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domingo, 30 de abril de 2023

EN ESTO PENSAD - mayo 2023

 José Exaltado En Egipto

Lucas Batalla


viene del número anterior


 Texto: Génesis 40-41 

Al comenzar esta parte de la vida de José, conviene recordar las palabras de 1 Pedro 5.6-7. “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. Ciertamente José hizo esto durante largos años, cuando aparentemente no había esperanza, pero fue exaltado cuando llegó el tiempo del plan de Dios. Siempre es mejor el plan de Dios que el nuestro.
    Entramos en el capítulo 40 con José sirviendo en la cárcel. El verso 1 dice: “después de estas cosas”, es decir, andando el tiempo, y José estaba ocupado en su rutina diaria entre los presos. Dos oficiales de Faraón, rey de Egipto, delinquieron contra el rey (vv. 1-2). El jefe de los coperos y el jefe de los panaderos fueron implicados, por lo que es posible deducir que había algún complot contra la vida del rey, quizás con intención de envenenarlo, pero eso decimos como conjetura porque la Escritura no explica más. El caso es que fueron encarcelados, justo donde estaba preso José (v. 3). Aunque José estaba preso, servía como criado al capitán de la guardia, y éste los encargó a José para que les atendiera (v. 4). Pasaron varios días, y una noche esos dos hombres soñaron – cada uno su propio sueño (v. 5). Cuando José les vio la mañana siguiente, observó que los dos estaban tristes y preguntó por qué (vv. 6-7).
    Respondieron que era por los sueños, porque nadie sabía interpretarlos (v. 8). Observamos como José quiso ayudarles, pero tuvo cuidado de exaltar a Dios, no a sí mismo. “¿No son de Dios las interpretaciones? Contadmelo ahora”. No hacía alarde de sus habilidades, sino como hombre que andaba en comunión con Dios, sabía que contaba con Su ayuda. A diferencia de muchos hoy que pretenden traficar en revelaciones, interpretaciones, etc., José no les cobró. Sinceramente quería ayudarles.
      En los versos 9-15 el jefe de los coperos contó su sueño, y José le dio la interpretación. Dentro de tres días sería sacado, restaurado a su oficio, y serviría a Faraón como hacía antes. Sabiendo que volvería a estar delante de Faraón, José le pidió un favor. “Acuérdate, pues, de mí cuando tengas ese bien, y te ruego que uses conmigo de misericordia, y hagas mención de mí a Faraón, y me saques de esta casa. Porque fui hurtado de la tierra de los hebreos; y tampoco he hecho aquí por qué me pusiesen en la cárcel.” (Gn. 40.14-15). Mas el verso 23 relata que “el jefe de los coperos no se acordó de José, sino que le olvidó”. No seamos como ese hombre olvidadizo. Cumplamos nuestras promesas, y no dejemos abandonados a los que dependen de nosotros cuando está en nuestro poder hacerles bien. Hebreos 13.3 exhorta: “Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos; y de los maltratados, como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo”.
    Entonces, el panadero cobró ánimo cuando oyó la buena interpretación del sueño de su compañero, y contó su sueño a José (vv. 16-19), pero no fue agradable la interpretación. José no intentó suavizar las palabras, sino le dijo francamente lo que estaba a punto de suceder. También nosotros deberíamos hablar acerca del pecado y el castigo de Dios cuando testificamos a los pecadores. No seamos como los familiares de uno enfermo con cáncer. Todos menos él saben que va a morir, sin embargo, no le dicen la verdad, sino que tiene un virus u otra cosa así. Efesios 4.25 exhorta así: “desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo”.
    Los versos 20-23 informan que las cosas sucedieron así como José había dicho. Después de tres días, Faraón restauró al copero, y ahorcó al panadero. El mensajero de Dios había sido fiel. No recibió recompensa alguna en el momento, pero eso también entraba en el plan de Dios, pues todavía debía pasar más tiempo esperando. El copero no se acordó de José, pero Dios sí. La impaciencia puede causarnos muchos problemas en la vida. Por ella podemos interpretar mal o saltar la voluntad de Dios, porque sentimos que nos urge hacer algo, cuando realmente deberíamos esperar. José esperó dos años más, pero no era tiempo perdido.

continuará, d.v. en el número siguiente 

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ESCOGE LO MEJOR


Salmo 37:16 "Mejor es lo poco del justo que las riquezas de muchos pecadores".
    La sabuduría humana no suele considerar que es mejor tener poco que tener mucho. Por lo general, estima más al rico que al pobre. Pero Dios valora la justicia de vida más que la cuenta bancaria y las posesiones.
    Hoy algunos predican que si tienes fe serás rico. He aquí el caso contrario: el justo tiene poco, y las riquezas son de los impíos (Sal. 17.14). El justo busca primeramente el reino de Dios y Su justicia. Tiene lo que necesita, pero no guarda sus bienes para el futuro, como hizo el rico insensato de Lucas 12.15-21. Su prioridad es vivir en justicia, rectitud y piedad, y estas cosas tienen su recompensa en esta vida y en la venidera (1 Ti. 4.8).

Salmo 63:3 "Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán".
    La vida es preciosa, pero andar con Dios y experimentar comunión con Él es mejor que todo lo que esta vida pueda ofrecer. La misericordia de Dios es una gran bendición, y dichosa la persona que la conoce. La contemplación de ella nos mantendrá humildes. Sin Su misericordia ni siquiera seguiríamos vivos. Dios es rico en misericordia (Ef. 2.4). El Salmo 136 celebra la grandeza de Su misericordia, y nos llama a alabarle por ella.

