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sábado, 31 de marzo de 2018

EN ESTO PENSAD -- abril 2018

LOS ERRORES COMUNES DE LAS SECTAS
 
William MacDonald

 “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1).

Vivimos en una época cuando las sectas se multiplican con asombrosa rapidez. En realidad no hay nuevas sectas; son solamente variaciones de grupos heréticos que surgieron en los días del Nuevo Testamento. Es su variedad la que es nueva, no sus dogmas básicos.
        Cuando Juan dice que debemos probar los espíritus, quiere darnos a entender que debemos probar a todos los maestros por medio de la Palabra de Dios, para que podamos detectar a aquellos que son falsos. Hay tres áreas fundamentales donde las sectas quedan al descubierto como falsificaciones. Ninguna secta puede pasar estas tres pruebas.
        La mayoría de las sectas son fatalmente defectuosas en su enseñanza referente a la Biblia. No la aceptan como la inerrante Palabra de Dios, la revelación final de Dios al hombre. Igualan su autoridad con los escritos de sus propios líderes. Reclaman tener nuevas revelaciones del Señor y se jactan de esta “verdad nueva”.  Publican su propia traducción de las Escrituras que tuerce y pervierte la verdad. Aceptan la voz de la tradición a la par con la Biblia. Manejan la Palabra de Dios fraudulentamente.
        La mayoría de las sectas son heréticas en sus enseñanzas acerca de nuestro Señor. Niegan que es Dios, la Segunda Persona de la Santa Trinidad. Admiten que es el Hijo de Dios, pero con esto dan a entender algo menos que igualdad con Dios el Padre. A menudo niegan que Jesús es el Cristo, enseñando que el Cristo es una influencia divina que vino sobre el hombre Jesús. Con frecuencia niegan la verdadera humanidad impecable del Salvador.
        Una tercera área en la que las sectas se condenan es en lo que enseñan tocante al camino de salvación. Niegan que la salvación es por gracia por medio de la fe en el Señor Jesucristo solamente. Cada una de ellas enseña otro evangelio, es decir, salvación por las buenas obras o buena conducta.
        Cuando los propagadores de estas sectas llegan a nuestra puerta, ¿cuál debe ser nuestra respuesta? Juan no nos deja en duda: “no lo recibáis en casa, ni le saludéis. Porque el que le saluda, participa en sus malas obras” (2 Juan 10-11 traducido de la Biblia parafraseada por Phillips).
de su libro: DE DÍA EN DÍA, Editorial CLIE
 
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HONRAD AL HIJO

He aquí cuatro razones por las que el Padre manda que todos honren al Hijo:                  
1. El Padre ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo (Jn. 5:26). El Padre señala en Su Hijo la más grande prueba de Su deidad: existe por sí mismo. No sólo el Padre existe así, sino también el Hijo. Esto significa que el Hijo no depende de otro para Su existencia. Es eterno como el Padre. No hay ángel ni otro ser creado que sea así Juan 1:4 afirma: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Cristo declaró: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Jn. 14:6).
2. Todo lo que el Padre hace lo hace el Hijo igualmente (Jn. 5:19b). Nadie más en cielo o tierra puede decir esto. Así como el Padre creó el mundo y gobierna el universo, y sustenta todas las cosas con Su poder, así también hace el Hijo. Este varón, Jesús de Nazaret, que fue menospreciado en las calles de Israel, es Dios hecho hombre, y aunque encarnado así, todavía andaba en perfecta comunión con el Padre. En Juan 10:30 dijo: “Yo y el Padre uno somos”.
3. El Hijo tiene autoridad de dar vida a los muertos que Él quiere (Jn. 5:21). Al resucitar a Lázaro, no pidió permiso para hacerlo, porque tenía autoridad para dar vida a los muertos. Sin embargo, oró al Padre porque hacía todo en comunión perfecta con Él.  Así fue en todos los casos cuando Él resucitó a muertos, y los incontables muertos que resucitarán en el futuro. Llegará un momento en que la voz del Hijo de Dios se oirá (no la del Padre ni del Espíritu), y Su potencia alcanzará a todos los que están en los sepulcros. Los muertos oirán la poderosa voz del Hijo de Dios, y saldrán.
4. El Hijo tiene autoridad para juzgar (Jn. 5:22, 27). Todo el juicio que se realizará en el futuro, sobre toda la humanidad – creyentes e incrédulos, grandes y pequeños, reyes y vasallos – será por el Señor Jesucristo, el Hijo eterno de Dios. El Salmo 50:6 declara que “Dios es el juez”, y el Señor Jesucristo es el Juez porque es Dios .
    Postrémonos delante de Él reconociendo que es igual a Dios, uno con el Padre, la resurrección y la vida, y Creador y Juez eterno. En el Señor Jesucristo Dios ha puesto Su poder, divinidad, justicia, gloria, y excelencia. ¡Es digno de nuestra adoración y honra! 

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La Doctrina y La Unidad

“Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos” (Ef. 4:3-6).

Se oye decir entre los neo-hermanos y otros neo-evangélicos que hay doctrinas secundarias en las que podemos ceder para que haya mayor unidad entre creyentes. Esto es un error. Primero, nota en el texto citado que ya existe la unidad, y que es la del Espíritu (v. 3); no es nada hecha por los hombres. No hay unidad entre carnales y espirituales, entre mundanos y santos, entre falsos maestros y los que no enseñan otra doctrina. No hay unidad entre los que han nacido de nuevo y los que son cristianos nominales.  Hay un solo cuerpo, pero es el de Cristo, y cierto es que no hay nada falso allí.
    Observa también que la unidad del Espíritu es de la “una fe” (v. 5). Esto se refiere a la fe una vez dada a los santos (Jud. 3), por medio del Señor, los apóstoles y profetas, y que está escrita en el Nuevo Testamento.  Hermanos, esa fe no se divide en categorías de doctrinas principales y secundarias o no esenciales. Todo es esencial para el creyente y discípulo. En Mateo 23:23 el Señor enseñó que aunque no todo lo que hay en la Escritura es de igual importancia, todo sí tiene importancia. Nada que la Escritura enseña debe ser despreciado o marginado para conseguir una unidad. Está claro que para ser salvo, es necesario el evangelio. Pero para el creyente – el discípulo – es necesario guardar todo (Mt. 28:20), y contender ardientemente por la fe. Sigamos el sano consejo de Proverbios 23:23, “compra la verdad, y no la vendas”. Toda la Palabra de Dios es verdad (Sal. 119:160; Jn. 17:17). La unidad del Espíritu no puede ser guardada a expensas de la sana doctrina que Él inspiró.
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Isaías: La Biblia Chica
 
Hay 66 capítulos en el libro de Isaías, como también hay 66 libros en la Biblia. ¿Coincidencia?  Tal vez, pero considera que Isaías se divide en dos partes distintas, tan distintas que algunos incrédulos han tropezado por las diferencias entre esas dos partes, y dicen que el libro de Isaías son dos libros escritos por dos hombres distintos (a pesar de que hay mucha evidencia interna que señala a Isaías como el único escritor). ¿Te sorprenderá saber que la primera sección tiene 39 capítulos y la segunda tiene 27? Esto corresponde exactamente al número de los libros en el Antiguo Testamento y en el Nuevo.
    Al final de la primera sección de Isaías, la que corresponde al Antiguo Testamento, hay cuatro capítulos (36-39) que son repetidos casi palabra por palabra en algunos casos, en 2 Reyes 18-20 y 2 Crónicas 32. Quizá el historiador que compuso Reyes y Crónicas bajo la inspiración del Espíritu de Dios empleaba el libro de Isaías como uno de sus fuentes de información. En todo caso, los dos primeros capítulos (36-37) son un cumplimiento de la profecía acerca del colapso del reino de Asiria, el cual fue profetizado con frecuencia en la primera sección del libro. Los dos últimos capítulos (38-39) anuncian y señalan el cautiverio en Babilonia, que es tan destacado en la segunda parte del libro.
    El capítulo 40 da comienzo a la segunda sección de Isaías, la que corresponde al Nuevo Testamento, y lo hace con una palabra de consolación y una profecía acerca del precursor del Mesías. Estos detalles tienen su cumplimiento en el principio o muy cerca del principio de cada uno de los cuatro Evangelios en el Nuevo Testamento. Los últimos 27 capítulos de Isaías se dividen muy bien en tres secciones de nueve capítulos (40-48, 49-57, 58-66). Estas tres secciones están separadas por el solemne anuncio de parte de Dios que "no hay paz para los malos" (48:22; 57:21). Entre los nombres que Isaías usa para designar al Mesías, "el Siervo" es uno de los más destacados. Isaías escribe acerca de Él en cuatro "cánticos del Siervo" muy hermosos. Los tres primeros se encuentran en los capítulos 42, 49 y 50 respectivamente. El cuarto, que es a la vez el más largo y el más precioso de ellos, es del 52:13 al 53:12, es decir, en el mismo centro de esta segunda sección de Isaías. El versículo 5 del capítulo 53 es el octavo versículo del cántico, el versículo central del cántico y de la segunda sección de Isaías, la que corresponde al Nuevo Testamento. ¿Y qué dice?

de una carta de Norman Roberts, de Ardsley, Pennsylvania, EE.UU., diciembre de 1988.
 
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La puntualidad es importante. Es parte de la reverencia, y el amor a los hermanos. Llegar tarde es perder parte de la reunión, y causar un estorbo. 
Por ejemplo, si la reunión comienza a las 11:00, llegar a las 11:00 es llegar tarde. Es aconsejable salir de casa con tiempo para llegar al local como 10  minutos antes, para dar tiempo a saludar y tomar tu asiento con tranquilidad. Gracias.
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¡Mira!


