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domingo, 31 de mayo de 2020

EN ESTO PENSAD - junio 2020

¿QUÉ HERENCIA DEJARÁS?

William MacDonald


“El bueno dejará herederos a los hijos de sus hijos” (Proverbios 13:22).
Cuando leemos este versículo, no debemos llegar a la conclusión de que se trata de una herencia financiera o material, pues ¡solo serían buenos los ricos! Es mucho más probable que el Espíritu de Dios se refiera a una herencia espiritual. Una persona pudo haber sido educada por padres que eran pobres pero piadosos; esta persona estará eternamente agradecida por la memoria de un padre y una madre que diariamente leían la Biblia, oraban juntos en familia y le criaron en el temor y amonestación del Señor, aunque no le hayan dejado dinero o bienes raíces al morir. La herencia espiritual es la mejor.
    Realmente un hijo o hija podría arruinarse espiritualmente si heredaran una gran cantidad de dinero. La riqueza que llega de repente es intoxicante y pocos son capaces de administrarla con sabiduría. Son pocos los que heredan fortunas y siguen bien para el Señor.
    Otra consideración es que las familias a menudo se rompen por celos y contiendas cuando se reparte una herencia. Es verdad lo que dice el refrán: “donde hay testamento, hay muchos parientes”. Los miembros de familias que han vivido en paz durante muchos años repentinamente se vuelven enemigos por una  casa o unas cuantas joyas, porcelana o muebles.
    Con mucha frecuencia los padres cristianos dejan su riqueza a hijos inconversos, a parientes que están en religiones falsas o a hijos ingratos, cuando ese dinero podría haberse usado mejor para la difusión del evangelio.
    Algunas veces esta cuestión de dejar dinero a los hijos es una forma velada de egoísmo. Los padres en realidad desean retenerlo para ellos mismos mientras puedan. Saben que la muerte un día lo arrancará de su mano, de modo que siguen la tradición de darlo en herencia a sus hijos.
    Nadie ha legado todavía un testamento que no pueda romperse o disminuirse a causa de impuestos, cuotas y honorarios. Un padre no puede estar seguro de que sus deseos se cumplirán después que haya partido de este mundo.
    Por eso el mejor proceder es dar generosamente a la obra del Señor mientras estamos todavía vivos. Como reza el dicho: “Ofrenda mientras vivas porque así sabrás a dónde fue”.
    Y la mejor manera de hacer un testamento es decir: “Estando en mis facultades mentales pongo mi dinero a trabajar ya para Dios en esta vida. Dejo a mis hijos la herencia de un trasfondo cristiano, un hogar donde Cristo fue honrado y la Palabra de Dios fue reverenciada. Les encomiendo a Dios y a la Palabra de Su gracia, que es capaz de edificarles y darles una herencia entre los santificados”.
del libro DE DÍA EN DÍA, Editorial CLIE
 
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Vanidad y Amargura
 
"¡Que el hombre trabaje con sabiduría, y con ciencia y con rectitud, y que haya de dar su hacienda a hombre que nunca trabajó en ello! También es esto vanidad y mal grande".  Eclesiastés 2:21  

"Y he hallado más amarga que la muerte a la mujer cuyo corazón es lazos y redes, y sus manos ligaduras. El que agrada a Dios escapará de ella; mas el pecador quedará en ella preso".  
Eclesiastés 7:26 
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SIEMPRE PUNTUAL

