La Importancia de la Separación
¿Qué significa estar separados de los incrédulos, tal y como se nos dice en 2 Corintios 6.17? Obviamente, no puede significar que los cristianos no deban reunirse, hablar, comer, trabajar o convivir con quienes no lo son. ¡Eso requeriría un aislamiento y una segregación totales en colonias autónomas de algún tipo! ¡Eso requeriría un aislamiento y una segregación totales en colonias autónomas de algún tipo! Además, el Señor Jesús ha mandado a Su pueblo que vaya por todo el mundo y predique el evangelio (Mr. 16.15), y la forma más eficaz de presentar el evangelio a los incrédulos es mostrarles en la vida cotidiana sus características.
Ser separados significa ser diferentes; vivir entre la gente, pero ser distintos de ellos; acercarnos a ellos sin identificarnos con ellos en cuanto a objetivos, hábitos, asociaciones o compañerismo. Significa no tomar nunca un “yugo desigual”, un término bíblico (2 Co. 6.14) que exploramos a continuación.
El mejor ejemplo de lo que debemos ser en esto, como en todo lo demás, es nuestro Señor Jesucristo. Lea de nuevo los Evangelios para ver cuán separado y diferente era Él como Hijo y Siervo de Dios, y sin embargo cuán cerca se encontraba de las personas pecadoras, necesitadas y cansadas de Su época.
Diferencias importantes
Existen diferencias fundamentales entre las personas que son salvas y las que no. En el momento de su conversión, los creyentes en Cristo obtienen una nueva vida, una nueva esperanza, un nuevo destino, una nueva condición ante Dios y un nuevo Señor al que servir, el Señor Jesucristo. Todo esto contrasta radicalmente con lo que tienen las personas no convertidas. 2 Corintios 5.17 lo expresa así: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.
Mientras vivimos en este mundo y nos relacionamos con los incrédulos, es muy importante que estas diferencias se hagan evidentes, ya que hemos sido enviados al mundo para servir a nuestro Salvador y señalar a los demás hacia Él. “Somos embajadores en nombre de Cristo” (2 Co. 5.20), y como todos los embajadores, pertenecemos a un “país” diferente (Fil. 3.20) al que servimos. No debemos integrarnos en el mundo, dejarnos absorber por él ni conformarnos a él, porque de lo contrario nuestra labor como embajadores se verá sofocada y negada. Entonces seremos incapaces de representar adecuadamente a nuestro Rey y a nuestro país.
En Romanos 12.1-2 se nos exhorta, como creyentes, a presentar nuestros cuerpos a Dios como sacrificio vivo, haciendo Su voluntad en este mundo con una mente transformada y renovada, sin conformarnos de ninguna manera con el mundo, ya sea en pensamientos, palabras, prioridades, obras, hábitos, costumbres o actividades.
El Señor Jesús dijo que Sus discípulos estarían “en el mundo” (Jn 17.11), pero no “del mundo” (v. 16), tal como Él mismo lo estaba. Él era “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (He. 7.26), y sin embargo, mientras estaba en el mundo, cuán accesible era para todo tipo de pecadores. Muchos fueron bendecidos por haber estado en contacto con Él, porque era diferente y estaba separado de ellos, pero sin estar fuera de su alcance. Nosotros también debemos estar separados y marcar las diferencias, pero ser accesibles para quienes buscan la verdad.
En 2 Corintios 6.14, se utiliza una metáfora interesante para expresar esta idea: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos”. Un yugo es una barra de madera que se coloca sobre los hombros de dos animales, normalmente bueyes o caballos, para que puedan realizar juntos una tarea que no podrían realizar por separado. Sin embargo, el éxito de la operación dependía de la compatibilidad entre ambos animales.
