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martes, 31 de agosto de 2021

En Esto Pensad - septiembre 2021

 Lecciones de la Obediencia de Cristo

Andrés Murray


Estudiemos la obediencia de Cristo de tal manera que, como Él, vivamos como siervos de obediencia para justicia.


1) En Cristo, esta obediencia era un principio vital.
 

    La obediencia, para Él, no se reducía a hechos aislados de obediencia esporádica, ni siquiera a una serie de actos de obediencia, sino que era el espíritu que animaba Su vida entera. “He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad” (Jn. 6:38). “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (He. 10:9). Había venido al mundo en cumplimiento de un solo propósito. Vivió únicamente para hacer la voluntad de Dios. La obediencia era, en Su vida, el poder supremo y dominante.
    Su deseo es que así sea con nosotros. Esto es lo que prometió cuando dijo: “Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre” (Mt. 12:50). El vínculo de unión de una familia se revela cuando se hace vida en común con participación de todos sus componentes, y cuando hay una semejanza familiar. El vínculo de comunión con Cristo es que hagamos, justamente, la voluntad de Dios.

2) En Cristo, esta obediencia era un gozo.

 
    “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Sal. 40:8). “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió” (Jn. 4:34). El alimento que ingerimos es nuestro refrigerio y nos vigoriza. El hombre sano come su pan con regocijo. Pero el alimento es más que placer; el alimento es indispensable para la subsistencia corporal. La comida que Cristo ansiaba era hacer la voluntad de Dios, desprovisto de la cual no podía vivir; era lo único que aplacaba Su hambre, lo único que le aliviaba y fortalecía, lo único que le regocijaba. Algo así era lo que David quería significar cuando expresaba que las palabras de Dios eran “dulces más que miel, y que la que destila del panal” (Sal. 19:10). Cuando hayamos comprendido y aceptado este principio, la necesidad de obedecer se nos tornará más natural y más necesaria, y de más sustento que nuestro alimento.

3) En Cristo, esta obediencia le impelía a ponerse al servicio de la voluntad de Dios.
 

    Dios no le reveló a Cristo encarnado toda Su voluntad de una sola vez, sino día a día, de acuerdo a las circunstancias de la hora [Is. 50:4]. Aunque era perfecto, en Su vida terrenal de obediencia había crecimiento y progreso, la lección más difícil fue la última. Cada acto de obediencia le capacitaba para un nuevo descubrimiento de las siguientes órdenes del Padre. Él dijo: “Has abierto mis oídos... el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Sal. 40:6-8). Cuando  obedecer es la pasión de nuestra vida, desde entonces el Espíritu de Dios abrirá nuestros oídos para escuchar Sus enseñanzas, y no nos contentaremos con nada menos que ser guiados a conocer Su divina voluntad.

continuará, d.v. en el número de noviembre

del capítulo 2 del libro La Escuela de la Obediencia, Andrés Murray, Editorial Moody

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El Capitán del Titanic


¿Cuál de los dos hubieras preferido ser, el capitán del Titanic, o uno de los que ayudaba a meter a la gente en las barcas salvavidas – capitán de un fracaso gigantesco y tragedia, o remero en una pequeña barca que salvó vidas?
    Los que se presentan como candidatos para puestos políticos se hacen voluntarios para capitanear el Titanic. La política es un fracaso corrupto, sin Cristo, que pronto se hundirá con la tierra condenada. En lugar de buscar la distinción de ser un oficial del gobierno y hacer unas pocas cosas para acomodar a la gente en su viaje fatal, sería mejor meter a cuantos puedas en la barquita de rescate antes de que se hunda la gran nave. Cuando el Señor venga y Sus terribles juicios caigan sobre este mundo, ¿qué jactancia será decir: “Yo fui alcalde, miembro de congreso o presidente de aquel naufragio fatal”? ¡Tomen nota todos los aspirantes capitanes del Titanic! 

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Judas Iscariote,
El Peor De La Tribu De Judá

Posiblemente en el tiempo del nacimiento del Salvador, nació un niño en el pueblo de Queriot en Judá (Jos. 15:25), en la casa de un hombre llamado Simón. Dieron al niño el nombre relacionado con la tribu: “Judas”. Si duda esperaban que manifestaría las cualidades superiores de Judá: liderazgo, coraje y lealtad. Quizás luego cuando vino a ser discípulo de Jesús, cobraron ánimo las esperanzas de sus padres. Probablemente era el único de los doce que no era de Galilea.
    Aunque Judas llegó a ser el tesorero de la banda apostólica, nunca fue fiel. Pero sus condiscípulos no detectaron que él estaba vacío por dentro, ni se preguntaron por qué nunca llamaba a Jesús “Señor”. No descubrieron hasta después el hurto – que sustraía de la bolsa, ni vieron tras la fachada sutil de su personalidad disimulada. Pero con la marcha del tiempo Judas Iscariote (“Judas de Queriot”), regresó moralmente y se transformó de “hijo de Simón” (Jn. 6:71) en “hijo de perdición” (Jn. 17:12). Su nombre es injuriado; él es para siempre la encarnación de la traición e ingratitud – el traidor.
    Recordamos en Génesis 37 que el progenitor de la tribu, Judá, vendió a su hermano José como esclavo a los madianitas por veinte piezas de plata. Ahora nuestras mentes luchan con el descendiente más vil de Judá, porque con pleno conocimiento del Señor Jesucristo, porque “fue a los principales sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata. Y desde entonces buscaba oportunidad para entregarle” (Mt. 26:14-16). Recordamos las palabras del profeta: “Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata” (Zac. 11:12). Era el precio de compensación por un siervo muerto, según Éxodo 21:32.
    El beso de Judas añadió a su infamia. El hombre que besó a Aquel que es “la puerta” del cielo (Jn. 10:9), pronto se hundiría en el infierno. Judas fue el hombre en quien “Satanás entró” (Jn. 13:27, también Lc. 22:3). Judas, con Satanás a dentro, corrompió y degradó la muestra de afecto y lealtad cuando se atrevió a besar el rostro del Hijo de Dios. En ese beso lo diabólico tocó lo divino, pero la pureza prevaleció. Allá en la entrada de Getsemaní, por un breve momento, estuvieron cara a cara dos hombres de la tribu de Judá: Judas – lo absolutamente peor de la tribu, y el Señor Jesucristo: lo absolutamente mejor – divino, noble, dignificado, majestuoso, entristecido pero sereno. Decimos de nuestro Salvador: 

“Mil virtudes Suyas brillan, y de ellas la mejor,

Este Salvador es mío y yo sé que Suyo soy”.


    El Señor sintió profundamente la traición. En el aposento alto empleó las palabra de David cuando fue traicionado por Ahitofel: “El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar” (Jn. 13:18; Sal. 41:9).


Ian McKee, traducido de un artículo suyo sobre la tribu de Judá en la revista Assembly Testimony (“Testimonio de las Asambleas”), nº 410, noviembre-diciembre 2020.
www.assemblytestimony.org

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 “Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar” (Jn. 18:2).
    En ningún lugar es más grave y doloroso el engaño que en la salvación. Cuando una persona cree que es salva, y en realidad no lo es, esto es sumamente triste. Le puedes predicar, hablar, y advertir aun con lágrimas, y no te hará caso porque cree que no tiene necesidad. Es más, ¡se molestará si tratas de ayudarle!
    Judas viajaba con el Señor Jesús durante más o menos tres años. Como supuesto discípulo, tenía privilegios que los demás no tenían. Había visto todos los milagros y recibido las enseñanzas del Señor Jesús durante todo ese tiempo. Aun había llegado a ser el tesorero de la pequeña banda. Pero guardaba más que el dinero; guardaba malas actitudes en el corazón, que más tarde saldrían a la luz.
    Intelectualmente Judas sabía todas las frases correctas. Si hablaras con él, te podía convencer que era creyente. Estaba familiarizado con toda la jerga. Aun había predicado y sanado (Mt. 10:1, 4, 7). Conocía a toda la gente correcta. Viajaba con el Mesías y se codeaba con Pedro, Jacobo, Juan y los demás apóstoles. Si viviera hoy, sabría nombrar a todos los conferenciantes y contar anécdotas de sus visitas, dando la impresión de que él era del mismo corte. Pero sería engaño. Conocer a gente salva y sana en la fe no es lo mismo que ser salvo y sano en la fe. Conocía todos los lugares correctos. Estaba familiarizado con el templo y con Getsemaní, donde sin duda había escuchado al Señor Jesús más de una vez. Sabía dónde buscar a Jesús porque había viajado con Él y conocía los lugares que frecuentaba... excepto el cielo, la presencia del Padre. ¡Qué triste es pensar que hoy hay gente como Judas en las iglesias!  

Carlos  

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“MÁS BIENAVENTURADO 

ES DAR QUE RECIBIR”


DIOS ES DADOR GENEROSO. ¿Y NOSOTROS?

   
                                             Donald Norbie

El Dios que adoramos formará nuestro carácter. Los que adoran a los ídolos vendrán a ser como ellos (Sal. 115:8), egoístas y degradados en su vida moral (Ro. 1:23-25). Y los que confían en el Dios santo y le adoran vendrán a ser más como Él, un pueblo santo.
    ¿Cómo es nuestro Dios? Tiene muchos atributos, y todos son excelentes. Es un Dios de amor; es bondadoso,  generoso y dadivoso. Toda vida procede de Él, el sabio Creador. Cuando Pablo predicó en Atenas, proclamó: “él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hch. 17:25). Toda la creación refleja la gloria de Su diseño y Su generosidad.
    Pero Él también es la fuente de toda vida espiritual. Al pecador se le describe como muerto espiritualmente, separado de Dios y quebrantado por el pecado. A los que reciben a Cristo como Señor y Salvador, Él les da vida espiritual vibrante (Ef. 2:5). Dios comienza a obrar poderosamente en su interior (Fil. 2:13). Se cumple fielmente la promesa de Cristo, de dar vida abundante (Jn. 10:10).
    Todas nuestras habilidades naturales y espirituales provienen de Dios. Pablo pregunta: “¿o qué tienes que no hayas recibido?” (1 Co. 4:7). Sea intelecto, talento musical, habilidad mecánica, todo proviene de Dios. Los recursos ricos de la personalidad humana fluyen del Creador, y esto debería humillarnos.
    Las “cosas”, las posesiones materiales de esta vida, vienen de Dios. Pablo quiere que se le recuerde al rico que es “el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (1 Ti. 6:17). El espiritual disfruta compartiendo y usando el dinero para cosas espirituales, pero los del mundo solo quieren gastarlo en sí. Ten cuidado con el orgullo en lo referente a tus posesiones. Es Dios quien te las da.
    El Señor Jesús vivía una vida de entrega y servicio a los demás. Era una vida hermosa de auto negación, coronada con el sacrificio de sí mismo en la cruz (Mr. 10:45). El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se unieron en aquel don asombroso, el don inefable (2 Co. 9:15).
    Nuestro Dios es un dador generoso, y los que le adoran también vendrán a ser dadores generosos.


