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domingo, 30 de noviembre de 2025

EN ESTO PENSAD - diciembre 2025

 diciembre, 2025                                                                                                        Nº266

 ¿Era calvinista H. A. Ironside?

escribe David Dunlap

El estimado H. A. Ironside (1876-1951) predicó su primer mensaje en las calles del sur de California a la edad de 14 años. Se le conocía como el “muchacho predicador de Los Ángeles”. Más tarde se convertiría en un poderoso predicador, un prolífico autor y consejero espiritual de muchos. Escribió más de 80 libros y panfletos, y sus comentarios bíblicos ocupan 32 tomos. Era un estudioso de la Biblia y un lector ávido, pero nunca asistió a ningún seminario ni escuela bíblica. Era uno de los líderes cristianos más conocidos de su generación.(1)
     Sin embargo, a veces se pregunta si el evangelista H. A. Ironside era calvinista, o se da por sentado que lo era porque defendía algunas doctrinas que a menudo se asocian con la teología reformada, como la doctrina de la “seguridad eterna”. A esto hay que añadir que Ironside no temía utilizar los términos tal y como los utiliza la Biblia, por lo que, cuando algunos lectores se topan con términos como “predestinación” o “elección”, los interpretan como si fueran de significado calvinista.

H. A. Ironside y el calvinismo
     Ironside escribe, por ejemplo, con respecto a Juan 6.37, (2) “Dices que no crees en la elección o la predestinación. Entonces tendrás que arrancar varias páginas de tu Biblia, porque hay muchas que magnifican la gracia soberana de Dios en la elección”. Si nos detuviéramos ahí, podríamos decir: “¡Ajá! ¡Un calvinista después de todo!”. ¡Pero sigamos leyendo! Ironside continúa: 

“En ninguna parte de la Biblia se nos dice que Dios predestine antes del nacimiento a unos para la perdición y a otros para la salvación, pero las Escrituras dicen: ‘Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos’ (Ro. 8.29). Moody tenía razón cuando decía que “los que quieren son los elegidos, y los que no quieren, los no elegidos”. (3)


     Es bien sabido que H. A. Ironside defendía en algunas doctrinas consideradas calvinistas, como la seguridad de la salvación, la depravación total y la elección. Aunque a veces parecía calvinista, H. A. Ironside estaba más de acuerdo con las enseñanzas no calvinistas que con el calvinismo en lo referente a las doctrinas clave del Nuevo Testamento. Nos gustaría examinar los escritos de este respetado evangelista, maestro de la Biblia y teólogo.

La Depravación total
     El Dr. Ironside aborda esta doctrina explícitamente en su libro Illustrations of Bible Truth (“Ilustraciones de verdades bíblicas”), donde, bajo el título “Depravación total”, escribe:

“Muchos se oponen a la doctrina de la depravación total basándose en que todos los hombres son capaces de hacer algo bueno, aunque no sean salvos. Todos reconocemos el valor de la decencia en el comportamiento, de un espíritu bondadoso, de la generosidad en el cuidado de los necesitados y de otras virtudes similares. Es posible que haya muchas cosas en él que otros puedan admirar, pero es absolutamente incapaz de hacer la voluntad del Señor, ya que su corazón está completamente alejado de Dios y, por lo tanto, en lo que respecta a la santidad, es totalmente depravado. Solo el nuevo nacimiento —la regeneración mediante la Palabra y el Espíritu de Dios— puede capacitarlo para mantenerse en línea con la voluntad divina establecida en las Sagradas Escrituras. Por muy justo que pueda parecer a los ojos de sus semejantes, debido a este defecto fatal, toda su justicia es como trapos de inmundicia a los ojos de Dios”. (4)


La obra convencedora del Espíritu Santo
     Aunque Ironside se aferraba firmemente a la doctrina de la depravación total, discrepaba de los calvinistas en lo relativo a las doctrinas de la gracia irresistible y la elección incondicional. Ironside prefería los términos “la obra convencedora del Espíritu de Dios” o “la santificación del Espíritu”, términos que utiliza la propia Escritura. En cuanto a la obra convicta del Espíritu Santo en los no creyentes, escribió en su comentario sobre 1 Pedro:

“No hay nada fatalista ni arbitrario en la elección tal y como se enseña en las Escrituras. El evangelio debe predicarse a todos, y todos los que creen en él pueden estar seguros de que están entre los elegidos. A través de la santificación del Espíritu, es decir, su obra de separación, los hombres son despertados y llevados a ver su necesidad de Cristo”. (5)

     De los escritos de Ironside se desprende claramente que él sostenía la necesidad de la obra interior del Espíritu Santo en los individuos, pero también que esta puede ser resistida por los seres humanos caídos. En su obra, expone la enseñanza del Nuevo Testamento sobre la obra convicta del Espíritu Santo cuando escribe:

“En primer lugar, nadie vendría jamás a Cristo si no fuera por la obra convencedora y santificadora del Espíritu Santo de Dios. A menos que el Espíritu de Dios despierte a un hombre, a menos que el Espíritu de Dios le haga ver su condición perdida, le convenza de las tremendas verdades de las Sagradas Escrituras, ningún hombre se volverá jamás por sí mismo a Cristo. Es un hecho muy solemne, pero es un hecho.... Por otro lado, es muy posible que el Espíritu de Dios actúe con poder convicto en el corazón del hombre y, sin embargo, que este haga lo que hicieron los judíos en los días de Esteban. De ellos está escrito: ‘Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo’ (Hch. 7.51).

     Por lo tanto, es posible ser convencido por el Espíritu y, sin embargo, resistirse al Espíritu. Pero debe haber la obra convencedora del Espíritu de Dios o nadie vendría jamás a Cristo”. (6) 

continuará, d.v., en el número siguiente

NOTAS:

1. Nota del editor: de joven adulto, William MacDonald servía al hermano Ironside y aprendía de él (como un buey joven con un buey viejo). Tras la Segunda Guerra Mundial, se hizo cargo de la librería cristiana de Ironside en Oakland (California) y lo acompañaba a las reuniones y conferencias de la zona.

2.  H. A. Ironside, Addresses on the Gospel of John (“Discursos sobre el Evangelio de Juan”) Loizeaux Brothers, Neptune, NJ, 1959, págs. 251-252

3. H. A. Ironside, Addresses on the Gospel of John (“Discursos sobre el Evangelio de Juan”) Loizeaux Brothers, Neptune, NJ, 1959, p 252 

4. H. A. Ironside, Illustrations of Bible Truth (“Ilustraciones de Verdades Bíblicas”), Moody, Chicago, IL, 1945), p. 95

5. H. A. Ironside, Addresses on the First Epistle of Peter (“Discursos sobre la Primera Epístola de Pedro”) Loizeaux Brothers, Neptune, NJ, 1980, p. 14

6. H. A. Ironside, Addresses on the Second Epistle to the Corinthians (“Discursos sobre la Segunda Epístola a los Corintios”) Loizeaux Brothers, Neptune, Nueva Jersey, 1954, págs. 40-41 

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Cristo, el gran médico

Texto: Isaías 35.1-6

El Señor Jesús está infinitamente por encima de todos los demás médicos, ya que durante Su vida terrenal nunca fue derrotado por ninguna enfermedad. No necesitaba hacer largas pruebas ni diagnósticos para descubrir qué le pasaba a cada persona, sino que sabía al instante cuál era el problema cuando se le presentaba un caso. De hecho, conocía todos los detalles del historial médico de cada persona sin necesidad de consultar los registros.
    Como el Dios creador mismo, Él recorrió Israel ejerciendo la máxima compasión por Su criatura, el hombre, y dispensando curaciones sin costo alguno a Sus pacientes. Las complejidades de la vista, el oído y el habla, productos de Su diseño, de modo que Él sabía exactamente qué estaba mal, fueron restauradas en muchos. Incluso el hombre nacido ciego, que quizá necesitaba ojos nuevos (Jn. 9.6), fue completamente restaurado.  Los cojos recuperaron la movilidad de las extremidades sin necesidad de aprender a caminar ni de someterse a largas sesiones de fisioterapia.  Una vez curados, no solo podían caminar, sino que también podían correr y saltar. La lepra, como tantas otras enfermedades, aislaba a quienes la padecían, pero Él podía llegar hasta ellos y curarlos por completo. Estamos seguros de que aquellos a quienes curó podían mirar la carne y las extremidades restauradas que antes habían sido literalmente devoradas, y ver de nuevo la carne como la de un niño pequeño (2 R. 5.14). A menos que hubiera circunstancias especiales en las que tal vez fuera necesario alimentar la fe, todas sus curaciones eran instantáneas. Los tiempos de curación se comprimían en un instante. Incluso podía curar a distancia, sin haber visto al paciente.
    Lo único que se requería de los enfermos o de sus familiares, era el ingrediente esencial de la fe. Esto tiene un significado para nosotros hoy en día, ya que podemos identificarnos con el hombre cuyo hijo estaba poseído por un demonio: “Creo; ayuda mi incredulidad” (Mr. 9.24). Todo esto nos lleva al día en que se cumplirá por fin la profecía de Isaías 35, cuando se eliminarán todas las consecuencias tristes del pecado que sufren los hombres. Entonces llegará el maravilloso y anhelado día de Su llegada en gloria y la inauguración del Reino de los Cielos sobre esta tierra enferma de pecado.
      El dolor y los suspiros desaparecerán, y habrá alegría y gozo. Isaías 35.10 promete: “Y los redimidos de Jehová volverán, y vendrán a Sion con alegría; y gozo perpetuo será sobre sus cabezas; y tendrán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido”.

