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domingo, 30 de noviembre de 2025

EN ESTO PENSAD - diciembre 2025

 diciembre, 2025                                                                                                        Nº266

 ¿Era calvinista H. A. Ironside?

escribe David Dunlap

El estimado H. A. Ironside (1876-1951) predicó su primer mensaje en las calles del sur de California a la edad de 14 años. Se le conocía como el “muchacho predicador de Los Ángeles”. Más tarde se convertiría en un poderoso predicador, un prolífico autor y consejero espiritual de muchos. Escribió más de 80 libros y panfletos, y sus comentarios bíblicos ocupan 32 tomos. Era un estudioso de la Biblia y un lector ávido, pero nunca asistió a ningún seminario ni escuela bíblica. Era uno de los líderes cristianos más conocidos de su generación.(1)
     Sin embargo, a veces se pregunta si el evangelista H. A. Ironside era calvinista, o se da por sentado que lo era porque defendía algunas doctrinas que a menudo se asocian con la teología reformada, como la doctrina de la “seguridad eterna”. A esto hay que añadir que Ironside no temía utilizar los términos tal y como los utiliza la Biblia, por lo que, cuando algunos lectores se topan con términos como “predestinación” o “elección”, los interpretan como si fueran de significado calvinista.

H. A. Ironside y el calvinismo
     Ironside escribe, por ejemplo, con respecto a Juan 6.37, (2) “Dices que no crees en la elección o la predestinación. Entonces tendrás que arrancar varias páginas de tu Biblia, porque hay muchas que magnifican la gracia soberana de Dios en la elección”. Si nos detuviéramos ahí, podríamos decir: “¡Ajá! ¡Un calvinista después de todo!”. ¡Pero sigamos leyendo! Ironside continúa: 

“En ninguna parte de la Biblia se nos dice que Dios predestine antes del nacimiento a unos para la perdición y a otros para la salvación, pero las Escrituras dicen: ‘Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos’ (Ro. 8.29). Moody tenía razón cuando decía que “los que quieren son los elegidos, y los que no quieren, los no elegidos”. (3)


     Es bien sabido que H. A. Ironside defendía en algunas doctrinas consideradas calvinistas, como la seguridad de la salvación, la depravación total y la elección. Aunque a veces parecía calvinista, H. A. Ironside estaba más de acuerdo con las enseñanzas no calvinistas que con el calvinismo en lo referente a las doctrinas clave del Nuevo Testamento. Nos gustaría examinar los escritos de este respetado evangelista, maestro de la Biblia y teólogo.

La Depravación total
     El Dr. Ironside aborda esta doctrina explícitamente en su libro Illustrations of Bible Truth (“Ilustraciones de verdades bíblicas”), donde, bajo el título “Depravación total”, escribe:

“Muchos se oponen a la doctrina de la depravación total basándose en que todos los hombres son capaces de hacer algo bueno, aunque no sean salvos. Todos reconocemos el valor de la decencia en el comportamiento, de un espíritu bondadoso, de la generosidad en el cuidado de los necesitados y de otras virtudes similares. Es posible que haya muchas cosas en él que otros puedan admirar, pero es absolutamente incapaz de hacer la voluntad del Señor, ya que su corazón está completamente alejado de Dios y, por lo tanto, en lo que respecta a la santidad, es totalmente depravado. Solo el nuevo nacimiento —la regeneración mediante la Palabra y el Espíritu de Dios— puede capacitarlo para mantenerse en línea con la voluntad divina establecida en las Sagradas Escrituras. Por muy justo que pueda parecer a los ojos de sus semejantes, debido a este defecto fatal, toda su justicia es como trapos de inmundicia a los ojos de Dios”. (4)


La obra convencedora del Espíritu Santo
     Aunque Ironside se aferraba firmemente a la doctrina de la depravación total, discrepaba de los calvinistas en lo relativo a las doctrinas de la gracia irresistible y la elección incondicional. Ironside prefería los términos “la obra convencedora del Espíritu de Dios” o “la santificación del Espíritu”, términos que utiliza la propia Escritura. En cuanto a la obra convicta del Espíritu Santo en los no creyentes, escribió en su comentario sobre 1 Pedro:

“No hay nada fatalista ni arbitrario en la elección tal y como se enseña en las Escrituras. El evangelio debe predicarse a todos, y todos los que creen en él pueden estar seguros de que están entre los elegidos. A través de la santificación del Espíritu, es decir, su obra de separación, los hombres son despertados y llevados a ver su necesidad de Cristo”. (5)

     De los escritos de Ironside se desprende claramente que él sostenía la necesidad de la obra interior del Espíritu Santo en los individuos, pero también que esta puede ser resistida por los seres humanos caídos. En su obra, expone la enseñanza del Nuevo Testamento sobre la obra convicta del Espíritu Santo cuando escribe:

“En primer lugar, nadie vendría jamás a Cristo si no fuera por la obra convencedora y santificadora del Espíritu Santo de Dios. A menos que el Espíritu de Dios despierte a un hombre, a menos que el Espíritu de Dios le haga ver su condición perdida, le convenza de las tremendas verdades de las Sagradas Escrituras, ningún hombre se volverá jamás por sí mismo a Cristo. Es un hecho muy solemne, pero es un hecho.... Por otro lado, es muy posible que el Espíritu de Dios actúe con poder convicto en el corazón del hombre y, sin embargo, que este haga lo que hicieron los judíos en los días de Esteban. De ellos está escrito: ‘Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo’ (Hch. 7.51).

     Por lo tanto, es posible ser convencido por el Espíritu y, sin embargo, resistirse al Espíritu. Pero debe haber la obra convencedora del Espíritu de Dios o nadie vendría jamás a Cristo”. (6) 

continuará, d.v., en el número siguiente

NOTAS:

1. Nota del editor: de joven adulto, William MacDonald servía al hermano Ironside y aprendía de él (como un buey joven con un buey viejo). Tras la Segunda Guerra Mundial, se hizo cargo de la librería cristiana de Ironside en Oakland (California) y lo acompañaba a las reuniones y conferencias de la zona.

2.  H. A. Ironside, Addresses on the Gospel of John (“Discursos sobre el Evangelio de Juan”) Loizeaux Brothers, Neptune, NJ, 1959, págs. 251-252

3. H. A. Ironside, Addresses on the Gospel of John (“Discursos sobre el Evangelio de Juan”) Loizeaux Brothers, Neptune, NJ, 1959, p 252 

4. H. A. Ironside, Illustrations of Bible Truth (“Ilustraciones de Verdades Bíblicas”), Moody, Chicago, IL, 1945), p. 95

5. H. A. Ironside, Addresses on the First Epistle of Peter (“Discursos sobre la Primera Epístola de Pedro”) Loizeaux Brothers, Neptune, NJ, 1980, p. 14

6. H. A. Ironside, Addresses on the Second Epistle to the Corinthians (“Discursos sobre la Segunda Epístola a los Corintios”) Loizeaux Brothers, Neptune, Nueva Jersey, 1954, págs. 40-41 

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Cristo, el gran médico

Texto: Isaías 35.1-6

El Señor Jesús está infinitamente por encima de todos los demás médicos, ya que durante Su vida terrenal nunca fue derrotado por ninguna enfermedad. No necesitaba hacer largas pruebas ni diagnósticos para descubrir qué le pasaba a cada persona, sino que sabía al instante cuál era el problema cuando se le presentaba un caso. De hecho, conocía todos los detalles del historial médico de cada persona sin necesidad de consultar los registros.
    Como el Dios creador mismo, Él recorrió Israel ejerciendo la máxima compasión por Su criatura, el hombre, y dispensando curaciones sin costo alguno a Sus pacientes. Las complejidades de la vista, el oído y el habla, productos de Su diseño, de modo que Él sabía exactamente qué estaba mal, fueron restauradas en muchos. Incluso el hombre nacido ciego, que quizá necesitaba ojos nuevos (Jn. 9.6), fue completamente restaurado.  Los cojos recuperaron la movilidad de las extremidades sin necesidad de aprender a caminar ni de someterse a largas sesiones de fisioterapia.  Una vez curados, no solo podían caminar, sino que también podían correr y saltar. La lepra, como tantas otras enfermedades, aislaba a quienes la padecían, pero Él podía llegar hasta ellos y curarlos por completo. Estamos seguros de que aquellos a quienes curó podían mirar la carne y las extremidades restauradas que antes habían sido literalmente devoradas, y ver de nuevo la carne como la de un niño pequeño (2 R. 5.14). A menos que hubiera circunstancias especiales en las que tal vez fuera necesario alimentar la fe, todas sus curaciones eran instantáneas. Los tiempos de curación se comprimían en un instante. Incluso podía curar a distancia, sin haber visto al paciente.
    Lo único que se requería de los enfermos o de sus familiares, era el ingrediente esencial de la fe. Esto tiene un significado para nosotros hoy en día, ya que podemos identificarnos con el hombre cuyo hijo estaba poseído por un demonio: “Creo; ayuda mi incredulidad” (Mr. 9.24). Todo esto nos lleva al día en que se cumplirá por fin la profecía de Isaías 35, cuando se eliminarán todas las consecuencias tristes del pecado que sufren los hombres. Entonces llegará el maravilloso y anhelado día de Su llegada en gloria y la inauguración del Reino de los Cielos sobre esta tierra enferma de pecado.
      El dolor y los suspiros desaparecerán, y habrá alegría y gozo. Isaías 35.10 promete: “Y los redimidos de Jehová volverán, y vendrán a Sion con alegría; y gozo perpetuo será sobre sus cabezas; y tendrán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido”.

Howard Coles, Coleford, Inglaterra, traducido del libro Day By Day Christ Foreshadowed  

(Día A Día, Cristo Presagiado) lectura del 17 de septiembre, Precious Seed Publications

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 La Navidad: Una Tradición y Celebración

 Establecidas por el Papa

Lucas 2.8 informa de que los pastores “velaban y guardaban” (gr. agrauleo), es decir, posaban, incluso de noche, “alojándose en un redil en un campo” (Vine). Esto indica que Cristo no nació en diciembre, ya que, debido a las inclemencias del tiempo invernal, los rebaños se recogían en octubre y no salían de nuevo hasta la primavera. Esa temporada todavía hoy es de nieve, viento y temperaturas bajas en Israel. ¿Cómo, pues, se llegó a celebrar el nacimiento de Jesucristo en diciembre? Un artículo de la revista National Geographic explica: 

“El mismo 25 de diciembre ya era una fecha de celebración para los romanos. En esta ocasión festejaban el Sol Invictus, un culto a la divinidad solar asociado al nacimiento de Apolo, dios del Sol... El emperador Constantino, encargado de establecer de forma oficial la fecha para la conmemoración del nacimiento de Jesús en el Imperio Romano, actuó con el apoyo del pontífice del momento: el papa Julio I. La jerarquía católica fijó la Navidad el 25 de diciembre, una fecha arbitrariamente escogida para favorecer la conversión de los paganos”.

    Pese a que sean ciertas estas cosas, hoy en día, pocos tienen la convicción o la fuerza moral necesaria para efectuar un cambio. Es más fácil dejarse llevar por la corriente, por el sentimentalismo, e intentar “cristianizar” algo que carece de base bíblica.

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 Peligros Pastorales

Stephen Hulshizer (1941-2019)

viene del número anterior


2. La Timidez

Al principio de 1 Samuel 10, Saúl fue ungido en privado por Samuel, para ser rey de Israel. Luego en el mismo capítulo Samuel convocó al pueblo para presentarle públicamente. Hizo pasar delante suyo a las tribus y familias para manifestar la elección divina de Saúl. Pero cuando llamaron a Saúl, “le buscaron, pero no fue hallado” (1 S. 10.21). Tristemente, después de que el Señor le había indicado, Saúl se escondió “entre el bagaje” (v. 22).
    A primera vista uno podría pensar que eso solo era su humildad, pero realmente era temor – la timidez. De modo similar, es posible que el Espíritu Santo prepare a uno como anciano (Hch. 20.28) –como solo Él puede hacer– pero que luego ese hermano se niega, o evade la responsabilidad. 
    ¿Podría ser que muchos ancianos fallan así, y no hacen la obra porque les falta convicción de que el Señor los ha levantado para esa obra tan importante? La falta de convicción conducirá a temeridad e ineficacia. Pueden preocuparse por su comodidad, o desear tanto ser amigos de todos, que no actúen como deben. Pero si Dios le ha levantado para servir en este ministerio, debería avanzar con denuedo santo, ponerse en la brecha y servir. 
     Para servir al Señor, es necesario el temor de Dios, no el del hombre. “El temor del hombre pondrá lazo” (Pr. 29.25). Hay que ser valiente en las cosas de Dios. 
     Moisés tuvo que reprender a Faraón. Un varón de Dios tuvo que reprender al sumo sacerdote Elí (1 S. 2.27). Samuel reprendió al rey Saúl (1 S. 15). El profeta Natán tuvo que reprender al rey David (2 S. 12.7). Elías reprendió al rey Acab. Reunió a todo Israel sobre el monte Carmelo para una confrontación con los profetas de Baal. Jeremías tuvo que ponerse en el templo y denunciar en nombre de Jehová a los que entraban a adorar (Jer. 7-10). Cuando Dios le llamó a servir, le dijo: “No temas delante de ellos” (Jer. 1.8, 17). “Pelearán contra ti” (Jer. 1.19). Al profeta Ezequiel le dijo: “no los temas, ni tengas miedo delante de ellos, porque son casa rebelde” (Ez. 3.9). Juan el bautista tuvo que reprender a Herodes y Herodías por su matrimonio adúltero (Mt. 14.4), “no te es lícito tenerla”. Servir a Dios no es fácil. Serle fiel, anunciar y ejecutar Su Palabra puede provocar crítica, odio y censura. Hay que hacerlo a grandes y pequeños, sin acepción de personas (Ro. 2.11). Es necesario vencer el temor del hombre con el temor de Dios. Él es el Juez, y es ante Su tribunal que todos compareceremos. 
    Cuando Pablo fue llamado a ser apóstol, no hubo demora de su parte. Claramente se identificó así: “apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios” (1 Co. 1.1; 2 Co. 1.1; Ef. 1.1; Col. 1.1; 1 Ti. 1.1). Entendía que era llamado a ser apóstol a los gentiles. Pedro también entendió su llamamiento y se identificó como “anciano” (1 P. 5.1). También exhortó a otros ancianos: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto” (1 P. 5.2). No les consiente la vacilación, sino les exhorta a actuar con ánimo pronto. 
    David, el pastor de ovejas, no manifestó timidez cuando se acercó a la batalla y vio a Goliat desafiando al pueblo de Dios y blasfemando. Como verdadero pastor, se ofreció y corrió a la línea de combate. Confiaba que la batalla estaba en las manos de Dios. 
    Pablo exhortó a Timoteo a avivar el fuego del don que había en él, recordándole que “no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti. 1.7).
    Pero también deben ser humildes, no altivos, los que el Señor llama a pastorear a Sus ovejas. Existe el denuedo con humildad. No es necesario ser bruto para ser valiente. 
    Pablo, que claramente conocía su llamamiento, también se clasificó como “el primero” de los pecadores (1 Ti. 1.15), “el más pequeño de los apóstoles” (1 Co. 15.9), y “menos que el más pequeño de todos los santos” (Ef. 3.8). Hay que ser humildes sin ser temerosos.
    La timidez es un peligro para los ancianos. Puede venir de falta de convicción de que el Espíritu Santo les haya levantado para pastorear a la grey del Señor. También puede ser porque ven su propia insuficiencia (2 Co. 2.16), y es bueno que la vean, para confiar en el Señor. Quizás algunos no creen que Dios pueda capacitarles para hacer la obra. La timidez puede ser fruto del amor propio, o de prioridades incorrectas en su vida – si pone a la carrera, la familia o la comodidad antes que el Señor.
    Ante los temores, recuerda el remedio de David. “Busqué a Jehová, y él me oyó, Y me libró de todos mis temores” (Sal. 34.4). “En el día que temo, yo en ti confío” (Sal. 56.3).                    

 continuará, d.v. en el siguiente número
del libro Peligros Pastorales, publicado por Libros Berea

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Cuando Spurgeon Se Convirtió

El 6 de enero de 1850, Dios salvó a Charles Haddon Spurgeon a la edad de 15 años. Sucedió de una manera muy inusual. Aunque había sido criado por padres y abuelos cristianos, la condición espiritual de Spurgeon era miserable. Sus oraciones parecían no recibir respuesta. Dios parecía estar distante. Su alma estaba atormentada. A continuación, transcribimos su relato de ese día, tomado de su Autobiografía.
    “A veces pienso que podría haber estado en la oscuridad y la desesperación hasta ahora si no hubiera sido por la bondad de Dios al enviar una tormenta de nieve, un domingo por la mañana, mientras me dirigía a un lugar de culto. Cuando no pude seguir adelante, giré por una calle lateral y llegué a un pequeño local de la iglesia metodista primitiva. En él había tal vez una docena o quince personas. Había oído hablar de los metodistas primitivos, de cómo cantaban tan fuerte que a la gente le dolía la cabeza, pero a mí no me importaba. Quería saber cómo podía ser salvo y, si ellos podían decírmelo, no me importaba lo mucho que me doliera la cabeza. 
    El ministro no vino esa mañana; supongo que se quedó aislado por la nieve. Por fin, un hombre muy delgado (un zapatero, sastre o algo por el estilo), subió al púlpito para predicar. Ahora bien, es bueno que los predicadores estén instruidos, pero este hombre era realmente ignorante. Se vio obligado a ceñirse a su texto, por la sencilla razón de que no tenía mucho más que decir. El texto era:

“Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” 
(Is. 45.22).

    Ni siquiera pronunciaba las palabras correctamente, pero eso no importaba.  Creí ver una esperanza para mí en ese texto. El predicador comenzó diciendo: “Mis queridos amigos, este es un texto muy sencillo. Dice: ‘Mirad’. Ahora bien, mirar no cuesta mucho esfuerzo. No hay que levantar el pie ni el dedo; solo hay que ‘mirar’. En realidad, no hace falta ir a la universidad para aprender a mirar. Puedes ser el mayor tonto y, sin embargo, puedes mirar. Un hombre no necesita ganar mil libras al año para poder hacerlo. Cualquiera puede mirar; incluso un niño puede mirar. Pero entonces el texto dice: “Mirad a mí”

    ¡Ay! —dijo él, con su acento de Essex—, muchos de vosotros estáis mirando en vuestro interior, pero no sirve de nada hacerlo. Nunca encontraréis consuelo en vosotros mismos. Algunos miran a Dios Padre. Pero, mirad a Él más adelante. Jesucristo dice: “Mirad a mí”. Algunos de vosotros decís: “Debemos esperar a que el Espíritu actúe”. Eso no os incumbe ahora mismo. Mirad a Cristo. El texto dice: “Mirad a mí”. Luego, el buen hombre continuó con su texto de esta manera: “Mirad a mí”; estoy sudando grandes gotas de sangre. “Mirad a mí”; estoy colgado en la cruz. “Mirad a mí”; estoy muerto y enterrado. “Mirad a mí”; resucito. “Mirad a mí”; asciendo al cielo. “Mirad a mí”; estoy sentado a la diestra del Padre. ¡Oh, pobre pecador,”Mirad a mí”, “Mirad a mí”! dice Jesucristo. 

Traducido. El artículo completo se halla en inglés en la siguiente dirección: 
https://founders.org/articles/the-remarkable-conversion-of-charles-spurgeon/

    Vemos que había pocas personas en la reunión, y quizás el único inconverso presente era el joven Spurgeon. No estaba presente el pastor, y el hombre que se levantó a predicar no tenía grandes conocimientos ni era un orador elocuente. Sin embargo, el poder está en la Palabra de Dios, pues el evangelio “es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Ro. 1.16). Así que, seamos fieles en predicar el evangelio, y no nos desanimemos por las circunstancias. Dios bendice Su Palabra y promete que ella no volverá a Él vacía (Is. 55.11).
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 “A Los Suyos”

“Y puestos en libertad, vinieron a los suyos”. Hechos 4.23


Mirando el contexto de estas palabras, es evidente que los apóstoles sintieron un gran alivio al ser “puestos en libertad”. Habían sido acusados ante el sumo sacerdote, su familia y los gobernantes, junto con los ancianos y los escribas. Gracias a los acontecimientos dramáticos relacionados con la curación del hombre cojo en la puerta del templo, quedó claro que había un poder extraordinario no solo en la predicación de los apóstoles, sino también en los hechos que la acompañaban. Vieron la audacia de Pedro y de Juan, y se fijaron en que eran personas indoctas y sin instrucción, hombres sencillos sin educación superior. No podían sino reconocer que habían estado con Jesús, ¡maravillosa recomendación! Tuvieron que admitir que se había realizado un milagro, pero aun así tomaron medidas severas para poner fin a sus actividades (v. 17). Pedro y Juan, sin embargo, estaban impulsados por una fuerza que los gobernantes no podían entender: “no podemos dejar de decir”. Así que les amenazaron, y les pusieron en libertad (v. 21). Mientras que los sacerdotes y los gobernantes murmuraban, todo el pueblo glorificaba a Dios por lo que se había hecho. “Y puestos en libertad, vinieron a los suyos”. Tenían a dónde ir. No obraban aisladamente, ni eran personas desconectadas de otras del mismo sentir. 
    Nos conviene meditar cuidadosamente estas palabras: “vinieron a los suyos”. Incluso en aquellos primeros días de la historia de la iglesia, había grupos de personas que tenían como prioridad los intereses de su Señor; estaban puestos en ciudades y pueblos como testimonio, proveyendo lugares de refugio y comunión para los santos perseguidos. Imaginamos que aquellos que fueron “puestos en libertad” sabían dónde estaba su hogar espiritual. Consideremos esta situación, y apliquemos su relevancia a la asamblea local de hoy. Es de gran valor conocer el lugar donde nos podemos reunir en armonía con creyentes del mismo sentir, y compartir su comunión con el Señor.
continuará, d.v. en el número siguiente

     por Arthur T. Shearman, traducido de Milk & Honey (“Leche y Miel”), Vol. XX, April, 2006, No. 4)

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 La Calma

La calma nos puede ser todo un desafío. Cierto día, Jesús quiso usar cinco panes y dos peces para alimentar a 5.000 hombres hambrientos, más mujeres y niños. Así que, bajo sus órdenes, “se recostaron por grupos, de ciento en ciento, y de cincuenta en cincuenta” (Marcos 6.40). Sin alboroto y sin prisa – ¡Él estaba al control! Cuando fue sepultado, lo envolvieron en 34 kilos de ungüentos y telas, y lo colocaron en una cueva con una inmensa piedra en la puerta y una guardia romana apostada afuera las 24 horas del día. ¿Cómo iba a salir? ¡Sin pánico! Él se levantó de los muertos y atravesó todo en silencio. Cuando Pedro llegó, encontró “el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte” (Juan 20.7). El Salvador incluso se tomó el tiempo de doblarlo. Él siempre hace todo con calma y orden. ¡Y así es como está trabajando en tu vida también! 

del libro Devoción a Diario, por Juan Dennison,
Publicaciones Pescadores y Libros Berea

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EL SEGUNDO MANDAMIENTO

No te harás imagen
ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás”.  

Éxodo 20.4-5

El Belén (o nacimiento) del Vaticano

Este mandamiento incluye cualquier uso religioso de iconos, imágenes, esculturas de barro, piedra, madera, metal, u otros materiales. Dios lo prohíbe tajantemente. Además del texto citado anteriormente de Éxodo 20, está el de Deuteronomio 4.15-18, que en la Biblia católica dice:
    “Puesto que el día en que os habló Yavé de enmedio del fuego, en Horeb, no visteis figura alguna, guardaos bien de corromperos haciéndoos imagen alguna tallada, ni de hombre ni de mujer, ni de animal ninguno de cuantos viven sobre la tierra, ni de ave que vuela en el cielo, ni de animal que repta sobre la tierra, ni de cuantos peces viven en el agua, debajo de la tierra” (Nácar-Colunga). 
    Extrañamente, los católicos de todo el mundo creen que sus imágenes son una excepción a este mandamiento. Consideran que se refiere a imágenes paganas, no a las cristianas. Sin embargo, no existen imágenes cristianas, ya que Dios las prohíbe, y esta prohibición no se limita al Antiguo Testamento. Pero como es algo que han visto toda la vida, les cuesta creer que sea algo malo. Así, practican religiosamente lo que Dios llama pecado.
    Algunos argumentan que se trata de costumbres inofensivas de su cultura. Otros se quejan y dicen que no las adoran, sino que las veneran, y que les ayudan a recordar y a mostrar devoción. Pero deben preguntarse: ¿qué dice Dios al respecto? Al parecer, muchos no se molestan en considerar esto. La respuesta es clara y sencilla: “No te harás imágen ni ninguna semejanza...”. Por tanto, lamentablemente, cualquier uso de imágenes es exactamente lo que Dios prohíbe. 
    Pero hacen y utilizan imágenes, las ponen en plazas, en templos y capillas, en sus casas, las llevan en procesiones (especialmente en “Semana Santa”), se inclinan ante ellas y les rinden culto. Los belenes de Navidad, siempre populares, son ídolos. Besar la imágen del niño Jesús es idolatría. Todo eso es romper el segundo mandamiento. Por sincera que sea, si la tradición rompe los mandamientos de Dios, es una tradición pecaminosa. ¿Realmente te atreves a decir que muchos lo hacen y por eso no es nada malo? Recuerde el refrán: “Mal de muchos, consuelo de tontos”.
    Nadie puede negar que en el catolicismo las imágenes son una fuente de ingresos para la Iglesia y para quienes las crean y venden. En el Nuevo Testamento, los únicos que utilizaban imágenes eran los paganos, por ejemplo, los de Éfeso, Atenas y Corinto. Los santos apóstoles de Cristo denunciaron todo uso de imágenes como idolatría y vanidad, y nunca se permitió su uso en una iglesia cristiana. Considera lo que el apóstol san Pablo anunció públicamente en Atenas acerca de las imágenes: 

No debemos pensar que la divinidad es semejante al oro, o a la plata, o a la piedra, obra del arte y del pensamiento humano. Dios, disimulando los tiempos de la ignorancia, intima ahora en todas partes a los hombres que todos se arrepientan(Hechos de los Apóstoles 17. 29-30 Nácar-Colunga). 
    Según el texto bíblico, ¿de qué debían arrepentirse, si no era del uso de imágenes? Dios no es semejante a ellas ni puede ser representado por ninguna obra de arte, dice el apóstol en su doctrina (dogma). Por tanto, quienes tienen y usan imágenes no son cristianos apostólicos. Se parecen más a la Roma pagana que a la Iglesia cristiana de la Biblia.

    Amigo lector, ¿reconoce y se arrepiente de su  pecado de idolatría, o es un defensor acérrimo de sus tradiciones que violan la Ley de Dios? ¿Ha utilizado alguna vez una imagen con algún fin religioso, como la adoración o la veneración, o como accesorio o ayuda para ello? ¿Se ha inclinado alguna vez ante una figura, le ha rezado o la ha besado? ¿Ha servido de costalero para llevar una imagen en una procesión? ¿Tiene alguna imagen o figura, estampa o crucifijo en su casa o lugar de trabajo, o un “Sagrado Corazón” en su puerta? ¿Es usted inocente o culpable de la idolatría?  No diga que solo es su cultura.
    Quizás sea el principal pecado de las personas religiosas, pero les cuesta reconocerlo porque lo hacen de corazón y está muy arraigado en su interior. Si ha hecho o hace alguna de estas cosas, entonces no ha cumplido los Mandamientos, sino que es culpable de idolatría. Ahora bien, si reconoce su pecado, se arrepiente y confía en el Señor Jesucristo, “todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos de los Apóstoles 10.43). 
 

- - - - - - - - edición especial diciembre 2025 - - - - - - - -

             La tradición pagana que dio origen            al árbol de navidad

Ya lo ponían los babilonios

 
Roma: el árbol de navidad del Vaticano

 escribe J. M. Sadurní, especialista en actualidad histórica (Historia, National Geographic)

El cristianismo adoptó y transformó las costumbres paganas relacionadas con el culto a los árboles sagrados.
    Un profeta del siglo VII a.C. llamado Jeremías dijo que "las costumbres de los pueblos son vanidad; porque leño del bosque cortaron, obra de manos de artífice con buril. Con plata y oro lo adornan; con clavos y martillo lo afirman para que no se mueva" (Jer. 10.3-4). Jeremías se refiere a la vanidad de adorar "objetos sin valor", propia de los paganos, en vez de venerar al Señor, "el Dios verdadero".
    A pesar de que el árbol de Navidad no existiese como tal, estos versículos revelan que cortar un árbol para adornarlo o, como hacían los babilonios, para dejar regalos debajo del mismo, es una costumbre ancestral. 
    Tertuliano, a quien algunos llaman "padre" de la iglesia, y escritor que vivió entre los siglos II y III d.C., critica los cultos romanos paganos de colgar laureles en las puertas de las casas y encender luminarias durante los festivales de invierno.
    De hecho, los romanos adornaban las calles durante las Saturnales, pero fueron sobre todo los celtas quienes decoraron los robles con frutas y velas durante los solsticios de invierno.
    Era una forma de "reanimar" el árbol y asegurar el regreso del Sol y de la vegetación. Y es que desde tiempos inmemoriales, el árbol ha sido un símbolo de la fertilidad y de regeneración.
    El cristianismo (más precisamente la cristiandad) adoptó y transformó estas tradiciones paganas ante la imposibilidad de erradicarlas. Un "misionero" católico (era monje benedictino, 672-754 d.C.) llamado Bonifacio taló un árbol ante la mirada atónita de los lugareños y, tras leer el Evangelio, les ofreció un abeto, un árbol de paz que "representa la vida eterna porque sus hojas siempre están verdes" y porque su copa "señala al cielo”.
    A partir de entonces se empezaron a talar abetos durante la Navidad, y por algún extraño motivo se colgaron de los techos. Martín Lutero puso unas velas sobre las ramas de un árbol de Navidad porque, según dijo, centelleaban como las estrellas en la noche invernal.
    Esta costumbre se fue generalizando y actualmente dos ciudades bálticas se disputan el mérito de haber erigido por primera vez un árbol de Navidad en una plaza pública: Tallin (Estonia) en 1441 y Riga (Letonia) en 1510.

de la revista Historia, por National Geographic, diciembre 2023, adaptado

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            DIOS MANDA:

 
"No te harás imagen, ni ninguna semajanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra... no te inclinarás a ellas, ni las honrarás".

Éxodo 20.4-54
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El árbol sagrado en un sello babilónico
 
El árbol sagrado de los egipcios


 
Sargon rinde culto al árbol sagrado



                            Unos espíritu frenta a un árbol sagrado, del palacio de Nimrod.                                     

El árbol sagrado celta de la vida
 
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Los templos católicos se adornan así para la Navidad, pues Roma sigue las costumbres de la antigua Babilonia.
Pero ¿por qué se unen a ellos algunas iglesias evangélicas? Imitan a los del mundo, y deshonran y desagradan a Dios.