Los Creyentes Como Dadores
 

    Cuando uno recibe al Señor Jesucristo, también recibe al Espíritu Santo en su vida. Su cuerpo viene a ser templo de Dios para radiar la gloria divina (1 Co.6:20). El Espíritu de Cristo que mora en él (Ro. 8:9) se caracteriza también por el acto de dar. La misma vida que marcaba a Cristo en este mundo está vista ahora en Su Cuerpo, la Iglesia.
    Aquellos cuyas vidas fueron tocadas por Cristo fueron marcados por el hecho de ser dadores exuberantes. Zaqueo recibió a Cristo (Lc. 19:8) y proclamó excitado: “La mitad de mis bienes doy a los pobres”.
    En el día de Pentecostés una gran multitud creyó y fue bautizada. Cuando se reunían rebosaba el amor. “Y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (Hch. 2:45). No es extraño que una sensación de asombro sobrecogió a los que observaban (Hch. 2:43).
    En los días del Antiguo Testamento a los israelitas se les instruía a dar el diez por ciento de todo lo que adquirían (Lv. 27:30). Esto fue una forma de reconocer que todo realmente pertenece a Dios. Cuando no lo daban, era una señal de malestar espiritual y fue reprendido fuertemente por los profetas. “¿Robará el hombre a Dios?” fue el clamor de Malaquías (Mal. 3:8).
    Cuando el Señor estuvo en este mundo, Él habló bien del diezmo, aunque si se trataba de algo divorciado de la práctica de la piedad, lo reprendía (Mt. 23:23). El ofrendar no debe ser una forma de cubrir el pecado. No podemos comprar a Dios. Y el Señor Jesús alabó la forma sacrificada con que ofrendó la viuda (Lc. 21:1-4).
    Las iglesias primitivas fueron marcadas por ofrendas generosas, y se les exhortaba a tales ofrendas: “Dios ama al dador alegre” (2 Co. 9:7). Las ofrendas debían realizarse en secreto, esto es, sin manifestación abierta, para que no surgieran motivos incorrectos en el corazón (Mt. 6:3-4). La ofrenda debe ser algo planificado, regular y proporcional (1 Co. 16:2).
    ¿Cuánto debemos ofrendar? No estamos obligados a dar el diezmo como Israel bajo la ley de Moisés. Pero el finado predicador A. P. Gibbs bien acostumbraba a decir: “Si bajo la Ley se daba el diez por ciento, ¡sería una desgracia dar menos que esto bajo la gracia!” Muchos encontrarán que el diez por ciento es un buen punto para empezar con las ofrendas, pero no deben diezmar porque están bajo gracia, no bajo ley. Y si uno siente que no puede ofrendar el diez por ciento con gozo, ¡entonces debe decidir cuánto menos y pedir a Dios que aumente su fe! Debemos apartarlo para Dios cuando recibimos la nómina, en este día, aunque sea para distribuir más tarde. De este modo sabemos que estamos dando a Dios las primicias y no las sobras. No es correcto esperar para ver cómo nos va el mes y después ofrendar a Dios solo lo que quede al final. A Dios lo primero y lo mejor.
    ¿Cómo deben las iglesias y los creyentes distribuir estos fondos? Hay necesidades en la asamblea local que deben tener prioridad. También hay creyentes necesitados en nuestra localidad y en otros lugares que deben ser ayudados (Hch. 2:45; 11:29-30; 1 Ti. 5:3-10). En aquellos primeros días de la iglesia hablaban del hambre y oraban por esa situación.
    Las iglesias y los individuos también daban a los obreros. Lidia abrió su hogar a Pablo y sus compañeros (Hch. 16:15). La hospitalidad es una forma cara de ofrendar; uno tiene que darse. Los cristianos en Filipos enviaban frecuentemente fondos a Pablo. Tales ofrendas nacieron de la oración y profunda preocupación. No era un ejercicio seco o rutinario de llevar la contabilidad.
    Aquellas iglesias primitivas nunca prometieron apoyo económico, ¿cómo podían ellas saber el futuro? No se contrataba a ningún obrero, ni nadie recibía salario. Tal pensamiento hubiera sido repugnante. Ellos eran los siervos del señor. Pero había oración, preocupación y ofrendas regulares de las iglesias. Esta era la obra de Dios.
    
El Obrero del Señor
 

    Hoy en día a menudo decimos que “vive por fe” aquel que deja un empleo para lanzarse a una esfera más amplia de servicio. En teoría admitimos que todos los creyentes deben vivir por fe, en su trabajo, vida familiar y relación cotidiana con Dios, pero no siempre practicamos eso. A veces no ofrendamos más porque no tenemos fe, y queremos guardar dinero “por si a caso”. Cierto es que sin fe nadie puede agradar a Dios (He. 11:6). En el caso de los obreros del Señor, tienen una prueba adicional de su fe al dejar la seguridad de una paga o nómina regular. Los que minusvaloran o desestiman esto deberían probarlo primero. Al menos deberían ponerse en el lugar de los que viven así, y pensar en lo que podrían necesitar. Así el Señor enseñó a los Suyos: “como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Lc. 6:31).
    El que sale así para servir al Señor debe tener un claro sentido del llamado de Dios. Pablo reconoció que había sido apartado desde el vientre de su madre (Gá. 1:15). En esto él compartía la convicción ardiente de los profetas del Antiguo Testamento (Jer. 1:5). Él no escogió su ministerio, sino que fue ordenado por Dios. Se deleitaba en llamarse el siervo de Dios, el esclavo de Dios.
    El dinero crea control. No se podía alquilar ni contratar a ningún profeta de Dios; era un portavoz de Dios, no de los hombres. Por lo tanto, así los profetas del Antiguo Testamento como los del Nuevo Testamento expresaron desdén hacia el dinero. Que les apoyaran los que tenían confianza en ellos. No eran hombres que solicitaban un trabajo o un apoyo económico. Para estar libre del control de los hombres, se debe estar libre del dinero del hombre. Pablo dijo: “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado” (Hch. 20:33).  Pocos pueden hablar así, y los creyentes pobres son tan culpables como los demás. No es digno de un creyente, y especialmente si es siervo de Dios, que se arrime a un hermano rico para aprovecharse de sus ofrendas.
    Su apoyo era diversificado. Ayudaban en varias asambleas y a veces viajaban (2 Co. 11:26). Porque su apoyo no venía de una sola fuente, podían viajar cuando era necesario, para ayudar a asambleas débiles, y para evangelizar y comenzar iglesias nuevas. Pablo habló de cómo ofrendas de otras iglesias hicieron posible que él ayudara en Corinto (2 Co. 11:8).
    Esto no quiere decir que sea un camino fácil. A veces uno puede sentirse como el que va en una tabla de surfing al pie de una ola de 10 metros de altura. Le obliga a orar, a examinar sus motivos, y a clamar a Dios. Rehusará enviar cartas de oración que publican sus necesidades, o como algunos hacen hoy en día, pedir descaradamente. Rehusará proceder como los que cuando quieren algo, se acercan a un hermano adinerado y le hacen saber su necesidad, esperando que él les dé. Es una práctica común pero no bíblica, porque profesa confiar en Dios pero pone los ojos en hombres y espera en ellos. Pero para el hermano que desea vivir realmente por fe, está en juego el honor de Dios. Por eso él llamará humildemente a Dios para que honre la fe de Su siervo (un amo está obligado a cuidar de sus siervos). A Dios le gusta que le recordemos Su honor. Moisés hizo esto repetidas veces (Éx. 32:11-13).
    Si un siervo de Dios tiene que trabajar con sus manos, esto no es vergonzoso (Hch. 20:34-35). Puede probar la sinceridad del obrero y su devoción a Dios y Su obra. Pablo rehusó salir de Éfeso buscando pastos más verdes cuando no había fondos. No era parte de un clero profesional que buscaba una iglesia más grande que pagaría más salario. Su corazón era él de un verdadero pastor, trabajando desinteresadamente para el bien de las ovejas.
    En un mundo de tecnología magnífica, es fácil desviarse del camino de fe. Los hombres pueden edificar vastos imperios religiosos, con listas de mailings informatizadas y publicidad en los medios de comunicación. Ellos realmente no necesitan a Dios para traer fondos, y Dios no tiene control de sus operaciones. Su maquinaría masiva rueda adelante, produciendo su propio combustible.
    En la vida de fe todos están involucrados, tanto los que ofrendan como los que reciben. Esto produce fruto espiritual y crecimiento de carácter (Fil. 4:17). Eso también permite que Dios controle Su obra. Si los fondos no llegan para un proyecto que ha ideado, el siervo de Dios puede descansar tranquilo. Solo debe hacerse la voluntad de Dios, no la nuestra. Las ofrendas que proceden de vidas espirituales y corazones devotos,  resultan en obras espirituales. Sé discriminador en tus ofrendas, y apoya sola a aquellos obreros y obras que funcionan conforme al patrón que marca la Escritura. Que todos tengamos fe y seamos fieles respecto de Su obra.

Donald Norbie (1923-2017) servía al Señor en una asamblea en Colorado.
Recomendamos sus libros: Sé Un Hombre, y La Iglesia Primitiva 

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¿Realmente Quieres Ser Discípulo Del Señor?

O. Jean Gibson

Hoy muchos profesan valorar el individualismo, el ser su propia persona, pero constantemente están siendo moldeados por el mundo alrededor. De ahí la exhortación de Pablo en Romanos 12:1-2. Cristo no nos llama a vivir o hacer las cosas a nuestro estilo, sino a seguirle. La Escritura dice: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1; Ef. 5:1; 1 Ts. 1:6). Hay pocos imitadores del apóstol, y se ve esto en la condición corriente de la iglesia.
    Parte de la gloria de Israel que se desvaneció fue el decaimiento de los nazareos, el grupo de los especialmente separados seguidores de Dios. Ellos se habían consagrado voluntariamente, y eran santos al Señor. Le pertenecían y como Sus devotos se dedicaban a servirle. Dios estableció el nazareato por medio de Moisés (Nm. 6). Desde los tiempos de Samuel (1 S. 1:11), hasta Juan el Bautista (Lc. 1:15), eran parte de la gloria espiritual de la nación (Lam. 4:7; Am. 2:11). Desaparecieron de vista a la medida que la nación se iba apartando de Dios. De la misma manera, el verdadero discipulado se ha desvanecido en la iglesia. Algunos enseñan que era solo el celo especial de los tiempos apostólicos, una fase temporal, y creyendo esos errores la iglesia pierde su fervor, poder y bendición. Deja de impactar al mundo y se vuelve cada vez más como él. Gracias a Dios, todavía hoy existen algunos verdaderos discípulos, creyentes de toda edad que aman al Señor, sinceramente desean vivir para Él, y se disponen a obedecer Sus mandamientos aunque sean ellos los únicos. No siguen la muchedumbre, la corriente general de la cristiandad, pues tienen ojos solo para el Señor.
    Acerca de Jesucristo un salmo profetizó algo que se cumplió en el Nuevo Testamento: “El celo de tu casa me consume” (Sal. 69:9 – Jn. 2:17). Eso indica que el fuego santo del Espíritu de Dios ardía en Él mientras servía al Padre. El Señor dijo de Juan el Bautista: “Él era antorcha que ardía y alumbraba” (Jn. 5:35). Los que alumbran para Dios con el fervor de su sumisión a Él también pueden hacer temblar al mundo. Pero esa energía espiritual y bendición divina solo vienen a los que andan en comunión con Dios.
    La Biblia asegura que nuestros adversarios espirituales no son pocos. “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12). ¿Cómo podemos prevalecer a no ser que sigamos al Señor como Sus discípulos? Hemos sido llamados a militar “la buena milicia” (1 Ti. 1:18) y a ser buenos soldados de Jesucristo (2 Ti. 2:3-4) que no se enredan en las cosas del mundo. La doblez es nociva en las cosas de Dios (Stg. 1:7-8; 4:8), pues le desagrada y Él no bendecirá al creyente de doble ánimo. ¿Cómo podremos gozarnos de Su guía, poder y bendición si no seguimos al Comandante? ¿Podría vencer en la guerra espiritual alguien que no anda en comunión íntima con Dios, o que no se niega a sí mismo? El Señor Jesús presentó Sus demandas a los que serían Sus discípulos, sabiendo que solo así pueden vencer. Todavía hoy debemos tomar en serio la orden que dio hace más de dos mil años. Debemos llamar a todo creyente – hombres y mujeres – viejos y jóvenes –  a tomar su cruz y negarse a sí mismo. Solo unos pocos responderán en verdad, tal como en aquellos días. Pero estos pocos pueden llegar a ser poderosos instrumentos de Dios para impactar al mundo para el Señor, al menos en la esfera donde ellos viven.
    Amigo lector, si hoy el Señor Jesucristo te dijera: “Sígueme”, ¿lo harías? ¿Te unirías con Él en la Gran Comisión a ser Su discípulo, para tener tu vida cambiada radicalmente, para dedicarte a aprender de Él cómo vivir y agradar a Dios y cómo proclamar el evangelio y hacer discípulos? ¿O tendrá Él que decirte: “No puedes ser mi discípulo”, porque le rechazaste? ¿Quieres solo creer información acerca de Cristo, o que Él solamente te perdone tus pecados, o de veras confías en Él como Señor y Salvador, y le seguirás?

 

O. Jean Gibson (1921-2006) servía al Señor en una asamblea en California

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Sirvamos, y Dios Dará la Recompensa
 

Lucas Batalla

Según Efesios 6:7-8, el buen servicio es importante para el Señor. “Sirviendo de buena voluntad” habla no sólo de nuestro servicio sino también de la actitud con la que servimos. La buena voluntad es la disposición a servir. Es el deseo, el ánimo, la atención a la calidad del servicio y el interés sincero en agradar a aquel que es servido. A fin de cuentas servimos al Señor, y esto debe motivarnos suficientemente. Le servimos en cosas sencillas como nuestras tareas cotidianas, y le servimos cuando asistimos a las reuniones con los hermanos para la alabanza, la oración y el estudio de Su Palabra. Le servimos cuando testificamos, y cuando dedicamos tiempo diariamente a la lectura de Su Palabra y la oración privada. Además de esto, surgen oportunidades para servir al Señor todos los días, en nuestro roce con los demás en el curso de la vida. Nos gustaría ver en seguida la recompensa, pero no siempre es así.
    Se cuenta de un pobre hombre campesino que un día caminaba en el campo y oía voces pidiendo socorro. Rescató a un joven, salvándole la vida. Resulta que el padre del joven era un hombre rico, un noble,  que vino a expresar su gratitud y a recompensarle. Pero aquel campesino dijo que no hacía falta ninguna recompensa ya que sólo había cumplido con su deber, lo que cualquiera hubiera hecho. Entonces el noble ofreció costear la educación del hijo del campesino, y éste aceptó. Su hijo, gracias a esta recompensa, llegó a cursar estudios universitarios y se hizo médico. Luego en sus investigaciones descubrió una medicina que salvó muchas vidas. Así que, sea parábola o historia verídica, esto ilustra la ley de la recompensa, de la siembra y la cosecha.
    No hay nada que hagamos sirviendo de buena voluntad que quede sin recompensa. La ley de la siembre y la cosecha funciona, pero no siempre da fruto instantáneamente. Los hombres no siempre recompensan el servicio como deberían, pero Dios no lo olvida. Aunque tarde en venir, la recompensa llegará, porque Dios lo promete. El versículo 8 promete: “el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor”. Su promesa no falla.
    Hebreos 6:10 dice que “Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún”. Como creyentes servimos al Señor sirviendo a los santos. Tenemos tantas oportunidades que nadie tiene excusa para irse al cielo con las manos vacías. Los hombres sí, olvidan y a veces son ingratos. No obstante, cuando veas una oportunidad para servir, tómala, y agradarás al Señor, el Siervo perfecto. De Él recibirás un día la recompensa.

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EL SECRETO DE LA FELICIDAD



Muchos buscan la felicidad en el dinero, los placeres, el conocimiento, la fama, el poder o la filosofía. Pero veamos las conclusiones de algunos hombres muy conocidos, y las consecuencias de buscarla como ellos

EL DINERO
Jay Gould, el prestigioso financiero norteamericano del siglo 19, que tenía 1.300 millones de dólares, admitió al morir: "Supongo que soy el diablo más miserable en la tierra".
George Eastman controlaba la industria fotográfica en los Estados Unidos a principios del siglo 20 (Eastman Kodak). Durante su vida dio más de mil millones de dólares para obras de caridad, pero estaba infeliz y se suicidó.

EL CONOCIMIENTO
Luis Álvarez, ganador del premio Nóbel de Física, la noche que recibió su homenaje pronuncio estas palabras: "No estamos libres de una catástrofe global en el futuro – otra edad de hielo – intensa actividad volcánica que deje una capa de polvo en la atmósfera – o el derritimiento de la capa polar en Antártida que inundaría la mayor parte de la tierra habitable". Se despidió deseando para sus oyentes mejor juicio y mejor suerte que la de su propia generación.

LA FAMA
Simón Bolívar, el celébre libertador de varios países, dijo al final de su vida: "Estoy viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado, calumniado y mal pagado. No pido más recompensa que el reposo y la conservación de mi honor, que por desgracia es lo que no consigo". Otra frase célebre suya es: "He arado en el mar y he sembrado en el viento".
Salvador Dalí, famoso pintor español, pasó los últimos años de su vida solitario por decisión propia, y murió solo y triste.

EL PODER
Alejandro Magno, fue el joven general prodigioso que conquistó al mundo entero de su época. Lloró porque no había más mundos por conquistar. Se enfermó y murió a la edad de 32 años.

LA FILOSOFÍA
Voltaire era un enérgico opositor del evangelio de Jesucristo, y despreciaba la Biblia. Pero al final de su vida dijo: "¡Ojalá nunca hubiera nacido!" Tenía gran temor de la muerte y cuando llegó su momento, en gran agonía gritó: "¡Tengo que morir, abandonado de Dios y de los hombres!"
Cada uno de esos hombres confirmó lo que el rey Salomón dijo hace más de 3.000 años: "Todo es vanidad y aflicción de espíritu" (Eclesiastés 2:17).

LA VERDADERA FELICIDAD 

SOLO SE ENCUENTRA EN JESUCRISTO

    Él declaró: "Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás" (S. Juan 6:35). "Tú diste alegría a mi corazón mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto" (Salmo 4:7). Los deleites del pecado son temporales (Hebreos 11:25). La verdadera satisfacción, paz y gozo acompañan el perdón de pecados en los que se arrepienten y confían en el Señor Jesucristo.  

  

martes, 30 de junio de 2020

EN ESTO PENSAD - julio 2020

“LA IGLESIA QUE ESTÁ EN TU CASA”
 Donald Norbie

Estas palabras llamativas en Filemón 2 incluyen un saludo a “la iglesia que está en tu casa”. La frase es llamativa porque el concepto mencionado es hoy algo tan extraño. A diferencia de lo que vemos en el Nuevo Testamento, hoy algunos piensan que no se puede partir el pan ni considerarse iglesia hasta que tenga un local propio. ¡No era así en la iglesia primitiva! Pero hoy al mencionar la palabra “iglesia”, todos tienen la imagen de un edificio de uso dedicado, un “Cenáculo” o “Local Evangélico” o “Sala Evangélica”, quizás impresionante con una plataforma y púlpito, y en algunos casos un campanario alto que apunta el cielo. ¡Esta imagen no encaja en la sala de estar de una casa normal!
    Por supuesto que los iluminados saben que Pablo saludó a una compañía de creyentes reunida en la casa de Filemón para enseñanza, comunión, adoración y oraciones. Un edificio material no es una iglesia; solo puede alojar a la asamblea de creyentes que se reúnen allí. No obstante, a muchos les parece pasado de moda la idea de reunirse una asamblea en una casa. Si se va a comenzar una obra, hay que iniciarlo con un local especial de “iglesia”. Piensan que reunirse en una casa o un lugar alquilado es algo extraño o sectario.
    En primer lugar, debemos reconocer que hay un precedente bíblico para reunirse en una casa (Ro. 16:5; 1 Co. 16:19; Film. 2). Si un grupo comienza así, no por eso debe ser tachado de no bíblico. Esto no quiere decir que una asamblea esté obligada a comenzar así o quedarse siempre en una casa para ser bíblica. Evidentemente una sala alquilada fue empleada por la iglesia en Éfeso durante un tiempo (Hch. 19:9). Una asamblea puede crecer hasta el punto que no cabe en una casa y necesita más espacio.
    Hay ciertas razones prácticas por las que comenzar en una casa. No ocasiona muchos gastos. Dos o tres familias pueden comenzar a reunirse como una iglesia neotestamentaria de esta manera cuando no hay finanzas para alquilar o comprar un local. ¿Se les debe negar el privilegio de reunirse en sencillez bíblica hasta que tengan un local? El local no hace la iglesia, como el hábito no hace al monje.
    Cuando comienza en una casa o sala alquilada, probablemente desde el principio se desarrollará mejor el concepto espiritual de la iglesia, porque no hay un local para confundir el tema. Es más probable que los hermanos comprendan que ellos son la iglesia, un cuerpo de creyentes y que no lo es un edificio. En su debilidad y pequeñez numérica aprenden las lecciones benditas de fe y dependencia en el Señor. A menudo, en medio de circunstancias adversas Dios se da a conocer de manera especialmente dulce a la “manada pequeña”.
    El ambiente informal del hogar tiende a animar  más la participación y el crecimiento de los creyentes nuevos. Pocos jóvenes en la fe se atreverían a ponerse de pie y hablar en un local público. Sin embargo, en un hogar con pocas familias presentes, los hermanos jóvenes en el Señor se  animan a expresarse en oración y en la Palabra (1 Co. 14:26). Aquí los dones espirituales comienzan a manifestarse, y los futuros ancianos de la asamblea comienzan a ejercitarse. Pero pese a su tamaño, cada asamblea debe nutrir este espíritu de amor familiar en sus reuniones. El Espíritu Santo desea libertad para expresarse. Con demasiada frecuencia Él se encuentra preso, encerrado y obligado por tradiciones, programas y organización.
    Finalmente, hay muchas áreas en el mundo donde los creyentes son perseguidos con odio cruel. En esos lugares se reúnen furtivamente de casa en casa, a puerta cerrada, y a veces cambian el lugar y la hora para no ser descubiertos. Cantan casi en voz baja, y así también se hacen las oraciones, y la enseñanza de la Palabra. En medio de ellos hay una mesa con una copa y un pan. Adoran al Señor y aprenden de Su Palabra. ¿No es ésta una iglesia en el verdadero sentido?
    Puede que llegue el tiempo en otros países cuando los que aman al Señor ya no podrán reunirse públicamente en locales de iglesia. Obligados a ir “subterráneo”, los creyentes conocerán nuevamente la realidad de la presencia de Dios en medio de un rebaño pequeño, “la iglesia que está en tu casa”. No despreciemos los comienzos pequeños.
Donald Norbie, capítulo 9 del libro La Iglesia Primitiva, Berea Libros
 
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 EL PLAN DE DIOS PARA NUESTRA VIDA
 
Según Romanos 12:1-2 la única manera de comprobar "la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta", es si presentamos nuestro cuerpo en sacrificio vivo a Él. Demasiados creyentes aceptan el sacrificio de Cristo pero luego ellos no se quieren sacrificar. Quieren que Dios bendiga sus planes para su vida, que bendiga su voluntad, en lugar de sacrificarse para comprobar la voluntad de Dios. Temen decir como Pablo: "Señor ¿qué quieres que haga?" porque la respuesta puede romper todos sus esquemas y traer cambios a todo lo que tienen montado. Pero conviene recordar que SOLO la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta. Cuando lleguemos al cielo querremos haber comprobado esto en nuestra vida. William MacDonald escribe:

      “El arquitecto de uno de los grandes puentes de Nueva York fue gravemente herido durante la construcción del puente. Soportó una larga e infeliz convalecencia. Cuando terminaron el puente y llegó el día de la dedicación, el arquitecto había mejorado y fue transportado en ambulancia y situado a la orilla del río. Al contemplar la estructura completa, se le iluminaron los ojos con satisfacción, y dijo: 'Es exactamente conforme al plan'. Hacia esta mete debemos avanzar tú y yo, para que al final el Señor mire nuestra vida y diga: 'Es exactamente conforme a mi plan'”.  
William MacDonald, Solo Una Vida
 
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"TENED FE EN DIOS"


Lucas Batalla

En Marcos 11, el Señor dijo a los discípulos de entonces y a nosotros hoy: “Tened fe en Dios”. Eso es lo que Dios quiere y demanda, y es lo que le agrada. De paso observo que si todo fuera predestinado, predeterminado por Dios, no tendría ningún sentido llamar a los hombres a tener fe, ya que creyesen o no, no cambiaría nada. Pero el Señor habla de una fe que puede mover montañas.
    Pero la fe es nuestra responsabilidad. Confiemos en Él, en lo que Él nos dice, porque Sus consejos son sabios y acertados. Pablo dice en 1 Corintios 1:9, “Fiel es Dios”. Entonces, ¿por qué no creerle? ¿Por qué no confiar en Él de modo que cambia nuestra conducta? Hay que creer en Aquel que no puede mentir, no puede equivocarse, no puede engañar y no puede fallar ni incumplir. La base de nuestra fe es la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre. No hay que tener fe en las emociones, pues lo que sentimos no afecta la verdad de la Palabra.   
    Romanos 10:17 declara que “la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. La fe bíblica necesita la Palabra de Dios, pues sin ella no es fe sino presunción. 2 Pedro 1:19 dice que hacemos bien en estar atentos a la Palabra de Dios, como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro – no a lo que dicen los hombres, sino a lo que dice Dios.
    Recordemos el ejemplo de los 12 espías enviados delante de Israel a la tierra prometida. Recorrieron la tierra y vinieron a reportar lo que habían visto. Así que la nación tomó una mala decisión basada en la vista, no en la fe. Sólo dos espías, Caleb y Josué, tuvieron fe en Dios. Ellos también habían visto a los gigantes y las ciudades amuralladas, pero tuvieron fe en Dios y Su Palabra, no en lo que vieron. Así esos dos entraron y los demás no. La vista puede arruinar la fe – como en el caso de Pedro cuando quiso andar sobre el mar para ir al Señor, pero empezaba a mirar el viento y las olas, y para abajo fue. El Señor lo tomó de la mano, lo rescató y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mt. 14:28-31). Es una pregunta difícil de contestar bien.
    Pablo, en cambio, cuando viajaba preso en un barco y después de muchos días de terrible tormenta en alta mar, declaró que nadie se iba a perder, y exhortó a todos a tener ánimo (Hch. 27:22-24). ¿Porque él lo decía, o porque él era optimista? ¡No! Porque Dios había hablado. “Oh varones, tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho” (Hch. 27:25). ¡Y así fue! La fe no es creer mucho que algo será o pasará. Es confiar en la Palabra de Dios, porque Él no puede fallar.
    Así que, hermanos, consideremos cuán importante es la fe en Dios para toda faceta de nuestra vida cristiana. No se debe orar sin fe, leer sin fe, cantar y alabar sin fe, ni obrar sin fe. No primero por vista, como dicen en el mundo, sino primero por fe. “Tened fe en Dios”, porque “sin fe es imposible agradar a Dios”.

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Cristo A La Diestra De Dios
 
1 Pedro 3:22 declara que Él está ahí. Pensemos en lo que esto significa. La Biblia enseña que la diestra de Dios es un lugar de:

1. Poder    Mateo 26:64  
                 "la diestra del poder de Dios"

2. Honor    Hechos 2:33; 5:31   
                  "exaltado por la diestra de Dios"
   
3. Descanso    Hebreos 1:3; 8:1; 10:12  
                      "se sentó a la diestra de la Majestad"
   
4. Intercesión  Romanos 8:34  
                        "está a la diestra de Dios, el que también
                         intercede por nosotros".

   
5. Preeminencia  Efesios 1:20-21 
                            "sentándole a su diestra en los lugares
                             celestiales, sobre todo..."  
 

6. Dominio
  Hebreos 1:13; 1 Pedro 3:22  
                    "...está a la diestra de Dios; y a él están sujetos 
                     ángeles, autoridades y potestades".

Estemos sujetos a Él también los que confesamos Su Nombre. "¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?" Lc. 6:46 

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El Secreto De La Felicidad

Muchos intentan alcanzar la felicidad mediante el dinero, el placer, el conicimiento,  el arte, la fama, el poder o la filosofía. Pero considera algunos casos de hombres muy conocidos y "exitosos", y cómo terminaron sus vidas.

DINERO
Jay Gould, el prestigioso financiero norteamericano del siglo XIX, con 1.300 millones de dólares, confesó al morir: "supongo que soy el diablo más miserable en la tierra".
George Eastman, fundador de la industria fotográfica (Kodak) en los EE.UU., dio millones de dólares a obras de caridad, pero se enfermó y desesperado se suicidó.

INTELIGENCIA
Luis Álvarez, ganador del premio Nóbel de Física, la nocha que recibió su homenaje dijo: "No estamos libres de un catástrofe global en el futuro tal como una época de enfriamiento global, o un período de intensa actividad volcánica que deje una capa de polvo en la atmósfera, o el deshielo en Antártida que podría inundar gran parte de la tierra habitable".

FAMA
Simón Bolívar, el célebre libertador de varios países, dijo al final de su vida: "Yo estoy viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado, calumniado y mal pagado. No pido por recompensa más que el reposo y la conservación de mi honor. Pero por desgracia es lo que no consigo". También dijo: "He sembrado en el viento y arado en el mar".
Salvador Dalí, famoso pintor español, pasó los últimos años de su vida solitario y murió triste.

PODER
Alejando Magno, quizás el general más notable de la historia, conquistó al mundo de su época, y luego lloró diciendo: "¡Ya no hay más mundos por conquistar!" Pero no conquistó al pecado. El gran general y estratega se entregó a los vicios de alcohol y sodomía, contrajo fiebre y murió con 32 años de edad.

FILOSOFÍA
Voltaire era enérgico opositor de la Biblia y el evangelio de Jesucristo. Pero su conclusión fue: "¡Ojalá nunca haber nacido!"

Esos y muchos otros confirman la verdad dicho por el rey Salomón hace más de 3.000 años: "Todo es vanidad y aflicción de espíritu" (Eclesiastés 2:17). También Cristo advirtió que si ganares todo el mundo y perdieres tu alma (como esos hombres), ¿de qué aprovecha? Hoy si pudieran, todos esos hombres contestarían: "¡Nada!"
    Amigo, la verdadera vida, la salvación y la felicidad se encuentran solo en Jesucristo. Él declaró: "Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás" (Juan 6:35). ¡Búscale hoy! 

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PREPÁRATE PARA
EL TRIBUNAL DE CRISTO

Carlos Tomás Knott

“Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo.  Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios. De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Ro. 14:10-12).
 
