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martes, 31 de agosto de 2021

En Esto Pensad - septiembre 2021

 Lecciones de la Obediencia de Cristo

Andrés Murray


Estudiemos la obediencia de Cristo de tal manera que, como Él, vivamos como siervos de obediencia para justicia.


1) En Cristo, esta obediencia era un principio vital.
 

    La obediencia, para Él, no se reducía a hechos aislados de obediencia esporádica, ni siquiera a una serie de actos de obediencia, sino que era el espíritu que animaba Su vida entera. “He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad” (Jn. 6:38). “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (He. 10:9). Había venido al mundo en cumplimiento de un solo propósito. Vivió únicamente para hacer la voluntad de Dios. La obediencia era, en Su vida, el poder supremo y dominante.
    Su deseo es que así sea con nosotros. Esto es lo que prometió cuando dijo: “Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre” (Mt. 12:50). El vínculo de unión de una familia se revela cuando se hace vida en común con participación de todos sus componentes, y cuando hay una semejanza familiar. El vínculo de comunión con Cristo es que hagamos, justamente, la voluntad de Dios.

2) En Cristo, esta obediencia era un gozo.

 
    “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Sal. 40:8). “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió” (Jn. 4:34). El alimento que ingerimos es nuestro refrigerio y nos vigoriza. El hombre sano come su pan con regocijo. Pero el alimento es más que placer; el alimento es indispensable para la subsistencia corporal. La comida que Cristo ansiaba era hacer la voluntad de Dios, desprovisto de la cual no podía vivir; era lo único que aplacaba Su hambre, lo único que le aliviaba y fortalecía, lo único que le regocijaba. Algo así era lo que David quería significar cuando expresaba que las palabras de Dios eran “dulces más que miel, y que la que destila del panal” (Sal. 19:10). Cuando hayamos comprendido y aceptado este principio, la necesidad de obedecer se nos tornará más natural y más necesaria, y de más sustento que nuestro alimento.

3) En Cristo, esta obediencia le impelía a ponerse al servicio de la voluntad de Dios.
 

    Dios no le reveló a Cristo encarnado toda Su voluntad de una sola vez, sino día a día, de acuerdo a las circunstancias de la hora [Is. 50:4]. Aunque era perfecto, en Su vida terrenal de obediencia había crecimiento y progreso, la lección más difícil fue la última. Cada acto de obediencia le capacitaba para un nuevo descubrimiento de las siguientes órdenes del Padre. Él dijo: “Has abierto mis oídos... el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Sal. 40:6-8). Cuando  obedecer es la pasión de nuestra vida, desde entonces el Espíritu de Dios abrirá nuestros oídos para escuchar Sus enseñanzas, y no nos contentaremos con nada menos que ser guiados a conocer Su divina voluntad.

continuará, d.v. en el número de noviembre

del capítulo 2 del libro La Escuela de la Obediencia, Andrés Murray, Editorial Moody

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El Capitán del Titanic


¿Cuál de los dos hubieras preferido ser, el capitán del Titanic, o uno de los que ayudaba a meter a la gente en las barcas salvavidas – capitán de un fracaso gigantesco y tragedia, o remero en una pequeña barca que salvó vidas?
    Los que se presentan como candidatos para puestos políticos se hacen voluntarios para capitanear el Titanic. La política es un fracaso corrupto, sin Cristo, que pronto se hundirá con la tierra condenada. En lugar de buscar la distinción de ser un oficial del gobierno y hacer unas pocas cosas para acomodar a la gente en su viaje fatal, sería mejor meter a cuantos puedas en la barquita de rescate antes de que se hunda la gran nave. Cuando el Señor venga y Sus terribles juicios caigan sobre este mundo, ¿qué jactancia será decir: “Yo fui alcalde, miembro de congreso o presidente de aquel naufragio fatal”? ¡Tomen nota todos los aspirantes capitanes del Titanic! 

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Judas Iscariote,
El Peor De La Tribu De Judá

Posiblemente en el tiempo del nacimiento del Salvador, nació un niño en el pueblo de Queriot en Judá (Jos. 15:25), en la casa de un hombre llamado Simón. Dieron al niño el nombre relacionado con la tribu: “Judas”. Si duda esperaban que manifestaría las cualidades superiores de Judá: liderazgo, coraje y lealtad. Quizás luego cuando vino a ser discípulo de Jesús, cobraron ánimo las esperanzas de sus padres. Probablemente era el único de los doce que no era de Galilea.
    Aunque Judas llegó a ser el tesorero de la banda apostólica, nunca fue fiel. Pero sus condiscípulos no detectaron que él estaba vacío por dentro, ni se preguntaron por qué nunca llamaba a Jesús “Señor”. No descubrieron hasta después el hurto – que sustraía de la bolsa, ni vieron tras la fachada sutil de su personalidad disimulada. Pero con la marcha del tiempo Judas Iscariote (“Judas de Queriot”), regresó moralmente y se transformó de “hijo de Simón” (Jn. 6:71) en “hijo de perdición” (Jn. 17:12). Su nombre es injuriado; él es para siempre la encarnación de la traición e ingratitud – el traidor.
    Recordamos en Génesis 37 que el progenitor de la tribu, Judá, vendió a su hermano José como esclavo a los madianitas por veinte piezas de plata. Ahora nuestras mentes luchan con el descendiente más vil de Judá, porque con pleno conocimiento del Señor Jesucristo, porque “fue a los principales sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata. Y desde entonces buscaba oportunidad para entregarle” (Mt. 26:14-16). Recordamos las palabras del profeta: “Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata” (Zac. 11:12). Era el precio de compensación por un siervo muerto, según Éxodo 21:32.
    El beso de Judas añadió a su infamia. El hombre que besó a Aquel que es “la puerta” del cielo (Jn. 10:9), pronto se hundiría en el infierno. Judas fue el hombre en quien “Satanás entró” (Jn. 13:27, también Lc. 22:3). Judas, con Satanás a dentro, corrompió y degradó la muestra de afecto y lealtad cuando se atrevió a besar el rostro del Hijo de Dios. En ese beso lo diabólico tocó lo divino, pero la pureza prevaleció. Allá en la entrada de Getsemaní, por un breve momento, estuvieron cara a cara dos hombres de la tribu de Judá: Judas – lo absolutamente peor de la tribu, y el Señor Jesucristo: lo absolutamente mejor – divino, noble, dignificado, majestuoso, entristecido pero sereno. Decimos de nuestro Salvador: 

“Mil virtudes Suyas brillan, y de ellas la mejor,

Este Salvador es mío y yo sé que Suyo soy”.


