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sábado, 22 de febrero de 2020

EN ESTO PENSAD - enero 2020

La Humildad: Cualidad Rara

William MacDonald

Es bueno que cada uno conozca su medida justa. Cuando George Washington fue visto realizando una tarea manual, un amigo le dijo: "General, usted es un hombre muy grande para hacer eso". "No, no lo soy", respondió. "Tengo la medida justa".

"La humildad no consiste tanto en pensar mal de nosotros mismos, sino en no pensar en nosotros en absoluto. Soy demasiado malo como para merecer que se piense en mí; lo que quiero es olvidarme a mí mismo y mirar a Dios; ciertamente es digno de todos mis pensamientos" (William Kelly).

    Isaac Newton tuvo una de las mentes más brillantes de su época, y fue uno de los genios más magníficos que la humanidad ha producido. Sin embargo, Newton dijo de sí mismo:

"No sé qué opinion tenga el mundo de mí, pero yo creo ser apenas un niño que está jugando en la orilla del mar, quien cada tanto encuentra una piedrecita lisa o una ostra más hermosa que las comunes, mientras el gran océano de la verdad permanece delante de mí sin ser descubierto".

    Compara esta declaración con lo que dijo Oscar Wilde en la oficina de aduanas en Nueva York: "No tengo nada que declarar excepto mi genio".
    F. B. Meyer dijo sobre Dwight L. Moody: "Moody es un hombre que nunca parece haber escuchado de sí mismo. No es sorpresa que Dios le use en forma tan maravillosa. Un conferencista dijo una vez: "No hay nada que Dios no pueda hacer si alejamos nuestras manos de Su gloria". Otro predicador dijo: "Está bien que las personas te alaben, siempre y cuando no te intoxiques con ello".
    Es el orgullo que hace que multitudes no confiesen a Cristo y por consiguiente se pierdan en el infierno eterno. Es el orgullo que provoca que sea tan difícil que los creyentes se disculpen cuando han ofendido a alguien más. Es el orgullo que hace que sea imposible que Dios nos use. Esto mismo obstaculiza la espiritualidad y el testimonio. Por otro lado, nunca podemos ser demasiado pequeños para ser útiles a Dios.
    ...El valet de un Kaiser alemán dijo: "No puedo negar que mi señor era muy vanidoso. Él tenía que ser la figura central en todo. Si asistía a un bautizo quería ser el bebé; si iba a una boda quería ser la novia; si iba a un funeral quería ser el cadáver".
    El Rabbi Simeone Ben Jochai dijo: "Si tan solo existieran dos personas justas en el mundo, yo y mi hijo seríamos esas dos. Si tan solo existiera una, esa sería yo". Muy diferente es lo que F. B. Meyer dijo de sí mismo:

"Soy un hombre común y corriente. No tengo dones especiales, no soy un orador, no soy un profesor, no soy un pensador profundo. Si he logrado hacer algo para Cristo y mi generación, es porque me he entregado enteramente a Cristo Jesús, y he procurado hacer todo lo que Él quiso que hiciera".

    Carlos Wesley, hermano de Juan, dijo:
        "Mantenme pequeño y desconocido,
        Amado y valorado solo por Cristo"
William MacDonald, El Manual del Discípulo

Esto nos da todavía otra razón por la que la política no es para creyentes. El político no quiere ser pequeño y desconocido, sino grande y conocido. De hecho, si no es bien conocido y popular no puede hacer nada en la política. El político es protagonista de su perfil público y de sus ideas. Cultiva la sonrisa, y el arte de quedar bien para ser popular. El yugo del Cristo manso y humilde no es para los tales.
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"La política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos".                     
                 Louis Dumur (1863-1933) 
                 escritor suizo

"La política es el arte de obtener el dinero de los ricos y el voto de los pobres con el pretexto de proteger a los unos de los otros".            Anónimo

"En la política el arrepentimiento no existe. Uno se equivoca o acierta, pero no cabe el arrepentimiento".            
                                Santiago Carrillo (1915-2012), político español

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El Testimonio De Cristo 
Acerca De Las Escrituras

El hecho de que la Biblia está inspirada por el Espíritu Santo está apoyado por muchas evidencias internas de que es, ciertamente, la Palabra de Dios, y está confirmado por el poder de la Palabra de Dios para influenciar y transformar a los hombres. De todas las evidencias, sin embargo, una de las más importantes es el testimonio de nuestro Señor Jesucristo mismo de que, efectivamente, la Biblia está inspirada por Dios.
    Dondequiera que Jesucristo citó la Escritura - y Él lo hizo con frecuencia-  lo hizo como teniendo la autoridad y el completo reconocimiento de que había llegado a manos de los hombres por la inspiración del Espíritu Santo.
    De acuerdo con Mateo 5:18, Cristo afirma que ni una jota ni una tilde de la Ley quedará sin cumplimiento. Con esto El expresaba que ni una jota (la letra más pequeña del alfabeto hebreo) o una tilde (la parte más pequeña de una letra que pudiese cambiar su significado) habrían de quedar incumplidas. Si la precisión y la inspiración se extienden a cada una de sus letras, Cristo estaba obviamente afirmando la inspiración de la totalidad del Antiguo Testamento.
    En Juan 10:35 Cristo afirmó que "la Escritura no puede ser quebrantada", no puede fallar. Una y otra vez el Nuevo Testamento afirma un exacto cumplimiento del Antiguo Testamento, como en Mateo 1:22, 23 (cf. Mt. 4:14; 8:17; 12:17; 15:7-8; 21:4-5, 42; 22:29; 26:31, 56; 27:9, 10, 35). Estas referencias procedentes del Evangelio de Mateo son típicas de lo que se difunde por todo el Nuevo Testamento en su totalidad. Incluso cuando afirma un cambio dispensacional o una modificación de una regla de vida, la autoridad y la inspiración de las declaraciones originales de la Escritura no se discuten en absoluto (Mt. 19:7-12).
    Las anotaciones procedentes del Antiguo Testamento se extienden a cualquier sección importante y con frecuencia son de libros que son los más discutidos por los críticos liberales, tales como el Deuteronomio, Jonás, y Daniel (Dt. 6:16; cf. Mt. 12:40; Dn. 9:27; 12:11; cf. Mt. 24:15). Es imposible poner en tela de juicio la inspiración del Antiguo Testamento sin dudar del carácter y veracidad de Jesucristo. Es por esta razón que la negación de la inspirada Palabra de Dios conduce a la negación del Verbo encarnado de Dios.
L. S. Chafer, Grandes Temas Bíblicos

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"He aquí, Dios es el que me ayuda" (Sal. 54:4). "De manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador" (He. 13:6).
¡Cuán pequeños deben parecerle nuestros problemas al Hacedor de los cielos y la tierra: "Las tinieblas y el desorden Su Palabra poderosa oyeron, y huyeron".
    Ningún problema o dificultad surgió para prevenir que Él terminara la gran obra de la creación en el tiempo que Él escogió. No tenía que extender la fecha tope ni alterar el diseño, ni omitir ninguna parte de Su gran proyecto. Cuando fue terminado, era exactamente lo que Él quiso y planificó. "Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera" (Gn. 1:31). ¡Qué satisfacción tuvo al ver Su obra vasta!
    Este Dios ha prometido ser nuestro ayudador, a intervenir a favor nuestro en nuestra fragilidad, y suplir toda nuestra necesidad. Que esta gran verdad nos ayude a centrarnos en Su grandeza y así ver menguar nuestros problemas ante la fuerza invencible del Omnipotente.  Isaac Watts escribió:

¡Dios, nuestro auxilio en los pasados siglos!
¡Nuestra esperanza en años venideros!
¡Nuestro refugio en hórrida tormenta,
Y protector eterno".

traducido de la revista Assembly Testimonio, enero/febrero 2019

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"Tengo Mi Propia Religión"

