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lunes, 30 de abril de 2018

EN ESTO PENSAD - mayo 2018

El Coro De Alabanza Universal

Texto: Salmo 103:19-22

Muchas veces meditamos sobre la primera parte de este hermoso salmo, y con razón, porque habla de la misericordia y el perdón de nuestro Dios. Pero la última parte del salmo también es importante, como hemos de ver. Queremos que Dios nos bendiga, y está bien, pero ¿queremos bendecirle? “Bendecir” no quiere decir darle bendiciones, sino "bien-decir" – eso es, hablar bien de Él. Es parte de la adoración – no es enseñanza, ni exhortación, ni "compartir", ni cantar himnos porque son nuestros favoritos, sino estar completamente ocupado con Dios, y hablar bien de Él, como por ejemplo vemos en Apocalipsis 4 y 5. Es una ocupación sublime del corazón y los labios humanos. Casi constantemente pedimos, pero ¿le bendecimos?
    El versículo 19 declara un principio. Hay alguien que gobierna el universo entero. “Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos”. Nunca ha habido otro trono en los cielos sino el de nuestro Dios. Y su dominio no es cuestión de votación, referendum, aceptación popular ni nada así. No necesita permiso de nadie, ya que Él es Dios y Creador de todo.
    El versículo 20 llama a los ángeles a expresarse: “Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto”. Los ángeles son espíritus que sirven a Dios. Él los hizo poderosos en fortaleza, no para formar ligas y equipos competetivos, ni para ganar torneos y trofeos, sino para servirle. ¿Cómo sirven? “Que ejecutáis su palabra”. Son ejecutivos todos, porque ponen por obra la Palabra de Dios. Son hacedores, no sólo oidores (Stg. 1:22). La siguiente frase dice: “obedeciendo a la voz de Su precepto”. Con lo grandes y fuertes que son, y poseyendo poderes que nosotros no, esos ángeles obedecen. Y los ángeles son llamados a bendecir a Dios. ¡Qué no podrían decir ésos que contemplan Su gloria y hermosura, y viven en santidad! En los siglos que llevan con Dios, viendo Su gloria, oyendo Su voz, observando Su gran poder en la creación y Su sabiduría en todos Sus tratos con nosotros, los ángeles tendrán mucho que decir. En Apocalipsis 5:11-12 Juan escuchó "la voz de muchos ángeles" unidas a las voces de los seres vivientes y los ancianos, adorando y alabando al Cordero.
    El siguiente versículo del Salmo 103 exclama: “Bendecid a Jehová, vosotros todos sus ejércitos, ministros suyos, que hacéis su voluntad”. Esto seguramente incluye a los ángeles y todo otro ser en las huestes celestiales (véase Sal. 148:1-2). Aquí enfatiza que son “ministros suyos”. Viven para servirle y hacen Su voluntad. No hay conflicto de voluntades, como con nosotros.  ¡Qué victoria es cuando aprendemos a decir sinceramente: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Nuestro Señor quiere que imitemos a esos ejércitos, porque en Mateo 6:10 nos enseña a orar así: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”.  Esos ejércitos bendicen a Dios, y ¡que voz es la suya, porque es la voz de Sus siervos obedientes que estiman a Dios y Su voluntad por encima de todo. Isaías 29:13 acusa a Israel de honrarle con su boca y labios, “pero su corazón está lejos de mí”.  Es verdaderamente hermosa la bendición, alabanza y adoración que surge de los que conocen y obedecen a Dios de corazón.
    El versículo 22 continúa así: “Bendecid a Jehová, vosotras todas sus obras, en todos los lugares de su señorío”. Toda la creación es lugar de Su señorío, hasta el rincón más distante del universo. El señorío de Dios, de Cristo, no es tema de debate porque Dios declara que es universal. No es una filosofía o teoría, sino una realidad. El Salmo 19:1-2 declara: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría”. En el Salmo 148:3-10 leemos: “Alabadle, sol y luna; Alabadle, vosotras todas, lucientes estrellas. Alabadle, cielos de los cielos, y las aguas que están sobre los cielos. Alaben el nombre de Jehová; porque él mandó, y fueron creados...Alabad a Jehová desde la tierra, los monstruos marinos y todos los abismos; el fuego y el granizo, la nieve y el vapor, el viento de tempestad que ejecuta su palabra; los montes y todos los collados, el árbol de fruto y todos los cedros; la bestia y todo animal, reptiles y volátiles”. Es enorme ese coro de todas sus obras, que alaban y bendicen a Dios, y un día pronto lo escucharemos.
    Pero el salmista no lo deja así. La última frase del Salmo 103 es: “Bendice, alma mía, a Jehová”. Se apunta al coro, no se queda de espectador. Se habla y se anima: “alma mía”. A veces tenemos que hacer esto, hablarnos, animarnos, exhortarnos: “Bendice...a Jehova”. Si todo el cielo y la tierra le bendice y alaba, no nos quedemos callados. Tenemos más motivos, porque Él nos ha redimido con la sangre preciosa del Cordero de Dios. Nos ha dado vida, estando nosotros muertos en delitos y pecados. Nos ha hecho Sus hijos, nos ha dado Su Espíritu Santo, Su Palabra, la comunión de los santos, preciosas y grandísimas promesas, y tanto más. Tenemos motivos sobrados. Pensemos en Él. Hablemos de Él. “Bendecid a Jehová” dice el texto. ¿Te apuntas?

    “En medio de las alabanzas de Su creación,
      Que se escuche mi voz también”.
 Carlos
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             ¿SON SANAS Y SABIAS                 
TUS AMBICIONES?
¿Qué es una ambición digna para la vida? ¿Qué tipo de carrera resultará ser la más recompensadora cinco minutos después de nuestra muerte? ¿Cuál es la mejor forma de invertir nuestro tiempo, nuestros talentos, y nuestros bienes?
    ¿Estaremos de acuerdo en que el "hacerse rico" no es una meta conveniente para un cristiano?

    1. En primer lugar, el Señor mismo lo prohibe claramente (Mt. 6:19), y por lo tanto, es tan incorrecto como la inmoralidad y el homicidio.
    2. En segundo lugar, la abundancia material es un gran impedimento en los asuntos espirituales (Mr. 10:23-24).
    3. Las riquezas son engañosas (Mr. 4:19); parecen reales, pero se desvanecen rápida y repentinamente.
    4. El Señor Jesús, nuestro ejemplo, fue un hombre pobre (2 Co. 8:9). Él dijo constantemente que el siervo no es más que su señor (Mt. 10:24-25).
    5. Las riquezas no pueden ser llevadas al cielo (2 Co. 4:18).
    6. Hay un verdadero problema moral en cuanto a cómo un cristiano puede seguir siendo rico cuando ve toda la pobreza y necesidad del mundo a su alrededor.
    Hace algunos años, apareció el siguiente artículo en un periódico de Ontario:
     John Livingstone de Listowel fue en su muerte el hombre más rico en el Condado de Perth, Ontario. Sus propiedades estaban valoradas en $500.000. Además de esto, su vida estaba asegurada por $500.000. Él fue hermano de David Livingstone, el famoso misionero explorador escocés.
    En los años de su juventud en su hogar en Escocia, estos dos muchachos hicieron grandes elecciones para sus vidas. Juan dijo: "Me voy a Canadá para hacer mi fortuna". ¡Y lo hizo! David entregó su vida al Salvador, el Señor Jesucristo, y la dedicó a la gran labor de penetrar en el África para ganar a sus habitantes con el Evangelio. En la opinion del mundo, Juan fue un hombre sabio y David un necio. Pero el punto de vista mundanal es sumamente miope. Aun cuando Juan alcanzó éxito en los negocios y acumuló grandes riquezas, y David sepultó su vida en África y murió allí de rodillas en una cabaña solitaria, el resultado después de cincuenta o setenta y cinco años es que el nombre de Juan casi ha desaparecido de la tierra, mientras que el de David Livingstone es fragante donde sea que el Evangelio es conocido alrededor del mundo.
    Pero la búsqueda de las riquezas no es la única gran tentación. Otra fuerte atracción del hombre es la prominencia personal. Los hombres desean ser alguien, alcanzar renombre, llegar a ser ilustres.
    Algunos buscan esta gloria en los negocios o en la carrera profesional. Dan lo mejor de sí en estas áreas. Ellos adoran en el altar del comercio o la ciencia. Luchan incansablemente por el éxito en los campos que han elegido, mientras que la voz de Dios les dice: "¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques" (Jer. 45:5).
    Algunos buscan distinción en el campo del atletismo. Entrenan rigurosamente bajo la disciplina más rígida. Hacen sacrificios con el fin de alcanzar proezas. Luego en la carrera del certamen utilizan todos sus músculos para ganar el premio. Pero las Sagradas Escrituras declaran que Dios "ni se complace en la agilidad del hombre" (Sal. 147:10). Él no es un devoto de los deportes, porque las ventajas del ejercicio corporal sólo son para esta vida, pero la piedad afecta la eternidad así como el tiempo presente (1 Ti. 4:8).
    Otros buscan distinción especializándose en algún área del conocimiento, ya sea filosofía, historia, música, etc. Pero es una indecible tragedia ver a los cristianos gastando sus vidas en la preparación para convertirse en expertos en cosas que en el cielo serán de poco o ningún valor.

William MacDonald, del libro Piensa En Tu Futuro
continuará, d.v. 

"Mi corazón al mundo no quiero dar, y luego de tu amor hablar.
No quiero, sintiendo mis fuerzas desaparacer,
entonces tu servicio emprender".