    El Señor sintió profundamente la traición. En el aposento alto empleó las palabra de David cuando fue traicionado por Ahitofel: “El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar” (Jn. 13:18; Sal. 41:9).


Ian McKee, traducido de un artículo suyo sobre la tribu de Judá en la revista Assembly Testimony (“Testimonio de las Asambleas”), nº 410, noviembre-diciembre 2020.
www.assemblytestimony.org

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 “Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar” (Jn. 18:2).
    En ningún lugar es más grave y doloroso el engaño que en la salvación. Cuando una persona cree que es salva, y en realidad no lo es, esto es sumamente triste. Le puedes predicar, hablar, y advertir aun con lágrimas, y no te hará caso porque cree que no tiene necesidad. Es más, ¡se molestará si tratas de ayudarle!
    Judas viajaba con el Señor Jesús durante más o menos tres años. Como supuesto discípulo, tenía privilegios que los demás no tenían. Había visto todos los milagros y recibido las enseñanzas del Señor Jesús durante todo ese tiempo. Aun había llegado a ser el tesorero de la pequeña banda. Pero guardaba más que el dinero; guardaba malas actitudes en el corazón, que más tarde saldrían a la luz.
    Intelectualmente Judas sabía todas las frases correctas. Si hablaras con él, te podía convencer que era creyente. Estaba familiarizado con toda la jerga. Aun había predicado y sanado (Mt. 10:1, 4, 7). Conocía a toda la gente correcta. Viajaba con el Mesías y se codeaba con Pedro, Jacobo, Juan y los demás apóstoles. Si viviera hoy, sabría nombrar a todos los conferenciantes y contar anécdotas de sus visitas, dando la impresión de que él era del mismo corte. Pero sería engaño. Conocer a gente salva y sana en la fe no es lo mismo que ser salvo y sano en la fe. Conocía todos los lugares correctos. Estaba familiarizado con el templo y con Getsemaní, donde sin duda había escuchado al Señor Jesús más de una vez. Sabía dónde buscar a Jesús porque había viajado con Él y conocía los lugares que frecuentaba... excepto el cielo, la presencia del Padre. ¡Qué triste es pensar que hoy hay gente como Judas en las iglesias!  

Carlos  

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“MÁS BIENAVENTURADO 

ES DAR QUE RECIBIR”


DIOS ES DADOR GENEROSO. ¿Y NOSOTROS?

   
                                             Donald Norbie

El Dios que adoramos formará nuestro carácter. Los que adoran a los ídolos vendrán a ser como ellos (Sal. 115:8), egoístas y degradados en su vida moral (Ro. 1:23-25). Y los que confían en el Dios santo y le adoran vendrán a ser más como Él, un pueblo santo.
    ¿Cómo es nuestro Dios? Tiene muchos atributos, y todos son excelentes. Es un Dios de amor; es bondadoso,  generoso y dadivoso. Toda vida procede de Él, el sabio Creador. Cuando Pablo predicó en Atenas, proclamó: “él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hch. 17:25). Toda la creación refleja la gloria de Su diseño y Su generosidad.
    Pero Él también es la fuente de toda vida espiritual. Al pecador se le describe como muerto espiritualmente, separado de Dios y quebrantado por el pecado. A los que reciben a Cristo como Señor y Salvador, Él les da vida espiritual vibrante (Ef. 2:5). Dios comienza a obrar poderosamente en su interior (Fil. 2:13). Se cumple fielmente la promesa de Cristo, de dar vida abundante (Jn. 10:10).
    Todas nuestras habilidades naturales y espirituales provienen de Dios. Pablo pregunta: “¿o qué tienes que no hayas recibido?” (1 Co. 4:7). Sea intelecto, talento musical, habilidad mecánica, todo proviene de Dios. Los recursos ricos de la personalidad humana fluyen del Creador, y esto debería humillarnos.
    Las “cosas”, las posesiones materiales de esta vida, vienen de Dios. Pablo quiere que se le recuerde al rico que es “el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (1 Ti. 6:17). El espiritual disfruta compartiendo y usando el dinero para cosas espirituales, pero los del mundo solo quieren gastarlo en sí. Ten cuidado con el orgullo en lo referente a tus posesiones. Es Dios quien te las da.
    El Señor Jesús vivía una vida de entrega y servicio a los demás. Era una vida hermosa de auto negación, coronada con el sacrificio de sí mismo en la cruz (Mr. 10:45). El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se unieron en aquel don asombroso, el don inefable (2 Co. 9:15).
    Nuestro Dios es un dador generoso, y los que le adoran también vendrán a ser dadores generosos.


