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domingo, 31 de mayo de 2020

EN ESTO PENSAD - junio 2020

¿QUÉ HERENCIA DEJARÁS?

William MacDonald


“El bueno dejará herederos a los hijos de sus hijos” (Proverbios 13:22).
Cuando leemos este versículo, no debemos llegar a la conclusión de que se trata de una herencia financiera o material, pues ¡solo serían buenos los ricos! Es mucho más probable que el Espíritu de Dios se refiera a una herencia espiritual. Una persona pudo haber sido educada por padres que eran pobres pero piadosos; esta persona estará eternamente agradecida por la memoria de un padre y una madre que diariamente leían la Biblia, oraban juntos en familia y le criaron en el temor y amonestación del Señor, aunque no le hayan dejado dinero o bienes raíces al morir. La herencia espiritual es la mejor.
    Realmente un hijo o hija podría arruinarse espiritualmente si heredaran una gran cantidad de dinero. La riqueza que llega de repente es intoxicante y pocos son capaces de administrarla con sabiduría. Son pocos los que heredan fortunas y siguen bien para el Señor.
    Otra consideración es que las familias a menudo se rompen por celos y contiendas cuando se reparte una herencia. Es verdad lo que dice el refrán: “donde hay testamento, hay muchos parientes”. Los miembros de familias que han vivido en paz durante muchos años repentinamente se vuelven enemigos por una  casa o unas cuantas joyas, porcelana o muebles.
    Con mucha frecuencia los padres cristianos dejan su riqueza a hijos inconversos, a parientes que están en religiones falsas o a hijos ingratos, cuando ese dinero podría haberse usado mejor para la difusión del evangelio.
    Algunas veces esta cuestión de dejar dinero a los hijos es una forma velada de egoísmo. Los padres en realidad desean retenerlo para ellos mismos mientras puedan. Saben que la muerte un día lo arrancará de su mano, de modo que siguen la tradición de darlo en herencia a sus hijos.
    Nadie ha legado todavía un testamento que no pueda romperse o disminuirse a causa de impuestos, cuotas y honorarios. Un padre no puede estar seguro de que sus deseos se cumplirán después que haya partido de este mundo.
    Por eso el mejor proceder es dar generosamente a la obra del Señor mientras estamos todavía vivos. Como reza el dicho: “Ofrenda mientras vivas porque así sabrás a dónde fue”.
    Y la mejor manera de hacer un testamento es decir: “Estando en mis facultades mentales pongo mi dinero a trabajar ya para Dios en esta vida. Dejo a mis hijos la herencia de un trasfondo cristiano, un hogar donde Cristo fue honrado y la Palabra de Dios fue reverenciada. Les encomiendo a Dios y a la Palabra de Su gracia, que es capaz de edificarles y darles una herencia entre los santificados”.
del libro DE DÍA EN DÍA, Editorial CLIE
 
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Vanidad y Amargura
 
"¡Que el hombre trabaje con sabiduría, y con ciencia y con rectitud, y que haya de dar su hacienda a hombre que nunca trabajó en ello! También es esto vanidad y mal grande".  Eclesiastés 2:21  

"Y he hallado más amarga que la muerte a la mujer cuyo corazón es lazos y redes, y sus manos ligaduras. El que agrada a Dios escapará de ella; mas el pecador quedará en ella preso".  
Eclesiastés 7:26 
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SIEMPRE PUNTUAL

