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lunes, 31 de julio de 2023

En Esto Pensad - Agosto 2023

“No Perecerán Jamás”

William MacDonald


Una de las afirmaciones más concluyentes sobre la seguridad eterna del creyente es la de Juan 10.27-29. Es de comprender si al leer este texto, uno cree que al nacer de nuevo está seguro eternamente. De hecho, es difícil ver cómo alguien podría llegar a otra conclusión. Examinemos el pasaje frase por frase, y disfrutemos la certidumbre que da.

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Jn. 10.27-29).

    “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”. Es una frase declarativa. Nos informa quiénes son las ovejas de Cristo. Son las personas que oyen Su Palabra, responden a Su voz, y son salvas.
    Él les conoce. Les reconoce como Suyos. Les distingue de los que no son creyentes y de los que falsamente profesan creer. Él puede ver donde hay fe genuina cuando a lo mejor ninguno de nosotros lo tiene claro, por ejemplo,  en el caso de Lot (2 P. 2.7), y Sansón (He. 11.32).
    Ellas le siguen. Esto no es una condición. Él no dice que son Sus ovejas si le siguen, o entre tanto que le sigan. Al contrario, es lo que caracteriza al verdadero creyente. Característicamente él sigue a Cristo (ver Jn. 10.4-5). Digo “característicamente” porque nadie lo hace perfectamente. Todos tenemos más o menos tendencia a vagar y alejarnos del Dios que amamos. Pero el Pastor asume la responsabilidad de restaurar a las ovejas descarriadas.
    “Y yo les doy vida eterna”. De nuevo tenemos una promesa incondicional, sin cláusulas o condiciones añadidas. La vida eterna es un regalo, un don. ¡Un regalo con condiciones no es regalo! Cualquiera que haya confiado en el Señor Jesucristo para la salvación de su alma puede saber, en base a la autoridad de la Palabra de Dios, que tiene vida eterna.
    “Y no perecerán jamás”. Piensa por un momento en las consecuencias que habría si una sola oveja de Cristo se perdiera jamás. Entonces, Cristo habría renegado Su promesa. Ya no sería Dios. La Trinidad cesaría. La Biblia no sería fidedigna. Estaríamos todavía en nuestros pecados. Pero nada de eso puede suceder, pues el cumplimiento de la promesa depende solamente de Cristo y no de Sus ovejas.
    “Ni nadie las arrebatará de mi mano”. Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, garantiza que Sus ovejas están en Su mano y que nadie las puede quitar a la fuerza.
    Los arminianos argumentan: “Nadie de los demás puede arrebatarlas, pero el mismo creyente puede arrebatarse de la mano del Señor”. Esta forma de argumentar es grotesca, que un cristiano tenga más poder que todos los demás en el universo. Nadie—un absoluto que incluye las ovejas— las puede arrebatar de las manos fuertes del Salvador.
     “Mi Padre que me las dio, es mayor que todos”. Para enfatizar todavía más la seguridad del creyente, el Señor dice que los verdaderos creyentes son un regalo del Padre al Hijo. Si un creyente pudiera quitarse de la mano de Cristo, entonces cabe la posibilidad de que todas Sus ovejas podrían hacerlo. Y no solamente podrían, sino que probablemente lo harían. En ese caso, el regalo del Padre al Hijo desaparecería. Entonces, ¿qué tipo de regalo sería? Ciertamente no sería nada digno del Padre.
    No, el Padre es mayor que todos, esto es, mayor que todos los demás poderes en el universo, y ciertamente mayor que la fuerza de una oveja. El término “todos” incluye las ovejas.
    “Y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre”. En vista de semejante certidumbre maravillosa, es perverso que algunas personas objeten diciendo que una verdadera oveja de Cristo puede decidir que ya no quiere ser más oveja, y así retirarse de la mano del Padre.
    El argumento no puede mantenerse. La palabra “nadie” es absoluta. No admite excepciones. El texto inspirado no dice “nadie excepto una oveja de Cristo”, y tampoco debemos nosotros decirlo, pues sería añadir a las Escrituras.


Capítulo 2 de Una Vez En Cristo, Para Siempre En Él,  Libros Berea

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 ¿Qué nos enseñan las Escrituras acerca
de cómo orar en público?

El pasaje principal relacionado con este tema es 1 Timoteo 2.1-8. La voluntad de Dios, expresada por el apóstol con las palabras “exhorto ante todo”, es que rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias sean presentadas por “todos los hombres” (v. 1, gr. anthropos = seres humanos) y los gobernantes (v. 2). Según el versículo 8 la responsabilidad de orar públicamente reside claramente en los varones, no en las mujeres (“hombres” aquí viene del griego aner que designa “varones”). 1 Corintios 14:34 manda que las mujeres callen en la congregación. Es un asunto del orden de Dios acerca de cómo hacer las cosas. No puede ser eliminado o descontinuado, como si no tuviera importancia, o como si fuera algo cultural de aquel entonces, como alegan algunos, porque es un mandamiento del Señor (1 Co. 14.37).
    Cuando se reúnen los creyentes para orar, los varones dirigen de uno en uno, en voz alta, y el resto de las personas les siguen en silencio, haciendo suya la oración del que se oye. Cuando dicen “Amén” al final, expresan su acuerdo con lo que se ha dicho (1 Co. 14.16). La palabra “amén” es importante – aparece 78 veces en la Biblia. En la alabanza del Salmo 106, el versículo 48 exhorta: “Y diga todo el pueblo, Amén. Aleluya”. De acuerdo que no debemos abusar el “amén” ni decirlo constantemente o sin sentido, como algunos. ¿Pero cómo podemos prohibir que los hermanos digan “amén” en la asamblea, vocalizando su acuerdo? ¿Quién tiene autoridad para prohibir el uso de una palabra que Dios manda?
    Algunos dicen: “Vuestras mujeres no oran en las reuniones”, pero se equivocan. Las hermanas sí oran, pero en silencio. Recuerda el ejemplo de Ana en 1 Samuel 1.12-13, que oraba en silencio y sin embargo tenemos su oración en el texto porque Dios lo oyó todo. No es necesario que las mujeres oren en voz alta en la reunión para ser escuchadas.
    En el sermón del monte, el Señor dijo: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” (Mt. 6.6). Sin embargo, no debemos mirar a este caso como una prohibición de oraciones públicas. Si hubiera sido ese el caso, entonces el Señor Jesús rompió Su propia regla (Jn. 11.41-42). Pero en Mateo 6 el Señor advierte acerca de la práctica hipócrita de orar en publico para ser visto y oído por los hombres.No se debe dar un pequeño estudio o meditación en la oración. Es erroneo estilizar o arreglar nuestras oraciones para que sean placenteras o impresionen a los que están alrededor. Si oras para que los ancianos se den cuenta de tus conocimientos o don, esperando que te inviten a predicar, estás malgastando el tiempo. Eso es precisamente lo que debemos evitar, no la oración, sino la oración hipócrita.

Capítulo 8 de ¿Vale la Pena Orar? por Wm. MacDonald y Carlos Knott, Libros Berea

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Los Límites de la Autonomía


Hay dos características que son propias de cada asamblea:    

1) dependencia del Señor, demostrada por obediencia a Su Palabra. 2) autonomía demostrada por independencia de toda organización humana.
 

La interdependencia de estas características deja ver que la “autonomía” de la asamblea no es una autonomía absoluta, sino limitada y condicional. Es necesario entender esto, porque es administrativa (en las finanzas, etc.) la autonomía de los que se congregan en el Nombre del Señor. En ningún caso se extiende a la formulación de sus propias leyes y ordenanzas. Cuando grupos de hermanos comiencen a abandonar las enseñanzas bíblicas y regirse por sus propios conceptos y deseos, ya no pueden seguir manteniendo su profesión de ser congregados en el Nombre del Señor. Como ya se ha visto en un articulo anterior, esta expresión implica: autorización, instrucción, conformación y representación, o sea, sumisión a la Autoridad suprema del Señor: “Señor de ellos y nuestro” (1 Co. 1.2), obediencia a Sus instrucciones: “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28.20), conformidad con las doctrinas apostólicas: “perseveraban en la doctrina de los apóstoles” (Hch. 2.42); y una conducta y una presentación que sean dignas de ser nosotros Sus representantes en este mundo. Léase 1 Timoteo 5.14 “que no den al adversario ninguna ocasión de maledicencia” y 2 Corintios 6.4 – “nos recomendamos en todo como ministros de Dios”.    

 J. W. K.  de la revista “Congregados En Mi Nombre”, 2004, Nº1, pág. 10

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 Hablaron Desde El Infierno  (parte 3)

Sr. Dives Rico:  Lucas 16.19-31

viene del número anterior

El amor al dinero no es, como usted dice, una debilidad; es un pecado. Me he dado cuenta que, cuando era mortal, era ciego y necio. Me hubiera horrorizado de encontrar un ídolo o imagen sobre cualquiera de mis propiedades. Sin embargo, todo el tiempo estaba poniendo mi riqueza por encima de Dios. ¡Había llegado a ser mi ídolo! Al amar al dinero, no estaba amando a Dios con el amor que Él merece y requiera. ¿He sido claro?
—Por cierto que sí —contesté—. Y estoy sorprendido del curso que está tomando esta entrevista. Poco me imaginaba que oiría algo como eso en el Hades. Pero permítame preguntarle: ¿Qué otros factores contribuyeron al juico que ahora está experimentando?
—El orgullo tuvo mucho que ver con mi reclusión en este lugar. Usted se ha referido a la forma en que yo estaba vestido con costosa púrpura de Tiro y lino fino de Egipto. Era el hombre mejor vestido de la ciudad, y me sentía orgulloso de eso. Estaba orgulloso de mis ropas, del número de esclavos que poseía, de los banquetes que servía y de la posición que tenía en la comunidad. Mi actitud se parecía mucho a la del antiguo rey de los caldeos, Nabucodonosor.
—Lo siento, señor —dije—, pero no entiendo qué relación hay entre su orgullo y el del rey Nabucodonosor.
El señor Rico me miró con cierto reproche y dijo:
—Pensé que usted tenía cierto conocimiento de las Escrituras. ¿No recuerda cómo cuenta sobre el rey que se sentaba en su palacio, hinchándose de orgullo y jactándose? “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?
“Ya ve —continuó— que todo lo que yo hice, las ropas que usaba, los discursos que daba en reuniones religiosas y políticas, aun las donaciones que di a instituciones de caridad, todo era motivado por el orgullo y el deseo de obtener la alabanza de los hombres. Todo lo que tenía, todo lo que lograba, todo lo que era, lo acreditaba a mi propia capacidad”.
—Aprecio su honestidad, señor —dije—. ¿Es ésa una característica de la mayoría de los residentes del Hades?
—Probablemente lo sea. Después de todo, el hecho de que estemos aquí haría que cualquiera excusa o defensa deshonesta fuera más bien ridícula, ¿no es verdad? No, usted no encontrará ningún alma condenada en este lugar que pretenda que sufre injustamente. Sabe por qué está condenada. Somos el producto de nuestras propias malas decisiones, y nos adecuamos a los modelos de destino que nosotros mismos hemos creado. ¿Se dio cuenta que en el registro divino de mi experiencia en estas salas de tormento, no me he quejado o acusado de trato injusto?
     “Dios se ha revelado a sí mismo a nosotros por medio de la naturaleza, de la conciencia,  a través de la Ley y poco después de mi muerte física, se reveló por medio de Su Hijo.  Pero nosotros pasamos por alto Sus revelaciones. Él ofreció Su gracia, y nosotros la rechazamos. Trató de ser incluido en cada fase de nuestras vidas, y le negamos admisión. No nacimos para ser condenados: nos condenamos nosotros mismos por nuestro desafío de la voluntad de Dios, y al eliminarle de nuestra existencia mortal”.
—Me quedé sorprendido de esa honesta evaluación de su destino personal. El Hades era un lugar sorprendente en muchos sentidos, y comencé a preguntarme cuáles eran las nuevas sorpresas que me aguardaban.
     Pero el señor Rico tenía más que decir.
—Cuando usted comenzó la entrevista, se refirió a mi vida de alegría, fiestas y falta de inhibiciones. No, ni se disculpe. Estaba diciendo la verdad. Mi existencia mortal consistió en comer, beber y estar alegre. Era un playboy. ¿Alguna vez oyó hablar de los antediluvianos? ¿De cómo comían y bebían, compraban y vendían, casándose y dando en casamiento, hasta que vino el diluvió y se los llevó a todos?    Bueno, eso describe mi vida en la tierra. Vivía para la alegría y el placer. Realmente el…
—Disculpe, señor —lo interrumpí—, ¿está sugiriendo que comer y beber, comprar y vender, casarse y dar en casamiento, que todas esas actividades son malas y traerán juicios como los que usted está sufriendo?
—No —contestó—; pero hacer que la vida consista solo en esas actividades con la total exclusión de Dios y sus reclamos sobre la vida y las posesiones… eso es maldad de primer orden.
“Ya ve —continuó el señor Rico—, yo creo en Dios. Asistí a los servicios en la sinagoga cuando era conveniente. Puse mis ofrendas y sacrificios en el Templo. Pero era meramente una actuación religiosa. Mantuve a Dios del lado de afuera de mi vida, como un adorno espiritual, pero en realidad le negué un lugar en mi vida, intereses y afectos. En otras palabras, no vivía para Dios, sino para comer, beber y jugar, para tener diversiones. Encontré mucho placer. Que nadie diga que no hay placer en el pecado. ¡Lo hay, pero el resultado es una vida impía, y una eternidad sin esperanza!
Durante algunos minutos, no habló ninguno de los dos. Y entonces pregunté:
—¿Sería doloroso para usted contarme sobre su llegada al Hades?
—De ninguna manera —contestó—. Ocurrió en mi fiesta de cumpleaños. ¡Y esa sí que era una fiesta! Vino, mujeres y canto, ¡lo mejor de todo y en cantidad! Debe haber sido cerca de la medianoche, cuando de repente, un fuerte dolor agudo se apoderó de mí pecho. Me vino un sudor frío —ola tras ola de agotadora agonía venían sobre mí— y entonces perdí el conocimiento. Aparentemente, ocurrió enseguida una oclusión coronaria. No tengo ni idea de cuánto duró la tiniebla del desvanecimiento. Luego vino la sensación de flotar a través de nieblas de oscuridad, seguida de una plena conciencia en este lugar de tormento. Cerré los ojos con agonía física, ¡y los abrí en las llamas del Hades!
—Señor Rico, ¿puede usted describir su primera reacción al llegar aquí?
—Sí, mi primera impresión fue el increíble e intolerable tormento, tormento de la mente, del espíritu y tormento por recuerdos, por lamentos inútiles, por la desesperanza y la desesperación.
     “Mi siguiente impresión fue la de sorpresa. Levanté mis ojos y descubrí que aquellos que estaban en el Hades podían ver a los que estaban en el Paraíso, pero no podían compartir su bendición.   Y ése fue el tormento definitivo, viendo lo que yo pude haber sido y tenido, pero que había perdido para siempre.
     “Usted habrá visto que yo dije que en el Hades levanté mis ojos. Mientras estaba en mi estado mortal, nunca lo hice. Mi mirada y mis deseos siempre eran geocéntricos. Solo amaba al mundo y las cosas que hay en él. El cielo era solo una palabra para mí, y Dios solo un nombre en el credo judío. Al llegar aquí, por primera vez miré hacia arriba, y vi a Lázaro en el Paraíso. Nunca le había visto o al menos le había prestado atención, cuando yacía a la puerta de mi palacio, ansiando las migajas que yo echaba a los perros.  Estaba más allá de mi interés. ¿Qué me importaba que estuviera muriendo de hambre? Esa era su suerte dura. Y ahora daría todo lo que tengo para cambiar de lugar con él y compartir…”
—Perdóname, señor Rico, creo que usted se ha olvidado dónde está. Aquí usted no posee nada. No tiene riquezas para cambiar con Lázaro. Pudo haber sido tremendamente rico en la tierra, pero dejó todo eso atrás cuando murió su cuerpo.
—Tiene razón —contestó—. Y hubo un mundo de angustia en su respuesta.

del c. 1 de Hablaron Desde El Infierno, por C. Leslie Miller

continuará, d.v., en el siguiente número

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Lágrimas Inútiles

Como vimos el mes pasado, hay lágrimas que evocan la compasión de Dios, a Él gracias, pero no cualquier lágrima entrará en Su redoma. No toda lágrima es digna de compasión, ni de Dios ni de nosotros, porque las emociones humanas también han sido contaminadas por el pecado. “Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente” (Is. 1.5). El hombre natural no piensa bien ni siente bien, es decir, sus pensamientos y sentimientos están contaminados con el pecado. Por eso Jeremías declara: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17.9). Así que cuando uno afirma que nos dice algo de corazón, recordemos cómo es el corazón natural. Si no es purificado y guiado por el Espíritu Santo, no es confiable.
    Y de ahí que las lágrimas pueden ser malas, y pueden ser utilizadas para manipular a otros, como una defensa, o para salirse uno con la suya.
    Esaú despreció su primogenitura (Gn. 25), y luego cuando Jacob le engañó y tomó la bendición patriarcal, “clamó con una muy grande y muy amarga exclamación” (Gn. 27.34). Quería la bendición pero su padre la había dado a su hermano, y no había vuelta atrás. “Y alzó Esaú su voz, y lloró” (Gn. 27.38). Hebreos 12.16-17 describe a Esaú como fornicario y profano, y añade: “ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas”. Eran lágrimas de hombre profano que se dio cuenta tarde de lo que había despreciado y perdido, y no hubo remedio. No consiguió cambiar la decisión de su padre.
    Israel despreció el maná, provisión milagrosa de Dios para Su pueblo en el desierto. Además, se dejó influir por las malas actitudes de los extranjeros en su medio. “Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne!” (Nm. 11.4). Eran lágrimas inmundas, egoístas, y de desprecio de la provisión divina. ¿Cuál fue la reacción de Moisés y de Jehová a esas lágrimas? “Y oyó Moisés al pueblo, que lloraba por sus familias, cada uno a la puerta de su tienda; y la ira de Jehová se encendió en gran manera; también le pareció mal a Moisés” (Nm. 11.10). Lloraban familias enteras y el pueblo estuvo alterado. Pero Dios respondió con ira porque esas lágrimas eran malas – carnales, pecaminosas y rebeldes. Les mandó carne y les castigó: “cuando la ira de Jehová se encendió en el pueblo, e hirió Jehová al pueblo con una plaga muy grande. Y llamó el nombre de aquel lugar Kibrot-hataava, por cuanto allí sepultaron al pueblo codicioso” (Nm. 11.33-34). Había llorado de codicia, quejándose y despreciando la provisión divina. Sus lágrimas trajeron el juicio de Dios y gran mortandad. Hoy todavía hay quienes lloran porque quieren algo que no tienen. Lloran porque no quieren comer lo que está delante, sino otra cosa. Lloran quejándose. Lloran porque desprecian la provisión de Dios y desean más. Quieren hacerse las víctimas, y que se les tenga compasión. Esperan que sus lágrimas manipularán a otros, y quizás a Dios, y que así obtendrán su antojo. No hay que compadecerse de tales lágrimas, porque son carnales.
    En Números 14.1-2 el pueblo de Israel lloró malamente otra vez, en Cades. Diez de los espías dieron informe malo de la tierra prometida, y convencieron al pueblo que no podía entrar. “Entonces toda la congregación gritó, y dio voces; y el pueblo lloró aquella noche. Y se quejaron contra Moisés y contra Aarón todos los hijos de Israel; y les dijo toda la multitud: ¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto; o en este desierto ojalá muriéramos!” No hubo compasión de parte de Dios ante la incredulidad de ellos y su rechazo de la provisión de Dios. Le insultaron y se apartaron. Fueron castigados con muerte en aquel desierto. “En cuanto a vosotros, vuestros cuerpos caerán en este desierto” (v. 32). Sus lágrimas no sirvieron. Dios no les permitió volver a Egipto ni buscar otra tierra. No tenían por qué no estar satisfechos con la tierra que Él les prometió. Su falta de fe no era digna de conmiseración, sino de castigo. “Sin fe es imposible agradar a Dios” (He. 11.6). Endurecieron sus corazones y provocaron a Dios. En Hebreos hallamos su historia repetida para advertirnos. “Entre tanto que se dice: Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación. ¿Quiénes fueron los que, habiendo oído, le provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés? ¿Y con quiénes estuvo él disgustado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron? Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad” (He. 3.15-19).
    Malaquías 2 se dedica a la denuncia de los sacerdotes y levitas que habían deshonrado a Dios. No decidieron de corazón dar gloria a Dios (v. 2). Se habían apartado del camino, habían hecho a muchos tropezar en la ley, y habían corrompido el pacto que Dios hizo con Leví (v. 8). No guardaron los caminos de Dios, y en la ley hicieron acepción de personas (v. 9). Eran desleales y profanaron el pacto (v. 10).  Se habían divorciado y vuelto a casar (vv. 14-17). Pero querían venir al templo y cubrir el altar de Jehová de lágrimas, con llanto y clamor (v. 13), deseando que Él aceptara sus ofrendas despreciables. ¿Cómo respondió el Señor? ¿Acaso dijo: “Pobrecitos, les tendré compasión porque son sinceros y, en fin, nadie es perfecto”? ¡En ninguna manera! Declaró: “no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano” (v. 13).
    Cristo advirtió de lágrimas eternas, de verdadera tristeza, pero indignas de compasión. Dijo que en las tinieblas de afuera, en el lugar de castigo eterno, “allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 8.12). Prometió que cuando Él venga en Su reino, los ángeles recogerán “a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 13.41-42). Luego lo repitió: “los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 13.50). Mandará echar fuera al que se coló entre los invitados (los creyentes). “Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 22.13). Mateo 24.51 indica cuál es el lugar de castigo para los siervos malos y los hipócritas: “lo castigará duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes”. “Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 25.30). Son lágrimas de dolor, de desesperación y de remordimiento de conciencia, de aquellos que “sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Ts. 1.9). Por mucho que lloren, no entrarán. Despreciaron el evangelio. No recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Algunos presumían y pretendían ser cristianos, pero eran falsos. Todos serán igualmente perdidos por la eternidad. Tendrán profunda tristeza y agonía, pero sus lágrimas y sus clamores implorando la misericordia de Dios llegarán a oídos sordos, porque será demasiado tarde.
    Hoy es día de salvación. Hoy estás a tiempo para arrepentirte, humillarte y buscar al Señor. Cristo dice: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mt. 5.4). Pero no demores, porque la benignidad de Dios no siempre te esperará.
    “Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta, y estando fuera empecéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No sé de dónde sois. Entonces comenzaréis a decir: Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad. Allí será el llanto y el crujir de dientes” (Lc. 13.25-28).
    La historia del pueblo de Israel es repetida en el Nuevo Testamento para nuestro beneficio (Ro. 15.4), para que aprendamos a cuidar nuestra conducta. No intentemos tapar con lágrimas nuestros pecados. “Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil. Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co. 10.6-12).

Carlos

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A Mí, Ni Fu Ni Fa

    Se encontraba mal y acudió al médico. Después de realizar el diagnóstico, éste afirmó  “Hay que operar. A usted le toca decidir si operamos o no. Si quiere operarse, tiene que darnos su consentimiento”.
    Supongamos que la respuesta del paciente fuera así: “Lo mismo me da; me es igual...” o como en España: “a mí ni fu ni fa”.
    El médico contestaría: “¿Qué quiere decir? ¿Se opera o no se opera, sí o no? Esto de ‘a mí ni fu ni fa’ no me dice nada. Usted tiene que decidir y tiene que decirme si quiere que realicemos la intervención que precisa o si quiere continuar como hasta aquí. Su respuesta no tiene sentido”.
    El náufrago solo tiene dos posibilidades: agarrarse a la cuerda que se le ofrece y salvarse, o bien hundirse en el mar y ahogarse. No hay otra alternativa.
    Los que se casan, o bien pronuncian un “sí” que les compromete, o por el contrario, se niegan a comprometerse, diciendo que “no”, y siguen como antes. La indiferencia no tiene sentido, porque no significa nada.
    El paciente que necesita una intervención quirúrgica solo tiene dos opciones: o se somete a la operación propuesta, o sigue en su dolencia.
    También frente a Jesucristo, cada ser humano tiene que tomar una decisión de la que no puede escapar. Afirmar que no estamos ni a favor ni en contra de Jesucristo, como pretenden algunos, es una locura, porque equivale en realidad a una decisión negativa de hecho.
    Jesucristo viene a ofrecernos lo que NO tenemos: la salvación, el perdón de nuestros pecados. Ofrece lo que más anhelamos: vida eterna, vida abundante. Para esto vino. La religión no puede dar esas cosas, pero Jesucristo sí, puede.  Él vino para darse en sacrificio en la cruz del Calvario. Allí murió como Sustituto, sufriendo por nosotros la pena de muerte, por nuestros pecados. Al tercer día resucitó de la tumba, y cuarenta días más tarde ascendió vivo al cielo. Jesucristo no es una filosofía, es una Persona, Dios y hombre en uno, que vive y desea entrar en una comunión personal, íntima, con cada uno de nosotros.
    Responder a eso diciendo  —A nosotros, todo esto ni fu ni fa— significa haber escogido la frustración y la muerte. No nos engañemos: esta respuesta no afirmaría la neutralidad, sino una mala elección.
    Cristo advierte que el que no cree en Él ya está condenado por su incredulidad. La indiferencia es perdición. No tenemos que hacer nada, ni tenemos que movernos; simplemente basta quedarnos como estamos, en el estado de condenación que merecemos por ser pecadores. Ante el Señor Jesucristo la indiferencia no es neutralidad. Es locura y perdición.
    “El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo no tiene la vida”, dice la Biblia. No hay medias tintas. O tiene a Jesucristo y así tiene la vida, o está sin Jesucristo y se halla alejado de Dios y lejos de la verdadera vida, la vida eterna, plena y abundante.
    Jesucristo dijo: “El que no es conmigo, contra mí es: y el que conmigo no recoge, desparrama” (Mateo 12.30).
    Su indiferencia es el peor pecado, la más monstruosa de las afrentas, porque le mantiene fuera de la puerta abierta de la salvación y la vida eterna. Para salvarse, hay que entrar (confiar en Cristo). Para perderse, no hay que hacer nada.
    No caben neutralismos: o la vida con Cristo (vida con sentido y plenitud; abundante y eterna), o la muerte sin Cristo. ¿Qué hará usted con el Señor Jesucristo?

martes, 1 de septiembre de 2015

EN ESTO PENSAD -- septiembre, 2015

EL PECADO QUE NADIE CONFIESA
William MacDonald

“Mirad y guardaos de toda avaricia” (Lucas 12:15).

La avaricia es el deseo excesivo por la riqueza o las posesiones. Es una manía que atenaza a la gente, causándoles desear más y más. Es una fiebre que les lleva a anhelar cosas que en realidad no necesitan.
     Vemos la avaricia en el hombre de negocios que nunca está satisfecho, que dice que se detendrá cuando haya acumulado una cierta cantidad, pero cuando ese tiempo llega, está ávido de más.
    La vemos en el ama de casa cuya vida es una interminable parranda de compras. Amontona toneladas de cosas diversas hasta que su desván, garaje y despensa se hinchan con el botín.
    La notamos en la tradición de los regalos de navidad y cumpleaños. Jóvenes y viejos igualmente juzgan el éxito de la ocasión por la cantidad de artículos que son capaces de acumular.
    La palpamos en la disposición de una herencia. Cuando alguien muere, sus parientes y amigos derraman unas lágrimas fingidas, para luego descender como lobos a dividir la presa, a menudo comenzando una guerra civil en el proceso.
    La avaricia es idolatría (Ef. 5:5; Col. 3:5). La avaricia coloca la propia voluntad en el lugar de la voluntad de Dios. Expresa insatisfacción con lo que Dios ha dado y está determinada a conseguir más, sin importar cuál pueda ser el coste.
    La avaricia es una mentira, que crea la impresión de que la felicidad se encuentra en la posesión de cosas materiales. Se cuenta la historia de un hombre que podía tener todo lo que quería con simplemente desearlo. Quería una mansión, sirvientes, un Mercedes, un yate y ¡presto! estaban allí instantáneamente. Al principio esto era estimulante, pero una vez que comenzó a quedarse sin nuevas ideas, se volvió insatisfecho. Finalmente dijo: “Deseo salir de aquí. Deseo crear algo, sufrir algo. Preferiría estar en el infierno que aquí”. El sirviente contestó: “¿Dónde crees que estás?”
      La avaricia tienta a la gente al riesgo, a la estafa y a pecar para conseguir lo que se desea.
    La avaricia hace incompetente a un hombre para el liderazgo en la iglesia (1 Ti. 3:3). Ronald Sider pregunta: “¿No sería más bíblico aplicar la disciplina eclesial a aquellos cuya codicia voraz les ha llevado al “éxito financiero” en vez de elegirles como parte del consejo de ancianos?”


   Cuando la codicia lleva a los desfalcos, la extorsión u otros escándalos públicos, exige la excomunión (1 Co. 5:11). Y si la avaricia no es confesada y abandonada, lleva a la exclusión del Reino de Dios (1 Co. 6:10).
del libro DE DÍA EN DÍA (CLIE), lectura para el 15 de agosto
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ESPERANDO...


“y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera” (1Ts. 1:10).

Esperamos el retorno inminente de nuestro Señor Jesús. Pero, nuestra esperanza no es pasiva. Esperamos preparando para las bodas del Cordero (Ap. 19:8), siendo fieles en nuestros afectos (2 Co. 11:2), y adornando Su doctrina (Tit. 2:7-10). Esperamos perseverando en bien hacer (Ro. 2:7), sirviéndole con paciencia (Stg. 5:7), despojándonos del desánimo, poniendo los ojos en Él (He. 12:2-3). Aguardamos la esperanza de Su venida (Tit. 2:13), y nuestra esperanza nace de confianza (He. 6:19-20) y de expectación gozosa (1 Ts. 4:13-18). ¡Él viene! ¡Quizás hoy!

George Ferrier, del calendio devocional “Choice Gleanings”

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¿ERES BUEN ALUMNO?

“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente,  aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo...” (Tito 2:11-13).

Uno puede graduar de la escuela primaria, de la secundaria, y de la universidad, ¡y qué feliz es ese día, porque termina el curso y los estudios! ¡Ya no hay que acudir más, ni clavar los codos estudiando libros de texto, preparando exámenes y todo lo demás! Pero mis hermanos, no es así en la escuela de Dios, porque sólo Dios es omnisciente. Nunca terminamos de aprender de Su Palabra, nuestro libro de texto celestial. La vida está llena de pruebas y exámenes sin aviso previo, y si no aprendemos bien tenemos que repetir.
    El patriarca Jacob en su vejez se quejó: “contra mí son todas estas cosas” (Gn. 42:36), no sabiendo que Dios estaba obrando para bendecirle y reunirle con su hijo José. Luego, cuando llegó a Egipto y vio a su hijo, señor de aquella tierra, comenzó a entender los caminos de la providencia divina. Con ciento treinta años de edad, su testimonio ante Faraón fue así: “pocos y malos han sido los días de los años de mi vida, y no han llegado a los días de los años de la vida de mis padres en los días de su peregrinación” (Gn. 47:9). Es como si dijera: “No he aprendido bien las lecciones que Dios quería enseñarme” y “no doy la talla de los demás patriarcas”. Job no entendía bien la aflicción que Dios permitía en su vida, y pensaba que era Dios que le perseguía y afligía, porque no sabía de las conversaciones entre Dios y Satanás en los primeros dos capítulos. Pero todo esto fue escrito para enseñarnos y ayudarnos, para que sepamos lo que Job no pudo y seamos fieles. Además, de la paciencia de Job aprendemos que podemos ser fieles aun cuando no entendemos el por qué de las cosas.
    Romanos 15:4 informa: “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”. 1 Corintios 10:11 dice: “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”. Los que no leen ni estudian ni meditan en el Antiguo Testamento se quedarán espiritualmente ignorantes e incapaces de vivir como Dios quiere. Hoy en día en nuestras iglesias hay una gran y creciente ignorancia y superficialidad en cosas espirituales, que radica en el descuido de la lectura y estudio de la Biblia, especialmente el Antiguo Testamento. Observa que hay dos textos en el Nuevo Testamento que nos remiten al Antiguo para que aprendamos. Pero en todo lugar que visito hallo en las iglesias personas que nunca han leído la Biblia siquiera una vez, ni mucho menos la leen y estudian cada año, continuamente. Se saben cosas que no tienen importancia, como los nombres de los jugadores de equipos de fútbol, cantantes y la letra de sus canciones, actores y películas, y otras cosas así, pero no la Palabra de Dios. Su conocimiento del mundo es tan vergozoso como su ignorancia de la Biblia, y si somos de ellos, la culpa es nuestra, no de otros. Hermano, hermana, Dios quiere enseñarnos y ha provisto los medios, pero ¿realmente quieres aprender?
    Aun cuando asimilamos algunas lecciones, siempre tenemos más que aprender, acerca de nuestro Dios infinito, acerca de Sus pensamientos y caminos que son más altos que los nuestros, y acerca de cómo conducirnos y vivir para agradarle (1 Ts. 4:1) en un mundo torcido y arruinado por el pecado, y dominado por el príncipe maligo. Las palabras de este himno deben expresar el deseo de cada uno de nosotros:

“Más de Jesús quiero aprender, más de Su gracia conocer,
    Más del amor con que me amó, más de la cruz en que Él murió. 
Más de Jesús anhelo ver, más de Su hermoso parecer,
    Más de la gloria de su faz, más de Su luz, más de Su paz”.
Carlos 
Antes bien, creced en la gracia 
y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. 
A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.

2 Pedro 3:18
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Se encontraba mal y acudió al médico. Después de realizar el diagnóstico, éste afirmó:
   — Hay que operar. A usted le toca decidir si operamos o no. Tiene que darnos su consentimiento.

Supongamos que el paciente respondiera:
— A mí ni fu ni fa. Lo mismo me da; me es igual...
 
El médico contestaría:
— ¿Qué quiere decir? ¿Se opera o no se opera? A mí, esto de “me da igual” no me dice nada. Usted tiene que decidir y tiene que decirme si quiere que realicemos la intervención que precisa o si quiere continuar como hasta aquí. Su respuesta no tiene sentido, ni para usted ni para mí.
 
    Está claro que el que necesita la cirujía sólo tiene dos opciones: o se somete a la operación propuesta por el médico, o sigue en su dolencia.
    También frente a Jesucristo, cada ser humano tiene que tomar una decisión de la que no puede escapar. Afirmar que no estamos ni a favor ni en contra de Jesucristo, como pretenden algunos, es una locura, porque equivale en realidad a una decisión negativa de hecho.
    Jesucristo viene a ofrecernos lo que no poseemos: la salvación, el perdón de nuestros pecados. Viene a darnos aquello que más anhelamos: vida eterna, vida abundante. Para esto vino. La religión no puede darle estas cosas, pero Jesucristo sí, puede. Él vino a este mundo, se dio en sacrificio en la cruz del Calvario, y allí murió como sustituto, sufriendo la pena de muerte por nosotros, por nuestros pecados. Al tercer día resucitó de la tumba, y cuarenta días más tarde ascendió vivo al cielo. Jesucristo no es una filosofía, es una Persona, Dios y hombre en uno, que vive y desea entrar en una comunión personal, íntima, con cada uno de nosotros.
 
Pero si uno le responde así:
 — A nosotros, todo esto ni fu ni fa...
 