Los Creyentes Como Dadores
 

    Cuando uno recibe al Señor Jesucristo, también recibe al Espíritu Santo en su vida. Su cuerpo viene a ser templo de Dios para radiar la gloria divina (1 Co.6:20). El Espíritu de Cristo que mora en él (Ro. 8:9) se caracteriza también por el acto de dar. La misma vida que marcaba a Cristo en este mundo está vista ahora en Su Cuerpo, la Iglesia.
    Aquellos cuyas vidas fueron tocadas por Cristo fueron marcados por el hecho de ser dadores exuberantes. Zaqueo recibió a Cristo (Lc. 19:8) y proclamó excitado: “La mitad de mis bienes doy a los pobres”.
    En el día de Pentecostés una gran multitud creyó y fue bautizada. Cuando se reunían rebosaba el amor. “Y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (Hch. 2:45). No es extraño que una sensación de asombro sobrecogió a los que observaban (Hch. 2:43).
    En los días del Antiguo Testamento a los israelitas se les instruía a dar el diez por ciento de todo lo que adquirían (Lv. 27:30). Esto fue una forma de reconocer que todo realmente pertenece a Dios. Cuando no lo daban, era una señal de malestar espiritual y fue reprendido fuertemente por los profetas. “¿Robará el hombre a Dios?” fue el clamor de Malaquías (Mal. 3:8).
    Cuando el Señor estuvo en este mundo, Él habló bien del diezmo, aunque si se trataba de algo divorciado de la práctica de la piedad, lo reprendía (Mt. 23:23). El ofrendar no debe ser una forma de cubrir el pecado. No podemos comprar a Dios. Y el Señor Jesús alabó la forma sacrificada con que ofrendó la viuda (Lc. 21:1-4).
    Las iglesias primitivas fueron marcadas por ofrendas generosas, y se les exhortaba a tales ofrendas: “Dios ama al dador alegre” (2 Co. 9:7). Las ofrendas debían realizarse en secreto, esto es, sin manifestación abierta, para que no surgieran motivos incorrectos en el corazón (Mt. 6:3-4). La ofrenda debe ser algo planificado, regular y proporcional (1 Co. 16:2).
    ¿Cuánto debemos ofrendar? No estamos obligados a dar el diezmo como Israel bajo la ley de Moisés. Pero el finado predicador A. P. Gibbs bien acostumbraba a decir: “Si bajo la Ley se daba el diez por ciento, ¡sería una desgracia dar menos que esto bajo la gracia!” Muchos encontrarán que el diez por ciento es un buen punto para empezar con las ofrendas, pero no deben diezmar porque están bajo gracia, no bajo ley. Y si uno siente que no puede ofrendar el diez por ciento con gozo, ¡entonces debe decidir cuánto menos y pedir a Dios que aumente su fe! Debemos apartarlo para Dios cuando recibimos la nómina, en este día, aunque sea para distribuir más tarde. De este modo sabemos que estamos dando a Dios las primicias y no las sobras. No es correcto esperar para ver cómo nos va el mes y después ofrendar a Dios solo lo que quede al final. A Dios lo primero y lo mejor.
    ¿Cómo deben las iglesias y los creyentes distribuir estos fondos? Hay necesidades en la asamblea local que deben tener prioridad. También hay creyentes necesitados en nuestra localidad y en otros lugares que deben ser ayudados (Hch. 2:45; 11:29-30; 1 Ti. 5:3-10). En aquellos primeros días de la iglesia hablaban del hambre y oraban por esa situación.
    Las iglesias y los individuos también daban a los obreros. Lidia abrió su hogar a Pablo y sus compañeros (Hch. 16:15). La hospitalidad es una forma cara de ofrendar; uno tiene que darse. Los cristianos en Filipos enviaban frecuentemente fondos a Pablo. Tales ofrendas nacieron de la oración y profunda preocupación. No era un ejercicio seco o rutinario de llevar la contabilidad.
    Aquellas iglesias primitivas nunca prometieron apoyo económico, ¿cómo podían ellas saber el futuro? No se contrataba a ningún obrero, ni nadie recibía salario. Tal pensamiento hubiera sido repugnante. Ellos eran los siervos del señor. Pero había oración, preocupación y ofrendas regulares de las iglesias. Esta era la obra de Dios.
    
El Obrero del Señor
 

    Hoy en día a menudo decimos que “vive por fe” aquel que deja un empleo para lanzarse a una esfera más amplia de servicio. En teoría admitimos que todos los creyentes deben vivir por fe, en su trabajo, vida familiar y relación cotidiana con Dios, pero no siempre practicamos eso. A veces no ofrendamos más porque no tenemos fe, y queremos guardar dinero “por si a caso”. Cierto es que sin fe nadie puede agradar a Dios (He. 11:6). En el caso de los obreros del Señor, tienen una prueba adicional de su fe al dejar la seguridad de una paga o nómina regular. Los que minusvaloran o desestiman esto deberían probarlo primero. Al menos deberían ponerse en el lugar de los que viven así, y pensar en lo que podrían necesitar. Así el Señor enseñó a los Suyos: “como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Lc. 6:31).
    El que sale así para servir al Señor debe tener un claro sentido del llamado de Dios. Pablo reconoció que había sido apartado desde el vientre de su madre (Gá. 1:15). En esto él compartía la convicción ardiente de los profetas del Antiguo Testamento (Jer. 1:5). Él no escogió su ministerio, sino que fue ordenado por Dios. Se deleitaba en llamarse el siervo de Dios, el esclavo de Dios.
    El dinero crea control. No se podía alquilar ni contratar a ningún profeta de Dios; era un portavoz de Dios, no de los hombres. Por lo tanto, así los profetas del Antiguo Testamento como los del Nuevo Testamento expresaron desdén hacia el dinero. Que les apoyaran los que tenían confianza en ellos. No eran hombres que solicitaban un trabajo o un apoyo económico. Para estar libre del control de los hombres, se debe estar libre del dinero del hombre. Pablo dijo: “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado” (Hch. 20:33).  Pocos pueden hablar así, y los creyentes pobres son tan culpables como los demás. No es digno de un creyente, y especialmente si es siervo de Dios, que se arrime a un hermano rico para aprovecharse de sus ofrendas.
    Su apoyo era diversificado. Ayudaban en varias asambleas y a veces viajaban (2 Co. 11:26). Porque su apoyo no venía de una sola fuente, podían viajar cuando era necesario, para ayudar a asambleas débiles, y para evangelizar y comenzar iglesias nuevas. Pablo habló de cómo ofrendas de otras iglesias hicieron posible que él ayudara en Corinto (2 Co. 11:8).
    Esto no quiere decir que sea un camino fácil. A veces uno puede sentirse como el que va en una tabla de surfing al pie de una ola de 10 metros de altura. Le obliga a orar, a examinar sus motivos, y a clamar a Dios. Rehusará enviar cartas de oración que publican sus necesidades, o como algunos hacen hoy en día, pedir descaradamente. Rehusará proceder como los que cuando quieren algo, se acercan a un hermano adinerado y le hacen saber su necesidad, esperando que él les dé. Es una práctica común pero no bíblica, porque profesa confiar en Dios pero pone los ojos en hombres y espera en ellos. Pero para el hermano que desea vivir realmente por fe, está en juego el honor de Dios. Por eso él llamará humildemente a Dios para que honre la fe de Su siervo (un amo está obligado a cuidar de sus siervos). A Dios le gusta que le recordemos Su honor. Moisés hizo esto repetidas veces (Éx. 32:11-13).
    Si un siervo de Dios tiene que trabajar con sus manos, esto no es vergonzoso (Hch. 20:34-35). Puede probar la sinceridad del obrero y su devoción a Dios y Su obra. Pablo rehusó salir de Éfeso buscando pastos más verdes cuando no había fondos. No era parte de un clero profesional que buscaba una iglesia más grande que pagaría más salario. Su corazón era él de un verdadero pastor, trabajando desinteresadamente para el bien de las ovejas.
    En un mundo de tecnología magnífica, es fácil desviarse del camino de fe. Los hombres pueden edificar vastos imperios religiosos, con listas de mailings informatizadas y publicidad en los medios de comunicación. Ellos realmente no necesitan a Dios para traer fondos, y Dios no tiene control de sus operaciones. Su maquinaría masiva rueda adelante, produciendo su propio combustible.
    En la vida de fe todos están involucrados, tanto los que ofrendan como los que reciben. Esto produce fruto espiritual y crecimiento de carácter (Fil. 4:17). Eso también permite que Dios controle Su obra. Si los fondos no llegan para un proyecto que ha ideado, el siervo de Dios puede descansar tranquilo. Solo debe hacerse la voluntad de Dios, no la nuestra. Las ofrendas que proceden de vidas espirituales y corazones devotos,  resultan en obras espirituales. Sé discriminador en tus ofrendas, y apoya sola a aquellos obreros y obras que funcionan conforme al patrón que marca la Escritura. Que todos tengamos fe y seamos fieles respecto de Su obra.

