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martes, 31 de octubre de 2023

En Esto Pensad -- noviembre 2023

 "Abba Padre"

Un hermano nuevo en la congregación asistía cada sábado a un estudio de varones. Para animarlo, le pidieron que la próxima semana abriera la reunión en oración, pues no quisieron sorprenderlo. Pero andaba toda la semana preocupado por qué diría en oración, ya que los hermanos iban a escucharle por primera vez. Había oído las oraciones largas y elocuentes de ellos. Consideraba que era un gran privilegio el poder orar delante de ellos, y quiso causar una buena impresión. Así que comenzó a componer una oración, por escrito, con textos bíblicos y expresiones tomadas de himnos, para que fuera muy elocuente. La memorizó, y cuando llegó el día del estudio, todos inclinaron la cabeza y ese hermano “oro”, recitando con emoción su oración compuesta, haciendo subir y bajar el tono de voz como había oído hacer otros hermanos, pues pensaba que así debía hacer para ser más espiritual. Todos dijeron “Amén” y él sentía alivio y quedó satisfecho. Pero luego, al final del tiempo del estudio, el que presidía dijo: “Hermano, como has orado tan bonito al principio, queremos pedirte que ores otra vez para terminar la reunión”.
    ¡Qué horror! Le entró un pánico y sentido de desmoronamiento, porque no sabía orar, y no podía repetir lo que ya había recitado. Pero los hermanos inclinaron sus cabezas y esperaron. Entonces él, con voz temblante comenzó a decir, como niño: “Oh Padre, gracias por el día, y las flores, y el sol, y por los hermanos, y bendícenos. Amén” – con un gran suspiro al final. Sabía que le habían descubierto, pero los hermanos se despidieron sin decirle nada. Cuando se iba, el hermano que presidía le tomó aparte y dijo: “Hermanito, ¿sabes qué? La segunda oración fue la mejor, porque salió del corazón, y en ella no intentabas impresionar a nadie. En la oración, habla siempre con Dios, con la confianza de que Él te conoce y ama y oye. Recuerda, ‘Abba Padre’ es lenguaje de niños, no de oradores profesionales. ‘Abba’ es lo que los niños llaman a su papá. Acercate a tu Padre celestial confiado que eres amado y aceptado. “Por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gá. 4.6). No tienes que ser elocuente, sino sincero y sencillo, como un niño con su padre”.
    Don J. Eddie Schwartz, un siervo de Dios durante muchos años en los Estados Unidos, relató ese incidente de su vida joven, para animar y ayudar a los hermanos en la oración.
...habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Ro. 8.15)
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    Algunos han sido adoctrinados con la idea de que hay que luchar para entrar en la presencia de Dios. En una reunión de oración, una persona de esa persuasión oraba así: “Oh Dios, oh santo Dios eterno. Eres tan alto, tan santo, tan inescrutable, y Tus pensamientos no son nuestros. ¡No podemos acercarnos a Ti! ¿De qué modo podríamos atrevernos a presentarnos ante Tu trono soberano, donde en Tu perfecta justicia nos miras a nosotros unos meros hombres? No sabemos como dirigirnos a Ti, y ¿quiénes somos nosotros para hablar con Tu Alteza? ¿Qué podriamos decirte, pues eres omnisciente, omnipresente, omnipotente y perfecto en sabiduría y santidad. ¡Delante de ti son como nada todas las naciones, oh Altísimo! No podemos acercarnos a ti, pues somos indignos. No sabemos cómo dirigirnos a ti, y ¿quiénes somos nosotros para hacerlo?” Paró, y hubo un muy largo silencio.
    Pareció que ahí terminó su oración. Seguro que a algunos hablar así suena muy espiritual y profundo. Pero entonces un hermano sencillo oró así: “Abba Padre, gracias por amarnos y recibirnos para que hablemos contigo”. Después, de forma sencilla, directa y confiada, como un niño con su padre, presentó sus peticiones y no habló de teología. Dejémonos de altilocuencias y sigamos su ejemplo.

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 ¡EL FIN VIENE!
 

William Macdonald

Indicaciones de que han llegado los últimos tiempos


Hay muchas indicaciones de que el arrebatamiento puede estar cerca. Podemos considerar las siguientes como indicios:

1. La constitución del Estado de Israel en 1948 (Lc. 21.29). La higuera (Israel) está brotando, es decir, sacando sus hojas (Lc. 21.29–38). Por vez primera durante siglos, los judíos tienen una existencia nacional en su propia patria. Esto significa que el reino de Dios está cerca.
2. El surgimiento de muchas otras naciones (Lc. 21.29). Jesús predijo que no sólo la higuera brotaría, sino que también lo harían todos los árboles. Hemos sido recientemente testigos del fin de gobiernos coloniales y de la proliferación de nuevas naciones. Es una era de renovados nacionalismos.
3. El regreso de Israel a la tierra en incredulidad (Ez. 36.24-25). Ezequiel profetizó que sólo sería tras el regreso de ellos que serían purificados de sus pecados. En la actualidad, Israel es mayormente una nación de agnósticos; sólo un segmento muy pequeño (aunque muy vocal) de la nación son judíos ortodoxos.
4. El movimiento ecuménico (Ap. 17 y 18). Entendemos que la Gran Babilonia es un inmenso sistema religioso, político y comercial compuesto de cuerpos religiosos que profesan ser cristianos, quizá una fusión del catolicismo apóstata con el protestantismo apóstata. La cristiandad se está volcando más y más hacia la apostasía (1 Ti. 4.1; 2 Ts. 2.3) y está de camino a ser una super iglesia mundial.
5. El crecimiento mundial del espiritismo (1 Ti 4.1–3). En la actualidad se está esparciendo por amplias zonas del mundo.
6. La drástica decadencia de las normas morales (2 Ti. 3.1–5). La prensa diaria da abundante prueba de esto. El mundo ahora acepta o tolera toda clase de pecado sexual. Se juntan parejas sin matrimonio. Los casados rompen sus votos y se divorcian, luego se vuelven a casar. Sin vergüenza se practica la homosexualidad, el lesbianismo y otras perversiones.
7. Abundan la violencia y desobediencia civil (2 Ts. 2.7-8). Hay un espíritu de anarquía en los hogares, en la vida nacional e incluso en la iglesia.
8. Las iglesias están pobladas de personas con una forma de piedad, pero niegan su poder (2 Ti. 3.5). Hay muchas profesiones falsas y superficiales.
9. Ha surgido del espíritu anticristiano (1 Jn. 2.18), que se manifiesta en la multiplicación de falsas sectas que profesan ser cristianas, pero que niegan todas las doctrinas fundamentales de la fe. Engañan por imitación (2 Ti. 3.8). Hablan de prosperidad económica y piden dinero (2 P. 2.2)
10. La tendencia de las naciones a confederarse en corrientes que se aproximan a la alineación de los últimos días. La Comunidad Económica Europea, basada en lo que se conoce como el Tratado de Roma, ha dado paso a la Unión Europea, y puede conducir al avivamiento del Imperio Romano —los diez dedos de hierro y barro (Dn. 2.32–35).
11. La negación de la inminente intervención de Dios en los asuntos del mundo por vía de juicio (2 P. 3.3-4). A esto se podrían añadir indicaciones como terremotos en muchos países, la amenaza de un hambre mundial, y la creciente hostilidad entre las naciones (Mt. 24:6, 7).

    El fracaso de los gobiernos en el mantenimiento de la ley y del orden y en la supresión del terrorismo lleva a un clima para el surgimiento de un dictador mundial. La acumulación de arsenales atómicos da un significado adicional a preguntas como: “¿Quién podrá luchar contra ella?” (Esto es, contra la bestia; Ap. 13.4). Las instalaciones mundiales de televisión, internet y redes sociales podrían ser el medio para cumplir Escrituras que describen acontecimientos que serán vistos simultáneamente en todas partes del planeta (Ap. 11.9).
    La mayor parte de estos acontecimientos son predichos en la Biblia como cosas que acaecerán justo antes que Cristo regrese a la tierra para reinar. La Biblia no dice que tendrán lugar antes del arrebatamiento, sino antes de Su manifestación gloriosa. Puesto que es así, y que ya vemos el abierto desarrollo de esas cosas, hay una conclusión inevitable: el arrebatamiento de la iglesia debe estar muy cerca, a las puertas. El apóstol Pedro, inspirado por Dios, nos exhorta así: “¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir” (2 P. 3.11) 

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La Herejía “Amigable”

Mark Frees

Para muchos, la cuestión de la impecabilidad del Señor Jesucristo no es cosa de gran importancia. “Jesucristo no pecó”, afirman, y a continuación preguntan: “¿Para qué discutir si le era posible pecar o no?” Otros declaran llanamente que opinan que a Cristo le era posible pecar, aunque no pecó. Un reciente “best-seller” en las librerías evangélicas de Norteamérica afirma que no solo le era posible pecar, sino que, sin la ayuda del Espíritu Santo, probablemente habría pecado. Es alarmante saber que miles de cristianos que profesan creer la Biblia, aparentemente leen tal declaración sin pestañear.
    Al cristianismo moderno no se le conoce por su discernimiento doctrinal. La superficialidad y el sentimentalismo abundan y predominan. Así que, quizás no debe sorprender que, en la actual teología popular, muchos evangélicos asentirían o tolerarían la idea de que nuestro Señor fuese capaz de pecar, y dirían: “a fin de cuentas lo importante es que no pecó”.
    Quizás este punto de vista parece inofensivo a muchos. Puesto que sabemos que Él no pecó, ¿no sentimos consuelo al saber que nuestro Señor Jesús también luchaba con la tentación como nosotros? ¿No nos ayuda a identificarnos con Él, viéndole más genuinamente humano? Si tenemos claro que Él no pecó, ¿que hemos perdido si decimos que en teoría Él era capaz de pecar?
    Ahí está el problema, que no entendemos la importancia de la impecabilidad, y nos parece inofensivo. Pero mirándolo más detenida y cuidadosamente, esta enseñanza es un semillero lleno de innumerables doctrinas perniciosas que pueden brotar y atacar, al menos en principio, muchas otras doctrinas de la Palabra de Dios.
    Asumamos, por causa del argumento, que tienen razón los que enseñan que Cristo podía haber pecado (aunque no es cierto). Entonces sigamos el hilo de esa enseñanza para ver cuáles son las consecuencias lógicas. Me da cierto temor aun escribir tales pensamientos, pero si así podemos mostrar la verdadera naturaleza de esta falsa enseñanza, entonces quizás será provechoso.
    Para comenzar, si Cristo pudiera haber pecado, casi todos Sus atributos divinos quedarían en entredicho. Si la tentación pudiera vencerlo, Él no sería omnipotente. Si pudiera ser engañado por el tentador, no sería omnisciente. Si el inmaculado Hijo de Dios pudiera haberse tornado un pecador común, no sería inmutable. Y por supuesto, Su santidad tampoco sería genuina ni divina.
    Además, Sus credenciales como Salvador serían seriamente debilitados. ¿Podría ser el Salvador de los pecadores uno que, solo por una fracción de segundo, pudiera ser atraído por la idea de postrarse y adorar a Satanás? ¿No necesitaría también éste un salvador? Tal es el Cristo que pretenden ofrecernos los que insisten que nuestro Señor “luchaba” con la tentación.
    ¿No es cierto que cada fibra de Su santo ser repulsaría con disgusto y horror la mera idea de inclinarse a Satanás? ¿Puede negar esto cualquiera que ama verdaderamente al Señor Jesucristo? No cabe duda de que esa fue la propuesta más descarada del tentador. Pero para el Señor, seguramente era vil y abominable la mera sugerencia de salirse en lo mínimo del camino de la obediencia perfecta. Su santa alma no pudo entretener semejante idea.
    Pero vayamos más allá y preguntemos a los que enseñan la “pecabilidad” de Cristo: Ya que decís que Cristo pudo haber pecado, ¿habéis considerado las consecuencias de tal cosa? Repito, es terrible pensarlo simplemente, y peor dejarlo grabado. Pero ya que algunos insisten tanto en que Cristo pudo haber pecado, es obligatorio y conveniente preguntar: ¿qué, si Él lo hubiese hecho?
    Primero, todas las promesas gloriosas y profecías del Antiguo Testamento resultarían falsas, caducas, y más que inútiles. Se derrumbaría la veracidad de Dios. El gran plan de la redención colapsaría en un desorden total, porque el fracaso del postrer Adán sería peor que el del primero. La doctrina bíblica del Dios Trino se hundiría en desastre y confusión desesperanzada. Se iniciaría una guerra civil en la santa y divina trinidad, porque el Hijo estaría en enemistad con el Padre y el Espíritu Santo. Dios se convertiría en el hazmerreír de un universo rebelde, tanto tiempo como el universo pudiese soportarlo.
    ¿Impensable? Sí. ¿Inconcebible? Claro. Pero con el simple hecho de postular o declarar que Cristo podía haber pecado, están declarando que Él no era divino ni perfecto. Por eso, creo que insistir en la impecabilidad de Cristo es más que un concepto teológico, o una manera de buscarle tres pies al gato, como algunos alegan. Su impecabilidad es de gran importancia.

continuará, d.v., en el siguiente número

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La Edad De La Música

M. R. DeHaan (1891-1965)

 

¿igualito como en los días de los apóstoles?

 

...La sexta marca de los días de Noé fue ésta: Era una edad caracterizada por la música. En Génesis 4.21 leemos: “Y el nombre de su hermano fue Jubal, el cual fue padre de todos los que tocan arpa y flauta”.
    De nuevo recuerdo a mis lectores que esta es la primera mención en toda la Biblia de los instrumentos musicales y de la música, y es un rasgo típico de los tiempos antes del diluvio. ¡Cuán grande es la similitud de aquel día con el día en que vivimos nosotros! Las palabras de nuestro Señor: “Como en los días de Noé”, vienen de nuevo a nuestra mente, porque sin duda nuestro día puede ser llamado la edad de la música. Ciertamente necesitamos decir poco acerca del tiempo presente al respecto. Nunca ha habido más música en el aire. Sintonizamos nuestras radios y la gran mayoría de los programas son de música, y ¡vaya música! Nuestra edad es predominante y preeminentemente una edad de jazz, rock, salsa y rap. El desarrollo de ritmos marcados por tambores como en ritos paganos y sensuales, va más allá de nuestros poderes descriptivos. ¡Música, música, música en todos los lugares! Los “cantantes” se lanzan en puro protagonismo y egoísmo, pavoneando con chillidos, gruñidos, susurros y balbuceos. Acarician y besan el micrófono como si fuera su verdadero amor, y ¿quién sabe?, ¡a lo mejor lo es! Su música provoca el nerviosismo, el sensualismo, la rebelión, los trances y otras locuras. Además, crea una generación de adictos que demandan más y más de su droga, la música. En lugar de satisfacer, crea apetito para más, y algunos gastan gran porción de su dinero en conciertos y colecciones personales de música.
    Parece que ya no se puede hacer nada sin acompañamiento musical. Vendemos nuestros productos con música, lanzamos nuestras ofertas con música, anunciamos nuestra presencia con música. Pero lo triste es que ha invadido nuestras iglesias y los lugares sagrados de nuestras reuniones, sustituyendo música por la predicación de la Palabra. Aunque no hubo en todo el Nuevo Testamento ni siquiera un sólo concierto ni grupo musical, hoy en día estos proliferan entre los llamados “evangélicos”. ¿Qué patrón siguen si no está en el patrón neotestamentario? Está claro que los conjuntos y los conciertos proceden del mundo,  y son para diversión y fines lucrativos, no para edificación. ¿Quién autoriza y promueve esto en las iglesias del Señor Jesucristo?
    En lugar de cantar himnos espirituales, éstos y los himnarios desaparecen, dejando lugar para canciones  graciosas, conciertos y otros programas musicales que pretenden preparar el corazón del hombre para recibir el Evangelio. Son populares los “coritos” que alguien llama “los 7-11”, esto es, siete palabras repetidas once veces, que no tienen mucha miga de mensaje, pero son divertidos.  Se repiten frases huecas una y otra vez al ritmo de la síncopa, hasta que los de emociones inestables ceden bajo el estrés y se imaginan que hayan oído una voz del cielo. Dicen que Dios les ha hablado, pero no se refieren a la Palabra de Dios. Sí, es verdad que “Como en los días de Noé, así será...”

traducido y adaptado de las págs. 46-47 del libro:
The Days of Noah (“Los Días de Noé”), Zondervan, 1963

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Los Varones No Deben Tener Pelo Largo

una vergüenza y deshonra
Dios declara: “La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello? Por el contrario, a la mujer dejarse crecer el cabello le es honroso; porque en lugar de velo le es dado el cabello” (1 Co. 11.14-15). No es una cuestión de gustos pesonales, ni de cultura. En la misma epístola, Pablo afirma más adelante: “lo que os escribo son mandamientos del Señor” (1 Co. 14.37). Los padres cristianos deben ser buenos ejemplos también en esto, y enseñar a sus hijos, pues es su responsabilidad. No deben ser como Elí que consentía en sus hijos cosas que desagradaban a Dios, y no los estorbó (1 S. 2.29; 3.13).

    El mundo tiene sus modas, pero no debemos seguirlas. Tenemos un mandamiento: "Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta" (Ro. 12.1-2) 

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Jeff Brown

 Introducción

 
    La Tribulación es un periodo futuro de tiempo que durará siete años. Comenzará después del arrebatamiento de la Iglesia, y terminará en la batalla de Armagedón y la segunda venida de Cristo en poder y gloria para establecer Su reino en este mundo. Será un tiempo de intervención divino en juicio sobre la tierra. A lo largo de la historia del mundo ha habido tiempos de sufrimiento, horror y terror, pero el periodo de la Tribulación (especialmente los últimos 3,5 años) será sin paralelo respecto a la extensión y la intensidad del sufrimiento (Mt. 24.21). La Palabra de Dios tiene más que decir sobre esos siete años que sobre cualquier otro periodo en la profecía. Será el tiempo más terrible en la historia de la humanidad, de sufrimiento y mortandad. Pero también será un tiempo de misericordia y gracia, porque los juicios de la Tribulación tendrán dos propósitos: castigarán a los pecadores endurecidos, pero también moverán a otros a arrepentirse. Esos santos de la Tribulación (posiblemente será millones de personas), se convertirán al Señor y saldrán “de la gran Tribulación” (Ap. 7.14; Jl. 2.30-32).

El Reloj Profético


    La existencia de la Iglesia, desde Pentecostés hasta el arrebatamiento, no fue revelada a los profetas del Antiguo Testamento. No fue una idea posterior, sino siempre estaba en la mente de Dios y Sus propósitos eternos. Era un misterio que solo fue revelado en tiempos del Nuevo Testamento. Los profetas en el Antiguo Testamento profetizaron de eventos futuros que afectarían a Israel y las naciones gentiles. Muchos de ellos no comprendieron que la nación rechazaría al Mesías, y ninguno sabía que esas profecías serían temporalmente suspendidas – no canceladas. El reloj profético paró y solo se pondrá nuevamente en marcha cuando suceda el arrebatamiento. Después de eso, pronto se cumplirán una serie de profecías y comenzará la Tribulación.

El Significado de “Tribulación”

 
    La Biblia enseña que hay tiempos cuando los creyentes estarán sujetos a pruebas y tribulaciones (Jn. 16.33; 2 Ti. 3.12). Muchos de nosotros hemos experimentado pruebas en la familia, presiones económicas, problemas de salud y posiblemente también el ser marginados o perseguidos debido a nuestro testimonio cristiano. En ciertas partes del mundo, los creyentes están muy familiarizados con esas cosas. En el pasado (especialmente el principio de la Edad de la Iglesia y hasta la Edad Media), muchos de los santos experimentaron sufrimientos por causa de Cristo. Así que, los creyentes de cada generación tienen tribulaciones de tiempo en tiempo. Pero “la Tribulación” es algo muy diferente. Es un tiempo todavía futuro, de duración específica, de los más horribles y extensas sufrimientos y muerte sin igual en la historia humana.

¿Pasaremos por la Tribulación? 


    Creemos que las Escrituras dicen claramente que nosotros (los creyentes – la Iglesia) no pasaremos por la Tribulación ni la experimentaremos de ninguna manera. Las persecuciones y tribulaciones corrientes en esta Edad de la Iglesia/la Gracia no son la ira de Dios. El futuro periodo de la Tribulación será un tiempo de la ira de Dios sobre el mundo que le ha dado la espalda. Se nos ha prometido que no pasaremos por la ira venidera (Ap. 3.10; 1 Ts. 1.10; 5.9). En Apocalipsis 2-3 Cristo siete veces apela con estas palabras: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”. Apocalipsis 6-19 describe en detalle la tribulación, pero apela de manera diferente: “Si alguno tiene oído, oiga” (Ap. 13.9). No menciona las iglesias. ¿Por qué? ¡Porque no están presentes en el periodo de la Tribulación!
    La Iglesia no es mencionada, ni hay referencia alguna a ella en esos capítulos de Apocalipsis sobre la Tribulación. Es mencionada luego, en 19.7, como “la esposa del Cordero”, cuando Cristo retorna en poder y gloria al final de la Tribulación.  


traducido de la revista Assembly Testimony 

continuará, d.v. en el siguiente número

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La Maravilla de la Regeneración


Cuando Dios creó el cuerpo humano, le dio una asombrosa capacidad especial para sanarse. El proceso ocurre por medio de la regeneración de células que crecen en los lugares afectados. Si uno se corta el dedo, la piel se separa y la herida sangra. Pero dentro de pocos días, el corte desaparece, porque se regeneran células nuevas para reemplazar las dañadas. La capa de piel exterior, la epidermis, pierde aproximadamente cincuenta millones de células diarias, que pronto son reemplazadas por células nuevas. Los científicos dicen que la epidermis se reemplaza totalmente cada veintisiete días. Otros órganos también se regeneran. Existen informes que dicen que el hígado puede crecer a su tamaño original después de que más de la mitad haya sido removido por intervención quirúgica. ¡Qué maravilloso es el cuerpo que Dios creó!
    Sin embargo, la realidad es que nuestros cuerpos están muriéndose. Aun con la capacidad de regenerar ciertas partes, el cuerpo se sigue degenerando, culminando con la muerte física. El conocido dicho: “Lo único seguro en la vida es la muerte”, es acertado, hasta cierto punto. La Biblia dice en Hebreos 9.27 que “está establecida para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”.
    ¿Por qué se está muriendo nuestro cuerpo? La culpa la tiene el pecado. En Romanos 6.23 la Biblia dice que “la paga del pecado es muerte”. Es inevitable que nuestros cuerpos mueran, porque todos hemos pecado. ¿Pero qué del alma? ¿Qué efecto tiene el pecado en ella? La Biblia enseña en Efesios 2.1 que ya estamos muertos en nuestros delitos y pecados. El pecado no solo trae la muerte física, sino que también, por causa del pecado, estamos muertos espiritualmente, y en esa condición no podemos agradar a Dios.
    Pero ¡no pierda esperanza! Dios quiere regenerarlo a usted espiritualmente. En ese mismo pasaje (Efesio 2.1), también dice: “El os dio vida a vosotros” (se dirige a los creyentes). Aun estando nosotros muertos en delitos y pecados, Dios puede darnos vida espiritual. Ninguna iglesia ni sacramento ni filosofía puede hacer esto, sino solo Dios. Sin la regeneración, por religiosas o filosóficas que sean las personas, todavía están espiritualmente muertas. Solo Dios tiene el poder para regenerar a una persona.

    ¿Y cómo lo hace?

    La respuesta está en Tito 3.5, “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración”. Dios nos puede regenerar, y nadie más puede hacer esto. Puede darnos vida por medio de un lavamiento. Pero no en agua. No es el bautismo, sino el lavamiento señalado en Apocalipsis 1.5, “Jesucristo... nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. Esa es la clave: la sangre de Jesucristo. ¿Por qué?
    Porque el Señor Jesús murió en la cruz para pagar por nuestros pecados, ya que la justicia de Dios demanda muerte como paga del pecado. Su sangre fue derramada, y así podemos ser lavados de nuestros pecados. No lavados literalmente en sangre, sino espiritualmente. Quiere decir que de esa manera Dios quita la condenación del pecado que causó nuestra muerte espiritual, y somos regenerados, hechos vivos. ¡Solo así podemos obtener perdón y tener vida eterna!
    Nos impresiona el poder de la regeneración del cuerpo físico, pero la maravilla de la regeneración espiritual es ayun mayor. El Hijo de Dios vino al mundo para derramar Su sangre, con el fin de lavarnos de nuestros pecados. Entonces, permítame preguntar: ¿Ha sido usted lavado? ¿Tiene perdón y vida eterna? ¿Es salvo? La Biblia dice: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16.31).

tomado de un tratado escrito por d. Felipe Moore, de Hickory, Carolina del Norte, EE.UU.

 

miércoles, 30 de octubre de 2019

EN ESTO PENSAD -- noviembre 2019


¿QUÉ HERENCIA DEJARÁS?


“El bueno dejará herederos a los hijos de sus hijos”
Proverbios 13:22

    Cuando leemos este versículo, no debemos llegar a la conclusión de que se trata de una herencia financiera. Es mucho más probable que el Espíritu de Dios se refiera a una herencia espiritual. Una persona pudo haber sido educada por padres que eran pobres pero piadosos; esta persona estará eternamente agradecida por la memoria de un padre y una madre que diariamente leían la Biblia, oraban juntos en familia y le criaron en el temor y amonestación del Señor, aunque no le hayan dejado dinero o bienes raíces al morir. La herencia espiritual es la mejor.
    Realmente un hijo o una hija podría arruinarse espiritualmente si heredara una gran cantidad de dinero. La riqueza que llega de repente es intoxicante y pocos son capaces de administrarla con sabiduría. Son pocos los que heredan fortunas y siguen bien para el Señor.
    Otra consideración es que las familias a menudo se rompen por celos y contiendas cuando se reparte una herencia. Es verdad lo que dice el refrán: “donde hay testamento, hay muchos parientes”. Los miembros de familias que han vivido en paz durante muchos años repentinamente se vuelven enemigos por unas cuantas joyas, porcelana o muebles.
    Con mucha frecuencia los padres cristianos dejan su riqueza a hijos inconversos, a parientes que están en religiones falsas o a hijos ingratos, cuando ese dinero podría haberse usado mejor para la difusión del evangelio.
    Algunas veces esta cuestión de dejar dinero a los hijos es una forma velada de egoísmo. Los padres en realidad desean retenerlo para ellos mismos mientras puedan. Saben que la muerte un día lo arrancará de su mano, de modo que siguen la tradición de darlo en herencia a sus hijos.
    Nadie ha legado todavía un testamento que no pueda romperse o disminuirse a causa de impuestos, cuotas y honorarios. Un padre no puede estar seguro de que sus deseos se cumplirán después que haya partido de este mundo.
    Por lo tanto la mejor política es dar generosamente a la obra del Señor mientras estamos todavía vivos. Como reza el dicho: “Da tu ofrenda en vida, porque así sabrás a dónde va”.
    Y la mejor manera de hacer un testamento es decir: “Estando en mis facultades mentales pongo mi dinero a trabajar ya para Dios en esta vida. Dejo a mis hijos la herencia de un trasfondo cristiano, un hogar donde Cristo fue honrado y la Palabra de Dios fue reverenciada. Les encomiendo a Dios y a la Palabra de Su gracia, que es capaz de edificarles y darles una herencia entre los santificados”.
William MacDonald, DE DÍA EN DÍA, Editorial CLIE

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¿Guardas Riquezas?

     En Lucas 12:19 aquel rico habló consigo mismo diciendo: “tienes guardados” – y eso indica que hizo lo contrario de lo que Cristo manda en Mateo 6:19, “No os hagáis tesoros en la tierra”. Hizo tesoro en la tierra. En vez de vivir humildemente y repartir todo lo demás, guardó lo que no necesitaba, y por lo visto era mucho. No pensó en nadie más. Tenía “muchos bienes... guardados para muchos años”. Ése no necesitaba orar pidiendo: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”, porque tenía mucho más de lo que necesitaba, y no vivía dependiente de Dios. Su caso no es el único, pues esto se repite diariamente en nuestros días en todas partes del mundo. 2 Corintios 8:13-15 enseña que Dios permite a algunos tener más para que lo compartan con los que tienen menos, y que “haya igualdad”. Pero la realidad es que no la hay. Los ricos suelen dar de lo que les sobra, y quedarse con la mayor parte, con más de lo que realmente necesitan. De este modo ellos siguen siendo ricos después de dar, y los pobres siguen pobres después de recibir. Los ricos podrían hacer mucho más, pero evidentemente no quieren. No hacen como Cristo que se hizo pobre para enriquecernos a nosotros (2 Co. 8:9), ni como la pobre viuda (Mr. 12:44) que de su pobreza echó todo su sustento. Meditemos en esto porque el Señor sabe no sólo cuánto damos en ofrenda y para ayudar a otros, sino cuánto nos queda después.

Lucas Batalla, de un estudio dado en 2017 sobre el rico insensato de Lucas 12
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  De Vuelta A Los Fundamentos
William MacDonald

     Nosotros enseñamos a nuestros hijos a acumular. Cristo los llama a renunciar a todo lo que poseen (Lc. 14:33).
    Nosotros les enseñamos que ser pobre no es loable. Jesús dijo: "Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios" (Lc. 6:20).
    Nosotros les decimos que se queden en casa y cumplan bien con todo. El Señor les dice: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio" (Mr. 16:15).
    Nosotros los inducimos a asegurar su vida terrenal. El Salvador los exhorta a hacerse tesoros en el cielo (Mt. 6:20).
    Nosotros les proponemos que vivan para dos mundos. Cristo dice que eso no es posible (Lc. 16:13).
    Nosotros les enseñamos a "andar por vista". La Palabra les enseña a "andar por fe" (2 Co. 5:7).
    Hermanos, es hora de que nos replanteemos las ambiciones que tenemos para nuestros hijos a la luz de estos hechos ineludibles:
1. Por todo el mundo, hombres y mujeres sin Cristo se están perdiendo.
2. Los cristianos tenemos lo que ellos necesitan: el evangelio.
3. Si les privamos del pan de la vida, somos culpables de negligencia criminal, de homicidio del alma, en definitiva.
4. No nos pertenecemos. Hemos sido comprados con la sangre del Señor Jesús (1 Co. 6:19-20).
5. No tenemos derecho a vivir de forma egoísta. Debemos vivir para Aquél que murió y resucitó por nosotros.
6. Si pretendemos salvar nuestras vidas, las perdemos. Si las perdemos por Su causa, entonces las hallaremos; la realidad será nuestra.
7. Dentro de cien años, sólo la vida vivida para Cristo tendrá valor.
 
las páginas 19-20 de su libro: Seguir Espejismos o Seguir a Jesús, Llamada de Medianoche 

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Las ruinas de Éfeso
Apocalipsis 2:4-5
"Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido".

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 La Humildad de Cristo

    El orgullo es el padre del pecado. Comenzó en el cielo cuando el apuesto Lucifer procuró destronar a su Creador y Dios. Inflado con su orgullo cayó en la condenacion (1 Ti. 3:6). Cristopher Marlowe dijo que "respiraba orgullo e insolencia, por lo cual Dios lo arrojó del cielo". No queriendo sufrir solo los resultados de su error, incitó a Adán y Eva para que pecasen. De esa forma el orgullo entró en la naturaleza humana, y el triste resultado es que cada uno de nosotros tiene lo suficiente como para hundir toda una flota.
    J. Oswald Sanders dijo que el orgullo es la deificación del yo. "Piensa en forma más elevada de sí mismo de lo que debería. Se atribuye el honor que le pertenece únicamente a Dios".
     Cualquier retrato genuino del Señor Jesús debe revelarle como aquel que es manso y humilde de corazón. La palabra manso contiene la idea de estar quebrantado. Es la palabra que se usa para describir a un caballo joven que ha aceptado el arnés y pacientemente ara. Su cabeza se mueve hacia arriba y abajo, y sus ojos miran derecho hacia adelante.
    Nuestro manso Señor nos invita a llevar Su yugo y aprender de Él. Esto significa una aceptación completa de Su voluntad. Cuando las circunstancias adversas nos sobrevengan podremos decir: "Sí...porque así te agradó".
    Jesucristo fue humilde al nacer en un pesebre, nacimiento que no tomó prestada gloria alguna de este mundo. Fue humilde durante Su vida, sin una pizca de orgullo o arrogancia, ni una fracción de un complejo de superioridad. El ejemplo supremo de Su humildad fue cuando "se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Fil. 2:8).

"Tú, Salvador, fuiste manso y humilde,
¿Y acaso un gusano como yo,
Débil, pecador e impuro,
Me atrevo a elevar mi cabeza?"
                (H. F. Lyte)

"Él se humilló al pesebre,
E incluso al madero del Calvario;
Pero yo soy tan orgulloso e indispuesto,
Como para ser su humilde discípulo"
                (Anónimo)

William MacDonald, Manual del Discípulo, págs. 123-124

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¿EN QUÉ CLASE VIAJAS?

Amigo, estás viajando a la eternidad, lo creas o no, y no sabes cuán cerca estás de llegar a la gran terminal. Por eso, pregúntate sinceramente: "¿En qué clase viajo?" Sólo hay tres:

Tercera Clase: Indiferentes

    Muchos son cautelosos en cuanto a sus intereses en este mundo, pero parecen estar ciegos respecto a la eternidad. A pesar del amor infinito de Dios, la brevedad de la vida, el juicio después de la muerte y la posibilidad de terminar en el infierno, siguen su loca carrera hacia un trágico final, como si no hubiera Dios, ni muerte, ni juicio, ni cielo ni infierno. Pero su indiferencia no cambia la realidad y el horror de su destino eterno sin Dios. "Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo".
    La salvación es urgente. No la posponga. La Biblia dice: “He aquí ahora el día de salvación”.

Segunda Clase: Inseguros
    Éstos tal vez sienten o piensan que son salvos, pero se ven asaltados por las dudas, como un barco azotado por las olas y sin ancla. Pero ¿alguna vez has visto a un marinero echar el ancla dentro del barco para asegurarlo? ¡Nunca! ¡Siempre la echa afuera! “Dios...interpuso juramento, para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros”. Hay quienes enseñan que nadie puede saber, que hay que esperar el día final del gran juicio. Esto es incorrecto y contribuye a la confusión e incertidumbre. Dios quiere que salgas de dudas. O eres salvo o no lo eres, y debes salir de la inseguridad y conocer tu verdadero estado.

Primera Clase: Seguros
    La infalible Palabra de Dios resuelve el asunto. “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13). El Señor Jesucristo mismo dijo: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna”.
    Puedes saber ahora mismo que tus pecados han sido perdonados y que tienes vida eterna. Arrepiéntete y confía en la obra de Jesucristo en la cruz, y descansa en la promesa segura de la Palabra de Dios. No tiene letra menuda ni condiciones ocultadas. Dios quiere que seas salvo y que lo sepas. Así podrás decir como Pablo: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12).
    Amigo, ¿ahora en qué clase viajas?

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DIOS EL ESPÍRITU
Parte 10
Camilo Vásquez Vivanco, Punta Arenas, Chile


viene del número anterior (La Regeneración...)

    La regeneración fue prometida para Israel por el profeta Ezequiel y lo hizo en el contexto de la futura conversión de ellos a Cristo: “Esparciré sobre vosotros agua limpia...Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros...Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu...” (Ez. 36:25-27). La acción de la Palabra de Dios queda demostrada como “esparciré agua limpia” por esto Santiago nos dice: “Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Stg. 1:18). Además se señala por Ezequiel que Dios pondrá “espíritu nuevo dentro de vosotros”, lo cual equivale al nuevo nacimiento mencionado solo por Juan en su Evangelio: “...el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:5-6). Tal nuevo nacimiento o regeneración equivale a una nueva orientación de los apetitos y de la voluntad dando al creyente la posibilidad de renunciar al poder del pecado (Gá. 5:24). Pero no se crean nuevas facultades dentro de él sino que más bien se enriquecen sus facultades originales y éstas adquieren nobleza y poder (h). La carne como naturaleza propia del que cree no se convierte, pero recibe su herida mortal por el poder del Espíritu Santo y ese creyente tiene ahora la facultad de destruir el dominio  de la carne tal como Samuel terminó con el rey de Agag (1 S. 15:33). Que el pecador antes de ser regenerado este muerto en delitos y pecados (Ef. 2:1-5), no significa que no tenga espíritu y que todo cuanto hace sea corrupto, sino que está manchado por el pecado catalogado en su obrar como obras muertas (He. 9:14). El nuevo nacimiento regenera su espíritu y lo conecta con Dios colocando al que cree en la categoría de “hijo de Dios”, por lo cual Dios lo sella y lo habita con Su Espíritu como señaló Ezequiel al decir: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu...”. La escritura del apóstol Pablo es enfática en enseñarnos: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gá. 4:6). Así la regeneración en el presente da paso al sellamiento (Ef. 1:13), la habitación (1 Co. 6:19) y al  bautismo del Espíritu Santo incorporando al que cree en el cuerpo de Cristo, la iglesia (1 Co. 12:13). Ya señalaremos en el tema del “Bautismo del Espíritu”, que no es que se produzca el bautismo del Espíritu en la conversión, pero si se reciben los beneficios de ese evento ya ocurrido hace más de 2.000 años.
    Es indispensable notar que todos los creyentes de cada dispensación ha nacido de nuevo con la diferencia de que antes de Pentecostés no se recibía al Espíritu Santo como morada permanente, ni se producía el sellamiento ni el bautismo del Espíritu Santo, pues son realidades solo de la iglesia. Esto es aplicable en estricto rigor después que el Espíritu es enviado por el Padre para regenerar al que cree e incorporarlo a la iglesia. Los creyentes antes de Pentecostés gozaban de la calidad de hijos de Dios, esto por su fe en Su Persona y en el sacrificio futuro del Cordero. (Ap. 13:8; He. 11:4).
    Es solamente después de Pentecostés que el Espíritu comienza Su obra de creación para producir la iglesia como cuerpo celestial al cual pertenecen los nuevos “hijos de Dios” hechos semejantes al Hijo de Dios. Este concepto de “hijos de Dios” se usa en la Biblia en tres sentidos, a saber para los creyentes antes del diluvio, para los ángeles y para la iglesia (Gn. 6:2; Job 1:6; 2:1; 38:7; Lc. 20:36; Ro. 8:14-19). De ellos sólo la iglesia llega a ser “hijos de Dios” destinados a ser conforme al Hijo (Ro. 8:29). Los creyentes del Antiguo Testamento si bien fueron hijos de Dios por la fe en el sacrificio futuro del Redentor, no pertenecen al cuerpo de Cristo la iglesia. La razón de ser llamados así parece apuntar a una clase de creación originada directamente de Dios (2 Co. 5:17-18; Ef. 2:10; Gá. 6:15), y con el propósito de ser Sus administradores en la eternidad. En cuanto a los ángeles se nos dice que el mundo venidero no estará sometido a ellos (He. 2:5) y entendemos que lo estará a la iglesia (Ap. 5:9-10). De modo que es la iglesia el cuerpo especial planificado por Dios como “primicias de sus criaturas” (Stg. 1:18) con el cual Dios administrará Su nueva creación (Ap. 22:4-5). Tales “hijos de Dios” son predestinados para ser como lo es su Salvador, y siendo salvados por Él, inician esta transformación por el Espíritu de Dios. Debe quedar claro que la predestinación (Ro. 8:29), no es para ser salvos sino para ser como el Hijo, pues esto es lo que está “elegido”, una clase de vida que pertenece a los “hijos de Dios” (Ef.1:5-6). Nunca la elección ni la predestinación es para ser salvos, sino que es el estatus al cual están destinados  los que ya son salvos. En esta tarea es el Espíritu Santo quién está encargado de formar en el convertido esta imagen lo cual se llama “renovación”.
    Surge finalmente una pregunta sobre lo profetizado por Ez. 36:26. ¿Será regenerado en el futuro Israel? Evidentemente que sí pero no para ser parte de la esposa del Cordero, sino para ser la esposa de Jehová sobre la tierra nueva (Is. 54:5; Jer. 31:32; Os. 2:19). Así los convertidos de Israel como un remanente que será salvo (Ro. 9:27), disfrutarán de Dios como su esposo regocijándose sobre ellos: “Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos” (Sof.3:17). Tal regeneración futura para Israel será verdaderamente gloriosa descrita como “vida de entre los muertos” (Ro. 11:15).

LA RENOVACIÓN EN EL ESPÍRITU SANTO

    La renovación no está incluida en la justificación de nuestras almas, pero se deriva de ella porque el Espíritu que nos fue dado inicia esta obra de renovación: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18). Este mirar a cara descubierta la gloria del Señor procede de la Palabra de Dios en especial del Antiguo Testamento (Jn. 5:39; Lc. 24:25-27). Es en esencia el Antiguo Testamento el espejo que refleja la gloria del Señor. Esto incluye incluso la ley de Dios que testifica la santidad de Cristo en toda Su vida. Si Dios nos invita a ser santos como Él es santo (1 P. 1:15), es una referencia a la ley de Dios (Lv. 11:45; 19:2) y en primer lugar hemos de verlo en el Señor. Debemos tener claro que hemos sido salvados de la maldición de la ley como medio de justificación pero debemos recordar que es la ley que nos guarda del mal y es usada por el Espíritu Santo para renovar nuestra mente caída: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo” (Sal. 19:7). Santiago invitaba a su auditorio a recibir la Palabra implantada que puede salvar sus almas (Stg. 1:21), siendo esto una referencia al Antiguo Testamento pues era lo único que ellos tenían como Palabra sembrada en sus corazones. Es por esto que la Biblia en sus 66 libros es esencial en esta tarea de renovación sobre el creyente (2 Ti. 3:16-17). Esto prueba el papel fundamental del Antiguo Testamento para la renovación de nuestras almas, en primer lugar como enseñanza: “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Ro. 15:4), y en segundo lugar como ejemplo: “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Co. 10:11).
    Esta “renovación” se inicia inmediatamente ocurrida la regeneración o el nuevo nacimiento en el creyente (Tit. 3:5) y hemos de admitir que esta “renovación” puede ser atrofiada y detenida dada la negligencia del creyente.  La triste realidad es que tenemos en nuestra vida más “desemejanza” que semejanza respecto del Hijo, dada nuestra falta de consagración y por el dominio autorizado de la carne de nuestra parte.
    La “renovación” es efectuada por el Espíritu de Dios, pero requiere de la obediencia del creyente con una disposición voluntaria en su modo de pensar: “...en el espíritu de vuestra mente” (Ef. 4:23). Se trata por tanto de un cambio de modo de pensar cuya base es la Palabra de Dios: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:2). Para entender esto podemos imaginar un escultor que tiene en sus manos un grueso tronco de madera de lenga (nativa de Punta Arenas-Chile), y que cincel y martillo en mano comienza a tallar el busto de Caupolicán. Cuan parecido sea la obra al original marcará su grado de perfección. El Escultor en esta comparación es el Espíritu, la madera es el creyente y el boceto del cacique es Cristo. El trabajo del escultor será quitar todo lo que no se parezca al boceto original. Así en nuestra experiencia se combinan dolor, presión, sufrimiento, incomprensión, pruebas, enfermedades, sin sabores, postergaciones, abandonos, muerte, hambre, avances y retrocesos, cual medios del escultor para llegar a su fin. Como hemos indicado la colaboración del creyente es esencial. Es dejar que el Espíritu realice Su obra de renovación, y Pablo lo describe así: “...ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Fil. 2:12). Todo el deseo y la energía para realizar este trabajo vienen directamente de Dios: “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13). Finalmente “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Ro. 8:28). La imagen final de Cristo en el creyente depende de la docilidad del material, al igual que la madera en manos del escultor. Debemos dejar entonces que el Espíritu realice Su obra de transformación y no estorbarla.

continuará, d.v., en el número siguiente