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sábado, 2 de agosto de 2014

EN ESTO PENSAD -- agosto 2014

 
La Biblia impresa por Gutenberg cerca del año 1450
EL MILAGRO DEL LIBRO
(II)
Dyson Hague

El milagro de su unidad

    Hablamos de la Biblia como siendo un libro, pero raramente o nunca se nos ocurre que tenemos ante nosotros una biblioteca. Poco se nos consta, que este Libro se compone de 66 libros diferentes y que fue escrito por 30 o 40 autores en 3 idiomas distintos, teniendo un contenido muy diverso y escrito en circunstancias de las más variadas,. Los redactores escribieron sobre la historia, la teologia, la filosofía, el derecho, la genealogía, la etnología, escribieron profecías, biografías e interesantes experiencias de viaje. Si estos 66 libros fuesen impresos individualmente con letra grande y sobre papel fuerte y encuadernados en cuero, resultaría de ello todo una biblioteca. De hecho la totalidad de 66 tomos queda constituida en un libro de tamaño reducido, pudiéndolo sostener en su manita un niño. Aunque sus temas son tan variados y tan arduos –los más arduos y profundos que uno se pueda imaginar– y que no hubo posibilidad alguna de sintonizarlos simultaneamente–era imposible que el primer escritor pudiese adivinar lo que se iba a escribir 1500 años más tarde–así y todo este vasto conjunto de escritos variados se unió con toda armonía en una obra total –y eso no solo de parte de los hombres, sino de Dios, el Autor– resultando el que a la Biblia la tratamos como un solo libro. Es un libro deslucido – en su formación, pero el milagro de una unidad literaria.
 
El milagro de su edad

    También resulta milagroso, que la Biblia a pesar de su edad es de constante actualidad. El tiempo es un toque de prueba fundamental del valor de un libro. ¿Hay acaso un libro más, que escrito desde hace 1.000 años y aun hoy se lee por parte de un amplio público? Libros, que pocos años hace despertaban el interés, hoy quedan olvidados. Aparecieron, clamorosamente fueron celebrados, y desaparecieron del conocimiento; la fría mano del olvido se posaba sobre ellos, su fuerza se retiraba, su influencia desapareció sin gloria. ¿Dónde hay algún libro, que habiendose escrito desde hace 500 o más años aun hoy se lee de las masas? Horacio y Homero pueden ser objetos de estudio por parte de estudiantes, Virgilio y Xenofón pueden inculcarse en el cerebro de escolares, pero ¿a quién se le ocurre leer para sí estos libros? Sus obras son libros muertos en lenguas muertas. Por contraste la Biblia es el único libro del mundo, que ha franqueado la barrera del tiempo, pero también –y esto no es accidental– ha saltado la influencia limitadora de la nacionalidad. El libro de un español sólo pocas veces es leído por un alemán. Los alemanes generalmente leen libros alemanes, los ingleses libros ingleses. La Biblia se concibió mayormente en una lengua muerta, y sin embargo es el libro más vulgarizado del mundo.

El milagro de su incomparable venta

    ¿Acaso no resulta ser un milagro, el que este viejo Libro es el que más se compra? A un librero se le preguntó qué libro gozaba de la más alta cifra de negocios. Aquel hombre citó no los últimos relatos o la más reciente obra científica como “Bestseller”, sino la Biblia. El movimiento de otros libros se cifra en miles, el de la Biblia en millones. Cada año se traduce en otras lenguas y dialectos.

El milagro de su círculo de interés

    La Biblia es el único libro en el mundo que lee la gente de todas las clases, de toda edad y de todo grado de madurez. Personas de formación literaria raras veces se enfrascarán en un libro infantil, esto es palmario, y tampoco los niños leerán un libro sobre la ciencia y la filosofía, aun si pudiesen hacerlo. He aquí, sin embargo, un libro que se distingue de todos los demás, un libro que se lee a un niño y que un hombre cargado de años, hallándose en el umbral del más allá, también lo lee.
    Años atrás oí una vez, como la niñera de mi pequeña le iba leyendo algo; le pregunté: “¿Qué es eso que está usted leyendo?” “Estoy leyendo la historia de José de la Biblia”, dijo ella, cuando excitada se interpuso la niña: “¡Por favor, Papá, no nos interrumpas!” Con interés devorador seguía un historia, que hacia unos 3500 años se había escrito en hebreo. Y no lejos de la habitación, en donde estaba escuchando la niña de corta edad, se hallaba sentado uno de los más grandes y modernos científicos, el destacado erudito canadiense Sir William Sawson, presidente del colegio universitario de McGill en Montreal. Leía en el mismo libro maravilloso con profunda reverencia y gozo. ¿Acaso no es eso un milagro? Uno de los más competentes letrados modernos encuentra su delicia en el mismo libro que la niñita.
    Ello realmente queda sin par en la literatura. En miles de hogares y escuelas dominicales es leído por parte de nuestros jóvenes, chicos y chicas. Grandes eruditos, como Newton, Herschel, Faraday y Brewster, grandes militares, como Gustavo-Adolfo, Gordon y Stonewall Jackson, y grandes estadistas, como Gladstone y Lincoln, veían en este Libro el gozo y la guía para su vida.

continuará, d.v. en el siguiente número

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"No podemos cerrar nuestros ojos a la verdad de que la Iglesia de Dios no está progresando como debiera, en santidad de vida, ni en obra ferviente. Como el señor Moody dijo hace años en una carta circular anunciando una conferencia en Northfield: 'Hay en las iglesias reservas de riquezas no consagradas, talentos no empleados o mal empleados, multitudes reposados en Sion, testigos que no dan ningún testimonio de su Señor, obreros sin el poder vencedor del Espíritu, maestros que hablan sin autoridad, discípulos que siguen de lejos, formas sin vida, maquinaria de iglesias que sustituye vida y poder interior'".