Donald Norbie (1923-2017) servía al Señor en una asamblea en Colorado.
Recomendamos sus libros: Sé Un Hombre, y La Iglesia Primitiva 

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¿Realmente Quieres Ser Discípulo Del Señor?

O. Jean Gibson

Hoy muchos profesan valorar el individualismo, el ser su propia persona, pero constantemente están siendo moldeados por el mundo alrededor. De ahí la exhortación de Pablo en Romanos 12:1-2. Cristo no nos llama a vivir o hacer las cosas a nuestro estilo, sino a seguirle. La Escritura dice: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1; Ef. 5:1; 1 Ts. 1:6). Hay pocos imitadores del apóstol, y se ve esto en la condición corriente de la iglesia.
    Parte de la gloria de Israel que se desvaneció fue el decaimiento de los nazareos, el grupo de los especialmente separados seguidores de Dios. Ellos se habían consagrado voluntariamente, y eran santos al Señor. Le pertenecían y como Sus devotos se dedicaban a servirle. Dios estableció el nazareato por medio de Moisés (Nm. 6). Desde los tiempos de Samuel (1 S. 1:11), hasta Juan el Bautista (Lc. 1:15), eran parte de la gloria espiritual de la nación (Lam. 4:7; Am. 2:11). Desaparecieron de vista a la medida que la nación se iba apartando de Dios. De la misma manera, el verdadero discipulado se ha desvanecido en la iglesia. Algunos enseñan que era solo el celo especial de los tiempos apostólicos, una fase temporal, y creyendo esos errores la iglesia pierde su fervor, poder y bendición. Deja de impactar al mundo y se vuelve cada vez más como él. Gracias a Dios, todavía hoy existen algunos verdaderos discípulos, creyentes de toda edad que aman al Señor, sinceramente desean vivir para Él, y se disponen a obedecer Sus mandamientos aunque sean ellos los únicos. No siguen la muchedumbre, la corriente general de la cristiandad, pues tienen ojos solo para el Señor.
    Acerca de Jesucristo un salmo profetizó algo que se cumplió en el Nuevo Testamento: “El celo de tu casa me consume” (Sal. 69:9 – Jn. 2:17). Eso indica que el fuego santo del Espíritu de Dios ardía en Él mientras servía al Padre. El Señor dijo de Juan el Bautista: “Él era antorcha que ardía y alumbraba” (Jn. 5:35). Los que alumbran para Dios con el fervor de su sumisión a Él también pueden hacer temblar al mundo. Pero esa energía espiritual y bendición divina solo vienen a los que andan en comunión con Dios.
    La Biblia asegura que nuestros adversarios espirituales no son pocos. “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12). ¿Cómo podemos prevalecer a no ser que sigamos al Señor como Sus discípulos? Hemos sido llamados a militar “la buena milicia” (1 Ti. 1:18) y a ser buenos soldados de Jesucristo (2 Ti. 2:3-4) que no se enredan en las cosas del mundo. La doblez es nociva en las cosas de Dios (Stg. 1:7-8; 4:8), pues le desagrada y Él no bendecirá al creyente de doble ánimo. ¿Cómo podremos gozarnos de Su guía, poder y bendición si no seguimos al Comandante? ¿Podría vencer en la guerra espiritual alguien que no anda en comunión íntima con Dios, o que no se niega a sí mismo? El Señor Jesús presentó Sus demandas a los que serían Sus discípulos, sabiendo que solo así pueden vencer. Todavía hoy debemos tomar en serio la orden que dio hace más de dos mil años. Debemos llamar a todo creyente – hombres y mujeres – viejos y jóvenes –  a tomar su cruz y negarse a sí mismo. Solo unos pocos responderán en verdad, tal como en aquellos días. Pero estos pocos pueden llegar a ser poderosos instrumentos de Dios para impactar al mundo para el Señor, al menos en la esfera donde ellos viven.
    Amigo lector, si hoy el Señor Jesucristo te dijera: “Sígueme”, ¿lo harías? ¿Te unirías con Él en la Gran Comisión a ser Su discípulo, para tener tu vida cambiada radicalmente, para dedicarte a aprender de Él cómo vivir y agradar a Dios y cómo proclamar el evangelio y hacer discípulos? ¿O tendrá Él que decirte: “No puedes ser mi discípulo”, porque le rechazaste? ¿Quieres solo creer información acerca de Cristo, o que Él solamente te perdone tus pecados, o de veras confías en Él como Señor y Salvador, y le seguirás?

 

O. Jean Gibson (1921-2006) servía al Señor en una asamblea en California

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Sirvamos, y Dios Dará la Recompensa
 

Lucas Batalla

Según Efesios 6:7-8, el buen servicio es importante para el Señor. “Sirviendo de buena voluntad” habla no sólo de nuestro servicio sino también de la actitud con la que servimos. La buena voluntad es la disposición a servir. Es el deseo, el ánimo, la atención a la calidad del servicio y el interés sincero en agradar a aquel que es servido. A fin de cuentas servimos al Señor, y esto debe motivarnos suficientemente. Le servimos en cosas sencillas como nuestras tareas cotidianas, y le servimos cuando asistimos a las reuniones con los hermanos para la alabanza, la oración y el estudio de Su Palabra. Le servimos cuando testificamos, y cuando dedicamos tiempo diariamente a la lectura de Su Palabra y la oración privada. Además de esto, surgen oportunidades para servir al Señor todos los días, en nuestro roce con los demás en el curso de la vida. Nos gustaría ver en seguida la recompensa, pero no siempre es así.
    Se cuenta de un pobre hombre campesino que un día caminaba en el campo y oía voces pidiendo socorro. Rescató a un joven, salvándole la vida. Resulta que el padre del joven era un hombre rico, un noble,  que vino a expresar su gratitud y a recompensarle. Pero aquel campesino dijo que no hacía falta ninguna recompensa ya que sólo había cumplido con su deber, lo que cualquiera hubiera hecho. Entonces el noble ofreció costear la educación del hijo del campesino, y éste aceptó. Su hijo, gracias a esta recompensa, llegó a cursar estudios universitarios y se hizo médico. Luego en sus investigaciones descubrió una medicina que salvó muchas vidas. Así que, sea parábola o historia verídica, esto ilustra la ley de la recompensa, de la siembra y la cosecha.
    No hay nada que hagamos sirviendo de buena voluntad que quede sin recompensa. La ley de la siembre y la cosecha funciona, pero no siempre da fruto instantáneamente. Los hombres no siempre recompensan el servicio como deberían, pero Dios no lo olvida. Aunque tarde en venir, la recompensa llegará, porque Dios lo promete. El versículo 8 promete: “el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor”. Su promesa no falla.
    Hebreos 6:10 dice que “Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún”. Como creyentes servimos al Señor sirviendo a los santos. Tenemos tantas oportunidades que nadie tiene excusa para irse al cielo con las manos vacías. Los hombres sí, olvidan y a veces son ingratos. No obstante, cuando veas una oportunidad para servir, tómala, y agradarás al Señor, el Siervo perfecto. De Él recibirás un día la recompensa.

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EL SECRETO DE LA FELICIDAD



Muchos buscan la felicidad en el dinero, los placeres, el conocimiento, la fama, el poder o la filosofía. Pero veamos las conclusiones de algunos hombres muy conocidos, y las consecuencias de buscarla como ellos

EL DINERO
Jay Gould, el prestigioso financiero norteamericano del siglo 19, que tenía 1.300 millones de dólares, admitió al morir: "Supongo que soy el diablo más miserable en la tierra".
George Eastman controlaba la industria fotográfica en los Estados Unidos a principios del siglo 20 (Eastman Kodak). Durante su vida dio más de mil millones de dólares para obras de caridad, pero estaba infeliz y se suicidó.

EL CONOCIMIENTO
Luis Álvarez, ganador del premio Nóbel de Física, la noche que recibió su homenaje pronuncio estas palabras: "No estamos libres de una catástrofe global en el futuro – otra edad de hielo – intensa actividad volcánica que deje una capa de polvo en la atmósfera – o el derritimiento de la capa polar en Antártida que inundaría la mayor parte de la tierra habitable". Se despidió deseando para sus oyentes mejor juicio y mejor suerte que la de su propia generación.

LA FAMA
Simón Bolívar, el celébre libertador de varios países, dijo al final de su vida: "Estoy viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado, calumniado y mal pagado. No pido más recompensa que el reposo y la conservación de mi honor, que por desgracia es lo que no consigo". Otra frase célebre suya es: "He arado en el mar y he sembrado en el viento".
Salvador Dalí, famoso pintor español, pasó los últimos años de su vida solitario por decisión propia, y murió solo y triste.

EL PODER
Alejandro Magno, fue el joven general prodigioso que conquistó al mundo entero de su época. Lloró porque no había más mundos por conquistar. Se enfermó y murió a la edad de 32 años.

LA FILOSOFÍA
Voltaire era un enérgico opositor del evangelio de Jesucristo, y despreciaba la Biblia. Pero al final de su vida dijo: "¡Ojalá nunca hubiera nacido!" Tenía gran temor de la muerte y cuando llegó su momento, en gran agonía gritó: "¡Tengo que morir, abandonado de Dios y de los hombres!"
Cada uno de esos hombres confirmó lo que el rey Salomón dijo hace más de 3.000 años: "Todo es vanidad y aflicción de espíritu" (Eclesiastés 2:17).

LA VERDADERA FELICIDAD 

SOLO SE ENCUENTRA EN JESUCRISTO

    Él declaró: "Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás" (S. Juan 6:35). "Tú diste alegría a mi corazón mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto" (Salmo 4:7). Los deleites del pecado son temporales (Hebreos 11:25). La verdadera satisfacción, paz y gozo acompañan el perdón de pecados en los que se arrepienten y confían en el Señor Jesucristo.  

  

sábado, 30 de mayo de 2015

EN ESTO PENSAD -- junio 2015

La Cizaña

Texto: Mateo 13:24-30

El otro día hablé con un vecino después de que los Testigos de Jehová estuvieron repartiendo en todo nuestro barrio. A él se le ha muerto la esposa, y antes había tenido a varias personas hispanoamericanas trabajando en su casa, personas que decían que eran cristianos evangélicos, pero no daban muy buen testimonio en su trabajo. Es una lástima, porque mi vecino y su familia son católicos de toda la vida, y nunca han conocido otra cosa. Por desgracia, el único contacto que han tenido con gente así ha resultado una experiencia negativa.
    Así que hablando, él me preguntó si soy Testigo de Jehová, y por supuesto le dije que no, sino cristiano evangélico. Entonces dijo que había visto en la tele cosas raras de los evangélicos, como que gritan en sus reuniones, la gente se desmaya y cae al suelo, etc. Pero le expliqué que nosotros no de éstos, y cómo somos y qué creemos. Le expliqué que hay orden en nuestras reuniones, que no tenemos escenas de descontrol ni desorden, que hay himnos, luego un hermano da un estudio en la Palabra de Dios, que no se levantan las mujeres chillando, hablando de visiones ni nada así.Y aclaradas estas cosas, él se fue.
    Todo esto me hizo pensar en esta parábola, porque demuestra que no todos los que dicen son. 1 Juan 2:19 dice: “salieron de nosotros, pero no eran de nosotros”. En la parábola aquí en Mateo 13 aprendemos que en el campo siempre habrá problemas porque el enemigo está allí. Todo lo que es presentado aquí sucede en el mismo terreno. El campo es el mundo, y el príncipe del mundo es Satanás. La cizaña brota en el mismo campo que el trigo, se parece al trigo, sobre todo al principio, y crece a la par con el trigo e incluso más rápido, porque no lleva nada de valor. Sube pronto y es quizás más vistosa pero no tiene nada al final. Su trayecto es corto y termina siendo desechada.
    Alguien pregunta: “¿Cómo pudo ser sembrada?”  La respuesta es que el enemigo busca el momento oportuno para hacerlo y lo halló como dice el versículo 25, “mientras dormían los hombres”. Uno no puede vigilar cuando duerme, así que dormido es no orar, ni vigilar, ni velar. Es una condición espiritual en la que uno no lee ni conoce la Palabra de Dios, ni juzga bien, ni discierne. Todos los gatos son pardos. Todo le parece más o menos bien. El versículo 39 explica que el enemigo es el diablo y trabaja con astucia para meter entre el trigo algo que confunde y no tiene valor: la cizaña.
    Hoy en día muchas iglesias piensan que si hay música bonita pues todo está bien. Todos se sienten bien. A la gente le gusta y por eso viene, y viendo a la gente allí piensan que todo anda bien. No tengo nada contra el uso piadoso de música, pero de eso no se trata, sino de música para divertirse y crear ambiente. Pero los que así proceden se equivocan. Sólo se emocionan carnalmente, es algo de sentimientos, no de espíritu. Se sienten bien, levantan las manos, mueven los cuerpos con el ritmo de la música y piensan que Dios está en todo esto, pero no siguen al Señor. Son cizaña – las denominaciones, religiones, sectas, cada uno con sus cosas, cada loco con su tema, y en iglesias así hay para todos los gustos menos los del Señor y los que le siguen. Al final todo eso está destinado a ser quemado. Se alegran de tener locales llenos, pero ¿de qué? ¡De cizaña! Uno que no sabe puede mirar un campo de cizaña y pensar que está viendo un campo de trigo. Pero al final la cizaña dará su fruto, y el trigo el suyo.
    Al trigo le cuesta su tiempo llegar a la madurez. No da fruto en seguida, sino cuando sea el tiempo. Pero la cizaña viene y se va y no da ningún fruto. ¿Cuántos hemos visto entrar, profesar fe, incluso bautizarse y luego desaparecer sin dar ningún fruto? Muchos. No todo el que profesa ser creyente lo es. La cizaña parece como trigo pero no lo es.
    El Señor no la arranca todavía, sino que la deja crecer, pero en el mundo, no en la iglesia. Recordemos: el campo es el mundo. Sin embargo, hoy muchas iglesias permiten la cizaña y muchas no hacen ninguna distinción entre el que profesa y el que cree.
    ¡Cuán importante es cuidarnos de aun los desvíos pequeños! Por desviarse un avión sólo un punto de la brújula, no llega a su destino. A corto plazo parece poca cosa pero cuanto más lejos anda más grande es la diferencia y la desviación. Al final en lugar de llegar a su ciudad de destino se estrella en el mar. Hoy en las iglesias evangélicas dicen que hay doctrinas que no son importantes, que son pormenores, pero no lo son. Cuidado con el desvío más pequeño porque conduce a errores más grandes. El Espíritu Santo, dijo el Señor, nos guia a toda la verdad, y lo hace mediante la Palabra inspirada.
    Debemos orar siempre, pidiendo la guía del Señor, y estar mucho en Su Palabra, leyendo, estudiando, meditándola y poniéndola por obra. Debemos rodearnos de los que tienen una fe igualmente preciosa, como dice 2 Pedro 1:1. Debemos tener cuidado de nosotros mismos y de la doctrina. Necesitamos discernimiento y firmeza hasta que venga el Señor. Que Él nos ayude. Amén 

de un estudio dado por Lucas Batalla
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 ¿BUDA o JESUCRISTO?


El budismo es una religión antigua algo parecida al hinduismo de donde salió. Viene del estado de Bihar en la India. El budismo no acepta las castas y las vedas (las escrituras hindúes), pero sí busca la nirvana. Originó con Sidarta Guatama Buda (“buda” es un título, que significa “iluminado”). Nació en 560 a.C. Un día salió del palacio de su padre y fue profundamente impactado por el sufrimiento y la pobreza que vio. Hizo “la gran renuncia”, abandonando su familia y vida cómoda, para vagar en busca de la iluminación espiritual y la sabiduría. Profesó haber alcanzado la nirvana durante siete días de meditación debajo de una higuera. Por supuesto que no existe ninguna prueba de sus afirmaciones. A partir de entonces, y comenzando con su “sermón de Benarés” enseñaba a la gente a evitar los extremos: los placeres, los lujos, la tortura y el dolor. Enseñaba que hay que seguir lo que llamaba el “noble sendero óctuple”, de las ocho virtudes que conducen al nirvana: la iluminación que trasciende todo sufrimiento y logra la paz. Los budistas tratan de ser equilibrados, pacíficos y ocuparse de buenas obras. Según el erudito Dr. John Noss: “No hay en el budismo ninguna Persona Soberana en los cielos manteniéndolo todo unido”.
    PERO la Biblia afirma que Dios existe y no hay más dioses (Is. 45:22). El Salmo 14:1 declara: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios”. No sólo existe, sino que es el Creador de todo (Gn. 1:1) y sustenta todas las cosas con la palabra de Su poder (He. 1:3). Él se reveló a lo seres humanos en Jesucristo (Jn. 1:1-14). Dios ha establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto, el juicio (He. 9:27). No hay karma, ni reincarnación, ni nirvana. El Señor Jesucristo es el único Salvador (Hch. 4:12) de la humanidad. Él es el camino, la verdad y la vida (Jn. 14:6) y el único acceso al Padre, al cielo (Jn. 14:6). Los que creen (confían) en el Señor Jesucristo serán salvos. Jesucristo declaró: “Nadie viene al Padre sino por mí”. ¡Buda se equivocó!
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EL ÚNICO LIBRO PARA LA VIDA ETERNA

