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martes, 22 de septiembre de 2020

EN ESTO PENSAD - septiembre 2020

 LA VOZ DE IGNACIO




    Durante cuatrocientos años Israel estaba bajo el liderazgo de los hombres llamados “jueces”. Dios los levantó para librar a Israel de sus enemigos y proveer un liderazgo nacional. Pero la nación era principalmente una sociedad igualatoria, de agricultores y ganaderos en pueblos pequeños gobernados por ancianos locales. No había un gobierno nacional centralizado.
    Samuel era un buen juez, y visitaba varios pueblos (1 S. 7:16). Pero cuando envejeció era obvio que sus hijos no eran del mismo calibre. El pueblo estaba inquieto, y confrontó a Samuel. “He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones” (1 S. 8:5). Eso le desagradó, pero el Señor le instruyó a conceder la petición de ellos. Sin embargo, debía advertirles acerca del precio de un gobierno centralizado. El rey demandaría impuestos y habría servicio militar obligatorio para los varones. El Señor dijo: “A mi me han desechado, para que no reine sobre ellos” (1 S. 8:7).
    Así que, Israel pasó de una confederación poco definida de pueblos y villas, a tener un fuerte gobierno central bajo un rey. Cambió de un gobierno divinamente dado a un rey hereditario con poderes arbitrarios. Ese reino unido comenzó con Saúl.
    Durante el siglo I d.C. las iglesias eran congregaciones autónomas guiadas por los ancianos de la localidad (Hch. 14:23). Los lazos entre las iglesias eran espirituales, no organizacionales. Algunos obreros llevaban a cabo un ministerio itinerante entre ellas (1 Co. 3:5-9). Se ocupaban de la evangelización y la enseñanza. El establecimiento de iglesias nuevas tenía alta prioridad. En su ministerio esos hombres fortalecían los lazos espirituales entre las iglesias y animaban la obra de Dios.
    Pero al principio del siglo II se escuchaba una voz clamando por un fuerte liderazgo central en cada iglesia, un “obispo”. Ignacio de Antioquía (35-110 d.C.) opinaba que la pluralidad de ancianos producía debilidad a la hora de tomar decisiones y mantener la doctrina ortodoxa. Escribió:
 “Conviene, por lo tanto, que seáis obedientes a vuestro obispo y que no le contradigáis en nada” (Epístola a los Magnesios).
    La voz de Ignacio y otros prevaleció. Los siglos II y III vieron un cambio completo en el gobierno de las iglesias locales, de un presbiterio de hombres iguales a un “obispo” (anciano principal) sobre un grupo de ancianos subordinados. Como en los tiempos de Israel, habían seguido el clamor por un líder fuerte.
    Pasaron siglos, y cerca del año 1825 comenzó un movimiento del Espíritu de Dios en Gran Bretaña y otros países, impulsando a muchos creyentes devotos a volver a la sencillez de la iglesia primitiva. Se enfatizaba la unidad del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Lamentaban las distinciones y divisiones de las denominaciones.
    El sacerdocio de cada creyente (1 P. 2:5) fue proclamado de nuevo y practicado con sencillez y espontaneidad en la Cena del Señor. Se enfatizaba la soberanía del Espíritu para dar dones y guiar a Su pueblo. Varios hermanos compartirían la enseñanza (1 Co. 14:26-27).
    Abandonaron la jerarquía compleja del gobierno eclesial en las denominaciones. Cada grupo era autónomo. Muchas asambleas comenzaron a funcionar bajo la guía de hermanos locales reconocidos informalmente como ancianos. El patrón del Nuevo Testamento fue alzado como el modelo a seguir también en nuestros tiempos.
    Durante  los siguientes cien años siguieron esos principios sencillos. Un gran surgimiento de actividad misionero llevó el movimiento alrededor del mundo. Los misioneros funcionaban bajo el principio de fe, sin salarios ni promesas de apoyo. Un alto nivel de espiritualidad caracterizaba la obra.
    La estructura sencilla de tales asambleas les ayudó a crecer y reproducirse en otros lugares, aun bajo circunstancias adversas. Aun bajo los gobiernos dictatoriales como los de Mussolini, Hitler y Franco, la obra se arraigó profundamente. Bajo el ateismo y la opresión de estados comunistas la obra florecía y se multiplicaba. Las iglesias caseras en China dan testimonio elocuente a lo práctico que son los principios del Nuevo Testamento.
    Pero ahora, a finales del segundo siglo de ese movimiento, es alarmante oír de nuevo la voz de Ignacio. El gobierno por ancianos es considerado débil e ineficaz. Las grandes iglesias denominacionales contratan hombres aptos y con carisma que acaban dominando el escenario, y tienen mucho éxito. De ese modo un solo hombre decide cómo van a ser las cosas, y ya está. Aunque consulte con otros para quedar bien, realmente él gobierna. Algunas iglesias que antes seguían el patrón sencillo del Nuevo Testamento, ahora miran con añoranza a estas estructuras masivas y fuertes, y desean emularlas.
    Uno de los ancianos de una asamblea escribió insistiendo firmemente en la necesidad de hacer lo siguiente:
1. Aceptar el principio de un Pastor-Anciano      
    Principal.
2. Pedir que Dios levante a uno para liderar así.
3. Seguir y apoyar a ese Pastor-Anciano Principal que Dios            levanta.
    ¿Qué es esto? ¡Es la voz de Ignacio de nuevo, señalando la necesidad de un hombre fuerte como líder oficial en la iglesia! A ese hombre Ignacio le llamó: “el obispo” o “sobreveedor”. Pero no importa si le llaman “obispo”, “pastor-anciano principal”, “pastor-maestro”, “anciano-maestro” o algo parecido, pues el concepto es el mismo.  Es ingualmente inapropiado que un misionero se quede como “el anciano” o “el pastor” de una iglesia en lugar de reconocer ancianos. Puede alegar que los hermanos nacionales no están preparados, pero es su responsabilidad prepararlos y seguir el patrón bíblico.
    Si otros lo han hecho sin saber mejor, esto no nos disculpa para que sigamos su ejemplo en lugar del patrón que Dios ha dado. Semejante desliz de la sencillez del Nuevo Testamento abrirá las puertas a una inundación de modificaciones y cambios pragmáticos en otras áreas.
    Las asambleas de nuestros tiempos deben decidir si van a seguir el patrón bíblico de la iglesia primitiva, o adoptar los métodos expedientes de la sabiduría humana. Pablo dijo: “Esto te escribo...para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1 Ti. 3:14-15). ¿Estamos preparados para las consecuencias de rechazar tal enseñanza e irnos por un camino de nuestra elección?


Capítulo 2 de LA IGLESIA PRIMITIVA, por Donald Norbie
disponible en Libros Berea, ministerio de la Asamblea Bíblica
 
https://berealibros.wixsite.com/asambleabiblica/libros
 
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HONRAD AL HIJO

Es un mandamiento de Dios. He aquí cuatro razones por las cuales el Padre espera que todos honren al Hijo:            
 
1. El Padre le ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo (Juan 5:26). El Padre señala en Su Hijo la más grande señal de Su deidad: el existir por sí mismo. No sólo el Padre existe por sí mismo, sino también el Hijo. Esto significa que el Hijo no depende de otro para Su existencia. Es eterno como el Padre. No hay ángel ni otro ser creado que sea así. Juan 1:4 afirma: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Cristo declaró: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Jn. 14:6)..
 
2. Todo lo que el Padre hace lo hace el Hijo igualmente (Juan 5:19 b). Nadie más puede decir esto, y sobre todo ningún ser humano. Así como el Padre creó el mundo y gobierna el universo, y sustenta todas las cosas con Su poder, así también hace el Hijo. Este varón, Jesús de Nazaret, que fue menospreciado en las calles de Israel, es Dios hecho hombre, y aunque encarnado así, todavía andaba en perfecta comunión con el Padre. En Juan 10:30 dijo: “Yo y el Padre uno somos”.
 
   3. El Hijo tiene autoridad de dar vida a los muertos que Él quiere (Juan 5:21). Al resucitar a Lázaro, no tenía que preguntar si podía hacerlo o no, porque tenía autoridad para dar vida a los muertos. Sin embargo, oró al Padre porque todo lo hacía en comunión perfecta con Él.  Así en todos los casos en que Él resucitó a muertos, y en los casos de los incontables muertos que resucitarán en el futuro. Llegará un momento en que la voz del Hijo de Dios se oirá, (no la del Padre ni del Espíritu) y su sonido será tan potente que alcanzará a todos los que están en los sepulcros. "Los muertos oirán" la poderosa voz del Hijo de Dios, y saldrán.
 
