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sábado, 31 de agosto de 2024

EN ESTO PENSAD - septiembre 2024

 La Iglesia Local Profetizada  

Parte 3
Camilo Vásquez Vivanco

viene del nº de julio

David Intentó Recuperar la Gloria Perdida
 

     El rey David intentó llevar el arca a Jerusalén después de estar más de veinte años fuera de su lugar en Silo (1 S. 7.2). Su intención fue buena, pues ya no podía volver el arca a Silo, sino debía ser llevada a Jerusalén. Pero lo hizo de una manera inapropiada imitando a los filisteos (1 S. 6.1-8). David construyó un carro nuevo, al igual que los filisteos (2 S. 6.1-7), y cometió un acto temerario, traspasando la Palabra de Dios. El arca debía ser llevada sobre los hombros, y debían hacerlo los levitas de la familia de Coat (Nm. 4.4-15), nadie más podía realizarlo. David aprendió con dolor la lección: “Entonces dijo David: El arca de Dios no debe ser llevada sino por los levitas; porque a ellos ha elegido Jehová para que lleven el arca de Jehová, y le sirvan perpetuamente” (1 Cr. 15.2). La lección es clara, pues podemos tener muy buenas intenciones de servir a Dios imitando los métodos del mundo, sin embargo, existe un método por el cual conducirnos, que no queda al criterio nuestro ni al cambio cultural de los tiempos. Cuando los de Betsemes recibieron el arca devuelta por los filisteos, fueron los levitas que tomaron el arca y la pusieron sobre una gran piedra (1 S. 6.15). Sin embargo, cometieron una imprudencia inusitada “habían mirado dentro del arca de Jehová” y murieron cincuenta mil setenta hombres (1 S. 6.19).1 ¿Por qué este juicio tan severo de parte de Dios? No cabe duda, por la desobediencia a la Palabra de Dios en un acto mucho más irrespetuoso que los filisteos, pues Él ya lo había especificado que los levitas no podían mirar los objetos sagrados del tabernáculo (Nm. 4.20). Solo los sacerdotes tenían este privilegio (Nm. 4.18-20).
    Los levitas debían vivir por fe, sin mirar dentro del tabernáculo, nosotros hoy tenemos muchos más privilegios que ellos, ya que podemos entrar velo adentro, dado que Cristo nos abrió un camino nuevo y vivo (He. 10.19-20). Sin embargo, no somos llamados a traspasar o prescindir de la Palabra de Dios respecto de cómo servir a Dios cual pueblo de Dios. Cada reunión que hacemos, la forma de reunirnos debe hacerse en fe a lo revelado por Dios en el Nuevo Testamento.

Lo Único Que Garantiza La Presencia de Dios En Su Pueblo Es La Obediencia A Su Palabra

 
    No estamos aquí para innovar, sino para GUARDAR Y RETENER las instrucciones ya dadas por los apóstoles. Así le recomendó Pablo a Timoteo Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús” (2 Ti. 1.13). Y agregó Pablo “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado…” (1 Ti. 6.20).
    Podemos asegurar que todo cuanto hacemos como iglesia tiene una forma (gr. jupotuposis), una delineación que se describe como una norma ajustada al modelo dado por Dios. Existe un prototipo al cual seguir en todos los tiempos, y ese prototipo debemos guardarlo tal como Moisés tuvo cuidado de no desviarse en el tabernáculo (Éx. 25.40). Así tenemos una norma y forma para realizar el bautismo cristiano (Mt. 28.19-20), como también una forma de reunirnos en torno a la persona de Cristo. Del mismo modo tenemos una forma de celebrar la cena del Señor cada primer día de la semana (Hch. 20.7; 1 Co. 11.23-26). Tenemos una forma de recoger la ofrenda cada primer día de la semana (1 Co. 16.1-2); del mismo modo tenemos una forma de adorar y alabar al Señor sin uso de instrumentos musicales (Ef. 5.19; Col. 3.16), coros o “equipos de alabanza”.
    Si queremos que la gloria de Dios repose en Su pueblo, no se trata de que las cosas marchen bien, para que todos se sientan bien. Sino que las cosas sean hechas conforme a la voluntad de Dios. Recomendamos a las damas que se vistan con pudor e inteligencia, sin ostentación ni provocación, sin adornos externos como conviene a mujeres que profesan piedad (1 Ti. 2.8-10; 1 P. 3.1-8). Del mismo modo pedimos a las mujeres su silencio y sujeción al varón, como Dios lo dejó especificado (1 Co. 14.34-35; 1 Ti. 2.11-12). Todo esto corresponde a “la forma” de proceder como cristianos del siglo 21. Nada ha pasado de moda, y Dios lo dejó estipulado para que lo sigamos guardando sin innovar ni abandonar.
 
Silo Fue Abandonado Por Dios
 

   “Andad ahora a mi lugar en Silo, donde hice morar mi nombre al principio, y ved lo que le hice por la maldad de mi pueblo Israel” (Jer. 7.12)
    El principio de la permanencia de Dios por Su Espíritu en Su pueblo no ha cambiado, pues Su Palabra nos dice: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18.20). Ese principio está basado en el concepto “congregados en mi nombre”. Su presencia es condicional a cómo nos congregamos, esto significa que no podemos esperar que el Señor esté presente cuando nos reunimos como se nos antoje o cuando copiamos prácticas mundanas del mundo religioso. Los de Corinto se congregaban al nombre del Señor, pero lo estaban haciendo para lo peor (1 Co. 11.17). 
    Antes la gloria de Dios abandonó a Su pueblo desobediente y prometió colocarla entre las naciones: “Y pondré mi gloria entre las naciones, y todas las naciones verán mi juicio que habré hecho, y mi mano que sobre ellos puse” (Ez. 39.21). Dios definitivamente abandona a Su pueblo con su gloria a pesar del hermoso templo levantado por Salomón: “Y la gloria de Jehová se elevó de en medio de la ciudad, y se puso sobre el monte que está al oriente de la ciudad” (Ez. 11.23). Él solo puede estar donde se respeta Su Palabra con corazones sinceros y humildes (Is. 57.15).

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1   El texto hebreo aquí dice 50.070, lo que presenta una dificultad. Probablemente  la pequeña ciudad no hubiera tenido una población tan grande. Además, el orden de las palabras en el hebreo no es común ni usual para expresar un número como ese. Flavio Josefo, el historiador judío del siglo I d. C., dice que solamente setenta murieron en Betsemes. Unos cuantos manuscritos hebreos antiguos tampoco incluyen el número 50.000. Por esas razones los traductores de la RVA han puesto setenta, calculando que este habrá sido el número originalmente escrito, y que posteriormente un copista hubiera  puesto 50.070.

continuará, d.v. en el siguiente número

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 El Rey Saúl y las Consecuencias
de su Altivez y Desobediencia

Parte 4
 por Lucas Batalla Maraver y Carlos Tomás Knott

viene del número anterior

     Los versos 24-25 de 1 Samuel 1.15 relatan como Saúl finalmente reconoció su pecado: “Entonces Saúl dijo a Samuel: Yo he pecado; pues he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras...” (v. 24). Antes decía que había obedecido. Recordemos esto, que hay quienes profesan su inocencia cuando no es así, y hay que insistir con ellos hasta que reconozcan el mal que han hecho. Saúl siguió implicando al pueblo en su pecado: “porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos”. Aun así, el rey era el responsable, pues Dios le había dado instrucciones explícitas. “El temor del hombre pondrá lazo” dice Proverbios 29.25. De haber temido y creído a Dios, no habría cedido a la voz del pueblo. Eso pasa también hoy en las iglesias, cuando los ancianos ceden a la voz del pueblo que desea cambios, y no se mantienen firmes en lo que Dios manda. Las voces de las esposas, los hijos, los jóvenes u otras personas en la iglesia no deben tener peso alguno en las decisiones, sino solo la voz de Dios, en las Escrituras. Cuando Dios ha hablado, ceder a la voz del pueblo es un error. Así que, Saúl tuvo que decir: “Perdona, pues, ahora mi pecado” (v. 24). Podía ser perdonado, pero como veremos, debía sufrir las consecuencias de su mala conducta. Quiso guardar las apariencias, y rogó que Samuel volviera con él para adorar a Jehová. Orgulloso de su posición como rey, quería arreglar lo de su pecado “a puerta cerrada”, y tener la apariencia del apoyo y la aprobación del profeta. Es triste cuando los líderes se preocupan más por su imagen ante los demás, que por su condición espiritual.
    Los versos 26-28 relatan como Samuel rehusó apoyarlo: “No volveré contigo; porque desechaste la palabra de Jehová” (v. 26). Repite la sentencia divina que ya fue pronunciada en el verso 23: “Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel” (v. 26). Con eso, Samuel se iba, pero Saúl no cedió, sino insistió y usó la fuerza, pues “se asió de la punta de su manto, y éste se rasgó” (v. 27). Esa pequeña violencia de parte del rey manifiesta su falta de humildad y su obsesión con la imagen pública. Por tercera vez Samuel le declara la pérdida de su posición como rey: “Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú” (v. 28). No cabe duda que en la mente y el plan de Dios, Saúl ya no era rey a partir de ese momento. ¡Cuánto daño causó cuando rehusó retirarse! Desde ese día, su camino iba hacia abajo, cada vez peor. Buscaba matar al que Dios ungió para reemplazarlo. Presionaba al pueblo y ocupaba su tiempo y recursos con la persecución de David. Al final consultó a una mujer evocadora de espíritus, y el día siguiente se suicidó sobre el monte de Gilboa. Había pasado el punto de no retorno, porque desobedeció a Dios, y no aceptó la sentencia divina. Samuel le advirtió que Dios, “la Gloria de Israel”, no iba a arrepentirse de Su declaración (v. 29), pero Saúl no se sometió, y fue su decisión fatal.
    En los versos 30-31 Saúl confesó nuevamente su pecado, pero insistió en ser honrado “delante de los ancianos de mi pueblo y delante de Israel” (v. 30). Samuel lo acompañó (v. 31), que puede parecernos extraño, pero al leer el siguiente verso entendemos.
    Delante de ese mismo altar, Samuel hizo traer a Agag rey de Amalec (v. 32). Vino alegremente porque pensaba que no lo matarían, porque Saúl lo había perdonado la vida. Pero Samuel denunció sus crueles pecados, y lo mató de forma severa: “cortó en pedazos a Agag delante de Jehová en Gilgal” (v. 33). Ejecutó la sentencia decretada por Dios en los versos 2 y 3, obedeciendo así la Palabra de Dios que Saúl había desobedecido. De esa manera enfática y gráfica prevaleció la voluntad de Dios, y Su ira contra Amalec. Saúl y el pueblo lo había perdonado, pero debemos aprender esto, que no intentemos ser más misericordiosos que Dios. Cuando Dios manda disciplina o castigo, ¿quiénes somos nosotros para quitarlo? Y si hacemos acepción de personas, por familia o amistad o riquezas o posición social, ¡ay de nosotros! Así la iglesia en Corinto tuvo que aprender, pues había tolerado el mal en su medio, con una misericordia falsa y carnal. Dios mandó: “Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros” (1 Co. 5.13). A las iglesias de Asia que toleraban el mal en su medio (Ap. 2-3), Cristo dijo que vendría y pelearía contra ellas. Y como en el caso de Elí, los padres flojos que fallan en la disciplina de sus hijos, con su sentimentalismo e ideas de amor y misericordia, desobedecen y desagradan a Dios, e invitan Su ira. Samuel dejó los pedazos sangrientos de Agag al pie del altar de Jehová en Gilgal, como una lección gráfica y una advertencia seria a toda la nación. No hablemos de misericordia cuando Dios ordena el juicio. No podemos ser más misericordiosos que Dios, y pecan quienes lo pretenden.
    Los versos 34-35 relatan la salida de Samuel. “Se fue luego Samuel a Ramá” (v. 34), y Saúl fue a su casa. Fue la separación definitiva entre el profeta Samuel y el rey desobediente y desechado. “Y nunca después vio Samuel a Saúl en toda su vida”. Había llegado el momento solemne, y el punto de no retorno para Saúl. Para que no nos equivoquemos pensando que Samuel fue duro, el texto sagrado informa: “Y Samuel lloraba a Saúl” (v. 35 y 16.1). Lloraba a Saúl porque había fracasado y causado gran daño, porque había perdido la bendición y el favor de Dios, y porque iba al infierno. Samuel en su juventud había visto el juicio de la casa de Elí, y sabía lo que venía sobre la casa del rey Saúl. Nadie, por alta posición que ocupe, queda impune ante Dios. Nadie puede desobedecer a Dios y evadir Su juicio. Aunque tenga autoridad, riquezas y poder, y sujete al pueblo, no podrá sujetar a Dios, ni salirse con la suya, ni eludir su terrible encuentro ante el Juez de toda carne (Jer. 25.31). No solo en esta vida, sino después de ser muertos, vendrán a juicio (He. 9.27). “Vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos... y fueron juzgados los muertos...” (Ap. 20.12).
    Recordemos: “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros”. La fe y el amor a Dios no se manifiestan solo en himnos hermosos (Is. 29.13), sino en los hechos – en la obediencia (Jn. 14.15).

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Dios Es El Creador

     Cuando dicen que algo tiene 10 o 20 o 50 mil años de edad, o hablan de millones de años, o alegan que el agua llegó a la tierra en meteoros o asteroides, o hablan del “big bang”, o de la evolución de los animales y del ser humano, afrentan a Dios. Dios ha dejado registrado claramente de dónde vienen las cosas, y según Su Palabra no hay lugar para ni siquiera 10 mil años. Pero en lugar de creerle y glorificarle como Dios, proponen sus teorías que excluyen a Dios. Dicen que eso es “ciencia”, pero esa palabra significa “conocimiento”, y no vale para describir la teoría de evolución, que es un invento de la imaginación. Es lo que la Biblia llama “la falsamente llamada ciencia” (1 Ti. 6.20). Todos los que hablan así, y los que los creen, afrentan a Dios, porque en efecto dicen que Su Palabra es mentira o error.
    La Biblia afirma que Dios creó todo, y dice cuándo: “en el principio” – Génesis 1.1, y que en el sexto día (literal) de la creación Dios hizo a Adán. El sexto día de la existencia de la tierra, Dios hizo a Adán. Las genealogías de la Biblia indican que la tierra es joven. Puesto que todos descendemos de Adán, es matemáticamente imposible que haya tantos miles y millones de años que los incrédulos alegan. Romanos 1.19-22 describe esa rebelión y conspiración humana.
“Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios.

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 Los Tatuajes y Piercings

Los creyentes nunca deben tomar al mundo como su punto de referencia. Deberían saber, casi por intuición espiritual, no imitar las cosas del mundo. Dios dio claras instrucciones a Su pueblo: "Y no haréis rasguños en vuestro cuerpo por un muerto, ni imprimiréis en vosotros señal alguna" (Lv. 19.28). Eran costumbres paganas, no de creyentes. Hoy sigue siendo verdad, porque "vuestro cuerpo es templo
del Espíritu Santo"
(1 Co. 6.19-20). Nuestro cuerpo no es nuestro para decorar como nos parece, según las modas. Ahora bien, surge un problema, porque algunos creen que las mujeres pueden perforar las orejas para llevar pendientes. Si ellas pueden, ¿por qué no los hombres también? Si está bien perforar la oreja, ¿por qué no también la nariz, las cejas u otros lugares? Siempre debemos ceñirnos lo más posible a la Palabra de Dios, y no buscar excusas para imitar al mundo. La separación todavía es importante.

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 ¿Nace o se Hace?
Los genes y la conducta

Dr. A. J. Higgins

     Como creyentes, nuestra perspectiva del mundo en derredor (la sociedad) es cristiana. Esto equivale a renovar nuestro entendimiento con la Palabra de Dios (Romanos 12.2), observando y evaluando todo de la manera en que Él lo ve. Tener una mente espiritual o renovada no es la idea de sólo pensar en cosas espirituales o celestiales. Debemos utilizar nuestras mentes en nuestros trabajos, estudios, asuntos familiares, y nuestra vida diaria. Eso significa tener una mente que mira todo a través del filtro de la Palabra de Dios.
    La tecnología ha avanzado exponencialmente en las últimas décadas. Esto ha influenciado prácticamente todo aspecto de los negocios, la educación y la ciencia. Un campo que ha cambiado radicalmente ha sido el de la genética. La capacidad de “decodificar” un gen y de vincular genes específicos a rasgos específicos es uno de los logros más maravillosos que han alcanzado los genetistas. La capacidad de vincular un gen o un conjunto de genes a una enfermedad en particular ha permitido examinar y detectar enfermedades más oportunamente. Por ahora eso no siempre significa que la curación sea posible, pero muchos abrigan la esperanza de que algún día las incurables y devastadoras enfermedades genéticas puedan ser controladas o prevenidas por “terapia genética” o algún otro medio.
    No debemos tenerle miedo a la genética; por medio de ella los hombres descubren el código que Dios ha puesto en Su creación. Sin embargo, debemos esperar que aprovechen estos conocimientos para beneficiar a la humanidad y no para justificar el pecado.

Las aplicaciones
 

    La genética es un tema recurrente en las noticias, y los artículos con frecuencia intentan asociarla con la conducta criminal, orientación sexual y rasgos de personalidad. No hay duda de que el género, el aspecto físico y ciertos talentos naturales tienen un origen genético. Pero por décadas el debate se ha centrado en la importancia relativa de cómo inciden en el desarrollo final del individuo lo innato y lo adquirido.
    Muchos tienen un interés personal en abogar por lo innato (la genética). Los abogados defensores intentan usar este razonamiento para presentar a su cliente como una “víctima” de ciertos patrones genéticos. Por años la comunidad homosexual ha procurado usar la genética como la razón de su conducta. Aun cristianos bien intencionados han afirmado, sin reflexionar, que su composición genética justifica pecados que han optado por no abandonar.
    Lo adquirido, es decir, la crianza, el entorno y las experiencias vividas, también tiene sus defensores en el debate. Los científicos sociales que aspiran cambiar la sociedad para cambiar la humanidad le echan la culpa de lo indeseable a los males sociales. Nadie va a negar que la pobreza engendra crímenes y un sinnúmero de otros problemas para la comunidad, pero no toda persona criada en pobreza se torna violenta ni es un criminal. De la misma manera, personas adineradas y pudientes a menudo se involucran en actividades delictivas. Todavía queda mucho por decir en el debate sobre lo innato, o genético, versus lo adquirido, pero la mayoría está de acuerdo en que hay una interacción de ambas realidades que conduce al desarrollo final de una persona.
    La naturaleza nos dota de un mapa genético sobre cuyas teclas actúa el entorno para tocar y componer la música de la vida suya y la mía. Hay, sin embargo, un elemento totalmente impredecible en todo esto que debemos tomar en cuenta. Los seres humanos tienen voluntad propia, es decir, la capacidad de actuar de maneras enteramente contrarias a lo que su genética y crianza hayan previsto para ellos.
    Todos nacemos como hijos de Adán, una raza caída y proclive al pecado y al egoísmo. En este sentido todos tenemos una conformación "genética" propensa a pecar. Una “manera de ser pecaminosa” solamente ratifica la verdad bíblica de nuestra “naturaleza caída”. No nos ofrece ninguna justificación para una conducta pecaminosa.

