Entradas populares

jueves, 30 de abril de 2020

EN ESTO PENSAD - mayo 2020

“Virgen” No Es Un Título Bíblico
 
En la Biblia la palabra “virgen” no es un título sino una descripción de una condición. En sus varias formas solo aparece once veces en todo el Nuevo Testamento, y de ésas solo tres se refieren a María la madre de Jesucristo. Uno es Mateo 1:23 que cita una escritura profética: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo”. No “la virgen” sino “una virgen”. En Lucas 1:27 aparecen las otras dos referencias a María, donde leemos: “a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María”. No hay más.
    Nunca es empleada como un título. Las Escrituras nunca le llaman a María “la Virgen María”, “la Santa Virgen”, “la Bendita Virgen” ni otros títulos semejantes. José no la llamó así. Cristo no la llamó así. Los apóstoles y demás creyentes tampoco le dieron ese título. El título viene de religiones paganas, por ejemplo, en la mitología griega había tres diosas vírgenes: Artemisa diosa de la caza y la luna (Diana en la mitología romana), Atenea diosa de la guerra y de la civilización (Minerva en la mitología romana), y Hestia diosa del hogar – que es Vesta para los romanos. Los paganos rindieron culto a esas virgenes y les atribuían poderes especiales, es decir, como diosas.
    En cambio, Maria la madre de Jesucristo nunca fue titulada “Virgen” hasta que surgió el catolicismo romano que había asimilado creencias y prácticas del paganismo. El catolicismo le atribuye perpetua virginidad y poderes especiales, como diosa, y enseña a la gente a rezar a ella y confiar en ella para ayuda. Dedica el mes de mayo a Maria y de ahí el día de la madre. Su creencia en María como “siempre virgen” es equivocada, ya que las Escrituras enseñan que ella y José tuvieron relaciones normales de matrimonio después del nacimiento de Jesús (Mt. 1:25). Además, Mateo 13:55 y Marcos 6:3 indican que José y María tuvieron hijos, por lo que es imposible que fuera siempre virgen, ni es necesario que sea así para que la apreciemos como mujer bendita, privilegiada y única en la historia, la madre de nuestro Señor (Lc. 1:43).
    Es importante notar cómo las Sagradas Escrituras se refieren a María sin darle títulos como en las religiones paganas. He aquí algunos ejemplos en los Evangelios.
    “María su madre”        Mateo 1:18
    “su madre María”        Mateo 2:11; 13:55
    “la madre de mi Señor”    Lucas 1:43
    “María su mujer”        Lucas 2:5
    “su madre María”        Lucas 2:34
    “María”            Lucas 1:27, 30, 34, 38, 41, 46, 56
    “la madre de Jesús”        Juan 2:1, 3
    “mujer”            Juan 2:4
    “su madre”            Juan 19:25-26
    “María la madre de Jesús”    Hechos 1:14

    Vemos por la cita en Hechos de los Apóstoles que la iglesia apostólica la conocía como “María la madre de Jesús”, no como “la Virgen”. Ella se reunía con los demás pero no ocupaba lugar de preeminencia ni autoridad, ni se le rendía culto. Seguramente oraba con los demás creyentes, pero no era conocida como intercesora con poderes o influencia especial, ni recibía peticiones ni ofrendas de nadie. Nadie oraba a María en la iglesia apostólica. No se le componían himnos ni dedicaban días especiales a ella. El Rosario y la Salve no son textos bíblicos, ni tampoco los títulos que en ellos se le atribuyen a ella.
    Reconocemos que María era una mujer especial, única en la historia de la humanidad y especialmente bienaventurada porque ella fue el vaso escogido por el cual el Verbo de Dios se encarnó: “aquel Verbo fue hecho carne” (Jn. 1:14). Considera cómo María misma se describió en Lucas 1:38, “He aquí la sierva del Señor”. En Lucas 1:46-47 leemos: “María dijo: Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. En el versículo 48 habla de “la bajeza de su sierva”. Ella era humilde, obediente, sumisa y engrandecía al Señor. Hablaba de Dios como Salvador suya, pues ella también necesitaba ser salva y no puede salvar a nadie. Sus virtudes son ejemplo para toda mujer creyente, pero en las Escrituras el apóstol Pedro no la menciona, sino a Sara (1 P. 3:1-6) como ejemplo de conducta piadosa. Esto indica que aunque María era apreciada sin duda, los apóstoles no le elevaron a una posicion especial, ni existía la práctica de rendirle culto.

                   Carlos Tomás Knott

- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
 ¿QUÉ HACEMOS CON EL TIEMPO?

El tiempo está repartido divinamente a todos con equidad. Nadie tiene más ni menos que los demás. Pero no todos lo aprovechan, no todos lo redimen. Es trágico perder el tiempo, o matar el rato, porque es un recurso no renovable. El reloj y el calendario nunca paran, y el tiempo no espera a nadie. Para aprovechar y no perder el tiempo, tenemos que darnos cuenta de lo siguiente:

    • El tiempo es limitado, y desde nuestro nacimiento estamos en la cuenta retrocesiva.
    • La muerte es cierta y no sabemos cuándo será. “Mañana” o “cualquier día” no es un plan para aprovechar el tiempo. “Si oyereis hoy su voz...” enfatiza lo importante que es el día de hoy.
    • El arrebatamiento es aun más cierto, y en el Tribunal de Cristo daremos cuenta a Dios por nuestro uso del tiempo que Él nos concedió, si lo redimimos o no (Ef. 5:15-17; 2 Co. 5:10).
    • El número de años productivos está establecido por Dios. “Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos” (Sal. 90:10).
    • Los días deben ser contados y usados sabiamente.“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Sal. 90:12).
    • El tiempo requiere comportamiento responsable, como el ejemplo de la hormiga (Pr. 6:6-8). “Prepara en el verano su comida, y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento”.
    • El tiempo se nos ha confiado para servir y glorificar a Dios. “...La noche viene, cuando nadie puede trabajar” (Jn. 9:4).
    • El tiempo es irrecuperable, es un recurso no renovable. Una vez gastada una hora, nunca volverá. "...redimiendo el tiempo" (Col. 4:5).
    • El tiempo no respeta a las personas. Todas tienen las mismas horas en un día y una semana. Algunos con esas horas hacen mucho, llevan empresas, gobiernan países, cumplen trabajos y proyectos, pero otras personas con las mismas horas ni hacen su cama. No necesitamos más tiempo; el problema es cómo lo utilizamos.
    Hay algunos ejercicios prácticos que reforzarán nuestro respeto por el tiempo y evitarán que lo malgastemos. Primero, piensa en las horas como monedas. Si una hora es un euro, dólar, peso o la moneda de tu país, entonces un cuarto de hora es la cuarta parte de esta moneda. Cada día gastas 24 horas/monedas. Cada semana, 168. Un día meterás la mano en el monedero y sólo quedarán unas poquitas. ¡Seguro que cuidarás de cómo gastarlas! Pero piensa en todas las horas malgastadas, perdidas, en la vida, que si podrías evitar ese derroche, las tendrías para mejores cosas. Antes de decidir qué hacer, cualquier actividad, acostumbra a preguntar: “¿Cuánto tiempo me costará?”
    Durante una semana, apunta lo que haces durante cada cuarto de hora. Al final de cada día, y luego al final de la semana, repásala y evalúa cuántas de las 168 horas usaste para dormir, comer, descansar, charlar, divertirte, y cuántas empleaste para hacer un trabajo productivo y completo. Puede que los resultados te sorprendan. Después, decide cómo mejor utilizar el tiempo y organizarte un horario sencillo y una lista de tareas.
    Confiesa al Señor cualquier derroche de tiempo, y ora en las palabras del Salmo 90:12 cada día para que Él te enseñe y guíe. Determina que con Su ayuda conocerás el tiempo (Ro. 13:11), y que lo redimirás (Ef. 5:15-17) y mirarás con diligencia cómo andas, para la gloria del Señor.
Cuando ERA bebé, el tiempo a penas se movía.
Luego como joven, el tiempo andaba.
Después llegué a adulto y el tiempo corría.
Al envejecerme, el tiempo volaba.
Pero pronto hallaré que el tiempo se fue.
Y la eternidad ¿qué será de mí?
 
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
 
 
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
 
LOS "INDECISOS"

Muchos piensan que a Cristo y el evangelio hay tres reacciones: sí, no e indeciso. Creen que hay un empate en su mente y que todavía no se sabe cuál será el resultado final. Pero se equivocan. Considera estos casos bíblicos.
    Primero, en Hechos 17:32 los hombres de Atenas escucharon al apóstol Pablo predicar acerca de la muerte y  resurrección de Cristo. Unos se burlaron, pero otros dijeron: “Ya te oiremos acerca de esto otra vez”. Nunca lo escucharon otra vez. Aunque no se burlaron, rechazaron el evangelio ese día y perdieron una gran oportunidad.
    Segundo, en Hechos 24:25 Félix oyó a Pablo disertar de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, y se espantó. Pero en lugar de arrepentirse y creer, dijo: “Ahora vete; pero cuando tenga oportunidad te llamaré”. Tenía oportunidad en este momento, pero no la aprovechó. Luego, esperando recibir soborno, llamaba a Pablo muchas veces y hablaba con él, pero sólo como pretexto para que le ofreciera dinero. Su demora le costó su alma.
    Tercero, en Hechos 26:27 Pablo predicó al rey Agripa acerca de la muerte y resurrección de Cristo, y le preguntó: “Crees, oh rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees”. Éste fue el momento decisivo en la vida de Agripa, pero respondió “Por poco me persuades a ser cristiano” (v. 28). Casí creyente, pero incrédulo. Casi salvo, pero perdido. “Por poco” son de las palabras más tristes en la Biblia.
    Amigo, respecto al Señor Jesucristo y el evangelio sólo hay sí o no, creer o no creer, ser salvo o perdido. En tu condición natural eres un pecador culpable ante Dios. "La paga del pecado es muerte" (Romanos 6:23). El evangelio es la buena nueva que Dios amó al mundo y mandó a Su Hijo Jesucristo, quien murió para pagar por nuestros pecados. Ahora mismo, sin arrepentirte y creer en Él, estás perdido. No hay “indecisos”, solo incrédulos y creyentes. Si mueres hoy, no morirás indeciso, sino incrédulo, a menos que confíes en Cristo.No cometas el error de los atenienses, Félix y Agripa. Ahora mismo estás perdido. Si crees en el Señor Jesucristo, serás salvo. “El evangelio... es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16).
Carlos
 