No falta material para leer. Los periódicos nos dan las noticias. Las novelas nos divierten. Los libros de texto nos educan. Hay muchísimos libros en el mundo. Algunos enseñan matemática, otros ciencia, otros filosofía, otros historia, otros lengua, otros religión y muchas otras cosas. Hay de todo, y para todos los gustos.
    Dicen que en España hay dos libros que están en casi todas las casas, pero que casi nadie los lee: la Biblia y el Quijote. Don Quijote de la Mancha es famoso, pero la Biblia es el único libro para la vida eterna.
    Así que, si lo que se busca es la vida eterna, sólo hay un libro que leer: La Sagrada Biblia. Ella es el libro de Dios. Sólo hay que leerla para darse cuenta de que no es un libro cualquiera. Nos da la mejor educación, porque nos enseña lo que somos en el interior, el porqué de los problemas y cuál es su solución. Nos explica cosas que serían imposibles de saber sin la Biblia. Habla del cielo y del infierno, de Dios y del diablo, del problema del pecado y de cómo obtener el perdón y la vida nueva.
    JUNIO ha sido designado: “el mes del libro” y en Madrid hay una gran feria del libro. Bien, pero todos los meses son buenos para leer algo que tanto bien puede hacerle. Obtenga una Biblia y comience a leerla. Es un libro compuesto de 66 libros, desde Génesis hasta Apocalipsis. ¿Sabía que el apóstol San Juan pronunció una bendición sobre los que leen el libro de Apocalipsis? Así es. Y el mismo apóstol dijo en el Evangelio según S. Juan que el propósito de lo que escribió es que los lectores crean y tengan vida eterna. La Biblia está llena de promesas y bendiciones, pero hay que leerla para encontrarlas.
   
Si lo hace, comenzará a descubrir cosas maravillosas. No se quede con las ganas. Hágalo. Apaga la tele y el internet, y lee un buen libro: la Biblia.