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No Os Hagáis Tesoros En La Tierra

Anthony Norris Groves

La comendación de Cristo a la viuda pobre enseña que desea que tomemos literalmente Su mandamiento.
    Pasamos de observar la conducta de aquel joven rico a considerar ahora el comentario notable del Señor sobre la caridad de la viuda pobre. En Marcos 12:41-44 leemos:
“Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento”.
     En la estimación del mundo, nada podría ser más imprudente o incorrecto que la conducta de ella; y me temo que pocos de nosotros tendrían el valor de elogiar o recomendar a uno que siguiera su ejemplo. Pero, ¿cómo juzga el asunto nuestro Señor, el que no juzga según las apariencias sino con justo juicio? Él observa que ella actúa muy de acuerdo con Su precepto de no guardar para sí. No señala a Sus discípulos el peligro de actuar como ella, ni que Sus palabras no sean tomados literalmente... Al contrario, señala cuidadosamente la peculiaridad y grandeza sin igual de su sacrificio. Les invita a admirar lo que ella hizo. Los ricos echaron de su abundancia, mucho. Pero después de sus ofrendas todavía eran ricos. En contraste, ella de su penuria echó poco, pero era todo lo que tenía, todo su sustento. Los ricos no suelen hacer esto.


págs. 31-32 del libro Devoción Cristiana, por A. N. Groves, Libros Berea

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La Iglesia:
Posesión de Cristo, No de los Hombres

parte 2

     W. E. Vine    

viene del nº de enero
Un Organismo Espiritual

    Pablo habla de la verdad de la iglesia como un misterio. Expone que ella fue formada por la incorporación de creyentes, judíos y gentiles, en un cuerpo del cual Cristo es la Cabeza. Un misterio es una verdad que ha estado “escondido desde los siglos en Dios” (véase Ef. 3.1-9), pero revelado a los santos en el tiempo divinamente indicado. Es algo que hasta ese momento “se ha mantenido oculto desde tiempos eternos” (Ro. 16.25).   
    La gran verdad de ese organismo espiritual con sus partes constituyentes fue especialmente entregada a Pablo (Ef. 3.9). Sin embargo, la primera declaración acerca de la iglesia vino en la ocasión cuando Pedro confesó al Señor como “el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt. 16.16). El Señor declaró que solo el Padre le había revelado esta verdad, que sobre el fundamento de esa revelación Cristo mismo edificaría Su iglesia,1 y que las puertas del Hades no prevalecerían contra ella. La revelación comunica las grandes verdades fundamentales de la Persona de Cristo, Su relación eterna con el Padre y Su resurrección. Él “fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (Ro. 1:4). Siendo eternamente el Hijo de Dios, Su resurrección declaró enfáticamente esta verdad. Su lugar como Constructor de Su iglesia está conectado esencialmente con Su muerte y resurrección. Mediante éstas, Él venció todo lo que el Hades representa, pues las puertas representan el lugar del ejercicio de autoridad. Destruyó – dejó arruinado o impotente – “al que tenía el imperio de la muerte” (He. 2:14). La Iglesia está establecida sobre Cristo resucitado, victorioso, que da vida, el inmutable. “Nadie puede poner otro fundamento” (1 Co. 3.11).

Un Edificio Espiritual

    Entre las verdades relacionadas con la iglesia, expuestas por Cristo y Sus apóstoles, llaman la atención su establecimiento espiritual y su carácter y destino celestiales. El apóstol Pedro continúa la metáfora que el Señor usó, y describe a Cristo como “piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa” (1 P. 2.4). A continuación, se dirige a los creyentes: “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales...” (1 P. 2.5). “Todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor” (un santuario, un lugar santísimo espiritual), con los creyentes “juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Ef. 2.21-22).
    Los apóstoles no establecieron ningún sistema terrenal u organización de iglesias centralizadas en una sede eclesiástica. Esa política está notoriamente ausente en su doctrina y métodos. Lo que sucedió en Jerusalén en Hechos 15 no es un ejemplo de semejante sede. Hay quienes llaman aquella compañía un concilio apostólico. Fuera cual fuera su naturaleza, ningún apóstol lo presidió. Pedro y los otros apóstoles tomaron parte, Jacobo resumió todo en un discurso final, y escribieron una carta en nombre de los apóstoles y ancianos. Toda la iglesia escogió a varones para llevarla (v. 22). Pero esa reunión fue circunstancial, y no hubo intención de establecer un precedente. En los tiempos de los apóstoles no se menciona en ninguna parte otra reunión como ella. La decisión tampoco efectuó la resolución del problema. Posterior a esto Pedro mismo fue hallado conduciéndose de manera contraria al decreto (Gá. 2.11-14).
    Desde Antioquía salió una gran obra misionera, pero en lugar de conducirla bajo el patrocinio de Jerusalén, se llevó a cabo en total independencia de los apóstoles y aun de sus delegados (Hch. 13.1-3).