Hermanos, ¿estamos preparados para el Tribunal de Cristo? Muchos se preparan para todo menos eso. Se preparan más para su carrera, o incluso para sus vacaciones, que para comparecer ante el Señor. Pero el mero hecho de que Dios haya establecido un juicio para creyentes demuestra cuán importante es cómo vivimos. Muchos aparentemente creen que tienen libertad para vivir como les gusta, pero el Tribunal de Cristo dice que no es así. Vamos al juicio.
    Sí, somos salvos solo por la gracia, por medio de la fe, sin obras. Y los creyentes nunca vendrán a juicio por sus pecados, porque ésos ya fueron juzgados cuando el Señor murió por nosotros. “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1). No irán al Gran Trono Blanco para ser juzgados y condenados por sus obras (Ap. 20:11-15). Aquel lugar es el destino de los que no son del Señor.
    Pero los creyentes, “todos compareceremos ante el tribunal de Cristo”. Dios estableció este juicio para los creyentes, para examinar su carácter, sus obras y su servicio. “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Co. 5:10). Saldrán cosas malas también en este juicio.
    Romanos 14:11 cita y aplica Isaías 45:23 a los creyentes: “Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios”. Nos arrodillaremos ante el Señor y confesaremos Su señorío. Y porque Él es nuestro Señor, debemos vivir esta vida como a Él le gusta, para Él, no para nosotros. En el Tribunal de Cristo se verá cómo hemos vivido, no durante las reuniones, sino qué hemos hecho con toda nuestra vida, el tiempo, los talentos y dones que el Señor nos ha dado.
    El versículo 12 afirma “que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí”. Se refiere a cada creyente. No solo los predicadores, sino cada hermana y hermano. Dice que “dará a Dios...”, esto es, al Señor Jesucristo, y esta expresión indica que Él es Dios. No daremos cuenta a los hombres, ni tenemos que vivir para agradarles. No es el tribunal de ellos, sino de Cristo. Daremos cuenta a Dios. Por eso, Pablo dice en 1 Corintios 4:3, “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo”. Los corintios le estaban juzgando, y algunos hoy siguen con sus tribunales humanos, pero Dios es el Juez. Pablo dijo a los gálatas: “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gá. 1:10). Así debemos vivir, para agradar a Dios antes que a los hombres. ¿Cómo podemos hacerlo? Leyendo y obedeciendo Su Palabra, pues ahí Él nos dice cómo vivir. La Palabra de Dios será el criterio usado en el Tribunal de Cristo.
    Dice: “dará cuenta de sí”, no de los demás. Nos gusta saber de vidas ajenas, curiosear y juzgar a la carrera, pero el verdadero juicio que debe preocuparnos es el que nos hará el Señor Jesucristo. ¿Qué dijo el Señor a Pedro cuando él pregunto qué haría Juan? “¿Qué a ti? Sígueme tú” (Jn. 21:22).  Si otros no obedecen al Señor, no los sigamos. Mal de muchos, consuelo de tontos. Sigamos al Señor aunque por ello tengamos que andar solos. Cada uno de nosotros estará individualmente delante del Señor, cara a cara, para que toda su vida cristiana sea revisada. Daremos cuenta, y el Señor nos juzgará. ¡En el cielo hay todo el tiempo necesario para hacer esto sin prisas, y ningún detalle se omitirá! Puede ser para bien, o para mal. Los pequeños detalles como un vaso de agua dado a un discípulo (Mr. 9:41), la pequeña ofrenda de una viuda que sacrifica todo su sustento (Mr. 12:42), y la ofrenda y atención a la persona de Cristo (Mr. 14:3-9) tendrán su recompensa. “Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún” (He. 6:10). Pero por otra parte, la atención divina del Señor a todos los detalles de nuestra vida cristiana incluirá todo aquello en que no hemos hecho Su voluntad sino la nuestra, en que no le hemos seguido sino al mundo. “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lc. 6:46). Si es incómodo leer esto, ¡cuánto más estar ante Cristo que nos mira cara a cara y nos pregunta así!
    Pero es necesario el Tribunal de Cristo, porque Dios nos ha comprado por precio (1 Co. 6:19-20), y nos ha instruído y equipado para vivir para Él. El día de nuestro juicio se acerca, “para que cada uno reciba según lo que haya hecho” (2 Co. 5:10). Los que han sido fieles, recibirán recompensa – galardón – corona. “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra” (Ap. 22:12). Pero los que no, no van a entrar en el cielo sonriendo y diciendo o pensando que a fin de cuentas no era tan importante vivir para Cristo. “Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida” (1 Co. 3:15). Los creyentes no se pueden perder, pero pueden sufrir. De ahí tal vez las lágrimas que el Señor enjugará, porque el juicio vendrá y no podemos evitarlo. Los que no vivieron debidamente perderán – no habrá galardon, recompensa, aprobación, alabanza. El apóstol Juan nos exhorta a permanecer en el Señor – vivir fielmente para Él, “para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados” (1 Jn. 2:28). Es posible sentir vergüenza, tristeza y pérdida en la presencia del Señor, porque todo será examinado. “La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará” (1 Co. 3:13). “La obra”, no las buenas intenciones, los sueños o deseos, sino “según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” .
    Lo bueno es lo que se conforma a la Palabra de Dios. Por eso nos urge leerla, meditarla, estudiarla y conocerla bien. Lo malo es lo que no. Hay dos palabras griegas que se traducen “malo” – uno significa algo malvado, el pecado, el mal. La otra palabra es la que aparece aquí, y significa “inútil”. Nuestras malas obras – pecados – fueron juzgados en el Calvario. Pero nuestras otras malas obras – las cosas inútiles para Cristo que hemos hecho en la vida cristiana, serán juzgadas en el Tribunal de Cristo, y recibiremos según lo que hayamos hecho, incluso lo malo. Dios no echará fuera a ningún creyente porque la salvación no es por obras sino por gracia. Pero habrá reprensión, pérdida de recompensa, pérdida de gozo, tristeza al ver nuestro fracaso ante el Señor que dio todo por nosotros. Podemos ser salvos pero así como por fuego. Al Señor no le da igual cómo vivivmos. Le importa mucho lo que hacemos mientras estamos en el cuerpo, y lo sabemos porque Él ha establecido el Tribunal de Cristo para juzgarnos. Entre las muchísmas cosas que serán juzgadas, considera solo estas poquitas:
1. Nuestras palabras.  En Mateo 12:36-37 el Señor advierte que de toda palabra ociosa que digamos, daremos cuenta y seremos juzgados por nuestras palabras. Con razón Proverbios menciona tanto la lengua y los labios, y Santiago dedica todo el capítulo 3 de su epístola al asunto de la lengua. Los puritanos decían que más se han arrepentido de hablar que de guardar silencio. Hay mucho chismear, murmurar, comentar en secreto, criticar, y quejarse entre los cristianos. Es probable que después de los pensamientos, donde más erramos es con la boca. Las redes sociales facilitan el mal uso de palabras. Todas nuestras palabras se oirán otra vez en el Tribunal de Cristo.

2. Nuestros hechos. Gálatas 6:7 afirma que Dios no puede ser burlado, y que “todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Debemos hacer bien a todos los hombres, especialmente a los de la familia de la fe. Esto incluye el tema de las buenas obras que Efesios 2:10 enseña como el propósito divno para nosotros. Cada capítulo de Tito menciona las buenas obras de los creyentes. Hebreos 13:16 exhorta: “Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios”. El Señor examinará nuestras obras, y daremos cuenta delante de Él. ¿Han sido para Él, conforme a Su Palabra? Nuestros hechos incluyen nuestro servicio cristiano. 1 Corintios 3:11-15 enseña la importancia de edificar con oro, plata y piedras preciosas, no con madera, heno, hojarasca. Lo barato – lo del mundo y la carne – es popular y fácil de hallar y usar. Lo caro – lo de Dios, lo bíblico – es más difícil, porque va contra la sabiduría, la corriente del mundo y los deseos de la carne. Sería fácil tener éxito usando métodos no bíblicos que gustan a la carne. Pero aunque los hombres aplauden el aparente éxito de grandes congregaciones, dinero, edificios y programas, todo se quemará en el Tribunal de Cristo. El fuego de Cristo espera y acabará con todo lo que no se conforma a Su Palabra.
    El Señor sabe quiénes le son fieles y obedientes, y ellos recibirán el "bien hecho, siervo fiel". Seamos hallados entre ellos, porque en aquel día la aprobación de los hombres no significa absolutamente nada.

continuará, d.v.