William Yuille

Desde el primer siglo, generaciones de cristianos han vivido con la expectación de la pronta venida del Señor. Pero aquí estamos en el siglo 21 y todavía no ha venido. ¿Por qué?  Pedro comenta esto en el capítulo 3 de su segunda epístola.
    Dios no calcula el tiempo como nosotros. “No ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día” (v. 8).  Algunos cristianos, desde el siglo después de los apóstoles, han interpretado esto como una fórmula y lo aplican a la historia de la humanidad – diciendo que es un periodo de una semana, o siete mil años.
    Según los cálculos de Ussher, Adán fue creado cerca de 4.000 a.C., así que hubo cuatro días antes de la venida de Cristo; con otros dos días llegamos al año 2.000 d.C., y a ese tiempo debe llegar el séptimo día, la edad del milenio. Pero ya estamos en el 2012 (fecha de este artículo), y esa teoría no parece muy factible. En todo caso, si Pedro hubiera escuchado esa interpretación del versículo, seguramente se habría asombrado. No es una fórmula, sino simplemente una declaración de que Dios no calcula el tiempo como nosotros. Él está totalmente fuera del tiempo – es eterno – y lo que a nosotros nos parece largo tiempo no le parece así a Él.    Dios es paciente. “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P. 3:9). En su primera epístola, Pedro utilizó esta palabra “paciencia” en conexión con el diluvio: “cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca” (1 P. 3:20). Esperó largo tiempo, 120 años, porque Dios es paciente. El salmista dice: “Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia” (Sal. 103:8)
    Dios actúa según Su propio horario. “Pero el día del Señor vendrá...” (2 P. 3:10). No es indiferente respecto al tiempo. Al contrario, siempre sigue Su plan, calendario y horario. Considera, por ejemplo, cómo eso se ve en el Señor Jesucristo:
· Nació al tiempo preciso: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo...” (Gá. 4:4).
· Comenzó Su ministerio en el momento preciso. Durante 30 años estuvo ocultado, desapercibido en Su vida y trabajo en Nazaret, de los cuales no sabemos casi nada. Pero “Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: el tiempo se ha cumplido...” (Mr. 1:14-15).
· Subió a la fiesta en el momento correcto. Sus hermanos le instaron a subir a la fiesta de los tabernáculos, pero Él respondió: “Mi tiempo aún no ha llegado...” (Jn. 7:6). Luego Él subió a Jerusalén aproximadamente a mediados de la fiesta.
· Murió en el tiempo indicado: Repetidas veces decía que Su hora no había llegado. Pero finalmente se fue a Jerusalén y declaró: “Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado” (Jn. 12:23). Juan añade: “sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre” (Jn. 13:1). Pablo escribe que Cristo “a su tiempo murió por los impíos” (Ro. 5:6).
· Volverá cuando sea tiempo. El escritor de Hebreos aplica las palabras de Habacuc al retorno del Señor Jesucristo: “Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará” (He. 10:37).
· Juzgará al mundo cuando llegue el tiempo: “por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó” (Hch. 17:31).
    A veces nos preguntamos por qué el Señor tarda tanto en venir, pero lo cierto es que vendrá. Desconocemos el momento exacto de Su intervención de nuevo en este mundo, pero no cabe dude de que el programa de Dios se ejecutará puntualmente. Luego añade Pedro: “¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir...!” (2 P. 3:11).
 
 
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La Biblia tiene poder para:
   
1. Convencer de pecado           Hch. 2:37
2. Regenerar el corazón            Sal. 19:7; 1 P. 1:23
3. Estimular la fe                      Ro. 10:17
4. Limpiar la vida                     Sal. 119:9; Jn. 15:3
5. Aconsejar y edificar al creyente    Sal. 119:24; Hch. 20:32
6. Renovar el entendimiento    Sal. 119:130; Ro. 12:2
7. Discernir el corazón             He. 4:12
8. Dar sabiduría                        Sal. 119:98-100
9. Equipar para servir               2 Ti. 3:17
10. Alegrar el corazón              Sal. 19:8

La necesitamos todos los días, todas las horas y en toda situación.
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Sistemas de Seguridad

Hoy se invierte mucho dinero en toda clase de sistemas de seguridad para vigilar y proteger nuestras empresas, casas, vehículos y sobre todo nuestras personas. Pero pocos conocen el peculiar sistema de seguridad que tenía el General Comandante japonés del siglo 17. El castillo de Nijo en Kioto, Japón, es una obra maestra que demuestra el esplendor oriental de aquel tiempo. Los visitantes que caminan por los pisos de ese edificio pueden constatar que han sido costruidos para chirriar como pájaros aun con las pisadas más suaves. Esto servía como medida de seguridad para el General, pues nadie podía acercarse siligosamente para asesinarlo.
    Esa característica ingeniosa resalta dos cosas que preocupaban al gobernante: el temor a lo desconocido y su seguridad personal. Estas preocupaciones no se limitan a los jefes de estado; son innatas en el corazón de toda persona. Por eso, aun hoy se emplea la más sofisticada tecnología para diseñar sistemas de seguridad.
    Lo más extraño es que la mayoría de las personas no toman ninguna precaución para proteger su posesión más valiosa, e ignoran que a su disposición está una seguridad absoluta. Si protegemos y aseguramos lo que no podemos guardar para siempre, ¿no deberíamos cuidar mucho más lo que es eterno? Si tememos lo desconocido que puede afectar solamente nuestro bienestar físico o financiero, ¿no deberíamos temer aun más las consecuencias eternas que afectan el cuerpo y el alma? Cristo pregunto: “¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Marcos 8:36).
    La Biblia claramente enseña que lo que los hombres llaman “desconocido” puede conocerse plenamente. Dios ha revelado en Su Palabra que hay una eternidad después de esta vida. Hay vida eterna y cielo para todos los que confían en Su Hijo Jesucristo como Señor y Salvador. Pero hay castigo eterno y separación de Dios para todos los que escogen su propio camino y rehusan creer en Jesucristo. El destino de cada uno puede conocerse en este lado del sepulcro, ahora, evitando el espectro de lo “desconocido”.
    Además, Dios dice en Su Palabra cómo podemos estar seguros de cuál será nuestro destino eterno. La Biblia declara que hemos pecado y somos dignos de muerte (Romanos 1:29-32), pero que “Cristo... murió por los impíos” (Romanos 5:6) y “el que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Juan 3:36).
    El General japonés usó el mejor método del siglo 17 para garantizar su seguridad físico. Pero de todos modos murió al final, como todo ser humano. Usted también, amigo, morirá un día. ¡Qué trágico es depender de religión o filosofía y no del único medio fiable de seguridad espiritual! Dios no le pide que dependa de experiencias o sentimientos, sino de la certeza de la obra de Su Hijo Jesucristo que murió tomando en su lugar el castigo eterno que merece. El apóstol Pedro escribió: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). En base al sacrificio de Cristo, si confías en Él, estarás seguro ahora y por toda la eternidad. El apóstol Juan declaró: “Estas cosas os he escrito...para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13). Cristo declaró acerca de los que confían en Él: “Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás” (Juan 10:28). ¡Esta es máxima seguridad!
Adaptado de un tratado por el Dr. A. J. Higgins 
 
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El Término Confuso: “Enfermedad Mental”

Es hora de preguntar: ¿Qué significa esta expresión: “enfermedad mental”? Sostenemos que “enfermedad mental” es un nombre poco apropiado que no solo confunde sino también engaña. Es cierto que las personas tienen enfermedades y trastornos físicos que afectan la mente. Pero esos no deben ser llamados “enfermedades mentales”, porque la mente en sí, aunque puede estar gravemente afectada, no puede enfermarse. Los cristianos deben recordar que el cerebro es tremendamente complejo en sí, y todavía más en su relación con el resto del cuerpo. Alguien puede sufrir horrendamente debido a una condición del cerebro que no halla su causa en el cuerpo. Es demasiado simplista pensar que la miseria emocional de alguien no tiene relación con problemas físicos solo porque un reconocimiento médico no revela nada. Los que sufren mentalmente debido a condiciones biológicas necesitan amor, cuidado y compasión además de cuidado médico. Nadie debe quitar importancia a esas serias condiciones debilitadoras que causan mucho sufrimiento.
    Sin embargo, el término “enfermedad mental” acaba siendo de multifunción para incluir toda clase de problemas que tienen poco o nada que ver con una enfermedad. La mente es inmaterial y no puede enfermarse. Además, el concepto de “enfermedad mental” abre la puerta a la psicoterapia en el mundo, y al caballo de Troya que llamamos “psicoherejía” en la iglesia. Esta confusión entre el cerebro y la mente ha causado muchos errores en las iglesias, y los psicoterapeutas han convencido a pastores que ni ellos ni otros cristianos pueden ayudar a personas con serios problemas. Esos terapeutas – profesionales – raramente confiesan que lo único que ofrece la psicoterapia es conversación cargada con secularidad. En los Estados Unidos el gobierno, al licenciar a cristianos como consejeros psicológicos, limita el ámbito y alcance de sus trabajos. Por eso, lo más que pueden hacer es educar y motivar al hombre natural, en lugar de enseñar la Palabra de Dios, edificar la fe y nutrir la vida espiritual.  Afrontémoslo: la mayoría de la terapia se ocupa de repasar ofensas del pasado, quejarse de otras personas que a menudo no están presentes, y ocuparse de otras formas de maledicencia que proveen para la carne e impiden crecimiento espiritual.
    Este caballo de Troya parece benigno y útil, pero está lleno del mundo, la carne y aun el diablo que tentó a Eva a cuestionar la Palabra de Dios. Y es por eso que los cristianos se van a la consejería psicológica. Están cuestionando la Palabra de Dios, su suficiencia y lo que dice de sí misma y de ellos. Por ejemplo, la Palabra dice claramente: “Toda la escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3:16-17).
    Piensa en la diferencia entre la “inspiración de Dios” y las opiniones y teorías de los hombres. La psicoterapia y sus subyacentes psicologías se basan en ideas humanas organizadas en teorías sobre la condición humana. Considera la diferencia entre la Palabra de Dios (verdad) y las doctrinas de hombres (opiniones) respecto a cómo debemos vivir y cómo efectuar cambios. ¿Cuál es el sistema psicológico que trae a las personas a la madurez espiritual en esta vida y a la perfección en la siguiente? ¿Qué sistema psicológico puede equipar a alguien para las buenas obras que solo Cristo realiza en el creyente? Sin embargo, pese a esos grandes contrastes, numerosos pastores y misioneros envían a las personas a su cuidado a gente que le da terapia psicológica, y numerosos cristianos siguen el camino psicológico.
    Sostenemos que la psicoterapia, incluso todo consejero psicológico profesionalmente licenciado, están en el camino del mundo y no en el camino del Señor. Jesucristo es “el camino, y la verdad, y la vida” (Jn. 14:6). Recuerda que la terapia psicológica es conversación y sentimientos, no ciencia ni medicina. La terapia psicológica habla del alma, pero es incapaz de transformarla ni puede dar vida nueva al espíritu. De hecho, las investigaciones acerca de la psicoterapia no apoyan la fe que la gente tiene en ella. Como mucho ofrece una ayuda muy limitada, y en el peor caso es dañina. En todo caso es espiritualmente perjudicial.
    La psicoterapia no es ciencia médica, aunque una rama de medicina, la psiquiatría, erróneamente emplea la psicoterapia debido a la influencia de hombres como Sigmund Freud. Durante muchos años la psiquiatría seguía la idea de Freud de “la conversación curativa”, en lugar de investigar y tratar posibles causas físicas de inquietantes síntomas mentales. Por eso, durante muchos años los psiquiatras meramente hablaban con sus pacientes. Principalmente en su búsqueda de las causas de los síntomas, hablaban de la vida freudiana temprana del paciente, las etapas del desarrollo psicosexual. Algunos de los primeros psiquiatras intentaron curar el cerebro a través de horribles lobotomías frontales, extracción de dientes, baños fríos y otros medios, había mucho daño y poco éxito. Las únicas personas aparentemente curadas eran las que eventualmente recuperaron naturalmente, a pesar de los tratamientos y no debido a ellos.

