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jueves, 1 de octubre de 2015

EN ESTO PENSAD -- octubre 2015

DIOS NO ES DE 
NINGÚN EQUIPO DEPORTIVO

 
"¿De quién eres, del Madrid, del Barça, o cuál?" A menudo se escuchan preguntas así, y lo triste es, que hay creyentes que como los loros repiten el habla del mundo alrededor suyo. ¿Qué te importa un equipo deportivo? ¿Qué lugar ocupa en el gran esquema de la voluntad de Dios? Sin embargo, si entramos en el mundo de Twitter, Facebook y Whasapp veremos enseguida un montón de personas de iglesias evangélicas y aun de nuestras asambleas que casi no hablan de otra cosa que su equipo favorito, quién ganó, cuánto apuntaron y todo el rollo del mundo del fútbol. Igualito como los inconversos. No les llena el corazón Cristo y la Palabra de Dios, excepto domingos por la mañana. Y para el colmo, conozco personalmente el caso de dos hombres que llevaron un televisor al local de la iglesia y lo colocaron en la cocina para seguir un partido durante la Cena del Señor. Uno de ellos es un anciano. ¡Qué te parece!
    ¿Cómo es que conocen los nombres de los jugadores, y no los nombres de los apóstoles del Señor, o las siete iglesias de Asia en Apocalipsis 2 y 3. Pueden recitar jugadas famosos en partidos deportivos, pero no pueden dar un resumen de cada libro de la Biblia. ¿Es digno de nuestro apoyo, tiempo e interés un equipo de hombres incrédulos, pecadores no arrepentidos, que juego por dinero y vanagloria, y derrocha dinero? ¿Debe ocupar un lugar de responsabilidad en la iglesia uno que no puede renunciar al mundo? El apóstol Juan habló claro: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él" (1 Jn. 2:15). ¿Qué parte de "no améis al mundo" no entendemos?
    Tal vez algunos me dirán que William MacDonald escribió que Dios no condena el deporte. Bueno, quiero ayudar a tales personas a recordar y entender bien lo que el hermano dijo. Aquí está, de su libro DE DÍA EN DÍA, lectura del 3 de  agosto.
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“Ni se complace en la agilidad del hombre” (Salmo 147:10).

    ¡Qué expresión más interesante! ¡El Dios grande y trascendente no se complace en la agilidad del hombre!
    Podemos pensar en esto en relación con el mundo del atletismo. La estrella de la pista, ágil y veloz, que cruza la línea final con las manos extendidas hacia arriba en triunfo. El jugador de baloncesto, atravesando la pista para meter la canasta de victoria. El héroe del fútbol, fuerte y muscular, que avanza irresistiblemente y mete el gol.
    La multitud se desboca, salta, grita y aplaude (o alternativamente abuchea y silba). Son fanáticos que se involucran emocionalmente en cada jugada del partido. Podríamos decir que se complacen, ¡y tanto!, en la agilidad del hombre, es decir, en su habilidad para realizar el juego.
    Nuestro versículo no intenta prohibir el interés en los deportes a nivel personal. La Biblia habla del valor del ejercicio corporal. Pero el desinterés de Dios en la agilidad de un hombre debe recordarnos que debemos mantener nuestras prioridades en orden.
    Es fácil que un joven creyente esté tan absorto con algún deporte que éste se convierta desgraciadamente en la pasión de su vida. Sus mejores esfuerzos están encauzados para lograr la excelencia en el mundo. Se disciplina en el uso del tiempo, los alimentos y el sueño. Practica incansablemente perfeccionando su habilidad en toda jugada concebible. Mantiene un régimen planeado de ejercicio para conservarse en excelente condición física. Piensa y habla acerca de este deporte como si fuera su vida. Quizás en realidad lo es.
    En ocasiones, un joven cristiano como éste puede sorprenderse cuando de repente se da cuenta de que Dios no se complace en la agilidad del hombre. Si desea caminar en comunión con Dios, necesita adoptar la perspectiva de Dios.
    Entonces, ¿en qué se complace Dios? El versículo 11 del Salmo 147 nos dice: “Se complace Jehová en los que le temen, y en los que esperan en su misericordia”. En otras palabras, Dios está más interesado en lo espiritual que en lo físico. El apóstol Pablo se refiere a este mismo sistema de valores cuando dice que: “el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1 Ti. 4:8).
    Cuando hayan pasado cien años y las aclamaciones dejen de resonar, cuando el estadio esté vacío y el marcador olvidado, lo que realmente contará es la vida que buscó primeramente el reino de Dios y Su justicia.
Amigo, la Biblia no apoya a los equipos deportivos, el deporteprofesional y todo ese rollo que el diablo tiene montado en el mundo para mantener a la gente satisfecha sin Dios. Practicar el deporte para la salud, el ejercicio corporal es algo que puede dar un beneficio en esta vida, pero no en la venidera porque para poco es provechoso. Pero el Espíritu Santo nos recuerda: "la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera" (1 Ti. 4:8). Dios ha escogido al piadoso para sí (Sal. 4:3). Sé uno de ellos. Ejercítate para la piedad y reuncia la impiedad y los deseos mundanos. Los estadios, los trofeos, y todo lo demás de este mundo perecerá. "La tierra y las obras que en ella hay serán quemadas" (2 P. 3:10). "¿De qué equipo eres?" De ninguno. Soy de Jesucristo, le amo y le sigo. ¿Y tú?            

   Carlos
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  LA BONDAD Y LA SEVERIDAD DE DIOS

La bondad de Dios a Su congregación era indescriptible, sin embargo para mantener el testimonio en santidad, Su disciplina era muy estricta. Los transgresores debían ser cortados de la congregación por comer levadura (Éx. 12:15-19); por comer sangre (Lv. 7:27); por comer la ofrenda de paz estando inmundo o después del segundo día (Lv. 7:20); por ver la desnudez de un hermano o una hermana (Lv. 20:17); por tocar cosas santas estando inmundo (Lv. 22:3); por componer ungüento semejante al aceite de la santa unción (Éx. 30:33); por no celebrar la Pascua (Nm. 9:13); por no usar el agua de purificación (Nm. 19:13) y por no circuncidarse, etc.
    Debía morir el idólatro (Dt. 13:9); el blasfemo; el falso profeta (Dt. 13:5-11); el pecador presumido o soberbio (Dt. 17:12); el que no guardaba el día de reposo (Éx. 31:14); el adivino (Lv. 20.27); el extraño que se acercara como sacerdote (Nm. 18:7); los homicidas (Nm. 35:31); el que hiriere o maldijere a padre o madre (Éx. 21:15, 17); los hijos contumaces y rebeldes (Dt. 21:20-21); los adúlteros, etc. (Lv. 20:10); y otras personas semejantes a ésas.
    Sin duda la mente liberal considera tales leyes muy severas e innecesarias, pero los que tienen inteligencia espiritual reconocen que se arruinaría el testimonio e Israel sería un falso testigo de Dios si tales cosas fuesen toleradas. El que tiene la mente liberal en cosas espirituales roba a Dios de Su autoridad, anula Su disciplina y le trata como si fuera un mero blandengue. Su amor y compasión no deben ser empleados como para compensar Su justicia y autoridad. Cuando Jesús cesa de ser reconocido como Señor y es considerado como alguien cuyo propósito principal es perdonar, hay algo radicalmente equivocado.
    El que extiende una mano calurosa de amor al injusto e insumiso, y frunce el ceño a los que obedecen la fe, está negando el señorío de Cristo. Si partimos el pan con cualquiera que profesa fe, en lugar de insistir en la comunión de los santos en una asamblea del Señor, esto es la forma más debilitante que hay del laodiceanismo. Exalta la voluntad del hombre y niega el señorío de Cristo. Dios no tiene menos cuidado en la Iglesia que tenía en Israel. (Véanse 1 Co. 5; 2 P. 2:10; 1 Ti. 1:9; 1 Co. 6:9; He. 10:26; Mt. 18:15-18; 2 Ts. 3:6-14; 1 Ti. 1:9-20; 6:3-5; 2 Ti. 2:16-21; 3:1-5; Ro. 16:17; Hch. 20:29; Ap. 2:2; 2 Co. 11:13; Tit. 3:10-11; Ef. 5:5; 2 Co. 11:1-13; Gá. 1:8; 1 Co. 10:20; 1 Co. 11:27-32).
Dr. E. A. Martin, de su libro: La Asamblea Modelo

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CRISTO SE CONGREGA.  ¿Y TÚ?

¿No necesitas reunirte con la iglesia? ¿Puedes quedarte en casa y adorar?, porque dices: "Dios está en todasa partes". Vamos a dejar al Señor Jesucrcisto responder: “...Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:20). A Jesucristo le interesa mucho la congregación de los creyentes.
    William MacDonald escribe: Cuando el Señor pronunció estas palabras, se estaba refiriendo a una reunión de la iglesia convocada para tratar con un miembro pecador que rehúsa arrepentirse...  Pero el versículo ciertamente tiene una aplicación más amplia. Se cumple dondequiera y cada vez que dos o tres se reúnen en Su Nombre. Reunirse en Su Nombre significa juntarse como asamblea cristiana; congregarse con y por Su autoridad, actuando de Su parte; reunirse en torno a Él como cabeza y centro de atracción; congregarse de acuerdo con la práctica de los cristianos primitivos en doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones (Hch. 2:42). Quiere decir congregarse con Cristo como el centro, congregarse en Él (Gn. 49:10; Sal. 50:5).
     Dondequiera que los creyentes se reúnen de este modo a la Persona del Señor Jesús, Él promete estar presente. Mas alguien podría preguntar: “¿No está Él presente en todas partes? Siendo Él Omnipresente, ¿no está en todos los lugares a una y al mismo tiempo?” La respuesta es: por supuesto que sí. Pero Él promete estar presente de una manera especial cuando los santos se congregan en Su Nombre: “...allí estoy yo en medio de ellos”. Esa es, por sí misma, la razón más fuerte por la que debemos ser fieles asistiendo a todas las reuniones de la iglesia. El Señor Jesús está ahí de una manera especial.

citado de su libro: De Día En Día, CLIE
    
La Biblia exhorta: "no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre" (Hebreos 10:25). Y los creyentes de verdad responden como el rey David: "Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos" (Sal. 122:1).
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ADVERTENCIA 
A TODOS LOS IMPÍOS

“¿No sabes ya de siempre, 
desde que el hombre fue puesto sobre la tierra, 
que es breve la exultación del malvado
 y dura un instante la alegría de los perversos? 
Si hasta el cielo subiera su arrogancia
 y tocare en las nubes su cabeza, 
cual un fantasma desaparece para siempre... 
aunque la maldad fuere dulce a su boca 
y la ocultara bajo su lengua...
su comida en sus entrañas se corrompería, 
siendo como hiel de áspides en su interior” 
(Job 20:4-14). 


“Cuando está para henchir su vientre, 
mandará Dios contra él el ardor de su cólera, 
haciendo llover contra su carne sus proyectiles... 
Toda suerte de tinieblas le están reservadas;
 le devorará un fuego no encendido (por hombre), 
que consumirá lo que reste en su tienda... 
Esta es la suerte que a perverso (reserva) Dios,
 y ésta es la dote que Dios le adjudica”  
(La Biblia: Job 20:23, 26, 29).
LA SAGRADA BIBLIA, VERSIÓN NÁCAR COLUNGA 

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RAZÓN DE MI FE CRISTIANA 
Ernesto Trenchard
 
Perdone el lector la forma personal de este escrito. No lo hago para darme importancia a mí mismo, sino con el propósito de expresar más clara y directamente lo que quiero decir. “Me seréis testigos”, dijo el Señor Jesucristo a Sus discípulos al despedirse de ellos, y considero que todo mensaje cristiano debe ser, hasta cierto punto, un testimonio personal por el cual el creyente refiere a otros su “visión celestial”.

SOY CRISTIANO
porque la vida material no puede satisfacer mis anhelos espirituales.
    Algunas veces los hombres de ciencia nos hablan con aire de superioridad, como si supieran todos los secretos de la Naturaleza, pero la verdad es que los conocimientos científicos, según manifestó el célebre Sir James Jeans, no son más que islotes luminosos rodeados por un océano de ignorancia. Los fisiólogos y los biólogos saben describir los complicados procesos de la vida, pero no aciertan a explicar la más mínima parte de ellos. En otras palabras, saben mucho del “cómo” y nada del “por qué” de las cosas. Ignoran el secreto de la vitalidad de la célula más pequeña de una hoja cualquiera, arrancada de una planta o de un árbol del jardín. Y si tan poco saben del misterio de la vida natural, ¿qué me pueden decir de la vida espiritual? Jesucristo rechazó una de las tentaciones del diablo diciendo: “No con sólo el pan vivirá el hombre” (S. Mateo 4:4), y estas palabras hallan eco en lo más profundo de mi ser. En otra ocasión resumió una de las lecciones más elementales de la vida en estas palabras magistrales: “¿Y qué aprovechará el hombre si granjeare todo el mundo, y perdiere su alma?” (S. Marcos 8:36). Al meditar estas palabras, me imagino que tengo todo el mundo a mis pies, cual otro César, con cuanto encierra de riqueza, poderío, placer y saber. Pero en el momento de gozarlo todo, la vida cesa, y la voz de Dios me llama ante Su alto Tribunal. Entonces, ¡cuán mísero y desnudo me hallo? Y los más de los hombres, lejos de granjearse el mundo, no hacen sino amontonar trabajosamente un montoncillo de basura. ¿Vale ello la pena?

SOY CRISTIANO
porque creo que Dios se ha revelado a sí mismo.
    Permita el lector que explique lo que quiero decir. Si Dios nos ha creado, me parece increíble que nos deje en la ignorancia de Su voluntad y nos esconda el camino de la salvación. Lejos de parecerme imposible que hable al hombre, no puedo comprender que deje de hacerlo. Ha revelado algo de sí mismo en el orden y la hermosura de la Naturaleza, pero sentimos que Dios tiene más que decir al hombre, y nos apercibimos a oír Su voz.

SOY CRISTIANO
porque creo que Dios nos ha hablado en Su Hijo.
    La Epístola a los Hebreos empieza con estas sublimes palabras: “Dios, habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos prostreros días nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos 1:2). El inspirado autor de estas palabras vivió pocos años después de la Vida, la Muerte y la Resurrección del Señor Jesucristo, y, como miles de otras personas que habían presenciado los hechos, tenía la completa seguridad de que Dios se había manifestado en Jesucristo de Nazaret. Yo no puedo ver los mismo hechos con mis propios ojos, pero los testigos oculares dieron fe en los Santos Evangelios (San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan) de lo que habían visto, y al meditar en lo que han dejado escrito llego al convencimiento de que la gloria de Dios se trasparentó a través de la sagrada humanidad de Jesús. San Juan, que fue el amigo más íntimo del Señor en todas las etapas de Su ministerio, llegó a la misma conclusión, y escribió: “El Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (S. Juan 1:14). No hay lugar para más pruebas aquí, pero estoy convencido de que si el lector leyera las narraciones de la vida del Señor según se hallan en los Evangelios, y los meditara con ánimo dispuesto a hallar la verdad, llegaría a la misma conclusión, y aceptaría esta declaración que el Señor hizo de sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (S. Juan 14:6).

SOY CRISTIANO
porque necesito un Salvador.
    Miro dentro de mi corazón y descubro arraigado en él una flaqueza moral fatal. El bien que quisiera hacer se escurre de entre mis manos, mientras que caigo lleno en el mal que quisiera evitar. Por eso la historia íntima de mi vida se extiende detrás de mí llena de negras manchas y de feos borrones. Si la pureza, la justicia y la santidad son las condiciones imprescindibles para lograr la dicha de la presencia de Dios (y lo son), yo me hallo excluido de ella para siempre a no ser que Dios provea el remedio. Es una locura creer que mis buenos deseos y la buena fama que tenga entre mis semejantes puedan anular el hecho del pecado cometido, que se levanta gigantesco y amenazador entre mi alma y mi Dios. ¡Necesito un Salvador!, gime mi alma.

SOY CRISTIANO
porque creo que Cristo es el único Salvador.
    Cuando el ángel anunció a San José el misterio de la Encarnación, le dio este encargo: “Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (S. Mateo 1:21); así se puso de relieve la misión salvadora del Señor Jesucristo aun antes de Su nacimiento. Durante los años de Su ministerio público, Jesús salvaba a todos los necesitados que acudían a Él, manifestando siempre una compasión infinita unida con la santidad más perfecta. Pero aún faltaba lo más importante; esto es: Su muerte expiatoria en la cruz del Calvario, para que yo pudiera ser salvado de mis pecados. La preciosa vida del Hombre perfecto termina, no en un Trono, sino en la vergüenza y la agonía del patíbulo, y me pregunto el porqué de aquello que parece ser un fracaso y una tragedia. Las Sagradas Escrituras me dan la respuesta, y me hacen saber que murió, no por sí mismo, pues ninguna razón había para ello, sino por la redención de los hombres. Citaré algunos textos bíblicos que señalan el camino de la salvación. En el Evangelio según San Marcos leemos estas palabra de los labios del mismo Señor: “El Hijo del Hombre (Cristo) no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (S. Lucas 10:45), y con esta declaración concuerda lo que Jesucristo dice de sí mismo en el Evangelio según San Juan: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (S. Juan 10:11). En su epístola a la iglesia en Roma, San Pablo explica el significado de la Cruz de esta forma: “Porque Cristo, cuando aún éramos flacos, a su tiempo, murió por los impíos” (Romanos 5:6). De una manera muy parecida se expresa San Pedro: “El cual mismo (Cristo) llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, siendo muertos al pecado, vivamos a la justicia; por la herida del cual habéis sido sanados” (1 Pedro 2:24). San Juan, apóstol del amor, abunda en lo mismo: “En esto consiste el amor: no que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó a nosotros, y ha enviado a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10). Por propiciación hemos de entender que la muerte de Cristo, de valor infinito a los ojos de Dios, satisfizo las justas exigencias de la Ley en cuanto a nuestro pecado.
    Aprendo, pues, tanto de los Santos Evangelios como de los escritos apostólicos, que Jesús no murió a cause de Sus propios pecados, pues no los tenía; tampoco murió porque no podía librarse de los hombres, ya que, en determinadas circunstancias, cuando así era la voluntad de Su Padre, manifestó Su omnipotencia y Su control de los hombres y de las fuerzas de la Naturaleza. Murió porque vino a salvarnos, y, haciéndose Representante de la raza humana, asumió su culpabilidad y sufrió la dondenación que los pecadores merecían. En la infinita agonía de la Cruz “gustó la muerte por todos” (Hebreos 2:9).

SOY CRISTIANO
porque Cristo es MI SALVADOR.
    El mismo sagrado Libro, la Biblia, que me enseña que Cristo es el Salvador de los hombres, me enseña también cómo puedo recibirle a los efectos de mi salvación personal. Los Apóstoles recibieron del Señor la comisión de predicar el Evangelio a toda criatura, y anunciaron que la virtud de la Obra de la Cruz podía remediar el triste estado de todo pecador que acudiera a Cristo arrepentido y con fe. El arrepentimiento, en su sentido bíblico, quiere decir un cambio de mente o de actitud, y señala el momento cuando empezamos a odiar el pecado, volviendo las espaldas a la vida antigua. La fe no es el mero asentimiento a ciertas doctrinas o enseñanzas, sino que indica, en el sentido bíblico, la confianza total en aquél que murió por mí. Tal fe establece un contatcto vital con el Salvador y nos identifica con Su obra salvadora. Las Sagradas Escrituras no saben nada de otros medios de salvación. Mis obras no pueden conseguir nada, pues todas llevan en sí la mancha del pecado; las ceremonias religiosas afectan al cuerpo solamente, y como no pueden adentrarse hasta el alma, es imposible que efectúen cambios espirituales. Vea otras palabras del Apóstol San Juan: “Dios nos ha dado la vida, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; y el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida” (1 Juan 5:11-12), verdad que se aclara aún más por la declaración sencilla y terminante del Señor mismo: “El que cree en MÍ, TIENE LA VIDA ETERNA” (S. Juan 6:47). Por estas escrituras, y otras muchas parecidas, veo que, para recibir la salvación que Dios me ofrece, tengo que humillarme en Su presencia, confesar que soy pecador y aceptarle con fe sencilla.

SOY CRISTIANO
porque Jesucristo es el Señor de mi vida y procuro andar en Sus caminos.
    Las naciones persisten en llamarse “cristianas” aun en el momento de arrojarse las unas contra las otras con armas mortíferas para la destrucción de multitudes de seres. Los hombres se llaman cristianos al par que exaltan el “yo” y emplean todos los medios, sean lícitos o perversos, para ganar para sí dinero, placer, posición y poder. ¡Qué manera de burlarse del verdadero significado del hermoso título de cristiano! Para ser cristiano, en el sentido real de la palabra, es necesario aceptar a Cristo como Salvador, con la determinación de reconocerle también como Señor de la vida, que se ordena luego en conformidad con Su Palabra. El hombre que hace esto es nacido de nuevo, según la hermosa frase del Señor mismo, y se reconoce como otro. La carne quedará, y hará lo suyo, pero no vencerá al creyente que reclama con fe el auxilio del Espíritu Santo.
    Muchos años han pasado desde que comprendí el Evangelio y me entregué a mi Salvador. Fue el día más feliz de mi vida, y ahor puedo dar mi testimonio que Él me ha salvado, y de que aún me guarda, dando un valor real a una vida que, de otra forma, sería huera y desabrida. Desaría que el sencillo relato de mi propia experiencia llevara al amable lector a escudriñar las Palabras de Cristo y de los Apóstoles en el Nuevo Testamento, y que hallara a su vez la vida por medio de la fe en el Salvador. Fue San Agustín el que dijo: “Tú nos has hecho para ti, y ningún reposo hallan nuestras almas hasta hallarlo en ti”.      
           
                                                      
Los textos bíblicos citados son de la traducción Reina-Valera, revisión de 1909.
Impreso originalmente por Literatura Bíblica, Trafalgar, 32, Madrid

martes, 1 de septiembre de 2015

EN ESTO PENSAD -- septiembre, 2015

EL PECADO QUE NADIE CONFIESA
William MacDonald

“Mirad y guardaos de toda avaricia” (Lucas 12:15).

La avaricia es el deseo excesivo por la riqueza o las posesiones. Es una manía que atenaza a la gente, causándoles desear más y más. Es una fiebre que les lleva a anhelar cosas que en realidad no necesitan.
     Vemos la avaricia en el hombre de negocios que nunca está satisfecho, que dice que se detendrá cuando haya acumulado una cierta cantidad, pero cuando ese tiempo llega, está ávido de más.
    La vemos en el ama de casa cuya vida es una interminable parranda de compras. Amontona toneladas de cosas diversas hasta que su desván, garaje y despensa se hinchan con el botín.
    La notamos en la tradición de los regalos de navidad y cumpleaños. Jóvenes y viejos igualmente juzgan el éxito de la ocasión por la cantidad de artículos que son capaces de acumular.
    La palpamos en la disposición de una herencia. Cuando alguien muere, sus parientes y amigos derraman unas lágrimas fingidas, para luego descender como lobos a dividir la presa, a menudo comenzando una guerra civil en el proceso.
    La avaricia es idolatría (Ef. 5:5; Col. 3:5). La avaricia coloca la propia voluntad en el lugar de la voluntad de Dios. Expresa insatisfacción con lo que Dios ha dado y está determinada a conseguir más, sin importar cuál pueda ser el coste.
    La avaricia es una mentira, que crea la impresión de que la felicidad se encuentra en la posesión de cosas materiales. Se cuenta la historia de un hombre que podía tener todo lo que quería con simplemente desearlo. Quería una mansión, sirvientes, un Mercedes, un yate y ¡presto! estaban allí instantáneamente. Al principio esto era estimulante, pero una vez que comenzó a quedarse sin nuevas ideas, se volvió insatisfecho. Finalmente dijo: “Deseo salir de aquí. Deseo crear algo, sufrir algo. Preferiría estar en el infierno que aquí”. El sirviente contestó: “¿Dónde crees que estás?”
      La avaricia tienta a la gente al riesgo, a la estafa y a pecar para conseguir lo que se desea.
    La avaricia hace incompetente a un hombre para el liderazgo en la iglesia (1 Ti. 3:3). Ronald Sider pregunta: “¿No sería más bíblico aplicar la disciplina eclesial a aquellos cuya codicia voraz les ha llevado al “éxito financiero” en vez de elegirles como parte del consejo de ancianos?”


   Cuando la codicia lleva a los desfalcos, la extorsión u otros escándalos públicos, exige la excomunión (1 Co. 5:11). Y si la avaricia no es confesada y abandonada, lleva a la exclusión del Reino de Dios (1 Co. 6:10).
del libro DE DÍA EN DÍA (CLIE), lectura para el 15 de agosto
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ESPERANDO...


“y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera” (1Ts. 1:10).

Esperamos el retorno inminente de nuestro Señor Jesús. Pero, nuestra esperanza no es pasiva. Esperamos preparando para las bodas del Cordero (Ap. 19:8), siendo fieles en nuestros afectos (2 Co. 11:2), y adornando Su doctrina (Tit. 2:7-10). Esperamos perseverando en bien hacer (Ro. 2:7), sirviéndole con paciencia (Stg. 5:7), despojándonos del desánimo, poniendo los ojos en Él (He. 12:2-3). Aguardamos la esperanza de Su venida (Tit. 2:13), y nuestra esperanza nace de confianza (He. 6:19-20) y de expectación gozosa (1 Ts. 4:13-18). ¡Él viene! ¡Quizás hoy!

George Ferrier, del calendio devocional “Choice Gleanings”

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¿ERES BUEN ALUMNO?

“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente,  aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo...” (Tito 2:11-13).

Uno puede graduar de la escuela primaria, de la secundaria, y de la universidad, ¡y qué feliz es ese día, porque termina el curso y los estudios! ¡Ya no hay que acudir más, ni clavar los codos estudiando libros de texto, preparando exámenes y todo lo demás! Pero mis hermanos, no es así en la escuela de Dios, porque sólo Dios es omnisciente. Nunca terminamos de aprender de Su Palabra, nuestro libro de texto celestial. La vida está llena de pruebas y exámenes sin aviso previo, y si no aprendemos bien tenemos que repetir.
    El patriarca Jacob en su vejez se quejó: “contra mí son todas estas cosas” (Gn. 42:36), no sabiendo que Dios estaba obrando para bendecirle y reunirle con su hijo José. Luego, cuando llegó a Egipto y vio a su hijo, señor de aquella tierra, comenzó a entender los caminos de la providencia divina. Con ciento treinta años de edad, su testimonio ante Faraón fue así: “pocos y malos han sido los días de los años de mi vida, y no han llegado a los días de los años de la vida de mis padres en los días de su peregrinación” (Gn. 47:9). Es como si dijera: “No he aprendido bien las lecciones que Dios quería enseñarme” y “no doy la talla de los demás patriarcas”. Job no entendía bien la aflicción que Dios permitía en su vida, y pensaba que era Dios que le perseguía y afligía, porque no sabía de las conversaciones entre Dios y Satanás en los primeros dos capítulos. Pero todo esto fue escrito para enseñarnos y ayudarnos, para que sepamos lo que Job no pudo y seamos fieles. Además, de la paciencia de Job aprendemos que podemos ser fieles aun cuando no entendemos el por qué de las cosas.
    Romanos 15:4 informa: “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”. 1 Corintios 10:11 dice: “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”. Los que no leen ni estudian ni meditan en el Antiguo Testamento se quedarán espiritualmente ignorantes e incapaces de vivir como Dios quiere. Hoy en día en nuestras iglesias hay una gran y creciente ignorancia y superficialidad en cosas espirituales, que radica en el descuido de la lectura y estudio de la Biblia, especialmente el Antiguo Testamento. Observa que hay dos textos en el Nuevo Testamento que nos remiten al Antiguo para que aprendamos. Pero en todo lugar que visito hallo en las iglesias personas que nunca han leído la Biblia siquiera una vez, ni mucho menos la leen y estudian cada año, continuamente. Se saben cosas que no tienen importancia, como los nombres de los jugadores de equipos de fútbol, cantantes y la letra de sus canciones, actores y películas, y otras cosas así, pero no la Palabra de Dios. Su conocimiento del mundo es tan vergozoso como su ignorancia de la Biblia, y si somos de ellos, la culpa es nuestra, no de otros. Hermano, hermana, Dios quiere enseñarnos y ha provisto los medios, pero ¿realmente quieres aprender?
    Aun cuando asimilamos algunas lecciones, siempre tenemos más que aprender, acerca de nuestro Dios infinito, acerca de Sus pensamientos y caminos que son más altos que los nuestros, y acerca de cómo conducirnos y vivir para agradarle (1 Ts. 4:1) en un mundo torcido y arruinado por el pecado, y dominado por el príncipe maligo. Las palabras de este himno deben expresar el deseo de cada uno de nosotros:

“Más de Jesús quiero aprender, más de Su gracia conocer,
    Más del amor con que me amó, más de la cruz en que Él murió. 
Más de Jesús anhelo ver, más de Su hermoso parecer,
    Más de la gloria de su faz, más de Su luz, más de Su paz”.
Carlos 
Antes bien, creced en la gracia 
y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. 
A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.

2 Pedro 3:18
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Se encontraba mal y acudió al médico. Después de realizar el diagnóstico, éste afirmó:
   — Hay que operar. A usted le toca decidir si operamos o no. Tiene que darnos su consentimiento.

Supongamos que el paciente respondiera:
— A mí ni fu ni fa. Lo mismo me da; me es igual...
 
El médico contestaría:
— ¿Qué quiere decir? ¿Se opera o no se opera? A mí, esto de “me da igual” no me dice nada. Usted tiene que decidir y tiene que decirme si quiere que realicemos la intervención que precisa o si quiere continuar como hasta aquí. Su respuesta no tiene sentido, ni para usted ni para mí.
 
    Está claro que el que necesita la cirujía sólo tiene dos opciones: o se somete a la operación propuesta por el médico, o sigue en su dolencia.
    También frente a Jesucristo, cada ser humano tiene que tomar una decisión de la que no puede escapar. Afirmar que no estamos ni a favor ni en contra de Jesucristo, como pretenden algunos, es una locura, porque equivale en realidad a una decisión negativa de hecho.
    Jesucristo viene a ofrecernos lo que no poseemos: la salvación, el perdón de nuestros pecados. Viene a darnos aquello que más anhelamos: vida eterna, vida abundante. Para esto vino. La religión no puede darle estas cosas, pero Jesucristo sí, puede. Él vino a este mundo, se dio en sacrificio en la cruz del Calvario, y allí murió como sustituto, sufriendo la pena de muerte por nosotros, por nuestros pecados. Al tercer día resucitó de la tumba, y cuarenta días más tarde ascendió vivo al cielo. Jesucristo no es una filosofía, es una Persona, Dios y hombre en uno, que vive y desea entrar en una comunión personal, íntima, con cada uno de nosotros.
 
Pero si uno le responde así:
 — A nosotros, todo esto ni fu ni fa...
 
Esto significaría haber escogido la frustración y la muerte. No nos engañemos: esta respuesta no afirmaría nuestra neutralidad, imposible, sino nuestra mala elección.
    El Señor afirma sin ambages que el que no cree en Él ya está condenado. Nuestra indiferencia es perdición. No tenemos que hacer nada, no tenemos que movernos; simplemente basta permanecer como estamos y así quedar en el estado de condenación en que nos hallamos, pues somos pecadores y esto es más que evidente. Ante el Señor Jesucristo la indiferencia no es neutralidad. Es locura y perdición.

“El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo no tiene la vida”, dice la Biblia.  Jesucristo afirmó:“El que no es conmigo, contra mí es” (S. Mateo 12:30)
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LLAMADOS A SER DISCÍPULOS 
 
escribe O. J. Gibson

El Señor les dijo: “Sígueme” (Jn. 1:43; Lc. 5:27). Entonces abandonaron sus redes, sus barcas, negocios y hogares para emprender un peregrinaje que sorprendería al mundo. Multitudes rodearon al Señor Jesús, pero esto no parecía impresionarle. La mayoría de Su tiempo precioso lo usó con los individuos que Él había llamado y que vinieron a ser conocidos como Sus discípulos. El llamamiento fue únicamente hacia Él mismo. “Venid en pos de mí”, fueron Sus palabras (Mr.1:17, 20). La gran causa era el Señor mismo en persona. Él era el objeto, el punto principal, la única atracción. Todos los que habían sido apreciados antes de Él, se quedaron en nada. Eso no era cristianismo, como se vino a saber después, sino que Cristo mismo era el imán.
    Su llamado al discipulado fue primero dada a los doce, después a los setenta (Lc. 10:1), y entonces encargó a los apóstoles a proclamar el mensaje y hacer discípulos en todo el mundo. Esto es lo que se conoce como la Gran Comisión, que les fue dada sobre un monte alto de Galilea: “Por tanto, id, y hacer discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:19). Observemos que todo creyente es llamado a ser discipulo. No apuntó un grupo selecto de los hermanos más devotos. Es un llamado a todos, y toca todo lo que son y poseen. Los principios del discipulado le capacitan a uno  a vivir correctamente para Dios, y así influenciar en su comunidad, en una nación, y en el mundo entero. Este es Su plan para alcanzar al mundo, usando el método de desarrollar a creyentes para que sean  discípulos que verdaderamente representen al Salvador ante la raza humana.

El origen del discipulado

    La palabra “discípulo” se empleaba mucho antes del tiempo del Señor Jesús. Se aplicaba a cualquiera que profesaba seguir a un maestro. Los griegos lo usaban en su relación profesor-alumno entre sus famosos filósofos y aquellos que seguían sus principios y manera de vivir. La palabra griega mathetes (aprendiz) vino a ser en latín discipulus (alumno, uno que aprende) y después se convirtió en nuestra palabra “discípulo”. Es mencionada veintenas de veces en los cuatro Evangelios, y también su palabra compañera: “imitar”, con la cual está frecuentemente conectada. La última de estas se usa en las otras partes del Nuevo Testamento: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1; Ef. 5:1; 1 Ts. 1:6). No fue dicho en una conferencia de misioneros, sino a todos los creyentes en esos lugares. Seguidores de varios maestros son mencionados en la Escritura: (a) los discípulos de Juan el Bautista (Mt. 9:14; Lc. 7:18; Jn. 3:25), (b) los discípulos de los fariseos (Mt. 22:15-16; Mr. 2:18; Lc. 5:33), y (c) los discípulos de Moisés (Jn. 9:28, como los fariseos solían llamarse).
    Así que, el término fue rápidamente aplicado a los discípulos de Jesús. No todos los llamados discípulos eran de la misma categoría. Había discípulos secretos, tales como José de Arimatea (Juan 19:38). Había discípulos que desertaron de Jesús, mostrando así que eran falsos (Jn. 6:66). Como muchos profesados “cristianos” de nuestros tiempos, pensaban que Sus enseñanzas eran difíciles de entender y demasiado exigientes. Le abandonaron para no tener que andar en pos de Él. El término también se aplicó de una manera especial a los Doce, que también fueron llamados apóstoles (Mt. 10:1-2; Lc. 6:13). La Biblia parece indicarnos  el uso de la palabra “discípulo” de tres maneras diferentes.

1. EL SENTIDO MÁS AMPLIO. Incluía a todos los que profesaban seguir a Jesús o venían a aprender (Mateo 5:1-2). Algunos de ellos eran simplemente curiosos, sin haberse comprometido realmente ni haberse sometido al Señor

2. EL SENTIDO GENERAL. Es usado a veces como sinónimo de “cristiano”. Los discípulos fueron llamados cristianos en Antioquía por primera vez (Hch. 11:26). “Cristiano” es un nombre dado por el mundo que sólo es usado tres veces en todo el Nuevo Testamento (Hch. 11:26; 26:26; 1 P. 4:16).  El término “discípulo” aparece varias veces (por ej. Hch. 6:1; 11:29; 21:16). Este uso incluye tanto a los verdaderos creyentes que a los que sólo profesaban seguirle.

3. EL SENTIDO PRECISO. Esta palabra describe a aquellos que poseían los requisitos de una devoción estricta dada por el Salvador. Ellos eran llamados por el Señor “verdaderos discípulos” (Juan 8:31). Esta clase de discípulos eran los que “permanecen en Mi palabra”, los que le seguían  a Él con la necesaria renuncia para su propia vida. Este es el grupo de discípulos que fueron reconocidos por el Señor Jesús como los verdaderos creyentes, que son los que nos conciernen en este estudio. Han sido sugeridas las siguientes definiciones de discípulos, en este sentido reducido:
    a) “Un discípulo no es meramente uno que aprende, sino un partidario; de ahí que se les mencione como imitadores de su maestro (Jn. 8:31; 15:8)”. (W.E. Vine, Diccionario Expositivo)

      b) “Esto implica que la persona no sólo acepta las opiniones del maestro, sino que también las practica como un partidario” (International Standard Bible Enciclopedia).

    c) “Uno que está total y completamente sometido a la Persona de Jesucristo y Su Palabra.... Reconoce Su derecho a gobernarle, y está completamente a Su disposición.... No queda la posibilidad de retener ciertos derechos para sí mismo”. Dwight Pentecost.

  d) “Un discípulo es un cristiano que está creciendo en conformidad a Cristo, lleva fruto en el evangelismo y trabaja para conservar su fruto” (Gary Kuhne, La Dinámica del Cuidado Personal de Nuevos Creyentes). A esto se le podría llamar una definición funcional de discípulo.
    Obviamente, estas definiciones implican a algo más que profesar ser un cristiano y asistir regularmente a las reuniones de una iglesia. Encierran las cualidades especificadas por el Señor para los que desean ser verdaderamente Sus discípulos.  Se trata de más que simplemente ser salvo del pecado.   

La Resistencia al Discipulado
   
    No hay ninguna razón por la cual esta clase de discipulado sea algo popular. Los que desertaron en Juan 6 le vieron, al igual que la mayoría de las  multitudes que oyeron Su invitación, sin embargo no respondieron positivamente (Lc. 14:25). Rendir la vida propia, sacrificar todo por Él, es algo que no tiene atractivo para la carne. Nuestro estilo de la vida fácil y cómoda, y el agradarnos a nosotros mismos, van en contra del espíritu de discipulado. Los institutos y seminarios no tienen lugar para el verdadero discipulado en sus esquemas y planes de ministerio y organización. Quizás no saben cómo hacer discípulos. Existen muchas objeciones al discipulado, procedentes de muchas fuentes y por razones distintas:

1. DICEN: "LA PALABRA 'DISCÍPULO' NO ESTÁ EN LAS EPÍSTOLAS".
Sin embargo, las palabras “seguir” y “seguidor” aparecen con este sentido en otras partes del Nuevo Testamento, como ya hemos notado. Además, hombres tales como Pablo, Timoteo y otros ejemplificaron discipulado. ¿Debemos descalificar la llamada del Señor Jesús a los creyentes en los Evangelios por el mero hecho de que en otros textos falta la palabra? ¿Con qué autoridad bíblica?
   
2. ALEGAN QUE ES ALGO LIMITADO A LOS DOCE O A ALGUNOS DEVOTOS EXCEPCIONALES.
Pero la Gran Comisión se dio para "todas las naciones". El Señor Jesús habló del discipulado a las multitudes. Nuestra misión no es conseguir decisiones, ni llenar locales, sino hacer discípulos. ¿No deben ser todos los creyentes devotos del Señor?

3. LOS DETALLES DEL DISCIPULADO SON DISCUTIDOS O RECHAZADOS.
Pero aunque algunos protesten contra las opiniones de ciertos escritores o discutan el significado de ciertos términos dados por el Señor, esto no puede  descartar la sencilla verdad de que Cristo busca discípulos. Cada creyente necesita afrontar, comprender y aceptar las demandas del Señor y Salvador..
    Tal vez el enemigo principal del concepto de hacer discípulos sea la táctica seudo intelectual de “devaluar” el término “discipulado”. Muchos usan la palabra de forma liviana, y el término está de moda ahora entre evangélicos, pero equivocadamente. El discipulado es a menudo visto como un pequeño estudio bíblico llevado a cabo durante un par de horas cada semana, o la tarea de perseverar trabajando con los nuevos creyentes, o se considera como un programa especial de la iglesia, una serie de charlas donde no estudian seriamente ni practican el seguir al Señor Jesús y Sus enseñanzas. Van a un campamento, o unos estudios o módulos especiales para recibir una semana de estudios. A eso lo suelen llamar: “hacer un discipulado”, pero sería mejor decir "conferencia" o "estudios", porque si sólo imparten conocimientos, y no toca la vida personal, ni moldea el carácter y la conducta de las personas, no son discípulos sino asistentes u oyentes. Ahora, es bueno que asistan y oigan, pero el Señor Jesucristo quiere y demanda mucho más. Él quiere nuestra vida.
    Parte de la gloria de Israel que se desvaneció fue el decaimiento de los “nazareos”, el grupo de los seguidores separados de Dios (Nm. 6). Estos que estaban consagrados eran “santos al Señor”, perteneciéndole a Él y dedicados a Su servicio. Desde los tiempos de Samuel (1 S. 1:11), hasta Juan el Bautista (Lc. 1:15), eran parte de la gloria espiritual de la nación (Lam. 4:5; Am. 2:11). Desaparecieron de vista a la medida que la nación se iba apartando de Dios. De la misma manera, el verdadero discipulado se ha marchitado en la iglesia pensando que era sólo celo en los tiempos apostólicos, volviéndose a la muerte espiritual. Hoy esto está reviviendo, sobre todo en los jóvenes que desean alcanzar el mundo para Cristo.

La Necesidad del Discipulado

    Fue dicho proféticamente, y realizado en el Nuevo Testamento, acerca del Señor Jesús: “El celo de tu casa Me consume” (Sal. 69:9, véase también, Jn. 2:17). El fuego del Espíritu de Dios ardía dentro de Él mientras servía al Padre. El Señor dijo de Juan el Bautista: “Él era antorcha que ardía y alumbraba” (Jn. 5:35). Los que alumbran para Dios en el fervor de su sumisión hacia Él son los que pueden hacer temblar al mundo en el poder del Espíritu. Esa energía y bendición espiritual solo fluye en las vidas que andan en comunión con Dios.
    La orden que Él dio hace 2000 años debería de tomarse en serio hoy en día también. Debemos llamar tanto a hombres como mujeres a “tomar su cruz” y a “negarse a si mismo”. Hoy en día sólo responderán unos pocos en verdad, tal como en aquel entonces. Pero esos pocos discípulos verdaderos pueden llegar a ser poderosos instrumentos de Dios dondequiera que vivan. Todavía hoy Cristo dice: “Sígueme”, ¿Lo harás? ¿Te unirás a Él para ser Su discípulo, tener tu vida cambiada radicalmente, dedicarte a aprender de Él cómo vivir una vida que agrada a Dios, proclamar el evangelio y hacer discípulos? ¿Quieres sólo creer cosas acerca de Cristo, o que Él solamente te perdone, o de verdad confías en Él y has decidido seguirle?

De su libro Viviendo Los Preceptos Del Discípulo

viernes, 31 de julio de 2015

EN ESTO PENSAD -- agosto 2015

¡Rechazado!

Texto: Hechos 18:5-11

Duele mucho ser rechazado cuando testificamos, pero así es el mundo en que nos toca vivir. No podemos quedar bien con todos. No sólo le rechazan al Señor, que es lo peor, sino que también a nosotros – y esto nos hace difícil el trabajo, porque como seres humanos que somos, con nuestros debilidades y fallos, nos cuesta soportar el rechazo y mantener el ánimo.
    El apóstol Pablo aparentemente acabó tan dolido por esa reacción mencionada en el versículo 6, “oponiéndose y blasfemando”, que luego el Señor tuvo que acercarse (vv. 9-10) para animarle y prometerle protección. La promesa que le dio todavía está vigente en nuestros días.
    Cuando hablemos de Cristo el diablo se enfurece, y lo expresa en la cara y la voz de los inconversos – puede ser un vecino, un amigo o nuestra propia familia – pero nos trata con rechazo, desprecio, y hasta blasfeman a veces. Esto es duro de soportar, nos duele ver y sentir la dureza del ser humano ante el amor y la verdad de Dios. Pero recuerda que Dios lo tiene que ver y oír todos los días, muchísimo más que nosotros, y Él nos llama a la comunión con Él. Así que aun en lo que sufrimos porque testificamos tenemos comunión con el Señor. Mejor es identificarnos con Él, pues 2 Timoteo 2:12 promete: “Si sufrimos, también reinaremos con Él”.
     Cada día la gente está más dura, resistente y antipática, pero el Señor sufrió en la cruz para traernos el evangelio y debemos ser fieles anunciadores. A Él le tocó morir por los pecados de la humanidad; a nosotros nos toca anunciar Su muerte y resurrección. Visto así, es un privilegio y una gran responsabilidad. Debemos ser incansables y no tímidos en el trabajo que el Señor nos encargó. Él dio la cara por nosotros en la cruz, y podemos dar la cara por Él ante los inconversos, pues nunca vamos a sufrir tanto como Él. En 2 Timoteo 3:12 se nos dice que “todo el que quiere vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerá persecución”. Realmente debemos esperar esa reacción, pues el Señor mismo nos advirtió de antemano, en Juan 15:18-20 y 16:2 y 33.
     El Señor quiere que recordemos que si nos rechazan por Su causa, somos bienaventurados. Pero no si nos rechazan por nuestro carácter malo, fallos, inconsideración, etc., sino por causa de Cristo. Si un creyente se porta de forma descortés, falta respecto, no hace bien su trabajo u otros cosas así, luego no diga: “me persiguen” cuando la gente reacciona, pues es culpa suya y no tiene nada que ver con el Señor. No usemos el nombre del Señor como excusa para justificarnos si hacemos mal y sufrimos por ello. La Palabra dice: “ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno” (1 P. 4:15). Los que son castigos por un crimen, o bajo corrección paterno o disciplina eclesial por algún pecado, no son víctimas. 
    Pero somos todos llamados a seguirle al Señor y anunciar fielmente Su mensaje, aun pese a las reacciones negativas: la crítica, el rechazo, el ostracismo, la blasfemia y aun la violencia. Hechos 18 habla de la reacción violenta de la gente en Corinto, de la sinagoga, y debemos saber que los religiosos a veces se portan peores que otros. El Señor le dijo (v. 10) “estoy contigo” y “ninguno pondrá sobre ti la mano”. Con esto le motivó a seguir las órdenes del versículo anterior: “no temas, sino habla, y no calles” (v. 9). Había que seguir predicando en Corinto. Ora por los rechazadores (Mt. 5:44), encomienda el caso al Señor (1 P. 2:23), y sigue sirviendo al Señor. Antes, en Filipos Pablo había sido acusado falsamente, azotado y encarcelado. Luego en el templo en Jerusalén le asaltaron queriendo matarlo (Hch. 21:30-31), pero cuando le rescataron de la turba los soldados romanos, enseguida él quiso predicar a esa misma multitud. ¡Cuánto le agrada al Señor tener fieles mensajeros!  Hermanos, ¿sómos así?
    David dijo en el Salmo 23:5, “aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores”. El rechazo trae angustia – los familiares y amigos que no quieren escuchar, que murmuran, critican, se endurecen, incluso blasfeman – esto nos duele mucho porque ellos así se convierten en nuestros angustiadores. Pero el Señor da poder diario para sufrir cosas así y todavía serle fiel y seguir adelante. No bajemos la guardia, ni tiremos la toalla, porque es exactamente lo que el diablo quiere. Hagamos la voluntad del Señor, no la del diablo.
    David también afirmó: “mi copa está rebosando”. El que tiene sus fuentes en Dios tiene recursos suficientes para caminar en un mundo opuesto al Señor y al evangelio. El Señor nos apoya, nos anima, y nos dará bendición ahora y sobre todo en Su casa para siempre. Seámosle fieles ante la oposición y la dureza de otros. “No temas, sino habla, y no calles” (Hch. 18:9). Amén.
 
de un estudio dado por Lucas Batalla el 25 de julio, 2013

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¿Qué Hacer Con Las Riquezas?

“Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1 Juan 3:17).

En círculos médicos sería inconcebible tener la medicina para el cáncer y no compartirla con los enfermos cancerosos que hay en todo el mundo. Retener la medicina sería mostrar una cruel e inhumana falta de compasión.
    El apóstol Juan pinta un cuadro paralelo en el ámbito espiritual. Supongamos que hay un hombre, un creyente profesante que ha acumulado una buena cantidad de riqueza y vive en lujo y comodidad. Todo a su alrededor es un mundo de enorme necesidad física y espiritual. Hay millones por todo el mundo que nunca han oído el evangelio y viven en oscuridad, superstición y desesperación. Muchos de ellos sufren los estragos del hambre, la guerra y el desastre natural. Pero este hombre se olvida de toda esta necesidad. Es capaz de borrar de su mente los gemidos de una humanidad que sufre y solloza. Podría ayudar si quisiera, pero prefiere guardarse su dinero.
    En este punto Juan deja caer la bomba. Pregunta: “¿Cómo mora el amor de Dios en él?” La pregunta implica, ciertamente, que el amor de Dios no mora en él. Y si el amor de Dios no mora en él, existe una razón válida para dudar que se trate de un verdadero creyente.
    Esto es muy grave. La iglesia en nuestros días exalta al rico, le coloca en el consejo de ancianos y le pone como ejemplo a los visitantes. El sentimiento carnal prevalece: “Es bonito ver cristianos ricos”. Pero Juan pregunta: “Si es un cristiano verdadero, ¿cómo puede aferrarse a esa riqueza desmedida cuando tantos carecen de pan?”
    Me parece que este versículo nos obliga a tomar una de dos opciones de acción. Por una parte podemos rechazar el sencillo sentido de las palabras de Juan, ahogar la voz de la conciencia y condenar al hombre que se atreve a predicar este mensaje. O bien podemos recibir la Palabra con mansedumbre, emplear nuestra riqueza para hacer frente a la necesidad del hermano y tener una conciencia limpia de ofensa para con Dios y el hombre. El creyente que está satisfecho con un estilo modesto de vida y, destinando todo lo que está más allá de esto a la obra del Señor, puede vivir en paz con Dios y con su hermano necesitado.        
           
 William MacDonald, del libro DE DÍA EN DÍA (CLIE)

La abundancia es una prueba de nuestra fe, amor y obediencia. "...Para que en este tiempo, con igualdad, la abundancia vuestra supla la escasez de ellos, para que también la abundancia de ellos supla la necesidad vuestra, para que haya igualdad, como está escrito: El que recogió mucho, no tuvo más, y el que poco, no tuvo menos" (2 Co. 8:14-15).
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HONRAD AL HIJO COMO AL PADRE
 
"Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida" (Jn. 5:21).
      Aquí tenemos otra clara declaración respecto a la igualdad del Hijo con el Padre. Los judíos acusaron a Jesús de hacerse Él mismo igual con Dios. Él no negó la acusación, sino que expuso las inmensas pruebas del hecho de que Él y el Padre son uno. Así como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. ¿Podría decirse esto de Él si fuese meramente un hombre? Hacer esta pregunta es contestarla.
 

"Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió" (Jn. 5:22-23).
      Muchas personas pretenden adorar a Dios, pero niegan que Jesucristo es Dios. Dicen que fue un buen hombre, o más acorde a Dios que culaquier hombre que jamás haya vivido. Pero este versículo lo pone en igualdad absoluta con Dios y demanda que los hombres le den el mismo honor que le dan a Dios Padre. Si alguien no honra al Hijo, entonces no honra al Padre. Es inútil pretender amar a Dios si no se tiene el mismo amor para con el Señor Jesucristo. Si el lector nunca se ha dado cuenta de quién es realmente Jesucristo, que considere entonces este versículo con todo cuidado. Recuerda que es la Palabra de Dios, y acepte la gloriosa verdad de que Jesucristo es Dios manifestado en carne.
 William MacDonald, Comentario Bíblico (CLIE)


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 ¿POR QUÉ MURIÓ EL BURRO?

Una vez viajando por el campo, vi un burro cerca de la carretera, tan flaco que parecía sólo cuero y huesos. “¡Pobre burro!” - me dije - “Seguramente está enfermo”.
    Al acercarme vi que alguien le había amarrado la boca. ¡Pobre animal! No la podía abrir; la cuerda le cortaba como cuchillo; la sangre le pintaba la nariz. Frené y me acerqué con deseos de ayudarlo. Quise librarlo de la cuerda. Sentía satisfacción de poder tratarlo con misericordia. Pero de repente el animal comenzó a correr, dejando una nube de polvo tras sí. Ni siquiera pude tocarlo. Menos quitarle la cuerda.
    Tristemente regresé al coche. Una semana después pasé por el mismo sitio. Encontré el cadáver del burro. La cuerda, teñida de sangre, todavía le ataba la boca. Me pregunté entonces: “¿Por qué murió el burro?” ¡Pues porque alguien le amarró la boca! Era cierta la respuesta, pero no me dejaba satisfecho. Pues, a pesar de ellos, el burro tuvo una oportunidad de escapar de la muerte. Yo hubiera podido librarlo.
    Me vino una segunda respuesta: El burro murió por interpretar mal mis intenciones. Temía que le iba a hacer algún daño. Desgraciadamente ese error le costó la vida. Si el  pobre hubiera comprendido mi deseo, habría aceptado mi oferta.
    Realmente, reflexionando un poco más, se entiende el comportamiento del animal: ¡era un burro! ¿Cómo podía entenderme? Comprendo su error y desconfianza.
    Amigo, sin ánimo de ofenderle ni llamar "burro" a nadie, observo que igual error cometen muchos seres humanos, seres racionales, muy especialmente en lo espiritual. La Palabra de Dios nos enseña que Dios no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento (2 Pedro 3:9); y que Él “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). Casi no hay quién no sepa que Cristo murió por nosotros. Saben que “Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3); que en Él “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados por las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7); que Cristo invita: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28); y que Él afirma: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).
    Miles de personas alrededor del mundo han aceptado estas promesas de Dios, y por la fe han sido libradas del pecado. Han encontrado vida abundante y eterna. Pero cuando Cristo vino, hubo quienes interpretaron mal sus intenciones. Él les dijo: “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40).
    No eran burros, por supuesto, pero se portaron como el animal del relato. Hoy en día hay muchos que cometen semejante error. El burro murió por interpretar mal mis intenciones. Por favor, no haga usted como él.

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 JEHOVÁ – JESUCRISTO
Parte II
 
(viene del número anterior)

ALGUNOS TEXTOS CONFLICTIVOS

Después de estudiar los textos anteriormente citados en Jehová y Jesús, tenemos honestamente que admitir el encontrarse entre ellos algunos versículos que parecen presentar problemas a nuestro modo de pensar y razonar. Si Jesucristo es Jehová Dios, tal como nuestro estudio bíblico nos está verificando, entonces ¿qué significan los versículos siguientes?  Parecen probar lo contrario.

Marcos 13:32
Se oye decir: "Cristo no puede ser Dios porque no tiene la omnisciencia  de Dios."

Respuesta: Aquí Jesús está hablando como el Hijo del Hombre bajo las limitaciones a las que Él mismo voluntariamente se sujetó en la encarnación, tales como el crecimiento físico, mental, y moral. La clave está en Juan 15:15, "el siervo no sabe lo que hace su señor". Como siervo Cristo estuvo subordinado al Padre, aunque sin ser inferior, y en este oficio no Le fue dado saber "el tiempo" y darlo a conocer a los demás. Cuando bajó del cielo, "se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Filipenses 2:7-8).

Marcos 15:34
Se oye decir: "El Padre le ha desamparado; clama a alguien que era su Dios."

Respuesta: Ora como hombre, como el Mesías, no como Dios. Se dirigió al Padre dándonos el ejemplo perfecto a imitar. Más que nada está llamándonos a la atención del por qué Le había desamparado, es decir, porque estaba llevando el pleno castigo del pecado sobre Sí mismo.

Juan 5:19-20
Más que crear una alusión a la desigualdad entre el Padre y el Hijo, este pasaje claramente afirma una unidad entre ellos. No hay problemas de desobediencia de parte del Hijo, ni problemas de falta de comunicación entre ellos. Claramente muestra Su dependencia del Padre, que Cristo está ligado al Padre como ningún otro. Mas vemos que Cristo, en Sí mismo, hace las mismas cosas que ve al Padre hacer.

Juan 5:26-27
Cuando entendemos lo que significa la encarnación (Jn.1:1,14; Fil.2:6-8; etc.), que Cristo tomó forma de siervo, fue hecho semejante a los hombres y dejó Su gloria que tenía en el cielo, uno entiende que Jesucristo tenía ciertas limitaciones auto-impuestas (no resplandecía con toda Su gloria, pudo morir como hombre, etc.). Pero en estos versículos, se afirma que el tener vida en sí mismo y el tener autoridad de hacer juicio fueron dos cosas no incluidas en aquella lista. Es otra declaración que afirma la unidad entre Padre e Hijo, y no conlleva en absoluto la idea de que había un tiempo en el pasado cuando tenía tal atributo (idea que no se encuentra en ningún lugar en la Biblia), sino hace notable para nosotros un atributo intrínseco y propiamente Suyo.

Juan 10:32-36
Es un argumento de menor a mayor. Si Dios llamó a los jueces injustos "dioses" (obviamente con sarcasmo según el contexto de Salmo 82:6 que citó), cuánto más debemos llamar a Jesucristo el Dios verdadero. El versículo 38 nos aclara Su intención: "el Padre está en mí, y yo en el Padre", una proclamación que sólo Jesucristo podía hacer.

Juan 14:28
No dice "mejor es que yo", sino "mayor". En las Escrituras la sujeción no comunica necesariamente la idea de inferioridad. [La mujer creyente debe someterse a su marido, pero los dos son iguales delante de Dios (1 P. 3:7). De igual modo debemos someternos al gobierno, pero no quiere decir que los gobernantes sean mejores que nosotros.] Por otro lado vemos claramente que el Padre mismo a Jesucristo le exaltó hasta lo sumo, etc. en Filipenses 2:9-11.

Juan 17:3 
De nuevo nos da el ejemplo perfecto como Hombre y Siervo cuando Él lleva peticiones al Padre celestial.

En resumen, está claro que el Hijo y el Padre no son "dos dioses" como algunos sugieren, sino que forman juntos (con el Espíritu Santo), el único Dios eterno (y Trino). Observa cómo la Sagrada Escritura dice que Cristo se sienta a la diestra del Padre, pero en todas las referencias, la mayoría encontradas en el libro de Apocalipsis, siempre hay un solo trono, entre los cuatro seres y no aparece ningún otro a la diestra.
    Estudia las siguientes citas en el Apocalipsis:

    7:17     "el Cordero que está en medio del trono". Aquí sólo hay un trono.
       
    11:15    "Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará", hablando del Señor y su Cristo, dice que él reinará, no ellos reinarán. Ya hemos comprobado que Cristo es el Rey de Reyes y Señor de Señores. Si todavía no aceptas que Cristo es Jehová, aquí tendrás que entender que Jehová deberá someterse a Cristo.

    22:1       "el trono de Dios y del Cordero", no "los tronos".

    22:3    "el trono de Dios y del Cordero estará en ella" no "estarán en ella".
   

EXPRESIONES CONFLICTIVAS

1. Hijo de Dios – Puede ayudarnos si recordamos que Jesuscristo también se llamó: "el Hijo del Hombre". Dando a entender que Él había llegado a ser parte de la humanidad. De la misma manera, "Hijo de Dios" significa que Él es una expresión de la Deidad. Escudriña Juan 10:36 y luego haz una comparación con los versículos 30 y 33 del mismo capítulo. Hablar de Jesús como el Hijo no quiere decir que tiene un punto de origen, como tenemos nosotros, o que procede de una unión física entre un hombre y una mujer, o que es inferior. Significa que procede de una relación eterna con el Padre. Tal intimidad nos es revelada en la expresión "en el seno del Padre" (Jn. 1:18, compara  Lc. 16:22-23).

2. Unigénito, engendrado, primogénito –  El Hijo nació en Su humanidad en Belén, pero como Dios era desde la eternidad (Mi. 5:2). El término "unigénito" (Jn. 1:14,18, 3:16) quiere expresar único, el único de su género. La misma palabra se emplea en Hebreos 11:17 hablando de la relación entre Isaac y Abraham, cuando Isaac no era el único hijo de Abraham (estaba también Ismael). La palabra "engendrado" cuando se usa de Jesús en Hechos 13:33, Hebreos 1:5 y 5:5 se refiere al Salmo 2:7 y no tiene que ver con nacimiento, sino con la idea de presentación para exaltación. La palabra "primogénito", cuando es usada en referencia a Cristo en Colosenses 1:15-16, tiene que ver con Su superioridad sobre la creación y no significa el primer creado o nacido. En Colosenses 1:18 y Apocalipsis 1:5 entendemos que quiere decir que Él era el primero que vivió una vida resucitada e inmortal en un cuerpo resucitado, porque es evidente que había otros resucitados antes de Él (Lázaro) mas esos tenían que volver a morir de nuevo. La idea de superioridad se ve más clara en Salmo 89:27, donde la palabra en la versión griega (LXX) es "prototokos". En contraste, si la Biblia quisiera enseñarnos que el Hijo de Dios fue meramente un ser creado, habría empleado una palabra diferente, o sea "protoktistos" (ver un diccionario del griego bíblico para entender el asunto mejor). En resumen, el Hijo de Dios no fue un ser creado, sino el Creador (Col. 1:16; Jn. 1:10;  He. 1:2).

3. La Diestra de Dios – Colosenses 3:1, 1  Pedro 3:22, es una expresión que indica poder y autoridad, no un orden de los tronos en el cielo. "Diestra" en nuestro idioma suele ser usado como una locución de autoridad ejecutiva. "Sentado a la diestra del poder de Dios" es una locución que también indica poder y autoridad. El trono de Dios y el del Cordero es lo mismo (Ap. 22:3 con 3:21; 4:10; 7:17). El Hijo oraba al Padre en aquel entonces y también ahora lo hace. Esto es porque hay una interacción entre los Santos miembros de la Deidad, lo cual enfatiza Su distinción, en lugar de en Su unidad. Véanse también: Juan 14, 15 y 16;  también Salmo 110:1 y Hechos 2:34, Hebreos 1:8-9, e Isaías 48:16.

CONCLUSIÓN:

     ¿A qué conclusión has llegado? ¿A las tuyas propias, predeterminadas por tus asociaciones, tus sentimientos, o por una organización que piensa por ti? ¿Has dejado hablar la Palabra de Dios y la has respetado? Espero que hayas permitido que la Palabra de Dios no solamente hable sino que también te guíe e indique cómo pensar. Leemos en ella: "Lámpara es a mis pies tu palabra" (Sal. 119:105). Es lámpara, por supuesto... si quieres y amas la luz. El estudio de la Biblia puede aclarar cosas para aquel que ama a Dios en verdad y, como los de Berea, se esfuerza "escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así" (Hch. 17:11). Por otra parte  para nosotros los de mente finita, siempre quedarán misterios en cuanto a la Persona de Dios, Su naturaleza y Deidad, simplemente porque no somos Dios. Él es infinito, único, incomparable, y nosotros somos una creación finita. Por eso es imposible que lleguemos al conocimiento pleno de Dios en toda Su complejidad. Ante los incógnitos, no intentemos reducir al gran Dios Eterno al tamaño de la lógica o la sabiduría humana, porque, como nuestro Señor Jescucristo dijo:
    "...nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre..."
    Lucas 10:22

La reacción correcta sería humillarnos como el discípulo Tomás y decir:
"¡Señor mío, y Dios mío!"
Juan 20:28
 
 

domingo, 5 de julio de 2015

EN ESTO PENSAD -- julio 2015

¡AVÍVANOS SEÑOR!

William MacDonald

    “¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti?” (Salmo 85:6).

     Un estado de decaimiento es a menudo como un cáncer; no sabemos que lo tenemos. Podemos irnos haciendo gradualmente tan fríos espiritualmente que no nos damos cuenta cuán carnales hemos llegado a ser en realidad. Algunas veces se necesita una tragedia, una crisis o la voz de algún profeta de Dios para despertarnos de nuestra necesidad desesperada. Sólo entonces podemos reclamar la promesa de Dios: “Derramaré aguas sobre el sequedal y ríos sobre la tierra árida” (Is. 44:3).   
Necesito un avivamiento cuando he perdido mi ánimo entusiasta por la Palabra de Dios, cuando mi vida de oración ha caído en una insulsa rutina (o ha caído por completo), cuando he dejado mi primer amor. Necesito un toque avivador de Dios cuando tengo más interés en lo que vierten en la tele que en la reunión de la asamblea local, cuando llego a tiempo al trabajo pero tarde a las reuniones, cuando no falto en mi trabajo pero mi asistencia es espasmódica en la asamblea. Necesito ser avivado cuando estoy dispuesto a hacer por el dinero lo que no hago por el Salvador, cuando gasto más dinero para satisfacerme que en la obra del Señor.
  Necesitamos avivamiento cuando guardamos rencores, resentimientos y amargos sentimientos. Cuando somos culpables de chismorrear y maldecir y recibimos palabras chismosas como si fuesen caramelos. Cuando no estamos dispuestos a confesar nuestros errores o a perdonar a otros cuando nos confiesan sus faltas. Necesitamos ser avivados cuando peleamos como perros y gatos en casa, y luego aparecemos en la asamblea con una “cara de reunión” como si fuéramos dulzura y luz. Necesitamos ser avivados cuando nos hemos conformado al mundo en nuestro hablar, nuestro caminar y todo nuestro estilo de vida. ¡Qué grande es nuestra necesidad cuando somos culpables de los pecados de Sodoma, soberbia, saciedad de pan y abundancia de ociosidad! (Ez. 16:49).
    Tan pronto como nos damos cuenta de nuestra frialdad y esterilidad, podemos reclamar la promesa de 2 Crónicas 7:14, “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”. ¡La confesión es el camino que lleva al avivamiento!

Oh Espíritu Santo, el avivamiento viene de Ti;
Envía un avivamiento, comienza la obra en mí.
Tu palabra declara que suplirás  la necesidad.
Tus bendiciones ahora, imploro con humildad.
                                              — J. Edwin Orr


del libro DE DÍA EN DÍA (CLIE), lectura para el 4 de julio
 
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LOS PATOS Y 
LOS CRISTIANOS ANCIANOS

Hace algunos años que unos biólogos en una reserva natural comenzaron a notar que la población de patos menguaba en su área. Estaban perplejos y no entendieron por qué sucedía eso. Entonces iniciaron unos estudios investigativos para descubrir la causa del problema.
    Un día dos de los investigadores jóvenes se acercaron a la reserva para comenzar su estudio. Eran personas bien formadas en su carrera, y entre los mejores biólogos en esa área. Al llegar para comenzar su investigación, observaron a un agricultor en el campo vecino, que reparaba la valla. Era un hombre anciano que había vivido allí largo tiempo. Siendo amigable, él se acercó a los biólogos para saludarles y charlar. Le informaron del estudio investigativo que comenzaban, expresando su deseo de hallar la causa del problema. Entonces el agricultor comentó: “Esto es interesante, pues he observado que hay cada vez menos patos. Para mí que es un zorro que los come”.  Los biólogos expresaron su desacuerdo y le aseguraron que los patos no forman parte de la dieta del zorro. “Bueno” replicó, “pueden hacer todos los estudios que quieran, pero ya les digo que el culpable debe ser algún zorro”.
    Después de hablar un poco más, se despidieron y cado uno volvió a su trabajo. Pero pasando el tiempo, y después de gastar mucho tiempo y dinero investigando el problema, los biólogos descubrieron que aquel agricultor anciano tenía razón. A fin de cuentas un zorro había sido causa de la pérdida de patos en la reserva.
    Esta historia verídica ilustra una tendencia observable en nuestra cultura hoy. Generalmente se les considera a las personas ancianas como no importantes, no como miembros productivos de nuestra sociedad. Las actitudes propagadas en los medios de comunicación y el mundo alrededor nuestro valoran el atractivo sexual, y la vida de los jóvenes y exitosos. Desafortunadamente, esas mismas actitudes han filtrado a muchas iglesias evangélicas y sí, aun en las asambleas. A los hermanos ancianos se les considera ignorantes, atrasados, de ideas fijas y no abiertos a ideas nuevas o cambios. Se oye decir a menudo que tales personas impiden el crecimiento y el progreso en las iglesias.
    Pero fallamos al no reconocer que Dios ha puesto a los hermanos ancianos en nuestro medio para liderar, guiar, enseñar y aconsejarnos. El hecho de no entender algún aparato moderno no les decalifica de las tareas que Dios les ha encargado. Los creyentes piadosos y ancianos tienen un tesoro de conocimiento y experiencia para compartir con los que somos más jóvenes en el Señor. La Biblia nos dice que los jóvenes deben estar sujecto a los ancianos, y que las mujeres ancianas deben enseñar a las jovencitas las cosas prácticas de la vida (1 P. 5:5; Tit. 2:3-5). No debemos despreciar ni descartar lo que tienen que decirnos. Haríamos bien en consultar, escuchar y sopesar los consejos recibidos de ellos. Los hermanos más ancianos tienen una tremenda responsabilidad delante del Señor. ¿Cuándo fue la última vez que visitaste a uno de esos hermanos u orabas por ellos?
    En 2 Crónicas 10:8 leemos acerca del rey Roboam: “Mas él, dejando el consejo que le dieron los ancianos, tomó consejo con los jóvenes que se habían criado con él”.  Si seguimos leyendo, hallamos que el reino de Roboam fue un fracaso. No era un rey sabio. El pueblo del Señor debe reconocer las consecuencias de despreciar a nuestros hermanos y hermanas de más años, como hace el mundo.
    El viejo agricultor tenía sabiduría que no procedía de libros sino de la experiencia durante años. Los cristianos ancianos tienen mucho que ofrecer a los creyentes más jóvenes y menos experimentados. Debemos atender a lo que nos tienen que decir. 

Scott Wagner, de la revista “Milk & Honey” (“Leche y Miel”), abril 1990
 
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  "No Erréis"

Dice 1 Corintios 6:9-10, "No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios". Las palabras "no erréis" advierten la posibilidad de equivocarse.
    En el verano del 2013 el "Papa" dijo: ¿Quién soy yo para juzgar a los gais?" Se refería a los homosexuales: los afeminados, los que se echan con varones, los sodomitas (1 Ti. 1:10). Pero esto no significa que nadie los puede juzgar, ni que hay que aceptarles. Dios no admitirá al cielo a los nombrados arriba. Y lo que es inadmisible en el cielo, no se puede admitir tampoco en la iglesia, que es la casa del Dios viviente.
    Pero hoy en día en las iglesias evangélicas también hay ese error de no juzgar al pecado, de pasar por alto, tolerar, comprender y ser misericordioso con pecadores no arrepentidos. ¿Qué hacen fornicarios y adúlteros en comunión? ¿Cómo es que los ladrones, avaros, borrachos, maldicientes y estafadores pueden ser miembros de iglesias, tomando comunión, y algunos de ellos llevando a cabo ministerios? Escuchamos el eco papal, "¿quién soy yo para juzgar?"
    Claro, Dios es quien juzga a los pecadores, pero cuando Él indica cuál es Su actitud y sentencia, debemos decir: "Amén" y no permitir en Su casa lo que Él no permite. "No erreis", porque tolerarlo no es bueno, no es ser misericordioso. Es error y pecado. Porque si no juzgamos el pecado, nos ponemos en contra de Dios.                                                                                        
Carlos   
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AY DE LOS QUE SE LEVANTAN DE MAÑANA PARA SEGUIR LA EMBRIAGUEZ; QUE SE ESTÁN HASTA LA NOCHE, HASTA QUE EL VINO LOS ENCIENDE! Y EN SUS BANQUETES HAY ARPAS, VIHUELAS, TAMBORILES, FLAUTAS Y VINO, Y NO MIRAN LA OBRA DEL SEÑOR. POR ESO ENSANCHÓ SU INTERIOR EL SEOL, Y SIN MEDIDA EXTENDIÓ SU BOCA; Y ALLÁ DESCENDERÁ LA GLORIA DE ELLOS, Y SU MULTITUD, Y SU FAUSTO, Y EL QUE EN ÉL SE REGOCIJABA”.
                                                            Sagrada Biblia, Isaías 5:11-14

Si desea saber más de la Palabra de Dios, ella es expuesta y estudiada cada domingo y jueves en este local de reunión. Acuda y aprenda con nosotros.

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 JEHOVÁ = JESUCRISTO

Esto está dedicado al que desea escudriñar las Escrituras "para ver si estas cosas son así" (Hechos 17:11), y al que cree a Dios antes que a los hombres o las organizaciones. Respecto a los demás, lo presente se presta para tapar la boca de los contumaces, los habladores de vanidades y los engañadores.
    Ofrecemos lo siguiente como guía de estudios para aquel que quiere abrir la Biblia e investigar por su propia cuenta, sin que ninguna religión ni organización humana le dicte cómo pensar. Pide a Dios mismo que te ayude a entender la verdad y se muestre a ti a través de Su Palabra. Entonces, tomando la Sagrada Biblia (no otros libros ni revistas), busca en ella y lee los versículos, estudia el contexto (lo que viene antes y después), y apunta a quién el texto hace referencia en los pasajes siguientes:

1.  ¿Quién es el Rey de Reyes y Señor de Señores?
    Deuteronomio 10:17; Salmo 95:3
    Apocalipsis 17:14; 19:13-16

2.  ¿Quién fue traspasado?
    Zacarías 12:8-10
** [La llamada “Traducción del Nuevo Mundo” cambia la palabra "mí" en este versículo por "Aquel". Esto pervierte el sentido original dado por Dios y aceptado por todos durante más de 2.400 años.]
    Juan 19:34-37

3.  ¿Quién es el Primero y el Último?
    Isaías 41:4; 44:6; 48:12; Apocalipsis 22:13
    Apocalipsis 1:17-18

4.  ¿Quién es el Alfa y la Omega?
    Apocalipsis 1:8; 21:5-7; 22:12-16
    Apocalipsis 22:16
   *  [En la lectura no hay evidencia de un cambio en el que habla entre los  vv. 12-16, pero en todo caso el "Alfa y la Omega" y el "Primero y el Último" es la misma persona según el 22:13.]
   ** [Es de notar que en algunas traducciones de Ap. 1:11 no aparece la frase: "yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último", tal como está en la versión Reina-Valera. Por ello no la citamos aquí.]
 
5.  ¿Quién es el Creador?
    Génesis 1:1; Isaías 40:28; 43:1,15
    Colosenses 1:13-16
  * [Los T. J. introducen "[las otras]" ante "cosas" en el v.16 (2 veces en la Trad. del N.M.), y dan un sentido que no está en el original. Las meten allí debido a su presuposición.]
    Nota además a quién se dirige en estos dos pasajes:
    Salmo 33:6, 9; 102:25-27
    Hebreos 1:10-12
   * [Si miramos al v. 8, entenderemos de quién está hablando.]

6.  ¿Para quién preparó un camino Juan el Bautista?
    Isaías 40:3; Malaquías 3:1
    Lucas 1:76; 3:4-6; Marcos 1:2-3

7.  ¿Quién es la Piedra de Tropiezo?
    Isaías 8:12-14
    1 Pedro 2:4,7-8

8.  ¿Quién es el Redentor?
    Isaías 41:14; 43:14; 44:6; Job 19:25
    Gálatas 3:13; Hebreos 9:12; Apocalipsis 5:9

9.  ¿Quién es el Único Salvador?
    Isaías 43:3,11; 45:21; Oseas 13:4; Lucas 1:47;
    1 Timoteo 4:10; Tito 1:3; 2:10; 3:4; Judas 25
    Lucas 2:11; Juan 4:42; Hechos 5:31; 13:23; Tito 1:4; 2:13;
    2 Pedro 1:1; 2:20; 3:2,18

10.  ¿Quién es el Rey de Gloria?
    Salmo 24:8-10; Isaías 42:8 (Nota a quién le pertenece la gloria)
    1 Corintios 2:8; Santiago 2:1; Judas 24,25;
    1 Tesalonicenses 1:12

11.  ¿Quién puede perdonar pecados?
    Salmo 25:18; 32:5; 130: 3-4; Isaías 43:25
    Marcos 2:5-11; Lucas 5:24; 7:47-49

12.  ¿A quién deben santificar los creyentes?
    Isaías 8:13
    1 Pedro 3:15

13.  ¿Quién subió a lo alto llevando cautiva la cautividad?
    Salmo 68:18
    Efesios 4:7-8

14.  ¿Quién es la Roca de salvación?
    Deuteronomio 32:3,4,12,15,18,31;
    2 Samuel 22:32,47; 62:2,6
    1 Corintios 10:4; Romanos 9:33; 1 Pedro 2:4-8

15. ¿Quién escudriña las mentes y prueba el corazón de los hombres?
    Jeremías 17:10
    Apocalipsis 2:23

16.  ¿En nombre de quién obtenemos salvación?
    Joel 2:32
    Hechos 2:21; 4:11-12; Romanos 10:9,13

17.  ¿Quién es el Inmutable de la eternidad?
    Malaquías 3.6; Salmo 102:25-27; Miqueas 5:2
    Hebreos 1:2; 13:8; Mateo 2:6 [cumple la profecía en Miqueas 5:2]

18.  ¿Las palabras de quién permanecerán para siempre?
    Isaías 40:8; 59:21;
    Mateo 24:35 [No dice "estas palabras", sino "mis palabras"]

19.  ¿Quién es el YO SOY?
    Éxodo 3:14; Isaías 41:4; 43:10; 46:4,9
    Marcos 14:62; Juan 8:24,58; 13:19; 18:5,6,8

20.  ¿Ante quién se doblará toda rodilla?
    Isaías 45:22-23
    Filipenses 2:10

21.  ¿A quién pertenecen los ángeles y a quién deben adorar?
    Salmo 91:11; 103:19-21; 148:2; Mateo 4:6; Hebreos 1:7
    Mateo 13:41; 24:31; Hebreos 1:6

22.  ¿Quién tiene poder sobre la muerte y la resurrección?
    Deuteronomio 32:39; 1 Samuel 2:6
    Juan 2:19-21; 10:17-18; 11:25,43; Apocalipsis 1:18

23.  ¿De quién deben testificar los creyentes?
    Isaías 43:10,12; 44:8
    Juan 15:27; Hechos 1:8

24.  ¿Quién estuvo en medio de los israelitas?
    Éxodo 33:15-17; Números 21:6-7
    1 Corintios 10.4,9,21,22

25.  ¿Quién vendrá al Monte de los Olivos?
    Zacarías 14:3-4
    Hechos 1:11-12

 
continuará, d.v. en el número siguiente