Esto significaría haber escogido la frustración y la muerte. No nos engañemos: esta respuesta no afirmaría nuestra neutralidad, imposible, sino nuestra mala elección.
    El Señor afirma sin ambages que el que no cree en Él ya está condenado. Nuestra indiferencia es perdición. No tenemos que hacer nada, no tenemos que movernos; simplemente basta permanecer como estamos y así quedar en el estado de condenación en que nos hallamos, pues somos pecadores y esto es más que evidente. Ante el Señor Jesucristo la indiferencia no es neutralidad. Es locura y perdición.

“El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo no tiene la vida”, dice la Biblia.  Jesucristo afirmó:“El que no es conmigo, contra mí es” (S. Mateo 12:30)
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LLAMADOS A SER DISCÍPULOS 
 
escribe O. J. Gibson

El Señor les dijo: “Sígueme” (Jn. 1:43; Lc. 5:27). Entonces abandonaron sus redes, sus barcas, negocios y hogares para emprender un peregrinaje que sorprendería al mundo. Multitudes rodearon al Señor Jesús, pero esto no parecía impresionarle. La mayoría de Su tiempo precioso lo usó con los individuos que Él había llamado y que vinieron a ser conocidos como Sus discípulos. El llamamiento fue únicamente hacia Él mismo. “Venid en pos de mí”, fueron Sus palabras (Mr.1:17, 20). La gran causa era el Señor mismo en persona. Él era el objeto, el punto principal, la única atracción. Todos los que habían sido apreciados antes de Él, se quedaron en nada. Eso no era cristianismo, como se vino a saber después, sino que Cristo mismo era el imán.
    Su llamado al discipulado fue primero dada a los doce, después a los setenta (Lc. 10:1), y entonces encargó a los apóstoles a proclamar el mensaje y hacer discípulos en todo el mundo. Esto es lo que se conoce como la Gran Comisión, que les fue dada sobre un monte alto de Galilea: “Por tanto, id, y hacer discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:19). Observemos que todo creyente es llamado a ser discipulo. No apuntó un grupo selecto de los hermanos más devotos. Es un llamado a todos, y toca todo lo que son y poseen. Los principios del discipulado le capacitan a uno  a vivir correctamente para Dios, y así influenciar en su comunidad, en una nación, y en el mundo entero. Este es Su plan para alcanzar al mundo, usando el método de desarrollar a creyentes para que sean  discípulos que verdaderamente representen al Salvador ante la raza humana.

El origen del discipulado

    La palabra “discípulo” se empleaba mucho antes del tiempo del Señor Jesús. Se aplicaba a cualquiera que profesaba seguir a un maestro. Los griegos lo usaban en su relación profesor-alumno entre sus famosos filósofos y aquellos que seguían sus principios y manera de vivir. La palabra griega mathetes (aprendiz) vino a ser en latín discipulus (alumno, uno que aprende) y después se convirtió en nuestra palabra “discípulo”. Es mencionada veintenas de veces en los cuatro Evangelios, y también su palabra compañera: “imitar”, con la cual está frecuentemente conectada. La última de estas se usa en las otras partes del Nuevo Testamento: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1; Ef. 5:1; 1 Ts. 1:6). No fue dicho en una conferencia de misioneros, sino a todos los creyentes en esos lugares. Seguidores de varios maestros son mencionados en la Escritura: (a) los discípulos de Juan el Bautista (Mt. 9:14; Lc. 7:18; Jn. 3:25), (b) los discípulos de los fariseos (Mt. 22:15-16; Mr. 2:18; Lc. 5:33), y (c) los discípulos de Moisés (Jn. 9:28, como los fariseos solían llamarse).
    Así que, el término fue rápidamente aplicado a los discípulos de Jesús. No todos los llamados discípulos eran de la misma categoría. Había discípulos secretos, tales como José de Arimatea (Juan 19:38). Había discípulos que desertaron de Jesús, mostrando así que eran falsos (Jn. 6:66). Como muchos profesados “cristianos” de nuestros tiempos, pensaban que Sus enseñanzas eran difíciles de entender y demasiado exigientes. Le abandonaron para no tener que andar en pos de Él. El término también se aplicó de una manera especial a los Doce, que también fueron llamados apóstoles (Mt. 10:1-2; Lc. 6:13). La Biblia parece indicarnos  el uso de la palabra “discípulo” de tres maneras diferentes.

1. EL SENTIDO MÁS AMPLIO. Incluía a todos los que profesaban seguir a Jesús o venían a aprender (Mateo 5:1-2). Algunos de ellos eran simplemente curiosos, sin haberse comprometido realmente ni haberse sometido al Señor

2. EL SENTIDO GENERAL. Es usado a veces como sinónimo de “cristiano”. Los discípulos fueron llamados cristianos en Antioquía por primera vez (Hch. 11:26). “Cristiano” es un nombre dado por el mundo que sólo es usado tres veces en todo el Nuevo Testamento (Hch. 11:26; 26:26; 1 P. 4:16).  El término “discípulo” aparece varias veces (por ej. Hch. 6:1; 11:29; 21:16). Este uso incluye tanto a los verdaderos creyentes que a los que sólo profesaban seguirle.

3. EL SENTIDO PRECISO. Esta palabra describe a aquellos que poseían los requisitos de una devoción estricta dada por el Salvador. Ellos eran llamados por el Señor “verdaderos discípulos” (Juan 8:31). Esta clase de discípulos eran los que “permanecen en Mi palabra”, los que le seguían  a Él con la necesaria renuncia para su propia vida. Este es el grupo de discípulos que fueron reconocidos por el Señor Jesús como los verdaderos creyentes, que son los que nos conciernen en este estudio. Han sido sugeridas las siguientes definiciones de discípulos, en este sentido reducido:
    a) “Un discípulo no es meramente uno que aprende, sino un partidario; de ahí que se les mencione como imitadores de su maestro (Jn. 8:31; 15:8)”. (W.E. Vine, Diccionario Expositivo)

      b) “Esto implica que la persona no sólo acepta las opiniones del maestro, sino que también las practica como un partidario” (International Standard Bible Enciclopedia).

    c) “Uno que está total y completamente sometido a la Persona de Jesucristo y Su Palabra.... Reconoce Su derecho a gobernarle, y está completamente a Su disposición.... No queda la posibilidad de retener ciertos derechos para sí mismo”. Dwight Pentecost.

  d) “Un discípulo es un cristiano que está creciendo en conformidad a Cristo, lleva fruto en el evangelismo y trabaja para conservar su fruto” (Gary Kuhne, La Dinámica del Cuidado Personal de Nuevos Creyentes). A esto se le podría llamar una definición funcional de discípulo.
    Obviamente, estas definiciones implican a algo más que profesar ser un cristiano y asistir regularmente a las reuniones de una iglesia. Encierran las cualidades especificadas por el Señor para los que desean ser verdaderamente Sus discípulos.  Se trata de más que simplemente ser salvo del pecado.   

La Resistencia al Discipulado
   
    No hay ninguna razón por la cual esta clase de discipulado sea algo popular. Los que desertaron en Juan 6 le vieron, al igual que la mayoría de las  multitudes que oyeron Su invitación, sin embargo no respondieron positivamente (Lc. 14:25). Rendir la vida propia, sacrificar todo por Él, es algo que no tiene atractivo para la carne. Nuestro estilo de la vida fácil y cómoda, y el agradarnos a nosotros mismos, van en contra del espíritu de discipulado. Los institutos y seminarios no tienen lugar para el verdadero discipulado en sus esquemas y planes de ministerio y organización. Quizás no saben cómo hacer discípulos. Existen muchas objeciones al discipulado, procedentes de muchas fuentes y por razones distintas:

1. DICEN: "LA PALABRA 'DISCÍPULO' NO ESTÁ EN LAS EPÍSTOLAS".
Sin embargo, las palabras “seguir” y “seguidor” aparecen con este sentido en otras partes del Nuevo Testamento, como ya hemos notado. Además, hombres tales como Pablo, Timoteo y otros ejemplificaron discipulado. ¿Debemos descalificar la llamada del Señor Jesús a los creyentes en los Evangelios por el mero hecho de que en otros textos falta la palabra? ¿Con qué autoridad bíblica?
   
2. ALEGAN QUE ES ALGO LIMITADO A LOS DOCE O A ALGUNOS DEVOTOS EXCEPCIONALES.
Pero la Gran Comisión se dio para "todas las naciones". El Señor Jesús habló del discipulado a las multitudes. Nuestra misión no es conseguir decisiones, ni llenar locales, sino hacer discípulos. ¿No deben ser todos los creyentes devotos del Señor?

3. LOS DETALLES DEL DISCIPULADO SON DISCUTIDOS O RECHAZADOS.
Pero aunque algunos protesten contra las opiniones de ciertos escritores o discutan el significado de ciertos términos dados por el Señor, esto no puede  descartar la sencilla verdad de que Cristo busca discípulos. Cada creyente necesita afrontar, comprender y aceptar las demandas del Señor y Salvador..
    Tal vez el enemigo principal del concepto de hacer discípulos sea la táctica seudo intelectual de “devaluar” el término “discipulado”. Muchos usan la palabra de forma liviana, y el término está de moda ahora entre evangélicos, pero equivocadamente. El discipulado es a menudo visto como un pequeño estudio bíblico llevado a cabo durante un par de horas cada semana, o la tarea de perseverar trabajando con los nuevos creyentes, o se considera como un programa especial de la iglesia, una serie de charlas donde no estudian seriamente ni practican el seguir al Señor Jesús y Sus enseñanzas. Van a un campamento, o unos estudios o módulos especiales para recibir una semana de estudios. A eso lo suelen llamar: “hacer un discipulado”, pero sería mejor decir "conferencia" o "estudios", porque si sólo imparten conocimientos, y no toca la vida personal, ni moldea el carácter y la conducta de las personas, no son discípulos sino asistentes u oyentes. Ahora, es bueno que asistan y oigan, pero el Señor Jesucristo quiere y demanda mucho más. Él quiere nuestra vida.
    Parte de la gloria de Israel que se desvaneció fue el decaimiento de los “nazareos”, el grupo de los seguidores separados de Dios (Nm. 6). Estos que estaban consagrados eran “santos al Señor”, perteneciéndole a Él y dedicados a Su servicio. Desde los tiempos de Samuel (1 S. 1:11), hasta Juan el Bautista (Lc. 1:15), eran parte de la gloria espiritual de la nación (Lam. 4:5; Am. 2:11). Desaparecieron de vista a la medida que la nación se iba apartando de Dios. De la misma manera, el verdadero discipulado se ha marchitado en la iglesia pensando que era sólo celo en los tiempos apostólicos, volviéndose a la muerte espiritual. Hoy esto está reviviendo, sobre todo en los jóvenes que desean alcanzar el mundo para Cristo.

La Necesidad del Discipulado

    Fue dicho proféticamente, y realizado en el Nuevo Testamento, acerca del Señor Jesús: “El celo de tu casa Me consume” (Sal. 69:9, véase también, Jn. 2:17). El fuego del Espíritu de Dios ardía dentro de Él mientras servía al Padre. El Señor dijo de Juan el Bautista: “Él era antorcha que ardía y alumbraba” (Jn. 5:35). Los que alumbran para Dios en el fervor de su sumisión hacia Él son los que pueden hacer temblar al mundo en el poder del Espíritu. Esa energía y bendición espiritual solo fluye en las vidas que andan en comunión con Dios.
    La orden que Él dio hace 2000 años debería de tomarse en serio hoy en día también. Debemos llamar tanto a hombres como mujeres a “tomar su cruz” y a “negarse a si mismo”. Hoy en día sólo responderán unos pocos en verdad, tal como en aquel entonces. Pero esos pocos discípulos verdaderos pueden llegar a ser poderosos instrumentos de Dios dondequiera que vivan. Todavía hoy Cristo dice: “Sígueme”, ¿Lo harás? ¿Te unirás a Él para ser Su discípulo, tener tu vida cambiada radicalmente, dedicarte a aprender de Él cómo vivir una vida que agrada a Dios, proclamar el evangelio y hacer discípulos? ¿Quieres sólo creer cosas acerca de Cristo, o que Él solamente te perdone, o de verdad confías en Él y has decidido seguirle?

De su libro Viviendo Los Preceptos Del Discípulo