Jesucristo: Varón de Dolores
Nuestro Señor ciertamente experimentó alegría mientras estuvo en la tierra (Jn. 15.11; 17.13). Sabía lo que era regocijarse en espíritu (Lc. 10.21). Sin embargo, Él era verdaderamente el “Varón de dolores”. Hoy contemplamos al Monarca del dolor y el sufrimiento, cuyos dolores solo se intensificaron a medida que Su vida en la tierra llegaba a su fin. Estos dolores provenían de muchos frentes:
1) El mundo. Porque, aunque estaba en el mundo, no fue reconocido por él (Jn. 1.10). Él no era del mundo (Jn. 17.14, 16). Hoy quizás dirían, “No eres de aquí, ¿verdad?” Siempre fue un “forastero” en el mundo (Lc. 24.18). El Santo tuvo que respirar el aire contaminado de un mundo en guerra contra Dios.
2) Su nación. Porque fue rechazado, no solo por los samaritanos (Lc. 9.53), sino también por Su propio pueblo (Jn. 1.11). Y cuánto lo sintió. Lamentó y lloró por Jerusalén (Lc. 13.34; 19.41).
3) Sus hermanos. “Porque ni aun sus hermanos creían en él” (Jn. 7.5). En una ocasión, mientras enseñaba a una multitud, “los suyos vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí” (Mr. 3.21).
4) El sufrimiento de las personas que le rodeaban. Porque siempre fue sensible y comprensivo con el sufrimiento que le rodeaba, ya fuera en forma de enfermedad, angustia, dolor, pobreza o duelo. Las muchas penas de los demás pesaban mucho en Su espíritu. Por ejemplo, cuando habló con María después de la muerte de Lázaro, “al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió... Jesús lloró” (Jn 11.33, 35). Hizo Suyas las penas de los demás.
5) La condición espiritual de Sus enemigos también le dolía. Porque se entristecía por la dureza de sus corazones y suspiraba profundamente en su espíritu por su decidida incredulidad (Mr. 3.5; 8.12).
6) Aun Sus discípulos le causaron dolores, porque a menudo no le entendían a Él ni a Sus enseñanzas; por ejemplo, Mateo 15.6; 16.9; Juan 14.9. Una vez más, no solo muchos de los discípulos del círculo exterior se retiraron y dejaron de seguirle (Jn 6.66), y al final incluso los apóstoles le abandonaron y huyeron (Mr. 14.50). Y a nivel individual, Judas Iscariote le traicionó y entregó a Sus enemigos, y Simón Pedro le negó con juramentos.
7) Por encima de todo, la obra de la cruz fue dolorosa. En Getsemaní, la tormenta de la anticipación se desató con furia sobre Su cabeza. “Comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera...”, y les dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mt. 26.37-38).
El dolor de Sus discípulos (Lc. 22.45) no era nada en comparación con el Suyo. Durante las tres horas de oscuridad en la cruz, Él sondeó el abismo más profundo del dolor y la angustia. Verdaderamente Él es el Varón de dolores y experimentado en quebrantos. Con razón detectamos Su voz en el texto de Lamentaciones 1.12, “Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido”. Nos asombra ver que fue a favor nuestro que Él experimentó todos estos dolores. Debemos manifestarle nuestra gratitud, adoración y amor.
Malcom Horlock, Cardiff, Gales, Reino Unido, traducido y adaptado del libro Day By Day Christ Foreshadowed (Día A Día, Cristo Presagiado) lectura del 11 de octubre,
Precious Seed Publications
"Tú sabes mi afrenta, mi confusión y mi oprobio;
Delante de ti están todos mis adversarios.
El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo;
Y consoladores, y ninguno hallé".
Salmo 69.19-20
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Peligros Pastorales
por Stephen Hulshizer (1941-2019)
viene del número anterior
6. La Popularidad
A nadie le gusta ser impopular o tenido en poco. El deseo de la amistad, aceptación y aprobación puede movernos a hacer cosas simplemente para agradar a otras personas. En las Escrituras hallamos a personas que fueron impulsadas por “el pueblo”. En 1 Samuel 15 Saúl intentó justificar su desobediencia y varias veces dijo “el pueblo”.