Howard Coles, Coleford, Inglaterra, traducido del libro Day By Day Christ Foreshadowed  

(Día A Día, Cristo Presagiado) lectura del 17 de septiembre, Precious Seed Publications

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 La Navidad: Una Tradición y Celebración

 Establecidas por el Papa

Lucas 2.8 informa de que los pastores “velaban y guardaban” (gr. agrauleo), es decir, posaban, incluso de noche, “alojándose en un redil en un campo” (Vine). Esto indica que Cristo no nació en diciembre, ya que, debido a las inclemencias del tiempo invernal, los rebaños se recogían en octubre y no salían de nuevo hasta la primavera. Esa temporada todavía hoy es de nieve, viento y temperaturas bajas en Israel. ¿Cómo, pues, se llegó a celebrar el nacimiento de Jesucristo en diciembre? Un artículo de la revista National Geographic explica: 

“El mismo 25 de diciembre ya era una fecha de celebración para los romanos. En esta ocasión festejaban el Sol Invictus, un culto a la divinidad solar asociado al nacimiento de Apolo, dios del Sol... El emperador Constantino, encargado de establecer de forma oficial la fecha para la conmemoración del nacimiento de Jesús en el Imperio Romano, actuó con el apoyo del pontífice del momento: el papa Julio I. La jerarquía católica fijó la Navidad el 25 de diciembre, una fecha arbitrariamente escogida para favorecer la conversión de los paganos”.

    Pese a que sean ciertas estas cosas, hoy en día, pocos tienen la convicción o la fuerza moral necesaria para efectuar un cambio. Es más fácil dejarse llevar por la corriente, por el sentimentalismo, e intentar “cristianizar” algo que carece de base bíblica.

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 Peligros Pastorales

Stephen Hulshizer (1941-2019)

viene del número anterior


2. La Timidez

Al principio de 1 Samuel 10, Saúl fue ungido en privado por Samuel, para ser rey de Israel. Luego en el mismo capítulo Samuel convocó al pueblo para presentarle públicamente. Hizo pasar delante suyo a las tribus y familias para manifestar la elección divina de Saúl. Pero cuando llamaron a Saúl, “le buscaron, pero no fue hallado” (1 S. 10.21). Tristemente, después de que el Señor le había indicado, Saúl se escondió “entre el bagaje” (v. 22).
    A primera vista uno podría pensar que eso solo era su humildad, pero realmente era temor – la timidez. De modo similar, es posible que el Espíritu Santo prepare a uno como anciano (Hch. 20.28) –como solo Él puede hacer– pero que luego ese hermano se niega, o evade la responsabilidad. 
    ¿Podría ser que muchos ancianos fallan así, y no hacen la obra porque les falta convicción de que el Señor los ha levantado para esa obra tan importante? La falta de convicción conducirá a temeridad e ineficacia. Pueden preocuparse por su comodidad, o desear tanto ser amigos de todos, que no actúen como deben. Pero si Dios le ha levantado para servir en este ministerio, debería avanzar con denuedo santo, ponerse en la brecha y servir. 
     Para servir al Señor, es necesario el temor de Dios, no el del hombre. “El temor del hombre pondrá lazo” (Pr. 29.25). Hay que ser valiente en las cosas de Dios. 
     Moisés tuvo que reprender a Faraón. Un varón de Dios tuvo que reprender al sumo sacerdote Elí (1 S. 2.27). Samuel reprendió al rey Saúl (1 S. 15). El profeta Natán tuvo que reprender al rey David (2 S. 12.7). Elías reprendió al rey Acab. Reunió a todo Israel sobre el monte Carmelo para una confrontación con los profetas de Baal. Jeremías tuvo que ponerse en el templo y denunciar en nombre de Jehová a los que entraban a adorar (Jer. 7-10). Cuando Dios le llamó a servir, le dijo: “No temas delante de ellos” (Jer. 1.8, 17). “Pelearán contra ti” (Jer. 1.19). Al profeta Ezequiel le dijo: “no los temas, ni tengas miedo delante de ellos, porque son casa rebelde” (Ez. 3.9). Juan el bautista tuvo que reprender a Herodes y Herodías por su matrimonio adúltero (Mt. 14.4), “no te es lícito tenerla”. Servir a Dios no es fácil. Serle fiel, anunciar y ejecutar Su Palabra puede provocar crítica, odio y censura. Hay que hacerlo a grandes y pequeños, sin acepción de personas (Ro. 2.11). Es necesario vencer el temor del hombre con el temor de Dios. Él es el Juez, y es ante Su tribunal que todos compareceremos. 
    Cuando Pablo fue llamado a ser apóstol, no hubo demora de su parte. Claramente se identificó así: “apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios” (1 Co. 1.1; 2 Co. 1.1; Ef. 1.1; Col. 1.1; 1 Ti. 1.1). Entendía que era llamado a ser apóstol a los gentiles. Pedro también entendió su llamamiento y se identificó como “anciano” (1 P. 5.1). También exhortó a otros ancianos: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto” (1 P. 5.2). No les consiente la vacilación, sino les exhorta a actuar con ánimo pronto. 
    David, el pastor de ovejas, no manifestó timidez cuando se acercó a la batalla y vio a Goliat desafiando al pueblo de Dios y blasfemando. Como verdadero pastor, se ofreció y corrió a la línea de combate. Confiaba que la batalla estaba en las manos de Dios. 
    Pablo exhortó a Timoteo a avivar el fuego del don que había en él, recordándole que “no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti. 1.7).
    Pero también deben ser humildes, no altivos, los que el Señor llama a pastorear a Sus ovejas. Existe el denuedo con humildad. No es necesario ser bruto para ser valiente. 
    Pablo, que claramente conocía su llamamiento, también se clasificó como “el primero” de los pecadores (1 Ti. 1.15), “el más pequeño de los apóstoles” (1 Co. 15.9), y “menos que el más pequeño de todos los santos” (Ef. 3.8). Hay que ser humildes sin ser temerosos.
    La timidez es un peligro para los ancianos. Puede venir de falta de convicción de que el Espíritu Santo les haya levantado para pastorear a la grey del Señor. También puede ser porque ven su propia insuficiencia (2 Co. 2.16), y es bueno que la vean, para confiar en el Señor. Quizás algunos no creen que Dios pueda capacitarles para hacer la obra. La timidez puede ser fruto del amor propio, o de prioridades incorrectas en su vida – si pone a la carrera, la familia o la comodidad antes que el Señor.
    Ante los temores, recuerda el remedio de David. “Busqué a Jehová, y él me oyó, Y me libró de todos mis temores” (Sal. 34.4). “En el día que temo, yo en ti confío” (Sal. 56.3).                    

 continuará, d.v. en el siguiente número
del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea

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Cuando Spurgeon Se Convirtió

El 6 de enero de 1850, Dios salvó a Charles Haddon Spurgeon a la edad de 15 años. Sucedió de una manera muy inusual. Aunque había sido criado por padres y abuelos cristianos, la condición espiritual de Spurgeon era miserable. Sus oraciones parecían no recibir respuesta. Dios parecía estar distante. Su alma estaba atormentada. A continuación, transcribimos su relato de ese día, tomado de su Autobiografía.
    “A veces pienso que podría haber estado en la oscuridad y la desesperación hasta ahora si no hubiera sido por la bondad de Dios al enviar una tormenta de nieve, un domingo por la mañana, mientras me dirigía a un lugar de culto. Cuando no pude seguir adelante, giré por una calle lateral y llegué a un pequeño local de la iglesia metodista primitiva. En él había tal vez una docena o quince personas. Había oído hablar de los metodistas primitivos, de cómo cantaban tan fuerte que a la gente le dolía la cabeza, pero a mí no me importaba. Quería saber cómo podía ser salvo y, si ellos podían decírmelo, no me importaba lo mucho que me doliera la cabeza. 
    El ministro no vino esa mañana; supongo que se quedó aislado por la nieve. Por fin, un hombre muy delgado (un zapatero, sastre o algo por el estilo), subió al púlpito para predicar. Ahora bien, es bueno que los predicadores estén instruidos, pero este hombre era realmente ignorante. Se vio obligado a ceñirse a su texto, por la sencilla razón de que no tenía mucho más que decir. El texto era:

“Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” 
(Is. 45.22).

    Ni siquiera pronunciaba las palabras correctamente, pero eso no importaba.  Creí ver una esperanza para mí en ese texto. El predicador comenzó diciendo: “Mis queridos amigos, este es un texto muy sencillo. Dice: ‘Mirad’. Ahora bien, mirar no cuesta mucho esfuerzo. No hay que levantar el pie ni el dedo; solo hay que ‘mirar’. En realidad, no hace falta ir a la universidad para aprender a mirar. Puedes ser el mayor tonto y, sin embargo, puedes mirar. Un hombre no necesita ganar mil libras al año para poder hacerlo. Cualquiera puede mirar; incluso un niño puede mirar. Pero entonces el texto dice: “Mirad a mí”. 

    ¡Ay! —dijo él, con su acento de Essex—, muchos de vosotros estáis mirando en vuestro interior, pero no sirve de nada hacerlo. Nunca encontraréis consuelo en vosotros mismos. Algunos miran a Dios Padre. Pero, mirad a Él más adelante. Jesucristo dice: “Mirad a mí”. Algunos de vosotros decís: “Debemos esperar a que el Espíritu actúe”. Eso no os incumbe ahora mismo. Mirad a Cristo. El texto dice: “Mirad a mí”. Luego, el buen hombre continuó con su texto de esta manera: “Mirad a mí”; estoy sudando grandes gotas de sangre. “Mirad a mí”; estoy colgado en la cruz. “Mirad a mí”; estoy muerto y enterrado. “Mirad a mí”; resucito. “Mirad a mí”; asciendo al cielo. “Mirad a mí”; estoy sentado a la diestra del Padre. ¡Oh, pobre pecador,”Mirad a mí”, “Mirad a mí”! dice Jesucristo. 

