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miércoles, 4 de julio de 2012

EN ESTO PENSAD -- julio 2012


¿CONSEJOS O MANDAMIENTOS?

Leyendo recientemente un comentario, vi algo que me impresionó. Afirmó que los cristianos no estamos bajo la ley sino la gracia, pero luego dijo que debido a esto, los mandamientos del Nuevo Testamento no son ley, sino instrucciones o consejos. ¿Es verdad eso?
Ahora bien, es verdad que hoy los creyentes no estamos bajo la ley de Moisés como base para salvación. “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios... siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Ro. 3:21, 24).  Somos salvos por medio de la fe en el Señor Jesús y Su obra consumada en el Calvario. Nos gloriamos en la gracia de Dios y el don de la salvación (Ef. 2:8-9). Pero los creyentes reconocemos a Jesús como Señor (Ro. 10:9-10). Él es nuestro Soberano, nuestro Rey. Un soldado en el ejército no considera las órdenes del oficial como consejos que tiene libertad para ignorar. 
Es triste que demasiados que profesan ser cristianos toman los mandatos del Señor simplemente como consejos que puede escoger seguir o ignorar. Muchos se casan con incrédulos, ignorando las claras advertencias de las Escrituras (2 Co. 6:14). Se divorcian libremente, descuidando las advertencias del Señor Jesús (Mt. 19). Pisotean los versículos que enfatizan la conducta moral y la santidad. 
En el sermón del monte, el Señor citó los Diez Mandamientos y luego afirmó que Dios juzgará tanto el pensamiento del pecado como el hecho. Habló con la autoridad de Dios mismo. Sus seguidores miraban a Él para ser guiados, y le obedecían. En la Gran Comisión el Señor les dijo: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:19-20). Su comisión no era sólo obtener profesiones de fe, sino ver a las personas convertidas y conformando sus vidas a las enseñanzas de Cristo. “Habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados” (Ro. 6:17). 
La vida cristiana debe ser moldeada y formada por la enseñanza de la Palabra de Dios. Su Palabra y Sus mandamientos son para formar no sólo la vida del individuo sino también la de la asamblea local. Después de dar mucha enseñanza práctica a la iglesia en Corinto, Pablo declaró fuertemente: “Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor” (1 Co. 14:37). No eran meramente las ideas de Pablo condicionadas por la cultura de sus tiempos. Pablo habló con la autoridad de Moisés cuando bajó del Monte Sinaí llevando los Diez Mandamientos. No es simplemente instrucción o consejo; sino los mandamientos del Dios santo. Los discípulos del Señor Jesús deben leer la Palabra de Dios con deseo ferviente de aprender y obedecer. Sigamos el ejemplo de Esdras: “Porque Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” (Esd. 7:10). 
“Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Is. 66:2). No debilitemos los mandatos de Dios tratándolos como consejos. Son mandamientos divinos a obedecer porque amamos al Señor.
Donald Norbie 
traducido por Carlos Tomás Knott de la revista Counsel (“Consejos”), octubre 2011
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"Y cuando Herodes le iba a sacar, aquella misma noche estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, y los guardas delante de la puerta custodiaban la cárcel" (Hch. 12:6).


  1. ¡Pedro estaba en una cárcel de máxima seguridad! Eran días difíciles para el apóstol. Mataron a su compañero Jacobo  (v. 2). Él estaba encadenado, rodeado de guardas, y aparentemente no había escapatoria. Parecía que estaba perdido, excepto por estas palabras: "pero la iglesia hacía sin cesar oración por él" (v. 5). El predicador Campbell Morgan dijo: "Aquella fuerza de oración ferviente era más fuerte que Herodes y el infierno". Hermano, hermana, ¿tu situación o la de un ser querido tuyo parece completamente  imposible? Nunca olvides estas palabras: "pero...oración".

traducido de una lectura del calendario "Choice Gleanings", escrito por Jim Comte
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Fuerzas en Debilidad

Texto: 2 Corintios 12:7-10


     Humanamente no hay cómo entender estas palabras paradójicas, que siendo débil uno es fuerte. Dios puede hacer grandes cosas con nosotros si somos débiles. La debilidad es una puerta abierta para que entre y nos lleve el poder de Dios. Un persona que se siente fuerte en sí, nuestro Dios no la usará nunca porque no siente necesidad de Él ni confía en Él.

Dios le permitió al diablo atacar al apóstol Pablo de alguna manera, pero tenía límites puesto por Dios,  y Dios lo estaba usando para Su gloria. Así ha sido muchas veces a lo largo de la historia.
Hudson Taylor en China sufría mucho por muchos años. Dijo: “Todos los gigantes que Dios usó en la Biblia eran hombres débiles”. Hebreos 11:33-34 resume su hazañas, y es una lectura animadora, pero Dios los humilló primero y los enseñó a atender Su voz, confiar en Él y obedecerle. Moisés era el hombre más manso de la tierra, después de ser enseñado por Dios. Con Gedeón, Dios le preparó porque se sintió impotente e insignificante. Dios le dio promesas y le redujo el ejército hasta 300 hombres, y con éstos venció. Dios también escogió a Abraham para ser padre de naciones y todas las naciones serán bendecidas en él. Pero, ¿cómo era? Cobarde. Indeciso. Desconfiado. Mentía acerca de Sara porque tenía temor, y esto más de una vez. Luego, con Agar mostro otra debilidad e impaciencia. Pero Dios le iba enseñando, corregiendo, ayudando, llevándole adelante.
Así que, hermanos míos, aunque no seamos “gigantes”, somos del Señor, Él nos ama, y también se acercará en momentos claves en nuestra vida para ayudarnos, sostenernos y guiarnos. Como hizo con otros, hará también con nosotros para que andemos humildemente en Sus caminos. Como todos ellos, tendremos que pasar pruebas y dificultades, y darnos cuenta de nuestra debilidad, fracasos y errores, pero el Señor no nos desamparará sino a través de estas cosas nos enseñará, nos enderezará, nos fortalecerá, y Él tendrá la gloria por obrar en vasos débiles y frágiles.
El apóstol Pablo llegó a gloriarse en sus debilidades, porque reconocía que entonces el Señor obraba en él. Ojala que aprendamos la misma lección. Dios tiene un plan para nuestra vida, una obra que hace en nosotros, y Su deseo es que seamos conformados a la imagen de Su Hijo.
Hermanos, esto debe ayudarnos a no desanimarnos respecto al Señor, sino cobrar ánimo y perseverar en tiempos difíciles y cuando haya pruebas. Estamos matriculados en la escuela de la fe. Dios es el Maestro y Él nos enseña conforme a Sus propósitos. Esto también es parte de nuestro testimonio. Recordemos Isaías 40:31, “pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán”. No nos desanimemos. Dios no ha terminado con nosotros, y Él nos ayudará. Amén.
de un estudio dado por Lucas Batalla, el 29 de julio, 2010
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APARENTEMENTE  NO  ES  TAN 
DIFÍCIL  DEJAR  LA  DROGA

“No es verdad que los adictos no pueden dejar la droga sin ayuda de médicos y centros de rehabilitación. Miles de soldados norteamericanos, al volver de la guerra en Vietnam, donde se habían hecho adictos a la heroína, la dejaron cuando volvieron a su país, sin ayuda alguna. Y en China, millones de adictos chinos dejaron la droga con un mínimo de ayuda. Esa ayuda fue la promesa de Mao Tse-Tung que iba a fusilarles si no la dejaron. Entonces, no cabe duda de que Mao fue el más grande terapeuta para drogadictos que ha habido en la historia”.
  Citado del Wall Street Journal, 25 de mayo, 2006, por los Bobgan en su periódico Psychoheresy Awareness Letter (“Alerta De Psychoherejía”), septiembre-octubre, 2006.

para más estudios del hermano Lucas Batalla, visita estas páginas:

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  LA  MARCA  DE  LA  BESTIA


¿Tomarás la marca? Viene pronto el momento cuando todo comercio dependerá de la posesión de esta marca. Sin ella, nadie comprará ni venderá.  Y si recibes esta marca... no importa si alegremente o a regañadientes, serás bendito por la bestia, pero maldito por Dios.
El mundo espera y anhela un líder, que resuelve los problemas. Será universalmente admirado, tomará el lugar de cabeza de todos los gobiernos y naciones. Hace más de dos mil años que la Biblia, Palabra de Dios, dijo que esto pasará. Pronto se cumplirá. Ese hombre es llamado por Dios: “la bestia”, “el Anticristo”, “el hombre de pecado”, y “aquel inicuo”. Pero en el mundo tendrá nombres buenos y será popular. Prometerá “paz y seguridad”, y todos le admirarán (Apocalipsis 13:4, 9). Tendrá un compañero, un religioso profesional de relaciones públicas (la “otra bestia” – Apocalipsis 13:11-15) que hará grandes señales y muchos creerán. 
Pero sabemos por experiencia que los políticos dicen una cosa y hacen otra. El caso del Anticristo y su colega será el peor de todos, porque una vez que tengan el poder, comenzarán a usar la fuerza. Harán una imagen y matarán a todos los que no la adoren. Mucha gente ya está acostumbrada a inclinarse ante las imágenes religiosas y rendirles culto. ¡El camino está preparado! Obligarán a todos a poner la marca de la bestia, y la usarán para controlar la economía – será necesaria para comprar o vender. Nadie sabe todavía cómo exactamente será la marca, pero se pondrá en la mano derecha o en la frente (Apocalipsis 13:16-17). No habrá tolerancia. Tendrás dos opciones: ¡recibir la marca o morir!
PERO, ¡ojo! porque los que reciben la marca provocarán la ira del Dios Omnipotente, y serán rechazados eternamente por Él. Dios derramará Su ira sobre el mundo del Anticristo, durante el tiempo que la Biblia llama “la Gran Tribulación”. Dios mandará juicios sobre la humanidad por su rebelión y maldad. El mundo ya está lleno de personas que rechazan a Jesucristo, Su salvación y Su señorío, pero recibirá alegremente al Anticristo. ¡Fíjate! Dios mandó a Jesucristo para salvar, y Él es rechazado. El diablo mandará al Anticristo para esclavizar, y será aceptado y adorado. ¡Mira si esto no demuestra la mala condición del corazón humano!  Dios nos advierte acerca de la marca, pero la mayoría no hace caso. En Apocalipsis 14:9-11 un ángel de Dios clama a gran voz diciendo:
“Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero;  y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre”.
Amigo, la única manera de escaparte de estos horribles juicios que pronto caerán es obedecer el Evangelio proclamado en la Palabra de Dios. Esto es: arrepentirte de tus pecados, incluso de la religión falsa, y confiar única y exclusivamente en el Señor Jesucristo para ser perdonado y salvo. No le puede salvar ninguna religión, filosofía ni ningún político. Pero si arrepentido depositas tu confianza en el Señor Jesucristo, ¡Él te salvará! Jesucristo te hará nacer de nuevo. Te dará perdón y vida eterna. Así dejarás atrás este mundo cuando Jesucristo arrebate a Su pueblo escogido y lo lleve al cielo (S. Juan 14:1-3), antes de comience el tiempo de la Tribulación. Él viene pronto, en cualquier momento, para llevar al cielo a todos los Suyos. ¿Serás uno de ellos, o te quedarás en el mundo con la mayoría para recibirla marca de la bestia? La decisión es tuya, y también las consecuencias.

para más información sobre la profecía, visita esta página y mira la sección titulada "artículos sobre la profecía".
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El Hijo Sabio en Proverbios

10:1 El hijo sabio alegra al padre, pero el hijo necio es tristeza de su madre.
13:1 El hijo sabio recibe el consejo DEL PADRE; mas el burlador no escucha las teprensiones.
15:20 El hijo sabio alegra al padre; mas el hombre necio menosprecia a su madre.
23:15 Hijo mío, si tu corazón fuere sabio, también a mí se me alegrará el corazón.
23:19 Oye, hijo mío, y sé sabio, y endereza tu corazón al camino.
27:11 Sé sabio, hijo mío, y alegra mi corazón, y tendré qué responder al que me agravie.


(Nota: también se aplica a las hijas)
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A LAS FUENTES DEL CRISTIANISMO  

(parte III)

por Samuel Vila

(La Confesión Auricular – continuado del nº anterior)
Incidente apostólico ilustrativo 

    Una prueba innegable de que así lo entendieron los propios apóstoles es el caso de san Pedro con Simón el Mago. Cuando éste se mostró arrepentido ante la reprensión del gran apóstol, éste le dijo: «Ruega a Dios si quizá te será perdonado este pensamiento de tu corazón.» Este si dubitativo es un claro mentís a que el apóstol se considerara facultado para ejercer el poder de las llaves, tal como se lo atribuye la Iglesia Católica. Ahora bien: Pedro era quien mejor podía entender el verdadero significado de las palabras de Cristo: «A quienes les remitiereis los pecados, les serán remitidos»; pero su actitud demuestra que no las comprendía sino del modo que acabamos de explicar, o sea en nuestra forma cristiana evangélica. 
  En efecto, si el apóstol Pedro sabía que él mismo tenía poder para perdonar pecados, ¿cómo habría dirigido al pecador a confesarse directamente con Dios? Además, ¿cómo habría expresado una duda acerca de algo que él mismo podía resolver? 
Pero, entonces —arguyen los católicos—, ¿por qué encontramos en los escritos patrísticos tantas citas atribuyendo a los ministros de la religión la facultad de perdonar pecados?  Mas nosotros preguntamos: ¿A qué clase de perdón se referían? Veamos: 

El perdón eclesiástico 

En el Nuevo Testamento tenemos un interesante ejemplo de perdón eclesiástico (que nada tiene que ver con el perdón divino para la salvación del alma), pero ni aun este perdón legal es concedido por una persona, sino por una comunidad de creyentes. 
Un miembro de la iglesia de Corinto ha caído en pecado; los cristianos de la referida iglesia, reunidos en sesión especial, le declaran indigno de participar de la comunión y le separan de la Iglesia. El delincuente reconoce su falta; y el apóstol recomienda benignidad para con el arrepentido, diciendo: «Y al que vosotros perdonareis, yo también» (2a Corintios 2:10). 
Estas palabras «al que vosotros perdonareis», nos indican, clara y evidentísimamente, que la facultad de conceder el perdón no es el atributo de ningún individuo particularmente, sino de una asamblea de creyentes. Ni el apóstol, ni ningún otro ministro de la iglesia de Corinto, se atribuyó en este caso la facultad personal de perdonar, sino que fue la Iglesia, en conjunto, la que debía pronunciar el fallo y declarar otra vez digno de la comunión al hermano arrepentido. 
Es innegable que, a medida que se consolidó la jerarquía eclesiástica en las iglesias primitivas, se dio más y más importancia al perdón eclesiástico, el cual era dado públicamente por el obispo, en nombre de la Iglesia, a los excomulgados por cualquier motivo; y a los «lapsi» que habían negado la fe durante las persecuciones. De esta costumbre tendremos ocasión de ocuparnos de nuevo en el capítulo sobre las indulgencias. Las palabras de Cristo: «Todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo», eran citadas frecuentemente con referencia a este perdón público concedido por los obispos.4 
San Jerónimo (342-320). Describe el modo como era dada la absolución en su tiempo. Y por esta cita, que copiamos precisamente del opúsculo Ego te absolvo, publicado por nuestros opositores, podrá darse perfecta cuenta el lector de que se trata de algo muy diferente a la confesión auricular de nuestros tiempos. Dice: 
«El sacerdote... impone la mano al sujeto, Invoca la vuelta del Espíritu Santo (la vuelta del Espíritu Santo al alma es señal de justificación), y así, habiéndose ordenado hacer oración al pueblo (se hacía rogar al pueblo cristiano por los penitentes), reconcilia con el altar, para que el espíritu sea salvo a aquel que había sido entregado a Satanás para muerte de la carne.» 
Hemos estudiado cuidadosamente las citas que nos oponen, de san Gregorio Magno (540-604), san León Magno (390-461), san Cirilo de Alejandría (370-444), san Agustín (354-430) y san Crisóstomo (347407);5 pero todas ellas, al igual que la de san Jerónimo que acabamos de transcribir, se refieren a la confesión pública de los miembros disciplinados, algunos de ellos penitentes voluntarios por graves pecados, quienes se sometían de su grado a las ceremonias de la disciplina eclesiástica y consiguiente reconciliación ante toda la asamblea de los fieles, pensando ganar de este modo el perdón y favor divino. Ninguna de estas citas menciona, ni tiene nada que ver, con la moderna confesión auricular hecha al sacerdote. Sentimos no tener espacio para copiarlas todas con la conveniente extensión, pues ello sería la mejor evidencia para cualquier lector de recto criterio, de que no existía confesión auricular en las iglesias primitivas, sino un sistema de disciplina eclesiástica muy riguroso, que llevaba con frecuencia a los fieles a la confesión pública ante toda la Iglesia; jamás a un sacerdote a solas. 

Sin confesión auricular 

Buen conocedor de la Historia eclesiástica, el polemista evangélico Teófilo Gay exclama: «Todos los padres de la Iglesia de los primeros cuatro siglos vivieron sin confesarse según el sistema católico-romano y sin haber tampoco confesado a nadie. En la vida de los santos posteriores a Inocencio III (1198-1216) a menudo se halla la mención de que ellos confesaban, pero en la de los santos anteriores a aquella época no existe la más mínima mención de la confesión.»6
En efecto: tenemos la vida de san Pablo el Ermitaño, del III siglo. Aunque se nos dan los detalles más minuciosos de sus acciones, no hay una sola palabra que nos hable de la costumbre que el ermitaño tuviera de ir al confesonario. Y es de toda evidencia que vivió y murió sin confesión auricular. 
En igual caso tenemos a María Egipcíaca. Vemos, sí, la triste historia de sus desórdenes y escándalos en la juventud; tenemos el relato edificante de su conversión, de sus fervorosas oraciones, de sus largos ayunos en el desierto, de su última enfermedad y su muerte; pero de sus confesiones a un hombre, ni una sola palabra. 
El diácono Poncio escribió la vida de san Cipriano, que vivió en el tercer siglo. Y si hay alguna cosa evidente en esta vida, es que jamás el santo obispo confesó a nadie. Una cosa hay también evidente en dicha biografía, y es que habiendo sido excomulgado dicho obispo por el llamado papa de Roma, san Esteban, desestimó públicamente tal excomunión y murió sin haber pedido jamás la absolución de ella. Pero esto no le impediría ir al cielo, pues otros papas posteriores le declararon santo. 
Gregorio de Nicea nos dejó la interesante vida de Gregorio de Neo-Cesarea, del siglo III, y de san Basilio, obispo del siglo IV. Y si hay algún hecho probado en ambas, es que estos santos obispos ni se confesaron nunca, a la usanza de la confesión auricular, ni confesaron tampoco a nadie. 
Pallás y Teodoreto nos han dejado la historia de la vida, sufrimientos y muerte de san Juan Crisóstomo; y los vemos mudos completamente en el asunto de la confesión auricular, que, de existir en su tiempo, debiera él haber llevado a cabo muchísimas veces con alguno o algunos de sus presbíteros, o con otro obispo. 
¿Quién ha escrito con más detalles y elocuencia sobre temas prácticos de fe y moral, de las costumbres privadas y públicas de su tiempo, que san Jerónimo en el siglo v? Estas cartas, que tenemos a la vista, no mencionan en modo alguno la confesión auricular. Gran número de sus cartas eran dirigidas a los presbíteros que le habían pedido reglas prácticas de conducta para desempeñar su ministerio. ¿Cómo es posible, de existir tal costumbre o regla en la Iglesia, que omitiese hablarles de sus deberes como confesores? 
     En cambio, en su carta al presbítero Nepociano, le dice: «No estés nunca solo con mujer sola, sin testigo de vista. Si tiene alguna cosa particular que deciros, que ponga alguna otra persona de la casa: doncella, viuda o casada; y no será tan ignorante de las reglas de la conveniencia, que ose comunicaros cosas que a otros no comunicaría.»7 
Lo mismo podemos decir de san Ambrosio, en cuanto a su biografía, escrita por Paulino. 
La vida de san Martín de Tours, del siglo IV, escrita por Severo Sulpicio, del siglo v, es también un monumento irrefutable dejado por la antigüedad para mostrarnos que el dogma de la confesión auricular es de invención moderna. Siendo evidente que san Martín de Tours vivió y murió sin haber pensado nunca en confesarse a otro que a Dios. 
Notas:
4 «Ego te absolvo». Colección «Fe Cat.», pág. 41. Dial contra Luciferianos,
5. ML 23, 167. 5 «Ego te ábsolvo». Idem.
6 Diccionario de Controversia, pág.. 143.
7 Epíst. a Nepociano, vol. 2, pág. 203.

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viernes, 1 de junio de 2012

EN ESTO PENSAD -- junio 2012


Deuteronomio y El Camino De Bendición

El nombre hebreo del quinto libro de Moisés es “Haddeb-harm” que significa “las palabras”. Es tomado del versículo 1 del libro: “Estas son las palabras que habló Moisés...”  El título “Deuteronomio” viene de dos palabras griegas que juntas significan “segunda ley”. El libro contiene una nueva exposición de la ley, dada por el Señor a una generación anterior, y ahora repetida por Moisés a la generación de Israel que entraría en la tierra de Canaán. El libro no se trata de una nueva ley, sino de una explicación de la que ya había sido dada. Así es que nosotros los creyentes necesitamos también la repetición de las Palabras de Dios. Tendemos a ser olvidadizos y es bueno que alguien nos recuerda y reitera lo que Dios ha dicho. Es para nuestro bien.
El pueblo todavía estaba en el otro lado del Jordán, en el desierto, en la llanura al lado del Mar Muerto. El segundo versículo del libro da una sinopsis de la incredulidad de Israel. Un viaje de once días se cambió en cuarenta años vagando, debido a la incredulidad. Ahora en Deuteronomio Moisés expone la ley en preparación para la entrada de la nación en la Tierra Prometida. Cuántas veces ha pasado en la experiencia de creyentes, que pasan la mayor parte de su vida vagando sin propósito ni bendición porque se empeñan en salirse con la suya, en andar en sus propios consejos, en lugar de seguir las instrucciones divinas.
En capítulo 5 de Deuteronomio, todo Israel se congrega para oír los estatutos y juicios del anciano siervo de Dios, Moisés. El principio de su discurso contiene las cuatro palabras claves del libro: “oír”, “aprende”, “guarda” y “poner por obra”. Son términos característicos del libro. Las demandas del Señor a Su pueblo todavía son importantes para nosotros. En el Nuevo Testamento todas estas cuatro claves aparecen. Por ejemplo, en Santiago 1:22 se nos exhorta a ser hacedores de la Palabra, no tan solamente oidores. Además de congregarnos, debemos tomar nota, esforzarnos para recordar y poner por obra lo que la Palabra de Dios dice. La obediencia de fe siempre ha sido y todavía es el camino de la bendición. De los que asisten a las reuniones, ¿cuántos son hacedores de la Palabra?
Oír es prestar atención. Para oír hay que estar presente, y hay quienes no asisten con regularidad y por eso ni siquiera oyen. Otros vienen a las reuniones pero no oyen bien. Se miran unos a otros. Miran para ver quién entra y quién sale. Cualquier cosa les distrae. Y cabe decir aquí que procuremos eliminar las distracciones cuando sea posible. Convendría eliminar los ruidos de la calle en algunos casos, cerrando las ventanas y poniendo buena ventilación o aire acondicionado, para que se escuche bien la predicación. O poner micrófono y altavoces. Y los niños deben estar sentados y callados en las reuniones, pues es responsabilidad de sus padres, y es tener en consideración a los demás hermanos que quieren oír la Palabra. Pero oír bien requiere esfuerzo personal.  Nuestro cuerpo puede estar presente en la reunión, pero nuestra mente ausente, divagando, pensando en otras cosas, en casa, la cocina, en el negocio, en otras obligaciones, etc. Debemos acudir para oír bien, prestar atención y concentrarnos.
Aprender es entender y recordar. Hay quienes oyen pero no aprenden. Hay que poner mente en las cosas, meditarlas para entenderlas. Está comprobado que parte del método para aprender bien es tomar apuntes y repasarlos. Los buenos alumnos hacen esto en las escuelas. Pero qué pocos cristianos vienen a una reunión preparados para aprender, qué pocos toman apuntes, repasan luego la enseñanza o vienen a hacer preguntas al maestro buscando aclaraciones para mejor entender. Parece que a muchos les entra por un oído y les sale por el otro, y después de la reunión se acuerdan de bien poco. El Señor mandó a Sus discípulos ir y hacer discípulos, y dijo: “enseñándoles” (Mt. 28:19-20). Entonces, hay quienes tienen el don espiritual de maestro, y es para que el pueblo aprenda. ¿Sólo oímos, o nos esforzamos para aprender? Haz la prueba – media hora después de la reunión – pregunta de qué se acuerda cada uno y procura repasar la enseñanza en conversación, para no olvidarla.
Guardar y poner por obra señalan la aplicación personal. La Palabra de Dios no es para informarnos solamente, sino para cambiarnos, para dirigir nuestros pensamientos y nuestro comportamiento. Por eso Mateo 28:20 dice, “Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”. La enseñanza que Cristo manda no es sólo la recitación de información importante, como bosquejos de doctrina sana, sino que incluye énfasis en la obediencia, en la aplicación, en cómo ponerlo por obra en nuestra vida cotidiana, en nuestro carácter y caminar. “Lámpara es a mis pies tu palabra” (Sal. 119:105) indica esto – algo que nos ayuda a caminar bien. “Guardar” es atesorar, preservar, conservar. La idea es estimarla como un tesoro, y cuidarla para que no se pierda. Es darle el lugar preferido en nuestro corazón. “Poner por obra” toca nuestros hechos, nuestra manera de vivir, y es aquí que demostramos que realmente hemos aprendido algo. Si no oímos bien, no aprenderemos bien, y si no aprendemos bien, no podemos guardar bien ni poner por obra bien. Y si no somos hacedores de la Palabra, nos estamos engañando. 
Deuteronomio 28:1-14 declara que las bendiciones vendrán de la obediencia. Observemos lo que los versículos 1 y 2 dicen: “Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra. Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios”. El Salmo 119 expresa la actitud y los hechos de uno que ama la Palabra, la oye, aprende y guarda. Pero en el resto de Deuteronomio 28, los versículos del 15 al 68 advierten que de otra manera vendrán maldiciones, es decir, por la inatención a la Palabra de Dios. El versículo 15 dice: “Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te intimo hoy, que vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te alcanzarán”. La historia de la nación de Israel en el resto del Antiguo Testamento ilustra la verdad y precisión de lo que Dios dijo en Deuteronomio 28. Aquí no hay misterio. El camino de la bendición es la atención y obediencia a la Palabra de Dios. 
Si alguien dice que esto fue en el Antiguo Testamento pero no es así en el Nuevo, porque en el Nuevo se nos enseña amor, se equivoca. Y el que dice que requerir la obediencia es legalismo, también se equivoca. Nuestro Señor Jesucristo dice en Juan 14, “si me amáis, guardad mis mandamientos” (v. 14). El amor a Cristo produce obediencia.“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama” (v. 21). “El que me ama, mi palabra guardará” (v. 23). “El que no me ama, no guarda mis palabras” (v. 24). Santiago 1:22 dice: “sed hacedores de la Palabra”, pues de otra manera nos estamos engañando.  Juan 2:3-4 declara: “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él”.  
Si, hermanos, todavía es la obediencia el camino de bendición. Por eso debemos congregarnos, oír atentamente, aprender bien, guardar y poner por obra la Palabra de Dios. El himno “Obedecer y Confiar en Jesús” lo expresa bien.