“Y Saúl y el pueblo perdonaron a Agag, y a lo mejor de las ovejas y del ganado mayor” (v. 9). “De Amalec los han traído; porque el pueblo perdonó lo mejor de las ovejas y de las vacas” (v. 15). “...He destruido a los amalecitas. Mas el pueblo tomó del botín ovejas y vacas, las primicias del anatema, para ofrecer sacrificios a Jehová tu Dios en Gilgal” (vv. 20-21). “...Temí al pueblo y consentí a la voz de ellos” (v. 24).
Es el peligro del temor que Proverbios 29.25 menciona.
Hallamos algo similar con Aarón. Moisés había subido el monte de Sinaí, y cuando tardó en volver, Aarón hizo el becerro de oro. Cuando Moisés descendió del monte y vio el ídolo y el desenfreno, rompió las tablas de la ley, destruyó el becerro de oro, y preguntó a Aarón:
“¿Qué te ha hecho este pueblo, que has traído sobre él tan gran pecado?” Y respondió Aarón: “No se enoje mi señor; tú conoces al pueblo, que es inclinado a mal. Porque me dijeron: Haznos dioses que vayan delante de nosotros...” (Éx. 32.21-23).
Otra vez vemos que un guía espiritual se dejó persuadir por el deseo del pueblo.
En Apocalipsis 3.14-22 leemos la carta del Señor a la iglesia en Laodicea, que estaba en tan mala condición que la amenazó con vomitarla de Su boca. “Laodicea” significa “el pueblo gobierna” – la vox populi, la voluntad de la mayoría, la democracia. Pero los siervos de Dios, aunque han de ser amables y serviciales, no deben ceder a los deseos del pueblo, sino servir y agradar a Dios. La iglesia en Laodicea se había arruinado, en parte por los deseos del pueblo, y en parte por la falta de liderazgo espiritual. En contraste leemos las palabras del apóstol Pablo:
“Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gá. 1.10). A los tesalonicenses escribe así: “...según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones” (1 Ts. 2.4). Pablo no se dejaba guiar por deseos de ser aceptado por el pueblo, sino por el deseo de obedecer y agradar al Señor. En todas las cosas su prioridad era agradar a Dios y serle fiel (1 Ts. 4.1).
El Señor Jesucristo no se dejó guiar por las opiniones y los deseos de los hombres, ni siquiera los de Su familia en la carne. Su prioridad era: “en los negocios de mi Padre me es necesario estar” (Lc. 2.49). Su familia le tenía por loco y quiso intervenir. “...los suyos, vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí” (Mr. 3.21). Su madre estaba con ellos. “Vienen después sus hermanos y su madre, y quedándose afuera, enviaron a llamarle” (Mr. 3.31). Pero el Señor rechazó su intervención: “Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre” (Mr. 3.35). En otra ocasión declaró: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Jn. 4.34). Que así sea con todos los que desean apacentar a Sus ovejas. Que obren siempre y solo para agradar al gran Pastor de las ovejas. Que el Señor les dé la gracia necesaria para obedecer a Su Palabra aun cuando sufran los reproches y las críticas de otros que resisten la voluntad de Dios.
continuará, d.v. en el siguiente número
del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea
"Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos" .
2 Corintios 12.15
"¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo, por deciros la verdad?"
Gálatas 4.16
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El Creciente Énfasis en la Música
Parte 3
Stephen Hulshizer (1941-2019)
viene del número anterior
Ningún coro hay en el Nuevo Testamento
Actualmente en gran parte de la cristiandad la música ha reducido el énfasis en la predicación de la Palabra (2 Ti. 4.3). Como hemos señalado anteriormente, la gente elige “su iglesia” en función de la música, no de lo que se enseña y se cree. También está muy extendida la creencia de que toda la música es más o menos igual, y no se ve con buenos ojos a quienes emplean el discernimiento a la hora de seleccionarla.
Sin embargo, la Palabra nos enseña que nuestro amor debe abundar en ciencia y en todo conocimiento (discernimiento), “para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo” (Fil. 1.9-10). Existen grandes diferencias entre los distintos tipos de música, en cuanto al contenido bíblico de sus letras, el ritmo, el volumen y la forma de interpretarla. Cuanto más la música reemplace, reduzca o quite el énfasis en la predicación de la Palabra, menos discernimiento habrá para distinguir estas diferencias. Esto es especialmente cierto si la música tiene poca profundidad respecto a las Escrituras o si simplemente entretiene a la carne religiosa del hombre natural.
Como se ha dicho muchas veces: “Lo que empleamos para ganar las personas, a eso serán leales”.Y en un sentido similar, otro ha comentado: “Lo que empleamos para ganar a la gente, tendremos que seguir empleándolo para que no se vaya, y la “dosis” tendría que ser mayor y mejor con el paso del tiempo”. Por el contrario, parece que la forma bíblica de ganar almas para Cristo es emplear la Palabra de Cristo. Si hacemos esto, no hace falta nada más.
Ahora bien, no podemos justificarlo cuando cantamos mal o sin expresar gozo espiritual (He. 13.15). Cuando la Palabra de Dios se arraiga en nuestro corazón, surge un canto de gracia al Señor (Col. 3.16). Las cuerdas fabricadas pueden producir sonidos hermosos y otros no tanto, pero la música espiritual que no proviene de una interpretación profesional, sino de la verdad que mora en abundancia en el corazón de los santos, suena más dulce y llega al corazón de Dios (Hch. 16.25).
Cantar sin entusiasmo es una muestra evidente de falta de gozo en el Señor y en su Palabra. A diferencia de lo que ocurre hoy en día, el Señor no se preocupa por la pericia de los que cantan, sino por la condición de sus corazones (Mt. 15.8). Del mismo modo, el verdadero gozo espiritual y la verdadera adoración no son fruto de la música externa, alta y con un ritmo rápido que literalmente golpea el cuerpo y al que responde el hombre sensual. Tampoco es la música suave de arpa que hace que se te salten las lágrimas, sino la respuesta interior y espiritual a la obra del Espíritu Santo en el corazón mediante la Palabra de Dios (Ef. 5.18-19; Col. 3.16).
Ahora imitan a las discotecas y los bares
El tiempo ha demostrado ampliamente que las modas vienen y se van. Las modas en el vestir cambian con frecuencia y, a veces, cumplen un ciclo completo en la vida de una persona. También cambian las razones por las que la gente elige iglesias. No hace mucho tiempo, los “grupos celulares”, pequeños grupos que se reunen entresemana en casas para estudiar la Biblia, estaban de moda en el mundo evangélico. ¡Pero ahora está de moda pertenecer a una megaiglesia! Sin duda, una cosa es cierta: cuanto más cerca estemos del fin de esta dispensación, mayor será la atracción hacia aquellas cosas que reemplacen la Palabra viva de Dios, ya sea el drama, el humor, el talento o el calendario social (2 Ti. 4.3). Y, sin duda, cuando el tamaño de la iglesia se convierte en la medida de su éxito, lo que reemplaza a la Palabra de Dios resultará aún más atractivo para el hombre natural.
Hace varias décadas, el papel de la mujer en la Iglesia era el gran punto de discordia en el cristianismo. Muchas iglesias y denominaciones ya han rechazado la enseñanza de las Sagradas Escrituras en este ámbito, y ahora la música se está convirtiendo en una de las principales causas de división, si bien no la causa principal. Tristemente, esto no se limita a las denominaciones liberales, sino que sus tentáculos han alcanzado al mundo evangélico e incluso a muchas asambleas.
continuará, d.v. en el siguiente número
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¿Choque Cultural En El Rapto?
R.E. Harlow (1908-2003)
El término “choque cultural” describe la sorpresa y la dificultad que suele sentir un misionero cuando entra en contacto con personas de un país distinto al suyo. Se recomienda a los futuros misioneros que aprendan algo sobre la cultura del país de destino con antelación.
Todos los creyentes irán al cielo cuando el Señor vuelva. La resurrección de Cristo garantiza Su venida para llevarse a los suyos. Por tanto, nos conviene informarnos sobre cómo será la vida allí y considerar en qué se diferenciará de nuestro estilo de vida actual.
1. El nuevo cuerpo no causará dolor, fatiga ni debilidad. Este cambio supondrá una gran alegría para muchos.
2. No habrá lazos familiares. Tampoco habrá matrimonios ni bodas.
3. No habrá las distinciones sociales, económicas ni étnicas, ni lujo ni pobreza. Tampoco habrá deporte.
4. Sin embargo, habrá otras distinciones muy grandes en el cielo. Algunos recibirán coronas, y no todas las coronas son iguales. La Biblia no enseña que todos los creyentes recibirán todas las coronas. Si los galardones vienen en base a servicio en sacrificio, quizá algunos misioneros destacarán más por su arduo trabajo.
5. En el cielo no existirá el dinero, lo que supone un contraste fundamental con nuestra cultura actual. El cambio repentino de rango social podría ser una causa de sorpresa y choque en el rapto: muchos que se pensaban pobres descubrirán que son ricos porque hicieron tesoros en el cielo. Por el contrario, otros que estaban acostumbrados a la opulencia podrán encontrarse allí sin nada.
6. Lo más importante es que, en el cielo, el Señor Jesucristo ocupará un lugar central y supremo. Esto supondrá un choque para los creyentes egoístas. La alabanza y la adoración llenarán nuestras vidas. Debemos prepararnos para ello viviendo para Él y cediéndole el lugar supremo en nuestros corazones y vidas.
Por un lado, por la sangre de Cristo nos prepara para el cielo, gracias a Dios, pero por el otro lado, debemos prepararnos meditando en la Palabra de Dios y viviendo según los valores celestiales que ella enseña. Amigo, ¿estás realmente preparado para el arrebatamiento?
traducido de un viejo número la revista "Missions" (“Misiones”)
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El Gobierno de Dios
y los Gobiernos Humanos
Lucas Batalla
Texto: Deuteronomio 17:14-20
Dios al dar estas instrucciones indicaba que sabía que Israel le rechazaría y demandaría un rey como las naciones. En 1 Samuel 8.5 vemos que es lo que pasó en tiempos de Samuel. Es un error desear un gobierno como las naciones porque ninguno hay bueno – solo el de Dios.
La democracia aunque muy popular hoy en día, no es cristiana. Es otro invento de los hombres. La soberanía no la tiene el pueblo, sino Dios. La democracia se ha metido en todo, la familia, la iglesia, las empresas, todo. Muchos dicen que el gobierno de monarcas es tiranía, y hay muchos casos que sí, pero el plan de Dios es una monarquía benigna y divina, una teocracia. Dios gobernará perfectamente. En el Antiguo Testamento el monarca piadoso y benigno era permitido por Dios como este texto en Deuteronomio bien enseña. Pero como Daniel 2.44 promete, un día Dios pondrá fin a los gobiernos humanos y establecerá un reino que jamás terminará.
Las primeras generaciones después del diluvio se gobernaban por una especie de democracia, es decir, la voluntad del pueblo. Surgió Nimrod para liderar y decir democráticamente: “hagamos”, etc., y se edificó la ciudad y torre de Babel. Pero Dios los juzgó con confusión de lenguas, parando las pretensiones de Nimrod de unir a todo el mundo bajo su gobierno. Luego, en Daniel 7.1-14, vemos los gobiernos del mundo representados por cuatro bestias.La voluntad del pueblo es mala, porque como la Biblia describe la humanidad en Génesis 6, todavía el hombre es así: “la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. Cuando Dios mandó el diluvio para juzgar a la mayoría perversa, solo una menoría se salvó: Noé y siete más. Ocho personas estuvieron en la razón y todo el resto de mundo estaba equivocado. Y desde entonces no ha mejorado. Hoy, gracias a la democracia, mirad en qué mundo malo vivimos, que anda de mal en peor. Tenemos el aborto, la sodomía, la prostitución, las drogas, el asesinato, y a los que están en las cárceles se les da un sueldo, y los tratan como si tuviesen más derechos que otros. Así es “la voluntad del pueblo”.
En Números 13 vemos la mayoría de los espías, diez hombres contra dos, y prevalecieron con el pueblo, y el resultado fue que Dios juzgó al pueblo (13.33; 14.1-4). La mayoría, el pueblo soberano, se rebeló contra la voluntad de Dios y pereció. Dios no respeta la mayoría. Fueron advertidos en el 14. 9, “no seáis rebeldes contra Jehová” – es terreno peligroso como pronto aprendieron.
Otro caso está en Números 16, la rebelión de Coré, que es otro ejemplo de la mayoría. En el verso 3 hablaron democráticamente: “toda la congregación, todos ellos son santos y en medio de ellos está Jehová”. Pues no. Dios no estaba en medio de ellos, la mayoría. Dios no aprueba ni apoya esto. Dios no está con los más. No es así mis hermanos, ni ahora ni nunca en la historia ha sido así. No digamos esto. Dios está con los que le temen, confían en Él y le obedecen, y son pocos. Aun entre las iglesias hoy en día son pocos, porque hay muchas iglesias con mucha gente, y con clase alta y pudiente, sus médicos, abogados, políticos, etc., y mucha gente alegre, pero alegre porque se sale con la suya. Como se imponga la Palabra de Dios en estos lugares, todos estos se van. El Señor no está con ellos, y Dios tuvo que juzgar duramente a Coré y su séquito para parar esta idea de la voluntad del pueblo.
En el Nuevo Testamento, Poncio Pilato escuchó la voz de la mayoría porque eran muchos, gritaban e imponían su voluntad. Querían la muerte del Señor Jesús –quitarle de en medio– como el Salmo 2 dice que su juntan y toman consejo contra el Señor. La historia de esta ignominia es triste, la voluntad del pueblo, la soberanía del pueblo.
Recordemos que con Gedeón el Señor le redujo el gran ejército a una menoría pequeñísima, a trescientos hombres, y estos poquitos ganaron, vencieron a una gran muchedumbre.
Al rey Amasías el Señor dijo que despidiera aquella gran multitud de impíos (2 Cr. 25.5-12), y así le condujo a la batalla y a la victoria.
Entonces, ante estos ejemplos, ¿qué hacemos frente al gobierno? Nos sometemos y obedecemos. Pagamos el tributo y oramos. Allí termina nuestra responsabilidad. Los gobiernos son puestos y permitidos por Dios (Ro. 13:1-5), pero no para que participemos en ellos. Dios tiene otro plan para los Suyos. Lo nuestro es predicar el evangelio y seguir al Señor Jesucristo.
La iglesia no puede crecer mucho en nuestro tiempo, porque crece la democracia y todos creen que tienen voz y voto y pueden hacer lo que quiere la mayoría. No se quieren someter al gobierno de Dios ni a los hombres que Él ha puesto para pastorear y guiar a los santos. Estamos viviendo tiempos como los de los jueces en Israel cuando cada uno hacía lo que le parecía. Eran tiempos malos entonces, y también son malos ahora.
En las cosas de Dios tiene que haber un mismo sentir, pero guiado por la Palabra de Dios y el Espíritu Santo, no el espíritu del hombre y la lógica humana. Algunos citan Hechos 6 como ejemplo de democracia en la iglesia, pero aquello no era gobierno, sino distribución de comida y por eso la confianza de todos era necesaria porque por eso surgió el conflicto. No hay voz de mayoría en la iglesia, sino unanimidad guiado por el Espíritu Santo y la Palabra de Dios, siguiendo la doctrina apostólica (Hch. 15.22-23; Fil. 2.2; 1 Co. 1.10; Ef. 1.21-22; 5.21).
En la iglesia Jesucristo es el Señor; es la cabeza, es el Príncipe de los pastores, y Él gobierna. En 1 Corintios 12.12 vemos la unidad: el cuerpo es uno, no una mayoría. El Señor Jesucristo gobierna Su cuerpo. Así que, dejemos a un lado estas ideas de hacer sondeo de opinión de todos para ver cuál es la voluntad prevaleciente. No se va a decidir nada así. En la iglesia se debe hacer la voluntad de Dios, como en el cielo, así también en la tierra. Y un día será así en todo el mundo, porque toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre. Amén.
de un estudio dado por Lucas Batalla en 2011
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EL SEXTO MANDAMIENTO
“No matarás”
Muchos afirmarían que no han matado a nadie, ¿verdad? Veamos a ver si realmente es así, porque existen más de una forma de matar. Sobre este tema Jesucristo dijo lo siguiente:
“Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás; el que matare será reo de juicio. Pero yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijera “raca” será reo ante el sanedrín y el que le dijere “loco” [fatuo] será reo de la gehenna del fuego”. (El Evangelio según S. Mateo 5.21-22, Nácar-Colunga)
Por lo tanto, este mandamiento incluye el enojo, las amenazas y los insultos, sin necesidad de llegar a cometer un asesinato físico.
Como bien se ha dicho, el odio y la ira del hombre son las semillas del homicidio. ¿Se ha enojado usted con alguien y le ha dicho que se vaya perdido, o sin llegar a decirlo, ha deseado que desapareciera? ¿Ha dicho acerca de alguien: “¡Si le veo, le mataré!” o “¡Que le parta un rayo!”? Esta ira y este desprecio violan el sexto mandamiento. ¿Se disculpa diciendo que “¡Todos lo hacen!”? La respuesta es sencillamente que, si todos lo hacen, todos pecan y rompen la Ley de Dios.
Pero hay quienes van más allá, porque han matado, han quitado la vida a otra persona. Quien mata a un hermano es fratricida. Quien mata a uno de sus padres es parricida o matricida. Amenazar con violencia o con la muerte también viola este mandamiento: “No matarás”. La Ley de Dios declara:
· “El que hiriere a su padre o a su madre, morirá”. (Éxodo 21.15).
· “Igualmente, el que maldijere a su padre o a su madre, morirá” (Éxodo 21.17).
· “Al que maldice a su padre o a su madre, Se le apagará su lámpara en oscuridad tenebrosa” (Proverbios 20.20).
Caín el primer hijo de Adán y Eva (Génesis 4.1), también fue el primer homicida, pues mató a su hermano (Génesis 4.8). Desde entonces, se han cometido innumerables homicidios. La historia de la humanidad está llena de amenazas, violencia y manchas de sangre. Una discusión, un arrebato de ira, un intercambio de insultos y amenazas, y la situación llega a un punto crítico en el que la ira se desborda y, en un instante, se comete el crimen. Con la rapidez del rayo y causando una destrucción repentina, se asesta el golpe, se aprieta el gatillo o se clava el cuchillo, y ya no hay vuelta atrás. Dios habló así acerca de Caín, el primer homicida: “Caín, que era del maligno y mató a su hermano” (Primera Epístola de S. Juan, 3.12). A Caín le dijo: “la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Génesis 4.10).
Pero hay más, el Nuevo Testamento añade: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (Primera Epístola de S. Juan, 3.15). El odio es la semilla del homicidio. ¿Ha deseado alguna vez la muerte de alguien, quizás en secreto, en privado, en su corazón, sin decírselo a nadie?
Otros han sido homicidas pasivos. Es decir, han causado la muerte de alguien sin mancharse las manos. Quienes trafican en la droga han provocado la muerte de muchas personas.
Hoy en día, más que nunca, somos testigos de otro tipo de homicidio: el holocausto silencioso del aborto provocado, perpetrado por madres privadas de afecto natural que insisten en que tienen derecho a matar. Si lo que sufrieron los judíos en el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial fue terrible (más de seis millones de muertos), ¡cuánto más es el asesinato de millones de niños matados cruel y egoístamente en el vientre de sus madres, arrancados vivos, ahogados y tirados a la basura! Terminar así una vida también es matar.
A veces, las personas religiosas matan, o bien en las llamadas: “guerras santas”, y en la “yihad” que promueve el islam. Durante siglos la Iglesia Católica Romana mataba a personas en la llamada “Santa Inquisición”. Habría que plantearse muy seriamente cómo pueden pertenecer a una religión que mata a los que no están de acuerdo con ella.
Otro tipo de homicidio, el más egoísta, es el suicidio. Es Dios, no el ser humano, quien fija los límites de la vida. “No matarás” incluye “no te matarás”.
El que disfruta de homicidios y matanzas en películas es culpable del pecado vicario. ¿Qué es esto? Es el pecado que se disfruta a través de un sustituto. Otro peca y usted lo observa para complacerse o distraerse.
Estimado lector, recuerde, los que han hecho cualquiera de estas cosas, u otras parecidas, han violado el sexto mandamiento. Solo hay perdón y salvación en el Señor Jesucristo, pues Él llevo sus pecados y murió por usted. ¡CULPABLE!




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