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lunes, 28 de febrero de 2022

EN ESTO PENSAD - marzo 2022

 Señales de Pactos

 parte 3

Carlos Tomás Knott

 


viene del número anterior
La Cena del Señor

A diferencia del pacto de la ley, para establecer el nuevo pacto que es eterno, Dios envió a Su Hijo. “Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Jn. 1:14). No un profeta como Moisés, ni un arca, ni una nube, ni columna de fuego, sino el Señor Jesucristo: “Dios fue manifestado en carne” (1 Ti. 3:16). Y en la última pascua, antes de ser entregado para morir en la cruz, el Señor estableció la Cena del Señor para reemplazar la pascua. En 1 Corintios 11 Pablo relata la revelación que el Señor le dio y menciona el nuevo pacto.

“Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí” (vv. 23-25). (véanse también Mt. 26:28; Mr. 14:24; Lc. 22:20)

    Ahora bien, la Cena del Señor no establece el nuevo pacto. Solo lo recuerda y simboliza. Este último pacto fue hecho y sellado con la sangre de Jesucristo. Él es el Mediador del nuevo pacto, que es eterno (He. 12:24; 13:20), y la Cena del Señor, con los símbolos del pan y la copa, es la señal o el símbolo del sacrificio de Su cuerpo y sangre para redimirnos.
    Los seres humanos no inventaron esas señales, ni tienen autoridad para modificarlas. Todas ellas fueron divinamente dadas, y su significado fue asignada por Dios. Como tales, enfatizan Su bondad, misericordia y fidelidad. Es alentador saber que ninguna de ellas se estableció en base a nosotros o nuestras obras– todo procede de la buena mano de Dios.
    Todavía vemos en el cielo la señal del pacto –el arco iris. Nunca más ha destruido la tierra con diluvio. Un día en el cielo veremos el arco iris de gloria alrededor del trono de Dios y del Cordero.
    Las señales dadas a Israel – la circuncisión y el arca del pacto – nos causan admiración de Su carácter y poderosos hechos con Su pueblo escogido. Ese pueblo fue infiel e ingrato, pero Él siempre ha sido fiel. Pronto Dios cumplirá todas las promesas hechas a Israel.
    Y con especial amor, gratitud y esperanza guardamos esta señal del nuevo pacto – la Cena del Señor. Cada semana contemplamos el pan, símbolo de Su cuerpo entregado por nosotros, y la copa, símbolo de Su sangre derramada por nosotros, y recordamos el gran amor Suyo y el alto precio que pagó para redimirnos. “No con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” (1 P. 1:18-20). Pronto le veremos cara a cara, y no tendremos más señales porque estaremos siempre con el Señor. Hasta entonces nuestro cántico será:

    ¡Santo Cordero! Por Tu llamamiento,
    Los convidados están aquí a Tu mesa.
    Ven a traernos el santo alimento;
    Ven a servirnos según Tu promesa.

    Lo que nos das, este pan y este vino,
    Fiel memorial de Tu pacto sagrado,
    Nos representa, Cordero divino,
    Tu sacrificio que expía el pecado.

    Por Tu mandato, Cristo, celebramos,
    Este convite de eterna memoria.
    Tu sacrificio cruento anunciamos,
    Hasta que vengas cubierto de gloria.
    Ven, ¡oh Señor! Aparece glorioso.
    Haz que la iglesia Te encuentre en las nubes.
    Desde esta mesa, triunfante y radioso,
    A Tu banquete celeste nos subes.

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Gedeón
Un Joven Transformado En Un Siervo De Dios
parte 4
Camilo Vásquez Vivanco


viene del número anterior

Gedeón Premunido de Genuina Humildad
  

“Entonces le respondió: Ah, señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre” (Jue. 6:15).
    
Esta es la humildad necesaria de todos los siervos del Señor. Dios no usa a hombres dueños de sí mismos sino aquéllos que sienten su pequeñez frente a la gran tarea de honrar a Dios: “...pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Is. 66:2).
    Si Moisés temblaba ante la gran responsabilidad de guiar a Israel lo hacía porque un buen siervo nunca confiará en sus habilidades (Éx. 4:10). Tal humildad hacía de Moisés el mejor instrumento en Sus manos, pues Dios suele usar esa clase de siervos para hacerlos útiles para Él. Como Moisés tenía tanta desconfianza en sí mismo, Dios envió a su hermano para acompañarlos ya que este sí sabía hablar (Éx. 4:13-16). Sin embargo Aarón no era el adecuado para esta tarea, pues aún siendo de fácil hablar o con elocuencia, fue él quien indujo al pueblo a la idolatría (Éx. 32:1-4).
    No hemos de fijarnos en los que hablan bien ni en los que tienen gran personalidad, pues son presa fácil de Satanás y tarde o temprano son atrapados en su propio ego. Saúl al comienzo se caracterizó por la humildad (1 S.9:21) pero bajo esa falsa humildad estaba su ego que le llevó a desobedecer la Palabra de Dios (1 S. 15:17-26) y por eso fue desechado.
    Usualmente los que sirven a Dios nunca buscaron ser destacados siervos y es Dios quien los escoge a pesar de sus debilidades. Gedeón pregunta ¿con qué salvaré yo a Israel? (Jue. 6:15) pues se da cuenta que no tiene ni la sabiduría ni un ejército para semejante empresa. Además Gedeón posee un sentimiento de verdadera pobreza al decir: “He aquí que mi familia es pobre en Manasés”. Esto era del todo cierto ya que Manasés como media tribu fue la más pequeña de Israel. Pero su humilde origen no los incapacitaba pues Dios suele escoger a los pobres para enriquecer este mundo, “Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman?” (Stg. 2:5).
    Agrega Gedeón en tercer lugar: “... y yo el menor en la casa de mi padre” (Jue. 6:15). Esto fue muy importante de decir de sí mismo pues quienes han sido más útiles en las manos del Señor, han sido precisamente aquellos que tiemblan frente a Su Palabra y que sienten absoluta pequeñez de sí mismos (1 Co. 1:26-28). Fue al menor entre ocho hermanos, David, que Dios escogió para reinar sobre Israel (1 S. 16:11-13). Los salmos nos dicen de él: “Eligió a David su siervo, y lo tomó de las majadas de las ovejas; de tras las paridas lo trajo, para que apacentase a Jacob su pueblo, y a Israel su heredad” (Sal. 78:70-71).
    Como vemos, Dios se encarga de hacer de nosotros algo para su gloria: “... el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen” (Ro. 4:17) y aún más manifiesta su poder y gracia sólo en aquellos que son guiados por Su Espíritu: “...No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zac. 4:6). Mi tarea, y la tuya también, es mantenernos humildes y dispuestos a ser usados por el Señor, pues solo así Él nos podrá usar.
    
Gedeón se Asegura de Ser Llamado
    
“Y él respondió: Yo te ruego que si he hallado gracia delante de ti, me des señal de que tú has hablado conmigo” (Jue. 6:17).

    Gedeón recibe cuatro señales, todas son para confirmar su débil fe pues se trata de un joven con una fe que va creciendo la cual Dios no desprecia. La poca fe en una fe bendecida y así como una madre no desprecia a su pequeño hijo, así Dios no desprecia al que comienza a caminar en la fe. Estas señales fueron:


1. De aprobación de su llamado
2. De provisión sobre su débil fe, un vellón lleno de rocío y la tierra seca.
3. De gracia para todo el pueblo, un vellón seco y el rocío sobre toda la tierra.
4. Una torta de cebada girando en el campamento madianita, la frágil vida de Gedeón en manos de Dios.
 

    En primer lugar ¡Cuán importante es estar seguro de que Dios nos ha enviado a servirle! Para esto hemos de saber si estamos equipados y acompañados por la mano de Dios. Recordemos que no todos somos llamados a un servicio especial, así sucedió con Juan Marcos siendo ayudante de los predicadores Bernabé y Saulo (Hch. 12:25), él no fue apartado por el Espíritu Santo para esta clase de trabajo (Hch. 13:1-2) y del mismo modo es contraproducente intentar hacer algo que no es de la horma de tu calzado.
    En segundo lugar Gedeón está diciendo con esta primera prueba: “no deje que yo me convenza a mí mismo de un llamado divino del cual pueda estar equivocado”. Es decir está pidiendo una prueba e invita al Señor para que se quede con él, y que acepte su ofrenda así sabrá si esto es para él. El Señor frente a tan auténtica resolución no apaga el pábilo que humea ni quiebra la caña cascada (Is. 42:3), o no desanima a los débiles en la fe por esto responde claramente: “...Yo esperaré hasta que vuelvas” (Jue. 6:18).
    En tercer lugar la solicitud de Gedeón al decir “me des señal de que tú has hablado conmigo” indica que Gedeón deseaba comprobar que este visitante era más que un hombre común. De algún modo especial al igual que la visita que recibió Abraham debajo de su encina (Gn. 18), Gedeón presentía que su huésped era un enviado de Dios (He. 13:2) y es por esto que pidió esa señal.
    En nuestra experiencia debemos saber que Dios por Su Espíritu sigue llamando hombres para un servicio especial, algunos para servir a tiempo completo (Mt. 9:9; Lc. 5:10-11; Jn. 1:43), otros para cuidar al pueblo de Dios como ancianos (Hch. 20:28), otros para ayudar al pueblo de Dios (1 Co. 12:28; 16:15), otros como colaboradores en la obra de Dios (Flm. 1:24). También está el servicio especial de las hermanas como colaboradoras (Fil.4:3) y que ayudan como Febe en el servicio a la iglesia (Ro. 16:1-2). Tales hermanas nunca ejercieron un servicio público de enseñanza o de predicación, sino que se dedicaron anónimamente a servir con sus dones en la obra de Dios.
     Cualquiera sea el campo de trabajo para el cual el Espíritu Santo nos ha capacitado con sus dones (1 Co. 12:4-6 y 11) hemos de aceptar la medida de fe que se nos ha dado (Ro. 12:3). Esa medida de fe son los dones que el Espíritu personalmente nos ha concedido para honrar al Señor (1 P. 4:10). Para esto hemos de ser sinceros como Gedeon y pedirle a Dios por Su Palabra que nos confirme el área de trabajo en Su obra (Sal. 90:17; 119:38).
    Aprendamos hasta aquí que la convicción personal de que se ha sido llamado para servir es la fuerza del verdadero siervo, ya sea quién quiera llevar el evangelio o quién quiera cuidar al pueblo de Dios siendo un anciano en la asamblea, como quién quiera dedicar su vida al servicio y ayuda del pueblo de Dios. Todos necesitamos una confirmación para no obrar en la energía de la carne y este punto debe hacernos retroceder si solo estamos motivados por ilusiones y no por un genuino llamado desde el cielo. Esa respuesta siempre vendrá del Espíritu y esto usando la Palabra de Dios.

continuará, d.v., en el siguiente número

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¿Qué Significa La Expresión “Ir al Seol”?


En el Antiguo Testamento no había tanto revelado sobre la muerte y después como en el Nuevo Testamento. La palabra “Seol” aparece solo en el Antiguo Testamento. No equivale a un lugar que alberga muertos, como “el Hades”, “infierno” o “el lago de fuego” que son términos revelados después, en el Nuevo Testamento. Más bien Seol se refiere al sepulcro, la muerte en general, o a la región del más allá donde están los muertos, pues sin saber mucho más. A veces puede tener un sentido equivalente al Hades, la región de tormentos de los muertos inconversos, pero eso es por el contexto. Es decir, cuando el texto habla de la muerte o el juicio de los inconversos, puede entenderse así. Por ejemplo, en el Salmo 49:14, los ricos inconversos “son conducidos al Seol, la muerte los pastoreará”. Proverbios 7:27 también lo asocia con el castigo de los inmorales. El camino a la casa de la mujer inmoral no es camino de placeres, sino “Camino al Seol es su casa, que conduce a las cámaras de la muerte”.
    Pero generalmente significaba la muerte o la ultratumba. En 2 Samuel 22:6 y el Salmo 18:5 es un sinónimo de la muerte: “Ligaduras del Seol me rodearon; tendieron sobre mí lazos de muerte”. No son dos lugares, sino una misma cosa, pues es el paralelismo hebreo, en que riman los pensamientos, no las palabras. De nuevo en el Salmo 6:5 leemos: “Porque en la muerte no hay memoria de ti; en el Seol, ¿quién te alabará?” El Salmo 89:48 pregunta: “¿Qué hombre vivirá y no verá muerte? ¿Librará su vida del poder del Seol?” (véase también Sal. 116:3). Isaías 28:15 y 18 habla del pacto con la muerte y el convenio con el Seol. Oseas 13:14 dice: “Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol”, pero cuando es citado por Pablo en 1 Corintios 15:54-55, habla de la muerte y el sepulcro. “Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” En este texto en lugar de “Seol” el Espíritu Santo pone “sepulcro”.
    Considera, por ejemplo, cuando el patriarca Jacob vio la túnica ensangrentada de su hijo José, le dio por muerto y lamentó. “Descenderé enlutado a mi hijo hasta el Seol” (Gn. 37:35). Y nuevamente: “haréis descender mis canas con dolor al Seol” (Gn. 42:38). Obviamente Jacob no anticipaba ir al lugar de tormentos, sino simplemente morirse. Su muerte se describe así: “expiró, y fue reunido con sus padres” (Gn. 49:33). En cierto sentido, puede referirse al hecho de ser sepultado como sus antepasados: “le sepultaron con sus padres” (2 R. 9:28).  Pero sabían que la muerte no termina nuestra existencia, y podría indicar eso.
    En 1 Samuel 28:19 cuando Samuel dijo a Saúl: “estaréis conmigo, tú y tus hijos”, no quiso decir un lugar, como el hades, el cielo o el infierno, sino la muerte. Es decir: “estaréis muertos como yo”.
    En el mismo sentido, en 2 Samuel 12:23 cuando David dijo: “yo voy a él, mas él no volverá a mí”, no tenía en mente un lugar o una reunión, sino simplemente que iba a morir, como su hijo. Muchos quisieran ver en sus palabras la promesa de una reunión con infantes y niños que murieron, lo cual es comprensible, pero equivocado, porque el texto no habla de eso. La vida es un camino de sentido único. Nacemos, vivimos y morimos. En Eclesiastés, Salomón repitió esta verdad que era para él frustrante: “un mismo suceso acontecerá al uno como al otro” (Ecl. 2:14; 3:19: 9:2-3).
    Es en el Nuevo Testamento que se nos revela más acerca de qué pasa después de la muerte. El Señor enseñó en Lucas 16 que el rico fue sepultado y “en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos” (Lc. 16:23). Apocalipsis 20:13-15 revela que cuando llegue el día del juicio del gran trono blanco, los muertos que están en el Hades serán resucitados, se presentarán ante Dios, y serán juzgados y lanzados al lago de fuego, que es el lugar de castigo eterno.

    En cambió, para el que es creyente en el Señor Jesucristo, nacido de nuevo por la fe en Él, la muerte, aunque sea penosa, será el instante de ir a la presencia de su Salvador. Para él, morir es estar ausente del cuerpo y presente con el Señor (2 Co. 5:8). Es “partir, y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Fil. 1:23). Cristo en la cruz dijo al ladrón creyente: “hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23:43). El cielo, la morada de Dios, es la morada eterna de los creyentes. Ahí los santos vivirán eternamente, ¡gracias al Señor!                                                                                                               Carlos

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DIOS PRESCRIBE LA CONFESIÓN

William MacDonald

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Sería prácticamente imposible continuar en la vida cristiana sin la seguridad que nos brinda este versículo. A medida que crecemos en la gracia, tenemos una conciencia cada vez más profunda de nuestro pecado y miseria. Necesitamos tener provisión para la limpieza instantánea de nuestros pecados, de otro modo, quedaríamos condenados a culpa y derrota perpetua.
    Juan nos dice que a los creyentes se les ha hecho provisión por medio de la confesión. Por la fe en el Señor Jesús el inconverso recibe perdón judicial por la paga de sus pecados. El creyente, por su parte, recibe el perdón paternal y limpieza de la mancha de sus pecados cuando los confiesa.
    El pecado rompe la comunión en la vida del hijo de Dios, y la comunión queda rota hasta que el pecado es confesado y abandonado. Cuando confesamos nuestros pecados, Dios es fiel a Su Palabra; Él ha prometido perdonarnos. Es justo cuando perdona porque la obra de Cristo en la cruz ha provisto de la base de justicia necesaria.
    Lo que significa este versículo, entonces, es que cuando confesamos nuestros pecados, podemos saber que el expediente queda limpio, que somos purificados por completo y que el bendito espíritu familiar ha sido restaurado. Tan pronto como somos conscientes de que hay pecado en nuestra vida, podemos entrar en la presencia de Dios, llamar a ese pecado por su nombre, repudiarlo, y saber con certeza que éste ha sido borrado.
    ¿Pero cómo lo sabemos con certeza? ¿Nos sentimos perdonados? No es cuestión de sentimientos. Sabemos que hemos sido perdonados porque Dios así lo dice en Su Palabra. Nuestros sentimientos no son dignos de confianza, en cambio, la Palabra de Dios es  sólida y segura.
     Pero supongamos que alguien dice: “Yo sé que Dios me ha perdonado, pero no puedo perdonarme a mí mismo”. Eso suena muy piadoso, pero en realidad deshonra a Dios. Si Dios me ha perdonado, desea que me apropie ese perdón por la fe, que me regocije en Él, y que vaya y le sirva como un vaso limpio.                                          
                                                                         de su libro DE DÍA EN DÍA, CLIE

“El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios; Mas el que endurece su corazón caerá en el mal” (Pr. 28:13-14).

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 CONSÉRVATE PURO

“No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro” (1 Ti. 5:22)

Conozco a alguien que es un buen amigo cristiano y buen técnico de ordenadores. Pero recientemente me dijo que ha dejado de reparar los ordenadores, debido a tanta pornografía que a menudo encontraba en los discos duros. Él rehúsa contaminarse con esa porquería inmoral. Hermanos, si vamos a vivir vidas puras, limpias y santas para Dios, nuestra mente y también nuestros discos duros y teléfonos deben mantenerse limpios. No hay lugar para la pornografía, pues destruye el alma. Como Pablo dijo al joven Timoteo: “consérvate puro”, y podríamos añadir, “y también tu ordenador y tu teléfono”.

Arnot P. McIntee, de un calendario devocional

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EN DIVERSAS PRUEBAS

“Jehová preside en el diluvio...”  Salmo 29.10

A veces los problemas entran inesperada y repentinamente en nuestras vidas, como un tsunami, y parecen que se desbordarán y nos inundarán. La violencia de la tormenta, la ira de las olas y el bramido del mar causan temor y alarma. Nos sentimos impotentes ante el ataque violento, y pensamos que seremos arrasados por el avance de la marea de maldades.
    Acuérdate de los discípulos cuando cruzaron el mar de Galilea. Mira en la tormenta y ve a tu Salvador, Señor de vientos y olas. Él camina en medio de la tormenta sin ser afectado por ella, y se acerca a ti. Tiene control perfecto sobre lo que tanto tememos. Las olas abofetean sin parar, pero Él no permitirá que tu barco se hunda.
    Escucha Sus palabras: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo, y si por los ríos, no te anegarán” (Is. 43:2). Estará contigo todos los días, en todo el camino, hasta que al final llegues al puerto celestial y reposas eternamente. Allá a Su lado nada estorbará la calma de la orilla celestial.

Roy Reynolds, Irlanda del Norte

Cristo está conmigo, ¡Qué consolación!
Su presencia quita todo mi temor.
Tengo la promesa de mi Salvador:
“No te dejo nunca; siempre contigo estoy”.

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La Salida Triunfante


Al final de Su ministerio público, Jesucristo entró en Jerusalén montado sobre un pollino, y la multitud le aclamó con gritos de “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mt. 21:1-10). Este acontecimiento suele ser llamado “La Entrada Triunfante”.  Zacarías 9:9 profetizó que el Mesías vendría así. Pero cuando el Señor fue transfigurado en el monte y Moisés y Elías hablaron con Él, no hablaron de Su entrada, sino de “su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén” (Lc. 9:31). Así que, la Biblia no dice “entrada triunfante”. Triunfante hubiera sido como los generales romanos, victoriosos en batalla, con sus tropas, el botín y los cautivos en pos de ellos. Nada así fue para nuestro Señor.
    Pero en el caso de Cristo, la nación de Israel le había rechazado. Entró en Jerusalén sabiendo que ahí sería condenado a muerte. Solo le dieron una corona de espinas, antes de clavarle en una cruz con la acusación: “JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS” (Jn. 19:19).
     Por eso, J. Vernon McGee lo llamaba “la salida triunfante”. Colosenses 2:15 describe el triunfo de Cristo en Su muerte: “despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz”.
    Antes de su arresto y “juicio” a manos de los de Su nación, el Señor dijo a Sus discípulos: “otra vez dejo el mundo, y voy al Padre” (Jn. 16:28).  Entonces, Cristo salió desechado y despreciado (Is. 53:3). Tuvo una entrada triunfante, no en la tierra sino en el cielo, cuando ascendió (Ef. 4:8; Sal. 68:18). Fue “recibido arriba en gloria” (1 Ti. 3:16), y se sentó a la diestra de la majestad en las alturas.
    Pero la historia no termina allí. Habrá una entrada triunfante en Jerusalén, de veras, en el futuro, cuando Jesucristo venga a reinar. Zacarías 14 profetiza Su segunda venida, cuando pondrá los pies nuevamente sobre el monte de los Olivos, y entrará en Jerusalén. El Salmo 24 anticipa Su llegada triunfante y gloriosa. Entonces todos sabrán que Jesucristo, el Mesías, es también Jehová, el Dios eterno:

“Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria  ¿Quién es este Rey de gloria? Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla. Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria.  ¿Quién es este Rey de gloria? Jehová de los ejércitos, Él es el Rey de la gloria. Selah” (Sal. 24:7-10).


¡Triunfo, triunfo! Cantemos la gloria
Del Rey poderoso, por cuya victoria
Quedó abolido el poder de la muerte.
El fuerte vencido por uno más fuerte:
Jesús vencedor, y vencido Satán.

El Crucificado, por Dios coronado,
Señor glorioso será proclamado.
Daránle honores, dominio y grandeza
Los siglos futuros, eterna realeza
De que Él ya es digno y muy pronto tendrá. 

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¿Tienes los Síntomas?

 


El brote del COVID-19 y la pandemia han causado mucho pánico y consternación en el mundo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el primer caso fue en Wuhan, China, en diciembre del 2019, y desde entonces se extendió rápidamente a todos los países del mundo, en una pandemia de proporciones épicas. Pronostican que tendrá gran impacto sobre las esferas de medicina, economía, sociedad, política y educación, y afectará toda área de la vida en una escala sin precedente.
    Según el Instituto de Salud en el Reino Unido, los síntomas del virus son similares a los de la gripe común, la neumonía y el síndrome de disfunción multiorgánica. Ya que es una enfermedad nueva, queda mucho que aprender acerca de cómo es trasmitida y cómo puede ser curada eficazmente. Abundan las teorías y las supuestas curas caseras, y mientras tanto, avanza la cifra de mortalidad.
    Sin embargo, hay una enfermedad que es mucho más preocupante y urgente que jamás podría ser el COVID-19. Su contaminación es más extensa y las consecuencias son mucho más extremas. La Biblia nos informa de algo que contamina, aflige y amenaza con muerte a todo ser humano. “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). El pecado está en todo ser humano desde su concepción (Salmo 51:5) y pronto comenzamos a mostrar los síntomas – “se apartaron los impíos desde la matriz” (Salmo 58:3). Los síntomas se manifiestan en todo aspecto de nuestra vida. Están infectados nuestros pensamientos, palabras, hechos y aun los motivos del corazón (Romanos 3:3-19). Si lees Romanos 1:22-32, seguramente verás que tienes los síntomas – eres pecador. Ahora bien, el pecado no es una enfermedad, pero es comparable a una infección que se extiende de los pies hasta la cabeza (Isaías 1:5-6). Ningún ser humano puede jamás curar el pecado. Solo tienes que leer el periódico o mirar las noticias para saber que es así. Después de tantísimos siglos, la sociedad, los programas sociales, la educación, la medicina, la política, la religion y la filosofía son impotentes para curar el pecado. Tiene un índice de mortalidad de cien por ciento, y nadie está exento. “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).
    En cuanto al COVID-19, se ofrecen ahora varias vacunas y tratamientos, pero aun han muerto personas vacunadas. Las mutaciones del virus hacen difícil su eliminación. En cambio, gracias a Dios, leemos en la Biblia que hay un remedio perfecto y eficaz para el pecado. En Su muerte en la cruz, el Señor Jesucristo “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24), y por el sacrificio de sí mismo quitó de en medio el pecado (Hebreos 9:26). Aunque el pecado azota sin piedad a la raza humana, los que arrepentidos confían en Jesucristo tienen la certeza de que Él les ha lavado de sus pecados con Su sangre (Apocalipsis 1:5). La única manera de “curarse” del pecado y la muerte que causa es por la fe en el Señor Jesucristo, que murió y resucitó para salvar a todos y cualquiera que cree en Él. Ninguna iglesia ni filosofía puede salvarte – solo el Señor Jesucristo. ¿Por qué no acudes ahora a Él?

lunes, 31 de enero de 2022

EN ESTO PENSAD - febrero 2022

 Gedeón
Un Joven Transformado En Un Siervo De Dios,  parte 3
Camilo Vásquez Vivanco (Chile)

viene del número anterior
Gedeón: Probado En Las Dificultades
    

“Y Gedeón le respondió: Ah, señor mío, si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas, que nuestros padres nos han contado, diciendo: No nos sacó Jehová de Egipto? Y ahora Jehová nos ha desamparado, y nos ha entregado en mano de los madianitas” (Jue. 6:13).
    
Ser fiel no significa que todo marchara bien aún más la pista se pondrá pesada y cuesta arriba en medio de dificultades. La razón de esto es que nadie crece sentado sobre suaves sedas, y la tribulación es el medio usado por Dios para probar nuestra integridad. Los apóstoles decían a los nuevos convertidos: “...Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch. 14:22).
    El reclamo de Gedeón a Dios no es sinónimo de rebelión sino de “impotencia” y se ve que Gedeón no era parte de la anarquía generalizada en Israel. La reprensión hecha por aquel varón profeta días antes, (Jue. 6:8-10) fue escuchada por Gedeón pero no le dió los medios para ayudar a su pueblo sino que le desconcertó aún más. La ley o los ministerios que dan palos no sirven para equipar ni para dar las herramientas que nos ayudan a realizar cambios.
    Es evidente que Gedeón se sentía frustrado pues aún su padre tenía en su casa al dios Baal. Sus interrogantes evidencian que sufría por su pueblo pues pregunta, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto? Sufre al ver a sus hermanos derrotados y no puede aceptar este desastre nacional al punto de decir a su huésped, ¿dónde están todas sus maravillas? Esta actitud de Gedeón al conversar con su inusual huésped celestial hace que la mirada de Dios sea ahora mucho más intensa: “...Y mirándole Jehová” (v. 14). Es la mirada comprensiva del Señor para quiénes les han sido fieles: “Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Is. 66:2). Si te sientes como Gedeón, que muchos males han sobrevenido en tu vida como a tu familia, o a tus hermanos, es tiempo de volverse al Señor en una genuina fe y dependencia a su nombre. Allí estaba el Señor para escuchar a Gedeón y lo está también para ayudarte a ti si te incomoda la vida sin frutos que te rodea. El Señor quiere ayudarte y te guiará para hacer cambios así como animó y ayudó a Gedeón. Lo importante es que tu estés dispuesto a realizar esos cambios con su ayuda: “Y mirándole Jehová, le dijo: Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te envío yo?” (Jue. 6:14).
    
Gedeón: Llamado Para Ayudar A Sus Hermanos
    
“...Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas...” (Jue. 6:14).
    
    El Señor envía a Gedeón a enfrentar el mal existente y lo hace porque existe “fuerza” en este joven israelita no solo por ser joven sino porque ama a sus hermanos. El Señor destaca que Gedeón tiene “fuerza” para ayudar a sus hermanos y aquello el Señor lo vio en el interior de Gedeón como genuina integridad.
    Ahora este no es un llamado para evangelizar, aunque no es menos importante tal llamado, sino que es un llamado para ayudar al pueblo de Dios. Es un llamado a servir y a liberar al pueblo de Dios de sus enemigos. Esta es una tarea poco común entre nosotros, el que se levanten hombres y mujeres dedicados al ministerio de “ayudar”, pues nadie tiene tiempo ni disposición para ayudar a otros y somos presa de la indiferencia.
    Es más común ver a hermanos por sus dones públicos como la enseñanza pero no así aquellos dones silenciosos de los que ayudan. Esto sucede entre nosotros que miramos lo de afuera (1 S. 16:7), pero no así con Dios que valora la intención del corazón. Es así que en el listado de los campos de servicio o ministerios que comenzaron en la naciente iglesia, el ayudar está en sexto lugar; “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan (dan alivio)...” (1 Co. 12:28). Tal posición no significó que “ayudar” sea menos relevante pues tanto los apóstoles, profetas, como los que hacen milagros y sanan, ya no existen dado que la iglesia fue ya fundada y siguen solo los dones más esenciales de continuidad como lo es este de “ayudar” (aliviar).
    Entre los Corintios se menciona una familia con este ministerio: “Hermanos, ya sabéis que la familia de Estéfanas es las primicias de Acaya, y que ellos se han dedicado al servicio de los santos. Os ruego que os sujetéis a personas como ellos, y a todos los que ayudan (colaboran) y trabajan” (trabajo duro) (1 Co. 16:15-16). Es notable que allí en la iglesia de Corintios el apóstol para cada instrucción no se dirige a los ancianos sino a toda la iglesia. La razón de esto es que ellos no tenían la última palabra o autoridad sobre los demás, sino que debían caracterizarse por ser personas cómo esa familia. Solo así los demás se sujetarían al ver su ejemplo de abnegado trabajo y sacrificio por los demás (1 Ts. 5:12).
    En Cencrea y Roma estaba  Febe de quien Pablo señala: “...ella ha ayudado (auxiliadora) a muchos, y a mí mismo” (Ro. 16:2). También estaban Priscila y Aquila de los cuales dice el apóstol: “...Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús” (Ro. 16:3). También se menciona a María: “...la cual ha trabajado (trabajo duro) mucho entre vosotros” (Ro. 16:6). Menciona también a Trifena y Trifosa, “...las cuales trabajan en el Señor. Saludad a la amada Pérsida, la cual ha trabajado mucho en el Señor” (Ro. 16:12). Qué decir de Timoteo de quien el apóstol resalta, “pues a ninguno tengo del mismo ánimo, y que tan sinceramente se interese por vosotros. Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús” (Fil. 2:20-21).
    Todos estos creyentes habían sido llamados para ayudar al pueblo de Dios y eran conocidos por su servicio anónimo y desinteresado. Habían incluso viudas dedicadas a ayudar a otros y solo estas podían estar en el futuro en la lista de quienes podían recibir ayuda de la iglesia, “que tenga testimonio de buenas obras; si ha criado hijos; si ha practicado la hospitalidad; si ha lavado los pies de los santos; si ha socorrido a los afligidos; si ha practicado toda buena obra” (1 Ti. 5:10). Sería un tremendo aporte para tu iglesia que tú imitaras a Gedeón en esta tarea de buscar ayudar al pueblo de Dios aún con lo poco que tienes de recursos y con tu sencillez como siervo o sierva de Dios.                                                      

continuará, d.v., en el siguiente número

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 Señales de Pactos (2)
Carlos Tomás Knott

viene del número anterior

2. La Circuncisión

En Génesis 17:1-14 Dios estableció otra señal de otro pacto, esta vez con Abraham y su descendencia física. La nación de Israel lleva en la carne de los varones esta señal del pacto, que les identifica como pueblo de Dios. Cuando Abraham era de noventa y nueve años de edad, Dios le apareció y dijo:

“Éste es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros. Y de edad de ocho días será circuncidado todo varón entre vosotros por vuestras generaciones; el nacido en casa, y el comprado por dinero a cualquier extranjero, que no fuere de tu linaje. Debe ser circuncidado el nacido en tu casa, y el comprado por tu dinero; y estará mi pacto en vuestra carne por pacto perpetuo” (vv. 10-13).

    Romanos 4:1-12 aclara que la circuncisión nada tiene que ver con la salvación, sino fue señal y “sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incirunciso” (v. 11). Abraham fue justificado solo por la fe (Gn. 15:6). Dios “justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión” (Ro. 3:30).
    El judío se circuncide como señal del pacto de Dios con Abraham y sus descendientes, pero los cristianos no están obligados a circuncidarse así. Esa idea surgió como falsa enseñanza y produjo conflicto en la iglesia en tiempos de los apóstoles. Algunos de la secta de los fariseos, llamados “los de la circuncisión”, insistieron así: “Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés” (Hch. 15:5). Querían obligar a los gentiles a “judaizar” (Gá. 2:14). Pero eso fue refutado por los apóstoles y hermanos reunidos en Jerusalén. Luego, Gálatas 5:2 advierte que “si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo”. El verso 3 añade: “testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley”. A nosotros nos corresponde la circuncisión espiritual. Colosenses 2:11 declara: “En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo”. El siguiente verso habla del bautismo, pero no equivale a la circuncisión ni la reemplaza, pues son cosas muy distintas. Pablo declara a los creyentes en Filipos: “nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Fil. 3:3).

3. El Arca del Pacto

    En Éxodo 25:10-22 Dios mandó a Israel hacer el arca, de madera de acacia cubierta por dentro y por fuera con oro. Dios no dejó a la imaginación nada. Dio el diseño y las medidas, y no hubo lugar para improvisaciones. Luego guardaron las tablas de la ley, el pacto divino con Israel, en ella. De ahí que es llamado el arca “del pacto” o “del testimonio”. Efectivamente representó el pacto de la ley, y también la presencia de Dios con ellos. Ninguna otra nación ha gozado de este privilegio.
    Ahora bien, el arca no es llamado propiamente “señal del pacto”. Pero no cabe duda que era símbolo asociado con el pacto porque contenía las tablas de la ley. Además, simbolizaba la presencia divina, ya que Dios lo designó como lugar de Su presencia, en el lugar santísimo. “Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio” (v. 22). Números 7:89 menciona otra vez que ahí Moisés “oía la voz que le hablaba de encima del propiciatorio que estaba sobre el arca del testimonio, de entre los dos querubines; y hablaba con él”.
    Israel, por su infidelidad y pecado, perdió esta señal del pacto y de la presencia de Dios, y hasta el día de hoy nadie realmente sabe qué pasó con el arca, aunque abundan las teorías. En la edad de la iglesia, los creyentes se congregan en torno a la Persona de Cristo, en Su Nombre, y cuentan con la presencia del Señor según Su promesa: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:20).


continuará, d.v., en el siguiente número

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 Recomendamos los siguientes libros, que deben ser leídos y en todas las asambleas:  

CONGREGADOS A SU NOMBRE, 

por Norman Crawford, 

 

 

 

 

 EL PECADO DEL SECTARISMO, 

por Andrew Stenhouse

 

 

 

 

LA IGLESIA Y LAS IGLESIAS, 

por W. E. Vine.

 

publicados por Libros Berea
https://berealibros.wixsite.com/asambleabiblica/libros

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El Peligro de Amar la Preeminencia

La Biblia claramente informa que a Diótrefes le gustaba “tener el primer lugar entre ellos” (3 Jn. 9). No dejó espacio ni oportunidad para otros, hasta tal punto que no recibió al apóstol Juan. Frecuentemente ocurre entre líderes que hay uno que busca el primer asiento entre los hermanos, hasta el punto de excluir a todos los demás. Puede caer en el error de creer que puede tomar decisiones unilateralmente porque es “el hermano mayor” por su edad o tiempo en la asamblea, o porque es rico y aporta grandes ofrendas, o porque es “el mejor preparado” porque ha estudiado, o que la gente le seguirá porque es el más popular. O puede pensar que por su afluencia y las ofrendas que aporta tiene derecho a mandar. A veces es porque viene de “una familia principal” que controla los asuntos de la asamblea y tiene la última palabra en las decisiones. En todos esos obra la actitud de Diótrefes.
    Pablo se dirige a este espíritu competitivo en su epístola a los filipenses. Aparentemente existía eso entre los santos ahí, y Pablo escribió:

“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” (Fil. 2:3-4).

    En este contexto el apóstol pone delante de ellos el sublime ejemplo del Señor Jesucristo: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil. 2:5). ¿Qué sentir hubo en Cristo Jesús? Él era Dios, y sin embargo no se estimaba, no pensaba en sí mismo, sino en nosotros los indignos. De ese modo Él descendió de las alturas de la gloria, tomó forma de siervo y fue hecho semejante a los hombres. Se humilló, tomo el lugar bajo, y descendió hasta la muerte de la cruz. Todo eso lo hizo buscando nuestro bien.
    Vemos ese descenso ilustrado en el aposento alto cuando Él bajó y lavó los pies de los discípulos. Había necesidad, y como ninguno de los discípulos quería hacerlo, ¡Él lo hizo! ¡Cuán bella Su mente, y cuánto necesitamos considerar y seguir Su ejemplo, para que se vea en la práctica, en los tratos unos con otros este sentir de Cristo!
    En las Escrituras hallamos que el pastoreo de las ovejas del Señor debe hacerse por hombres serviciales, no señores. El Señor mismo dijo que no vino para ser servido, sino para servir (Mr. 10:45). “Anciano” no es un título o grado, sino un servicio y sacrificio. Los ancianos no son reyes ni dueños, sino siervos. Rogamos al Señor que provea ancianos piadosos que gobernarán poniendo ejemplo y servirán humildemente sin buscar la preeminencia.

del libro PELIGROS PASTORALES, por Stephen Hulshizer, Libros Berea

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 Samuel, Intercesor, Juez y Restaurador
Lucas Batalla

Texto: 1 Samuel 7


Como sucedió muchas veces en el tiempo de los jueces, la nación de Israel se alejó de Dios y siguió al mundo. Hoy también vivimos esos tiempos, cuando cada uno hace lo que le parece, y hay mucha frialdad y mundanalidad en las iglesias. Pero una cosa es lamentar y otra es obrar para avivar al pueblo. Un termómetro registra la temperatura, pero un termostato lo cambia. Así era Samuel. Como profeta, juez e intercesor, actuó para que hubiese avivamiento en la nación. Como siempre, los avivamientos y la bendición divina no son cosas que misteriosamente aparecen. Dios aviva y bendice cuando los hombres se arrepientan y se vuelvan a él. Se ve que otra vez los filisteos amenazaban a Israel, y Samuel utilizó esa ocasión para llamar a la nación a volverse a Dios. Observamos esto en las palabras de Samuel a la nación en 1 Samuel 7:3. “Habló Samuel a toda la casa de Israel, diciendo: Si de todo vuestro corazón os volvéis a Jehová, quitad los dioses ajenos y a Astarot de entre vosotros, y preparad vuestro corazón a Jehová, y sólo a él servid, y os librará de la mano de los filisteos”.
    El pueblo se había apartado y había permitido la invasión de las cosas del mundo. Había dioses ajenos e ídolos entre ellos. Toleraban e imitaban la religión y cultura de las naciones. Eso es lo malo de la tolerancia, que arruina la vida espiritual y provoca a ira a Dios. Él no puede bendecir a personas infieles y mundanas. Por eso Samuel les llama a volverse de todo su corazón – no de labios ni parcialmente. Tres cosas receta, resumidas en tres palabras: quitad, preparad, servid. Son responsabilidades humanas. No hay que pedir o esperar que Dios haga estas cosas – porque Él no las hará.
    “Quitad los dioses ajenos y a Astarot de entre vosotros”. Así son los frutos del arrepentimiento. El arrepentimiento sucede en la mente y el corazón, pero es una causa que produce un efecto – son visibles los efectos del arrepentimiento. No vale decir acerca del pecado: “lo siento”. Del mismo modo, decir: “me arrepiento” sin cambiar de rumbo, sin quitar lo que ofende a Dios, es insincero e ineficaz.
    “Preparad vuestro corazón a Jehová”. La preparación del corazón no es aquí cosa de la soberanía de Dios, sino de la responsabilidad nuestra. Hacemos esto cuando meditemos en las palabras y promesas de Dios para animarnos y encaminarnos. Él debe ocupar primer lugar en nuestro corazón.
    “Y solo a él servid”. Servir aquí indica rendirle culto, adorarle, orar solo a Él y obedecer fielmente Sus mandamientos. La frase “solo a él” nos recuerda que no hay lugar para doblez. No podemos servir a Dios y al mundo, ni al dinero. Incluso debemos presentar nuestros cuerpos a Dios en sacrificio vivo, santo y agradable, para hacer Su voluntad y agradarle a Él, no a nosotros mismos. Todo esto es servir a Dios.
    Samuel no proponía a Israel medidas parciales sino compromiso total con el Señor. Y para animarlos, prometió: “y os librará de la mano de los filisteos”. Dios quiere ayudarnos, pero espera nuestro arrepentimiento y acercamiento. “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Stg. 4:8).
    El verso 4 informa que así hicieron los israelitas – abandonaron a sus dioses falsos y sirvieron solo a Jehová. Entonces Samuel convocó al pueblo en Mizpa (v. 5) para interceder por ellos y sellar su retorno a Dios. Cuando se congregaron, derramaron agua delante de Jehová (v. 6) y ayunaron, demostrando así su contrición. Además, confesaron públicamente su pecado. La confesión también es importante en el Nuevo Testamento, pues 1 Juan 1:9 señala que es así que conoceremos el perdón y la limpieza del Señor. El verso termina diciendo que Samuel juzgó a la nación en Mizpa. Fue una clara declaración de lo que estaba mal, conforme a la Palabra de Dios, y de lo que debieran hacer. Hoy la idea de ser juzgado es muy impopular, pero notamos que es un paso importante en la restauración. Cristo dijo: “juzgad con justo juicio” (Jn. 7:24) y el apóstol Pablo mandó a los corintios: “juzgad vosotros mismos” (1 Co. 11:13). Advierte claramente: “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (1 Co. 11:31).
    Dios bendijo a Israel con un varón de Dios como Samuel, cuya vida era recta, que intercedía por ellos, les enseñaba el buen camino, y les exhortaba y juzgaba para que agradaran a Dios y conocieran Su bendición. Hoy necesitamos a más hombres como Samuel.

La Oposición
    Siempre hay dificultades cuando deseamos acercarnos más a Dios. En ese caso, el diablo tenía a mano a los filisteos, que oyeron de la gran reunión de avivamiento en Israel, y se levantaron en oposición (v. 7). Quisieron atacar a Israel, y esto causó temor. Hasta ahora es así, que cuando uno desea ponerse en serio con Dios, cambiar su vida y agradar a Dios – viene oposición y conflicto para impedirlo.
    Los israelitas pidieron a Samuel que rogara a Dios por ellos (v. 8), ya que había prometido que Dios los libraría de los filisteos. Sabían que Samuel era un intercesor, un hombre de oración, y que sus oraciones eran eficaces como Santiago 5:16 declara: “la oración eficaz del justo puede mucho”. Hermanos, esta es una de las grandes lecciones de la vida de Samuel, y con ella Dios nos invita y anima a ser hombres y mujeres de oración eficaz. Para esto tenemos que vivir vidas de justicia. Hemos sido justificados por la fe – declarados justos por Dios – y lo que corresponde a eso es que vivamos en justicia, haciendo lo recto ante los ojos de Dios. Hoy como están las cosas en el mundo, necesitamos más que nunca la oración. Lo primero que debemos hacer al levantarnos cada día es orientarnos al Señor y orar. Cuando surja cualquier cosa durante el día, debemos orar. Cuando hay que tomar una decisión, debemos orar primero. La oración es un ministerio que todo cristiano puede tener, pero no muchos aprovechan la oportunidad. Pocos hay como Samuel. Todos nosotros debemos ejercer una influencia santa para Dios en nuestro hogar, en la asamblea, y alrededor nuestro.

El Sacrificio y la Intercesión
    Así que, Samuel accedió a la petición del pueblo. Presentó un sacrificio y oró (v. 9), “y Jehová le oyó”. Oró eficazmente. Algunos creyentes a penas oran; otros oran por tradición o rutina, sin fe y sin vidas de justicia, y sus oraciones no son eficaces, pero las de Samuel llegaron al cielo. Oró como Efesios 6:18 nos enseña: “con toda oración y súplica en el Espíritu”. ¿Cómo sabemos esto? Porque vemos en los versos 10-11 que Dios respondió – tronó desde el cielo y atemorizó a los filisteos. Huyeron y los hijos de Israel los siguieron y los vencieron. Recordemos nuevamente la lección de Santiago 4:8, “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros”. Dios quiere bendecir a Su pueblo, pero a veces le impedimos porque no nos acercamos debidamente. Israel se acercó arrepentido y obediente ese día, y Dios salió a su encuentro y les libró. ¿No hará lo mismo con nosotros?

El Memorial
 
   Después de esa gran victoria, Samuel sabiamente erigió una piedra memorial y la llamó: “Eben-ezer” que significa “hasta aquí nos ayudó Jehová” (v. 12). Todos necesitamos memoriales así, para recordar la ayuda del Señor. Solemos enfatizar mucho la necesidad de presentar nuestras peticiones, pero qué poco recordamos las respuestas que Dios nos da. Una hermana tenía un cuaderno donde apuntaba todas las respuestas a sus oraciones, para animarse a expresar más gratitud, y para estimular su fe en tiempos de pruebas.
    Hermanos, hay otro memorial que tenemos cada semana, la más importante de todas; es la cena del Señor, ya que el Señor dijo: “Haced esto en memoria de mí”. En Hebreos 13:6 leemos: “El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre”, que es una preciosa promesa para toda la vida y cualquier situación. Si intentamos ser fieles al Señor, vendrá persecución como el Señor advirtió. Desgraciadamente no solo viene del mundo sino demasiadas veces viene de otros creyentes, que quizás nos persigan, nos presionen, nos retiren la ayuda, nos dejen solos, pero recordemos siempre: “El Señor es mi ayudador”, no ellos, sino Él. Este texto es un buen “Eben-ezer”. Si recordamos Su fidelidad y ayuda, esto nos dará fortaleza y ánimo.
    Así que, los filisteos fueron sometidos (v. 13) y el territorio fue restituido a Israel (v. 14). Samuel siguió orando por Israel, y también juzgándolos durante toda su vida (vv. 15-17). Hermanos, recordemos siempre la importancia de la oración y la intercesión, especialmente en tiempos difíciles. También necesitamos a varones de Dios que nos juzguen, que oren por nosotros, y que nos instruyen en el camino del Señor (1 S. 12:23). Quiera Dios levantar y guiar a tales hombres entre nosotros para nuestro bien y para Su gloria.

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ADVERTENCIA: ¡EL FIN VIENE!



Un señor llamado Truman vivía al lado del lago Spirit, a 8 kilómetros del monte Santa Helena, en el estado de Washington, EE.UU. Los expertos anticipaban la erupción del volcán en cualquier momento y advertían repetidamente a los residentes del gran peligro de quedarse. Pero a pesar de muchas advertencias, el sr. Truman se quedó. Quizás pensaba que no pasaría nada, o que estaría bien en su casa.
    El domingo 18 de mayo, 1980, sucedió. Hubo una explosión catastrófica, reduciendo su cumbre de 2.950 a 2.550 metros, y reemplazándola con un cráter en forma de herradura de 1,5 km de ancho. 400 millones de toneladas de ceniza se lanzaron al atmósfera. A una distancia de 20 kilómetros los enormes árboles de 50 metros de altura fueron arrancados como palillos. Una avalancha masiva expulsó el agua del lago haciendo una ola de 61 metros de altura que bajó el valle causando destrucción.
    Una nube de gases extremadamente calientes, cenizas y piedras yendo 320 km/hora destruía todo lo que estaba delante. Automóviles que estaban a kilómetros de ahí fueron enterrados en ceniza y sus pasajeros sofocados. Murieron dos fotógrafos que estaban a más de 10 kilómetros. La ciudad de Yakima, a 136 kilómetros, estaba oscurecida como a medianoche a las 9:30 de la mañana. La columna de nube de cenizas llegó a más de 16 kilómetros de altura.
    Y sí, aquel sr. Truman murió y su casa fue destrozada. De hecho, nunca hallaron ni a él ni su casa. Por la razón que fuera, él no hizo caso de las advertencias y lo pagó caro.
    Permítame hacerle una pregunta: ¿Ignora usted las advertencias que Dios le da? La Biblia repetidamente nos advierte del juicio venidero. Como el sr. Truman, muchos sencillamente no piensan que sucederá. Noé advirtió a la gente de su día que un juicio de diluvio mundial venía, y se burlaban de él. Pensaban que era un viejo necio. Pero escucha lo que Jesucristo dijo acerca de los días de Noé y cómo los compara al tiempo cuando Cristo volverá al mundo para juzgarlo:
    “Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre. Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos” (Lucas 17:26-27).
    Así como con el monte Santa Helena, se dieron advertencias pero la gente las ignoraba. Entonces, repentinamente y sin más aviso, el juicio vino. Será así cuando Jesucristo venga otra vez en juicio.
    Cristo no solo juzgará al mundo, sino a todo aquel que le haya rechazado como Salvador – será su Juez. “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).
    Amigo, ¿aplaza ud. los preparativos para ese día? ¿Cree que de alguna manera no le afectará, que de algún modo saldrá bien? Como ese sr. Truman, también sería insensato si ignoraras las advertencias del juicio venidero. Vendrá repentinamente, sin más aviso. ¡Podría entrar hoy en la eternidad!
    ¿Por qué no consulta la Biblia para ver cómo puede ser salvo del justo juicio de Dios? Deje de un lado sus prejuicios u objeciones acerca de la Biblia y por lo menos lee ud. mismo lo que dice – ¡infórmese! En los días de Noé, Dios proveyó el arca, y en nuestros tiempos ha provisto una escapatoria y un refugio del juicio eterno venidero. Los siguientes versículos de la Biblia le ayudarán a comenzar. Después de leerlos, recomendamos que lea el Evangelio según San Juan.
    “Y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21).
    “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).
    “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
    Recuerda, el fin viene, el día del juicio de Dios se acerca. Ahora está todavía a tiempo para prepararse y venir a cuentas con Dios. No desaproveche su oportunidad. Una vez más, amigo, lee la solemne advertencia apostólica, y prepárese:

“cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder,  en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo;  los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Tesalonicenses 1:7-9)