La genética y la orientación sexual
  

  La búsqueda de un “gen gay” ha estado ocurriendo desde hace varias décadas. A pesar de que las investigaciones han estado bien financiadas, todavía este gen no ha sido hallado. Pero aun si fuera encontrado, eso no haría que el comportamiento homosexual fuera legítimo, de la misma manera que no se justifica que un heterosexual genéticamente determinado exprese una conducta sexual fuera del vínculo matrimonial bíblicamente definido entre un hombre y una mujer. Hay que reconocer que el heterosexual tiene la posibilidad de una unión conyugal y el disfrute de una relación física. No es así para la persona homosexual, y esto agrega una carga al creyente que se siente atraído a una persona de su mismo género. Afortunadamente, Dios da gracia abundante para vivir en santidad para Su gloria y para la recompensa eterna del creyente.
    Un artículo publicado en 2014 (Psychological Medicine nº45; pág. 1379-1388) pretendía mostrar un vínculo en todo el genoma que determina la orientación sexual en varones. Sin embargo, la investigación no respaldó la conclusión de que el ADN determina directa o indirectamente la conducta sexual. A menudo el genoma es el mismo en los varones heterosexuales y los homosexuales. El comportamiento humano es demasiado complicado, por cuanto abarca lo innato, lo adquirido y la voluntad humana. Si algún día llegara a existir una prueba de una predisposición genética hacia una orientación homosexual, esto no justificará la conducta. Una predisposición genética al homicidio y los crímenes violentos, que muchos alegan existe, no los hace aceptables.

continuará, d.v. en el siguiente número
traducido de la revista Truth & Tidings, octubre 2015
https://truthandtidings.com/2016/01/christian-worldview-nature-or-nurture

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 "Trabaja" es un mandamiento


Lee 2 Tesalonicenses 3.10-13. El verso 10 dice: “Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma”. Dijo William MacDonald: “es el mandamiento para los perezosos”. Tanto en el primer siglo, como hoy, hay personas adiestradas en “no trabajar”. Dicen que no encuentran trabajo (¡pero los demás sí!). Sin trabajo, viviendo a expensas de otros: sus padres, su esposa, o un hermano “generoso” (ingenuo). El trabajo es bueno e importante. Pero éstos, ya que no trabajan, tienen tiempo para meterse en otras cosas. “...Andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno” (v. 11). Lo ajeno es lo que no les corresponde. Pero como no tienen otras responsabilidades, se inventan cosas que hacer. Se inventan actividades, teorías (como el Dióxido de Cloro, o la Tierra Plana, u otras teorías de conspiraciones), y las protagonizan con los demás. Hablan, pero no trabajan.
     Pablo da la solución: el trabajo “A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan” (v. 12). Que provean para sus propias necesidades. No vivan del paro, o del salario de otro - su esposa, sus padres, su hermano, etc.. Algunos de ellos dicen que “están buscando trabajo”, pero curiosamente, nunca lo encuentran. Parece que no están dispuestos a aceptar cualquier trabajo. Pero, trabajar es hacer bien (v. 13). Aunque se remanguen y trabajen con horas largas y poco pago, luego hallaráan que "dulce es el sueño del trabajador" (Ecl. 5.12). No les sobrará tiempo para otras cosas. Trabajar es mejor que estar parado, que soñar, y es mejor que entremeterse en lo ajeno.

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  El Infierno



    La verdad no es afectada por los que la creen ni por los que no. Por ejemplo, la ley de gravedad es una verdad. Si dices que no crees en la gravedad y luego saltas del tejado de tu casa, ¡verás muy pronto cuán grave es esto! Puedes creerla o no, pero sigue siendo verdad, y si la descuidas o vas en contra de ella, serás tú el perjudicado. Te guste o no, tarde o temprano, creerás en el infierno.
    Así también el infierno es una verdad. Es un lago ardiente de fuego y azufre. La Biblia, la Palabra de Dios, enseña que toda persona incrédula que rechaza a Jesucristo, pasará toda la eternidad en este terrible lugar de castigo. Al ser éste el peor pensamiento que puede entrar en la mente humana, el hombre natural se revuelve en contra. Puedes creerlo o no, pero sigue siendo verdad, y si la descuidas o vas en contra de ella, serás tú el perjudicado.
    Es cierto que cada cual tiene su opinión. Pero nuestro propósito no es hacer una encuesta de opiniones públicas acerca del infierno, sino examinar y exponer lo que dice Dios. Nuestra pregunta es: “¿Qué dicen las Escrituras?”, porque si hay alguien que sabe si el infierno existe o no, es el Dios eterno; no son unos seres humanos tan limitados y frágiles que apenas llegan a 80 años de vida. El hombre no puede crear el infierno, ni hacerlo desaparecer, por mucho que escriba y opine. Pero puede salvarse de tener que ir allí, si acepta los consejos de Dios.
    ¿Sabías que el Señor Jesucristo enseñó aún más acerca del infierno que todos los demás escritores juntos en la Biblia? Dijo que la ciudad de Capernaúm, a causa de su pecado, sería abatida al infierno (Mateo 11.23). También advirtió: “Si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga” (Marcos  9.47-48).
    A los fariseos les llamó una generación de víboras y les dijo: “¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?” (Mateo 23.33). También informó: “Y murió también el rico, y fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos(Lucas 16.22-23). En el día del juicio, Cristo dirá: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles...e irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mateo 25.41, 46).
    Repetidamente las Sagradas Escrituras relacionan al infierno con fuego o algo que arde. Jesucristo lo llamó “el infierno de fuego” (Mateo 5.22; 18.9). También habló de esto como el “horno de fuego” (Mateo 13.42, 50). Cinco veces el infierno es llamado “el lago de fuego” (Apocalipsis 19.20; 20.10, 14-15; 21.8).
    La historia verídica del hombre rico nos muestra que el infierno es un lugar en el que se está consciente (Lucas 16.23). Es un lugar de sufrimiento (Judas 7), de dolor (Salmo 116.3), de tormento (Lucas 16.24-25, 28), de ira (Efesios 2.3 “hijos de ira”; Colosenses 3.6) y de condenación eterna (Marcos 3.29).
    Ahí la memoria opera y atormenta con amargos recuerdos y vergüenza. Abraham dijo al hombre rico que se acordara de los bienes que recibió y disfrutó durante su vida (Lucas 16.25) y de cómo Lázaro recibió males. Aquel rico recordaba y se preocupaba por sus cinco hermanos que aun vivían en la tierra (Lucas 16.27-28). El pecador recordará sus pecados pasados, pero no le darán satisfacción. Recordará las muchas oportunidades que tuvo para aceptar a Cristo. Recordará las oraciones y súplicas de sus padres piadosos o sus amigos cristianos. Recordará todas las veces que escuchó la predicación del Evangelio. Recordará cómo el Espíritu Santo le llamaba y luchaba con él en los pensamientos, por medio de sermones, tratados, y conversaciones con creyentes. Y triste es decirlo, pero recordará cada vez que rechazó a Cristo. Querrá olvidarlo, pero no podrá.
    El infierno no es solo un lugar de recuerdos, sino también de remordimientos por todos y cada uno de sus pecados. En el lago de fuego se dará cuenta de su insensatez, de cómo vendió su alma por unos placeres. Estará lleno de remordimiento por haber rechazado el amor de Dios y el evangelio del Señor Jesucristo. Solo Jesucristo puede perdonarte, darte vida eterna, y salvarte del juicio eterno en el infierno.

                                       del libro El Lago de Fuego, por Homer Duncan

miércoles, 31 de julio de 2024

EN ESTO PENSAD - agosto 2024

 Cristo en los Panes sin Levadura


Textos: Lv. 23.4-8; 2 Co. 5.21; 1 Jn. 3.5

El finado Sr. Arthur Gilmour ecribió que el Señor mencionó tres tipos de levadura. La levadura de los fariseos es la hipocresía; la de los saduceos es la incredulidad; la de Herodes es el poder mundano. Ninguna de esas cosas estaba en el Señor Jesucristo. Su vida y ministerio eran un ejemplo de integridad y confianza. Nunca disminuía Su confianza en Dios, y Su reino no era de este mundo.
    Su vida era una manifestación constante de la santidad práctica, y toda ella ascendía a Dios como olor grato. Era una vida de excelencia moral, sin igual y totalmente única. Él era el pan sin levadura, sin corrupción y sin el elemento del orgullo de la carne – un Hombre en constante armonía con la voluntad de Dios, en quién la desobediencia no pudo entrar. Aceptó voluntariamente la vida de dependencia en Dios, y los repetidos asaltos del príncipe del mundo no consiguieron nada en el Cristo impecable.
    La fiesta de los panes sin levadura transmite unas lecciones muy prácticas. El mandamiento dado fue: “siete días comeréis panes sin levadura” (Lv. 23.6). No se permitía la manifestación del mal en ningún día. Esto es un gran reto hoy para el pueblo de Dios. Vivimos en un mundo vil, y los postreros días son probablemente los peores en la historia del mundo. En ese ambiente todavía suena claramente el mandamiento de Dios: “siete días comeréis panes sin levadura”. Debemos fijarnos en el ejemplo puesto por el Salvador, y seguirlo: “Sed santos, porque yo soy santo”.
    Conviene notar la conexión entre la Pascua y la fiesta de los panes sin levadura. En Lucas 22 son presentadas juntas, como una misma cosa. Cuando apreciamos nuestra redención, entonces podemos apreciar plenamente a Cristo. En las Escrituras, el pecado siempre entra cuando mengua el amor. Procuremos cada día mantener el calor de nuestro desposorio a Cristo (Jer. 2.2). Entonces, cualquier mal que se nos presente parecerá como nada en la luz de la gloria de Su impecable y perfecta humanidad.

Del libro, Christ in the Old Testament (Cristo en el Antiguo Testamento), Precious Seed Publications, lectura para el 7 de abril

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 El Rey Saúl y las Consecuencias
de su Altivez y Desobediencia

Parte 3

 por Lucas Batalla Maraver y Carlos Tomás Knott

 

viene del número anterior
  En los versos 20-21 de 1 Samuel 5, Saúl intentó nuevamente justificarse. Declaró: “Antes bien he obedecido la voz de Jehová...” (v. 20) pero era mentira. Obedecer es hacer todo – no la mayor parte. En lenguaje de hoy, los que dividen las doctrinas en varias categorías: “principales” o “fundamentales”, y “secundarias” o “no esenciales”, son culpables de fomentar el desprecio y la desobediencia. Saúl nuevamente intentó escabullirse, echando la culpa al pueblo, y no tomando responsabilidad (v. 21) como rey.
    Entonces Samuel le interrumpió y declaró el gran precepto de la obediencia a Dios (vv. 22-23). Saúl había desobedecido, pero no quiso reconocerlo. Escuchemos y tomemos al corazón las palabras del profeta.
    (1) Samuel pregunta: “¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová?” El propósito de su pregunta es causar reflexión e identificar una verdad. ¿Está bien adorar a Dios de cualquier manera? ¿Tiene Dios que aceptar cualquier cosa? Lee detenidamente el libro de Malaquías para ver la respuesta. Los sacrificios y la alabanza sin la obediencia son completamente inútiles, y además, desagradan a Dios. Alguien dijo: “En los sacrificios el hombre ofrece solo la carne de animales irracionales, mientras que en la obediencia ofrece su propia voluntad, que es nuestro culto racional (Ro. 12.1)”.
    Samuel contesta su propia pregunta y declara un gran precepto bíblico, válido en todo tiempo: “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (v. 22). “Ciertamente” indica que no cabe duda. Aquellos animales debieron ser matados en juicio, no ofrecidos en sacrificio. No es posible glorificar a Dios sin hacer lo que Él manda. El sincero deseo de la mayoría no triunfó entonces, ni hoy toma precedencia sobre la obediencia a las palabras de Dios. Todavía “es mejor” prestar atención a la Palabra de Dios y obedecerla. No importa que otros nos llamen creyentes anticuados, legalistas o intransigentes. No hay que transigir la Palabra de Dios. “Compra la verdad y no la vendas” (Pr. 23.23). El mandato a Israel fue: “Mirad, pues, que hagáis como Jehová vuestro Dios os ha mandado; no os apartéis a diestra ni a siniestra” (Dt. 5.32; véase también 17.11, 20; 28.14; Jos. 1.7; 23.6). Y el Nuevo Testamento nos enseña a obedecer a Dios, no a modificar Sus palabras. Nuestro Señor protestó: “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lc. 6.46). Es Su pregunta más embarazosa. ¿Cómo responderían los que cambian las cosas en las iglesias para no seguir la doctrina y práctica de los apóstoles? (Hch. 2.42). Santiago 1.22 demanda: “Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos”. Hoy muchos autoengañados hay en las iglesias. Piensan que son cristianos, que conocen a Dios, pero son impuros, corrompidos, incrédulos, abominables, rebeldes y reprobados (Tit. 1.15-16). Si en verdad conociesen a Dios, sabrían cuánto Él valora la obediencia. Son como los de Laodicea, y piensan que todo va bien, cuando realmente desagradan a Dios (Ap. 3.17).
    En cambio, Cristo enseñó a Sus discípulos que la obediencia es cómo manifestar amor. Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn. 14.15). “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama(Jn. 14.21).  “El que me ama, mi palabra guardará” (Jn. 14.23). El que no me ama, no guarda mis palabras” (Jn. 14.24). No se trata de cantar que le amamos, sino demostrarlo obedeciendo a Su Palabra. Es así que mostramos fe y amor. Saúl fracasó en esto, porque no amó a Dios, sino a sí mismo y su posición como rey. Pero apliquémoslo a nosotros. Siendo ésa la medida que Cristo da del amor, ¿dónde está el amor a Él en nuestras vidas personales, y en las iglesias? Por ejemplo, muchas iglesias desechan las instrucciones sobre el carácter y la conducta de las mujeres, y las distinciones como el velo, el silencio y la sumisión. Desprecian esos textos y los tildan de cosas culturales. Pero en su primera epístola a los corintios, Pablo insistió que las cosas que escribió “son mandamientos del Señor” (1 Co. 14.37), no cuestiones culturales ni opiniones suyas. De modo que, los que no obedecen a la Palabra de Dios, no lo aman realmente, por mucho que afirmen que sí. El Señor expresó Su aprobación y placer a la iglesia en Filadelfia con estas palabras: “... aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre” (Ap. 3.8). No habló así a ninguna otra iglesia. ¿Qué diría a nosotros?
    (2) Samuel explica cómo Dios ve la desobediencia. “Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación” (1 S. 15.23). Las palabras divinas son: “pecado”, “adivinación”, “rebelión”, “ídolos e idolatría”, y “obstinación”. Recuerda que “desobediencia” es como Dios evalúa el comportamiento de Saúl, aunque mató a todos menos Agag, y mató también todo el ganado excepto los mejores que pretendió ofrecer a Jehová. Humanamente alguno diría que obedeció en casi todo, pero Dios no lo felicitó. No dijo: “Hasta ahí hiciste bien en gran parte, solo que fallaste en dos puntos”. Dios no lo vio así. Había una orden: matar y destruir todo (v. 3), y no lo hizo. No es parte obediente y parte desobediente. Conocer a Dios es entender que Sus caminos y pensamientos no son como los nuestros, sino más altos (Is. 55.9). La desobediencia nunca es cosa leve, sino muy grave. Desobedecer es rebelarse contra Dios, queriendo hacer nuestra voluntad en lugar de la Suya. Dios la considera como adivinación – el ocultismo, el consultar a espíritus, a demonios. Desobedecer Su Palabra es la obstinación. En lugar de humillarse, confiar en Dios, ceder y decir: “Hágase tu voluntad”, nos empeñamos en hacer otra cosa. Es resistirse y oponerse a Dios, y es una carrera perdida de entrada. Saúl, a perdonar la vida a un solo hombre, y unos animales para sacrificar a Dios, desobedeció, se rebeló, y fue obstinado. Ofendió a Dios como si hubiese practicado adivinación – cosa que luego hizo (1 S. 28). Insultó a Dios y le deshonró como si hubiese sido idólatra. En efecto, Saúl desechó la Palabra de Jehová, pues no la cumplió enteramente sino se permitió el lujo de dos pequeñas modificaciones: el rey Agag y lo mejor del ganado.
    (3) Samuel anuncia el veredicto divino: “Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey” (1 S. 15.23). Cuando Samuel servía como niño al lado de Elí en el tabernáculo, un profeta anónimo reprendió a Elí y declaró estas palabras de Dios: “...yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco” (1 S. 2.30). Luego, cuando Dios le llamó a servir, el primer mensaje revelado fue de juicio contra Elí, el sumo sacerdote. Vio el cumplimiento de ese terrible juicio, en la muerte trágica de Elí y sus hijos en un solo día. Pero en el capítulo 15 fue dirigido a declarar a Saúl que Dios lo había desechado. No era una profecía, sino un hecho cumplido. No “te desechará”, es decir, no en el futuro, sino ya “te ha desechado”. Pero Saúl seguía obstinado, y rehusó soltar las riendas. No quiso humillarse ni dimitir, probablemente porque no soportaría la gran humillación y vergüenza, pero es lo que Dios mandó. En eso también resistió la voluntad de Dios, pues el resto de 1 Samuel es evidencia de los problemas que causó Saúl porque no aceptó el juicio de Dios, sino perseguía al que Dios había escogido y ungido para tomar su lugar. Eclesiastés 4.13 menciona al “rey viejo y necio que no admite consejos”, y Saúl fue así. Desobedeció a Dios en esto también, pues se agarró del trono cuando había sido desechado, mostrando rebelión y obstinación. Es triste cuando los fieles tienen que esperar la muerte de uno que rehúsa retirarse.

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  El Amor de Dios

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4.10).
   El amor verdadero es caracterizado por el sacrificio propio. En ningún lugar es esto más evidente que con el amor de Dios (Jn. 3:16). Es un amor sin causa, en el sentido de que no hay nada en los objetos amados que causara que Dios les amara. No somos amables por naturaleza, sino más bien aborrecibles (Tit. 3.3). Sin embargo,  Él nos amó porque Él es amor, y porque Él escogió amarnos.

   Este amor de Dios es incondicional. Con esto queremos decir que el amor divino no se basa en el amor del individuo a Él. No es un amor recíproco. Nuestro amor normalmente responde al amor que otro nos manifiesta. Pero en el caso del amor de Dios, Él nos ha amado pese a la ausencia de amor y amabilidad de nuestra parte. Su amor no se condiciona sobre el amor nuestro a Él.
    El amor de Dios es inmerecido. Ya que es incondicional, no hay nada que podamos hacer para merecerlo. Muchos quieren creer que si se enderezan, o si limpian y arreglan sus vidas, entonces Dios les amará, porque le serán más atractivos. Es una idea equivocada.
    Para apreciar el amor de Dios debemos lograr comprender más cuál es nuestra propia gran pecaminosidad. Qué lástima que muchas personas, y entre ellas muchos creyentes, tienen un concepto muy pobre de lo pecaminoso que es el ser humano no regenerado. Se fijan en los pecados obvios de los demás, y encuentran cosas que ellos afirman: “yo nunca haría esto”, o “yo no he hecho esto”. Y así no comienzan a ver lo pecaminoso que es su propio corazón. No es tanto lo que hemos hecho, sino lo que somos por naturaleza. Somos pecadores. El pecado mora en nosotros; somos torcidos, contaminados y perversos por naturaleza (Mr. 7.20-23). Así que, amados, el pecado no es sólo una cosa que hacemos, sino el estado natural de nuestro corazón, es nuestra forma de ser, nuestra naturaleza. No somos pecadores porque pecamos, antes al contrario, pecamos porque somos pecadores. Debemos meditar en esto, porque la diferencia entre las dos formas de pensar es muy grande. Con demasiada frecuencia  no comprendemos que la carne no es mejor hoy que el día cuando nos convertimos. No sólo necesitamos perdón de nuestros pecados cometidos, sino también necesitamos ser limpiados y cambiados por dentro. La salvación hace más que perdonar unos cuantos hechos malos, porque es la conversión de la persona. Dios nos perdona, nos limpia, y nos transforma, nos da una naturaleza nueva, de modo que somos nuevas criaturas en Cristo (2 Co. 5.17).
    Así que, aquellos que conocen su propia gran pecaminosidad son los que llegan a conocer y apreciar el amor de Dios (Lc. 15.21; Ro. 5.8). Los que sienten que no merecen el amor de Dios, llegan a conocerlo y ahora pueden apreciarlo (1 Jn. 4.16). “Conservaos en el amor de Dios” (Jud. 21).

Steve Hulshizer
traducido y adaptado de “Milk and Honey”, febrero 2002, con permiso

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 1 CORINTIOS Y LA CUESTIÓN CULTURAL


Muchos enseñan que las instrucciones del apóstol Pablo en 1 Corintios tienen que ver con cuestiones culturales en Corinto en aquel entonces, y por eso,  hoy no son relevantes. Pero, ¿realmente es correcto usar la cultura para limitar la aplicación de la doctrina apostólica? Podemos disculparnos hoy de la obligación a guardarlas en las iglesias?
    Hay muchas respuestas y opiniones que se dan. Pero lo principal es leer bien el texto bíblico, y dejar que ella nos conteste y enseñe. Si queremos ser buenos discípulos del Señor Jesucristo, debemos respetar Su Palabra, y no descontarla diciendo: “Pablo dijo eso”, o “eso era para los corintios”. “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil” (2 Ti. 3.16). Digamos con el salmista: “tus testimonios son mis delicias y mis consejeros” (Sal. 119.24). En lugar de mirar lo que otras personas e iglesias hacen, nuestro punto de referencia debe ser la Palabra de Dios. (Sal. 119.105).
    Si creemos estos versos, ¿cómo podríamos decir que 1 Corintios habla de cultura, o pensar que sus enseñanzas eran solo para aquel lugar en aquel entonces? Pensar así es dar un paso de alejamiento de la autoridad de las Escrituras.
    ¿Enseñaba el apóstol unas doctrinas y prácticas en un lugar, y otras en otros lugares? Ya sabemos que algunos piensan que sí, pero ¿qué dicen las Escrituras? Dejemos que el mismo libro de 1 Corintios responda:

1.2   “llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”.
4.17  “él os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias”.

7.17   “esto ordeno en todas las iglesias.”

11.10  “Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles”

11.16  “nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios.”

14.33-34 “Como en todas las iglesias de los santos, vuestras  mujeres callen en las congregaciones.

14.37  “Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor.”

16.1   “haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia.”

    Si uno desea saber lo que la Biblia enseña sobre el asunto, ahí lo tiene. Si se dispone a creer y ser hacedor de la Palabra (Stg. 1.22), en eso demuestra que es una persona espiritual, y un discípulo del Señor Jesucristo. De otra manera, que crea lo que quiera, pero no diga que su creencia o práctica es bíblica, pues en los textos arriba citados vemos claramente lo bíblico.
    De la cultura griega o romana, la Biblia no menciona ni enseña nada. Las consideraciones culturales no son parte de la instrucción apostólica. Por eso, si no hablasen de eso ciertos maestros,  no lo sabríamos, porque no está en la Biblia. Presentan sus explicaciones y lucen conocimientos de la cultura en Corinto: las prostitutas del templo con la cabeza rapada, y cosas por el estilo.1 Pero, nada de eso está en la epístola. Debemos recordar que las enseñanzas de 1 Corintios valen para todas las iglesias de Dios, para todas las iglesias de los santos, y eso incluye las iglesias en nuestros días. Fueron enseñadas en todas las iglesias, como mandamientos del Señor de la Iglesia, y de las iglesias. Reconozcamos Su señorío y seamos obedientes.

                                                                              Carlos Tomás Knott

1 Por ejemplo, John MacArthur, en su comentario, comete este error. “En la cultura de Corinto, la cabeza cubierta de una mujer mientras ministraba o adoraba era un símbolo que indicaba su actitud de sumisión y humildad para con su esposo. El apóstol no impone aquí una ley absoluta para que las mujeres se pongan velos o sombreros en todas las iglesias para todos los tiempos...” De los versos citados arriba, vemos lo contrario, que son enseñanzas para todas las iglesias. Nada tiene que ver con la cultura de Corinto y sus miles de prostitutas de Afrodita. En este punto, su exposición no es sana porque contradice la Escritura.

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Advertencia a los Enemigos de Israel

Hacerse enemigo de Israel es un pecado y error fatal. Cuando Dios dio claras promesas al patriarca Abraham, le prometió así: “Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré” (Gn. 12.3). El pacto de Dios con Abraham y su descendencia fue unilateral, es decir, que solo Dios actúa y se compromete en ese pacto. No depende de Abraham ni sus descendientes. No tienen obligación en este pacto. Por eso, esas promesas no caducan y no pueden ser invalidadas. Esto es un aviso a las naciones, los políticos y los activistas – cualquiera que maldiga a Israel o sea su enemigo. Serán malditos por Dios. La historia de la humanidad demuestra que es así – son muchas las ruinas, los destrozos, y muchos los muertos de los que maldijeron y atacaron a Israel.
    Dios ama a Israel con amor eterno (Jer. 31.3). La promesa divina no caducó cuando murió Abraham, sino pasó de él a Isaac (no Ismael), y de Isaac a Jacob (no Esaú): “Malditos los que te maldijeren, y benditos los que te bendijeren” (Gn. 27:29).
    A la nación de Israel salida de Egipto Dios prometió: “Seré enemigo de tus enemigos, y afligiré a los que te afligieren” (Éx. 23.22). ¿Quieres tener a Dios por enemigo? La manera más segura de conseguirlo es hacerte enemigo de Israel. La historia demuestra sobradamente que es así. Pero, ¡parece que hoy las naciones quieren apuntarse a la lista de los afligidos!
    Balac, rey de Moab, trajo a Balaam a sueldo para maldecir a Israel, pero éste no pudo.

¿Por qué maldeciré yo al que Dios no maldijo? ¿Y por qué he de execrar al que Jehová no ha execrado?” (Nm. 23.8). 

¡Buenas preguntas!, y las naciones del mundo, especialmente las del medio oriente como Irán, por ejemplo, deberían reflexionar y arrepentirse. Cometen el error de maldecir al que Dios no maldijo, y execran al que Dios no ha execrado. Balaam terminó repitiendo la promesa divina dada a Abraham, Isaac y Jacob y sus descendientes. “Benditos los que te bendijeren, y malditos los que te maldijeren” (Nm. 24.9).
    Es impresionante que hay naciones como Amalec, Moab, Edom, Asiria y Babilonia que existen principalmente en museos y libros de historia. Egipto, que antes era una gran potencia en el mundo es un pueblo bajo y débil.
    Dios toma nota de los que desprecian y odian a Israel, y promete darles el pago. Considera por ejemplo Sus palabras a Amón.

“Porque así ha dicho Jehová el Señor: Por cuanto batiste tus manos, y golpeaste con tu pie, y te gozaste en el alma con todo tu menosprecio para la tierra de Israel, por tanto, he aquí yo extenderé mi mano contra ti, y te entregaré a las naciones para ser saqueada; te cortaré de entre los pueblos, y te destruiré de entre las tierras; te exterminaré, y sabrás que yo soy Jehová” (Ez. 25.6-7).

Y a Edom, otro enemigo perpetuo de Israel en el Mediooriente, dijo:

“Por la injuria a tu hermano Jacob te cubrirá vergüenza, y serás cortado para siempre” (Abd. 10).

Todos los que hoy injurian a Israel deberían reflexionar en eso, porque:

Menospreciar, maldecir o atacar a Israel
es invitar el juicio de Dios.


    En el tiempo del imperio persa, el malvado Amán intentó exterminar a los judíos, pero Dios usó la intervención de Ester, y el rey Asuero (Jerjes) ahorcó a Amán y también a sus hijos, y dio su casa a los judíos. Decretó que los judíos tienen derecho a defenderse. En eso fue más justo que algunas naciones hoy que quieren que Israel no responda a los crueles ataques de los islamistas. Aparentemente, los persas modernos, la nación de Irán, no han aprendido nada de la historia. 

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La Advertencia Ignorada

El Sr. Truman vivía al lado del lago Spirit, a 8 kilómetros del monte Santa Helena, en el estado de Washington, EE.UU. Los expertos anticipaban la erupción del volcán en cualquier momento y advertían repetidamente a los residentes del gran peligro de quedarse. Pero a pesar de muchas advertencias, el Sr. Truman se quedó. Quizás pensaba que no pasaría nada, o que estaría bien en su casa.
    El domingo 18 de mayo, 1980, sucedió. Hubo una explosión catastrófica, reduciendo su cumbre de 2.950 a 2.550 metros, y reemplazándola con un cráter en forma de herradura de 1,5 km de ancho. 400 millones de toneladas de ceniza se lanzaron al atmósfera. A una distancia de 20 kilómetros los enormes árboles de 50 metros de altura fueron arrancados como palillos. Una avalancha masiva expulsó el agua del lago haciendo una ola de 61 metros de altura que bajó el valle causando destrucción.
    Una nube de gases extremadamente calientes, cenizas y piedras yendo 320 km/hora destruía todo lo que estaba delante. Automóviles que estaban a kilómetros de ahí fueron enterrados en ceniza y sus pasajeros sofocados. Murieron dos fotógrafos que estaban a más de 10 kilómetros. La ciudad de Yakima, a 136 kilómetros, estaba oscurecida como a medianoche a las 9:30 de la mañana. La columna de nube de cenizas llegó a más de 16 kilómetros de altura.
    Y sí, aquel hombre Truman murió, y su casa fue destrozada. De hecho, nunca hallaron ni a él ni su casa. Por la razón que fuera, él no hizo caso de las advertencias y lo pagó caro.
    Permítame hacerle una pregunta: ¿Ignora usted las advertencias que Dios le da? La Biblia repetidamente nos advierte del juicio venidero. Como el Sr. Truman, muchos sencillamente no piensan que sucederá. Noé advirtió a la gente de su día que un juicio de diluvio mundial venía, y se burlaban de él. Pensaban que era un viejo necio. Pero escucha lo que Jesucristo dijo acerca de los días de Noé y cómo los compara al tiempo cuando Cristo volverá al mundo para juzgarlo:
    “Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre. Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos” (Lucas 17.26-27).
    Así como con el monte Santa Helena, se dieron advertencias pero la gente las ignoraba. Entonces, repentinamente y sin más aviso, el juicio vino. Será así cuando Jesucristo venga otra vez en juicio.
    Cristo no sólo juzgará al mundo, sino a todo aquel que le haya rechazado como Salvador – será su Juez. “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9.27).
    Amigo, ¿aplaza ud. los preparativos para ese día? ¿Cree que de alguna manera no le afectará, que de algún modo saldrá bien? Como el Sr. Truman, también sería insensato si ignoraras las advertencias del juicio venidero. Vendrá repentinamente, sin más aviso. ¡Podría entrar hoy en la eternidad!
    ¿Por qué no consulta la Biblia para ver cómo puede ser salvo del justo juicio de Dios? Deje de un lado sus prejuicios u objeciones acerca de la Biblia y por lo menos lee ud. mismo lo que dice – ¡infórmese! En los días de Noé, Dios proveyó el arca, y en nuestros tiempos ha provisto una escapatoria y un refugio del juicio eterno venidero. Los siguientes versos de la Biblia le ayudarán a comenzar. Después de leerlos, recomendamos que lea el Evangelio según San Juan.
    “Y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1.21).
    “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19.10).
    “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3.16).
    “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5.24).
    “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16.30-31).
    “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2.8-9).
 

domingo, 30 de junio de 2024

EN ESTO PENSAD - julio 2024

 La Iglesia Local Profetizada  
Parte 2
Camilo Vásquez Vivanco


viene del número anterior
¿Pero Qué Sucedió con Silo y Con el Tabernáculo?

ç     Como veremos, nosotros los hombres, como administradores hemos distorsionado, arruinado y ensuciado lo que Dios estableció como Su soberana voluntad. Así pasó con SILO, y eso no significa que Dios no sea soberano, sino que Él soportó todo este desastre en vista de una mejor morada – Su iglesia.

    El tabernáculo estuvo en Silo 369 años, hasta los días de David y Salomón. La tribu de Dan como todo el pueblo se prostituyó tras la idolatría y mezclaron contra la voluntad de Dios el santo culto con la inmundicia: “Así tuvieron levantada entre ellos la imagen de talla que Micaía había hecho, todo el tiempo que la casa de Dios estuvo en Silo” (Jue. 18.31). Practicaron una franca idolatría contra Dios, desafiando Su santidad tal como lo describe Amos: “Antes bien, llevabais el tabernáculo de vuestro Moloc y Quiún, ídolos vuestros, la estrella de vuestros dioses que os hicisteis” (Am. 5.26). Así mismo Dios se los protestó por Esteban: “Y Dios se apartó, y los entregó a que rindiesen culto al ejército del cielo; como está escrito en el libro de los profetas: ¿Acaso me ofrecisteis víctimas y sacrificios en el desierto por cuarenta años, casa de Israel? Antes bien llevasteis el tabernáculo de Moloc, y la estrella de vuestro dios Renfán, figuras que os hicisteis para adorarlas. Os transportaré, pues, más allá de Babilonia” (Hch. 7.42-43)


Dios se Retira de Silo
 

    “Dejó, por tanto, el tabernáculo de Silo, La tienda en que habitó entre los hombres” (Sal. 78.60)  Dios se retira de donde no se honra Su Nombre y deja a su pueblo abandonado a su propio pecado. Su gloria no puede permanecer en lugares donde no se obedece Su Palabra, aun cuando se invoque Su Nombre. Los israelitas continuaron reuniéndose en Silo, pero Él ya no estaba allí. No podía estar allí: “Los hijos de Elí eran hombres impíos, y no tenían conocimiento de Jehová” (1 S. 2.12)
    La religión judía continuaba en Silo, pero Dios había abandonado Su lugar por la idolatría y la maldad de los sacerdotes: “y lo metía en el perol, en la olla, en el caldero o en la marmita; y todo lo que sacaba el garfio, el sacerdote lo tomaba para sí. De esta manera hacían con todo israelita que venía a Silo” (1 S. 2.14). Los judíos pensaban que Dios estaba para sus antojos y que podían echar mano a Él cuando quisieran: “Cuando volvió el pueblo al campamento, los ancianos de Israel dijeron: ¿Por qué nos ha herido hoy Jehová delante de los filisteos? Traigamos a nosotros de Silo el arca del pacto de Jehová, para que viniendo entre nosotros nos salve de la mano de nuestros enemigos. Y envió el pueblo a Silo, y trajeron de allá el arca del pacto de Jehová de los ejércitos, que moraba entre los querubines; y los dos hijos de Elí, Ofni y Finees, estaban allí con el arca del pacto de Dios” (1 S. 4.3-4). Ellos preguntaron: “¿Por qué...?”, sin mencionar siquiera sus propios pecados. Las consecuencias fueron trágicas y la derrota fue segura para el pueblo que dio las espaldas a Dios: “Pelearon, pues, los filisteos, e Israel fue vencido, y huyeron cada cual a sus tiendas; y fue hecha muy grande mortandad, pues cayeron de Israel treinta mil hombres de a pie. Y el arca de Dios fue tomada, y muertos los dos hijos de Elí, Ofni y Finees” (1 S. 4.10-11).

La Gloria de Dios Es Traspasada, y el Pueblo de Dios Vive Derrotado
 

    La mujer de Finees estaba dando a luz su hijo en medio de esta derrota dejando grabada la realidad de su pueblo al dar por nombre a su hijo: “ICABOD”, traspasada es la gloria de Israel:
    “Y al tiempo que moría, le decían las que estaban junto a ella: No tengas temor, porque has dado a luz un hijo. Mas ella no respondió, ni se dio por entendida. Y llamó al niño Icabod, diciendo: ¡Traspasada es la gloria de Israel! por haber sido tomada el arca de Dios, y por la muerte de su suegro y de su marido” (1 S. 4.20-21)
    No se trata de guardar preceptos religiosos para garantizar la presencia de Dios por su Espíritu en la iglesia. Se trata de guardar en santidad la forma para CONGREGARSE A SU NOMBRE sin compromisos con el mundo. Esa forma tiene un modelo y es la asamblea local descubierta solo en el Nuevo Testamento por la doctrina de los apóstoles. Si Dios advirtió a Su pueblo: “Mas si no oyereis estas palabras, por mí mismo he jurado, dice Jehová, que esta casa será desierta” (Jer. 22.5), es la misma advertencia dada a la iglesia de Éfeso: “Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido” (Ap. 2.4-5).

continuará, d.v. en el número de septiembre

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No Os Hagáis Tesoros En La Tierra

    Un  argumento común para justificar a creyentes que ahorran dinero para su futuro y el futuro de sus familias es: Solo es razonable apartar un poco de dinero para la vejez. ¿Qué nos pasará cuando ya no podamos trabajar? Debemos siempre anticiparnos al día de mañana. Lo que Dios espera de nosotros es que usemos el sentido común.
    Este razonamiento parece convincente, pero no es así el lenguaje de la fe. Las reservas son muletas y apoyos que se convierten en sustitutos de la confianza en el Señor. No podemos confiar cuando podemos ver.
    Una vez que decidimos proveer para nuestro futuro, nos metemos en estos problemas. ¿Cuánto será bastante? ¿Por cuánto tiempo viviremos? ¿Habrá una crisis económica, otra gran depresión? ¿Habrá inflación?
¿Tendremos que pagar facturas grandes e inesperadas? (gastos médicos, averías,  etc.)
    Es imposible saber cuánto sería bastante. Por eso, gastamos nuestra vida amontonando riquezas con vistas de proveer para unos cortos años de jubilación. Mientras tanto, hemos robado a Dios, y nuestra propia vida ha sido gastada buscando seguridad donde no la podíamos encontrar.
    Cuánto mejor es trabajar diligentemente para nuestras necesidades corrientes, servir al Señor al máximo, poner todo lo que va más allá de las necesidades presentes para la obra del Señor, y confiar en Él en cuanto al futuro. A aquellos que le ponen a Él en primer lugar, ha prometido: “...todas estas cosas os serán añadidas” (Mt. 6.33). “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Fil. 4.19).

William MacDonald, ¿Dónde Está Tu Tesoro?

 Con respecto a ese artículo, es triste observar que, en el la web https://www.citimuzik.com/2024/02/paul-washer-net-worth.html, nos informa que el valor neto actual en 2024  de Paul Washer, predicador calvinista popular, es 10 millones de dólares.

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El Rey Saúl, y las Consecuencias
de su Altivez y Desobediencia

Parte 2
 por Lucas Batalla Maraver y Carlos Tomás Knott

viene del número de mayo 2024
Texto: 1 Samuel 15
 

    En los versos del 10 al 12, vino nuevamente la Palabra de Dios a Samuel. “Me pesa” (v. 11), dice Dios, y esas son las palabras que usó en Génesis 6.5-7 cuando anunció la destrucción del mundo antiguo. ¡Cuántas veces ha sentido Dios cosas similares acerca de hombres elevados a posiciones de responsabilidad y autoridad en la iglesia! Si en lugar de ser humildes y mantenerse en comunión íntima con el Señor, se creen importantes y agarran el poder, se arruinan. Está claro que a Dios no le sorprendió lo que Saúl hizo, pues cuando el pueblo pidió rey, el Omnisciente sabía qué pasaría. Saúl tuvo su oportunidad genuina, pero fracasó, no por predestinación, sino por su propia culpa y por el descuido en su vida espiritual. De dos cosas Dios le acusó. Tomemos nota:
(1) “se ha vuelto de en pos de mí”  (v. 11) ya tenía una opinión alta de sí mismo y no buscaba la comunión y aprobación de Dios.
(2) “y no ha cumplido mis palabras”, no por ignorancia sino por altivez y obstinación.

    He aquí el peligro del poder y las riquezas que vemos tantas veces en la Biblia – el pensar uno que puede formular sus propios planes y actuar como le parece. Pierden la humildad, el temor y la sensibilidad a la voluntad de Dios, hacen mal, y luego no quieren reconocerlo ni arrepentirse. Notamos en el verso 11 la reacción de Samuel: “se apesadumbró... y clamó a Jehová toda aquella noche”. Pasó la noche en oración antes de ir a su encuentro con el rey en la mañana siguiente. Pero madrugó y fue en busca de Saúl. No postergó el encuentro, aunque iba a ser desagradable, porque había aprendido que la obediencia debe ser inmediata. Muchos todavía no han aprendido esta importante lección. Le informaron donde estaba Saúl, y que “se levantó un monumento” (v. 12). Los patriarcas edificaron altares a Dios, pero el egoísta Saúl levantó un monumento para sí mismo.
    Los versos 13 -15 relatan el comienzo del encuentro entre el profeta y el rey. Saúl, cuando vio a Samuel, habló primero e intentó tomar el terreno alto. Enfatizó lo positivo, para encubrir su error. Bendijo a Samuel y declaró: “yo he cumplido la palabra de Jehová” (v. 13). Pero decirlo no lo hace verdad. Hoy hay personas e iglesias que profesan seguir al Señor, pero no es así solo porque lo dicen. Samuel respondió a Saúl: “¿Qué balido de ovejas y bramido de vacas es éste...?” (v. 14). Las voces del ganado contradijeron la profesión de Saúl. Pero Saúl, para salvaguardar su reputación y justificarse, echó la culpa al pueblo. Ni siquiera mencionó a Agag, pero acusó al pueblo de perdonar al ganado, “para sacrificarlas a Jehová tu Dios” (v. 16). Observa que no dijo: “... a mi Dios”.
    Samuel respondió (vv. 16-19): “Déjame declararte lo que Jehová me ha dicho esta noche”, pues no iba a decir su opinión, sino la Palabra de Dios, como había hecho desde el principio (1 S. 3.18). Al rey Saúl le recordó sus humildes comienzos: “Aunque eras pequeño en tus propios ojos” (v. 17). Pero ese tiempo pasó, y Saúl se había hecho grande e importante. Había perdido la humildad, el temor de Dios y la obediencia. Eso pasa también hoy con algunos en las iglesias. Tuvieron sus humildes comienzos, sin apenas dinero para comer frijoles, y vivían de mano a boca. Pero Dios les dio una oportunidad, y los elevó espiritual y económicamente. Pero si no se mantienen humildes, obedientes y en constante comunión con el Señor, se verán enredados en la autoimportancia, pensarán de sí más de lo debido, y perderán la bendición, aunque se agarren al poder. Samuel le recordó las instrucciones (v. 18) y preguntó: “¿Por qué, pues, no has oído la voz de Jehová, sino que... has hecho lo malo ante los ojos de Jehová?” (v. 19). Será triste el día cuando esa pregunta se haga a los que han cambiado la doctrina y práctica en las iglesias, porque modificar cualquier instrucción divina es hacer lo malo. No hay que ponerse al día. No importan las circunstancias, ni qué opina la multitud. Nuestra responsabilidad es oír y obedecer la voz de Jehová, y la tenemos delante nuestro en Su Palabra.

continuará, d.v., en el siguiente número

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 "Eterna" 

no tiene fecha de caducidad

"Israel será salvo en Jehová con salvación eterna; no os avergonzaréis ni os afrentaréis, por todos los siglos".

Isaías 45.17

 

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  Moisés y los Reproches de Cristo


Sin duda el lector del Nuevo Testamento se sorprenderá al leer que Moisés tenía “por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios” (He. 11.26). ¿Cómo podía Moisés compartir el reproche de Cristo siglos antes de viniera al mundo?
    Para compartir ese vituperio, Moisés tuvo que renunciar el lujo y la riqueza del palacio egipcio, los adornos y beneficios de su adopción como hijo real, y tomar su lugar con un pueblo despreciado. Eso parece como “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Co. 8.9). ¡Qué riquezas, gloria y honra abandonó para venir y residir en medio de una raza de esclavos que sufría bajo la dura servidumbre de un amo cruel!
    Pero antes de eso, hubo humillaciones en la carrera de Moisés que ilustran de antemano los sufrimientos de Cristo. Aunque el libertador era para Dios un niño hermoso, su nacimiento fue rodeado de la tristeza de la infanticida. Qué extraño que su cuna fuera una arquilla de juncos, puesto en la orilla del río, cerca de los voraces habitantes del Nilo. Así también, nuestro bendito Señor, nacido de una virgen y muy hermoso a Dios y a los hombres, fue acostado en un pesebre en un establo, y poco después, fue objeto del odio satánico y herodiano.
    A Moisés le fue amargo el rechazo de sus hermanos y su posterior exilio durante cuarenta años en un país lejano y extraño. De manera similar, el Señor Jesús pasó días de soledad y rechazo en el país desértico de su exilio, y luego en Su país no tenía dónde recostar la cabeza (Mt. 8.20).
    A Moisés le tocó sufrir de la incredulidad y murmuración de su propio pueblo. A veces aun los miembros de su propia familia y tribu eran sus enemigos y críticos. También, Aquel que es digno de más gloria que Moisés, fue calumniado por Sus enemigos, malentendido por Su familia, y aun Sus discípulos dudaban de Él.
    Pero el “vituperio de Cristo” no es una cosa de tiempos pasados. Todos los que, como Moisés, realmente sirven a Dios y le son fieles, tendrán su parte en esa amarga comunión. Que seamos capaces hoy de ver ese vituperio como lo vio Moisés, y estimarlo “por mayores riquezas… que los tesoros de los egipcios” (He. 11.26).

David Gilliland, Lurgan, Irlanda del Norte, lectura del 14 de febrero,
Day by Day, Christ Foreshadowed (“De Día en Día, Cristo Revelado”), Precious Seed Publications

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La Oración Que Dios Atiende

Lucas Batalla

Texto: Santiago 4.1-5

   Este pasaje nos enseña algo muy importante acerca de la oración. En lugar de leer sólo un versículo, es bueno leer todo el contexto para comprender mejor el mensaje. Aquí el contexto nos enseña que la oración no es algo mágico que nos dará todo. Se nos presenta la situación de los que profesaban ser creyentes y que oraban pero no veían el resultado. Quizás dijeron algo quejándose a Santiago, el medio hermano del Señor Jesucristo. Vemos estas frases: “no tenéis” y “no podéis alcanzar”. ¿Cómo puede una persona que se dice ser creyente orar y no recibir las cosas que pide? ¿No nos enseñó y nos invitó el Señor a orar, y no es ese el ejemplo de los apóstoles y primeros cristianos? Entonces, ¿qué pasa?
    Si leemos los versículos del contexto, prestando atención,  veremos otras palabras que nos indican cuál era el problema con las oraciones de ellos, y esto nos enseñará algo acerca de nosotros también. Vemos palabras como “guerras”, “pleitos”, “pasiones” (v. 1), “codiciáis”, “matáis”, “ardéis de envidia”, “combatís y lucháis” (v. 2) “pedís mal”, “vuestros deleites” – que son placeres desenfrenados (v. 3), “almas adúlteras”, “enemistad contra Dios” (v. 4), “soberbios” (v. 6), “pecadores”, “doble ánimo” (v. 8) y “el que murmura del hermano” (v. 11). En esas condiciones Dios no nos concede las oraciones. El salmista dijo: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Sal. 66.18), pero en Santiago se trata de gente que sí tiene iniquidad en el corazón. Entonces no hay misterio. La oración no es una fórmula mágica para obtener cualquier cosa, ni está Dios obligado a venir corriendo a concedernos nuestros deseos, como si fuese un genio recién salido de una botella para darnos tres deseos.
    Dios, en Su propósito y sabiduría, nos da lo que quiere según Su buena voluntad. Así que, la oración no es un amuleto para recibir todo lo que queremos. Hay que pedir conforme a la voluntad de Dios, como 1 Juan 5.14-15 nos enseña: “Y ésta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho”.
    Muchas veces adolecemos de interés y perseverancia en la oración. Nuestras oraciones suelen ser caprichosas y egoístas, sobre todo si no estamos andando en comunión diaria con Dios, viviendo una vida que le agrada. Si andamos en amistad con el mundo, imitando a los del mundo, desagradamos a Dios y estando así alejados de la comunión con Él nuestras peticiones salen torcidas. Colosenses 1.3, 9 y 10 nos muestra como Pablo persistía en oración por ellos, pidiendo lo más importante, siempre conforme a la voluntad de Dios. También en Lucas 18 el Señor dio una parábola, la de la viuda y el juez injusto, para enseñarnos la importancia de orar siempre y no desmayar, es decir, la perseverancia.
    En el Salmo 33.18-22 leemos:
“He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus almas de la muerte, y para darles vida en tiempo de hambre. Nuestra alma espera a Jehová; nuestra ayuda y nuestro escudo es él. Por tanto, en él se alegrará nuestro corazón, porque en su santo nombre hemos confiado. Sea tu misericordia, oh Jehová, sobre nosotros, según esperamos en ti”.

¡Claro que el Señor quiere que oremos y confiemos en Él! Desea responder y darnos en Su bondad las cosas que necesitamos, porque nos ama y desea nuestro bien. Pero hermanos,  mirad otra vez, que aquí habla de los que le temen, esperan y confían en Él. Esto es lo que debemos hacer. Si el temor de Dios y la fe caracterizan nuestras vidas y nuestras oraciones, pediremos como debemos y recibiremos la respuesta.
    Lamentaciones 3.26 dice: “Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová”. No hacen falta las vanas repeticiones. Hay que pedir sencillamente, con reverencia y confianza, y esperar. Dios no quiere que nos alejemos desanimados, sino que nos acerquemos, no sólo en un momento para pedirle, sino que quedemos cerca de Él, esperándole. En Su presencia y guiados por Su Palabra nuestras vidas y peticiones serán conformadas a Su voluntad, y Él nos contestará. Pero las respuestas de oración no son para gastar en nuestros deleites, sino para ayudarnos a tener buen testimonio y vivir de acuerdo a la voluntad de Dios.
    Que el Señor nos ayude a vivir y pedir como debemos, para Su gloria y nuestro bien. Amén.

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La Reunión de Oración





En el Nuevo Testamento no vemos ninguna reunión de jóvenes, ni ninguna reunión de mujeres. Toda la iglesia se reune, como vemos en el siguiente texto:

"Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones". Hechos 2.42
 

Todos los que toman la Cena del Señor deben también reunirse para "orar". La oración es un privilegio y a la vez una responsabilidad de los que están en comunión en una asamblea. El patrón apostólico incluye todo lo que vemos en Hechos 2.42. Los que se reunen para partir el pan deben estar también en la reunión para el ministerio de la Palabra, y en la reunión de oración.
    Es curioso que los musulmanes van a la mezquita para orar 5 veces cada día, o sea, 35 reuniones cada semana.  En cambio, a veces a los cristianos les cuesta acudir a orar sola una vez cada semana. Revisemos nuestras prioridades. (Mt. 6.33; He. 10.25).

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 Cosas Ausentes En 

Las Iglesias del Nuevo Testamento

el templo, los edificios consagrados
los altares
el candelero
las velas
el incienso
el aceite de unción
los sacrificios de animales
los sacerdotes levíticos
las comidas prohibidas
los instrumentos musicales
los coros, cantantes y directores de alabanzas
un calendario religioso de días festivos
los diezmos
Tales cosas pertenecen al viejo pacto, no a la iglesia, y fueron "impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas" (He. 9.10). En el lenguaje de Hebreos: "vamos adelante" (He. 6.1).

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  Por Sus Frutos Los Conoceréis


   Dijo el Señor Jesús: "Así que, por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mt. 7.20-21). Algunos expositores quisieran limitar este precepto al contexto inmediato sobre los falsos profetas. Pero el contexto no limita el precepto, sino lo aplica a un caso específico. Tiene más aplicaciones.

    Los creyentes debemos tomar nota, porque la confusión y la falsa profesión existen. No creemos en la eterna seguridad de los que profesan creer, sino de los verdaderos creyentes. Pablo enseñó a Timoteo que habría en las iglesias personas que "tienen apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella" (2 Ti. 3.5). A Tito le encargó que tuviese cuidado de los que "profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan" (Tit. 1.16). Juan insistió que mienten los que profesan conocer al Señor, pero no guardan Sus mandamientos (1 Jn. 2.4).
Esto se aplica a las personas que profesan ser cristianas, pero:
   · Andan conforme a la carne. (Ro. 8.4)
   · Piensan en las cosas de la carne. (Ro. 8.5)
   · Se ocupan de la carne. (Ro. 8.6)
   · Por los designios de la carne, no se someten a la ley de Dios (Ro. 8.7)
   · Viven según la carne, y no pueden agradar a Dios. (Ro. 8.8)
La conclusión es que no son cristianos carnales, sino simpemente carnales.

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3 Cosas Que Dios No Puede Hacer


 ¿De veras hay cosas que Dios no puede hacer? ¿No puede Dios hacerlo todo? Examinemos la Biblia para ver lo que Él mismo dice:

1. Dios No Puede Mentir
    “Pues sí”, dices, “está claro que Dios no puede mentir”. Esta puede parecer algo obvio o incluso de trampa, pero aun así es absolutamente cierta. La misma Palabra de Dios lo expresa así. “Dios, que no miente” (Tit. 1.2). Dios es el único que puede afirmar eso. Aun Balaam sabía esto, pues en Números 23.19 declaró: “Dios no es hombre, para que mienta”. Hebreos 6.18 declara: “Es imposible que Dios mienta”.

2. Dios No Puede Cambiar
    “Por supuesto que no”, dices, “Dios no puede cambiar”. Esto también es una verdad obvia. Dios la afirma en Su Palabra, en Malaquías 3.6, “Yo Jehová no cambio”. Esta es otra característica que pertenece solamente a Él. En Hebreos 1.10-12 leemos:
“Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permaneces; y todos ellos se envejecerán como una vestidura, y como un vestido los envolverás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán”.

3. Dios No Puede Permitir Que Los Pecadores Entren Al Cielo
    “Bueno”, dices, “esto no lo tengo tan claro. NO sé si lo creo o no”. Pero, ¿cómo sabemos que esto es absolutamente cierto? Porque es Dios mismo que nos lo asegura, y recuerda, Él no puede mentir, como tampoco puede cambiar. Entonces, si Dios lo ha dicho, es verdad, y será así para siempre. Jesucristo dijo en Juan 3.3 y 5, “De cierto, de cierto [sin duda] te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios... De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”.
    Con razón uno podría dudar de la veracidad de lo que los hombres afirman. Pero lo que encontramos en la Palabra de Dios (la Biblia) es absolutamente verdad, y verdad para siempre (Salmo 119.89).
    Ahora bien, si Dios no permitirá a los pecadores entrar en el cielo, es una noticia muy mala para todos nosotros, porque Él también declara que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3.23). Puede ser dificil aceptar eso, pero hay que afrontarlo. Quizás antes creías que no eras mala persona, pero ahora, por lo que Dios ha dicho, sabes que eres pecador. La Biblia dice en 1 Juan 1.10, “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él [a Dios] mentiroso”. Pero, ¿acaba aquí la historia? ¿No existe ninguna manera de llegar al cielo? Vamos a seguir viendo las palabras de verdad que Dios nos ha dado.
    En Juan 14.6, Jesucristo dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. Explica que no hay varios caminos, sino uno solo, y es Jesucristo mismo, porque solo Él murió por nuestros pecados. “Siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5.8). Sabemos que es así, porque Dios lo ha dicho, y Él no miente ni cambia. “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4.12). La salvación es solo por Jesucristo.
    En una escena en la Biblia un hombre preguntó: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” La respuesta fue: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16.30-31). Si preguntas: “Pero, no hay que hacer nada más?”, Dios responde: “Por gracia sois salvos por medio de la fe... no por obras” (Efesios 2.8-9).
    Simplemente cree a Dios, y confía en el Señor Jesucristo. Su Palabra es eternamente verdad (Salmo 119.160). Ahora sabes que eres un pecador condenado; sabes que no hay salvación por medio de buenas obras, rezos, o sacramentos. Sabes que Jesucristo llevó tus pecados en Su cuerpo, y murió por ti. Sabes que debes confiar en el Señor Jesucristo para ser salvo. Esas verdades están en la Palabra de Dios, y Él no miente ni cambia.
    Pero hay que hacer más que saberlo. Hay que responder. Jesucristo manda: “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1.15). Dios promete perdón y vida eterna a todos los que, arrepentidos, confían en el Señor Jesucristo.