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jueves, 31 de agosto de 2023

EN ESTO PENSAD - septiembre 2023

Por Gracia Por Medio De La Fe

William MacDonald

Cuando pienso en la seguridad eterna del creyente, uno de los primeros pasajes que viene a mi mente es Efesios 2.8-10. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.
    La salvación es por gracia. Esto significa que nadie la merece. Es el inmerecido favor de Dios a aquellos que solo merecen el castigo eterno. Es todo a cambio de nada, para uno que no merece nada. Es un don que, una vez dado, nunca será quitado (Ro. 11.29). El don es incondicional. Si añademos condiciones, todo cambia. Viene a ser una deuda, no gracia, y todavía Dios no está endeudado con nadie (Ro. 11.35). La gracia que tiene condiciones no es gracia. La única forma de que una persona pueda estar segura de su salvación es que sea por gracia (Ro. 4.16).
    En Efesios 2.8-9, Pablo recuerda a los efesios que fue por gracia que habían sido salvados. Cuando por medio de la fe recibieron a Jesucristo como Señor y Salvador, fueron salvados, y todavía lo eran. No había cláusulas condicionales en letra menuda. Era un suceso espiritual, puntual, con resultados permanentes. Ningún requisito legal había sido impuesto con amenaza de posible condenación eterna. No viene la palabra “si” después de la palabra “salvos”; su ausencia es notable.
    Dios da la salvación como un don gratuito, pero el pecador tiene que recibirlo. Es aquí que entra la fe. La fe es confianza implícita en la Palabra de Dios. El Señor no coacciona a nadie. No llevará al cielo a nadie que no quiera estar allí. Para ser salvo, cada uno debe recibir a Jesucristo por un acto deliberado de fe. La fe no tiene mérito, y por eso no deja lugar para jactancias. No es la cantidad de fe lo que importa, sino el objeto de la fe.
    Cuando Pablo agrega: “y esto no de vosotros”, no es extraño que algunas personas piensen que habla de la fe. Entonces, sacan la conclusión de que Dios da fe a algunas personas, pero a otras no. Pero es una conclusión extraña. El antecedente de “y esto no de vosotros” es la salvación “por gracia por medio de la fe”. Lo que Pablo está diciendo aquí es que no hay nada de mérito que nadie pueda hacer para ser salvo, ni para contribuir a su salvación. Todo el mérito está en Cristo; no hay nada en el creyente.
    Como hemos visto, la salvación es un don gratuito de Dios. Cuando Él da la promesa incondicional de vida eterna, nadie puede añadir luego restricciones para condicionar o anular aquella promesa. Cuando Él da un regalo, ninguna ley puede venir después para quitarlo.
    La salvación no es por obras, “para que nadie se gloríe”. No hay nada de mérito que nadie pueda hacer para obtenerla. De otro modo, el cielo se poblaría de los que se jactan de sus obras y méritos. La salvación es obra del Señor, de principio a fin. El hombre solamente es el receptor afortunado. Es, y siempre será, “solo un pecador salvado por la gracia”. La gracia y las obras son mutuamente exclusivas (Ro. 11.6).
    El versículo 10 de Efesios 2 enfatiza que las obras no son el medio de salvación, sino el resultado de ella. No son la raíz sino el fruto. No somos salvados por obras, sino para obras. Éste es el propósito de nuestra creación en Cristo Jesús. Antes de ser salvos, Dios preparó buenas obras para que las hiciéramos en nuestras vidas como creyentes.
    A lo largo de los siglos, millones de personas han hallado descanso, basando su bienestar eterno en la verdad de Dios en estos versículos en Efesios 2. Ninguna de ellas ha sido avergonzada ni ha faltado de llegar al cielo al final. Con gratitud podemos cantar el himno compuesto por James Gray: “Solo Por Gracia Salvo Soy”.

“¡Qué maravilla! Perdón recibí,
Cristo por gracia salvóme a mí.
Mis culpas todas Él las llevó,
Y solo por gracia salvo soy.

Solo por gracia salvo soy.
Solo por gracia salvo soy.
Esta es mi historia,
De Dios es la gloria
Que solo por gracia salvo soy”.

                                                James M. Gray (1851-1935)

capítulo 3 de Una Vez En Cristo, Para Siempre En Él,  Libros Berea

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EL DUEÑO DEL EVANGELIO

“Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios” (Ro. 1.1)

Notemos bien la expresión: “el evangelio de Dios”, pues el primer verso de la epístola le identifica como el dueño del evangelio. Dios origina. envía  y define el evangelio. Ningún hombre ni grupo de hombres, ni iglesia, ni concilio, ni congreso de evangelistas, ni escuela tiene derecho a definir o modificar el evangelio. Somos mayordomos, administradores, pero no dueños, y esto debe afectar nuestra actitud y conducta. Por eso Pablo declara en 1 Tesalonicenses 2.4, “…según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones”. Esto descarta categóricamente las palabras lisonjeras, la avaricia y la búsqueda de gloria de los hombres (1 Ts. 2.5-6). Ser un siervo de Dios requiere un amor a Cristo, una vida de comunión con Él, una disposición a trabajar incansablemente y sufrir penalidades, con afecto sincero hacía las almas perdidas. Además, es necesario que sea santo, justo e irreprensible en carácter y conducta (1 Ts. 2.8-10). El llamamiento y la aprobación vienen solo del Señor, pues si buscamos el favor de los hombres, o les agradamos, no seremos siervos de Cristo (Gá. 1.10).

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Hablaron Desde El Infierno  (parte 4)

Sr. Dives Rico:  Lucas 16.19-31



viene del número anterior

Sentí que no tenía deseos de continuar la entrevista, pero me pareció que era importante probar al fondo su experiencia lo más posible.
—Señor, usted mencionó que vio al mendigo Lázaro en el Paraíso. ¿Él le vio a usted y pudo conversar con él?
—No, no hubo nada que indicara que él me viera o pudiera conversar conmigo. También vi al padre Abraham y con él pude conversar. En ese caso, fue una comunicación audiovisual, pero no con Lázaro.
    —Señor Rico, ¿le molestaría relatar el tono de su conversación con el venerable Abraham?
    —Le pedí que mandara a Lázaro con alivio; solo una gota de agua para aliviar mi lengua. Usted ve, las llamas del hades son tanto internas como externas.
    —¿Y cuál fue la respuesta del patriarca? ¿Lo admitió?
    —No, no lo admitió —respondió—. Abraham explicó que hay un abismo imposible de pasar entre el Paraíso y el Hades. Además, me recordó del divino principio igualatorio. “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado”. 
    Una vez más, apareció esa mirada de desesperación sin límites en el rostro del señor Rico. Cuando lo miré por primera vez, me di cuenta plenamente de la magnitud de las cargas del pecado, no de la muerte del cuerpo, sino de la muerte consciente que no tiene punto final. Una conciencia donde no hay esperanza de un mañana mejor, ni meses ni años, sino un eterno ahora. Noche sin aurora, tormento sin alivio, terror sin paz, juicio sin apelación, ansia sin esperanza, lamento sin perspectiva de perdón. Para estas desdichadas almas, no hay cambio para bien. Habrá solo un cambio, pero que solo aumentará el tormento: cuando la muerte y el Hades entreguen a los muertos que están en ellos. Entonces estarán finalmente delante del Gran Trono Blanco para el juicio final, y su entrega al Lago de Fuego (el Infierno), con Satanás y sus ángeles.  
—¿Puedo hacerle una pregunta a usted, ahora? —dijo el señor Rico.
—Por cierto —repuse—. ¿Qué es?
—Si usted ha leído el registro divino de mi vida, muerte y condenación, probablemente recordará que pedí al padre Abraham que mandara a Lázaro de nuevo al mundo de los mortales para advertir a mis cinco hermanos, para que no vinieran también a este lugar de tormento.
—Sí, recuerdo haber leído esto. De paso, ¿qué ocurrió con sus hermanos? ¿Alguien les advirtió?
—Estaban advertidos por los escritos de Moisés y los profetas, pero eso no tuvo efecto —y al mirar alrededor de la expansión, al parecer sin límites, de las llamas, agregó tristemente—. Allí están con los demás.
—Usted pensaba hacer una pregunta —le recordé.
—Oh, sí, el padre Abraham me dijo que si la gente no hacía caso de las advertencias de Moisés y los profetas, no sería influida ni persuadida por el hecho de que alguien se levantara de los muertos.
“Ahora bien, aquí sabemos que Alguien sí se levantó de los muertos. Aquél que ustedes conocen como Jesucristo. En relación con ese hecho, quisiera hacer no una sino dos preguntas.
—Siga adelante y hágalas —lo alenté.
—La primera pregunta: ¿Usted cree que si mis cinco hermanos se hubieran encontrado y escuchado a Jesús después de que Él se levantó de los muertos, hubieran seguido Sus advertencias?
—Para decir la verdad, yo…
—Por favor —interrumpió el señor Rico—, déjeme hacer la otra pregunta porque están relacionadas.
“Muchos años han pasado desde que Aquel volvió de los muertos al mundo de los mortales. Quedé convencido de que, si alguien volvía a los hombres de entre los muertos, ellos se arrepentirían. ¿Estaba acertado en mi convicción? Temo que no, pero quisiera saber su opinión.
No contesté inmediatamente. Dudaba de desilusionarlo.
—Lo siento, señor —repuse—. Comparativamente pocos se han arrepentido y creído en Aquel que se levantó de los muertos. Parece que en mi tiempo, tal como cuando usted disfrutaba de existencia mortal, los hombres escogen los placeres del pecado que duran solo por una temporada, antes que la alegría eterna en la comunión con Dios.
El señor Rico sacudió tristemente su cabeza.
—¡Qué necios son! Siembran en la carne y cosecharán corrupción eterna. ¡Necios, ciegos, ciegos! ¡Esclavos del pecado y siervos de Satanás! Y su única perspectiva es la de abrir sus ojos en el infierno y encontrarse en el tormento.
Me miró con una extraña expresión. Por un momento, pensé que pudo haber sido una sonrisa. Entonces dijo:
—Y fíjese quién está diciendo que los demás son necios, cuando yo fui el más grande de todos. Tenía la ley y los profetas que me advertían. Sabía de la ira de Dios que es revelada contra todos los hombres pecadores y malos, contra aquellos que alejan de sí la verdad (Ro. 1.18). Sin embargo, aun sabiéndolo, vendí mi alma por los fugaces placeres del pecado. Endurecí mi corazón y cuello, y finalmente en aquel lejano cumpleaños, ¡de repente fui cortado, y entonces ya no hay remedio!
Yo no sabía qué decir. No tenía más preguntas que hacer. No me estaba permitido dar simpatía o intentar llevar un consuelo. Antes de que pudiera agradecer su colaboración, se volvió y se alejó. Y entonces oí su voz que se unía al coro del Hades: “¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde! ¡Es demasiado tarde!” (Pr. 29.1). Y desapareció entre las llamas.

del c. 1 de Hablaron Desde El Infierno, por C. Leslie Miller

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Las Cosas Movibles, y el Reino Inconmovible

“Aún una vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo. Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles. Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia;  porque nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12.26-29).

“Movible” (gr. saleuo) “se traduce agitar, temblar, primariamente de la acción de vientos tormentosos, olas, etc... lit: cosas que son sacudidas” (W. E. Vine). Lo movible es frágil, temporal, agitable, y tiende a desaparecer (1 Jn. 2.17). “Lo que el viento se llevó”. Es mejor invertir el tiempo y las fuerzas en lo inconmovible. Todo lo gastado en “mejorar al mundo” que Dios ha condenado. Aunque sean “cosas buenas”, como escuelas, todo es echado en saco roto. Esto incluye toda la política, las campañas electorales, los puestos en el gobierno y la sociedad,  los movimientos sociales e ideológicas, el gastar tiempo y dinero en establecer escuelas y programas para alimentar a los pobres, etc. – todas son cosas movibles, agitables, de poco peso, baja importancia y corta duración. Tal no es la herencia del creyente, pues tenemos parte en el reino inconmovible del Señor Jesucristo. Es triste cuando hermanos que deben saber mejor se involucran en esas cosas, queriendo ser alguien importante en este mundo. “... La tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir” (2 P. 3.10-11).
    No es cuestión de qué opina una persona u otra, sino: ¿Qué dice nuestro Señor? “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mt. 6.33). En otra ocasión mandó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios” (Lc. 9.60). Pablo, apóstol inspirado, escribió así: “Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Ti. 2.4).
Así que, el escritor de Hebreos concluye: “tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios, agradándole con temor y reverencia” (He. 12.28). 

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 A Sabiendas

El apóstol Pablo dijo: “Voy a Jerusalén, SIN SABER lo que allá me ha de acontecer” (Hch. 20.22). Pero “Jesús, SABIENDO todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó” (Jn. 18.4). ¿Qué es peor, saber o no saber? La incertidumbre produce ansiedad, pero saber que el más intenso dolor de la historia humana está por delante sería mucho peor. Tener una idea general de que habrá sufrimiento en el futuro sería malo, pero Jesús sabía “todas las cosas”. Ningún detalle de su dolor le iba a sorprender. Pablo había sabido por algunas décadas que sufriría, pero el Señor Jesús siempre lo supo. Pero más asombroso es que Pablo sabía que sufriría persecución por Cristo, pero el Salvador sabía que sufriría el castigo de los pecadores y aun así “se adelantó”. Eso no nos deja ninguna duda hoy de que “él nos amó primero” (1 Jn. 4.19).

Juan Dennison, Devoción a Diario, Publicaciones Pescadores, lectura para 1 de mayo.

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Lecciones de los Primeros Años de Samuel

 Lucas Batalla


Texto:
1 Samuel 1-6


Samuel era especial, pues vino al mundo como respuesta de oración de su madre, Ana, una mujer piadosa. Entre otras cosas que indican su piedad, tres veces en el capitulo 1 leemos de la adoración (vv. 3, 19, 28). También, cuando Elí interpretó mal su oración, ella no se enojó ni disputó con él, sino pacientemente explicaba su caso, y al final Elí le bendijo. Pero lo más importante es que “Jehová se acordó de ella” (1.19).
    En el segundo capítulo, Ana oró en acción de gracias y alabanza a Dios, cuando dejó a su hijo Samuel en el tabernáculo en cumplimiento de su voto. Su oración manifiesta su espiritualidad y conocimiento de las Escrituras. Presentó a su hijo en sacrificio vivo al Señor, pero más adelante Samuel mismo tendría que presentarse a Dios. Luego en el capítulo vemos el marcado contraste entre Ana y su hijo, y Elí y sus dos hijos malvados (vv. 12-17; 22-25, 29). Elí los reprendía verbalmente pero les permitía seguir ejerciendo el sacerdocio, y no les castigó como Dios había mandado (véase Dt. 21.18-21). Por eso vino la reprensión del varón de Dios (vv. 27-36). “Habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas... has honrado a tus hijos más que a mí” (v. 29). Así que, Elí y sus hijos habían despreciado a Dios (v. 30), e hicieron a los hombres menospreciar los sacrificios de Jehová (2.17). Dios castigó a la familia de Elí y honró a Samuel, y todavía es operativo este principio: “Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco” (2.30). La elección es nuestra, pero debemos recordar como dijo otro hermano: nuestras decisiones y hechos tienen consecuencias.
    El tercer capítulo se dedica a ciertos eventos del desarrollo del ministerio de Samuel. Primero, como joven le vemos ministrando en el tabernáculo (v. 1). Pasaba el tiempo, y el niño se había hecho joven o muchacho. Dice que la palabra de Dios escaseaba en esos días, y parece ser debido a los hijos de Elí y la condición del pueblo. Entonces, en el verso 4 comienza Jehová a llamar a Samuel y persistió hasta que Samuel se dispusiera a oír Su mensaje (vv. 4, 6, 8, 10). Es la siguiente fase en su desarrollo, cuando llegó a conocer personalmente a Dios y oír Su Palabra. El mensaje que Dios le dio (vv. 11-14) era el segundo mensaje para Elí (2.27-36), pero el primero para Samuel, y una gran prueba para el joven. Dios anunció el juicio de Elí y su casa, porque no estorbó a sus hijos. Esa negligencia culpable es común hoy en muchas casas, pues el mundo ha hecho creer que tenemos que dejar a los hijos hacer lo que les parece, y Dios protesta ese proceder. Como padre judío y además Sumo Sacerdote, Elí tenía que haber honrado a Dios, no a sus hijos, pero como hoy, los lazos emocionales y familiares hacen a muchos actuar con acepción de personas. Apreciamos el contraste: Ana sacrificó a su hijo para que sirviera a Dios, pero Elí no sacrificó (no castigó) a sus hijos malvados. Dios anunció a Samuel el juicio de la casa de Elí, y eso fue una prueba para el joven. Su primer mensaje no fue suave, sino duro y difícil. Pero fue fiel, declaró todo (3.18), y el resultado fue que Samuel creció espiritualmente y Dios hizo al pueblo conocerle como profeta (vv. 19-21). El primero verso del capítulo 4 realmente va con el capítulo 3 porque termina el comentario sobre la aprobación divina del ministerio de Samuel.
    El capítulo 4 relata el creciente conflicto con los filisteos, y la mala decisión de los israelitas. En lugar de orar, clamar a Dios y confiar en Él, el pueblo en su baja condición espiritual quiso usar al arca como un fetiche (4.2-6). Así que, el arca y los dos hijos de Elí llegaron al campo de batalla, sin saber que Dios preparaba Su juicio. Los versos 10-13 cuentan de la pérdida del arca y la muerte de los hijos de Elí. En los versos 14-22 vemos la muerte de Elí (v. 18), y la de su nuera al dar a luz al niño llamado “Icabod” (literalmente: “no gloria” o “sin gloria”, v. 21). Llegó el juicio que previamente había sido anunciado, y la nación se encontró sin el arca, el símbolo de la presencia de Dios. El profeta Ezequiel vio cuando la gloria abandonó al templo y Jerusalén (Ez. 10-11), quedando así la ciudad “sin gloria”. Y hoy, ¿no es cierto que sobre algunas iglesias habría que escribir “Icabod”, porque dejaron el primero amor y los caminos del Señor? Si no se congregan debidamente en Su Nombre, no cuentan con Su presencia (Mt. 18.20).
    El capítulo 5 se dedica a enseñar una lección muy importante – que Dios es muy capaz de defenderse a sí mismo. El Todopoderoso no necesita a nadie, y cierto es que no cuenta con los impíos de Su pueblo. Por los juicios de los ídolos (vv. 2-4), y las plagas sobre los filisteos (vv. 6-12), los filisteos acabaron temiendo a Dios más que los israelitas. Hay dos maneras de conocer a Dios. Una es creer a Su Palabra, y confiar en Él, y el otro es conocerle mediante Sus juicios. Pero por las buenas o por las malas, al final todos le conocerán, y no habrá más ateos.
    El capítulo 6 relata el retorno del arca a Israel (vv. 1-12), y la gozosa recepción de ella por los habitantes de Bet-semes (vv. 13-18). Un día salieron los hombres a trabajar en el campo, en la siega del trigo (v. 13), y vieron venir el arca. De manera similar, un día cuando estamos ocupados en nuestros trabajos, sin aviso previo aparecerá el Señor Jesucristo, y ¡qué gozo tendremos! Recibieron al arca con gozo, y ofrecieron holocaustos y sacrificios a Jehová (6.14-15).
    Pero después vino el juicio de Dios sobre los hombres de Bet-semes, “porque habían mirado dentro del arca de Jehová” (v. 19). En eso vemos que todavía al pueblo le faltaba el temor reverente, pues trataba al arca con familiaridad y curiosidad carnal, y Dios los hirió con gran mortandad, y el pueblo lloró. Preguntaron: “¿Quién podrá estar delante de Jehová, el Dios santo?” (v. 20). La respuesta está en los Salmos 15 y 24, “El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón” (Sal. 15.2). “El limpio de manos y puro de corazón” (Sal. 24.4).
    Así que, el arca fue trasladado de Bet-semes a Quiriat-jearim – “ciudad de bosque” (6.21-7.2), a la casa de un hombre llamado Abinadab, situada en el collado (7.1). En este pueblo, aproximadamente nueve kilómetros de Jerusalén, reposó el arca durante 20 años. Santificaron a su hijo Eleazar para guardarla, es decir, para asegurar la debida reverencia, recordando el castigo ocurrido en Bet-semes. Como en aquel entonces, también el temor y la reverencia faltan hoy entre muchos profesados cristianos, y algunos afirman que en la edad de gracia no hay que tener temor de Dios. Pero hermanos, la Palabra de Dios dice: “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia, porque nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12.28-29). La falta del temor de Dios es síntoma de ignorancia y mundanalidad.

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La Inmoralidad


Dijo un senador estadounidense, acerca de una ley del estado de Virginia: “Nadie debería pensar que puede ser procesado por esta práctica común. Muchos la consideran anticuada”. Continuó: “¡Es una ley estúpida! ¡Es una locura!” Se refería a una ley según la cual las relaciones sexuales prematrimoniales son ilegales, aun si son consensuales. Esta es la actitud de mucha gente hoy en día.
    Las posturas comunes son: “Es mi cuerpo, así que puedo hacer lo que quiera”; “Está bien si se aman; no hay necesidad de casarse”, “No hacemos daño a nadie”, etcétera. Pero ¿qué dice Dios?
    Las relaciones sexuales entre dos personas que no están casadas se llama fornicación, y Dios dice que es pecado. Dios manda que nos abstengamos de la fornicación (1 Tesalonicenses 4.3) y dice que ningún fornicario heredará el reino de Dios (Gálatas 5.19-21). También dice: “Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1 Corintios 6.18).
    En el Antiguo Testamento, la infidelidad en el matrimonio era un pecado severamente castigado por Dios. “Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos” (Levítico 20.10). El matrimonio es tan santo para Dios que divorciarse y volver a casarse implica cometer el pecado de adulterio, a menos que el divorcio haya sido por fornicación (Mateo 19.9). Dios dijo muy claramente: “No cometerás adulterio” (Éxodo 20.14).
  
 ¿Y qué de la pornografía? No tiene nada de malo mirar, ¿verdad? ¿Acaso no decimos “mire pero no toque”? Ante Dios eso también es pecado. Jesucristo declaró: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5.28). Este versículo enseña que podemos cometer un pecado sexual sin tener ningún contacto con otra persona. Eso incluye el sexting, revistas, sitios en Internet, videos, ciertos videojuegos, películas y cualquier medio por el cual codiciamos sexualmente a otra persona.
    En Levítico 20.11-19 se mencionan otros pecados sexuales, entre ellos el incesto y la homosexualidad. “Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre” (Levítico 20.13). Lamentablemente, hoy en día el pecado sexual crece desmedidamente y pareciera que los seres humanos tenemos un apetito insaciable por el sexo. Esos pecados son “los deseos de la carne”, y se convierten en una obsesión y adicción. Esclavizan y arruinan a los que los practican. La paga de esos pecados es muerte. Apocalipsis 21.8 declara que “los fornicarios... tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”. No es nuestra opinión, sino declaración de Dios.
    Sin embargo, nuestros días no son muy diferentes a los de los corintios en tiempos de la Biblia. Algunos practicaban varios de los pecados mencionados anteriormente (1 Corintios 6.9-10). Corinto era una ciudad famosa por la inmoralidad. Pero luego escucharon que todo eso es pecado, y hay perdón de pecados y salvación por medio de la muerte de Jesucristo. Él murió en la cruz como Sustituto, pagando por nuestros pecados. A los que se arrepintieron y creyeron en el Señor Jesucristo como su Salvador, se les dice: “Ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús” (1 Corintios 6.11).  Fueron librados de la adicción y esclavitud a la inmoralidad.
    Estimado lector, usted también puede ser lavado, santificado y justificado de su pecado por medio del Señor Jesucristo, quien vertió Su sangre para limpiarnos de todo pecado (1 Juan 1.7). Confíe hoy en Él.

adaptado del tratado escrito por Jasón Wahls, Publicaciones Pescadores
publicacionespescadores@gmail.com


lunes, 31 de julio de 2023

En Esto Pensad - Agosto 2023

“No Perecerán Jamás”

William MacDonald


Una de las afirmaciones más concluyentes sobre la seguridad eterna del creyente es la de Juan 10.27-29. Es de comprender si al leer este texto, uno cree que al nacer de nuevo está seguro eternamente. De hecho, es difícil ver cómo alguien podría llegar a otra conclusión. Examinemos el pasaje frase por frase, y disfrutemos la certidumbre que da.

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Jn. 10.27-29).

    “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”. Es una frase declarativa. Nos informa quiénes son las ovejas de Cristo. Son las personas que oyen Su Palabra, responden a Su voz, y son salvas.
    Él les conoce. Les reconoce como Suyos. Les distingue de los que no son creyentes y de los que falsamente profesan creer. Él puede ver donde hay fe genuina cuando a lo mejor ninguno de nosotros lo tiene claro, por ejemplo,  en el caso de Lot (2 P. 2.7), y Sansón (He. 11.32).
    Ellas le siguen. Esto no es una condición. Él no dice que son Sus ovejas si le siguen, o entre tanto que le sigan. Al contrario, es lo que caracteriza al verdadero creyente. Característicamente él sigue a Cristo (ver Jn. 10.4-5). Digo “característicamente” porque nadie lo hace perfectamente. Todos tenemos más o menos tendencia a vagar y alejarnos del Dios que amamos. Pero el Pastor asume la responsabilidad de restaurar a las ovejas descarriadas.
    “Y yo les doy vida eterna”. De nuevo tenemos una promesa incondicional, sin cláusulas o condiciones añadidas. La vida eterna es un regalo, un don. ¡Un regalo con condiciones no es regalo! Cualquiera que haya confiado en el Señor Jesucristo para la salvación de su alma puede saber, en base a la autoridad de la Palabra de Dios, que tiene vida eterna.
    “Y no perecerán jamás”. Piensa por un momento en las consecuencias que habría si una sola oveja de Cristo se perdiera jamás. Entonces, Cristo habría renegado Su promesa. Ya no sería Dios. La Trinidad cesaría. La Biblia no sería fidedigna. Estaríamos todavía en nuestros pecados. Pero nada de eso puede suceder, pues el cumplimiento de la promesa depende solamente de Cristo y no de Sus ovejas.
    “Ni nadie las arrebatará de mi mano”. Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, garantiza que Sus ovejas están en Su mano y que nadie las puede quitar a la fuerza.
    Los arminianos argumentan: “Nadie de los demás puede arrebatarlas, pero el mismo creyente puede arrebatarse de la mano del Señor”. Esta forma de argumentar es grotesca, que un cristiano tenga más poder que todos los demás en el universo. Nadie—un absoluto que incluye las ovejas— las puede arrebatar de las manos fuertes del Salvador.
     “Mi Padre que me las dio, es mayor que todos”. Para enfatizar todavía más la seguridad del creyente, el Señor dice que los verdaderos creyentes son un regalo del Padre al Hijo. Si un creyente pudiera quitarse de la mano de Cristo, entonces cabe la posibilidad de que todas Sus ovejas podrían hacerlo. Y no solamente podrían, sino que probablemente lo harían. En ese caso, el regalo del Padre al Hijo desaparecería. Entonces, ¿qué tipo de regalo sería? Ciertamente no sería nada digno del Padre.
    No, el Padre es mayor que todos, esto es, mayor que todos los demás poderes en el universo, y ciertamente mayor que la fuerza de una oveja. El término “todos” incluye las ovejas.
    “Y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre”. En vista de semejante certidumbre maravillosa, es perverso que algunas personas objeten diciendo que una verdadera oveja de Cristo puede decidir que ya no quiere ser más oveja, y así retirarse de la mano del Padre.
    El argumento no puede mantenerse. La palabra “nadie” es absoluta. No admite excepciones. El texto inspirado no dice “nadie excepto una oveja de Cristo”, y tampoco debemos nosotros decirlo, pues sería añadir a las Escrituras.


Capítulo 2 de Una Vez En Cristo, Para Siempre En Él,  Libros Berea

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 ¿Qué nos enseñan las Escrituras acerca
de cómo orar en público?

El pasaje principal relacionado con este tema es 1 Timoteo 2.1-8. La voluntad de Dios, expresada por el apóstol con las palabras “exhorto ante todo”, es que rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias sean presentadas por “todos los hombres” (v. 1, gr. anthropos = seres humanos) y los gobernantes (v. 2). Según el versículo 8 la responsabilidad de orar públicamente reside claramente en los varones, no en las mujeres (“hombres” aquí viene del griego aner que designa “varones”). 1 Corintios 14:34 manda que las mujeres callen en la congregación. Es un asunto del orden de Dios acerca de cómo hacer las cosas. No puede ser eliminado o descontinuado, como si no tuviera importancia, o como si fuera algo cultural de aquel entonces, como alegan algunos, porque es un mandamiento del Señor (1 Co. 14.37).
    Cuando se reúnen los creyentes para orar, los varones dirigen de uno en uno, en voz alta, y el resto de las personas les siguen en silencio, haciendo suya la oración del que se oye. Cuando dicen “Amén” al final, expresan su acuerdo con lo que se ha dicho (1 Co. 14.16). La palabra “amén” es importante – aparece 78 veces en la Biblia. En la alabanza del Salmo 106, el versículo 48 exhorta: “Y diga todo el pueblo, Amén. Aleluya”. De acuerdo que no debemos abusar el “amén” ni decirlo constantemente o sin sentido, como algunos. ¿Pero cómo podemos prohibir que los hermanos digan “amén” en la asamblea, vocalizando su acuerdo? ¿Quién tiene autoridad para prohibir el uso de una palabra que Dios manda?
    Algunos dicen: “Vuestras mujeres no oran en las reuniones”, pero se equivocan. Las hermanas sí oran, pero en silencio. Recuerda el ejemplo de Ana en 1 Samuel 1.12-13, que oraba en silencio y sin embargo tenemos su oración en el texto porque Dios lo oyó todo. No es necesario que las mujeres oren en voz alta en la reunión para ser escuchadas.
    En el sermón del monte, el Señor dijo: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” (Mt. 6.6). Sin embargo, no debemos mirar a este caso como una prohibición de oraciones públicas. Si hubiera sido ese el caso, entonces el Señor Jesús rompió Su propia regla (Jn. 11.41-42). Pero en Mateo 6 el Señor advierte acerca de la práctica hipócrita de orar en publico para ser visto y oído por los hombres.No se debe dar un pequeño estudio o meditación en la oración. Es erroneo estilizar o arreglar nuestras oraciones para que sean placenteras o impresionen a los que están alrededor. Si oras para que los ancianos se den cuenta de tus conocimientos o don, esperando que te inviten a predicar, estás malgastando el tiempo. Eso es precisamente lo que debemos evitar, no la oración, sino la oración hipócrita.

Capítulo 8 de ¿Vale la Pena Orar? por Wm. MacDonald y Carlos Knott, Libros Berea

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Los Límites de la Autonomía


Hay dos características que son propias de cada asamblea:    

1) dependencia del Señor, demostrada por obediencia a Su Palabra. 2) autonomía demostrada por independencia de toda organización humana.
 

La interdependencia de estas características deja ver que la “autonomía” de la asamblea no es una autonomía absoluta, sino limitada y condicional. Es necesario entender esto, porque es administrativa (en las finanzas, etc.) la autonomía de los que se congregan en el Nombre del Señor. En ningún caso se extiende a la formulación de sus propias leyes y ordenanzas. Cuando grupos de hermanos comiencen a abandonar las enseñanzas bíblicas y regirse por sus propios conceptos y deseos, ya no pueden seguir manteniendo su profesión de ser congregados en el Nombre del Señor. Como ya se ha visto en un articulo anterior, esta expresión implica: autorización, instrucción, conformación y representación, o sea, sumisión a la Autoridad suprema del Señor: “Señor de ellos y nuestro” (1 Co. 1.2), obediencia a Sus instrucciones: “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28.20), conformidad con las doctrinas apostólicas: “perseveraban en la doctrina de los apóstoles” (Hch. 2.42); y una conducta y una presentación que sean dignas de ser nosotros Sus representantes en este mundo. Léase 1 Timoteo 5.14 “que no den al adversario ninguna ocasión de maledicencia” y 2 Corintios 6.4 – “nos recomendamos en todo como ministros de Dios”.    

 J. W. K.  de la revista “Congregados En Mi Nombre”, 2004, Nº1, pág. 10

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 Hablaron Desde El Infierno  (parte 3)

Sr. Dives Rico:  Lucas 16.19-31

viene del número anterior

El amor al dinero no es, como usted dice, una debilidad; es un pecado. Me he dado cuenta que, cuando era mortal, era ciego y necio. Me hubiera horrorizado de encontrar un ídolo o imagen sobre cualquiera de mis propiedades. Sin embargo, todo el tiempo estaba poniendo mi riqueza por encima de Dios. ¡Había llegado a ser mi ídolo! Al amar al dinero, no estaba amando a Dios con el amor que Él merece y requiera. ¿He sido claro?
—Por cierto que sí —contesté—. Y estoy sorprendido del curso que está tomando esta entrevista. Poco me imaginaba que oiría algo como eso en el Hades. Pero permítame preguntarle: ¿Qué otros factores contribuyeron al juico que ahora está experimentando?
—El orgullo tuvo mucho que ver con mi reclusión en este lugar. Usted se ha referido a la forma en que yo estaba vestido con costosa púrpura de Tiro y lino fino de Egipto. Era el hombre mejor vestido de la ciudad, y me sentía orgulloso de eso. Estaba orgulloso de mis ropas, del número de esclavos que poseía, de los banquetes que servía y de la posición que tenía en la comunidad. Mi actitud se parecía mucho a la del antiguo rey de los caldeos, Nabucodonosor.
—Lo siento, señor —dije—, pero no entiendo qué relación hay entre su orgullo y el del rey Nabucodonosor.
El señor Rico me miró con cierto reproche y dijo:
—Pensé que usted tenía cierto conocimiento de las Escrituras. ¿No recuerda cómo cuenta sobre el rey que se sentaba en su palacio, hinchándose de orgullo y jactándose? “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?
“Ya ve —continuó— que todo lo que yo hice, las ropas que usaba, los discursos que daba en reuniones religiosas y políticas, aun las donaciones que di a instituciones de caridad, todo era motivado por el orgullo y el deseo de obtener la alabanza de los hombres. Todo lo que tenía, todo lo que lograba, todo lo que era, lo acreditaba a mi propia capacidad”.
—Aprecio su honestidad, señor —dije—. ¿Es ésa una característica de la mayoría de los residentes del Hades?
—Probablemente lo sea. Después de todo, el hecho de que estemos aquí haría que cualquiera excusa o defensa deshonesta fuera más bien ridícula, ¿no es verdad? No, usted no encontrará ningún alma condenada en este lugar que pretenda que sufre injustamente. Sabe por qué está condenada. Somos el producto de nuestras propias malas decisiones, y nos adecuamos a los modelos de destino que nosotros mismos hemos creado. ¿Se dio cuenta que en el registro divino de mi experiencia en estas salas de tormento, no me he quejado o acusado de trato injusto?
     “Dios se ha revelado a sí mismo a nosotros por medio de la naturaleza, de la conciencia,  a través de la Ley y poco después de mi muerte física, se reveló por medio de Su Hijo.  Pero nosotros pasamos por alto Sus revelaciones. Él ofreció Su gracia, y nosotros la rechazamos. Trató de ser incluido en cada fase de nuestras vidas, y le negamos admisión. No nacimos para ser condenados: nos condenamos nosotros mismos por nuestro desafío de la voluntad de Dios, y al eliminarle de nuestra existencia mortal”.
—Me quedé sorprendido de esa honesta evaluación de su destino personal. El Hades era un lugar sorprendente en muchos sentidos, y comencé a preguntarme cuáles eran las nuevas sorpresas que me aguardaban.
     Pero el señor Rico tenía más que decir.
—Cuando usted comenzó la entrevista, se refirió a mi vida de alegría, fiestas y falta de inhibiciones. No, ni se disculpe. Estaba diciendo la verdad. Mi existencia mortal consistió en comer, beber y estar alegre. Era un playboy. ¿Alguna vez oyó hablar de los antediluvianos? ¿De cómo comían y bebían, compraban y vendían, casándose y dando en casamiento, hasta que vino el diluvió y se los llevó a todos?    Bueno, eso describe mi vida en la tierra. Vivía para la alegría y el placer. Realmente el…
—Disculpe, señor —lo interrumpí—, ¿está sugiriendo que comer y beber, comprar y vender, casarse y dar en casamiento, que todas esas actividades son malas y traerán juicios como los que usted está sufriendo?
—No —contestó—; pero hacer que la vida consista solo en esas actividades con la total exclusión de Dios y sus reclamos sobre la vida y las posesiones… eso es maldad de primer orden.
“Ya ve —continuó el señor Rico—, yo creo en Dios. Asistí a los servicios en la sinagoga cuando era conveniente. Puse mis ofrendas y sacrificios en el Templo. Pero era meramente una actuación religiosa. Mantuve a Dios del lado de afuera de mi vida, como un adorno espiritual, pero en realidad le negué un lugar en mi vida, intereses y afectos. En otras palabras, no vivía para Dios, sino para comer, beber y jugar, para tener diversiones. Encontré mucho placer. Que nadie diga que no hay placer en el pecado. ¡Lo hay, pero el resultado es una vida impía, y una eternidad sin esperanza!
Durante algunos minutos, no habló ninguno de los dos. Y entonces pregunté:
—¿Sería doloroso para usted contarme sobre su llegada al Hades?
—De ninguna manera —contestó—. Ocurrió en mi fiesta de cumpleaños. ¡Y esa sí que era una fiesta! Vino, mujeres y canto, ¡lo mejor de todo y en cantidad! Debe haber sido cerca de la medianoche, cuando de repente, un fuerte dolor agudo se apoderó de mí pecho. Me vino un sudor frío —ola tras ola de agotadora agonía venían sobre mí— y entonces perdí el conocimiento. Aparentemente, ocurrió enseguida una oclusión coronaria. No tengo ni idea de cuánto duró la tiniebla del desvanecimiento. Luego vino la sensación de flotar a través de nieblas de oscuridad, seguida de una plena conciencia en este lugar de tormento. Cerré los ojos con agonía física, ¡y los abrí en las llamas del Hades!
—Señor Rico, ¿puede usted describir su primera reacción al llegar aquí?
—Sí, mi primera impresión fue el increíble e intolerable tormento, tormento de la mente, del espíritu y tormento por recuerdos, por lamentos inútiles, por la desesperanza y la desesperación.
     “Mi siguiente impresión fue la de sorpresa. Levanté mis ojos y descubrí que aquellos que estaban en el Hades podían ver a los que estaban en el Paraíso, pero no podían compartir su bendición.   Y ése fue el tormento definitivo, viendo lo que yo pude haber sido y tenido, pero que había perdido para siempre.
     “Usted habrá visto que yo dije que en el Hades levanté mis ojos. Mientras estaba en mi estado mortal, nunca lo hice. Mi mirada y mis deseos siempre eran geocéntricos. Solo amaba al mundo y las cosas que hay en él. El cielo era solo una palabra para mí, y Dios solo un nombre en el credo judío. Al llegar aquí, por primera vez miré hacia arriba, y vi a Lázaro en el Paraíso. Nunca le había visto o al menos le había prestado atención, cuando yacía a la puerta de mi palacio, ansiando las migajas que yo echaba a los perros.  Estaba más allá de mi interés. ¿Qué me importaba que estuviera muriendo de hambre? Esa era su suerte dura. Y ahora daría todo lo que tengo para cambiar de lugar con él y compartir…”
—Perdóname, señor Rico, creo que usted se ha olvidado dónde está. Aquí usted no posee nada. No tiene riquezas para cambiar con Lázaro. Pudo haber sido tremendamente rico en la tierra, pero dejó todo eso atrás cuando murió su cuerpo.
—Tiene razón —contestó—. Y hubo un mundo de angustia en su respuesta.

del c. 1 de Hablaron Desde El Infierno, por C. Leslie Miller

continuará, d.v., en el siguiente número

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Lágrimas Inútiles

Como vimos el mes pasado, hay lágrimas que evocan la compasión de Dios, a Él gracias, pero no cualquier lágrima entrará en Su redoma. No toda lágrima es digna de compasión, ni de Dios ni de nosotros, porque las emociones humanas también han sido contaminadas por el pecado. “Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente” (Is. 1.5). El hombre natural no piensa bien ni siente bien, es decir, sus pensamientos y sentimientos están contaminados con el pecado. Por eso Jeremías declara: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17.9). Así que cuando uno afirma que nos dice algo de corazón, recordemos cómo es el corazón natural. Si no es purificado y guiado por el Espíritu Santo, no es confiable.
    Y de ahí que las lágrimas pueden ser malas, y pueden ser utilizadas para manipular a otros, como una defensa, o para salirse uno con la suya.
    Esaú despreció su primogenitura (Gn. 25), y luego cuando Jacob le engañó y tomó la bendición patriarcal, “clamó con una muy grande y muy amarga exclamación” (Gn. 27.34). Quería la bendición pero su padre la había dado a su hermano, y no había vuelta atrás. “Y alzó Esaú su voz, y lloró” (Gn. 27.38). Hebreos 12.16-17 describe a Esaú como fornicario y profano, y añade: “ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas”. Eran lágrimas de hombre profano que se dio cuenta tarde de lo que había despreciado y perdido, y no hubo remedio. No consiguió cambiar la decisión de su padre.
    Israel despreció el maná, provisión milagrosa de Dios para Su pueblo en el desierto. Además, se dejó influir por las malas actitudes de los extranjeros en su medio. “Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne!” (Nm. 11.4). Eran lágrimas inmundas, egoístas, y de desprecio de la provisión divina. ¿Cuál fue la reacción de Moisés y de Jehová a esas lágrimas? “Y oyó Moisés al pueblo, que lloraba por sus familias, cada uno a la puerta de su tienda; y la ira de Jehová se encendió en gran manera; también le pareció mal a Moisés” (Nm. 11.10). Lloraban familias enteras y el pueblo estuvo alterado. Pero Dios respondió con ira porque esas lágrimas eran malas – carnales, pecaminosas y rebeldes. Les mandó carne y les castigó: “cuando la ira de Jehová se encendió en el pueblo, e hirió Jehová al pueblo con una plaga muy grande. Y llamó el nombre de aquel lugar Kibrot-hataava, por cuanto allí sepultaron al pueblo codicioso” (Nm. 11.33-34). Había llorado de codicia, quejándose y despreciando la provisión divina. Sus lágrimas trajeron el juicio de Dios y gran mortandad. Hoy todavía hay quienes lloran porque quieren algo que no tienen. Lloran porque no quieren comer lo que está delante, sino otra cosa. Lloran quejándose. Lloran porque desprecian la provisión de Dios y desean más. Quieren hacerse las víctimas, y que se les tenga compasión. Esperan que sus lágrimas manipularán a otros, y quizás a Dios, y que así obtendrán su antojo. No hay que compadecerse de tales lágrimas, porque son carnales.
    En Números 14.1-2 el pueblo de Israel lloró malamente otra vez, en Cades. Diez de los espías dieron informe malo de la tierra prometida, y convencieron al pueblo que no podía entrar. “Entonces toda la congregación gritó, y dio voces; y el pueblo lloró aquella noche. Y se quejaron contra Moisés y contra Aarón todos los hijos de Israel; y les dijo toda la multitud: ¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto; o en este desierto ojalá muriéramos!” No hubo compasión de parte de Dios ante la incredulidad de ellos y su rechazo de la provisión de Dios. Le insultaron y se apartaron. Fueron castigados con muerte en aquel desierto. “En cuanto a vosotros, vuestros cuerpos caerán en este desierto” (v. 32). Sus lágrimas no sirvieron. Dios no les permitió volver a Egipto ni buscar otra tierra. No tenían por qué no estar satisfechos con la tierra que Él les prometió. Su falta de fe no era digna de conmiseración, sino de castigo. “Sin fe es imposible agradar a Dios” (He. 11.6). Endurecieron sus corazones y provocaron a Dios. En Hebreos hallamos su historia repetida para advertirnos. “Entre tanto que se dice: Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación. ¿Quiénes fueron los que, habiendo oído, le provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés? ¿Y con quiénes estuvo él disgustado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron? Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad” (He. 3.15-19).
    Malaquías 2 se dedica a la denuncia de los sacerdotes y levitas que habían deshonrado a Dios. No decidieron de corazón dar gloria a Dios (v. 2). Se habían apartado del camino, habían hecho a muchos tropezar en la ley, y habían corrompido el pacto que Dios hizo con Leví (v. 8). No guardaron los caminos de Dios, y en la ley hicieron acepción de personas (v. 9). Eran desleales y profanaron el pacto (v. 10).  Se habían divorciado y vuelto a casar (vv. 14-17). Pero querían venir al templo y cubrir el altar de Jehová de lágrimas, con llanto y clamor (v. 13), deseando que Él aceptara sus ofrendas despreciables. ¿Cómo respondió el Señor? ¿Acaso dijo: “Pobrecitos, les tendré compasión porque son sinceros y, en fin, nadie es perfecto”? ¡En ninguna manera! Declaró: “no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano” (v. 13).
    Cristo advirtió de lágrimas eternas, de verdadera tristeza, pero indignas de compasión. Dijo que en las tinieblas de afuera, en el lugar de castigo eterno, “allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 8.12). Prometió que cuando Él venga en Su reino, los ángeles recogerán “a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 13.41-42). Luego lo repitió: “los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 13.50). Mandará echar fuera al que se coló entre los invitados (los creyentes). “Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 22.13). Mateo 24.51 indica cuál es el lugar de castigo para los siervos malos y los hipócritas: “lo castigará duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes”. “Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 25.30). Son lágrimas de dolor, de desesperación y de remordimiento de conciencia, de aquellos que “sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Ts. 1.9). Por mucho que lloren, no entrarán. Despreciaron el evangelio. No recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Algunos presumían y pretendían ser cristianos, pero eran falsos. Todos serán igualmente perdidos por la eternidad. Tendrán profunda tristeza y agonía, pero sus lágrimas y sus clamores implorando la misericordia de Dios llegarán a oídos sordos, porque será demasiado tarde.
    Hoy es día de salvación. Hoy estás a tiempo para arrepentirte, humillarte y buscar al Señor. Cristo dice: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mt. 5.4). Pero no demores, porque la benignidad de Dios no siempre te esperará.
    “Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta, y estando fuera empecéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No sé de dónde sois. Entonces comenzaréis a decir: Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad. Allí será el llanto y el crujir de dientes” (Lc. 13.25-28).
    La historia del pueblo de Israel es repetida en el Nuevo Testamento para nuestro beneficio (Ro. 15.4), para que aprendamos a cuidar nuestra conducta. No intentemos tapar con lágrimas nuestros pecados. “Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil. Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co. 10.6-12).

Carlos

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A Mí, Ni Fu Ni Fa

    Se encontraba mal y acudió al médico. Después de realizar el diagnóstico, éste afirmó  “Hay que operar. A usted le toca decidir si operamos o no. Si quiere operarse, tiene que darnos su consentimiento”.
    Supongamos que la respuesta del paciente fuera así: “Lo mismo me da; me es igual...” o como en España: “a mí ni fu ni fa”.
    El médico contestaría: “¿Qué quiere decir? ¿Se opera o no se opera, sí o no? Esto de ‘a mí ni fu ni fa’ no me dice nada. Usted tiene que decidir y tiene que decirme si quiere que realicemos la intervención que precisa o si quiere continuar como hasta aquí. Su respuesta no tiene sentido”.
    El náufrago solo tiene dos posibilidades: agarrarse a la cuerda que se le ofrece y salvarse, o bien hundirse en el mar y ahogarse. No hay otra alternativa.
    Los que se casan, o bien pronuncian un “sí” que les compromete, o por el contrario, se niegan a comprometerse, diciendo que “no”, y siguen como antes. La indiferencia no tiene sentido, porque no significa nada.
    El paciente que necesita una intervención quirúrgica solo tiene dos opciones: o se somete a la operación propuesta, o sigue en su dolencia.
    También frente a Jesucristo, cada ser humano tiene que tomar una decisión de la que no puede escapar. Afirmar que no estamos ni a favor ni en contra de Jesucristo, como pretenden algunos, es una locura, porque equivale en realidad a una decisión negativa de hecho.
    Jesucristo viene a ofrecernos lo que NO tenemos: la salvación, el perdón de nuestros pecados. Ofrece lo que más anhelamos: vida eterna, vida abundante. Para esto vino. La religión no puede dar esas cosas, pero Jesucristo sí, puede.  Él vino para darse en sacrificio en la cruz del Calvario. Allí murió como Sustituto, sufriendo por nosotros la pena de muerte, por nuestros pecados. Al tercer día resucitó de la tumba, y cuarenta días más tarde ascendió vivo al cielo. Jesucristo no es una filosofía, es una Persona, Dios y hombre en uno, que vive y desea entrar en una comunión personal, íntima, con cada uno de nosotros.
    Responder a eso diciendo  —A nosotros, todo esto ni fu ni fa— significa haber escogido la frustración y la muerte. No nos engañemos: esta respuesta no afirmaría la neutralidad, sino una mala elección.
    Cristo advierte que el que no cree en Él ya está condenado por su incredulidad. La indiferencia es perdición. No tenemos que hacer nada, ni tenemos que movernos; simplemente basta quedarnos como estamos, en el estado de condenación que merecemos por ser pecadores. Ante el Señor Jesucristo la indiferencia no es neutralidad. Es locura y perdición.
    “El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo no tiene la vida”, dice la Biblia. No hay medias tintas. O tiene a Jesucristo y así tiene la vida, o está sin Jesucristo y se halla alejado de Dios y lejos de la verdadera vida, la vida eterna, plena y abundante.
    Jesucristo dijo: “El que no es conmigo, contra mí es: y el que conmigo no recoge, desparrama” (Mateo 12.30).
    Su indiferencia es el peor pecado, la más monstruosa de las afrentas, porque le mantiene fuera de la puerta abierta de la salvación y la vida eterna. Para salvarse, hay que entrar (confiar en Cristo). Para perderse, no hay que hacer nada.
    No caben neutralismos: o la vida con Cristo (vida con sentido y plenitud; abundante y eterna), o la muerte sin Cristo. ¿Qué hará usted con el Señor Jesucristo?

viernes, 30 de junio de 2023

EN ESTO PENSAD - julio 2023

 Una Vez En Cristo, Para Siempre En Él
William MacDonald

Desde temprano en la historia de la Iglesia, esta cuestión crucial ha sido debatida: ¿Es el creyente salvado eternamente, o puede perder su salvación mediante el pecado? En un lado están los calvinistas,1 que enseñan la perseverancia de los santos,2 o mejor dicho, la perseverancia de Cristo. En el otro lado están los arminianos,3 que enseñan que la salvación es condicional o probacional. Esta disputa doctrinal seguirá tanto tiempo como la Iglesia esté en este mundo.
    Siendo perfectamente franco, hay Escrituras que parecen apoyar cada lado. Hay versículos, que si los tomamos aislados, confirman a un metodista o un pentecostal cuando por ejemplo cree lo que a veces se llama “la doctrina de caer de la gracia”. Y hay muchos otros pasajes que aseguran a los bautistas conservadores y muchos otros creyentes que su salvación está segura para siempre.
    Encontrarás a verdaderos creyentes en ambos lados. Juan Wesley era un arminiano fuerte, y más adelante Charles Spurgeon era de tendencia calvinista. Tomaron puntos de vista opuestos sobre la cuestión. Sin embargo, ¿quién dudaría de la realidad de su experiencia de conversión? Ambos eran verdaderos cristianos. Ningún lado puede jactarse de un monopolio en el nuevo nacimiento.
    Y ningún lado puede jactarse de un monopolio en la santidad. Las vidas piadosas de hombres y mujeres de ambas escuelas de pensamiento deben hacernos ser prudentes, para no rechazarlos sin causa ni hablar de ellos sin amor.
    Por lo tanto, al hablar del tema, es inútil intentar establecer nuestro punto mediante referencias a cristianos prominentes. El otro lado puede hacer esto también con igual eficacia. Aun el hecho de citar palabras de esos líderes carece de valor, a menos que sus palabras sean basadas en las Escrituras y ayuden a ilustrarlas.
    Otra forma inútil de argumentar es apelar a la experiencia humana. A menudo escuchamos este tipo de argumento, como si fuera definitivamente: “Pues, yo conozco a alguien que...” Pero esta forma de proceder descuida el hecho de que hay muchas clases de experiencia humana. Y todavía más importante, olvida que, para tener valor como prueba de algo, toda experiencia espiritual debe conformarse a la Palabra de Dios.
    Al formar nuestras convicciones sobre el asunto, debemos acercarnos a las Escrituras en humildad. Hay problemas en ambos lados de la cuestión de seguridad, condicional o incondicional. Debemos enfrentarlos honestamente.
    Debemos acercarnos a las Escrituras con una actitud de oración, pidiendo al Espíritu Santo que nos  guíe e ilumine con la verdad mientras leemos y estudiamos la Palabra.
    Y debemos mirar las Escrituras objetivamente. En lugar de meramente buscar argumentos que apoyen nuestra posición preconcebida, o tradicional, debemos estar constantemente abiertos a la enseñanza del Espíritu, en la Palabra de Dios. De acuerdo que esto es difícil. Una vez que hayamos tomado públicamente una posición sobre un tema controversial, es difícil cambiar, porque nos hace quedar mal.
    Al estudiar objetivamente, debemos seguir estas cuatro normas sencillas:
    1. Un versículo debe estudiarse en su contexto inmediato. Si el contexto tiene que ver con servicio, no debemos aplicarlo a salvación.
    2. Un versículo debe interpretarse a la luz de todo el resto de la Palabra de Dios. Ningún pasaje solo, cuando es correctamente entendido, va a contradecir docenas de otros versículos.
     3. Las definiciones deben incluir todo uso principal de la palabra.
    4. Toda doctrina debe basarse sobre todo lo que la Biblia enseña acerca de la cuestión.
 
   Está claro por el mismo título de este libro que el autor está persuadido de que el creyente está eternamente seguro. En el resto del libro, procura demostrar la base bíblica de esta posición. Pero también examinará y explicará aquellos pasajes bíblicos que son empleados más comúnmente para alegar que un cristiano puede perder la salvación.
    Algunos se preguntarán por qué citamos tan pocos textos del Antiguo Testamento para apoyar la seguridad eterna, y por qué tan poco espacio es dado a explicar textos del Antiguo Testamento que se usan para apoyar la salvación condicional. ¿Por qué es así?
    La razón es que éstos no son temas claramente desarrollados en el Antiguo Testamento, Por ejemplo, hay muy pocos pasajes que tratan el tema de vida en el cielo después de la muerte. No cabe duda que los judíos creyentes fueron salvados por la fe en el Señor. Y no tengo ninguna duda de que era una salvación eterna. Aunque el pueblo del Señor tenía una esperanza celestial (He. 11:16), su expectación principal era el reino del Mesías aquí en la tierra. El tema del más allá se quedaba en nubes de oscuridad. Esto da sentido especial al anuncio de Pablo: “...nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Ti. 1:10). Verdades que existían solo en forma semilla en el Antiguo Testamento están completamente desarrolladas en el Nuevo.
    Para que nadie piense que al no tratar los pasajes del Antiguo Testamento, quisiéramos evitar dificultades, debemos mencionar que algunas de las obras definitivas sobre la salvación condicional también limitan su atención al Nuevo Testamento.

1 Los calvinistas siguen las enseñanzas de Juan Calvino, un teólogo francés (1509-1564). Él vino a ser el líder principal de la reforma en Suiza y puso gran énfasis sobre la soberanía de Dios. Extrañamente, muchos calvinistas consideran que la seguridad de la salvación es una doctrina peligrosa. 

2 La perseverancia de los santos no significa que sean salvados mediante su perseverancia, sino que los verdaderamente salvos perseverarán hasta el fin. Curiosamente, muchos de ellos no creen que es posible saber si uno es salvo hasta que llegue al final. Pero Dios dice que el que tiene al Hijo tiene la vida (1 Jn. 5:12), así que, no es presunción que un creyente sepa que tiene vida eterna.

3 Los arminianos siguen las enseñanzas desarrolladas por el teólogo holandés Jacobus Arminius (1560-1609). Enfatizaba la libre voluntad del hombre como el factor principal en la salvación, y que podría luego perderse.

Capítulo 1 del libro: Una Vez en Cristo, Para Siempre en Él, disponible de Libros Berea

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“Y Jehová le cerró la puerta” (Gn. 7.16).
Los que iban en el arca estaban seguros, porque Dios, no ellos, cerró la puerta. De igual manera nuestra salvación depende de Dios.

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Hablaron Desde El Infierno  (parte 2)

Sr. Dives Rico:  Lucas 16.19-31

Nota del entrevistador.
Al tratar de sostener una entrevista con el señor Rico, me encontré en la zona más densamente ocupada del Hades. Aparentemente, el número de aquellos que han descuidado una salvación tan grande,   excede de lejos al de los que eran culpables de crímenes violentos de abierta hostilidad a Dios y de rechazo de Su gracia.
    Pero aun aquí, en circunstancias tan amontonadas, no había ninguna comunión en el sufrimiento o simpatía mutua. Cada alma perdida estaba sola en su condenación. Era una paradoja extraña: ¡solos en multitud!
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    Mientras me abría paso a través de las multitudes de almas atormentadas en mi búsqueda del señor Rico, una y otra vez oí palabras que repetían su eco en aquellas cámaras de horror: “¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde!”
    Finalmente localicé al señor Rico. Me impresionó su apariencia. Si no hubiera sabido nada de su existencia mortal, habría presumido que era un hombre delicado, exitoso, honesto y de disposición gentil.
    De lo que he observado en el Hades, el abuso y la corrupción del cuerpo en la vida terrena, necesariamente lleva una deformación del alma. Y mientras pasaba de una cámara de tormento a otra, en mi búsqueda del señor Rico, vi almas tan horriblemente grotescas y bestiales que tenía que darme vuelta, a la vista del horrible cuadro.
    Ahora, al fin, estoy delante del señor Rico. Y entonces, ¿cómo se saluda a uno encarcelado en el Hades? Esto era una nueva experiencia para mí.
    Por supuesto, era imposible estrechar la mano. Y hubiera sido algo ridículo decir: “Buen día, señor”. No hay auroras de esperanza en un nuevo día. No hay nada bueno o hermoso o alentador en el Hades. Es un lugar de noche sin fin, en medio de llamas de tormento. No hay valor en los lamentos ni hay períodos de gracia. Los cielos nunca son azules, y no hay pájaros para anunciar la llegada de la primavera con sus hermosas flores y suaves brisas. La única música es el clamor de desesperación y la única canción el continuo y discordante lamento del fútil remordimiento.
    Acercándome lo más cerca que era posible, dije:
—Señor Rico, he recibido permiso para venir aquí y pedirle que me conceda una entrevista. La decisión depende de usted, pero sentiría mucha gratitud si me permitiera hacerle varias preguntas. Usted puede terminar la conversación en cualquier momento y, por supuesto, negarse a contestar cualquier pregunta que le parezca demasiado personal o penosa. ¿Qué me dice, señor?
    Por un largo tiempo, me miró fijamente sin contestar. Comencé a sentir que era él quien quería hacer la entrevista, de modo que él fuera quién tuviera preguntas que quería hacer. Más tarde descubrí qué era lo que tenía en mente.
    Hubo un ligero asentimiento con su cabeza. Y entonces dijo:
—Si usted quiere, puede seguir con sus preguntas, y contestaré lo mejor que pueda dentro de mi capacidad, y dentro de los límites de la Sagrada Escritura. Pues bien, ¿por dónde empezamos?
—Quisiera empezar con el fondo de su vida mortal, pero cuando dijo que contestaría “dentro de los límites de la Sagrada Escritura”, eso me puso una definida restricción sobre lo que pueda preguntarle en cuanto a su historia terrena. Vea, cuando el Señor Jesús usó su trágico destino para ilustrar su experiencia, dijo más sobre su experiencia después de la muerte que sobre su existencia en vida terrena. De hecho, todo lo que sabemos sobre usted es que era rico, usaba ropas espléndidas, vivía alegremente, hacía fiestas sin inhibiciones y cuidaba bien de sus perros. ¿Le importaría decirme cómo acumuló su riqueza? Excuse mi rudeza, pero, ¿fue honestamente?
—No necesita disculparse —dijo—. Aun cuando yo era mortal, la mayoría de la gente pensaba que no se puede ser rico y honesto a la vez. Para contestar su primera pregunta, diré que no acumulé yo mi riqueza. La heredé. Mi padre era un hombre muy rico y yo era su hijo favorito. De modo que me llegó honestamente.
   “Inclusive cuando era niño, no supe nunca lo que era la necesidad o falta de algo. Mis padres me concedieron todos los deseos y peticiones. Para mí, la opulencia y el lujo eran la norma. La gente sin riqueza y abundancia era anormal. Eran inferiores y no merecían mi atención o amistad.
—Señor Rico, permítame otra pregunta sobre su riqueza. ¿Tienen algo que ver su riqueza y posesiones con su encarcelamiento en este lugar de tormento?
—No exactamente —respondió—. No fue por el dinero que yo poseí que vine aquí, sino por mi amor y mi mal uso de él. ¿Entiende lo que quiero decir?
    —Sí, creo que sí —contesté—. De hecho, la Sagrada Escritura declara que no es el dinero, sino el amor a él que es la fuente de una variedad de males.   De modo que usted está diciendo que no es el montón de las riquezas que poseía, sino su apego a ellas lo que le impidió cumplir la voluntad de Dios para su vida.
—Así es. Durante mis días mortales, conocí unos pocos hombres que poseían muchas más riquezas que yo, pero que nunca permitieron que su riqueza afectara su relación con el señor Dios. De paso, quizás usted haya oído hablar de uno de ellos. Su nombre era José y venía de la ciudad de Arimatea.  
“Si, señor, puede que la gente que es muy rica no ame al dinero más que la gente que es muy pobre. Si yo hubiese sido un mendigo, es probable que hubiese sido infectado por el mismo vicio. Parece que…”
—Perdóneme, señor Rico —le interrumpí—, pero estoy algo confundido. Nunca pensé que la gente pobre fuese culpable de “amor al dinero”. Y a la vez, ¿por qué esa debilidad es tan seria como para contribuir a su confinamiento en este horrible lugar?
Por un momento, no contesto. Luego dijo:
—Primero, déjeme decirle que usted se sorprendería del número de gente que está aquí en estas llamas del tormento, cuya caída comenzó con el amor al dinero. Y la mayoría de ellos, mientras era mortales, eran gente pobre. Es posible amar el dinero que uno no tiene, tanto como el que sí tiene. ¿Ha pensado alguna vez en eso?
—Para decir la verdad, no —respondí—. Pero usted aún no ha contestado mi pregunta. ¿Por qué esa debilidad de amar al dinero tiene consecuencias tan serias?
El señor Rico dudó antes de contestar.
—El amor al dinero no es, como usted dice, una debilidad; es un pecado. Me he dado cuenta que, cuando era mortal, era ciego y necio. Me hubiera horrorizado de encontrar un ídolo o imagen sobre cualquiera de mis propiedades. Sin embargo, todo el tiempo estaba poniendo mi riqueza por encima de Dios. ¡Había llegado a ser mi ídolo! Al amar al dinero, no estaba amando a Dios con el amor que Él merece y requiere. ¿He sido claro?

 

del c. 1 de Hablaron Desde El Infierno, por C. Leslie Miller. continuará, d.v., en el siguiente número.

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Jesucristo El Renuevo


“He aquí el varón cuyo nombre es el Renuevo, el cual brotará de sus raíces, y edificará el templo de Jehová. Él edificará el templo de Jehová, y él llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono, y habrá sacerdote a su lado; y consejo de paz habrá entre ambos”
(Zac. 6.12-13).

Este texto habla proféticamente del Señor Jesucristo, el Mesías que un día salvará a Israel y reinará sobre todo el mundo.

1. “He aquí el varón”
    Es hombre. También fueron las palabras de Pilato cuando sacó a Cristo ante la multitud. “¡He aquí el hombre!” Enfatizan la humanidad de Cristo, que es Dios manifestado en carne (1 Ti. 3.16).

2. “Cuyo nombre es el Renuevo”
“He aquí, yo traigo a mi siervo el Renuevo” (Zac. 3.8). Isaías profetizó de este siervo de Jehová: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones” (Is. 42.1). En Su primera venida no reinó, sino fue rechazado y condenado a muerte. Pero resucitó, vive a la diestra del Padre, y volverá al mundo – el Renuevo – para reinar sobre las naciones.

3. “El cual brotará de sus raíces”
Significa literalmente: “de sí mismo”. Crecerá por Su propio poder. Intentaron acabar con Él, pero como predicó Pedro en el día de Pentecostés: “al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella” (Hch. 2.24).

4. “Y edificará el templo de Jehová”
El profeta Amós mencionó ese templo: “En aquel día yo levantaré el tabernáculo caído de David, y cerraré sus portillos y levantaré sus ruinas, y lo edificaré como en el tiempo pasado” (Am. 9.11). Desde que el segundo templo fue destruido por los romanos, Israel no tiene templo. Ahora un edificio pagano – la mezquita de Omar – ocupa el monte santo. Los judíos tienen deseos y planes de edificar otro templo, pero aunque consigan hacerlo, será de corta duración. Cuando venga el Mesías, Él edificará el templo milenario (Ez. 40-44).

5. “Él llevará gloria”
La gloria de Dios que salió en Ezequiel 9-10, volverá en la Persona del Mesías Jesucristo. Vendrá “con poder y gran gloria” (Mt. 24.30). “…Vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Hag. 2.7).

6. “Y se sentará y dominará en su trono”
Esta frase anticipa el reino literal y visible de Cristo sobre todo el mundo, desde Jerusalén. El Salmo 110 declara: “Jehová enviará desde Sion la vara de tu poder; domina en medio de tus enemigos” (v. 2).  Con razón Dios declara en el Salmo 2, “Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte” (Sal. 2.6). El asunto ha sido decidido soberana y unilateralmente por Dios. No habrá referéndum en las naciones, ni hará falta el permiso de las Naciones Unidas, ni de ningún otro grupo. Él dominará. “Su señorío será de mar a mar, y desde el río hasta los fines de la tierra” (Zac. 9.10).

7. “Será sacerdote sobre su trono” (Biblia de las Américas).
Es una mejor traducción, en lugar de “Y habrá sacerdote a su lado” como dice la Reina Valera. No es que habrá un sacerdote con Él, sino que Él es el sacerdote. “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (Sal. 110.4). El Renuevo, el Señor Jesucristo, es Sacerdote, Profeta y Rey.

8. “Y consejo de paz habrá”.
Solo cuando Él reine habrá paz, pues es el “Príncipe de paz” (Is. 9.6). El premio Nobel es un invento vano, porque lo dan a hombres pecadores que nunca han podido traer paz al mundo. Pero en cuanto a Jesucristo: “Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (Is. 9.7).
    ¡Gran día y único en la historia del mundo será aquel cuando venga el Señor Jesucristo a reinar y administrar con justicia los asuntos del planeta! “En aquel tiempo el renuevo de Jehová será para hermosura y gloria, y el fruto de la tierra para grandeza y honra, a los sobrevivientes de Israel” (Is. 4.2) “He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra” (Jer. 23.5). “En aquellos días y en aquel tiempo haré brotar a David un Renuevo de justicia, y hará juicio y justicia en la tierra” (Jer. 33.15).
    Por eso seguimos esperando en Su reino y gobierno, separados del mundo y sin involucrarnos en la política y los movimientos sociales. Con razón nos enseñó a orar así: “Venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mt. 6.10). Solo cuando venga el Renuevo habrá justicia y paz.

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 A Dios Le Importan Nuestras Lágrimas

“Pon mis lágrimas en tu redoma; ¿No están ellas en tu libro?”  Salmo 56.8

¡Cuántas lágrimas han caído a lo largo de la historia humana! ¿Ha habido siquiera una cara que no se ha mojado de lágrimas? No podemos olvidar al patriarca anciano, Abraham, que había conocido tantas tristezas durante su vida. Se inclinó sobre el cuerpo muerto de su amada Sara, y lloró la despedida de una amiga de toda la vida, que había compartido con él tantas experiencias en la senda peregrina (Gn. 23.2). ¿Quién no se conmovería por las lágrimas de un padre? Cuando el rey David oyó de la muerte trágica de Absalón, su hijo rebelde, lloraba desconsoladamente (2 S. 18.33). ¡Qué lágrimas se soltaron cuando Herodes cruelmente causó la muerte de los niños en el tiempo del nacimiento de Cristo (Mt. 2.16-18). “Grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron” (v. 18). Esas escenas desgarradoras se han repetido millones de veces durante la triste historia de la raza humana. En verdad el mundo que atravesamos es un valle de lágrimas.
    Hermanos, al Señor le importan nuestros dolores y tristezas, y los comprende, pues “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades” (He. 4.15). Él no descarta la aflicción y el dolor que causan nuestras lágrimas. La primera pregunta que el Señor Jesús hizo a la triste María que se detenía ante el sepulcro fue: “Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn. 20.15). Cobremos ánimo, pues pronto toda tristeza pasará. “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas” (Ap. 21.4-5). Entonces exclamaremos: “Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría”, y le alabaremos para siempre (Sal. 30.11).

Roy Reynolds (Irlanda del Norte), de la revista “Assembly Testimony”
(enero/febrero 2023). Traducido y adaptado

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El Precio de la Redención


“Los que confían en sus bienes, y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan, ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (Porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás)” Salmo 49:6-8

    La redención no es por plata ni oro. Sería injusto si fuera así, porque entonces los ricos tendrían más posibilidad de salvarse que los pobres. Pero Dios no hace acepción de personas. Ninguna ofrenda puede comprar el perdón. Las riquezas y el rango social no pueden conseguir consideración especial ante Dios.
    La raza humana no tiene a ningún redentor en sus filas – nadie hay que pueda pagar el alto precio demandando por el Dios Santo y Justo. Pero el eterno Hijo de Dios se hizo hombre: "Dios manifestado en carne". En ese cuerpo se sacrificó – dio Su vida para pagar ese gran precio que mencionó arriba el salmista. Terrible precio de incontables agonías bajo el juicio de Dios durante aquellas de tinieblas cuando estaba en la cruz. Pagó el gran precio.Nuestra redención es solo por la preciosa sangre de Jesucristo (1 P. 1:18-19).

"Precioso es el raudal,
Que limpia todo mal,
No hay otro manantial;
Solo de Jesús la sangre".

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El Huerto
Craig Munro

 

Todo comenzó en un huerto

Dios hizo un huerto hermoso, y puso ahí a los primeros seres humanos. El huerto se llamó Edén, y leemos la historia en Génesis 2. Ahí estaba toda delicia, y además, abundaron paz, gozo y amor. En ese lugar Adán y Eva tenían comunión con Dios.

Todo se arruinó en un huerto

Pero el pecado entró en aquel huerto. Génesis 3 nos da la historia de cómo sucedió. Solamente había una prohibición, y Adán y Eva la violaron. Y Dios dijo: “morirás”. Dios expulsó del huerto a Adán y Eva. Muchos animales se tornaron carnívoros, y la raza humana comenzó a matar, hurtar y mentir. Todo el dolor que vemos en el mundo hoy, y en nuestros propios corazones, comenzó en ese huerto.

Todo fue resuelto en un huerto


El Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, entró en un huerto, Getsemaní, justo antes de ir a la cruz para morir (Jn. 18.1). Su oración fue profunda, marcada por tremenda presión, pero pese a eso, dijo: “hágase tu voluntad”. En el Calvario Dios iba a tratar en su totalidad la cuestión del pecado. Todo lo horrible de ese juicio fue anticipado en el huerto de Getsemaní. El Señor Jesús salió de ese huerto para morir por la raza humana, para que nuestros pecados nos fuesen perdonados. Después de Su muerte voluntaria, fue sepultado en un huerto (Jn. 19.41). De ese huerto Él resucitó al tercer día. El poder del pecado había sido destruido, la muerte había sido derrotada, y Él vive. Ahora toda la humanidad puede gozarse de la paz con Dios, la hermosura y el gozo de la salvación, mediante el arrepentimiento y la fe en nuestro Señor Jesucristo.     
       
Todo terminará en un huerto

    Dijo el Señor al ladrón moribundo que se arrepintió y confió en Él: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23.43). En su raíz, la palabra “paraíso” conlleva la idea de un huerto. El Cielo es comparado a un huerto. La Biblia describe el Cielo como una ciudad jardín: “me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto” (Ap. 22.1-2). Todo creyente anhela estar en ese huerto. Cuando María Magdalena vio a Cristo resucitado, supuso erróneamente que era el hortelano de aquel lugar (Jn 20.15).
    Pero en otro sentido tenía razón, porque el Señor Jesús es el Hortelano de las almas de los seres humanos. ¿Conoces al Hortelano? ¿Estarás en Su huerto celestial? Permítele restaurar en tu vida la hermosura, paz y gozo de Edén, y no pierdas todo el bien que Dios tiene preparado, porque entonces acabarás en el lugar de juicio eterno, que no es un huerto sino el lago de fuego.

De la revista Present Truth, Fife, Escocia, agosto 2022, www.truthdefended.com