Dios exclama: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Isaías 45:22). Es un llamado divino, una exhortación, una invitación: “Mirad a mí y sed salvos”. La gente mira muchas cosas, la tele, el internet, el teléfono, las revistas, otras personas, pero no a Dios. Somos llamados a mirar a una Persona, no una religión, ni la imagen de un santo, sino a Dios mismo. Para ser salvos hay que mirarle a Él, no a los religiosos, filosóficos, científicos ni otros. Él no es un concepto, ni una fuerza, sino una Persona. Dios se reveló, encarnado, en la Persona de Jesucristo.
    Como en Números 21:8-9, las personas mordidas por las serpientes ardientes sólo tenían que mirar con fe a la serpiente de bronce que Moisés alzó, y vivirían. En Juan 3:14 Cristo indicó que Él sería levantado (crucificado) para que todos creyesen en Él. Amigo, has sido mordido por la serpiente antigua, el diablo, y el veneno mortal del pecado está en ti. Te mueres, tu vida se te va, el fin se acerca. ¿Qué harás? Dios dice: “Mirad a mí, y sed salvos”.
    Pero, ¿cómo podemos mirar a Dios si Él es Espíritu? Con fe, creyendo Su mensaje de salvación: el evangelio del Señor Jesucristo, el único que puede salvarte.
    La mirada de fe al que ha muerto en la cruz, 
infalible la vida nos da:
    Mira, pues, pecaador, mira pronto a Jesús, 
y tu alma la vida hallará.
    ¡Ve! ¡ve! ¡ve a Él!  
Que si miras con fe al que ha muerto en la cruz,
    Al momento la vida tendrás.

    ¿A quiénes se les extiende esta invitación? Observa cuidadosamente, porque no es a los religiosos, a cierto número de escogidos o predestinados. No se limita a ningún grupo étnico ni hay otras limitaciones. “Todos los términos de la tierra”, dice Dios. El evangelio no es para cierta cultura, sino para todo el mundo, porque todos tienen el mismo problema: el pecado. “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Y Dios ama al mundo (Jn. 3:16) y “quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Timoteo 2:4). No quiere que ninguno perezca (2 Pedro 3:9).
    Entonces, si te pierdes, amigo, Dios no tendrá la culpa. Él envió a Su Hijo Jesucristo a morir como tu Sustituto en el Calvario, donde Él llevó tus pecados en Su cuerpo sobre el madero y pagó la pena de muerte por ti. Y Dios ha proclamado esta buena nueva – tú lo sabes. Dios te ha invitado a ti y a todos a mirar y ser salvos. Si te pierdes, sólo tú tendrás la culpa. Si te salvas, no será por nada que hayas hecho, pues Dios te invita a mirar con fe a Aquel que te puede salvar. Sólo Jesucristo.
    “Porque yo soy Dios, y no hay más”. El único camino de salvación es Jesucristo. No hay más. “Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
 
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¡ A L E L U Y A ! ... ¿ ?
 

Según el Nuevo Testamento, ¿cuántas veces resuena el ALELUYA sobre la Tierra?  Esta pregunta la hizo un predicador amigo a un hermano que con impertinencia interrumpía sus prédicas voceando de voz en cuello “¡A l e e e l u u u y a!” en los momentos más inoportunos durante el sermón.
    “¿Qué cuántas veces resuena el aleluya en la tierra?”  “Pues... muchas, muchas veces”, respondió el hermanito. “Pues vea”, le dijo el predicador, “Aleluya no resuena en al tierra ni una sola vez en el Nuevo Testamento. Resuena sólo en el cielo y esto únicamente en un solo capítulo del último libro de la Biblia”.
    No obstante este limitado uso, aquí en la tierra escuchamos el Aleluyeo en cantidades astronómicas. Algunos lo usan superficialmente como si se tratara de un estribillo o de un refrán. Otros para hacer demostraciones de espiritualidad. Predicadores hay que cuando se les acaba la gasolina apelan al Aleluya como relleno para tomar impulso; como una pausa de punto y coma en lo que se les va ocurriendo más palabrerío para proseguir. Hay quienes lanzan aleluyas repetidamente, fuertemente, atronadoramente, como si fueran saetas incendiarias. Las envían para incitar emotivamente a los oyentes. En turno, éstos se las devuelven con estrepitosas andanadas como si se tratase de un ametrallamiento entre dos bandos. La gritería sube tanto de volumen y de color que es capaz de intimidar al más bravucón y  ensordecer a cualquiera.
    El modelo de predicadores, Jesucristo, pronunció su sin igual Sermón del Monte de los capítulos 5, 6 y 7 de Mateo sin usar el recurso de los Aleluyas ni una sola vez. Los Aleluyas estuvieron ausentes de Su brillante Sermón del Monte Olivar del capítulo 24. Lo mismo hizo su fogoso discípulo Pedro cuando le tocó predicar el histórico sermón del día de Pentecostés y su productivo mensaje en la casa del centurión Cornelio. Notamos la ausencia de los Aleluyas en el sermón de San Pablo a los filósofos sobre el Areópago ateniense y en sus discursos de defensa frente a los gobernadores Félix y Porcio Festo y ante los reyes Agripa y Berenice. Los predicadores contemporáneos más destacados, sustanciosos y fructíferos, tampoco incluyen los Aleluyas en sus mensajes.
    Con amargo espíritu de juicio hay quienes se permiten clasificar de “fríos” los cultos donde el Aleluya brilla por su ausencia. Para ellos la temperatura de un culto se mide A l e l u y a m e n t e. Aún los creyentes individualmente son enjuiciados de “fríos” o absueltos como “calientes” dependiendo del número y del volumen con que truenen sus "Aleluyas" en el culto. Esta desafortunada consigna arroja resultados negativos. Promueve entre los nuevos convertidos un aceleramiento desproporcionado por aprender rápido lo que ellos perciben ser las leyes del juego y el carnet de pase a la aceptación. ¿Resultado? que muy pronto se les ve en el pleno descargue de Aleluyas al por mayor y detalle.
    Este estado de cosas es por demás triste, deprimente e innecesario. Se hace intolerable al que llega a discernir que se puede llegar a este y a cualquier otro aspaviento sin tener raíz, ni profundidad en la vida espiritual. Cualquiera puede hacer esto. No es tan difícil condicionar la emoción, ni descargarla por el tubo de la rutina.
    Resulta contraproducente cuando en medio de un sermón en el que el predicador dice “si no te arrepientes irás al infierno”, la gritería responda: “¡Amén! ¡Aleluya!” como si dijera: “¡Qué bueno que ese va para el infierno!  ¡Así sea alabado Dios por ello!” A veces el orador narra con destreza e intensidad emocional una volcadura de automóvil en la que pierden la vida sus ocupantes. Ilustraciones de esta naturaleza suponen evocar en el auditorio un profundo sentimiento de pena, de identificación con la desdicha de los accidentados, pero...¿cómo se responde? “¡Aleluya, gloria a Dios!”
    Quede claro que no estamos inculpando a los que A l e l u y a n como quienes hacen estas inapropiadas intervenciones con intenciones de producir efectos negativos. Eso nunca. Todo lo que este asunto demuestra es que se puede ser víctima de psicosis, y que ésta puede estar barrenada tan hondamente, que ésta apriete el gatillo inconscientemente. Una vez sale este disparo, ya no se le puede hacer regresar. Pero es el caso que el uso inoportuno, inapropiado, indiscriminado de esta significativa palabra de alabanza, además de ser absurdo, deja impresiones muy desfavorables en el ánimo de las gentes. El sabio Salomón en Proverbios capítulo 25, versículo 11 exhorta: “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene”. Las palabras dichas con sazón en el tiempo adecuado son como la combinación de estos dos metales preciosos cuando se confecciona un ornamento. Son palabras sobre ruedas que se mueven, ensanchan su benéfica influencia, y no mueren. El proverbista subraya en su libro de que bajo el sol hay tiempo oportuno para todo. Esta filosofía debía servir como una saludable lección. San Pablo por su parte anima a los cristianos colosenses a “andar sabiamente para con los de afuera” y para ello les recomienda: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal” [4:5-6].

¿QUÉ SIGNIFICA ALELUYA?

    Aleluya es un vocablo Hebreo compuesto del verbo Alelu que significa load y el nombre Ya que es una abreviación de Yavéh, Yaué, Yajué o Jehová. El nombre de la Deidad que invoca la palabra Aleluya, hace de ella una palabra de un significado profundo, muy profundo. Tan profundo como la inmensidad del Ser que forma parte de su estructura. Aleluya es tan sublime como el Dios a quien supone va dirigida su alabanza. El nombre de Yavéh que incluye la invocación de este vocablo debe hacernos pensar dos veces antes de ametrallar a mansalva a un auditorio con esta sagrada palabra. Aleluyar sin ninguna consideración, sin ninguna ciencia o discriminación, sólo para darnos a conocer como cristianos o quizás sólo para ser vistos  u oídos, o para producir ruido, o para impresionar a otros de nuestra espiritualidad, para aparentar que “estamos en la cosa” o para “calentar” un culto, nos pone en el riesgo de usar el nombre de Yavéh en vano. Aleluya, repito, significa alabad a Yavéh o Jehová. Yavéh es Dios, alto, sublimado, y su carácter es reverendo o reverenciable.
    Los judíos tenían un concepto tan elevado y un escrúpulo tan profundo en cuanto al uso del Nombre del Inefable, que eran en demasía puntillares observando la prohibición del tercer mandamiento de la ley de Dios. Este mandamiento dice: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano” [Éxodo 20:7]. Poseídos de un profundo sentimiento de reverencia al Nombre de Yavéh, los judíos se abstenían de pronunciar este nombre y preferían substituirlo con otras designaciones como Adonai o Elohim. Al transcribir las Sagradas Escrituras cuando estas contenían el nombre Jehová/Yavéh, los escribas pausaban y se lavaban mucho las manos antes de transcribir el nombre de la Deidad.
    La única porción del Nuevo Testamento que contiene la palabra Aleluya en el capítulo 19 de Apocalipsis. En sus primeros seis versículos encontramos una gran multitud en el cielo que la trae a colación cuatro veces. La primera vez se encuentra en el versículo uno y dice: “Después de esto oí una gran voz de gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya!  Salvación y honor y gloria y poder son del Señor Dios nuestro”. Como bien señala el predicador canadiense, Boyd Nicholson, éste es el Aleluya de redención o de salvación si se quiere. Lo entonan con regocijo los redimidos por la sangre del Cordero que ahora moran en la casa celestial.
    La segunda vez se halla en el versículo tres donde se lee: “Otra vez dijeron: ¡Aleluya! Y el humo de ella sube por los siglos de los siglos”. Este es el Aleluya de retribución o de juicio sobre la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, vengando la sangre de sus siervos de la mano de ella.
    La tercera mención de la palabra se hace en el versículo 4 y éste dice: “Y los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron en tierra y adoraron a Dios, que estaba sentado en el trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya!”  Este es el Aleluya de adoración que entonan los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes que se postran ante el trono de Jehová - Yavéh – para adorarlo.
    La cuarta y última mención de Aleluya la hace el versículo 6 en estos términos: “Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!”  Este es el Aleluya de subordinación a la majestad, al señorío, al reinado del Señor Dios Todopoderoso.
    Aleluya, amigo nuestro, es una palabra para el uso exclusivo de los redimidos, de los que conocen al Señor, le aman, y le reverencian. Si usted lee este tratado ahora y todavía no ha sido redimido de sus pecados por la sangre preciosísima de Jesucristo, quiero invitarle a arrodillarse en cuerpo, y a inclinarse en espíritu ante la majestad de Dios, y allí, arrepentido de sus pecados, confíe en Él para que lo perdone y reciba en Su familia. La Biblia nos asegura que a los que reciben al Hijo de Dios como Salvador, Él los hace hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Acepte a Jesucristo hoy y aprenda en la sinceridad y en la profundidad de su corazón a decirle: ¡ALELU- YA!
Mariano González V.
 
 
Nota: Se les recuerda a las hermanas que es indecoroso que una mujer hable en la congregación (1 Co. 14:34-35). Debe guardar silencio (1 Ti. 2:11-12). No es machismo ni mandamiento de hombres, sino de Dios. Esto incluye preguntas, comentarios, motivos de oración, orar en voz alta o baja, pedir himnos, y decir "amén" ella sola -- no se debe oir la voz de una mujer en la congregación. Puede cantar con los demás, pero no ella sola. Las razones que la Biblia da no son culturales. Son mandamientos del Señor.
- Carlos
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El Cristiano Y La Política
Capítulo 7
 
Escrituras, Por Favor

A lo largo de este libro presentamos muchas Escrituras que enseñan al creyente cuál debe ser su actitud y comportamiento. No es cuestión de saber discutir, debatir o enredar y vencer a otros con lógica. Algo puede ser lógico pero erroneo y malo. William MacDonald dijo que en las cosas de Dios y la vida de fe, a veces la lógica es veneno. Así que insistimos que los activistas cristianos se abstengan de usar lógica y la sabiduría del mundo, y en lugar de eso, defiendan su posición con las Escrituras, si pueden. Esto les presenta un problema. ¿Qué versículos hallan que claramente enseñan que el creyente tiene obligación o siquiera libertad para participar en la política? ¡Cuidado!
    No podemos aceptar su uso de versos acerca de José, Moisés, Daniel, Ester, Nehemías o los reyes buenos de Israel. Todos esos eran judíos en el tiempo del Antiguo Testamento, no parte de la iglesia. Dios prometió a los judíos una tierra, un rey, un reino, riquezas y bendiciones materiales en la tierra.
    En 1 Corintios 10:32 tenemos las tres divisiones de la humanidad: judíos, gentiles y la iglesia de Dios. Son grupos muy distintos y no deben confundirse ni mezclarse, aunque eso pasa a menudo. Los cristianos pertenecemos a la iglesia, al cuerpo de Cristo. La iglesia está compuesta de judíos y gentiles salvos por la fe en la edad de la gracia. Así que el judío creyente hoy en día es parte de la iglesia. Dios no promete a la iglesia una tierra, un rey, un reino ni riquezas y bienes materiales. La orientación y esperanza del cristiano son celestiales, no terrenales (véase Col. 3:1-4). Hoy el creyente, aunque sea judío, no tiene mandato ni permiso a involucrarse en los reinos de este mundo. Las palabras del Señor Jesucristo a Pilato están llenos de sentido para nosotros Sus discípulos: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Jn. 18:36).
    Así que, puesto que estamos examinando el asunto de “cristianos involucrados en la política”, sus proponentes tendrán que darnos algunos textos del Nuevo Testamento. Deben citar clara enseñanza del Señor y Sus apóstoles, más allá de toda duda, que indique que los cristianos deben involucrarse en la política o buscar ser parte de los gobiernos. Queremos ser como los de Berea que escudriñaban cada día las Escrituras para ver si las cosas que oían eran así (Hch. 17:11). ¿El Señor enseñó la política en los evangelios? ¿La iglesia entró en la política en los Hechos? ¿Los apóstoles enseñaron el valor de la politica en las epístolas? La respuesta a estas tres preguntas es: “no”. El Nuevo Testamento no enseña que los creyentes deben entrar en la política y los gobiernos para hacer bien. Tal vez por eso se molestan tanto algunos políticos religiosos cuando decimos: “capítulo y versículo por favor”. ¡Saben que no tienen nada!
    Apocalipsis, el último libro en el Nuevo Testamento, menciona la política, el sistema y partido político único en el gobierno de Satanás, la bestia y el falso profeta en capítulo 13. Ellos formarán un gobierno mundial que será extremadamente popular. “Y se maravilló toda la tierra en pos de la bestia, y adoraron al dragón que había dado autoridad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién como la bestia, y quién podrá luchar contra ella?” (Ap. 13:3-4).
    ¡Pero Dios tiene la respuesta, y la da en el capítulo 19! El Señor de señores y Rey de reyes, el Verbo de Dios, no vendrá para una campaña electoral sino militar, y quitará la corrupta y rebelde política de este mundo. “El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Ap. 11:15).
    William MacDonald explica el significado de Juan 18:36 para los que somos seguidores de Cristo:

    “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían...” (Juan 18:36).
    El hecho de que el Reino de Cristo no es de este mundo debe bastarme para mantenerme alejado de la política del mundo. Si participo en la política, doy un voto de confianza a favor de la capacidad del sistema para resolver los problemas que aquejan al mundo. Pero francamente no abrigo esta confianza, porque sé que “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19).
    La política ha dado muestras de ser singularmente ineficaz al tratar de resolver los problemas de la sociedad. Los remedios de los políticos son como una tirita sobre una llaga supurante; no llegan a la fuente de la infección. Sabemos que el pecado es el problema básico de nuestra sociedad enferma. Cualquier cosa que no trate con el pecado no puede ser tomada en serio como remedio.
    Se trata de un asunto de prioridades. ¿Debo emplear mi tiempo participando en la política o dedicarlo a extender el evangelio? El Señor Jesús contesta la pregunta con estas palabras: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve y anuncia el reino de Dios” (Lc. 9:60). Nuestra prioridad máxima debe ser dar a conocer a Cristo porque Él es la respuesta a los problemas de este mundo.
    “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Co. 10:4). Si esto es así, nos encontramos ante la tremenda realidad de que es posible darle forma a la historia nacional e internacional con la oración, el ayuno y la Palabra de Dios mucho más de lo que podríamos por medio de la votación.
    Una figura pública dijo una vez que la política es corrupta por  naturaleza   y añadió esta palabra de advertencia: “La iglesia no debe olvidar su verdadera función tratando de figurar en un área de los asuntos humanos donde todo lo que conseguiría es ser un pobre competidor... si participa, perderá la pureza de su propósito”.
    El programa de Dios para esta Era es llamar de entre las naciones a un pueblo para Su Nombre (ver Hch. 15:14). El Señor está resuelto a salvar a muchos de este mundo corrupto, en vez de hacerles sentirse a sus anchas en él. Debemos comprometernos a trabajar con Dios en esta gloriosa emancipación.
    Cuando la gente le preguntaba a Jesús qué debía hacer para poner en práctica las obras de Dios, la respuesta fue que la obra de Dios es que creyeran en Aquél que Él ha enviado (ver Jn. 6:28-29). Ésta, pues, debe ser nuestra misión: llevar a los hombres a la fe, no a las urnas.
De Día En Día (CLIE) lectura para el 18 de enero
 
del libro El Cristiano Y La Política, por Carlos Tomás Knott
para obtener un ejemplar en español o inglés:


 
 
 
 

miércoles, 28 de febrero de 2018

EN ESTO PENSAD -- marzo 2018

Deposite En El Banco De La Fe

En las cosas ecuatorianas descubrieron un galeón hundido. Era original de España y llamaban su nombre: “La Capitana Jesús María”. Al verificar notas y averiguar en los anales de la historia, comprobaron que el siniestro ocurrió en el año 1654. Luego de intensos trabajos dieron con los tesoros en oro y plata.
    Calcularon su valor en 4.242 millones de dólares (más de 3 mil millones de euros) y comenzaron las disputas para repartir el botín. Interesante, ¿no? Pero no trascendente. Un proverbio latino dice: “La fortuna es un cristal; brilla, pero es frágil”.
    Tú y yo vivimos en la cultura de la gratificación inmediata. El consumo está consumiendo la vida de las personas. Hoy vives pagando lo que ya consumiste. Hay un afán desmedido por poseer, y eso marca el ritmo de las vidas. Tú vales lo que tienes. Vales por tu profesión, por tu aspecto, por tus posesiones, por tus riquezas. ¿Pero qué de aquellos que nunca tuvieron nada? ¿Eres importante para la sociedad si no ocupas un lugar privilegiado?
    Si te sientes desdichado o marginado, tengo algo para ti. La Biblia dice: “Tales son las sendas de todo el que es dado a la codicia, la cual quita la vida de sus poseedores” (Pr. 1:19). “Las riquezas del rico son su ciudad fortificada, y como un muro alto en su imaginación” (Pr. 18:11).
    Hay casos de personas que se quitan la vida por dinero... Pero ¿somos verdaderamente ricos? ¿No dice la Biblia que las riquezas son grandes en la imaginación? Amigo, no te afanes: desnudo viniste al mundo y desnudo te irás. Polvo eres y al polvo volverás. El Señor Jesús advirtió: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?” (Mr. 8:36).
    El Hijo de Dios escogió un camino diferente. No fue hacia arriba, sino hacia abajo. “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9). “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:19-21).
de “Manzanitas de Oro”, noviembre 1999
 
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Dios Y Los Secretos

Una frase que oímos a veces, dicha en voz baja, es: "No lo digas a nadie. Es un secreto". Puede haber secretos buenos, es decir, bienes que se planifican hacer como sorpresa. En Mateo 6 el Señor Jesús nombra tres cosas que debemos hacer en secreto. 
(1) La limosna u ofrenda - que sólo el Padre celestial lo vea. 
(2) Hablar de nuestras necesidades - en oración al Padre que oye en secreto. 
(3) Ayunar - sin publicarlo. El Padre celestial lo ve en secreto.
    En Jeremías 23:18 y 22 hay algo llamado "el secreto de Jehová". Es la íntima comunión con Él, leyendo, estudiando y meditando en Su Palabra, orando, siendo guiados por Él. Los que no están en Su secreto erran en sus predicaciones y otros ministerios, como los falsos profetas entonces y los falsos maestros ahora.
    Pero parece que la mayoría de los secretos no son así de buenos. ¿Qué pasaría si los demás supieran las cosas que encerramos y ocultamos? El paso del tiempo no lava ni borra los secretos. Hay que venir a cuentas con Dios, el Juez justo.
    Es posible ocultar de otras personas algún pecado, pero Dios lo ve todo. Un joven puede engañar a sus padres, aparentando de una manera delante de ellos y de otra manera cuando no le vean. Un esposo o esposa puede ocultar algo de su cónyuge, como el hombre que fumaba cuando estaba fuera de casa, o la mujer que leía novelas de pasión en secreto. Hay empleados que roban a sus jefes. Hay empresarios que mantienen dos juegos de libros de contabilidad, uno para el gobierno y otro que registra operaciones secretas. Pero con Dios no hay secretos.
    En Josué 7 leemos la triste historia de Acán y cómo quiso ocultar su desobediencia. Pero fue expuesta por Dios y juzgada por Israel, y les costó la vida de él y su familia porque ellos eran complices en el pecado secreto. Deuteronomio 13:6-11 nos manda no ocultar el pecado en familia o entre amigos. Hay que sacarlo a luz y juzgarlo.
    David pecó en secreto con Betsabé, pero ahora lo sabe todo el mundo. Dios mandó al profeta Natán a reprenderle y prometió castigo público. "Porque tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol" (2 S. 12:12).
    El profeta Ezequiel fue llevado en visión de Dios a Jerusalén en el capítulo 8 para ver todos los pecados secretos de los líderes de Israel. Dios así les dejó saber que Él lo veía todo. En Ezequiel 9 viene el castigo.
    En Génesis 16:13-14 Agar declaró algo que todos nosotros debemos aprender y dejar que afecte nuestro comportamiento: “Tú eres Dios que ve.,..el Viviente-que-me-ve”. Dios lo ve todo (Sal. 139:1-4). Alguien puede cerrar la puerta, apagar la luz o ir adonde no le conocen, pero Dios ve y sabe todo.
    El Salmo 44:21 declara: “él conoce los secretos del corazón”.  Podemos guardar cosas y ocultarlas de los demás, pero no de Dios.
    Jeremías 32:19 reconoce lo que Israel había olvidado: “tus ojos están abiertos sobre todos los caminos de los hijos de los hombres...” Así es la óptica divina. Todavía hoy hay quienes piensan que "No verá JAH" (Sal. 94:7), pero se equivocan. Lo ve todo.
    En Mateo 10:26 el Señor Jesús advierte: “no hay nada oculto que no haya de ser revelado”. Tarde o temprano todo saldrá a la luz. En Lucas 12:2 dijo: “nada hay encubierto que no haya de descubrirse”.
    Esos secretos feos, encubiertos de los demás, si no hay arrepentimiento y perdón, saldrán en el juicio de Dios. Romanos 2:16 afirma que “Dios juzgará...los secretos de los hombres”.
    El Juez lo sabe todo. Hebreos 4:12-14 “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”.
    Por eso, es aconsejable andar en la luz (1 Jn. 1:5-7). Si jugamos con dos barajas, seremos descubiertos. Dios nos manda confesar nuestros pecados (1 Jn. 1:9), y promete que la sangre de Su Hijo Jesucristo nos limpia de todo mal. Sólo así se borran los secretos feos. David recordaba cosas malas de su juventud y oraba así: "De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; Conforme a tu misericordia acuérdate de mí, Por tu bondad, oh Jehová" (Sal. 25:7).

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Elías Desalentado
 
“Y volviendo el ángel de Jehová la segunda vez, lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta” (1 R. 19:7).
    Vemos aquí a Elías – el fuerte varón de Dios – en una condición de agotamiento y desánimo. Pero Dios estaba atento a Su siervo, y reconoció su condición y que su viaje era largo y difícil. Envió a Su ángel (no un psicólogo) para ayudarle. Aprendemos que aun los más fuertes pueden hallarse sin fuerzas ni ánimos. Pero qué bueno es saber que nuestro Dios nos ve y comprende. El Salmo 103:13-17 afirma:
Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo. El hombre, como la hierba son sus días; florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció, y su lugar no la conocerá más. Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen”.

    El Señor, en Su tierna misericordia ayudó a Elías, y hermanos, también tiene cuidado de nosotros (1 P. 5:7). Enviará ayuda desde el santuario (Sal. 20:2). Dios proveerá recursos para restaurarnos y fortalecernos, haciéndonos útiles nuevamente en Su servicio.
W. H. Burnett, del calendario devocional “Choice Gleanings”, traducido y adaptado
 
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VENID JUNTO A LA CRUZ
 
Venid junto a la cruz,
Los que buscáis perdón,
Hallar podréis la paz, salud,
Y eterna redención.
Venid al pacto eterno del amor,
Oíd la voz de nuestro Salvador.

¡Qué amarga vuestra sed!
¡Qué lejos la virtud!
Ya no ignoráis la sutil red,
De vuestra esclavitud.
Venid, la cruz de Cristo es manantial,
De redención y gozo perenal.

Miráis con ansiedad,
La llaga y el borrón,
Que vuestra ciega iniquidad,
Dejó en el corazón.
Pensáis amedrentados que tal vez
A Su presencia os llame pronto el Juez.

Aun siendo tal baldón,
Cual grana y carmesí,
El más dañado corazón,
Remedio tiene aquí.
Venid, la sangre de la expiación,
Os habla de clemencia y compasión.

Venid junto a la cruz,
Venid y descansad,
El sacrificio de Jesús,
Expía la maldad.
La cruz es el mensaje del amor,
Que Dios anuncia al pobre pecador.
 
 Mariano San León (1898-1963)
 
Apreciado amigo, le invitamos a venir y escuchar un mensaje del amor de Dios, del Señor Jesucristo: Su muerte en la cruz del Calvario como el Cordero de Dios, y Su resurrección.
 
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Deuteronomio y El Camino De Bendición

El nombre hebreo del quinto libro de Moisés es “Haddeb-harm” que significa “las palabras”. Es tomado del versículo 1 del libro: “Estas son las palabras que habló Moisés...”  El título “Deuteronomio” viene de dos palabras griegas que significan “segunda ley”. El libro contiene una nueva exposición de la ley, dada por el Señor a una generación anterior, y ahora repetida por Moisés a la generación de Israel que entraría en la tierra de Canaán. El libro no se trata de una nueva ley, sino de una explicación de la que ya había sido dada. Así es que nosotros los creyentes necesitamos también la repetición de las Palabras de Dios. Tendemos a ser olvidadizos y es bueno que alguien nos recuerda y reitera lo que Dios ha dicho. Es para nuestro bien.
    El pueblo todavía estaba en el otro lado del Jordán, en el desierto, en la llanura al lado del Mar Muerto. El segundo versículo del libro da una sinopsis de la incredulidad de Israel. Un viaje de once días se cambió en cuarenta años vagando, debido a la incredulidad. Ahora en Deuteronomio Moisés expone la ley en preparación para la entrada de la nación en la Tierra Prometida. Cuántas veces ha pasado en la experiencia de creyentes, que pasan la mayor parte de su vida vagando sin propósito ni bendición porque se empeñan en salirse con la suya, en andar en sus propios consejos, en lugar de seguir las instrucciones divinas.
    En capítulo 5 de Deuteronomio, todo Israel se congrega para oír los estatutos y juicios del anciano siervo de Dios, Moisés. El principio de su discurso contiene las cuatro palabras claves del libro: “oír”, “aprender”, “guardar” y “poner por obra”. Son términos característicos del libro. Las demandas del Señor a Su pueblo todavía son importantes para nosotros. En el Nuevo Testamento todos estos cuatro claves aparecen. Por ejemplo, en Santiago 1:22 se nos exhorta a ser hacedores de la Palabra, no tan solamente oidores. Además de congregarnos, debemos tomar nota, esforzarnos para recordar y poner por obra lo que la Palabra de Dios dice. La obediencia de fe siempre ha sido y todavía es el camino de la bendición. De los que asisten a las reuniones, ¿cuántos son hacedores de la Palabra?
    Oír es prestar atención. Para oír hay que estar presente, y hay quienes no asisten con regularidad y por eso ni siquiera oyen. Algunos vienen a las reuniones, pero no oyen bien. Se miran unos a otros. Miran al reloj, o a su teléfono, o para ver quién entra o sale. Cualquier cosa les distrae. Y cabe decir aquí que procuremos eliminar las distracciones cuando sea posible. Convendría eliminar los ruidos de la calle en algunos casos, cerrando las ventanas y poniendo buena ventilación o aire acondicionado, para que se escuche bien la predicación. O poner micrófono y altavoces. Y los niños deben estar sentados y callados en las reuniones, pues es la responsabilidad de sus padres, y deben tener en consideración a los demás que desean oír la Palabra. Pero oír bien requiere esfuerzo personal. Nuestro cuerpo puede estar presente en la reunión, pero nuestra mente ausente, divagando, pensando en otras cosas, en casa, la cocina, en el negocio, en otras obligaciones, etc. Debemos acudir para oír bien, prestar atención y concentrarnos.
    Aprender es entender y recordar. Hay quienes oyen pero no aprenden. Hay que poner mente en las cosas, meditarlas para entenderlas. Está comprobado que parte del método para aprender bien es tomar apuntes y repasarlos. Los buenos alumnos hacen esto en las escuelas. Pero qué pocos cristianos vienen a una reunión preparados para aprender, qué pocos toman apuntes, repasan luego la enseñanza o vienen a hacer preguntas al maestro buscando aclaraciones para mejor entender. Parece que a muchos les entra por un oído y les sale por el otro, y después de la reunión se acuerdan de bien poco. El Señor mandó a Sus discípulos ir y hacer discípulos, y dijo: “enseñándoles” (Mt. 28:19-20). Entonces, hay quienes tienen el don espiritual de maestro, y es para que el pueblo aprenda. ¿Sólo oímos, o nos esforzamos para aprender? Haz la prueba – media hora después de la reunión – pregunta de qué se acuerda cada uno y procura repasar la enseñanza en conversación, para no olvidarla.
    Guardar y poner por obra señalan la aplicación personal. La Palabra de Dios no es para informarnos solamente, sino para cambiarnos, para dirigir nuestros pensamientos y nuestro comportamiento. Por eso Mateo 28:20 dice: “Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”.
Todas las cosas indica que no hay doctrinas secundarias o desechables. La enseñanza que Cristo manda no es sólo la recitación de información importante, como bosquejos de doctrina sana, sino que incluye énfasis en la obediencia, en la aplicación, en cómo ponerlo por obra en nuestra vida cotidiana, en nuestro carácter y caminar. “Lámpara es a mis pies tu palabra” (Sal. 119:105) indica esto – algo que nos ayuda a caminar bien. “Guardar” es atesorar, preservar, conservar. La idea es estimarla como un tesoro, y cuidarla para que no se pierda. Es darle el lugar preferido en nuestro corazón. “Poner por obra” toca nuestros hechos, nuestra manera de vivir, y es aquí que demostramos que realmente hemos aprendido algo. Si no oímos bien, no aprenderemos bien, y si no aprendemos bien, no podemos guardar bien ni poner por obra bien. Y si no somos hacedores de la Palabra, nos estamos engañando.
    Deuteronomio 28:1-14 declara que las bendiciones vendrán de la obediencia. Observemos lo que los versículos 1 y 2 dicen: “Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra. Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios”. El Salmo 119 expresa la actitud y los hechos de uno que ama la Palabra, la oye, aprende y guarda. Pero en el resto de Deuteronomio 28, los versículos del 15 al 68 advierten que de otra manera vendrán maldiciones, es decir, por la inatención a la Palabra de Dios. El versículo 15 dice: “Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te intimo hoy, que vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te alcanzarán”. La historia de la nación de Israel en el resto del Antiguo Testamento ilustra la verdad y precisión de lo que Dios dijo en Deuteronomio 28. Aquí no hay misterio. El camino de la bendición es la atención y obediencia a la Palabra de Dios.
    Si alguien dice que esto fue en el Antiguo Testamento pero no es así en el Nuevo, porque en el Nuevo se nos enseña amor, se equivoca. Y el que dice que requerir la obediencia es legalismo, también se equivoca. Nuestro Señor Jesucristo dice en Juan 14, “si me amáis, guardad mis mandamientos” (v. 15). El amor a Cristo produce obediencia. “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama” (v. 21). “El que me ama, mi palabra guardará” (v. 23). “El que no me ama, no guarda mis palabras” (v. 24). Santiago 1:22 no dice: “sed hacedores de las doctrinas fundamentales"  sino: “sed hacedores de la Palabra”, pues de otra manera nos estamos engañando. Toda ella es importante. 1 Juan 2:3-4 declara: “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él”. 
     Si, hermanos, pese a lo que algunos predicadores dicen hoy, la obediencia a la Palabra de Dios es todavía el camino de bendición. Por eso debemos congregarnos, oír atentamente, aprender bien, guardar y poner por obra la Palabra de Dios. El himno de John Sammis: “Obedecer y Confiar en Jesús” lo expresa bien.

Para andar con Jesús no hay senda mejor,
que guardar sus mandatos de amor;
Obedientes a El siempre habremos de ser,
y tendremos de Cristo el poder.

Coro:  
Obedecer, y confiar en Jesús,
es la senda marcada para andar en la luz.

Cuando vamos así, ¡cómo brilla la luz
en la senda al andar con Jesús!
Su promesa de estar con los suyos es fiel,
si obedecen y esperan en El.

Quien siguiere a Jesús ni una sombra verá,
si confiado su vida le da,
Ni terrores ni afán, ni ansiedad ni dolor,
pues lo cuida su amante Señor.

Mas sus dones de amor nunca habréis de alcanzar,
si rendidos no vais a su altar,
Pues su paz y su amor sólo son para aquel
que a sus leyes divinas es fiel.
                            –  John Sammis, 1846-1919


    No sigamos a los que se desvían, aunque sean muchos, aunque sean "líderes", ricos, populares o poderosos. Seamos creyentes fieles, atentos, sensibles a Dios y obedientes a Su Palabra, para la gloria de Dios y el bien nuestro.
Carlos Tomás Knott 
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El Cristiano Y La Política
Capítulo 6
 
 No Améis Al Mundo

La clara instrucción divina, dada en 1 Juan 2:15, es: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo”. Es violada de muchas maneras, incluso por los que se dan a la política. Nunca es nuestra responsabilidad ayudar al sistema de este mundo, ni mucho menos amarlo. Sin embargo, ¡oímos a algunos declarar que aman la política! Su entrega a seguir el espejismo de hacer bien a través de la política y el gobierno manifiesta una devoción que hasta los de ciencia política admiran.
    Pero la política no puede ser “cristianizada” por la participación de cristianos. Es producto del mundo, de la sabiduría de los hombres, no de Dios. En el lenguaje de 1 Juan 2:15, es una de “las cosas que están en el mundo”. Si no estás seguro de esto, lee Lucas 4:5-8 para ver quién está detrás de los reinos de este mundo. Recuerda que el mundo es un sistema, organizado y encabezado por el diablo, que excluye a Dios, y está diseñado con el propósito de mantener a los hombres ocupados y felices sin Dios. ¿Por qué quisiera un creyente participar y colaborar en semejante sistema, y cómo podría amarlo? ¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? Las Escrituras no nos enseñan a participar en la política o el gobierno para santificarlo ni utilizarlo para hacer bien, sino: “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor” (2 Co. 6:17). Dios dice: “Salid...apartaos”, entonces ¿bajo qué excusa podríamos involucrarnos?
    Visitamos nuevamente los comentarios de David Hunt, para enfatizar el peligro:

    ...El “activismo cristiano” no es cristiano. Representa un desvío de la senda angosta que la iglesia debe caminar en el mundo. Puede confundir las cuestiones, conduce a transigencia y alianzas inmundas, y gasta tiempo y fuerzas que serían mejores empleados predicando el evangelio...entrégate totalmente a rescatar almas para la eternidad.

    El activismo político es a veces el resultado de amor extraviado. Alguien comentó: “algunos cristianos parecen amar tanto al mundo que desean hacerlo su cielo”. Pero Dios explícitamente prohibe el amor al mundo y los enredos en el mundo. Su Hijo no recibió justicia del mejor desarrollado sistema político (y democrático) que el mundo de Su día conocía: el imperio romano. El Espíritu Santo, hablando por medio de Pablo, advirtió a los cristianos en Corinto en contra de ir a los tribunales en pleitos y buscar justicia “delante de los injustos” (1 Co. 6:1). ¿A quién se refiere al decir “los injustos”? El contexto está claro. Se refiere a los abogados y magistrados de aquel tiempo. Espiritualmente eran injustos ante Dios, pero también porque ese NO es la manera de solucionar problemas entre creyentes.
    Pero los activistas señalan que Pablo hizo uso del sistema político/legal para seguir predicando y propagando el cristianismo. Se refieren a sus defensas en los juicios en Cesarea y luego en Roma. ¿Es necesario recordarles que no fue Pablo sino sus enemigos inconversos que promovieron todo eso? Y recordemos que el mismo gobierno que liberó a Pablo en su primera defensa, luego le condenó y le martirizó. Durante todo el tiempo de sus defensas y juicios, no hubo ninguna manifestación, voto, petición ni huelga para presionar para su libertad. No presenta un caso muy sólido para los de la “ciencia política cristiana”. Además, cuando Pedro fue apresado por Herodes y estuvo a punto de morir, ¿qué hicieron los cristianos? “La iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él” (Hch. 12:5). Practicaban lo que Pedro luego enseñó en 1 Pedro 5:7, “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. “Sobre él” – eso es, sobre Dios, no sobre unos amigos poderosos en el gobierno.

del libro El Cristiano Y La Política, por Carlos Tomás Knott
para obtener un ejemplar en español o inglés:
 

miércoles, 31 de enero de 2018

EN ESTO PENSAD -- febrero 2018

Las Oraciones Impedidas
Lucas Batalla


Texto: Salmo 66:13-20
    
El pecado no confesado arruina las oraciones del creyente, y el diablo lo sabe muy bien. El versículo 13 expresa la verdad de si el creyente contempla el pecado y el corazón y la mente están sucios – el Señor no escucha – primero hay que limpiarnos, confesando el pecado. La madre de Juan Wesley dijo que el pecado oscurece nuestra visión de Dios y quita el deseo de cosas espirituales. Es una gran verdad que debemos recordar.
    Consideremos cómo el pecado puede impedir nuestra oración. Debemos tenerlo en cuenta porque vivimos en un mundo lleno de pecado y cada día está peor. Si nuestro corazón está sucio, manchado, y hay pecado en nuestra mente, al orar es como si habláramos a la pared o al suelo. No sirve. Podemos pensar que hacemos bien orando, pero nos engañamos. Estamos confiados, pero equivocados.
    Después de la victoria en Jericó, Josué 7 cuenta lo de Acán. Él metió la mano, que es siempre malo. Uno puede meter la pata, equivocarse, pero meter la mano es malo. Acán tomó del anatema (v. 1) y contaminó a los de su casa y a todo el pueblo. Los versículos 2-5 cuentan el efecto que esto tuvo en el pueblo. No se puede tomar a la ligera lo que Dios dice. Hay culpa por asociación, nos guste o no. Hay consecuencias en todo el pueblo. Treinta y seis personas fueron muertas y todo el pueblo desmoralizado. En los versículos 6-9 Josué se postró y oró, pero no había respuesta en cuanto a la victoria, porque había pecado en el pueblo. El pecado contamina y neutraliza al pueblo. Por lo de un sólo hombre sufrió toda la nación. Recordemos que en el Nuevo Testamento el apóstol Pablo instruye a los corintios a sacar al hombre perverso de en medio de ellos (1 Co. 5).
    En los versículos 10-15 el Señor le dijo a Josué que la razón era el pecado. Observemos cómo lo dijo en el versículo 11. “Israel ha pecado”. El versículo 12 continúa: “Por esto... no podrán hacer frente...”  Y peor: “ni estaré más con vosotros”. Les demandó que quitasen el anatema de en medio. Dios no anda con pecadores. Es puro de ojos para mirar el pecado. Él es santo y justo.
    Luego 2 Samuel 11 y 12 cuentan del pecado de David y cómo le afectó a él y a su familia: cuatro hijos muertos por su pecado. Toda su familia y también la nación afectada luego con el levantamiento de Absalón y la guerra civil. Y Absalón tuvo relaciones públicamente con las concubinas de David, y esto que David, después de un año de encubrirlo, se había arrepentido de corazón, pero aun así el pecado trae consecuencias. Por el pecado con Betsabé, David fue afligido en su carne, su familia y reino. En el 14:33 Abaslón se presentó pero no con humildad ni quebrantamiento. No confesó nada, sólo hizo lo socialmente correcto: se inclinó, pero no se arrepintió ni confesó su pecado como hizo el hijo pródigo en Lucas 15. Y su padre David le besó, pero no tenía que haberlo hecho porque mirad, el padre del prodigó le besó cuando se humilló confesando su pecado y buscando perdón. Cuando uno perdona y recibe a uno que no está arrepentido, sólo hace daño y da lugar a más problemas. Luego Absalón, altivo, se levantó contra su padre y le robó el reino, el corazón del pueblo (15:6) y al final murió colgado en un árbol.
    David reconoció su pecado y fue perdonado y restaurado aun con penas. Pero Absalón no lo hizo, y murió desgraciado. Acán “reconoció” su pecado, pero sólo cuando había sido descubierto, era tarde, es decir, no lo hizo de corazón.
    En Marcos 4:22 leemos que no hay nada oculto que no haya de ser manifestado, ni escondido que no haya de salir a luz (compare He. 4:13). En Jeremías 5:25 dice que nuestros pecados estorban, y apartan de nosotros el bien. Isaías 59:2 declara que el pecado hace separación entre Dios y los hombres. En Ezequiel 10 y 11 la gloria de Dios se apartó de Israel por los pecados de la nación.
    Por todo esto el Salmo 66:18 expresa lo importante que es no mirar la iniquidad en el corazón. Y así como el salmista andaba en santidad e integridad, Dios le escuchó y le atendió (v. 19). “No echó de sí mi oración” (v. 20). Dios puede hacer esto, echar de sí nuestras oraciones, y lo hará si tenemos pecado no confesado. Es lo que hace el pecado cuando invade nuestra vida. Rompe la comunión y entonces, separados del Señor nada podemos hacer, pues Él es la vid verdadera y nosotros sólo somos pámpanos.
    Por esto Proverbios 28:13 declara la necesidad de confesar y apartarse del pecado. El versículo 9 declara que es abominable la oración de los pecadores que no quieren oír la ley. Que el Señor nos ayude a recordar todo esto y limpiar nuestra vida mediante la confesión y la separación del pecado, para Su gloria y nuestra bendición.
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La Fe

Mucha gente del mundo, e incluso algunos cristianos, tienen un concepto equivocado de la fe. Para algunos significa algo que acumulamos como energía y cuando llega a cierto nivel somos capaces de hacer milagros. Para otros es una fe ciega que cree algo cuando realmente no hay base para creerlo. Por ejemplo, muchos enfermos están convencidos de que serán sanados a pesar de que no hay base para esa creencia. El médico no les ha dicho que sanarán, y todo indica lo contrario, pero ellos se empeñan en decir que tienen fe.
    Son muchos los que definen la fe citando Hebreos 11:1, “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. La fe verdadera sí produce confianza respecto a lo que se espera, y convicción acerca de lo que no se ve, pero estas cosas son productos de la fe, y no la fe en sí.
     La fe es creer un testimonio o una revelación divina. Tener fe es creer a Dios cuando Él habla. Entonces el creyente tiene una base para su creencia—la Palabra de Dios. Muchos creen en Dios, pero muchísimos menos creen a Dios cuando Él habla. Adán, el primer hombre, dio los primeros pasos en el camino de la incredulidad, y a lo largo de la historia el hombre ha rehusado creer a Dios cuando Él habla.
    La fe es siempre la respuesta al mensaje divino: “¿Quién ha creído a nuestro anuncio?” (Is. 53:1). “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Ro. 10:17). “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (He. 1:1).
    Los que tienen fe creen a Dios cuando Él habla de cualquier tema. Si habla de la creación, le creen (He. 11:3). Si habla acerca del juicio venidero, le creen (He. 11:7). Si habla de lo que ojo nunca vio, le creen (He. 11:8). Creer a Dios cuando Él habla es lo que distingue entre el cristiano verdadero y el mundo incrédulo que le rodea, así como cuando Josué y Caleb creyeron a Dios respecto a la tierra prometida, y eso les separó del resto de la nación incrédula de Israel.
    Los que tienen fe creen lo que Dios dice acerca de la salvación, el matrimonio, el futuro, el dinero, la creación, o el funcionamiento de la iglesia local. Esta fe va más allá de lo que nos puedan indicar nuestros sentidos. A pesar de los que nos diga nuestra vista, nuestro tacto, nuestras emociones, o nuestros razonamientos, la fe cree a Dios cuando Él habla.
    La fe que cree a Dios siempre resulta en acción apropiada (Stg. 2:20). Ya sea el arrepentimiento, la construcción de un arca, o el andar alrededor de una ciudad, cuando creemos lo que Dios dice esto siempre nos llevará a hacer algo, aunque sea estar quietos y ver Su salvación (Ex. 14:13).
    Que el Señor aumente nuestra fe (Lc. 17:5). Que aprendamos a creer a Dios cuando Él habla sobre cualquier tema, y estemos dispuestos a someternos a Su Palabra y a obedecerla.                       
Steve Hulshizer, de la revista Milk & Honey ("Leche y Miel")  

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 No Dejemos Acumular Los Pecados

Para mantenernos limpios y en comunión con Dios, debemos confesar y abandonar el pecado tan pronto como seamos conscientes del mismo en nuestra vida (Pr. 28:13; 1 Jn. 1:9). Todo pecado debería ser confesado a Dios, porque todo pecado es contra Él. Si hemos perjudicado a alguien, entonces también deberíamos confesarlo a esa persona. La verdadera confesión tanto a Dios como a otros que hemos ofendido debería ser:
    Inmediata – no deberíamos esperar hasta el fin del día o de la semana.
    Incondicional – no digas: "Siento que te hayas ofendido", ni "Si he hecho algo malo..." ni "te perdonaré si tú me perdonas". No seas como la mujer que dijo: "Si he hecho algo mal, estoy dispuesta a ser perdonada". Tampoco vale decir: "Si he ofendido a alguien, pido perdón". Confiesa lo que has hecho sin justificarte ni implicar a otros.
   Específica – dilo como ha sido. Llama al monstruo por su nombre: borrachera y no falta de sobriedad, robo y no tomar algo prestado. Pedro no dijo: "Soy un hombre inepto", sino: "Señor...soy hombre pecador".
    Arrepentida – Debe ir acompañada de la decisión de dejar el pecado. Eso que sigue no es una confesión: "Robé una caja de peras, pero mejor que sean dos. Esta noche voy a por la otra caja".
   De corazón – sencillamente, dilo: "Hice mal. Lo siento. Perdóname".
    Cuando confesamos con sinceridad nuestros pecados, podemos saber, por la autoridad de la Palabra de Dios, que Dios nos perdona. Él ha prometido perdonarnos si confesamos, y es fiel a Su promesa. Nos apropiamos del perdón por la fe. Y entre hermanos, debemos ser prontos para administrar perdón a los arrepentidos.
    Es cierto que cuando Dios perdona, olvida (He. 10:17). Esto no significa que Él tenga mala memoria, sino que nunca volverá a sacar esos pecados en contra nuestra. Están olvidados en el sentido de que el caso está cerrado. "No le serán recordadas" (Ez. 18:22).
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Creer En Dios, y Creer A Dios

Creer En Dios
    No todos creen en Dios. Algunos son ateos, y otros son agnósticos o por lo menos profesan serlo. Los que ni siquiera creen en Dios son necios, pues así lo declara Salmo 14:1 y 53:1, “Dice el necio en su corazón: no hay Dios”. La raza humana conoció a Dios en el principio, pero le rechazó y se corrompió (Romanos 1:21-22). “Profesando ser sabios, se hicieron necios”. Hoy más que nunca abundan los necios.
    Pero tú, amigo, probablemente dices que no eres así – crees en Dios. No le conoces, pero crees que existe. Probablemente eres religioso, y practicas los ritos o sacramentos de tu religión. ¿Estarás sorprendido cuando te digo que creer en Dios no te asegura de Su favor? No irás al cielo porque crees en Dios.
    En Santiago 2:19 leemos estas sorprendentes palabras: “Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan”. Si crees en Dios, eres como los demonios, porque ellos también creen. Y tiemblan, eso es, le tienen miedo, gran respeto. Pero aunque eso es así, los demonios no confían en Dios, no le creen, ni le obedecen, ni le adoran. Creen en Dios, pero hacen lo que les parece, y no se someten a Él. Ningún demonio irá al cielo, ni ningún ser humano que “cree en Dios”, porque no hay mérito ni salvación en eso. Millones de personas que creen en Dios irán al castigo eterno.
   
Creer A Dios
    Hay que creerle a Dios, eso es, darle la razón en lo que dice, aceptar y confiar en Su Palabra. Considera el ejemplo del patriarca Abraham. Pablo escribe en Romanos 4:3, “Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia”. Cuando Dios le habló, Abraham le creyó.
    Tengo amigos religiosos que cuando les enseño lo que dice la Palabra de Dios acerca de qué es el pecado, o del castigo eterno, o de sus prácticas religiosas como por ejemplo los sacramentos, o el uso de imágenes y la devoción a santos, remueven la cabeza y dicen: “no creo esto”, o “no estoy de acuerdo con esto”. Ése es precisamente el problema. No creen a Dios. Tienen sus opiniones, filosofías o tradiciones y no quieren romper sus esquemas. Dios habla en las Escrituras, pero ellos no le creen. Creen en Dios, pero no a Dios, y por eso no son salvos. Creen antes al Papa, a la Iglesia, la tradición, al sacerdote, o la opinión de su familia o amigos. Es el pecado de no creer a Dios.
    Israel, el antiguo pueblo de Dios, rehusó entrar en la tierra prometida y fue castigado durante cuarenta años en el desierto. Murieron miles y miles, toda una generación. Dios explica por qué en el Salmo 106:24, “No creyeron a su palabra”. Hebreos 4:2 advierte: “Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron”. Creyeron en Dios pero no creyeron a Dios.
    Digo que esto es pecado, porque el apóstol Juan, inspirado por el Espíritu Santo, afirmó: “El que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso” (1 Juan 5:10). Entonces, está bien que crees en Dios. Mejor eso que ser ateo. Pero si quieres ser salvo, cree a Dios que dice: “mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:5).
Carlos

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Bernabé
Lucas Batalla 
Texto: Hechos 11:19-30 
Me llama la atención la conversión y vida de Bernabé, un hombre que llegó a ser útil en las manos del Señor, hacedor de bien e influyente en la iglesia primitiva. Era de la tribu de Leví, pero nacido en Chipre. Su nombre correcto era José (Hch. 4:36), y era uno de los muchos nuevos creyentes en Hechos 2 y 3. No sabemos si había venido de Chipre sólo para estar durante las fiestas de la pascua, los panes sin levadura y luego pentecostés, o si tal vez había vuelto para vivir en o cerca de Jerusalén, porque ahí tenía una heredad (4:37). A ese José levita, creyente, los apóstoles le pusieron por sobrenombre “Bernabé”, que significa “hijo de consolación”. Cuando primero aparece entre creyentes en Hechos 4, es a raíz de un sacrificio que hizo: vendió su heredad y trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles, una ofrenda (v. 34) como otros hacían en aquel entonces. Para muchos las riquezas son un lastre (Mr. 10:21-25). Las acumulan pero no quieren deshacerse de ellas. No así con Bernabé.
    Bernabé hizo honor a su nombre cuando Saulo, después de convertido, quiso juntarse a los discípulos en Jerusalén pero le tenían miedo (Hch. 9:26). Su miedo era lógico, y siempre es bueno tener precaución en la recepción a la comunión. Cuántas veces se ha precipitado a recibir a alguien porque dijo que era cristiano bautizado, y luego esa decisión ha traido problemas. “El simple todo lo cree” dice Proverbios 14:15, pero los discípulos no eran simples ni tenían prisa para tener a uno más en la iglesia. Seguro que Pablo les decía que era creyente, pero no se lo creyeron hasta que Bernabé lo tomó (Hch. 9:27) y dio testimonio de él delante de los apóstoles. Entonces, por su testimonio de hechos concretos de Pablo, los discípulos le recibieron. Por eso todavía hoy son importantes las cartas de recomendación y faltando ellas el testimonio de un hermano de confianza.
    Luego Bernabé aparece en Antioquía, como hemos visto en Hechos 11. El evangelio fue predicado a los gentiles. Había fiel testimonio de parte de hermanos motivados a evangelizar, pese a la persecución. Necesitamos hoy ser tan fieles testigos como ellos, porque francamente parece que nos falta ese fervor y devoción.  Ellos predicaron, y “gran numero creyó y se convirtió al Señor” (v. 21). La iglesia hoy adolece también de eso – esa fe que trae conversión y cambios. Antioquía era ciudad importante de la provincia romana de Asia, un lugar cosmopolitano, importante para la predicación del evangelio, y de ahí saldría hacia muchos otros lugares. La primera persona nombrada de ahí era Nicolás (Hch. 6:5), que fue uno de los primeros diáconos, hombre lleno de fe y buen testimonio. Quizás por él u otros como él las primeras notas del evangelio llegaron a la ciudad.
    En Hechos 11:22 vemos a Bernabé enviado de parte de la iglesia en Jerusalén para conocer más la situación en Antioquía tras la conversión de algunos gentiles. Seguramente fue escogido para esa misión por lo que dice el versículo 24, “porque era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo”, no de otras cosas, “y de fe” – suena como los diáconos en Hechos 6. No se puede enviar a uno cualquiera para conocer la condición espiritual de otros, porque le faltaría discernimiento y se equivocaría, pero los hermanos en Jerusalén confiaban en Bernabé. El versículo 23 dice que “vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor”. Él primero observó cuidadosamente, y pudo ver evidencias de la gracia de Dios, porque hace una diferencia en la vida, el carácter y comportamiento, como Tito 2:11-14 indica. Al ver eso, se regocijó. Compartió el gozo de la salvación de esos nuevos hermanos. Y les exhortó, señalando la importancia de tener propósito de corazón y fidelidad al Señor. Hermanos, hoy necesitamos a más personas como Bernabé. Ésa es la clase de consolación y ayuda que la iglesia precisa.
    Viendo la necesidad de ayuda e instrucción para esos nuevos creyentes, Bernabé, en lugar de ponerse como “pastor”, pensó en traer a otros para ayudar, y buscó a Saulo (11:25). Así hubo un grupo de hermanos compartiendo las responsabilidades del pastoreo en Antioquía, y así debe ser en toda iglesia neotestamentaria. Fue en ese tiempo que salió el nombre “cristiano” por primera vez (11:26). Sólo aparece dos veces más en la Biblia, en Hechos 26:28 y 1 Pedro 4:16.  Ellos no lo tomaron como título suyo ni nombre de la iglesia, sino que fue dado por otros, por los de afuera. Pero es bueno llamarse cristiano, y no evangélico, pentecostal, bautista, adventista, etc. Más frecuentemente en el Nuevo Testamento somos llamados hermanos, creyentes, discípulos y santos, y cada término está lleno de sentido. La iglesia de ahí envió a Pablo y Bernabé a Jerusalén con la ofrenda para los hermanos necesitados (11:30). Así que Bernabé llevó consolación también a los santos en Jerusalén.
    Andando el tiempo, vemos a Bernabé en el capítulo 13, señalado junto con Pablo por el Espíritu Santo para salir a la obra misionera, llevando el evangelio más allá. “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (v. 2). ¿Quién envía a los misioneros? No la iglesia, sino Dios. No fueron comisionados por la iglesia, sino señalados por el Espíritu Santo.  Así que los de la iglesia “los despidieron” (v. 3), “enviados por el Espíritu Santo” (v. 4). Pero observa que Dios no envió a nuevas reclutas sino a hombres experimentados y diestros que ya estaban ocupados en el ministerio. Eran hombres que tenían la confianza de la iglesia, y sobre todo a quienes no cabía duda que Dios los había llamado. En la primera linea de combate hacen falta veteranos, no creyentes verdes que tienen más entusiasmo que otra cosa. Solemos hablar del primer viaje misionero de Pablo, pero hay que recordar que era de Bernabé y Pablo.
    En ese primer viaje misionero, ¡cuántas cosas padeció Bernabé junto con Pablo! Los dos vieron la oposición de Barjesús, Elimas el mago, en Chipre (13:6-11) y la conversión del proconsul (v. 12). Juan Marcos abandonó a los dos, y se volvió a Jerusalén (v. 13). Bernabé con Pablo trabajó anunciando la Palabra de Dios en Antioquía de Pisidia, y cuando surgió la persecución los dos fueron echados de ahí (13:14-51), y fueron a Iconio.
    Allí también surgió conflicto armado por los judaizantes, y los misioneros fueron a Listra y Derbe (14:6-22). Bernabé fue llamado Jupiter por el pueblo pagano (v. 12), estando él al lado de Pablo cuando sanó al hombre cojo (vv. 8-10). No fue apedreado, pero vio a Pablo apedreado y dejado por muerto, y sólo podemos imaginar cómo eso le impactó. La obra misionera de hoy es muy cómoda y relajada comparada con lo que aquellos primeros misioneros hicieron.
    En la última fase de ese viaje histórico, Bernabé y Pablo “constituyeron ancianos en cada iglesia” (14:23). No se quedaron como pastores sino que señalaron a otros como responsables y los encomendaron al Señor. Bernabé sabía que la obra es del Señor, y que no dependía de la presencia constante de él y Pablo. En eso también vemos su fe y la gúia del Espíritu Santo. Hoy muchos admiran el ejemplo de hombres como ellos, pero otra cosa es seguir el patrón.
    En Hechos 15:1 surgió el evangelio falso de los judaizantes: “Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés no podéis ser salvos”. Es un mensaje maldito (Gá. 1:8-9), que todavía circula en manos de católicos, adventistas y otros que predican la ley y las obras para la salvación. Pero observad conmigo, hermanos, quiénes se pusieron en la brecha para parar ese ataque del diablo. “Pablo y Bernabé tuvieron una discusión y contienda no pequeña con ellos” (v. 2). El ser hijo de consolación no impidió a Bernabé a la hora de contender ardientemente por la fe (Jud. 3). Gálatas 2:1-5 indica que él con Pablo resistió firmemente a los judaizantes y no cedió ni por un momento. El consuelo no es para los que llevan falsa doctrina, ni debemos tolerar cosas así bajo una bandera falsa de “amor”, porque hay que amar a Dios, Su Palabra, la verdad, lo bueno y a los hermanos.  En Hechos 15: 12 Pablo y Bernabé hablaron públicamente de lo que Dios había hecho entre los gentiles. No hablaron de sí mismos, sino de Dios, porque sólo eran siervos, no dueños de la obra. En Gálatas 2:11-21 vemos a Bernabé arrastrado por la hipocresía momentánea de Pedro y otros judíos cuando en una ocasión, por temor a los judíos de Jerusalén (Pr. 29:25) se apartaron de los hermanos gentiles. Esto demuestra como hombres buenos pueden equivocarse y tener un patinazo, pero se dejan corregir, como evidentemente pasó cuando Pablo le reprendió a Pedro y los demás por esa simulación, “porque era de condenar” (Gá. 2:11). Si somos mansos y aceptamos correción, eso también obra para bendición. Bernabé no dijo: “¿quién eres tu para corregir a Pedro y a mí? ¡Soy el hermano mayor, pues me convertí antes que tú y ya estaba en la iglesia cuando tú llegaste!” Era manso. No tenía ese genio, esa altivez, auto importancia y protagonismo que tantas veces han dañado la obra del Señor.
    Sabemos que en Hechos 15:36-41 hubo un desacuerdo entre Pablo y Bernabé respecto a Juan Marcos. Pero debemos recordar que no fue una cuestión doctrinal. Predicaban la misma fe. No fue una pelea, ni causó una división en la iglesia. No perdieron la comunión, simplemente fueron a diferentes campos de trabajo. Bernabé seguía trabajando en el servicio del Señor, y volvió a Chipre, donde había nacido, para predicar (Hch. 15:39). Pablo también seguía predicando, y el Espíritu Santo se ocupa de ahí en adelante con él. Pablo nombra favorablemente a Bernabé en 1 Corintios 9:6 como siervo de Cristo, y eso nos indica que era digno de confianza en la obra del Señor.
    Así es el fruto de su vida de fe y entrega al Señor. Que el Señor nos ayude a ser como Bernabé, que no solo creyó sino vivió su fe, se desprendió de lo suyo y aun de sí mismo para servir a Cristo y ayudar a sus hermanos. La iglesia hoy necesita más personas como Bernabé.
Lucas Batalla, por la gracia de Dios, con 75 años de edad sigue predicando la Palabra en Sevilla
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El Cristiano Y La Política
Capítulo 5


Dad A César
 
Otra cosa que gorgotean los activistas es: “El Señor mandó: ‘Dad, pues, a César lo que es de César’”, pero suelen omitir la segunda mitad de ese texto: “y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22:21).
    Esa fue la respuesta de nuestro Señor y Maestro a los en Israel que le preguntaron acerca del tributo al gobierno romano. Antes de decir eso, pidió que le mostrasen una moneda y preguntó: “¿De quién es esta imagen, y la inscripción?” (v. 20). Su inferencia parece ser que si Israel hubiera dado a Dios lo que era Suyo, no habría estado en esa posición de castigo bajo la autoridad de César. No sólo fue una respuesta brillante, sino también un patrón para los seguidores de Cristo en todas las edades.
    Con respecto a “César”, el gobierno, debemos darle lo que es suyo. Los seguidores de Cristo no son llamados a involucrarse en el gobierno y la política, pero sí tenemos responsabilidades, como considerábamos brevemente en el capítulo anterior. ¿Cuáles son? Cristo manda que demos a César lo suyo. La pregunta es: ¿Qué es suyo?
    Primero, a “César” le debemos obediencia. Debemos ser ciudadanos obedientes y sujetos a las leyes. Romanos 13:1-5 dice que nos sujetemos porque los gobiernos son establecidos por Dios. Los cristianos no somos llamados a participar en la insurrección y rebelión contra el gobierno. Debemos respetar y obedecer las leyes, excepto cuando nos pongan en conflicto con Dios, y entonces debemos obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch. 5:29), aunque por ello seamos castigados. 1 Pedro 2:13-14 insiste: “Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien”. Cuando respetamos las leyes, rendimos a César lo suyo.
    Segundo, Romanos 13:6 dice que debemos pagar tributo, que es lo mismo que Cristo dijo en Mateo 22:21. Más precisamente es la palabra griega  foros, el tributo impuesto a las naciones conquistadas. Aunque somos extranjeros y peregrinos, y este mundo no es nuestro hogar, sin embargo debemos pagar nuestros impuestos. Es parte de someternos a toda institución humana. No entra en la decisión preguntar si nos gusta o no lo que hace el gobierno con los impuestos. Cristo dice: “a César lo que es de César”. Romanos 13:7 usa ese término también, pero luego dice: “al que impuesto, impuesto”, y es una palabra distinta: telos. Según Robertson esta palabra indica impuestos o cuotas pagadas para apoyar el gobierno civil (Mt. 17:25).
    Tercero, Romanos 13:7 dice: “al que respeto, respeto” y aquí es la palabra griega fobos, de la cual tenemos nuestra palabra fobia, pero no siempre significa miedo como es obvio al leer el texto. Es interesante ver que el verbo de esta palabra aparece en Efesios 5:33 como instrucción a las esposas acerca del trato de sus esposos, y dice: “la mujer respete a su marido”. Así debe ser la actitud del creyente hacia el gobierno. Según Romanos 13, una de las razones por el establecimiento del gobierno humano era el castigo de los malhechores, para mantener paz y orden en la sociedad. Los que hacen mal deben temer a los magistrados, porque están autorizados a aplicar castigo. “...porque no en vano lleva la espada” (v. 4).
    Cuarto, el mismo versículo nos llama a rendir honra al que es debido. 1 Pedro 2:17 añade: “Honrad al rey”. Rendir honra significa que no hablemos mal del gobierno ni insultemos a los que están en autoridad (Hch. 23:5). Hoy los medios de comunicación y muchos otros calumnian y faltan respeto a los gobernadores. Pero los cristianos no debemos seguir esa moda. “No seguirás a los muchos para hacer mal” (Éx. 23:2). Ahora bien, eso no quiere decir que haya que aprobar todo lo que hace el gobierno, pero debemos llevar nuestras quejas al Señor en oración. Tito 3:1-2 manda: “Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra. Que a nadie difamen...”
    Pero eso no es todo, porque en quinto lugar, 1 Timoteo 2:1-3 nos instruye a orar por reyes y todos los que están en autoridad. Eso tal vez no sea “dar a César”, sin embargo es una responsabilidad que Dios nos ha dado frente al gobierno. En lugar de hablar mal de los que están en autoridad, debemos orar por ellos. ¡Necesitan mucha oración! Todas las quejas, críticas, murmuraciones, e insultos deberían ser silenciados y canalizados a la santa oración y ferviente intercesión.
    Según la Palabra de Dios, esas son las cosas que los creyentes deben dar al gobierno, y haremos bien si  tomamos buena nota de ellas. También observamos que en ningún lugar de las Escrituras somos llamados a formar o pertenecer a un partido político, ser políticamente activos, votar, presentarnos como candidatos ni involucrarnos de otra manera en la política. Cuando un creyente se mete en la política o el gobierno, comete el error de dar a César lo que es de Dios, ¡porque nuestra vida pertenece a Dios! Cristo dice: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mr. 12:30). No debemos nada de nuestro corazón, alma, mente o fuerzas a la política u otras cosas del mundo. ¡No robemos a Dios! No somos nuestros, pues hemos sido comprados por precio (1 Co. 6:19). No hay ni un solo versículo que enseña o manda hacer eso. Esto es importante, porque, como hemos visto, la Biblia no guarda silencio sobre las responsabilidades del creyente hacia el gobierno. Nuestro Señor nos ha dicho lo que debemos hacer. En lugar de razonar o filosofar sobre el asunto, simplemente debemos hacer lo que Él nos dice. De otra manera seríamos como los a quienes Cristo preguntó: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lc.  6:46).

    Todo a Cristo, yo me rindo,
    Lo que tengo, lo que soy,
    Pues le amo, en Él confío,
    Por Su gracia al cielo voy.

    Todo lo que tengo,
    Todo lo que soy,
    ¡Oh, Señor, a Ti me ofrezco
    Y me rindo hoy!

    Todo a Cristo me presento,
    Cual humilde servidor,
    Y mi vida Le ofrendo,
    Pues al mundo muerto soy.

    Si somos íntegros y hacemos como cantamos, dando todo a Cristo, no queda nada para la política de este mundo.
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del libro El Cristiano Y La Política, por Carlos Tomás Knott
para obtener un ejemplar en español o inglés: