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domingo, 31 de diciembre de 2017

EN ESTO PENSAD -- enero 2018

¿Conciertos Cristianos?

En todo el Nuevo Testamento, ¿dónde vemos un concierto cristiano? En Hechos 16:25 Pablo y Silas, heridos y encarcelados, oraban y cantaban himnos a medianoche en el calabozo, y los presos los oían, pero eso no fue un concierto. ¿Andaban los apóstoles en sus viajes misioneros con instrumentos musicales para tocar y cantar en las plazas para atraer a la gente? ¿En las listas de dones espirituales aparece “músico” o “cantante”? Es importante preguntar, porque el Nuevo Testamento es nuestro patrón para doctrina y práctica en nuestra vida personal y en la iglesia.
    Hasta la última mitad del siglo XX no se metió esa clase de música en las iglesias. Estaba en el mundo, en los bares, las discotecas, los pubs, los clubs nocturnos donde la gente podía cenar y mirar un espectáculo. En las iglesias, la congregación cantaba para la gloria del Señor. No había espectáculo. No había show. No había una actuación de unos cantando y los demás escuchando y admirando. Pero el mundo viene metiéndose en las iglesias, porque más y más de los que asisten son religiosos pero mundanos, probablemente ni siquiera convertidos. Les apetece lo del mundo. La cabra tira al monte.
    Otros consideran que para atraer a la gente del mundo hay que hacer esas cosas – tener una buena música marchosa, una actuación de cantantes profesionales, un escenario adecuado, con tarima, excelente acústica, luces, etc. Pero se equivocan, porque la iglesia no debe ser atractiva al mundo sino al Señor, pues es Su novia y no debe andar coqueteando. Los conciertos son puro invento mundano, por gente que quiere divertirse en el camino al infierno. Los del mundo quieren ser felices sin Dios. Sus diversiones no caben en la Iglesia.
    Los creyentes no necesitamos un concierto “Soulstock” para rivalizar al famoso concierto “Woodstock”, ni conjuntos “cristianos” para reemplazar los Rolling Stones. Romanos 12:2 es aplicable aquí: “No os conforméis a este siglo”. Cristo nos llama a seguirle a Él, no al mundo. ¿Qué concierto dio Él? ¡Ninguno!
    Y eso no es opinión de viejos como a algunos les gustaría clasificarlo. Hasta un creyente joven observó el problema con los conciertos, y escribió lo siguiente:

    "Desde luego que eso de hacer conciertos y recibir aplausos es totalmente ajeno a algo que glorifica a Dios. Eso es ensalzarse a sí mismo, jactarse uno de su propia voz y talento y éxito; hacer un show de uno mismo. Hasta el mundo sabe eso. No glorifica a Dios, y es puramente humano, carnal y egoísta. Un cristiano no debe hacer conciertos de música cristiana, ni buscar ni aceptar aplausos por ella. Si su intención es glorificar a Dios, buscará un método que no tenga el efecto opuesto, se supone. Dar un concierto es ponerse a uno mismo como el protagonista, y los aplausos son señal de aprobación y admiración, y gritar “Aleluya” o “Gloria a Dios” no es una frase mágica para protegerse contra gusanos (Hechos 12:23)".

- Carlos
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"El que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso". 1 Jn. 5:10
Adan y Eva son el primer ejemplo de personas que creen en Dios pero no a Dios.
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El Uso Legítimo De La Ley


"Pero sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente" 
1 Ti. 1:8
     Como toda herramienta, tiene su uso correcto por el cual fue diseñado. Así también la Ley. Considera lo que dijo C.H. Spurgeon al respecto:

"Rebaja la Ley, y disminuyes la luz por la cual el hombre percibe su culpa. Para un pecador, esto es una pérdida muy grande, antes de una ganancia; puesto que disminuye la probabilidad de su convicción y conversión... Digo que has privado al evangelio de su arma más potente cuando depones la Ley. Has alejado su ayo, su profesor que ha de llevar a los hombres a Cristo... Nunca aceptarán la gracia a menos que tiemblen delante de la justa y santa Ley. Por lo tanto la Ley cumple un propósito imprescindible y bendito, y no debe ser quitada de su lugar y función".

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Dios Demanda Arrepentimiento


Es alarmante que haya seminarios y escuelas "bíblicas" de supuesto corte conservador pero que enseñan que el arrepentimiento era sólo para los judíos y no hay que predicarlo hoy. ¿Cuál ha sido el resultado de ese error? Probablemente nunca en la historia del cristianismo han estado tantos rebeldes religiosos en las iglesias. Falsamente profesan creer,  pero nunca se han arrepentido. Y como la cabra tira al monte, ésos no hacen otra cosa que traer problemas e intentar "legalizar" la mundanalidad en la iglesia.
    El testimonio de la Palabra de Dios está clarísimo. Sin arrepentimiento no hay conversión ni salvación:

El Rey David: 
Sal. 7:12  “Si no se arrepiente...”
 
Juan el bautista: 
Mt. 3:2  “Arrepentios...”

El Señor Jesucristo:  
Mr. 1:15  “Arrepentíos y creed en el evangelio”
 
Los 12 Apóstoles: 
Mr. 6:12  “predicaban que los hombres se arrepintiesen”

El Apóstol Pedro:
Hch. 3:19 “Arrepentíos y convertíos”
2 P. 3:9  “...que todos procedan al arrepentimiento”

El Apóstol Pablo:
Hch. 17:30 “Dios...ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan”.
Hch. 20:21 “testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo”.
Hch. 26:20 “y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento”.

El arrepentimiento debe seguir la convicción del pecado, y ser acompañado de fe en el Señor Jesucristo como tu Señor y Salvador: Aquel que al morir en el Calvario tomó todo el juicio de Dios por tus pecados. Él murió por ti, resucitó y vive para siempre. Si arrepentido confías en Él, te perdonará y te salvará. “En ningún otro hay salvación” (Hch. 4:12).

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 El Amor de Dios

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10).

El amor verdadero es caracterizado por el sacrificio propio. En ningún lugar es esto más evidente que con el amor de Dios (Jn. 3:16). Es un amor sin causa, en el sentido de que no hay nada en los objetos amados que causara que Dios les amara. No somos amables por naturaleza, sino más bien aborrecibles (Tit. 3:3). Sin embargo,  Él nos amó porque Él es amor, y porque Él escogió amarnos.
    Este amor de Dios es incondicional. Con esto queremos decir que el amor divino no se basa en el amor del individuo a Él. No es un amor recíproco. Nuestro amor normalmente responde al amor que otro nos manifiesta. Pero en el caso del amor de Dios, Él nos ha amado pese a la ausencia de amor y amabilidad de nuestra parte. Su amor no se condiciona sobre el amor nuestro a Él.
    El amor de Dios es inmerecido. Ya que es incondicional, no hay nada que podamos hacer para merecerlo. Muchos quieren creer que si se enderezan, si limpian o arreglan sus vidas, entonces Dios les amará porque serán más atractivos. Ésta es una enseñanza errónea y muy típica en las religiones incluso en la cristiandad.
    Para apreciar el amor de Dios debemos lograr comprender más cuál es nuestra propia gran pecaminosidad. Qué lástima que muchas personas, y entre ellas muchos creyentes, tienen un concepto muy pobre de lo pecaminoso que es el ser humano no regenerado. Se fijan en los pecados obvios de los demás, y encuentran cosas que ellos afirman: “yo nunca haría esto”, o “yo no he hecho esto”. Y así no comienzan a ver lo pecaminoso que es su propio corazón. No es tanto lo que hemos hecho, sino lo que somos por naturaleza. Somos pecadores. El pecado mora en nosotros; somos torcidos, contaminados y perversos por naturaleza (véase Mr. 7:20-23). Así que, amados, el pecado no es sólo algo que hacemos, sino el estado natural de nuestro corazón,  nuestra forma de ser, nuestra naturaleza. No somos pecadores porque pecamos, antes al contrario, pecamos porque somos pecadores. Debemos meditar en esto, porque la diferencia entra las dos formas de pensar es muy grande. Con demasiada frecuencia  no comprendemos que la carne no es mejor hoy que el día cuando nos convertimos. No sólo necesitamos perdón de nuestros pecados cometidos, sino también necesitamos ser limpiados y cambiados por dentro. La salvación hace más que perdonar unos cuantos hechos malos, porque es la conversión de la persona. Dios nos perdona, nos limpia, y nos transforma, nos da una naturaleza nueva, de modo que somos nuevas criaturas en Cristo (2 Co. 5:17).
    Así que, aquellos que conocen su propia gran pecaminosidad son los que llegan a conocer y apreciar el amor de Dios (Lc. 15:21; Ro. 5:8). Los que sienten que no merecen el amor de Dios, llegan a conocerlo y ahora pueden apreciarlo (1 Jn. 4:16). “Conservaos en el amor de Dios” (Jud. 21).
Steve Hulshizer, de la revista "Milk & Honey" (Leche y Miel), febrero 2002
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Atestados de Pecados 

El ser humano, sea adulto o niño, no es bueno ni en el fondo. En Romanos 1:29 Dios describe a la raza humana así: “estando atestados de toda injusticia...” "Atestado" significa lleno hasta no caber más. "Atestar" es hinchar, llenar una cosa apretando mucho el contenido hasta que no cabe más. Llenar hasta rebosar (Lucas 6:38). La humanidad está atestada de toda clase de pecado. Romanos 1:29-31 da un retrato detallado. Nadie se libra. Son pecados de:

1. La mente, los pensamientos, la actitud:
    avaricia          soberbios
    maldad           sin misericordia
    envidia           inventores de males
    necios            malignidades
    desleales        aborrecedores de Dios
    altivos            sin afecto natural
    implacables

2. La lengua, la boca, el hablar:
    contiendas     detractores
    engaños         injuriosos
    murmuradores

3. Los hechos:
    toda injusticia    homicidios
    fornicación        desobedientes a los padres
    perversidad
   
    ¿Te ves retratado en ese análisis divino? No son fallos, errores ni problemillas, sino PECADOS. La humanidad está tan llena, hinchada, que está a punto de reventar espiritualmente! Dios declara: 
“No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:12). Él nos ve y sabe toda nuestra maldad mejor que nosotros. Hay muchos que se creen buenos, pero es porque no se conocen a la luz de Dios. Sólo Dios es bueno, santo y justo, y Él está a punto de mandar ira por nuestros pecados. Romanos 1:32 da la sentencia divina: “los que practican tales cosas son dignos de muerte”.
    Así que, no digas que esperas recibir de Dios lo que te mereces, porque eso sería la muerte. Amigo, no eres bueno, sino fundamentalmente malo, y hay abundantes pruebas de eso en la Biblia. Estás condenado y no te puedes salvar. Pero la buena nueva es que Dios quiere y puede salvarte. Sólo Él puede rescatarte de una condición desesperadamente mala, y de tu “vana manera de vivir”. ¿Cómo? Él mandó a Su Hijo Jesucristo al mundo, para hacer un solo sacrificio por los pecados (Hebreos 10:12). Cristo llevó todos tus pecados, sufrió todo tu castigo, satisfizo la justicia divina, resucitó y ascendió vivo al cielo. Él puede salvarte ahora mismo, para siempre, si arrepentido confías en Él.
 

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La Música Hoy:  Síntoma de un Gran Problema en las Asambleas


En septiembre de 1994 la portada de una revista de las asambleas norteamericanas (“Interest”) destacó un cantante contemporáneo bien conocido en muchos círculos cristianos. La portada y los artículos presentados en la revista son indicativos del creciente interés en la música hoy en las congregaciones que profesan ser cristianas.
    En tiempo pasado, la portada hubiera destacado una foto de una asamblea nueva o quizás un obrero pionero que sacrificó mucho para predicar el evangelio de Cristo. El nombre de la revista: “Interest” – es abreviado de “Cartas de Interés de Obreros”. Pero eso se les ha olvidado. Hoy muchos cristianos saben más de artistas contemporáneos y su música que de la obra del Señor. Para muchos, esos artistas y celebridades son los nuevos gigantes de la fe.
    No toda música contemporánea es ofensiva ni inaceptable, pero mucho de ella es simplemente el mundo entrando en la iglesia bajo la etiqueta “cristiano”. El llamado “rock cristiano” y “rap cristiano” son ejemplos primarios de eso, pero hay mucha otra música que también cabe en la categoría de “mundana”. De hecho, casi todo tipo de música cristiana contemporánea es sospechosa debido a la gran ganancia económica de los que quieren llamarla un “ministerio”, cuando realmente es un negocio.
    La música tiene su lugar correcto y apropiado en la Iglesia y en la vida del creyente.  Eliminar toda música está lejos de la mente de Dios. Es importante cantar en la congregación himnos de alabanza y testimonio. Pero en algunas asambleas al comienzo de las reuniones la gente a penas canta, y el tiempo de cánticos es considerado como un periodo de gracia para los que llegan tarde. En la cena del Señor los himnos deben ser de alabanza y adoración, centrados en Cristo, y no de testimonio, invitación o consagración personal. Antes del estudido bíblico o la prédica del evangelio, los himnos bien seleccionados establecen el tono para el mensaje que viene a continuación. Pero en muchas congregaciones la pobre participación y mala forma de cantar simplemente indican falta de interés de parte del pueblo del Señor. Por otra parte, cantar bien glorifica al Señor y es un estímulo para cualquier predicador.
    También los cánticos son importantes en la vida personal del creyente. La música puede ser edificante y dar ánimo, cuando es producto de un corazón que rebosa de la bondad y gracia de Dios. Un santo sin música en su corazón es uno que falta en el gozo del Señor y Sus bendiciones (Ef. 5:18-20). Pero una cosa es cantar de corazón para el Señor, y otra es andar con auriculares puestos escuchando “los 40 principales canciones cristianos”, que simplemente imita lo que hacen los del mundo. La música no es para divertirnos.
    Esto nos conduce a ver un problema común con mucha música “cristiana” en nuestros tiempos. No ha sido compuesta para ser cantada por creyentes normales y corrientes, ni por una asamblea de creyentes. ¡La componen para ser interpretada por artistas profesionales! Está pensada como espectáculo, para diversión, para que uno con talento especial cante y los demás oigan y admiren. Muchas canciones no pueden ser cantadas por la congregación simplemente porque la música es demasiada difícil de seguir.
    Hoy muchos cristianos francamente no se dan cuenta del aspecto comercial de la “música cristiana”. Muchos jóvenes y jóvenes adultos, habiendo sido criado en ese ambiente de música contemporánea al estilo del mundo, lo consideran normal porque es lo que siempre han visto. Pero “común” y “bíblico” son cosas distintas. Miles de cristianos han viajado miles de kilómetros y pagado millones para asistir a “conciertos cristianos”. Pero muchas de esas personas no son capaces de llegar a las reuniones normales de la asamblea, ni de sentarse para escuchar un estudio bíblico que dure más de veinte minutos. ¡Se aburren!  Y gastan millones en CDs, más de lo que ofrendan para el progreso del evangelio, y tienen una colección enorme de música, pero a penas tienen un libro de edificación espiritual.
    Pese a esos grandes gastos disproporcionados, hay multitudes de bebés espirituales en las iglesias hoy. Andan con los auriculares puestos divirtiéndose con su musica, pero no crecen ni maduran porque es imposible hacer esto mediante la música. Tienen poco conocimiento de Dios, y su diesta espiritual, lenguaje, intereses, prioridades y diversiones son iguales o muy similares a los del mundo. Muchas cosas pueden contribuir a su falta de crecimiento, pero alguien bien ha dicho que somos lo que comemos. Cuando uno escucha constantemente la música que tan a menudo es escuchada hoy, con letra superficial, más romántica que bíblica, no es extraño que no crezca mucho. Su música favorita no solamente copia al mundo, sino que en algunos casos su mensaje es biblicamente incorrecto. Una dieta de esa música liviana dejará a la persona malnutrida e inmadura.
 
concierto de Marcos Vidal y Danilo Montero -- no apto para consumo de creyentes
Muchos artistas dirigen su llamado “ministerio de música” más como un negocio que otra cosa. ¿Cómo se sentirían los creyentes si los predicadores vendieran entradas y demandaran garantías de ingresos y “gastos por adelantado” antes de compremeterse a predicar? ¿Cómo sería si se pidiera cinco o diez mil dólares por “actuación” como hace un bien conocido grupo de cantantes “cristianos”? Son obvias las respuestas, sin embargo mucho evangélicos no acaban de ver cuánto comercio tienen montado los músicatraficantes. Se han metido en congregaciones como los cambistas y vendedores de aves y ovejas en el templo, a los que el Señor sacó dos veces a latigazos y con violencia y enojo.
    No hay que decir mucho acerca de la apariencia de muchos “artistas evangélicos”. Muchos de los que aparecieron en los “Christian Music Awards” – el programa de los premios de música cristiana –  parecían copias calcadas de las super-estrellas del mundo. ¡Es una escena penosa que nada tiene que ver con el cristianismo bíblico!
    Pero existe ahora un interés quizás más grande que él de la música. F. B. Meyer bien dijo acerca del declive espiritual: “una fase del declive espiritual es cuando intentan negar toda sugerencia de su existencia”. Así es también hoy con muchos respecto a la música cristiana. No ven el problema. A pesar de la preocupación expresada por hermanos maduros y veteranos, muchos defienden la misma música que contribuye a su inmadurez y superficialidad, y a menudo desprecian a los que les animan a guardar un régimen más espiritual (Pr. 9:8). Tristemente, andan adulando las virtudes de lo que les esclaviza, e insisten fuertemente que esa música es espiritualmente edificante. Pero su falta de crecimiento espiritual demuestra que lo contrario es la verdad (He. 5:14).
   
Se podría pasar mucho tiempo debatiendo la música como si fuera el problema principal hoy en la Iglesia. Pero la verdad es que ella sólo es síntoma de otro problema mayor – el de la iglesia de Laodicea – la cegüera espiritual. Una iglesia superficial y ciega profesa tenerlo todo, y no ve que necesita el consejo y discernimiento de la generación de sus ancianos. Muchos hoy piensan que la iglesia avanza y están ciegos respecto a su horrible condición. Su infatuación con la diversión musical y su falta de hacer caso a las señales de aviso indican su falta de salud espiritual.
    Una música mejor no curará a la Iglesia de esa enfermedad. La curará la confesión de su orgullo y mundanalidad, y un retorno a Dios y Su Palabra. Muy francamente, hasta que sucedan esas cosas, no tendrán éxito los intentos de persuadir a la iglesia laodiceana.

Steve Hulshizer, tradicido y adaptado del artículo en “Milk & Honey” (“Leche y Miel”) en noviembre de 1994.
 
 
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“Sólo una vida, pronto pasará,
Sólo lo hecho para Cristo durará”.

C. T. Studd

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  “Para Dios, un anciano en una asamblea significa más                que el gobernante de una nación”.

“La iglesia local es más importante para Dios y Su pueblo 

que el imperio más grande del mundo”.
William MacDonald

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EL CRISTIANO Y LA POLÍTICA
Capítulo 4

 Nuestra Obligación Y Responsabilidad

Los políticos son impotentes e incapaces de lograr victoria sobre el pecado. La historia nos enseña esto. Algunos hacen sus campañas publicitarias y programas de obras sociales, declarando una guerra contra la pobreza, o contra la droga, o contra el analfabetismo, pero no contra el pecado.
    Recordemos, el problema fundamental es el pecado, y está arraigado en el corazón humano. Todos los demás son síntomas del pecado, su fruto amargo. Generalmente los políticos conceden que no pueden eliminar el pecado, pero todavía insisten que los cristianos tienen una responsabilidad humana u obligación moral a involucrarse (enredarse) en el gobierno y la política como medio de restringir la maldad. En algunos países el gobierno requiere por ley que los ciudadanos voten, aunque en la mayor parte del mundo votar es opcional.
    Pero según los activistas, votar y apoyar a los candidatos no es opcional. Insisten que es obligación, y amenazan que si no te metes, prevalecerá el mal. Uno de sus dichos frecuentemente empleado es la cita de Edmund Burke: “Para que triunfe el mal basta que los hombres de buena voluntad no hagan nada”. Con eso quieren culparnos del triunfo del mal si no nos metemos en la política, si no intentamos reformar para bien el gobierno. Tiene un fallo muy gordo, y es que supone que los creyentes separados de la política no hacemos nada. ¡Incorrecto! Y otro gran fallo es que no podemos cambiar el mundo (véase apéndice 3 del libro). Irá de mal en peor, cada vez más degenerado, hasta que venga el Señor. Así que, hacemos lo que el Señor manda, y eso es, según Mateo 28:19-20, ocuparnos de predicar el evangelio y hacer discípulos. ¡El Titanic se hunde, y hay que salvar a cuantos podamos antes del triste final!
    ¿Qué proponen ellos? Asistir a un banquete donde cobran como mil dólares o más por persona para recaudar fondos. Repartir literatura para el partido. Contribuir tu tiempo trabajando en la campaña. Poner un letrero delante de tu casa, o en el parachoques de tu automóvil. Ir puerta a puerta y animar a la gente a votar. Presentarte tú como candidato, ¡pues podrías hacer mucho bien a mayor número de personas en el gobierno que en tu congregación! Dicen: “Necesitamos a buenos cristianos en el gobierno”. ¿Tenemos los cristianos tales obligaciones? ¿Qué dicen las Escrituras?
    La Biblia nos declara con palabras llanas que como cristianos tenemos la obligación de obedecer las leyes (Ro. 13:1; 1 P. 2:13), orar por los que están en autoridad (1 Ti. 2:1-2), respetar y honrarles (Ro. 13:7; 1 P. 2:17), y pagar nuestros impuestos (Ro. 13:7). Pero no hay ni un texto bíblico que diga que tenemos una “obligación moral” de meternos en la política o en el gobierno. No hay ni siquiera uno. Por encima de esas obligaciones al gobierno, el Señor nos llama a proclamar las buenas nuevas del evangelio. Pensemos un poco en nuestras obligaciones a orar y proclamar el evangelio.
    En primer lugar, es la responsabilidad, obligación y privilegio de todo creyente ORAR como el Señor nos enseña en 1 Timoteo 2:1-2 y otros pasajes. Esta tremenda responsabilidad es a menudo descuidado por muchos que profesan creer. Para vergüenza nuestra, la reunión de oración es la reunión menos asistida de la iglesia, y no hay buena excusa para eso. Muchos simplemente no tienen interés. Otros dicen que están cansados o no tienen tiempo, pero no usan esas excusas para no votar. Preguntamos a los activistas cristianos, ¿cuán regular, consistente y fervorosas son sus vidas de oración en privado? ¿Se dedican continuamente a la reunión de oración en su congregación? Si no, deberían tener vergüenza de hablar a los demás de responsabilidades y obligaciones. Pero los activistas describen la participación en la política o el gobierno como “poner pies a sus oraciones”, o “a Dios rogando y con el mazo dando” – dichos populares pero no  bíblicos. ¿Pero cuántos activistas asisten con regularidad a la reunión de oración? E. M. Bounds escribió un libro excelente titulado: El Arsenal de la Oración. Pero aun las armas más potentes no hacen nada si no las usamos.
    En lugar de poner pies a las oraciones, pongamos rodillas. ¿Qué si también ayunamos? Dios nos manda y anima a orar, pero no a votar. Piensa en esto: podríamos hacer más en cinco minutos de rodillas orando a Dios que en cinco minutos en una cabina de votación. Como bien dijo William MacDonald: “Cambiamos el equilibro del poder a través de la oración”. Así que, ¿por qué ofrecen los activistas transporte a las reuniones políticas y centros de votación, pero no a las reuniones de oración? Si miramos la oración en la vida personal de muchos, y su asistencia y participación en los cultos de oración, sabremos por qué los que profesan ser cristianos se van a la política. Francamente, porque creen que la política da resultado, y la oración no. ¿Qué clase de cristianismo es ése?
    Segundo, creemos firmemente que es nuestra responsabilidad humana y obligación moral ir a todo el mundo y predicar el evangelio a toda persona (Mr. 16:15). Como mencionamos antes, debemos seguir el ejemplo de los primeros cristianos, que según Hechos 8:4 “iban por todas partes anunciando el evangelio”. Si realmente creemos esto, también creemos que podemos hacer más yendo a las puertas para hablar de Cristo, o repartiendo literatura evangelística, que yendo a las puertas o distribuyendo literatura a favor de un partido o candidato. ¿Para cuál campaña debemos trabajar y dedicar recursos? ¡La del evangelio!
    Sentimos tristeza y vergüenza ajena al ver a los que han sido engatusados a gastar tiempo, dinero y fuerzas en la política. Trabajan incansablemente, hablan con devoción y fervor del partido, sus proyectos, los candidatos y los votos. Lo hacen de manera tan buena que no tienen a penas tiempo para testificar para Cristo como hacían los primeros cristianos. Se han dejado enredar. ¿Cómo puede un hombre pretender ser misionero, o anciano en una iglesia, cuando se enreda en la política y el gobierno? Debe escoger entre la obra del Señor, y la del mundo, y comprometerse exclusivamente de una vez. Es aun peor cuando su propia congregación está en dificultades y necesita ayuda, o cuando consideramos la tremenda cantidad de trabajo que queda por hacer, estableciendo y edificando asambleas del pueblo de Dios en todo el mundo. La Palabra de Dios manda claramente: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mt. 6:33), pero los que se entregan a la política no pueden ser obedientes, por mucho que digan que sí. “Ninguno puede servir a dos señores” (Lc. 16:13).

    No daré al mundo mi corazón
    Y luego profesar Tu amor;
    No gastaré en otros mis fuerzas,
    Y entonces dedicarme a Tu servicio.

    No iré con celo y rapidez
    A hacer los mandados del mundo,
    Y luego cansado subir hacia ti,
    Con pies cansados y paso lento.
Traducido del himno “Lord, In The Fullness of My Might”, por Thomas H. Gill (1869)

    Insisten que debemos participar en la política y el gobierno para combatir el humanismo. Podemos estar de acuerdo que ningún verdadero discípulo de Cristo puede favorecer cualquier forma ni credo del humanismo. Sin embargo, es un proceder favorito de los activistas alarmar a los cristianos con reportajes y estadísticas de cómo los humanistas están tomando control del gobierno y qué pasará cuando logren esto. Proponen entonces que todos debemos movilizarnos. Los mejores preparados deben presentarse para puestos en el gobierno, y todos como mínimo deben votar a los candidatos cristianos o pro cristianos. La idea es organizar un poderoso bloque de votadores. Con esa finalidad publican informes y guías para los votadores cristianos, dando el perfíl y la posición política de cada candidato. Esto, por supuesto, sólo sucede en paises donde hay libres elecciones y el llamado “proceso democrático”. Los Estados Unidos, desgraciadamente, nos provee de multiples ejemplos del activismo cristiano equivocado. ¡No deben ser imitados por otros países! Por ejemplo, se les dijo a los profesados cristianos en la década de los 80 que deberían votarle a Reagan, porque era buen cristiano, favorecía la oración en las escuelas públicas, y se oponía al aborto. Así que, tras no cuatro sino ocho años en la Casa Blanca, ¿cuál de esos dos asuntos fue resuelto a favor de los cristianos? ¡Ninguno! Además, nadie sabía hasta después que el presidente solía someter su agenda y la de la nación a la influencia oculta de la astrología, porque su esposa Nancy echaba cartas astrales para guiarle. Es sólo un ejemplo. Otro sería el infame presidente inmoral y mentiroso Bill Clinton. Antes de la elección dijeron que era un creyente bautizado y miembro de una iglesia bautista. Después de la elección comenzaron a salir los escándalos. Abundan ejemplos de ignorancia e incredulidad en el gobierno. En otros países preguntan: “¿Realmente creen los estadounidenses que todos sus presidentes, senadores y estrellas de deporte son cristianos? ¿Son tan ingenuos y fáciles de manipular?”
    Frecuentemente se escucha publicidad para atraer el voto de la “comunidad cristiana” o “bloque evangélico” (¡quién sabe qué son esos!). Dicen que tal candidato es “un cristiano”. Algunos activistas sí parecen creer que todos los candidatos de su partido son cristianos. ¿Qué harán cuando un musulman, mormón, ateo o creyente en la nueva era representa su partido? Países como Australia, Alemania e Italia tienen partidos llamados: “Cristiano Demócrata”. Pero me desvío del tema.
    El problema principal no es las sorpresas que dan los oficiales elegidos. Es algo peor: la idea básica de luchar contra el humanismo en el gobierno empleando lo que equivale al humanismo cristiano – es decir – presentando otros hombres como la solución. El ser humano tiene ideas, esperanzas y promesas, pero ¿tiene respuestas? La historia humana da una respuesta.
    Pero siguen tocando el tambor de la responsabilidad humana, usando un argumento de reducción al absurdo. “¿Qué debemos hacer entonces, quedarnos sentados en la congregación y dejar que el mundo vaya de mal en peor?” Insisten que no podemos tomar una postura tan pasiva e ingenua frente a los problemas. Dicen que nuestra responsabilidad es votar, hacer campaña para ciertos candidatos, y aun presentarnos como candidatos, para que haya cristianos en el gobierno. Gritan: “responsabilidad humana”, y “obligación moral” con el propósito de presionarnos y movernos a participar en el proceso político. A ojos de ellos, si no lo hacemos somos ciudadanos irresponsables. Nos acusan de tomar posiciones extremistas porque nos separamos del sistema de este mundo y dedicamos nuestros esfuerzos a la propagación del evangelio.
    Dicen que padecemos de corta vista y desequilibro, que somos demasiado espirituales. En estos días de “equilibro” y lo “políticamente correcto”, llamarle a alguien extremista o desequilibrado es como si le dijeras: “hereje” o le colgaras el sambenito. Pero al leer el Nuevo Testamento, encontramos que los cristianos primitivos, en los días de los apóstoles, no se metían en partidos y gobiernos, no sólo porque no podían sino porque sus amores y prioridades eran otros. Repetimos: “...iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hch. 8:4).   
    Otro argumento de activistas es: “Si no votas, entonces luego no te quejes del gobierno”. Es otro cliché de la ciencia política, usado para meternos vergüenza y motivarnos a enredarnos. Pero respondemos que no nos quejaremos, porque es pecado quejarse, murmurar y maldecir al príncipe (Éx. 22:28). ¡Ni los que votan tienen derecho a hablar así! Oraremos y clamaremos al Señor. Haremos conocidas nuestras peticiones y quejas delante de Él. Nuestro lugar es el salón de oración, no la cabina de votación, la reunión de oración, no el mitín político. ¿Y no es curioso que los que tanto se animan en las campañas y la votación son los que más vocalizan sus quejas? Piénsalo.
    Otra táctica es el uso de ese refrán que mencionamos antes, de Edmund Burke, escritor, filósofo y político, considerado el padre del liberalismo-conservadurismo británico: “Para que triunfe el mal basta con que los hombres de buena voluntad no hagan nada”. Este dicho deja a algunos buscando una respuesta adecuada, pero no el hermano William MacDonald, que escribió lo siguiente:

    "Los que dicen “sí” a la política invariablemente citan el aforismo familiar: “Para que triunfe el mal basta con que los hombres de buena voluntad no hagan nada”. Si eso no les gana el argumento, entonces citan a José, Moisés y Daniel como ejemplos de creyentes que estaban metidos en el sistema político".
    "Aunque suena convencedor el maxim, debemos recordar que es un dicho de sabiduría humana, no revelación divina. No debemos otorgarlo la autoridad de las Escrituras. Y respecto a José y Daniel, nunca se presentaron como candidatos para una elección, sino sirvieron, como cautivos, como empleados del gobierno. Moisés fue más un tábano al gobierno que parte de él".

"La Respuesta Bíblica
    Si vamos a la Palabra buscando respuesta, ¿qué hallamos? El Señor Jesús no se involucró en la política. Realmente se encontró en relación adversa al sistema. Sus discípulos tampoco se metieron en la política. ¿Perdieron lo mejor que Dios tenía para ellos porque concentraron en el evangelio? El apóstol Pablo no participó en la política. Su fidelidad a su llamamiento y su mensaje le puso en contra de la sociedad farisaíca".
    "Jesucristo enseñó que Su reino no es de este mundo (Jn. 18:36). Dijo a sus hermanos incrédulos: “No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas” (Jn. 7:7). El apóstol Juan nos recuerda que “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19). Y la política es parte del sistema del mundo".
    "Tenemos que separarnos del mundo para influirlo (2 Co. 6:17). Arquimedes dijo que podría mover el mundo si consiguiera un fulcro fuera del mundo. Debemos colocarnos fuera del sistema del mundo si queremos moverlo para Dios".
    "Pablo insistió que “Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Ti. 2:4). Todo creyente está o debe estar en servicio activo. No debe dejarse distraer ni enredar por las cosas de la vida".
    "La política es corrupta. Es un sistema de concesiones y transigencias. Se toman decisiones en base a lo que es expediente, en lugar de lo que es correcto. Se basa en principios humanos, no divinos, y funciona por ellos. El finado senador Vandenburg de Michigan (EE.UU.) dijo: “La política es por naturaleza corrupta. La iglesia no debe olvidar su verdadera misión ni intentar participar en la arena de asuntos humanos donde será un competidor pobre...perderá su pureza de propósito si participa”.
    "Creemos de todo corazón que debemos ser cristianos responsables, y que ser irresponsable sería un pecado. Pero recuerda, la Biblia define esa responsabilidad, no los profesores universitarios, los filósofos, los de ciencia política ni la publicidad de una campaña. “Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso” (Ro. 3:4)".

Del libro El Cristiano Y La Política, por Carlos Tomás Knott
para obtener un ejemplar del libro en español o inglés: www.editorial-berea.com

jueves, 1 de octubre de 2015

EN ESTO PENSAD -- octubre 2015

DIOS NO ES DE 
NINGÚN EQUIPO DEPORTIVO

 
"¿De quién eres, del Madrid, del Barça, o cuál?" A menudo se escuchan preguntas así, y lo triste es, que hay creyentes que como los loros repiten el habla del mundo alrededor suyo. ¿Qué te importa un equipo deportivo? ¿Qué lugar ocupa en el gran esquema de la voluntad de Dios? Sin embargo, si entramos en el mundo de Twitter, Facebook y Whasapp veremos enseguida un montón de personas de iglesias evangélicas y aun de nuestras asambleas que casi no hablan de otra cosa que su equipo favorito, quién ganó, cuánto apuntaron y todo el rollo del mundo del fútbol. Igualito como los inconversos. No les llena el corazón Cristo y la Palabra de Dios, excepto domingos por la mañana. Y para el colmo, conozco personalmente el caso de dos hombres que llevaron un televisor al local de la iglesia y lo colocaron en la cocina para seguir un partido durante la Cena del Señor. Uno de ellos es un anciano. ¡Qué te parece!
    ¿Cómo es que conocen los nombres de los jugadores, y no los nombres de los apóstoles del Señor, o las siete iglesias de Asia en Apocalipsis 2 y 3. Pueden recitar jugadas famosos en partidos deportivos, pero no pueden dar un resumen de cada libro de la Biblia. ¿Es digno de nuestro apoyo, tiempo e interés un equipo de hombres incrédulos, pecadores no arrepentidos, que juego por dinero y vanagloria, y derrocha dinero? ¿Debe ocupar un lugar de responsabilidad en la iglesia uno que no puede renunciar al mundo? El apóstol Juan habló claro: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él" (1 Jn. 2:15). ¿Qué parte de "no améis al mundo" no entendemos?
    Tal vez algunos me dirán que William MacDonald escribió que Dios no condena el deporte. Bueno, quiero ayudar a tales personas a recordar y entender bien lo que el hermano dijo. Aquí está, de su libro DE DÍA EN DÍA, lectura del 3 de  agosto.
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“Ni se complace en la agilidad del hombre” (Salmo 147:10).

    ¡Qué expresión más interesante! ¡El Dios grande y trascendente no se complace en la agilidad del hombre!
    Podemos pensar en esto en relación con el mundo del atletismo. La estrella de la pista, ágil y veloz, que cruza la línea final con las manos extendidas hacia arriba en triunfo. El jugador de baloncesto, atravesando la pista para meter la canasta de victoria. El héroe del fútbol, fuerte y muscular, que avanza irresistiblemente y mete el gol.
    La multitud se desboca, salta, grita y aplaude (o alternativamente abuchea y silba). Son fanáticos que se involucran emocionalmente en cada jugada del partido. Podríamos decir que se complacen, ¡y tanto!, en la agilidad del hombre, es decir, en su habilidad para realizar el juego.
    Nuestro versículo no intenta prohibir el interés en los deportes a nivel personal. La Biblia habla del valor del ejercicio corporal. Pero el desinterés de Dios en la agilidad de un hombre debe recordarnos que debemos mantener nuestras prioridades en orden.
    Es fácil que un joven creyente esté tan absorto con algún deporte que éste se convierta desgraciadamente en la pasión de su vida. Sus mejores esfuerzos están encauzados para lograr la excelencia en el mundo. Se disciplina en el uso del tiempo, los alimentos y el sueño. Practica incansablemente perfeccionando su habilidad en toda jugada concebible. Mantiene un régimen planeado de ejercicio para conservarse en excelente condición física. Piensa y habla acerca de este deporte como si fuera su vida. Quizás en realidad lo es.
    En ocasiones, un joven cristiano como éste puede sorprenderse cuando de repente se da cuenta de que Dios no se complace en la agilidad del hombre. Si desea caminar en comunión con Dios, necesita adoptar la perspectiva de Dios.
    Entonces, ¿en qué se complace Dios? El versículo 11 del Salmo 147 nos dice: “Se complace Jehová en los que le temen, y en los que esperan en su misericordia”. En otras palabras, Dios está más interesado en lo espiritual que en lo físico. El apóstol Pablo se refiere a este mismo sistema de valores cuando dice que: “el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1 Ti. 4:8).
    Cuando hayan pasado cien años y las aclamaciones dejen de resonar, cuando el estadio esté vacío y el marcador olvidado, lo que realmente contará es la vida que buscó primeramente el reino de Dios y Su justicia.
Amigo, la Biblia no apoya a los equipos deportivos, el deporteprofesional y todo ese rollo que el diablo tiene montado en el mundo para mantener a la gente satisfecha sin Dios. Practicar el deporte para la salud, el ejercicio corporal es algo que puede dar un beneficio en esta vida, pero no en la venidera porque para poco es provechoso. Pero el Espíritu Santo nos recuerda: "la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera" (1 Ti. 4:8). Dios ha escogido al piadoso para sí (Sal. 4:3). Sé uno de ellos. Ejercítate para la piedad y reuncia la impiedad y los deseos mundanos. Los estadios, los trofeos, y todo lo demás de este mundo perecerá. "La tierra y las obras que en ella hay serán quemadas" (2 P. 3:10). "¿De qué equipo eres?" De ninguno. Soy de Jesucristo, le amo y le sigo. ¿Y tú?            

   Carlos
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  LA BONDAD Y LA SEVERIDAD DE DIOS

La bondad de Dios a Su congregación era indescriptible, sin embargo para mantener el testimonio en santidad, Su disciplina era muy estricta. Los transgresores debían ser cortados de la congregación por comer levadura (Éx. 12:15-19); por comer sangre (Lv. 7:27); por comer la ofrenda de paz estando inmundo o después del segundo día (Lv. 7:20); por ver la desnudez de un hermano o una hermana (Lv. 20:17); por tocar cosas santas estando inmundo (Lv. 22:3); por componer ungüento semejante al aceite de la santa unción (Éx. 30:33); por no celebrar la Pascua (Nm. 9:13); por no usar el agua de purificación (Nm. 19:13) y por no circuncidarse, etc.
    Debía morir el idólatro (Dt. 13:9); el blasfemo; el falso profeta (Dt. 13:5-11); el pecador presumido o soberbio (Dt. 17:12); el que no guardaba el día de reposo (Éx. 31:14); el adivino (Lv. 20.27); el extraño que se acercara como sacerdote (Nm. 18:7); los homicidas (Nm. 35:31); el que hiriere o maldijere a padre o madre (Éx. 21:15, 17); los hijos contumaces y rebeldes (Dt. 21:20-21); los adúlteros, etc. (Lv. 20:10); y otras personas semejantes a ésas.
    Sin duda la mente liberal considera tales leyes muy severas e innecesarias, pero los que tienen inteligencia espiritual reconocen que se arruinaría el testimonio e Israel sería un falso testigo de Dios si tales cosas fuesen toleradas. El que tiene la mente liberal en cosas espirituales roba a Dios de Su autoridad, anula Su disciplina y le trata como si fuera un mero blandengue. Su amor y compasión no deben ser empleados como para compensar Su justicia y autoridad. Cuando Jesús cesa de ser reconocido como Señor y es considerado como alguien cuyo propósito principal es perdonar, hay algo radicalmente equivocado.
    El que extiende una mano calurosa de amor al injusto e insumiso, y frunce el ceño a los que obedecen la fe, está negando el señorío de Cristo. Si partimos el pan con cualquiera que profesa fe, en lugar de insistir en la comunión de los santos en una asamblea del Señor, esto es la forma más debilitante que hay del laodiceanismo. Exalta la voluntad del hombre y niega el señorío de Cristo. Dios no tiene menos cuidado en la Iglesia que tenía en Israel. (Véanse 1 Co. 5; 2 P. 2:10; 1 Ti. 1:9; 1 Co. 6:9; He. 10:26; Mt. 18:15-18; 2 Ts. 3:6-14; 1 Ti. 1:9-20; 6:3-5; 2 Ti. 2:16-21; 3:1-5; Ro. 16:17; Hch. 20:29; Ap. 2:2; 2 Co. 11:13; Tit. 3:10-11; Ef. 5:5; 2 Co. 11:1-13; Gá. 1:8; 1 Co. 10:20; 1 Co. 11:27-32).
Dr. E. A. Martin, de su libro: La Asamblea Modelo

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CRISTO SE CONGREGA.  ¿Y TÚ?

¿No necesitas reunirte con la iglesia? ¿Puedes quedarte en casa y adorar?, porque dices: "Dios está en todasa partes". Vamos a dejar al Señor Jesucrcisto responder: “...Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:20). A Jesucristo le interesa mucho la congregación de los creyentes.
    William MacDonald escribe: Cuando el Señor pronunció estas palabras, se estaba refiriendo a una reunión de la iglesia convocada para tratar con un miembro pecador que rehúsa arrepentirse...  Pero el versículo ciertamente tiene una aplicación más amplia. Se cumple dondequiera y cada vez que dos o tres se reúnen en Su Nombre. Reunirse en Su Nombre significa juntarse como asamblea cristiana; congregarse con y por Su autoridad, actuando de Su parte; reunirse en torno a Él como cabeza y centro de atracción; congregarse de acuerdo con la práctica de los cristianos primitivos en doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones (Hch. 2:42). Quiere decir congregarse con Cristo como el centro, congregarse en Él (Gn. 49:10; Sal. 50:5).
     Dondequiera que los creyentes se reúnen de este modo a la Persona del Señor Jesús, Él promete estar presente. Mas alguien podría preguntar: “¿No está Él presente en todas partes? Siendo Él Omnipresente, ¿no está en todos los lugares a una y al mismo tiempo?” La respuesta es: por supuesto que sí. Pero Él promete estar presente de una manera especial cuando los santos se congregan en Su Nombre: “...allí estoy yo en medio de ellos”. Esa es, por sí misma, la razón más fuerte por la que debemos ser fieles asistiendo a todas las reuniones de la iglesia. El Señor Jesús está ahí de una manera especial.

citado de su libro: De Día En Día, CLIE
    
La Biblia exhorta: "no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre" (Hebreos 10:25). Y los creyentes de verdad responden como el rey David: "Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos" (Sal. 122:1).
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ADVERTENCIA 
A TODOS LOS IMPÍOS

“¿No sabes ya de siempre, 
desde que el hombre fue puesto sobre la tierra, 
que es breve la exultación del malvado
 y dura un instante la alegría de los perversos? 
Si hasta el cielo subiera su arrogancia
 y tocare en las nubes su cabeza, 
cual un fantasma desaparece para siempre... 
aunque la maldad fuere dulce a su boca 
y la ocultara bajo su lengua...
su comida en sus entrañas se corrompería, 
siendo como hiel de áspides en su interior” 
(Job 20:4-14). 


“Cuando está para henchir su vientre, 
mandará Dios contra él el ardor de su cólera, 
haciendo llover contra su carne sus proyectiles... 
Toda suerte de tinieblas le están reservadas;
 le devorará un fuego no encendido (por hombre), 
que consumirá lo que reste en su tienda... 
Esta es la suerte que a perverso (reserva) Dios,
 y ésta es la dote que Dios le adjudica”  
(La Biblia: Job 20:23, 26, 29).
LA SAGRADA BIBLIA, VERSIÓN NÁCAR COLUNGA 

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RAZÓN DE MI FE CRISTIANA 
Ernesto Trenchard
 
Perdone el lector la forma personal de este escrito. No lo hago para darme importancia a mí mismo, sino con el propósito de expresar más clara y directamente lo que quiero decir. “Me seréis testigos”, dijo el Señor Jesucristo a Sus discípulos al despedirse de ellos, y considero que todo mensaje cristiano debe ser, hasta cierto punto, un testimonio personal por el cual el creyente refiere a otros su “visión celestial”.

SOY CRISTIANO
porque la vida material no puede satisfacer mis anhelos espirituales.
    Algunas veces los hombres de ciencia nos hablan con aire de superioridad, como si supieran todos los secretos de la Naturaleza, pero la verdad es que los conocimientos científicos, según manifestó el célebre Sir James Jeans, no son más que islotes luminosos rodeados por un océano de ignorancia. Los fisiólogos y los biólogos saben describir los complicados procesos de la vida, pero no aciertan a explicar la más mínima parte de ellos. En otras palabras, saben mucho del “cómo” y nada del “por qué” de las cosas. Ignoran el secreto de la vitalidad de la célula más pequeña de una hoja cualquiera, arrancada de una planta o de un árbol del jardín. Y si tan poco saben del misterio de la vida natural, ¿qué me pueden decir de la vida espiritual? Jesucristo rechazó una de las tentaciones del diablo diciendo: “No con sólo el pan vivirá el hombre” (S. Mateo 4:4), y estas palabras hallan eco en lo más profundo de mi ser. En otra ocasión resumió una de las lecciones más elementales de la vida en estas palabras magistrales: “¿Y qué aprovechará el hombre si granjeare todo el mundo, y perdiere su alma?” (S. Marcos 8:36). Al meditar estas palabras, me imagino que tengo todo el mundo a mis pies, cual otro César, con cuanto encierra de riqueza, poderío, placer y saber. Pero en el momento de gozarlo todo, la vida cesa, y la voz de Dios me llama ante Su alto Tribunal. Entonces, ¡cuán mísero y desnudo me hallo? Y los más de los hombres, lejos de granjearse el mundo, no hacen sino amontonar trabajosamente un montoncillo de basura. ¿Vale ello la pena?

SOY CRISTIANO
porque creo que Dios se ha revelado a sí mismo.
    Permita el lector que explique lo que quiero decir. Si Dios nos ha creado, me parece increíble que nos deje en la ignorancia de Su voluntad y nos esconda el camino de la salvación. Lejos de parecerme imposible que hable al hombre, no puedo comprender que deje de hacerlo. Ha revelado algo de sí mismo en el orden y la hermosura de la Naturaleza, pero sentimos que Dios tiene más que decir al hombre, y nos apercibimos a oír Su voz.

SOY CRISTIANO
porque creo que Dios nos ha hablado en Su Hijo.
    La Epístola a los Hebreos empieza con estas sublimes palabras: “Dios, habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos prostreros días nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos 1:2). El inspirado autor de estas palabras vivió pocos años después de la Vida, la Muerte y la Resurrección del Señor Jesucristo, y, como miles de otras personas que habían presenciado los hechos, tenía la completa seguridad de que Dios se había manifestado en Jesucristo de Nazaret. Yo no puedo ver los mismo hechos con mis propios ojos, pero los testigos oculares dieron fe en los Santos Evangelios (San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan) de lo que habían visto, y al meditar en lo que han dejado escrito llego al convencimiento de que la gloria de Dios se trasparentó a través de la sagrada humanidad de Jesús. San Juan, que fue el amigo más íntimo del Señor en todas las etapas de Su ministerio, llegó a la misma conclusión, y escribió: “El Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (S. Juan 1:14). No hay lugar para más pruebas aquí, pero estoy convencido de que si el lector leyera las narraciones de la vida del Señor según se hallan en los Evangelios, y los meditara con ánimo dispuesto a hallar la verdad, llegaría a la misma conclusión, y aceptaría esta declaración que el Señor hizo de sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (S. Juan 14:6).

SOY CRISTIANO
porque necesito un Salvador.
    Miro dentro de mi corazón y descubro arraigado en él una flaqueza moral fatal. El bien que quisiera hacer se escurre de entre mis manos, mientras que caigo lleno en el mal que quisiera evitar. Por eso la historia íntima de mi vida se extiende detrás de mí llena de negras manchas y de feos borrones. Si la pureza, la justicia y la santidad son las condiciones imprescindibles para lograr la dicha de la presencia de Dios (y lo son), yo me hallo excluido de ella para siempre a no ser que Dios provea el remedio. Es una locura creer que mis buenos deseos y la buena fama que tenga entre mis semejantes puedan anular el hecho del pecado cometido, que se levanta gigantesco y amenazador entre mi alma y mi Dios. ¡Necesito un Salvador!, gime mi alma.

SOY CRISTIANO
porque creo que Cristo es el único Salvador.
    Cuando el ángel anunció a San José el misterio de la Encarnación, le dio este encargo: “Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (S. Mateo 1:21); así se puso de relieve la misión salvadora del Señor Jesucristo aun antes de Su nacimiento. Durante los años de Su ministerio público, Jesús salvaba a todos los necesitados que acudían a Él, manifestando siempre una compasión infinita unida con la santidad más perfecta. Pero aún faltaba lo más importante; esto es: Su muerte expiatoria en la cruz del Calvario, para que yo pudiera ser salvado de mis pecados. La preciosa vida del Hombre perfecto termina, no en un Trono, sino en la vergüenza y la agonía del patíbulo, y me pregunto el porqué de aquello que parece ser un fracaso y una tragedia. Las Sagradas Escrituras me dan la respuesta, y me hacen saber que murió, no por sí mismo, pues ninguna razón había para ello, sino por la redención de los hombres. Citaré algunos textos bíblicos que señalan el camino de la salvación. En el Evangelio según San Marcos leemos estas palabra de los labios del mismo Señor: “El Hijo del Hombre (Cristo) no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (S. Lucas 10:45), y con esta declaración concuerda lo que Jesucristo dice de sí mismo en el Evangelio según San Juan: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (S. Juan 10:11). En su epístola a la iglesia en Roma, San Pablo explica el significado de la Cruz de esta forma: “Porque Cristo, cuando aún éramos flacos, a su tiempo, murió por los impíos” (Romanos 5:6). De una manera muy parecida se expresa San Pedro: “El cual mismo (Cristo) llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, siendo muertos al pecado, vivamos a la justicia; por la herida del cual habéis sido sanados” (1 Pedro 2:24). San Juan, apóstol del amor, abunda en lo mismo: “En esto consiste el amor: no que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó a nosotros, y ha enviado a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10). Por propiciación hemos de entender que la muerte de Cristo, de valor infinito a los ojos de Dios, satisfizo las justas exigencias de la Ley en cuanto a nuestro pecado.
    Aprendo, pues, tanto de los Santos Evangelios como de los escritos apostólicos, que Jesús no murió a cause de Sus propios pecados, pues no los tenía; tampoco murió porque no podía librarse de los hombres, ya que, en determinadas circunstancias, cuando así era la voluntad de Su Padre, manifestó Su omnipotencia y Su control de los hombres y de las fuerzas de la Naturaleza. Murió porque vino a salvarnos, y, haciéndose Representante de la raza humana, asumió su culpabilidad y sufrió la dondenación que los pecadores merecían. En la infinita agonía de la Cruz “gustó la muerte por todos” (Hebreos 2:9).

SOY CRISTIANO
porque Cristo es MI SALVADOR.
    El mismo sagrado Libro, la Biblia, que me enseña que Cristo es el Salvador de los hombres, me enseña también cómo puedo recibirle a los efectos de mi salvación personal. Los Apóstoles recibieron del Señor la comisión de predicar el Evangelio a toda criatura, y anunciaron que la virtud de la Obra de la Cruz podía remediar el triste estado de todo pecador que acudiera a Cristo arrepentido y con fe. El arrepentimiento, en su sentido bíblico, quiere decir un cambio de mente o de actitud, y señala el momento cuando empezamos a odiar el pecado, volviendo las espaldas a la vida antigua. La fe no es el mero asentimiento a ciertas doctrinas o enseñanzas, sino que indica, en el sentido bíblico, la confianza total en aquél que murió por mí. Tal fe establece un contatcto vital con el Salvador y nos identifica con Su obra salvadora. Las Sagradas Escrituras no saben nada de otros medios de salvación. Mis obras no pueden conseguir nada, pues todas llevan en sí la mancha del pecado; las ceremonias religiosas afectan al cuerpo solamente, y como no pueden adentrarse hasta el alma, es imposible que efectúen cambios espirituales. Vea otras palabras del Apóstol San Juan: “Dios nos ha dado la vida, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; y el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida” (1 Juan 5:11-12), verdad que se aclara aún más por la declaración sencilla y terminante del Señor mismo: “El que cree en MÍ, TIENE LA VIDA ETERNA” (S. Juan 6:47). Por estas escrituras, y otras muchas parecidas, veo que, para recibir la salvación que Dios me ofrece, tengo que humillarme en Su presencia, confesar que soy pecador y aceptarle con fe sencilla.

SOY CRISTIANO
porque Jesucristo es el Señor de mi vida y procuro andar en Sus caminos.
    Las naciones persisten en llamarse “cristianas” aun en el momento de arrojarse las unas contra las otras con armas mortíferas para la destrucción de multitudes de seres. Los hombres se llaman cristianos al par que exaltan el “yo” y emplean todos los medios, sean lícitos o perversos, para ganar para sí dinero, placer, posición y poder. ¡Qué manera de burlarse del verdadero significado del hermoso título de cristiano! Para ser cristiano, en el sentido real de la palabra, es necesario aceptar a Cristo como Salvador, con la determinación de reconocerle también como Señor de la vida, que se ordena luego en conformidad con Su Palabra. El hombre que hace esto es nacido de nuevo, según la hermosa frase del Señor mismo, y se reconoce como otro. La carne quedará, y hará lo suyo, pero no vencerá al creyente que reclama con fe el auxilio del Espíritu Santo.
    Muchos años han pasado desde que comprendí el Evangelio y me entregué a mi Salvador. Fue el día más feliz de mi vida, y ahor puedo dar mi testimonio que Él me ha salvado, y de que aún me guarda, dando un valor real a una vida que, de otra forma, sería huera y desabrida. Desaría que el sencillo relato de mi propia experiencia llevara al amable lector a escudriñar las Palabras de Cristo y de los Apóstoles en el Nuevo Testamento, y que hallara a su vez la vida por medio de la fe en el Salvador. Fue San Agustín el que dijo: “Tú nos has hecho para ti, y ningún reposo hallan nuestras almas hasta hallarlo en ti”.      
           
                                                      
Los textos bíblicos citados son de la traducción Reina-Valera, revisión de 1909.
Impreso originalmente por Literatura Bíblica, Trafalgar, 32, Madrid