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Análisis: perfecto 
Paciente: muerto

“Salieron perfectos los análisis, pero murió el paciente”. Este fue el triste relato de un amigo no hace mucho. Un pariente suyo sufrió todos los primeros síntomas de un ataque cardíaco. Varios médicos le atendieron, y le hicieron realizar un análisis completo, como es costumbre en tales casos. Después de un tiempo en observación, lo mandaron a casa a esperar los resultados.
    A las cuatro de la tarde en punto el mensajero del laboratorio llamó a la puerte de la casa con los informes en la mano. ¡Buena noticia! Fulano no tenía ninguna de las enfermedades sospechadas. Sin embargo, el médico que recibió el informe del laboratorio tuvo que decirle al mensajero que el paciente había muerto un minuto antes. En la constancia oficial de los médicos tuvieron que escribir: “Murió de una enferemedad desconocida”.
    ¿Quién sabe? Tal vez era simplemente caso de una enfermedad nueva o de una rara combinación de síntomas. Los médicos procedieron sobre la base de sus conocimientos profesionales, los últimos de la ciencia moderna, pero ya que no se conoce todo, de vez en cuando fallará algún diagnóstico.
    La humanidad, medida por sus propias normas, no está enferma. Claro, confiesa que tiene problemas menores, cositas que dentro de poco van a encontrar su solución en la ciencia, la educación o la justa distribución de las riquezas. Pero esto es falso, y el paciente va a morir a menos que haga caso a tiempo al laboratorio divino.
    Dios a veces emplea la figura de la enfermedad para ilustrar y ayudarnos a entender nuestro verdadero problema, el pecado. Pero el pecado no es una enfermedad sino un crimen contra Dios (lea detenidamente Romanos 1:18-32) y somos todos culpables. Dice que el malestar humano es básicamente espiritual, y nos indica dónde está el problema: en nuestro corazón. En Marcos 7:20-23 el Señor Jesús termina declarando: “Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre” (v. 23). La religión, la filosofía, y la ciencia son inútiles para curarnos. La única cura está en la salvación que Cristo ofrece al individuo. “En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Él puede perdonarnos, limpiarnos y darnos vida nueva. El análisis es perfecto y verdadero, y ha llegado a tiempo. Amigo, responde a tiempo y serás salvo.

 
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CRISTO EN LA BARCA
C. H. MacKintosh
Christ in the storm on the sea of Galilee, por Ludolf Backhuysen, 1695
En el momento de extremo peligro o de angustiosa necesidad en la vida del hombre es el momento oportuno para Dios. Éste es un dicho muy familiar en el mundo de habla inglesa, que citamos a menudo y que, sin ninguna duda, creemos plenamente; y, sin embargo, cuando a nosotros mismos nos toca pasar por un momento crítico, cuando nos vemos enredados en un gran aprieto, a menudo estamos poco dispuestos a contar únicamente con la oportunidad de Dios. Una cosa es exponer una verdad o escucharla, y muy otra realizar el poder de esa verdad. No es lo mismo hablar de la capacidad de Dios para guardarnos de la tempestad cuando navegamos sobre un mar en reposo, que poner a prueba esa misma capacidad cuando realmente se desata la tempestad a nuestro alrededor. Sin embargo, Dios es siempre el mismo. En la tempestad o en la calma, en la enfermedad o en la salud, en las necesidades o en las circunstancias favorables, en la pobreza o en la abundancia, Él es "el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (He. 13:8); Él es la misma gran realidad sobre la cual la fe puede apoyarse y de la cual puede echar mano en cualquier tiempo y circunstancia.
    Lamentablemente, ¡somos incrédulos!, y ésta es la causa de nuestras flaquezas y caídas. Nos hallamos perplejos y agitados cuando deberíamos estar tranquilos y confiados; buscamos socorro de todos lados cuando deberíamos contar con Dios; hacemos señas a los compañeros en lugar de poner los ojos en Jesús. Y de este modo, sufrimos una gran pérdida al mismo tiempo que deshonramos al Señor en nuestros caminos. Pocas cosas habrá, sin duda, por las que debamos humillarnos más profundamente que por nuestra tendencia a no confiar en el Señor cuando surgen las dificultades y las pruebas; y seguramente afligimos Su corazón al no confiar en Él, pues la desconfianza hiere siempre a un corazón que ama.
    Veamos, por ejemplo, la escena entre José y sus hermanos en el capítulo 50 de Génesis: "Viendo los hermanos de José que su padre era muerto, dijeron: Quizá nos aborrecerá José, y nos dará el pago de todo el mal que le hicimos. Y enviaron a decir a José: Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre. Y José lloró mientras hablaban" (vv. 15-17).
    Triste respuesta a cambio de todo el amor y los cuidados que José había prodigado a sus hermanos. ¿Cómo podían suponer que aquel que les había perdonado tan libre y completamente, que había salvado sus vidas cuando estaban enteramente en sus manos, querría desatar contra ellos, después de tantos años de bondad, su ira y su venganza? Fue ciertamente grave el error de parte de ellos, y no es de extrañar que José llorara mientras hablaban. ¿Qué respuesta a todos sus indignos temores y a sus terribles sospechas! ¡Un mar de lágrimas! ¡Así es el amor! "Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón" (vv. 19- 21).
    Así ocurrió con los discípulos en la ocasión que estamos considerando. Meditemos un poco este pasaje. "Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal" (Mr. 4:35-38).
      Tenemos aquí una escena interesante a la vez que instructiva. A los pobres discípulos les toca vivir un momento de extremo peligro, una situación límite. No saben qué más hacer. Una recia tempestad, la barca llena de agua, el Maestro durmiendo. Era realmente un momento de prueba y, si nos miramos a nosotros mismos, seguramente no nos extrañará el miedo y la agitación de los discípulos. De haber estado en su lugar, sin duda habríamos reaccionado de la misma manera. Sin embargo, no podemos sino ver dónde fallaron. El relato se escribió para nuestra enseñanza, y debemos estudiarlo y tratar de aprender la lección que nos enseña. 
    No hay nada más absurdo ni más irracional que la incredulidad, cuando la consideramos con calma. En la escena que nos ocupa, la incredulidad de los discípulos es, evidentemente, absurda. En efecto, ¿qué podía ser más absurdo que suponer que la barca podía hundirse con el propio Hijo de Dios a bordo? Y, sin embargo, eso es lo que temían. Se dirá que precisamente en ese momento no pensaban en el Hijo de Dios. A la verdad, pensaban en la tempestad, en las olas, en la barca que se llenaba de agua, y, juzgando a la manera de los hombres, parecía una situación desesperada. El corazón incrédulo razona siempre así. Mira las circunstancias y deja a Dios de lado. La fe, en cambio, no considera más que a Dios, y deja las circunstancias de lado. ¡Qué diferencia! La fe se goza en los momentos de extremo peligro o de angustiosa necesidad, simplemente porque los tales son una oportunidad para Dios. La fe se complace en concentrarse en Dios, en encontrarse sobre ese terreno ajeno a la criatura, para que Dios manifieste su gloria; en ver que las "vasijas vacías" se multipliquen para que Dios las llene (2 R. 4:3-6). Podemos afirmar ciertamente que la fe habría permitido a los discípulos acostarse y dormir junto a su divino Maestro en medio de la tempestad. La incredulidad, por otro lado, los hizo estar sobresaltados; no pudieron permanecer tranquilos ellos mismos, y perturbaron el sueño del Señor con sus incrédulas aprensiones. Él, cansado por un intenso y agobiador trabajo,  había aprovechado la travesía para reposar durante unos instantes. Sabía lo que era el cansancio. Había descendido hasta todas nuestras circunstancias, de modo que pudo familiarizarse con todos nuestros sentimientos y debilidades, habiendo sido tentado en todo según nuestra semejanza, a excepción del pecado. En todo respecto fue hallado como hombre y, como tal, dormía sobre un cabezal, balanceado por las olas del mar. El viento y las olas sacudían la barca, a pesar de que el Creador se hallaba a bordo en la persona de ese Siervo abrumado y dormido. ¡Profundo misterio! El que hizo el mar y podía sostener los vientos en Su mano todopoderosa, dormía allí, en la popa de la barca, y dejaba que el viento le tratase sin más miramientos que a un hombre cualquiera. Tal era la realidad de la naturaleza humana de nuestro bendito Señor. Estaba cansado, dormía, y era sacudido en medio de ese mar que sus manos habían hecho. Detente, lector, y medita sobre esta maravillosa escena. Ninguna lengua podría hablar de ella como conviene. No podemos detenernos más en este punto; sólo podemos meditar y adorar.
    Como ya lo hemos dicho, la incredulidad de los discípulos fue la que hizo salir a nuestro bendito Señor de su sueño. "Y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?" (Mr. 4:38). ¡Qué pregunta! "¿No tienes cuidado?" ¡Cuánto debió de herir el sensible corazón del Señor! ¿Cómo podían pensar que era indiferente a su angustia en medio del peligro? ¡Cuán completamente habían perdido de vista Su amor –por no decir nada de su poder– cuando se atrevieron a decirle estas palabras: "¿No tienes cuidado?"
     Y, sin embargo, querido lector cristiano, esta escena ¿no es un espejo que refleja nuestra propia miseria? Ciertamente. ¡Cuántas veces, en los momentos de dificultad y de prueba, esta pregunta se genera en nuestros corazones, aunque no la formulemos con los labios: "¿No tienes cuidado?"! Quizá estemos enfermos y suframos; sabemos que bastaría una sola palabra del Dios Todopoderoso para curar el mal y levantarnos, pero esa palabra no la dice. O quizá tengamos dificultades económicas; sabemos que el oro y la plata, y los millares de animales en los collados son de Dios, que incluso los tesoros del universo están en Su mano; sin embargo, pasan los días sin que nuestras necesidades se suplan. En una palabra, de un modo u otro atravesamos aguas profundas; la tempestad se desata, una ola tras otra golpea con ímpetu nuestra diminuta embarcación, nos hallamos en el límite de nuestros recursos, no sabemos qué más hacer y nuestros corazones se sienten a menudo prestos a dirigir al Señor la terrible pregunta: "¿No tienes cuidado?" Este pensamiento es profundamente humillante. La simple idea de lastimar el corazón del Señor Jesús, lleno de amor, con nuestra incredulidad y desconfianza debería producir la más profunda contrición.
    Además, ¡qué absurda es la incredulidad! ¿Cómo Aquel que dio Su vida por nosotros, que dejó Su gloria y descendió a este mundo de pena y miseria, donde sufrió una muerte vergonzosa para librarnos de la ira eterna, podría alguna vez no tener cuidado de nosotros? Y, sin embargo, estamos prestos a dudar, o bien nos volvemos impacientes cuando nuestra fe es puesta a prueba, olvidando que esa misma prueba que nos hace estremecer y retroceder, es mucho más preciosa que el oro, el cual perece con el tiempo, mientras que la fe es una realidad imperecedera. Cuanto más se prueba la verdadera fe, tanto más brilla; y por eso la prueba, por más dura que sea, redundará, sin duda, en alabanza, gloria y honra para Aquel que no sólo implantó la fe en el corazón, sino que también la hace pasar por el crisol de la prueba, velando atentamente sobre ella durante todo ese tiempo.
    Pero los pobres discípulos desfallecieron a la hora de la prueba. Les faltó confianza; despertaron al Maestro con esta indigna pregunta: "¿No tienes cuidado que perecemos?" ¡Ay, qué criaturas somos! Estamos dispuestos a olvidar diez mil bondades en cuanto aparece una sola dificultad. David dijo: "Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl" (1 S. 27:1). ¿Qué ocurrió al final? Saúl cayó en la montaña de Gilboa y David ocupó el trono de Israel. Ante la amenaza de Jezabel, Elías huyó para salvar su vida, ¿y cómo terminó todo? Jezabel fue arrojada por la ventana de su aposento y los perros lamieron su sangre, mientras que Elías ascendió al cielo en un carro de fuego (véase 1 R. 19:1-4; 2 R. 9:30-37; 2:11). Lo mismo ocurrió con los discípulos: tenían al Hijo de Dios a bordo, y creían que estaban perdidos; ¿y qué pasó al final? La tempestad fue reducida al silencio, y el mar se allanó como un espejo al oír la voz del que, antiguamente, llamó los mundos a la existencia. "Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza" (Mr. 4:39).
    ¡Cuánta gracia y majestad juntas! En lugar de reprochar a sus discípulos  por haber interrumpido su sueño, reprende a los elementos que los habían aterrorizado. Así respondía a la pregunta: ¿No tienes cuidado que perecemos? ¡Bendito Maestro! ¿Quién no confiaría en ti? ¿Quién no te adoraría por tu paciente gracia, y por tu amor que no hace reproches?
    Vemos una perfecta belleza en la manera en que nuestro bendito Señor pasa, sin esfuerzo alguno, del reposo de su perfecta humanidad a la actividad de la Deidad. Como hombre, cansado de su trabajo, dormía sobre un cabezal; como Dios, se levanta y, con Su voz omnipotente, acalla al viento impetuoso y calma el mar.
    Tal era el Señor Jesús ¡verdadero Dios y verdadero hombre!, y tal es hoy, siempre dispuesto a responder a las necesidades de los Suyos, a calmar sus ansiedades y alejar sus temores. ¡Ojalá que confiemos más simplemente en Él! No tenemos más que una débil idea de lo mucho que perdemos al no apoyarnos más de lo que lo hacemos en los brazos de Jesús cada día. Nos aterrorizamos con demasiada facilidad. Cada ráfaga de viento, cada ola, cada nube nos agita y deprime. En vez de permanecer tranquilos y reposados cerca del Señor, nos dejamos sobrecoger por el terror y la perplejidad. En vez de tomar la tempestad como una ocasión para confiar en Él, hacemos de ella una ocasión para dudar de Él. Tan pronto como se hace presente la menor dificultad, pensamos en seguida que vamos a sucumbir, a pesar de que nos asegura que nuestros cabellos están contados. Bien podría decirnos, como a sus discípulos: "¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?" (v. 40). Parecería, en efecto, que por momentos no tuviésemos fe. Pero (oh, qué tierno amor es el Suyo! Él está siempre cerca de nosotros para socorrernos y protegernos, aun cuando nuestros incrédulos corazones sean tan propensos a dudar de Su Palabra. Su actitud para con nosotros no es conforme a los pobres pensamientos que tenemos acerca de Él, sino según Su perfecto amor. He aquí el consuelo y el sostén de nuestras almas al atravesar el tempestuoso mar de la vida, en camino hacia nuestro reposo eterno. Cristo está en la barca. Esto siempre nos basta. Descansemos con calma en Él. ¡Ojalá que, en el fondo de nuestros corazones, siempre pueda haber esta calma profunda que proviene de una verdadera confianza en el Señor Jesús! Entonces, aunque la tempestad ruja y se encrespen las olas hasta lo sumo, no diremos: "¿No tienes cuidado que perecemos?" ¿Podemos acaso perecer con el Maestro a bordo? ¿Podemos pensar eso alguna vez, teniendo a Cristo en nuestros corazones? Quiera el Espíritu Santo enseñarnos a servirnos más plena, libre y ardientemente de Cristo. Realmente necesitamos esto justamente ahora, y lo necesitaremos cada vez más. Nuestro corazón debe asir a Cristo mismo por la fe y gozar de Él. ¡Que esto sea para Su gloria y para nuestra paz y gozo permanentes!
    Podemos señalar todavía, para terminar, cómo afectó a los discípulos la escena que acabamos de ver. En lugar de la calma adoración de aquellos cuya fe ha recibido respuesta, manifiestan el asombro de aquellos cuyos temores fueron objeto de reproche. "Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?" (v. 41). Seguramente, tendrían que haberlo conocido mejor. Sí, querido lector, y nosotros también.                                                           

