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domingo, 29 de septiembre de 2019

EN ESTO PENSAD -- octubre 2019

La Esfera Principal De
Servicio De La Mujer Creyente


Romanos 12:2 exhorta: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Una aplicación de esto se ve en la mujer creyente que acepta la esfera de ministerio que Dios le ha designado. Quien le marca la pauta no es el mundo, la sociedad, sino el Señor. No teme ser distinta a las demás mujeres. La Palabra de Dios, indica que su ministerio no está en el mundo de los negocios ni las carreras profesionales, sino más bien el hogar. No es cuestión de si ella tiene mente para esas cosas o es capaz de hacerlas, sino de qué quiere Dios de ella.
    En Proverbios 31 claramente la mujer piadosa sirve en su casa y através de ella toca vidas de otras personas. En 2 Reyes 4:8-10 la gran mujer de Sunem sirvió en su casa, hospedando al profeta. En Lucas 10:38-39 Marta y María recibieron al Señor en su casa en Betania. En Hechos 16:14 Lidia abrió su casa para hospedar a los siervos de Dios. 1 Corintios 14:35 dice que si las mujeres quieren aprender algo, “pregunten en casa a sus maridos”. La instruccicón apostólica acerca de las viudas jóvenes es: “que se casen, críen hijos, gobiernen su casa...”. Deben estar en casa para criar sus hijos, y mantener el orden y funcionamiento del hogar. Tito 2:5 las manda ser “prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos...”.
    Que el mundo hoy vea esto como una idea anticuada no es una sorpresa. Pero los creyentes no debemos conformarnos a este siglo. La discípula del Señor halla gran satisfacción en su ministerio, y rechaza la supuesta “liberación” que pretende sacarla del hogar. Esa “liberación” feminista es un atentado contra el orden divino, y trae confusión, desorden y disfunción al matrimonio, la familia y la asamblea. ¡Qué hipócrita es el movimiento feminista! Para “liberar” a una mujer de su casa para que tenga carrera, paga a otra mujer para servir en su casa en las tareas domésticas y el cuidado de su familia. ¿Cuál es el propósito de mandar a las mujeres a la universidad a prepararse una carrera, y para ganarse la vida en el mundo, si no es lo que Dios quiere para ellas? El dinero que ganan no suple lo que falta por estar ellas fuera del hogar. Deberían aprender la voluntad de Dios expresada en las Escrituras, no la voluntad de la sociedad. Los tiempos cambian, alegan algunos, pero respondemos que la Palabra de Dios no cambia. Les haría bien a muchos padres y mujeres jóvenes el librito de William MacDonald: En Pos De Sombras, del cual citamos respecto a la educación universitaria:

“La educación, el gran abracadabra y fraude de todos los tiempos pretende prepararnos para vivir, y se prescribe como la panacea universal para todos los males, desde la delincuencia juvenil hasta el envejecimiento prematuro. En su mayor parte sólo sirve para incrementar la estupidez, inflar la arrogancia, promover la incredulidad y dejar a los que están sujetos a merced de lavacerebros que tienen prensa, radio y televisión a su disposición”. (De “Jesus Rediscovered” por Malcom Muggeridge)

“Con demasiada frecuencia los jóvenes criados en hogares cristianos son formados para el mundo en lugar de para el Salvador; para el infierno más que para el cielo. Pregunta hoy a unos padres cristianos corrientes con qué propósito están formando a sus hijos. Muchos de ellos contestarán: ‘Para que tengan un buen empleo’, o ‘Para que sean independientes económicamente’, o ‘Para que puedan mantener una familia y vivir con cierta comodidad’.

“Queremos que asistan a las escuelas de renombre, cuanto más prestigiosas, mejor. Queremos que consigan trabajo en alguna institución que tenga prestigio en la comunidad. Queremos verlos bien casados, es decir, que consigan a alguien con cierto estatus social... Queremos además que dediquen sus noches libres y los domingos a la iglesia local”.          En Pos De Sombras, (pág. 3)

    Hay quienes objetan que el mundo hoy es muy diferente, y que fracasan los matrimonios y una mujer debe saber ganarse la vida. Oh, pues, ¿por qué no pensó el Señor en esto para decirnoslo? Él habló de otra manera:
“Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mt. 6:25, 31-33). Pero como en los tiempos de Jeremías, Dios habla pero Su pueblo no quiere oir. ¡Ojalá sea diferente con nosotros! “La mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (Pr. 31:30).     
Carlos Tomás Knott

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No Lo Separe El Hombre

“Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” Mateo 19:6
 
     El mundo hoy considera que el matrimonio es un contrato civil que puede ser invalidado por cualquiera de los dos. El Señor Jesús dijo que es mucho más que eso. El matrimonio es una unión establecida por Dios y atestiguada por Él. Debe mantenerse inviolado hasta que la muerte termine la relación. “No lo separe el hombre” es un mandamiento de Cristo. ¡Qué triste y vergonzoso es oír a un profesado cristiano hablar tranquilamente de su “ex” como dicen los del mundo. “Jehová Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio” (Mal. 2:16).
     La permanencia del matrimonio es para el bienestar y la felicidad de todos. Dios requiere que cumplamos los votos que salen de nuestra boca (Nm. 30:2). El esposo y la esposa se necesitan. Además, son una figura de Cristo y la Iglesia (Ef. 5:23-32). Los hijos necesitan a ambos padres y la seguridad que un matrimonio cristiano amoroso puede proveer. El Señor les manda obedecer a sus padres (Ef. 6:1), no a uno de ellos. Si estáis casados, renovad o reafirmad hoy vuestros votos. Determinad ser fieles y leales cada uno a su cónyuge. Es la voluntad de Dios.

adaptado de una lectura de Donald Norbie en calendario devocional “Choice Gleanings”
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 "Todo"

He aquí una pequeña muestra de cómo la Biblia utiliza la palabra "todo".

todos pecaron                           Ro. 3:23  pecado
todo el mundo bajo el juicio    Ro. 3:19  condenación
todo aquel que en Él cree        Jn. 3:16    salvación
todas las naciones                    Ro. 1:5     alcance del evangelio
rescate por todos                     1 Ti. 2:6    expiación
gustase la muerte por todos     He. 2:9     expiación
a todos atraeré a mí mismo     Jn. 12:32   atracción
que todos vengan al arrepentimiento    2 P. 3:9  deseo divino
perdonándoos todos los pecados    Col. 2:13  perdón
 
todo tu corazón
toda tu alma
                   Mt. 22:37    el amor debido a Dios
toda tu mente
todas tus fuerzas            Mr. 12:30
 
todos los días                 Mt. 28:20    presencia del Señor
todas estas cosas            Mt. 6:33    provisión
toda bendición espiritual        Ef. 1:3        bendición
un nombre que es sobre todo nombre  Fil. 2:9    posición de Cristo
todo lo puedo                    Fil. 4:13    poder
toda vuestra necesidad      Fil. 4:19    oración
todo vuestro ser                1 Ts. 5:23    santificación
toda vuestra manera de vivir   1 P. 1:15    santidad de vida
toda vuestra ansiedad              1 P. 5:7        oración
toda diligencia              2 P. 1:5        crecimiento
todo ojo le verá            Ap. 1:7    manifestación 
1 Juan 2:2 declara acerca de Cristo: “Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”. Cuando dice: “por nuestros pecados” obviamente habla de los creyentes. Luego dice: “no solamente por los nuestros”, y con esto va más allá de los creyentes y dice: “por los de todo el mundo”. No dice: “por los de los escogidos”, ni “por todo el mundo de los escogidos”, sino habla de todo el mundo sin restricción, es decir, el mundo de los seres humanos, el mismo mundo que Dios de tal manera amó en Juan 3:16. La palabra "todo" en esta frase no permite limitar así el sentido de la palabra “mundo”. ¡Cuán grande es el amor y la obra de Dios!
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El Cristo de Salvador Dalí

HAY UN ÓLEO FAMOSO que fue pintado en 1951 por Salvador Dalí. Se titula “Cristo de San Juan de la Cruz” y su ejecución fue inspirada en un dibujo hecho por un místico español, el monje carmelito Juan de Yepes, que vivió en el siglo dieciséis. Cualquiera que haya sido el propósito de ese hombre piadoso al hacer ese dibujo, lo cierto es que Dalí sacó de su obra una interpretación muy personal de la crucifixión.
    Su cuadro muestra a un Cristo crucificado, suspendido en el cielo e inclinado hacia el mundo, que está allí representado por el retrato de los dos pescadores con su red y pequeño bote. Lo que nos llama la atención es el Cristo, que no muestra ninguna señal de sufrimiento. Su cuerpo no está lacerado ni lastimado, no se ve sangre ni defecto físico alguno. No hay tensión ni fatiga en ese Cristo, quien más bien descansa sobre la cruz. Dalí mismo dice acerca de su obra: “Mi ambición estética fue completamente opuesta a todos los cristos pintados por la mayoría de los pintores contemporáneos... Mi Cristo sería hermoso, como el Dios que Él es”.
    La preocupación por un Dios hermoso no permite al pintor la libertad de representar los sufrimientos de Cristo, quien en verdad es Dios. En el citado óleo, hasta la cruz es hermosa, de buena madera lustrada. El cartel que hizo burla a su dignidad divina, queda en blanco. Si pensamos en los pescadores a la orilla del mar -como son representados por Dalí- estaríamos ante un Cristo divorciado de la realidad humana, un Cristo sin sangre, sin dolor, sin lágrimas; un Cristo demasiado bello.
    Muchas personas sienten emoción profunda al estudiar la obra. ¿A quién no le agrada estar en un culto religioso haciendo armonizar sus sentimientos y reflexiones con los actos solemnes allí realizados? Sin embargo, con tal actitud podemos caer en el peligro de hermosear a Cristo, reconociéndolo como un elemento más de una obra artística o de un culto religioso, sin aceptarlo como una persona histórica que aún vive.
    La Biblia dice de Cristo que “no hay parecer en él, ni hermosura”. El Cristo hermoso del óleo, que no vertió ni una gota de sangre, ni sudó, ni derramó una sola lágrima, carece de la vida necesaria para ser el Salvador de los hombres. Por eso, vez tras vez, las Sagradas Escrituras subrayan que “Jesucristo vino en carne”, o sea que Cristo es Dios con cuerpo humano, la segunda persona de la Trinidad.
    Lo hizo para acercarse a la condición humana y expresar el amor de Dios en términos que pudiéramos comprender. Él sufrió en carne propia el drama de la vida común: el desengaño, el cansancio, las lágrimas, la muerte. Colgado en la cruz, lo que le desfiguró tanto fue el hecho de ser contado como un pecador, siendo que Él era perfecto en todo; fue el castigo por nuestros pecados, siendo que era inocente de toda culpa.
    Hermosear a Cristo de esta manera, es sacarlo de la realidad, es colocarlo sobre una pared y olvidarnos que nuestra salvación requería que Él padeciera todo el furor de Dios por nuestra infracción a la ley divina. El Cristo verdadero vive ahora en el cielo y ofrece perdon, salvación y vida a todos los que confían en Él.
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 DIOS EL ESPÍRITU
Parte 9
Camilo Vásquez Vivanco, Punta Arenas, Chile


viene del número anterior, la sección "El Espíritu Cual Señor"

En la esfera de los ancianos como guías de la asamblea:
    La Biblia nos enseña que los hombres que apacientan la grey reciben tres nombres relativos a su función, a saber, obispos como sobreveedores, ancianos por su madurez y experiencia y pastores por su cuidado. Tales funciones no son dones sino campos de trabajo o ministerios a los cuales el Espíritu Santo llama y coloca para el cuidado de la iglesia local: “Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hch. 20:28). El apóstol antes dice que reunió a los ancianos de Éfeso (Hch. 20:17) de modo que a los tales se les califica en estas tres funciones capacitados por el Espíritu Santo. No es que ser anciano sea un don, pues tal definición no aparece en la Palabra de Dios, se trata de que ellos son hombres facultados porque poseen los dones necesarios para su tarea cuál sobreveedores y pastores. Los ancianos al menos deben poseer el don de la misericordia, de servicio, de exhortación, de la enseñanza, de presidir o dirigir con sabiduría. En este sentido es muy posible que los hombres llamados “pastores” (Ef. 4:11), correspondan a hombres cuál un don como personas y no como dones tales como la enseñanza o la misericordia. Los ancianos cuál pastores son para servicio local en una determinada iglesia porque apacientan con amor a los creyentes de una localidad. Sin embargo los pastores como hombres dados cuál personas, son para la edificación de toda la iglesia (Ef. 4:12) y ellos son especialmente capacitados para enseñar y consolar con su ministerio a muchas iglesias (He. 13:7, 17, 24).
    Ya hemos señalado que a tales hombres llamados ancianos es la iglesia quien les reconoce (1 Ts. 5:12) pues esto está en consonancia con un llamado previo del Espíritu sobre sus vidas, al cual a sí mismo el que ha sido llamado para este oficio, se extiende (1 Ti. 3:1). Nunca ha de sugerirse a algún hermano que sirva como anciano por ser el más antiguo de la iglesia o por sus títulos universitarios, o posición social, tal asunto es obra humana y no un llamado del Espíritu Santo. Es así mismo muy significativo que sea el Espíritu Santo  quién apruebe las desiciones de los ancianos y las avale: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias” (Hch. 15:28). Es conveniente saber que no todas las decisiones de los ancianos son guiadas por el Espíritu Santo (1 Ti. 5:17 y 19-20) razón por la cual existirá un examen especial para ellos en el tribunal de Cristo (1 P. 5:2-4).

LA COMUNIÓN DEL ESPÍRITU SANTO

“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén” (2 Co. 13:14).

    Históricamente Dios ha tenido una revelación progresiva de Su voluntad con el hombre, por ejemplo, se ve que Su trato con los patriarcas fue distinto al trato con Israel: “Y aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Omnipotente, mas en mi nombre Jehová no me di a conocer a ellos” (Éx. 6:3). Sólo Israel llega a conocer a Dios como “Jehová”, nombre que tiene que ver exclusivamente con una comunión de pacto. Entonces podemos decir que el Padre sostuvo comunión con los patriarcas, que el Hijo de Dios tuvo comunión con los apóstoles, y que en esta presente dispensación el Espíritu mantiene comunión con la Iglesia.
    El Señor Jesús declaró a Sus discípulos: “separados de mí nada podeís hacer”, basado en esta comunión con ellos, pues Él estaba presente (Jn. 15:5). Ahora el Señor físicamente está ausente pero nos ha dejado Su Espíritu para estar mucho más cerca de nosotros, como lo asegura Su Palabra: “...y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn. 14:23). De modo que somos invitados a realizar todo por el Espíritu ya que el Señor declaró: “...Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Jn. 16:13). Esto significa que somos invitados a tener comunión con el Espíritu y aprender de Él. Esta tarea la realiza el Espíritu solo con la Palabra de Dios, llenándonos y consolándonos y siempre en comunión con el pueblo de Dios: “para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu” (Ef. 3:16). El Espíritu no hace nada separado de la Palabra de Dios y no comunica nada separado del pueblo de Dios: “seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef. 3:18-19). A pesar de cualquier incomprensión y desatino en la asamblea, nunca deberíamos  separarnos de ellos pues a pesar de ellos y de nosotros, el Espíritu mora en Su pueblo y nos trae enseñanza que fortalece nuestro espíritu.
    Ahora bien, la comunión del Espíritu Santo tiene que ver principalmente con el mandamiento de no entristecerlo y es necesario entender que esta comunión se rompe por la presencia del pecado. Este mandamiento es dicho en términos corporativos, es decir en el ambiente de la iglesia: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Ef. 4:30), lo que implica que el Espíritu se entristece en aquellos hermanos sobre los cuales nosotros ofendemos con nuestras palabras duras y groseras, por esto nos señala antes de este mandamiento: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Ef. 4:29). Somos nosotros los que entristecemos al Espíritu en otros y esto trae serio deterioro espiritual en la asamblea por lo tanto no existe comunión del Espíritu. Junto con esta verdad hemos de reconocer que el Espíritu se entristece frente a la presencia de cualquier pecado presente en nuestras vidas. Podríamos decir que existen siete aspectos que motivan la tristeza del Espíritu:

1.  El Espíritu de Dios se entristece si frecuento el pecado.
2.  El Espíritu de Dios se entristece si no confieso mis pecados.
3.  El Espíritu de Dios se entristece si ofendo a otra persona con mis palabras.
4.  El Espíritu de Dios se entristece si guardo rencor y amargura.
5.  El Espíritu de Dios se entristece si acostumbro a la ira y el enojo.
6.  El Espíritu de Dios se entristece si no perdono a quién me ha ofendido.
7.  El  Espíritu de Dios se entristece si no busco lo de Cristo en mi vida y en mi asamblea promoviendo la justicia, la paz y gozo en el Espíritu.

    La tristeza del Espíritu es una garantía de que Él está en nosotros y que somos hijos de Dios. Si el Espíritu se entristece la vida del creyente, se entristece, es decir no hay gozo espiritual, no hay crecimiento espiritual y por mucho que ese creyente intente disfrazar su pecado su vida se marchitará. David en su confesión de su pecado decía: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día” (Sal. 32:3), esto es marchitarse por no confesar los pecados (Sal. 32:4-5). En ese periodo cuando David no confesó su pecado, casi un año, el gozo celestial de la salvación no estaba en él (Sal. 51:12), puede haber éxito económico, intelectual, etc, etc, pero no espiritual. El asunto fundamental es que el Espíritu no abandona hoy al creyente como ocurrió con David (Sal. 51:11), sino que se entristece en ese creyente, en su familia y en su asamblea. Ese creyente puede estar aun participando de la cena del Señor en esa condición, sin confesar su pecado con el Espíritu entristecido. La mayor tristeza para el Espíritu en ese creyente, es que tiene que cambiar su ministerio de edificación por el de convencerle de su estado pecaminoso, tal como lo hace con un inconverso (Jn. 16:8).
    En el tema de la “morada del Espíritu” veremos que los creyentes del Antiguo Testamento perdían la presencia del Espíritu Santo por la militancia del pecado. Así pasó con Sansón, David, Saúl y todo otro sobre los cuales incluso se dice: “Mas ellos fueron rebeldes, e hicieron enojar su santo espíritu; por lo cual se les volvió enemigo, y él mismo peleó contra ellos” (Is. 63:10). Para la iglesia no existe este peligro, pues los creyentes han sido regenerados, sellados y hechos morada del Espíritu Santo, y por muy débil y torpe que sea un creyente, el Espíritu Santo no los abandona pues ha sido enviado para quedarse para siempre “con ellos” y “en ellos” (Jn. 14:16-17). Sin embargo aún siendo templos del Espíritu Santo la comunión del Espíritu Santo se rompe en el creyente de hoy por la presencia del pecado, pues se trata del Espíritu Santo y Él no puede tener comunión con el pecado.
    Los creyentes del Antiguo Testamento igual que nosotros gozaban de la salvación de sus almas y lo hacían en vista de la redención futura para ellos echa en la Cruz. Sin embargo ellos no pertenecen a la iglesia, el nuevo hombre creado por Dios tras la venida del Espíritu Santo. El sellamiento del Espíritu y la morada sucedieron después que el Señor fue glorificado edificando así Su iglesia como una nueva creación (Jn. 7:39; Mt. 16:18; Hch. 2:47; 2 Co. 1:22; Ef. 1:13).

continuará, d.v., en el siguiente número
 

viernes, 30 de agosto de 2019

EN ESTO PENSAD -- septiembre 2019

CLAVE PARA EL AVIVAMIENTO:
    "HE OÍDO TU PALABRA, Y TEMÍ" 
  

(parte 2)

Lucas Batalla


viene del número anterior

Texto: Habacuc 3:1-2 Ya que Dios obra por Su Palabra, naturalmente tenemos que dedicar tiempo a ella. No viene por voces, visiones, sueños o fuertes impresiones en nuestros pensamientos. ¡Está escrita! Debemos leerla, estudiarla, atesorarla en nuestro corazón y meditarla. Si trabajamos ocho horas, y dormimos ocho horas (yo duermo menos), nos quedan otras ocho horas cada día. Ahora bien, la pregunta es, ¿qué hacemos con esas horas? Usemos el tiempo para conocer mejor a nuestro Dios, obedecerle y servirle. Así se avivirá Su obra en medio de los tiempos.
    Habacuc dijo: “He oído tu palabra”. Es el primer paso. Hermanos, ¡ojalá sea así con nosotros! Habacuc oraba así pensando en las condiciones en sus tiempos (1:1-4). Pero hermanos, son así de problemáticos nuestros tiempos. Necesitamos volver a la Palabra de Dios si queremos avivamiento y bendición.
    Ella tiene autoridad, como vemos en Lucas 4:32, y será predicada así cuando la obra del Señor es avivada. Desaparecerán esos mensajes contemporáneos y del populacho, y escucharemos nuevamente la Palabra del Señor predicada con autoridad, llamándonos al arrepentimiento y la obediencia.
    En Lucas 4:33-36 vemos otra vez Su autoridad y poder. El Señor mandó y el espíritu inmundo obedeció y salió de aquel hombre. A veces parece que los demonios respetan más la Palabra de Dios que nosotros. Sin ella, no hay avivamiento, ni cambios para mejor. Recordemos que el gran avivamiento bajo el rey Josías fue después del descubrimiento del libro de la ley.
    En 2 Pedro 3:5 vemos el poder de la Palabra para crear el mundo. En Isaías 42:5 Jehová creó con Su Palabra. Hebreos 1:3 dice que sustenta todo con Su Palabra. ¡Seguramente puede sostenernos y guiarnos por ella, si la hacemos caso! En Isaías 55:11 la Palabra de Dios es presentada como eficaz, que cumple lo que Dios quiere.
    Luego vemos en Juan 6:63 que las palabras que Cristo habla son espíritu y vida. Esta semana todo el mundo habla del científico Steven Hawking, porque murió, y le alaban como un gran sabio, pero era necio porque rechazó la Palabra de Dios. Dijo: “Dios no creó el universo”. Pobrecito ignorante, se fue perdido a la eternidad, como todos los que rechazan la Palabra de Dios.
    1 Tesalonicenses 2:13 nos recuerda cuán importante es nuestra recepción de la Palabra. La recibieron, no la rechazaron. La recibieron no como palabra de hombres – reconocieron Su procedencia celestial y divina. La recibieron según es en verdad, “la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes”
    No es necesario estudiar una cátedra y tener títulos, sino oír con humildad y fe, temer a Dios y hacer caso a Su Palabra. Seamos como Habacuc: “he oído tu palabra, y temí”. Y que el Señor tenga en nosotros creyentes obedientes y fieles.
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El Alcance del Evangelio:
¿Para pocos o para todos?

En Romanos tenemos claras indicaciones de que el llamado y alcance del evangelio es a todo ser humano sin distinción. Para empezar, en Romanos 1:5 leemos que el evangelio es “para la obediencia a la fe en todas las naciones”, lo cual concuerda con Marcos 16:15 donde nuestro Señor manda a los Suyos: “Predicad el evangelio a toda criatura”. Debemos presentar la buena nueva a todos, “Porque de tal manera amó Dios al mundo” (Jn. 3:16). He aquí la obra misionera. Los objetos de Su amor no son pocos, sino todos. Romanos 5:6-10 indica que Dios manifesta Su amor a débiles, impíos, pecadores y enemigos – términos que describen a todo ser humano, no a unos escogidos.
    En Romanos 1:14 Pablo informa: “A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor”. Como heraldo del evangelio, reconoce que es deudor a todos – les debe el evangelio – debe predicarlo a todos. En Romanos 1:16 leemos: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree...”.  Observa que después de “para salvación” no menciona elección ni predestinación, sino la responsabilidad humana de creer: “a todo aquel que cree”. Tampoco dice: “a todo aquel a quien Dios da el don de fe” – otro mito – sino “a todo aquel que cree”. No añadamos a la Palabra de Dios. No hay que ser escogido para ser salvo. Hay que creer el evangelio.
    Romanos 2:11 declara que “no hay acepción de personas para con Dios”. Los que afirman que Dios escogió a algunos para salvar, sólo los ama a ellos y sólo ellos pueden ser salvos, van en contra de esta clara y sencilla declaración de la Escritura. La falsa doctrina de la elección para ser salvo enseña que Dios tiene acepción de personas – a unas escoge, ama y salva, y a otras no. Francamente, esto blasfema el carácter de Dios.
    En Romanos 3:22 leemos de la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, que es “para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia...” Nuevamente observamos que nada menciona de elección, sino habla de la capacidad y responsabilidad de todo ser humano a creer. Aunque es pecador arruinado, el ser humano todavía puede oír y creer. Puede y debe. “El que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído” (Jn. 3:18). No porque no ha sido escogido – ¡entonces Dios tendría la culpa!  Pero no hay diferencia. Todos pecaron, y el evangelio es anunciado a todos. La justificación viene por la gracia de Dios a los que creen.
    Romanos 5:19 enseña que “por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores”. Claramente son todos los seres humanos, como indica el versículo 12: “la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”. En el versículo 15 leemos: “murieron los muchos”. No hay distinción. “Los muchos” habla de todo nacido de Adán. El versículo 19 dice: “los muchos” por segunda vez, así: “por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos”. Sabemos, no por deducción sino por el contexto cercano, versículo 17, que aquí no se refiere a todo ser humano sino a todo el que cree: “los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia”. Romanos 4:5 indica que esa gracia y justificación son para el que "no obra, sino cree".
    Pasando a 2 Corintios 5:19 leemos “que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo”. Nuevamente esto indica el alcance y la potencia del evangelio. Hay amor, provisión y potencia para salvar a todos, pero eso no es universalismo. Sólo se salvarán los que creen. Sigue leyendo.
    1 Timoteo 2:4 declara que Dios “quiere que todos los hombres sean salvos”. Ésta es Su divina y soberana voluntad. No se limita a querer la salvación de unos pocos, sino de todos. Por eso, Cristo “se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Ti. 2:6), no por unos poquitos escogidos y predeterminados. El que predica el evangelio debe declarar sin pelos en la lengua a toda persona que Cristo murió por ella. ¡Tenemos un gran mensaje! Dios es “el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen. Esto manda y enseña” (1 Ti. 4:10-11). El evangelio es para todos, porque Cristo gustó “la muerte por todos” (He. 2:9). Proveyó propiciación no solo por nuestros pecados, “sino también por los de todo el mundo” (1 Jn. 2:2). Cualquier otro evangelio es maldito según Gálatas 1:8-9. No tenemos permiso para alterar o restringir o cualificar el evangelio. Somos mandados a predicarlo “a toda criatura”. Es un mensaje de amor divino, sacrificio y salvación que Dios anuncia y ofrece genuinamente sin acepción de personas. No cerremos la puerta que Él abre.
Carlos Tomás Knott
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Los Demás

“No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”
(Fil. 2:4).
    La esencia de la cortesía es mirar y considerar a los demás, no exclusivamente por lo nuestro, sino también por las necesidades de los otros. Tristemente fallamos a menudo de muchas maneras en cosas pequeñas.
    Por ejemplo, podríamos pensar en los demás y no pararnos en medio de un pasillo bloqueando el paso de otros. Cuando vamos de visita, podríamos llevar un regalito a la anfitriona. Cuando se sirve la comida, recordemos que hay otros que también desean comer, y preocupémonos por ellos. Al usar el servicio, podríamos pensar en los demás y dejarlo limpio cuando salgamos.
    Hay hermanos que les gusta hablar tanto que no dejan a los demás. Tienen algo que decir sobre casi cualquier tema. Sólo piensan en eso y no en escuchar a los demás. No entienden el arte de la conversación, que es un intercambio entre varias personas, no un monólogo. En las reuniones, nuestra participación debe ser breve para permitir que hablen otros hermanos. Evitaremos que nuestros niños estorben, para que los demás puedan oír bien. El amor piensa en y sirve a los demás, no a sí mismo (Mr. 10:45). 

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EVITÓ EL SEPULCRO

Hannah Beckwith, una mujer anciana excéntrica que vivía en Manchester (Inglaterra) al final del siglo XVIII, tenía temor de ser enterrada viva, probablemente porque esto casi pasó a un miembro de su familia. Ella legó parte de sus bienes raíces a su médico, el Dr. Charles White, con la condición de no ser enterrada después de su muerte. Cuando ella murió en 1768, el médico cumplió su parte del trato, y Miss Beckwith fue embalsamada y guardada entre las preparaciones anatómicas del doctor. De ahí en adelante el doctor diariamente le retiraba las vendas y revisaba el cadáver por si aparecían signos de vida. Probablemente más por mantener su palabra de caballero que por fe (pues como médico era perfectamente consciente de que la dama no podía revivir), mantuvo esta rutina durante varios años. Con el tiempo guardó el cadáver en el cuerpo de un gran reloj de pared, y a partir de entonces le prestó atención sólo una vez al año. Para entonces ya Miss Beckwith era famosa. El escritor Thomas de Quincey no pudo evitar la curiosidad de ir a visitar a la anciana en el reloj. Pero al doctor White le debió parecer que no era muy gentil mostrar a la dama en semejante estado y ubicación, y le enseñó todas sus demás curiosidades científicas, pero no la momia. Cuando White murió, pasó el cadáver al Dr. Ollier, quien lo dio al museo de historia natural en Manchester donde fue exhibido hasta 1868, momento en que fue finalmente enterrado en el cementerio en Harpurhey (en contra de sus deseos).
    La anciana evitó el sepulcro pero no la muerte, ni el juicio. La Palabra de Dios nos dice que “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (He. 9:27). Hagamos muchos o pocos arreglos para nuestros restos físicos, está seguro que todos tenemos que comparecer ante Dios. Ningún amigo, sacerdote o médico puede ayudarnos a evitar este encuentro solemne. “Prepárate para venir al encuentro de tu Dios” (Am. 4:12). Apreciado lector: ¿estás preparado?


Nuestra vida acabará, cual las hojas caerá,
cual el haz se ligará. Busca a Dios.
Vuela cada día veloz, y volando da su voz:
Ven a dar tu cuenta a Dios. Busca a Dios.
Busca a Dios, Busca a Dios, 
Mientras tanto tengas tiempo busca a Dios.
Si te atreves a esperar, Dios la puerta cerrará,
Te dirá: "Es tarde ya". ¡Busca a Dios!

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DIOS EL ESPÍRITU
Parte 8
Camilo Vásquez Vivano, Punta Arenas, Chile

viene del número anterior

La invitación para Rebeca como para nosotros de la guía del Espíritu no es impuesta sino que es resultado de obedecer los cinco mandamientos de la libertad del Espíritu. Además esta actividad no es solitaria sino que siempre es comunitaria y dependiente de la actividad de todo el pueblo de Dios; por esto los mandamientos son dados en plural “sed llenos” y “no apaguéis”. La actividad de la asamblea local es indispensable en esta guía: “de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Ef. 4:16).
    El Espíritu nos guiará para encontrar respuestas en toda área de nuestra vida, pues es en todo aspecto que necesitamos tomar decisiones para la gloria de Dios. En la Biblia está la mente de Cristo (1 Co. 2:16) revelada por el Espíritu de Cristo.  De ese modo tenemos con nosotros el equipamiento necesario. Los principios y prohibiciones nos otorgan la capacidad de conocer el bien y el mal sin que tengamos que ejercitar un aprendizaje experimental, porque obedeciendo sabemos que es lo correcto por hacer. Si Salomón indagó e investigó en la sabiduría, en locuras y desvaríos (Ecl. 1:17), nosotros no necesitamos recorrer el mismo camino pues ya él lo recorrió para que nosotros seamos guiados. Dios con Su Espíritu indaga y conoce todo lo del hombre de modo que la Biblia contiene todo lo necesario para conocer Su voluntad en este mundo pecaminoso. Además Dios nos puede guiar con Su Espíritu a formas menos obvias según lo que Él ha creado y usa a diario para comunicar Su voluntad. Veremos que estas formas menos obvias tienen que ver con las circunstancias que nos rodean y que son usadas por el Espíritu para encaminarnos a toda verdad. El Señor dijo a Nicodemo: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Jn. 3:8), en que se destaca la libertad que posee el creyente para ser guiado por el Espíritu de Dios. Podemos decir que en términos generales Dios nos guía en primer lugar por Su Palabra, luego por la oración, en tercer lugar por el consejo de algún hermano (a) espiritual, en cuarto lugar por la exposición de la Palabra de Dios en la iglesia y en quinto lugar por las circunstancias. Este orden es importante mantenerlo para nunca decidir primero por las circunstancias, pues es la última guía que comprueba y asegura la guía del Espíritu. Ejemplo de esto lo vemos en el caso de Gedeón quien primero fue guiado por la Palabra del Señor (Jue. 6:14), además por la oración (Jue. 6:36-40) y luego por las circunstancias (Jue. 7:10-15).

Ejemplos de la guía con libertad del Espíritu
    Veremos algunos ejemplos prácticos de esta guía sobre nuestras vidas.

En la esfera del trabajo el Señor dijo a Pedro:
    “...Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red. Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía” (Lc. 5:4-6).
    Fue el Señor que dió la instrucción de volver a entrar al mar y echar las redes siendo que ya habían estado toda la noche en esta faena. Así obedeciendo a la Palabra del Señor la pesca fue milagrosa. Cada creyente que desea saber la voluntad para su futuro trabajo y ora al Señor buscando un trabajo para la gloria de Dios, podrá ser guiado a lo que es mejor para su caso. Que un trabajo sea para la gloria de Dios significa que podrá testificar de su Salvador y que le permitirá congregarse con libertad en el lugar donde el Señor ha colocado Su nombre (Dt. 12:5). Del mismo modo permitirá el poder ayudar a sus hermanos necesitados (Ef. 4:28; 1 Jn. 3:17). En otra ocasión por segunda vez el Señor guió a Pedro para saber dónde pescar: “Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces” (Jn. 21:6). En estos casos el Señor procuró el sustento de Sus discípulos mediante sus trabajos como pescadores y lo mismo hará con Su Espíritu guiándonos para obtener un trabajo que sostenga a nuestras familias. Él siempre favorecerá a aquellos que han buscado primeramente el reino de Dios (Mt. 6:31-33). Así sucedió con Daniel quien llegó a un elevado puesto en Babilonia guiado por el Espíritu de Dios: “Y este Daniel prosperó durante el reinado de Darío y durante el reinado de Ciro el persa” (Dn. 6:28). Tal honor de ser prosperado en los negocios se debió para Daniel en que fue un hombre intachable en todo lo que hizo (Dn. 6:4 y 22). Lo mismo vemos en Nehemías en todas sus funciones como copero y como gobernador, un hombre intachable que tuvo éxito en todo lo que emprendió (Neh. 1:11; 5:14).

En la esfera del evangelio el Espíritu guía y aprueba:
    “El Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro” (Hch. 8:29).
    Siendo Felipe uno de aquellos siete diáconos llenos del Espíritu Santo y de sabiduría (Hechos 6:3), el Espíritu Santo encontró un canal por el cual alcanzar para salvación a un hombre etíope. Es el Espíritu que habla directamente a Felipe como tiesto lleno de Él.  Tal hablar del Espíritu no lo podemos reducir a algo paranoico, sino que es la voz del Espíritu cual persona que guió a Sus siervos de forma íntima. Así también sucedió con Pedro guiado por el Espíritu para abrir la puerta de salvación de los gentiles llevándolo a casa de Cornelio: “Y el Espíritu me dijo que fuese con ellos sin dudar. Fueron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en casa de un varón” (Hch. 11:12). Un psiquiatra le dirá que Dios no habla y menos que el Espíritu pueda hablarnos por tanto hemos de tener claro que es por la Biblia que un creyente llega a tales convicciones de oír la voz del Espíritu. Esto será el resultado de la oración constante que traerá paz y un obrar templado y no paranoico (Ro. 14:5).
    De igual modo el Espíritu guió al apóstol Pablo para llevar el evangelio hasta Filipos prohibiéndole pasar en esta ocasión por Asia: “Y atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido (obstaculizar) por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia; y cuando llegaron a Misia, intentaron (probaron) ir a Bitinia, pero el Espíritu (de Jesús) no se lo permitió ( no dejar tranquilo)” (Hch. 16:6-7). Aquí como dice el texto original es el Espíritu de Jesús quien prohíbe y aprueba los pasos del que lleva el evangelio abriendo surcos para establecer asambleas. Tal prohibición fue momentánea, pues Pablo en su tercer viaje misionero entra hasta Asia para fundar iglesias (Hch. 19:10). Luego de esta prohibición o estorbo de parte del Espíritu Pablo es guiado por una visión que aclara los pasos a seguir. Así juntando las evidencias llega a una conclusión para seguir hasta Macedonia: “Cuando vio la visión, en seguida procuramos partir para Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio” (Hch. 16:10). Esta expresión: “dando por cierto”, significa “uniendo las evidencias” , es decir juntando lo dicho por la Palabra de Dios, sus oraciones y las circunstancias es que Pablo da por cierto la voluntad de Dios.

En la esfera del llamado de siervos a tiempo completo:
    Varios siervos de Dios fueron llamados y guiados por el Espíritu Santo para sus oficios como profetas (Ez. 2:2; Miq. 3:8; Zac. 7:12). Allí está Isaias: “Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu” (Is. 48:16). En el Nuevo Testamento está el llamado del Espíritu a Saulo y a Bernabé: “Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hch. 13:2). Tal llamado aquí es comunicado a la iglesia local sobre hombres que ya están en la obra del Señor. Es de notar que este llamado del Espíritu no fue para Juan Marcos que también acompañaba a Saulo y Bernabé (Hch. 13:5). A ellos es el Señor quién les llama (Lc. 6:13-16), y es el Espíritu quién confirma y guía a la iglesia a reconocerles. Es importante destacar la expresión: “dijo el Espíritu Santo”, que significa “comunicar por un discurso sistemático”. Esto significa que es el ministerio expositivo lo que habla y confirma este llamado, de allí que se diga que se estaba “ministrando” cuando el Espíritu habla a la iglesia. También eso de “apartadme” es literalmente “delimitar”, separando a Saulo y Bernabé para una tarea especial. La iglesia debe oír este llamado y reconocer a quiénes el Espíritu ha señalado y tal reconocimiento no es solo por parte de los ancianos de la iglesia local, sino de toda la iglesia: “...que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan” (1 Ts. 5:12). Este principio de “reconocer” se mantiene también en otra esfera para el reconocimiento de los ancianos como de los diáconos pues es la iglesia local quiénes les elige (Hch. 6:5-6) no por votación sino por reconocer su trabajosa labor.
    A estos siervos como obreros a tiempo completo el Espíritu los envía al campo misionero: “Ellos, entonces, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre” (Hch. 13:4). Esto significa que dependen absolutamente de Dios para su sustento como para sus decisiones y no de alguna institución que los financie o marque sus directrices. Es así que se nos dice: “De allí navegaron a Antioquía, desde donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían cumplido” (Hch. 14:26).

continuará, d.v., en el siguiente número
 


martes, 30 de julio de 2019

EN ESTO PENSAD - agosto 2019

CLAVE PARA EL AVIVAMIENTO:
"HE OÍDO TU PALABRA, Y TEMÍ"
Lucas Batalla

Texto: Habacuc 3:1-2Desgraciadamente no muchos tienen hoy la reacción de Habacuc en el versículo 2, “he oído tu palabra, y temí”. José temía a Dios y por eso rehusó tomar a la mujer de Potifar. Exclamó: “¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Gn. 39:9). Hoy pocos reaccionan a la tentación como él, porque hoy hasta los creyentes adolecen del buen temor de Dios. Ese temor es sano y bueno, no es miedo sino temor santo, reverencia. Habacuc lo tuvo porque oía con fe la Palabra de Dios. Necesitamos oír como él, porque nuestro Señor afirmó: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
    Así que, en el versículo 2 Habacuc sigue: “Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos”. Es necesario hoy orar así, porque el humanismo y la mundanalidad han entrado en las iglesias, y los que ocupan lugares de liderazgo se han desviado. ¿Cuál es la obra de Dios? La que Él hace – no es cualquier cosa. El Señor obra en el mundo, y en los que creen, y toda la obra de Dios dura. “Todo lo que Dios hace será perpetuo” (Ecl. 3:14). Los imperios y los monumentos de los hombres pasarán y desaparecerán, pero la Palabra de Dios vive y permanece para siempre.
    La más grande de las obras de Dios es la de Cristo en la cruz. Pero Él obró en Israel en el Antiguo Testamento, y obra en la iglesia en el Nuevo Testamento y hasta hoy. Cuando vivimos de acuerdo a Su Palabra, manifestamos Su obra. “Edificaré mi iglesia” dijo el Señor (Mt. 16:18), pero Él sólo edifica conforme a Su Palabra. La iglesia es obra de Dios y por eso si alguien intenta destruirla, Dios le destruirá a él (1 Co. 3:17). Su Palabra obra eficazmente en los que oyen con fe (1 Ts. 2:13). Nosotros también como creyentes debemos obrar, haciendo buenas obras (Ef. 2:10), pero hay que nombrar a Cristo, para que sepan que es por Él que las hacemos, para que Él reciba la gloria.
    El pan de hoy deja a la gente con hambre mañana, pero la Palabra de Dios llena siempre. Habacuc oyó Su Palabra, temió, y pidió el avivamiento de Su obra – Israel en aquel entonces. Hoy, como entonces, si es avivada la obra del Señor, seremos obedientes y santos, y tendrémos Su guía, poder y protección.
continuará, d.v., en el número siguiente

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Pagando El Precio: El Rechazo

Hay algo más que una sugerencia en el Nuevo Testamento acerca del rechazo inevitable que produce la fidelidad a Cristo. El creyente que está determinado a obedecer, debe estar preparado para quedarse solo.
    Todos huimos del ridículo y de la burla, porque queremos ser aceptados. Anhelamos ese sentido de “pertenencia” que proviene de conformarnos a quienes nos rodean. Nadie quiere que los demás piensen que uno es raro – o un inadaptado – alguien que no es conformista.
    Pero el creyente que camina con Dios debe estar dispuesto a pagar ese precio. El Señor Jesús fue un objeto de burla para la gente de Su generación. Así sucederá también con cualquiera que lo siga.
    El mundo no puede soportar a una persona que está dedicada a la voluntad de Dios. La vida santa del discípulo devoto condena el pecado y el egoísmo de las personas mundanas.
    Pero algo aun más difícil de sobrellevar es el antagonismo de otros cristianos. Ya es suficiente tener a los impíos gruñendo como perros callejeros, como para que se agregue una copa más de amargura para beber – la mirada insidiosa de los santos no tan santos.
William MacDonald, de su libro Buscad Primeramente

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    Por eso, si quieres seguir al Señor, ponerle primero y agradarle, sufrirás aun de otros creyentes. Pero ¡ay de los que critican o hacen sufrir a los que desean obedecer y ser fieles!

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¿Guardamos El Día De Reposo?


El séptimo día, sábado, día de reposo, fue establecido por Dios. En Éxodo 16:23 leemos: “Mañana es el santo día de reposo, el reposo consagrado a Jehová”. En el monte Sinaí Dios dedicó uno de los diez mandamientos al día de reposo: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó” (Éx. 20:8-11).
    Nadie debe dudar de la importancia del día de reposo. Pero muchos ignoran o no creen que fue un día establecido para la nación de Israel. Sin embargo eso es lo que la Biblia dice. En Éxodo 31:13 Dios mandó a Moisés así: “Tú hablarás a los hijos de Israel, diciendo: En verdad vosotros guardaréis mis días de reposo; porque es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico”. Más adelante, en los versículos 16-17 leemos: “Guardarán, pues, el día de reposo los hijos de Israel, celebrándolo por sus generaciones por pacto perpetuo. Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel...”  Dios nunca mandó a las naciones que guardaran ese día – era una señal exclusiva entre Él e Israel. Pasamos adelante al libro de Ezequiel 20:3-12 donde Dios manda al profeta que recuerde a Israel Su fidelidad y Sus propósitos y mandamientos cuando Él los sacó de Egipto. En el versículo 12 leemos: “Y les di también mis días de reposo, para que fuesen por señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy Jehová que los santifico”.  También el profeta Nehemías indica que Dios estableció ese día para Israel, Su pueblo terrenal: “Y sobre el monte de Sinaí descendiste, y hablaste con ellos desde el cielo, y les diste juicios rectos, leyes verdaderas, y estatutos y mandamientos buenos, y les ordenaste el día de reposo santo para ti, y por mano de Moisés tu siervo les prescribiste mandamientos, estatutos y la ley” (Neh. 9:13-14).
    Bajo el pacto de la ley establecido en el monte Sinaí, Israel estaba obligada a guardar el séptimo día como día de reposo – señal entre la nación y Dios. Pero no vivimos bajo ese pacto, sino bajo el Nuevo Pacto, y no pertenecemos a Israel, sino a la Iglesia. No guardamos el día de reposo porque no somos judíos. Nos reunimos el primer día de la semana, no sábado, sino domingo. En Mateo 28:1 leemos que “Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana” es cuando vinieron las mujeres al sepulcro en busca del Señor. Eso fue el domingo por la mañana. No lo hallaron porque resucitó esa misma mañana. Marcos 16:9 dice: “Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana”. El domingo es el día de la resurrección del Señor. Los otros evangelios confirman lo mismo. Pasando a los Hechos de los Apóstoles vemos cuál era la costumbre de la Iglesia primitiva, la apostólica: “El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan” (Hch. 20:7). La Iglesia se reunía el primer día de la semana, no el sábado sino el domingo, para la Cena del Señor y la predicación de la Palabra.
    Ese día cristiano de reunión, el día de la resurrección del Señor, no es llamado “día de reposo” porque como hemos visto, el día de reposo es el sábado y pertenece a Israel. El domingo no es un “día de reposo cristiano” porque la Palabra de Dios no nos autoriza a copiar y aplicar ese término a la Iglesia. Hay un himno que dice: “Hoy es día de reposo, día de santo solaz” – pero en ese caso sólo utiliza licencia poética para expresarse; no debemos tomar nuestra doctrina del himnario, sino de la Biblia.
    Los adventistas del séptimo día, los bautistas del séptimo día y algunos otros grupos se reúnen los sábados. Suelen señalar la importancia del cuarto mandamiento de la ley mosáica, porque no reconocen que ese día fue establecido entre Dios e Israel, no con nadie más. Los adventistas quieren hacerse pasar por evangélicos, pero en realidad ellos enseñan que el domingo es la marca de la bestia y los que se congregan ese día son malditos. Elena White, su fundador y profetisa, tuvo un sueño/visión en que vió el arca de Dios en el cielo, y las tablas de la ley, que brillaba sobremanera el cuarto mandamiento – “Acuérdate del día de reposo, para santificarlo”. Ella razonó que si Dios hubiera querido cambiar el día de culto del séptimo al primero, hubiera cambiado el cuarto mandamiento, pero no lo hizo. Otra razón por la que a las mujeres les es prohibido enseñar – mirad cuánta confusión. Ignoraba los otros textos bíblicos que hemos considerado. Hebreos 7:18 indica claramente acerca de la ley: “Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior a causa de su debilidad e ineficacia”. Esto incluye el día de reposo.
Carlos Tomás Knott

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¿En qué se Parecen un Hombre Bueno 
y una Mujer Mala?

En capítulo 3 del evangelio según Juan se nos presenta un hombre “bueno”, religioso: Nicodemo. ¡Míralo!
    · principal entre los judíos    · hijo del pacto
    · simiente de Abraham         · maestro de las Escrituras
    · hombre de oración             · admirador de Cristo
    · buscador de la verdad        · dador de diezmos y ofrendas

En el siguiente capítulo, Juan 4, se nos presenta alguien muy diferente: una mujer “mala”. ¡Mírala!
    · de los despreciados samaritanos    · casada 5 veces
    · viviendo con otro sin casarse         · contenciosa
    · materialista                                     · no del pueblo escogido
    · no quería a los judíos                     · carnal y egoísta

    PERO de los dos, así como de todos nosotros, sea cual sea nuestra vida, la Palabra de Dios dice: “No hay diferencia, por cuanto todos pecaron”  (Romanos 3:22-23). “El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7). Todo ser humano tiene un corazón malo, según Cristo (Marcos 7:20-23). Es inútil compararte con los demás, porque ante Dios somos todos pecadores.
    Cristo también dice: “Bienaventurados los de limpio corazón” (Mateo 5:8), pero el ser humano no es así por naturaleza, ni Nicodemo ni la mujer samaritana, ni yo ni tú, amigo lector.
    Para lograr limpieza de corazón, necesitamos ser perdonados y lavados por la sangre de Jesucristo. Él nos lava de nuestros pecados con Su sangre, esto es, mediante Su muerte por nosotros cuando llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero.
    Necesitamos otra vida – “es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:7). Para eso es necesaria la Palabra de Dios. “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23). En ella aprendemos de nuestro pecado y necesidad del Salvador que “se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Timoteo 2:6). Seas religioso y "buena gente" o "mala persona", necesitas ser salvo. Sólo en el Señor Jesucristo hay perdón, limpieza y vida eterna. Él “nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1:5). Tu religión, tradición, obras, reformas y sinceridad no pueden salvarte. Sólo el Señor Jesucristo es el Salvador de pecadores, y eso somos todos.
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 DIOS EL ESPÍRITU
Parte 7
Camilo Vásquez Vivanco, Punta Arenas, Chile

viene del número anterior
Respecto de la Guía
    “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Ro. 8:14).
    El poder de la iglesia está en su comunión y guía del  Espíritu. Una iglesia puede tener un programa anual y mucha actividad, puede tener un amplio ministerio, también puede tener muchos recursos económicos, e incluso tener grandes hombres dotados pero sin “el amor del Espíritu” (Ro. 15:30; Fil. 2:1). Es así que una de las iglesias más dotadas estaba en peligro de desaparecer por haber dejado su primer amor o “mejor amor” (Ap. 2:4-5), y esto por la falta de comunión y guía del Espíritu que hace olvidarnos del amor a los hermanos como del amor supremo a Dios (Lc. 10:27; Ro. 13:9). Los programas y los hombres pueden estar lejos de la obra fundamental del Espíritu de glorificar al Hijo y ser guiados a toda la verdad y provistos de amor (1 Co. 16:14). El Señor señaló de Su Espíritu: “... él os guiará a toda la verdad...Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn. 16:13-14). Siempre la guía del Espíritu será que podamos glorificar a Dios en nuestras vidas y en la participación colectiva de la iglesia (1 Co. 10:21; Ef. 3:21).
    Ahora bien, ¿Cómo nos guía el Espíritu? ¿Es asunto de algún éxtasis especial que nos sobrecoge según reclaman los carismáticos? Hemos de saber que la vida cristiana es un viaje de aprendizaje de la antigua vida bajo la carne a una nueva vida bajo el Espíritu (Ro. 7:6). Paralelamente a esto es un viaje de la vida sin la iglesia hacia la nueva vida del nuevo hombre, a saber El Cuerpo, la iglesia. La vida antigua puede dominar esporádicamente al creyente llevándolo a su deterioro y fracaso: “porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Ro. 8:13). Esta expresión: “hacer morir” es la acción del Espíritu en el creyente guiado por Su Persona mediante la obediencia a la Palabra de Dios. Es paralela a la expresión usada por el apóstol Pablo como “mortificad”: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros...” (Col. 3:5). Tal cosa no es autoflagelarse sino que es el poder del Espíritu en el creyente que se somete en oración a Su dirección y guía: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Ro. 8:26). Esta intercesión es en el corazón del creyente, ayudándolo a no preferir las obras de la carne, pues que el creyente no pida cómo conviene no se trata de que no sepa hablar bien. Es más bien que no sabe inclinarse a lo del Espíritu convenientemente y prima en el la carne por su inexperiencia en la santidad. El Espíritu no es un acomodador de oraciones, arreglando nuestras oraciones, sino uno que nos sugiere con gemidos indecibles que elijamos Su guía y abandonemos las obras de la carne.
    Esto es orar en el Espíritu, es decir, cuando escuchamos al Espíritu y no a la carne: “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos” (Ef. 6:18). Este orar en el Espíritu es necesario que entendamos que es en comunión con la Palabra de Dios, pues nunca seremos guiados fuera de ella, por esto se nos dice: “Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo” (Jud. 20). Esta santísima fe es “la fe una vez dada a los santos”, es decir, el conjunto de doctrinas de los 66 libros de la Biblia con todo el consejo de Dios (Jud. 1:3; Hch. 20:27). Un creyente que conoce el poder de su Salvador, que sabe además de la herencia a la cual ha sido llamado, y que de igual modo conoce los mandamientos del Señor, recibirá en su alma el “dominio propio” necesario como “templanza” que le hará decidir según la guía del Espíritu Santo (Gá. 5:22-23). En todo esto existe un caminar y un aprendizaje fruto de la oración y de la comunión con la Palabra de Dios: “Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; Tu buen espíritu (Espíritu) me guíe a tierra de rectitud” (Sal. 143.10).
    Este es un caminar de aprendizaje espiritual ilustrado en el Antiguo Testamento por varios ejemplos, uno de ellos es el viaje de Abraham desde  la tierra en Ur de los Caldeos hacia la tierra prometida. En Ur estaba la vida antigua en la carne y en la tierra prometida la vida nueva gobernada por el Espíritu. Nosotros también somos llamados a dejar lo conocido y lo estático para tomar este viaje espiritual. Solamente el Espíritu de Dios nos puede llevar por este camino y dejarnos en nuestro destino final. En nuestro caso la ayuda de la iglesia es fundamental y sin su agencia es imposible crecer y ser fortalecido.
    En la Biblia se usa la figura de caminar o de andar para reflejar una vida en acción conducida por el Espíritu. Por eso se nos dice: “...Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gá. 5:16). Es así que se deja por sentado que la característica de un verdadero hijo de Dios es ser guiado por el Espíritu: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Ro. 8:14). Esto es debido a que el creyente está ahora bajo el régimen del Espíritu (Ro. 7:6) y no bajo la ley: “Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley” (Gá. 5:18). Este verbo, ser “guiados”, es “siendo inducidos” mientras cooperamos. Significa dejarse llevar conscientemente, e implica la idea de sumisión y humildad para quien nos guía, en este caso al Espíritu. Este verbo se usa del Señor y Su ejemplo nos muestra como una Persona perfecta y poderosa como Él se deja ser conducido: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado (guiado) por el Espíritu al desierto” (Lc. 4:1). El evangelio de Mateo lo expresa así: “Entonces Jesús fue llevado (guiado) por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo” (Mt. 4:1). El Espíritu es una Persona llevando a otra persona, no es una fuerza, ni influencia divina que empuja despojando al conducido de su voluntad.

La guía del Espíritu por cinco mandamientos
    Como hemos visto se requiere de obediencia para dejarse llevar por el Espíritu. Para hacer posible esto existen 5 mandamientos de la libertad del Espíritu (2 Co. 3:17) implicados en la  idea de ser guiados, dos positivos y tres negativos:

•  “Sed llenos del Espíritu” (Ef. 5:18).
•  “Andad en el Espíritu” (Gá. 5:16).
•  “No contristéis al Espíritu Santo” (Ef. 4:30).
“No apaguéis al Espíritu” (1 Ts. 5:19).
•  No provocar a celos al Espíritu Santo  (Stg. 4:5; 1 Co. 10:22).

    La vida del Señor Jesús es un claro ejemplo de esta guía del Espíritu, pues el Espíritu vino sobre Él como prueba de Su absoluta santidad y obediencia al Padre, luego lo condujo hasta el lugar de la tentación para demostrar al diablo lo imposible que era hacerle pecar. Todos Sus milagros fueron por el dedo de Dios (Lc. 11:20), una figura del silencioso poder del Espíritu Santo sobre Su obrar (Mt. 12:28) ya que Él recibió como hombre perfecto el Espíritu sin medida (Jn. 3:34). Es tan perfecta Su comunión y guía del Espíritu Santo sobre Su vida que incluso Su entrega como sacrificio en la Cruz es guiado por la Persona del Espíritu (He. 9:14).
    Un ejemplo práctico de esta guía del Espíritu sobre nuestras vidas lo vemos en Rebeca siendo llevada por el siervo de Abraham para encontrar a su futuro esposo Isaac. Este siervo es figura de la Persona del Espíritu Santo guiando a toda alma a su encuentro con Cristo. Pero además es una hermosa figura del trabajo del Espíritu para guiar a la iglesia a su consagración a Cristo hasta ser presentada ante Él como una virgen pura (2 Co. 11:2). Primero ella fue llevada providencialmente por Dios hasta un pozo: “...he aquí Rebeca, que había nacido a Betuel, hijo de Milca mujer de Nacor hermano de Abraham, la cual salía con su cántaro sobre su hombro” (Gn. 24:15). Allí se encuentra con el siervo de Abraham quien había orado a Dios para poder encontrar la futura esposa para Isaac. El trabajo del siervo es sacar a Rebeca de su antigua vida y conducirla hacia las riquezas que su amo posee para ella como heredero de la tierra prometida. El único recurso de este siervo fue tomar una muestra de lo que pertenece a su amo y convencer a la prometida: “Y sacó el criado alhajas de plata y alhajas de oro, y vestidos, y dio a Rebeca; también dio cosas preciosas a su hermano y a su madre” (Gn. 24:53). Esto es precisamente lo que hace el Espíritu de Dios al traernos por la Palabra inspirada todas las riquezas de Cristo. Estas riquezas son las glorias de Su gracia (Ef. 1:6) relativas a Su triunfo en la Cruz, Su resurrección, Su ascensión a los cielos y Su glorificación, como también Su glorioso regreso que nos invitan a dejar la vida antigua para seguir al Espíritu. Así los familiares de Rebeca le preguntaron: “...¿Irás tú con este varón? Y ella respondió: Sí, iré” (Gn. 24:58). Ella se dejó guiar convencida de lo dicho por el siervo de Abraham, y cooperó en dejarse llevar de modo que vemos en ella la figura de los cinco mandamientos para poder ser guiados conscientemente por el Espíritu de Dios:

• Se dejó llenar o controlar por la voluntad de este siervo de
   llevarla hasta Isaac.
• Caminó guiada por este siervo.
• No lo entristeció pecando por incredulidad.
• No lo apagó menospreciando sus palabras.
• No lo provocó a celos con el mundo.

    Ella dejó la esfera terrenal de su familia para ir a la esfera de su Señor guiada por este siervo anónimo. Es anónimo aquí en este incidente pero sabemos que era el siervo más antiguo de la casa de Abraham llamado Eliezer (Gn. 15:2) cuyo nombre significa: “Dios es ayuda”, sugiriendo el trabajo del Espíritu Santo como el “parakletos”, el ayudante.

continuará, d.v., en el número siguiente

sábado, 29 de junio de 2019

EN ESTO PENSAD - julio 2019

LA MÁS GRANDE INVERSIÓN
William MacDonald

“Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna” (Marcos 10:29-30).

     La más grande de todas las inversiones es la de la propia vida por la causa de Jesucristo. Las consideraciones más importantes en cualquier inversión son la seguridad del capital y el porcentaje de ganancia. Visto desde este ángulo, ninguna inversión se puede comparar con la vida que se vive para Dios. El capital está absolutamente seguro porque Él es poderoso para guardar nuestro depósito para "aquel día" (2 Ti. 1:12). En lo que toca a las ganancias, éstas sobrecogen la mente por su inmensidad. En el texto citado arriba el Señor Jesús promete reembolsar cien veces más. Esto equivale a una tasa de interés del 10.000 %, algo inaudito en el mundo. ¡Y eso no es todo!
    A los que han abandonado las comodidades de un hogar para servir al Señor Jesucristo se les promete el calor y las comodidades de muchos hogares, donde se les mostrará la bondad de Dios por causa de Jesús.
    A aquellos que renuncian a los deleites del matrimonio y a una familia o que rompen otros tiernos lazos terrenales por causa del evangelio, se les promete una familia mundial, muchos de los cuales en verdad vienen a ser más cercanos que los parientes de sangre.
    A quienes abandonan tierras se les prometen tierras. Dejan atrás el privilegio de poseer unas cuantas hectáreas de propiedad, obtendrán el privilegio inmensamente más grande de reclamar países y aun continentes en el precioso Nombre de Jesús.
    Se les prometen también persecuciones. De entrada, ésta parece ser una nota agria en medio de una armoniosa sinfonía. Pero Jesús incluye las persecuciones como una ganancia positiva sobre nuestra inversión. Compartir el vituperio de Cristo es un tesoro más grande que todas las riquezas de Egipto (He. 11:26).
    Estos son los dividendos en esta vida. Luego el Señor añade: “...y en el siglo venidero la vida eterna”. Esto nos hace esperar la vida eterna en su plenitud. Aunque la vida eterna en sí es un don recibido por la fe, habrá diferentes capacidades para disfrutarla. Aquellos que lo han dejado todo para seguir a Jesús tendrán un grado mayor de recompensa en la Ciudad Cuadrangular.
    Cuando consideramos las ganancias trascendentes de una vida invertida para Dios, es extraño que la mayoría de la gente no participe. Los inversores pueden ser muy astutos cuando se trata de acciones y bonos, pero extrañamente torpes cuando se trata de la mejor inversión de todas.
del libro DE DÍA EN DÍA, CLIE
 
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DIEZ MUJERES 
QUE SIRVIERON A JESUCRISTO


1.  María Magdalena (de Magdala – “torre”).
    Mt. 27:56, 61; 28:1; Mr. 15:40, 47; 16:1, 9; Lc. 8:2; 24:10;
    Jn. 19:25; 20:1-2, 11-18
2.  Marta (dama), de Betania
    Lc. 10:38-42; Jn. 11, 12:2
3.  María (varios significados diferentes, incluyendo amargura,
    rebelión o fuerte), de Betania
    Lc. 10:39-42; Jn. 11, 12:3-8
4.  Juana (dada por Dios)
    Lc. 8:3; 24:10
5.  Susana (lirio)
    Lc. 8:3
6.  María la madre de Jacobo
    Mt. 27:56, 61; 28:1; Mr. 15:40, 47; 16:1; Lc. 24:10
7.  Salomé (fortaleza)
    Mr. 15:40; 16:1
8.  María mujer de Cleofas
    Jn. 19:25 (y Lc. 24:18)
9.  La suegra de Pedro
    Mr. 1:30-31
10. La mujer no identificada que ungió al Señor Jesús en casa de Simón en Betania.
    Mt. 26:6-13; Mr. 14:3-9

Este estudio nos revela el cuidado especial y la devoción con que mujeres piadosas sirvieron al Señor Jesús en Su peregrinación aquí en la tierra, la que se caracterizó por la pobreza, la soledad y el rechazo. Ellas reconocieron que sólo Él podía entender plenamente el corazón de la mujer y sabía satisfacer sus anhelos más profundos. El ministerio del Señor Jesús a las mujeres y a sus problemas fue sin igual.
Ernesto Moore (Chile), de su libro Mujeres que Profesan Piedad
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Los Padres (y Abuelos) Psicologizados

    Los padres de Sansón no se lo dijeron (Jue. 14). David probablemente no se lo dijo muchas veces a Absalón. Samuel tampoco empleó la palabra con sus hijos (1 S. 2). ¿Qué palabra es esta que estos padres no dijeron a sus hijos? Es la palabra: “no”.
    Con todo el énfasis puesto en los hijos durante las últimas décadas, y de ello algo era necesario, el péndulo se ha ido demasiado a un lado. La verdad es que en muchas familias los hijos, y los nietos, ahora son el centro de atención, y en demasiadas familias ellos realmente mandan. Como resultado, la disciplina falta completamente, o muchas veces es simplemente una amenaza que nunca se materializa, se dice pero no se administra. En algunos casos los hijos realmente vienen antes del propio matrimonio, es decir, antes de la pareja misma.
    Demasiados padres tienen miedo de ofender al niño diciéndole: “no”. Los psicólogos han enfatizado tanto que los hijos necesitan amor, y los padres deben dedicarles tiempo de calidad, que muchos padres harían cualquier cosa porque temen privar a su hijo de sus deseos. El resultado es una familia que va entorno a los hijos, y ellos marcan la pauta de la familia. Todo tiene su explicación: “a favor del niño”. Con frecuencia el tiempo demuestra que hacer esto es un error, pero claro, entonces es tarde para quienes lo han practicado.
    Los hijos (y nietos) deciden regularmente qué se les dará de comer, dónde irá la familia para sus vacaciones, o si la familia comprará esto o lo otro. Dictan tales cosas como la marca de ropa que llevarán, el corte de su pelo y el horario de la familia. Hay familias que dejan de comer juntos porque: “a los hijos les es difícil”. Actividades como la gimnasia, el fútbol, clases de música y otras parecidas ocupan el centro de la vida familiar como si fuesen las consideraciones más importantes, y el horario de todos los demás tiene que ajustarse y ponerse en raya para que los hijos puedan hacer lo que les apetece.
    A menudo este proceder también entra en los asuntos de la asamblea, donde a los jóvenes se les permite hacer todo lo que quieren, y pronto la asamblea encuentra que ellos determinan su dirección y marcan la pauta. Los ancianos temen actuar con firmeza o tomar ciertas decisiones por miedo a la reacción de los jóvenes (o sus padres).
    Habiendo dicho esto, ¿queremos decir que simplemente hay que ignorar a nuestros hijos y a los jóvenes en la asamblea? ¡Por supuesto que no! No obstante, sí, debemos mantener todo en su perspectiva correcta, y los hijos y los jóvenes necesitan aprender que el mundo no gira en torno a ellos. (El hombre natural ya está en el centro sin que nosotros animemos más el asunto.) Una de las grandes lecciones que debemos aprender para crecer espiritualmente es: “mirando...cada cual... por lo de los otros” (Fil. 2:4). “Yo” y “mi” deben tomar el último lugar. Esto significa el preocuparse por los intereses de los demás, y quitar la mirada de uno mismo. Es difícil enseñar esto a los hijos, sobre todo, cuando los padres mismos (y los abuelos) son los primeros que los colocan en el centro, en un pedestal, los miman y encuentran excusas y explicaciones para todo lo que ellos hacen. Pero hermanos, el “yo” tiene que ir para abajo y es importante empezar en la niñez aprendiendo esto. Ésta es exactamente la actitud que se enfatiza en el texto hermoso que describe: “la mente de Cristo”. Él pensaba en los demás.
    El poner a los hijos por encima de los demás y darles todo lo que desean y demandan, simplemente permitiéndoles ir casi sin riendas, es en realidad una expresión de falta de amor y será causa de vergüenza al final (Pr. 29:15).                                                         
  Steve Hulshizer, de la revista Milk & Honey ("Leche y Miel")
traducido y adaptado
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Los Días De Noé —  Déjà Vu

     Lo de Noé y el diluvio no es una leyenda. No fue un mero desastre ecológico, sino un juicio de Dios sobre un mundo impío – como el nuestro. Génesis 6:5 dice: “la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. Más adelante, el versículo 12 relata que “miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra”.
    Cuando la desobediencia y la maldad llegan a esos niveles de desenfreno y se extienden por todo el mundo, hasta tal punto que los gobiernos legalizan el pecado y la gente pierde la vergüenza y el temor de Dios, son otra vez los días de Noé. De eso habló Jesucristo, de la vuelta de “los días de Noé”. Son nuestros tiempos. Dios prometió no juzgar el mundo por agua otra vez, pero no prometió no juzgar al mundo. Eso sí lo hará y bien pronto. El tiempo se acaba. La fecha del juicio divino se avecina. Dios intervendrá en la historia otra vez para juzgar la maldad desenfrenada, la desobediencia y la impiedad que abundan. Cuando venga Jesucristo por segunda vez, no será en forma de bebé, ni manso y humilde, sino como Rey con gran poder y gloria. Lee en S. Mateo capítulo 24, y en el libro de Apocalipsis, capítulo 19, y lo verás. Prepárate amigo, créelo, tómalo muy en serio, reacciona, porque el juicio viene, como vino en los días de Noé.
    El apóstol Pablo advirtió de la próxima venida de Jesucristo para juzgar al mundo, no con agua, sino con fuego. ¡Habrá terribles juicios! En su 2ª Epístola a los Tesalonicenses, 1:7-9 dice: "cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder..."
    Como Noé en su día, nosotros anunciamos el juicio venidero y predicamos el perdón de pecados y la salvación, gratuitamente, por la gracia de Dios, sin obras, por la fe en el Señor Jesucristo. Amigo, si no te arrepientes y confías en el Señor Jesucristo, perecerás como los que perecieron en los días de Noé. Cristo dijo: “vino el diluvio y los destruyó a todos” (Lucas 17:27).

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EL ESPÍRITU CUAL SEÑOR
Parte 6
por Camilo Vásquez Vivanco, Punta Arenas, Chile

viene del número anterior
 
“Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Co. 3:17).

     Esta declaración no sólo prueba la Deidad del Espíritu Santo sino que también Su señorío en la presente dispensación. El señorío de Cristo en la iglesia tiene que ver con la actividad del Espíritu desde que el Señor Jesús fue glorificado (Jn. 7:39). Ya hemos mencionado que el Padre es Señor (Sal. 109:21), que el Hijo es Señor (1 Co. 8:6) y que también el Espíritu es Señor, pero esto no significa que existan tres señores. Existe un solo Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de Él. Ahora el Espíritu es Señor en la iglesia porque el Hijo lo ha enviado para ocupar Su lugar entre los hombres (2 Co. 3:17) y debemos obedecer los cuatro mandamientos de la libertad del Espíritu. Esta declaración no significa que el Espíritu sea igual que el Señor, como tampoco es igual el Padre que el Hijo, según sostienen los unitarios. Ellos tres son más que un mismo propósito, pues son una misma substancia (Jn. 10:30), pero son diferentes en Sus funciones, pues son tres Personas distintivas (Mt. 28:19). El Hijo ha dado paso a Su Espíritu para ser el Cofundador de la iglesia embelleciéndola y preparándola para ser la esposa de Cristo. Lo mismo hizo el Padre al colocar en el Hijo toda Su autoridad y declarar que Jesús es el Señor (Hch. 2:36). Del mismo modo el Hijo ha colocado en el Espíritu Santo toda Su autoridad y lo denomina Señor. Nunca somos exhortados a orar en el nombre del Espíritu pero si en el Espíritu (Ef. 6:18); del mismo modo nunca somos invitados a adorar al Espíritu pero sí a ser guiados en la adoración en el Espíritu (Jn. 4:23). Del mismo modo nunca somos invitados a servir al Espíritu pero si a servir en el Espíritu (Fil. 3:3). Entonces la idea del señorío del Espíritu en la vida del creyente y en la iglesia tiene que ver con Su guía para que glorifiquemos al Señor. Esto quiere decir que la iglesia es invitada a tener comunión con el Espíritu (2 Co. 13:14), a ser llena del Espíritu (Ef. 5:18; Ro. 15:13), a orar en el Espíritu (Ef. 6:18). En la medida que la iglesia mantenga esta comunión con el Espíritu será una iglesia guiada por el Señor pues el Espíritu tiene como obra principal glorificar al Señor: “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn. 16:14).
    Las obras presentes del Espíritu Santo que nunca antes fueron hechas, son, el bautismo del Espíritu Santo o incorporación en el cuerpo la iglesia, la morada y el sellamiento. En todas las dispensaciones ha ocurrido en nuevo nacimiento o la regeneración de lo contrario nadie habría podido obedecer a Dios. Sin embargo ninguno de los Santos del antiguo testamento fue hecho morada permanente, ni sellado por el Espíritu Santo, ni menos hecho parte de la iglesia. Existe un caso de llanura del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento: “Mira, yo he llamado por nombre a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte” (Éx. 31:2-3). Sin embargo esa llanura no fue para recibir algún don espiritual, sino un equipamiento natural para la confección del tabernáculo. Los dones espirituales son sólo recibidos por la iglesia. Tales obras hoy ocurren en la conversión del creyente regenerando su espíritu (Tit. 3:5), habitando en él (Hch. 19:2; 1 Co. 6:19) y sellándolo para el día de la redención (Ef. 1:13-14).
    Este señorío del Espíritu se nota en ser el dador de los dones necesarios para glorificar al Señor: “Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Co. 12:11).
    Por el Espíritu vienen las cosas más esenciales del poder espiritual de la vida colectiva de la iglesia, y la personal de cada creyente. Él como cofundador posee todo poder para suministrar constantemente el amor vital, el gozo indispensable, la fortaleza necesaria y la guía que reconforta el alma (Fil. 1:19).

Respecto del amor:
    “y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Ro. 5:5).
    “Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios” (Ro. 15:30).
    “quien también nos ha declarado vuestro amor en el Espíritu” (Col. 1:8).
    Sí, la Biblia nos exhorta: “andad en amor...” (Ef. 5:2). Esto es sinónimo de andar en el Espíritu (Gá. 5:16); pues el verdadero amor es comunicado por el Espíritu. Nosotros solemos amar por interés y siempre y cuando alguien lo merezca, además respondemos con una supuesta muestra de amor siempre y cuando nos acordemos. El amor en el Espíritu es el que promueve el bien incondicional para el pueblo de Dios y cimenta la unidad ya efectuada por el Espíritu (Ef. 3:17; 4:2-3). No sólo este amor hace nada indebido sino que es capaz de ejercerse naturalmente en toda ocasión ya que es fruto del Espíritu: “de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Ef. 4:16). Tal cosa es el camino más excelente mencionado por el apóstol Pablo: “...Mas yo os muestro un camino aun más excelente” (1 Co. 12:31).

Respecto del gozo
    “porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Ro. 14:17).
    “Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Ro. 15:13).
    “Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con gozo del Espíritu Santo” (1 Ts. 1:6).
    El gozo viene del Espíritu Santo en medio de la tribulación y también está presente en periodos de paz. Ese gozo celestial no se acomoda a las circunstancias sino que se cimenta en la esperanza del retorno del Señor y Su futura gloria. Se puede estar siempre gozoso (Fil. 4:4; 1 Ts. 5:16) y regocijarse en el Señor, dado la salvación que poseemos y el futuro glorioso que nos aguarda, pues nada puede opacar la realidad de semejante esperanza.

Respecto de la fortaleza (Consuelo)
    “Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas (estimuladas), andando en el temor del Señor, y se acrecentaban (aumentaban) fortalecidas (consoladas) por el Espíritu Santo” (Hch. 9:31).
    Una iglesia fortalecida por el Espíritu Santo no es una iglesia sin problemas. La fortaleza espiritual es la capacidad de levantarse con una lección aprendida. Después de la dura persecución obrada por Satanás usando a Saulo, este se convirtió y eso trajo paz y consuelo. La lección aprendida fue la extensión del evangelio que ayudó a mover el letargo de muchos en la naciente iglesia (Hch. 11:19). No solo nació la iglesia de Antioquia sino que el Espíritu llamó de allí a los misioneros para los gentiles con el legado doctrinal incalculable que hoy poseemos. Los problemas de una iglesia son transformados por el Espíritu Santo; pues los que no son aprobados se descubren pronto (1 Co. 11:19) y quedan los aprobados en Cristo (Ro. 16:10). Se puede decir que las crisis de una asamblea son ocasiones para que el Espíritu de Dios produzca Su fruto y ayuda a que emprendamos aquel camino más excelente (1 Co. 12:31), “para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder (aumentar en vigor) en el hombre interior (dentro) por su Espíritu” (Ef. 3:16).
    Este hombre interior no es necesariamente el creyente convertido con su nueva naturaleza, se trata más bien de la iglesia fortalecida como cuerpo, pues el nuevo hombre es el cuerpo de Cristo, la iglesia: “y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:24). No somos invitados a vestirnos de algo creado en nuestro interior como la nueva naturaleza, sino de algo corporativo efectuado por el Espíritu. El nuevo hombre está creado, acción efectuada por el Espíritu: “...para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz” (Ef. 2:15). Aquellas riquezas de Su gloria las posee el Espíritu (Juan 16:13-15) y son comunicadas por la Palabra de Dios a toda la iglesia por el ministerio del Espíritu. La mayoría de los intérpretes ven el nuevo hombre como aquella nueva naturaleza creada en la regeneración según sostiene por ejemplo John Owen (f), sin embargo en rigor del contexto de las cartas a los efesios y a los colosenses la aplicación de estos conceptos como “nuevo hombre” y “viejo hombre” (Col. 3:9-10) apuntan a la iglesia de quién Cristo es su cabeza (Ef. 1:22; Col. 1:18; 2:19).
    Entonces la iglesia en su seno, en su interior, necesita el poder del Espíritu Santo y esto no es cuestión de organización sino del vigor que produce el amor del Espíritu. Es por esto que somos invitados a vestirnos del nuevo hombre, es decir, de la realidad existente de la iglesia a la cual pertenecemos. Nada se avanza fuera de la comunión con los hermanos, ni existe fortaleza alguna del Espíritu separado de los hermanos pues el Espíritu Santo nos incluyó, nos bautizó en ese nuevo hombre (1 Co. 12:13). Si el Señor enseñó: “...porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5), lo hizo en el contexto de Él como la vid y nosotros los pámpanos ilustrando la realidad de la iglesia como aquel nuevo hombre. No existe ninguna otra alegoría que explique mejor lo que signifique la unidad del Espíritu a la cual somos invitados a guardar: “con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar (custodiar) la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef. 4:2-3). La unidad está hecha y solo debemos guardarla sin crear rivalidades y malestares entre hermanos que rompen la paz. No se trata de ponerse de acuerdo sobre qué creer o qué practicar sino de guardar lo revelado por el Espíritu como la fe una vez dada a los santos: “un Señor, una fe, un bautismo” Ef. 4:5; “...que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Jud. 1:3).                                                    
 continuará, d.v., en el siguiente número