"Uno puede creer lo que quiera: todo es válido". "Todo el mundo tiene su propia creencia". "Con tal que crea en algo, y sea sincero, es suficiente".
Hoy se escuchan muchas expresiones así. Suenan bien, y ayudan a la gente a sentirse bien, pero los que dicen tener "la verdad" son menospreciados como arrogantes o intolerantes. Por alguna razón, la gente acepta la idea de que cualquier religión es válida siempre y cuando no sea considerada como la única verdad exclusiva. ¿Sabe por qué? Porque así Satanás logra que la gente crea cualquier cosa excepto la única que los libraría de su control y de la perdición.
     No es cierto que todas las creencias son válidas. Intente utilizar las expresiones de arriba con su profesor de matemática, o con el banco, y verá. El hecho de que todo el mundo tenga su propia creencia es, según Dios, el problema más grande de la humanidad: hemos cambiado Su verdad por nuestras creencias. "Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino" (Isaías 53:6). El camino del ser humano es amplio, tolerante, ignora el pecado y termina en destrucción. "Espacioso [es] el camino que lleva a la perdición" (Mateo 7:13).
    En un sentido sí es cierto que no importa lo que usted crea. ¡Sus creencias no cambian la verdad de la Palabra de Dios! Creer algo no hace que sea cierto. Saltar desde lo más alto de un rascacielos lo matará, sin importar cuán enfáticamente usted crea lo contrario. Entrar a la eternidad confiando en que Dios no existe, o que sus creencias o sus obras son lo suficientemente buenas como para merecer la aprobación divina, no cambiará el triste desenlace: "El que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego" (Apocalipsis 20:15).  
    No es cuestión de opiniones. Jesucristo no dijo: "Yo soy un camino", sino "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí" (Juan 14:6). Él es el único camino de salvación y la vida eterna.
    Nadie puede salvarse a sí mismo, porque la salvación no es por obras (Efesios 2:8-9). Dios es el que salva. Jesucristo es el único camino: "En ningún otro hay salvación" (Hechos 4:12). Crea en Él sin más demora.

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  DIOS EL ESPÍRITU
Parte 12
Camilo Vásquez Vivanco, Punta Arenas, Chile
 

viene del número anterior
EL BAUTISMO DEL ESPÍRITU SANTO,
SU SELLO, TESTIMONIO Y UNCIÓN

“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt. 3:11).

El propio apóstol Juan distingue que su bautismo es distinto del bautismo de quién viene para realizar el bautismo del Espíritu Santo y de fuego. Aquí hemos de distinguir el medio en que se es bautizado y el agente bautizador. En el bautismo de Juan el medio fue “el agua” y el agente bautizador el propio profeta Juan (k). En estos otros dos bautismos el medio respectivamente son, el Espíritu Santo y el fuego y el agente bautizador es el Señor. Si distinguimos esto podremos entender a que se refieren estos bautismos anunciados por Juan. Nos remitiremos al bautismo “en Espíritu Santo” tal como lo dice el segundo evangelio: “Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con (en) Espíritu Santo” (Mr. 1:8). Se aprecia que se trata de ser sumergidos o zambullidos en un medio que en este caso es el Espíritu Santo. Recordemos que la palabra “bautismo” se deriva del griego: baptizo, cuyo significado es sumergir o zambullir. Esta verdad el Señor la volvió a repetir a Sus discípulos una vez resucitado: “Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con (en) el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hch. 1:5). Refiriéndose a que los creyentes serían sumergidos dentro de poco, o bautizados en el Espíritu Santo, esto corresponde a ser incorporados en el cuerpo de Cristo que es la iglesia. Esto sucedió diez días después en la fiesta de Pentecostés tal como nos narra Lucas: “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hch. 2:4). Ese es un día histórico pues allí nace la iglesia que el mismo Señor había prometido edificar (Mt. 16:18). Todos los ciento veinte creyentes allí reunidos, nacidos de Dios, fueron injertados en la iglesia recién formada como cuerpo de Cristo asunto que es explicado así: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Co. 12:13).
    Este bautismo no es algo que deba buscarse o por lo cual deba orarse, o esperarse, puesto que el cuerpo ha sido ya formado (l). Cuatro veces es mencionado en los Hechos de los Apóstoles la recepción del Espíritu Santo (Hch. 2, 8, 10 y 19). En cada uno de ellos hubieron manifestaciones milagrosas con la especial intención de enseñar a los judíos incrédulos que el judaísmo con la esclavitud de la ley quedaban atrás. No es que en cada uno de esos eventos se produjese un nuevo bautismo del Espíritu Santo, sino que al recibir a Cristo como Salvador cada uno de ellos fueron tomados por el Espíritu Santo y hechos parte del cuerpo de Cristo, la iglesia. La recepción del Espíritu Santo, tanto en Hch. 8:17 y 19:6, requirió de la imposición de manos de los apóstoles sólo como una señal de aceptación, tanto de los samaritanos y judíos incrédulos al cuerpo de Cristo. En el futuro la recepción del Espíritu Santo para el que cree sería como sucedió en casa de Cornelio, que estando todos escuchando la predicación de Pedro, al ejercer fe ellos recibieron al Espíritu Santo que descendió sobre ellos (Hch. 10:44).
    Distinguir este bautismo nos permitirá saber que es un evento único sin repetición como lo es la muerte del Señor en la cruz. El Señor no vuelve a morir en la cruz cada vez que un pecador cree para ser salvo, sino sólo comunica al que cree la virtud de Su muerte y resurrección. Del mismo modo el bautismo del Espíritu no se vuelve a repetir para ese pecador convertido pues en ese acto de creer es sellado por el Espíritu Santo (Ef. 1:13-14) y es hecho parte del cuerpo de Cristo, Su iglesia. Por esto se nos dice: “porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gá. 3:27). Ser bautizados en Cristo es sinónimo del bautismo del Espíritu Santo evento que sucedió hace dos mil años, y que se hace realidad para el que cree. Entonces Dios nos ha cambiado de dueño cuando nos convertimos pasándonos del poder del diablo al reino de Su Hijo (Col. 1:13) y del mismo modo nos ha cambiado de ser parte de un mundo pecaminoso a su iglesia por medio del bautismo del Espíritu Santo: “sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos” (Col. 2:12).
    Es interesante reconocer que ser “sellados” como dice Efesios 1:13-14, corresponde al título de propiedad de Dios sobre cada creyente y a su vez el Espíritu Santo es “las arras” o “la prenda de garantía” de que somos Suyos. Esta prenda es un adelanto de nuestra realidad celestial lo cual significa que ya estamos disfrutando de la vida eterna por la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Es indispensable observar que este sellamiento del Espíritu Santo al creyente de hoy le asegura que participará del arrebatamiento, asunto que es sólo para la iglesia: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Ef. 4:30).
    Esto a su vez consiste en tener “el testimonio en sí mismo” (1 Jn. 5:10), pues se tiene la seguridad de la salvación y se tiene dentro de uno lo que Dios asegura acerca de su Hijo. Cada hijo de Dios posee este testimonio que es sencillamente el respaldado que el mismo Espíritu Santo da nuestro espíritu (1 Jn. 5:6), asegurando nuestra relación como hijos de Dios: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro. 8:16). Insistimos en decir que tener el testimonio del Espíritu no consiste en alguna experiencia extra que se pide en oración para recibir poder del Espíritu Santo. Estas ideas no sólo no tienen el apoyo de la Biblia, sino que son delirios de experiencia carismáticas que confunden la fe de creyentes sencillos. Bastará citar lo que Dios declara de la obra de Su Hijo quien ha santificado y hecho perfecto para siempre al creyente, asunto que realizó Cristo con una sola ofrenda (He. 10:10-14). Y hemos de observar que esa obra santificadora da testimonio el Espíritu Santo al creyente en Cristo: “Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo…” (He. 10:15), declarando que Dios nunca más se acordará de nuestros pecados y transgresiones, y que además ha escrito en nuestras mentes Sus leyes y las ha colocado en nuestros corazones (He. 10:16-17). Entonces tener “el testimonio en sí mismo” es tener la seguridad de lo que Dios dice de Su Hijo y Su obra, y de la seguridad que se recibe por creer en Él.
    Por su parte la unción mencionada en las Escrituras corresponde también a una de las realidades como creyentes en Cristo, y que nos asegura nuestra fe en un mundo contaminado por doctrinas que atentan contra cada una de las Personas de laTrinidad. ¿Cuándo se recibe la unción? Primero observemos lo que dice el Espíritu Santo al respecto: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas” (1 Jn. 2:20). Como vemos los remitentes tenían esta unción de modo que no es algo que se pida posterior a la conversión y aún más añade el Espíritu Santo: “Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él” (1 Jn. 2:27). Aquí se nos enseña que la unción se recibe de Dios y permanece en el creyente y que ella nos enseña todas las cosas, lo cual apunta directamente al ministerio del Espíritu Santo en el creyente señalado por el Señor de este modo: “Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn. 16:14-15). Esto significa que el creyente ya ha sido ungido por el Espíritu Santo, en el momento de su conversión (2 Co. 11:21), y es enseñado por el Espíritu Santo sobre todas las riquezas que existen en la Palabra de Dios de la Persona del Hijo. En este sentido el creyente no necesita ser enseñado sobre qué es la verdad respecto a lo espiritual, pues posee morando en él al Espíritu de verdad que le enseña sobre quién es la Verdad, la gloriosa Persona del Hijo.
continuará, d.v., en el siguiente número



jueves, 3 de junio de 2010

EN ESTO PENSAD -- JUNIO 2010

LA DEPENDENCIA DE LAS IGLESIAS
"CONGREGADAS EN SU NOMBRE"
(Parte I)
Las expresiones “dependencia” e “independencia” al igual que todas las demás que se refieren a una asamblea congregada en el Nombre del Señor, se interpretan a la luz de las enseñanzas bíblicas.
En estos tiempos mucha confusión ha sido generada sencillamente porque, en la mayoría de los casos, es nominal la confesión de fe en Cristo. “De labios Me honran, mas su corazón está lejos de Mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres” (Mt. 15:8-9). Una fe nominal, o sea, de los labios para afuera, ligada a la aceptación de mandamientos de hombres, ha conducido a las condiciones huecas y sin frutos para Dios que se han generalizado en el mundo.
De las siete asambleas nombradas en Apocalipsis 2 y 3, Laodicea, la última, es la única que se alaba a sí misma. Pero el Señor está fuera de ella. Estos capítulos cubre el período desde los apóstoles en adelante hasta la Venida del Señor, y trazan la decadencia de que profesa ser del Señor en la tierra. Su condición final está representada por Laodicea, una asamblea marcada por mucha jactancia y prosperidad material, pero sin lugar para el Señor. Ella describe muy bien las condiciones actuales que se observan, a grandes rasgos, en lo que profesa ser del Señor en el mundo. Casi todos usan el mismo lenguaje, pues, por lo que profesan todos son creyentes, son cristianos, son salvos, etc. Pero es muy aparente que aman al mundo. “NO améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del padre no está en él” (1 Jn. 2:15). Mientras hablan de “nuestro Señor” no tienen ninguna intención de obedecerle, ni les interesa Su Palabra. Comentando tales casos, el Señor dijo: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que Yo digo?” (Lc. 6:46). No tomar en cuenta la voluntad del Señor para obedecerle ha producido la confusión de doctrinas que ahora confunde a muchos.
Enseñando sobre la asamblea, el Señor dijo: “Donde están dos o tres congregados en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt. 18:20). El hecho de reunirse o de actuar en el nombre de otro no permite actuar en forma independiente. Implica lo siguiente: 1) Reconocimiento de al autoridad de aquel a quien representan, 2) Fidelidad a sus instrucciones, 3) Voluntariamente ponerse de acuerdo con él, y 4) Su empeño es adelantar los intereses de él. En otras palabras, hacer algo en el nombre de otro implica autorización, instrucción, conformación y representación. Todo esto tiene coherencia cuando se aplica a la relación que existe entre los miembros de una asamblea y el Señor mismo.
El hecho de reunirse los creyentes en el Nombre del Señor quiere decir que su interés prioritario es hacer la voluntad de Él. En sí, esto es una de las características del creyente, puesto que “en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos” (1 Jn. 2:3). “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Jn. 5:3) En el día de su salvación, Saulo de Tarso dijo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” Así, cada persona salva por la gracia de Dios quiere complacer a su Señor, haciendo la voluntad de Él.
Autorización: Los de Berea, oyendo a Pablo y a Silas, “escudriñaban cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hch. 17:11). Convencidos por la Palabra de Dios, creyeron muchos de ellos. Así empieza el nuevo creyente en Cristo, pues, reconoce que solamente tienen autorización del Señor aquellas enseñanzas y prácticas que se basan en las Escrituras. Frente a la diversidad de doctrinas que abundan en nuestros tiempos, es más necesario que nunca indagar sobre cada particular de lo que se enseña. Es necesario que nuestra mente sea amoldada por la Palabra de Dios y que tengamos una Escritura clara, o sea, una referencia (capítulo y versículo) para cada cosa que practicamos. El creyente debe tener cuidado con aquellas explicaciones como: “ya los tiempos han cambiado”, “Pablo odiaba a las mujeres”, “ahora, el pueblo es educado”, etc. Estas y otras muchas explicaciones son nada más que una mampara para disfrazar la falta de obediencia al Señor. La Iglesia está fundada sobre Cristo (Mt. 16:18; 1 Co. 3:11), y sus doctrinas son las de los apóstoles (Hch. 2:42). Ellas no han cambiado y hay historias fidedignas que indican que Dios nunca ha quedado sin testimonio en el mundo a través de estos dos mil años (casi). Siempre ha habido en alguna parte aquellos que, en sumisión a Su Palabra, se han consagrado a hacer la voluntad del señor, no importándoles el costo.
Instrucción: Los que evangelizan lo hacen bajo los términos de una comisión dada en resurrección por el Señor a Sus discípulos. Los términos son: ir, predicar el Evangelio, bautizar y enseñar. Muchos hermanos se dedican a cumplir una parte. Predican y bautizan, pero no dan la debida importancia a la última parte de la comisión: “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:1820).
El cuerpo de doctrinas que se conoce simplemente en algunas Escrituras como “la fe” (Ro. 1:5; 1 Ti. 3:9; 5:8, etc.) Fue impartido a los apóstoles a través de los años. Juan el bautista preparaba el camino para el Señor JesuCristo, conocido como Jehová en el Antiguo Testamento (Jn. 1:23; Is. 40:3) Él es el Hijo de Dios (Jn. 10:36; Hch. 8:37), el Hijo del Hombre (Jn. 5:21-29), el Mesías, el Cristo (Jn. 4:25-26), y Dios manifestado en carne (1 Ti. 3:16).
En Sus enseñanzas el Señor habló acerca de Su muerte redentora, Su resurrección y Su ascensión en gloria. Enseñó que Su muerte en cruz se hizo a favor del ser humano; que Su sangre limpia de todo pecado y, por lo tanto, la salvación es gratuita para todos los que le reciben por fe como su Salvador personal. Habló de la Iglesia en su sentido total, “el cuerpo de Cristo” en Mateo 16, y la iglesia en su aspecto local en Mateo 18. Son muy ricas Sus enseñanzas sobre el Espíritu Santo, el “otro Consolador”, el que mora en cada creyente (Jn. cc. 14 al 16). El Señor enseñó que viene otra vez para arrebatar a Su iglesia: “os tomaré a Mí mismo, para que donde Yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:13). Otras enseñanzas de Él abarcan Su venida en gloria, el juicio de las naciones vivientes, y Su reino milenario (Mt. 24 y 25). Ninguno habló como el Señor sobre la perdición que se caracteriza como castigo consciente soportado en el Lago de Fuego para siempre jamás (Mr. 9:42-48; Lc. 16:19-31). Todo esto y mucho más está abarcado en las enseñanzas impartidas por el Señor a Sus apóstoles.
En el día de Pentecostés – Hechos 2 – cuando se formó la Iglesia, ellos estaban completamente preparados para instruir y encaminar a los que creyeron, quienes perseveraban en la doctrina de los apóstoles. Los que verdaderamente son del Señor siguen su ejemplo y son marcados por la misma perseverancia.
continuará, D.V., en el siguiente número
por J.W.R, de la revista "Congregados En Su Nombre", año 2003, nº3

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¿Cuán Importante Es La Asamblea?

Muchos “cristianos evangélicos” consideran a la iglesia local como una opción en su vida. Uno decide asistir o no asistir. No es una necesidad. Se oye decir: “Puedo leer mi Biblia y orar en casa. Puedo adorar a Dios en el campo, en una caminata. Puedo escuchar a un predicador en la radio si lo deseo. No necesito a la iglesia en mi vida”.
En contraste, la Biblia enfatiza la importancia de la iglesia local. Escribiendo a Timoteo, Pablo la describe como “la casa del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1 Ti. 3:15). Esta es una sublime descripción de la asamblea, y enfatiza su importancia. También es llamada “templo de Dios”, donde mora el Espíritu Santo (1 Co. 3:16-18). Es la casa de Dios. Es un templo y debe ser conocido por su pureza y santidad, como un lugar de adoración.
Se les exhorta a los creyentes ser fieles en su asistencia a las reuniones para enseñanza, comunión, la cena del Señor y oración (Hch. 2:42; He. 10:25). Las cuatro actividades formaban parte de las reuniones semanales de la iglesia primitiva. Estas reuniones nutren a las personas para que crezcan y maduren. La asamblea es vital para el desarrollo de dones espirituales haciéndonos útiles a Dios. Los hombres piadosos pastorearán y guardarán a los santos para que no se deslicen de la verdad de Dios.
Su lealtad a la asamblea reflejará su lealtad a Cristo. ¿Su vida está centrada en la obra de su iglesia local? ¿O hay otras cosas que vienen antes: el trabajo, la familia, los placeres, el deporte? ¿Hay prioridades que afecten con frecuencia su asistencia a las reuniones?
Seamos leales y demos devoción de todo corazón a la familia de nuestra asamblea. Haciendo esto, seremos leales a Cristo mismo. Y entonces, las demás cosas se colocarán en su posición correcta en nuestra vida.
Donald Norbie, de la revista “Precious Seed” (Semilla Preciosa), mayo 2010