de Escritos Misceláneos, Tomo I

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EL FRACASO DEL 
ARGUMENTO CULTURAL
las ruinas de Corinto

El libro de 1 Corintios es atacado a menudo por los liberales porque en estos tiempos es muy impopular y está mal visto que las mujeres creyentes tengan que llevar un velo, cabello largo (c. 11) o guardar silencio en las reuniones (c. 14). El feminismo ha penetrado llegando a casi todo rincón de la sociedad, y ahora muchos llamados cristianos y sus líderes y maestros, en lugar de ser fieles a las Escrituras y defenderlas, dicen que esas cosas eran culturales y ya no son vigentes en “tiempos modernos”.
       Es doloroso ver a hombres que antes enseñaban la importancia del velo y el silencio de la mujer en la congregación, que ahora permiten que las mujeres hablen, dirijan estudios, oren en voz alta, y dicen que el velo ya no importa. A los tales no les sirve decir: “somos los ancianos”, como si con eso tuviesen autoridad para cambiar la Palabra de Dios y hacer lo que les parece (Jue. 17:6). La grey es de Dios, no ellos (1 P. 5:2), y ellos son siervos, no señores (1 P. 5:3). Claramente están en el error de abandonar y contradecir la verdad, y darán cuenta de sí en el Tribunal de Cristo, si es que llegan. Decir esto suena fuerte, porque lo es, pero 2 Timoteo 4:1-4;  2 Pedro 2:1-3 y Judas 3-4 nos advierten del peligro de ese tipo de enseñanza y los que se enseñorean del pueblo del Señor.
    Cada año hay más personas en iglesias que hablan como el mundo, y dicen que reprimimos a las mujeres y las sujetamos a modos y normas de los siglos pasados, que tenemos a las pobrecitas subdesarrolladas. Señalan como las mujeres avanzan en todo el mundo, gobernando países, encabezando empresas, sacando carreras difíciles y haciéndose eruditas y expertas. Con eso quieren decir que ellas son un gran recurso que despreciamos porque no les dejamos participar en voz alta ni ocupar lugares de liderazgo en la iglesia, ya que son muy inteligentes y capaces.
    Alegan que debido a cosas culturales como las prostitutas de templos paganos en Corinto, el apóstol Pablo dio esas instrucciones “puntuales” para ellos. Y que porque no vivimos en aquel entonces, ni en Corinto, podemos descartar esas instrucciones como “cosas culturales” que hoy no se aplican.
    No discutimos la inteligencia ni capacidad de las mujeres, sino preguntamos, como debemos en todo asunto: “¿Qué dice la Escritura?” ¿Cuál es la voluntad de Dios, no la de la sociedad, respecto a la mujer? ¿Dónde en la epístola a los Corintios dice que era sólo para ellos y sus cuestiones culturales? No lo dice en ningún lugar. Antes al contrario, mirando al texto bíblico notamos lo siguiente:

    1:2  “llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”.
   
    4:17  “...el cual os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias”.
   
    7:17      “...esto ordeno en todas las iglesias”.
   
    11:10    “Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles”.

    11:16   “nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios”.
   
    14:33-34  “...como en todas las iglesias de los santos, vuestras  mujeres callen en las congregaciones”.
   
    14:37    “Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor”.

    16:1    “haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia”.

    La epístola no contiene instrucciones culturales, sino doctrina apostólica y “los mandamientos del Señor”. Por eso no debe haber mujeres con la cabeza descubierta en las congregaciones, ni congregación/reunión alguna donde hablen, oren en voz alta, lean en voz alta, pidan himnos, enseñen o prediquen mujeres, pues es el Señor que manda que se callen, y que aprendan en silencio con toda sujeción (1 Ti. 2:11).
    La obediencia a estos claros mandatos del Señor y el apóstol inspirado eliminaría toda reunión, conferencia, estudio y retiro de hermanas, por la sencilla razón de que no tienen la aprobación del Señor, y es SUYA la Iglesia. Como creyentes, nuestras vidas, cuerpo y espíritu,  son SUYAS, no nuestras (1 Co. 6:19-20). El apostól Pablo no enseñaba idiosincrasias o adaptaciones culturales, sino “todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27), y esto incluye todo lo de 1 Corintios.
    Algunas persisten citando Tito 2:3-4 como si el texto les diera permiso para lo que en otros textos está claramente prohibido. Hacen hincapié en la frase: “maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes...”. Pero malentienden, malinterpretan  o tuercen el texto para sacar sus conclusiones predeterminadas y justificar lo que quieren hacer. La frase “maestras del bien” (v. 3) es una sola palabra en griego: “kalodidaskalos”, que no sigifica predicar sino “enseñando lo bueno” o maestras “...de buenas cosas”. Tiene que ver con el carácter de la mujer y su vida doméstica. No hace falta saber el griego, pues el contexto mismo da el sentido, pero lo hemos citado para que conste ante los que piensan que es importante. Si siguimos mirando al contexto cercano, los versículos  4 y 5 apuntan específicamente qué cosas deben enseñar, y no tienen nada que ver con clases bíblicas, reuniones o conferencias, sino con lo que una mujer anciana puede y debe enseñar a una mujer más joven, a nivel personal e íntima, acerca de su carácter y conducta en su hogar. Para eso no hace falta ningún púlpito o local de reunión. Además, observa que no son mujeres jóvenes, recién casadas ni con familias jóvenes, sino sólo “ancianas” las que deben enseñar esas cosas prácticas y personales. Son mujeres ancianas con la experiencia y sabiduría de haber sido fieles en los años de matrimonio y familia. Es su ministerio personal, “de tú a tú”, “vis a vis”, sin necesidad de organizar una reunión ni juntar un grupo.
    Pero el feminismo se extiende de forma arrolladora, penetrando de modo casi inevitable en nuestros tiempos. Conquista e intimida, y goza de la aprobación general de la sociedad. Es enseñada en las escuelas, en la prensa, en la televisión y por todo medio posible. Los que no disciernen los tiempos, ni examinan todo (1 Ts. 5:21), aceptan esos cambios. Pero la Iglesia necesita una Palabra de su Señor, no de la sociedad.
    Parece que siempre hay hermanas que resienten los mandamientos bíblicos acerca de ellas. Ésas son rebeldes y deben ser tratadas como tales. Pero otras se han contagiado sin darse cuenta. Es como un virus que infecte la mente y la actitud de una mujer, de modo que no está contenta si no está haciendo lo mismo que los hombres. Y tristemente, los hombres, buscando el favor de las mujeres, o por pereza, cobardía o ignorancia, les conceden que desarrollen ministerios y hagan cosas que no están dentro del marco bíblico.  Supuestamente procuran  “la libertad” o “igualdad” de la mujer, pero en realidad contribuyen a su esclavitud e insensata conformidad a la sabiduría del mundo.
    El ministerio de la mujer creyente es muy importante, pero DIFERENTE. Por eso ella debe renunciar la sabiduría y la influencia del mundo, según Romanos 12:1-2, y hacer de su persona un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, y no conformarse al mundo. Esto significa que no deja al mundo meterla en su molde, que rechace todo argumento cultural y toda faceta y meta del feminismo, y contenta acepte los trabajos y responsabilidades que Dios le otorga en Su Palabra. “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4).
Carlos Knott

 

sábado, 31 de marzo de 2018

EN ESTO PENSAD -- abril 2018

LOS ERRORES COMUNES DE LAS SECTAS
 
William MacDonald

 “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1).

Vivimos en una época cuando las sectas se multiplican con asombrosa rapidez. En realidad no hay nuevas sectas; son solamente variaciones de grupos heréticos que surgieron en los días del Nuevo Testamento. Es su variedad la que es nueva, no sus dogmas básicos.
        Cuando Juan dice que debemos probar los espíritus, quiere darnos a entender que debemos probar a todos los maestros por medio de la Palabra de Dios, para que podamos detectar a aquellos que son falsos. Hay tres áreas fundamentales donde las sectas quedan al descubierto como falsificaciones. Ninguna secta puede pasar estas tres pruebas.
        La mayoría de las sectas son fatalmente defectuosas en su enseñanza referente a la Biblia. No la aceptan como la inerrante Palabra de Dios, la revelación final de Dios al hombre. Igualan su autoridad con los escritos de sus propios líderes. Reclaman tener nuevas revelaciones del Señor y se jactan de esta “verdad nueva”.  Publican su propia traducción de las Escrituras que tuerce y pervierte la verdad. Aceptan la voz de la tradición a la par con la Biblia. Manejan la Palabra de Dios fraudulentamente.
        La mayoría de las sectas son heréticas en sus enseñanzas acerca de nuestro Señor. Niegan que es Dios, la Segunda Persona de la Santa Trinidad. Admiten que es el Hijo de Dios, pero con esto dan a entender algo menos que igualdad con Dios el Padre. A menudo niegan que Jesús es el Cristo, enseñando que el Cristo es una influencia divina que vino sobre el hombre Jesús. Con frecuencia niegan la verdadera humanidad impecable del Salvador.
        Una tercera área en la que las sectas se condenan es en lo que enseñan tocante al camino de salvación. Niegan que la salvación es por gracia por medio de la fe en el Señor Jesucristo solamente. Cada una de ellas enseña otro evangelio, es decir, salvación por las buenas obras o buena conducta.
        Cuando los propagadores de estas sectas llegan a nuestra puerta, ¿cuál debe ser nuestra respuesta? Juan no nos deja en duda: “no lo recibáis en casa, ni le saludéis. Porque el que le saluda, participa en sus malas obras” (2 Juan 10-11 traducido de la Biblia parafraseada por Phillips).
de su libro: DE DÍA EN DÍA, Editorial CLIE
 
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HONRAD AL HIJO

He aquí cuatro razones por las que el Padre manda que todos honren al Hijo:                  
1. El Padre ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo (Jn. 5:26). El Padre señala en Su Hijo la más grande prueba de Su deidad: existe por sí mismo. No sólo el Padre existe así, sino también el Hijo. Esto significa que el Hijo no depende de otro para Su existencia. Es eterno como el Padre. No hay ángel ni otro ser creado que sea así Juan 1:4 afirma: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Cristo declaró: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Jn. 14:6).
2. Todo lo que el Padre hace lo hace el Hijo igualmente (Jn. 5:19b). Nadie más en cielo o tierra puede decir esto. Así como el Padre creó el mundo y gobierna el universo, y sustenta todas las cosas con Su poder, así también hace el Hijo. Este varón, Jesús de Nazaret, que fue menospreciado en las calles de Israel, es Dios hecho hombre, y aunque encarnado así, todavía andaba en perfecta comunión con el Padre. En Juan 10:30 dijo: “Yo y el Padre uno somos”.
3. El Hijo tiene autoridad de dar vida a los muertos que Él quiere (Jn. 5:21). Al resucitar a Lázaro, no pidió permiso para hacerlo, porque tenía autoridad para dar vida a los muertos. Sin embargo, oró al Padre porque hacía todo en comunión perfecta con Él.  Así fue en todos los casos cuando Él resucitó a muertos, y los incontables muertos que resucitarán en el futuro. Llegará un momento en que la voz del Hijo de Dios se oirá (no la del Padre ni del Espíritu), y Su potencia alcanzará a todos los que están en los sepulcros. Los muertos oirán la poderosa voz del Hijo de Dios, y saldrán.
4. El Hijo tiene autoridad para juzgar (Jn. 5:22, 27). Todo el juicio que se realizará en el futuro, sobre toda la humanidad – creyentes e incrédulos, grandes y pequeños, reyes y vasallos – será por el Señor Jesucristo, el Hijo eterno de Dios. El Salmo 50:6 declara que “Dios es el juez”, y el Señor Jesucristo es el Juez porque es Dios .
    Postrémonos delante de Él reconociendo que es igual a Dios, uno con el Padre, la resurrección y la vida, y Creador y Juez eterno. En el Señor Jesucristo Dios ha puesto Su poder, divinidad, justicia, gloria, y excelencia. ¡Es digno de nuestra adoración y honra! 

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La Doctrina y La Unidad

“Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos” (Ef. 4:3-6).

Se oye decir entre los neo-hermanos y otros neo-evangélicos que hay doctrinas secundarias en las que podemos ceder para que haya mayor unidad entre creyentes. Esto es un error. Primero, nota en el texto citado que ya existe la unidad, y que es la del Espíritu (v. 3); no es nada hecha por los hombres. No hay unidad entre carnales y espirituales, entre mundanos y santos, entre falsos maestros y los que no enseñan otra doctrina. No hay unidad entre los que han nacido de nuevo y los que son cristianos nominales.  Hay un solo cuerpo, pero es el de Cristo, y cierto es que no hay nada falso allí.
    Observa también que la unidad del Espíritu es de la “una fe” (v. 5). Esto se refiere a la fe una vez dada a los santos (Jud. 3), por medio del Señor, los apóstoles y profetas, y que está escrita en el Nuevo Testamento.  Hermanos, esa fe no se divide en categorías de doctrinas principales y secundarias o no esenciales. Todo es esencial para el creyente y discípulo. En Mateo 23:23 el Señor enseñó que aunque no todo lo que hay en la Escritura es de igual importancia, todo sí tiene importancia. Nada que la Escritura enseña debe ser despreciado o marginado para conseguir una unidad. Está claro que para ser salvo, es necesario el evangelio. Pero para el creyente – el discípulo – es necesario guardar todo (Mt. 28:20), y contender ardientemente por la fe. Sigamos el sano consejo de Proverbios 23:23, “compra la verdad, y no la vendas”. Toda la Palabra de Dios es verdad (Sal. 119:160; Jn. 17:17). La unidad del Espíritu no puede ser guardada a expensas de la sana doctrina que Él inspiró.
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Isaías: La Biblia Chica
 
Hay 66 capítulos en el libro de Isaías, como también hay 66 libros en la Biblia. ¿Coincidencia?  Tal vez, pero considera que Isaías se divide en dos partes distintas, tan distintas que algunos incrédulos han tropezado por las diferencias entre esas dos partes, y dicen que el libro de Isaías son dos libros escritos por dos hombres distintos (a pesar de que hay mucha evidencia interna que señala a Isaías como el único escritor). ¿Te sorprenderá saber que la primera sección tiene 39 capítulos y la segunda tiene 27? Esto corresponde exactamente al número de los libros en el Antiguo Testamento y en el Nuevo.
    Al final de la primera sección de Isaías, la que corresponde al Antiguo Testamento, hay cuatro capítulos (36-39) que son repetidos casi palabra por palabra en algunos casos, en 2 Reyes 18-20 y 2 Crónicas 32. Quizá el historiador que compuso Reyes y Crónicas bajo la inspiración del Espíritu de Dios empleaba el libro de Isaías como uno de sus fuentes de información. En todo caso, los dos primeros capítulos (36-37) son un cumplimiento de la profecía acerca del colapso del reino de Asiria, el cual fue profetizado con frecuencia en la primera sección del libro. Los dos últimos capítulos (38-39) anuncian y señalan el cautiverio en Babilonia, que es tan destacado en la segunda parte del libro.
    El capítulo 40 da comienzo a la segunda sección de Isaías, la que corresponde al Nuevo Testamento, y lo hace con una palabra de consolación y una profecía acerca del precursor del Mesías. Estos detalles tienen su cumplimiento en el principio o muy cerca del principio de cada uno de los cuatro Evangelios en el Nuevo Testamento. Los últimos 27 capítulos de Isaías se dividen muy bien en tres secciones de nueve capítulos (40-48, 49-57, 58-66). Estas tres secciones están separadas por el solemne anuncio de parte de Dios que "no hay paz para los malos" (48:22; 57:21). Entre los nombres que Isaías usa para designar al Mesías, "el Siervo" es uno de los más destacados. Isaías escribe acerca de Él en cuatro "cánticos del Siervo" muy hermosos. Los tres primeros se encuentran en los capítulos 42, 49 y 50 respectivamente. El cuarto, que es a la vez el más largo y el más precioso de ellos, es del 52:13 al 53:12, es decir, en el mismo centro de esta segunda sección de Isaías. El versículo 5 del capítulo 53 es el octavo versículo del cántico, el versículo central del cántico y de la segunda sección de Isaías, la que corresponde al Nuevo Testamento. ¿Y qué dice?

de una carta de Norman Roberts, de Ardsley, Pennsylvania, EE.UU., diciembre de 1988.
 
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La puntualidad es importante. Es parte de la reverencia, y el amor a los hermanos. Llegar tarde es perder parte de la reunión, y causar un estorbo. 
Por ejemplo, si la reunión comienza a las 11:00, llegar a las 11:00 es llegar tarde. Es aconsejable salir de casa con tiempo para llegar al local como 10  minutos antes, para dar tiempo a saludar y tomar tu asiento con tranquilidad. Gracias.
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¡Mira!


Dios exclama: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Isaías 45:22). Es un llamado divino, una exhortación, una invitación: “Mirad a mí y sed salvos”. La gente mira muchas cosas, la tele, el internet, el teléfono, las revistas, otras personas, pero no a Dios. Somos llamados a mirar a una Persona, no una religión, ni la imagen de un santo, sino a Dios mismo. Para ser salvos hay que mirarle a Él, no a los religiosos, filosóficos, científicos ni otros. Él no es un concepto, ni una fuerza, sino una Persona. Dios se reveló, encarnado, en la Persona de Jesucristo.
    Como en Números 21:8-9, las personas mordidas por las serpientes ardientes sólo tenían que mirar con fe a la serpiente de bronce que Moisés alzó, y vivirían. En Juan 3:14 Cristo indicó que Él sería levantado (crucificado) para que todos creyesen en Él. Amigo, has sido mordido por la serpiente antigua, el diablo, y el veneno mortal del pecado está en ti. Te mueres, tu vida se te va, el fin se acerca. ¿Qué harás? Dios dice: “Mirad a mí, y sed salvos”.
    Pero, ¿cómo podemos mirar a Dios si Él es Espíritu? Con fe, creyendo Su mensaje de salvación: el evangelio del Señor Jesucristo, el único que puede salvarte.
    La mirada de fe al que ha muerto en la cruz, 
infalible la vida nos da:
    Mira, pues, pecaador, mira pronto a Jesús, 
y tu alma la vida hallará.
    ¡Ve! ¡ve! ¡ve a Él!  
Que si miras con fe al que ha muerto en la cruz,
    Al momento la vida tendrás.

    ¿A quiénes se les extiende esta invitación? Observa cuidadosamente, porque no es a los religiosos, a cierto número de escogidos o predestinados. No se limita a ningún grupo étnico ni hay otras limitaciones. “Todos los términos de la tierra”, dice Dios. El evangelio no es para cierta cultura, sino para todo el mundo, porque todos tienen el mismo problema: el pecado. “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Y Dios ama al mundo (Jn. 3:16) y “quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Timoteo 2:4). No quiere que ninguno perezca (2 Pedro 3:9).
    Entonces, si te pierdes, amigo, Dios no tendrá la culpa. Él envió a Su Hijo Jesucristo a morir como tu Sustituto en el Calvario, donde Él llevó tus pecados en Su cuerpo sobre el madero y pagó la pena de muerte por ti. Y Dios ha proclamado esta buena nueva – tú lo sabes. Dios te ha invitado a ti y a todos a mirar y ser salvos. Si te pierdes, sólo tú tendrás la culpa. Si te salvas, no será por nada que hayas hecho, pues Dios te invita a mirar con fe a Aquel que te puede salvar. Sólo Jesucristo.
    “Porque yo soy Dios, y no hay más”. El único camino de salvación es Jesucristo. No hay más. “Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
 
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¡ A L E L U Y A ! ... ¿ ?
 

Según el Nuevo Testamento, ¿cuántas veces resuena el ALELUYA sobre la Tierra?  Esta pregunta la hizo un predicador amigo a un hermano que con impertinencia interrumpía sus prédicas voceando de voz en cuello “¡A l e e e l u u u y a!” en los momentos más inoportunos durante el sermón.
    “¿Qué cuántas veces resuena el aleluya en la tierra?”  “Pues... muchas, muchas veces”, respondió el hermanito. “Pues vea”, le dijo el predicador, “Aleluya no resuena en al tierra ni una sola vez en el Nuevo Testamento. Resuena sólo en el cielo y esto únicamente en un solo capítulo del último libro de la Biblia”.
    No obstante este limitado uso, aquí en la tierra escuchamos el Aleluyeo en cantidades astronómicas. Algunos lo usan superficialmente como si se tratara de un estribillo o de un refrán. Otros para hacer demostraciones de espiritualidad. Predicadores hay que cuando se les acaba la gasolina apelan al Aleluya como relleno para tomar impulso; como una pausa de punto y coma en lo que se les va ocurriendo más palabrerío para proseguir. Hay quienes lanzan aleluyas repetidamente, fuertemente, atronadoramente, como si fueran saetas incendiarias. Las envían para incitar emotivamente a los oyentes. En turno, éstos se las devuelven con estrepitosas andanadas como si se tratase de un ametrallamiento entre dos bandos. La gritería sube tanto de volumen y de color que es capaz de intimidar al más bravucón y  ensordecer a cualquiera.
    El modelo de predicadores, Jesucristo, pronunció su sin igual Sermón del Monte de los capítulos 5, 6 y 7 de Mateo sin usar el recurso de los Aleluyas ni una sola vez. Los Aleluyas estuvieron ausentes de Su brillante Sermón del Monte Olivar del capítulo 24. Lo mismo hizo su fogoso discípulo Pedro cuando le tocó predicar el histórico sermón del día de Pentecostés y su productivo mensaje en la casa del centurión Cornelio. Notamos la ausencia de los Aleluyas en el sermón de San Pablo a los filósofos sobre el Areópago ateniense y en sus discursos de defensa frente a los gobernadores Félix y Porcio Festo y ante los reyes Agripa y Berenice. Los predicadores contemporáneos más destacados, sustanciosos y fructíferos, tampoco incluyen los Aleluyas en sus mensajes.
    Con amargo espíritu de juicio hay quienes se permiten clasificar de “fríos” los cultos donde el Aleluya brilla por su ausencia. Para ellos la temperatura de un culto se mide A l e l u y a m e n t e. Aún los creyentes individualmente son enjuiciados de “fríos” o absueltos como “calientes” dependiendo del número y del volumen con que truenen sus "Aleluyas" en el culto. Esta desafortunada consigna arroja resultados negativos. Promueve entre los nuevos convertidos un aceleramiento desproporcionado por aprender rápido lo que ellos perciben ser las leyes del juego y el carnet de pase a la aceptación. ¿Resultado? que muy pronto se les ve en el pleno descargue de Aleluyas al por mayor y detalle.
    Este estado de cosas es por demás triste, deprimente e innecesario. Se hace intolerable al que llega a discernir que se puede llegar a este y a cualquier otro aspaviento sin tener raíz, ni profundidad en la vida espiritual. Cualquiera puede hacer esto. No es tan difícil condicionar la emoción, ni descargarla por el tubo de la rutina.
    Resulta contraproducente cuando en medio de un sermón en el que el predicador dice “si no te arrepientes irás al infierno”, la gritería responda: “¡Amén! ¡Aleluya!” como si dijera: “¡Qué bueno que ese va para el infierno!  ¡Así sea alabado Dios por ello!” A veces el orador narra con destreza e intensidad emocional una volcadura de automóvil en la que pierden la vida sus ocupantes. Ilustraciones de esta naturaleza suponen evocar en el auditorio un profundo sentimiento de pena, de identificación con la desdicha de los accidentados, pero...¿cómo se responde? “¡Aleluya, gloria a Dios!”
    Quede claro que no estamos inculpando a los que A l e l u y a n como quienes hacen estas inapropiadas intervenciones con intenciones de producir efectos negativos. Eso nunca. Todo lo que este asunto demuestra es que se puede ser víctima de psicosis, y que ésta puede estar barrenada tan hondamente, que ésta apriete el gatillo inconscientemente. Una vez sale este disparo, ya no se le puede hacer regresar. Pero es el caso que el uso inoportuno, inapropiado, indiscriminado de esta significativa palabra de alabanza, además de ser absurdo, deja impresiones muy desfavorables en el ánimo de las gentes. El sabio Salomón en Proverbios capítulo 25, versículo 11 exhorta: “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene”. Las palabras dichas con sazón en el tiempo adecuado son como la combinación de estos dos metales preciosos cuando se confecciona un ornamento. Son palabras sobre ruedas que se mueven, ensanchan su benéfica influencia, y no mueren. El proverbista subraya en su libro de que bajo el sol hay tiempo oportuno para todo. Esta filosofía debía servir como una saludable lección. San Pablo por su parte anima a los cristianos colosenses a “andar sabiamente para con los de afuera” y para ello les recomienda: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal” [4:5-6].

¿QUÉ SIGNIFICA ALELUYA?

    Aleluya es un vocablo Hebreo compuesto del verbo Alelu que significa load y el nombre Ya que es una abreviación de Yavéh, Yaué, Yajué o Jehová. El nombre de la Deidad que invoca la palabra Aleluya, hace de ella una palabra de un significado profundo, muy profundo. Tan profundo como la inmensidad del Ser que forma parte de su estructura. Aleluya es tan sublime como el Dios a quien supone va dirigida su alabanza. El nombre de Yavéh que incluye la invocación de este vocablo debe hacernos pensar dos veces antes de ametrallar a mansalva a un auditorio con esta sagrada palabra. Aleluyar sin ninguna consideración, sin ninguna ciencia o discriminación, sólo para darnos a conocer como cristianos o quizás sólo para ser vistos  u oídos, o para producir ruido, o para impresionar a otros de nuestra espiritualidad, para aparentar que “estamos en la cosa” o para “calentar” un culto, nos pone en el riesgo de usar el nombre de Yavéh en vano. Aleluya, repito, significa alabad a Yavéh o Jehová. Yavéh es Dios, alto, sublimado, y su carácter es reverendo o reverenciable.
    Los judíos tenían un concepto tan elevado y un escrúpulo tan profundo en cuanto al uso del Nombre del Inefable, que eran en demasía puntillares observando la prohibición del tercer mandamiento de la ley de Dios. Este mandamiento dice: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano” [Éxodo 20:7]. Poseídos de un profundo sentimiento de reverencia al Nombre de Yavéh, los judíos se abstenían de pronunciar este nombre y preferían substituirlo con otras designaciones como Adonai o Elohim. Al transcribir las Sagradas Escrituras cuando estas contenían el nombre Jehová/Yavéh, los escribas pausaban y se lavaban mucho las manos antes de transcribir el nombre de la Deidad.
    La única porción del Nuevo Testamento que contiene la palabra Aleluya en el capítulo 19 de Apocalipsis. En sus primeros seis versículos encontramos una gran multitud en el cielo que la trae a colación cuatro veces. La primera vez se encuentra en el versículo uno y dice: “Después de esto oí una gran voz de gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya!  Salvación y honor y gloria y poder son del Señor Dios nuestro”. Como bien señala el predicador canadiense, Boyd Nicholson, éste es el Aleluya de redención o de salvación si se quiere. Lo entonan con regocijo los redimidos por la sangre del Cordero que ahora moran en la casa celestial.
    La segunda vez se halla en el versículo tres donde se lee: “Otra vez dijeron: ¡Aleluya! Y el humo de ella sube por los siglos de los siglos”. Este es el Aleluya de retribución o de juicio sobre la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, vengando la sangre de sus siervos de la mano de ella.
    La tercera mención de la palabra se hace en el versículo 4 y éste dice: “Y los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron en tierra y adoraron a Dios, que estaba sentado en el trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya!”  Este es el Aleluya de adoración que entonan los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes que se postran ante el trono de Jehová - Yavéh – para adorarlo.
    La cuarta y última mención de Aleluya la hace el versículo 6 en estos términos: “Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!”  Este es el Aleluya de subordinación a la majestad, al señorío, al reinado del Señor Dios Todopoderoso.
    Aleluya, amigo nuestro, es una palabra para el uso exclusivo de los redimidos, de los que conocen al Señor, le aman, y le reverencian. Si usted lee este tratado ahora y todavía no ha sido redimido de sus pecados por la sangre preciosísima de Jesucristo, quiero invitarle a arrodillarse en cuerpo, y a inclinarse en espíritu ante la majestad de Dios, y allí, arrepentido de sus pecados, confíe en Él para que lo perdone y reciba en Su familia. La Biblia nos asegura que a los que reciben al Hijo de Dios como Salvador, Él los hace hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Acepte a Jesucristo hoy y aprenda en la sinceridad y en la profundidad de su corazón a decirle: ¡ALELU- YA!
Mariano González V.
 
 
Nota: Se les recuerda a las hermanas que es indecoroso que una mujer hable en la congregación (1 Co. 14:34-35). Debe guardar silencio (1 Ti. 2:11-12). No es machismo ni mandamiento de hombres, sino de Dios. Esto incluye preguntas, comentarios, motivos de oración, orar en voz alta o baja, pedir himnos, y decir "amén" ella sola -- no se debe oir la voz de una mujer en la congregación. Puede cantar con los demás, pero no ella sola. Las razones que la Biblia da no son culturales. Son mandamientos del Señor.
- Carlos
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El Cristiano Y La Política
Capítulo 7
 
Escrituras, Por Favor

A lo largo de este libro presentamos muchas Escrituras que enseñan al creyente cuál debe ser su actitud y comportamiento. No es cuestión de saber discutir, debatir o enredar y vencer a otros con lógica. Algo puede ser lógico pero erroneo y malo. William MacDonald dijo que en las cosas de Dios y la vida de fe, a veces la lógica es veneno. Así que insistimos que los activistas cristianos se abstengan de usar lógica y la sabiduría del mundo, y en lugar de eso, defiendan su posición con las Escrituras, si pueden. Esto les presenta un problema. ¿Qué versículos hallan que claramente enseñan que el creyente tiene obligación o siquiera libertad para participar en la política? ¡Cuidado!
    No podemos aceptar su uso de versos acerca de José, Moisés, Daniel, Ester, Nehemías o los reyes buenos de Israel. Todos esos eran judíos en el tiempo del Antiguo Testamento, no parte de la iglesia. Dios prometió a los judíos una tierra, un rey, un reino, riquezas y bendiciones materiales en la tierra.
    En 1 Corintios 10:32 tenemos las tres divisiones de la humanidad: judíos, gentiles y la iglesia de Dios. Son grupos muy distintos y no deben confundirse ni mezclarse, aunque eso pasa a menudo. Los cristianos pertenecemos a la iglesia, al cuerpo de Cristo. La iglesia está compuesta de judíos y gentiles salvos por la fe en la edad de la gracia. Así que el judío creyente hoy en día es parte de la iglesia. Dios no promete a la iglesia una tierra, un rey, un reino ni riquezas y bienes materiales. La orientación y esperanza del cristiano son celestiales, no terrenales (véase Col. 3:1-4). Hoy el creyente, aunque sea judío, no tiene mandato ni permiso a involucrarse en los reinos de este mundo. Las palabras del Señor Jesucristo a Pilato están llenos de sentido para nosotros Sus discípulos: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Jn. 18:36).
    Así que, puesto que estamos examinando el asunto de “cristianos involucrados en la política”, sus proponentes tendrán que darnos algunos textos del Nuevo Testamento. Deben citar clara enseñanza del Señor y Sus apóstoles, más allá de toda duda, que indique que los cristianos deben involucrarse en la política o buscar ser parte de los gobiernos. Queremos ser como los de Berea que escudriñaban cada día las Escrituras para ver si las cosas que oían eran así (Hch. 17:11). ¿El Señor enseñó la política en los evangelios? ¿La iglesia entró en la política en los Hechos? ¿Los apóstoles enseñaron el valor de la politica en las epístolas? La respuesta a estas tres preguntas es: “no”. El Nuevo Testamento no enseña que los creyentes deben entrar en la política y los gobiernos para hacer bien. Tal vez por eso se molestan tanto algunos políticos religiosos cuando decimos: “capítulo y versículo por favor”. ¡Saben que no tienen nada!
    Apocalipsis, el último libro en el Nuevo Testamento, menciona la política, el sistema y partido político único en el gobierno de Satanás, la bestia y el falso profeta en capítulo 13. Ellos formarán un gobierno mundial que será extremadamente popular. “Y se maravilló toda la tierra en pos de la bestia, y adoraron al dragón que había dado autoridad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién como la bestia, y quién podrá luchar contra ella?” (Ap. 13:3-4).
    ¡Pero Dios tiene la respuesta, y la da en el capítulo 19! El Señor de señores y Rey de reyes, el Verbo de Dios, no vendrá para una campaña electoral sino militar, y quitará la corrupta y rebelde política de este mundo. “El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Ap. 11:15).
    William MacDonald explica el significado de Juan 18:36 para los que somos seguidores de Cristo:

    “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían...” (Juan 18:36).
    El hecho de que el Reino de Cristo no es de este mundo debe bastarme para mantenerme alejado de la política del mundo. Si participo en la política, doy un voto de confianza a favor de la capacidad del sistema para resolver los problemas que aquejan al mundo. Pero francamente no abrigo esta confianza, porque sé que “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19).
    La política ha dado muestras de ser singularmente ineficaz al tratar de resolver los problemas de la sociedad. Los remedios de los políticos son como una tirita sobre una llaga supurante; no llegan a la fuente de la infección. Sabemos que el pecado es el problema básico de nuestra sociedad enferma. Cualquier cosa que no trate con el pecado no puede ser tomada en serio como remedio.
    Se trata de un asunto de prioridades. ¿Debo emplear mi tiempo participando en la política o dedicarlo a extender el evangelio? El Señor Jesús contesta la pregunta con estas palabras: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve y anuncia el reino de Dios” (Lc. 9:60). Nuestra prioridad máxima debe ser dar a conocer a Cristo porque Él es la respuesta a los problemas de este mundo.
    “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Co. 10:4). Si esto es así, nos encontramos ante la tremenda realidad de que es posible darle forma a la historia nacional e internacional con la oración, el ayuno y la Palabra de Dios mucho más de lo que podríamos por medio de la votación.
    Una figura pública dijo una vez que la política es corrupta por  naturaleza   y añadió esta palabra de advertencia: “La iglesia no debe olvidar su verdadera función tratando de figurar en un área de los asuntos humanos donde todo lo que conseguiría es ser un pobre competidor... si participa, perderá la pureza de su propósito”.
    El programa de Dios para esta Era es llamar de entre las naciones a un pueblo para Su Nombre (ver Hch. 15:14). El Señor está resuelto a salvar a muchos de este mundo corrupto, en vez de hacerles sentirse a sus anchas en él. Debemos comprometernos a trabajar con Dios en esta gloriosa emancipación.
    Cuando la gente le preguntaba a Jesús qué debía hacer para poner en práctica las obras de Dios, la respuesta fue que la obra de Dios es que creyeran en Aquél que Él ha enviado (ver Jn. 6:28-29). Ésta, pues, debe ser nuestra misión: llevar a los hombres a la fe, no a las urnas.
De Día En Día (CLIE) lectura para el 18 de enero
 
del libro El Cristiano Y La Política, por Carlos Tomás Knott
para obtener un ejemplar en español o inglés:


 
 
 
 

miércoles, 28 de febrero de 2018

EN ESTO PENSAD -- marzo 2018

Deposite En El Banco De La Fe

En las cosas ecuatorianas descubrieron un galeón hundido. Era original de España y llamaban su nombre: “La Capitana Jesús María”. Al verificar notas y averiguar en los anales de la historia, comprobaron que el siniestro ocurrió en el año 1654. Luego de intensos trabajos dieron con los tesoros en oro y plata.
    Calcularon su valor en 4.242 millones de dólares (más de 3 mil millones de euros) y comenzaron las disputas para repartir el botín. Interesante, ¿no? Pero no trascendente. Un proverbio latino dice: “La fortuna es un cristal; brilla, pero es frágil”.
    Tú y yo vivimos en la cultura de la gratificación inmediata. El consumo está consumiendo la vida de las personas. Hoy vives pagando lo que ya consumiste. Hay un afán desmedido por poseer, y eso marca el ritmo de las vidas. Tú vales lo que tienes. Vales por tu profesión, por tu aspecto, por tus posesiones, por tus riquezas. ¿Pero qué de aquellos que nunca tuvieron nada? ¿Eres importante para la sociedad si no ocupas un lugar privilegiado?
    Si te sientes desdichado o marginado, tengo algo para ti. La Biblia dice: “Tales son las sendas de todo el que es dado a la codicia, la cual quita la vida de sus poseedores” (Pr. 1:19). “Las riquezas del rico son su ciudad fortificada, y como un muro alto en su imaginación” (Pr. 18:11).
    Hay casos de personas que se quitan la vida por dinero... Pero ¿somos verdaderamente ricos? ¿No dice la Biblia que las riquezas son grandes en la imaginación? Amigo, no te afanes: desnudo viniste al mundo y desnudo te irás. Polvo eres y al polvo volverás. El Señor Jesús advirtió: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?” (Mr. 8:36).
    El Hijo de Dios escogió un camino diferente. No fue hacia arriba, sino hacia abajo. “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9). “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:19-21).
de “Manzanitas de Oro”, noviembre 1999
 
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Dios Y Los Secretos

Una frase que oímos a veces, dicha en voz baja, es: "No lo digas a nadie. Es un secreto". Puede haber secretos buenos, es decir, bienes que se planifican hacer como sorpresa. En Mateo 6 el Señor Jesús nombra tres cosas que debemos hacer en secreto. 
(1) La limosna u ofrenda - que sólo el Padre celestial lo vea. 
(2) Hablar de nuestras necesidades - en oración al Padre que oye en secreto. 
(3) Ayunar - sin publicarlo. El Padre celestial lo ve en secreto.
    En Jeremías 23:18 y 22 hay algo llamado "el secreto de Jehová". Es la íntima comunión con Él, leyendo, estudiando y meditando en Su Palabra, orando, siendo guiados por Él. Los que no están en Su secreto erran en sus predicaciones y otros ministerios, como los falsos profetas entonces y los falsos maestros ahora.
    Pero parece que la mayoría de los secretos no son así de buenos. ¿Qué pasaría si los demás supieran las cosas que encerramos y ocultamos? El paso del tiempo no lava ni borra los secretos. Hay que venir a cuentas con Dios, el Juez justo.
    Es posible ocultar de otras personas algún pecado, pero Dios lo ve todo. Un joven puede engañar a sus padres, aparentando de una manera delante de ellos y de otra manera cuando no le vean. Un esposo o esposa puede ocultar algo de su cónyuge, como el hombre que fumaba cuando estaba fuera de casa, o la mujer que leía novelas de pasión en secreto. Hay empleados que roban a sus jefes. Hay empresarios que mantienen dos juegos de libros de contabilidad, uno para el gobierno y otro que registra operaciones secretas. Pero con Dios no hay secretos.
    En Josué 7 leemos la triste historia de Acán y cómo quiso ocultar su desobediencia. Pero fue expuesta por Dios y juzgada por Israel, y les costó la vida de él y su familia porque ellos eran complices en el pecado secreto. Deuteronomio 13:6-11 nos manda no ocultar el pecado en familia o entre amigos. Hay que sacarlo a luz y juzgarlo.
    David pecó en secreto con Betsabé, pero ahora lo sabe todo el mundo. Dios mandó al profeta Natán a reprenderle y prometió castigo público. "Porque tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol" (2 S. 12:12).
    El profeta Ezequiel fue llevado en visión de Dios a Jerusalén en el capítulo 8 para ver todos los pecados secretos de los líderes de Israel. Dios así les dejó saber que Él lo veía todo. En Ezequiel 9 viene el castigo.
    En Génesis 16:13-14 Agar declaró algo que todos nosotros debemos aprender y dejar que afecte nuestro comportamiento: “Tú eres Dios que ve.,..el Viviente-que-me-ve”. Dios lo ve todo (Sal. 139:1-4). Alguien puede cerrar la puerta, apagar la luz o ir adonde no le conocen, pero Dios ve y sabe todo.
    El Salmo 44:21 declara: “él conoce los secretos del corazón”.  Podemos guardar cosas y ocultarlas de los demás, pero no de Dios.
    Jeremías 32:19 reconoce lo que Israel había olvidado: “tus ojos están abiertos sobre todos los caminos de los hijos de los hombres...” Así es la óptica divina. Todavía hoy hay quienes piensan que "No verá JAH" (Sal. 94:7), pero se equivocan. Lo ve todo.
    En Mateo 10:26 el Señor Jesús advierte: “no hay nada oculto que no haya de ser revelado”. Tarde o temprano todo saldrá a la luz. En Lucas 12:2 dijo: “nada hay encubierto que no haya de descubrirse”.
    Esos secretos feos, encubiertos de los demás, si no hay arrepentimiento y perdón, saldrán en el juicio de Dios. Romanos 2:16 afirma que “Dios juzgará...los secretos de los hombres”.
    El Juez lo sabe todo. Hebreos 4:12-14 “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”.
    Por eso, es aconsejable andar en la luz (1 Jn. 1:5-7). Si jugamos con dos barajas, seremos descubiertos. Dios nos manda confesar nuestros pecados (1 Jn. 1:9), y promete que la sangre de Su Hijo Jesucristo nos limpia de todo mal. Sólo así se borran los secretos feos. David recordaba cosas malas de su juventud y oraba así: "De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; Conforme a tu misericordia acuérdate de mí, Por tu bondad, oh Jehová" (Sal. 25:7).

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Elías Desalentado
 
“Y volviendo el ángel de Jehová la segunda vez, lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta” (1 R. 19:7).
    Vemos aquí a Elías – el fuerte varón de Dios – en una condición de agotamiento y desánimo. Pero Dios estaba atento a Su siervo, y reconoció su condición y que su viaje era largo y difícil. Envió a Su ángel (no un psicólogo) para ayudarle. Aprendemos que aun los más fuertes pueden hallarse sin fuerzas ni ánimos. Pero qué bueno es saber que nuestro Dios nos ve y comprende. El Salmo 103:13-17 afirma:
Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo. El hombre, como la hierba son sus días; florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció, y su lugar no la conocerá más. Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen”.

    El Señor, en Su tierna misericordia ayudó a Elías, y hermanos, también tiene cuidado de nosotros (1 P. 5:7). Enviará ayuda desde el santuario (Sal. 20:2). Dios proveerá recursos para restaurarnos y fortalecernos, haciéndonos útiles nuevamente en Su servicio.
W. H. Burnett, del calendario devocional “Choice Gleanings”, traducido y adaptado
 
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VENID JUNTO A LA CRUZ
 
Venid junto a la cruz,
Los que buscáis perdón,
Hallar podréis la paz, salud,
Y eterna redención.
Venid al pacto eterno del amor,
Oíd la voz de nuestro Salvador.

¡Qué amarga vuestra sed!
¡Qué lejos la virtud!
Ya no ignoráis la sutil red,
De vuestra esclavitud.
Venid, la cruz de Cristo es manantial,
De redención y gozo perenal.

Miráis con ansiedad,
La llaga y el borrón,
Que vuestra ciega iniquidad,
Dejó en el corazón.
Pensáis amedrentados que tal vez
A Su presencia os llame pronto el Juez.

Aun siendo tal baldón,
Cual grana y carmesí,
El más dañado corazón,
Remedio tiene aquí.
Venid, la sangre de la expiación,
Os habla de clemencia y compasión.

Venid junto a la cruz,
Venid y descansad,
El sacrificio de Jesús,
Expía la maldad.
La cruz es el mensaje del amor,
Que Dios anuncia al pobre pecador.
 
 Mariano San León (1898-1963)
 
Apreciado amigo, le invitamos a venir y escuchar un mensaje del amor de Dios, del Señor Jesucristo: Su muerte en la cruz del Calvario como el Cordero de Dios, y Su resurrección.
 
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Deuteronomio y El Camino De Bendición

El nombre hebreo del quinto libro de Moisés es “Haddeb-harm” que significa “las palabras”. Es tomado del versículo 1 del libro: “Estas son las palabras que habló Moisés...”  El título “Deuteronomio” viene de dos palabras griegas que significan “segunda ley”. El libro contiene una nueva exposición de la ley, dada por el Señor a una generación anterior, y ahora repetida por Moisés a la generación de Israel que entraría en la tierra de Canaán. El libro no se trata de una nueva ley, sino de una explicación de la que ya había sido dada. Así es que nosotros los creyentes necesitamos también la repetición de las Palabras de Dios. Tendemos a ser olvidadizos y es bueno que alguien nos recuerda y reitera lo que Dios ha dicho. Es para nuestro bien.
    El pueblo todavía estaba en el otro lado del Jordán, en el desierto, en la llanura al lado del Mar Muerto. El segundo versículo del libro da una sinopsis de la incredulidad de Israel. Un viaje de once días se cambió en cuarenta años vagando, debido a la incredulidad. Ahora en Deuteronomio Moisés expone la ley en preparación para la entrada de la nación en la Tierra Prometida. Cuántas veces ha pasado en la experiencia de creyentes, que pasan la mayor parte de su vida vagando sin propósito ni bendición porque se empeñan en salirse con la suya, en andar en sus propios consejos, en lugar de seguir las instrucciones divinas.
    En capítulo 5 de Deuteronomio, todo Israel se congrega para oír los estatutos y juicios del anciano siervo de Dios, Moisés. El principio de su discurso contiene las cuatro palabras claves del libro: “oír”, “aprender”, “guardar” y “poner por obra”. Son términos característicos del libro. Las demandas del Señor a Su pueblo todavía son importantes para nosotros. En el Nuevo Testamento todos estos cuatro claves aparecen. Por ejemplo, en Santiago 1:22 se nos exhorta a ser hacedores de la Palabra, no tan solamente oidores. Además de congregarnos, debemos tomar nota, esforzarnos para recordar y poner por obra lo que la Palabra de Dios dice. La obediencia de fe siempre ha sido y todavía es el camino de la bendición. De los que asisten a las reuniones, ¿cuántos son hacedores de la Palabra?
    Oír es prestar atención. Para oír hay que estar presente, y hay quienes no asisten con regularidad y por eso ni siquiera oyen. Algunos vienen a las reuniones, pero no oyen bien. Se miran unos a otros. Miran al reloj, o a su teléfono, o para ver quién entra o sale. Cualquier cosa les distrae. Y cabe decir aquí que procuremos eliminar las distracciones cuando sea posible. Convendría eliminar los ruidos de la calle en algunos casos, cerrando las ventanas y poniendo buena ventilación o aire acondicionado, para que se escuche bien la predicación. O poner micrófono y altavoces. Y los niños deben estar sentados y callados en las reuniones, pues es la responsabilidad de sus padres, y deben tener en consideración a los demás que desean oír la Palabra. Pero oír bien requiere esfuerzo personal. Nuestro cuerpo puede estar presente en la reunión, pero nuestra mente ausente, divagando, pensando en otras cosas, en casa, la cocina, en el negocio, en otras obligaciones, etc. Debemos acudir para oír bien, prestar atención y concentrarnos.
    Aprender es entender y recordar. Hay quienes oyen pero no aprenden. Hay que poner mente en las cosas, meditarlas para entenderlas. Está comprobado que parte del método para aprender bien es tomar apuntes y repasarlos. Los buenos alumnos hacen esto en las escuelas. Pero qué pocos cristianos vienen a una reunión preparados para aprender, qué pocos toman apuntes, repasan luego la enseñanza o vienen a hacer preguntas al maestro buscando aclaraciones para mejor entender. Parece que a muchos les entra por un oído y les sale por el otro, y después de la reunión se acuerdan de bien poco. El Señor mandó a Sus discípulos ir y hacer discípulos, y dijo: “enseñándoles” (Mt. 28:19-20). Entonces, hay quienes tienen el don espiritual de maestro, y es para que el pueblo aprenda. ¿Sólo oímos, o nos esforzamos para aprender? Haz la prueba – media hora después de la reunión – pregunta de qué se acuerda cada uno y procura repasar la enseñanza en conversación, para no olvidarla.
    Guardar y poner por obra señalan la aplicación personal. La Palabra de Dios no es para informarnos solamente, sino para cambiarnos, para dirigir nuestros pensamientos y nuestro comportamiento. Por eso Mateo 28:20 dice: “Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”.
Todas las cosas indica que no hay doctrinas secundarias o desechables. La enseñanza que Cristo manda no es sólo la recitación de información importante, como bosquejos de doctrina sana, sino que incluye énfasis en la obediencia, en la aplicación, en cómo ponerlo por obra en nuestra vida cotidiana, en nuestro carácter y caminar. “Lámpara es a mis pies tu palabra” (Sal. 119:105) indica esto – algo que nos ayuda a caminar bien. “Guardar” es atesorar, preservar, conservar. La idea es estimarla como un tesoro, y cuidarla para que no se pierda. Es darle el lugar preferido en nuestro corazón. “Poner por obra” toca nuestros hechos, nuestra manera de vivir, y es aquí que demostramos que realmente hemos aprendido algo. Si no oímos bien, no aprenderemos bien, y si no aprendemos bien, no podemos guardar bien ni poner por obra bien. Y si no somos hacedores de la Palabra, nos estamos engañando.
    Deuteronomio 28:1-14 declara que las bendiciones vendrán de la obediencia. Observemos lo que los versículos 1 y 2 dicen: “Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra. Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios”. El Salmo 119 expresa la actitud y los hechos de uno que ama la Palabra, la oye, aprende y guarda. Pero en el resto de Deuteronomio 28, los versículos del 15 al 68 advierten que de otra manera vendrán maldiciones, es decir, por la inatención a la Palabra de Dios. El versículo 15 dice: “Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te intimo hoy, que vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te alcanzarán”. La historia de la nación de Israel en el resto del Antiguo Testamento ilustra la verdad y precisión de lo que Dios dijo en Deuteronomio 28. Aquí no hay misterio. El camino de la bendición es la atención y obediencia a la Palabra de Dios.
    Si alguien dice que esto fue en el Antiguo Testamento pero no es así en el Nuevo, porque en el Nuevo se nos enseña amor, se equivoca. Y el que dice que requerir la obediencia es legalismo, también se equivoca. Nuestro Señor Jesucristo dice en Juan 14, “si me amáis, guardad mis mandamientos” (v. 15). El amor a Cristo produce obediencia. “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama” (v. 21). “El que me ama, mi palabra guardará” (v. 23). “El que no me ama, no guarda mis palabras” (v. 24). Santiago 1:22 no dice: “sed hacedores de las doctrinas fundamentales"  sino: “sed hacedores de la Palabra”, pues de otra manera nos estamos engañando. Toda ella es importante. 1 Juan 2:3-4 declara: “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él”. 
     Si, hermanos, pese a lo que algunos predicadores dicen hoy, la obediencia a la Palabra de Dios es todavía el camino de bendición. Por eso debemos congregarnos, oír atentamente, aprender bien, guardar y poner por obra la Palabra de Dios. El himno de John Sammis: “Obedecer y Confiar en Jesús” lo expresa bien.

Para andar con Jesús no hay senda mejor,
que guardar sus mandatos de amor;
Obedientes a El siempre habremos de ser,
y tendremos de Cristo el poder.

Coro:  
Obedecer, y confiar en Jesús,
es la senda marcada para andar en la luz.

Cuando vamos así, ¡cómo brilla la luz
en la senda al andar con Jesús!
Su promesa de estar con los suyos es fiel,
si obedecen y esperan en El.

Quien siguiere a Jesús ni una sombra verá,
si confiado su vida le da,
Ni terrores ni afán, ni ansiedad ni dolor,
pues lo cuida su amante Señor.

Mas sus dones de amor nunca habréis de alcanzar,
si rendidos no vais a su altar,
Pues su paz y su amor sólo son para aquel
que a sus leyes divinas es fiel.
                            –  John Sammis, 1846-1919


    No sigamos a los que se desvían, aunque sean muchos, aunque sean "líderes", ricos, populares o poderosos. Seamos creyentes fieles, atentos, sensibles a Dios y obedientes a Su Palabra, para la gloria de Dios y el bien nuestro.
Carlos Tomás Knott 
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El Cristiano Y La Política
Capítulo 6
 
 No Améis Al Mundo

La clara instrucción divina, dada en 1 Juan 2:15, es: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo”. Es violada de muchas maneras, incluso por los que se dan a la política. Nunca es nuestra responsabilidad ayudar al sistema de este mundo, ni mucho menos amarlo. Sin embargo, ¡oímos a algunos declarar que aman la política! Su entrega a seguir el espejismo de hacer bien a través de la política y el gobierno manifiesta una devoción que hasta los de ciencia política admiran.
    Pero la política no puede ser “cristianizada” por la participación de cristianos. Es producto del mundo, de la sabiduría de los hombres, no de Dios. En el lenguaje de 1 Juan 2:15, es una de “las cosas que están en el mundo”. Si no estás seguro de esto, lee Lucas 4:5-8 para ver quién está detrás de los reinos de este mundo. Recuerda que el mundo es un sistema, organizado y encabezado por el diablo, que excluye a Dios, y está diseñado con el propósito de mantener a los hombres ocupados y felices sin Dios. ¿Por qué quisiera un creyente participar y colaborar en semejante sistema, y cómo podría amarlo? ¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? Las Escrituras no nos enseñan a participar en la política o el gobierno para santificarlo ni utilizarlo para hacer bien, sino: “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor” (2 Co. 6:17). Dios dice: “Salid...apartaos”, entonces ¿bajo qué excusa podríamos involucrarnos?
    Visitamos nuevamente los comentarios de David Hunt, para enfatizar el peligro:

    ...El “activismo cristiano” no es cristiano. Representa un desvío de la senda angosta que la iglesia debe caminar en el mundo. Puede confundir las cuestiones, conduce a transigencia y alianzas inmundas, y gasta tiempo y fuerzas que serían mejores empleados predicando el evangelio...entrégate totalmente a rescatar almas para la eternidad.

    El activismo político es a veces el resultado de amor extraviado. Alguien comentó: “algunos cristianos parecen amar tanto al mundo que desean hacerlo su cielo”. Pero Dios explícitamente prohibe el amor al mundo y los enredos en el mundo. Su Hijo no recibió justicia del mejor desarrollado sistema político (y democrático) que el mundo de Su día conocía: el imperio romano. El Espíritu Santo, hablando por medio de Pablo, advirtió a los cristianos en Corinto en contra de ir a los tribunales en pleitos y buscar justicia “delante de los injustos” (1 Co. 6:1). ¿A quién se refiere al decir “los injustos”? El contexto está claro. Se refiere a los abogados y magistrados de aquel tiempo. Espiritualmente eran injustos ante Dios, pero también porque ese NO es la manera de solucionar problemas entre creyentes.
    Pero los activistas señalan que Pablo hizo uso del sistema político/legal para seguir predicando y propagando el cristianismo. Se refieren a sus defensas en los juicios en Cesarea y luego en Roma. ¿Es necesario recordarles que no fue Pablo sino sus enemigos inconversos que promovieron todo eso? Y recordemos que el mismo gobierno que liberó a Pablo en su primera defensa, luego le condenó y le martirizó. Durante todo el tiempo de sus defensas y juicios, no hubo ninguna manifestación, voto, petición ni huelga para presionar para su libertad. No presenta un caso muy sólido para los de la “ciencia política cristiana”. Además, cuando Pedro fue apresado por Herodes y estuvo a punto de morir, ¿qué hicieron los cristianos? “La iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él” (Hch. 12:5). Practicaban lo que Pedro luego enseñó en 1 Pedro 5:7, “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. “Sobre él” – eso es, sobre Dios, no sobre unos amigos poderosos en el gobierno.

del libro El Cristiano Y La Política, por Carlos Tomás Knott
para obtener un ejemplar en español o inglés: