesia! Sin duda, una cosa es cierta: cuanto más cerca estemos del fin de esta dispensación, mayor será la atracción hacia aquellas cosas que reemplacen la Palabra viva de Dios, ya sea el drama, el humor, el talento o el calendario social (2 Ti. 4.3). Y, sin duda, cuando el tamaño de la iglesia se convierte en la medida de su éxito, lo que reemplaza a la Palabra de Dios resultará aún más atractivo para el hombre natural. 
    Hace varias décadas, el papel de la mujer en la Iglesia era el gran punto de discordia en el cristianismo. Muchas iglesias y denominaciones ya han rechazado la enseñanza de las Sagradas Escrituras en este ámbito, y ahora la música se está convirtiendo en una de las principales causas de división, si bien no la causa principal. Tristemente, esto no se limita a las denominaciones liberales, sino que sus tentáculos han alcanzado al mundo evangélico e incluso a muchas asambleas.
continuará, d.v. en el siguiente número

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¿Choque Cultural En El Rapto?

R.E. Harlow (1908-2003)


El término “choque cultural” describe la sorpresa y la dificultad que suele sentir un misionero cuando entra en contacto con personas de un país distinto al suyo. Se recomienda a los futuros misioneros que aprendan algo sobre la cultura del país de destino con antelación.
    Todos los creyentes irán al cielo cuando el Señor vuelva. La resurrección de Cristo garantiza Su venida para llevarse a los suyos. Por tanto, nos conviene informarnos sobre cómo será la vida allí y considerar en qué se diferenciará de nuestro estilo de vida actual.

1. El nuevo cuerpo no causará dolor, fatiga ni debilidad. Este cambio supondrá una gran alegría para muchos.
2. No habrá lazos familiares. Tampoco habrá matrimonios ni bodas.
3. No habrá las distinciones sociales, económicas ni étnicas, ni lujo ni pobreza. Tampoco habrá deporte.
4. Sin embargo, habrá otras distinciones muy grandes en el cielo. Algunos recibirán coronas, y no todas las coronas son iguales. La Biblia no enseña que todos los creyentes recibirán todas las coronas. Si los galardones vienen en base a servicio en sacrificio, quizá algunos misioneros destacarán más por su arduo trabajo.
5. En el cielo no existirá el dinero, lo que supone un contraste fundamental con nuestra cultura actual. El cambio repentino de rango social podría ser una causa de sorpresa y choque en el rapto: muchos que se pensaban pobres descubrirán que son ricos porque hicieron tesoros en el cielo. Por el contrario, otros que estaban acostumbrados a la opulencia podrán encontrarse allí sin nada.
6. Lo más importante es que, en el cielo, el Señor Jesucristo ocupará un lugar central y supremo. Esto supondrá un choque para los creyentes egoístas. La alabanza y la adoración llenarán nuestras vidas. Debemos prepararnos para ello viviendo para Él y cediéndole el lugar supremo en nuestros corazones y vidas.
    Por un lado, por la sangre de Cristo nos prepara para el cielo, gracias a Dios, pero por el otro lado, debemos prepararnos meditando en la Palabra de Dios y viviendo según los valores  celestiales que ella enseña.  Amigo, ¿estás realmente preparado para el arrebatamiento?

traducido de un viejo número la revista "Missions" (“Misiones”) 

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 El Gobierno de Dios 
y los Gobiernos Humanos


Lucas Batalla



Texto: Deuteronomio 17:14-20 

Dios al dar estas instrucciones indicaba que sabía que Israel le rechazaría y demandaría un rey como las naciones. En 1 Samuel 8.5 vemos que es lo que pasó en tiempos de Samuel. Es un error desear un gobierno como las naciones porque ninguno hay bueno – solo el de Dios.
    La democracia aunque muy popular hoy en día, no es cristiana. Es otro invento de los hombres. La soberanía no la tiene el pueblo, sino Dios. La democracia se ha metido en todo, la familia, la iglesia, las empresas, todo. Muchos dicen que el gobierno de monarcas es tiranía, y hay muchos casos que sí, pero el plan de Dios es una monarquía benigna y divina, una teocracia. Dios gobernará perfectamente. En el Antiguo Testamento el monarca piadoso y benigno era permitido por Dios como este texto en Deuteronomio bien enseña. Pero como Daniel 2.44 promete, un día Dios pondrá fin a los gobiernos humanos y establecerá un reino que jamás terminará.    

