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viernes, 31 de octubre de 2025

En Esto Pensad -- noviembre 2025

 Su Nombre Es...


“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto”. Isaías 9.6-7

La segunda venida de Emanuel revelará al mundo un Hombre de majestad inherente. En comparación con su maravillosa persona, todos los grandes del mundo, incluso los líderes más ilustres del pasado, parecerán inferiores en todos los aspectos. Su persona y condición serán inigualables. 

“En cualidades superior al ángel y al mortal,
Es bello sin comparación; suprema es su bondad”.

                                                        Joseph Stennett (1663-1713)

    Sus asombrosos títulos sirven para enfatizar Sus cualidades inimitables, y Su conducta justifica cada uno de ellos. Considerémoslos. “Se llamará su nombre…”

“Admirable”      
Compáralo con Jueces 13.18, “Y el ángel de Jehová respondió: ¿Por qué preguntas por mi nombre, que es admirable?” Él provoca asombro en los demás. Deben maravillarse ante cada revelación de Su Persona. Tales revelaciones son infinitas.

“Consejero”    
Él es infinito en sabiduría, por lo que otros pueden acudir a Él en busca de guía en cualquier circunstancia (Jn. 6.66-69) “En quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2.3).

“Dios Fuerte”    
Puesto que Él posee características innegablemente divinas, los hombres acabarán reconociéndolo como Dios, con un poder y una autoridad irresistibles. A diferencia de lo ocurrido cuando vino por primera vez en forma humana, esta vez habrá un reconocimiento universal de Su divinidad.

“Padre Eterno”    
Una traducción literal de este título es “El Padre de la Eternidad” (cf. Is. 57.15), y él es “el eterno Dios” (Dt. 33.27). Que Él se haya rebajado humildemente a la humanidad para someterse a las presiones del “tiempo” es casi increíble.

“Príncipe de Paz”    
La paz que se establece cuando Él toma las riendas del gobierno universal es algo que el mundo nunca antes había experimentado. Las rivalidades y pasiones humanas quedarán sometidas, y prevalecerá el deseo de paz. Esa paz se parece solo marginalmente similar a la paz que disfrutan ahora los hijos de Dios, pues es multifacética e inconmensurable. Ellos la comparten y la conocen: es Su paz. Compara Juan 14.1, “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí”.

“Nombre sobre todo nombre es el nombre de mi Cristo;
Ante tan glorioso nombre todos se postrarán.
Todas las fuerzas de oscuridad, de todo el mundo la humanidad,
Todos los cielos y su potestad, todo se postrará”.


Ivan Steeds, Bristol, Inglaterra, traducido del libro Day By Day Christ Foreshadowed (Día A Día, Cristo Presagiado) lectura del 8 de septiembre, traducido

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 La adoración no es hablar a los hombres 

No hace falta un micrófono en la Cena del Señor, porque no nos dirigimos a la congregación, sino a Dios. La adoración "es la ocupación del corazón, no con sus necesidades ni siquira con sus bendiciones, sino con Dios mismo... consiste en la atribución de dignidad a Uno que es digno... Significa reverenciar, o rendir homenaje... adorar y glorificar".                                    

 Adoración, Alfredo P. Gibbs, págs.14-16

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 ¿QUÉ ES DE CÉSAR Y QUÉ ES DE DIOS?

parte 2

viene del número anterior 

Recuerda, amigo lector que la vida, el tiempo, los talentos, las ofrendas y las fuerzas no pertenecen a César. Tu vida pertenece a Dios, pues Él te la dio, y tu cuerpo es Suyo (1 Co. 6.19-20). Tu tiempo, tus talentos, y tus fuerzas deben emplearse para la gloria de Dios. El dinero que tienes, lo tienes por la gracia de Dios, pues todo lo que tenemos lo hemos recibido de Él (1 Co. 4.7). No sobra tiempo, talento, fuerzas ni dinero para contribuir a campañas y partidos políticos. Recuerda:
· César no es santo ni justo.
· César no es rico en misericordia y gracia.
· César no te ama.
· César no entregó a su hijo por ti.
· César no puede salvarte, ni darte vida eterna.
· César no ha liberado a ninguno de los hijos de Adán de su esclavitud    
  y ruina espiritual.
· César no puede librarte del poder del pecado.
· César no derrama el amor de Dios en ti.
· César no te hace heredero de Dios y coheredero con Cristo.
· César no te da el Espíritu Santo.
· César no te capacita para servir a Dios.
· César no estará en el cielo.
· César no te dará ningún galardón en la eternidad.
· César no tiene gloria eterna.

    ¡Cuántos restos de César se conservan hoy en museos y yacimientos arqueológicos que ellos y los turistas visitan! No tiene futuro. Por ejemplo, Nínive, (junto a la ciudad moderna de Mosul, en Irak), era la capital del antiguo Imperio asirio, y alcanzó su apogeo siete siglos antes de Cristo. Su destrucción fue predicha por Jonás y Nahúm, y tuvo lugar en el año 612 a. C. Estaba tan completamente destruida que, en el año 331 a. C., el ejército de Alejandro Magno acampó en ese lugar sin saber que se trataba de Nínive.
    Por tanto, seamos obedientes con las leyes, y respetuosos con las autoridades, pero no se lo demos todo a César, porque no se lo merece. Según Romanos 12.1-2, presentemos nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. ¡Éste es nuestro culto racional! (lógico, sensato, inteligente). Solo así podremos comprobar la buena voluntad de Dios. Y la Biblia promete: “El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn. 2.17).

¿Qué debemos dar a Dios?
    El Señor Jesucristo manda que demos “a Dios lo que es de Dios”. Esta es la parte que muchos olvidan o descuidan. Si realmente le damos a Dios lo que es Suyo, no quedará tiempo ni recursos para César ni para las actividades del mundo. De lo muchísimo que debemos a Dios, consideraremos solo algunos ejemplos:

    Nuestra vida: “Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos” (Sal. 100.3). “… Él da vida” (1 S. 2.6). La vida es un regalo de Dios, que no debemos despreciar ni desperdiciar. Pablo dijo a Timoteo: “Te mando delante de Dios, que da vida a todas las cosas” (1 Ti. 6.13). Así que, como dice Romanos 14.8, “si vivimos, para el Señor vivimos”, no para el gobierno. Decir: “Es mi vida y haré con ella lo que me parezca”, es robar a Dios.

    Nuestro cuerpo:  Debemos presentárselo como sacrificio vivo (Ro. 12.1). Debemos poner a Su servicio los miembros de nuestro cuerpo para servirle (Ro. 6.13, 19). “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo… glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Co. 6.19-20). Esto incluye nuestras fuerzas, que son de Dios, y para Dios, no para César.

    Nuestro espíritu: “… glorificad, pues, a Dios… en vuestro espíritu” (1 Co. 6.20). Debemos adorar en espíritu y en verdad (Jn. 4.23). “En espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Fil. 3.3).

    Nuestra mente: “… Transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Ro. 12.2), es decir, la mente, la manera de pensar.

    Nuestro corazón, alma y fuerzas: “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Dt. 6.5; Mt. 22.37; véase también Pr. 3.5).
    Pero hay mucho más. Debemos reconocerlo como el Creador y Dueño de todo. Por eso es digno de gloria y honra (Ap. 4.11). Esto incluye todo lo que somos y tenemos, nuestros talentos y bienes, pues todo lo que tenemos lo hemos recibido de Él (1 Co. 4.7). También le debemos a Dios nuestro amor, el temor reverente, la honra, la gloria, la alabanza, y la adoración, pues el Padre busca adoradores que le adoren en espíritu y en verdad. Le debemos nuestra fe, es decir, una confianza inquebrantable en Él y en Su Palabra, y nuestra lealtad hasta el final. Debemos obedecerle. Debemos ser santos en toda nuestra manera de vivir. 
    Si recordamos todo lo que le debemos a Dios, nos resultará más fácil no darle a César lo que no es suyo. En el cielo, los redimidos cantarán el cántico nuevo: “El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza” (Ap. 5.12). 

Romanos: La Justicia de Dios, Tomo 3, sobre el capítulo 13, por Carlos Tomás Knott, Libros Berea.

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Peligros Pastorales

                           por Stephen Hulshizer (1941-2019)


En mis visitas entre muchas asambleas he observado que generalmente es pobre la condición espiritual de muchas de ellas. Asiste solo una parte de los que profesan estar en comunión. Debemos reflexionar sobre lo que realmente significa la palabra “comunión”. La mundanalidad ha entrado en muchas vidas. Se manifiesta en la falta de compromiso con la asamblea local por los que, en cambio, muestran devoción, disciplina y sacrificio para el trabajo, la familia, la carrera, los deportes, los pasatiempos y recreos.
    Otra necesidad evidente es la de sobreveedores piadosos. Se precisan hombres preparados por el Espíritu Santo, con corazón y dedicación para cuidar del pueblo del Señor. Deben estar dispuestos a hacer los sacrificios personales que sean necesarios para apacentar la grey. En muchas asambleas no se aprecia un verdadero cuidado pastoral. El pueblo del Señor va de semana en semana como ovejas sin pastor. Otras congregaciones tienen a los que son identificados como ancianos, pero parece ser poco más que un título. Algunos son ancianos puestos o designados por otros hombres, no por el Espíritu Santo (Hch. 20.28). Realmente hacen poco o nada del trabajo necesario para pastorear a los creyentes. Pero gracias al Señor, también hay algunas asambleas con ancianos reconocidos que son piadosos y se sacrifican para cuidar de los santos.
    Examinaremos brevemente algunos de esos peligros que acechan a los ancianos, y lo haremos considerando las experiencias de algunos líderes en las Escrituras. Siempre debemos aprender por experiencia, y preferiblemente las experiencias de otros, porque es menos costoso aprender así. Como dice el refrán: “Más vale prevenir que curar”.

1. El Descuido Personal

Cuando el apóstol Pablo se despedió de los ancianos de Éfeso, les exhortó así: 

“Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hch. 20.28). 

    Uno de los peligros que afrontan a los ancianos y obreros es el del descuido en la propia vida espiritual. Pueden ocuparse dirigiendo al pueblo del Señor, pero descuidar su propia condición espiritual. Uno puede estar tan ocupado en actividades para el Señor que no aparta tiempo para el Señor mismo. Como los de la iglesia en Éfeso, sus obras, trabajo y perseverancia pueden ser recomendables, pero cometen el error de dejar su primer amor (Ap. 2.1-4). Esto también afectará a la iglesia.
    Pero hay otro peligro de descuido. Además de mirar por sí mismo, los que son ancianos deben vigilar atentamente la grey, porque hay lobos rapaces que desean entrar y destruir el testimonio local (Hch. 20.29). Esto requiere discernimiento, porque suelen presentarse vestidos de ovejas, usando suaves palabras y lisonjas para caer en gracia a los creyentes (Ro. 16.18). 
    También deben poner atención a sí mismos porque podría levantarse alguno de ellos que desea arrastrar tras sí a los hermanos. (Hch. 20.30-31). Los ataques internos son los más difíciles de soportar, porque son personas conocidas, pero que se desvían. Cada anciano debe velar y pedir al Señor que le guarde de dañar así a la asamblea. Recuerda las palabras del salmista: "No sean avergonzados por causa mía los que en ti confían... No sean confundidos por mí los que te buscan”. (Sal. 69.6)
    Evidentemente los sobreveedores están sujetos a muchos peligros. El adversario de las ovejas para siempre anda cerca y usa sus artimañas y maquinaciones para distraer o causar la caída de los pastores. Esto dejaría descuidadas a las ovejas. El peligro es grande, pero el Príncipe de los pastores anda alrededor de ellos para cuidarlos y ayudarlos.

continuará, d.v. en el siguiente número
del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea

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¿Qué es el karma? 
¿Se ajusta a la enseñanza cristiana?

por Timoteo Woodford


Este es un término que se escucha a menudo hoy día, y hay muchos videos en línea que pretenden mostrar sucesos del “karma instantáneo”. A veces hasta los cristianos utilizan la palabra. Sin embargo, debemos entender que el principio del karma proviene de la India y es parte de las enseñanzas del hinduismo y otras religiones. Hay diferentes definiciones.
    Según la Enciclopedia Británica significa “hecho o acción; además, tiene significado filosófico y técnico, denotando los hechos de una persona que determinan su destino futuro”. Según la Enciclopedia de las Religiones Mundiales es “una palabra sánscrita que significa acción y las consecuencias de acción”. Según muchos hinduistas, el karma va de la mano con la reencarnación, o renacimiento. Ellos enseñan que, en un ciclo de renacimientos, los buenos propósitos y hechos resultan en buen karma y renacimientos más felices, mientras que los malos propósitos y hechos producen mal karma y renacimientos malos.
    Parte de un poema del Brhadāranyaka Upanisad dice que “un hombre de buenas acciones se vuelve bueno, y un hombre de acciones malas, malo; se hace puro por los hechos buenos, y malo por los hechos malos”. La creencia es que en la muerte el alma “se recicla” y vuelve a nacer de otra forma, dependiendo del karma de la vida anterior. La gran meta de esas religiones es, después de muchas reencarnaciones y buen karma, liberarse de ese ciclo y hacerse un dios. Ahora, ¿aguanta este concepto el escrutinio bíblico? Claro que no.
    Es cierto que se parece a algunos principios bíblicos como “todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gá. 6.7), o “el que cava foso caerá en él; y al que revuelve la piedra, sobre él le volverá” (Pr 26.27). Aunque cada acción sí tendrá su consecuencia, las afirmaciones del principio del karma son falsas. La Biblia enseña:
·  que el hombre nace pecador (Sal. 51.5)
· que en su esencia no es justo (Ro. 3.10)
· que sus buenas obras no resuelven el problema de su pecado (Is. 64.6)
· que muere una sola vez (He. 9.27)
· que querer ser un dios es pecado (Dt. 6.4, 13) 
· que el renacimiento es obra del Espíritu Santo en uno (Jn 3.5) 
· y que solo es por la fe en el Señor Jesucristo (1 Jn 5.11-13). 

    El principio del karma niega cada una de estas verdades y, por ende, debemos tener mucho cuidado de no dar crédito a una falsedad vestida de inocencia.

Timoteo Woodford reside en Hermosillo, México
Su artículo apareció en El Mensajero Mexicano en agosto, 2023

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 Nuestras Bendiciones Invisibles
Lucas Batalla

Texto: Romanos 5.1-11
     No hay tiempo para decir todo lo que tenemos los creyentes, cosas que los del mundo no tienen. Aquí se nombran las cosas invisibles, y los del mundo buscan y miran lo visible. Pero la Palabra de Dios dice que lo invisible es lo más importante y lo que permanece.
     En Mateo 6.33 se nos instruye a buscar primero el reino de Dios y su justicia —lo invisible—, y se nos promete que todas las cosas que necesitamos nos serán añadidas: comida, bebida, ropa, cobijo, etc. El Señor sabe que también necesitamos estas cosas perecederas. Él provee, no nos descuida ni nos abandona. Mateo 6.32 dice que los gentiles (inconversos) buscan estas cosas. Esa búsqueda de lo temporal es su enfoque, su preocupación. Pero los creyentes debemos confiar en nuestro Padre, que proveerá.
    Y, volviendo al libro de Romanos, vemos que lo permanente que tenemos y que el mundo no tiene es mucho. Los del mundo son como el joven rico al que el Señor le dijo que le faltaba algo. Por mucho que tengan, siempre les falta lo más importante.
    1. Tenemos paz (v. 1). Paz con Dios en la conciencia es una gran cosa. Es la paz con Dios, no la paz entre países, con los vecinos, etc. Romanos 2.1-8 presenta la situación de todo ser humano a causa del pecado: es una situación de conflicto y desventura. En Romanos 3.17 se afirma que no conocen el camino de la paz. Tienen enemistad con el Hacedor de su propia vida. La paz de Dios no es como la paz que llega después de la guerra, la destrucción y la muerte de muchos. La paz de Dios se debe a que su Hijo murió por nosotros en la cruz del Calvario. Efesios 2.14-15 explica cómo Él vino a ser nuestra paz.
    2. Tenemos entrada (v. 2). Sin necesidad de sacerdotes ni santos como intermediarios, podemos acceder a la presencia de Dios todos los días y a todas horas. Somos aceptos en el Amado (Ef. 1.6). Las puertas de Dios no se cierran por vacaciones, defunciones, descanso semanal ni por nada. Podemos entrar para adorar, orar, buscar misericordia y socorro (Ef. 2.18; He. 6.20). No es necesario pedir cita previa ni esperar en colas. Dios siempre atenderá a los suyos. 
    3. Tenemos esperanza (vv. 2-5). Hoy en día hay mucha gente desesperada: en las cárceles, en los hospitales, en las residencias de ancianos y en sus propias casas. Hay personas sin recursos, sin trabajo, sin amigos. Pero el creyente tiene esperanza ahora y para el futuro. El creyente se regocija en la esperanza cierta de la gloria de Dios (1 Co. 2.9; Col. 1.5). Los pasajes de Romanos 12.12, 15.4 y 15.13 hablan del gozo y el poder de la esperanza del creyente.
    4. Tenemos consuelo y paciencia, que es perseverancia (vv. 3-4). ¡Cuánta gente hay en el mundo que necesita esto! Tienen la vida destrozada, sufren tristeza y dolor, y no tienen consuelo ni pueden perseverar con paciencia. La paciencia es consuelo y nos ayuda a sobrellevar las dificultades. Romanos 8.28-30 afirma que todo contribuye al bien, pero esto no es para todos, sino para los creyentes, los que aman a Dios. Es un consuelo que solo tiene el creyente. 1 Pedro 1.6-7 fue escrito por Pedro, que murió como mártir. Podemos sufrir aflicciones y pruebas, pero sabemos que todo saldrá bien al final. No es algo inventado por nuestra mente, sino un consuelo que Dios da a los suyos.
    5. Tenemos amor (v. 5). El amor de Dios permanece y ha sido derramado en el corazón —la ciudadela de la vida— por el Espíritu Santo. Dios obra en nuestro corazón y transforma el amor egoísta, carnal e inmundo en amor divino. El creyente no tiene un corazón dominado por el odio, sino por el amor divino. De pronto, aborrecemos lo que antes amábamos. Son caminos torcidos, caminos anchos que conducen a la perdición. Ese amor derramado por el Espíritu va acompañado de justificación (v. 9), salvación (v. 9) y reconciliación (vv. 10-11). Une las dos partes. Resuelve el conflicto. ¡Cuán grande es la obra que Dios ha realizado en nosotros! Ese amor vino porque se nos dio el Espíritu Santo. 
    6. Tenemos el Espíritu Santo (v. 5). No estamos esperando todavía al Espíritu Santo, pues ya está en todo creyente; el que no lo tenga, no es de Dios (Ro. 8.9). No se compra el Espíritu Santo, como quiso hacer Simón Mago en Hechos 8.
    Romanos 5.5 dice que “nos fue dado”. Se da a los creyentes, ¡gracias a Dios! Nos enseña (Jn 16.13). Nos sella y protege (Ef. 1.13-14). Nos guía en la santidad para seguir y agradar al Señor y reunirnos con nuestros hermanos (Ro. 8.14). No podemos perderlo, pero sí contristarlo; Efesios 4.30 nos advierte sobre esto. Efesios 3:16 dice que el Espíritu Santo puede fortalecernos por dentro. La verdadera fortaleza no es corporal, sino espiritual.
    Que el Señor nos ayude a apreciar y a tomar ánimo considerando las cosas invisibles y perdurables que tenemos de Él: ricos tesoros que los del mundo nunca tendrán. Vivamos entonces para la gloria de Aquel que tanto nos ama y tanto ha hecho por nosotros. Amén.

De un estudio dado por Lucas Batalla en agosto del 2012

 

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El Primer Mandamiento

"No tendrás dioses ajenos delante de mí" 
Éxodo 20.3; Deuteronomio 5.7

Muchos dicen que intentan sinceramente guardar los Diez Mandamientos. Piensan que si son sinceros y hacen lo mejor que pueden, no se les puede pedir más.
     Pero los Diez Mandamientos, que resumen la Ley de Dios (que contiene 613 mandamientos), no es como un examen en que si sacas un 5 apruebas. Con la ley de Dios es todo o nada.
    Imagínemos una cadena de diez eslabones. La cadena representa la Ley de Dios, y cada eslabón representa un mandamiento. ¿Cuántos eslabones hay que romper para romper la cadena? ¡Solo uno!
    Hablemos del primer mandamiento: "No tendrás dioses ajenos". El Señor Jesucristo lo repite en el Nuevo Testamento. Le preguntaron:

 "Cuál es el primer mandamiento de todos? Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Éste es el principal mandamiento" (Evangelio según Marcos 12.28-30).