Por tanto, la Escritura, tan sensata como siempre, prohibía yugar un buey con un asno (Dt. 22.10). ¡No es difícil predecir el resultado de este yugo desigual! Las diferencias en el temperamento, la energía, la estructura física y el tamaño de los animales significarían que el trabajo no se haría bien, si es que se hacía. Los animales tirarían de manera diferente e incluso en direcciones opuestas. El yugo se convertiría en una fuente de irritación y dolor, y sería un obstáculo para ambos.
traducido de Focus On Separation, autor desconocido
continuará, d.v. en el número siguiente
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Peligros Pastorales
por Stephen Hulshizer (1941-2019)
viene del número anterior
A menudo los siervos de Dios en la asamblea son el objeto de las quejas y el enojo del pueblo descontento. Moisés es un excelente ejemplo de esto. La nación de Israel llegó a un lugar donde no había agua. Números 20:2-3 relata el caso.
“Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón. Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová!”
No fue la primera vez que se quejaban así. Suele suceder que cuando las cosas van bien, nadie dice nada, pero cuando vengan los tiempos difíciles, inmediatamente culpan a los líderes. Así fue este caso. No se acordaron de que llegaron a ese lugar siguiendo la nube de la presencia divina. Culparon a Moisés y Aarón, pero ellos no produjeron ni movieron la nube, sino solo la siguieron. Sin duda Moisés y Aarón sintieron frustración ante las constantes murmuraciones y críticas del pueblo. Su primera reacción fue buena:
“Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros” (Nm. 20:6).
Dios se les apareció y mandó a Moisés a tomar la vara, reunir la congregación, hablar a la peña a vista de ellos, prometiendo que daría agua al pueblo. Hicieron como Dios mandó, excepto que en su frustración Moisés golpeó la peña dos veces. Su lenguaje manifestó su frustración con el pueblo. “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?” (Nm. 20:10). Su frustración produjo ira, y su ira produjo desobediencia.
Cuán diferente es el ejemplo del Señor Jesucristo. Muchas veces Sus discípulos eran torpes, impulsivos y tardos para oír y entender. Sin embargo, Él seguía tratándoles con gracia y paciencia, ¡y así hace ahora con nosotros! En una ocasión, después de alimentar a los cinco mil, quiso alimentar a otra multitud de cuatro mil. Los discípulos preguntaron: “¿De dónde tenemos nosotros tantos panes en el desierto, para saciar a una multitud tan grande?” (Mt. 15:33). Todavía no habían aprendido. Nosotros, como los doce, somos a veces tan lentos, pero Él sigue trabajando con nosotros.
A veces expresó Su desaprobación de la falta de comprensión de ellos. En Mateo 15:16 pregunto: “¿También vosotros sois aún sin entendimiento?” En Mateo 16:9-11 dijo:
“¿No entendéis aún, ni os acordáis de los cinco panes entre cinco mil hombres, y cuántas cestas recogisteis? ¿Ni de los siete panes entre cuatro mil, y cuántas canastas recogisteis? ¿Cómo es que no entendéis que no fue por el pan que os dije que os guardaseis de la levadura de los fariseos y de los saduceos?”
Después de alimentar a los cuatro mil, los discípulos todavía no entendieron y el Señor exclamó:
“¿Qué discutís, porque no tenéis pan? ¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís? ¿Y no recordáis?... ¿Cómo aún no entendéis?” (Mr. 8:17-18, 21).
Pero no les abandonó ni dejó de enseñarles. También los ancianos pueden cansarse de repetir las mismas enseñanzas, y de contestar las mismas preguntas. Pero deben perseverar enseñando y guiando fielmente. Aunque como seres humanos que son, sientan frustración e irritación no deben ceder a esas cosas sino dejar que el Espíritu Santo les llene y guíe. Pablo dijo a Timoteo:
“Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen...” (2 Ti. 2:24-25).
“que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Ti. 4:2).