      
Las primeras generaciones después del diluvio se gobernaban por una especie de democracia, es decir, la voluntad del pueblo. Surgió Nimrod para liderar y decir democráticamente: “hagamos”, etc., y se edificó la ciudad y torre de Babel. Pero Dios los juzgó con confusión de lenguas, parando las pretensiones de Nimrod de unir a todo el mundo bajo su gobierno. Luego, en Daniel 7.1-14, vemos los gobiernos del mundo representados por cuatro bestias.
    La voluntad del pueblo es mala, porque como la Biblia describe la humanidad en Génesis 6, todavía el hombre es así: “la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”.  Cuando Dios mandó el diluvio para juzgar a la mayoría perversa, solo una menoría se salvó: Noé y siete más. Ocho personas estuvieron en la razón y todo el resto de mundo estaba equivocado. Y desde entonces no ha mejorado. Hoy, gracias a la democracia, mirad en qué mundo malo vivimos, que anda de mal en peor. Tenemos el aborto, la sodomía, la prostitución, las drogas, el asesinato, y a los que están en las cárceles se les da un sueldo, y los tratan como si tuviesen más derechos que otros. Así es “la voluntad del pueblo”.
    En Números 13 vemos la mayoría de los espías, diez hombres contra dos, y prevalecieron con el pueblo, y el resultado fue que Dios juzgó al pueblo (13.33; 14.1-4). La mayoría, el pueblo soberano, se rebeló contra la voluntad de Dios y pereció. Dios no respeta la mayoría. Fueron advertidos en el 14. 9, “no seáis rebeldes contra Jehová” – es terreno peligroso como pronto aprendieron.
    Otro caso está en Números 16, la rebelión de Coré, que es otro ejemplo de la mayoría. En el verso 3 hablaron democráticamente: “toda la congregación, todos ellos son santos y en medio de ellos está Jehová”. Pues no. Dios no estaba en medio de ellos, la mayoría. Dios no aprueba ni apoya esto. Dios no está con los más. No es así mis hermanos, ni ahora ni nunca en la historia ha sido así. No digamos esto. Dios está con los que le temen, confían en Él y le obedecen, y son pocos. Aun entre las iglesias hoy en día son pocos, porque hay muchas iglesias con mucha gente, y con clase alta y pudiente, sus médicos, abogados, políticos, etc., y mucha gente alegre, pero alegre porque se sale con la suya. Como se imponga la Palabra de Dios en estos lugares, todos estos se van. El Señor no está con ellos, y Dios tuvo que juzgar duramente a Coré y su séquito para parar esta idea de la voluntad del pueblo.
    En el Nuevo Testamento, Poncio Pilato escuchó la voz de la mayoría porque eran muchos, gritaban e imponían su voluntad. Querían la muerte del Señor Jesús –quitarle de en medio– como el Salmo 2 dice que su juntan y toman consejo contra el Señor. La historia de esta ignominia es triste, la voluntad del pueblo, la soberanía del pueblo.
    Recordemos que con Gedeón el Señor le redujo el gran ejército a una menoría pequeñísima, a trescientos hombres, y estos poquitos ganaron, vencieron a una gran muchedumbre.
    Al rey Amasías el Señor dijo que despidiera aquella gran multitud de impíos (2 Cr. 25.5-12), y así le condujo a la batalla y a la victoria.
    Entonces, ante estos ejemplos, ¿qué hacemos frente al gobierno? Nos sometemos y obedecemos. Pagamos el tributo y oramos. Allí termina nuestra responsabilidad. Los gobiernos son puestos y permitidos por Dios (Ro. 13:1-5), pero no para que participemos en ellos. Dios tiene otro plan para los Suyos. Lo nuestro es predicar el evangelio y seguir al Señor Jesucristo.
    La iglesia no puede crecer mucho en nuestro tiempo, porque crece la democracia y todos creen que tienen voz y voto y pueden hacer lo que quiere la mayoría. No se quieren someter al gobierno de Dios ni a los hombres que Él ha puesto para pastorear y guiar a los santos. Estamos viviendo tiempos como los de los jueces en Israel cuando cada uno hacía lo que le parecía. Eran tiempos malos entonces, y también son malos ahora.
    En las cosas de Dios tiene que haber un mismo sentir, pero guiado por la Palabra de Dios y el Espíritu Santo, no el espíritu del hombre y la lógica humana. Algunos citan Hechos 6 como ejemplo de democracia en la iglesia, pero aquello no era gobierno, sino distribución de comida y por eso la confianza de todos era necesaria porque por eso surgió el conflicto. No hay voz de mayoría en la iglesia, sino unanimidad guiado por el Espíritu Santo y la Palabra de Dios, siguiendo la doctrina apostólica (Hch. 15.22-23; Fil. 2.2; 1 Co. 1.10; Ef. 1.21-22; 5.21). 
    En la iglesia Jesucristo es el Señor; es la cabeza, es el Príncipe de los pastores, y Él gobierna. En 1 Corintios 12.12 vemos la unidad: el cuerpo es uno, no una mayoría. El Señor Jesucristo gobierna Su cuerpo. Así que, dejemos a un lado estas ideas de hacer sondeo de opinión de todos para ver cuál es la voluntad prevaleciente. No se va a decidir nada así. En la iglesia se debe hacer la voluntad de Dios, como en el cielo, así también en la tierra. Y un día será así en todo el mundo, porque toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre. Amén.

de un estudio dado por Lucas Batalla en 2011

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  EL SEXTO MANDAMIENTO

  “No matarás”

Muchos afirmarían que no han matado a nadie, ¿verdad? Veamos a ver si realmente es así, porque existen más de una forma de matar. Sobre este tema Jesucristo dijo lo siguiente:

“Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás; el que matare será reo de juicio. Pero yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijera “raca”  será reo ante el sanedrín y el que le dijere “loco” [fatuo] será reo de la gehenna del fuego”. (El Evangelio según S. Mateo 5.21-22, Nácar-Colunga)
   


     Por lo tanto, este mandamiento incluye el enojo, las amenazas y los insultos, sin necesidad de llegar a cometer un asesinato físico. 
    Como bien se ha dicho, el odio y la ira del hombre son las semillas del homicidio. ¿Se ha enojado usted con alguien y le ha dicho que se vaya perdido, o sin llegar a decirlo, ha deseado que desapareciera? ¿Ha dicho acerca de alguien: “¡Si le veo, le mataré!” o “¡Que le parta un rayo!”? Esta ira y este desprecio violan el sexto mandamiento. ¿Se disculpa diciendo que “¡Todos lo hacen!”? La respuesta es sencillamente que, si todos lo hacen, todos pecan y rompen la Ley de Dios.
    Pero hay quienes van más allá, porque han matado, han quitado la vida a otra persona. Quien mata a un hermano es fratricida. Quien mata a uno de sus padres es parricida o matricida. Amenazar con violencia o con la muerte también viola este mandamiento: “No matarás”. La Ley de Dios declara: 
· “El que hiriere a su padre o a su madre, morirá”. (Éxodo 21.15). 
· “Igualmente, el que maldijere a su padre o a su madre, morirá” (Éxodo 21.17). 
· “Al que maldice a su padre o a su madre, Se le apagará su lámpara en oscuridad tenebrosa” (Proverbios 20.20).
    Caín el primer hijo de Adán y Eva (Génesis 4.1), también fue el primer homicida, pues mató a su hermano (Génesis 4.8). Desde entonces, se han cometido innumerables homicidios. La historia de la humanidad está llena de amenazas, violencia y manchas de sangre. Una discusión, un arrebato de ira, un intercambio de insultos y amenazas, y la situación llega a un punto crítico en el que la ira se desborda y, en un instante, se comete el crimen. Con la rapidez del rayo y causando una destrucción repentina, se asesta el golpe, se aprieta el gatillo o se clava el cuchillo, y ya no hay vuelta atrás. Dios habló así acerca de Caín, el primer homicida:  “Caín, que era del maligno y mató a su hermano” (Primera Epístola de S. Juan, 3.12). A Caín le dijo: “la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Génesis 4.10). 
    Pero hay más, el Nuevo Testamento añade: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (Primera Epístola de S. Juan, 3.15). El odio es la semilla del homicidio. ¿Ha deseado alguna vez la muerte de alguien, quizás en secreto, en privado,  en su corazón, sin decírselo a nadie? 
    Otros han sido homicidas pasivos. Es decir, han causado la muerte de alguien sin mancharse las manos. Quienes trafican en la droga han provocado la muerte de muchas personas.
 
   Hoy en día, más que nunca, somos testigos de otro tipo de homicidio: el holocausto silencioso del aborto provocado, perpetrado por madres privadas de afecto natural que insisten en que tienen derecho a matar. Si lo que sufrieron los judíos en el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial fue terrible (más de seis millones de muertos), ¡cuánto más es el asesinato de millones de niños matados cruel y egoístamente en el vientre de sus madres, arrancados vivos, ahogados y tirados a la basura! Terminar así una vida también es matar.
    A veces, las personas religiosas matan, o bien en las llamadas: “guerras santas”, y en la “yihad” que promueve el islam. Durante siglos la Iglesia Católica Romana mataba a personas en la llamada “Santa Inquisición”. Habría que plantearse muy seriamente cómo pueden pertenecer a una religión que mata a los que no están de acuerdo con ella.
    Otro tipo de homicidio, el más egoísta, es el suicidio. Es Dios, no el ser humano, quien fija los límites de la vida. “No matarás” incluye “no te matarás”.
    El que disfruta de homicidios y matanzas en películas es culpable del pecado vicario. ¿Qué es esto? Es el pecado que se disfruta a través de un sustituto. Otro peca y usted lo observa para complacerse o distraerse. 
    Estimado lector, recuerde, los que han hecho cualquiera de estas cosas, u otras parecidas, han violado el sexto mandamiento. Solo hay perdón y salvación en el Señor Jesucristo, pues Él llevo sus pecados y murió por usted.                                                                                              ¡CULPABLE!         

 

sábado, 28 de febrero de 2026

EN ESTO PENSAD -- marzo 2026

 Cristo Despreciado, 
Desechado y No Estimado


“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos”.  Isaías 53.3

Dos veces en Isaías 53.3 se habla del Mesías como “despreciado”. Y, sin duda, aquí lo era. Los hombres le lanzaron todo tipo de insultos. Le llamaban glotón y borracho, a pesar de que a veces  por nosotros padecía hambre y sed  (Mt. 4.2; Jn. 19.28). Le atribuyeron connivencia con Beelzebú (Mt. 12.24), a Aquel que había venido a deshacer las obras del diablo y que realizó Sus milagros con el poder del Espíritu de Dios (Mt. 12.28). 
    Se burlaban de Él, con insinuaciones evidentes: “Nosotros no somos nacidos de fornicación” (Jn. 8.41), al que era “el santo ser”, nacido de una virgen (Lc. 1.34-35). Se mofaron de Él, “Tú eres samaritano” (Jn. 8.48), al que en verdad era de la casa real de Israel (Lc. 2.4). Le insultaron, “Tienes demonio” (Jn. 7.20; 8.48), al que expulsaba espíritus inmundos con autoridad absoluta (Mr. 1.27). Lo tildaron de “aquel engañador” (impostor, Mt 27.63), el que era todo lo que decía ser y la verdad misma (Jn 8.14, 25; 14.6). 
    Ningún insulto o término de desprecio era demasiado malo para Él. Era verdaderamente “despreciado”. Y era “desechado por los hombres” (heb. “por los gobernantes y las personas de rango”). La palabra “desechado” deriva del verbo “cesar, abandonar”, y probablemente indica que los hombres importantes se mantuvieron alejados de Él. Mantuvieron la distancia y se negaron a relacionarse con Él. Así, los fariseos pudieron lanzar a sus oficiales el desafío: 
¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos?” (Jn. 7.48). El Señor Jesús no recibió ayuda ni apoyo de los principales de Israel. También fue “rechazado” por los hombres de “su propia tierra” (Lc. 4.24) y por su propio pueblo en general (Jn. 1.11). ¡Hemos sido “aceptados” por Dios (Ef. 1.4) gracias a Aquel que fue rechazado por los hombres! “No lo estimamos”, es decir, no le dieron ningún valor. Lo consideraron insignificante, indigno de su atención. Sin duda, Jesús tenía este verso en mente cuando advirtió a sus discípulos que “está escrito del Hijo del Hombre, que padezca mucho y sea tenido en nada” (Mr. 9.12).
     En el cielo, los serafines cubren sus rostros con temor y reverencia ante Su gloria trascendente (Is. 6.1-2). Sin embargo, en la tierra, los hombres ocultaban sus rostros ante Él, mostrando así su falta de interés. 

Malcom Horlock, Cardiff, Gales, Reino Unido, traducido del libro Day By Day Christ Foreshadowed (Día A Día, Cristo Presagiado) lectura del 10 de octubre, Precious Seed Publications. Sus escritos sobre Isaías 53 han sido publicados en español en el libro Cristo En Isaías 53, Libros Berea.

 

Todo esto sufrió el Señor Jesús para obtener nuestra eterna redención, y Dios promete que un día toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Fil. 2.11). Los creyentes tenemos ahora el inmenso privilegio de honrar, bendecir y adorar al Señor Jesucristo. El Padre quiere que en todo Él tenga la preeminencia.

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Digno es el Señor

En el cielo le cantaremos al Señor Jesucristo: “DIGNO ERES... porque tú creaste todas las cosas” (Apocalipsis 4.11). También cantaremos: “DIGNO ERES... porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios” (Apocalipsis 5.9). Él completó la obra de la creación en seis días y la obra de la redención en seis horas en la cruz. Aunque Dios permitió que el hombre arruinara la primera obra, jamás le permitirá que Satanás ni a ningún hombre arruinen la obra de la cruz. Como Él fue inmolado, un día redimirá (liberará) a la creación para que sea lo que Dios había planeado que fuera. Y gracias a su preciosa sangre, Él también nos ha redimido (libertado) para ser todo lo que Dios quería que los humanos fueran. Entonces, ¿qué merece Él hoy de ti?

Juan Dennison, Devoción a Diario, lectura del 28 de febrero

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 Peligros Pastorales
por Stephen Hulshizer (1941-2019)

viene del número anterior
5. La Autoconfianza y el Orgullo

Sucede demasiado que algunos hombres son reconocidos como ancianos porque son líderes exitosos en el mundo secular, especialmente en el comercio. Si es la única o principal razón de su reconocimiento, lo más probable es que fracase en el liderazgo espiritual. El éxito en el mundo de negocios no está en las listas de requisitos de ancianos en 1 Timoteo 3 y Tito 1. No quiere decir que si uno tiene éxito en su trabajo, por eso no está calificado para guiar en la asamblea. Pero, debe ser reconocido solo por su carácter y conducta espiritual en el cuidado de los santos.
    El éxito y la prosperidad a menudo conducen a la autoconfianza. Uno podría creer que tiene libertad para decidir y hacer como le parece y que Dios bendecirá cualquier cosa que haga. Entonces cuando no ve la bendición, culpa al diablo o a los hombres, y se niega a reconocer que podría ser por su propia culpa. 
    Cuando el rey Uzías, después de años de éxito y prosperidad, quiso también entrar en el templo y quemar incienso a Dios, su atrevimiento fue síntoma de autoconfianza y orgullo. Pero como era rico, poderoso y popular, ¿quién le iba a contradecir? Gracias a Dios, los sacerdotes fieles le pararon. El rey se enojó con ellos, pero en ese mismo momento Dios le hirió con la lepra. No solo tuvo que salir del templo sino vivió el resto de su vida encerrado en su casa (2 Cr. 26:16-21). Aunque había empezado bien y conoció bendición, luego fracasó porque dio lugar a la autoconfianza y el orgullo. No pensó de sí con cordura (Ro. 12:3). Se creía más de lo que era, y aprendió como muchos que Dios resiste a los soberbios (Stg. 4:6). 
    Después de un triunfo o éxito es cuando más susceptibles estamos a los ataques del adversario. Josué y los hijos de Israel ilustran bien esta importante verdad. El Señor les había instruido a marchar alrededor de Jericó una vez al día durante seis días, y siete veces el séptimo día. Después de rodear la ciudad esa última vez debieron gritar al sonido de las trompetas. Habiendo hecho todo como Dios mandó, los fuertes muros vinieron abajo, e Israel ganó la victoria. 
    El siguiente obstáculo a su ocupación de la tierra fue la pequeña ciudad de Hai. Tan pequeña era que no sintieron necesidad de consultar al Señor. Confiados por su victoria en Jericó, decidieron enviar a pocos soldados para tomar a Hai (Jos. 7:3).
    El resultado fue un fracaso total. Los de Hai derrotaron al ejército que Josué envió, y esos huyeron como conejos. Las Escrituras predicen resultados así al decir: “antes de la caída la altivez de espíritu” (Pr. 16:18). 
    Varias cosas condujeron a ese fracaso. Había pecado en el campamento. También el pueblo confiado creía que vencería con solo unos pocos. Después de la victoria en Jericó, surgieron la autoconfianza y el orgullo, que son obras de la carne.
    En el gobierno de la asamblea, la presencia de la autoconfianza, el orgullo por éxito en el mundo o en la asamblea, y la presunción son ingredientes de fracaso. El apóstol Pablo advirtió de este tipo de peligro cuando escribió acerca de los que desean ser obispos: “no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo” (1 Ti. 3:6). Los ancianos no deben ser neófitos (gr. neófutón) – como árboles recién plantados, sin las raíces profundas producidas con experiencia en piedad y en las pruebas. Por la experiencia aprendemos la debilidad de la carne, y la necesidad de depender de Dios en todo momento. La experiencia enseña a uno a desestimar el éxito, la aptitud, los estudios, las riquezas, etc. Aprende por experiencia a ser humilde y andar pegado al Señor y confiando solo en Él.
continuará, d.v. en el siguiente número     

                 del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea

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 La Gratitud es Parte de la Adoración

“Y... se postraron sobre sus rostros, y adoraron a Dios, diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso...” (Ap. 11.16-17).

Para los que deseamos mejorar como adoradores, hay aquí una faceta de la adoración que frecuentemente es pasada por alto: es simplemente darle gracias al Señor por quién es y lo que ha hecho. Las expresiones vocales de acciones de gracias forman parte de la adoración celestial (Ap. 4.9). Hermanos, no es necesario pensar en algo nuevo o elocuente que decir para adorar. En el cielo adoran todos, porque están todos agradecidos.¡Hermanos, que también se escuchen con frecuencia esas sencillas y sinceras acciones de gracias en nuestras reuniones aquí en la tierra! Además, debemos practicar a diario las acciones de gracias al Señor.

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 El Creciente Énfasis en la Música
Parte 2
Stephen Hulshizer (1941-2019)

viene del número anterior
En primer lugar, podríamos preguntar: ¿Sobre qué base bíblica tienen los ancianos autoridad para “dictar los parámetros en los que van a trabajar”? La asamblea es del Señor, no de los hombres. ¿Tienen derecho los ancianos de “establecer” o “dictar” que una asamblea tendrá dos Cenas del Señor? No lo encuentro en ninguna parte de las Escrituras. Más bien, es la forma de pensar de los que transigen.
    Al leer el Nuevo Testamento, donde se predicaron poderosos mensajes evangelísticos y se salvaron miles de personas, es evidente que la música no fue esencial para la evangelización. De hecho, la música no ocupó un lugar destacado en el ministerio de Cristo, ni en el de Pedro, ni en Pentecostés, cuando se salvaron 3.000 personas y fueron bautizadas (Hch. 2.41), ni en las predicaciones evangelísticas de Pablo durante sus viajes misioneros (1 Co. 2.1-5). La ciudad idólatra de Corinto tenía su propia música, y Pablo podría haberla “cristianizado” (adaptado) para atraer a mucha gente. Sin embargo, la Palabra de Cristo fue el centro y se predicó con poder, y la gente se arrepintió y se convirtió (1 Ts. 1.5). Todo esto se logró sin música.
    Entre los peligros con mucha de la música “contemporánea cristiana” hoy en día deben incluírse los siguientes:
    (1) Sin tener en cuenta la letra, mucha de la música no es diferente a la música del mundo. Los jóvenes pueden disfrutar igual de una que de otra, y muchas veces el impacto físico es similar. En resumen, apela a la carne.
    (2) Muchos de los que interpretan música tienen un aspecto similar al de los músicos del mundo, incluyendo su forma de vestir, el estilo de su cabello, sus movimientos e incluso su lenguaje, lo que genera dudas sobre su relación con Cristo.
    (3) A menudo, la letra es superficial y se repite mucho, y a veces es bíblicamente incorrecta. En algunos casos, roza la blasfemia. Se ha dicho que "aceptamos los errores a través de la música mucho más rápidamente que los aceptaríamos en el púlpito". ¿Significa esto que toda la música contemporánea es superficial o errónea? No, de hecho, hay algunos himnos contemporáneos que son muy bíblicos y hermosos. Sin embargo, un porcentaje significativo de los jóvenes de nuestros tiempos ni siquiera escucha estos himnos, sino que opta por los de "alta energía" (Fil. 1.10).
    (4) La composición musical, tanto de la letra como de las notas, hace casi imposible que una congregación normal la cante. Esto conduce a la necesidad de un “artista dotado” que la cante, lo que reduce a la congregación a ser meros oyentes en lugar de participantes activos  (algo similar a lo que sucede con los coros). Se percibe casi una división entre los artistas y el resto de la congregación respecto a la música, y esto podría provocar que con el tiempo se olvidaran los sanos himnos de la fe.
    (5) Hay indicios de que los jóvenes que escuchan mucha música actual maduran más lentamente en las cosas de Cristo, o quizá no maduran. O no se produce la santificación o está en un nivel muy bajo. Algunos nunca se libran de este problema y les afecta incluso en la vejez.
    (6) Muchos creyentes mayores que defienden la música cristiana contemporánea defienden, en realidad, un tipo de música contemporánea totalmente distinto al que escuchan la cristiandad y los jóvenes. En muchos casos, los creyentes ancianos ni siquiera podrían entender las letras de la música que escuchan los jóvenes. Tampoco podrían soportar el fuerte ritmo de alta energía que les golpea los oídos y el pecho.
    (7) La música, especialmente si se canta repetidamente con la intención de provocar profesiones de fe, puede excitar fácilmente los sentidos físicos y las emociones naturales sin producir una verdadera convicción espiritual ni conversión (2 Co. 7.10). Esta experiencia a menudo provoca lágrimas o euforia. Las emociones intensas pueden dar lugar a un falso sentido de seguridad, cuando en realidad no se ha producido ninguna obra de conversión del Espíritu Santo (1 Ts. 1.5).
    Pablo y Silas oraban y “cantaban himnos a Dios; y los presos los oían" (Hch. 16.25). Cantaron “a Dios” como expresión de gozo en medio de una prueba (Stg. 5.13). Curiosamente, no se menciona la conversión de los presos que los escucharon, pero sí la del carcelero, que había estado dormido (Hch. 16.27). Probablemente no escuchó los himnos porque estaba dormido hasta el terremoto, pero sí creyó en el mensaje que le hablaron Pablo y Silas (Hch. 16.31-32).
continuará, d.v., en el número siguiente

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 La Biblia: el Gran Recurso del Creyente
parte 2
Carlos Tomás Knott

La Biblia es el único recurso que Dios ha dado a Sus siervos para el trabajo espiritual. En la evangelización así como para enseñar y aconsejar a creyentes, es la herramienta divina y completa. “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3.16-17). No se necesitan cosas como la teología pastoral o la psicología para ayudar a los creyentes. El mandato es: “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Ti. 4.2). Quien no cree en la plena suficiencia de la Palabra de Dios no debe hablar. Quienes no reconocen que lo que Pablo escribió en 1 Corintios son mandamientos del Señor (1 Co. 14.37) no son ni profetas ni espirituales, por lo que deben callarse.
    La Palabra de Dios es tan suficiente, completa y adecuada que está prohibido añadir o restar de ella (Pr. 30.5-6). Piensa en lo completo que es este recurso divino.

“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos. El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicios de Jehová son verdad, todos justos. Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal. Tu siervo es además amonestado con ellos; en guardarlos hay grande galardón. ¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí; entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión” (Sal. 19.7-13).

     Queda por preguntar si nosotros también hablamos así acerca de la Biblia. ¿Podríamos nombrar algún otro libro, persona o cosa que tenga ese poder, pureza y profundidad?
    En nuestra peregrinación también necesitamos aliento, y Dios lo provee de varias maneras. El Salmo 23.4 dice: “Tu vara y tu cayado me infundirán aliento”, pues necesitamos la guía, protección y corrección del Buen Pastor. El Salmo 31.23 promete: “A los fieles guarda Jehová, y paga abundantemente al que procede con soberbia”. El verso siguiente dice: “… tome aliento vuestro corazón”. Su protección y Sus promesas nos alientan en medio de pruebas y dificultades. Vemos la creciente injusticia y maldad en el mundo, pero no perdemos esperanza, porque sabemos que Dios nos cuida, y Él juzgará a los malos y establecerá Su reino. Promete oír y responder a nuestras oraciones. “No te desampararé, ni te dejaré; de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (He. 13.5-6). No sabríamos estas preciosas verdades si no fuera por Su Palabra.
    La Palabra de Dios nos alimenta y nutre nuestra vida espiritual. “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1 P. 2.2). El profeta Jeremías exclamó: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jer. 15.16). Job dijo: “Guardé las palabras de su boca más que mi comida” (Job 23.12). El salmista lo expresó así: “¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca” (Sal. 119.103). Pero los creyentes no debemos vivir solo de leche, como niños, sino crecer y tomar el alimento sólido de la Palabra. Desafortunadamente  muchos, por la inmadurez y la pereza, no crecen debidamente. Hebreos 5.11-14 lamenta la condición de los “niños perpetuos” y su incapacidad para entender preceptos bíblicos.

“Acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oír. Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal”.                                                                                                        
continuará, d.v. en el siguiente número

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La Reunión de Oración es Bíblica, Necesaria y Muy Importante
Hechos 2.42

Los católicos suelen creer que si asisten a la misa han cumplido con Dios, y algunos cristianos aparentemente creen que si asisten a la Cena del Señor han cumplido, y desestiman las otras reuniones. Pero según el libro de Hechos, la Iglesia primitiva no se limitaba a la Cena del Señor y al ministerio de la Palabra. La comunión entre ellos, las oraciones y la evangelización constante también marcaban la vida de las primeras iglesias. Las oraciones de los creyentes reunidos ocupan un lugar muy importante en el libro de los Hechos. Todos los que asisten a la reunión de la cena del Señor también deben tener como prioridad reunirse para orar con sus hermanos.

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 Oración, Amor y Crecimiento Espiritual
Lucas Batalla