    No hay rebajas, ni existe el término medio. Dios debe ocupar siempre el primer y único lugar en su corazón, de forma absoluta. Él exige una lealtad exclusiva, y además, exige amor: “Amarás a Dios sobre todas las cosas” dice el catecismo. Dios puede exigir esto, porque es Dios, nuestro Creador y Sustentador. En S. Marcos 12.30, el Señor Jesucristo afirmó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Hablamos del Dios único, vivo y verdadero, que se revela en la Sagrada Biblia y en la Persona del Señor Jesucristo. ¿Realmente ocupa el lugar exclusivo en su corazón y en su vida?  ¿Hay algo que ponga por delante de Dios: la familia, el dinero, los amigos, la diversión, el trabajo, la carrera profesional, las posesiones, los deportes u otras cosas?
    ¿Encuentra su placer en Dios y Su Palabra, o más bien en otras personas, cosas y actividades? Piense en el domingo, que en la Biblia es el primer día de la semana, y el día del Señor, no el suyo.  Por ejemplo, ¿lo dedica a dormir hasta tarde, a salir a desayunar y a pasear, a ver la televisión, a ir a la playa, a la piscina, al campo, o a cosas similares? ¿No lo dedica a buscar la comunión con Dios reuniéndose con los que le rinden culto y aprenden de Su Palabra?
    ¿Cree en algún dios o dioses (o poderes) que la Biblia declara como falsos, como el hinduismo (incluido el yoga, que forma parte de esta religión), el budismo, el gnosticismo, la fuerza cósmica de la Nueva Era, la naturaleza, los ovnis, la reencarnación, los espíritus o el ocultismo? ¿Practica la devoción a la Virgen o algún santo? Cualquier cosa como eso es tener dioses ajenos. Entonces, ha violado los Diez Mandamientos y es digno de muerte, el juicio de Dios. Incluso sin utilizar imágenes, ¿ha rezado a algún ángel, espíritu, santo (el rosario) u otro ser o potencia, buscando ayuda o favores de los que no son Dios, como si tuviesen poder para ayudarle?     
    Atribuir a otros seres creados lo que solo Dios puede hacer, o buscar en ellos lo que solo Dios puede dar, es tener dioses ajenos que ocupan el lugar que solo corresponde a Dios. Si ha hecho alguna de estas cosas, lamentablemente debo decirle que ha incumplido los Diez Mandamientos.  
    La única manera de ser aceptado por Dios es por medio de la fe en el Señor Jesucristo. Es necesario arrepentirte y confiar en Cristo para recibir perdón y vida eterna. No hay otro camino.

 

martes, 30 de septiembre de 2025

En Esto Pensad -- octubre 2025

El que Calma la Tormenta  


Los creyentes no estamos exentos de las tormentas de la vida. Jonás sufrió una tormenta por desobedecer. Sin embargo, Pablo sufrió una tormenta y un naufragio a pesar de ser obediente. Dios puede levantar las tormentas (Jon. 1.4), pero también puede calmar el viento y las aguas (Mt. 8.26). Pero, cuando vengan, tenemos un recurso del que carecen los inconversos. Nuestro Señor tiene poder para calmar cualquier tormenta. El artículo que viene a continuación nos anima a echar toda nuestra ansiedad sobre Él, porque Él cuida de nosotros (1 P. 5.7).
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Texto: Salmo 89.5-9
    El salmista se maravilla ante la excelencia y trascendencia del Señor (vv. 6-7), y reconoce Su poder y carácter (vv. 5, 8). Una manifestación única de Su naturaleza es que domina el mar embravecido y aplaca sus olas (v. 9). Dios puede controlar y calmar cualquier tormenta.

Una gran tormenta
    En su Evangelio Marcos habla de “una gran tempestad” (Mr. 4.37). Tanto en esta tormenta como en la otra ocasión registrada en la que se encontraban en el mar agitado (Jn. 6.18), los discípulos dudaron de su fidelidad y tuvieron miedo: “¿No tienes cuidado que perecemos?” (Mr. 4.38). Su poderosa palabra, “Calla, enmudece” (v. 39), y Su presencia calmaron la tormenta y afirmaron tanto Su carácter como Su poder. En ambas ocasiones adoraron a un Hombre incomparable, el Hijo de Dios.

Una tormenta mayor

     Las palabras “Jehová reina” (Sal. 93.1) introducen ocho salmos proféticos sobre el reino eterno venidero en tiempos de gran tempestad de impiedad. “Alzaron los ríos… los ríos alzaron su sonido; alzaron los ríos sus ondas (v. 3), pero el Señor “es más poderoso que el estruendo de las muchas aguas, más que las recias ondas del mar” (v. 4). “Como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto” (Is. 57.20), los impíos del mundo gentil (“las aguas” Ap. 17.15) se enfurecerán y se levantarán cual olas, a su mayor altura, “contra Jehová y contra su ungido” (Sal. 2.2). Pero entonces vendrá el “Fiel y Verdadero” (Ap. 19.11), y con la espada de Su boca herirá a las naciones (v. 15) y calmará la furiosa tormenta de la humanidad rebelde. Entonces, el mundo entero se postrará para adorar al Rey de reyes, cuyo carácter y poder brillarán gloriosamente. Solo Él puede calmar esa gran tormenta.

La mayor tormenta de todas
    Solo y maldito en la cruz, el Señor sufrió una tormenta que superó cualquier tormenta, tanto literal como figurada. Nunca habrá otra tormenta así, de origen sobrenatural. Las olas eternas del lago de fuego no igualarán lo que sufrió Su alma santa e infinita cuando todas las olas de Dios se abatieron sobre Él (Sal. 42.7). El amor que las muchas aguas no pueden apagar (Cnt. 8.7) motivó Su asombroso silencio, aunque Su poder superaba con creces el de doce legiones de ángeles que aguardaban Su petición. El cielo escuchaba el clamor de Su alma (Sal. 22.1), pero no hubo palabras que calmaran esa terrible tormenta. Su carácter y poder, mostrados en el Calvario, nunca serán superados. Él, que es el único que puede calmar las tormentas, soportó humildemente la mayor tormenta de todas, y lo hizo solo, para que nosotros pudiéramos disfrutar de la calma eterna con Él. Nuestros corazones redimidos le adorarán por siempre.

Michael Browne, Bath, Inglaterra
Day by Day, Christ Foreshadowed (“De Día en Día: Cristo Prefigurado”), Precious Seed Publications, Neath, West Glamourgan, Reino Unido, lectura 2 de agosto, traducido

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  Enoc    

parte 2
por J. Alan Davidson


viene del número anterior 

Enoc era agradable a Dios (He.11.5-6)

“… Antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios” (He. 11.5). Debido a su fe, su nombre aparece segundo en la venerable lista de personajes dignos de imitar del Antiguo Testamento en Hebreos 11. “El justo vivirá por fe” (He. 10.38). El énfasis del verso está en “vivirá”, pues se refiere  a la forma de vivir, la conducta diaria. La fe es el poder que perdura a través de todos los obstáculos y dificultades hasta llegar al reino de la preservación, la supervivencia y la conquista. Conduce a la luz del disfrute seguro de la bienaventuranza eterna. Abel adoró por la fe y Dios aceptó su ofrenda. Enoc caminó por la fe y fue aceptable para Dios. Por la fe, Enoc conoció a Dios. Pablo escribió sobre la conducta de los creyentes y su aceptabilidad ante Dios: “para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu... y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Ro. 8.4, 8). Pablo oró por los colosenses: “para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Col. 1.10). A los tesalonicenses los exhortó diciendo: “cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más” (1 Ts. 4.1).

Enoc dio testimonio de Dios (Jud. 14-15)

    “De éstos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él” (Jud. 14-15). En el verso 15, la palabra “impíos” aparece tres veces, en referencia a los hombres impíos, sus obras impías y sus palabras impías. La característica más destacada de la humanidad antes del diluvio, al igual que hoy en día, era la falta de reverencia o temor a Dios. Eran violentos, duros, ofensivos y desafiantes en sus palabras contra Dios. Enoc vivió piadosamente en una época impía. Fue el primer profeta que advirtió de la segunda fase de la venida del Señor, Su manifestación en poder para juzgar al mundo. Denunció su actitud irreverente, sus palabras duras, sus hechos desvergonzados y sus deseos ilícitos. Todos los que escucharon sus fieles advertencias sabían que el juicio venidero era divino, justo, recto y merecido.

“Enoc… desapareció, porque le llevó Dios” (Gn. 5.24)

    En Hebreos 11.5 se dice que “fue traspuesto”, es decir, trasladado, transformado, transportado, “para no ver muerte”. La afirmación de que “no fue hallado” implica que alguien lo buscó. Rompió la monotonía de vivir y morir, mencionada ocho veces en el capítulo 5 del Génesis. Enoc cambió de lugar, pero no de compañía, “porque le llevó Dios” (Gn. 5.24).  Esta es la culminación de los propósitos de Dios para los Suyos. Su fiel conducta y su vida de fe culminaron con una entrada victoriosa en la vida de perfecta comunión en el cielo. Esa grata compañía comenzó con el nacimiento de su hijo Matusalén, cuando Enoc tenía 65 años, y duró trescientos años. El nombre de su hijo, Matusalén, significa “cuando él muera, [el diluvio] vendrá”, y revela que los inventos y el comercio de un mundo condenado no interesaban a Enoc. La Tierra, contaminada con su maldad, ya no era un lugar adecuado para él (véase He. 11.16). Enoc vivió a la luz del juicio venidero. La duración de su vida se vio considerablemente reducida. Una vida más corta puede ser un alivio del trabajo y las pruebas que el pecado ha traído a este mundo.

“He aquí, vino el Señor” (Jud. 14)

    Al agradar a Dios, Enoc era una figura del Señor mismo. “Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Jn. 8.29). En el caminar del Señor vemos los caminos de Dios. En Sus palabras oímos la sabiduría de Dios. En Sus obras se manifiesta la voluntad de Dios. En esta comunión sagrada e inquebrantable, Dios halla todo Su contentamiento, Su alegría y Su placer. Antes de morir en la cruz, el Señor dijo a sus acusadores: “desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Mt. 26.64). “Enoc… desapareció, porque le llevó [recibió] Dios” (Gn. 5.24). El Señor dijo: “vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14.3). Él ha prometido arrebatarnos antes de la Tribulación: “te guardaré de [“fuera de”] la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero” (Ap. 3.10). A los pocos creyentes fieles que moraban en Sardis, los que no habían contaminado sus vestiduras, les prometió: “Andarán conmigo en vestiduras blancas” (Ap. 3.4).



Derriba todas las barreras
Señor, y reina en triunfo.
Que cada latido de mi corazón
Armonice con el Tuyo:

Concédeme entrar
En el lugar secreto,
Para caminar contigo, como Enoc,
Hacia la eternidad.

                                                            –  B. Mullen

por J. Alan Davidson (Irlanda del Norte), traducido de la revista Assembly Testimony, May-June 2025, https://assemblytestimony.org/

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“Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo” (Sal. 119.165).

El que ama la ley de Dios sabe que ella es buena y santa, y dice la verdad. La ley nos da a conocer (1) el carácter de Dios, y (2) nuestro propio pecado (Ro. 3.20). Tales conocimientos afectarán nuestras actitudes. En esta vida siempre hay problemas, injusticias y ofensas, pero no debemos andar ofendidos y molestos, ni buscar la venganza. Dios tiene una ley y Él juzgará todo cuando sea tiempo, y no se equivocará. El que conoce esto no andará ocupado con las ofensas, sino como Cristo, encomendará todo al que juzga justamente (1 P. 2.23). El Señor tenía mucha paz, y nosotros también podemos tenerla, siguiendo el ejemplo de nuestro Señor.

"La cordura del hombre detiene su furor, 
y su honra es pasar por alto la ofensa"
(Pr. 19.11) 

"El amor es sufrido... no guarda rencor" (1 Co. 13.4-5). 

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En Mateo 22.21 nuestro Señor nos dio una instrucción muy importante. 

                        “Dad, pues, a César lo que es de César,                        y a Dios lo que es de Dios”. 

Según Romanos 13, tenemos una responsabilidad frente al gobierno. Pero tenemos una mayor responsabilidad con Dios. Israel había abandonado su responsabilidad hacia Dios, y se había convertido en la cola, y no la cabeza, de las naciones. Como la cuarta bestia de Daniel 7 –el Imperio romano– César gobernaba, porque Dios lo había establecido así.
    Pero eso no significa que los creyentes deban involucrarse en el gobierno de César para ejercer una buena influencia, como dicen algunos. La Biblia no enseña a los cristianos a participar en el gobierno, pues no es su función ni les corresponde, y tampoco está contemplado como parte de la buena voluntad de Dios. Los creyentes están sometidos a las autoridades del país, pero no forman parte del gobierno. En la Biblia los gobiernos del mundo son “bestias” (Dn. 7.3; Ap. 13.1, 11), y el Salmo 49.20 declara: “el hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias”. El creyente vive para servir a Dios, y su lugar está en la iglesia, no en la capital. 

¿Qué debemos dar a César?    

    El Señor Jesús manda que demos a cada uno lo que le corresponde:  “a César lo que es de César” (el gobierno). Entonces, ¿qué le debemos a César? No debemos basar nuestra respuesta en la lógica, las deducciones ni las opiniones, sino en la Escritura.
    Primero, consideremos 1 Timoteo 2.1-2. “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad”. Todo creyente debe orar por el gobierno, no buscar un puesto en él. Recuerda que, al tiempo de escribir este texto, el impío Nerón gobernaba el Imperio romano. Muchos desestiman el poder y la influencia de la oración, pero Dios nos manda rogar por todos los del gobierno. Debemos presentar oraciones, peticiones y acciones de gracias por los que están en eminencia. Los versos 3 y 4 dan a entender que no son creyentes, al decir que oremos por ellos porque Dios quiere que sean salvos. Debemos pedir por ellos, por las decisiones que toman, y por la manera en que los magistrados ejercen el juicio, para que haya condiciones favorables para nosotros: “para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad”. Deben castigar a los malhechores y hacer que todos respeten las leyes. Oremos por ellos, para que no tomen decisiones pensando en sí mismos, su popularidad o futuro político, sino en el bien del país, y en el temor de Dios. Orar así es algo que “debemos” a César, pues el pobre necesita nuestras oraciones.
    Segundo, Romanos 13.1 indica que debemos someternos a las autoridades, y reconocer que Dios las ha establecido. El verso 3 añade: “Haz lo bueno”, es decir, obedecer las leyes. Nadie debe usar la fe cristiana como excusa para oponerse al gobierno, sino que debe respetar las leyes y vivir una vida ordenada. En lugar de revueltas, huelgas y disturbios, hacer lo bueno significa vivir “quieta y reposadamente”. Es vivir piadosa y honestamente.
    Romanos 13.7 añade: “pagad a todos lo que debéis”, porque los creyentes también pagan impuestos. El texto dice “tributo” e “impuesto”, que incluyen la declaración de la renta, los impuestos sobre las ventas, las contribuciones basadas en los bienes inmuebles y otras tasas. El creyente que tiene un negocio no debe mantener dos juegos de libros de contabilidad, sino ser honesto y transparente ante el gobierno. 
    También debemos a César “respeto”, y “honra”. Éxodo 22.28 manda: “No injuriarás a los jueces, ni maldecirás al príncipe de tu pueblo”. Injuriar a los líderes es propio del mundo. Primero los votan y aplauden, luego los insultan, publican caricaturas y se burlan de ellos. En lugar de hablar como los inconversos, debemos orar por los gobernantes. “Honrad al rey” manda 1 Pedro 2.17, pues es un deber cristiano.
    1 Pedro 2.13-15 enseña otra cosa que le debemos a César. “Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien. Porque ésta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos”. Nuestra obediencia a todas las leyes, es decir, a toda institución humana, pues es parte de nuestro testimonio. Esto incluye las leyes de inmigración, de empleo, de impuestos, de circulación y todas las demás. No debemos causar problemas como hacen los delincuentes, sino hacer bien.
    Si tenemos la oportunidad, debemos dar testimonio ante los gobernantes, como hizo Pablo en varias ocasiones (Hch. 22-26). Se presentó ante ellos, no por haber hecho nada malo, sino por acusaciones falsas, y aprovechó para dar testimonio. En una ocasión, cuando estaba en la cárcel de Filipos, en lugar de buscar un abogado y denunciar al Estado por daños y perjuicios, oraba y cantaba himnos. A medianoche, Dios le brindó una maravillosa oportunidad para evangelizar al carcelero y a su familia, y verlos convertidos. Dios guió a Felipe para que evangelizara al funcionario etíope (Hch. 8), y a Pedro para que lo hiciera con el centurión Cornelio y sus amigos romanos (Hch. 10). Ninguno de ellos tuvo que involucrarse en la política ni en el gobierno para hacerlo. Quienes dicen que necesitamos más cristianos en la política están muy equivocados, ya que ninguno debe dar sus esfuerzos a César. César está en una esfera, y los creyentes estamos en otra.
    El gobierno no está compuesto de creyentes, sino de “los príncipes de este siglo, que perecen” (1 Co. 2.6). No tienen ni entienden la sabiduría de Dios: “la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (1 Co. 2.8). Los sistemas políticos, judiciales y religiosos colaboraron en la crucifixión de Cristo. No olvidemos nunca que el mundo se pronunció sobre Cristo cuando lo crucificó.
continuará, d.v., en el número siguiente

Romanos: La Justicia de Dios, Tomo 3, sobre el capítulo 13, por Carlos Tomás Knott, Libros Berea.

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 ¿Eres un cristiano “S.D.M.”?


¿Qué significa esto? ¿Es una nueva denominación? No, es una descripción de ciertos cristianos, y hoy en día está muy extendida. S.D.M., “Solo Domingo Mañana”, se refiere a los cristianos que solo asisten a una reunión los domingos por la mañana y se ausentan de las demás.
1
    No es un comportamiento bíblico, pues Hechos 2.42 describe la conducta de los primeros cristianos: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”.  No asistían ocasionalmente, sino que “perseveraban”. No consideraban que una reunión fuera más importante que las demás. Es típico entre los católicos pensar que si asisten a la misa ya han cumplido con Dios. Ellos quizás son los campeones de “S.D. M.”.  Pero esta misma actitud se manifiesta ahora entre los evangélicos, que solo asisten el domingo por la mañana, y se ausentan de las demás. No vienen el domingo por la tarde para apoyar la reunión de predicación del evangelio. No asisten a la reunión de oración y estudio bíblico entre semana. Aparentemente, consideran opcionales estas reuniones. No apartan tiempo para la comunión con los demás en estas reuniones. Quienes así actúan no han cumplido con Dios.     
    Sin embargo, la recepción a la comunión de una iglesia incluye todas sus actividades. La recepción no es al partimiento del pan, sino a la asamblea. Implica mucho más que la cena del Señor. Indica la aceptación e inclusión en todas las facetas de la vida de la iglesia, su doctrina y testimonio. Un hermano dijo que la recepción es mutua. La iglesia local recibe a la persona, y la persona recibe a la iglesia, lo que indica que la acepta y está de acuerdo con ella. De lo contrario, no debe haber recepción.
    Si la iglesia se reúne cada domingo por la mañana, son 52 reuniones al año, y si también el domingo por la tarde, son otras 52 reuniones al año. Además, hay una reunión entre semana para orar y estudiar la Palabra, que también son 52 al año. En total, son 156 reuniones al año, según este ejemplo. Pero los cristianos que solo asisten a la iglesia los domingos por la mañana se pierden 104 reuniones al año, es decir, faltan a dos tercios de las reuniones. No acuden para apoyar la predicación del evangelio, para orar o para estudiar la Palabra, y en todas esas ocasiones pierden la comunión con los demás. ¿De qué manera se puede considerar que esas personas están realmente en comunión en la iglesia, ya que no tienen tiempo para ella?
    Además, debemos recordar que el Señor Jesucristo nos enseña a poner a Dios en primer lugar en nuestra vida. “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mt. 6.33). “Primeramente” indica preferencia y prioridad. ¿Qué importancia le damos a las actividades de la iglesia? El trabajo, las preocupaciones y las actividades sociales de la familia no deben tener preferencia sobre ellas. Si viene una visita, puede acompañarnos o esperar hasta que volvamos. Si un familiar nos pide un favor que nos impediría reunirnos, debemos decirle que ya tenemos una obligación previa.
    Considera el testimonio del Señor en Lucas 4.16, “... en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre”. Su costumbre y prioridad era reunirse con el pueblo de Dios en el lugar designado. No tenía que decidir en cada ocasión si se iba a reunir o no, pues esa decisión ya se había tomado. El cansancio y los compromisos con la familia no figuran en esta decisión. Si había reunión del pueblo de Dios, uno sabía dónde encontrar a Cristo, porque Él estaba presente, “conforme a su costumbre”. Debemos seguir Su santo ejemplo y tener esa misma costumbre. 
     El Señor todavía se reúne con los creyentes conforme a Su promesa. “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt. 18.20).  Alguien dijo que el Señor está en todas las reuniones y que nos espera para compartir con nosotros. Debemos considerar que las reuniones son nuestras “citas previas” con el Señor.         

1 No se refiere a las personas que por enfermedad, trabajo o viaje no pueden congregarse. Pero no debemos aceptar otros compromisos, porque ya tenemos uno con el Señor.

                                       Carlos

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¿Cuáles Son las Reuniones de la Iglesia? 

Norman Crawford

Hay siete tipos de reuniones en el Nuevo Testamento. El partimiento del pan tenía primera importancia, y regularmente se reunían para orar (Hch. 2.42). La reunión para edificación (1 Co. 14) es nuestra autoridad para ministerio de enseñanza para creyentes. La reunión de ancianos era la única reunión segregada, y se describe en Hechos 20.17-38. En Hechos 14.26-28 vemos la reunión para escuchar un informe misionero, y 1 Corintios 5.4 describe una reunión convocada por cuestiones de disciplina. Con ella hay seis, y la séptima es una actividad de la asamblea con cara al mundo, es decir, la proclamación del evangelio (1 Ts. 1.8). Hemos apuntado algunas citas bíblicas, pero se podría citar muchos otros versos que apoyan esas siete reuniones.

del libro Congregados a Su Nombre, págs. 231-232Norman Crawford, Libros Berea

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 Han Llegado otra vez

los Días de Noé


La historia de Noé y el arca no es un cuento ni una alegoría. Jesucristo habló de Noé, de sus tiempos y del gran Diluvio. Lo mencionó como un hecho histórico y literal. Sabemos que no se trata de un cuento, una parábola o una alegoría, sino de un relato verídico sobre un suceso terrible ocurrido en la historia. Merece la pena leerlo. En Génesis 5.29 - 8.22 se narra la historia de Noé, que era un hombre piadoso que vivía en un mundo lleno de pecado. Salvó solo a los que entraron en el arca con él. 
    Dios envió un diluvio universal como castigo por la desenfrenada maldad que había en el mundo entero. No se trató de un desastre ecológico, sino de un juicio divino sobre un mundo que se parece mucho al nuestro. Se nos advierte que, antes de la segunda venida de Cristo, Dios juzgará a nuestro mundo, tan lleno de maldad, y no tendrá piedad de los culpables. La historia de la desobediencia de la humanidad se repite, y pronto caerá nuevamente el juicio de Dios tras siglos de paciente silencio. 
    Jesucristo habló de Noé y del terrible diluvio que destruyó el mundo antiguo: “Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre” (Mateo 24.37-39). En el Evangelio según Lucas leemos:  “vino el diluvio y los destruyó a todos” (Lucas 17.27).  El apóstol Pedro también lo mencionó como un hecho histórico y literal: “... en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua” (1 Pedro 3.20).

Déjà Vu
 

   Génesis 6.5 dice: “la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. Más adelante, el verso 12 relata que “miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra”. Esta situación también describe nuestros tiempos. La incredulidad y el desenfreno están a flor de piel. 

Llaman bueno a lo malo y malo a lo bueno. 

Dictan leyes injustas. 

Aprueban lo que Dios prohíbe y condena.

    Cuando la desobediencia y la maldad alcanzan estos niveles y se extienden por todo el mundo, los gobiernos legalizan el pecado,  la gente pierde la vergüenza y el temor de Dios y volvemos a estar en los días de Noé. 
    Dios prometió no volver a juzgar el mundo por agua, es decir, no enviar otro diluvio universal. Pero no prometió no juzgar al mundo. Lo hará y muy pronto. El tiempo de Su paciencia se acaba. Se acerca la fecha del juicio divino. Romperá Su silencio e intervendrá en la historia para juzgar la maldad, la desobediencia y la impiedad desenfrenadas. Cuando el Señor Jesucristo venga por segunda vez, no vendrá manso ni humilde, sino como Rey con gran poder y gloria. El mundo conocerá la ira del Cordero de Dios (lee Apocalipsis 6.16-17). Amigo, tómatelo muy en serio y prepárate, porque estamos en los días de Noé, y el terrible juicio divino se aproxima.
    Al igual que Noé en su día, nosotros anunciamos el juicio venidero, y también predicamos el perdón de los pecados y la salvación por la gracia de Dios, mediante la fe en el Señor Jesucristo. Noé creyó a Dios y entró en el arca, con los suyos; y ocho personas fueron salvas. La mayoría, es decir, todo el resto del mundo, pereció. Dios el Juez del mundo “ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17.30-31).
    Aquel varón es el Señor Jesucristo, que murió por tus pecados, resucitó, y pronto volverá. Arrepiéntete de tus pecados, tanto de actitudes como de palabras, pensamientos, deseos y hechos, y clama a Jesucristo, el Señor, el Cordero de Dios, para que te perdone y te conceda una vida nueva. Solo Él puede perdonar tus pecados. Solo Él puede salvarte y darte vida eterna. Todavía estás a tiempo. 
    Pero pronto se abrirán los cielos y los grandes juicios de Dios sacudirán el mundo, y entonces será demasiado tarde para ti. No tardes más. No pierdas más tiempo. Él vino del cielo, se hizo hombre y actuó como tu Sustituto, pues llevó tus pecados y murió por ti. Fue sepultado, resucitó el tercer día conforme a las Escrituras, y vive para salvar a los que confían en Él. “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7.25). Murieron todos los que no entraron en el arca de Noé. Y se perderán eternamente todos los que no confían en Jesucristo. Nadie más puede salvarte. Como el arca de Noé en su día, ahora ¡solo Jesucristo puede salvarte del juicio y el castigo eterno!

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El origen pagano de Halloween



Calabazas, disfraces y jolgorio. Lo que hoy en día se conoce como Halloween (las costumbres que nos han llegado empaquetadas desde Estados Unidos gracias a las películas) poco tiene que ver con la fiesta de la que proviene.



    Y es que, el origen de esta celebración se encuentra en el Samhain o Samagín. Una conmemoración celta milenaria en la que los druidas de la antigua Britania pedían por las almas de los fallecidos al dios de la muerte; se encendían gigantescas fogatas para ahuyentar a los espíritus malvados y, además, se llevaban a cabo sacrificios humanos para ver el futuro. La barbaridad a la que llegó fue tal que, cuando los romanos arribaron a las islas, prohibieron parte de las actividades. 
    Con todo, los orígenes de la fiesta se han difuminado en el tiempo provocando que las interpretaciones sobre qué diablos se hacía en aquella celebración sean muchas. De hecho, se desconoce el momento exacto en el que se empezó a suceder. 
    Tan solo se sabe que tenía como protagonistas a los hechiceros britanos y que ya se practicaba antes de la conquista romana de las islas. Una campaña militar que comenzó con Julio César en el año 55 a.C. y que se empezó a materializar definitivamente en el 43 con Claudio. Independientemente de la fecha concreta, todas las fuentes coinciden en que el Samagín giraba alrededor de los druidas, los sacerdotes del pueblo celta. 
    “El pueblo céltico vivió en el norte de Francia y las Islas Británicas. Practicaba las artes ocultas y adoraba a la naturaleza, a la que atribuía cualidades animísticas o sobrenaturales”, explican los autores John Ankerberg y John Weldon en su libro “Facts on Halloween”.
    Por su parte, el arqueólogo e historiador decimonónico Henri Hubert explica en su obra “Los celtas y la civilización céltica” que este pueblo se mantenía unido gracias –entre otras tantas cosas– a los druidas, a los que se daba gran importancia como encargados de contentar a los dioses. “Eran una clase de sacerdotes expresamente encargados de la conservación de las tradiciones”, determina el experto.


Samagín y Belenus
    Como pueblo que basaba una buena parte de su existencia en la naturaleza, los celtas daban una importancia suma a los ciclos estacionales. Para ellos, el año se dividía en dos grandes épocas: el invierno y el verano. La primera, asociada con la muerte; la segunda con la vida. Y, para conmemorar el paso de una a otra, celebraban dos fiestas en honor a los respectivos dioses a los que asociaban cada una de ellas. “Los celtas adoraban al dios sol (Belenus) especialmente en Beltane, el primero de mayo. Y adoraban a otro dios, Samagín, el dios de la muerte o de los muertos, el 31 de octubre”, determinan los autores en su obra.
    De la segunda fiesta que se llevaba a cabo en honor de esta deidad es de la que proviene el actual Halloween. Según afirman la mayoría de las fuentes, el festival de Samagín duraba tres días y tres noches y en él se conmemoraba el “inicio de la estación muerta del año, en la cual campos y seres vivos dormían a la espera de la próxima primavera” (tal y como explica la doctora en historia Margarita Barrera Cañellas en su tesis “Halloween, su proyección en la sociedad estadounidense”). 
    Podría parecer que esta fiesta era entendida una celebración de segunda categoría, pero nada más lejos de la realidad. Al fin y al cabo, los propios druidas consideraban a su civilización y al pueblo britano descendientes del dios de la muerte. Con todo, tan cierto como esto es que existen autores partidarios de que Samagín era únicamente el nombre que se le dio a la festividad, y no el de ninguna deidad. “De los 400 nombres de dioses celtas conocidos, el que más se menciona es el de Belenus. Samagín, que es nombre específico del señor de la muerte, es incierto. No obstante, es posible que fuera la principal deidad druídica”, explican Ankerberg y Weldon.

Las creencias

    Las creencias de los druidas afirmaban que, en la noche del 31 de octubre, Samagín convocaba a los muertos para que pasasen "al otro lado". Es decir, del mundo de los fallecidos, al de los vivos. Sin embargo, estos espíritus podían llegar al “más acá” de dos formas diferentes atendiendo a si habían sido “buenos” o “malos” durante los últimos meses. “Los celtas creían que, el 31 de octubre, el velo existente entre el presente, el pasado y el futuro caía”.
    Si el dios consideraba que no habían cumplido con sus deberes, hacía que se reencarnasen en animales tras el ocaso. Por el contrario, aquellos que habían obrado acorde a lo que quería la deidad eran libres de visitar a sus familiares con su forma humana y pasar unas horas en sus antiguos hogares antes de regresar al limbo.
    Además, la noche del 31 era considerada especialmente esotérica por los druidas. “Creían que el velo existente entre el presente, el pasado y el futuro caía, siendo esta la razón de que se considerase como el momento más propicio para todas las clases de artes mágicas y, en especial, las adivinatorias y de predicción sobre el nuevo año”, completa la experta en su tesis. Era, en definitiva, una jornada mágica en el sentido más literal de la palabra en la que el miedo a los muertos se mezclaba con la esperanza de recordar a un familiar que hubiese dejado este mundo.

Sacrificios y hogueras


 Durante las celebraciones, los celtas practicaban varios rituales. Uno de los más básicos era apagar todos los fuegos que hubiese encendidos en las casas con dos objetivos. El primero era evitar que los espíritus errantes (los malvados) entrasen en las viviendas al considerarlas frías. El segundo, simbolizar la llegada de la estación "muerta" y oscura del año. De esta forma, los diferentes pueblos se quedaban totalmente a oscuras y solo eran iluminados por una cosa: las hogueras gigantescas que los druidas encendían en las colinas. 
    “Los druidas o clase sacerdotal celta encendían nuevos fuegos centrales en las colinas como símbolo del renacimiento de la Naturaleza y de la vida durante la noche de Samhain. En estos nuevos fuegos se quemaban principalmente ramas de roble, árbol sagrado para los celtas, y ofrendas de frutos, animales e incluso seres humanos. Al día siguiente en las cenizas y restos de huesos calcinados los druidas leían el futuro de la comunidad en el nuevo año que comenzaba”, completa la doctora en historia en su obra.
    Estas fogatas eran encendidas con todo tipo de objetos que los jóvenes reunían en los días previos a la celebración. ¿Cómo lo hacían? Mediante una tradición que se mantiene en la actualidad: pidiendo materiales de casa en casa para la gran hoguera. 
    Los fuegos eran un elemento central de la celebración, pues se creía que con ellos se lograba espantar a los espíritus malignos que, enfadados por haber sido castigados por el dios de la muerte, se dedicaban a hacer tretas a los vivos. “La gente se  ponía grotescas máscaras y danzaba alrededor de la gran fogata pretendiendo que eran perseguidos por los malos espíritus”, completan los autores ingleses. 
    Con todo, las gigantescas fogatas y las máscaras no era lo único que primaba durante esta festividad. Además de todo ello, esta fiesta era considerada un momento propicio para pedir por los espíritus de los fallecidos y para practicar la magia y las artes adivinatorias. Esta última praxis era realizada por los druidas, quienes consideraban que podían averiguar el futuro usando vegetales... o sacrificando seres humanos a los dioses. Una barbaridad que, a día de hoy, ha caído en el olvido durante la noche de Halloween.

Prohibida y cambiada
    La barbarie de Samagín continuó hasta el siglo I d. C., cuando los romanos llegaron hasta Britania de manos de Claudio y sus legiones Augusta, Hispana, Gemina y Valeria Victrix. Después de pisar tierras isleñas, estos “civilizaron” la festividad erradicando los sacrificios humanos. En su lugar, cambiaron a los condenados por efigies. Posteriormente, y en un intento de romanizar todavía más la celebración, la cambiaron por el festival de Pomona (en honor de la diosa de las manzanas y el otoño). La fiesta aceptada, pero el pueblo jamás olvidó sus creencias. “La gente se ponía grotescas máscaras y danzaba alrededor de la gran fogata pretendiendo que eran perseguidos por los malos espíritus”
    Con el paso de los años, y usando como vía de entrada la civilización romana, la Iglesia Católica trató de dar una vuelta de tuerca más al festival para acabar definitivamente con las creencias celtas. Así fue como, en el año 610, el Papa Bonifacio IV instauró la fiesta de los “Mártires Cristianos” el 13 de mayo. “Esta medida no tuvo mucho éxito, por lo que en el siglo VIII d.C. el Papa Gregorio III, implantó la fiesta de los Mártires Cristianos el día 1 de noviembre, haciéndola coincidir de esta forma con la fecha de la celebración de Samhain, y más adelante, el Papa Gregorio IV amplió esta celebración a todos los santos del panteón cristiano”, añade la experta. En esos años fue cuando se cambió el nombre del festival a “All Hallow's Eve”, término que derivaría posteriormente en el actual Halloween. 

Separación, no imitación

    A los creyentes, como seguidores del Señor Jesucristo, no nos toca adaptarnos al mundo, ni participar en esas actividades tan obviamente paganas y ofensivas a Dios. “No os conforméis al mundo” es la instrucción de la Palabra de Dios (Romanos 12.2). En 2 Corintios 6.14-15 el apóstol Pablo, al enseñar la separación, pregunta: “¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo?” La única respuesta correcta es “¡Ninguna!”.


adaptado de: https://www.finanzas.com/hemeroteca/el-origen-oculto-de-halloween-cuando-los-druidas-ingleses-asesinaban-y-quemaban-a-ninos_13509972_102.html