Que el Señor aliente los corazones de los hermanos que sirven como ancianos, especialmente cuando tengan que tratar con un pueblo que murmura y chismea. Concédales el Señor la gracia para ser sufridos y pacientes en situaciones que suelen provocar la frustración.
continuará, d.v. en el siguiente número
del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea
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Distinciones Importantes entre
el Cuerpo de Cristo y una Asamblea Local
Norman Crawford
viene del número anterior
Distinciones entre el Cuerpo y una Asamblea
Ya hemos afirmado que “el cuerpo de Cristo” y una asamblea son cosas distintas. Si las comparamos veremos en seguida que la primera diferencia es quién está en cada uno de ellos. Solo personas verdaderamente salvas están en el Cuerpo. Las asambleas enseñan que “todos los que habían creído estaban juntos” (Hch. 2:44), y que ninguna persona no regenerada debe estar en una asamblea, sin embargo, han entrado personas inconversas. No sería difícil demostrar que muchos de los que son verdaderos miembros del cuerpo de Cristo nunca estuvieron en una asamblea, y por otra parte, algunos de los que han estado en una asamblea nunca estuvieron en el cuerpo (Gá. 2:4). También hay una diferencia en el tiempo de entrar en cada uno, la manera de entrar en cada uno, y la manera de mantenernos en cada uno.
Similitudes entre el Cuerpo y una Asamblea
Hay muchas similitudes entre el cuerpo de Cristo y una asamblea.
1. El Cuerpo
A. La iglesia (Ef. 1:22)
B. El cuerpo (Ef. 4:12)
C. Un templo santo (Ef. 2:21)
D. Una Morada (Ef. 2:22)
E. El Rebaño (Jn. 10:16)
Son semejanzas muy importantes y nos indican claramente que una asamblea es una expresión del “cuerpo”. La verdad de un solo cuerpo es muy preciosa. Es un tema principal en las epístolas de Efesios y Colosenses. Está muy relacionado con la verdad de la asamblea. Si se nos pidiera explicar por qué una asamblea debe estar unida y manifestar unidad especial en todas las relaciones de los hombres con sus prójimos, usaríamos las Escrituras para enseñar la unidad del cuerpo de Cristo (Ef. 4:4-6; 1 Co. 10:17; 12:13). La comunión de una asamblea es la expresión de una comunión más amplia. En la asamblea se ve la práctica de la unidad del cuerpo.
Muchos han ido un paso más para decir que la asamblea es un duplicado, una copia exacta del cuerpo, o que es el cuerpo en miniatura, un microcosmo, de modo que todo lo que es verdad acerca del cuerpo también lo es de la asamblea, excepto que la asamblea tiene una escala reducida. Pero la Biblia no enseña esto.
Distinciones Significativas
1. “El cuerpo” es espiritual, y las verdades relacionadas con él son posicionales. Una asamblea es geográfica, y las verdades relacionadas con ella son prácticas (Ef. 1:22-23; 1 Co. 1:1-2).
2. Entramos en “el cuerpo” en el momento de la conversión, pero el patrón para entrar en una asamblea es que después de la conversión los creyentes deben bautizarse y entonces son añadidos a la comunión de la asamblea (1 Co. 12:13; Hch. 2:41-42).
3. En “el cuerpo” no hay varón ni hembra (Gá. 3:28), pero en una asamblea hay muy claras distinciones entre varones y mujeres (1 Co. 11:1-16; 14:34; 1 Ti. 2:12-15).
4. Damos gracias a Dios que ningún creyente puede ser separado del “cuerpo” (Ro. 8:38-39). Pero puede ser necesario sacar a una persona de una asamblea (1 Co. 5:11).
5. “El cuerpo” en Efesios es llamado “mi iglesia” por Cristo en Mateo 16:18. Nada falso puede entrar ahí, ni puede Satanás prevalecer contra ella. En cambio, lobos rapaces pueden entrar en una asamblea (Hch. 20:29), y Satanás puede corromperla (2 Co. 11:1-3).
6. Hay perfecta unidad en “el cuerpo” (Ef. 4:4), pero una asamblea puede ser dividida por disensiones (1 Co. 3:3).
7. La novia será presentada, sin falta, santa y sin mancha (Ef. 5:25-27), pero una asamblea puede ser quitada en juicio (Ap. 2:5).
8. La esposa será eternamente (Ap. 21:1-2), pero una asamblea continua solo “hasta que él venga” (1 Co. 11:26; Ap. 2:25).
9. Nunca está presente todo “el cuerpo” en un lugar hasta que venga el Señor y se reúna con Él (2 Ts. 2:1). Pero toda una asamblea debe congregarse regularmente (1 Co. 14:23; He. 10:25).
10. El Señor Jesús dijo: “Edificaré mi iglesia” (Mt. 16:18), pero Pablo dijo que los hombres edifican una asamblea y que él mismo era perito arquitecto (1 Co. 3:10).
Se podría apuntar más distinciones, pero con éstas tenemos bastante para enfatizar las diferencias. De esas claras distinciones debemos sacar ciertas conclusiones. Primero, creemos que muchos amados hermanos han comprendido la gran verdad de “un cuerpo”, pero todavía no han comprendido las distinciones entre él y una asamblea. Dios ha dado a los hombres la responsabilidad de mantener la pureza de una asamblea, pero Cristo guarda sin mancha a la novia (aspecto futuro de la iglesia) en virtud de Su sangre. Entramos en “el cuerpo” como pecadores totalmente indignos que solamente merecen el juicio eterno del Dios santo. Pero un creyente entra en la comunión de una asamblea cuando da evidencia de vida nueva en Cristo.
La Recepción Mutua
Debe estar claro a todos los que entienden la verdad de la comunión, que una asamblea recibe al creyente y que ese creyente también recibe a la asamblea. A eso el finado señor Fisher Hunter lo llamó “la recepción mutua”. Si recibimos a personas que no reciben a la asamblea, llámese como se llame, eso no es comunión. Lucas 5:10 describe a Jacobo y Juan como “compañeros” de Simón –eso es– socios suyos en el negocio. La palabra “compañeros” viene de la misma palabra traducida como “comunión”, (gr. koinonos – socio, compañero, colaborador) y sugiere que esa comunión es una colaboración completa y bilateral. No es casual, ocasional, ni unilateral ni con doblez.
continuará, d.v. en el siguiente número
Norman Crawford. capítulo 3 de su libro, Congregados A Su Nombre, Libros Berea
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¿El Pecado Se Hereda o Se Transmite?

“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores...” (Ro 5.19).
Si el pecado se hereda significaría que seriamos víctimas inocentes al pecar, como lo es un alcohólico que posee una predisposición genética hacía el alcoholismo. Muchas enfermedades son genéticas e inevitablemente nos enfermaremos por ello. Sin embargo, la verdad bíblica es que no hemos heredado el pecado de Adán, sino su naturaleza caída. Nadie de nosotros es culpable del pecado cometido por Adán, sino que somos culpables de nuestro propio pecado, y pecamos porque somos pecadores. Es decir, un niño no se hace pecador porque peca, sino que peca porque es pecador. Cada uno nace bajo pecado con una naturaleza pecaminosa (Sal. 51.5; 58.3).
“No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán...” (Ro. 5.14).
Todos nacemos separados de Dios y unidos a Adán. Cuando él pecó, allí estábamos todos pecando junto con él (Ro. 5.18-19). Él nos ha transmitido la capacidad de pecar, no el pecado que cometió sino la naturaleza contaminada y la habilidad para pecar.
¿Pero como sucedió esto si aún no existíamos?
Cuando Dios creo a Adán lo formó con la capacidad de abstenerse de pecar y también con la capacidad de poder pecar, lo que llamamos libre albedrío, por eso Dios le dio un mandamiento sobre el árbol del bien y del mal (Gn. 2.16-17). Cuando desobedeció perdió la capacidad de abstenerse y nos comunicó a todos la imposibilidad de no pecar, quedando todos inclinados al mal, “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5.12). Así que, Romanos 3.23 afirma que nuestra historia y condición es: “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. “Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores” (Ro. 5.19).
Esto no es herencia sino un estado de esclavitud al pecado (Ro. 6.16-18). Fuimos así constituidos pecadores, “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Ecl. 7.20).