Texto: Filipenses 1.1-11

Muchos de los que escuchan a predicadores evangélicos les oyen decir que, si recibes a Cristo, todo te irá bien, pero no es así. Espiritualmente te irá bien, sin duda, porque tendrás perdón y vida eterna. Pero la historia y la Biblia enseñan que la conversión al Señor atrae el odio del mundo. Incluso los de tu casa podrían volverse tus enemigos; no hace falta ir a la calle a buscar enemigos. Y, en este mundo tal y como está, siempre hay problemas y dificultades, porque le ha dado la espalda a Dios y tiene al diablo como su príncipe (Jn 14.30; 16.11). Podríamos decir que, cuando una persona se arrepiente y confía en el Señor Jesucristo, el diablo le declara la guerra o, al menos, la intensifica.
     La oración es muy importante a nivel personal y también en la congregación. Pablo solo llega a los versos 3 y 4 y ya la menciona. He oído a personas decir que, cuando están nerviosas, salen a caminar o hacen ejercicio y se les pasa, pero eso no es la solución espiritual. La solución es la oración: echar sobre Dios toda nuestra ansiedad (1 P. 5.7). Por eso, aunque Pablo no podía estar con los filipenses, en el verso 6 declara su confianza en que Dios haría la obra. Oraba por ellos.
    Los filipenses sufrían persecución por causa de Cristo, como Pablo, y de él aprendían a orar. Pablo había orado cuando sufrió en la cárcel de Filipos al principio de su labor misionera (Hch. 16.25). Ponía en práctica lo que enseñaba a los hermanos.
    Debemos orar y pedirle ayuda al Señor como él. Tenemos que alabar y adorar como él y dar gracias a Dios en todo momento. La oración ocupa un lugar muy importante en la vida del creyente fiel. Alguien dijo que la oración es el aire nativo del creyente. Un creyente que no ora es como una persona que no respira. Padece de una apnea espiritual que afecta la salud de su alma.
    Pablo no solo oraba por sí mismo, sino también por ellos. Y, como hemos visto en el versículo 7 de nuestro pasaje, declaró que era justo sentir todo eso porque les tenía en el corazón, que es la parte más importante de nuestro ser. En el verso 8, ponía a Dios por testigo de que les amaba con el entrañable amor de Cristo, que no es un simple cariño o afecto natural, sino algo mucho más fuerte y duradero. Pablo amaba al Señor porque le había perdonado y nunca lo olvidó. También amaba al pueblo del Señor, a quienes antes había torturado y provocado para que blasfemaran. Sentía una gran gratitud hacia el Señor y le amaba a Él y a los Suyos porque le había rescatado de una vida perdida y blasfema. Como aquella mujer de Lucas 7.37-50, Pablo amaba mucho porque había sido perdonado mucho. Sabía, como David, que el Señor había perdonado todos sus pecados y rebeliones. Este conocimiento produce gratitud y amor en nosotros, porque la Palabra dice: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Jn 4.19).    
    En los versos 9-11 el apóstol pedía que el amor de ellos abundara más y más, y observa cómo: “en ciencia y en todo conocimiento” (v. 9). No es un amor ciego, sólo una emoción pasajera o sin fundamento. Es importante conocer la Biblia, así crecemos en el conocimiento de Dios y esto afectará nuestra vida y nuestro amor. Un amor analfabeto no sirve en las cosas de Dios. En el versículo 10 indica que ese amor con conocimiento es para que aprobemos lo mejor, no todo, no cualquier cosa, sino lo mejor. En el versículo 11 vemos el resultado – los que así hacen serán llenos de frutos de justicia. Esto es, el fruto del Espíritu, el fruto de una vida de comunión y obediencia, lo que agrada a Dios. Es “por medio de Jesucristo” porque como Él dijo: “separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15.5). Cuando cultivamos la comunión con Cristo, y crecemos en el conocimiento de Él por medio de Su Palabra, el resultado es fruto espiritual, y eso, como dice al terminar el versículo 11, es “para gloria y alabanza de Dios”. Que el Señor nos ayude a darle esa gloria y alabanza que viene no sólo de nuestros labios sino también de nuestras vidas. Amén.

de un estudio dado por Lucas Batalla en 2017

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  El Quinto Mandamiento

“Honra a tu padre y a tu madre”.

Dios estableció la autoridad y la responsabilidad de los padres, y Él exige que los hijos sean respetuosos y obedientes con ellos. ¡Sea honesto! ¿Alguna vez les faltó respeto a sus padres?¿Los desobedeció o engañó siquiera una vez? ¡Más bien fueron muchas veces!, ¿verdad? No se escude diciendo que todos los niños desobedecen y deshonran a sus padres, y que es solo una fase del desarrollo. Recuerde el dicho: “mal de muchos, consuelo de...”.  Además, si se trata de una fase del desarrollo, podríamos decir que es el desarrollo del pecado: la voluntad rebelde que se niega a obedecer, que planta cara a los padres y dice “¡no!”. ¿No ve que los niños no son ángeles ni inocentes? Al contrario, nacen pecadores, y no tardan mucho en ponerlo de manifiesto. 
    Piense en su propia vida: ¿acaso no ha pensado mal o ha hecho un gesto de enojo hacia su madre o su padre? Aunque lo haya disimulado, da igual, el pecado sigue ahí. El mandamiento divino es claro: “Honra a tu padre y a tu madre”, y se repite en el Nuevo Testamento (Epístola a los Efesios 6.2). No se trata de honrar solo a uno de ellos, al que más le guste o al que más le deje hacer lo que quiere, sino a los dos.  Es cierto que algunos hijos tienen más cuidado con la forma en que hablan y responden a su padre, pero no muestran la misma actitud con su madre. Otros son muy cariñosos con su madre, pero no con su padre. Eso es pecado.
    ¿Nunca ha mentido ni engañado a sus padres? ¿Nunca les ha ocultado algo que sabía que estaba mal? Eso también es faltarles al respeto y a la honra que Dios exige. Y lo mismo se puede decir acerca de los hijos que intentan manipular a los padres para salirse con la suya. Si uno de sus padres le dijo que no podía hacer algo, ¿fue luego usted a preguntar al otro aparte, sin mencionar lo que se le había dicho, buscando que le diera permiso? Eso es deshonesto y deshonra. 
    Repito, la Biblia manda: “Honra a tu padre y a tu madre”. ¿No les ha dicho “vete perdido”, “déjame en paz”, u otras cosas parecidas a sus padres? ¿No les ha desafiado diciéndoles que no les iba a obedecer, que le daba igual lo que pensaran? ¿No se ha enojado y  discutido con ellos? ¿No ha hecho muecas o gestos obscenos a sus padres a sus espaldas? ¿Les ha llamado tontos, idiotas, retrasados o cosas parecidas? ¿Les ha llamado “mis viejos” u otros nombres de forma despectiva?    

      Si no ha hecho esas cosas abiertamente, pero ha habido deshonra, desprecio, desobediencia y rebeldía en sus pensamientos o sentimientos, todavía es culpable, porque Dios ve los pecados de los pensamientos y las actitudes (Isaías 55.7; Marcos 7.21).