Traducido. El artículo completo se halla en inglés en la siguiente dirección: 
https://founders.org/articles/the-remarkable-conversion-of-charles-spurgeon/

    Vemos que había pocas personas en la reunión, y quizás el único inconverso presente era el joven Spurgeon. No estaba presente el pastor, y el hombre que se levantó a predicar no tenía grandes conocimientos ni era un orador elocuente. Sin embargo, el poder está en la Palabra de Dios, pues el evangelio “es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Ro. 1.16). Así que, seamos fieles en predicar el evangelio, y no nos desanimemos por las circunstancias. Dios bendice Su Palabra y promete que ella no volverá a Él vacía (Is. 55.11).
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 “A Los Suyos”

“Y puestos en libertad, vinieron a los suyos”. Hechos 4.23


Mirando el contexto de estas palabras, es evidente que los apóstoles sintieron un gran alivio al ser “puestos en libertad”. Habían sido acusados ante el sumo sacerdote, su familia y los gobernantes, junto con los ancianos y los escribas. Gracias a los acontecimientos dramáticos relacionados con la curación del hombre cojo en la puerta del templo, quedó claro que había un poder extraordinario no solo en la predicación de los apóstoles, sino también en los hechos que la acompañaban. Vieron la audacia de Pedro y de Juan, y se fijaron en que eran personas indoctas y sin instrucción, hombres sencillos sin educación superior. No podían sino reconocer que habían estado con Jesús, ¡maravillosa recomendación! Tuvieron que admitir que se había realizado un milagro, pero aun así tomaron medidas severas para poner fin a sus actividades (v. 17). Pedro y Juan, sin embargo, estaban impulsados por una fuerza que los gobernantes no podían entender: “no podemos dejar de decir”. Así que les amenazaron, y les pusieron en libertad (v. 21). Mientras que los sacerdotes y los gobernantes murmuraban, todo el pueblo glorificaba a Dios por lo que se había hecho. “Y puestos en libertad, vinieron a los suyos”. Tenían a dónde ir. No obraban aisladamente, ni eran personas desconectadas de otras del mismo sentir. 
    Nos conviene meditar cuidadosamente estas palabras: “vinieron a los suyos”. Incluso en aquellos primeros días de la historia de la iglesia, había grupos de personas que tenían como prioridad los intereses de su Señor; estaban puestos en ciudades y pueblos como testimonio, proveyendo lugares de refugio y comunión para los santos perseguidos. Imaginamos que aquellos que fueron “puestos en libertad” sabían dónde estaba su hogar espiritual. Consideremos esta situación, y apliquemos su relevancia a la asamblea local de hoy. Es de gran valor conocer el lugar donde nos podemos reunir en armonía con creyentes del mismo sentir, y compartir su comunión con el Señor.
continuará, d.v. en el número siguiente

     por Arthur T. Shearman, traducido de Milk & Honey (“Leche y Miel”), Vol. XX, April, 2006, No. 4)

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 La Calma

La calma nos puede ser todo un desafío. Cierto día, Jesús quiso usar cinco panes y dos peces para alimentar a 5.000 hombres hambrientos, más mujeres y niños. Así que, bajo sus órdenes, “se recostaron por grupos, de ciento en ciento, y de cincuenta en cincuenta” (Marcos 6.40). Sin alboroto y sin prisa – ¡Él estaba al control! Cuando fue sepultado, lo envolvieron en 34 kilos de ungüentos y telas, y lo colocaron en una cueva con una inmensa piedra en la puerta y una guardia romana apostada afuera las 24 horas del día. ¿Cómo iba a salir? ¡Sin pánico! Él se levantó de los muertos y atravesó todo en silencio. Cuando Pedro llegó, encontró “el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte” (Juan 20.7). El Salvador incluso se tomó el tiempo de doblarlo. Él siempre hace todo con calma y orden. ¡Y así es como está trabajando en tu vida también! 

del libro Devoción a Diario, por Juan Dennison,
Publicaciones Pescadores y Libros Berea

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EL SEGUNDO MANDAMIENTO

“No te harás imagen, 
ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás”.  

Éxodo 20.4-5

El Belén (o nacimiento) del Vaticano

Este mandamiento incluye cualquier uso religioso de iconos, imágenes, esculturas de barro, piedra, madera, metal, u otros materiales. Dios lo prohíbe tajantemente. Además del texto citado anteriormente de Éxodo 20, está el de Deuteronomio 4.15-18, que en la Biblia católica dice:
    “Puesto que el día en que os habló Yavé de enmedio del fuego, en Horeb, no visteis figura alguna, guardaos bien de corromperos haciéndoos imagen alguna tallada, ni de hombre ni de mujer, ni de animal ninguno de cuantos viven sobre la tierra, ni de ave que vuela en el cielo, ni de animal que repta sobre la tierra, ni de cuantos peces viven en el agua, debajo de la tierra” (Nácar-Colunga). 
    Extrañamente, los católicos de todo el mundo creen que sus imágenes son una excepción a este mandamiento. Consideran que se refiere a imágenes paganas, no a las cristianas. Sin embargo, no existen imágenes cristianas, ya que Dios las prohíbe, y esta prohibición no se limita al Antiguo Testamento. Pero como es algo que han visto toda la vida, les cuesta creer que sea algo malo. Así, practican religiosamente lo que Dios llama pecado.
    Algunos argumentan que se trata de costumbres inofensivas de su cultura. Otros se quejan y dicen que no las adoran, sino que las veneran, y que les ayudan a recordar y a mostrar devoción. Pero deben preguntarse: ¿qué dice Dios al respecto? Al parecer, muchos no se molestan en considerar esto. La respuesta es clara y sencilla: “No te harás imágen ni ninguna semejanza...”. Por tanto, lamentablemente, cualquier uso de imágenes es exactamente lo que Dios prohíbe. 
    Pero hacen y utilizan imágenes, las ponen en plazas, en templos y capillas, en sus casas, las llevan en procesiones (especialmente en “Semana Santa”), se inclinan ante ellas y les rinden culto. Los belenes de Navidad, siempre populares, son ídolos. Besar la imágen del niño Jesús es idolatría. Todo eso es romper el segundo mandamiento. Por sincera que sea, si la tradición rompe los mandamientos de Dios, es una tradición pecaminosa. ¿Realmente te atreves a decir que muchos lo hacen y por eso no es nada malo? Recuerde el refrán: “Mal de muchos, consuelo de tontos”.
    Nadie puede negar que en el catolicismo las imágenes son una fuente de ingresos para la Iglesia y para quienes las crean y venden. En el Nuevo Testamento, los únicos que utilizaban imágenes eran los paganos, por ejemplo, los de Éfeso, Atenas y Corinto. Los santos apóstoles de Cristo denunciaron todo uso de imágenes como idolatría y vanidad, y nunca se permitió su uso en una iglesia cristiana. Considera lo que el apóstol san Pablo anunció públicamente en Atenas acerca de las imágenes: 

“No debemos pensar que la divinidad es semejante al oro, o a la plata, o a la piedra, obra del arte y del pensamiento humano. Dios, disimulando los tiempos de la ignorancia, intima ahora en todas partes a los hombres que todos se arrepientan” (Hechos de los Apóstoles 17. 29-30 Nácar-Colunga). 
    Según el texto bíblico, ¿de qué debían arrepentirse, si no era del uso de imágenes? Dios no es semejante a ellas ni puede ser representado por ninguna obra de arte, dice el apóstol en su doctrina (dogma). Por tanto, quienes tienen y usan imágenes no son cristianos apostólicos. Se parecen más a la Roma pagana que a la Iglesia cristiana de la Biblia.

    Amigo lector, ¿reconoce y se arrepiente de su  pecado de idolatría, o es un defensor acérrimo de sus tradiciones que violan la Ley de Dios? ¿Ha utilizado alguna vez una imagen con algún fin religioso, como la adoración o la veneración, o como accesorio o ayuda para ello? ¿Se ha inclinado alguna vez ante una figura, le ha rezado o la ha besado? ¿Ha servido de costalero para llevar una imagen en una procesión? ¿Tiene alguna imagen o figura, estampa o crucifijo en su casa o lugar de trabajo, o un “Sagrado Corazón” en su puerta? ¿Es usted inocente o culpable de la idolatría?  No diga que solo es su cultura.
    Quizás sea el principal pecado de las personas religiosas, pero les cuesta reconocerlo porque lo hacen de corazón y está muy arraigado en su interior. Si ha hecho o hace alguna de estas cosas, entonces no ha cumplido los Mandamientos, sino que es culpable de idolatría. Ahora bien, si reconoce su pecado, se arrepiente y confía en el Señor Jesucristo, “todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos de los Apóstoles 10.43). 
 

- - - - - - - - edición especial diciembre 2025 - - - - - - - -

             La tradición pagana que dio origen            al árbol de navidad

Ya lo ponían los babilonios

 
Roma: el árbol de navidad del Vaticano

 escribe J. M. Sadurní, especialista en actualidad histórica (Historia, National Geographic)

El cristianismo adoptó y transformó las costumbres paganas relacionadas con el culto a los árboles sagrados.
    Un profeta del siglo VII a.C. llamado Jeremías dijo que "las costumbres de los pueblos son vanidad; porque leño del bosque cortaron, obra de manos de artífice con buril. Con plata y oro lo adornan; con clavos y martillo lo afirman para que no se mueva" (Jer. 10.3-4). Jeremías se refiere a la vanidad de adorar "objetos sin valor", propia de los paganos, en vez de venerar al Señor, "el Dios verdadero".
    A pesar de que el árbol de Navidad no existiese como tal, estos versículos revelan que cortar un árbol para adornarlo o, como hacían los babilonios, para dejar regalos debajo del mismo, es una costumbre ancestral. 
    Tertuliano, a quien algunos llaman "padre" de la iglesia, y escritor que vivió entre los siglos II y III d.C., critica los cultos romanos paganos de colgar laureles en las puertas de las casas y encender luminarias durante los festivales de invierno.
    De hecho, los romanos adornaban las calles durante las Saturnales, pero fueron sobre todo los celtas quienes decoraron los robles con frutas y velas durante los solsticios de invierno.
    Era una forma de "reanimar" el árbol y asegurar el regreso del Sol y de la vegetación. Y es que desde tiempos inmemoriales, el árbol ha sido un símbolo de la fertilidad y de regeneración.
    El cristianismo (más precisamente la cristiandad) adoptó y transformó estas tradiciones paganas ante la imposibilidad de erradicarlas. Un "misionero" católico (era monje benedictino, 672-754 d.C.) llamado Bonifacio taló un árbol ante la mirada atónita de los lugareños y, tras leer el Evangelio, les ofreció un abeto, un árbol de paz que "representa la vida eterna porque sus hojas siempre están verdes" y porque su copa "señala al cielo”.
    A partir de entonces se empezaron a talar abetos durante la Navidad, y por algún extraño motivo se colgaron de los techos. Martín Lutero puso unas velas sobre las ramas de un árbol de Navidad porque, según dijo, centelleaban como las estrellas en la noche invernal.
    Esta costumbre se fue generalizando y actualmente dos ciudades bálticas se disputan el mérito de haber erigido por primera vez un árbol de Navidad en una plaza pública: Tallin (Estonia) en 1441 y Riga (Letonia) en 1510.

de la revista Historia, por National Geographic, diciembre 2023, adaptado

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            DIOS MANDA:

 
"No te harás imagen, ni ninguna semajanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra... no te inclinarás a ellas, ni las honrarás".

Éxodo 20.4-54
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El árbol sagrado en un sello babilónico
 
El árbol sagrado de los egipcios


 
Sargon rinde culto al árbol sagrado



                            Unos espíritu frenta a un árbol sagrado, del palacio de Nimrod.                                     

El árbol sagrado celta de la vida
 
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Los templos católicos se adornan así para la Navidad, pues Roma sigue las costumbres de la antigua Babilonia.
Pero ¿por qué se unen a ellos algunas iglesias evangélicas? Imitan a los del mundo, y deshonran y desagradan a Dios.
 

viernes, 29 de noviembre de 2019

EN ESTO PENSAD -- diciembre 2019

¡PREPARA A TUS SUCESORES!
William MacDonald

    “Y Josué hijo de Nun fue lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él; y los hijos de Israel le obedecieron, e hicieron como Jehová mandó a Moisés” (Deuteronomio 34:9).   
  

Una importante lección que resulta de este versículo es que Moisés, sabiendo que su propio ministerio estaba llegando a su fin, designó a Josué como su sucesor, poniendo así un buen ejemplo a los  que están en lugares de liderazgo espiritual. Algunos pueden pensar que esto es demasiado elemental como para enfatizarlo, pero el hecho es que es frecuente este gran fracaso: no preparan sucesores ni pasan el testigo a nadie. Parece haber una resistencia innata a la idea de que somos reemplazables.
    Éste es un problema que enfrentan los ancianos y obreros en las iglesias locales. Es triste que los que enseñan bien o saben hacer obra pionera, a menudo mueren sin haber discipulado a nadie. Dejan “herederos” pero no discípulos. Por ejemplo, un anciano ha servido fielmente durante muchos años, pero se acerca el día cuando ya no podrá pastorear más el rebaño. No obstante, le es difícil enseñar a un hombre más joven para que ocupe su lugar. Quizá ve a los jóvenes como una amenaza para su posición o contrasta su inexperiencia con su propia madurez y concluye que no son idóneos. Se le olvida que una vez fue inexperto pero llegó a la madurez siendo enseñado para hacer obra de sobreveedor.
    Éste puede ser también el problema en el campo misionero. El misionero que establece una iglesia sabe que debe entrenar a algunos del lugar para que asuman la responsabilidad del liderazgo espiritual. Pero piensa que no pueden hacerlo tan bien como él, que cometen muchos errores y la congregación disminuirá si él deja a otros predicar. Y de todos modos, no son buenos líderes, pues no saben dirigir bien. La respuesta a todos estos argumentos es que debe verse a sí mismo como un ser prescindible, no como la clave para la obra. Debe discipular a hermanos y delegarles autoridad mientras que busca trabajo en otra área del ministerio en otro lugar. Siempre hay campos sin cultivar en otras partes. No tiene porqué estar desocupado.
    Cuando Moisés nombró a Josué como sucesor, la transición fue muy suave. No hubo falta de liderazgo. La causa de Dios no sufrió trauma. Así es como debe ser.
    Todos los siervos de Dios deben regocijarse cuando ven a los más jóvenes levantarse para ocupar lugares de liderazgo. Deberían considerar como un gran privilegio compartir su conocimiento y experiencia con estos discípulos, y pasarles el testigo antes de verse forzados a hacerlo. Debe existir la actitud desinteresada que mostró Moisés en otra ocasión cuando dijo: “Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta” (Nm. 11:29).
de su libro De Día en Dia, CLIE

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 Algunas Bendiciones de Dios

Texto: Efesios 1:1-23   El apóstol habla de las misericordias de Dios en Romanos 12, y aquí el Efesios 1 habla de las bendiciones de Dios. Es un texto muy conocido por nosotros, pero nos conviene leerlo otra vez, detenidamente, fijándonos en las palabras y meditando lo que leemos. Es así que sacaremos más provecho para nuestras vidas. El versículo 3 dice: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”.
    Primero observamos en cuanto a las bendiciones de Dios que dice: “nos bendijo”. Fijémonos en el tiempo del verbo. Habla en el pasado, no que nos bendecirá en el cielo, sino que ya nos ha bendecido. No se trata de lo que recibiremos, sino lo que hemos recibido, y es mucho: “toda bendición espiritual”. Ahora bien, “toda” es un adjetivo de cantidad, y es un absoluto. No hay más. Toda bendición espiritual ya nos ha sido dada. Por esto cuando alguien dice: “Dios te bendiga”, podríamos responder: “‘Gracias, ya lo ha hecho!”
    Pasando por un momento al versículo 13, leemos estas palabras: “habiendo creído”, que son muy importantes porque sin fe no entramos en estas bendiciones. En el incidente de la higuera maldita que se secó, en Marcos 11:20-24 el Señor Jesús enfatiza a Sus discípulos la importancia de la fe. En el versículo 22 dice: “tened fe”. En el versículo 23 dice “creyere”, y en el versículo 24 otra vez exhorta: “creed que lo recibiréis”, o según la versión hispano-americana: “...creed que ya lo recibisteis”. El principio de la fe es de suma importancia para el creyente, no sólo respecto a la salvación, sino también respecto a la vida cristiana. “El justo vivirá por fe”. La fe la define el autor de Hebreos en el capítulo 11, donde dice que “es la certeza de lo que no se ve”. Estamos convencidos de algo que no vemos.
    Volviendo a Efesios 1:4, allí somos informados que “nos escogió en Él”. Con esto empieza a desgranar las bendiciones espirituales que ya hemos recibido. Es una de las bendiciones, que Él nos haya escogido. ¿Para qué nos escogió? No para ser salvos unos y perdidos otros. Habla de creyentes en el Señor: “nos escogió en Él”, no "para estar en Él", y a continuación aclara que es “para que fuésemos santos y sin mancha”. El propósito es la santidad, sin la cual nadie verá al Señor (He. 12:14). Entonces la santidad es una bendición espiritual.
    En el versículo 5 leemos: “en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad”. La predestinación bíblica es para los que creen. Ellos serán adoptados hijos suyos. “Adoptados” quiere decir que habiendo creído, pasamos a ser de la familia de Dios, y por lo tanto, herederos de Dios. Somos hijos de Dios, como 1 Juan 3:1 declara. ¡Qué bendición más grande es ésta! También el amor de Dios y el puro afecto de Su voluntad son bendiciones que hemos recibido. Y fijémonos que en este verso cuando habla de la predestinación, también habla de la buena voluntad de Dios – el puro afecto de Su voluntad. Nuestra mente especulativa y sabiduría limitada no pueden entrar en la predestinación. No podemos desmenuzar cosas que son demasiado altas o profundas para nosotros. Ante tales bendiciones debemos creer y adorar.
    El versículo 6 declara que “nos hizo aceptos en el Amado”, esto es, en el Señor Jesucristo. Somos aceptos delante de Dios porque estamos en Jesucristo Su Hijo, el Amado. Es otra de las bendiciones espirituales  que hemos recibido. Y todo esto, todas estas bendiciones, son “para alabanza de la gloria de su gracia” (repetido en los versículos 12 y 14).
    Es una bendición que estemos reunidos los domingos por la mañana recordando y alabando a Dios por Su obra en la cruz. Es una ocupación privilegiada, como la de los del cielo en Apocalipsis 4 y 5. Es un privilegio ser escogido para alabar a Dios – unos pocos reunidos en Su Nombre y recordando lo que Él ha hecho por nosotros.
de apuntes tomadas durante un estudio dado por J. Álvarez
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El Calvinismo Distorciona la Doctrina de Dios

    "Hemos hallado que la visión calvinista de la soberanía de Dios pone en duda el carácter santo de Dios. Pone límites injustificados y no bíblicos sobre la gracia, la justicia, el amor y la misericordia de Dios. Estos aspectos del carácter de Dios se extienden también a los incrédulos y no solamente a los creyentes. El calvinismo invierte la doctrina bíblica de Dios. El amor de Dios viene a ser odio para los no escogidos. La muerte de Cristo por todos los hombres viene a ser la muerte de Cristo por los pocos escogidos. El Dios justo se vuelve injusto. El Dios del calvinista no es el Dios descrito por la Palabra de Dios. Por lo tanto, el calvinismo socava y pone en ridículo al objeto de la adoración del cristiano, su consuelo en las pruebas y la esperanza de eterna salvación".
    "Los cristianos deben velar celosamente contra todo ataque sutil contra la naturaleza santa y el carácter de Dios, aunque venga formulado en palabras teológicas altilocuentes".


David Dunlap, Limitando Al Omnipotente, pág. 54
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PREPARADOS PARA SU VENIDA

“Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados” (1 Jn. 2:28).
 
La fecha de esa venida nos es ocultada. Ningún hombre puede decir cuándo Él vendrá. Hay que velar y estar siempre preparado, para que no seas avergonzado en Su venida. ¿Debe el cristiano entrar en la compañía y las diversiones mundanas? ¿No estaría avergonzado si viniera su Señor y le hallara entre los enemigos de la cruz? No debo ir a donde me daría vergüenza ser hallado cuando venga repentinamente mi Señor”.


C. H. Spurgeon, 12 Sermons On The Second Coming of Christ
(“12 Sermones Sobre La Segunda Venida de Cristo”), Baker Book House, pág. 134.
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¿ESTÁ EN LA BIBLIA?

     Alguien criticó a un hermano en Inglaterra porque no celebra la Navidad, y le dijo: "¡Está en la Biblia!" 
     Sí? ¿Dónde? ¡No la hemos encontrado! En la Biblia no hay árbol de navidad, fiestas con regalos, belénes (nacimientos), etc. Está en la Biblia que Jesucristo nació, murió, resucitó y ascendió. Cada domingo recordamos Su muerte hasta que Él venga, porque esto sí, ¡está en la Biblia!   

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MUCHO PARA NADA

Un día se me acercó un hombre diciéndome como debería vivir mi vida. Después de platicar con él un tiempo, llegué a la conclusión de que él estaba muy confundido. Obviamente tenía conocimiento de la Biblia porque me citaba versículo tras versículo. Pero no pude tomar su consejo en serio.
    La confusión de aquel hombre era que decía que Dios era su Padre, y profesaba amar al Señor Jesucristo, pero la realidad era otra. Su vida declaraba algo muy diferente, porque ese hombre era un borracho. En vez de aconsejarme a mí, le hubiera servido mejor obedecer lo que él sabía de la Palabra de Dios. Mejor le hubiera servido prestar atención a las advertencias en la Palabra de Dios sobre la embriaguez. "Ni los borrachos...heredarán el reino de Dios" (1 Corintios 6:10).
    Aunque quedé agradecido porque él se preocupaba por mi bienestar, me dio pesar porque todo el conocimiento que tenía no le servía. Ese hombre no tenía "el conocimiento de la verdad que es según piedad" (Tito 1:1). Más bien con su vida él llamaba a Satanás su padre y profesaba amar la bebida.
    En otra ocasión, un hombre llamó a la puerta de nuestra casa, queriendo platicar conmigo. Me preguntó si podría enseñarle la Palabra de Dios. Le invité a las reuniones de enseñanza bíblica que tenemos, pero él se molestó e insistió que quería una clase privada. Le pregunté por qué quería saber más de la Biblia, y dijo que su propósito era enseñar a otros. Preguntándole más sobre el asunto, me di cuenta de que él no leía la Biblia por su cuenta. Solamente abría la Biblia cuando estaba delante de otros en una reunión.
    Lo que él quería era conocimiento intelectual, superficial, para lucir delante de otros y aparentar un maestro. Quería tener en su cabeza datos bíblicos para decir a los demás. Luego me dijo que su meta era establecer una iglesia donde podría predicar la Biblia y ganarse la vida. Sus fines eran lucrativos, egoistas.
    El Señor Jesucristo culpó a los religiosos en Su día de esto mismo: tener conocimiento sin entendimiento. "Dejadlos; son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo" (Mateo 15:14). El conocimiento sin la obediencia a la fe no sirve para nada. El Señor Jesucristo describió esta condición vana de los religiosos: "Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí" (Mateo 15:8). Amigo, Dios quiere que seas salvo y vengas al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:4)
tomado de un tratado escrito por Mitch Parent

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 DIOS EL ESPÍRITU
Parte 11
Camilo Vásquez Vivanco, Punta Arenas, Chile
 

viene del número anterior (La Renovación Del Espíritu)

    Aún así la Biblia nos dice: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Jn. 3:2). Cuán semejantes seamos a Él, no es sólo lo que la regeneración nos ha dado, sino que depende también de la vida privada de cada creyente (1 Co. 13:12; Fil. 3:8-11; Ap. 19:8). En esa renovación está involucrada la “santificación”, obra que el creyente debe iniciar lo más pronto posible, separándose de sus viejas amistades y de sus viejos hábitos: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Ro. 6:22). Es vital entender que en la regeneración no existe progreso alguno, así como tampoco lo existe en la justificación. Es decir nadie es más regenerado y justificado de lo que fue desde el día de su conversión, pero en la renovación y en la santificación si hay progresos y avances. La santificación muestra cuán eficaz es la renovación cuando el creyente es obediente a la Palabra de Dios. Sansón es una figura de un creyente que atrofió su renovación echando por el suelo su santificación. Sin embargo como era un hijo de Dios (He. 11:32), y glorificó a Dios más con su muerte que con su vida (Jue. 16:30), cumpliéndose lo señalado por Dios: “Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Ro. 11:29). Además es bueno resaltar que la santificación no es un grado más sobre los demás (Is. 65:5), sino que es un grado más sobre nuestra propia carnalidad. En esta santificación no sabe uno cuanto avance puede lograr. Si Sansón no sabía cuán bajo había llegado por su carnalidad (Jue. 16:20), del mismo modo el creyente obediente a la Palabra de Dios no sabrá el grado de su santificación como Moisés que no sabía que su rostro relucía de luz (Éx. 34:29) por su comunión con Dios.

LA ADOPCIÓN DEL ESPÍRITU

“Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gá. 4:6).

    Es el mismo Espíritu que clama “¡Abba, Padre!” Y lo hace en nuestro corazón, es decir, nos enseña a acercarnos a Dios como nuestro Padre. Esta expresión dicha en arameo (Abba) procede de los labios balbuceantes de un recién nacido y la expresión griega que le acompaña (Pather) es la voz de un adulto dirigiéndose a Dios como Padre. Es la relación de confianza y seguridad que nos enseña el Espíritu ya que somos hijos de Dios con plenos derechos de adopción.
    La justificación satisface las demandas de Dios como Juez justo (Ro. 3:26) al dar a Su Hijo para que seamos justificados, no justos en la práctica, pues nadie de los santos ha sido hecho justo, sólo declarados justos (Ro. 5:19). Por Su parte la regeneración obrada por el Espíritu interiormente e inmediatamente con la justificación, no antes de ella, nos hace hijos legítimos de Dios (Jn. 1:12-13;Tit. 3:4-5), impartiéndonos su naturaleza divina (2 P. 1:4). La adopción nos es dada por el Espíritu como consecuencia de lo anterior por el hecho de haber sido hechos hijos, no para ser hijos, y nos coloca y prepara para ser herederos de Dios.
    Es preciso destacar que la adopción de Dios no nos hace hijos como sucede hoy en nuestra legislación sobre la adopción. Dios nos da “la adopción de hijos” no el “ser hijos adoptados”. Podemos decir que ningún creyente es hijo de Dios por adopción.  Lo somos por regeneración en el nuevo nacimiento obrado por el Espíritu. Es un error decir que Dios es un Padre adoptivo del nacido de nuevo (Jn. 1:12-13). La adopción bíblica como lo expresa el significado de su término griego (juiothesia) es muy distinto de la adopción de hoy y significa: “colocar en lugar y condición de hijo” a quién ya es un hijo. Por esto la idea relevante de Pablo a los Gálatas es la verdad de que cada creyente no está bajo la ley ni bajo tutores esperando la adopción sino que “hemos recibido la adopción de hijos” (Gá. 4:5). Aún más hoy nosotros podemos adoptar un niño y darle una nueva familia, pero nunca podremos darle nuestra naturaleza. La adopción de Dios no es recibir a un extraño; es colocar a un miembro de la familia en posición de gozar de los privilegios y bendiciones del adulto. Esto significa que incluso el cristiano más joven tiene todo lo que Cristo tiene y es rico en gracia. En la legislación romana un niño por ser menor de 12 años no se diferenciaba en nada de un esclavo: “…Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo” (Gá. 4:1). Sólo al cumplir los 12 años se realizaba una ceremonia que lo colocaba como hijo verdadero y como heredero de su padre. A esa edad era adoptado como hijo legítimo, antes era considerado un “niño” solo un hijo de sangre de su padre y potencialmente un heredero, pero no gozaba del estado de verdadero hijo.
    El apóstol Pablo toma esta figura de adopción para señalar UNA DIFERENCIA Y NO UNA IGUALDAD respecto de la iglesia. Cada creyente siendo hijo de Dios por haber nacido de nuevo, no tiene que esperar la madurez, ni siquiera necesita guardar la ley (Gá. 4:9-11) para ser adoptado y reconocido como hijo legítimo de Dios. Este estado de ser miembro de la familia de Dios se nos es dado junto con el nuevo nacimiento (la regeneración), por eso se dice: “…a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gá. 4:5). Como somos hijos legítimos por la fe en Cristo (Gá. 3:26), entonces Dios nos dio inmediatamente la calidad de hijos por Su Espíritu, es decir, todos los derechos de ser herederos suyos. Esto es lo que diferencia el hecho de estar bajo la ley respecto de estar bajo la gracia (Gá. 4:3). El estar bajo la ley es sinónimo de no poseer la calidad de heredero: “el estar bajo la gracia es sinónimo de dignidad y madurez para heredar”.  Siendo que el Espíritu de Dios que está en cada creyente es el Espíritu del Hijo (Ro. 8:15), viene a ser en ellos el “Espíritu de Adopción”, esto produce en ellos los sentimientos de hijos para con Dios, y les asegura  la  dignidad y los privilegios como Sus hijos adultos. El nuevo nacimiento obrado al ejercer fe en el sacrificio de Cristo, nos hizo hijos de Dios y legítimos herederos de Dios. Tal asunto nunca se podría obtener bajo la ley. Cualquier creyente por muy imperfecto que sea es un genuino hijo de Dios y goza de una relación filial con Dios que lo sostiene para siempre. Esto el apóstol lo llama: “espíritu de adopción”, que es el estado de verdadero hijo aun cuando pequemos por error y seamos débiles en la fe. “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Ro. 8:15). Aquí somos nosotros quienes clamamos seguros de ser escuchados porque poseemos el Espíritu de Dios.
    La Biblia nos dice que Los israelitas llegaron a ser hijos por adopción y no la iglesia: “Que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas” (Ro. 9:4). Israel llegó a tener esta posición de hijos por adopción cuando Dios los eligió de entre las naciones (Éx. 4:22-23; Is. 1:2; Os. 11:1). Así Dios tiene actualmente una relación con esta nación como Creador (Dt. 32:6) y como Padre (Jer. 31:9; 1 Cr. 29.10), ya que Él los eligió de entre las naciones para ser Su pueblo terrenal (Dt. 7:6-7). Llegará un tiempo para que ellos nazcan como hijos verdaderos por el Espíritu de Dios tras pasar por los dolores de la semana 70 que le llevaran al arrepentimiento (Ap. 12:1-5). Ellos recibirán de Él el espíritu de adopción, que hará que clamen: ¡“Padre mío”! (Jer. 3:19). Como ya hemos señalado a diferencia de Israel nosotros en el nuevo nacimiento recibimos la adopción “la toga viril” y poseemos la condición de herederos. El apóstol Juan lo describe así: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Jn. 3:1). Horacio Alonso en sus comentarios sobre este texto nos dice: “Dos aspectos tienen que ser subrayados aquí. El primero es que Dios nos ha dado no solamente el nombre sino también el carácter de hijos (“y eso somos”). El segundo es no menos importante, porque la expresión “nos ha dado” está en un tiempo verbal que indica que el don viene a ser una posesión permanente del que lo recibe. La consecuencia es enorme. Los santos han venido a ser el objeto permanente del amor de Dios” (j).


continuará, d.v., en el siguiente número

sábado, 30 de marzo de 2019

EN ESTO PENSAD - abril 2019

Ese Increíble Cristiano 
por A. W. Tozer 

El actual esfuerzo de muchos lideres religiosos en armonizar el cristianismo con la ciencia, filosofía y con cada cosa natural y razonable es, a mi parecer, el resultado de la malinterpretación del cristianismo y, a juzgar por lo que yo he oído y leído, una malinterpretación también de ciencia y filosofía.
    En el corazón del cristianismo hallamos la cruz de Cristo con su paradoja divina. El poder del cristianismo aparece en antipatía hacia, y nunca de acuerdo con, los caminos del hombre y su naturaleza caída. La verdad de la cruz es revelada en sus contradicciones. El testimonio de la iglesia es más eficaz cuando declara en lugar de explicar, porque el evangelio va dirigido no a la razón sino a la fe. Lo que se puede probar no necesita de la fe para ser aceptado. La fe descansa en el carácter de Dios, no sobre los resultados del laboratorio o de la lógica.
    La cruz se opone firmemente al hombre natural. Su filosofía se mueve contrariamente a la mente que no ha sido regenerada, por eso Pablo pudo decir tajantemente: “La palabra de la cruz es locura a los que se pierden”. Tratar de encontrar un lugar común entre el mensaje de la cruz y la razón del hombre natural es intentar algo imposible, y si se persiste en ello el resultado es una cruz innecesaria y un cristianismo sin poder.
    Pero vamos a dejar la teoría y miremos simplemente al verdadero cristiano poniendo en práctica las enseñanzas de Cristo y Sus apóstoles. Nótese las contradicciones:
    El cristiano cree que ha muerto en Cristo, aunque está más vivo que antes y espera vivir para siempre. Camina en la tierra mientras esta sentado en el cielo, a pesar de haber nacido en la tierra encuentra que después de su conversión no se siente en casa aquí. Como el halcón nocturno, el cual en el aire es la esencia de la gracia y la belleza pero en tierra es torpe y horrible, así es con el cristiano que se presenta en su mejor estado en los lugares celestiales pero no se adapta a las maneras de la sociedad en la cual nació.
    El cristiano pronto aprende que como hijo del cielo si quiere vivir en victoria entre los hombres en la tierra no debe seguir los patrones de conducta comunes de la humanidad, sino más bien lo contrario.
    Que está a salvo cuando se pone en peligro; él pierde su vida para salvarla y está en peligro de perderla cuando quiere preservarla. Él baja para subir. Si se niega a bajar entonces ya se encuentra en un lugar bajo, pero cuando empieza bajo está en el camino de ascenso.
    Está más fuerte cuando es débil y más débil cuando es fuerte. Aunque pobre tiene el poder de enriquecer a otros, pero cuando es rico su habilidad de enriquecer a otros se disipa. Posee más cuando ha dado más y tiene menos cuando posee más.
    Él usualmente está más elevado cuando se siente más bajo, y más santo cuando esté más consiente del pecado. Es más sabio cuando sabe que no sabe nada, y menos sabio cuando ha adquirido un vasto conocimiento. A veces alcanza más cuando no hace nada y avanza más cuando está tranquilo. En tiempos difíciles se regocija, y en su corazón está contento aún en tiempos tristes.
    El carácter paradójico del cristiano es revelado constantemente. Por ejemplo, él se cree ya salvo, pero espera ser salvado en un futuro, y espera con gozo esa salvación. Teme a Dios, pero Dios no le atemoriza. En la presencia de Dios se siente abrumado e incompleto, sin embargo no hay mejor lugar para él que en Su presencia. Sabe que ha sido limpiado de sus pecados, mas aun está dolorosamente consciente de que en él y en su carne no mora el bien.
    Él ama con amor supremo a Uno que nunca ha visto, y a pesar de ser pobre y bajo habla familiarmente con Aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, y está consciente de que no hay incongruencia en hacerlo. Siente que es, en su propio juicio, menos que nadie, pero al mismo tiempo cree sin dudas que es escogido por Dios y que el Hijo Eterno se hizo carne y sufrió la cruz y el oprobio por él.
    El cristiano es ciudadano del cielo y presta su lealtad en primer lugar a esa ciudadanía, aun así él puede amar con tanta intensidad y devoción a sus paisanos aquí en la tierra que puede orar por ellos como hizo Juan Knox al decir: “O Dios, dame Escocia o me muero”.
    Él espera con gozo desde hace tiempo entrar en ese mundo brillante arriba, pero no tiene apuro en dejar este mundo y está bien dispuesto a esperar a u Padre Celestial. No comprende el porqué de la crítica y queja de los incrédulos; todo le parece tan natural y correcto en las circunstancias que él no encuentra ninguna inconsistencia en ellas.
    El cristiano que carga su cruz es, además, pesimista y al mismo tiempo optimista. Es difícil encontrar alguien así en esta tierra. Pero al mismo tiempo es calmado, y paciente. Si bien la cruz condena al mundo, la resurrección de Cristo garantiza el triunfo final del bien en todo el universo. A través de Cristo finalmente todo estará bien y el cristiano espera la consumación. Cristiano Increíble!
    Cuando mira a la cruz es pesimista, porque sabe que el mismo juicio que cayó sobre el Señor de gloria condena en un solo acto toda la naturaleza y todo el mundo de los hombres. Rechaza toda esperanza fuera de Cristo, porque sabe que el más noble esfuerzo humano es sólo polvo edificado sobre polvo.

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 Facetas Hermosas De La Salvación

viene del nº anterior 
     Cuarto, vemos la obra del Espíritu Santo en nosotros. Primero Él trajo convicción como Cristo prometió en Juan 16:8. Después operó en nosotros la regeneración como Tito 3:5 expresa: “...el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”. Derrama el amor de Dios en nuestros corazones (Ro. 5:5). Por Él somos bautizados en el cuerpo de Cristo (1 Co. 12:13), sellados y guardados “hasta la redención de la posesión adquirida” (Ef. 1:13-14). Salvos por la gracia de Dios, “la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Ro. 8:2).
    Quinto, vemos la obra presente de Cristo a favor nuestro en el cielo, a la diestra del Padre. Él nos guarda en Su mano (Jn. 10:28) y nadie nos puede arrebatar. ¡Qué seguridad y qué paz nos da! Él entró en el cielo por nosotros como precursor, dentro del velo, esto es, a la presencia gloriosa del Padre (He. 6:19-20). Su presencia ahí garantiza nuestra llegada a la gloria. Intercede por nosotros (Ro. 8:34), y es el Intercesor perfecto que nos socorre cuando somos tentados (He. 2:17-18). “Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Jn. 2:1). “Mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Ro. 5:10).  El Señor promete a los Suyos: “porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Jn. 14:19). Nuestra vida está escondida en Cristo, y Él es nuestra vida (Col. 3:3-4). “El que tiene al Hijo, tiene la vida” (1 Jn. 5:12).
    Sexto, vemos la venida de Cristo para redimir nuestros cuerpos y recibirnos glorificados en Su presencia. Es el paso final de nuestra salvación cuando seremos transformados, glorificados y estaremos siempre con el Señor. “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Fil. 3:20-21). “Aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (He. 9:28). “Así como hemos traído la imagen del terrenal [Adán], traeremos también la imagen del celestial [Cristo]” (1 Co. 15:49). Todo creyente será como Cristo. Esto es lo que significa Romanos 8:29 al decir: “los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo”. No habla de un plan divino para salvar a pecadores, sino del plan de Dios para todo creyente. ¡Amén, sí, ven, Señor Jesús!
    ¡Cuán grande es la salvación de Dios! Por toda la eternidad adoraremos y alabaremos al que nos amó y nos salvó. “Gócense y alégrense en ti todos los que te buscan, y digan siempre los que aman tu salvación: Jehová sea enaltecido” (Sal. 40:16).                                                                         
Carlos
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 UNA IDEA MONSTRUOSA

"Alguien una vez intentó persuadirme que Dios había escogido a algunos para salvación y otros para condenación. Es una idea monstruosa. Dios no condena arbitraria y soberanamente a la mayor parte de la raza humana a una existencia que no buscaron, bajo términos que no eligieron (la llamada ‘depravación total’), bajo limitaciones que no escogieron (una voluntad depravada y muerta ‘en delitos y pecados’), en una familia arruinada (de Adán), que ellos no involucraron en el pecado original, sólo para arbitriaramente enviar a algunos al infierno por no escoger una salvación ofrecida sólo a unos ‘escogidos’. Esa puede ser la idea que algunos tienen de Dios y la salvación, pero tales conceptos le hacen a Dios un tirano peor que todos los demás en la historia humana. Pero, el Dios de la Biblia no es así, ni es así la salvación que Él nos ofrece...Dios nunca establece condiciones arbitrarias, imposibles y totalmente inalcanzables para venir a Cristo".

John Phillips, Exploring the Gospel of John (“Explorando El Evangelio de Juan”),  Kregel, p. 129, citado por David Dunlap en su libro: Limitando al Omnipotente, publicado por Libros Berea.

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Y la familia de Dios es la más importante. 

"Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana,       y madre".
    Mateo 12:49-50

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El Amor de Dios – Juan 3:16

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.
     Este versículo contiene solo 30 palabras, sin embargo expresa en forma encapsulada todo el evangelio de Jesucristo, y la grandeza del amor de Dios. Muchos han llegado a ser verdaderos creyentes en el Señor Jesucristo a través de este texto. Tal vez será así tu caso.
 
Su Amor Es Sin Razón –  “de tal manera amó Dios al mundo”
    ¿Por qué amaría Dios a un mundo que ha violado Sus mandamientos y diariamente toma Su Nombre en vano? La humanidad ha hecho sus propios dioses, sonrientes ante el pecado, y que toleran todos sus pecados y todavía bendicen sus bodas y funerales. ¿Por qué amaría Dios a un mundo que vive a espaldas de Él, que ha llenado de violencia el planeta, y aun rechazó y mató a Su Hijo? ¡Pero lo ama! Dios es santo y justo, y no puede tolerar nuestro pecado. ¡Su amor debe sorprendernos, porque no hay por qué! De tal manera amó Dios que proveyó una inesperada solución para salvarnos. Su amor no es como el amor humano – es sin razón.
 
Su Amor Es Sin Reserva –  “que ha dado a su Hijo unigénito”
    ¡Qué dádiva! Dio a Su precioso, amado Hijo, Su unigénito, lo mejor del cielo. No nos dio un ángel sino Su eterno Hijo, el Creador del universo. Increiblemente fue enviado a encarnarse y llevar nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, tomando ahí el castigo divino en nuestro lugar, como si Él hubiera cometido todos nuestros pecados y fuera culpable – pero no era culpable – no conoció pecado. Dios no escatimó ni a Su propio Hijo, sino lo entregó por todos nosotros. ¡Eso es amor sin reserva!
 
Su Amor Es Sin Restricción – “para que todo aquel”
    Como humanos, nuestro amor es parcial – solemos amar a los que nos aman o nos gustan. Pero Dios ama a los débiles, impíos, pecadores y enemigos Suyos, que describe la condición espiritual de toda la humanidad. Dios no ama sólo a unos poquitos misteriosamente seleccionados y predeterminados. “Todo aquel” incluye a todo ser humano. Todos pueden ser salvos. Cristo murió por todos. Nadie queda fuera del alcance de Su amor.
 
Su Amor Es Sin Mérito –  “que en él cree”
    No dice “el que obra”, sino “en él cree”. La fe no es un don que Dios dé a ciertas personas. Dios te ha hecho capaz de creer, y eso es lo que Él espera. No sacramentos, ni obras, ni promesas ni compromisos sino fe. Cristo hizo la obra de salvación cuando murió por ti y resucitó. La salvación no es una recompensa por obras o religión, sino la dádiva gratuita a los que no la merecen. Cree a Dios, confía en Cristo, y serás salvo.
 
Su Amor Es Sin Revocación – “no se pierda, mas tenga vida eterna”
    El amor de Dios no tiene fecha de caducidad ni es un contrato bilateral con condiciones que si no las cumples se invalida. No hay letra menuda. El amor humano es temperamental y puede fluctuar, pero el amor divino no es así. Vida eterna es lo que Dios ofrece. Como toda dádiva, hay que aceptarla, recibirla, y eso se hace por fe, confiando que Jesucristo murió por ti, pagó por tus pecados, fue sepultado y resucitó. Confía en Él, y Dios asegura que no te perderás sino tendrás vida eterna.

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DIOS EL ESPÍRITU
Parte 3
Camilo Vásquez Vivano, Punta Arenas, Chile

viene del número anterior
 
    El Espíritu Santo no es más ni menos santo que las otras dos Personas de la deidad, sin embargo Su obra santificadora aparece después que actúa el Padre y el Hijo (Jn. 5:17). Una vez que Cristo actúa lo hace el Espíritu siguiéndole con Su poder: “Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt. 12:28).
    Es interesante notar que los nombres “Padre” e “Hijo” expresan relación en la deidad. Por su parte “Espíritu” expresa eficiencia y poder en la deidad en que tal eficiencia y poder, sólo se ve actuando una vez que el Padre y el Hijo actúan. Esta eficiencia y poder no se limita a operaciones físicas sino trascendentalmente a la obra esencial de Dios en Su carácter de amor y justicia. Así es el amor de Dios que es derramado por el Espíritu en el creyente (Ro. 5:5), y es el amor del Espíritu que busca el bien de los hijos de Dios (Ro. 15:30), tal amor es conocido y dado después que es conocido el amor del Padre por el amor del Hijo. El Padre es amor (1 Jn. 4:8), el Hijo muestra el amor (1 Jn. 4:9), y el Espíritu lo derrama en aquel que cree en el amor del Padre y del Hijo.
    En términos generales podemos decir que; el Padre origina, el Hijo ejecuta, y el Espíritu Santo perfecciona. Existe en esto una procesión de unidad y equilibrio en las acciones trinitarias. Así pues, la obra de la redención se puede decir que es del Padre, por medio del Hijo, y para el Espíritu Santo (Ro. 11:36). Es el Padre que predestina al Hijo para ser el Redentor  y es el Hijo quién realiza esa redención en el tiempo por el valor de Su sangre, luego es el Espíritu quién aplica esa redención a la vida del que cree y la completa (a). A simple vista parece inferioridad en el obrar, pero es el trabajo predilecto del Espíritu Santo actuar después que las otras dos Personas han hecho su obra. Él espera antes de actuar asegurando toda la potencia de Dios en Sus actos. Él toma lo del Hijo y busca Su gloria, no la suya, así y sólo así, es glorificado el Padre. ¡Qué belleza y admirable nobleza existe en el Espíritu de Dios¡ Si nos evocáramos a imitarle esperando que el Padre actúe y que el Hijo nos hable, nuestras vidas serían para la gloria de Dios y para total realización y gozo celestial. La ruina de muchos hombres de Dios ha sido no esperar que el Espíritu Santo obre en sus vidas aún cuando poseen muchas iniciativas.
    Insistimos en decir que el Padre es primero porque “engendra” eternamente al Hijo (6). El Hijo es la segunda Persona porque es “engendrado” (Sal. 2:7; He. 1:5; 5:5),  aunque Él  también es eterno. El Espíritu es la tercera Persona porque procede tanto del Padre como del Hijo (Jn. 14:26; 15:26). Es distinguible que este mismo orden de la Trinidad se revela en la historia, de modo que el Espíritu Santo no adquiere un papel prominente sino después de que las dos Personas han ocupado el primer plano. Desde la creación es el Padre quién ocupa un papel prominente hasta que llegamos a la encarnación del Hijo. Cuando Cristo entra en acción físicamente presente el Padre da al Hijo todas Sus facultades (Jn. 3:35; Jn. 13:3). Una vez que el Hijo asciende en gloria al cielo, es el Espíritu quién aparece en toda Su plenitud y es llamado Señor (2 Co. 3:17). Es por cierto indiscutible la verdad de que no podemos limitar el ministerio del Espíritu sólo a la regeneración y santificación del creyente, pues como Dios, ha estado presente en toda la historia del hombre y lo estará en el milenio y después en los cielos nuevos y la tierra nueva.

EL ESPÍRITU SANTO EN LA CREACION
 Y SU PRESERVACIÓN

    El Espíritu Santo es Dios como lo es el Padre y como lo es el Hijo. Así en el principio de lo creado de la nada, fue Dios el Padre quién determinó la creación de todo (Gn. 2:4; Sal. 33:6; Sal. 148:4-5) y el Hijo lo ejecutó tal como nos dice el apóstol: “... sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas...y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas...” (1 Co. 8:6). Después de ellos actúa el Espíritu perfeccionando y dando propósito a lo creado: “...y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” ( Gn. 1:2). Sólo el Hijo crea de la nada porque el Padre lo facultó en ese propósito (Jn. 1:3). El Espíritu no crea de la nada sino que toma lo del Hijo y lo embellece. Agrega además Su Palabra: “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca” (Sal. 33:6). Esto del aliento de Su boca es una expresión de Su Espíritu que dió vida a Adán para que fuese un ser viviente con la belleza del raciocinio (Gn. 2:7). La tarea del Espíritu en lo creado por el Hijo es embellecer y perfeccionar: “Su espíritu adornó los cielos...” (Job 26:13). De modo que todo el universo fue adornado por el Espíritu tras la creación del Verbo (i) para que todo reluciera con la gloria de Dios (Sal. 19). En esa obra como Creador el Espíritu sigue dando vida a todo lo que nace como lo es nuestra existencia tal como lo reconoce Job al decir: “El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida” (Job 33:4). En nuestro caso no solo el Espíritu permite nuestra vida espiritual sino que se encarga de proporcionar al mundo hombres inteligentes para que la ciencia llegue a lo que hoy conocemos en el campo de la medicina, la ingeniería, la astronomía, la aeronáutica, etc., etc., con el fin de garantizar la vida sobre la tierra: “Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda” (Job 32:8). Por esto es posible encontrarse con hombres y mujeres muy sabios humanamente hablando y muy inteligentes: “Que nos enseña más que a las bestias de la tierra, y nos hace sabios más que a las aves del cielo?” (Job 35:11). Todas estas son operaciones del Espíritu manifestando Su gracia a la humanidad de modo que no nos sorprendamos que aún siendo tan inteligentes sean incrédulos: “¿Quién puso la sabiduría en el corazón? ¿O quién dio al espíritu inteligencia?” (Job 38:36). En todo existe una soberanía de Dios otorgando al mundo tales mentes para llevar a cabo Sus propósitos de gracia sobre la humanidad. “Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos” (Dn. 2:21). Tales individuos son excepcionales como personas, amables simpáticos que parecen hijos de Dios que respetan a Dios y Su Palabra, como los hay también que odian abiertamente a Dios y Su Palabra. En ambos casos “no tienen el Espíritu” (Jud. 19) y son naturales (1 Co. 2:14). Los primeros logran escaparse de las contaminaciones del mundo por el conocimiento del Señor (2 P. 2:20) y los producen por montones las religiones (Is. 29:13). Los segundos se formaron desde niños en las clases de la iglesia y pertenecieron a familias piadosas pero nunca abrieron sus corazones al Señor para nacer de arriba (2 P. 2:13-15).
    Esta actividad santificadora del Espíritu no se limita al ser humano, sino que a toda la flora y la fauna realizando una obra de renovación y embellecimiento permitiendo cada estación del año sobre la tierra: “Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal. 104:30; véanse Gn. 8:22; Is. 40:7). No hemos de pensar que el Espíritu de Dios realiza esto de modo aislado de las otras personas de la Trinidad sino que lo hace en completa comunión. Así se dice que es el Hijo quién “sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (He. 1:3) siendo esto una expresión acerca del Espíritu exhalado de Sus labios para la preservación de todo lo existente. Esta preservación de lo creado tiene su razón de ser sólo por la presencia de la iglesia sobre la tierra y de aquéllos que por Su gracia son alcanzados por el Espíritu para formar parte de ella. El misterio de iniquidad dice el apóstol Pablo “ya está en acción” (2 Ts. 2:7) sólo que al presente, incluso hoy, hay quién le detiene, refiriéndose a la Persona del Espíritu de Dios (Is. 59:19). Entendamos que el Espíritu no será quitado de la tierra tras el arrebatamiento de la iglesia, sino que será “quitado de en medio” del escenario que santifica y hace agradable este mundo dando paso a la impiedad como nunca antes ha sucedido. Es así que aquellos cuatro ángeles que detienen los cuatro vientos (Ap. 7:1) prefiguran la destrucción de la naturaleza al no tener la preservación del Espíritu sobre ella que sólo era posible porque Él mantenía la vida normal sobre la tierra. Del mismo modo se abrirán las compuertas de la maldad (Zac. 5:5-11) permitido sólo porque el Espíritu de Dios da paso a la iniquidad.
    Así la acción destructora de los vientos solares que hoy son detenidos por el campo magnético, obra del Espíritu (Gn. 1:2-3), se precipitarán como nunca sobre la tierra (3). Entonces a pesar del presente estado de corrupción de la creación producto de la caída (Ro. 8:20-23) el Espíritu Santo mantiene un equilibrio sobre las fuentes de vida permitiendo todos los procesos naturales, para que el hombre sobreviva y para que las especies del reino animal y vegetal subsistan. Si en los días de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero (Ap. 3:10), se ve tanta destrucción sobre lo creado (Ap. 8:7-12), es debido a que el Espíritu ya no protege la creación renovando la faz de la tierra (Sal. 104:30) ya que ha sido quitado Su acción santificadora sobre el mundo. Aún así siendo Dios, es omnipresente y estará ejerciendo Su tarea de sellar a los 144.000 judíos y de rociar con la sangre del Cordero a los que ejerzan fe tras la proclamación del evangelio del reino por estos siervos del Cordero (Ap. 7:13-14).

continuará, d.v., en el siguiente número 
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 El Lugar del Oyente

Dr. Lindsay Parks

La verdad del “lugar de simple oyente” no se practica hoy en la cristiandad. Tristemente, algunos lugares que antes honraban esta práctica bíblica la han abandonado a favor de la inclusión o el “inclusivismo”. La separación es una de las doctrinas más protectoras en el Nuevo Testamento.

Su Aparición
    Es hallada en 1 Corintos 14:15-17, 23-25. Algunos alegan que el hecho de mencionarla solo aquí y en un lugar más, indica que no es tan importante. Realmente, la observancia semanal de la Cena del Señor (Hch. 20:7) y la ofrenda semanal (1 Co. 16:2) sólo se mencionan una vez, sin embargo las guardamos fielemente en las asambleas del pueblo de Dios. Aparece en 1 Corintios, que ha sido llamada la carta constitucional de la iglesia. En el Nuevo Testamento, toda la doctrina de la iglesia es doctrina de las asambleas. No hay unas doctrinas para la cristiandad y otras para las asambleas. Finalmente, es hallada en el capítulo 14 donde aparece la palabra “iglesia” o “asamblea” (gr. ekklesia) más que en cualquier otro capítulo en el Nuevo Testamento (9 veces).

El Contexto
    Algunos enseñan que el contexto del capítulo 14 es el abuso de las lenguas y la participación inapropiada de las mujeres en las reuniones de la asamblea. Estos temas ciertamente están, pero el contexto de toda esta sección del capítulo 11 al 14 inclusive tiene que ver especial pero no únicamente con la Cena del Señor. Es la única reunión de la asamblea donde se usan elementos físicos (el pan y la copa), y donde se manifiesta públicamente la comunión de una asamblea. Por eso es tan importante esta enseñanza acerca de este lugar específico, porque el Nuevo Testamento enseñan consistentenemte que hay un lugar “dentro” y otro “fuera” en relación con la asamblea de Dios.

El Significado
    La Palabra empleada en 1 Corintios 14:16 es “lugar”. Cada vez que se emplea esta misma palabra griega en el Nuevo Testamento, es traducida así: “lugar”. La palabra griega es “topos”, de donde viene la palabra “topografía”. Strong en su concordancia dice: “punto (gen.) en espacio, pero limitado por la ocupación”. El léxicon de Thayer apunta: “cualquier porción o espacio distinguido del espacio alrededor”. Esto es importante porque el versículo 23 emplea otra palabra distinta para “lugar”. Ahí habla de toda la asamblea reunida en un lugar, pero el lugar del simple oyente o indocto es designado como un espacio distinto. Esto, en efecto, es como Dios indica la separación.

El Lugar
    Observa cómo es empleado por el Espíritu de Dios en otros pasajes. En Lucas 4:17, donde el Señor Jesús enseñó por primera vez en público en la sinagoga en Nazaret, “halló el lugar donde estaba escrito” – el pasaje que Él quiso leer. En Lucas 9:10 es empleado del “lugar desierto”, el lugar específico a donde quería ir y descansar con Sus discípulos. En Lucas 19:5 leemos: “cuando Jesús llegó a aquel lugar” – el punto específico donde Él paró debajo del sicómoro para habar con Zaqueo. En Lucas 16:28 vemos que el hombre rico fue a “este lugar de tormento”. En Juan 14:3 el Señor promete preparar “lugar” en el cielo para Sus discípulos. Lucas 23:33 habla del “lugar llamado de la Calavera”. En Apocalipsis 16:16 se usa para hablar del lugar de la batalla final al que Dios lleva a los ejércitos del mundo: “Y los reunió en el lugar que en hebreo se llama Armagedón”. Hoy día algunos enseñan que el “lugar de simple oyente” es solamente una condición del corazón o una actitud, pero el uso repetido de la palabra en el Nuevo Testamento no apoya esta idea.

Los Que Lo Ocupan
    El versículo 23 menciona dos distintos tipos de personas que ocupan este lugar. Dice: “indoctos o incrédulos”. El incrédulo por supuesto es alguien inconverso. El indocto es uno que está para observar la Cena del Señor; es una persona que todavía no ha aprendido la verdad de estar en comunión en la asamblea del Señor, o tristemente ha retrocedido de lo que aprendió. El Espíritu de Dios tiene cuidado de separar a tales personas de los hermanos en comunión durante la Cena del Señor. El hermano Crawford escribió que un término mejor sería “observadores”. El eufemismo común, “sentarse atrás”, no es una expresión bíblica. Pero la ubicación de este asiento debe estar separado de la comunión de la asamblea.

La Protección
    La asamblea no es “nuestra” asamblea, ni “mi” asamblea, sino la asamblea del Señor. Como tal, merece protección. Hay varios casos de pecado que requieren disciplina y necesitan que la persona disciplinada ya no esté “dentro” sino “fuera” de la comunión. La doctrina del “lugar de simple oyente” ayuda a proteger a la asamblea de errores y falsas doctrinas de afuera. Dios anticipó la Cena del Señor mucho antes de Pentecostés. Instruyó a los levitas a mecer una gavilla de las primicias delante de Jehová la mañana después del día de reposo (Lv. 23:11). En la Cena del Señor presentamos a Cristo, nuestras primicias (1 Co. 15:20), ante el Padre. En el Antiguo Testamento Dios habló repetidas veces en contra de la multitud mixta, cosa que Él aborrece. No desea una multitud mixta en una de Sus asambleas, y esta verdad es Su protección para que no entre el error.
    El Nuevo Testamento no enseña la recepción de una persona simplemente a la Cena del Señor. Enseña la recepción a la asamblea. Por eso la persona recibida a la comunión de la asamblea, aunque sea  solamente para una reunión durante una visita, no debe portar nada que pueda manchar o mengüar las verdades doctrinales y la santidad de las asambleas del Señor. Debe haber comunión. No puede haberla con una persona inconversa, o una que viene de la cristiandad, que nunca ha aprendido o que ha rechazado la verdad de la iglesia en el Nuevo Testamento.

Su Importancia
    En este mismo capítulo 14 Pablo informa a los corintios que las cosas que él ha escrito son “mandamientos del Señor” (v. 37). Esta enseñanza es uno de los mandamientos del Señor. Tristemente, pocos lo reconocen así. Y todavía más triste es que algunos que antes la practicaban la han rechazado. El Señor una vez preguntó a Sus discípulos: “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lc. 6:46). Él requiere nuestra obediencia, y desea nuestra fidelidad. No nos ha dado Su Palabra para que escojamos de ella lo que nos guste, ni para que desechemos lo que no. Es un mandamiento. Que Dios nos ayude a todos a entenderlo, ponerlo por obra y honrarlo, por causa de Él y para Su gloria.
   
Traducido de la revista Truth & Tidings (“Verdad y Noticias”), noviembre 2009