Sistemas No Autorizados

    Por lo tanto, los acontecimientos en Jerusalén no apoyan el establecimiento de una sede centralizada para una organización de iglesias. Buscaremos en vano en Hechos y las epístolas siquiera una intimación del establecimiento de semejante institución.
    Excepto en asuntos como ofrendas para los santos pobres en otras regiones, el único lazo que conectaba las iglesias era espiritual. Solo había lazos de la común vida en Cristo y la presencia del Espíritu Santo en los creyentes. No existía ninguna unidad externa ni organización como una federación, asociación o afiliación, ni de las iglesias en un área ni de todas las iglesias. El testimonio apostólico está en contra de la organización de iglesias en un sistema eclesial. En las Escrituras no existe ninguna expresión como: “La Iglesia en la Tierra”, ni contienen nada para justificar una idea como esa. La única Cabeza de la Iglesia es Cristo, y por Sus manos hay provisión para todas las necesidades espirituales de cada iglesia local. La Iglesia que consiste de todos los que están en Él que es la Cabeza, es una entidad visible solamente a Dios. En contraste, los sistemas eclesiásticos son visibles a los ojos del mundo, pero incluyen una mezcla de lo verdadero y lo falso. Son el producto de desviarse del diseño del Arquitecto y Constructor Divino, y son el resultado de la interferencia humana con la operación del Espíritu de Dios.
    Algunos enseñan que ciertos decretos de concilios eclesiales y potentados en los siglos después de los apóstoles eran simplemente el desarrollo de las enseñanzas apostólicas. Alegan que tales adiciones eran necesarias para afrontar las circunstancias de esos tiempos posteriores. La idea de que esos aumentos eran para desarrollar la iglesia es contraria a la verdad. Los que alegan que fueron necesarias contradicen el testimonio de Cristo y Sus apóstoles.
    En las páginas que siguen demostraremos algo del alejamiento de las instrucciones y los mandamientos que el Señor y Sus apóstoles dieron para las iglesias. Es manifiesta la diferencia radical entre lo que fue establecido en la cristiandad apóstata y las doctrinas de “la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Jud. 3). El auge de los sistemas eclesiásticos produjo una condición en las iglesias que estaba lejos de desarrollar la fe. Al contrario, esas condiciones eran (y son) totalmente opuestas a la fe. Semejante dejadez era el cumplimiento de lo que Cristo y Sus apóstoles había predicho, que se levantaría falsos maestros, hablando cosas perversas.
    En los postreros tiempos que nos tocan vivir, el Espíritu de Dios ha estado operando en los corazones de miles de Su pueblo, para que se vuelvan a las enseñanzas apostólicas.
 1 Si concedemos que las palabras “tú eres Pedro” representan correctamente el original, el Señor confirmaba un nombre que ya le había dado (Jn. 1.42). Asociaba su carácter con la verdad de su confesión. Sin embargo, hay considerable autoridad en los manuscritos para traducirlo así: “tú has dicho”. La diferencia es simplemente de espacios – a saber – su eips es “tú eres Pedro”, y su eips representa su eipas, “tú has dicho”. Agustín en su versión latina puso “tu dixisti” (tú has dicho), y debía ver apoyo para eso en los manuscritos. Jerónimo en un lugar cita el pasaje como su eipas. Además, cuando en este mismo Evangelio Caifás interrogó al Señor acerca de si era “el Cristo, el Hijo de Dios” (prácticamente el mismo título que en la confesión de Pedro), Él respondió inmediatamente: “Tú lo has dicho” (Mt. 26.64). 

del libro La Iglesia y las iglesias, por W. E. Vine,  publicado por Libros Berea

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Menos Hablar y Más Trabajar

“En toda labor hay fruto; mas las vanas palabras de los labios empobrecen”  Proverbios 14.23

Es fácil hablar de lo que queremos hacer en el futuro, o de lo que hicimos en el pasado, o de lo que hacen o no los demás. Pero eso no produce nada beneficioso para nosotros, ni para otros creyentes, ni para los inconversos. “Los obreros pocos” dijo el Señor. Hace falta labor y esfuerzo diligente, y hay muchas oportunidades para ello. Pablo habla de trabajar en el evangelio (Fil. 4.3), de colaborar en la edificación de la asamblea (1 Co. 3.8-9), de trabajar en predicar y enseñar (1 Ti. 5.17), de trabajar con las manos (Ef. 4.28), y de trabajar entre los santos, presidiendo y amonestando (1 Ts. 5.12). El ejemplo suyo era de trabajar “de noche y de día para no ser gravosos” (1 Ts. 2.9; Hch. 20.34). No conocía la pereza. Declaró: “su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Co. 15.10). En verdad hay trabajo para todos, y en todo ello hay fruto. Recordemos la exhortación de Pablo en 1 Corintios 15.58, que es para todo creyente: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”.

Traducido y adaptado de la revista “Assembly Testimony”, julio/agosto 2022

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Tus Días Están Contados

William MacDonald

Antes de llevar mucho tiempo viviendo, nos encontramos cara a cara con la realidad de que la vida es muy corta (Job 14.1-2). Es como la hierba —sembrada, crecida, cortada, llevada por el viento. Es como el viento y la niebla —desvaneciéndose y breve. Es como la lanzadera de un tejedor —abalanzándose por el telar como si le hubiesen dado un tiro con una pistola. Es como un palmo —el corto recorrido por la palma de la mano. Will Houghton tenía razón cuando dijo que la cuna y el ataúd son sacados del mismo árbol.
    Ahora vemos a una niña recién nacida con su sonrisa linda y graciosa, y la piel tan suave y delicada. Observando serenamente a sus admiradores, es un encanto con faldón rosa. Ponle unos años, y mírala con sus puntillas, volantes y lazos. Ya está dando de comer a su muñeca, o saltando a la comba en la calle. Antes de que te des cuenta, es una adolescente vivaracha, tremendamente consciente de la ropa y los accesorios, aventurándose en su primera cita. Luego llega a la etapa del matrimonio, y es una madre criando hijos, establecida y serena. Finalmente se jubila, siendo ya madura, plácida, llena de la sabiduría que ha adquirido por su experiencia.
    O pongamos un bebé, un bultito que se retuerce envuelto en azul. Poco después es un niño pequeño, equipado con un curso incorporado de psicología. Sabe cómo llegar hasta el límite de la paciencia de sus padres, y entonces retroceder con cautela. Con los bolsillos llenos de lombrices, ranas, tornillos y piedras, se tambalea en su primera bicicleta. Durante el día parece un demonio, pero una vez dormido en la cama, es un ángel sin lugar a dudas. En su adolescencia se desespera por conseguir la aprobación de sus superiores y es más consciente de su ropa y apariencia. Es a la vez atrevido y tímido, confiado e incierto, romántico y determinado soltero. Ya siendo hombre, es un trabajador compulsivo, llevando el peso de la familia y las responsabilidades del negocio. Intenta apretar 30 horas en las 24 que tiene el día, y estirar el dinero para suplir un presupuesto inflacionario. Cuando al fin consigue tenerlo todo arreglado, ya es abuelo. Y ahora ya es un viejo cuyo cuerpo no puede ir al paso que todavía va su espíritu. Mirando a los jóvenes, dice: “¡yo también fui así!”
    No es de extrañar que un crítico de 84 años se describiese a sí mismo como estando en la esquina de una calle, con el sombrero en la mano, mendigando a los transeúntes para que dejasen caer dentro del sombrero sus minutos ociosos.
    Si la brevedad de la vida nos enseña algo, esto es que si tenemos planes de hacer algo, más vale que nos demos prisa. ¡El tiempo no espera!

Ahora — Un Ensayo Para la Eternidad 

 
    Cada uno debe pensar ahora en la eternidad, porque dentro de no mucho, el tiempo acabará y entrará en ella.
    El pensamiento de la eternidad es uno de los más grandes que pueden ocupar la mente humana. No hay mente humana con la suficiente capacidad de comprenderlo plenamente.
    ¿Qué es eternidad? Es la vida de Dios. Es un océano sin orillas. Es la duración sin fin de la vida más allá. Es por siempre jamás. Si cada granito de arena de todas las playas del mundo representase un año, la suma de esos años no igualaría la eternidad. Su duración es incalculable y sin límite.
    Todos debemos afrontar el hecho de que vamos a vivir eternamente en alguna parte. Es un pensamiento asombroso. Nuestra mente, haciendo vanos esfuerzos, intenta estirarse para asimilarlo. Tenemos un alma inmortal.
    Esto, por supuesto, significa que la historia no se acaba en esta vida presente. Ésta no es más que un capítulo de un drama que continuará. Vivir como si esta vida fuese todo, es trocar lo finito por lo infinito. Es olvidar que tenemos tareas en el destino.
    “¿Creemos que el tiempo venidero es un tiempo mayor que este, y que el “más allá” es mucho más grande que el presente? ¿Que hay siglos y siglos por delante nuestro, y que, sean cuan largos sean, toda nuestra vida aquí en la tierra es tan solo un fragmento de lo que todavía ha de ser? ¿Creemos también que nuestro servicio en los siglos que vendrán es muchísimo más importante que lo que podamos hacer en este siglo?” (T. Austin-Sparks).

págs. 13-15 del libro Solo Una Vida, Libros Berea

Amigo lector, ¿Qué harás con esta breve vida que Dios te ha concedido? 

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Siete Copas De Ira Derramadas


La mayoría de la gente no sabe las terribles cosas que se avecinan. Piensan que el mundo va a seguir más o menos como está ahora, pero no es así. Horribles terrores, plagas y catástrofes están a la vuelta de la esquina. Dios tiene juicios preparados que sacudirán al planeta entero, y Cristo los soltará.Los últimos, conocidos como “las plagas postreras”, acabarán con toda resistencia humana y diabólica.
    En Apocalipsis 15 Juan vio siete ángeles con copas de oro, llenas de la ira de Dios (v. 7). Se derramarán sobre lo que quede del planeta rebelde. Dios no permitirá que nadie interceda, porque llegó la hora de Su ira (v. 8), y no hay marcha atrás. La voz de Dios manda derramar las copas de plagas (16.1). No importa en qué parte vivas, amigo, sentirás la plena medida de la ira de Dios que has ofendido y resistido.
    La primera copa producirá úlceras malignas y pestilentes (v. 2). Dios manda: “No te harás imagen… No te inclinarás a ellas, ni las honrarás” (Éxodo 20.4-5). Pero le desobedecen e insultan, y acostumbrados a hacer y rendir culto a imágenes, lo harán con la imagen del anticristo, y Dios los juzgará. Los labios idólatras se llenarán de úlceras.
    La segunda copa se derramará sobre los mares, se convertirán totalmente en sangre, y morirá todo ser vivo en ellos (v. 3). Los ecologistas serán impotentes para proteger al mundo de los juicios de Dios, pues no ellos sino Él es el Creador. No habrá pescado para comer, y el olor será terrible.
    La tercera copa (v. 4) cambiará en sangre los ríos y las fuentes – no más agua dulce. ¡Nada para beber! En los versos 5-7 los del cielo alabarán a Dios por Sus juicios – se acabó el tiempo de misericordia.


    Se derramará la cuarta copa (versos 8-9) y el sol quemará a los seres humanos. ¡Eso será el verdadero calentamiento global! Pero nadie se arrepiente –solo blasfeman. ¡Qué duros!
    Al derramarse la quinta copa (versos 10-11) densas tinieblas cubrirán el reino del anticristo, causando tanto dolor que la gente se morderá la lengua, pero no se arrepentirá.
    La sexta copa (v. 12) hará secarse el río Éufrates, y grandes ejércitos de hombres pasarán rumbo a Israel para pelear contra Dios y resistir la venida de Cristo. Se unirán en el valle de Armagedón, y allí – en el capítulo 16, serán aplastados con gran derrota. ¡Tan necios serán que intentarán parar a Dios – el Todopoderoso!
    Finalmente, la séptima copa será derramada. Escucharán del cielo: “Hecho está” y se acabará todo gobierno humano y rebelión contra Dios. Habrá relámpagos, voces, truenos y el terremoto más grande de la historia (v. 18). Desaparecerán islas y montes. Caerá un enorme granizo de peso de 34 kilos – destrucción inimaginable y aterradora.
    Jesucristo vendrá con gran poder e ira, y todos los moradores de la tierra le verán. Amigo, sé sensato, pues no podrás más que Dios, el Juez de todos. Arrepiéntete hoy y confía en Jesucristo como tu Señor y Salvador, antes de ver Su ira y juicio.

viernes, 30 de septiembre de 2022

EN ESTO PENSAD -- octubre 2022

 ¿Importa Cómo Se Visten Los Cristianos?


Algunos contestarían citando 1 Samuel 16.7, y declaran que Dios no mira lo externo sino lo interno. Es cierto que Dios mira el corazón, y escudriña los pensamientos y los secretos de los hombres (1 Cr. 28.9; Ro.  8.27; Ap. 2.23). Pero Dios mira todo, y le importa nuestra manera de vestir. En múltiples textos las Escrituras confirman esto. En la edad de la gracia, el Nuevo Testamento enseña que no somos nuestros (1 Co. 6.19-20), sino nuestro cuerpo y espíritu son de Dios, comprados al altísimo precio de la sangre de Cristo.
    Considera los comentarios del estimado Norman Crawford, acerca de cómo vestirse para las reuniones. (Congregados A Su Nombre, págs. 228-231).
 

¿Por qué nos vestimos elegantes o bien arreglados para la reunión?

    En las asambleas, los creyentes suelen vestirse de una manera especial para las reuniones. Las mujeres llevan vestido o falda y blusa, velo y en algunos países sombrero, y los varones llevan camisa de vestir, y en algunos países también corbata y traje o chaqueta americana. ¿Es eso una mera tradición de hombres?
    ¿Cómo debe una persona vestirse para una reunión? Si el Señor mira el corazón y las apariencias externas no pueden engañarle, ¿realmente importa cómo uno se viste? ¿No dijo el Señor: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (Mt. 7:15)? A menudo escuchamos esta línea de preguntas y razonamientos, y debemos afrontar el tema y contestar solo de las Escrituras.
    Cuando nos congregamos como asamblea, venimos para reunirnos con el Señor mismo, y nuestro atavío debe mostrar nuestra reverencia. Si fuéramos llamados a la presencia de un dignatario o persona importante del mundo, no vestiríamos la ropa que usamos para limpiar o pintar la casa, o para trabajar en un taller o en el campo. Considero válida esta forma de razonar, pero advierto que debemos preocuparnos más con nuestra condición interna que con la apariencia. Sin embargo, creo que hay claras Escrituras que tratan el tema de nuestra apariencia. A las mujeres se les manda que su atavío sea con modestia y discreción o pudor (1 Ti. 2:9). Las mujeres ancianas deben enseñar estas cosas a las más jóvenes (Tit. 2:3-5). También las mujeres ancianas deben presentar ejemplo a todos en su conducta personal y doméstica.
    Una instrucción clara respecto a la apariencia de los hombres (y las mujeres) está en Romanos 12:2, “No os conforméis a este siglo”. Ahora hemos visto tiempos cuando se llevan ropas sucias y andrajosas, rajadas y gastadas, como si fuesen medallas de valentía. Lo hacen porque es la moda, no porque sean pobres y no tengan nada mejor, pues hablamos de los que podrían vestirse mejor, pero no quieren. Tales personas suelen decir que Dios solo mira el corazón y Él conoce cómo realmente son. Pero la falacia de esta manera de razonar es que la apariencia externa es parte del testimonio a los demás, y ellos no pueden ver nuestros corazones sino solo el exterior.
    En el otro lado de la ecuación está la verdad de que ni hombres ni mujeres deben atraer atención por su forma de vestir o conducirse. Somos un testimonio al Señor ausente y siempre debemos poner la atención sobre Él. Debemos vestirnos de modo que podamos olvidarnos de nuestra apariencia porque no llama la atención. Así evitaremos los extremos de vestirnos de maneras indecorosas, raras, ostentosas o llamativas.
    Hay muchos creyentes en diferentes lugares del mundo que debido a la pobreza o incluso al clima tropical del lugar, no pueden vestirse como los con más recursos o los que viven en otros climas. Cuando es cuestión de pobreza, los demás tienen oportunidad de enseñar su generosidad. Pero sean cuales fueran nuestros recursos, nuestra manera de vestir no debe ostentar posición social o riquezas.
    Las Escrituras claramente prohíben llevar ornamentos de perlas, oro 1 y cosas costosas, ya sea en el cuello, la muñeca o las orejas, como tan comúnmente se hace en el mundo (1 Ti. 2:9; 1 P. 3:3). Las Escrituras claramente enseñan que la cabeza del hombre debe estar descubierta, su pelo corto, y la cabeza de la mujer cubierta y su pelo largo. Esos textos deben resolver el asunto para todo creyente sensato y espiritualmente ejercitado (1 Co. 11:2-16).
    Nada hemos mencionado de colores, cortes o estilos particulares. La Biblia establece los principios de modestia y pudor, y todo creyente puede comprenderlos. No debemos asistir a las reuniones llevando ropa que el mundo usa de moda deportiva. Nuestra apariencia no debe distraer de la Persona que se ha dignado a estar en medio de nosotros.
    La ropa no debe borrar las distinciones entre varones y mujeres. En el principio Dios creó “varón y hembra” (Gn. 1:27). La moda unisex 2 debe su origen al pecado y la rebelión humana. Es un privilegio dar testimonio silencioso mediante nuestra manera de vestir en un mundo impío.

  1 No es cuestión de la composición de los adornos, sino de no llevarlos. Fijarse solamente en si es realmente “perlas” y “oro” es perder el sentido del pasaje, y ceñirse a la letra en lugar del espíritu del texto. 1 Timoteo 2:9-10 enseña cómo adornarse: pudor, modestia y buenas obras. 1 Pedro 3:4 dice: “en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible”. 

 2 Dos manifestaciones de la moda unisex son que las mujeres lleven pantalones, como los varones, y corten el pelo parecido a los cortes masculinos.

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¡ESCOGE LO MEJOR!

Pr. 17:1 “Mejor es un bocado seco, y en paz, que casa de contiendas llena de provisión”.
    En una casa es más importante la paz que la clase de comida. Pero más personas se afanan por las provisiones que por tener paz en su propia casa. Allí se enfadan, gritan, se insultan, se pelean, etc. Aunque tengan buenos muebles, ropa y zapatos, y coman bien, están mal en cuerpo (úlceras, indigestión, insomnia, etc.) y espíritu (tristeza, temores, enfados, etc.). Los apóstoles deseaban "gracia y paz" para los creyentes (Ro. 1.7; 1 P. 1.2; Ap. 1.4). Aunque sea con un bocado seco, es mejor. La comida, la ropa y los muebles se adquieren en tiendas, son para el cuerpo, y son temporales, pero la gracia y la paz vienen de Dios, son para el espíritu, alma y cuerpo, y son para siempre. Dichosos los que tienen esa paz y aprovisionan su casa con ella. "Sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor" (2 Ti. 2.22).

Pr. 17:12  “Mejor es encontrarse con una osa a la cual han robado sus cachorros, que con un fatuo en su necedad”.
    La insensatez es nociva y dañina. El necio hace más daño que una osa sin sus cachorros. El enojo del animal salvaje es temible, pero por lo menos tiene una explicación, pues es un instinto materno que busca protejer a los suyos. En cambio, el necio (fatuo) en su necedad es ilógico, impredecible y peligroso. Es como un cañon suelto, capaz de hacer daño a cualquiera en cualquier momento sin aviso previo.

    Si estudiamos el libro de Proverbios y apuntamos todas las referencias a los necios, insensatos y fatuos, y su comportamiento, aprenderemos lecciones de gran valor para la vida. No seamos necios, ni confiemos en ellos, aunque sean parientes o amigos. "Vete de delante del hombre necio" (Pr. 14.7).

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 Preparados para la Cena del Señor


   ¿Cómo te preparas normalmente —o no te preparas? Durante años ha sido mi costumbre llevar las cuentas al día con Dios y, si me es posible, la noche del sábado pasarla tranquilamente, y no en las actividades ni la bulla del mundo. Encuentro muy provechoso pasar esas horas con calma en la lectura y meditación de las Escrituras. Ha dado buen resultado en mi adoración y servicio en la reunión de Su pueblo el primer día de la semana.
    Desafortunadamente, ese método solemne y bíblico de preparación para la Cena del Señor, es más la excepción que la norma. Todos sabemos lo que hace gran parte del pueblo del Señor el sábado por la tarde – se ocupa mirando el televisor: los deportes, las noticias o películas. O se queda pegado al teléfono y las redes sociales: Facebook, WhatsApp, Twitter, Snapchat, TikTok, etc. Se acuesta con esas cosas en la cabeza en lugar de la Palabra de Dios. Amados, esas actividades son agradables a la carne, pero no preparan el corazón para encontrarse con el Rey y Salvador al día siguiente. Romanos 13:14 nos exhorta: “Vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”.


Del libro Preparados Para La Cena Del Señor, vv.aa.  Libros Berea

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Abraham el Peregrino:
La Importancia de la Guía Divina

Lucas Batalla

 


Texto: Génesis 12.1-10

Abraham fue el primer hombre después de Noé a quien Dios se manifestó. Vivía en Ur de los caldeos, y no conocía a Dios. Pero Dios intervino en su vida y se dio a conocer. En Hechos 7.2 Esteban dijo: “El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando en Mesopotamia, antes que morase en Harán”.  No apareció a nadie más en la familia sino solo a Abraham. Génesis 11.31-32 informa que Abraham estuvo con sus parientes en Harán, y Génesis 12.1 añade: “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré”. Al principio no hizo lo que Dios dijo, pues como con muchos de nosotros, parece que la familia hace competencia con la Palabra de Dios. Abraham fue llamado a salir y sacrificar tres cosas, para conocer la tierra que Dios le quería mostrar. No le dio explicaciones. Le mandó salir de su tierra, su parentela y la casa de su padre. Hebreos 11.8 informa que “Por la fe... salió sin saber a dónde iba”.
    En Génesis 12.2-3 leemos las promesas que Dios hizo unilateralmente a Abraham: nación, engrandecimiento, bendición, y la maldición de sus enemigos. Esas importantísimas promesas todavía son operativas, pues Dios no ha desechado a Su pueblo, y muchos antisemitas han sido castigados por Dios.
    El verso 4 nos presenta el siguiente problema: Lot. Dios especificó que dejara su parentela, pero su sobrino “Lot fue con él”. Abraham tenía 75 años cuando salió, y Lot no era un niño que necesitaba cuidado. A veces por sentimentalismo o una idea errónea de compasión hacemos algo que Dios no quiere. A la larga esa decisión iba a traer más problemas. Lo que Abraham dijo luego a Lot (Gn. 13.9), tenía que haberselo dicho cuando salió de Harán.
    El verso 5 comenta que Abraham emprendió su viaje con Sarai, Lot, los bienes y las personas adquiridas en Harán (criados).  Entraría desde el noreste, y la primera parada en la tierra de Canaán fue en Siquem, ante un gran árbol conocido como el encino de Moré (v. 6). Ahí Dios se le apareció por segunda vez, y le prometió: “A tu descendencia daré esta tierra” (v. 7). Fue otra promesa incondicional. Entonces, en este lugar Abram edificó su primer altar. El altar era para sacrificio, adoración, oración – invocando a Dios, y testimonio. No había ninguna imagen. Los cananeos tenían sus ídolos, pero Abram no tenía ninguno. Probablemente fue el primer altar a Dios en la tierra de Canaán.
    Siguió viajando hacia el sur (v. 8) y llegó a Bet-el. Plantó su tienda entre Bet-el y Hai, edificó su segundo altar “e invocó el nombre de Jehová”. Los cananeos, descendientes de Cam, no adoraban al Dios verdadero, así que la presencia y actividad de Abraham, descendiente de Sem, era un testimonio.
    Abram viajó más al sur, y llegó al Neguev (v. 9), la parte árida de Israel. No hizo altar en el desierto. El verso 10 informa que hubo hambre en la tierra, y vemos otro error de Abram. Se dejó guiar por las circunstancias, por su lógica, o por su estómago, sin consultar a Dios, y se fue a Egipto para morar. Dios no lo mandó a Egipto. Siglos más tarde Elimelec cometió ese error cuando fue a Moab.
    Los versos del 11 al 20 se ocupan del tiempo de Abram en Egipto. Observamos que no edificó altar en Egipto, y es perjudicial vivir donde no hay altar. En nuestros tiempos los creyentes cometen el mismo error cuando guiados solo por su estómago, se mudan a lugares donde no hay congregación ni testimonio. Así que, en Egipto Abram y Sarai engañaron a Faraón y sin saberlo pusieron en peligro el linaje patriarcal y mesiánico. Abram estaba fuera de la voluntad de Dios, porque no confiaba en Él para proveer y para guardarles. Dios quiere que siempre confiemos en Él y le permitamos guiar nuestros pasos. Pero Abram, motivado por el temor del hombre (Pr. 29.25), no por fe en Dios, quiso que Sarai dijera una mentira (vv. 13-16). No es un proceder de fe ni de santidad. Dios nunca miente y nunca nos da permiso para mentir. No digamos “media verdad” porque la otra mitad es mentira. Cuando sube la carne, baja la vida espiritual. Cuando Dios hirió con plagas a Faraón y su casa (v. 17), y le hizo saber por qué, ese pagano rey de Egipto reprendió al patriarca. Digamos que vino a Abraham la palabra de Faraón: “¿Qué es esto que has hecho conmigo?” (v. 18). Es especialmente vergonzoso cuando el impío reprende al creyente por sus hechos. Seguramente le dolió la reprensión de Faraón, y le hizo pensar: ¿Qué hago yo en este lugar? A veces tiene que haber una humillación grande, para que demos media vuelta. Primero Abram tuvo que salir de Ur de los caldeos, y luego tuvo que salir de Egipto. Los creyentes podemos equivocarnos, y de hecho lo hacemos. Pero al ver nuestro error, debemos recordar a Abram y reaccionar como él. No discutió con Faraón, ni dio excusas. Fue sensible, aprendió y tomó medidas para corregir la situación. Subió de Egipto y volvió a la tierra que Dios le prometió (Gn. 13.1-3), el lugar del altar que edificó.
    Aprendemos la importancia de seguir implícitamente las instrucciones divinas y permitir siempre que Dios guíe nuestros pasos. No pongamos al país o la parentela antes que Dios. No vayamos a vivir lejos del altar. No seamos guiados por el temor del hombre, ni digamos la verdad a medias. Sean nuestras las palabras de un himno, pues dicen: “Cerca de ti Señor, quiero morar”, y las de otro  dicen: “Me guía Él, con cuanto amor me guía siempre mi Señor”.

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 Gedeón Despide a los
Medrosos y Pusilánimes

por Camilo Vásquez Vivanco

viene del número anterior    
“Ahora, pues, haz pregonar en oídos del pueblo, diciendo: Quien tema y se estremezca, madrugue y devuélvase desde el monte de Galaad. Y se devolvieron de los del pueblo veintidós mil, y quedaron diez mil” (Jue. 7:3).

¿Cuantos había de los temerosos? Nada menos que 22.000, del total de 32.000 hombres. Salidos ellos, quedaron solo 10.000, lo cual muestra cuán poco fiable son las grandes multitudes. Dos tercios de los supuestos soldados dieron las espaldas al compromiso, y debemos aprender las lecciones necesarias para no estar en ese porcentaje.
    Generalmente en los numerosos grupos de religiones que siguen a sus pastores humanos, solo están allí por temor y tradición y sin una verdadera convicción sobre quién es el Señor. Isaias gráfica muy bien lo que ve Dios en tales religiones numerosas: “...Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” (Is. 29:13). Usualmente estas denominaciones están más preocupadas de la “membresía”, para dar una buena impresión de éxito, para asegurar el diezmo, y también porque así sus líderes mantienen un dominio psicológico sobre ellos para sustentar sus imperios económicos. Y quiénes incautos siguen en estas religiones realizan sus diezmos para ganar el cielo, como para evitar una maldición o para hacer un trueque con Dios esperando que les devuelva más de lo que ofrendan. Como vemos el gran número de asistentes no es indicio de una genuina integridad y suele esconder a muchos que solo hacen número. Es así que en tiempos del Señor Jesús más de la mitad de Sus “seguidores” abortaron la misión de seguirle, pues tuvieron miedo a las incomodidades de la doctrina del Señor (Jn. 6:60 y 66).
    Esos 22.000 que abandonaron el buque fueron de corta duración y ese día ante la oferta de volverse madrugaron por primera vez para dar las espaldas a Dios. La noche anterior sacaron sus cuentas y se dieron por vencidos frente al temor por los peligros futuros. Por sus cabezas pasaron el temor a comprometerse, a las incomodidades, al futuro, al hombre, temor y  más temor. La Biblia nos dice: “Lo que el impío teme, eso le vendrá; pero a los justos les será dado lo que desean” (Pr. 10:24). Nadie que posea un corazón opacado puede servir a Dios, pues no estará dispuesto a sacrificar sus intereses por el Señor; en pocas palabras es condicional. Así los describe la palabra de Dios: “Y dijo a otro: Sígueme. Él le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre” (Lc. 9:59). Del mismo modo otro condicional dijo: “...Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa” (Lc. 9:61). Eso de “déjame primero” suena muy feo ante el Señor, pues Él debe tener la preeminencia en todo.
    Así es que en las iglesias locales la mayoría está dispuesto a servir y comprometerse siempre y cuando haya tiempo, esté la salud garantizada, esté el trabajo seguro y el amor de los hermanos sea constante. Muchos de ellos se bautizaron y pidieron ser parte de la asamblea local, pero luego se desinflaron tras las dificultades y se descubrieron como de corta duración: “pero no tienen raíz en sí, sino que son de corta duración, porque cuando viene la tribulación o la persecución por causa de la palabra, luego tropiezan” (Mr. 4:17). La prueba de rigor sobre sus vidas les desinfló su pasajero entusiasmo y otros intereses atrajeron su corazón.
    Es muy posible que por esta causa el joven Juan Marcos abandonó el grupo misionero de Bernabé y Pablo (Hch. 12:25; 13:5-13). Las dificultades y peligros eran demasiados y fue preferible abandonar el buque, pues esa región montañosa donde Pablo quería proseguir estaba llena de ladrones y de peligros (2 Co. 11:26). Su retroceso  fue grave, y luego causó serios problemas en la convivencia de los apóstoles, al punto que se separaron en su servicio para Dios (Hch. 15:38-41). Algo parecido sucedió con Demas que después de estar algún tiempo sirviendo al Señor junto al apóstol Pablo sacó cuentas y se sintió en desventaja y prefirió amar al mundo: “porque Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica. Crescente fue a Galacia, y Tito a Dalmacia” (2 Ti. 4:10). De ese hombre no tenemos noticias de que volviese del mundo, pero de Juan Marcos el autor del evangelio que lleva su nombre, si tenemos noticias de que volvió: “...Marcos el sobrino de Bernabé, acerca del cual habéis recibido mandamientos; si fuere a vosotros, recibidle” (Col. 4:10).
    Fijemonos que en Israel para participar de la guerra los oficiales debían examinaron a sus soldados del siguiente modo: “Y volverán los oficiales a hablar al pueblo, y dirán: ¿Quién es hombre medroso y pusilánime? Vaya, y vuélvase a su casa, y no apoque el corazón de sus hermanos, como el corazón suyo” (Dt. 20:8). Es evidente que tales medrosos o temerosos lo eran porque estaban preocupados de su casa recién edificada, o quiénes habían plantado una viña preocupados de su inversión, o quiénes recién se habían casado con el corazón en otro lado (Dt. 20:5-7). Todos ellos sabiendo de su responsabilidad como soldados habían adquirido compromisos que ahora a punto de salir a la batalla les hacía tener su corazón opacado. Es por esto que el Señor dijo a sus discípulos: “...Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lc. 9:62). ¿De qué clase somos nosotros, hermanos? ¿Temerosos, medrosos, condicionales, o dispuestos y valientes? 


NOTA: El libro del hermano Camilo Vásquez sobre Gedeón tiene 34 capítulos. Los que desean seguir leyendo y sacando provecho pueden adquirir su obra gratuitamente de Libros Berea.
 

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LAS SIETE COPAS 

LLENAS DE LA IRA DE DIOS

 


Es impresionante la lectura de Apocalipsis 15 y 16 acerca de esas plagas finales de Dios sobre el mundo gobernado por la bestia. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo! Pero recordemos, hermanos, que por terrible que es la ira manifestada ahí, es poca en comparación con lo que Cristo sufrió por nosotros en la cruz. La ira en las siete copas es sobre la bestia, su reino y la generación que vive en aquel entonces. Pero sobre Cristo cayó la ira de Dios contra todo ser humano desde Adán, por todos los pecados del mundo. ¡Demos gracias y adoremos al Señor por lo que sufrió por nosotros! 

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¡NO "ALGO", SINO ALGUIEN!              

¿Tienes un reloj? ¿De dónde viene, de la nada, o alguien lo hizo? Nadie en sus cabales piensa que a través de millones de años la evolución produjo un reloj.

Ahora piensa en la complejidad de este planeta y su naturaleza. Piensa en el cuerpo humano, que tiene más de 37 billones de células, y cada una es mucho más compleja que un reloj.
      Tu reloj tiene un fabricante, un relojero. Y el mundo y nosotros tenemos un Hacedor. Muchos dirían: “Sí, algo hay”. Pero no es algo, sino Alguien. Es Dios. Algo no hizo un reloj. Algo no hizo el universo, sino Alguien – Dios. Nos dejó registrado cómo empezó todo. No es una teoría, sino un testimonio. El nombre del primer libro de la Biblia es Génesis. Significa “orígenes”. Te invito a simplemente leer lo que Dios dice acerca del origen de todo.

Génesis 1

1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.  
2 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.  
3 Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.  
4 Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.  
5 Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día.  
6 Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.

7 E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así. 8 Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo.  
9 Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así.  

10 Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno.  
11 Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así.  
12 Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno.  
13 Y fue la tarde y la mañana el día tercero.  
14 Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años,  
15 y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así.  
16 E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas.  
17 Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra,  
18  y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno.  
19 Y fue la tarde y la mañana el día cuarto.  

20 Dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos.  
21 Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno.  
22 Y Dios los bendijo, diciendo: Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y multiplíquense las aves en la tierra.  
23 Y fue la tarde y la mañana el día quinto.  
24 Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así.  
25 E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.  

26 Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.  
27 Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.
28 Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.  
29 Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.  
30 Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así.  
31 Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.
Génesis 2
1 Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos.
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Algunos creen que todo eso es un mito. Pero Jesucristo lo verificó. Habló de “el principio de la creación que Dios creó”.1  El apóstol S. Pablo enseñó así: “Dios, que creó todas las cosas”. 2  Muchísimos otros textos en la Biblia afirman que Dios es el Creador de todo. Amigo, tu reloj no viene de la evolución, ni tú tampoco. Dios creó el universo, la tierra, los mares, las plantas, los animales y los seres humanos. El Creador nos hizo con un propósito. Pero nos hemos desviado mucho y de ahí los problemas hoy en todo el mundo. Todo está explicado en la Biblia. Léela y conocerás a tu Hacedor, y el plan que tiene para ti.

1. palabras de Jesucristo en el Evangelio según S. Marcos, 13.19
2. Epístola de S. Pablo a los Efesios, 3.9