En algún momento, quizás siendo ya mayor de edad, ¿les ha plantado cara diciéndoles: “no soy un niño”, o “no necesito tu permiso” u otras cosas parecidas? Recuerda la exhortación Proverbios 3.1-2 a los hijos de cualquier edad:

Hijo mío, no te olvides de mi ley, y tu corazón guarde mis mandamientos; porque largura de días y años de vida Y paz te aumentarán

¿Les ha amenazado con denunciarlos si le castigan? El hecho de que en las escuelas públicas se enseñe a los niños a denunciar a sus padres es un índice de perdición para una sociedad que antepone sus “derechos personales” a la Ley de Dios. Y si usted, como adulto, ha enseñado o animado a los jóvenes a denunciar a sus padres, o si, como joven, los ha denunciado por corregirlo, entonces ha quebrantado la Ley de Dios.

“Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas largos años en la tierra que Yahvé, tu Dios, te da”  (Éxodo 20.12 Biblia de Jerusalén). 

“¡Maldito quien deshonre a su padre o a su madre!” (Deuteronomio 27.16 Biblia de Jerusalén). 

    No se puede limitar eso a los tiempos del Antiguo Testamento. En el Nuevo Testamento Jesucristo dijo:

“Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente” (Evangelio según San Mateo 15.4). 

    Además, el Nuevo Testamento enseña que los que son “desobedientes a los padres” son dignos de muerte, pues es un pecado grave (Epístola a los Romanos 1.30, 32). La ofensa de “desobedientes a los padres” aparece en la misma lista que “fornicación”, “perversidad” y “homicidios”.
    ¿Siempre actuó tal y como sus padres exigieron, al cien por cien, sin ninguna queja, como un hijo perfecto, leal, amable y respetuoso? ¿Solo obedeció cuando ellos lo veían, o también cuando no podían verle? ¿Siempre ha sido amable y respetuoso? Si no es así, entonces ha incumplido el quinto mandamiento.  
 

 

                                                  ¡Cupable!  

 

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Además de los textos arriba citados, los siguientes versos muestran que Dios toma mucho más en serio que muchos padres la actitud y el comportamiento de sus hijos. No debemos seguir el modelo del mundo impío, sino el de Dios (Ro. 12.1-2). 

“Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre” (Proverbios 1.8).

“Guarda, hijo mío, el mandamiento de tu padre, y no dejes la enseñanza de tu madre; átalos siempre en tu corazón, Enlázalos a tu cuello” (Proverbios 6.20-21).

“Oye a tu padre, a aquel que te engendró; y cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies” (Proverbios 23.22).

Hay generación que maldice a su padre y a su madre no bendice. Hay generación limpia en su propia opinión, si bien no se ha limpiado de su inmundicia (Proverbios  30.11-12).

El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águila (Proverbios 30.17).     

“El que hiriere a su padre o a su madre, morirá...  Igualmente el que maldijere a su padre o a su madre, morirá (Éxodo 21.15, 17).

Cada uno temerá a su padre y a su madre (Levítico 19.3). 

Todo hombre que maldijere a su padre o a su madre, de cierto morirá; a su padre o a su madre maldijo; su sangre será sobre él (Levítico 20.9).

Y la hija del sacerdote, si comenzare a fornicar, a su padre deshonra; quemada será al fuego (Levítico 21.9).

Si alguno tuviere un hijo contumaz y rebelde, que no obedeciere a la voz de su padre ni a la voz de su madre, y habiéndole castigado, no les obedeciere; entonces lo tomarán su padre y su madre, y lo sacarán ante los ancianos de su ciudad, y a la puerta del lugar donde viva; y dirán a los ancianos de la ciudad: Este nuestro hijo es contumaz y rebelde, no obedece a nuestra voz; es glotón y borracho. Entonces todos los hombres de su ciudad lo apedrearán, y morirá; así quitarás el mal de en medio de ti, y todo Israel oirá, y temerá (Deuteronomio 21.18-21).

Maldito el que deshonrare a su padre o a su madre. y dirá todo el pueblo: Amén (Deuteronomio 27.16).

El necio menosprecia el consejo de su padre; Mas el que guarda la corrección vendrá a ser prudente (Proverbios 15.5).

El hijo sabio alegra al padre; mas el hombre necio menosprecia a su madre (Proverbios 15.20).

El hijo necio es pesadumbre de su padre, y amargura a la que lo dio a luz” (Proverbios 17.25).

El que roba a su padre y ahuyenta a su madre, es hijo que causa vergüenza y acarrea oprobio. Cesa, hijo mío, de oír las enseñanzas que te hacen divagar de las razones de sabiduría (Proverbios 19.26-27).

Al que maldice a su padre o a su madre, se le apagará su lámpara en oscuridad tenebrosa (Proverbios 20.20). 

El que roba a su padre o a su madre, y dice que no es maldad, compañero es del hombre destruidor” (Proverbios 28.24).

“... habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno... (2 Timoteo 3.2-3). 

Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa, para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra
(Efesios 6.1-3).

Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor (Colosenses 3.20).

Los padres deben responder bíblicamente a los pecados de actitudes y hechos de sus hijos:

“Porque yo también fui hijo de mi padre, delicado y único delante de mi madre.Y él me enseñaba, y me decía: Retenga tu corazón mis razones, guarda mis mandamientos, y vivirás” (Proverbios 4.3-4).

“El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige” (Proverbios 13.24).

“Corrige a tu hijo, y te dará descanso, y dará alegría a tu alma” (Proverbios 29.17).

“... que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad” (1 Timoteo 3.4).

La única solución: Arrepentimiento y confesión:

Cualquier hijo o hija que ha desobedecido y deshonrado a Dios y a cualquiera de sus padres, no tiene perdón hasta que se vuelva arrepentido y humildemente reconocehe pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo (Lucas 15.21). No hay otro camino de restauración y bendición. Pecar contra los padres es pecar contra Dios.