William Yuille

Desde el primer siglo, generaciones de cristianos han vivido con la expectación de la pronta venida del Señor. Pero aquí estamos en el siglo 21 y todavía no ha venido. ¿Por qué?  Pedro comenta esto en el capítulo 3 de su segunda epístola.
    Dios no calcula el tiempo como nosotros. “No ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día” (v. 8).  Algunos cristianos, desde el siglo después de los apóstoles, han interpretado esto como una fórmula y lo aplican a la historia de la humanidad – diciendo que es un periodo de una semana, o siete mil años.
    Según los cálculos de Ussher, Adán fue creado cerca de 4.000 a.C., así que hubo cuatro días antes de la venida de Cristo; con otros dos días llegamos al año 2.000 d.C., y a ese tiempo debe llegar el séptimo día, la edad del milenio. Pero ya estamos en el 2012 (fecha de este artículo), y esa teoría no parece muy factible. En todo caso, si Pedro hubiera escuchado esa interpretación del versículo, seguramente se habría asombrado. No es una fórmula, sino simplemente una declaración de que Dios no calcula el tiempo como nosotros. Él está totalmente fuera del tiempo – es eterno – y lo que a nosotros nos parece largo tiempo no le parece así a Él.    Dios es paciente. “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P. 3:9). En su primera epístola, Pedro utilizó esta palabra “paciencia” en conexión con el diluvio: “cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca” (1 P. 3:20). Esperó largo tiempo, 120 años, porque Dios es paciente. El salmista dice: “Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia” (Sal. 103:8)
    Dios actúa según Su propio horario. “Pero el día del Señor vendrá...” (2 P. 3:10). No es indiferente respecto al tiempo. Al contrario, siempre sigue Su plan, calendario y horario. Considera, por ejemplo, cómo eso se ve en el Señor Jesucristo:
· Nació al tiempo preciso: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo...” (Gá. 4:4).
· Comenzó Su ministerio en el momento preciso. Durante 30 años estuvo ocultado, desapercibido en Su vida y trabajo en Nazaret, de los cuales no sabemos casi nada. Pero “Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: el tiempo se ha cumplido...” (Mr. 1:14-15).
· Subió a la fiesta en el momento correcto. Sus hermanos le instaron a subir a la fiesta de los tabernáculos, pero Él respondió: “Mi tiempo aún no ha llegado...” (Jn. 7:6). Luego Él subió a Jerusalén aproximadamente a mediados de la fiesta.
· Murió en el tiempo indicado: Repetidas veces decía que Su hora no había llegado. Pero finalmente se fue a Jerusalén y declaró: “Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado” (Jn. 12:23). Juan añade: “sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre” (Jn. 13:1). Pablo escribe que Cristo “a su tiempo murió por los impíos” (Ro. 5:6).
· Volverá cuando sea tiempo. El escritor de Hebreos aplica las palabras de Habacuc al retorno del Señor Jesucristo: “Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará” (He. 10:37).
· Juzgará al mundo cuando llegue el tiempo: “por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó” (Hch. 17:31).
    A veces nos preguntamos por qué el Señor tarda tanto en venir, pero lo cierto es que vendrá. Desconocemos el momento exacto de Su intervención de nuevo en este mundo, pero no cabe dude de que el programa de Dios se ejecutará puntualmente. Luego añade Pedro: “¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir...!” (2 P. 3:11).
 
 
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La Biblia tiene poder para:
   
1. Convencer de pecado           Hch. 2:37
2. Regenerar el corazón            Sal. 19:7; 1 P. 1:23
3. Estimular la fe                      Ro. 10:17
4. Limpiar la vida                     Sal. 119:9; Jn. 15:3
5. Aconsejar y edificar al creyente    Sal. 119:24; Hch. 20:32
6. Renovar el entendimiento    Sal. 119:130; Ro. 12:2
7. Discernir el corazón             He. 4:12
8. Dar sabiduría                        Sal. 119:98-100
9. Equipar para servir               2 Ti. 3:17
10. Alegrar el corazón              Sal. 19:8

La necesitamos todos los días, todas las horas y en toda situación.
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Sistemas de Seguridad

Hoy se invierte mucho dinero en toda clase de sistemas de seguridad para vigilar y proteger nuestras empresas, casas, vehículos y sobre todo nuestras personas. Pero pocos conocen el peculiar sistema de seguridad que tenía el General Comandante japonés del siglo 17. El castillo de Nijo en Kioto, Japón, es una obra maestra que demuestra el esplendor oriental de aquel tiempo. Los visitantes que caminan por los pisos de ese edificio pueden constatar que han sido costruidos para chirriar como pájaros aun con las pisadas más suaves. Esto servía como medida de seguridad para el General, pues nadie podía acercarse siligosamente para asesinarlo.
    Esa característica ingeniosa resalta dos cosas que preocupaban al gobernante: el temor a lo desconocido y su seguridad personal. Estas preocupaciones no se limitan a los jefes de estado; son innatas en el corazón de toda persona. Por eso, aun hoy se emplea la más sofisticada tecnología para diseñar sistemas de seguridad.
    Lo más extraño es que la mayoría de las personas no toman ninguna precaución para proteger su posesión más valiosa, e ignoran que a su disposición está una seguridad absoluta. Si protegemos y aseguramos lo que no podemos guardar para siempre, ¿no deberíamos cuidar mucho más lo que es eterno? Si tememos lo desconocido que puede afectar solamente nuestro bienestar físico o financiero, ¿no deberíamos temer aun más las consecuencias eternas que afectan el cuerpo y el alma? Cristo pregunto: “¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Marcos 8:36).
    La Biblia claramente enseña que lo que los hombres llaman “desconocido” puede conocerse plenamente. Dios ha revelado en Su Palabra que hay una eternidad después de esta vida. Hay vida eterna y cielo para todos los que confían en Su Hijo Jesucristo como Señor y Salvador. Pero hay castigo eterno y separación de Dios para todos los que escogen su propio camino y rehusan creer en Jesucristo. El destino de cada uno puede conocerse en este lado del sepulcro, ahora, evitando el espectro de lo “desconocido”.
    Además, Dios dice en Su Palabra cómo podemos estar seguros de cuál será nuestro destino eterno. La Biblia declara que hemos pecado y somos dignos de muerte (Romanos 1:29-32), pero que “Cristo... murió por los impíos” (Romanos 5:6) y “el que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Juan 3:36).
    El General japonés usó el mejor método del siglo 17 para garantizar su seguridad físico. Pero de todos modos murió al final, como todo ser humano. Usted también, amigo, morirá un día. ¡Qué trágico es depender de religión o filosofía y no del único medio fiable de seguridad espiritual! Dios no le pide que dependa de experiencias o sentimientos, sino de la certeza de la obra de Su Hijo Jesucristo que murió tomando en su lugar el castigo eterno que merece. El apóstol Pedro escribió: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). En base al sacrificio de Cristo, si confías en Él, estarás seguro ahora y por toda la eternidad. El apóstol Juan declaró: “Estas cosas os he escrito...para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13). Cristo declaró acerca de los que confían en Él: “Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás” (Juan 10:28). ¡Esta es máxima seguridad!
Adaptado de un tratado por el Dr. A. J. Higgins 
 
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El Término Confuso: “Enfermedad Mental”

Es hora de preguntar: ¿Qué significa esta expresión: “enfermedad mental”? Sostenemos que “enfermedad mental” es un nombre poco apropiado que no solo confunde sino también engaña. Es cierto que las personas tienen enfermedades y trastornos físicos que afectan la mente. Pero esos no deben ser llamados “enfermedades mentales”, porque la mente en sí, aunque puede estar gravemente afectada, no puede enfermarse. Los cristianos deben recordar que el cerebro es tremendamente complejo en sí, y todavía más en su relación con el resto del cuerpo. Alguien puede sufrir horrendamente debido a una condición del cerebro que no halla su causa en el cuerpo. Es demasiado simplista pensar que la miseria emocional de alguien no tiene relación con problemas físicos solo porque un reconocimiento médico no revela nada. Los que sufren mentalmente debido a condiciones biológicas necesitan amor, cuidado y compasión además de cuidado médico. Nadie debe quitar importancia a esas serias condiciones debilitadoras que causan mucho sufrimiento.
    Sin embargo, el término “enfermedad mental” acaba siendo de multifunción para incluir toda clase de problemas que tienen poco o nada que ver con una enfermedad. La mente es inmaterial y no puede enfermarse. Además, el concepto de “enfermedad mental” abre la puerta a la psicoterapia en el mundo, y al caballo de Troya que llamamos “psicoherejía” en la iglesia. Esta confusión entre el cerebro y la mente ha causado muchos errores en las iglesias, y los psicoterapeutas han convencido a pastores que ni ellos ni otros cristianos pueden ayudar a personas con serios problemas. Esos terapeutas – profesionales – raramente confiesan que lo único que ofrece la psicoterapia es conversación cargada con secularidad. En los Estados Unidos el gobierno, al licenciar a cristianos como consejeros psicológicos, limita el ámbito y alcance de sus trabajos. Por eso, lo más que pueden hacer es educar y motivar al hombre natural, en lugar de enseñar la Palabra de Dios, edificar la fe y nutrir la vida espiritual.  Afrontémoslo: la mayoría de la terapia se ocupa de repasar ofensas del pasado, quejarse de otras personas que a menudo no están presentes, y ocuparse de otras formas de maledicencia que proveen para la carne e impiden crecimiento espiritual.
    Este caballo de Troya parece benigno y útil, pero está lleno del mundo, la carne y aun el diablo que tentó a Eva a cuestionar la Palabra de Dios. Y es por eso que los cristianos se van a la consejería psicológica. Están cuestionando la Palabra de Dios, su suficiencia y lo que dice de sí misma y de ellos. Por ejemplo, la Palabra dice claramente: “Toda la escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3:16-17).
    Piensa en la diferencia entre la “inspiración de Dios” y las opiniones y teorías de los hombres. La psicoterapia y sus subyacentes psicologías se basan en ideas humanas organizadas en teorías sobre la condición humana. Considera la diferencia entre la Palabra de Dios (verdad) y las doctrinas de hombres (opiniones) respecto a cómo debemos vivir y cómo efectuar cambios. ¿Cuál es el sistema psicológico que trae a las personas a la madurez espiritual en esta vida y a la perfección en la siguiente? ¿Qué sistema psicológico puede equipar a alguien para las buenas obras que solo Cristo realiza en el creyente? Sin embargo, pese a esos grandes contrastes, numerosos pastores y misioneros envían a las personas a su cuidado a gente que le da terapia psicológica, y numerosos cristianos siguen el camino psicológico.
    Sostenemos que la psicoterapia, incluso todo consejero psicológico profesionalmente licenciado, están en el camino del mundo y no en el camino del Señor. Jesucristo es “el camino, y la verdad, y la vida” (Jn. 14:6). Recuerda que la terapia psicológica es conversación y sentimientos, no ciencia ni medicina. La terapia psicológica habla del alma, pero es incapaz de transformarla ni puede dar vida nueva al espíritu. De hecho, las investigaciones acerca de la psicoterapia no apoyan la fe que la gente tiene en ella. Como mucho ofrece una ayuda muy limitada, y en el peor caso es dañina. En todo caso es espiritualmente perjudicial.
    La psicoterapia no es ciencia médica, aunque una rama de medicina, la psiquiatría, erróneamente emplea la psicoterapia debido a la influencia de hombres como Sigmund Freud. Durante muchos años la psiquiatría seguía la idea de Freud de “la conversación curativa”, en lugar de investigar y tratar posibles causas físicas de inquietantes síntomas mentales. Por eso, durante muchos años los psiquiatras meramente hablaban con sus pacientes. Principalmente en su búsqueda de las causas de los síntomas, hablaban de la vida freudiana temprana del paciente, las etapas del desarrollo psicosexual. Algunos de los primeros psiquiatras intentaron curar el cerebro a través de horribles lobotomías frontales, extracción de dientes, baños fríos y otros medios, había mucho daño y poco éxito. Las únicas personas aparentemente curadas eran las que eventualmente recuperaron naturalmente, a pesar de los tratamientos y no debido a ellos.

Egas Monitz, inventor de la lobotomía.

    Puede que las investigaciones acerca del cerebro provean algunas respuestas para los que sufren de condiciones difíciles que ahora son etiquetadas esquizofrenia, autismo, desorden bipolar, la enfermedad de Huntingdon y las graves depresiones. Mientras tanto, los cristianos no deben enviar a la psicoterapia las personas que padecen de esas cosas. Hay que ministrar Cristo en Su compasión, sabiduría, misericordia y amor a todos los que sufren. Debemos ministrar Su Palabra a los que buscan dirección y corrección en la vida. Los que padecen enfermedades incurables o de larga duración necesitan gran consuelo y ánimo. Pero no deben sucumbir a la terapia psicológica.
 
Traducido de: PsychoHeresy Awareness Letter, (“Periódico del Conocimiento de la Psicoherejía”; September-October  2017, Vol. 25, No. 5). Ilustraciones añadidas.

Para más artículos e información:
 http://www.psychoheresy-aware.org/mainpage.html
 
 
 "...se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios...
Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada"

Romanos 1:21-22, 28

miércoles, 30 de octubre de 2019

EN ESTO PENSAD -- noviembre 2019


¿QUÉ HERENCIA DEJARÁS?


“El bueno dejará herederos a los hijos de sus hijos”
Proverbios 13:22

    Cuando leemos este versículo, no debemos llegar a la conclusión de que se trata de una herencia financiera. Es mucho más probable que el Espíritu de Dios se refiera a una herencia espiritual. Una persona pudo haber sido educada por padres que eran pobres pero piadosos; esta persona estará eternamente agradecida por la memoria de un padre y una madre que diariamente leían la Biblia, oraban juntos en familia y le criaron en el temor y amonestación del Señor, aunque no le hayan dejado dinero o bienes raíces al morir. La herencia espiritual es la mejor.
    Realmente un hijo o una hija podría arruinarse espiritualmente si heredara una gran cantidad de dinero. La riqueza que llega de repente es intoxicante y pocos son capaces de administrarla con sabiduría. Son pocos los que heredan fortunas y siguen bien para el Señor.
    Otra consideración es que las familias a menudo se rompen por celos y contiendas cuando se reparte una herencia. Es verdad lo que dice el refrán: “donde hay testamento, hay muchos parientes”. Los miembros de familias que han vivido en paz durante muchos años repentinamente se vuelven enemigos por unas cuantas joyas, porcelana o muebles.
    Con mucha frecuencia los padres cristianos dejan su riqueza a hijos inconversos, a parientes que están en religiones falsas o a hijos ingratos, cuando ese dinero podría haberse usado mejor para la difusión del evangelio.
    Algunas veces esta cuestión de dejar dinero a los hijos es una forma velada de egoísmo. Los padres en realidad desean retenerlo para ellos mismos mientras puedan. Saben que la muerte un día lo arrancará de su mano, de modo que siguen la tradición de darlo en herencia a sus hijos.
    Nadie ha legado todavía un testamento que no pueda romperse o disminuirse a causa de impuestos, cuotas y honorarios. Un padre no puede estar seguro de que sus deseos se cumplirán después que haya partido de este mundo.
    Por lo tanto la mejor política es dar generosamente a la obra del Señor mientras estamos todavía vivos. Como reza el dicho: “Da tu ofrenda en vida, porque así sabrás a dónde va”.
    Y la mejor manera de hacer un testamento es decir: “Estando en mis facultades mentales pongo mi dinero a trabajar ya para Dios en esta vida. Dejo a mis hijos la herencia de un trasfondo cristiano, un hogar donde Cristo fue honrado y la Palabra de Dios fue reverenciada. Les encomiendo a Dios y a la Palabra de Su gracia, que es capaz de edificarles y darles una herencia entre los santificados”.
William MacDonald, DE DÍA EN DÍA, Editorial CLIE

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¿Guardas Riquezas?

     En Lucas 12:19 aquel rico habló consigo mismo diciendo: “tienes guardados” – y eso indica que hizo lo contrario de lo que Cristo manda en Mateo 6:19, “No os hagáis tesoros en la tierra”. Hizo tesoro en la tierra. En vez de vivir humildemente y repartir todo lo demás, guardó lo que no necesitaba, y por lo visto era mucho. No pensó en nadie más. Tenía “muchos bienes... guardados para muchos años”. Ése no necesitaba orar pidiendo: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”, porque tenía mucho más de lo que necesitaba, y no vivía dependiente de Dios. Su caso no es el único, pues esto se repite diariamente en nuestros días en todas partes del mundo. 2 Corintios 8:13-15 enseña que Dios permite a algunos tener más para que lo compartan con los que tienen menos, y que “haya igualdad”. Pero la realidad es que no la hay. Los ricos suelen dar de lo que les sobra, y quedarse con la mayor parte, con más de lo que realmente necesitan. De este modo ellos siguen siendo ricos después de dar, y los pobres siguen pobres después de recibir. Los ricos podrían hacer mucho más, pero evidentemente no quieren. No hacen como Cristo que se hizo pobre para enriquecernos a nosotros (2 Co. 8:9), ni como la pobre viuda (Mr. 12:44) que de su pobreza echó todo su sustento. Meditemos en esto porque el Señor sabe no sólo cuánto damos en ofrenda y para ayudar a otros, sino cuánto nos queda después.

Lucas Batalla, de un estudio dado en 2017 sobre el rico insensato de Lucas 12
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  De Vuelta A Los Fundamentos
William MacDonald

     Nosotros enseñamos a nuestros hijos a acumular. Cristo los llama a renunciar a todo lo que poseen (Lc. 14:33).
    Nosotros les enseñamos que ser pobre no es loable. Jesús dijo: "Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios" (Lc. 6:20).
    Nosotros les decimos que se queden en casa y cumplan bien con todo. El Señor les dice: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio" (Mr. 16:15).
    Nosotros los inducimos a asegurar su vida terrenal. El Salvador los exhorta a hacerse tesoros en el cielo (Mt. 6:20).
    Nosotros les proponemos que vivan para dos mundos. Cristo dice que eso no es posible (Lc. 16:13).
    Nosotros les enseñamos a "andar por vista". La Palabra les enseña a "andar por fe" (2 Co. 5:7).
    Hermanos, es hora de que nos replanteemos las ambiciones que tenemos para nuestros hijos a la luz de estos hechos ineludibles:
1. Por todo el mundo, hombres y mujeres sin Cristo se están perdiendo.
2. Los cristianos tenemos lo que ellos necesitan: el evangelio.
3. Si les privamos del pan de la vida, somos culpables de negligencia criminal, de homicidio del alma, en definitiva.
4. No nos pertenecemos. Hemos sido comprados con la sangre del Señor Jesús (1 Co. 6:19-20).
5. No tenemos derecho a vivir de forma egoísta. Debemos vivir para Aquél que murió y resucitó por nosotros.
6. Si pretendemos salvar nuestras vidas, las perdemos. Si las perdemos por Su causa, entonces las hallaremos; la realidad será nuestra.
7. Dentro de cien años, sólo la vida vivida para Cristo tendrá valor.
 
las páginas 19-20 de su libro: Seguir Espejismos o Seguir a Jesús, Llamada de Medianoche 

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Las ruinas de Éfeso
Apocalipsis 2:4-5
"Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido".

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 La Humildad de Cristo

    El orgullo es el padre del pecado. Comenzó en el cielo cuando el apuesto Lucifer procuró destronar a su Creador y Dios. Inflado con su orgullo cayó en la condenacion (1 Ti. 3:6). Cristopher Marlowe dijo que "respiraba orgullo e insolencia, por lo cual Dios lo arrojó del cielo". No queriendo sufrir solo los resultados de su error, incitó a Adán y Eva para que pecasen. De esa forma el orgullo entró en la naturaleza humana, y el triste resultado es que cada uno de nosotros tiene lo suficiente como para hundir toda una flota.
    J. Oswald Sanders dijo que el orgullo es la deificación del yo. "Piensa en forma más elevada de sí mismo de lo que debería. Se atribuye el honor que le pertenece únicamente a Dios".
     Cualquier retrato genuino del Señor Jesús debe revelarle como aquel que es manso y humilde de corazón. La palabra manso contiene la idea de estar quebrantado. Es la palabra que se usa para describir a un caballo joven que ha aceptado el arnés y pacientemente ara. Su cabeza se mueve hacia arriba y abajo, y sus ojos miran derecho hacia adelante.
    Nuestro manso Señor nos invita a llevar Su yugo y aprender de Él. Esto significa una aceptación completa de Su voluntad. Cuando las circunstancias adversas nos sobrevengan podremos decir: "Sí...porque así te agradó".
    Jesucristo fue humilde al nacer en un pesebre, nacimiento que no tomó prestada gloria alguna de este mundo. Fue humilde durante Su vida, sin una pizca de orgullo o arrogancia, ni una fracción de un complejo de superioridad. El ejemplo supremo de Su humildad fue cuando "se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Fil. 2:8).

"Tú, Salvador, fuiste manso y humilde,
¿Y acaso un gusano como yo,
Débil, pecador e impuro,
Me atrevo a elevar mi cabeza?"
                (H. F. Lyte)

"Él se humilló al pesebre,
E incluso al madero del Calvario;
Pero yo soy tan orgulloso e indispuesto,
Como para ser su humilde discípulo"
                (Anónimo)

William MacDonald, Manual del Discípulo, págs. 123-124

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¿EN QUÉ CLASE VIAJAS?

Amigo, estás viajando a la eternidad, lo creas o no, y no sabes cuán cerca estás de llegar a la gran terminal. Por eso, pregúntate sinceramente: "¿En qué clase viajo?" Sólo hay tres:

Tercera Clase: Indiferentes

    Muchos son cautelosos en cuanto a sus intereses en este mundo, pero parecen estar ciegos respecto a la eternidad. A pesar del amor infinito de Dios, la brevedad de la vida, el juicio después de la muerte y la posibilidad de terminar en el infierno, siguen su loca carrera hacia un trágico final, como si no hubiera Dios, ni muerte, ni juicio, ni cielo ni infierno. Pero su indiferencia no cambia la realidad y el horror de su destino eterno sin Dios. "Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo".
    La salvación es urgente. No la posponga. La Biblia dice: “He aquí ahora el día de salvación”.

Segunda Clase: Inseguros
    Éstos tal vez sienten o piensan que son salvos, pero se ven asaltados por las dudas, como un barco azotado por las olas y sin ancla. Pero ¿alguna vez has visto a un marinero echar el ancla dentro del barco para asegurarlo? ¡Nunca! ¡Siempre la echa afuera! “Dios...interpuso juramento, para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros”. Hay quienes enseñan que nadie puede saber, que hay que esperar el día final del gran juicio. Esto es incorrecto y contribuye a la confusión e incertidumbre. Dios quiere que salgas de dudas. O eres salvo o no lo eres, y debes salir de la inseguridad y conocer tu verdadero estado.

Primera Clase: Seguros
    La infalible Palabra de Dios resuelve el asunto. “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13). El Señor Jesucristo mismo dijo: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna”.
    Puedes saber ahora mismo que tus pecados han sido perdonados y que tienes vida eterna. Arrepiéntete y confía en la obra de Jesucristo en la cruz, y descansa en la promesa segura de la Palabra de Dios. No tiene letra menuda ni condiciones ocultadas. Dios quiere que seas salvo y que lo sepas. Así podrás decir como Pablo: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12).
    Amigo, ¿ahora en qué clase viajas?

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DIOS EL ESPÍRITU
Parte 10
Camilo Vásquez Vivanco, Punta Arenas, Chile


viene del número anterior (La Regeneración...)

    La regeneración fue prometida para Israel por el profeta Ezequiel y lo hizo en el contexto de la futura conversión de ellos a Cristo: “Esparciré sobre vosotros agua limpia...Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros...Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu...” (Ez. 36:25-27). La acción de la Palabra de Dios queda demostrada como “esparciré agua limpia” por esto Santiago nos dice: “Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Stg. 1:18). Además se señala por Ezequiel que Dios pondrá “espíritu nuevo dentro de vosotros”, lo cual equivale al nuevo nacimiento mencionado solo por Juan en su Evangelio: “...el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:5-6). Tal nuevo nacimiento o regeneración equivale a una nueva orientación de los apetitos y de la voluntad dando al creyente la posibilidad de renunciar al poder del pecado (Gá. 5:24). Pero no se crean nuevas facultades dentro de él sino que más bien se enriquecen sus facultades originales y éstas adquieren nobleza y poder (h). La carne como naturaleza propia del que cree no se convierte, pero recibe su herida mortal por el poder del Espíritu Santo y ese creyente tiene ahora la facultad de destruir el dominio  de la carne tal como Samuel terminó con el rey de Agag (1 S. 15:33). Que el pecador antes de ser regenerado este muerto en delitos y pecados (Ef. 2:1-5), no significa que no tenga espíritu y que todo cuanto hace sea corrupto, sino que está manchado por el pecado catalogado en su obrar como obras muertas (He. 9:14). El nuevo nacimiento regenera su espíritu y lo conecta con Dios colocando al que cree en la categoría de “hijo de Dios”, por lo cual Dios lo sella y lo habita con Su Espíritu como señaló Ezequiel al decir: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu...”. La escritura del apóstol Pablo es enfática en enseñarnos: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gá. 4:6). Así la regeneración en el presente da paso al sellamiento (Ef. 1:13), la habitación (1 Co. 6:19) y al  bautismo del Espíritu Santo incorporando al que cree en el cuerpo de Cristo, la iglesia (1 Co. 12:13). Ya señalaremos en el tema del “Bautismo del Espíritu”, que no es que se produzca el bautismo del Espíritu en la conversión, pero si se reciben los beneficios de ese evento ya ocurrido hace más de 2.000 años.
    Es indispensable notar que todos los creyentes de cada dispensación ha nacido de nuevo con la diferencia de que antes de Pentecostés no se recibía al Espíritu Santo como morada permanente, ni se producía el sellamiento ni el bautismo del Espíritu Santo, pues son realidades solo de la iglesia. Esto es aplicable en estricto rigor después que el Espíritu es enviado por el Padre para regenerar al que cree e incorporarlo a la iglesia. Los creyentes antes de Pentecostés gozaban de la calidad de hijos de Dios, esto por su fe en Su Persona y en el sacrificio futuro del Cordero. (Ap. 13:8; He. 11:4).
    Es solamente después de Pentecostés que el Espíritu comienza Su obra de creación para producir la iglesia como cuerpo celestial al cual pertenecen los nuevos “hijos de Dios” hechos semejantes al Hijo de Dios. Este concepto de “hijos de Dios” se usa en la Biblia en tres sentidos, a saber para los creyentes antes del diluvio, para los ángeles y para la iglesia (Gn. 6:2; Job 1:6; 2:1; 38:7; Lc. 20:36; Ro. 8:14-19). De ellos sólo la iglesia llega a ser “hijos de Dios” destinados a ser conforme al Hijo (Ro. 8:29). Los creyentes del Antiguo Testamento si bien fueron hijos de Dios por la fe en el sacrificio futuro del Redentor, no pertenecen al cuerpo de Cristo la iglesia. La razón de ser llamados así parece apuntar a una clase de creación originada directamente de Dios (2 Co. 5:17-18; Ef. 2:10; Gá. 6:15), y con el propósito de ser Sus administradores en la eternidad. En cuanto a los ángeles se nos dice que el mundo venidero no estará sometido a ellos (He. 2:5) y entendemos que lo estará a la iglesia (Ap. 5:9-10). De modo que es la iglesia el cuerpo especial planificado por Dios como “primicias de sus criaturas” (Stg. 1:18) con el cual Dios administrará Su nueva creación (Ap. 22:4-5). Tales “hijos de Dios” son predestinados para ser como lo es su Salvador, y siendo salvados por Él, inician esta transformación por el Espíritu de Dios. Debe quedar claro que la predestinación (Ro. 8:29), no es para ser salvos sino para ser como el Hijo, pues esto es lo que está “elegido”, una clase de vida que pertenece a los “hijos de Dios” (Ef.1:5-6). Nunca la elección ni la predestinación es para ser salvos, sino que es el estatus al cual están destinados  los que ya son salvos. En esta tarea es el Espíritu Santo quién está encargado de formar en el convertido esta imagen lo cual se llama “renovación”.
    Surge finalmente una pregunta sobre lo profetizado por Ez. 36:26. ¿Será regenerado en el futuro Israel? Evidentemente que sí pero no para ser parte de la esposa del Cordero, sino para ser la esposa de Jehová sobre la tierra nueva (Is. 54:5; Jer. 31:32; Os. 2:19). Así los convertidos de Israel como un remanente que será salvo (Ro. 9:27), disfrutarán de Dios como su esposo regocijándose sobre ellos: “Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos” (Sof.3:17). Tal regeneración futura para Israel será verdaderamente gloriosa descrita como “vida de entre los muertos” (Ro. 11:15).