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
LA FE DE NOÉ 
por Lucas Batalla
Texto: Hebreos 11:7

Este versículo contiene mucho, porque resume toda la vida de Noé, que era el nieto de Matusalén y bisnieto de Enoc (Gn. 5:24-29).
    El mundo solo asocia a Noé con el arca, y muchos creen que es un mito. Pero Noé era un hombre literal, histórico, que descendió de Enoc el séptimo desde Adan (Jud. 14). Su genealogía está en Génesis 5. Jesucristo le nombró en Mateo 24, y está en la genealogía de Cristo en Lucas 3. El apóstol Pedro le menció en sus dos epístolas. Que nadie diga que eso fuese una leyenda o parábola.
    Génesis 6 describe las terribles condiciones del mundo antes del diluvio – el primer gran juicio de Dios sobre la humanidad. Dios advirtió a Noé, y él con temor preparó el arca en tierra y en tiempos cuando nunca había llovido. Hebreos 11 dice que lo hizo por fe. Creyó a Dios y actuó, y mediante eso “condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe”.
    Al estudiar el texto en Génesis vemos que Dios intervino así en la vida de Noé porque él no seguía la corriente del mundo de su día, sino buscaba a Dios. Génesis 6:8 dice que “Noé halló gracia”, y el versículo 9 añade que era “varón justo” – no como los demás de aquel terrible siglo. Era “perfecto en sus generaciones” y “con Dios caminó Noé” (v. 9), como Enoc su bisabuelo (Gn. 5:22). Vivía en medio de un mundo malísimo. La maldad de los hombres era mucho, y todos sus pensamientos eran de continuo el mal (Gn. 6:5). Toda carne había corrompido su camino (Gn. 6:12). La tierra estaba llena de violencia a causa de ellos (Gn. 6:13), y terrible juicio divino pendía sobre el mundo.
    En esos tiempos, Noé pensaba en Dios, y clamaba a Él. Probablemente era casi el único hombre en el mundo que oraba a Dios. ¡Imagina esto! Hay algo que conmueve el corazón de Dios – es la oración de los que le buscan. No podemos salvar a nuestros hijos, pero Dios sí. Noé, instruido por Dios, preparó el arca, y su familia entró y fue salva del diluvio. El testimonio personal de Noé es importante. No vivía como los demás. Halló gracia, no por una misteriosa elección, sino porque vivía para agradar a Dios. Era distinto: “a ti he visto justo delante de mí en esta generación” (Gn. 7:1).
    Observa en Génesis 6:22 que Noé tenía un corazón dispuesto, tenía fe – confianza en Dios – y obedeció. “Hizo conforme a todo lo que Dios le mandó”. Leemos esta misma idea en Génesis 7:5 y 16. La fe nos conduce a hacer lo que Dios dice, a respetar y obedecer Su Palabra. Sabiendo que el juicio venía, no se entretuvo edificando una gran casa para vivir comodamente, ni compró fincas, porque ¡para qué, pues todo iba a ser destruido! Así que, ahí estuvo ciento viente años preparando el arca y predicando. 2 Pedro 2:5 le llama “pregonero de justicia”. Podemos imaginar las burlas de la gente, pero Noé no dejó de hacer lo que Dios le dijo. El mundo siempre quiere desviar al creyente para que no sirva a Dios. A Nehemías cuando edificaba el muro de Jerusalen, varias veces los enemigos intentaron hacerle parar, pero siguió y terminó la obra. Hermanos, debemos hacer “conforme” a lo que Dios manda y no parar ni cambiar para dar gusto al mundo que no entiende y cree.
    Dios le dio la gracia, las instrucciones, el conocimiento y las fuerzas, pero Noé tuvo que hacer como Dios había dicho, y eso es la fe – lo que la demuestra. La fe no es un sentimiento, una emoción, ni una teoría o filosofía. Es muy práctica. Cree a Dios y hace lo que Él dice.
    Terminada el arca, y con los animales metidos, Noé y su familia entraron cuando Dios le dijo (Gn. 7:6-7, 16). Solo había una puerta, y nota que fue Dios que cerró la puerta, no Noé. Eso dio seguridad. Noé tuvo que entrar para ser salvo, pero solo Dios cierra la puerta para asegurar la salvación. Pereció todo el mundo y solo se salvaron los que estaban en el arca – ocho personas. La mayoría no cree, todavía es así, pero la mayoría no manda a Dios ni lleva la razón.
    Pasó un año en el arca. Hay tiempos cuando tenemos que sentarnos, estar quietos y esperar en Dios. Este año no fue tiempo perdido, pero qué poco nos gusta parar, meditar y esperar en Dios. Luego en Génesis 8:1 leemos que Dios se acordó de Noé y obró para que las terribles aguas de muerte fuesen quitadas de la tierra. En los versículos 16-19 vemos que salío del arca cuando Dios se lo dijo, al igual como cuando entró. Actuó guiado por la Palabra de Dios, y nosotros también debemos actuar así. Luego hizo algo voluntario que a Dios le gustó. Edificó un altar (Gn. 8:20) y presentó holocausto a Dios. El siguiente versículo dice que “percibió Jehová olor grato” – eso es – que le agradó. La gratitud y la adoración agradan a Dios. ¿Qué percibe Dios de nosotros?
    Hermanos, como Noé, no sigamos al mundo. Recordemos las tres cosas en el Salmo 1:1 que no debemos hacer si queremos bendición de Dios. Hay que separarnos del mundo. Cuánto bien podemos hacer viviendo fielmente para Dios con nuestra familia, y enseñando a los nuestros ejemplo de la vida de fe.
    En Génesis 9:1 Dios bendijo a Noé y sus hijos, y los envió a llenar la tierra. Vemos Su pacto con Noé en el versículo 9, y mencionado repetidas veces en los versículos del 11 al 17. La señal de ese pacto fue el arco iris que Dios hizo. Es una gran blasfemia que los sexualmente perversos utilicen ese símbolo divino dado a Noé, y ciertamente ellos serán juzgados, no con agua, sino con fuego eterno.
    Génesis 9:20-27 relata que Noé labró la tierra, cosa buena, pero se descontroló con el vino, cosa mala. No dice que era continuamente un borracho, sino habla de un hecho puntual. Cuán importante es que nos cuidemos de excesos y de lo que pueda manchar nuestro testimonio. En esta sección aparece el desprecio que le hizo su hijo Cam, por lo que fue maldito, y el respecto y la misericordia que Sem y Jafet tuvieron a su padre, por lo que fueron benditos. Cam, padre de Canaán, fue salvo del diluvio porque entró con su padre en el arca, pero después se perdió por la deshonra: “maldito” (Gn. 9:25). Es la primera persona maldita en el mundo posdiluvio, y fue por cómo trató a su padre.
    Los versículos 28 y 29 resumen los últimos siglos de Noé, sí, siglos, porque tuvo seiscientos años cuando entró en el arca, y murió con novecientos cincuenta años de edad. Así que vivió trescientos cincuenta años después de entrar en el arca, o sea, trescientos cuarenta y nueve después del diluvio. ¡Imagimemos cómo sería tener entre nosotros una persona de más de novecientos años de edad! Para eso tendría que nacer cerca del año 1.100, o sea, en la edad media. Pues Noé tenía todos esos años y vio muchos cambios en el mundo. No es un cuento hermanos. Un día nosotros los creyentes veremos a Noé y hablaremos con él, o más bien le escucharemos.
    Hermanos, tengamos cuidado durante toda la vida, y especialmente en la vejez, en el camino largo, hasta el fin, porque entonces llegaremos a la gloria. No aflojemos. No se puede jubilar de la vida espiritual ni tomar vacaciones de ella. En todo el camino hay peligros en este mundo. Seamos fieles a Dios de principio al final. ¡Qué éste sea nuestro propósito y que el Señor nos dé gracia y fuerzas para vivir así!
de un estudio dado el 28 de agosto, 2019

 Altar y Holocausto de Noé
por Joseph Anton Koch 1768-1839
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

 

martes, 31 de marzo de 2020

EN ESTO PENSAD - abril 2020

Arruinado Por Las Pasiones


“Esaú... por una sola comida vendió su  primogenitura”.     Hebreos 12:16
 
Ocurre con frecuencia que los hombres cambian los verdaderos valores de la vida por una gratificación momentánea de los apetitos físicos. Esto es lo que hizo Esaú. Venía de regreso del campo, cansado y hambriento. En aquel momento Jacob cocinaba un guiso rojo. Cuando Esaú le pidió un plato de aquel delicioso potaje, Jacob le dijo: “Sí, pero a cambio véndeme hoy tu primogenitura”.
    La primogenitura era un valioso privilegio que pertenecía al hijo mayor de una familia. Era valioso porque le daba el privilegio de llegar a ser el jefe indiscutible de la familia o tribu y el derecho a una doble porción de la herencia.
    Pero en ese momento, Esaú consideró que su primogenitura no tenía valor. ¿En qué puede beneficiarle una primogenitura, pensó, a un hombre muerto de hambre como yo? Su hambre parecía tan agobiante que estuvo dispuesto a dar cualquier cosa para satisfacerlo. Para calmar su apetito momentáneo estuvo dispuesto a entregar algo que era de valor imperecedero. ¡Y sin más realizó el terrible negocio!
    Un drama similar vuelve a presentarse casi todos los días. Por ejemplo, he aquí un hombre que ha mantenido un buen testimonio durante muchos años. Tiene el amor de una buena familia y el respeto de sus compañeros cristianos. Cuando habla, sus palabras tienen autoridad espiritual, y su servicio tiene la bendición de Dios. Es un creyente modelo.
    Pero entonces surge un momento de fiera pasión. Parece como si el fuego de la tentación sexual lo consumiera. De pronto nada parece más importante que la satisfacción de este impulso físico. Está decidido a sacrificarlo todo por esa unión ilícita así que se abandona al poder del deseo.
    ¡Y de esta forma da el salto descabellado! Por aquel momento fugaz de pasión, cambia el honor de Dios, su propio testimonio, la estima de su familia, el respeto de sus amigos y el poder de un auténtico carácter cristiano. Como Alexander Maclaren dijo: “Se abandona a sus deseos dando la espalda a la justicia; desprecia los goces de la comunión divina; oscurece su alma; termina su prosperidad; cae sobre su cabeza una catarata de calamidades por el resto de los años que le quedan y hace de su nombre y su religión un blanco para las burlas crueles de las generaciones sucesivas de mofadores”.
    En las clásicas palabras de la Escritura, vende su primogenitura por un plato de lentejas.
William MacDonald, De Día En Día, CLIE
 
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
 
“Estando atestados” Romanos 1:29

La palabra atestado significa lleno hasta no caber más. Atestar es llenar una cosa apretando mucho el contenido hasta que no cabe más. Es la palabra que el Espíritu Santo escoge para describirnos. En Romanos 1:29-31, los seres humanos estamos atestados de toda clase de pecado. Pecados de:

1. La mente, los pensamientos, la actitud:
    avaricia          soberbios
    maldad           sin misericordia
    envidia           inventores de males
    necios            malignidades
    desleales        aborrecedores de Dios
    altivos            sin afecto natural
    implacables

2. La lengua, la boca, el hablar:
    contiendas
    engaños
    murmuradores
    detractores
    injuriosos

3. Los hechos, la conducta:
    toda injusticia
    fornicación
    perversidad
    homicidios
    desobedientes a los padres

No son fallos, síndromes, errores ni problemas, sino PECADOS, de los cuales la raza humana esta llena, ¡tan llena que estamos a punto de reventar espiritualmente! Y Dios que nos ve, nos conoce, y sabe toda nuestra maldad mejor que nosotros, está a punto de juzgarnos por estas cosas que hay en nosotros. En el siguiente versículo (v. 32), Dios dice que “los que practican tales cosas son dignos de muerte”. Así que, nadie diga que espera recibir de Dios lo que se merece, porque está claro que semejantes personas merecen la muerte. El ser humano no es basicamente bueno, sino fundamentalmente malo, y por eso condenado, y necesita el perdón y la salvación de Dios. Necesita ser rescatado de una condición desesperadamente mala, y solamente el Evangelio le ofrece este rescate de su “vana manera de vivir”. 
 - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
 
Sé Sabio, Evita La Política, 
Predica El Evangelio
Dios busca y la iglesia hoy necesita a nobles creyentes que estén dispuestos a parar en los caminos, mirar, preguntar por el buen camino, y andar en él. Éstos no querrán hacer nada simplemente porque los demás lo hacen, ni porque siempre se ha hecho, ni siquiera porque les parece lógico o buena idea. Es patética la excusa que dice que si la Biblia no prohibe expresamente algo, entonces podemos hacerlo. A los tales les preguntamos si sólo así conocen la Palabra de Dios y los caminos de Dios? No así los creyentes nobles. Su único afán es saber qué dice la Escritura, no sólo la letra sino el espíritu de la Escritura, y los preceptos divinos que pueden gobernar nuestras vidas para bien. Desean saber qué quiere Dios que hagamos, y qué es lo que le agrada.
    Al parecer, la historia sagrada nos enseña que éstos no forman la mayoría. Fue así en los tiempos de Jeremías, que la mayoría de los que se llamaron “pueblo de Dios” hicieron al profeta lamentar, porque a sus exhortaciones a que parasen en los caminos, mirasen, preguntasen por el buen camino y anduviesen en él, ellos contestaron: “No andaremos” (Jer. 6:16).
    Si te gusta creer en la política como la esperanza de la raza humana, o un medio por el que un creyente puede hacer mucho bien, te equivocas, y te imploro a parar en el camino y reflexionar antes de seguir el camino de tu parecer. Simplemente porque puedes hacer algo, no significa que debes. El historiador sagrado nos advierte con el ejemplo triste del rey Uzías que comenzó bien pero terminó mal. “Porque fue ayudado maravillosamente, hasta hacerse poderoso. Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina” (2 Cr. 26:15-16). Anduvo bien, pero se enamoró de la idea de hacer algo que no le pertenecía.
    Como él, muchos han errado y salido del buen camino siguiendo su lógica y usando su poder, tal vez creyendo que hacían bien. Otros se apartaron simplemente “amando este mundo” (2 Ti. 4:10).  No seamos como aquellos de Israel que hicieron lamentar al profeta Jeremías. Que ninguno de nosotros abandone el servicio a Dios y Su pueblo para venir a ser siervo de un sistema tan corrupto y mundano como la política. Si un creyente entra en un casino no por eso lo santifica. Y si entra en la política, tampoco la santifica.
    La política, el gobierno y las obras sociales – esas cosas son para los del mundo. La iglesia es para el creyente, y su mensaje es únicamente la Palabra de Dios, la palabra de la cruz que es locura a los del mundo (1 Co. 1:18). Dios nos ha dado abundante trabajo: predicar el evangelio y hacer discípulos. No se ha terminado todavía. Recordemos 1 Corintios 15:58 y esforcémonos.
   
“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.  No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal; porque será medicina a tu cuerpo, y refrigerio para tus huesos” (Pr. 3:5-8). 
 
 - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
 Sion/Jerusalén:  Ciudad Especial

"copa que hará temblar"   Zac. 12:2

Ciudad de la Verdad.  Zac. 8:3

Capital del mundo. Sal. 110; Zac. 14

Ciudad consolada y escogida por Dios.    Zac. 1:17

Ciudad Deseada.  Is. 62:12

Ciudad eterna.  Ap. 21

- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

 
 Algunos creyentes son así.
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - 


- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

Peor Que Los Hechos


Romanos 3:10 declara: “No hay justo, ni aun uno”. La naturaleza del ser humano ha sido manchada, torcida y entenebrecida por el pecado. Hasta los pensamientos y deseos son malos, porque el problema está en el corazón antes que en los hechos. Cuán importante es aprender que lo que soy es peor que cualquier cosa que haya hecho o podría hacer. Somos fatalmente contaminados por el pecado – toda la raza – porque venimos de Adán y Eva que pecaron y fueron destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Todos sus descendientes nacieron pecadores, y es fácil demostrar esto.
    Sin considerar los hechos, que son bastante malos, examinemos la mente humana. Nadie puede ver lo que otros piensan, esto es, nadie excepto Dios. “No hay pensamiento que se esconda de ti” confesó Job (Job 42:2). 
    Isaías 55:7 dice: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos”. Hasta de los pensamientos hay que arrepentirse, porque en ellos hay pecado.
    En Marcos 7:20-23 Jesucristo describe la deplorable condición del corazón humano, que está contaminado con toda clase de pecado. Lo primero que sale en la lista es: “malos pensamientos”.
    Efesios 2:3 retrata a todo ser humano: “haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás”.    
    Colosenses 1:21 dice: “enemigos en vuestra mente” – es donde la enemistad contra Dios mora.
    Romanos 1:20-21 explica por qué. Los seres humanos, conociendo a Dios, no le glorificaron, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos “y su necio corazón fue entenebrecido”.
    El ser humano es condenado ante Dios por lo que hay en su corazón y sus pensamientos, por la contaminación interna que le arruina – el pecado. Peca miles de veces en los pensamientos y los deseos sin que nadie le vea, pero Dios lo ve todo, y lo condena: “dignos de muerte”. Nadie ni nada puede limpiar la mente humana – ni psicólogos, ni médicos, ni sacerdotes, ni liturgias, ni bautismos, ni otras cosas así.
    Necesita ser salvo no solo del castigo eterno sino de sí mismo y del pecado que mora en él. Por eso vino Jesucristo, murió en el Calvario y resucitó, para que en Él hallemos perdón, limpieza y vida nueva. Solo Dios puede limpiar el corazón y la mente humana. Amigo, reconoce  delante de Dios tu culpa por tu mente pecaminosa, y busca salvación en Cristo Jesús. "Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 6:23). 
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - 

“DIEZ SICLOS DE PLATA POR AÑO”

Donald Norbie

“Quédate en mi casa, y serás para mí padre y sacerdote; y yo te daré diez siclos de plata por año, vestidos y comida” (Jueces 17:10).
Palabras tentadoras son éstas a un joven con formación religiosa y que  “busca un lugar”. Se le ofreció un hogar, una posición y unos ingresos seguros. El resultado de aquella oferta hecha hace más de tres mil años todavía es testimonio de su atractivo: “Y el levita se quedó”.
    ¿Acaso no podía servir al Señor en ese lugar?
    Era una puerta abierta; quizás Jehová abrió esa oportunidad para él. Seguramente uno debe aprovechar tales oportunidades en la vida.
    Y unos ingresos seguros, ¿no podría eso aliviar su mente de ansiedad para que sirviera a Dios más eficazmente? Después de todo, el siervo de Dios tiene bastantes otros problemas que requieren fe.
    Los tiempos cambian y hay que ajustarse. Además, no todos tienen el mismo don de fe. Seguro que el levita encontraba muchas razones como ésas que a su mente le parecían buenas para quedarse. “Y el levita se quedó”.
    Hoy este método de apoyar económicamente a los “obreros del Señor” es muy común en la cristiandad. Una casa o piso pagado por la congregación, un título y una posición de autoridad, un salario mensual –  son consideradas necesarias en el “ministerio cristiano”. Cuando una iglesia se reúne con un “candidato para el pastoreo” (frase no bíblica), una de las primeras preguntas del candidato es: “¿Cuánto es el salario?” A fin de cuentas, uno de los deseos básicos del hombre es la seguridad. ¿Y qué le ofrece más seguridad al morador de la tierra que el dinero? Un banco en nuestra área recientemente hizo publicidad con esta frase llamativa: “¡Una sensación buena, dinero en el banco!”
    Hay cierto movimiento hoy en las asambleas que profesan seguir el Nuevo Testamento, y es preocupante porque procura introducir esos métodos no bíblicos para sostener la obra de Dios. Pero tales métodos no son nada nuevo. Hace cientos de años que las religiones y denominaciones tienen esos arreglos para su clero. Pero también existen pequeños grupos no conformistas que han renunciado las prácticas religiosas corrientes, y enseñan y practican la fe sencilla del Nuevo Testamento. Damos gracias a Dios por esos hermanos. Su camino no ha sido fácil. Han conocido la pobreza y además la hostilidad y oposición amarga de la religión organizada. Los ricos no les dan porque a diferencia de muchos, no piden.
    Es posible servir al Señor con varios grados de obediencia a Su Palabra. Dios en Su gracia maravillosa bendice Su Palabra. Es posible que aun un predicador incrédulo proclame el evangelio y que alguien se convierta. Pero, ¿quién diría que proceder así es conforme a las Escrituras? Lo que guía al creyente no es si algo tiene éxito, ni qué hacen otros creyentes o iglesias, sino que dicen las Escrituras.
    La Biblia no enseña esa práctica de convenios económicos entre el obrero y el pueblo de Dios. Además, enseña lo contrario. El que sirve a Dios sale sin ningún compromiso ni garantía de finanzas, escrito o verbal. Con fe sencilla mira a Dios, y si es necesario, trabaja con sus manos, pero no pide a los hombres. Los creyentes que son ejercitados espiritualmente comparten sus bienes temporales con el obrero. Todo esto promueve una sencillez deleitosa y un ejercicio de corazón de parte de todos. Cada uno comparte en la obra de Dios de manera muy personal.
    Cuando el Señor Jesús envió a los doce, les exhortó: “No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos...porque el obrero es digno de su alimento” (Mt. 10:9-10). Estuvieron con el Señor por un tiempo y compartieron Su vida sencilla; una vida fragante con una fe como la de un niño, y una dependencia en Su Padre. El Señor no tuvo reservas de fondos, ni nada  en el mundo para asegurar unos ingresos fijos. Al salir Sus seguidores, les anima a ir como Él. Dios les cuidará. Habrá algunas personas de corazón sensible y ejercitado que Dios utilizará para proveer sus necesidades. Cualquier obrero hoy que escoge otro camino no sigue el ejemplo de su Señor.
    Al escudriñar el resto de las Escrituras, no se halla ninguna evidencia de que los apóstoles u otros obreros tuvieran arreglos para su apoyo, ni con las iglesias, ni con individuos, ¡ni mucho menos con el gobierno! En alguna ocasión Pablo tuvo que trabajar con sus manos (Hch. 18:3). La mayoría del tiempo tenía lo suficiente debido a las diferentes ofrendas de individuos o asambleas. Por ejemplo personas como Lidia proveían alojamiento para el siervo del Señor (Hch. 16:15). Repetidas veces asambleas de  creyentes mostraron su preocupación y amor a través de sus ofrendas (Fil. 4:15) Así el amado apóstol se dedicaba a trabajar para el Señor, y dijo: “Imitadme”. No hay forma más bienaventurada de servir a Aquel que dijo: “El siervo no es mayor que su señor” (Jn. 13:16). ¿No es absurdo confiar en las promesas de los hombres en lugar de la Palabra del Padre celestial? Cuando uno quiere ir a un lugar para "servir a Dios" porque hay una persona ahí que le sostendrá cada mes, no tiene los ojos en Dios.
    ¿Cuáles son algunas de las ventajas prácticas de vivir así por fe? Primero,  estimula una saludable dependencia en Dios. El hombre que tiene sus finanzas prometidas y calculadas tiende a sentirse independiente de Dios y dependiente de los hombres. Tiene y sabe de dónde viene lo que necesita para procurar las cosas de esta vida. Así que, es bueno que el siervo del Señor sea pobre y no tenga grandes reservas: “como pobres, mas enriqueciendo a muchos...” (2 Co. 6:10). Esto le mantiene en una posición de dependencia temerosa de Dios en todo momento. Puede que llegue a su último centavo y pedazo de pan, pero se ha comprometido a no anunciar sus necesidades a otros. Está encerrado al lugar secreto de oración donde con toda su alma clama a Dios. Debe quedarse allí hasta que pueda salir con un corazón sereno y labios que no murmuran, contento de descansar como un niño destetado en los brazos del Padre. Los que han conocido tales tiempos testifican que esa confianza en Dios es la flor dulce que viene después del brote amargo de la prueba. Cuando vea al Padre contestar, obrando de manera maravillosa y secreta, ¿quien cambiaría esto por una mensualidad?
    Segundo, servir así a Dios hace que ofrendar sea un santo ejercicio del alma. Ya no es una parte de la liturgia, un  deber programado para el domingo. La oración y la ofrenda van mano en mano en la vida de devoción cristiana. Cada creyente sabe que la obra de Dios depende de él, su ejercicio y sacrificio. Los creyentes se reconocen que la obra de Dios crece y lleva fruto como resultado de sus oraciones y ofrendas. Cada cual tiene una parte vital; todos comparten esta obra gloriosa.
    Tercero, esta forma de servir anima al hombre a ser siervo del Señor. Puesto que nadie le paga un salario ni una mensualidad regular, no está tentado a andar de puntillas al proclamar la verdad de Dios. No tienen que callarse, no tocar ciertos temas, o cosquillar las orejas para mantener sus ingresos. Puede sentirse dichosamente libre para proclamar todo el consejo de Dios. Pablo declaró con fervor: “¿Busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gá. 1:10). Esto también deja libre al siervo para ir donde Dios quiere que vaya. Depende sólo de Dios para guiarle, y no de los hombres. Esto causa un profundo ejercicio de alma mientras que uno espera delante del Señor. No son más que siervos de Otro, ni desean ser más, ¡qué sensación más buena! No buscan para sí grandezas (Jer. 45:5)
    Finalmente, libra para siempre al obrero de la acusación de amar al dinero. Puede ocuparse en la obra de Dios y nunca pedir ni tomar una ofrenda. El mundo puede burlarse y pensar que es necio, pero lo que no podrá hacer es acusarle de avaricia. Tendrá que confesar que su obra es sin ánimo de lucro, que solo tiene pasión por Dios. Con Pablo, él tal podrá decir: “os he predicado el evangelio de Dios de balde” (2 Co. 11:7).
    Este camino de fe es también para la iglesia que desea conformarse al Nuevo Testamento. Requiere que todos los creyentes sean ejercitados espiritualmente acerca de la ofrenda. Los siervos deben conocer y confíar en Dios, no en una organización. ¿No es un comentario trágico sobre nuestra baja condición espiritual cuando enfatizamos un edificio en lugar del Cuerpo de Cristo, cuando hacemos publicidad en lugar de oración, y buscamos la certeza de un salario en lugar de depender del Dios vivo?

“He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona”  (Ap. 3:11).

Si no puedes confiar en el Señor, no debes estar en Su obra.
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - 

lunes, 16 de marzo de 2020

EDICIÓN ESPECIAL -- COVID 19



“Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí. Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos, En medio de los tiempos hazla conocer; En la ira acuérdate de la misericordia”.  Habacuc 3:2



Es un mortal virus microscópico que ha puesto entre la espada y la pared a todos y que convulsionara toda nuestra normal vida. 



¿Por qué permite Dios esto?



Es bueno saber que nada escapa del control de Dios y que él mantiene un propósito en cada desastre que ocurre en la tierra. Entonces veamos algunas razones bíblicas del proceder de nuestro buen Padre Celestial en estos casos.



1. Ninguno de sus hijos redimidos por la sangre del Señor está exento de padecer o morir en tales circunstancias. Entonces puede ser esta la forma en que algunos de los suyos partiremos a su presencia. Aún más para ellos lo mejor no está aquí sino en el cielo, y es así como lo precisa el apóstol Pablo: "... teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor" (Fil. 1:23). Muchos de los creyentes han partido en catástrofes naturales como tsunamis, terremotos, huracanes y aún por dolorosas enfermedades, todo ello permitido por Dios en su soberanía. La muerte ha perdido para ellos su horrible aguijón y es solo el paso restante para el inicio de un mundo mejor. Al igual que Lázaro ninguno de ellos ha partido sin que los ángeles hallan venido para acompañarlos en este desconocido paso (Lc. 16:22). Entonces la forma de morir para un hijo de Dios puede ser cualquiera, eso no debe preocuparle sino su condición espiritual al morir pues tiene que dar cuenta a Dios de la clase de vida que llevó.



2. En segundo lugar con esta pandemia el hombre es alertado a considerar lo pequeño e impotente que es delante de Dios. No cabe duda que Dios está buscando que los incrédulos se arrepientan y busquen la verdad en la palabra de Dios. Existen varios casos de personas que estuvieron gravemente afectados por este virus y salieron de la gravedad, otros fueron portadores sin agravarse. Otros fallecieron partiendo a la eternidad. Para todos ellos fue el día de su visitación (1 P. 2:12) y la oportunidad dada por Dios entristeciéndoles para que se arrepintieran:  "Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte" (2 Co. 7:10). Las personas que se han contagiado no son peores que aquellas sin contagio indudablemente para todos es un llamado al arrepentimiento: "O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente" (Lc. 13:4-5). Dios está usando este pequeño microbio como aquellas pequeñas cosas usadas para invitar a Faraón al arrepentimiento, moscas, langostas, ranas, úlceras, en que todo Egipto quedó colapsado. Este orgulloso monarca no quiso hacerlo y vio no solo a su hijo morir, sino que el mismo partió a la eternidad con su corazón endurecido: "Y endureció Jehová el corazón de Faraón rey de Egipto..." (Ex 14:8). Si hoy está pandemia es posible de evitarla ya que existen 8 proyectos para encontrar la vacuna, en el futuro después que Cristo venga por su iglesia y comience la gran tribulación, será imposible no ser afectados:  "Y los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios, y a las imágenes de oro…" (Ap. 9:20). Entonces en su gracia Dios da la ocasión favorable a toda la humanidad a que se arrepientan.



3. En tercer lugar esta pandemia es usada por Dios para que la iglesia se examine: "Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?" (1 P. 4:17). Este juicio al que alude Pedro podría ser cualquier desastre natural como lo es este virus originado en animales. En la iglesia de Corintio habían mucho que estaban comiendo indignamente en la Cena del Señor a saber participaban de los símbolos el pan y la copa con una vida pecaminosa y licenciosa: "Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen" (1 Co. 11:30). Que toda una comunidad estuviese enferma y muchos ya habían partido a la presencia del Señor pudo haber sido por las famosas epidemias de esos entonces como la fiebre amarilla o el cólera y otras más antiguas como la bubónica, tifus, tifoidea, o escarlatina. Es así que, tras el orgulloso pecado de David de censar al pueblo sin confiar en la gracia de Dios, se desató una grave plaga sobre todo Israel ya que tal orgullo no solo estaba en su rey, sino que en muchos del pueblo: "Y Jehová envió la peste sobre Israel desde la mañana hasta el tiempo señalado; y murieron del pueblo, desde Dan hasta Beerseba, setenta mil hombres" (2 S. 24:15). En años posteriores se vio Europa como el Oriente afectado por pandemias que afectaron a la iglesia como fue la influenza, viruela, disentería bacilar, cólera y difteria. De este modo Podemos decir que Dios quiere preparar a los suyos antes de presentarlos en el tribunal de Cristo para que puedan cambiar sus vidas y no dejen de recibir el galardón completo: "Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo" (2 Jn. 1:8). Es indispensable ver esta pandemia causada por este virus no como una plaga apocalíptica pues la iglesia está presente y ninguno de aquellos acontecimientos descritos por el Señor en Mateo 24 como en Marcos 13 y en Lucas 21 y Apocalipsis desde el capítulo 6 al 19, sucederá o están sucediendo pues su palabra nos dice terminantemente:  "y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera" (1Ts. 1:10). Entonces la iglesia no pasará por la tribulación futura, sino que lo hará el mundo incrédulo y principalmente Israel. Evidentemente Dios no quiere arrebatar de este mundo a una masa de creyentes mundanos más comprometidos con el mundo que expectantes del regreso del Señor. En pocas palabras, santos como lo fue la vida de Lot a quien hubo que apurarlo y forzarlo a que escapara del juicio contra Sodoma: "Y cuando los hubieron llevado fuera, dijeron: Escapa por tu vida; no mires tras ti, ni pares en toda esta llanura; escapa al monte, no sea que perezcas" (Gn. 19:17).



4. En cuarto lugar esta epidemia es una ocasión especial dada a cada creyente como en forma colectiva a la iglesia, de cumplir su llamado de anunciar la palabra de Dios: "Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 P. 2:9). Pretender salvar la vida sin cumplir esta comisión será una pérdida de coronas para muchos de nosotros: "Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará" (Mr. 8:35). La persecución que la iglesia sufrió al comienzo cerró las bocas de los apóstoles y de la mayoría en Jerusalén sin embargo fue lo que incendió los espíritus de algunos que se atrevieron a predicar con valor fuera de Jerusalén (Hch. 11:19). Esto no fue una irresponsabilidad sino un acto de fe que el apóstol enuncia así:  "y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Co. 5:15). Con esta epidemia que quizás se llevara a muchos compatriotas al infierno debemos preguntarnos: "¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?" (Ro. 10:14). Posiblemente por el peligro al contagio no debemos reunirnos por algún tiempo para partir el pan,  pero si podemos salir a predicar y usar nuestros locales para cumplir la comisión de anunciar este glorioso evangelio el cual nos endeuda delante de Dios:  "Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano" (Ez 3:18).



Camilo Enrique Vásquez Vivanco,
Castro, Isla de Chiloe, Chile 

viernes, 28 de febrero de 2020

EN ESTO PENSAD - marzo 2020

¿Quién Ocupa Primer Lugar?
 
por William MacDonald

Sabemos la respuesta correcta, en teoría, pero ¿en la práctica es realmente así en nuestra vida? Considera el ejemplo del predicador C. H. Spurgeon.
    "Cuando Spurgeon era joven, tuvo que ir de lugar en lugar para encontrar un edificio lo suficientemente grande para recibir a las multitudes que venían a escucharle. Tenía poco más de veinte años cuando predicó en el Exeter Hall. El lugar estaba repleto. Él estaba comprometido y a punto de casarse con una joven llamada Susan Thompson. Una noche estaba en casa de ella, y luego se dirigieron juntos al Exeter Hall para una reunión. Cuando llegaron, él se apresuró para salir del vehículo. Había una enorme multitud de gente. La policía trataba de regular el tráfico pero le resultó extremadamente difícil. Spurgeon tuvo que abrirse camino entre la multitud para llegar al local. Estaba tan impresionado con la enorme cantidad de gente a la que debía predicar el evangelio que olvidó prácticamente todo excepto esa gran responsabilidad. Así que se abrió caminio entre la muchedumbre para llegar finalmente a la plataforma y dirigir la reunión.
    Cuando terminó todo, recordó que había llegado al salón en compañía de alguien más, pero la había perdido por completo entre la multitud. Trató de recordar si la había visto en la congregación. Luego recordó que no la había visto. Temió que estaba en problemas, así que después de la reunión se dirigió muy aprisa a la casa de la Srta. Thompson. Al llegar le dijeron que ella no quería verlo. Ella estaba arriba, sollozando. Se había imaginado que era mucho más importante que toda la multitud. Él insistió en verle y finalmente ella bajó.
    Spurgeon explicó su posición: "Estoy muy apenado, pero debemos entendernos en esto. Yo en primer lugar soy siervo de mi Maestro. Él siempre debe estar en primer lugar. Creo que viviremos muy felices si tú estás dispuesta a tomar el segundo lugar, y siempre debe ser el segundo lugar con respecto a Él. Mi obligación en primer lugar es para con Él".
    Años más tarde, cuando aquel gran ministerio había culminado, la Sra. Spurgeon dijo que ese día había aprendido una lección inolvidable. Aprendió que había Alguien que ocupaba el primer lugar en la vida de su esposo. Ella tendría el segundo. Ésa es una exigencia muy alta, ¿no es cierto? Pero es la exigencia bíblica. Cristo demanda el primer lugar.
    Este parece ser el significado de la bendición de Moisés sobre Leví: "Quién dijo de su padre y de su madre: Nunca los he visto; y no reconoció a sus hermanos, ni a sus hijos conoció" (Dt. 33:9).
    Cuando los israelitas adoraron el becerro de oro, los hijos de Leví se pusieron del lado de Dios, aceptaron Su orden de castigo y destruyeron a sus propios parientes (Éx. 32:26-29). En realidad, el hombre que coloca a Cristo primero es la mejor clase de esposo y padre.
 El Manual del Discípulo, pág. 57-58, traducción corregida
 
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - 

CONSEJOS:

Jeremías 45:5  
"¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques"

En lugar de intentar ser "alguien" en el mundo, sigue el ejemplo de David:

Salmo 131:1
"Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; ni anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí".

Recuerda la instrucción del Señor Jesucristo:

Lucas 9:23
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz cada día, y sígame".


Marcos 10:42-43  
"Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad.
Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor".
  - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
 El lugar del indocto

por Norman Crawford

Debemos tener cuidado a siempre tratar a otros creyentes en un espíritu  humilde, con gracia y conforme al modo de Cristo. Deseamos ardientemente gozar de plena comunión con todos aquellos que en verdad aman el nombre suyo, y debemos vivir siempre de una manera que atraerá a creyentes auténticos al Señor Jesús y a una asamblea que se congrega en el nombre suyo.
    Con todo, leemos en 1 Corintios 14.16 del “lugar de simple oyente,” traducido también como el lugar del indocto, o de los no iniciados. Algunos han enseñado que el sentido es simplemente el hombre que desconocía las lenguas que se hablaban. Si este fuera el sentido, entonces este hombre no se distinguía de los demás en la congregación, ya que seis veces en los primeros quince versículos del capítulo 14 se dice que nadie entendía la lengua, ni siquiera el que la hablaba.
    Los versículos 23 al 25 explican que el indocto ignoraba lo relacionado con la presencia del Señor en la asamblea. “Toda la iglesia”, v. 23, estaba reunida cuando él entró, de manera que él no era parte de la asamblea y los creyentes no sabían si era un creyente carente de instrucción o era un inconverso (“entran indoctos o incrédulos”). El resto de la descripción de este caso hipotético señala que carecía de enseñanza pero era un auténtico creyente en Cristo que podía adorar a Dios.
    Este es el caso de un hombre convertido que no estaba en la comunión de la asamblea y ocupaba “el lugar del indocto”. Esta práctica —a saber, reconocer este “lugar”— no es simplemente una tradición de las asambleas. Hay detrás de ella la verdad de que hay determinados creyentes que integran la asamblea, y hay creyentes que no son integrantes de ella. Nos conviene hablar de “los que observan”, y no “los sentados atrás.”
    No depende tan sólo de 1 Corintios 14 la distinción entre quienes están en la comunión de una asamblea y quienes no están. En particular, Hechos 2 y las dos “epístolas eclesiales” — 1 Corintios y 1 Timoteo— nos enseñan que una asamblea es un ente, y está compuesta de un determinado número de creyentes en una localidad que son bautizados, han sido recibidos en la congregación y perseveran en la comunión.  Hechos 2:41-42, 1 Corintios 1:1-3; 5:12-13, 14:15-25, 1 Timoteo 2:8-15, 3:1-16
    La razón por qué “el lugar del indocto” es más evidente en la cena del Señor que en otras reuniones es que éste es el único culto donde se participa de elementos físicos que son emblemas de la comunión y unidad de una asamblea. La comunión es una verdad espiritual, pero en la cena del Señor se da expresión visible a ella por la sola copa y el pan, congregándose en torno de esos memoriales y proveyendo asientos aparte para los que observan.

- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
 ¡SÉ UN HOMBRE!
Donald Norbie

“Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente y esforzaos” (1 Co. 16:13). “Portaos varonilmente”, es literalmente: “sed hombres”. Es un llamado entusiasta a todo varón creyente. Evidentemente, hay una conducta que es bíblica y distintivamente masculina, en el buen sentido de la palabra. No hay que pedir disculpas por ella. La Biblia no borra los distintivos que Dios estableció sabiamente entre los papeles del varón y de la mujer.
    Hoy hay mucha confusión en la cultura occidental. El movimiento feminista ha luchado para cambiar los papeles tradicionales de varones y mujeres. Es verdad que en muchos casos los hombres han oprimido a las mujeres, y a veces han abusado de ellas por fuerza. El pecado ha afectado en el trato de la mujer como en todos los demás aspectos de la vida. En algunas culturas las mujeres han sido tratadas como propiedades, siendo usadas y desechadas cuando se deseaba. Tenían pocos derechos ante la ley, y la violación y otros malos tratos eran a menudo pasados por alto.
    En cambio, el cristiano bíblico ha valorado siempre a la mujer como creada a imagen de Dios, igual que el hombre. Pero debemos reconocer que hay diferencias entre los sexos, no solo físicas, como dirían algunos hoy en día. La Biblia enfatiza que debe haber diferencia entre los papeles del hombre y la mujer.                                      
  
de libro ¡SÉ UN HOMBRE!, Libros Berea
 
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

 Silencio incluye no decir "amén", ni en voz baja.
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
 
El Buen Samaritano 

“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese”.  Lucas 10:33-35

Esta parábola bien conocida ilustra la salvación. El buen samaritano representa al Señor Jesús que “vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).
1. El Buen Samaritano llega después de un largo viaje, ve la necesidad e interviene a favor del hombre.  El Señor Jesús, Hijo de Dios, vino en un largo viaje del cielo a la tierra, a favor de la humanidad. Vio nuestra profunda necesidad por el pecado, y sin embargo amó al mundo de los pecadores.
2. El Buen Samaritano administra la medicina al hombre. El Señor Jesús indicó en Marcos 2:17 que Él es el médico. Tiene la solución única para el problema más grande del corazón humano – el pecado. Vino a proveer una cura, muriendo por los pecados del mundo (1 Corintios 15:1-4).
3. El Buen Samaritano provee el transporte a un lugar de cuidado.  El Señor Jesús provee transporte al cielo, el lugar del verdadero cuidado y salud eterna. Dijo a Sus discípulos: “Yo soy el camino” (Juan 14:6), y “en la casa de mi Padre muchas moradas hay...voy... a preparar lugar para vosotros” (Jn. 14:2). Aquel hombre no podía caminar hasta el mesón porque estaba medio muerto. Nosotros no podemos llegar al cielo por nuestros esfuerzos. Necesitamos a Cristo (Efesios 2:8).
4. El Buen Samaritano paga toda la deuda. El Señor Jesucristo vino para pagar una gran deuda – “se dio a sí mismo en rescate por todos” – murió para pagar la deuda de cada uno – “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Por eso, los que confían en Él encuentran que “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1). Él “nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1:5).
5. El Buen Samaritano asegura el futuro – promete venir otra vez. Él no olvidaría aquel hombre que había encontrado en el camino y salvado. Prometió regresar para él. Así tampoco el Señor Jesús se olvidará de ninguno de los que Él ha salvado. “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo” (Juan 14:3). ¡Feliz reunión! Él resucitó, vive, y vendrá para todos los Suyos.
    Amigo, que andas herido y perdido en el camino de la vida, el Buen Samaritano celestial se ha acercado y quiere salvarte. ¿Por qué no confías en Él para que te saque del camino de la perdición y te dé vida eterna? 
 - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

 Juan el Bautista y Herodes el Adúltero

Juan el Bautista fue el último de los profetas (Mt. 11:13; Lc. 16:16), y el precursor del Mesías que lo bautizó (Mr. 1:9-10). También le señaló como el Cordero de Dios y lo presentó a la nación (Jn. 1:29, 36). Reprendió públicamente la maldad de su nación y la llamó al arrepentimiento (Mr. 1:4). Grandes multitudes fueron impactadas por él (Mt. 3:5-12). Pero su ministerio público terminó después de reprender al tetrarca Herodes por su unión ilícita – su adulterio– con Herodías la esposa de su hermano Herodes Felipe I [Herodes Filipo I] (Mt. 14:4; Mr. 6:18; Lc. 3:19).
    Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, se casó con la hija de Aretas IV, rey de los nabateos con capital en Petra. Luego se enamoró de Herodías, la esposa de su hermano. Repudió a su esposa legítima y se casó con Herodías, la cual trajo también a su hija Salome. Se supone que tuvieron una gran boda y fueron felicitados por muchos. Estarían contentos de haberse salido con la suya. Pero ese segundo matrimonio era un pecado, por varias razones:

    1) Herodes Felipe, el marido de Herodías, aun vivía. Levítico 20:21 prohibe esto. Es una abominación (v. 23).
 
    2) La primera esposa de Herodes Antipas también vivía. Marcos 10:11-12 y Romanos 7:2-3 prohiben esto.
 
    3) Los dos Herodes – hermanos – eran tíos de Herodías.  Levítico 18:6-18 prohibe la unión con parientes cercanos, incluso del tío con su sobrina.

    Muchos reyes, gobernadores y otros en posiciones de afluencia e influencia piensan que están por encima de la ley, especialmente en su vida personal. Se creen mejores que las personas ordinarias, y que pueden hacer lo que les parece porque son casos excepcionales, son especiales. Además, acostumbran a dar órdenes y reprender, no a recibir órdenes y reprensiones.
    Pero Juan fue un siervo fiel del Dios altísimo. En sus años en el desierto había aprendido a escuchar y obedecer a la voz de Dios. No temió a los hombres ni tuvo acepción de personas. Esto agradó a Dios, pero a Juan le puso en una trayectoria de colisión con la impía familia de Herodes. Le dijo claramente: “No te es lícito tener la mujer de tu hermano” (Mr. 6:18). Con estas palabras señaló su pecado e infracción de la ley de Dios, y casi seguro que nadie más se había atrevido a hablar así a la familia real.
    Hoy vivimos en tiempos peores. No sólo unos pocos poderosos, sino todo el mundo es progresista y moderna, y ha desechado los valores enseñados en la Palabra de Dios. ¡Esto pasa aun entre los que dicen que son cristianos! Muchas vidas están llenas de riquezas y educación. Pero junto a esto hay un aumento tremendo en crímenes y toda clase de mal. Hay un desenfreno general y la moralidad casi ha desaparecido. Los pecados “sociales” se multiplican horriblemente, y nadie dice nada. Todo es tolerado. Uno de esos males es la maldita facilidad de casarse y luego divorciarse. No es necesario citar la estadística, pues todos sabemos cómo están las cosas. El matrimonio está bajo ataque y para muchos ha perdido sentido. Las familias están rotas, divididas y confusas por el divorcio.
    Seguramente Juan, el profeta de Dios, tiene también una palabra importante para nuestra generación. “No te es lícito”.  Puede que tengamos ceremonias legales, y todo conforme a la ley del país. Según los hombres está bien divorciarse casi por cualquier motivo y aun sin motivo, simplemente porque sí. La sociedad lo permite. Pero eso no lo hace correcto ante los ojos de Dios.

    · Podría parecernos bien porque todos lo hacen, y el divorcio y nuevo matrimonio es algo que se lleva en el mundo hoy. Pero Dios dice: “No te es lícito”.
    · Podríamos explicar que nunca amábamos realmente al cónyuge, o que nos hemos dejado de amar, pero Dios dice: “No te es lícito”.
    · Podríamos alegar que somos incompatibles, pero Dios dice: “No te es lícito”.
    · Podríamos insistir que tenemos derecho a cambiar de idea, y estar con otra persona si queremos, pues es nuestra vida. Pero Dios dice: “No te es lícito”.
    · Podríamos hacer toda clase de excusas y razonamientos, pero Dios dice: “No te es lícito”.

    Nuestro Señor declaró Su voluntad: “Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mt. 19:6). Es un mandamiento de Cristo, y señala una verdad muy importante. El matrimonio es un compromiso hasta la muerte. Es algo muy serio, y son votos ante Dios para toda la vida. Números 30:2 manda que si ligamos nuestra alma con voto y obligación a Jehová, hay que cumplirla.
    No hay que contraer matrimonio de forma caprichosa o liviana. El voto matrimonial permanece pese a las circunstancias en la vida. Romperlo solo resultará en tragedia, no en bendición. Debemos comprender que es una unión que dura toda la vida. Puede que los hombres reconozcan una disolución de votos, pero Dios no. Divorciarse no es una opción para salir de unas circunstancias desagradables. Dios no permite que salgas así de tus errores y pecados. Hay que casarse en el temor de Dios, con sobriedad, y solamente según Su Palabra y voluntad, no por mero enamoramiento ni por presiones sociales.
    Herodes y Herodías eran adúlteros y su unión era ilícita aunque los hombres la habían facilitado y reconocido. Al pecador le duele saber su pecado, porque ofende su orgullo, y cuánto más si es una persona de poder e influencia. Pero grandes y pequeños comparecerán ante Dios para ser juzgados.

    “Mas el que comete adulterio es falto de entendimiento;
    corrompe su alma el que tal hace.
    Heridas y vergüenza hallará,
    y su afrenta nunca será borrada”.

                 Proverbios 6:32-33 




traducido y adaptado del libro John The Baptist, Friend of the Bridegroom (“Juan el Bautista, Amigo del Novio”),  por R. H. Sykes (1916-2014) misionero a Angola, Publicaciones Cotidianas, Port Colborne, Canadá

 - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
ENFRENTANDO LA VERDAD



William MacDonald

Espiritualmente hablando, estamos en una condición alarmante. Enterarse de la situación de muchas asambleas es como escuchar malas noticias; y se va deteriorando cada vez más.
    Han surgido casos escandalosos de inmoralidad, aun de ancianos y obreros en las asambleas. Por supuesto, esas noticias no salen en revistas de edificación cristiana ni en informes sobre la obra. Ahí solo hay luz y bendición — todo positivo. En lugar de lamentar el pecado y aplicar la disciplina bíblica, han encubierto esos pecados para no dañar la reputación de algunos y así dejarles seguir en su ministerio. Queridos hermanos, nos hemos envanecido, y no hemos lamentado la condición triste de las iglesias (1  Co. 5:2). Hablamos de misericordia cuando tendríamos que hablar de santidad y justicia.
    Hay una falta abismal en la enseñanza y práctica de la disciplina bíblica, la cual el Señor nos ha dado para la santidad de la iglesia. Casi todo es consentido bajo el lema del amor, o diciendo que nadie es perfecto. Hemos preferido el análisis psicológico en lugar de la disciplina. Si realmente queremos ser neotestamentarios, debemos ceñirnos a la Palabra del Señor.
    Y cuando ha habido disciplina, salen de una iglesia y van a otras que reciben a los disciplinados. Hay adúlteros que cambian de país e iglesia y actúan como ancianos, como si nunca pasó nada. En vez de respetar y apoyar la asamblea y demandar el arrepentimiento y la reconciliación, dan cobijo a los disciplinados y parecen contentos de tener a unos más en la congregación. Hay una arrogancia y un menosprecio tremendo de la disciplina de una asamblea. Circula la idea perversa entre nosotros que recibir a los disciplinados es ser misericordiosos. Así solo fortalecemos la independencia y rebelión que el ser humano tiene por naturaleza (Ef. 2:2-3).
    Y eso no es todo. Nos hemos vuelto materialistas casi cien por cien: comprando, haciéndonos grandes edificios, casas de lujo y acumulando posesiones como si nuestro futuro estuviera aquí en lugar de en el cielo. “¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas...?” (Hag. 1:4). Tomando la piedad como fuente de ganancia nos hemos degradado, amando y haciendo culto al dinero. La codicia es idolatría, pero huyendo de la idolatría de los católico-romanos, hemos caído en la idolatría evangélica—la avaricia (Col. 3:5).
    Tenemos orgullo del número de hombres exitosos en sus negocios que hay en nuestras iglesias, en lugar de tener un número así de hombres de Dios. El dinero ha llegado a ser nuestro amo. Hemos hecho más caso a las demandas del mundo de los negocios que a las demandas de Cristo. La empresa cuenta más con nosotros de lo que la iglesia puede contar. Nuestra condenación se encuentra en las palabras de Samuel Johnson: “La codicia del oro es algo sin sentimientos y sin remordimiento, y es la última corrupción del hombre degenerado”.
    Nos hemos entregado a buscar renombre, respeto, aceptación, reconocimiento, admiración e importancia a los ojos de los demás—los del mundo. Sacrificamos todo para carreras y trabajos prestigiosos, casas prestigiosas y coches prestigiosos (“¡el coche del año!”). Y como si no fuera bastante todo esto, anhelamos con locura carreras prestigiosas para nuestros hijos, e invertimos todo preparándoles para tener éxito en el mundo.
    La verdad es que en nuestro antojo loco de verles con éxito y cómodos en el mundo, les pasamos por el fuego del dios del materialismo en esta vida, y sufrirán las penas del infierno en la vida venidera.
    Con demasiada frecuencia vivimos en doblez. Guardamos una fachada, la apariencia de piedad durante una o dos horas de reunión, pero en realidad no hay poder espiritual. En nuestros negocios hay sobornos, contratos a dedo y acuerdos a puerta cerrada. Hay ancianos que como hombres de negocio tienen dos juegos de libros para engañar a Hacienda y a la Seguridad Social. Consentimos condiciones ilegales de imigración, trabajo sin contrato, y formas innumerables de incumplir la ley y desobedecer el mandato bíblico: “Por causa del Señor someteos a toda institución humana” (l  P. 2:13). En nuestras vidas personales hay frialdad espiritual, dejadez de la lectura de la Biblia y la oración diaria. Se pelean los matrimonios como perros y gatos, luego vienen todo sonrientes a la reunión. Pero en casa hay amargura, contención, lujuria, liviandad, chismeas, críticas, murmuraciones e impureza en los padres y también los jóvenes. Estamos viviendo una mentira. No honramos los votos matrimoniales hechos delante de Dios. Practicamos el divorcio y el nuevo matrimonio aunque el Señor lo llama adulterio (Lc. 16:18), y aun les reconocemos como ancianos o les damos ministerio en la iglesia.
    Muchos de nuestros hijos se han ido de la iglesia aunque los llevábamos siempre a las reuniones y a los campamentos. Hicieron sus oraciones de “conversión” en su día y los bautizamos. Pero no queremos admitir ni que los demás sepan cuán baja es su condición espiritual. Les arruina el materialismo, la drogadicción, el alcoholismo, los placeres, la perversión sexual, y los amigos inconversos. No admitimos que son rebeldes o apóstatas, sino decimos que son hermanos apartados – una categoría extraña. Pero Tito 1:16 y 1 Juan 2:3-4 los describen bien. ¿Por qué ocurre esto con nuestros hijos? Es el fruto de nuestra permisividad y de como los educábamos, chupándoles el dedo, consintiéndolos su voluntad, dejándoles alimentarse de la tele y el internet, donde aprenden la mundanalidad. Pero, ¿nos quebrantamos ante el Señor, o seguimos resistiendo y negando que sea culpa nuestra?
    Y algunos siguen en la iglesia, pero creen falsas doctrinas como el calvinismo y la teología de la reforma, y ahí están, no solo consentidos sino que algunos tienen ministerio. Y así permitimos que leuden a la iglesia, pues “un poco de levadura leuda toda la masa” (1 Co. 5:6; Gá. 5:9). Para nuestro daño y perjuicio ignoramos la exhortación apostólica: “Limpiaos, pues, de la vieja levadura” (1 Co. 5:7). ¡Nos creemos más sabios y más misericordiosos que Dios!
    Como padres no hemos dado ejemplo de espiritualidad, sino de mundanalidad. Antes no había tele en casas de creyentes, pero ahora se ha metido y con ella ha entrado el mundo. Es la droga electrónica, la “caja tonta” cuyo ojo de vidrio nunca parpadea. Al que todavía no la tiene, intentan regalarle una para que sea como ellos, contaminado y callado. Las noticias, los informes políticos, los concursos, las pelis, los deportes y mucho más. Ahora amamos los deleites más que a Dios (2 Ti. 3:4), pero no queremos confesarlo sino justificarlo. Decimos que nos hemos madurado y ahora sabemos que no es problema tener una tele. Se nos olvida Colosenses 3:1-4.
    Otro pecado nuestro es falta de interés en la oración. No oramos mucho en casa, y resulta que tampoco en las iglesias. Las hay que ahora ni siquiera se reúnen para orar. Pero en otras asambleas la reunión de oración es la que menos asistencia tiene. El domingo están todos para la santa cena — como los católicos que van a la misa, para cumplir con Dios, pero esas personas no aparecen para orar. De ahí la pobreza y la debilidad espiritual. En nuestra afluencia autosuficiencia no sentimos la necesidad urgente de la oración. Sin embargo, Pedro aconseja: “Mas el fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración” (1 P. 4:7).
    Otro error nuestro es que hemos cedido a las presiones del feminismo. La Biblia marca muy bien cuál es el lugar y ministerio de la mujer creyente. No toma parte audible en las reuniones porque está apostólicamente prohibido. Pero las asambleas han ido cambiando durante los últimos 30 o 40 años, y ahora las mujeres se han vuelto protagonistas por no decir bravas. Quieren quitar el velo, símbolo de autoridad. Quieren hablar en las congregaciones cuando Dios les manda callarse. Quieren enseñar que Dios dice que no les es permitido. Quieren predicar y tener sus estudios y conferencias, aunque no hay ninguna actividad así en la Biblia. No quieren estar sujetas. Quieren llevar pantalones y joyas y pelo corto como las del mundo. No son como aquellas santas mujeres de Dios (1 P. 3:5) que en otro tiempo eran humildes, piadosas y reverentes. Ellas han fallado, pero los varones también, porque parece que hay vergüenza de enseñar e insistir en lo que la Biblia enseña. ¿Dónde están los varones de Dios que se levantarán y contenderán ardientemente por la fe? (Jud. 3). Cada vez los hombres guardan más silencio y las mujeres hablan y dirigen más. Como bien dijo hace años un misionero inglés en una conferencia en Barcelona: “Damos pena”, y “no me invitéis más”.
    Han cambiado mucho las asambleas en los últimos 50 años, pero no para mejor, no para ser más bíblicas. Hoy algunas se parecen iglesias pentecostales, porque imitan los cultos de ellos, con conciertos, cantantes, y gritos de aleluya y amén con las manos arriba. En un lugar la asamblea vendió su local a los pentecostales y se unieron a ellos. Estas cosas pasan porque han heredado el liderazgo hombres que carecen de convicciones bíblicas.
    Y por último, da pena nuestro orgullo y falta de arrepentimiento. En lugar de enfrentar y admitir nuestra condición pobre, disimulamos, encubrimos, o lo disculpamos con palabras como “enfermedad”, “problema”, “inmadurez”, “discrepancia” o “debilidad”. Algunos hablan de libertad. ¡¿Libertad para pecar?! Debemos usar términos bíblicos, como los profetas y apóstoles de nuestro Señor. Al pan pan y al vino vino. No queremos juzgar el mal—sólo queremos juzgar diciendo que estamos bien y que hacemos bien. Y en vez de llamar e insistir en el arrepentimiento, pensamos que con el tiempo se sanan o se autocorrigen las cosas.
    Pero, ¿es verdad que el tiempo hace esto? ¿Pensamos que ahora podemos escapar sin castigo divino, después de todo? Dios dijo a Israel: “A vosotros solamente he conocido... por tanto, os castigaré por todas  vuestras maldades” (Am. 3:2). Hay aplicación para la iglesia. Dios castiga a los Suyos, pero no a los bastardos. Ahora bien ¿no es que ahora segamos lo que antes sembramos? Gálatas 6:7 dice que no nos engañemos: “Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”.
    ¿Qué diremos de nuestros hogares, nuestras familias arruinadas por las peleas, las separaciones y el divorcio? ¿Qué diremos de las lágrimas que caen tanto de los padres como de los hijos, como resultado de semejante ruina? Y son esos padres e hijos que vienen a la mesa del Señor cada domingo con esas mismas lágrimas (véase Mal. 2:13).
    ¿Cuándo nos daremos cuenta de que Dios nos está hablando por medio de las enfermedades y las tragedias que experimentamos? (1 Co. 11:30) Es verdad que siempre hay alguna que otra enfermedad o tragedia en esta vida, pero cuando acontecen con una frecuencia anormal, ¿no debemos ser sensibles a esto? El Señor usa estas cosas para llamarnos la atención.
    Piensa en el número de creyentes que gastan una pequeña fortuna en tratamientos psicológicos y psiquiátricos... cosas que antes hacían solo los que no tienen a Dios. Hemos psicologizado a las asambleas. Es verdad que siempre ha habido, hay, y habrá problemas de nervios y de emociones. Pero hay más problemas de este tipo ahora que nunca. Tal vez Dios nos está hablando. Nunca antes en la historia ha recurrido la iglesia a una filosofía tan anticristiana y antibíblica. Hemos perdido el norte.
    Nuestro desliz espiritual tiene otras consecuencias también. Muchos de nuestros hijos aborrecen a sus padres y sólo anhelan estar muy lejos de ellos. ¿Afecto natural? ¡Ni hablar! Y en cuanto a la oración—los cielos son como bronce—y nuestras oraciones prefabricadas, llenas de repeticiones, refranes y frases hechas no traen alivio. Casi hemos vuelto a rezar... siempre las mismas palabras en el mismo orden. Dios ha perforado nuestra bolsa con agujeros; trabajamos y ahorramos pero nunca parece que haya suficiente. No ofrendamos con liberalidad al Señor, ni tan siquiera damos una décima parte, así que al final la tenemos que dar al médico, al dentista y al mecánico.
    Sufrimos hambre de la Palabra de Dios. Al ministerio le falta unción. Con demasiada frecuencia lo que oímos es un repaso de lo obvio. Aun los predicadores más conservadores y fuertes hablan generalidades sobre el pecado, olvidándose de la trompeta de Isaías 58:1. Ya tiene orín aquella trompeta. Pocos quieren poner el dedo en la llaga. Sanan la herida de la hija de mi pueblo con liviandad, prometiendo paz (Jer. 6:14). Rara vez notamos la presencia del Espíritu de Dios en las predicaciones—hablándonos con poder y convicción. En otras palabras, nos alimentamos de papilla. No tienen toda la culpa los predicadores, pues puede ser un juicio de Dios sobre nosotros porque no queremos sufrir la sana doctrina (2 Ti. 4:3).
    La cena del Señor no se parece un culto de memoria y de adoración. Los silencios largos son fruto de nuestra larga ocupación con el deporte y el televisor. Pedimos himnos que nada tienen que ver con el Señor y Su muerte que supuestamente estamos anunciando.
    Quitamos la reunión del evangelio diciendo que es difícil venir o que la gente no vendrá. Pasan años sin la conversión de una sola persona. Y quitamos la reunión de oración porque es difícil venir entresemana. Solo hacemos lo que es fácil o cómodo.
    Si no podemos ver que Dios nos habla y nos amonesta por medio de todo esto, ¿qué más puede El hacer para despertarnos? Somos como los de Isaías 1, heridos desde la planta del pie hasta la cabeza, pero duros y lentos para reconocer que Dios nos habla.

“¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás. ¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni  suavizadas con aceite. Vuestra tierra está destruida, vuestras ciudades puestas a fuego, vuestra tierra delante de vosotros comida por extranjeros, y asolada como asolamiento de extraños. Y queda la hija de Sión como enramada en viña, y como cabaña en melonar, como ciudad asolada” (Is. 1:4-8).

    ¡Necesitamos que algún profeta, algún hombre de Dios nos llame la atención y nos guíe al arrepentimiento! Esta es la necesidad actual —EL ARREPENTIMIENTO—el quebrarnos al pie de la cruz del Señor Jesucristo y hacer salir de nuestras bocas la confesión que tarda tanto en salir: “Hemos pecado” y “Yo he pecado”.
    Necesitamos arrepentirnos en nuestras vidas personales—confesando y apartándonos de todos los pecados que hemos cometido y que nos han llevado a este desierto espiritual. Necesitamos corregir y “remendar” los daños que nos han hecho las querellas y los pleitos, pidiendo humildemente (no exigiendo) el perdón a quienes hemos hecho mal. No digamos cosas como: “si te he ofendido en algo”— pues eso no es reconocer y confesar el mal.
    También hermanos, necesitamos arrepentirnos como asambleas – congregaciones enteras. Nunca en la memoria nuestra ha sido convocada una reunión con el propósito de arrepentirnos y expresarlo públicamente. Porque somos duros y orgullosos. Apenas se oye una confesión pública, como asamblea, de pecado, pero necesitamos hacerlo. Nos urge.
    Ha llegado la hora para moverse un verdadero liderazgo espiritual—hombres de Dios que nos llaman a arrodillamos y arrepentirnos antes de que caiga la ira de Dios sobre nosotros en castigo. ¿No crees que es posible sentir la ira de Dios como cristiano? Te equivocas. Romanos 11:21 dice: “Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará”.
    Debemos comer la ofrenda por el pecado como Daniel hizo (Dn. 9:5), haciendo nuestros los pecados de nuestros hermanos y la asamblea. Debemos asirnos de la promesa de Dios en 2 Crónicas 7:14,

“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”.

    Ya es hora de buscar al Señor. El nos llama a través de la voz del profeta Oseas:

“Vuelve, oh Israel, a Jehová tu Dios; porque por tu pecado has caído. Llevad con vosotros palabras de súplica, y volved a Jehová, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien, y te ofreceremos la ofrenda de nuestros labios” (Os. 14:1-2).

    Hemos sido un pueblo orgulloso, jactándonos de nuestros evangelistas, de nuestros maestros de renombre, de nuestros locales y por poco caemos en el error de pensar que como celebramos la Cena del Señor cada domingo, ningún mal nos puede venir. En Jeremías 7-10 el Señor tuvo que desengañar a Su pueblo de aquel entonces de esta idea. Léelo y verás – El Sermón del Templo.
    Nuestra humildad ha sido fingida, de fachada. Casi diría que ha sido para que los demás digan qué humildes que somos, porque nos hemos creído superiores a ellos. Si tenemos más luz y sabemos una mejor doctrina, ¿de qué nos ha aprovechado? No andamos en ella. Solo aumentamos el juicio que comenzará por la casa de Dios (1 P. 4:17). Pero el Señor ha arruinado nuestro orgullo. Ojalá nos diéramos cuenta—nuestra aureola está rota.
    ¡Sólo hay una esperanza! Hay que volver al Señor (Is. 31:6). “Reconoce, pues, tu maldad” (Jer. 3:13). “Convertíos, hijos rebeldes, dice Jehová, porque yo soy vuestro esposo” (Jer. 3:14). “¡Vuélvete a mí!, dice Jehová” (Jer. 3:1). La otra opción es la de la iglesia de Laodicea – ser vomitado de la boca del Señor.
    El camino que lleva al avivamiento y a la bendición divina es el de confesar la verdad reveladora de nuestra condición, corregir y restituir lo que hemos hecho mal, apartamos de nuestros pecados, e ir a la presencia de nuestro Dios para que nos sane y nos bendiga. Debemos tomar en serio nuestro problema grave: la condición perdida del mundo y la impotencia de la iglesia.

“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios; mas el que endurece su corazón caerá en el mal” (Pr. 28:13-14).

William  MacDonald, alarmado por las condiciones en las asambleas, escribió esto en la década de 1960, pero parece que es para hoy, pues nada han mejorado en los últimos 50 años. Traducido y actualizado con permiso.
SE PUEDE COPIAR Y REPARTIR GRATUITAMENTE