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 LA GENEROSIDAD


Dios es generoso, no mezquino, y Él quiere que también Su pueblo sea generoso, no mezquino. Decía William MacDonald que un cristiano mezquino es una contradicción, porque la mezquindad viene del egoísmo, del amor propio. Un cristiano egoísta y mendigo, que piensa en lo que podría obtener de los demás, en lugar de lo que podría dar, no refleja la imagen de Cristo. El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar (Mr. 10:45). A pesar de que Dios es generoso, y que nos gusta que Él sea así con nosotros mismos, la obsesión con recibir en lugar de dar parece ser un problema perenne con el pueblo de Dios.
    Cuando Dios redimió a Su pueblo, sacándolo de Egipto, lo enseñó a ofrendar: Dice Éxodo 35:5, “Tomad de entre vosotros ofrenda para Jehová; todo generoso de corazón la traerá a Jehová”. Al hablar de la ofrenda para el Tabernáculo, la enfocó como asunto del corazón (véase 2 Co. 9:7), como lo es también la generosidad. La raíz del asunto está en el corazón. El pueblo dio de tal manera que sobró material. En Éxodo 36:6-7 leemos: "Entonces Moisés mandó pregonar por el campamento, diciendo: Ningún hombre ni mujer haga más para la ofrenda del santuario. Así se le impidió al pueblo ofrecer más; pues tenían material abundante para hacer toda la obra, y sobraba". No se escuchan anuncios de este tipo hoy en día porque faltan recursos para la obra y los obreros del Señor en muchos lugares. No es que no haya ofrendas, porque las tomamos cada domingo. Tal vez faltan generosos de corazón, o falta consagración al Señor, o falta la disposición a sacrificar, o falta amar a Dios por encima de todas las cosas.
    D. Ernesto Trenchard dijo (en su libro: Arimética Divina), que en manos de los hermanos españoles había ampliamente todo lo necesario para la obra de Dios en España. No es necesario buscar ayuda fuera del país. El problema hoy no es tanto la escasez de recursos, sino la falta de generosidad en la obra de Dios. Muchos piensan que los ricos deberían dar y costear la obra de Dios. Pero en 2 Corintios 8:1-5 los que destacaron por su ofrenda eran los pobres macedonios. Los pobres también deben ser generosos, y no pensar en recibir sino en dar. Cada uno debe ser generoso, consagrado y sacrificado, y no mirar a otros esperando que ellos lo sean.
    Pasamos a 2 Crónicas 29:31 donde leemos: “Y la multitud presentó sacrificios y alabanzas; y todos los generosos de corazón trajeron holocaustos”.  Durante el reino de Ezequías hubo un gran avivamiento, y uno de los resultados se mostró en los sacrificios presentados al Señor. Vemos la generosidad de los que trajeron holocaustos – la ofrenda enteramente dedicada al Señor – como evidencia de la obra del Espíritu de Dios en ellos. La clave de la generosidad no está en la cantidad de los recursos, sino en la actitud de corazón.
    Proverbios 11:25 promete: “El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado”. Aquí entra en el interior del ser humano para descubrir de dónde viene la generosidad. Comienza en el alma con una actitud y un deseo, y luego se manifiesta en dádivas generosas, tan generosas que sacian a los que tienen necesidad. Esto no es una ofrenda simbólica, pues usa la palabra "saciar". Hay una diferencia entre el que está saciado y el que todavía tiene hambre. Cuando vemos a los que han salido para predicar el evangelio viviendo sin tener a penas sus necesidades básicas cubiertas, pasando necesidad y escasez, en lugar de estar saciados por nuestras ofrendas, debemos preguntarnos cuál es el motivo de nuestra ofrenda. Ironside habla del diácono que dijo al Señor: "Mantén a Tu siervo humilde y yo le mantendré pobre".  Es triste, pero hay personas que podrían dar más, podrían quitar a otros de la pobreza, pero no lo hacen. Ofrendan, pero los mantienen pobres. ¿Cambiaríamos lugar con aquellos que mantenemos viviendo de mano a boca? Puede que Dios castigue con escasez a los que teniendo, no son generosos.
    Isaías 32:8 dice: “Pero el generoso pensará generosidades, y por generosidades será exaltado”. Aquí vemos que la generosidad está en los pensamientos. Allí comienza y se manifiesta en los hechos. Es primero un pensamiento, un deseo e inclinación del corazón. Él que lo desee encontrará cómo llevarlo a cabo. El ser humano por naturaleza es más generoso consigo mismo que con los demás. Pero, ¿cómo nos gustaría si Dios nos diera de la forma que procedemos con Él, dándonos lo mínimo o ni siquiera esto?
    2 Corintios 8:2 nos cuenta acerca de los macedonios: “...que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad”. Observamos que la pobreza no es excusa para no ser generoso. Los pobres macedonios manifestaron “riquezas de su generosidad”. La generosidad de los pobres tal vez no sea tanta como la de los ricos, pero realmente en la historia de la obra del Señor han sido los pobres, no los ricos, quienes han apoyado la obra. Muchos ricos dan “de sus riquezas”, pero no según sus riquezas. Cuando en el evangelio leemos de cómo el Señor miró las ofrendas en el templo, y "muchos ricos echaron mucho", recuerda que Él dijo que la pobre viuda había dado más que todos ellos. Esto fue porque después de ofrendar, les quedaba mucho, dieron de lo que les sobró.  El que no ofrenda según y más allá de sus posibilidades, no necesita depender del Señor porque tiene mucho más guardado. Pero la viuda ofrendó por fe, echó todo lo que tenía. Hay algunos hermanos pobres que son como aquella viuda. Dios no sólo ve la cantidad sino la proporción. Pero hay muchos otros pobres que no son como aquella viuda. Se disculpan diciendo: “soy pobre”. Piensan que toca a otros ser generosos, no a ellos. Esto es un error y tal vez también un pecado.
    En 2 Corintios 9:5 Pablo escribe: “Por tanto, tuve por necesario exhortar a los hermanos que fuesen primero a vosotros y preparasen primero vuestra generosidad antes prometida, para que esté lista como de generosidad, y no como de exigencia nuestra”. Los corintios prometieron ayudar con una ofrenda a los pobres en Jerusalén, pero no llevaron a cabo con prontitud su promesa. Pensemos en esto, que Dios escucha nuestros promesas de ayuda a los hermanos, y Él quiere que seamos generosos, no simbólicos, en hacerlo.
    En 2 Corintios 9:6 leemos la promesa: “El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará”. Es un principio: la ley de la siembra y la cosecha. Si somos escasos, no generosos, en la ofrenda, echando cualquier monedita allí en lugar de preparar y traer una ofrenda generosa como sacrificio a Dios, pués Él lo tendrá en cuenta luego con nosotros. Allí vemos a veces nuestra doblez. Queremos que Dios nos dé de modo que supla nuestra necesidad, y sabemos que Él puede. ¿Pero, hermanos, ofrendamos así?
    La exhortación a los ricos en 1 Timoteo 6:18 es: “Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos”. Dios habla así a los ricos y no se equivoca. Suelen amar sus riquezas y desear siempre tenerlas. Por eso su tendencia al ofrendar es dar lo que no necesitan, y que realmente pueden vivir bien sin ella. Aunque los demás con menos recursos podrían considerar grande la ofrenda del rico, por la cantidad, recuerda, Dios mira la proporción, la relación entre lo que dan y lo que les queda. Sabe cuánto les queda en sus cuentas y sabe si han sido generosos según sus posibilidades. Ricos en buenas obras significa muchas buenas obras. Dadivosos significa muchas dádivas, continuamente como práctica y norma de su vida, y generosos significa que den de acuerdo con sus posiblidades que son mayores que los demás. Es el uso correcto de los bienes, para el Señor en el tiempo presente, y no haciendo tesoros en la tierra (Mt. 6:19-21).
    En Hechos vemos que "todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido" (Hch. 4:34). En lugar de comprar y adquirir más casas, tierras, vehículos, etc. de lo que necesitamos, podríamos vender algo de nuestros bienes y traer el precio como ofrenda. Por ejemplo, con lo que algunos gastan en viajes y vacaciones, o simplemente cosas como televisores de gran pantalla, algunos pobres siervos de Dios tendrían cubiertas sus necesidades económicas y podrían obtener materiales evangelísticos.
    Al leer estos textos vemos claramente que en nuestros días tantos pobres como ricos necesitan arrepentirse de la falta de generosidad, y ser imitadores de Dios en este hermoso atributo Suyo. Dios ama al dador alegre, y le agradaría ver ese espíritu otra vez en las iglesias.
    El libro de Malaquías nos enseña que Dios no puede bendecir a un pueblo tacaño y mezquino porque no le honra con sus ofrendas. Él es Dios grande, y nuestras ofrendas deben reflejar que apreciamos esto. Pero es más, porque si no ofrendamos como debemos, le estamos robando, y esto es pecado. Robamos a Dios cuando no suplimos lo suficiente para Su obra y Sus obreros. Queremos que Dios nos dé billetes, pero no le ofrendamos los nuestros, sino sólo monedas. Queremos que Él sostenga a Sus obreros, pero no queremos ofrendar abundancia para esto. Queremos que Él abra las ventanas del cielo y derrame bendición, pero no queremos abrir nuestros bolsillos y cuentas para derramar ofrendas (Mal. 3:10).
    Proverbios 3:9 nos llama a honrarle con las primicias de todo. Las ofrendas no son cosas para cumplir, echando algo en la bolsa, sino son una oportunidad para honrar al Dios que puede ver muy bien las cuentas de cada uno, y la actitud con que ofrenda (2 Co. 9:7).
    Nuestro Señor Jesucristo, en Lucas 6:38, mandó así: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir”. Hermanos, ¿realmente podría el Señor decir de nosotros lo que dijo de la mujer que ungió Sus pies con su perfume? "Esta ha hecho lo que podía" (Mr. 14:8). Esto está entre cada uno y Dios, claro, pero, cuando ofrendas, ¿puede el Señor decir esto de ti? Aunque hayas ofrendado mucho, ¿podías haber hecho más? ¿Hemos sido generosos como individuos y como asambleas? Damos para saciar, o sólo para un bocado? ¿Damos como nos gustaría recibir? (Lc. 6:31). Si es así, ¡gloria a Dios!
    Pero donde no ha habido la debida generosidad con el Señor a nivel personal, debemos postrarnos arrepentidos y confesarlo con el pecado de egoísmo, mezquindad, falta de fe y amor al dinero. Donde no ha habido generosidad a nivel de congregación, sería bueno convocarla para que haya un acto de arrepentimiento público, confesando y apartándose de este pecado, y presentando al Señor ofrendas generosas. Amados hermanos, no pongamos más excusas ni explicaciones para justificarnos. Dios es generoso. Si somos de Su familia, y Su Espíritu opera en nosotros, debemos ser generosos como nuestro Padre celestial. No hagamos tesoros en la tierra (Mt. 6:19-21), ni nos afanemos, porque: "Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús" (Fil 4:19).
Carlos Tomás Knott
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