LA RENOVACIÓN EN EL ESPÍRITU SANTO

    La renovación no está incluida en la justificación de nuestras almas, pero se deriva de ella porque el Espíritu que nos fue dado inicia esta obra de renovación: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18). Este mirar a cara descubierta la gloria del Señor procede de la Palabra de Dios en especial del Antiguo Testamento (Jn. 5:39; Lc. 24:25-27). Es en esencia el Antiguo Testamento el espejo que refleja la gloria del Señor. Esto incluye incluso la ley de Dios que testifica la santidad de Cristo en toda Su vida. Si Dios nos invita a ser santos como Él es santo (1 P. 1:15), es una referencia a la ley de Dios (Lv. 11:45; 19:2) y en primer lugar hemos de verlo en el Señor. Debemos tener claro que hemos sido salvados de la maldición de la ley como medio de justificación pero debemos recordar que es la ley que nos guarda del mal y es usada por el Espíritu Santo para renovar nuestra mente caída: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo” (Sal. 19:7). Santiago invitaba a su auditorio a recibir la Palabra implantada que puede salvar sus almas (Stg. 1:21), siendo esto una referencia al Antiguo Testamento pues era lo único que ellos tenían como Palabra sembrada en sus corazones. Es por esto que la Biblia en sus 66 libros es esencial en esta tarea de renovación sobre el creyente (2 Ti. 3:16-17). Esto prueba el papel fundamental del Antiguo Testamento para la renovación de nuestras almas, en primer lugar como enseñanza: “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Ro. 15:4), y en segundo lugar como ejemplo: “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Co. 10:11).
    Esta “renovación” se inicia inmediatamente ocurrida la regeneración o el nuevo nacimiento en el creyente (Tit. 3:5) y hemos de admitir que esta “renovación” puede ser atrofiada y detenida dada la negligencia del creyente.  La triste realidad es que tenemos en nuestra vida más “desemejanza” que semejanza respecto del Hijo, dada nuestra falta de consagración y por el dominio autorizado de la carne de nuestra parte.
    La “renovación” es efectuada por el Espíritu de Dios, pero requiere de la obediencia del creyente con una disposición voluntaria en su modo de pensar: “...en el espíritu de vuestra mente” (Ef. 4:23). Se trata por tanto de un cambio de modo de pensar cuya base es la Palabra de Dios: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:2). Para entender esto podemos imaginar un escultor que tiene en sus manos un grueso tronco de madera de lenga (nativa de Punta Arenas-Chile), y que cincel y martillo en mano comienza a tallar el busto de Caupolicán. Cuan parecido sea la obra al original marcará su grado de perfección. El Escultor en esta comparación es el Espíritu, la madera es el creyente y el boceto del cacique es Cristo. El trabajo del escultor será quitar todo lo que no se parezca al boceto original. Así en nuestra experiencia se combinan dolor, presión, sufrimiento, incomprensión, pruebas, enfermedades, sin sabores, postergaciones, abandonos, muerte, hambre, avances y retrocesos, cual medios del escultor para llegar a su fin. Como hemos indicado la colaboración del creyente es esencial. Es dejar que el Espíritu realice Su obra de renovación, y Pablo lo describe así: “...ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Fil. 2:12). Todo el deseo y la energía para realizar este trabajo vienen directamente de Dios: “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13). Finalmente “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Ro. 8:28). La imagen final de Cristo en el creyente depende de la docilidad del material, al igual que la madera en manos del escultor. Debemos dejar entonces que el Espíritu realice Su obra de transformación y no estorbarla.

continuará, d.v., en el número siguiente