Escrito por F. E. Marsh (1858-1919), en The Discipler's Manual ("El Manual del Discipulador"). Aunque escrito al principio del siglo XX, parece más verdad ahora que en aquel entonces. Hoy hay urgente necesidad de quebrantamiento, contrición, confesión de pecado y arrepentimiento en muchas congregaciones. "Salva, oh Jehová, porque se acabaron los piadosos; porque han desaparecido los fieles de entre los hijos de los hombres" (Sal. 12:1).

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EL CRISTIANISMO NOMINAL

    Algunos creen el evangelio, pero sólo por encima. Nuestro Señor Jesús enseñó esto en Israel; dijo: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad" (Mt. 23:27-28).
    Se miraron unos a otros, estiraron sus largas barbas y decidieron que, a la mayor brevedad posible, y sin provocar disturbios callejeros, matarían a Jesús. Al final lo lograron, pero Dios le resucitó de entre los muertos al tercer día y le sentó a Su diestra. Ellos pensaban que estaban enviando a un hombre a la muerte, pero era Dios quien ofrecía un sacrificio. Ésta es la diferencia. Éste es el aspecto irónico de lucar contra el Señor Jesucristo.
    La consecuencia de ser un cristiano nominal, sólo de nombre, es la tendencia a usar las palabras de manera equivocada, liarse con juegos de palabras religiosas. Hoy día, en demasiados lugares, la religión cristiana ha quedado reducida a un juego de palabras....
    Pero el Espíritu Santo no habla de liberales ni de personas que niegan la verdad de las Escrituras. Habla de personas que admiten la verdad dela Biblia y reciben el evangelio como un hecho, y no lo niegan, sino que lo respaldan... Los que no, su religión no es más que un juego de palabras. 
A. W. Tozer, de su libro: FE AUTÉNTICA

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Entrando En El Repsoso de Dios (II)
David Gooding

Texto: Hebreos 3-4

Dejemos a un lado esos usos del término en Hebreos 3 y 4, y veamos  ejemplos de otros contextos. En 11:31, el escritor observa que Rahab la ramera: “por la fe...no pereció juntamente con los desobedientes...” ¿Y quiénes eran esos desobedientes que murieron cuando los israelitas destruyeron a Jericó? ¿Eran verdaderos y genuinos creyentes que recientemente habían sido vencidos por alguna tentación o algo así? Por supuesto que no. Rahab había oído del Dios verdadero y lo que Él hacía a través de Israel; y ella creyó y mostró su fe recibiendo a los espías (Jos. 2:8-13). Sus conciudadanos de Jericó habían oído tanto como ella acerca del Dios verdadero; pero en contraste, ellos rehusaron creer y arrepentirse; y cuando ella fue salvada, ellos perecieron.
    Tomemos un ejemplo típico de Hechos. Leemos en 14:1-2 que Pablo y Bernabé: “hablaron de tal manera que creyó una gran multitud de judíos, y asimismo de griegos. Mas los judíos que no creían [literalmente “que desobedecían”] excitaron y corrompieron los ánimos de los gentiles contra los hermanos”. ¿Quiénes entonces eran esos judíos que desobedecían? ¿Eran verdaderos y genuinos creyentes que estaban mal de salud espiritual y culpables de desobedecer uno de los mandamientos del Señor? No, de ninguna manera. Ellos eran judíos que, cuando escucharon la predicación del evangelio, “rehusaron creer”, como traduce la Nueva Versión Internacional.
    O tomemos el argumento de Pablo en Romanos 10. Él anhela, así lo declara, que sean salvos sus compatriotas de Israel, y le pesa que la mayoría de ellos no se salve. ¿Entonces por qué no son salvos? Pablo apunta un número de razones, y termina citando las palabras de Dios: “Todo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde y contradictor” (v. 21; Is. 65:2). Aquí también “rebelde” [desobediente] significa rehusar creer el evangelio. Y no hay salvación para el que rehúsa creer el evangelio. Escucha al evangelio de Juan: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece [literalmente “desobedece”] al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él” (Jn. 3:36 Biblia de las Américas). Entonces, “desobedecer al Hijo” es lo contrario de “creer en el Hijo”. Lo que denota no es un creyente que momentáneamente desobedece, sino uno que es incrédulo; y es por eso que la Nueva Versión Internacional traduce aquí la frase como: “cualquiera que rechaza al Hijo”. Y Pedro nos advierte acerca de la gravedad de hacer esto: “¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?”
    Sería laborioso estudiar en este momento todos los lugares donde se emplea esta palabra. Pero un ejemplo final servirá para nuestro propósito porque es especialmente iluminador. En la epístola a Tito, 1:15-16, Pablo comenta así: “...mas para los corrompidos e incrédulos, nada les es puro... profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes [desobedientes], reprobados en cuanto a toda buena obra”. En el contexto ha estado hablando de los falsos maestros. Ahora habla acerca de los que “profesan conocer a Dios”. Pero su profesión es falsa, dice Pablo. No creen; son desobedientes. Observamos que los dos términos son prácticamente sinónimos.
    Con esto volvemos a nuestro pasaje en Hebreos, y notamos que nuestro escritor emplea estos mismos dos términos. Los antiguos israelitas profesaron creer cuando salieron de Egipto; pero su rebelión subsecuente y el rehusar entrar en Canaán mostraron que ellos nunca habían creído verdaderamente el evangelio. Ellos “desobedecieron”, dice en el 3:18. “No pudieron entrar a causa de la incredulidad”, añade en el 3:19.
    “Sí”, puede decir alguno, “pero no estás siendo justo con estos antiguos israelitas. Admitimos que se rebelaron contra Dios y Moisés después de haber viajado una larga distancia por medio del desierto, al llegar a la frontera de la tierra prometida. Y ciertamente rehusaron creer a Caleb y a Josué cuando les aseguraron de que Dios les daría la tierra. Así que, claramente, ellos al final habían perdido totalmente la fe. Pero no es justo decir que nunca fueron creyentes. Fueron redimidos por la sangre del cordero pascual en Egipto; fueron rociados con la sangre del pacto en Sinaí. Es obvio que eran verdaderos y genuinos creyentes al principio, sólo que después perdieron su fe y la desecharon, y así perecieron”.