4. El Hijo tiene autoridad para juzgar (Juan 5:22, 27). "Todo el juicio dio al Hijo". Todo el juicio que se realizará en el futuro, sobre toda la humanidad – creyentes e incrédulos, grandes y pequeños, reyes y vasallos – será por el Señor Jesucristo, el Hijo eterno de Dios. El Salmo 50:6 declara que “Dios es el juez”, y el Señor Jesucristo es el Juez porque es Dios .

     ¡No nos postremos ante vírgenes, santos, crucifijos o altares! Postrémonos todos delante de Él - el Señor Jesucristo - reconociendo que es igual a Dios, uno con el Padre, la resurrección y la vida, y el Juez eterno. En Jesucristo reposa todo el poder, la divinidad, la gloria y la excelencia de la deidad. ¡Es digno de nuestra adoración y honra! ¡Es digno de nuestra obediencia, porque Él es Dios!
 
"Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre,  10 para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra;  11 y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
Filipenses 2:9-11 

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¿Qué hay después de la muerte?
 

“Perecerá el hombre, y ¿dónde estará él?” (Job 14:10). “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14). Si quieres saber qué hay después de la muerte, pregunta a Dios, porque Él lo declara en la Biblia.

¿Dónde Estará Él?
    Jesucristo enseña que hay dos destinos. Al ladrón arrepentido y creyente le dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). El único destino bueno es estar con Cristo, pero no estará con Él ninguno que no haya creído en Él durante esta vida. “Con Cristo” no es un destino universal de todos después de la muerte. No estará con Cristo en la ultratumba nadie que no quiso estar con Él en esta vida. “El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). El apóstol Pablo declaró que partir y estar con Cristo es muchísimo mejor (Filipenses 1:23). Pero si no te has arrepentido de tus pecados y confiado en Cristo para salvación, no estarás con Él, ni estarás muchísimo mejor, sino muchísimo peor.
    El único otro destino es el de los incrédulos, los no nacidos de nuevo, los que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Lucas 16:23 describe la muerte de un inconverso: “en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos”. Por mucho que digan de los muertos cosas como “ya no sufre” y “está en un lugar mejor”, es mentira y falsa esperanza para los que no creen en el Señor en esta vida. El Hades es la antesala del infierno, donde están detenidos en tormentos hasta el día del juicio del Gran Trono Blanco. Ahí los libros serán abiertos y los muertos serán juzgados, condenados y lanzados al lago de fuego.
    En uno de esos dos lugares estarás tú, dependiendo de tu actitud hacia Cristo y tu respuesta al evangelio. “Nadie viene al Padre sino por mí” declaró Jesucristo.    

¿Volverá A Vivir?
    Ya hemos contestado esta pregunta, pero para enfatizar la verdad, considera Hebreos 9:27. “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto, el juicio”. Después de la muerte viene el juicio. Todos resucitarán, unos para vida eterna y otros para vergüenza y confusión perpetua (Daniel 12:2). ¿Dónde estarás?
    Hay dos lugares eternos: el cielo y el infierno. El cielo es para siempre, y todo creyente en el Señor Jesucristo estará ahí. El infierno – lago de fuego – es para siempre, y todo pecador incrédulo y rebelde estará ahí.
    No hay más opciones. Dios no quiere que ninguno perezca, pero muchos perecerán porque no creen a Dios. No quieren arrepentirse ni confiar en el Señor Jesucristo para perdón y vida eterna. Los tales no se salvarán y la culpa es suya. Dios contesta las grandes preguntas acerca de qué hay después de la muerte. Tu muerte está establecida. Pero de ti depende si estarás mejor o peor después de morir. ¿Quieres ser salvo por el Señor Jesucristo o quieres ir a juicio ante Dios por tu cuenta?
 
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 Pastores y Siervos



K. T. C. Morris, Southampton, Reino Unido

     Cuando Pablo y Bernabé hicieron su segunda visita a las iglesias nuevamente formadas en Asia Menor, constituyeron ancianos en cada iglesia, y luego Pablo dejó a Tito en Creta para que hiciera lo mismo. Evidentemente era necesario que los nuevos discípulos, y en estos casos esto significaba toda la asamblea, necesitaban ver designados para ellos aquellos hombres a quienes debían seguir, y quienes por su carácter y conducta eran dignos de ser seguidos (Tit. 1:5; Hch. 14:23).
    Una sucesión de ancianos oficialmente designados es algo que no aparece ni es sugerido en ningún lugar en la Escritura. Un hombre es hecho anciano (obispo) por el Espíritu Santo (Hch. 20:28), no por otros hombres. Mucho daño ha sido hecho por los que, creyendo en su autoridad, llegan a un lugar y "nombran" ancianos a hombres que el Espíritu Santo no ha preparado. Éstos usurpan la obra del Espíritu. La cuestión surge, entonces: ¿cómo hemos de saber cuáles de los hombres son obispos?

Características De Los Obispos-Ancianos

    Para que no hiciera nada con parcialidad, Tito fue instruido sobre  lo que Dios requiere del hombre que es digno de ser reconocido entre los creyentes como anciano. Para que nosotros tampoco nos equivoquemos en esto, las instrucciones dadas a Tito han sido preservadas para nosotros. Podemos, entonces, saber hoy en día a quiénes debemos reconocer como obispos.
    No es suficiente que tal hombre sea creyente que lleve años en el Señor. Job 32:9 observa que "No son los sabios los de mucha edad, ni los ancianos entienden el derecho". Necesita más que años.
    Es necesario que sea: “irreprensible, marido de una sola mujer, y tenga hijos creyentes que no estén acusados de disolución ni de rebeldía”.
    Es necesario que sea: “irreprensible, como administrador de Dios, no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino hospedador, amante de lo bueno, sobrio, justo, santo, dueño de sí mismo, retenedor de la palabra fiel...para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen”.
    A Timoteo se le instruye que es necesario que el obispo sea: “apacible... que gobierne bien su casa... (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?); no un neófito... también es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera...” Dios nos instruye que cada uno de estos requisitos es absolutamente necesario en la vida del que es reconocido como obispo-anciano. No tiene que ser perfecto, pero sí tiene que ser un hombre sin manchas de carácter (Tit. 1:5-11; 1 Ti. 3:1-7).
    Un verdadero “anciano”, entonces, es un hermano de carácter maduro, y tiene buen conocimiento bíblico y además, la sabiduría adquirida a través de experiencia. No es meramente uno que ha sido creyente durante muchos años o que lleva más años en Cristo que otras personas, sino más bien que espiritualmente se ha desarrollado más que sus compañeros. No es un novato, ni un autodidacta, sino que en la iglesia ha recibido enseñanza (Tit. 1:9), ha aprendido y muestra fidelidad.
    Una consideración de Hechos 20:17, 28; 1 Timoteo 3 y Tito 1:5-7 demuestra que tales guías del pueblo de Dios son llamados tanto “ancianos” como “obispos”. La palabra “anciano” indica su carácter. “Obispo” indica su trabajo. No existe ninguna razón por la que la palabra episkopos, a veces traducido por “obispo” en versiones comunes, no sea traducida siempre “sobreveedor” como es en Hechos 20. “Sobreveedor” comunica bien el significado, pero no es así con la palabra “obispo” debido a su uso religioso.

La Estima De Los Que Trabajan Entre Nosotros

    Los hombres descritos en los párrafos anteriores deben ser reconocidos como el liderazgo espiritual de la asamblea. Ellos deben ser tenidos en alta estima por causa de su obra (1 Ts. 5:13). Su autoridad es derivada, no de haber sido reconocidos como oficiales, sino debido a la habilidad espiritual que ha sido desarrollada en ellos. Es razonable que los que cuidan de los santos y trabajan entre ellos, deben ser respetados y apoyados por causa del servicio que ellos rinden gratuitamente y de buena voluntad.
    Pero el ser humano es por naturaleza ingrato, voluntarioso y rebelde. En él siempre hay una tendencia grave a despreciar el gobierno (2 P. 2:10). Debido a esto, Dios se mueve en Sus siervos para que apelen a nosotros de esta manera: “Hermanos, ya sabéis que la familia de Estéfanas es las primicias de Acaya, y que ellos se han dedicado al servicio de los santos. Os ruego que os sujetéis a personas como ellos, y a todos los que ayudan y trabajan” (1 Co 16:15-16). Y de nuevo: “Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros” (1 Ts. 5:12-13). Y otra vez: “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar” (1 Ti. 5:17-19). En todos estos pasajes la palabra “trabajar” aparece, y cuanto más trabajo haga, más deben los santos honrar al obrero. Los que ministran eficazmente la Palabra de Dios para edificación, los que visitan a los enfermos, los que amonestan a los ociosos, los que alientan a los de poco ánimo, los que sostienen a los débiles, y los que son pacientes para con todos, deben ser tenidos en alta estima por los santos, y deben ser apoyados con sus oraciones, y cuando sea necesario, sus bienes materiales (Gá. 6:6).
    A lo largo del Nuevo Testamento el énfasis está puesto, no sobre un “oficio” de sobreveedor, sino sobre su trabajo. El verdadero obispado es trabajo duro. Significa darse en hospitalidad a los pobres, consolar a los afligidos, exhortar a los ociosos, restaurar a los errantes, instruir a los ignorantes, y luchar en intercesión por todos. El Nuevo Testamento claramente llama al rebaño a someterse a los tales. “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta” (He. 13:17).

El Reconocimiento De Los Sobreveedores

    Entonces, hay dos preguntas que los santos deben considerar antes de reconocer a un hermano como anciano. En primer lugar: ¿hace el trabajo del pastoreo? Y segundo: ¿reúne los requisitos bíblicos en cuanto a su carácter y su vida en familia?  Debe ser conocido y honrado solamente debido a su propio estado y trabajo espiritual. Los santos seguramente deben reconocer a los hombres que así se recomiendan, hombres que, por su vida irreprochable y el carácter pastoral de su ministerio, han sido obviamente puestos en la asamblea por el Espíritu Santo como obispos. Los a quienes los obispos cuidan, deben reconocer felizmente en el Señor, y no a regañadientes, el liderazgo espiritual de estos hombres piadosos. En los tiempos de los apóstoles había en cada asamblea un grupo de obispos claramente distinguido entre los santos, a los cuales los santos podían consultar con toda confianza. (Ver Hechos 20; Fil. 1:1; 1 Ti. 4:14; Stg. 5:14).
    Ni siquiera uno de los pasajes que hemos nombrado hace referencia a un obispo como un solo hombre que actúa en la iglesia. La Escritura siempre contempla a más de un obispo en cada iglesia. En Creta tenía que haber un número de ancianos en cada ciudad, y de mismo modo en Filipos había una pluralidad de ancianos y diáconos. Nunca leemos en el Nuevo Testamento de un “hermano principal” o “familia principal” en una asamblea.
    Por otra parte, la Escritura nunca sugiere reuniones juntas de los ancianos que representan un número de asambleas, aunque hay muchas indicaciones de comunión activa entre las asambleas en el tiempo del Nuevo Testamento. Los ancianos de Tiatira no fueron dirigidos a consultar con los ancianos de Esmirna, ni tenían que buscar su apoyo o acuerdo, antes de tratar con Jezabel. Esto hubiera disminuido el sentido de la responsabilidad de cada asamblea local ante el Señor. Los congresos evangélicos o comités regionales de ancianos pueden parecernos distintos a la jerarquía católica romana, pero francamente carecen de apoyo en las Escrituras, y son peligrosos, porque son el primer paso en el desarrollo de tales sistemas.



Pastores y Siervos, Libros Berea
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sábado, 31 de marzo de 2018

EN ESTO PENSAD -- abril 2018

LOS ERRORES COMUNES DE LAS SECTAS
 
William MacDonald

 “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1).

Vivimos en una época cuando las sectas se multiplican con asombrosa rapidez. En realidad no hay nuevas sectas; son solamente variaciones de grupos heréticos que surgieron en los días del Nuevo Testamento. Es su variedad la que es nueva, no sus dogmas básicos.
        Cuando Juan dice que debemos probar los espíritus, quiere darnos a entender que debemos probar a todos los maestros por medio de la Palabra de Dios, para que podamos detectar a aquellos que son falsos. Hay tres áreas fundamentales donde las sectas quedan al descubierto como falsificaciones. Ninguna secta puede pasar estas tres pruebas.
        La mayoría de las sectas son fatalmente defectuosas en su enseñanza referente a la Biblia. No la aceptan como la inerrante Palabra de Dios, la revelación final de Dios al hombre. Igualan su autoridad con los escritos de sus propios líderes. Reclaman tener nuevas revelaciones del Señor y se jactan de esta “verdad nueva”.  Publican su propia traducción de las Escrituras que tuerce y pervierte la verdad. Aceptan la voz de la tradición a la par con la Biblia. Manejan la Palabra de Dios fraudulentamente.
        La mayoría de las sectas son heréticas en sus enseñanzas acerca de nuestro Señor. Niegan que es Dios, la Segunda Persona de la Santa Trinidad. Admiten que es el Hijo de Dios, pero con esto dan a entender algo menos que igualdad con Dios el Padre. A menudo niegan que Jesús es el Cristo, enseñando que el Cristo es una influencia divina que vino sobre el hombre Jesús. Con frecuencia niegan la verdadera humanidad impecable del Salvador.
        Una tercera área en la que las sectas se condenan es en lo que enseñan tocante al camino de salvación. Niegan que la salvación es por gracia por medio de la fe en el Señor Jesucristo solamente. Cada una de ellas enseña otro evangelio, es decir, salvación por las buenas obras o buena conducta.
        Cuando los propagadores de estas sectas llegan a nuestra puerta, ¿cuál debe ser nuestra respuesta? Juan no nos deja en duda: “no lo recibáis en casa, ni le saludéis. Porque el que le saluda, participa en sus malas obras” (2 Juan 10-11 traducido de la Biblia parafraseada por Phillips).
de su libro: DE DÍA EN DÍA, Editorial CLIE
 
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HONRAD AL HIJO

He aquí cuatro razones por las que el Padre manda que todos honren al Hijo:                  
1. El Padre ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo (Jn. 5:26). El Padre señala en Su Hijo la más grande prueba de Su deidad: existe por sí mismo. No sólo el Padre existe así, sino también el Hijo. Esto significa que el Hijo no depende de otro para Su existencia. Es eterno como el Padre. No hay ángel ni otro ser creado que sea así Juan 1:4 afirma: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Cristo declaró: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Jn. 14:6).
2. Todo lo que el Padre hace lo hace el Hijo igualmente (Jn. 5:19b). Nadie más en cielo o tierra puede decir esto. Así como el Padre creó el mundo y gobierna el universo, y sustenta todas las cosas con Su poder, así también hace el Hijo. Este varón, Jesús de Nazaret, que fue menospreciado en las calles de Israel, es Dios hecho hombre, y aunque encarnado así, todavía andaba en perfecta comunión con el Padre. En Juan 10:30 dijo: “Yo y el Padre uno somos”.
3. El Hijo tiene autoridad de dar vida a los muertos que Él quiere (Jn. 5:21). Al resucitar a Lázaro, no pidió permiso para hacerlo, porque tenía autoridad para dar vida a los muertos. Sin embargo, oró al Padre porque hacía todo en comunión perfecta con Él.  Así fue en todos los casos cuando Él resucitó a muertos, y los incontables muertos que resucitarán en el futuro. Llegará un momento en que la voz del Hijo de Dios se oirá (no la del Padre ni del Espíritu), y Su potencia alcanzará a todos los que están en los sepulcros. Los muertos oirán la poderosa voz del Hijo de Dios, y saldrán.
4. El Hijo tiene autoridad para juzgar (Jn. 5:22, 27). Todo el juicio que se realizará en el futuro, sobre toda la humanidad – creyentes e incrédulos, grandes y pequeños, reyes y vasallos – será por el Señor Jesucristo, el Hijo eterno de Dios. El Salmo 50:6 declara que “Dios es el juez”, y el Señor Jesucristo es el Juez porque es Dios .
    Postrémonos delante de Él reconociendo que es igual a Dios, uno con el Padre, la resurrección y la vida, y Creador y Juez eterno. En el Señor Jesucristo Dios ha puesto Su poder, divinidad, justicia, gloria, y excelencia. ¡Es digno de nuestra adoración y honra! 

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La Doctrina y La Unidad

“Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos” (Ef. 4:3-6).

Se oye decir entre los neo-hermanos y otros neo-evangélicos que hay doctrinas secundarias en las que podemos ceder para que haya mayor unidad entre creyentes. Esto es un error. Primero, nota en el texto citado que ya existe la unidad, y que es la del Espíritu (v. 3); no es nada hecha por los hombres. No hay unidad entre carnales y espirituales, entre mundanos y santos, entre falsos maestros y los que no enseñan otra doctrina. No hay unidad entre los que han nacido de nuevo y los que son cristianos nominales.  Hay un solo cuerpo, pero es el de Cristo, y cierto es que no hay nada falso allí.
    Observa también que la unidad del Espíritu es de la “una fe” (v. 5). Esto se refiere a la fe una vez dada a los santos (Jud. 3), por medio del Señor, los apóstoles y profetas, y que está escrita en el Nuevo Testamento.  Hermanos, esa fe no se divide en categorías de doctrinas principales y secundarias o no esenciales. Todo es esencial para el creyente y discípulo. En Mateo 23:23 el Señor enseñó que aunque no todo lo que hay en la Escritura es de igual importancia, todo sí tiene importancia. Nada que la Escritura enseña debe ser despreciado o marginado para conseguir una unidad. Está claro que para ser salvo, es necesario el evangelio. Pero para el creyente – el discípulo – es necesario guardar todo (Mt. 28:20), y contender ardientemente por la fe. Sigamos el sano consejo de Proverbios 23:23, “compra la verdad, y no la vendas”. Toda la Palabra de Dios es verdad (Sal. 119:160; Jn. 17:17). La unidad del Espíritu no puede ser guardada a expensas de la sana doctrina que Él inspiró.
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Isaías: La Biblia Chica
 
Hay 66 capítulos en el libro de Isaías, como también hay 66 libros en la Biblia. ¿Coincidencia?  Tal vez, pero considera que Isaías se divide en dos partes distintas, tan distintas que algunos incrédulos han tropezado por las diferencias entre esas dos partes, y dicen que el libro de Isaías son dos libros escritos por dos hombres distintos (a pesar de que hay mucha evidencia interna que señala a Isaías como el único escritor). ¿Te sorprenderá saber que la primera sección tiene 39 capítulos y la segunda tiene 27? Esto corresponde exactamente al número de los libros en el Antiguo Testamento y en el Nuevo.
    Al final de la primera sección de Isaías, la que corresponde al Antiguo Testamento, hay cuatro capítulos (36-39) que son repetidos casi palabra por palabra en algunos casos, en 2 Reyes 18-20 y 2 Crónicas 32. Quizá el historiador que compuso Reyes y Crónicas bajo la inspiración del Espíritu de Dios empleaba el libro de Isaías como uno de sus fuentes de información. En todo caso, los dos primeros capítulos (36-37) son un cumplimiento de la profecía acerca del colapso del reino de Asiria, el cual fue profetizado con frecuencia en la primera sección del libro. Los dos últimos capítulos (38-39) anuncian y señalan el cautiverio en Babilonia, que es tan destacado en la segunda parte del libro.
    El capítulo 40 da comienzo a la segunda sección de Isaías, la que corresponde al Nuevo Testamento, y lo hace con una palabra de consolación y una profecía acerca del precursor del Mesías. Estos detalles tienen su cumplimiento en el principio o muy cerca del principio de cada uno de los cuatro Evangelios en el Nuevo Testamento. Los últimos 27 capítulos de Isaías se dividen muy bien en tres secciones de nueve capítulos (40-48, 49-57, 58-66). Estas tres secciones están separadas por el solemne anuncio de parte de Dios que "no hay paz para los malos" (48:22; 57:21). Entre los nombres que Isaías usa para designar al Mesías, "el Siervo" es uno de los más destacados. Isaías escribe acerca de Él en cuatro "cánticos del Siervo" muy hermosos. Los tres primeros se encuentran en los capítulos 42, 49 y 50 respectivamente. El cuarto, que es a la vez el más largo y el más precioso de ellos, es del 52:13 al 53:12, es decir, en el mismo centro de esta segunda sección de Isaías. El versículo 5 del capítulo 53 es el octavo versículo del cántico, el versículo central del cántico y de la segunda sección de Isaías, la que corresponde al Nuevo Testamento. ¿Y qué dice?

de una carta de Norman Roberts, de Ardsley, Pennsylvania, EE.UU., diciembre de 1988.
 
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La puntualidad es importante. Es parte de la reverencia, y el amor a los hermanos. Llegar tarde es perder parte de la reunión, y causar un estorbo. 
Por ejemplo, si la reunión comienza a las 11:00, llegar a las 11:00 es llegar tarde. Es aconsejable salir de casa con tiempo para llegar al local como 10  minutos antes, para dar tiempo a saludar y tomar tu asiento con tranquilidad. Gracias.
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¡Mira!


Dios exclama: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Isaías 45:22). Es un llamado divino, una exhortación, una invitación: “Mirad a mí y sed salvos”. La gente mira muchas cosas, la tele, el internet, el teléfono, las revistas, otras personas, pero no a Dios. Somos llamados a mirar a una Persona, no una religión, ni la imagen de un santo, sino a Dios mismo. Para ser salvos hay que mirarle a Él, no a los religiosos, filosóficos, científicos ni otros. Él no es un concepto, ni una fuerza, sino una Persona. Dios se reveló, encarnado, en la Persona de Jesucristo.
    Como en Números 21:8-9, las personas mordidas por las serpientes ardientes sólo tenían que mirar con fe a la serpiente de bronce que Moisés alzó, y vivirían. En Juan 3:14 Cristo indicó que Él sería levantado (crucificado) para que todos creyesen en Él. Amigo, has sido mordido por la serpiente antigua, el diablo, y el veneno mortal del pecado está en ti. Te mueres, tu vida se te va, el fin se acerca. ¿Qué harás? Dios dice: “Mirad a mí, y sed salvos”.
    Pero, ¿cómo podemos mirar a Dios si Él es Espíritu? Con fe, creyendo Su mensaje de salvación: el evangelio del Señor Jesucristo, el único que puede salvarte.
    La mirada de fe al que ha muerto en la cruz, 
infalible la vida nos da:
    Mira, pues, pecaador, mira pronto a Jesús, 
y tu alma la vida hallará.
    ¡Ve! ¡ve! ¡ve a Él!  
Que si miras con fe al que ha muerto en la cruz,
    Al momento la vida tendrás.

    ¿A quiénes se les extiende esta invitación? Observa cuidadosamente, porque no es a los religiosos, a cierto número de escogidos o predestinados. No se limita a ningún grupo étnico ni hay otras limitaciones. “Todos los términos de la tierra”, dice Dios. El evangelio no es para cierta cultura, sino para todo el mundo, porque todos tienen el mismo problema: el pecado. “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Y Dios ama al mundo (Jn. 3:16) y “quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Timoteo 2:4). No quiere que ninguno perezca (2 Pedro 3:9).
    Entonces, si te pierdes, amigo, Dios no tendrá la culpa. Él envió a Su Hijo Jesucristo a morir como tu Sustituto en el Calvario, donde Él llevó tus pecados en Su cuerpo sobre el madero y pagó la pena de muerte por ti. Y Dios ha proclamado esta buena nueva – tú lo sabes. Dios te ha invitado a ti y a todos a mirar y ser salvos. Si te pierdes, sólo tú tendrás la culpa. Si te salvas, no será por nada que hayas hecho, pues Dios te invita a mirar con fe a Aquel que te puede salvar. Sólo Jesucristo.
    “Porque yo soy Dios, y no hay más”. El único camino de salvación es Jesucristo. No hay más. “Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
 
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¡ A L E L U Y A ! ... ¿ ?
 

Según el Nuevo Testamento, ¿cuántas veces resuena el ALELUYA sobre la Tierra?  Esta pregunta la hizo un predicador amigo a un hermano que con impertinencia interrumpía sus prédicas voceando de voz en cuello “¡A l e e e l u u u y a!” en los momentos más inoportunos durante el sermón.
    “¿Qué cuántas veces resuena el aleluya en la tierra?”  “Pues... muchas, muchas veces”, respondió el hermanito. “Pues vea”, le dijo el predicador, “Aleluya no resuena en al tierra ni una sola vez en el Nuevo Testamento. Resuena sólo en el cielo y esto únicamente en un solo capítulo del último libro de la Biblia”.
    No obstante este limitado uso, aquí en la tierra escuchamos el Aleluyeo en cantidades astronómicas. Algunos lo usan superficialmente como si se tratara de un estribillo o de un refrán. Otros para hacer demostraciones de espiritualidad. Predicadores hay que cuando se les acaba la gasolina apelan al Aleluya como relleno para tomar impulso; como una pausa de punto y coma en lo que se les va ocurriendo más palabrerío para proseguir. Hay quienes lanzan aleluyas repetidamente, fuertemente, atronadoramente, como si fueran saetas incendiarias. Las envían para incitar emotivamente a los oyentes. En turno, éstos se las devuelven con estrepitosas andanadas como si se tratase de un ametrallamiento entre dos bandos. La gritería sube tanto de volumen y de color que es capaz de intimidar al más bravucón y  ensordecer a cualquiera.
    El modelo de predicadores, Jesucristo, pronunció su sin igual Sermón del Monte de los capítulos 5, 6 y 7 de Mateo sin usar el recurso de los Aleluyas ni una sola vez. Los Aleluyas estuvieron ausentes de Su brillante Sermón del Monte Olivar del capítulo 24. Lo mismo hizo su fogoso discípulo Pedro cuando le tocó predicar el histórico sermón del día de Pentecostés y su productivo mensaje en la casa del centurión Cornelio. Notamos la ausencia de los Aleluyas en el sermón de San Pablo a los filósofos sobre el Areópago ateniense y en sus discursos de defensa frente a los gobernadores Félix y Porcio Festo y ante los reyes Agripa y Berenice. Los predicadores contemporáneos más destacados, sustanciosos y fructíferos, tampoco incluyen los Aleluyas en sus mensajes.
    Con amargo espíritu de juicio hay quienes se permiten clasificar de “fríos” los cultos donde el Aleluya brilla por su ausencia. Para ellos la temperatura de un culto se mide A l e l u y a m e n t e. Aún los creyentes individualmente son enjuiciados de “fríos” o absueltos como “calientes” dependiendo del número y del volumen con que truenen sus "Aleluyas" en el culto. Esta desafortunada consigna arroja resultados negativos. Promueve entre los nuevos convertidos un aceleramiento desproporcionado por aprender rápido lo que ellos perciben ser las leyes del juego y el carnet de pase a la aceptación. ¿Resultado? que muy pronto se les ve en el pleno descargue de Aleluyas al por mayor y detalle.
    Este estado de cosas es por demás triste, deprimente e innecesario. Se hace intolerable al que llega a discernir que se puede llegar a este y a cualquier otro aspaviento sin tener raíz, ni profundidad en la vida espiritual. Cualquiera puede hacer esto. No es tan difícil condicionar la emoción, ni descargarla por el tubo de la rutina.
    Resulta contraproducente cuando en medio de un sermón en el que el predicador dice “si no te arrepientes irás al infierno”, la gritería responda: “¡Amén! ¡Aleluya!” como si dijera: “¡Qué bueno que ese va para el infierno!  ¡Así sea alabado Dios por ello!” A veces el orador narra con destreza e intensidad emocional una volcadura de automóvil en la que pierden la vida sus ocupantes. Ilustraciones de esta naturaleza suponen evocar en el auditorio un profundo sentimiento de pena, de identificación con la desdicha de los accidentados, pero...¿cómo se responde? “¡Aleluya, gloria a Dios!”
    Quede claro que no estamos inculpando a los que A l e l u y a n como quienes hacen estas inapropiadas intervenciones con intenciones de producir efectos negativos. Eso nunca. Todo lo que este asunto demuestra es que se puede ser víctima de psicosis, y que ésta puede estar barrenada tan hondamente, que ésta apriete el gatillo inconscientemente. Una vez sale este disparo, ya no se le puede hacer regresar. Pero es el caso que el uso inoportuno, inapropiado, indiscriminado de esta significativa palabra de alabanza, además de ser absurdo, deja impresiones muy desfavorables en el ánimo de las gentes. El sabio Salomón en Proverbios capítulo 25, versículo 11 exhorta: “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene”. Las palabras dichas con sazón en el tiempo adecuado son como la combinación de estos dos metales preciosos cuando se confecciona un ornamento. Son palabras sobre ruedas que se mueven, ensanchan su benéfica influencia, y no mueren. El proverbista subraya en su libro de que bajo el sol hay tiempo oportuno para todo. Esta filosofía debía servir como una saludable lección. San Pablo por su parte anima a los cristianos colosenses a “andar sabiamente para con los de afuera” y para ello les recomienda: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal” [4:5-6].

¿QUÉ SIGNIFICA ALELUYA?

    Aleluya es un vocablo Hebreo compuesto del verbo Alelu que significa load y el nombre Ya que es una abreviación de Yavéh, Yaué, Yajué o Jehová. El nombre de la Deidad que invoca la palabra Aleluya, hace de ella una palabra de un significado profundo, muy profundo. Tan profundo como la inmensidad del Ser que forma parte de su estructura. Aleluya es tan sublime como el Dios a quien supone va dirigida su alabanza. El nombre de Yavéh que incluye la invocación de este vocablo debe hacernos pensar dos veces antes de ametrallar a mansalva a un auditorio con esta sagrada palabra. Aleluyar sin ninguna consideración, sin ninguna ciencia o discriminación, sólo para darnos a conocer como cristianos o quizás sólo para ser vistos  u oídos, o para producir ruido, o para impresionar a otros de nuestra espiritualidad, para aparentar que “estamos en la cosa” o para “calentar” un culto, nos pone en el riesgo de usar el nombre de Yavéh en vano. Aleluya, repito, significa alabad a Yavéh o Jehová. Yavéh es Dios, alto, sublimado, y su carácter es reverendo o reverenciable.
    Los judíos tenían un concepto tan elevado y un escrúpulo tan profundo en cuanto al uso del Nombre del Inefable, que eran en demasía puntillares observando la prohibición del tercer mandamiento de la ley de Dios. Este mandamiento dice: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano” [Éxodo 20:7]. Poseídos de un profundo sentimiento de reverencia al Nombre de Yavéh, los judíos se abstenían de pronunciar este nombre y preferían substituirlo con otras designaciones como Adonai o Elohim. Al transcribir las Sagradas Escrituras cuando estas contenían el nombre Jehová/Yavéh, los escribas pausaban y se lavaban mucho las manos antes de transcribir el nombre de la Deidad.
    La única porción del Nuevo Testamento que contiene la palabra Aleluya en el capítulo 19 de Apocalipsis. En sus primeros seis versículos encontramos una gran multitud en el cielo que la trae a colación cuatro veces. La primera vez se encuentra en el versículo uno y dice: “Después de esto oí una gran voz de gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya!  Salvación y honor y gloria y poder son del Señor Dios nuestro”. Como bien señala el predicador canadiense, Boyd Nicholson, éste es el Aleluya de redención o de salvación si se quiere. Lo entonan con regocijo los redimidos por la sangre del Cordero que ahora moran en la casa celestial.
    La segunda vez se halla en el versículo tres donde se lee: “Otra vez dijeron: ¡Aleluya! Y el humo de ella sube por los siglos de los siglos”. Este es el Aleluya de retribución o de juicio sobre la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, vengando la sangre de sus siervos de la mano de ella.
    La tercera mención de la palabra se hace en el versículo 4 y éste dice: “Y los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron en tierra y adoraron a Dios, que estaba sentado en el trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya!”  Este es el Aleluya de adoración que entonan los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes que se postran ante el trono de Jehová - Yavéh – para adorarlo.
    La cuarta y última mención de Aleluya la hace el versículo 6 en estos términos: “Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!”  Este es el Aleluya de subordinación a la majestad, al señorío, al reinado del Señor Dios Todopoderoso.
    Aleluya, amigo nuestro, es una palabra para el uso exclusivo de los redimidos, de los que conocen al Señor, le aman, y le reverencian. Si usted lee este tratado ahora y todavía no ha sido redimido de sus pecados por la sangre preciosísima de Jesucristo, quiero invitarle a arrodillarse en cuerpo, y a inclinarse en espíritu ante la majestad de Dios, y allí, arrepentido de sus pecados, confíe en Él para que lo perdone y reciba en Su familia. La Biblia nos asegura que a los que reciben al Hijo de Dios como Salvador, Él los hace hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Acepte a Jesucristo hoy y aprenda en la sinceridad y en la profundidad de su corazón a decirle: ¡ALELU- YA!
Mariano González V.
 
 
Nota: Se les recuerda a las hermanas que es indecoroso que una mujer hable en la congregación (1 Co. 14:34-35). Debe guardar silencio (1 Ti. 2:11-12). No es machismo ni mandamiento de hombres, sino de Dios. Esto incluye preguntas, comentarios, motivos de oración, orar en voz alta o baja, pedir himnos, y decir "amén" ella sola -- no se debe oir la voz de una mujer en la congregación. Puede cantar con los demás, pero no ella sola. Las razones que la Biblia da no son culturales. Son mandamientos del Señor.
- Carlos
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El Cristiano Y La Política
Capítulo 7
 