Egas Monitz, inventor de la lobotomía.

    Puede que las investigaciones acerca del cerebro provean algunas respuestas para los que sufren de condiciones difíciles que ahora son etiquetadas esquizofrenia, autismo, desorden bipolar, la enfermedad de Huntingdon y las graves depresiones. Mientras tanto, los cristianos no deben enviar a la psicoterapia las personas que padecen de esas cosas. Hay que ministrar Cristo en Su compasión, sabiduría, misericordia y amor a todos los que sufren. Debemos ministrar Su Palabra a los que buscan dirección y corrección en la vida. Los que padecen enfermedades incurables o de larga duración necesitan gran consuelo y ánimo. Pero no deben sucumbir a la terapia psicológica.
 
Traducido de: PsychoHeresy Awareness Letter, (“Periódico del Conocimiento de la Psicoherejía”; September-October  2017, Vol. 25, No. 5). Ilustraciones añadidas.

Para más artículos e información:
 http://www.psychoheresy-aware.org/mainpage.html
 
 
 "...se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios...
Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada"

Romanos 1:21-22, 28

jueves, 1 de octubre de 2015

EN ESTO PENSAD -- octubre 2015

DIOS NO ES DE 
NINGÚN EQUIPO DEPORTIVO

 
"¿De quién eres, del Madrid, del Barça, o cuál?" A menudo se escuchan preguntas así, y lo triste es, que hay creyentes que como los loros repiten el habla del mundo alrededor suyo. ¿Qué te importa un equipo deportivo? ¿Qué lugar ocupa en el gran esquema de la voluntad de Dios? Sin embargo, si entramos en el mundo de Twitter, Facebook y Whasapp veremos enseguida un montón de personas de iglesias evangélicas y aun de nuestras asambleas que casi no hablan de otra cosa que su equipo favorito, quién ganó, cuánto apuntaron y todo el rollo del mundo del fútbol. Igualito como los inconversos. No les llena el corazón Cristo y la Palabra de Dios, excepto domingos por la mañana. Y para el colmo, conozco personalmente el caso de dos hombres que llevaron un televisor al local de la iglesia y lo colocaron en la cocina para seguir un partido durante la Cena del Señor. Uno de ellos es un anciano. ¡Qué te parece!
    ¿Cómo es que conocen los nombres de los jugadores, y no los nombres de los apóstoles del Señor, o las siete iglesias de Asia en Apocalipsis 2 y 3. Pueden recitar jugadas famosos en partidos deportivos, pero no pueden dar un resumen de cada libro de la Biblia. ¿Es digno de nuestro apoyo, tiempo e interés un equipo de hombres incrédulos, pecadores no arrepentidos, que juego por dinero y vanagloria, y derrocha dinero? ¿Debe ocupar un lugar de responsabilidad en la iglesia uno que no puede renunciar al mundo? El apóstol Juan habló claro: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él" (1 Jn. 2:15). ¿Qué parte de "no améis al mundo" no entendemos?
    Tal vez algunos me dirán que William MacDonald escribió que Dios no condena el deporte. Bueno, quiero ayudar a tales personas a recordar y entender bien lo que el hermano dijo. Aquí está, de su libro DE DÍA EN DÍA, lectura del 3 de  agosto.
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“Ni se complace en la agilidad del hombre” (Salmo 147:10).

    ¡Qué expresión más interesante! ¡El Dios grande y trascendente no se complace en la agilidad del hombre!
    Podemos pensar en esto en relación con el mundo del atletismo. La estrella de la pista, ágil y veloz, que cruza la línea final con las manos extendidas hacia arriba en triunfo. El jugador de baloncesto, atravesando la pista para meter la canasta de victoria. El héroe del fútbol, fuerte y muscular, que avanza irresistiblemente y mete el gol.
    La multitud se desboca, salta, grita y aplaude (o alternativamente abuchea y silba). Son fanáticos que se involucran emocionalmente en cada jugada del partido. Podríamos decir que se complacen, ¡y tanto!, en la agilidad del hombre, es decir, en su habilidad para realizar el juego.
    Nuestro versículo no intenta prohibir el interés en los deportes a nivel personal. La Biblia habla del valor del ejercicio corporal. Pero el desinterés de Dios en la agilidad de un hombre debe recordarnos que debemos mantener nuestras prioridades en orden.
    Es fácil que un joven creyente esté tan absorto con algún deporte que éste se convierta desgraciadamente en la pasión de su vida. Sus mejores esfuerzos están encauzados para lograr la excelencia en el mundo. Se disciplina en el uso del tiempo, los alimentos y el sueño. Practica incansablemente perfeccionando su habilidad en toda jugada concebible. Mantiene un régimen planeado de ejercicio para conservarse en excelente condición física. Piensa y habla acerca de este deporte como si fuera su vida. Quizás en realidad lo es.
    En ocasiones, un joven cristiano como éste puede sorprenderse cuando de repente se da cuenta de que Dios no se complace en la agilidad del hombre. Si desea caminar en comunión con Dios, necesita adoptar la perspectiva de Dios.
    Entonces, ¿en qué se complace Dios? El versículo 11 del Salmo 147 nos dice: “Se complace Jehová en los que le temen, y en los que esperan en su misericordia”. En otras palabras, Dios está más interesado en lo espiritual que en lo físico. El apóstol Pablo se refiere a este mismo sistema de valores cuando dice que: “el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1 Ti. 4:8).
    Cuando hayan pasado cien años y las aclamaciones dejen de resonar, cuando el estadio esté vacío y el marcador olvidado, lo que realmente contará es la vida que buscó primeramente el reino de Dios y Su justicia.
Amigo, la Biblia no apoya a los equipos deportivos, el deporteprofesional y todo ese rollo que el diablo tiene montado en el mundo para mantener a la gente satisfecha sin Dios. Practicar el deporte para la salud, el ejercicio corporal es algo que puede dar un beneficio en esta vida, pero no en la venidera porque para poco es provechoso. Pero el Espíritu Santo nos recuerda: "la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera" (1 Ti. 4:8). Dios ha escogido al piadoso para sí (Sal. 4:3). Sé uno de ellos. Ejercítate para la piedad y reuncia la impiedad y los deseos mundanos. Los estadios, los trofeos, y todo lo demás de este mundo perecerá. "La tierra y las obras que en ella hay serán quemadas" (2 P. 3:10). "¿De qué equipo eres?" De ninguno. Soy de Jesucristo, le amo y le sigo. ¿Y tú?            

   Carlos
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  LA BONDAD Y LA SEVERIDAD DE DIOS

La bondad de Dios a Su congregación era indescriptible, sin embargo para mantener el testimonio en santidad, Su disciplina era muy estricta. Los transgresores debían ser cortados de la congregación por comer levadura (Éx. 12:15-19); por comer sangre (Lv. 7:27); por comer la ofrenda de paz estando inmundo o después del segundo día (Lv. 7:20); por ver la desnudez de un hermano o una hermana (Lv. 20:17); por tocar cosas santas estando inmundo (Lv. 22:3); por componer ungüento semejante al aceite de la santa unción (Éx. 30:33); por no celebrar la Pascua (Nm. 9:13); por no usar el agua de purificación (Nm. 19:13) y por no circuncidarse, etc.
    Debía morir el idólatro (Dt. 13:9); el blasfemo; el falso profeta (Dt. 13:5-11); el pecador presumido o soberbio (Dt. 17:12); el que no guardaba el día de reposo (Éx. 31:14); el adivino (Lv. 20.27); el extraño que se acercara como sacerdote (Nm. 18:7); los homicidas (Nm. 35:31); el que hiriere o maldijere a padre o madre (Éx. 21:15, 17); los hijos contumaces y rebeldes (Dt. 21:20-21); los adúlteros, etc. (Lv. 20:10); y otras personas semejantes a ésas.
    Sin duda la mente liberal considera tales leyes muy severas e innecesarias, pero los que tienen inteligencia espiritual reconocen que se arruinaría el testimonio e Israel sería un falso testigo de Dios si tales cosas fuesen toleradas. El que tiene la mente liberal en cosas espirituales roba a Dios de Su autoridad, anula Su disciplina y le trata como si fuera un mero blandengue. Su amor y compasión no deben ser empleados como para compensar Su justicia y autoridad. Cuando Jesús cesa de ser reconocido como Señor y es considerado como alguien cuyo propósito principal es perdonar, hay algo radicalmente equivocado.
    El que extiende una mano calurosa de amor al injusto e insumiso, y frunce el ceño a los que obedecen la fe, está negando el señorío de Cristo. Si partimos el pan con cualquiera que profesa fe, en lugar de insistir en la comunión de los santos en una asamblea del Señor, esto es la forma más debilitante que hay del laodiceanismo. Exalta la voluntad del hombre y niega el señorío de Cristo. Dios no tiene menos cuidado en la Iglesia que tenía en Israel. (Véanse 1 Co. 5; 2 P. 2:10; 1 Ti. 1:9; 1 Co. 6:9; He. 10:26; Mt. 18:15-18; 2 Ts. 3:6-14; 1 Ti. 1:9-20; 6:3-5; 2 Ti. 2:16-21; 3:1-5; Ro. 16:17; Hch. 20:29; Ap. 2:2; 2 Co. 11:13; Tit. 3:10-11; Ef. 5:5; 2 Co. 11:1-13; Gá. 1:8; 1 Co. 10:20; 1 Co. 11:27-32).
Dr. E. A. Martin, de su libro: La Asamblea Modelo

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CRISTO SE CONGREGA.  ¿Y TÚ?

¿No necesitas reunirte con la iglesia? ¿Puedes quedarte en casa y adorar?, porque dices: "Dios está en todasa partes". Vamos a dejar al Señor Jesucrcisto responder: “...Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:20). A Jesucristo le interesa mucho la congregación de los creyentes.
    William MacDonald escribe: Cuando el Señor pronunció estas palabras, se estaba refiriendo a una reunión de la iglesia convocada para tratar con un miembro pecador que rehúsa arrepentirse...  Pero el versículo ciertamente tiene una aplicación más amplia. Se cumple dondequiera y cada vez que dos o tres se reúnen en Su Nombre. Reunirse en Su Nombre significa juntarse como asamblea cristiana; congregarse con y por Su autoridad, actuando de Su parte; reunirse en torno a Él como cabeza y centro de atracción; congregarse de acuerdo con la práctica de los cristianos primitivos en doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones (Hch. 2:42). Quiere decir congregarse con Cristo como el centro, congregarse en Él (Gn. 49:10; Sal. 50:5).
     Dondequiera que los creyentes se reúnen de este modo a la Persona del Señor Jesús, Él promete estar presente. Mas alguien podría preguntar: “¿No está Él presente en todas partes? Siendo Él Omnipresente, ¿no está en todos los lugares a una y al mismo tiempo?” La respuesta es: por supuesto que sí. Pero Él promete estar presente de una manera especial cuando los santos se congregan en Su Nombre: “...allí estoy yo en medio de ellos”. Esa es, por sí misma, la razón más fuerte por la que debemos ser fieles asistiendo a todas las reuniones de la iglesia. El Señor Jesús está ahí de una manera especial.

citado de su libro: De Día En Día, CLIE
    
La Biblia exhorta: "no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre" (Hebreos 10:25). Y los creyentes de verdad responden como el rey David: "Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos" (Sal. 122:1).
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ADVERTENCIA 
A TODOS LOS IMPÍOS

“¿No sabes ya de siempre, 
desde que el hombre fue puesto sobre la tierra, 
que es breve la exultación del malvado
 y dura un instante la alegría de los perversos? 
Si hasta el cielo subiera su arrogancia
 y tocare en las nubes su cabeza, 
cual un fantasma desaparece para siempre... 
aunque la maldad fuere dulce a su boca 
y la ocultara bajo su lengua...
su comida en sus entrañas se corrompería, 
siendo como hiel de áspides en su interior” 
(Job 20:4-14). 


“Cuando está para henchir su vientre, 
mandará Dios contra él el ardor de su cólera, 
haciendo llover contra su carne sus proyectiles... 
Toda suerte de tinieblas le están reservadas;
 le devorará un fuego no encendido (por hombre), 
que consumirá lo que reste en su tienda... 
Esta es la suerte que a perverso (reserva) Dios,
 y ésta es la dote que Dios le adjudica”  
(La Biblia: Job 20:23, 26, 29).
LA SAGRADA BIBLIA, VERSIÓN NÁCAR COLUNGA 

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RAZÓN DE MI FE CRISTIANA 
Ernesto Trenchard
 
Perdone el lector la forma personal de este escrito. No lo hago para darme importancia a mí mismo, sino con el propósito de expresar más clara y directamente lo que quiero decir. “Me seréis testigos”, dijo el Señor Jesucristo a Sus discípulos al despedirse de ellos, y considero que todo mensaje cristiano debe ser, hasta cierto punto, un testimonio personal por el cual el creyente refiere a otros su “visión celestial”.

SOY CRISTIANO
porque la vida material no puede satisfacer mis anhelos espirituales.
    Algunas veces los hombres de ciencia nos hablan con aire de superioridad, como si supieran todos los secretos de la Naturaleza, pero la verdad es que los conocimientos científicos, según manifestó el célebre Sir James Jeans, no son más que islotes luminosos rodeados por un océano de ignorancia. Los fisiólogos y los biólogos saben describir los complicados procesos de la vida, pero no aciertan a explicar la más mínima parte de ellos. En otras palabras, saben mucho del “cómo” y nada del “por qué” de las cosas. Ignoran el secreto de la vitalidad de la célula más pequeña de una hoja cualquiera, arrancada de una planta o de un árbol del jardín. Y si tan poco saben del misterio de la vida natural, ¿qué me pueden decir de la vida espiritual? Jesucristo rechazó una de las tentaciones del diablo diciendo: “No con sólo el pan vivirá el hombre” (S. Mateo 4:4), y estas palabras hallan eco en lo más profundo de mi ser. En otra ocasión resumió una de las lecciones más elementales de la vida en estas palabras magistrales: “¿Y qué aprovechará el hombre si granjeare todo el mundo, y perdiere su alma?” (S. Marcos 8:36). Al meditar estas palabras, me imagino que tengo todo el mundo a mis pies, cual otro César, con cuanto encierra de riqueza, poderío, placer y saber. Pero en el momento de gozarlo todo, la vida cesa, y la voz de Dios me llama ante Su alto Tribunal. Entonces, ¡cuán mísero y desnudo me hallo? Y los más de los hombres, lejos de granjearse el mundo, no hacen sino amontonar trabajosamente un montoncillo de basura. ¿Vale ello la pena?

SOY CRISTIANO
porque creo que Dios se ha revelado a sí mismo.
    Permita el lector que explique lo que quiero decir. Si Dios nos ha creado, me parece increíble que nos deje en la ignorancia de Su voluntad y nos esconda el camino de la salvación. Lejos de parecerme imposible que hable al hombre, no puedo comprender que deje de hacerlo. Ha revelado algo de sí mismo en el orden y la hermosura de la Naturaleza, pero sentimos que Dios tiene más que decir al hombre, y nos apercibimos a oír Su voz.

SOY CRISTIANO
porque creo que Dios nos ha hablado en Su Hijo.
    La Epístola a los Hebreos empieza con estas sublimes palabras: “Dios, habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos prostreros días nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos 1:2). El inspirado autor de estas palabras vivió pocos años después de la Vida, la Muerte y la Resurrección del Señor Jesucristo, y, como miles de otras personas que habían presenciado los hechos, tenía la completa seguridad de que Dios se había manifestado en Jesucristo de Nazaret. Yo no puedo ver los mismo hechos con mis propios ojos, pero los testigos oculares dieron fe en los Santos Evangelios (San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan) de lo que habían visto, y al meditar en lo que han dejado escrito llego al convencimiento de que la gloria de Dios se trasparentó a través de la sagrada humanidad de Jesús. San Juan, que fue el amigo más íntimo del Señor en todas las etapas de Su ministerio, llegó a la misma conclusión, y escribió: “El Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (S. Juan 1:14). No hay lugar para más pruebas aquí, pero estoy convencido de que si el lector leyera las narraciones de la vida del Señor según se hallan en los Evangelios, y los meditara con ánimo dispuesto a hallar la verdad, llegaría a la misma conclusión, y aceptaría esta declaración que el Señor hizo de sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (S. Juan 14:6).

SOY CRISTIANO
porque necesito un Salvador.
    Miro dentro de mi corazón y descubro arraigado en él una flaqueza moral fatal. El bien que quisiera hacer se escurre de entre mis manos, mientras que caigo lleno en el mal que quisiera evitar. Por eso la historia íntima de mi vida se extiende detrás de mí llena de negras manchas y de feos borrones. Si la pureza, la justicia y la santidad son las condiciones imprescindibles para lograr la dicha de la presencia de Dios (y lo son), yo me hallo excluido de ella para siempre a no ser que Dios provea el remedio. Es una locura creer que mis buenos deseos y la buena fama que tenga entre mis semejantes puedan anular el hecho del pecado cometido, que se levanta gigantesco y amenazador entre mi alma y mi Dios. ¡Necesito un Salvador!, gime mi alma.