El Veredicto de Dios

    Pues, lo mejor que podemos hacer para resolver el asunto es consultar a Dios mismo. ¿Estará de acuerdo que al comienzo en Egipto y después, durante algún tiempo ellos fueron verdaderos y genuinos creyentes, y que solamente después perdieron su fe? He aquí el veredicto de Dios: “¿Hasta cuándo no me creerán, con todas las señales que he hecho?...todos los que vieron mi gloria y mis señales que he hecho en Egipto y en el desierto, y me han tentado ya diez veces, y no han oído mi voz, no verán la tierra de la cual juré a sus padres” (Nm. 14:11, 22-23).
    Según Dios, entonces, a pesar de haber visto todos los milagros en Egipto al principio y después en el desierto, este pueblo había mostrado consistente incredulidad y desobediencia en todo el camino, y además una actitud de menosprecio hacia Dios y Su gloria. Habían salido de Egipto en medio de mucha emoción y fervor religioso; pero en cuanto a la fe genuina y personal en Dios, muy claramente ellos nunca la tuvieron. Los siguientes sucesos en el desierto meramente expusieron la verdad acerca de ellos que siempre yacía debajo de la superficie.
    El Salmo 106 rinde el mismo veredicto. Israel no pensaba en los milagros de Dios en Egipto. La nación olvidó Su grandeza, Sus obras, y se rebeló al lado del Mar Rojo (v. 7). Dios le salvó,  pese a esto, por causa de Su nombre (v. 8). El prodigio innegable e impresionante hecho en el Mar Rojo causó en ellos una fe superficial y temporal (vv. 9-12), como hicieron los milagros de nuestro Señor en algunos de Sus contemporáneos (Jn. 2:23-25). Pero después de esto, en el desierto, pronto volvieron a su comportamiento normal de falta de comprensión, ingratitud, incredulidad, rebelión e idolatría abierta (vv. 13-43).

La Advertencia Aplicada

    Hasta aquí hemos estado considerando el caso de los israelitas en el desierto; pero ahora debemos escuchar mientras que nuestro escritor saca de esta historia una advertencia para aquellos a quienes escribe.
    Puede que digas: “Pero no cabe duda acerca de ellos. Debieron ser verdaderos creyentes porque al principio del capítulo 3 el escritor se dirige a ellos llamándoles ‘hermanos santos, participantes del llamamiento celestial’”.
    Pues, ciertamente, si ellos genuinamente creían el evangelio cuando lo oyeron, podrían estar absolutamente seguros de que serían salvados eternamente. Observa lo que el escritor dice en el 4:6 y contrasta esto con lo que dice en el 4:3. “Aquellos a quienes primero se les anunció la buena nueva no entraron”, dice él, “por causa de desobediencia” (4:6). En contraste, “los que hemos creído entramos en el reposo”. No cabe duda. Una vez que la persona cree real y genuinamente (observa el tiempo del verbo: “hemos creído”) no queda incertidumbre, esta persona entra. Es una de las afirmaciones gloriosas de Dios, de la certidumbre invariable e inquebrantable. Tal como dos y dos son cuatro, no a veces sino siempre con constancia infalible, así la Palabra de Dios afirma que “los que hemos creído”, sí, “entramos en el reposo”. Podemos estar tan seguros así como de la otra afirmación: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn. 3:36).
    Como vimos antes, el escritor exhorta a sus lectores a asegurarse de que verdaderamente hayan creído el evangelio, de que sean creyentes genuinos, no sea que simplemente hayan caminado con los demás emocionados con fervor religioso pero sin  creer  personalmente en el Señor Jesús. Si no han creído personalmente, o si no están seguros de ello, que crean ahora. Todavía está abierta la puerta de oportunidad, y les cita de nuevo  el Salmo 95:7-8 (como en He. 3:13,15), para asegurarles que todavía es su día de oportunidad. “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”.
    “Mirad, hermanos”, les exhorta, “que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo” (v. 12); y entonces añade una advertencia especial. El pecado es engañador, y sin que el incrédulo lo reconozca, puede endurecer su corazón.

El Pecado Fundamental

    Todo pecado, por supuesto, es malo, y si uno continúa en ello, puede endurecerse su corazón; pero el pecado en el cual el escritor está pensando aquí, como el contexto hace abundantemente patente, es el pecado de incredulidad, el pecado de escuchar el evangelio, pero rebelarse contra él (3:16), el pecado de rehusar entrar en la tierra prometida, por lo cual Dios estuvo airado con Israel cuarenta años (3:17); el pecado de desobediencia e incredulidad (3:18-19). Nota que todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés eran culpables de esta rebelión, todos, es decir, excepto las personas como Caleb y Josué (3:16). Como hemos visto, desde el principio ellos nunca habían creído el evangelio; pero este pecado de incredulidad les engañó y finalmente endureció tanto sus corazones que se rebelaron abiertamente contra Dios, rechazaron el liderazgo de Moisés y hablaron de nombrarse otro capitán y volverse a Egipto (Nm. 14:2, 4).
    La incredulidad, el rehusar creer, es por supuesto el pecado cardinal, tanto que a veces la Escritura emplea el término “pecado” en el sentido de fallar o rehusar creer el evangelio. Por ejemplo, así dice nuestro Señor en Juan 16:8-9 que cuando el Espíritu Santo venga, “convencerá al mundo de pecado... de pecado por cuanto no creen en mí”. En otras palabras, Él no habla de los pecados puntuales cometidos ocasionalmente por los verdaderos creyentes (que tienen perdón cuando el creyente confiesa su pecado), sino de ese pecado básico, cardinal, de no creer al Salvador.
    Y este pecado fundamental es muy engañador y fácilmente endurece el corazón. Sucede así con demasiada frecuencia, que las personas entran en una iglesia como miembros sin ninguna experiencia personal del Salvador, o son llevadas a una profesión de fe en base a alguna emoción o experiencia de éxtasis, sin haber nacido de nuevo genuinamente. El tiempo pasa, y el fervor desaparece, y llegan a reconocer que realmente Cristo, Su Palabra y obra significan poco o nada para ellas. Pero, en lugar de estar alarmadas, confesar su estado y buscar al Salvador para recibirle personalmente, estas personas permiten que el pecado de incredulidad les decepcione y que les haga pensar que si mantienen las apariencias externas de decencia y religión, su falta de experiencia personal de Cristo y la salvación no importa. Con el paso del tiempo su incredulidad les endurece tanto el corazón que ninguna predicación del evangelio puede despertarles respecto a su peligro ni conducirles al arrepentimiento y la fe en el Salvador. ¡Qué tragedia!


Extracto traducido del libro del hermano David Gooding,
An Unshakeable Kingdom ("Un Reino Inconmovible",
1989, Eerdmans Publishing, págs. 112-121)
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EL RECUERDO FASCINANTE
DE LAS PALABRAS MUERTAS
(II)
A. W. Tozer

(viene del nº de junio)
Las palabras muertas en la Iglesia actual

    Voy a mencionar solamente dos de esas palabras muertas. Una de ellas es el verbo “aceptar”. Esta palabra enseña la doctrina de la pasividad moral. La otra palabra es “recibir”, que enseña la doctrina de la inactividad espiritual.
    “Aceptar” fue un buen término en determinada época. De paso diré que la palabra “aceptar”, en el sentido de “aceptar a Jesús”, no aparece en la Biblia. Pero hubo un momento en que fue una idea viva. Describía un conjunto de circunstancias con experiencias espirituales circunscritas a una generación concreta. Se alzaron voces vivas que dijeron: “Usted no es salvo por obras, sino por aceptar a Cristo”; era un mensaje dotado de vida. Los hombres que habían intentado trepar por la escalera de Jacob de las buenas obras descubrieron de repente que podían aceptar a Jesús en su corazón y así, sencillamente, convertirse. En su época fue un término maravilloso. Durante las grandes campañas de una generación anterior, se convirtió en le lema del movimiento evangélico, el fundamentalismo, el evangelismo a fondo y las misiones mundiales. Contenía una verdad poderosa que ya hace mucho que murió, pero el vocablo perdura. Se mantiene dentro del espectro teológico, y produce una generación de cristianos –o autoproclamados cristianos– que tienen corazones impenitentes, espíritus frivolos y una conducta mundana. Dicen a las personas que vienen a nosotros para convertirse: “Acepta a Jesús”, de modo que ellas dicen: “Muy bien, aceptaré a Jesús”. En consecuencia, aceptan a Jesús y ahí acaba el asunto. No se produce una transformación, ni se sana una sola raíz impenitente de su ser. Hay un orgullo que jamás se ha crucificado, una mundanalidad a la que nunca han podido vencer y una frivolidad espiritual más allá de toda descripción. Hoy día, hay toda una generación cuyos miembros son las víctimas de esta palabra teológica ya muerta, “aceptar”.
    Para darle una ilustración de lo que quiero decir, existe un centro especializado en alcanzar a los jóvenes soldados y hablarles del Señor. Tienen un personal que, se supone, les da testimonio del Señor Jesús antes de que a los jóvenes los envíen al extranjero.
    Cierto día, uno de esos trabajadores, predicador bautista, vino a visitarme a mi oficina. Se dejó caer en un sofá viejo y grande y me dijo: “Hermano Tozer, estoy muy angustiado. Trabajo en tal y cual centro. ¿Sabe cuál es el problema que tenemos? No me dejan mencionar el arrepentimiento. Lo único que puedo decir a esos muchachos que van a morir es que acepten a Jesús. El resultado es que inclinan sus cabezas y dicen, “Sí, le acepto”, se ponen de pie sonriendo con cierta tristeza y me estrechan la mano. Algunos de ellos, cuando salen, están asustados. Es posible que no vuelvan jamás y ni siquiera puedo atreverme a hablarles del arrepentimiento, del pecado ni de la tristeza que éste genera. Solo me permiten decir que acepten a Jesús”.
    El perjuicio de esta práctica será evidente en las generaciones futuras, cuando tengamos una Iglesia anémica y orientada al mundo en todas sus facetas. “Aceptar” a Jesús sin exigir la transformación del hombre o de la mujer da como resultado rechazar al Cristo del Nuevo Testamento. Por todo el país hay evangelistas que proclaman el mensaje “Acepten a Jesús”, que en nuestros días no pasa de ser un muerto teológico, una voz desde la tumba que no significa nada para esta generación.
    La segunda palabra es el verbo “recibir”. Este término enseña la doctrina de la inactividad espiritual. Tanto “aceptar” como “recibir” son términos pasivos, y el resultado práctico de esta doctrina de recibir es, ni más ni menos, toda una tragedia en nuestro país.
    Cuando yo era joven conocí a una mujer anciana, ¡qué Dios la bendiga! No dominaba mucha teología, pero creía que la forma de ser llenos del Espíritu Santo consistía en ponerse de rodillas, morir al mundo y abrir el corazón. Como en aquella época yo tampoco dominaba mucho la teología, la obedecí, gracias a Dios. El resultado fue que el Espíritu Santo invadió mi naturaleza como en los tiempos antiguos. Por eso no puedo predicar ningún sermón sin mencionar al Espíritu Santo ni su bautismo, porque yo lo recibí.
    No pasó mucho tiempo después de eso cuando la Iglesia empezó a decir “Reciba al Espíritu Santo”. Venía algún joven, con el corazón hambriento y una mirada reflexiva, y preguntaba:
¡Cómo puedo recibir al Espíritu Santo?”, y su profesor respondía: “Bueno, pues recíbelo, simplemente recíbelo, joven. ¿Le recibes?”.
    “Sí, le recibo”.
    La tragedia es que aquel joven, y otros como él, no le recibieron. Y hemos enviado a docenas de hombres a los campos de misión que no tienen otra cosa que ofrecer que la doctrina de la pasividad espiritual.
    Éstas palabras son muertas, aunque dadas otras circunstancias, en otra época, es posible que vuelvan a la vida y se conviertan en palabras del propio Dios para otra generación.

El peligro de las palabras muertas

    Estos dos vocablos, “aceptar” y “recibir”, se han explotado y luego se ha permitido que mueran, y además han fallecido en la misma casa de sus amigos. El resultado es que no “recibiimos” y cualquier tipo de credo que tengamos no transforma nuestra vida.
    Una vez recibí una llamada de larga distancia de una mujer que vivía en Boston. Me dijo: “Acabo de terminar su libro La Conquista Divina, y mi esposo y yo queremos ir a Chicago y ser llenos del Espíritu Santo”.
    “Bueno”, le respondí, “para ser llenos del Espíritu Santo no tienen que venir aquí”.
    Me dijo: “No, un momento, es que no conozco a nadie en esta ciudad que me diga cómo ser llena del Espíritu”.
    Yo no supe decirle adónde ir; supongo que había personas que podrían haberles ayudado, pero uno no puede hablar mucho rato por teléfono. Le dije: “Hermana, no puedo permitir que vengan. Vayan y lean de rodillas La Conquista Divina, los dos, y sigan leyendo hasta que el fuego descienda”.
    Ella me dijo: “¿Cree que eso funcionará?”.
    Le dije: “Seguro que sí”.
    No sé lo que sucedió, per espero que fuera eso.
    Podría mencionar otras muchas palabras como ejemplos de términos muertos para esta generación particular de cristianos, pero los verbos “aceptar” y “recibir” están destruyendo la naturaleza misma de la Iglesia. Si no se hace nada para corregir esto, la siguiente generación de cristianos sufrirá profundas enfermedades espirituales que impedirán que sus miembros sean el testimonio a su generación que Dios espera que sean.  
   

Bellas palabras de vida
Philip P. Bliss (1838-1876)

¡Oh, cantádmelas otra vez!
Bellas palabras de vida;
Hallo en ellas mi gozo y luz,
Bellas palabras de vida.
Sí, de luz y vida
Son sostén y guía.

CORO:
¡Qué bellas son, qué bellas son!
Bellas palabras de vida.
¡Qué bellas son, qué bellas son!
Bellas palabras de vida.

Jesucristo a todos da
Bellas palabras de vida;
Él llamándote hoy está.
Bellas palabras de vida.
Bondadoso te salva,
Y al cielo te llama.

Grato el cántico sonará,
Bellas palabras de vida;
Tus pecados perdonará,
Bellas palabras de vida.
Sí, de luz y vida,
Son sostén y guía.



tomado del capítulo 11 del libro: FE AUTÉNTICA, por A W. Tozer, 2011,
Editorial Portavoz, Grand Rapids, MI, EE.UU.

sábado, 31 de mayo de 2014

EN ESTO PENSAD -- junio 2014

LAS SETENTA SEMANAS DE DANIEL

“Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo, y sobre tu santa ciudad” (Dn. 9:24). 
   Lo primero que quisiera puntualizar es que esta es una profecía acerca de algo que no puede ser cambiado. Las semanas han sido “determinadas” – están planificadas y fijadas por el Dios Todopoderoso. Lo segundo que me gustaría señalar es que ese periodo de setenta semanas tiene que ver con el pueblo de Israel: “tu pueblo”, y con la ciudad de Jerusalén: “tu santa ciudad”.
    Con esto Dios declara que Sus tratos con los hijos de Israel, hasta el establecimiento del reino milenario, cubrirán un periodo de setenta semanas. Como dice el versículo 24, “para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos”. La palabra hebrea “heptad”, traducida “semanas” también puede traducirse: “sietes”. Hallamos en otros pasajes de las Escrituras (p. ej. Gn. 29:26-27) que un periodo de siete años también puede ser llamado “semana”. Teniendo esto en cuenta, observa que las setenta semanas hacen exactamente cuatrocientos noventa años.
    Las setenta semanas se dividen en tres partes. La primera sección contiene siete semanas, es decir, cuarenta y nueve años. La segunda parte cubre sesenta y dos semanas, o cuatrocientos treinta y cuatro años. Esto deja sólo la última semana, la septuagésima: “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones” (Dn. 9:25-26).
    Ahora si vamos a Nehemías 2:1 tendremos la fecha exacta del mandamiento para reedificar a Jerusalén: “Sucedió en el mes de Nisán, en el año veinte del rey Artajerjes...” El registro sagrado demuestra a continuación que Nehemías pidió que el rey le permitiera ir y reedificar la ciudad. La historia fija la fecha del año veinte de Artajerjes como 445 a.C. También la historia informa que la reedificación del templo [bajo Esdras] y luego de Jerusalén [bajo Nehemías] ocupó cuarenta y nueve años, los cuales cumplen la primera división de las setenta semanas de Daniel.
    Entonces, de ese periodo en adelante, se nos dice que “después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías”. La historia demuestra que cuatrocientos treinta y cuatro años después de la edificación del templo, el Mesías – que se refiere al Señor Jesucristo – fue crucificado. Después de las primeras sesenta y nueve semanas, la ciudad de Jerusalén iba a ser destruida y pisoteada: “y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario” (Dn. 9:26). Esto también está registrado en la historia. En el año 70 d.C. Tito el romano descendió sobre la tierra y destruyó la ciudad y el santuario, y llevó cautivo al resto de los hijos de Israel para ser dispersado en todas las naciones del mundo.
    Entonces Dios comenzó Sus tratos con la Iglesia, llamando a una novia para Su Hijo, el Señor Jesucristo. La nación de Israel está marginada por el tiempo presente, hasta que Dios reanude Sus tratos con ella durante la septuagésima semana de Daniel. Todo esto está corroborado por el resto de las Escrituras. Leemos, por ejemplo, acerca del anticristo: “Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador” (Dn. 9:27). Jesucristo nos dijo que esa “abominación desoladora” vendrá durante el futuro periodo de la Tribulación (Mt. 24:15). Consulta Apocalipsis 11-13 para más detalles sobre esos tiempos y acontecimientos.
    Espero que puedas ver lo que Dios quiso revelar a Daniel. Hay setenta semanas durante los cuales Dios tratará con el pueblo de Israel. Las primeras sesenta y nueve terminaron en el momento de la crucifixión de Jesucristo. Cuando suceda el arrebatimiento de la Iglesia, Dios continuará la última semana que queda pendiente, y esa semana la llamamos el periodo de la Tribulación. Solemos llamar "Gran Tribulación" a la última mitad de ese periodo.
    Permíteme preguntarte nuevamente si estás preparado para encontrar al Señor Jesucristo. Él puede venir a por Su Iglesia en cualquier momento. Entonces, ¿estás preparado para encontrarle en el aire, o serás dejado en el mundo de los incrédulos para sufrir los juicios de la Tribulación? El tiempo es corto, y debes arreglar tus cuentas con el Señor ahora, antes de que sea eternamente demasiado tarde.

        Condensado del libro Daniel The Prophet (“El Profeta Daniel”), por M. R. DeHaan, en un artículo publicado en www.mwtb.org

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El Fruto Espiritual Sólo Viene 
De La Vida Espiritual

“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6:21).

El agua no sube por encima de su propio nivel. ¡Tampoco puede un cristiano, por un esfuerzo repentino y espasmódico, subir por encima del nivel de su propia vida espiritual!
    En mi propia experiencia, he observado a hombres de Dios desatando su lengua durante todo el día en conversación liviana y frívola, permitiendo divagar su interés entre los vanos placeres de este mundo; y luego, bajo la necesidad de predicar por la noche, buscar ser indultados a última hora mediante la oración desesperada, a fin de ponerse en una posición en la que el espíritu del profeta descienda sobre él al entrar en el púlpito.
    No se recogen uvas de los espinos ni higos de los cardos. El fruto del árbol es determinado por el árbol, y el fruto de una vida por la clase de vida que es. Lo que le interesa al hombre hasta el punto de absorberle es lo que determina y revela qué clase de hombre es; y por una ley secreta del alma la clase de hombre que es, es lo que decide qué clase de fruto producirá.
    La cuestión es que a menudo no descubrimos la verdadera calidad de nuestro fruto hasta que es demasiado tarde.
    ¿En qué pensamos cuando estamos libres para pensar lo que queremos?
    ¿Que asunto nos da placer interno al meditarlo?
    ¿A qué tema vuelve nuestra imaginación una y otra vez?
    Cuando hayamos contestado estas preguntas honestamente sabremos qué clase de personas somos, y habiendo descubierto qué clase de personas somos podemos deducir la clase de fruto que produciremos. ¡Si queremos hacer obras santas, debemos ser hombres y mujeres santos!

A. W. Tozer, de su libro Renewed Day By Day (“Renovado de Día en Día”),lectura del 5 de octubre


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“Mas él, dejando el consejo que le dieron los ancianos, tomó consejo con los jóvenes que se habían criado con él, y que estaban a su servicio” (2 Crónicas 10:8).

Hoy hay consejos disponibles sobre toda clase de tema que surja. La cuestión es: ¿De quién escucharemos los consejos? ¿Es el que aconseja una autoridad en esa área? ¿Habla de experiencia propia? Con demasiada frecuencia los jóvenes tienden a escuchar a sus pares, la gente de su edad y su entorno, que opinan pronto pero carecen de conocimiento y experiencia. Bendito el joven que busca el consejo de santos de más años que tienen conocimiento de la Palabra, de los caminos de Dios, y que pueden hablar de la experiencia de andar con Él toda la vida.
William Gustafson
traducido de una lectura del calendario devocional “Choice Gleanings”

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EL LIBRO DEL MES:
¿Qué Es Una Asamblea Cristiana?
    por Littleproud
En las congregaciones de los santos, se precisa siempre ministerio respecto a la iglesia. Necesitamos saber cómo vivir y actuar ya que formamos parte de la Iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad" (1 Ti. 3:14-15). El autor de esta valiosa obra nos guía a ver los principios bíblicos que deben aplicarse en el desarrollo de diversas actividades en la asamblea local. Este libro debe ser leído y estudiado cuidadosamente por cada creyente.
precio: 7 euros
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 DOS GRANDES DESCUBRIMIENTOS

1. La Convicción Ante Dios

    Amigo, ¿Has descubierto que eres un pecador culpable ante Dios? Puede que seas una persona moral, amable y religiosa ante los hombres, y en tu propia estimación inocente en la vida. Pero ante los ojos del Dios Santo y Justo, eres un pecador. No te ofendas, sino considera cabalmente lo que la Palabra de Dios dice: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.  Romanos 3:23. Y, “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque”. Ecclesiastés 7:20
    Leemos de algunos que reconocieron esa verdad, y así es cómo se expresaron:
· el apóstol Pedro: “Soy hombre pecador” Lucas 5:8
· el patriarca Job: “He aquí que yo soy vil” Job 40:4
· el profeta Isaías: “¡Ay de mí! que soy muerto...siendo hombre inmundo de labios”. Isaías 6:5
· el apóstol Pablo: “...los pecadores, de los cuales yo soy el primero”. 1 Timoteo 1:15
    ¿Te has visto así convicto de tu pecado ante Dios? ¿Lo has reconocido en Su presencia? Si es así, también puedes conocer el camino de limpieza del pecado. Pero si no lo has reconocido, debes ser hallado un día convicto y sin palabras (Mateo 22:12) ante el trono del juicio divino.

2. La Limpieza del Pecado
    Muchos tampoco han descubierto cómo realmente ser limpios de sus pecados. Hay una manera en que cualquier pecador puede ser totalmente perdonado y limpiado, y así hecho apto para estar en Su santísima presencia. No es por sinceridad, ni obras de justicia, ni por ocupación en las cosas de religión como por ejemplo los rezos, los sacramentos o la devoción a los santos. “Hay generación limpia en su propia opinión, Si bien no se ha limpiado de su inmundicia”. Proverbios 30:12
    Sólo hay un camino por el cual el pecador puede ser limpio ante Dios, y es éste:La sangre de Jesucristo: "y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. Apocalipsis 1:5. “...la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” 1 Juan 1:7. “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” Juan 15:3.
    El pecador que reconoce su pecado ante Dios (Salmo 32:5) y confía en la sangre de Jesucristo que fue derramada por sus pecados, y cree la Palabra de Dios, el Evangelio, recibe perdón y limpieza de Dios, como Cristo dijo: “está todo limpio” Juan 13:10.

    Nunca en el infierno estará alma que no tuvo oportunidad,
   Sea pagano, o de hogar cristiano, cada cual tiene responsabilidad.
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El Recuerdo Fascinante 
de las Palabras Muertas
A. W. Tozer

"En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra tí". 
Salmo 119:11

En cualquier momento de la historia, predominan ciertas palabras y expresiones que gobiernan el pensamiento y las actividades de esa generación dentro de un campo determinado.
    Esto es cierto en el campo de la filosofía, y también en los de la literatura, la política y la religión. En cada generación, en toda época o periodo histórico, hay ciertas expresiones, palabras e ideas que se enseñorean de las mentes de los hombres. Determinan la dirección del esfuerzo humano durante esa generación. El poder de esos términos radica en que encarnan y expresan ideas primordiales.
    No subestime el poder de una idea. Juan dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1:l-3). Cuando Juan dijo: “en el principio era el Verbo”, utilizó la palabra logos. En el principio fue una idea activa y expresada. Por lo tanto, en el principio hubo una idea activa, y todo fue creado a partir de ella, nacido del corazón de Jesucristo, el Hijo de Dios.
    Todo lo que nos rodea, en cualquier lugar donde vivan los hombres, nació de una idea o ideas. Por ejemplo, pensemos en la civilización. Resulta tan difícil de comprender que no estoy seguro de saber exactamente qué es la civilización, pero sin duda es mejor que la selva. Es mejor vivir en el Jefferson Hotel que en una choza de barro y dormir en el suelo. La civilización tiene sus ventajas, y nació en la mente descontenta de alguien que, allá en el pasado remoto, decidió que iba a arreglar un poco las cosas para mejorarlas. De modo que nuestra civilización nació de esa idea.
    Tomemos el concepto de libertad. En nuestro país aún queda un poco, y todo lo que tenemos, lo que vemos y hemos disfrutado a lo largo de las generaciones, nació de la idea de las mentes torturadas de determinadas personas que, incluso estando en prisión algunas de ellas, tuvieron elevados sueños de libertad. Benjamin Franklin, Thomas Jefferson y el resto de los Padres Fundadores encarnaron esas ideas de la Constitución de los Estados Unidos, que según dijo William Gladstone fue el documento más poderoso y noble jamás concebido por la mente humana. Todo empezó con una idea.   
    Lo mismo sucede con el concepto de transporte. Alguien, en alguna parte, vestido con una piel de leopardo, descubrió la rueda. Se dio cuenta de que si tomaba una pieza redonda y le practicaba un agujero en el centro, era muy fácil hacerla rodar; y de aquí nació la rueda. A partir de la rueda llegaron los automóviles, los aviones, los trenes y todo aquello que nos traslada de un punto a otro.
    Pensemos en la comunicación. Guglielmo Marconi, inventor italiano, fue uno de los primeros en desarrollar la comunicación por radio comercial y viable. Se supone que emitió y recibió su primera señal de radio en Italia, en 1895. De esta idea surgieron la radio y la televisión.
    Lo mismo sucede con la idea Reforma. Un hombre llamado David, por inspiración del Espíritu Santo, dijo: “Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño” (Sal. 32:2). Esa idea quedó aletargada durante mucho tiempo. Volvió a la vida en el corazón de Pablo, quien nos dio los libros de Romanos y Gálatas. La idea de la justificación por la fe se impuso en el pensamiento de la Iglesia primitiva, y luego volvió a sumirse en el sopor durante mucho tiempo. Renació en la mente de aquel alemán llamado Martín Lutero y de algunos de sus ayudantes, y tuvimos la Reforma.
    Fue también del corazón torturado de un hombre, el Dr. A. B. Simpson, del que nació la Alianza Cristiana y Misionera. Antes de ser una sociedad tuvo que ser una idea. Por lo tanto, toda la Alianza Cristiana y Misionera, con todos sus misioneros repartidos por el mundo, estuvo en cierto momento dentro del corazón de un canadiense llamado A. B. Simpson. Era una idea tan pequeña como una bellota, apenas tan grande como para poder medirla, pero estaba allí.
    Las ideas son poderosas; no las infravalore nunca. Pero en todo este asunto hay una trampa: las ideas, las palabras y las expresiones suelen vivir una sola generación, luego desaparecen. Sin embargo, después de su muerte se niegan a esfumarse del todo; siguen teniendo poder aun después de haber fallecido.

Las palabras muertas en la siguiente generación
    Dentro de la religión, vemos esto más claramente que en cualquier otro campo de la actividad o del pensamiento humano. Dios interviene otorgando a una generación una idea viva beneficiosa para aquel momento, una verdad viva. Esta verdad se viste, se encarna, en una expresión, una palabra o media docena de frases. El concepto expresado se incluirá en una bibliografía. Se escribirán libros sobre él, se le dedicarán revistas, y habrá predicadores que recorran el país de un extremo a otro, exponiéndolo; a su alrededor se crearán centros docentes, y se convertirá en una escuela de pensamiento en su generación. Como es una idea viva, y procedía del corazón de Dios, es creativa y poderosa, y de ella surgen grandes cosas. Luego morirá. Se marchitará en el corazón de las personas a las que contribuyó a crear, normalmente hasta la siguiente generación.
    Después de esto, seguirá influyendo. Aquellas palabras y frases muertas que una vez describieron una idea viva siguen determinando nuestra doctrina y el modo expositivo de los predicadores de ese grupo, el contenido de lo que se enseñe en las escuelas, lo que aparezca en las revistas, se escriba en los libros y se incluya en las canciones. Nadie admite que el término murió una generación atrás. La palabra pasa de boca en boca, se mueve de un lado a otro, convirtiéndose en el reclamo y en el centro de grandes grupos de personas, incluso de denominaciones. Pero ese término murió hace mucho, y ya no le queda vida, ni hace lo que se propuso hacer o hizo originariamente. Tampoco hace lo que consiguió en la primera o en la segunda generación que la utilizó.
    Y así continuamos durante una o dos generaciones más, dominadas por los fantasmas de términos teológicos, esos muertos vivientes. Vivimos rodeados de voces espectrales que claman desde las tumbas de la teología, desde esos sepulcros mohosos en que yacen los muertos. Nadie tiene el valor de ponerle freno y decir: “Eso ya está muerto”, y mirar a Dios en busca de una idea nueva. De modo que las grandes y yertas manos de las frases teológicas nos estrangulan. Nuestra vida se asfixia debido al uso constante de palabras que en cierto momento significaron algo para algunas personas, pero que para nosotros no significan nada.


continuará, d.v., en el número siguiente


tomado del capítulo 11 del libro: FE AUTÉNTICA, por A W. Tozer, 2011,
Editorial Portavoz, Grand Rapids, MI, EE.UU.
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