Escrituras, Por Favor

A lo largo de este libro presentamos muchas Escrituras que enseñan al creyente cuál debe ser su actitud y comportamiento. No es cuestión de saber discutir, debatir o enredar y vencer a otros con lógica. Algo puede ser lógico pero erroneo y malo. William MacDonald dijo que en las cosas de Dios y la vida de fe, a veces la lógica es veneno. Así que insistimos que los activistas cristianos se abstengan de usar lógica y la sabiduría del mundo, y en lugar de eso, defiendan su posición con las Escrituras, si pueden. Esto les presenta un problema. ¿Qué versículos hallan que claramente enseñan que el creyente tiene obligación o siquiera libertad para participar en la política? ¡Cuidado!
    No podemos aceptar su uso de versos acerca de José, Moisés, Daniel, Ester, Nehemías o los reyes buenos de Israel. Todos esos eran judíos en el tiempo del Antiguo Testamento, no parte de la iglesia. Dios prometió a los judíos una tierra, un rey, un reino, riquezas y bendiciones materiales en la tierra.
    En 1 Corintios 10:32 tenemos las tres divisiones de la humanidad: judíos, gentiles y la iglesia de Dios. Son grupos muy distintos y no deben confundirse ni mezclarse, aunque eso pasa a menudo. Los cristianos pertenecemos a la iglesia, al cuerpo de Cristo. La iglesia está compuesta de judíos y gentiles salvos por la fe en la edad de la gracia. Así que el judío creyente hoy en día es parte de la iglesia. Dios no promete a la iglesia una tierra, un rey, un reino ni riquezas y bienes materiales. La orientación y esperanza del cristiano son celestiales, no terrenales (véase Col. 3:1-4). Hoy el creyente, aunque sea judío, no tiene mandato ni permiso a involucrarse en los reinos de este mundo. Las palabras del Señor Jesucristo a Pilato están llenos de sentido para nosotros Sus discípulos: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Jn. 18:36).
    Así que, puesto que estamos examinando el asunto de “cristianos involucrados en la política”, sus proponentes tendrán que darnos algunos textos del Nuevo Testamento. Deben citar clara enseñanza del Señor y Sus apóstoles, más allá de toda duda, que indique que los cristianos deben involucrarse en la política o buscar ser parte de los gobiernos. Queremos ser como los de Berea que escudriñaban cada día las Escrituras para ver si las cosas que oían eran así (Hch. 17:11). ¿El Señor enseñó la política en los evangelios? ¿La iglesia entró en la política en los Hechos? ¿Los apóstoles enseñaron el valor de la politica en las epístolas? La respuesta a estas tres preguntas es: “no”. El Nuevo Testamento no enseña que los creyentes deben entrar en la política y los gobiernos para hacer bien. Tal vez por eso se molestan tanto algunos políticos religiosos cuando decimos: “capítulo y versículo por favor”. ¡Saben que no tienen nada!
    Apocalipsis, el último libro en el Nuevo Testamento, menciona la política, el sistema y partido político único en el gobierno de Satanás, la bestia y el falso profeta en capítulo 13. Ellos formarán un gobierno mundial que será extremadamente popular. “Y se maravilló toda la tierra en pos de la bestia, y adoraron al dragón que había dado autoridad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién como la bestia, y quién podrá luchar contra ella?” (Ap. 13:3-4).
    ¡Pero Dios tiene la respuesta, y la da en el capítulo 19! El Señor de señores y Rey de reyes, el Verbo de Dios, no vendrá para una campaña electoral sino militar, y quitará la corrupta y rebelde política de este mundo. “El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Ap. 11:15).
    William MacDonald explica el significado de Juan 18:36 para los que somos seguidores de Cristo:

    “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían...” (Juan 18:36).
    El hecho de que el Reino de Cristo no es de este mundo debe bastarme para mantenerme alejado de la política del mundo. Si participo en la política, doy un voto de confianza a favor de la capacidad del sistema para resolver los problemas que aquejan al mundo. Pero francamente no abrigo esta confianza, porque sé que “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19).
    La política ha dado muestras de ser singularmente ineficaz al tratar de resolver los problemas de la sociedad. Los remedios de los políticos son como una tirita sobre una llaga supurante; no llegan a la fuente de la infección. Sabemos que el pecado es el problema básico de nuestra sociedad enferma. Cualquier cosa que no trate con el pecado no puede ser tomada en serio como remedio.
    Se trata de un asunto de prioridades. ¿Debo emplear mi tiempo participando en la política o dedicarlo a extender el evangelio? El Señor Jesús contesta la pregunta con estas palabras: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve y anuncia el reino de Dios” (Lc. 9:60). Nuestra prioridad máxima debe ser dar a conocer a Cristo porque Él es la respuesta a los problemas de este mundo.
    “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Co. 10:4). Si esto es así, nos encontramos ante la tremenda realidad de que es posible darle forma a la historia nacional e internacional con la oración, el ayuno y la Palabra de Dios mucho más de lo que podríamos por medio de la votación.
    Una figura pública dijo una vez que la política es corrupta por  naturaleza   y añadió esta palabra de advertencia: “La iglesia no debe olvidar su verdadera función tratando de figurar en un área de los asuntos humanos donde todo lo que conseguiría es ser un pobre competidor... si participa, perderá la pureza de su propósito”.
    El programa de Dios para esta Era es llamar de entre las naciones a un pueblo para Su Nombre (ver Hch. 15:14). El Señor está resuelto a salvar a muchos de este mundo corrupto, en vez de hacerles sentirse a sus anchas en él. Debemos comprometernos a trabajar con Dios en esta gloriosa emancipación.
    Cuando la gente le preguntaba a Jesús qué debía hacer para poner en práctica las obras de Dios, la respuesta fue que la obra de Dios es que creyeran en Aquél que Él ha enviado (ver Jn. 6:28-29). Ésta, pues, debe ser nuestra misión: llevar a los hombres a la fe, no a las urnas.
De Día En Día (CLIE) lectura para el 18 de enero
 
del libro El Cristiano Y La Política, por Carlos Tomás Knott
para obtener un ejemplar en español o inglés:


 
 
 
 

viernes, 31 de julio de 2015

EN ESTO PENSAD -- agosto 2015

¡Rechazado!

Texto: Hechos 18:5-11

Duele mucho ser rechazado cuando testificamos, pero así es el mundo en que nos toca vivir. No podemos quedar bien con todos. No sólo le rechazan al Señor, que es lo peor, sino que también a nosotros – y esto nos hace difícil el trabajo, porque como seres humanos que somos, con nuestros debilidades y fallos, nos cuesta soportar el rechazo y mantener el ánimo.
    El apóstol Pablo aparentemente acabó tan dolido por esa reacción mencionada en el versículo 6, “oponiéndose y blasfemando”, que luego el Señor tuvo que acercarse (vv. 9-10) para animarle y prometerle protección. La promesa que le dio todavía está vigente en nuestros días.
    Cuando hablemos de Cristo el diablo se enfurece, y lo expresa en la cara y la voz de los inconversos – puede ser un vecino, un amigo o nuestra propia familia – pero nos trata con rechazo, desprecio, y hasta blasfeman a veces. Esto es duro de soportar, nos duele ver y sentir la dureza del ser humano ante el amor y la verdad de Dios. Pero recuerda que Dios lo tiene que ver y oír todos los días, muchísimo más que nosotros, y Él nos llama a la comunión con Él. Así que aun en lo que sufrimos porque testificamos tenemos comunión con el Señor. Mejor es identificarnos con Él, pues 2 Timoteo 2:12 promete: “Si sufrimos, también reinaremos con Él”.
     Cada día la gente está más dura, resistente y antipática, pero el Señor sufrió en la cruz para traernos el evangelio y debemos ser fieles anunciadores. A Él le tocó morir por los pecados de la humanidad; a nosotros nos toca anunciar Su muerte y resurrección. Visto así, es un privilegio y una gran responsabilidad. Debemos ser incansables y no tímidos en el trabajo que el Señor nos encargó. Él dio la cara por nosotros en la cruz, y podemos dar la cara por Él ante los inconversos, pues nunca vamos a sufrir tanto como Él. En 2 Timoteo 3:12 se nos dice que “todo el que quiere vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerá persecución”. Realmente debemos esperar esa reacción, pues el Señor mismo nos advirtió de antemano, en Juan 15:18-20 y 16:2 y 33.
     El Señor quiere que recordemos que si nos rechazan por Su causa, somos bienaventurados. Pero no si nos rechazan por nuestro carácter malo, fallos, inconsideración, etc., sino por causa de Cristo. Si un creyente se porta de forma descortés, falta respecto, no hace bien su trabajo u otros cosas así, luego no diga: “me persiguen” cuando la gente reacciona, pues es culpa suya y no tiene nada que ver con el Señor. No usemos el nombre del Señor como excusa para justificarnos si hacemos mal y sufrimos por ello. La Palabra dice: “ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno” (1 P. 4:15). Los que son castigos por un crimen, o bajo corrección paterno o disciplina eclesial por algún pecado, no son víctimas. 
    Pero somos todos llamados a seguirle al Señor y anunciar fielmente Su mensaje, aun pese a las reacciones negativas: la crítica, el rechazo, el ostracismo, la blasfemia y aun la violencia. Hechos 18 habla de la reacción violenta de la gente en Corinto, de la sinagoga, y debemos saber que los religiosos a veces se portan peores que otros. El Señor le dijo (v. 10) “estoy contigo” y “ninguno pondrá sobre ti la mano”. Con esto le motivó a seguir las órdenes del versículo anterior: “no temas, sino habla, y no calles” (v. 9). Había que seguir predicando en Corinto. Ora por los rechazadores (Mt. 5:44), encomienda el caso al Señor (1 P. 2:23), y sigue sirviendo al Señor. Antes, en Filipos Pablo había sido acusado falsamente, azotado y encarcelado. Luego en el templo en Jerusalén le asaltaron queriendo matarlo (Hch. 21:30-31), pero cuando le rescataron de la turba los soldados romanos, enseguida él quiso predicar a esa misma multitud. ¡Cuánto le agrada al Señor tener fieles mensajeros!  Hermanos, ¿sómos así?
    David dijo en el Salmo 23:5, “aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores”. El rechazo trae angustia – los familiares y amigos que no quieren escuchar, que murmuran, critican, se endurecen, incluso blasfeman – esto nos duele mucho porque ellos así se convierten en nuestros angustiadores. Pero el Señor da poder diario para sufrir cosas así y todavía serle fiel y seguir adelante. No bajemos la guardia, ni tiremos la toalla, porque es exactamente lo que el diablo quiere. Hagamos la voluntad del Señor, no la del diablo.
    David también afirmó: “mi copa está rebosando”. El que tiene sus fuentes en Dios tiene recursos suficientes para caminar en un mundo opuesto al Señor y al evangelio. El Señor nos apoya, nos anima, y nos dará bendición ahora y sobre todo en Su casa para siempre. Seámosle fieles ante la oposición y la dureza de otros. “No temas, sino habla, y no calles” (Hch. 18:9). Amén.
 
de un estudio dado por Lucas Batalla el 25 de julio, 2013

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¿Qué Hacer Con Las Riquezas?

“Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1 Juan 3:17).

En círculos médicos sería inconcebible tener la medicina para el cáncer y no compartirla con los enfermos cancerosos que hay en todo el mundo. Retener la medicina sería mostrar una cruel e inhumana falta de compasión.
    El apóstol Juan pinta un cuadro paralelo en el ámbito espiritual. Supongamos que hay un hombre, un creyente profesante que ha acumulado una buena cantidad de riqueza y vive en lujo y comodidad. Todo a su alrededor es un mundo de enorme necesidad física y espiritual. Hay millones por todo el mundo que nunca han oído el evangelio y viven en oscuridad, superstición y desesperación. Muchos de ellos sufren los estragos del hambre, la guerra y el desastre natural. Pero este hombre se olvida de toda esta necesidad. Es capaz de borrar de su mente los gemidos de una humanidad que sufre y solloza. Podría ayudar si quisiera, pero prefiere guardarse su dinero.
    En este punto Juan deja caer la bomba. Pregunta: “¿Cómo mora el amor de Dios en él?” La pregunta implica, ciertamente, que el amor de Dios no mora en él. Y si el amor de Dios no mora en él, existe una razón válida para dudar que se trate de un verdadero creyente.
    Esto es muy grave. La iglesia en nuestros días exalta al rico, le coloca en el consejo de ancianos y le pone como ejemplo a los visitantes. El sentimiento carnal prevalece: “Es bonito ver cristianos ricos”. Pero Juan pregunta: “Si es un cristiano verdadero, ¿cómo puede aferrarse a esa riqueza desmedida cuando tantos carecen de pan?”
    Me parece que este versículo nos obliga a tomar una de dos opciones de acción. Por una parte podemos rechazar el sencillo sentido de las palabras de Juan, ahogar la voz de la conciencia y condenar al hombre que se atreve a predicar este mensaje. O bien podemos recibir la Palabra con mansedumbre, emplear nuestra riqueza para hacer frente a la necesidad del hermano y tener una conciencia limpia de ofensa para con Dios y el hombre. El creyente que está satisfecho con un estilo modesto de vida y, destinando todo lo que está más allá de esto a la obra del Señor, puede vivir en paz con Dios y con su hermano necesitado.        
           
 William MacDonald, del libro DE DÍA EN DÍA (CLIE)

La abundancia es una prueba de nuestra fe, amor y obediencia. "...Para que en este tiempo, con igualdad, la abundancia vuestra supla la escasez de ellos, para que también la abundancia de ellos supla la necesidad vuestra, para que haya igualdad, como está escrito: El que recogió mucho, no tuvo más, y el que poco, no tuvo menos" (2 Co. 8:14-15).
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HONRAD AL HIJO COMO AL PADRE
 
"Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida" (Jn. 5:21).
      Aquí tenemos otra clara declaración respecto a la igualdad del Hijo con el Padre. Los judíos acusaron a Jesús de hacerse Él mismo igual con Dios. Él no negó la acusación, sino que expuso las inmensas pruebas del hecho de que Él y el Padre son uno. Así como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. ¿Podría decirse esto de Él si fuese meramente un hombre? Hacer esta pregunta es contestarla.
 

"Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió" (Jn. 5:22-23).
      Muchas personas pretenden adorar a Dios, pero niegan que Jesucristo es Dios. Dicen que fue un buen hombre, o más acorde a Dios que culaquier hombre que jamás haya vivido. Pero este versículo lo pone en igualdad absoluta con Dios y demanda que los hombres le den el mismo honor que le dan a Dios Padre. Si alguien no honra al Hijo, entonces no honra al Padre. Es inútil pretender amar a Dios si no se tiene el mismo amor para con el Señor Jesucristo. Si el lector nunca se ha dado cuenta de quién es realmente Jesucristo, que considere entonces este versículo con todo cuidado. Recuerda que es la Palabra de Dios, y acepte la gloriosa verdad de que Jesucristo es Dios manifestado en carne.
 William MacDonald, Comentario Bíblico (CLIE)


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 ¿POR QUÉ MURIÓ EL BURRO?

Una vez viajando por el campo, vi un burro cerca de la carretera, tan flaco que parecía sólo cuero y huesos. “¡Pobre burro!” - me dije - “Seguramente está enfermo”.
    Al acercarme vi que alguien le había amarrado la boca. ¡Pobre animal! No la podía abrir; la cuerda le cortaba como cuchillo; la sangre le pintaba la nariz. Frené y me acerqué con deseos de ayudarlo. Quise librarlo de la cuerda. Sentía satisfacción de poder tratarlo con misericordia. Pero de repente el animal comenzó a correr, dejando una nube de polvo tras sí. Ni siquiera pude tocarlo. Menos quitarle la cuerda.
    Tristemente regresé al coche. Una semana después pasé por el mismo sitio. Encontré el cadáver del burro. La cuerda, teñida de sangre, todavía le ataba la boca. Me pregunté entonces: “¿Por qué murió el burro?” ¡Pues porque alguien le amarró la boca! Era cierta la respuesta, pero no me dejaba satisfecho. Pues, a pesar de ellos, el burro tuvo una oportunidad de escapar de la muerte. Yo hubiera podido librarlo.
    Me vino una segunda respuesta: El burro murió por interpretar mal mis intenciones. Temía que le iba a hacer algún daño. Desgraciadamente ese error le costó la vida. Si el  pobre hubiera comprendido mi deseo, habría aceptado mi oferta.
    Realmente, reflexionando un poco más, se entiende el comportamiento del animal: ¡era un burro! ¿Cómo podía entenderme? Comprendo su error y desconfianza.
    Amigo, sin ánimo de ofenderle ni llamar "burro" a nadie, observo que igual error cometen muchos seres humanos, seres racionales, muy especialmente en lo espiritual. La Palabra de Dios nos enseña que Dios no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento (2 Pedro 3:9); y que Él “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). Casi no hay quién no sepa que Cristo murió por nosotros. Saben que “Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3); que en Él “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados por las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7); que Cristo invita: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28); y que Él afirma: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).
    Miles de personas alrededor del mundo han aceptado estas promesas de Dios, y por la fe han sido libradas del pecado. Han encontrado vida abundante y eterna. Pero cuando Cristo vino, hubo quienes interpretaron mal sus intenciones. Él les dijo: “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40).
    No eran burros, por supuesto, pero se portaron como el animal del relato. Hoy en día hay muchos que cometen semejante error. El burro murió por interpretar mal mis intenciones. Por favor, no haga usted como él.

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 JEHOVÁ – JESUCRISTO
Parte II
 
(viene del número anterior)

ALGUNOS TEXTOS CONFLICTIVOS

Después de estudiar los textos anteriormente citados en Jehová y Jesús, tenemos honestamente que admitir el encontrarse entre ellos algunos versículos que parecen presentar problemas a nuestro modo de pensar y razonar. Si Jesucristo es Jehová Dios, tal como nuestro estudio bíblico nos está verificando, entonces ¿qué significan los versículos siguientes?  Parecen probar lo contrario.

Marcos 13:32
Se oye decir: "Cristo no puede ser Dios porque no tiene la omnisciencia  de Dios."

Respuesta: Aquí Jesús está hablando como el Hijo del Hombre bajo las limitaciones a las que Él mismo voluntariamente se sujetó en la encarnación, tales como el crecimiento físico, mental, y moral. La clave está en Juan 15:15, "el siervo no sabe lo que hace su señor". Como siervo Cristo estuvo subordinado al Padre, aunque sin ser inferior, y en este oficio no Le fue dado saber "el tiempo" y darlo a conocer a los demás. Cuando bajó del cielo, "se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Filipenses 2:7-8).

Marcos 15:34
Se oye decir: "El Padre le ha desamparado; clama a alguien que era su Dios."

Respuesta: Ora como hombre, como el Mesías, no como Dios. Se dirigió al Padre dándonos el ejemplo perfecto a imitar. Más que nada está llamándonos a la atención del por qué Le había desamparado, es decir, porque estaba llevando el pleno castigo del pecado sobre Sí mismo.

Juan 5:19-20
Más que crear una alusión a la desigualdad entre el Padre y el Hijo, este pasaje claramente afirma una unidad entre ellos. No hay problemas de desobediencia de parte del Hijo, ni problemas de falta de comunicación entre ellos. Claramente muestra Su dependencia del Padre, que Cristo está ligado al Padre como ningún otro. Mas vemos que Cristo, en Sí mismo, hace las mismas cosas que ve al Padre hacer.

Juan 5:26-27
Cuando entendemos lo que significa la encarnación (Jn.1:1,14; Fil.2:6-8; etc.), que Cristo tomó forma de siervo, fue hecho semejante a los hombres y dejó Su gloria que tenía en el cielo, uno entiende que Jesucristo tenía ciertas limitaciones auto-impuestas (no resplandecía con toda Su gloria, pudo morir como hombre, etc.). Pero en estos versículos, se afirma que el tener vida en sí mismo y el tener autoridad de hacer juicio fueron dos cosas no incluidas en aquella lista. Es otra declaración que afirma la unidad entre Padre e Hijo, y no conlleva en absoluto la idea de que había un tiempo en el pasado cuando tenía tal atributo (idea que no se encuentra en ningún lugar en la Biblia), sino hace notable para nosotros un atributo intrínseco y propiamente Suyo.

Juan 10:32-36
Es un argumento de menor a mayor. Si Dios llamó a los jueces injustos "dioses" (obviamente con sarcasmo según el contexto de Salmo 82:6 que citó), cuánto más debemos llamar a Jesucristo el Dios verdadero. El versículo 38 nos aclara Su intención: "el Padre está en mí, y yo en el Padre", una proclamación que sólo Jesucristo podía hacer.

Juan 14:28
No dice "mejor es que yo", sino "mayor". En las Escrituras la sujeción no comunica necesariamente la idea de inferioridad. [La mujer creyente debe someterse a su marido, pero los dos son iguales delante de Dios (1 P. 3:7). De igual modo debemos someternos al gobierno, pero no quiere decir que los gobernantes sean mejores que nosotros.] Por otro lado vemos claramente que el Padre mismo a Jesucristo le exaltó hasta lo sumo, etc. en Filipenses 2:9-11.

Juan 17:3 
De nuevo nos da el ejemplo perfecto como Hombre y Siervo cuando Él lleva peticiones al Padre celestial.

En resumen, está claro que el Hijo y el Padre no son "dos dioses" como algunos sugieren, sino que forman juntos (con el Espíritu Santo), el único Dios eterno (y Trino). Observa cómo la Sagrada Escritura dice que Cristo se sienta a la diestra del Padre, pero en todas las referencias, la mayoría encontradas en el libro de Apocalipsis, siempre hay un solo trono, entre los cuatro seres y no aparece ningún otro a la diestra.
    Estudia las siguientes citas en el Apocalipsis:

    7:17     "el Cordero que está en medio del trono". Aquí sólo hay un trono.
       
    11:15    "Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará", hablando del Señor y su Cristo, dice que él reinará, no ellos reinarán. Ya hemos comprobado que Cristo es el Rey de Reyes y Señor de Señores. Si todavía no aceptas que Cristo es Jehová, aquí tendrás que entender que Jehová deberá someterse a Cristo.

    22:1       "el trono de Dios y del Cordero", no "los tronos".

    22:3    "el trono de Dios y del Cordero estará en ella" no "estarán en ella".
   

EXPRESIONES CONFLICTIVAS

1. Hijo de Dios – Puede ayudarnos si recordamos que Jesuscristo también se llamó: "el Hijo del Hombre". Dando a entender que Él había llegado a ser parte de la humanidad. De la misma manera, "Hijo de Dios" significa que Él es una expresión de la Deidad. Escudriña Juan 10:36 y luego haz una comparación con los versículos 30 y 33 del mismo capítulo. Hablar de Jesús como el Hijo no quiere decir que tiene un punto de origen, como tenemos nosotros, o que procede de una unión física entre un hombre y una mujer, o que es inferior. Significa que procede de una relación eterna con el Padre. Tal intimidad nos es revelada en la expresión "en el seno del Padre" (Jn. 1:18, compara  Lc. 16:22-23).

2. Unigénito, engendrado, primogénito –  El Hijo nació en Su humanidad en Belén, pero como Dios era desde la eternidad (Mi. 5:2). El término "unigénito" (Jn. 1:14,18, 3:16) quiere expresar único, el único de su género. La misma palabra se emplea en Hebreos 11:17 hablando de la relación entre Isaac y Abraham, cuando Isaac no era el único hijo de Abraham (estaba también Ismael). La palabra "engendrado" cuando se usa de Jesús en Hechos 13:33, Hebreos 1:5 y 5:5 se refiere al Salmo 2:7 y no tiene que ver con nacimiento, sino con la idea de presentación para exaltación. La palabra "primogénito", cuando es usada en referencia a Cristo en Colosenses 1:15-16, tiene que ver con Su superioridad sobre la creación y no significa el primer creado o nacido. En Colosenses 1:18 y Apocalipsis 1:5 entendemos que quiere decir que Él era el primero que vivió una vida resucitada e inmortal en un cuerpo resucitado, porque es evidente que había otros resucitados antes de Él (Lázaro) mas esos tenían que volver a morir de nuevo. La idea de superioridad se ve más clara en Salmo 89:27, donde la palabra en la versión griega (LXX) es "prototokos". En contraste, si la Biblia quisiera enseñarnos que el Hijo de Dios fue meramente un ser creado, habría empleado una palabra diferente, o sea "protoktistos" (ver un diccionario del griego bíblico para entender el asunto mejor). En resumen, el Hijo de Dios no fue un ser creado, sino el Creador (Col. 1:16; Jn. 1:10;  He. 1:2).

3. La Diestra de Dios – Colosenses 3:1, 1  Pedro 3:22, es una expresión que indica poder y autoridad, no un orden de los tronos en el cielo. "Diestra" en nuestro idioma suele ser usado como una locución de autoridad ejecutiva. "Sentado a la diestra del poder de Dios" es una locución que también indica poder y autoridad. El trono de Dios y el del Cordero es lo mismo (Ap. 22:3 con 3:21; 4:10; 7:17). El Hijo oraba al Padre en aquel entonces y también ahora lo hace. Esto es porque hay una interacción entre los Santos miembros de la Deidad, lo cual enfatiza Su distinción, en lugar de en Su unidad. Véanse también: Juan 14, 15 y 16;  también Salmo 110:1 y Hechos 2:34, Hebreos 1:8-9, e Isaías 48:16.

CONCLUSIÓN:

     ¿A qué conclusión has llegado? ¿A las tuyas propias, predeterminadas por tus asociaciones, tus sentimientos, o por una organización que piensa por ti? ¿Has dejado hablar la Palabra de Dios y la has respetado? Espero que hayas permitido que la Palabra de Dios no solamente hable sino que también te guíe e indique cómo pensar. Leemos en ella: "Lámpara es a mis pies tu palabra" (Sal. 119:105). Es lámpara, por supuesto... si quieres y amas la luz. El estudio de la Biblia puede aclarar cosas para aquel que ama a Dios en verdad y, como los de Berea, se esfuerza "escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así" (Hch. 17:11). Por otra parte  para nosotros los de mente finita, siempre quedarán misterios en cuanto a la Persona de Dios, Su naturaleza y Deidad, simplemente porque no somos Dios. Él es infinito, único, incomparable, y nosotros somos una creación finita. Por eso es imposible que lleguemos al conocimiento pleno de Dios en toda Su complejidad. Ante los incógnitos, no intentemos reducir al gran Dios Eterno al tamaño de la lógica o la sabiduría humana, porque, como nuestro Señor Jescucristo dijo:
    "...nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre..."
    Lucas 10:22

La reacción correcta sería humillarnos como el discípulo Tomás y decir:
"¡Señor mío, y Dios mío!"
Juan 20:28