1. Para andar con Jesús no hay senda mejor, 
que guardar sus mandatos de amor;
Obedientes a El siempre habremos de ser, 
y tendremos de Cristo el poder.

Coro:   
Obedecer, y confiar en Jesús, 
es la senda marcada para andar en la luz.

2. Cuando vamos así, ¡cómo brilla la luz 
en la senda al andar con Jesús!
Su promesa de estar con los suyos es fiel, 
si obedecen y esperan en El.

3. Quien siguiere a Jesús ni una sombra verá, 
si confiado su vida le da,
Ni terrores ni afán, ni ansiedad ni dolor, 
pues lo cuida su amante Señor.

4. Mas sus dones de amor nunca habréis de alcanzar, 
si rendidos no vais a su altar,
Pues su paz y su amor sólo son para aquel 
que a sus leyes divinas es fiel.

       Carlos Tomás Knott
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UNA OBRA MARAVILLOSA

“Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras”.    – Salmo 139:13-14

Es verdad que somos hechos formidable y maravillosamente, con billones de células, cada una de ellas más compleja que un reloj, y con órganos que cooperan juntos para sostener nuestra vida. En el centro de todo está el órgano llamado “corazón”. Perfectamente colocado en medio del cuerpo humano, es aproximadamente el tamaño de tu puño, y pesa cerca de medio kilo. Late alrededor de 70 veces por minuto (100.000 veces al día), y bombea 7.570 litros de sangre en el cuerpo cada 24 horas. La red de arterias y venas en un cuerpo humano mide unos 100.000 kilómetros, es decir: dos veces y medio la vuelta al mundo. Pero el corazón bombea la sangre de modo que requiere sólo 30 segundos para completar su circuito particular. En 70 años el corazón late unas 2.555.000.000 veces, bombeando unos 193.000.000 litros de sangre. Nada que el hombre ha inventado puede compararse con el corazón humano. ¡Cuán grande es nuestro Dios!
adaptado de una lectura del calendario "Choice Gleanings"
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¡VIENE PRONTO!

Dicen que los ríos, cuanto más largos, mayor su tamaño e importancia. Así también es con los acontecimientos en la historia de este mundo. Con cada año que pasa son más interesantes. Todo conduce a un final. Las cosas toman formas nuevas y extrañas. Muchos presienten que eventos significativos están a punto de suceder.
¿Por qué es esto? Creemos que es porque el suceso más grande de toda la historia se aproxima – es el retorno del Señor Jesucristo a este mundo. Él ha estado aquí antes. Todos hemos oído de Su vida perfecta, sin pecado, llena de amor y bondad – una vida que jamás otro ha vivido ni se ha conocido entre los hombres. También sabmos cómo los hombres le premiaron por ella, cómo le crucificaron, colgándole entre dos criminales. Hemos aprendido, también, como Él salió triunfante en resurrección tres días después, y ascendió de nuevo al cielo de donde había venido.
Pero, antes de ascender, dio testimonio y promesa de Su retorno, que será en dos partes. Primero, el Señor mismo descenderá del cielo en nubes de gloria, para arrebatar a todo creyente verdadero para que esté siempre con Él. Luego, Cristo volverá a la misma tierra, un retorno sin sufrimiento ni humillación como antes, sino en poder, con juicio y gloria, y acompañado de las huestes del cielo.  
Éste es el gran acontecimiento que está a punto de caernos. El mundo continúa siendo Su enemigo aunque Él ha dado más de dos mil años para que se arrepienta de sus pecados contra Él. Han derramado la sangre de Sus siervos, han despreciado a Sus verdaderos seguidores, y han rechazado Sus derechos. Ahora, aun multitudes de los que profesan Su Nombre se le están volviendo traidores – como Judas – besándole por dinero, y como el mundo, exponiéndole a vituperio. 
Su paciencia está llegando al final. Él está a punto de volver. Amigo lector, ¿está Ud. entre los que le aman y obedecen, o entre los del mundo? ¿Se ha lavado de sus pecados en la sangre de Cristo, o la está pisoteando y así sellando su condenación?
Puede que estas palabras le parezcan cuentos. Puede que mientras siga la paciencia maravillosa de Dios Ud. se atreva a endurecer en su corazón. Pero lo mismo le es tratar de parar el avance del tiempo, que tratar de evitar su encuentro con Jesucristo en Su venida. Si no es creyente en Él, será dejado atrás para afrontar los terribles juicios de Dios sobre este mundo de rechazadores de Cristo. “Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos... de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?” (Apocalipsis 6:15-17).
Entonces los grandes y pequeños, ricos y pobres, débiles y poderosos – todos los que no han doblado la rodilla a Jesucristo el Salvador, la doblarán a Jesucristo el Juez en el juicio del gran trono blanco. “Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” (Apocalipsos 20:15).
Estimado lector, en amor debemos rogarle una vez más. ¿Está preparado para el más grande de todos los sucesos – la venida del Señor Jesucristo? ¿Es usted amigo, amador y adorador del Señor Jesucristo? ¿Ha reconocido su necesidad de Él, y entonces ha confiado en Aquel que murió por sus pecados como su Salvador? Si no, ahora es su oportunidad. Hoy es tiempo aceptable, día de salvación. Mañana será día de juicio.                                                        —P.J.L.

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A LAS FUENTES DEL CRISTIANISMO  
(parte II)
por Samuel Vila

Cómo tuvo lugar la transformación del cristianismo 

Dos grandes fuerzas obraron en la elaboración del tipo de cristianismo católico-romano. 
Primeramente, las doctrinas purísimas y evangélicas predicadas por el Divino Maestro y sus apóstoles durante las primeras décadas de nuestra Era. 
En segundo lugar, la religión sacerdotal pagana. 
Esta mezcla se hizo poco a poco, siendo la principal causa de ello la introducción en la Iglesia de multitudes convertidas sólo de nombre por seguir la corriente del siglo. Estas, echando de menos el fausto y costumbres de sus iglesias paganas, influyeron en la introducción de ritos y ceremonias de su culto a las que se dio un giro y aplicación cristianas.1 
Y lo peor es que no sólo sufrieron merma en el transcurso de los siglos la espiritualidad y sencillez del culto cristiano, sino que la misma doctrina experimentó un cambio trascendental con la invención de nuevos dogmas, como los que en nuestra misma época fueron proclamados después de siglos de discusión entre las más destacadas personalidades del Catolicismo Romano. Tales dogmas son por lo general favorables a los intereses materiales de la Iglesia, pero muy perjudiciales a la pureza de la fe, al crédito de la religión y a la salvación de las almas.2
Vamos a considerar algunas de las doctrinas nuevas o modificadas, señalando: 
1° Lo que la Iglesia enseña en la actualidad. 
2° Lo que dice el Evangelio respecto al mismo asunto. 
3° Lo que los santos padres de la Iglesia creyeron y predicaron referente a las mismas doctrinas. El testimonio de los santos padres es abundantísimo, pero no podemos dar sino unas pocas citas para no hacer interminable esta obrita. 
Aunque para nosotros lo decisivo en materia de fe son las enseñanzas de la Sagrada Escritura, y no nos apoyamos en testimonio de hombres que pueden equivocarse, por más piadosos que sean, es en gran manera interesante ver lo que creían aquellos santos varones de los primeros siglos para confirmarnos en la fe que debemos poseer. 
La contradicción a una creencia o doctrina de parte de cristianos fieles de los primeros siglos es prueba bastante clara de que tal doctrina no pertenecía al legado común apostólico, aunque otros padres la apoyen y defiendan, ya que ciertos errores se originaron bastante temprano en la Iglesia; pero, por lo general, no tuvieron tales errores la aceptación universal de las grandes verdades de la fe, como, por ejemplo, la muerte redentora de Cristo, la resurrección del Señor, su ascensión a los Cielos, y la esperanza de su segunda venida; sobre tales cosas no había discusión entre los cristianos. Tal consentimiento común, apoyando la enseñanza clara del Nuevo Testamento, es lo que los cristianos evangélicos buscamos para reconocer como auténtica y digna de crédito cualquier doctrina de nuestra fe. 

La confesión auricular 
La confesión es, según el parecer de los más piadosos autores cristianos, el primero de los deberes del creyente; el signo exterior del arrepentimiento y el secreto del perdón; pero ¿a quién debe hacerse la confesión? 

Según la doctrina Católica Romana 
Es obligación de cada fiel ir a confesar sus pecados, por lo menos una vez al año, a un sacerdote, quien como ministro de Dios tiene poder para darle la absolución.3 

El Santo Evangelio dice: 
«Mas tú, cuando orares, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Evang. S. Mateo 6:6). 
David exclama: «Confesaré contra mí al Señor mi injusticia, y tú perdonaste la iniquidad de mi pecado. Por esta razón orará a ti todo santo en el tiempo oportuno» (Salmo 32:5-6). 
En los Hechos y cartas apostólicas no tenemos un solo caso donde los apóstoles recomendaran la confesión auricular, ni hallamos que confesaran a una sola persona; pero tenemos constantes exhortaciones al arrepentimiento y la confesión a Dios de toda clase de pecados. 

Un texto aclarado por la misma Biblia 
¿Qué quiso, pues, significar Jesús cuando dijo a sus discípulos: «A quienes remitiereis los pecados, les serán remitidos, y a quienes los retuviereis, les serás retenidos» (S. Juan 20:23)? Evidentemente, se refería a la gran responsabilidad que pesaba sobre los discípulos como mensajeros del glorioso Evangelio, que proporciona el perdón de los pecados a los hombres que lo aceptan. 
El ministro del Evangelio, y particularmente el que se dedica a la obra misionera, como tenían que dedicarse los apóstoles (vers. 21), tiene ciertamente el privilegio de ofrecer el perdón de los pecados, o de retener a los hombres en sus pecados, según sea su diligencia en dar a conocer las Buenas Nuevas de salvación. Si el discípulo de Cristo, al entrar en contacto con pecadores necesitados de salvación, les habla de todo menos de la gloriosa posibilidad y seguridad que Dios les ofrece de perdonarles sus pecados si se arrepienten y aceptan a Cristo como Salvador, ¿no les retiene por su descuido o negligencia en aquellos pecados de los cuales podrían ser librados? Si, en cambio, les anuncia a Cristo y la salvación, ¿no se convierte en el medio para que sus pecados sean remitidos? ¿No les da por su mensaje el perdón? 
La interpretación de este texto parecerá algo forzada a los católicos, acostumbrados a interpretarlo en el sentido de la confesión auricular, pero no lo es en absoluto teniendo en cuenta el hiperbólico modo de expresarse de los judíos. Tenemos un ejemplo de ello en Levítico 13. Para explicar que el sacerdote hebreo declarará limpio o inmundo al leproso, el texto original, en la versión de la Setenta, y en la misma traducción del Padre Scío de San Miguel, dice que «lo limpiará» o «contaminará». Es evidente que el sacerdote no podía «limpiar» a ningún hombre de su lepra, ni hacerle libre de la contaminación legal que dicha enfermedad implicaba; sino que era tan solamente el perito, el facultativo designado para declarar que el hombre estaba limpio. Así, tampoco los apóstoles podían «remitir» a los hombres sus pecados, sino declarar de qué manera Dios les remitiría o perdonaría sus pecados. 
Tenemos otros ejemplos de hiperbolismo en las mismas palabras de Cristo. En San Lucas 14:26 dice: «Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre y madre, no puede ser mi discípulo»; lo que tomado al pie de la letra contradice toda la doctrina moral de Jesucristo y su propio ejemplo, al procurar un protector para su bendita madre cuando ésta se hallaba afligida al pie de la cruz. El pensamiento de Cristo requiere esta terminación: «En el caso de que los padres sean un impedimento para seguirme.» El Señor no lo dice, porque su idea sería perfectamente comprendida por los discípulos. Del mismo modo, no declara: «A quienes remitiereis los pecados, por la predicación del Evangelio» o «los retuviereis por dejar de predicarlo», porque el significado era sobreentendido, o lo sería muy bien por sus discípulos cuando vieran los resultados que dicha predicación trajo el día de Pentecostés. 
Que ésta sea la interpretación natural y no forzada del pasaje lo demuestra la conducta posterior de los apóstoles. Si éstos hubiesen empezado desde el mismo día de Pentecostés a recibir confesiones de los fieles, a dar absolución y a prescribir penitencias; y si halláramos que tal había sido la costumbre obligada de los cristianos desde los primeros siglos del cristianismo, los cristianos evangélicos seríamos los primeros en admitir la confesión; interpretando las palabras del referido texto como las interpretan los sacerdotes católicos; y tampoco discutiríamos la sucesión de su pretendido poder de perdonar. Pero el buen sentido nos impide aceptar la sucesión de una potestad que los apóstoles no usaron ni practicaron jamás. 
continuará, d.v.