Este vocablo “constituir” (Ro. 5.19) significa escoltar, conducir, ser hecho como tal. El pecado de Adán como cabeza federal de toda la humanidad dejó a todos bajo pecado, “... pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado” (Ro. 3.9). Esto quiere decir que somos responsables, no víctimas, ya que si hubiésemos existido junto con Adán habríamos hecho lo mismo. De no ser así existirían algunos con la capacidad de abstenerse del mal y que no pecarían, pero esto es imposible pues todos hemos perdido la capacidad de abstenernos de pecar, “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3.23; véase también Ro. 7.17)
Entonces no hemos heredado una enfermedad que se llame pecado, sino que hemos perdido la facultad de no pecar y hemos quedado todos bajo condenación (Jn. 3.18-19). Dios enfáticamente declara, “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3.10-12).
Por esto la necesidad de la muerte de Jesucristo, “... así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Ro. 5.19). Este verbo “serán” significa que para ser escoltados a la condición de justo necesitamos ejercer fe en la obra del Señor que libera del pecado. Él fue hecho pecado para librarnos de la esclavitud del pecado y darnos la capacidad de abstenerse de pecar por el poder
del Espíritu Santo, “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gá. 5.24). Nunca dejaremos de pecar totalmente en esta vida, pero podremos retroceder frente a la tentación de pecar, si andamos en el Espíritu (Ro. 8.13).
Camilo Vásquez Vivanco
Camilo y su esposa Jéssica sirven al Señor en Chile,
y viven en Castro de la Isla de Chiloé.
Oremos por ellos y su ministerio.
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"No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas...” (Dt. 18.10-12).
Solo Dios conoce el futuro. Debes decir con el salmista: “En tu mano están mis tiempos” (Sal. 31.15), y dejarlo así. Además, el Señor nos prohíbe consultar el futuro a cualquier otra cosa o persona excepto la Biblia. Los que amamos al Señor podemos confiar en Él en lo referente al futuro. Él nunca nos abandonará. Sus misericordias son nuevas cada mañana (Lam. 3:23). Esto significa que Él siempre te amará y buscará tu bien. Nunca se equivocará, nunca te hará mal ni te abandonará. Lee también el Salmo 23, Juan 14.1-3 y Apocalipsis 21.1-22.5 y verás el futuro que te espera como creyente.
Los del mundo muchas veces curiosean en cosas como dice una canción popular: “Salud, dinero y amor”. Pero si eres creyente y discípulo del Señor Jesucristo, no te corresponde el leer los horóscopos (ni aun por curiosidad), consultar las cartas de Tarot, jugar con “oija”, escuchar los programas de radio acerca de cosas como “la cuarta dimensión”, ir a curanderos, ni consultar a los adivinos. No debes jugar con cosas como leer lineas de la mano, la numerología, adivinar por hojas de té o péndulo de cuerda. Ni te involucres en el yoga o la meditación transcendental, ni uses las estampas de santos, los amuletos o talismanes (aunque sean los adornos de moda).
Querido creyente, tu libro es la Biblia, porque en ella Dios te habla. Le hablas en oración, y Él te responde a través de Su Palabra. Léela, conócela toda, domínala y sabrás todo lo que necesitas. Deja lo oculto para los que no tienen la luz. Gózate con lo que Dios te ha dado: ¡Su Palabra! “Lampara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 119.105).
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EL DÉCIMO MANDAMIENTO
“No codiciarás”
"No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo". Éxodo 20.17
Este mandamiento menciona un pecado que se comete muchas veces en lo más recóndito de la mente. Se ha dicho que de todos los pecados, este es el menos confesado. Sin embargo, todos lo cometemos, pues está presente en nuestros deseos y pensamientos. Incluso el apóstol Pablo admitió haberlo cometido (véase la Epístola a los Romanos 7.7-8).
Al ser un pecado de deseos y pensamientos, se puede cometer de forma oculta y desapercibida en cualquier lugar. Es el pecado de la actitud que no se conforma con lo que se tiene, sino que desea tener más, sobre todo cuando se ve lo que tienen los demás. Podría debatirse si se comete más en países ricos o pobres, ya que los ricos ven más cosas que codiciar, pero los pobres envidian la vida y las posesiones de los ricos constantemente. Suelen envidiar y criticar a los ricos, pero luego codician su forma de vida y sus posesiones, por lo que, además de codiciosos, son hipócritas.
La codicia no es el materialismo, sino un deseo, una actitud. El presidente de una multinacional y uno que no tiene más que una manta sucia y duerme en la calle pueden ser igual de codiciosos. La mujer que lava la ropa a mano en un arroyo y la que vive en un chalet de lujo pueden ser igual de codiciosas.
La codicia está relacionada con el pecado de amar al mundo y a las cosas que hay en él. Quienes aman así al mundo, no tienen el amor del Padre en ellos, por religiosos que sean (Primera Epístola de S. Juan 2.15-17). ¡Fíjese hasta dónde se puede llegar! Alguien puede estar sentado en una capilla o templo, supuestamente pensando en las cosas de Dios, ¡y ahí mismo codicia algo que tiene la persona que está a su lado! ¿Nunca ha envidiado el dinero, la casa, la popularidad o la posición de otra persona? Dicen que la envidia es el pasatiempo nacional, y casi nadie lo discute, más bien, ¡casi parece ser un deporte!
¿Nunca ha deseado a la mujer de otro ni al marido de otra? ¿Nunca ha deseado lo que tienen otras personas, su ropa, su casa, su coche, sus electrodomésticos, su trabajo, su sueldo, su reconocimiento, su oficio, su suerte, su cuerpo o su pelo? Todas estas cosas y otras semejantes son fruto del pecado de la codicia y rompen los Diez Mandamientos.
Algunos protestan: “¿Qué más da?”, ya que, en su opinión, codiciar no hace daño a nadie, así que ¿para qué criticarlo y denunciarlo? Alegan que solo aspiran a una vida mejor y que eso no es malo. Les parece un mandamiento muy severo y se niegan a confesar la codicia como pecado. Sin embargo, la codicia es síntoma de un corazón ingrato y descontento. ¡Qué joya más rara es la del contentamiento! San Pablo declara: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento” (Primera Epístola a Timoteo 6.6). Quienes profesan las órdenes religiosas declaran tener piedad y devoción, pero hay quienes no se conforman, ya que pasan sus vidas deseando en secreto las cosas que tienen quienes están fuera del convento. Aparentan la piedad, pero no con contentamiento, sino con codicia. La piedad que se muestra por fuera pero no se siente por dentro es falsa y no sirve de nada; puede ser incluso una mentira y una hipocresía. Este mandamiento pone al descubierto nuestra insatisfacción y falta de conformidad.
La Sagrada Escritura manda: “No os afanéis” (Evangelio según S. Mateo, 6.25) y, “contentos con lo que tenéis ahora” (Epístola a los Hebreos, 13.5).
¿Ha codiciado algo alguna vez? ¿Ha sentido codicia en algún momento? Entonces, ha roto los Diez Mandamientos y no puede utilizarlos para ir al cielo, ya que estos le condenan:
¡Culpable!
Conclusión
Tras repasar los Diez Mandamientos, ¿qué tal le ha ido? ¿Realmente cree que los ha cumplido todos perfectamente durante toda su vida?
Si ha incumplido uno solo, lamento informarle de que no puede decir que guarda los Mandamientos ni utilizarlos como esperanza para ir al cielo. No se trata de una opinión personal, ya que la Biblia dice: “Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2.10).
Siendo que Dios lo dice así, ¿cuál es Su veredicto acerca de usted? ¡Culpable! Y por eso, digno de muerte: “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6.23). Esto es posible porque Jesucristo“llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2.24). Los pecadores culpables y condenados que arrepentidos confían en Él, reciben de Dios el perdón y la vida eterna.





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