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jueves, 30 de mayo de 2019

EN ESTO PENSAD - junio 2019

Dios No Elige A Nadie
Para Que Sea Salvo o Perdido

     La Biblia nunca emplea el término “escogido” respecto a los inconversos. Siempre se refiere a los que ya son salvos. Una y otra vez el estudio cuidadoso demuestra que la elección es una doctrina escrita a los creyentes y se aplica solamente a ellos. En Efesios, Romanos, 1 Pedro, Tito y otros pasajes, el mensaje de elección es a los cristianos y para ellos. Colosenses 3:12 dice: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia”. El texto describe a los escogidos como “santos y amados”, palabras descriptivas que sólo pueden caracterizar a los creyentes. Sería contrario al tono de la Escritura mirar a personas inconversas en el mundo y preguntarse si algunas son de los escogidos de Dios. La Biblia enseña que los inconversos son aquellos que: “teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón; los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza” (Ef. 4:18-19). Estas palabras nunca pueden describir a los escogidos. Los inconversos nunca son contados entre los escogidos, porque el término “escogido” en este uso se refiere solamente a los creyentes.
    Pablo escribe así a la iglesia de los tesalonicenses: “...conocemos, hermanos amados de Dios, vuestra elección” (1 Ts. 1:4). Es importante que los calvinistas y no-calvinistas consideren este versículo. Podríamos lanzar un número de preguntas. Primero, ¿Cómo sabía Pablo que todos los creyentes en esa asamblea eran escogidos? ¿Cómo sabía Pablo quiénes eran y no eran escogidos? ¿No es la elección un secreto escondido en Dios? Parece claro que a todos él les llama escogidos porque ya habían creído en Cristo y estaban en comunión activa en la iglesia. Antes, en 1 Tesalonicenses 1:1, había escrito: “a la iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre y en el Señor Jesucristo”. Pablo observa que los creyentes en Tesalónica están “en el Señor Jesucristo” y “en Dios Padre”, y esas expresiones significan salvación y el privilegio singular del creyente. La expresión “en Cristo” es una frase teológica excelente que enseña que el creyente es colocado en una unión maravillosa con Cristo. “El que se une al Señor, un espíritu es con él” (1 Co. 6:17). Las riquezas de Cristo son nuestras, Su poder es nuestro, Sus recursos son nuestros y Su posición es nuestra. Ser “en Cristo” es compartir la misma vida de Dios por medio del Señor Jesucristo (Ef. 1:3).
    Juntas, la expresión bíblica “en Cristo” y la verdad de la elección divina expresan el alto privilegio y posición del creyente. Cuando el Nuevo Testamento habla del creyente como escogido, es un término colectivo de ternura, dignidad y la posición alta que el creyente tiene en Cristo. Leemos: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios?” (Ro. 8:33). Este versículo disipa la idea popular de que la elección es una doctrina misteriosa y secreta que está escondida en Dios. Pablo sabía quiénes eran los escogidos y podía hablar libremente de ellos como tales. Samuel Fisk, un teólogo bautista, explica este aspecto de la enseñanza del Nuevo Testamento sobre la elección:

“La predestinación y la elección no se refieren a ciertas personas del mundo salvándose o perdiéndose, sino se relacionan con los que ya son hijos de Dios, y ciertos privilegios o posiciones para ellos. Miran hacia adelante, anticipando lo que Dios hará en aquellos que han llegado a ser Suyos”.


del libro LIMITANDO LA OMNIPOTENCIA, por David Dunlap, Editorial Berea
https://berealibros.wixsite.com/asambleabiblica/libros

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 ¿Hermanas Predicadoras Y Maestras?
(parte II)

viene del número anterior

     Cuarto – la doctrina apostólica sobre este asunto está claramente declarada: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (1 Ti. 2:11-12). A las mujeres que quieren reuniones de hermanas les preguntamos: “¿qué parte no entendéis de: ‘no permito a la mujer enseñar’?
El apóstol dice que deben aprender en silencio. La que pretende enseñar está en violación de esto. El apóstol dice que debe aprender “con toda sujeción” – esto es – al Señor y por eso a la enseñanza dada por los varones. La que se hace maestra no se sujeta. La que asiste a estudios dados por mujeres tampoco se sujeta. En cualquier congregación de creyentes las mujeres deben guardar silencio. No puede haber reuniones de mujeres porque en una congregación ninguna de ellas debe hablar. La doctrina apostólica es: “vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice” (1 Co. 14:34). A los que alegan que eso fue algo cultural o una idea de Pablo, les remitimos al versículo 37: “Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor”. No llames cultural o “paulismo” lo que el Señor Jesucristo manda. A las que objetan que no hay nada malo en que las hermanas se reúnan para aprender de la Palabra de Dios, responde la Palabra de Dios: “Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación” (1 Co. 14:35). Pueden aprender en las reuniones de toda la iglesia, cuando los hermanos enseñan, o preguntar en casa a sus maridos – no a una “hermana maestra”, porque tales “maestras” han saltado la clara prohibición de la Palabra de Dios.
    Quinto – si consultamos la historia de la iglesia, vemos que no hay ninguna reunión de hermanas en el Nuevo Testamento. Algunos intentan sacar provecho de Hechos 16:13, la reunión de mujeres al lado del río en Filipos. ¡Pero en Filipos esas mujeres no eran creyentes, sino inconversas, y no se estaban enseñando, sino que Pablo y los suyos les predicaron el evangelio! Cuando Lidia se convirtió, ella formó parte de la iglesia de los filipenses que llegó a tener “obispos y diáconos” (Fil. 1:1). No se menciona más ninguna reunión de mujeres. Otros agarran Hechos 21:8-9 que nombra a las cuatro hijas de Felipe el diácono (no el apóstol) “que profetizaban”. Pero en el texto no hay ninguna reunión de mujeres. Esas supuestas reuniones son suposiciones que existen sólo en la imaginación de los que permiten a mujeres predicar y enseñar. “Profetizar” puede indicar una palabra de Dios acerca del futuro como en Hechos 20:22-23; 21:10-11. Y en la evangelización personal es anunciar a los inconversos su condición y el peligro en que están. Cierto es que no hablaban las mujeres en ninguna asamblea o reunión porque el Señor manda que no.
    Sexto – un último texto al que recurren es Tito 2:3-5 acerca de las mujeres “ancianas”, no jóvenes ni cuarentonas sino las que ya han vivido piadosa y respetuosamente con sus maridos durante años y han criado a su familia como Dios manda. Absténganse las demás, y que vayan a su casa, se sujeten a sus maridos y críen a sus hijos para Dios.  Dice: “maestras del bien, que enseñen a las mujeres jóvenes”. Pero “maestras del bien” es una sola palabra en griego, y no indica enseñanza de doctrina como en una reunión. Es “maestras de lo bueno” o “...de buenas cosas” y los versículos 3-5 indican qué cosas. No dan estudios bíblicos, conferencias, retiros de mujeres, etc. sino simplemente ponen el ejemplo hogareño y dan los consejos personales, de tú a tú, acerca de la piedad de la mujer en su carácter y conducta. No hay que contar la lectura en Tito 2 sino leer los versículos 2-5 seguidos. Si paramos antes de terminar podemos cometer el error de Satanás cuando citó parte del Salmo 91:11-12 al Señor, para tentarle, y omitió el versículo 13 que dice: “Sobre el león y el áspid pisarás; Hollarás al cachorro del león y al dragón”. Tomen nota todos los que quieren torcer las Escrituras para ponerse al día o salirse con la suya. Peca el que hace o aprueba
lo que Dios prohibe.      
Carlos Tomás Knott

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Los Burladores: Señal de que Viene el Fin

    En 2 Pedro 3:3-4 leemos de los burladores que dicen la venida de Cristo y el fin del mundo son un cuento antiguo.
    A esto se podrían añadir indicaciones como terremotos en muchos países, la amenaza de un hambre mundial, y la creciente hostilidad entre las naciones (Mt. 24:6, 7). El fracaso de los gobiernos en el mantenimiento de la ley y del orden y en la supresión del terrorismo lleva a un clima para el surgimiento de un dictador mundial. La acumulación de arsenales atómicos da un significado adicional a preguntas como: “¿Quién podrá luchar contra ella?” (Esto es, contra la bestia; Apocalipsis 13:4). Las instalaciones mundiales de televisión e internet podrían ser el medio para cumplir Escrituras que describen acontecimientos que serán vistos simultáneamente en todas partes del planeta (Apocalipsis 11:9).
    La mayor parte de estos acontecimientos son predichos como acaeciendo antes que Cristo regrese a la tierra para reinar. La Biblia no dice que tendrán lugar antes del Arrebatamiento, sino antes de Su manifestación en gloria. Si es así, y si vemos estas tendencias desarrollándose ya, entonces la evidente conclusión es que el Arrebatamiento debe estar muy cerca, a las puertas.

adaptado del Comentario Bíblico de William MacDonald, en la sección de 1 Tesalonicenses

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El sábado 6 de diciembre de 1941, interceptaron un mensaje japonés que indicaba el ataque inminente contra la marina estadounidense en Hawai. Así que, advertidos escasamente a tiempo, enviaron el aviso marcado “Urgente”, a la base norteamericana en el puerto de Pearl Harbor, Hawai. Llegó el mismo día 6. Pero el oficial de guardia en la central de comunicaciones, no observó su etiqueta “Urgente”, y por eso colocó el mensaje en el buzón normal para ser leído el lunes siguiente. Sin embargo, el domingo cayó el ataque japonés y grande fue la pérdida, porque sorprendió a gran parte de la flota estadounidense en el puerto y destruyó muchos buques. Podían haberse defendido, porque el aviso llegó a tiempo, pero por error humano lo dejaron en el buzón de correo normal, para después, y no sirvió.
    Esto ilustra la condición espiritual en la que muchos se encuentran. Hay un mensaje de Dios – muy importante, serio y “Urgente”. Es un aviso, y se trata de vida y muerte, con consecuencias eternas. Pero muchos no toman la molestia de leerlo, pese a su etiqueta “Urgente”. Lo desprecian o lo colocan en el buzón de “mañana”. No hacen caso del aviso de las consecuencias del pecado: la ira venidera, la proximidad de la muerte y el juicio de Dios. Es un descuido fatal. Dios hizo llegar a tiempo el mensaje del evangelio. Pero, tú, amigo, ¿qué haces ahora con el evangelio? ¿Acaso ignoras que eres un pecador inmundo? No debes ir así a comparecer ante Dios, porque Él es santo y justo, y serás condenado a la perdición eterna. “El alma que pecare, esa morirá” avisa Dios, y esa alma eres tú. Debes reconocerlo y arrepentirte ahora. Sólo el Señor Jesucristo puede perdonarte y limpiarte, pues Él sufrió sustituyéndote en el Calvario. ¿Qué harás hoy? No digas “mañana”, porque será tarde para actuar. Amigo, hoy es día de salvación. ¿Quieres ser salvo o vas a esperar que el desastre te alcance? El aviso es “Urgente” y hoy estás a tiempo. Arrepiéntete ahora y confía en el Señor Jesucristo. “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”.
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 DIOS EL ESPÍRITU
Parte 5
Camilo Vásquez Vivanco, Punta Arenas, Chile

viene del número anterior

Definitivamente aquella declaración del Señor tiene ahora mucho sentido: “Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Jn. 16:7). La  venida del Espíritu anuló la orfandad que caracterizaba al hombre. Él estaría con ellos perpetuamente y en ellos; sería una constante fuente de poder, de consuelo y de valentía.
    Hemos de saber que la orfandad más grande no consiste tanto en no tener padres a quiénes acudir por amparo y amor, sino que se trata de la esclavitud del pecado que hace al hombre un ser miserable. Muchos creyentes verdaderamente salvados y regenerados viven derrotados por no descubrir que ya no son huérfanos abandonados a sus propias fuerzas. El Señor aseguró a Sus discípulos: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Jn. 14:18), en que esto es verdaderamente cierto porque nos envío Su Espíritu, el otro Consolador. El apóstol lo reitera al decirnos: “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Ro. 8:15). Este poderoso Dios el Espíritu ha venido para quedarse dentro de nosotros y ayudarnos contra la carne – no regenerada, indómita e incansable que reclama aún sus derechos sobre nuestro ser redimido. Si el apóstol Pablo decía: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro. 7:24), tal poder libertador está en el Señor que nos ha dado de Su Espíritu con el cual podemos disciplinar nuestro cuerpo y nuestra mente para vivir vidas para la gloria de Dios: “derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co. 10:5).

EL ESPÍRITU SANTO REDENTOR 

“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Ef. 4:30).

    Las Escrituras nos muestran que la obra de la Trinidad en la creación material es del Padre, por medio del Hijo y para el Espíritu Santo. El Padre origina, el Hijo ejecuta y el Espíritu perfecciona. Así la conocida declaración de Pablo: “Porque de él, y por él, y para él”, se refiere a este aspecto del obrar de la Trinidad. Todo propósito es del Padre llevado a afecto por el Hijo y completado por el Espíritu quién sigue obrando y perfeccionando. Estos mismos propósitos trinitarios se ven en la redención, pues es el Padre quién amó al mundo y nos dió al Hijo quién realizó la redención en el tiempo señalado (Gá. 1:4). No fue el Padre ni el Espíritu Santo quiénes vinieron al mundo para la redención, sino el Hijo encarnado: “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Ro. 3:24); “y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (He. 9:12). Entonces la redención es por el Hijo y es el Espíritu Santo que aplica la virtud de la redención a la vida del creyente y la completa (i). Tal trabajo del Espíritu comienza con una santificación previa a la conversión, que no es una preregeneración, sino un convencimiento y atracción tal como lo enseña Pedro: “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo...” (1 P. 1:2). En algunos manuscritos originales la expresión “elegidos” no se encuentra según traduce por ejemplo la versión de la Biblia de las Américas vertiendo el texto así: “según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu...”. Pues el énfasis no está en alguna elección previa para ser salvos sino en el trabajo santificador del Espíritu para que un alma sea redimida (1 Co. 7:14). Este trabajo santificador también lo menciona Pablo al escribir: “...que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2 Ts. 2:13). Aquí “escogido” no es desde la eternidad, sino desde el trabajo del apóstol en esa región donde llegó solo por tres semanas y luego tuvo que huir siendo perseguido por los judíos (Hch. 17). Aquí “escogidos” significa “tomar para si”, cosa que Dios realizó con Su Espíritu, convenciéndolos de pecado y apartándolos para sí. Es entonces el Espíritu que aplica la obra de la redención en el que cree, convenciéndolo de su pecado: “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu...” (1 P. 1:22). Una vez que ese pecador se arrepiente frente a la verdad de estar rechazando a Cristo como Salvador, el Espíritu lo hace nacer de arriba (regeneración), lo sella, lo habita y lo añade al cuerpo de Cristo, la Iglesia: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Co. 12:13). Luego el Espíritu comienza Su trabajo de “renovación” en el creyente, transformándolo a la imagen del Hijo de Dios: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18). Debemos enfatizar que esta transformación no la hace el Señor, sino el Espíritu a través de la Palabra de Dios cual espejo que revela la gloria del Señor: “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6). El camino de perfección de ese creyente es seguro y la medida de su transformación dependerá de su sujeción al trabajo del Espíritu: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Ef. 4:30).
    Se puede afirmar que la redención puede ser vista en el pasado, en el presente y en el futuro. En cuanto al pasado Dios la planeó y el Hijo la ejecutó en la cruz del Calvario, en cuanto al presente la poseemos todos aquéllos que hemos creído para ser salvos, y en cuanto al futuro la veremos culminada cuando veamos nuestros cuerpos transformados a la imagen del cuerpo glorioso del Señor: “...nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Ro. 8:23).
    Podemos afirmar además con el apóstol Pablo, que la redención es para el Espíritu Santo, pues es Él el encargado de transformar al redimido a la imagen del Hijo por su obra de renovación que estudiaremos más adelante. Así la redención comienza para nosotros en la Cruz y se extiende hasta el día en que veremos la gloria de Cristo en el cielo (Sal. 73:24), todo esto es trabajo del Espíritu perfeccionando y asegurando según el propósito original del Padre.

EL ESPÍRITU DE CRISTO

    El Espíritu Santo es la Persona de la Trinidad que respalda y asegura todo lo que Dios planeó. Es así que el Hijo en Sus días como hombre fue lleno del Espíritu (Lc. 4:1), y realizó todos Sus milagros por el poder del Espíritu (Lc. 4:14). Y así todo lo que el Hijo hace lo hace por el Espíritu llegando a ofrecerse a sí mismo por la suministración de Su santa gracia (He. 9:14). Del mismo modo, es el Espíritu Santo que junto al Padre resucita al Hijo en completo poder y aceptación de Su obra redentora (Ro. 1:4), lo queda expresado como “justificado en el Espíritu” (1 Timoteo 3:16). Este concepto como “el Espíritu de Cristo” (1 P. 1:11) se entiende en primer lugar por ser Cristo quien lo envía (Jn. 15:26; 16:7), y en segundo lugar porque quién no tenga el Espíritu de Cristo no es de Él (Ro. 8:9). Es por esto que se nos habla que el Espíritu Santo es el Espíritu del Hijo (Gá. 4:6), como también es el Espíritu del Padre (1 Ts 4:8). Es el Espíritu Santo que viene sobre el Hijo en forma corporal no para recién iniciar la vida de poder del Hijo, sino para señalarle visiblemente como el prometido Mesías: “Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová” (Is. 11:2). Estas siete manifestaciones del Espíritu Santo son en el Hijo en quién el Espíritu estuvo sin medida y podemos decir que El Señor es la piedra de siete ojos (Zac. 3:9). Estos siete ojos son los siete espíritus que señala Juan delante del trono de Dios: “Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono” (Ap. 1:4). Es así que el Espíritu Santo es visto en el trono de Dios irradiando la perfección de Cristo. Juan las presenta como siete lámparas delante del trono. No debemos confundirlos con los siete candeleros que son las siete iglesias. Las siete lámparas son los siete espíritus: “Y del trono salían relámpagos y truenos y voces; y delante del trono ardían siete lámparas de fuego, las cuales son los siete espíritus de Dios” (Ap. 4:5, véase Ap. 5:6). Estas son las siete lámparas vistas por Zacarías (4:2) y llamadas también por él cómo los “siete ojos de Jehová” (Zac. 4:10). El Espíritu Santo es además el “aceite de olivo” que vierte de las dos ramas de olivo, (Zac. 4:12) como una unción que asegura y faculta todos los planes de Dios: “…No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zac. 4:6). No cabe duda que tal manifestación séptuple del Espíritu es solo hallada en el Hijo: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones” (Is. 42:1). Nunca hubo hombre tan pleno como Jesús donde habitase con toda plenitud el Espíritu de Dios; “Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida. El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano” (Jn. 3:34-35). La versión antigua llamada la Biblia del OSO dice: “…porque no le da Dios el Espíritu por medida” y la nueva traducción viviente lo vierte así: “Pues él es enviado por Dios y habla las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin límites” (NTV). En el Señor el Espíritu destilaba como oro y permanecía en Él sin destilar, solo lo llenaba: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto” (Lc. 4:1). Esta verdad es reafirmado por Pablo al declarar: “y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud”  (Col. 1:18-19).

continuará, d.v. en el siguiente número

lunes, 29 de abril de 2019

EN ESTO PENSAD - mayo 2019

Débora, Mujer Excepcional

Texto: Jueces 4:1-9

Debemos notar que después de veinte años bajo la opresión cananea, “los hijos de Israel clamaron a Jehová” (v. 3). Solamente después de años de adversidad Israel se volvió a Dios. Sin dudar la sinceridad de su clamor, no podemos evitar la conclusión que sólo clamaron a Dios en situaciones de emergencia. Esto resulta ser un insulto para Él. Tristemente, es posible que aun el pueblo del Señor le olvide en tiempos buenos, y sólo se acuerde de Él en tiempos malos. Nunca debería ser el caso: “Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio. Selah” (Sal. 62:8).
    En esa ocasión, Dios libró a Israel de los cananeos opresores mediante Débora y Barac. Débora era una mujer fuerte, ¡y Barac un hombre débil! Pero Débora no era la fundadora de “derechos iguales para las mujeres”. Era una mujer muy espiritual. “Gobernaba en aquel tiempo a Israel una mujer, Débora, profetisa, mujer de Lapidot; y acostumbraba sentarse bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Bet-el, en el monte de Efraín; y los hijos de Israel subían a ella a juicio” (Jue. 4:4-5). Débora (significa: “como abeja”) estaba casada con Lapidot (“antorcha”): así que la actividad estaba casada con la luz. ¡Debió ser un matrimonio bien ordenado!
    Débora era a la vez jueza y profetisa. Podríamos compararla a Miriam (Éx. 15:20), Hulda (2 R. 22:14), Ana (Lc. 2:36) y las cuatro hijas de Felipe (Hch. 21:8-9). Ella se describe como “madre en Israel” (Jue. 5:7). Los judíos extraviados eran sus hijos, y ella los recibía y aconsejaba. Débora era una excepcional mujer de fe, pero ciertamente no era oportunista. No intentó entrar en una esfera que Dios no le había asignado. Debemos observar lo siguiente:
 
Las Circunstancias de Su Ministerio
    El hecho de que ella “gobernaba en aquel tiempo a Israel” (Jue. 4:4) era un comentario triste sobre la vida de la nación. Compara Isaías 3:12, “Los opresores de mi pueblo son muchachos, y mujeres se enseñorearon de él”. Como observa Wiersbe: “Dios, al dar a Su pueblo una mujer para juzgarles les trató como niños pequeños, que es exactamente lo que eran en las cosas espirituales”. Pero debemos enfatizar que eso no fue un descrédito para Débora. Alguien bien ha dicho que el fracaso de los hombres fue suplido por la fidelidad de la mujer.

El Carácter de Su Ministerio
    Ella era profetisa y jueza. Un profeta, o en ese caso una profetisa, era una persona que recibía un mensaje directamente de Dios y lo comunicaba al pueblo. El profeta “estuvo en el secreto de Jehová, y vio, y oyó su palabra” (Jer. 23:18). Fue en base a eso que Débora podía gobernar a Israel en aquel tiempo.

La Ubicación de Su Ministerio
    “Y acostumbraba sentarse bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Bet-el, en el monte de Efraín; y los hijos de Israel subían a ella a juicio” (Jue. 4:5). No hizo como Samuel, que “iba y daba vuelta a Bet-el, a Gilgal y a Mizpa, y juzgaba a Israel en todos estos lugares” (1 S. 7:16). No fue como Aod que “tocó el cuerno en el monte de Efraín” (Jue. 3:27), ni se puso a la cabeza del ejército. Israel subía a ella a juicio. Ella no tomaba la iniciativa para ir a ellos. Estaba contenta de morar bajo la palmera. Fue Barac que le persuadió a salir y acompañarle. También debemos notar que de acuerdo a los papeles de hombre y mujer en la Escritura, es Barac y no Débora que Hebreos 11 menciona. “¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Samuel y de los profetas” (He. 11:32). Sara y Rahab son nombradas en Hebreos 11 porque, en su caso, no se trataba de servicio en público.

La Convicción de Su Ministerio
    “¿No te ha mandado Jehová Dios de Israel, diciendo: Ve, junta a tu gente en el monte de Tabor, y toma contigo diez mil hombres de la tribu de Neftalí y de la tribu de Zabulón; y yo atraeré hacia ti al arroyo de Cisón a Sísara, capitán del ejército de Jabín, con sus carros y su ejército, y lo entregaré en tus manos?” (Jue. 4:6-7). Aquí vemos a la profetisa ejerciendo su ministerio. Ella comunicó la Palabra de Dios. Dijo en efecto: “Así dice Jehová”.
 
El Ánimo de Su Ministerio
    Ellá animó a Barac a liderar al pueblo de Dios contra el enemigo. El Señor no le había dicho a ella que llevara al ejército contra Sísara. Al contrario: “¿No te ha mandado Jehová Dios de Israel, diciendo: Ve, junta a tu gente en el monte de Tabor, y toma contigo diez mil hombres... y yo atraeré hacia ti al arroyo de Cisón a Sísara... y lo entregaré en tus manos?” Las palabras: “¿No te ha mandado Jehová Dios de Israel?” podrían significar que Dios ya había mandado a Barac a atacar, pero que él no lo había hecho. Todos necesitamos ánimo. ¡Absténgase los cenizos! Israel ciertamente los había tenido en Cades-barnea (Dt. 1:28) A. M. S. Gooding tiene razon al decir: “Gracias a Dios por las hermanas detrás de los hombres que los apoyan y animan cuando fallan y manifiestan debilidad”.

John Riddle, Inglaterra, del capítulo 3 del libro The Glory of Godly Women (“La Gloria de Mujeres Piadosas”), Assembly Testimony Publications, 2013.   www.assemblytestimony.org

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¿Hermanas Predicadoras Y Maestras?
 
   ¿Deben las hermanas reunirse para que una mujer les enseñe la Biblia? Esto está de moda ahora entre los evangélicos, e incluso ha invadido las asambleas. Algunas incluso intentan citar a Débora como justificación. Están equivocadas, porque en primer lugar no había reuniones de mujeres en tiempos de Débora ni daba ella estudios ni predicaciones. 
    Segundo, hoy no hay escasez de varones dispuestos a servir al Señor, tomar el liderazgo y enseñar la Palabra de Dios. En los días de los jueces había escasez de varones de Dios, hombres espirituales y dispuestos a servir. Como una irregularidad surgió el caso de Débora y aun ella intentó animar al hombre Barac a tomar el liderazgo.
    Tercero, no es sabio sino algo desesperado cuando uno intenta sacar doctrina eclesial del libro de Jueces. La iglesia no está en el Antiguo Testamento, pues en aquel entonces era un misterio escondido en tiempo pasado (Ro. 16:25) y revelado a los apóstoles y profetas en el tiempo del Nuevo Testamento (Ef. 3:5). Es así que el apóstol Pablo declaró: “Esto te escribo, aunque tengo la esperanza de ir pronto a verte, para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1 Ti. 3:14-15). La iglesia no es un local, sino el cuerpo de Cristo.Todas las instrucciones para ella están en el Nuevo Testamento.

continuará, d.v. en el número siguiente
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 La Cizaña Sembrada En El Trigo
S. Michelen
 
 

   Antes que la Iglesia fuese fundada en el día de Pentecostés, el Señor advirtió a Sus discípulos que Satanás trataría de corromperlos desde dentro introduciendo cizaña entre el trigo. Esta comunidad de creyentes se vio afectada desde sus inicios por aquellos que se introdujeron en la vida de la Iglesia, sin ser orgánicamente de ella.
    Veamos el ejemplo de Judas. Durante todo el tiempo que estuvo junto al Señor no mostró ningún rasgo que previera su deserción final. Los demás nunca dudaron de él. De hecho, más bien confiaron tanto en Judas que llegó a ser el tesorero del grupo. La noche que el Señor les reveló que uno de ellos sería un traidor, nadie pensó en Judas, más bien comenzó “cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor?” (Mt. 26:22). Aun cuando Cristo se dirigió directamente a él para decirle: “Lo que vas a hacer, hazlo más pronto”, nos cuenta el apóstol Juan “que ninguno de los que estaban a la mesa entendió por qué le dijo esto. Porque algunos pensaban, puesto que Judas tenía la bolsa, que Jesús le decía: Compra lo que necesitamos para la fiesta; o que diese algo a los pobres” (Jn. 13:27-29).
    Sin embargo, Judas era del maligno desde el principio (Jn. 6:70); siempre fue un “hijo de perdición” (Jn. 17:12). Satanás oculta a sus emisarios a través de disfraces de santidad; su labor es introducir a los falsos apóstoles como “apóstoles de Cristo” y como “ministros de justicia” (2 Co. 11:13-15).
    Pablo advirtió a los ancianos de Éfeso que velaran debidamente, en primer lugar por ellos mismos, y luego “por todo el rebaño” en que el Espíritu Santo los había colocado: “Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos” (Hch. 20:29-30).
    Esta cizaña, introducida por Satanás en la iglesia de Cristo (comp. Mateo 13:36-39) tiene como meta principal “arrastrar tras sí a los discípulos”, seducir a “los que verdaderamente habían huido de los que viven en error”. El diablo sabe perfectamente que si logra engañar a los creyentes con falsas doctrinas, o seducirlos con tentaciones hasta llevarlos a sucumbir, está anulando sus capacidades para servir a Cristo.


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Debemos velar, escuchar atentamente, comparar todo con las Escrituras y pedir al Señor discernir bien y no ser engañados. Considera Tito 1:16 y 2 Pedro 2:1
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NO EN LAS REUNIONES 

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 AMIGO, CON EL DINERO  
PUEDES COMPRAR:


Casa, pero no hogar. 
Libros, pero no sabiduría.
Lujo, pero no belleza. 
Diversión, pero no felicidad.
Sexo, pero no amor. 
Cama, pero no sueño.
Alimento, pero no apetito. 
Comodidad, pero no paz.
Compañero, pero no amistad. 
Medicina, pero no salud.
Velas, pero no bendición. 
Misa, pero no perdón.
Religión, pero no salvación. 
Nicho, pero no el cielo.


¡Qué vanidad es el vivir para el dinero! El dinero es el pasaporte universal a todos los lugares menos al cielo. Hay muchas religiones que cobran y recaudan, y ninguna de ellas es de Dios. No podemos comprar el favor de Dios. Sólo Jesucristo da lo que el dinero no puede obtener. Él dijo: "¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?" (Marcos 8:36). ¿Sabes la respuesta? "Nada aprovechará". El dinero puede hacerte sentir importante o poderoso, pero no puede salvarte. No vale en la eternidad, a dónde tú vas. La salvación no es "con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo", dice el apóstol Pedro. Dios no salva a nadie por dinero. Nadie obtiene Su favor a cambio de ofrendas o limosnas, sino por la preciosa sangre de Su Hijo (1 Pedro 1:18-19). Pero si no te arrepientes y confías en Él, pagarás por tus pecados por toda la eternidad, pues "la paga del pecado es muerte" (Romanos 6:23).
    Cierto es que "nada hemos traído a este mundo, y sin duda NADA podremos sacar" (1 Timoteo 6:7). Así la Palabra de Dios advierte a todos los que aman al dinero y las cosas materiales, sean ricos o pobres, caciques o criados. El coche fúnebre no lleva remolque. La muerte es la "igualatoria divina". Sin el Señor Jesucristo morirás en tus pecados e irás a la eterna perdición.
 
Desamparado y sin querer, llegaste al mundo tú;
Sólo algunos años pasarás aquí,
Y pronto el tiempo acabará, llegarás a tu final,
Para presentarte delante de Dios.
Los cortos años pasarán, mucho planeaste hacer,
Trabajando te labraste un porvenir.
Pero, ¿de qué te vale, si posees todo aquí,
Y al final tu alma eterna perderas?

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 DIOS EL ESPÍRITU
Parte 4
Camilo Vásquez Vivano, Punta Arenas, Chile



 viene del número anterior


EL ESPÍRITU SANTO Y SU MANIFESTACIÓN CUAL EL SOPLO DIVINO

    Dios el Padre y El Hijo soplan Su Espíritu, sin embargo el Espíritu no es un fluido o cosa derramada. Las expresiones bíblicas alusivas al Espíritu como “derramar” (Hch. 2:33; Tit. 3:5-6), "llenar" (Lc. 1:67; 4:1; Hch. 4:8; 7:55; Ef. 5:18, etc.), no indican que sea un fluido energético sino que aluden al tipo de libaciones usadas en el tabernáculo por las cuales el Espíritu era representado (Gn. 35:14; Éx. 30:31-32, etc.). Nunca hemos de referirnos a Su Persona como si fuese un objeto o sustancia usando expresiones como “ello” sino “Él”, tal como se refirió el Señor: “él os guiará” (Jn. 16:13), “Él me glorificará” (v. 14). De este error surge el “Modalismo” al considerar tanto al Verbo como al Espíritu como simples modos de manifestación de la divinidad (1). La palabra Espíritu en hebreo es “ruach” y en griego es “pneuma” encerrando la idea de viento, soplo o aliento. Así Job escribe: “El espíritu (ruach) de Dios me hizo, y el soplo (ruach) del Omnipotente me dio vida” (Job 33:4). No cabe duda de que en sus variados usos de esta palabra es usada para referirse al “aliento del Señor”; “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca” (Sal. 33:6). Es por esto que Dios sopla sobre Adán para que sea un ser viviente (Gn. 2:7) y del mismo modo sopló el Señor Jesús sobre Sus apóstoles para que recibiesen el Espíritu Santo (Jn. 20:22) y pudiesen soportar la persecución hasta que fuesen bautizados, sellados y ser morada del Espíritu (Hch. 1:8).
    En un sentido exacto estos once apóstoles fueron hecho morada solo en el día de Pentecostés cuando el Espíritu Santo desciende y bautiza en Él a los 120 creyentes reunidos en el aposento alto. Antes ellos solo eran nacidos de Dios y ahora son habitados por el Espíritu Santo. A esto se refirió el Señor al decirles: “el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Jn. 14:17). Después de Pentecostés el Espíritu Santo permanece para siempre en los nacidos de Dios.   
    Estas son las manifestaciones del Espíritu al ser comparado con el viento cuando regenera un alma que pone su fe en la obra redentora de Cristo (Jn. 3:5). El que es nacido del Espíritu posee libertad como el viento para obedecer a Dios sin las obras de la ley: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Jn. 3:8). Es sobresaliente que la época del Espíritu en la iglesia sea iniciada con un viento recio: “...vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba” (Hch. 2:2). Tal estruendo hecho por el Espíritu equivalía a señalar que nuestro gran sumo sacerdote había entrado en el cielo triunfante y sin ningún defecto. Así era como antiguamente se sabía de la aceptación del oficio de Aarón por el sonido de sus campanillas en su vestido sacerdotal (Ex. 28:34-35). Entonces el Espíritu da su sonora aprobación tras la muerte y resurrección del Señor de otro modo no habría descendido para formar la iglesia del Señor.


LOS TÍTULOS DEL ESPÍRITU SANTO

“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Jn. 4:24).
    Que el Espíritu sea una Persona suele ser algo desconocido para el creyente. Usualmente se piensa que es una influencia, un poder o un atributo posible de ser utilizado, lo cual conduce al orgullo de quien podría lograr tener su control. Si se descubre que es una Persona divina, el secreto de Su poder consiste en que Él nos controle a nosotros llevándonos a humillarnos y a someternos a Su control. Los títulos usados para describir Su Persona indican Su procedencia como Su obra divina. Hay al menos treinta de estos términos en las Escrituras, cada uno con su significado propio. Algunos de estos títulos divinos son estos: El Espíritu (Is. 32:15; Mt. 4:1) donde es el nombre básico e indica lo singular de Su ser; no hay otro como Él llamado: “el Espíritu de Dios” (Gn. 1:2; Mt. 12:28; Ro. 8:9). Hemos de entender que la Biblia no fue escrita diferenciando mayúsculas ni minúsculas sino que algunos manuscritos están todos o en letras cursivas mayúsculas, o todo en cursivas minúsculas. Así el vocablo “espíritu” traducido como “soplo” o “viento” puede usarse para el Espíritu de Dios, o para el espíritu humano, o para un espíritu inmundo. Incluso para catalogar el espíritu de esclavitud (Ro. 8:15) propio del inconverso. Los traductores deben entonces diferenciar cuando se está refiriendo al Espíritu de Dios dando el sentido adecuado al texto. Por ejemplo se traduce con minúsculas en Isaías 30:1; 63:10 como también en Juan 6:63; Romanos 8:15; Filipenses 3:3, etc., etc. En otros casos la Escritura es enfática en declarar a quién se refiere, por ejemplo se usa para indicar Su procedencia del Padre como “el Espíritu de Jehová” (2 S. 23:2; Is. 61:1; 63:14); Su procedencia del Hijo como “el Espíritu de su Hijo” (Gá. 4:6) y también como “el Espíritu de Cristo” (Ro. 8:9; 1 P. 1:11). Estos títulos indican que siempre las tres Personas de la Trinidad actúan juntas y en una completa unidad, es decir son inseparables. Se le llama también el Santo Espíritu (Sal. 51:11; Ef. 4:30), este es el nombre usado con mayor frecuencia. “El Espíritu Santo” (Jn. 14:26), este título es aun más enfático pues el artículo “el” figura dos veces aquí.  El Espíritu de gracia (He. 10:29). El Espíritu de verdad (Jn. 14:17), El Espíritu de santidad (Ro. 1:4). El Espíritu Santo de la promesa (Ef. 1:13). El Espíritu de sabiduría (Ef. 1:17), El Espíritu de adopción (Ro. 8:15). El glorioso Espíritu de Dios (1 P. 4:14). El Espíritu de la profecía (Ap. 19:10) que no es otra cosa que el testimonio dado por el Espíritu relativo a la gloriosa Persona del Hijo. La descripción séxtupla de Isaías 11:2, “Reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia; espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová”. Esto es una descripción de la perfección y Santidad del Espíritu obrando en la vida de Cristo pues tiene que ver con “los siete espíritus que están delante de su trono” (Ap. 1:4).

EL OTRO CONSOLADOR

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Jn. 14:16).
    La palabra “Consolador” se corresponde con el nombre “Menahem”, que dan los hebreos al Mesías (d) y en su sentido más amplio este vocablo significa uno que socorre, que consuela, y Cristo fue esto para Sus discípulos durante Su estadía con ellos. La palabra “otro” usada por el Señor para referirse a quién enviaría viene del griego “allos” y significa idéntico, no diferente (“heteros”). El Espíritu que los discípulos recibirían sería idéntico al Señor en Su Personalidad y en todos Sus atributos ya que fue Él quién estuvo primero asistiéndoles en todas sus pruebas. John Ritchie (1853-1930), en sus comentarios sobre el Espíritu Santo dice: “De todos sus nombres, quizás el que más apela a nosotros es aquél que le fue enseñado cuatro veces por el Señor Jesucristo como “el Consolador”. Véanse Juan 14 al 16. Es un término muy expresivo e inclusivo, y desconozco palabra que exprese cabalmente todo su sentido” (c).
    Ese vocablo “consolador” se traduce “abogado” en 1 Juan 2:1 con referencia al Señor Jesús quién estando ahora en el cielo realiza este oficio cual Sumo Sacerdote. Esa abogacía es hecha delante del Padre y la del Espíritu es en nuestro corazón. La abogacía del Señor en el cielo es después que hemos pecado, y la del Espíritu es antes que pequemos. Por la experiencia de Pedro sabemos que incluso el Señor intercede antes que pequemos (Lc. 22:32) y frente a la tentación abre una puerta para que abandonemos la idea de pecar (1 Co. 10:13).
    Podemos decir que este término griego “parakletos” significa “uno llamado a ponerse al lado de otro”. Nosotros entendemos la idea de “abogado” en términos jurídicos de alguien que conoce las leyes, conoce mi causa y puede defenderme sin embargo cualquier abogado no posee la facultad de consolar como lo hace el Espíritu Santo. El hecho que sea de la misma naturaleza que el Señor significa que conoce todo de nosotros y todo de Dios (1 Co. 2:10-11). Su tarea como abogado que consuela es ayudarnos frente al combate contra el pecado, por esto el apóstol Pablo explica la gran ayuda del Espíritu guiándonos a buscar aquello que nos aleje de las obras de la carne: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Ro. 8:26). La definición de “Consolador” usada para el Espíritu vemos que está asociada a la actividad constante de un abogado, pues ha venido para estar con nosotros de una forma muy íntima tal como el Señor anunció a Sus discípulos: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Jn. 14:18). Este ministerio de acompañar al creyente defendiéndolo frente al mal se ve claramente en lo que el Señor les adelantó como persecución a Sus discípulos: “Pero cuando os trajeren para entregaros, no os preocupéis por lo que habéis de decir, ni lo penséis, sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo” (Mr. 13:11). No debemos sacar de contexto este pasaje para decir que hoy el Espíritu comunica qué decir en las reuniones sin haber estudiado la Biblia. El contexto se trata sobre las persecuciones futuras que recibirían estos discípulos de parte de sus propios hermanos judíos como lo vivieron los primeros cristianos. Pedro nos narra de estas persecuciones y nos cuenta cómo el Espíritu estuvo sobre ellos ministrándoles Su gracia en medio del sufrimiento: “Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros...” (1 P. 4:14). Hoy esta ayuda la está haciendo el Espíritu en aquellos hermanos que combaten con el evangelio sembrando la Palabra de Dios en medio de la idolatría imperante. Pero también la puede vivir usted frente a cualquier incrédulo que demande razón de su fe y de su esperanza. Para esto el Espíritu tomará de lo que usted ha estudiado de la Palabra de Dios y querrá manifestar por medio de usted un testimonio digno de templanza y buenos modales (1 P. 3:15).                                          
continuará, d.v. en el siguiente número

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¿Podemos Rehusar La Cena Del Señor
A Un Verdadero Creyente?

por Norman Crawford


 Le place al Espíritu Santo, Persona divina, hacer Su residencia en la tierra en la asamblea. Su carácter is santo. “El templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Co. 3:17).
    ¿Podemos rehusar la cena del Señor a un verdadero creyente? Frecuentamente surge esta pregunta. Para algunos, les parece un método más benigno recibir a todos los que vengan, pero ¿es bíblico? Ha sido sugerido que al rehusar a alguien la comunión, profesamos un nivel más alto de piedad que los demás creyentes. Esto no es verdad. Creemos que hay muchos creyentes en las denominaciones y que algunos podrían tener una devoción más profunda al Señor que la nuestra. No obstante, la recepción a una asamblea no es una calle de sentido único. No sólo es una recepción a la asamblea, sino  indica que el que es recibido también recibe a la asamblea, sus creencias y prácticas.

¿Qué Pasa Si Un Creyente Desconocido Viene A Partir El Pan?

    Debemos tratar a todo creyente con amor y amabilidad. Pero si una persona desconocida se presenta y desea ser recibida a la asamblea, ¿cómo sabemos si es un creyente genuino? Algunos dicen que debemos recibir a todo persona que es verdaderamente salva, santa en vida y sana en doctrina. Bien, pero no explican cómo podemos saber si estas cosas son así en la vida de una persona desconocida que aparece en la puerta. Sólo los frutos de la vida demuestran la realidad (Mt. 7:20).
    Existe un segundo problema. Tal persona desea este día partir el pan con nosotros, pero ¿qué hace en los otros 51 días del Señor durante el año? Esto introduce el tema de perseverar continuamente en la doctrina de los apóstoles, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones (Hch. 2:41-42). Está claro en el Nuevo Testamento que la Cena del Señor no es un privilegio individual sin congregacional – de la asamblea. Es importante aprender esto y recordarlo: No recibimos a las personas a la Cena del Señor, sino a la asamblea. Esta comunión es constante y continua, no espasmódica.

Una Asamblea Es Una Entidad

    Una asamblea cristiana está compuesta de un número de creyentes en cierto lugar. Tiene dos posiciones: “dentro” y “fuera” (1 Co. 5:12-13). Tiene pastores que son conocidos por la asamblea y que conocen a toda oveja y cordero en el rebaño (1 Ts. 5:12-13); 1 P. 5:1-4). ¿Cómo podrían esos pastores enseñar y guiar a creyentes que ni siquiera conocen? ¿Cómo podrían actuar debidamente en disciplina? Un profesado creyente podría venir y presentarse estando fuera de otra asamblea o porque ha sido sacado (1 Co. 5:9-13), o porque es indocto (1 Co. 14:24-25).

Haciendo Preguntas

    ¿Tenemos derecho a entrevistar y preguntar a una persona acerca de su testimonio de salvación, sus creencias y su vida? Observa que la asamblea en Jerusalén tenía apóstoles en ella, y sin embargo con precaución rehusaron la comunión a Pablo hasta que estas tres preguntas fueron completamente contestadas (Hch. 9:26-28). Entonces él “estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía” (Hch. 9:28).

Distinciones Entre El Cuerpo Y Una Asamblea

    Ha sido enseñado que todos los que están en el gran Cuerpo espiritual de Cristo están automáticamente en comunión en una asamblea. Pero no es así, pues hay numerosas distinciones entre el Cuerpo y una asamblea local. Uno entra en el Cuerpo en el momento de la conversión, pero entra en la asamblea mediante la recepción (1 Co. 12:13; Hch. 2:41). Todo verdadero creyente está en el Cuerpo, pero hay creyentes que están fuera de una asamblea (1 Co. 5:11; 14:25). En el Cuerpo no hay varón ni hembra (Gá. 3:28). Pero en una asamblea sí hay varones y mujeres, porque en ella las mujeres guardan silencio (1 Co. 14:34). Es imposible estar separado del Cuerpo de Cristo (Ro. 8:38-39), pero es posible ser expulsado de una asamblea (1 Co. 5:11-13). Nada falso puede jamás entrar en el Cuerpo (Mt. 16:18), pero se le advierte a la asamblea respecto a los lobos y falsos maestros que entrarán (Hch. 20:29). El Cuerpo de Cristo tiene perfecta unidad (Jn. 17:21), pero una asamblea local puede tener divisiones (1 Co. 3:3). Estas sólo son algunas de las distinciones que existen.
Traducido de la revista Truth & Tidings, noviembre 1999

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Algunas Preguntas  Importantes A Considerar Antes De Recibir A Alguien A La Comunión De La Asamblea

¿Quién es, y de dónde viene?

¿Con qué motivo viene: para quedarse o de visita?

¿Trae carta de recomendación de una asamblea cristiana
que da fe de su condición espiritual?

Si no, puede observar hasta que se aclaren estas cosas:
¿Por qué desea ser recibido?

¿Cuál es su testimonio de conversión?

¿Cuál es su estado matrimonial?

¿Está o ha estado asociado con alguna iglesia?

¿Ha estado bajo disciplina eclesial por alguna cuestion?

¿Está huyendo de alguna iglesia o problema?

¿Entiende la verdad de la iglesia o es indocto?

¿Qué entiende por la doctrina de Cristo?

¿Cómo es su vida personal respecto a la santidad?

¿Entiende los privilegios y responsabilidades de
la comunión en la asamblea, y los acepta sin reserva?


 

sábado, 30 de marzo de 2019

EN ESTO PENSAD - abril 2019

Ese Increíble Cristiano 
por A. W. Tozer 

El actual esfuerzo de muchos lideres religiosos en armonizar el cristianismo con la ciencia, filosofía y con cada cosa natural y razonable es, a mi parecer, el resultado de la malinterpretación del cristianismo y, a juzgar por lo que yo he oído y leído, una malinterpretación también de ciencia y filosofía.
    En el corazón del cristianismo hallamos la cruz de Cristo con su paradoja divina. El poder del cristianismo aparece en antipatía hacia, y nunca de acuerdo con, los caminos del hombre y su naturaleza caída. La verdad de la cruz es revelada en sus contradicciones. El testimonio de la iglesia es más eficaz cuando declara en lugar de explicar, porque el evangelio va dirigido no a la razón sino a la fe. Lo que se puede probar no necesita de la fe para ser aceptado. La fe descansa en el carácter de Dios, no sobre los resultados del laboratorio o de la lógica.
    La cruz se opone firmemente al hombre natural. Su filosofía se mueve contrariamente a la mente que no ha sido regenerada, por eso Pablo pudo decir tajantemente: “La palabra de la cruz es locura a los que se pierden”. Tratar de encontrar un lugar común entre el mensaje de la cruz y la razón del hombre natural es intentar algo imposible, y si se persiste en ello el resultado es una cruz innecesaria y un cristianismo sin poder.
    Pero vamos a dejar la teoría y miremos simplemente al verdadero cristiano poniendo en práctica las enseñanzas de Cristo y Sus apóstoles. Nótese las contradicciones:
    El cristiano cree que ha muerto en Cristo, aunque está más vivo que antes y espera vivir para siempre. Camina en la tierra mientras esta sentado en el cielo, a pesar de haber nacido en la tierra encuentra que después de su conversión no se siente en casa aquí. Como el halcón nocturno, el cual en el aire es la esencia de la gracia y la belleza pero en tierra es torpe y horrible, así es con el cristiano que se presenta en su mejor estado en los lugares celestiales pero no se adapta a las maneras de la sociedad en la cual nació.
    El cristiano pronto aprende que como hijo del cielo si quiere vivir en victoria entre los hombres en la tierra no debe seguir los patrones de conducta comunes de la humanidad, sino más bien lo contrario.
    Que está a salvo cuando se pone en peligro; él pierde su vida para salvarla y está en peligro de perderla cuando quiere preservarla. Él baja para subir. Si se niega a bajar entonces ya se encuentra en un lugar bajo, pero cuando empieza bajo está en el camino de ascenso.
    Está más fuerte cuando es débil y más débil cuando es fuerte. Aunque pobre tiene el poder de enriquecer a otros, pero cuando es rico su habilidad de enriquecer a otros se disipa. Posee más cuando ha dado más y tiene menos cuando posee más.
    Él usualmente está más elevado cuando se siente más bajo, y más santo cuando esté más consiente del pecado. Es más sabio cuando sabe que no sabe nada, y menos sabio cuando ha adquirido un vasto conocimiento. A veces alcanza más cuando no hace nada y avanza más cuando está tranquilo. En tiempos difíciles se regocija, y en su corazón está contento aún en tiempos tristes.
    El carácter paradójico del cristiano es revelado constantemente. Por ejemplo, él se cree ya salvo, pero espera ser salvado en un futuro, y espera con gozo esa salvación. Teme a Dios, pero Dios no le atemoriza. En la presencia de Dios se siente abrumado e incompleto, sin embargo no hay mejor lugar para él que en Su presencia. Sabe que ha sido limpiado de sus pecados, mas aun está dolorosamente consciente de que en él y en su carne no mora el bien.
    Él ama con amor supremo a Uno que nunca ha visto, y a pesar de ser pobre y bajo habla familiarmente con Aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, y está consciente de que no hay incongruencia en hacerlo. Siente que es, en su propio juicio, menos que nadie, pero al mismo tiempo cree sin dudas que es escogido por Dios y que el Hijo Eterno se hizo carne y sufrió la cruz y el oprobio por él.
    El cristiano es ciudadano del cielo y presta su lealtad en primer lugar a esa ciudadanía, aun así él puede amar con tanta intensidad y devoción a sus paisanos aquí en la tierra que puede orar por ellos como hizo Juan Knox al decir: “O Dios, dame Escocia o me muero”.
    Él espera con gozo desde hace tiempo entrar en ese mundo brillante arriba, pero no tiene apuro en dejar este mundo y está bien dispuesto a esperar a u Padre Celestial. No comprende el porqué de la crítica y queja de los incrédulos; todo le parece tan natural y correcto en las circunstancias que él no encuentra ninguna inconsistencia en ellas.
    El cristiano que carga su cruz es, además, pesimista y al mismo tiempo optimista. Es difícil encontrar alguien así en esta tierra. Pero al mismo tiempo es calmado, y paciente. Si bien la cruz condena al mundo, la resurrección de Cristo garantiza el triunfo final del bien en todo el universo. A través de Cristo finalmente todo estará bien y el cristiano espera la consumación. Cristiano Increíble!
    Cuando mira a la cruz es pesimista, porque sabe que el mismo juicio que cayó sobre el Señor de gloria condena en un solo acto toda la naturaleza y todo el mundo de los hombres. Rechaza toda esperanza fuera de Cristo, porque sabe que el más noble esfuerzo humano es sólo polvo edificado sobre polvo.

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 Facetas Hermosas De La Salvación

viene del nº anterior 
     Cuarto, vemos la obra del Espíritu Santo en nosotros. Primero Él trajo convicción como Cristo prometió en Juan 16:8. Después operó en nosotros la regeneración como Tito 3:5 expresa: “...el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”. Derrama el amor de Dios en nuestros corazones (Ro. 5:5). Por Él somos bautizados en el cuerpo de Cristo (1 Co. 12:13), sellados y guardados “hasta la redención de la posesión adquirida” (Ef. 1:13-14). Salvos por la gracia de Dios, “la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Ro. 8:2).
    Quinto, vemos la obra presente de Cristo a favor nuestro en el cielo, a la diestra del Padre. Él nos guarda en Su mano (Jn. 10:28) y nadie nos puede arrebatar. ¡Qué seguridad y qué paz nos da! Él entró en el cielo por nosotros como precursor, dentro del velo, esto es, a la presencia gloriosa del Padre (He. 6:19-20). Su presencia ahí garantiza nuestra llegada a la gloria. Intercede por nosotros (Ro. 8:34), y es el Intercesor perfecto que nos socorre cuando somos tentados (He. 2:17-18). “Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Jn. 2:1). “Mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Ro. 5:10).  El Señor promete a los Suyos: “porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Jn. 14:19). Nuestra vida está escondida en Cristo, y Él es nuestra vida (Col. 3:3-4). “El que tiene al Hijo, tiene la vida” (1 Jn. 5:12).
    Sexto, vemos la venida de Cristo para redimir nuestros cuerpos y recibirnos glorificados en Su presencia. Es el paso final de nuestra salvación cuando seremos transformados, glorificados y estaremos siempre con el Señor. “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Fil. 3:20-21). “Aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (He. 9:28). “Así como hemos traído la imagen del terrenal [Adán], traeremos también la imagen del celestial [Cristo]” (1 Co. 15:49). Todo creyente será como Cristo. Esto es lo que significa Romanos 8:29 al decir: “los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo”. No habla de un plan divino para salvar a pecadores, sino del plan de Dios para todo creyente. ¡Amén, sí, ven, Señor Jesús!
    ¡Cuán grande es la salvación de Dios! Por toda la eternidad adoraremos y alabaremos al que nos amó y nos salvó. “Gócense y alégrense en ti todos los que te buscan, y digan siempre los que aman tu salvación: Jehová sea enaltecido” (Sal. 40:16).                                                                         
Carlos
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 UNA IDEA MONSTRUOSA

"Alguien una vez intentó persuadirme que Dios había escogido a algunos para salvación y otros para condenación. Es una idea monstruosa. Dios no condena arbitraria y soberanamente a la mayor parte de la raza humana a una existencia que no buscaron, bajo términos que no eligieron (la llamada ‘depravación total’), bajo limitaciones que no escogieron (una voluntad depravada y muerta ‘en delitos y pecados’), en una familia arruinada (de Adán), que ellos no involucraron en el pecado original, sólo para arbitriaramente enviar a algunos al infierno por no escoger una salvación ofrecida sólo a unos ‘escogidos’. Esa puede ser la idea que algunos tienen de Dios y la salvación, pero tales conceptos le hacen a Dios un tirano peor que todos los demás en la historia humana. Pero, el Dios de la Biblia no es así, ni es así la salvación que Él nos ofrece...Dios nunca establece condiciones arbitrarias, imposibles y totalmente inalcanzables para venir a Cristo".

John Phillips, Exploring the Gospel of John (“Explorando El Evangelio de Juan”),  Kregel, p. 129, citado por David Dunlap en su libro: Limitando al Omnipotente, publicado por Libros Berea.

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Y la familia de Dios es la más importante. 

"Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana,       y madre".
    Mateo 12:49-50

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El Amor de Dios – Juan 3:16

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.
     Este versículo contiene solo 30 palabras, sin embargo expresa en forma encapsulada todo el evangelio de Jesucristo, y la grandeza del amor de Dios. Muchos han llegado a ser verdaderos creyentes en el Señor Jesucristo a través de este texto. Tal vez será así tu caso.
 
Su Amor Es Sin Razón –  “de tal manera amó Dios al mundo”
    ¿Por qué amaría Dios a un mundo que ha violado Sus mandamientos y diariamente toma Su Nombre en vano? La humanidad ha hecho sus propios dioses, sonrientes ante el pecado, y que toleran todos sus pecados y todavía bendicen sus bodas y funerales. ¿Por qué amaría Dios a un mundo que vive a espaldas de Él, que ha llenado de violencia el planeta, y aun rechazó y mató a Su Hijo? ¡Pero lo ama! Dios es santo y justo, y no puede tolerar nuestro pecado. ¡Su amor debe sorprendernos, porque no hay por qué! De tal manera amó Dios que proveyó una inesperada solución para salvarnos. Su amor no es como el amor humano – es sin razón.
 
Su Amor Es Sin Reserva –  “que ha dado a su Hijo unigénito”
    ¡Qué dádiva! Dio a Su precioso, amado Hijo, Su unigénito, lo mejor del cielo. No nos dio un ángel sino Su eterno Hijo, el Creador del universo. Increiblemente fue enviado a encarnarse y llevar nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, tomando ahí el castigo divino en nuestro lugar, como si Él hubiera cometido todos nuestros pecados y fuera culpable – pero no era culpable – no conoció pecado. Dios no escatimó ni a Su propio Hijo, sino lo entregó por todos nosotros. ¡Eso es amor sin reserva!
 
Su Amor Es Sin Restricción“para que todo aquel”
    Como humanos, nuestro amor es parcial – solemos amar a los que nos aman o nos gustan. Pero Dios ama a los débiles, impíos, pecadores y enemigos Suyos, que describe la condición espiritual de toda la humanidad. Dios no ama sólo a unos poquitos misteriosamente seleccionados y predeterminados. “Todo aquel” incluye a todo ser humano. Todos pueden ser salvos. Cristo murió por todos. Nadie queda fuera del alcance de Su amor.
 
Su Amor Es Sin Mérito –  “que en él cree”
    No dice “el que obra”, sino “en él cree”. La fe no es un don que Dios dé a ciertas personas. Dios te ha hecho capaz de creer, y eso es lo que Él espera. No sacramentos, ni obras, ni promesas ni compromisos sino fe. Cristo hizo la obra de salvación cuando murió por ti y resucitó. La salvación no es una recompensa por obras o religión, sino la dádiva gratuita a los que no la merecen. Cree a Dios, confía en Cristo, y serás salvo.
 
Su Amor Es Sin Revocación“no se pierda, mas tenga vida eterna”
    El amor de Dios no tiene fecha de caducidad ni es un contrato bilateral con condiciones que si no las cumples se invalida. No hay letra menuda. El amor humano es temperamental y puede fluctuar, pero el amor divino no es así. Vida eterna es lo que Dios ofrece. Como toda dádiva, hay que aceptarla, recibirla, y eso se hace por fe, confiando que Jesucristo murió por ti, pagó por tus pecados, fue sepultado y resucitó. Confía en Él, y Dios asegura que no te perderás sino tendrás vida eterna.

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DIOS EL ESPÍRITU
Parte 3
Camilo Vásquez Vivano, Punta Arenas, Chile

viene del número anterior
 
    El Espíritu Santo no es más ni menos santo que las otras dos Personas de la deidad, sin embargo Su obra santificadora aparece después que actúa el Padre y el Hijo (Jn. 5:17). Una vez que Cristo actúa lo hace el Espíritu siguiéndole con Su poder: “Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt. 12:28).
    Es interesante notar que los nombres “Padre” e “Hijo” expresan relación en la deidad. Por su parte “Espíritu” expresa eficiencia y poder en la deidad en que tal eficiencia y poder, sólo se ve actuando una vez que el Padre y el Hijo actúan. Esta eficiencia y poder no se limita a operaciones físicas sino trascendentalmente a la obra esencial de Dios en Su carácter de amor y justicia. Así es el amor de Dios que es derramado por el Espíritu en el creyente (Ro. 5:5), y es el amor del Espíritu que busca el bien de los hijos de Dios (Ro. 15:30), tal amor es conocido y dado después que es conocido el amor del Padre por el amor del Hijo. El Padre es amor (1 Jn. 4:8), el Hijo muestra el amor (1 Jn. 4:9), y el Espíritu lo derrama en aquel que cree en el amor del Padre y del Hijo.
    En términos generales podemos decir que; el Padre origina, el Hijo ejecuta, y el Espíritu Santo perfecciona. Existe en esto una procesión de unidad y equilibrio en las acciones trinitarias. Así pues, la obra de la redención se puede decir que es del Padre, por medio del Hijo, y para el Espíritu Santo (Ro. 11:36). Es el Padre que predestina al Hijo para ser el Redentor  y es el Hijo quién realiza esa redención en el tiempo por el valor de Su sangre, luego es el Espíritu quién aplica esa redención a la vida del que cree y la completa (a). A simple vista parece inferioridad en el obrar, pero es el trabajo predilecto del Espíritu Santo actuar después que las otras dos Personas han hecho su obra. Él espera antes de actuar asegurando toda la potencia de Dios en Sus actos. Él toma lo del Hijo y busca Su gloria, no la suya, así y sólo así, es glorificado el Padre. ¡Qué belleza y admirable nobleza existe en el Espíritu de Dios¡ Si nos evocáramos a imitarle esperando que el Padre actúe y que el Hijo nos hable, nuestras vidas serían para la gloria de Dios y para total realización y gozo celestial. La ruina de muchos hombres de Dios ha sido no esperar que el Espíritu Santo obre en sus vidas aún cuando poseen muchas iniciativas.
    Insistimos en decir que el Padre es primero porque “engendra” eternamente al Hijo (6). El Hijo es la segunda Persona porque es “engendrado” (Sal. 2:7; He. 1:5; 5:5),  aunque Él  también es eterno. El Espíritu es la tercera Persona porque procede tanto del Padre como del Hijo (Jn. 14:26; 15:26). Es distinguible que este mismo orden de la Trinidad se revela en la historia, de modo que el Espíritu Santo no adquiere un papel prominente sino después de que las dos Personas han ocupado el primer plano. Desde la creación es el Padre quién ocupa un papel prominente hasta que llegamos a la encarnación del Hijo. Cuando Cristo entra en acción físicamente presente el Padre da al Hijo todas Sus facultades (Jn. 3:35; Jn. 13:3). Una vez que el Hijo asciende en gloria al cielo, es el Espíritu quién aparece en toda Su plenitud y es llamado Señor (2 Co. 3:17). Es por cierto indiscutible la verdad de que no podemos limitar el ministerio del Espíritu sólo a la regeneración y santificación del creyente, pues como Dios, ha estado presente en toda la historia del hombre y lo estará en el milenio y después en los cielos nuevos y la tierra nueva.

EL ESPÍRITU SANTO EN LA CREACION
 Y SU PRESERVACIÓN

    El Espíritu Santo es Dios como lo es el Padre y como lo es el Hijo. Así en el principio de lo creado de la nada, fue Dios el Padre quién determinó la creación de todo (Gn. 2:4; Sal. 33:6; Sal. 148:4-5) y el Hijo lo ejecutó tal como nos dice el apóstol: “... sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas...y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas...” (1 Co. 8:6). Después de ellos actúa el Espíritu perfeccionando y dando propósito a lo creado: “...y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” ( Gn. 1:2). Sólo el Hijo crea de la nada porque el Padre lo facultó en ese propósito (Jn. 1:3). El Espíritu no crea de la nada sino que toma lo del Hijo y lo embellece. Agrega además Su Palabra: “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca” (Sal. 33:6). Esto del aliento de Su boca es una expresión de Su Espíritu que dió vida a Adán para que fuese un ser viviente con la belleza del raciocinio (Gn. 2:7). La tarea del Espíritu en lo creado por el Hijo es embellecer y perfeccionar: “Su espíritu adornó los cielos...” (Job 26:13). De modo que todo el universo fue adornado por el Espíritu tras la creación del Verbo (i) para que todo reluciera con la gloria de Dios (Sal. 19). En esa obra como Creador el Espíritu sigue dando vida a todo lo que nace como lo es nuestra existencia tal como lo reconoce Job al decir: “El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida” (Job 33:4). En nuestro caso no solo el Espíritu permite nuestra vida espiritual sino que se encarga de proporcionar al mundo hombres inteligentes para que la ciencia llegue a lo que hoy conocemos en el campo de la medicina, la ingeniería, la astronomía, la aeronáutica, etc., etc., con el fin de garantizar la vida sobre la tierra: “Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda” (Job 32:8). Por esto es posible encontrarse con hombres y mujeres muy sabios humanamente hablando y muy inteligentes: “Que nos enseña más que a las bestias de la tierra, y nos hace sabios más que a las aves del cielo?” (Job 35:11). Todas estas son operaciones del Espíritu manifestando Su gracia a la humanidad de modo que no nos sorprendamos que aún siendo tan inteligentes sean incrédulos: “¿Quién puso la sabiduría en el corazón? ¿O quién dio al espíritu inteligencia?” (Job 38:36). En todo existe una soberanía de Dios otorgando al mundo tales mentes para llevar a cabo Sus propósitos de gracia sobre la humanidad. “Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos” (Dn. 2:21). Tales individuos son excepcionales como personas, amables simpáticos que parecen hijos de Dios que respetan a Dios y Su Palabra, como los hay también que odian abiertamente a Dios y Su Palabra. En ambos casos “no tienen el Espíritu” (Jud. 19) y son naturales (1 Co. 2:14). Los primeros logran escaparse de las contaminaciones del mundo por el conocimiento del Señor (2 P. 2:20) y los producen por montones las religiones (Is. 29:13). Los segundos se formaron desde niños en las clases de la iglesia y pertenecieron a familias piadosas pero nunca abrieron sus corazones al Señor para nacer de arriba (2 P. 2:13-15).
    Esta actividad santificadora del Espíritu no se limita al ser humano, sino que a toda la flora y la fauna realizando una obra de renovación y embellecimiento permitiendo cada estación del año sobre la tierra: “Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal. 104:30; véanse Gn. 8:22; Is. 40:7). No hemos de pensar que el Espíritu de Dios realiza esto de modo aislado de las otras personas de la Trinidad sino que lo hace en completa comunión. Así se dice que es el Hijo quién “sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (He. 1:3) siendo esto una expresión acerca del Espíritu exhalado de Sus labios para la preservación de todo lo existente. Esta preservación de lo creado tiene su razón de ser sólo por la presencia de la iglesia sobre la tierra y de aquéllos que por Su gracia son alcanzados por el Espíritu para formar parte de ella. El misterio de iniquidad dice el apóstol Pablo “ya está en acción” (2 Ts. 2:7) sólo que al presente, incluso hoy, hay quién le detiene, refiriéndose a la Persona del Espíritu de Dios (Is. 59:19). Entendamos que el Espíritu no será quitado de la tierra tras el arrebatamiento de la iglesia, sino que será “quitado de en medio” del escenario que santifica y hace agradable este mundo dando paso a la impiedad como nunca antes ha sucedido. Es así que aquellos cuatro ángeles que detienen los cuatro vientos (Ap. 7:1) prefiguran la destrucción de la naturaleza al no tener la preservación del Espíritu sobre ella que sólo era posible porque Él mantenía la vida normal sobre la tierra. Del mismo modo se abrirán las compuertas de la maldad (Zac. 5:5-11) permitido sólo porque el Espíritu de Dios da paso a la iniquidad.
    Así la acción destructora de los vientos solares que hoy son detenidos por el campo magnético, obra del Espíritu (Gn. 1:2-3), se precipitarán como nunca sobre la tierra (3). Entonces a pesar del presente estado de corrupción de la creación producto de la caída (Ro. 8:20-23) el Espíritu Santo mantiene un equilibrio sobre las fuentes de vida permitiendo todos los procesos naturales, para que el hombre sobreviva y para que las especies del reino animal y vegetal subsistan. Si en los días de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero (Ap. 3:10), se ve tanta destrucción sobre lo creado (Ap. 8:7-12), es debido a que el Espíritu ya no protege la creación renovando la faz de la tierra (Sal. 104:30) ya que ha sido quitado Su acción santificadora sobre el mundo. Aún así siendo Dios, es omnipresente y estará ejerciendo Su tarea de sellar a los 144.000 judíos y de rociar con la sangre del Cordero a los que ejerzan fe tras la proclamación del evangelio del reino por estos siervos del Cordero (Ap. 7:13-14).

continuará, d.v., en el siguiente número 
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 El Lugar del Oyente

Dr. Lindsay Parks

La verdad del “lugar de simple oyente” no se practica hoy en la cristiandad. Tristemente, algunos lugares que antes honraban esta práctica bíblica la han abandonado a favor de la inclusión o el “inclusivismo”. La separación es una de las doctrinas más protectoras en el Nuevo Testamento.

Su Aparición
    Es hallada en 1 Corintos 14:15-17, 23-25. Algunos alegan que el hecho de mencionarla solo aquí y en un lugar más, indica que no es tan importante. Realmente, la observancia semanal de la Cena del Señor (Hch. 20:7) y la ofrenda semanal (1 Co. 16:2) sólo se mencionan una vez, sin embargo las guardamos fielemente en las asambleas del pueblo de Dios. Aparece en 1 Corintios, que ha sido llamada la carta constitucional de la iglesia. En el Nuevo Testamento, toda la doctrina de la iglesia es doctrina de las asambleas. No hay unas doctrinas para la cristiandad y otras para las asambleas. Finalmente, es hallada en el capítulo 14 donde aparece la palabra “iglesia” o “asamblea” (gr. ekklesia) más que en cualquier otro capítulo en el Nuevo Testamento (9 veces).

El Contexto
    Algunos enseñan que el contexto del capítulo 14 es el abuso de las lenguas y la participación inapropiada de las mujeres en las reuniones de la asamblea. Estos temas ciertamente están, pero el contexto de toda esta sección del capítulo 11 al 14 inclusive tiene que ver especial pero no únicamente con la Cena del Señor. Es la única reunión de la asamblea donde se usan elementos físicos (el pan y la copa), y donde se manifiesta públicamente la comunión de una asamblea. Por eso es tan importante esta enseñanza acerca de este lugar específico, porque el Nuevo Testamento enseñan consistentenemte que hay un lugar “dentro” y otro “fuera” en relación con la asamblea de Dios.

El Significado
    La Palabra empleada en 1 Corintios 14:16 es “lugar”. Cada vez que se emplea esta misma palabra griega en el Nuevo Testamento, es traducida así: “lugar”. La palabra griega es “topos”, de donde viene la palabra “topografía”. Strong en su concordancia dice: “punto (gen.) en espacio, pero limitado por la ocupación”. El léxicon de Thayer apunta: “cualquier porción o espacio distinguido del espacio alrededor”. Esto es importante porque el versículo 23 emplea otra palabra distinta para “lugar”. Ahí habla de toda la asamblea reunida en un lugar, pero el lugar del simple oyente o indocto es designado como un espacio distinto. Esto, en efecto, es como Dios indica la separación.

El Lugar
    Observa cómo es empleado por el Espíritu de Dios en otros pasajes. En Lucas 4:17, donde el Señor Jesús enseñó por primera vez en público en la sinagoga en Nazaret, “halló el lugar donde estaba escrito” – el pasaje que Él quiso leer. En Lucas 9:10 es empleado del lugar desierto”, el lugar específico a donde quería ir y descansar con Sus discípulos. En Lucas 19:5 leemos: “cuando Jesús llegó a aquel lugar – el punto específico donde Él paró debajo del sicómoro para habar con Zaqueo. En Lucas 16:28 vemos que el hombre rico fue a “este lugar de tormento”. En Juan 14:3 el Señor promete preparar “lugar” en el cielo para Sus discípulos. Lucas 23:33 habla del lugar llamado de la Calavera”. En Apocalipsis 16:16 se usa para hablar del lugar de la batalla final al que Dios lleva a los ejércitos del mundo: “Y los reunió en el lugar que en hebreo se llama Armagedón”. Hoy día algunos enseñan que el “lugar de simple oyente” es solamente una condición del corazón o una actitud, pero el uso repetido de la palabra en el Nuevo Testamento no apoya esta idea.

Los Que Lo Ocupan
    El versículo 23 menciona dos distintos tipos de personas que ocupan este lugar. Dice: “indoctos o incrédulos”. El incrédulo por supuesto es alguien inconverso. El indocto es uno que está para observar la Cena del Señor; es una persona que todavía no ha aprendido la verdad de estar en comunión en la asamblea del Señor, o tristemente ha retrocedido de lo que aprendió. El Espíritu de Dios tiene cuidado de separar a tales personas de los hermanos en comunión durante la Cena del Señor. El hermano Crawford escribió que un término mejor sería “observadores”. El eufemismo común, “sentarse atrás”, no es una expresión bíblica. Pero la ubicación de este asiento debe estar separado de la comunión de la asamblea.

La Protección
    La asamblea no es “nuestra” asamblea, ni “mi” asamblea, sino la asamblea del Señor. Como tal, merece protección. Hay varios casos de pecado que requieren disciplina y necesitan que la persona disciplinada ya no esté “dentro” sino “fuera” de la comunión. La doctrina del “lugar de simple oyente” ayuda a proteger a la asamblea de errores y falsas doctrinas de afuera. Dios anticipó la Cena del Señor mucho antes de Pentecostés. Instruyó a los levitas a mecer una gavilla de las primicias delante de Jehová la mañana después del día de reposo (Lv. 23:11). En la Cena del Señor presentamos a Cristo, nuestras primicias (1 Co. 15:20), ante el Padre. En el Antiguo Testamento Dios habló repetidas veces en contra de la multitud mixta, cosa que Él aborrece. No desea una multitud mixta en una de Sus asambleas, y esta verdad es Su protección para que no entre el error.
    El Nuevo Testamento no enseña la recepción de una persona simplemente a la Cena del Señor. Enseña la recepción a la asamblea. Por eso la persona recibida a la comunión de la asamblea, aunque sea  solamente para una reunión durante una visita, no debe portar nada que pueda manchar o mengüar las verdades doctrinales y la santidad de las asambleas del Señor. Debe haber comunión. No puede haberla con una persona inconversa, o una que viene de la cristiandad, que nunca ha aprendido o que ha rechazado la verdad de la iglesia en el Nuevo Testamento.

Su Importancia
    En este mismo capítulo 14 Pablo informa a los corintios que las cosas que él ha escrito son “mandamientos del Señor” (v. 37). Esta enseñanza es uno de los mandamientos del Señor. Tristemente, pocos lo reconocen así. Y todavía más triste es que algunos que antes la practicaban la han rechazado. El Señor una vez preguntó a Sus discípulos: “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lc. 6:46). Él requiere nuestra obediencia, y desea nuestra fidelidad. No nos ha dado Su Palabra para que escojamos de ella lo que nos guste, ni para que desechemos lo que no. Es un mandamiento. Que Dios nos ayude a todos a entenderlo, ponerlo por obra y honrarlo, por causa de Él y para Su gloria.
   
Traducido de la revista Truth & Tidings (“Verdad y Noticias”), noviembre 2009