SOY CRISTIANO
porque creo que Cristo es el único Salvador.
    Cuando el ángel anunció a San José el misterio de la Encarnación, le dio este encargo: “Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (S. Mateo 1:21); así se puso de relieve la misión salvadora del Señor Jesucristo aun antes de Su nacimiento. Durante los años de Su ministerio público, Jesús salvaba a todos los necesitados que acudían a Él, manifestando siempre una compasión infinita unida con la santidad más perfecta. Pero aún faltaba lo más importante; esto es: Su muerte expiatoria en la cruz del Calvario, para que yo pudiera ser salvado de mis pecados. La preciosa vida del Hombre perfecto termina, no en un Trono, sino en la vergüenza y la agonía del patíbulo, y me pregunto el porqué de aquello que parece ser un fracaso y una tragedia. Las Sagradas Escrituras me dan la respuesta, y me hacen saber que murió, no por sí mismo, pues ninguna razón había para ello, sino por la redención de los hombres. Citaré algunos textos bíblicos que señalan el camino de la salvación. En el Evangelio según San Marcos leemos estas palabra de los labios del mismo Señor: “El Hijo del Hombre (Cristo) no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (S. Lucas 10:45), y con esta declaración concuerda lo que Jesucristo dice de sí mismo en el Evangelio según San Juan: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (S. Juan 10:11). En su epístola a la iglesia en Roma, San Pablo explica el significado de la Cruz de esta forma: “Porque Cristo, cuando aún éramos flacos, a su tiempo, murió por los impíos” (Romanos 5:6). De una manera muy parecida se expresa San Pedro: “El cual mismo (Cristo) llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, siendo muertos al pecado, vivamos a la justicia; por la herida del cual habéis sido sanados” (1 Pedro 2:24). San Juan, apóstol del amor, abunda en lo mismo: “En esto consiste el amor: no que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó a nosotros, y ha enviado a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10). Por propiciación hemos de entender que la muerte de Cristo, de valor infinito a los ojos de Dios, satisfizo las justas exigencias de la Ley en cuanto a nuestro pecado.
    Aprendo, pues, tanto de los Santos Evangelios como de los escritos apostólicos, que Jesús no murió a cause de Sus propios pecados, pues no los tenía; tampoco murió porque no podía librarse de los hombres, ya que, en determinadas circunstancias, cuando así era la voluntad de Su Padre, manifestó Su omnipotencia y Su control de los hombres y de las fuerzas de la Naturaleza. Murió porque vino a salvarnos, y, haciéndose Representante de la raza humana, asumió su culpabilidad y sufrió la dondenación que los pecadores merecían. En la infinita agonía de la Cruz “gustó la muerte por todos” (Hebreos 2:9).

SOY CRISTIANO
porque Cristo es MI SALVADOR.
    El mismo sagrado Libro, la Biblia, que me enseña que Cristo es el Salvador de los hombres, me enseña también cómo puedo recibirle a los efectos de mi salvación personal. Los Apóstoles recibieron del Señor la comisión de predicar el Evangelio a toda criatura, y anunciaron que la virtud de la Obra de la Cruz podía remediar el triste estado de todo pecador que acudiera a Cristo arrepentido y con fe. El arrepentimiento, en su sentido bíblico, quiere decir un cambio de mente o de actitud, y señala el momento cuando empezamos a odiar el pecado, volviendo las espaldas a la vida antigua. La fe no es el mero asentimiento a ciertas doctrinas o enseñanzas, sino que indica, en el sentido bíblico, la confianza total en aquél que murió por mí. Tal fe establece un contatcto vital con el Salvador y nos identifica con Su obra salvadora. Las Sagradas Escrituras no saben nada de otros medios de salvación. Mis obras no pueden conseguir nada, pues todas llevan en sí la mancha del pecado; las ceremonias religiosas afectan al cuerpo solamente, y como no pueden adentrarse hasta el alma, es imposible que efectúen cambios espirituales. Vea otras palabras del Apóstol San Juan: “Dios nos ha dado la vida, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; y el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida” (1 Juan 5:11-12), verdad que se aclara aún más por la declaración sencilla y terminante del Señor mismo: “El que cree en MÍ, TIENE LA VIDA ETERNA” (S. Juan 6:47). Por estas escrituras, y otras muchas parecidas, veo que, para recibir la salvación que Dios me ofrece, tengo que humillarme en Su presencia, confesar que soy pecador y aceptarle con fe sencilla.

SOY CRISTIANO
porque Jesucristo es el Señor de mi vida y procuro andar en Sus caminos.
    Las naciones persisten en llamarse “cristianas” aun en el momento de arrojarse las unas contra las otras con armas mortíferas para la destrucción de multitudes de seres. Los hombres se llaman cristianos al par que exaltan el “yo” y emplean todos los medios, sean lícitos o perversos, para ganar para sí dinero, placer, posición y poder. ¡Qué manera de burlarse del verdadero significado del hermoso título de cristiano! Para ser cristiano, en el sentido real de la palabra, es necesario aceptar a Cristo como Salvador, con la determinación de reconocerle también como Señor de la vida, que se ordena luego en conformidad con Su Palabra. El hombre que hace esto es nacido de nuevo, según la hermosa frase del Señor mismo, y se reconoce como otro. La carne quedará, y hará lo suyo, pero no vencerá al creyente que reclama con fe el auxilio del Espíritu Santo.
    Muchos años han pasado desde que comprendí el Evangelio y me entregué a mi Salvador. Fue el día más feliz de mi vida, y ahor puedo dar mi testimonio que Él me ha salvado, y de que aún me guarda, dando un valor real a una vida que, de otra forma, sería huera y desabrida. Desaría que el sencillo relato de mi propia experiencia llevara al amable lector a escudriñar las Palabras de Cristo y de los Apóstoles en el Nuevo Testamento, y que hallara a su vez la vida por medio de la fe en el Salvador. Fue San Agustín el que dijo: “Tú nos has hecho para ti, y ningún reposo hallan nuestras almas hasta hallarlo en ti”.      
           
                                                      
Los textos bíblicos citados son de la traducción Reina-Valera, revisión de 1909.
Impreso originalmente por Literatura Bíblica, Trafalgar, 32, Madrid