NOTAS:
1 La influencia pagana en la historia del catolicismo romano es reconocida por los mejores escritores católicos. El catedrático A. Boulanger, en su Historia de la Iglesia (libro de texto de algunos Seminarios católicos), página 135, y bajo el epígrafe 92, «Servicios prestados por el Estado a la Iglesia», dice: «El Estado debe mucho a la Iglesia, pero la Iglesia a su vez debe no poco al Estado... El cristianismo hereda del paganismo sus privilegios e inmunidades. Los sacerdotes disfrutan de la inmunidad fiscal, o exención del pago de impuestos y cargas públicas, y adquieren el privilegio denominado fuero eclesiástico.
«A pesar de esto, la protección de los emperadores les resultó perjudicial. De una parte, la obligación que se impuso a los paganos de abjurar su religión proporcionó a la Iglesia elementos impuros que fueron causa de perturbaciones y de corrupción.
Así pues, los inconvenientes del favor imperial resultaron graves; pero no hay que juzgarlos separadamente ni ser más severos que la propia Iglesia. Si, en fin, la Iglesia supo acomodarse a tal situación sin sacudir el yugo, fue porque comprendió que la protección del Poder, a pesar de sus defectos y abusos, le era más útil que perjudicial» (Boulanger, op. cit, Introducción).

2 La Iglesia católica pretende que la definición de un dogma no es invención, sino fijación de una creencia existente ya en la Iglesia. Comprendemos que es así, ya que en la definición de un dogma no entra el elemento sobrenatural. El papa no recibe, como los profetas bíblicos, una inspiración que le impulse y obligue a definir, sino muchas incitaciones de obispos y organizaciones católicas favorables a aquella opinión que desean ver convertida en dogma, en oposición de otros católicos que lo repudian. Todo el mundo sabe que la definición papal hará callar a éstos por obediencia, no por convicción; exactamente igual como ocurre en cualquier gobierno político con la promulgación de una ley nacional.
Pero lo que interesa averiguar (recurriendo a las fuentes del cristianismo), en el caso de una definición dogmática, es si la tal proclamación significa la fijación de una verdad o de un error, que muy bien pudo abrirse paso por motivos puramente humanos y supersticiosos. En tal caso la decantada fijación de la doctrina o dogma es todavía peor que la invención papal de la misma. De hecho, es también una invención; pero ya no de una persona o de un grupo de personas cultas que, sin presiones de ninguna clase, podrían tener más en cuenta las razones bíblicas o históricas que apoyaran tal doctrina, sino que es el producto de la ignorancia de siglos pasados. Puede ser la consagración de una idea que ha ido fijándose y afirmándose de siglo en siglo por motivos puramente sentimentales, en los cuales entra todo menos el peso de los documentos y la verdad histórica.
Desgraciadamente, éste parece haber sido el caso en la definición de los principales dogmas relacionados con la bienaventurada Virgen María, los cuales dogmas fueron combatidos con irrefutables argumentos por grandes lumbreras de la Iglesia como san Anselmo, san Bernardo, santo Tomás de Aquino, y muchos otros; y, sin embargo, el sentimiento popular católico-romano acabó por imponerlos.
Algo semejante ocurre con los procesos de canonización, en los cuales el sentimiento popular, y el propósito de complacer a un sector del Catolicismo, no deja de ser tenido en cuenta. Un ejemplo de ello es el caso de la heroína nacional francesa santa Juana de Arco, a quien la Iglesia católica de su época mandó quemar por bruja, y siglos más tarde, cuando así convino a los intereses políticos, fue elevada a los altares como santa.
3 Código de Derecho Canónico, lib. III, cap. 3, artículos 901 al 910.

El libro: A Las Fuentes Del Cristianismo, por Samuel Vila, editado por CLIE, está agotado y fuera de circulación. Puede hallarse en formato PDF en varios lugares en internet.
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Los Privilegios 
y las Responsabilidades 
de la Comunión en la Iglesia Local
por Carlos Tomás Knott

La recepción a la comunión de la iglesia local es entrar en la vida de una comunidad de creyentes salvos por la gracia de Dios. Es un compromiso que se toma por amor al Señor Jesucristo y el amor fraternal. Tenemos comunión con el Señor y también los unos con los otros (Hch. 2:42; 1 Co. 1:9; 1 Jn. 1:3, 7). Es la casa de Dios, y el Señor debe tener la preeminencia en todo (Col. 1:18).
En el Nuevo Testamento es evidente que esa recepción era prácticamente simultánea con la conversión. Habiendo creído el evangelio, la persona fue bautizada y entraba en comunión con los otros creyentes. De esta manera la predicación del evangelio resultó en la formación y edificación de iglesias locales. El Señor nos ha hecho “miembros de la familia de Dios” (Ef. 2:19) y desea que perseveremos en la comunión unos con otros (Hch. 2:42).
Muchos piensan que la recepción es algo como un permiso para tomar la Cena del Señor, pero es mucho más. Realmente es a la comunión de la asamblea, no sólo a una de las reuniones. Por eso es importante conocer a las personas antes de recibirlas: ¿quiénes son, qué creen y cómo andan? Cuando se nos recibe a la comunión de la iglesia del Señor, participamos con todos los hermanos que ya andan en comunión con el Señor y unos con otros. Compartimos la vida cristiana y la responsabilidad de servir al Señor y serle testigos hasta que Él venga. La vida de comunión conlleva sus propios privilegios y responsabilidades. Cada creyente debe interesarse por estos, familiarizarse con ellos y procurar practicarlos diariamente.

LOS PRIVILEGIOS
1. El privilegio de la presencia prometida del Señor Jesucristo (Mt. 18:20) cuando los hermanos se congreguen en Su Nombre.

2. El privilegio de la adoración colectiva (1 Co. 11:23-32) cada primer día de la semana, en la Cena del Señor.

3. El privilegio de la oración colectiva (Hch. 2:42; 12:5, 12) intercediendo por otros y viendo al Señor obrar en respuesta a la oración.

4. El privilegio de recibir enseñanza y ayuda en practicar lo que dice la Palabra de Dios (Ef. 4:12), tanto en las reuniones así como en una consulta o visita personal.
5. El privilegio de servir junto con otros creyentes, haciendo la obra del ministerio (1 Co. 3:9; Ef. 4:12).  Por ejemplo:
· ejercer la hospitalidad (Ro. 12:13; He. 13:2)
· testificar del Señor Jesucristo e invitar a otros a venir
· preparar y repartir literatura
· visitar, animar y ayudar a los hermanos                                  
                 (Ro. 14:19; He. 13:16)
·cuidar, mantener y limpiar el local de reunión

6. El privilegio de ofrendar a Dios, invertiendo así en la obra del Señor y haciendo tesoro en el cielo (Mt. 6:19-21; Ro. 12:3; 2 Co. 9:6-10; Ef. 4:8).

7. El privilegio de gozar de la amistad y el compañerismo de otros creyentes (He. 10:24-25).

8. El privilegio del cuidado, consuelo y ayuda de la familia de Dios en tiempos difíciles y en las pruebas de la vida (Fil. 2:4).

9. El privilegio de la comunión y amistad con todos los hermanos en la congregación, y también de saber que la tienes con todos los hermanos en la común fe en el Señor Jesucristo en todo el mundo (1 Co. 1:2).

10. El privilegio de recibir el cuidado espiritual del gobierno de Dios en la iglesia, siendo guiado y aconsejado por los ancianos de la asamblea (Pr. 15:27; He. 13:7, 17).

LAS RESPONSABILIDADES
1. La responsabilidad de ejercer tu propio don espiritual para el provecho de los hermanos en la iglesia y para la gloria de Dios (1 Co. 12:7; 1 P. 4:11).

2. La responsabilidad de ser un pacificador y procurar guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, guardando primeramente tus pensamientos y también tu lengua de chismear, murmurar o criticar (Sal. 133:1-3; Mt. 5:9; Ro. 12:18; Ef. 4:3; Stg. 3:13-18).

3. La responsabilidad de asistir regular y puntualmente a las reuniones de la iglesia, con ánimo y devoción al Señor  (Hch. 2:42; He. 10:25).

4. La responsabilidad de compartir voluntaria y liberalmente en los gastos de la iglesia y las necesidades de los siervos del Señor (Ro. 15:127; Ga. 6:6; 1 TI. 5:18; 1 Co. 9:7-11).

5. La responsabilidad de vivir en santidad en tu vida personal y de mostrar el carácter de Cristo en todo tiempo a los demás (2 Ti. 2:19; Tit. 2:12; 1 P. 1:15-16).

6. La responsabilidad de dar ayuda, exhortación y edificación a los hermanos, pensando siempre en su bien (Gá. 6:2; Col. 3:16; 1 Co. 12:29).

7. La responsabilidad de mostrar el amor de Cristo a otros de manera práctica, haciendo bien a todos y mayormente a los de la familia de la fe (Lc. 6:27-36; Jn. 13:34-35; Gá. 6:10; 1 P. 4:8; 1 Jn. 3:16-18).

8. La responsabilidad de participar en el ministerio de la hospitalidad, no dejándola para otros (Ro. 12:13; 1 Ti. 3:2; He. 13:2; 1 P. 4:9).

9. La responsabilidad de compartir y colaborar en la obra de la iglesia, la obra del ministerio, sea física, económica o espiritual (Gá. 6:10).

10. La responsabilidad de ser sensible a la enseñanza de la Palabra de Dios y ser hacedor de ella. Esto incluye la enseñanza pública así como la particular, que sería el consejo bíblico y piadoso de los ancianos (1 Ts. 5:12-13; He. 13:7, 17; Pr. 12:15).

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“Te Toca”
Preguntas para reflexión y aplicación personal

1. ¿Soy verdaderamente un creyente nacido de nuevo, discípulo del Señor Jesucristo? ¿Cómo lo sé, y cómo pueden saberlo los demás? ¿Qué evidencia hay en mi vida de que esto es así?

2. ¿He sido bautizado desde que confié en el Señor Jesucristo?

3. ¿Vivo una vida de santidad personal (separado del mundo para agradar a Dios), o una vida de conformidad al mundo? ¿Qué cambios hacen falta en mi vida para ser más como el Señor Jesús?

4. ¿Me he comprometido con la asamblea, para practicar la comunión, para que cuenten conmigo como hermano?

5. Según lo que dice Hebreos 13:17, ¿quién en esta iglesia tendrá que dar cuenta de mí al Señor, esto es, quiénes son los pastores?

6. Respecto a los privilegios, ¿de cuál de ellos debo hacer más uso en mi vida?

7. ¿Tomo en serio mis responsabilidades de la comunión en la iglesia? ¿Cuál de ellas necesita más de mi atención?

8. ¿Asisto y participo espiritualmente en las reuniones, o soy esporádico y variable? ¿Cómo podría mejorar?

9. Si los demás hermanos fuesen o actuasen como yo, ¿cómo sería la iglesia?


“Para que... sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”.
1 Timoteo 3:15




martes, 1 de mayo de 2012

EN ESTO PENSAD -- mayo 2012


LA CODICIA DE DINERO ES IDOLATRÍA

¿Qué tan codiciosos y deseosos de dinero somos? Después de todo, la codicia es la compuerta principal hacia el enredo y la esclavización en el presente sistema del fin de los tiempos. La depravación yu la codicia van de la mano. Pues, la Biblia dice: "Mas buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas" (Lc. 12:31). Esto se podría decir también al revés: "Mas buscad el dinero, y todas sus contaminaciones y pecados se os pegarán". Sin lugar a dudas, Pablo también pensaba así, ya que escribió: "raíz de todos los males es el amor al dinero" (1 Ti. 6:10). Para decirlo lisa y llanamente: la codicia es idolatría, porque pone al dinero y al lucro en un lugar más alto que a Dios. Quien se entrega a la codicia, celebra en los altares al dios mamón y quebranta el primero de todos los mandamientos: "No tendrás dioses ajenos delante de mí" (Éx. 20:3). De ahí que la Biblia condene firmemente y sin concesiones la codicia: "Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idolatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios" (Ef. 5:5). La codicia busca su herencia en la tierra.
El mandamiento de Dios es inequívoco. Debemos "salir del mundo", es decir, soltarnos de sus trampas, o sea de las promesas y enredos de una estructura colosal de finanzas y comercio. "Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas; porque sus pecados han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades" (Ap. 18:4-5). Si pasamos esto por alto, nos haremos culpables de ser cómplices del sistema. Lilberarse de esta trampa apocalíptica del dinero – caracterizada por idolatrar a la "Babilonia la Grande" – significa que no la adoraremos, ni le daremos nuestra confianza. "No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios" (1 Co. 10:21). Nuestro lugar está en la mesa del Señor, donde queremos agradecerle por Su provisión, y donde honramos y glorificamos solamente a Él.   

por Wilfred J. Hahn, directora por largos años del Grupo de Inversión Global del Royal Bank of Canadá. De la pág. 35 de la revista LLAMADA DE MEDIANOCHE, diciembre 2011.

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La Mujer Virtuosa: 
Diez Elementos Destacados
Proverbios 31:10-31

1. Su precio (v. 10)
Su valor es muy superior al de las piedras preciosas, aun de las más valiosas.

2. Su marido (vv. 11, 12, 23, 28)
Él tiene confianza en ella y la alaba. También confía en su diligencia e integridad.

3. Sus hijos (v. 28)
La reverencian y la bendicen. (Nota: Ella ya había dado consejo y orientación a sus hijos en siete aspectos – Pr. 31:3-9).

4. Su casa (vv. 15, 27)
Todos en la casa aprecian su abnegación e interés personal por el bienestar de ellos.

5. Sus manos (vv. 13, 16, 19, 20)
Ella está ocupada continuamente en la labor voluntaria: buscando, plantando, cosiendo y supliendo las necesidades de otros.

6. Su administración (vv. 14, 16, 18, 24)
Ella manifiesta diligencia y discreción en planificar y llevar a cabo [sus trabajos], y en comprar y vender.

7. Sus vestiduras (vv. 17, 21, 22, 25)
Representadas como vestiduras, sus virtudes duraderas de fuerza de carácter y honor son dignas de ser admiradas.

8. Su lámpara (v. 18)
Su testimonio personal brilla constantemente, teniendo la mecha despabilada y la provisión de aceite renovada.

9. Sus palabras (v. 26)
Ella habla con sabiduría y bondad.

10. Su renombre (v. 31)
Ella es ampliamente conocida por su hermosura espiritual y moral; es digna de ser alabada y será recompensada abundantemente por su temor de Dios y sus obras de justicia.

del libro MUJERES QUE PROFESAN PIEDAD, por E.L. Moore, págs.111-112

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Seamos Fieles A Cristo Y Su Palabra

El apóstol San Pablo, al despedirse de los obispos (fíjense en el plural) de una sola iglesia cristiana, la de Éfeso, les previene diciendo:

"Mirad por vosotros y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la Iglesia del Señor, la cual Él adquirió para sí por medio de su propia sangre, porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño, hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos" (Hechos 20:28-30).

Este texto al igual que la mayoría de las Epístolas, evidencian que ya desde la época más primitiva de la Iglesia ésta tuvo que hacer frente a las arremetidas de doctrinas descabelladas y falsos profetas que intentaban apartar a los creyentes del fundamento de la verdad evangélica. Uno de los grandes objetivos del enemigo desde el principio de la comunidad cristiana ha sido, al parecer, la desvalorización de la persona de Jesucristo, como lo demuestran las primeras desviaciones de grupos mencionados en capítulos anteriores como gnósticos, los docetistas, los marcionitas y otros que avanzaron hasta el I y II siglo, y algunas vertientes doctrinales todavía llegan hasta nuestros días.
A finales del siglo III y durante buena parte del IV fue muy popular el arrianismo, un movimiento herético, que sin caer en los extremos de otras sectas, proclaman como su enseñanza primordial que Jesucristo era simplemente una criatura de Dios y no el Verbo Eterno que estaba con Dios y era Dios desde el principio (doctrina que es hoy fundamento también de los "Testigos de Jehová").
Ya en el tiempo cuando un sector de la Iglesia había degenerado en un movimiento político-religioso, detentador del poder del Imperio Romano, podemos encontrar también otros movimientos al margen de la Iglesia "oficial", que luchaban contra la corrupción moral y espiritual que se había introducido en el cristianismo. Estos movimientos sostenía lo que podríamos denominar las herejías de la verdad, a algunos de los cuales nos hemos referido ya como los montanistas, los donatistas y los novacianos. Una característica de dichos grupos, algunos obedientes a Roma y otros tildados de herejes, era el hecho de que consideraban la Palabra de Dios como la única norma infalible de fe, contrariamente a los sectores oficiales que cada día introducían nuevas doctrinas y dogmas, la mayoría de ellos contrarios a la verdadera fe.
extracto del libro ¿SE RENUEVA LA IGLESIA CATÓLICA ROMANA? por Samuel Vila, CLIE

(Nota: Lo arriba citado nos recuerda la necesidad de vigilar la doctrina y luchar contra todo intento a corromperla o desviarla. Cristo es la Cabeza de la Iglesia y Su Palabra nuestra Guía. ¡Seamos fieles a Él y Su Palabra!).
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¿Fue María Siempre Virgen?



¿Qué dicen las Escrituras?

1. Salmo 69:8-9

2. S. Mateo 12:46; S. Marcos 3:31; S. Lucas 8:19

3. S. Mateo 13:55

4. S. Marcos 6:3

5. S. Juan 2:12

6. S. Juan 7:3-5

7. Hechos de los Apóstoles 1:14

8. 1 Corintios 9:5
9. Gálatas 1:19

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A LAS FUENTES DEL CRISTIANISMO
por Samuel Vila



Introducción 

FUENTES Y ARROYOS 

«Esto dice el Señor: Paraos en los caminos, y ved, y preguntad sobre las sendas antiguas, cuál sea el camino bueno, y andad por él; y hallaréis refrigerio para vuestras almas» (Jeremías 6:16). 
Supongamos que la ciencia médica nos ordenara, para librarnos de alguna enfermedad grave, la permanencia en uno de esos parajes privilegiados por la naturaleza con una fuente de aguas medicinales. ¿Nos conformaríamos con ir a bebería de algún arroyuelo procedente del manantial, después de haber estado expuesta al polvo e inmundicia de un cauce abierto? ¿No es más probable que querríamos ir al origen mismo, al lugar preciso de donde brota la esperanza de nuestra salud: de las entrañas mismas de la tierra? De otra manera no tendríamos garantía de que nuestro esfuerzo va a ser coronado por el éxito. 
He aquí la imagen de la religión. Únicamente acudiendo a las Fuentes del Cristianismo podemos alcanzar la seguridad de que nuestra fe es lo que debe ser según Dios, y no marchamos por un camino equivocado en asunto de tantísima importancia. 

¡Fuera indiferencia! 

Es lamentabilísimo el poco interés que hay en nuestros días por las investigaciones de carácter religioso. El pueblo se interesa por conocer los secretos de las artes, de las ciencias y las reglas y principios de los modernos juegos, pero no estudia los fundamentos de la religión de un modo inteligente. En este supremo asunto se le ha enseñado a no preguntar por temor de caer en herejía, y realmente ha caído en el extremo opuesto, el del indiferentismo religioso. 
A excepción de algunas almas piadosas en cada parroquia, la generalidad no piensa en la religión más que para los actos oficiales, y millares de católicos, así como también muchos millares de protestantes, en ciertos países, no debieran llevar el nombre de cristianos, porque no creen en los dogmas de su iglesia. No quieren distinguirse como militantes de alguna secta, pero blasonan de que ellos toman de la religión lo que les parece; y el resultado de este credo, flojo e inseguro, es la más desastrosa indiferencia, rayana en la incredulidad. 

Los deseos de un buen católico 

Afortunadamente, y sobre todo después de las mejoras introducidas por el Concilio Vaticano II, existe hoy día un buen número de católicos que se preocupa por las esencias de su religión, personas cuyas aspiraciones y deseos espirituales no son satisfechos, originando dudas que no se atreven a abrigar por temor a caer en herejía. Haciendo el asunto personal: ¿No es verdad, amigo lector, que quisieras tener una seguridad absoluta de cuál será tu destino al abandonar este mundo, apartando de tu vista el terrible espectro del purgatorio, acerca del cual tienes fundadas dudas? 
Quisieras ver el cielo más cerca. Por esto te alegras cuando encuentras algún buen trozo del Evangelio en las hojas parroquiales, o cuando el sacerdote predica un buen sermón en lengua vulgar. Quisieras que el Concilio Vaticano II se hubiera pronunciado de un modo más claro y más avanzado acerca de muchos puntos débiles o dudosos de la Iglesia Católica, a fin de poder tapar la boca de los que echan en cara a la Iglesia enseñanzas de tipo medieval, que comprendes son una rémora para la fe en el siglo XX; pero no te atreves a separarte de la religión que te enseñaron tus padres, pues reconoces que hay deberes para con Dios que te conviene cumplir. 
Todos faltamos muchas veces a la ley divina, y ¿quién se atreverá a rehusar la ayuda que ofrece la religión en asuntos del alma? 
Además, nunca te ha convencido la incredulidad, pues es imposible negar la existencia de Dios ante un universo ordenado con sabiduría. 
Por eso, aunque veas lagunas en la religión católica, la aceptas sin vacilaciones. Es la que lleva el sello apostólico, es la que Cristo fundó, es la que te enseñaron los padres. ¿Dónde hallarías otra mejor? 
Ciertamente, lector querido, no vamos a buscar para salvarnos la religión budista, como algunos pretenden, cuando tenemos el cristianismo en casa; y esas lagunas que ves en el cristianismo no provienen de su divino origen, como vamos a demostrarlo en seguida, sino del polvo y barro del camino que la religión cristiana viene arrastrando en el transcurso de los siglos. 
Lo probable es que el lector no se ha dado cuenta todavía de la gran cantidad de estos elementos que entran en el arroyo que se llama Iglesia Católica Romana. 

Un examen necesario

Estamos seguros de que el lector no confiaría su fortuna o ahorros, caso que los tuviera, a algún banco de cuya solvencia no estuviera bien seguro; y, aun después de esto, continuaría vigilando las operaciones de dicha entidad para asegurarse de que ningún peligro amenaza sus intereses. 
Y en cuanto al asunto de la salvación del alma, ¿no debemos examinar seriamente si la fe que profesamos es la que Dios quiere, y la que puede llevarnos con toda seguridad a la felicidad eterna? 
La doctrina de Cristo, sus milagros, su resurrección de entre los muertos y la sinceridad de los santos apóstoles, sellada con su sangre, son cosas bastante bien garantizadas por la Historia y la experiencia cristiana para que nadie pueda negarlas. 

La Iglesia primitiva y otras iglesias 

Es cierto que Cristo estableció su Iglesia sobre el fundamento de los apóstoles, pero tienes que llegar a darte cuenta —si no te la estás dando ya a medida que lees el Nuevo Testamento— que aquélla no era la Iglesia Romana, sino una Iglesia muy diferente de ésta, en muchos sentidos y aspectos. 
Aquella Iglesia Apostólica podía llevar con razón el título de Católica o Universal, porque agrupó en sus principios a todos los verdaderos cristianos, pero tras una enconada disputa acerca de la supremacía de los obispos, se formaron diversas ramas del cristianismo, agrupándose unas iglesias alrededor del obispo de Roma; otras, alrededor del patriarca de Constantinopla, y otras quedaron independientes de una y otra jurisdicción. 
     Hacer depender la salvación del alma de la adhesión personal a una u otra de estas ramas es el colmo del partidismo y del absurdo. No hay ni una palabra de Cristo que autorice semejante principio. La salvación y perdición del alma, en el Evangelio, se hace depender, no de la adhesión exterior a una iglesia, que nada cuesta, sino de la doctrina que domina la conciencia y la vida. 
Cualquier desviación de las enseñanzas recibidas por revelación divina es un pecado grave, del que no sólo las autoridades religiosas, sino cada creyente, somos responsables, desde el momento que nos percatamos de ello. 
Por esto, la unidad de la Iglesia es y será imposible en tanto exista alguna desviación de las doctrinas de Cristo; pues el cristiano sincero sacrifica todos los reparos de conveniencia y de tradición ante la pureza de la fe. 

continuará, d.v., en el siguiente número

NOTA:
Hace años que el excelente libro A LAS FUENTES DEL CRISTIANISMO, por el respetado autor Samuel Vila, publicado por Editorial CLIE, pero ahora agotado y fuera de circulación. Puede obtenerse en algunos lugares en internet en formato PDF para leer como libro electrónico. La quinta y última edición fue impreso en 1989 por CLIE.

puede obtener el libro en formato electrónico en varios lugares en internet. Uno de ellos es: 
http://www.scribd.com/doc/73029897/A-Las-Fuentes-Del-Cristianismo-Samuel-Vila