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CONSEJO PRÁCTICO: CONTROLA TU LENGUA

Entre las maravillas de la medicina moderna hay para brazos y piernas prótesis, pero no existe ninguna lengua artificial. Mi madre era bastante sabia acerca de la lengua. Ella “sazonaba” su conversación cotidiana con dichos y refranes como este: “Guarda tu lengua tras las rejas de tus dientes”. Los escoceses tienen un par de refranes interesantes también sobre la lengua: “Cautiva tu lengua, y librarás tu cuerpo”. “La lengua larga acorta las amistades”. Mi madre solía decir: “Acuérdate: un día comparecerás ante Dios por cada palabra que dices”.
Leonard Ravenhill
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El Bautismo

El Señor Jesús instituyó tan sólo dos actos ceremoniales a realizar por los cristianos neotestamentarios: el Bautismo y la Cena del Señor. Si el Señor los consideró suficientemente importantes como para referirse a ellos, cada creyente debiera considerarlos de tanta importancia como para practicarlos. Vamos, pues, a referirnos al bautismo de los creyentes.
Hay al menos dos errores que existen en relación con el bautismo: (1) Hay quienes enseñan que no es posible alcanzar la salvación sin él. (2) Otros afirman que no es tan importante y, por lo tanto, no insisten en practicarlo.
Algunos dicen: “lo importante es vivir la vida del bautizado”, pero ¿cómo puede hacerse esto si uno no se ha bautizado como el Señor manda? El libro de los Hechos habla de convertidos que fueron bautizados, tales como:
Los tres mil que creyeron el día de Pentecostés, en Hch. 2:41
El eunuco en Hch. 8:38
Pablo, antes Saulo de Tarso, en Hch. 9:18
Cornelio y su familia en Hch. 10:47-48
Lidia, la vendedora de púrpura, y los de su casa, en Hch. 16:15
El carcelero de Filipos, y los suyos, en Hch. 16:33
Crispo, el presidente de la sinagoga en Hch. 18:8

¿QUIÉN DEBE BAUTIZARSE?
El bautismo fue ordenado en la Gran Comisión de Mateo 28:18-20 y continuará “hasta el fin del mundo”; es decir, hasta el final de la era de la iglesia. El Señor resucitado dijo: “id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.
El mandato: “haced discípulos a todas las naciones” quiere decir darles el mensaje de vida para que, renunciando al pecado, confíen en el Salvador. Y “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” es algo que naturalmente sigue su conversión. No vale bautizarse antes de la conversión.
Las Escrituras no hablan de ningún caso de bautismo sin una manifestación previa de salvación. Lo único que puede Align Rightpreceder al bautismo es la salvación; todo lo demás viene después.
De tal manera, los primeros seguidores del Señor Jesucristo, tras recibir Su Palabra, eran bautizados. “Así que los que recibieron su palabra fueron bautizados” (Hch. 2:41). “Muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados” (Hch. 18:8).
Antes de ser bautizado, la única cosa que se le exige a una persona es que sea creyente. En Hechos 16:15 y 1 Corintios 1:16 se mencionan los bautismos de todos los de una casa. Con todo no se sugiere allí la inclusión en la ordenanza de niños que todavía no podían haber confiado en el Salvador. Los únicos sujetos de bautismo en el Nuevo Testamento son personas capaces de creer. Por esa razón, precisamente, nosotros a menudo hablamos del “bautismo de creyentes”.

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