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jueves, 31 de marzo de 2016

EN ESTO PENSAD -- abril 2016

 LOS POBRES RICOS


“Hay quienes reparten, y les es añadido más; y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza” (Pr. 11:24).
El Espíritu Santo nos revela aquí un delicioso secreto. Es opuesto a todo lo que esperaríamos, pero invariablemente cierto. El secreto es éste: Cuanto más das, más tienes; cuanto más atesoras, menos tienes. La generosidad hace que tus bienes se multipliquen. La tacañería engendra pobreza. “Lo que di, tengo; lo que gasté, tuve; lo que guardé, perdí”.
    Esto no significa que cosechas la misma cantidad que siembras, ni que el mayordomo fiel vendrá a ser rico materialmente. Puede sembrar pesetas y cosechar algo mejor: almas. Puede sembrar bondad y recoger amigos, sembrar compasión y cosechar amor.
    Significa que una persona generosa cosecha recompensas que otros no pueden. Al abrir su correo y descubrir que la ofrenda que envió suplió una necesidad crítica en el momento oportuno y en la cantidad exacta. Se regocija al ver que el libro que le compró a un joven creyente fue utilizado por Dios para cambiar toda la dirección de su vida. Se entiende que una bondad que mostró en el Nombre de Jesús fue un eslabón en la cadena de la salvación de esa persona. Es sobremanera feliz. Su gozo no conoce límites. Nunca cambiaría su lugar con aquellos que parecen tener más que él.
    El otro lado de la verdad es que atesorar conduce a la pobreza. No hay placer en el dinero guardado en el banco. Puede engañarnos con un falso sentido de seguridad, pero no puede proveer un disfrute verdadero y perdurable. Cualquier precario interés que el dinero puede ganar es como calderilla  comparado con la emoción de ver el dinero usado para la gloria de Cristo y la bendición que éste trae a nuestro prójimo. El hombre que retiene más de lo que es necesario puede tener una enorme cuenta bancaria, pero, sólo una pequeña cuenta de gozo en esta vida y una todavía más pequeña en el banco del cielo.
    El versículo de hoy tiene no solamente el propósito de mostrar un principio divino, sino también de lanzar un desafío divino. El Señor nos está diciendo: “Pruébalo por ti mismo. Pon a mi disposición tus panes y tus peces. Yo sé que los traías para almorzar, pero si los pones en mis manos, habrá en abundancia para el tuyo y para el de otros miles. Te sentirías incómodo almorzando mientras que los de tu alrededor están sentados solamente viéndote comer. Pero piensa en la satisfacción de saber que utilicé tu almuerzo para alimentar a una multitud”.
 
Perdemos lo que en nosotros gastamos, 
mas como tesoro sin fin tenemos,
Todo lo que a Ti, Señor, prestamos, quien todo lo diste. 
 
                                          - Charles Wordsworth
 
William MacDonald, de su libro DE DÍA EN DÍA (Ed. CLIE), lectura del 28 de octubre.
 
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LA SERPIENTE ENGAÑADORA

"La serpiente me engañó, y comí”. 
(Gn. 3:13)

Así es todavía. La serpiente es encantadora y persuasiva. El pecado puede parecernos tan agradable, tan aparentemente legítimo. ¿No quiere Dios nuestra felicidad? Y en el momento de la tentación Satanás nos promete la felicidad. Pero es el padre de mentiras, y debemos rechazar su voz seductora y asirnos de la Palabra de Dios. No te engañes; Dios no puede ser burlado. El pecado trae tristeza y destrucción a tu vida. Dios te ama, claro, pero no por eso consiente el pecado. Él desea lo mejor para ti. Obedécelo.
 
Donald Norbie, traducido del calendario “Choice Gleanings”  
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EL LEGALISMO

¿Mandamientos? ¿En el Nuevo Testamento? Al escuchar la palabra: “mandamiento”, muchos evangélicos inmediatamente piensan: “legalismo”. Pero los dos términos no son sinónimos. Nadie habló de mandamientos más que el Señor Jesucristo, pero tampoco hay nadie menos legalista que Él.
    ¿Qué es legalismo? Aunque la palabra no está en el Nuevo Testamento, describe lo que en el hombre son sus esfuerzos incesantes para ganar o merecer el favor de Dios. Básicamente significa el intento de ganar justificación o santificación a través de guardar la Ley. Esto es su verdadero significado. Pero hoy en día la palabra es empleado en un sentido más amplio, para describir lo que uno piensa que son normas morales y rígidos. Cualquiera que intenta clasificar ciertas prácticas como tabú es etiquetado: “legalista”. De hecho, ahora emplean la palabra “legalista” como un mazo o palo para atacar casi toda y cualquiera restricción del comportamiento cristiano, o en contra de cualquier enseñanza “negativa”.  
           Cómo, entonces, debe un cristiano pensar, para evitar el peligro asociado con el “legalismo”? En primer lugar, es verdad que los cristianos estamos libres de la Ley, pero es importante añadir rápidamente que no estamos sin ley. Estamos bajo la ley de Cristo. No debemos hacer lo que nos plazca, sino lo que le place a Cristo.
    Segundo, debe recordarse que el Nuevo Testamento está lleno de mandamientos, incluso un buen número de negativas. La diferencia está en que estos mandamientos no son dados como Ley, es decir, no conllevan pena (no son punibles). Son dados como instrucción en justicia para el pueblo de Dios.
    Además de esto, hay cosas que pueden ser lícitas para el cristiano, pero que no le convienen. Puede que no sean cosas “ilegales” en ese sentido de ley, pero que esclavizan y por eso deben evitarse (1 Co. 6:12). Es posible que un creyente tenga libertad para hacer algo, pero por otra parte, si ejerce su libertad, podría ser culpable de escandalizar, herir o tropezar a otra persona. En ese caso, aunque está en su derecho, y es “legal”, no debe hacerse.
    El hecho de que alguien llame a una prohibición: “legalista”, no quiere decir que esté mal. La gente emplea la palabra “puritano” de forma despectiva, para describir ciertas normas de conducta, pero el comportamiento de los puritanos honraba a Cristo más que muchos de los que les critican.
    A menudo, cuando los cristianos castigan ciertos patrones de comportamiento piadoso como “legalista”, esto puede ser una indicación de que ellos mismos se están volviendo más permisivos, y deslizándose moralmente. Ingenuos, se imaginan que cuando atacan y critican a los llamados “legalistas” o “puritanos”, hacen que ellos mismos salgan con mejor apariencia, o que así encomiendan su propia posición y comportamiento a los demás.
    Nuestra seguridad está en quedarnos lo más cerca posible a las enseñanzas de las Escrituras, no en intentar ver cuán cerca del precipicio podemos llegar sin caer.

William MacDonald, traducido de la revista "Uplook"
 
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 ¿No Oran Vuestras Mujeres 
En Las Reuniones?

    Los que preguntan así a veces la expresan como una acusación: “No dejaís a las mujeres orar en las reuniones, ¿verdad?” Pero de cualquier modo, se equivocan. Aparentemente se creen que si no oyes a alguien orar, entonces no ora. Sin embargo, es Dios quien debe oir la oración.
    La Bibila da el ejemplo de una mujer piadosa que oraba en público pero nadie le oía. En 1 Samuel 1:12-13 leemos acerca de Ana, la madre de Samuel: “Mientras ella oraba largamente delante de Jehová, Elí estaba observando la boca de ella. Pero Ana hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios, y su voz no se oía; y Elí la tuvo por ebria”. Ana era una mujer creyente, y practicaba la oración. Su hijo Samuel fue una respuesta de oración – un poderoso varón de Dios. Pero oraba en silencio, y porque su voz no se oía, Elí sacó una conclusión erronea. De modo similar, hoy en día los que no oyen la voz de las hermanas en las reuniones suponen que ellas no participan. Los demás no oyen al que ora en silencio, pero Dios sí. A fin de cuentas por eso oramos – para que Dios nos oiga y conteste.
    Si una hermana no ora en una reunión de oración, hace mal, porque no se congrega sólo para hacer acto de presencia. Y si una hermana no adora, no da gracias, no alaba al Señor durante la Cena del Señor, ¿qué hace? Su corazón debe expresarse delante del Señor, y no hace falta voz alta para esto. Cuando las hermanas participan así en silencio, contribuyen al espíritu de intercesión o de adoración en una asamblea, y realizan su función sacerdotal. Hermana, el Señor te escucha cuando los hombres no pueden. 
            

    Carlos  
 
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"Vuestro atavío
no sea el externo de peinados
ostentosos, de adornos de oro o de vestidos
lujosos, sino el interno, el del corazón, en el
incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible,
que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas
mujeres que esperaban en Dios, estando
sujetas a sus maridos"
1 P. 3:3-5
 
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Tengamos consideración y no hagamos esperar al Señor ni a nuestros hermanos. No lleguemos ni tarde ni justo a la hora, sino antes. ¡Conquistemos las malas costumbres, la indisciplina, la pereza y el egoísmo! 
 
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EL LIBRO DEL MES:   "Yo Soy", 
por Carlos Tomás Knott
En Éxodo 3:14 Dios se reveló a Moisés diciendo: "Yo soy". Nadie más toma ese nombre. Cuando Jesucristo declaró: "yo soy", en el evangelio según Juan, se separó de todo otro ser. Él es único, Dios hecho hombre, y no tiene igual ni semejante en todo el mundo. Buda no es el "yo soy", ni lo es Mahoma, ni ningún santo católico. La única esperanza de la humanidad es el Señor y Salvador Jesucristo, el "yo soy".
precio: 4 euros
 
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DOS GRANDES DESCUBRIMIENTOS

1. La Convicción Ante Dios
    Amigo, ¿Has descubierto que eres un pecador culpable ante Dios? Puede que seas una persona moral, amable y religiosa ante los hombres, y en tu propia estimación inocente en la vida. Pero ante los ojos del Dios Santo y Justo, eres un pecador. No te ofendas, sino considera cabalmente lo que la Palabra de Dios dice: “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”  Romanos 3:23. “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” Ecclesiastés 7:20.
    Leemos de algunos que reconocieron esa verdad, y así es cómo se expresaron:
· el apóstol Pedro: “Soy hombre pecador” Lucas 5:8
· el patriarca Job: “He aquí que yo soy vil” Job 40:4
· el profeta Isaías: “¡Ay de mí! que soy muerto...siendo hombre inmundo de labios” Isaías 6:5
· el apóstol Pablo: “...los pecadores, de los cuales yo soy el primero” 1 Timoteo 1:15
    ¿Te has visto así convicto de tu pecado ante Dios? ¿Lo has reconocido en Su presencia? Si es así, también puedes conocer el camino de limpieza del pecado. Pero si no lo has reconocido, debes ser hallado un día convicto y sin palabras (Mateo 22:12) ante el trono del juicio divino.

2. La Limpieza del Pecado
    Muchos tampoco han descubierto cómo realmente ser limpios de sus pecados. Hay una manera en que cualquier pecador puede ser totalmente perdonado y limpiado, y así hecho apto para estar en Su santísima presencia. No es por sinceridad, ni obras de justicia, ni por ocupación en las cosas de religión como por ejemplo los rezos, los sacramentos o la devoción a los santos.
“Hay generación limpia en su propia opinión, Si bien no se ha limpiado de su inmundicia” Proverbios 30:12.  Sólo hay un camino y medio por el cual el pecador puede ser limpio ante Dios, y es éste: La sangre de Jesucristo:
· “y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos...que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”   Apocalipsis 1:5
· “...la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”     1 Juan 1:7
· “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado”  Juan 15:3
   
    El pecador que reconoce su pecado ante Dios (Salmo 32:5) y confía en la sangre de Jesucristo que fue derramada por sus pecados, y cree la Palabra de Dios, el Evangelio, recibe perdón y limpieza de Dios, como Cristo dijo: “está todo limpio” Juan 13:10.
Nunca en el infierno estará alma que no tuvo oportunidad,
Sea pagano, o de hogar cristiano, cada cual tiene responsabilidad.
 
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 Los Profetas: Verdaderos Y Falsos
Parte II

No siempre entendieron los profetas todo lo que dijeron (Dn. 7:28; 8:15-27; 10:7-15; 1 P. 1:10-12; Ap. 7:13-14; 17:6). En particular su dificultad fue en cuanto al Mesías. Cuando profetizaron en el mismo momento sobre los sufrimientos del Mesías y sobre Su gloria, les fue difícil de entender. No podían entender cómo el Cristo podría experimentar las dos cosas, porque no veían lo que nosotros desde nuestra posición y perspectiva en la historia vemos: las dos venidas del Señor Jesucristo - una en humildad y otra en gloria. Y junto con esas dobles referencias en cuanto al Mesías, hay que reconocer que existe y obra este principio de doble referencia en las predicciones de los profetas. Hay profecías que tienen un cumplimiento inmediato y parcial, seguido después por otro cumplimiento pleno y final. Por ejemplo, la profecía de Joel 2:28-31: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas... y daré prodigios en el cielo y en la tierra... el sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová...”. Hay un cumplimiento parcial de esta profecía el día de Pentecostés, cuando Pedro la cita para explicar el milagro de la venida del Espíritu y la predicación de los apóstoles en lenguas (Hch. 2:7-21). Fue parcial, por cierto, por cuanto no hubo prodigios en el cielo y en la tierra, el sol no se convirtió en tinieblas ni la luna en sangre. Pedro explicó que ellos hablaron así porque Dios les había derramado Su Espíritu como Joel dice, y no porque había venido el día de Jehová. Después, en la segunda venida de Cristo, con todas las señales y los prodigios que vemos en el libro de Apocalipsis, vendrá el Señor como Joel profetizó y se cumplirá plena y finalmente esta profecía. Otro ejemplo es Isaías 7:10-16 cuando Isaías da en los versículos 14-16 la profecía acerca del nacimiento virginal del Mesías: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel. Comerá mantequilla y miel, hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno. Porque antes que el niño sepa desechar lo malo y escoger lo bueno, la tierra de los dos reyes que tú temes será abandonada”. Esta profecía tenía un cumplimiento inmediato en los días de Acaz, con un niño que nació y fue llamado Emanuel. Antes de que creciera mucho ese niño, la alianza del norte, entre Siria e Israel, fue desecha y Acaz no tenía nada que temer de ellos. Pero este versículo también tuvo su cumplimiento pleno y final siglos después, cuando la virgen María concibió y dio a luz a “Emanuel, que traducido es Dios con nosotros”, el Señor Jesucristo (Mt. 1:23).
    En los libros de los profetas, la palabra “Israel” normalmente significa el reino del norte, es decir, el reino que Jeroboam estableció con las 10 tribus exceptuando a Judá y Benjamín. Hay ocasiones cuando la palabra es usada en su sentido más amplio, más general, para hacer referencia a Israel como todos los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob.  El contexto indica cuál es el sentido en cada caso. “Judá” significa las dos tribus del sur, el reino cuya capital era Jerusalén y cuyos reyes eran descendientes de David. “Efraín” es empleada no tanto para hablar de la tribu de Efraín, sino del reino del norte donde esta tribu tanto figuraba y controlaba. Esta palabra tanto como “la casa de José” se nota especialmente en la profecía de Oseas. “Samaria” se refiere a la capital del reino del norte, y en sentido figurado a todo el reino del norte. Otras capitales importantes en los libros proféticos son: Jerusalén de Judá, Nínive de Asiria, Damasco de Siria, y Babilonia de Babilonia.
    Entre los temas tratados por los profetas del Antiguo Testamento están los siguientes:

    1. La santidad y justicia de Dios y lo que Él opina acerca del pecado.
    2. El pecado y el fracaso del pueblo escogido por Dios.
    3. Un llamado al arrepentimiento y sus frutos.
    4. El juicio de Dios que vendría sobre los judíos obstinados: destrucción.
    5. El juicio de Dios sobre las naciones de los gentiles.
    6. La vuelta de la nación de Israel del cautiverio.
    7. La venida del Mesías, Su rechazo por Israel, Sus sufrimientos,                 muerte y resurrección.
    8. La venida del Mesías en poder y gloria para reinar.
    9. La restauración futura de Israel.
    10. El reino universal de Cristo.

    También es importante reconocer que la Iglesia no es el tema de las profecías del Antiguo Testamento, porque ellas hablan de Israel y el Mesías, de juicios divinos sobre las naciones, y aun cuando hablan de la conversión de gentiles no hablan de la Iglesia, su gobierno, su misión, etc. sino de que la gracia de Dios será extendida a los gentiles. Según Efesios 3:4-6 la Iglesia es un misterio que fue escondido en tiempos pasados, y revelado en el Nuevo Testamento.

El Coste de Ser Fiel

    Los profetas, porque fueron fieles a Dios, no fueron populares con la nación. Al pueblo de Dios no le gusta ser reprendido y corregido, aún en nuestros tiempos. Considera los sufrimientos de los profetas:

· El rey Amasías (2 Cr. 25:16) amenazó al profeta que Dios le envió, diciendo: “¿Te han puesto a ti por consejero del rey?  Déjate de eso. ¿Por qué quieres que te maten?”
· 2 Cr. 36:15-16 “ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas...”
· Los judíos dijeron a Jeremías: “No profetices en nombre de Jehová, para que no mueras a nuestras manos” (Jer.11:21).
· El sacerdote Pasur azotó y encarceló a Jeremías por profetizar contra Jerusalén (Jer. 20:1-2).
· Jeremías fue detenido, azotado y encarcelado porque intentó salir (Jer. 37:12-15)
· Los príncipes echaron a Jeremías en la cisterna por sus profecías (Jer. 38:4-6)
· El remanente acusó a Jeremías: “Mentira dices; no te ha enviado Jehová nuestro Dios para decir: No vayáis a Egipto...” (43:2).
· Dios advirtió a Ezequiel de la dureza del pueblo: “...te envío a hijos de duro rostro y de empedernido corazón; y les dirás: Así ha dicho Jehová el Señor. Acaso ellos escuchen; pero si no escucharen, porque son una casa rebelde, siempre conocerán que hubo profeta entre ellos” (Ez. 2:4-5).
· El pueblo venía y escuchaba, pero se mofaba de Ezequiel (Ez. 33:30-33) y no ponía por obra sus palabras. Como muchos que asisten hoy a conferencias.
· Daniel 9:6 “No hemos obedecido a tus siervos los profetas...”
· Amós 5:10 “Ellos aborrecieron al reprensor en la puerta de la ciudad, y al que hablaba lo recto abominaron”.
· El sacerdote Amasías ahuyenta a Amós: “vidente, vete, huye a la tierra de Judá... y no profetices más en Bet-el, porque es santuario del rey, y capital del reino” (Am. 7:12-13).
· Miqueas cita cómo el pueblo trataba de poner mordaza a los profetas: “No profeticéis, dicen a los que profetizan...” (Miq. 2:6).
· Juan el Bautista fue prendido y encadenado en la cárcel por reprender a Herodes acerca de su matrimonio ilícito (Mt. 14:3-5) y Herodías le odió y consiguió matarlo (Lc. 3:19-20)
· Mt. 5:11-12 Cristo dijo: “...os vituperen...persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros...porque así persiguieron a los profetas...” (Lc. 6:23, 26)
· Mt. 13:57 El mismo Señor sufrió: “Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa” (repetido en Mr. 6:4; Lc. 4:24; Jn. 4:44).
· Mt. 23:29-37 Cristo llamó a los fariseos, escribas "hipócritas" e hijos de los que mataron a los profetas (Compara con Lc. 11:47-51; Lc. 13:34)  
· Lc. 6:22-23 El Señor nuevamente señaló el maltrato de Sus profetas como típico de Israel: "porque así hacían sus padres con los profetas”.
· Ro. 11:3 cita la queja de Elías: “Señor, a tus profetas han dado muerte”.
· Hch. 7:52  Esteban, lleno del Espíritu Santo, acusó a Israel: “¿cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo”. Por eso le mataron también a él.
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· Gá. 1:10 El apóstol Pablo tenía claro cuál debe ser su actitud y manera de proceder: “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo”.
· Gá. 4:16 Sentía lo mismo que los profetas: el rechazo y la enemistad de la gente: “¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo, por deciros la verdad?”
· 2 Ti. 2:8-12 A su discípulo Timoteo le animó a ser fiel pese a todo: “Acuérdate de Jesucristo... si sufrimos, también reinaremos”.
· He. 13:6 La esperanza del siervo fiel: “El Señor es mi ayudador, no temeré lo que me pueda hacer el hombre”.

En Marcos 9:4 los tres discípulos vieron a Moisés y Elías con Cristo en el monte de transfiguración. Pero un día nosotros estaremos en el cielo con el Señor, y veremos a todos los profetas del Señor, estaremos con ellos y tendremos comunión con ellos. ¿Cómo será nuestra conversación con ellos? ¿Qué testimonio dan nuestras vidas? Amados hermanos, aunque suframos por ello, seamos ahora fieles al Señor como ellos lo fueron.
Carlos Tomás Knott

viernes, 4 de marzo de 2016

EN ESTO PENSAD -- marzo 2016


Probablemente nadie olvidará los sucesos trágicos en Madrid el 11 de marzo del año 2004. Muchos saben exactamente dónde estaban cuando oyeron por primera vez la asombrosa noticia. Recuerdan que estaban en el trabajo, en casa mirando la tele, o viajando en coche o autobús.
    Muchos de nosotros escuchábamos la radio o mirábamos las imágenes con horror e incredulidad. ¿Realmente estaban sucediendo estas cosas? Pero, ¡sí, sucedieron! Y sentimos profunda compasión por todos los que perdieron amigos y seres queridos en este día de dolor nacional. Me impactó el pensamiento de que tantas personas como tú y yo estaban vivas y sanas en un momento, y en el siguiente momento estaban en la eternidad. ¡No sabían que en un segundo de tiempo se les iba a quitar la vida y que serían lanzadas a la eternidad en un momento de violencia inimaginable!
     De alguna manera vamos por la vida sabiendo que no durará para siempre, pero pensamos que el fin está todavía lejano. Pensamos que tenemos bastante tiempo, cuando en realidad sólo hay un latido de corazón o una respiración entre nosotros y la muerte. ¿Has pensado en dónde irás cuando mueras? ¿Te has preguntado dónde estarás cuando los vivos estén observando tu funeral? ¿Dónde estarás tú un segundo después de la muerte?
     Muchos piensan que irán al cielo porque han sido religiosos o sinceros, o porque han tratado de ser buenos, pero un segundo después de la muerte descubrirán que estaban equivocados. Muchos esperan ir al cielo y les gustaría ir allí, por supuesto, pero ellos también estarán tristemente sorprendidos un segundo después de la muerte. Otros dicen que el cielo no existe, y que es un cuento inventado por la religión. Pero el cuento es lo que éstos creen, que no hay cielo, y un segundo después de la muerte se darán cuenta. Y lo peor es que entonces, ¡será demasiado tarde!
     Amigo, ¿es posible que nunca hayas abierto la Biblia para ver con toda certeza lo que Dios dice acerca de a dónde irás cuando termine tu vida terrenal? ¿Por qué no abrirla ahora y ver con tus propios ojos lo que tiene que decir, mientras haya tiempo? Quizá no sabes dónde comenzar, ya que la Biblia es un libro grande. Sugerimos que comiences a leer en los Evangelios (S. Mateo,  S. Marcos, S. Lucas y S. Juan), porque cuentan de la vida, muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo. Lee la Biblia y busca en ella las respuestas a estas preguntas: ¿Por qué vino Jesucristo al mundo?” y “¿Cómo podemos ser salvos de nuestros pecados?” Mejor comenzar lo antes posible, porque no sabes cuándo te tocará morir, y hoy por hoy no estás preparado.
     A continuación citamos algunos versículos para ayudarte a comenzar. Por favor, leelos con cuidado y toma el tiempo para pensar en ellos.

   “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (S. Mateo 7:13-14).

   “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (S. Marcos 8:36-37).

   “También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré?...Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?” (S. Lucas 12:16-20).

   “...el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (S. Lucas 19:10).

   “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (S. Juan. 3:16).

   “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (S. Juan 14:6).

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 LA BOMBA DE AGUA


Un hombre tiene un pozo de agua cerca de su casa, y una bomba espléndida colocada encima. Aunque la bomba en sí es un mecanismo perfecto, el hombre nunca ha podido sacar agua buena de aquel pozo. Antes al contrario, cuanto más trabaje con la bomba, peor está el agua que sube.
    Un día este hombre tiene visita de alguien que resulta ser experto en estos asuntos. Y éste le explica que si perfora una gran roca que está cerca, sacará de abajo una amplia cantidad de agua pura. Desesperado, el hombre hace el experimento, y después de unos días de trabajo perfora la roca y halla el manantial esperado, resultando en una fuente de agua viva, pura y refrescante que sale con gran fuerza.
    Ahora bien, ¿piensas que aquel hombre traerá ahora su bomba del pozo y la colocará sobre aquel manantial que chorrea agua buena?
    ¡Por supuesto que no! No es que tenga queja alguna de la bomba. Está tan buena como siempre. Pero ahora tiene aguas vivas de una fuente nueva, cual él nunca hubiera podido sacar del pozo con la bomba.
    Ahora vamos a aplicar esta figura sencilla. “La ley no fue dada para el justo” (1 Ti. 1:9). En sí la ley es “santa, justa y buena”, pero cuando fue aplicada al ser humano en la carne, como la bomba que fue aplicada al pozo malo, sólo podía sacar lo que había allí.
    ¿Cuál entonces fue el requisito de la ley? Gálatas 5:14 nos dice: “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Sí, demandaba amor, pero salía odio perfecto, y no sólo esto, sino odio a Aquel que merecía sólo amor. “Me aborrecen sin causa” (Sal. 69:4). Entonces, se acabó lo del pozo viejo, y la bomba que sólo hacía su condición contaminada más y más obvia.
    Ahora miremos al otro lado de la cuestión, ¡y qué contraste más refrescante es ir de lo viejo a lo nuevo!
   Pero, puede preguntarse, ¿qué es este manantial nuevo? No es nada menos que el Espíritu de Dios —el Espíritu de vida en el alma del creyente (Jn. 4:14; 20:22; Gá. 5:22-25). El Señor Jesús dijo en Juan 7:38-39, “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él”.  
    ¿Y qué sacamos de esta fuente nueva? Pues, el primer fruto producido por el Espíritu es justo la cosa que la Ley demandaba, pero no podía producir, esto es: “amor” (Gá. 5:14, 22).
George C. Cutting
traducido y adaptado de un artículo en la revista “Uplook”, febrero del 2007 


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EL DIEZMO NUNCA FUE DINERO
Jack Fleming



Hasta en los días del Señor se menciona que para pagar el diezmo no traían dinero. Lc.11:42, "diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza". Y todo eso se guardaba en el alfolí, que obviamente tampoco era una "alcancía" [cepillo para limosnas] como mienten los comerciantes de la fe.
     No existe en toda la Biblia disposición alguna, ni mandamiento, ni tan siquiera un solo ejemplo de alguna iglesia que recogiera el diezmo, o de un cristiano que lo hubiera pagado.
     Yo sé que muchos pastores se escandalizan con esta afirmación y dicen: "El diezmo es bíblico, porque se menciona muchas veces en la Biblia". Eso es verdad, pero lo que no dicen es que siempre se menciona para la nación de Israel, NUNCA para la iglesia.
     Este es un tema tan sensible para los Neo Evangélicos, como lo es "María" para los romanistas. Y esto es porque ambos son una fuente de ingresos económicos muy importantes para quienes los manipulan.
     En la Biblia también se menciona muchas veces el sábado (día de reposo), la circuncisión, los sacrificios de animales y muchas otras ordenanzas, pero eso no significa que la iglesia deba guardar el sábado ni circuncidarse o continuar con los sacrificios de animales.
     Si entendemos correctamente que aunque la Biblia lo mencione, vemos que nosotros los cristianos no debemos cumplir tales ordenanzas, porque son para la nación de Israel. Entonces ¿por qué los judaizantes de hoy insisten en incluir "algunos" mandamientos que claramente son para Israel y no para la iglesia?
     No hay que ser muy observador para darse cuenta que justamente los que incluyen, son aquellos que les puedan reportar algún beneficio material, como el diezmo y la "fiesta de las primicias".
    Ni los Pentecostales han mostrado interés alguno por añadir a sus iglesias la fiesta de Pentecostés, porque ni esa, ni ninguna de las seis restantes que se mencionan en Levítico 23 les aportaría beneficio económico.
    Si les preguntáramos ¿por qué no guardan la fiesta de Pentecostés, o la de los Tabernáculos, o la fiesta de las Trompetas?, ninguno titubearía en respondernos: "Porque esas fueron ordenanzas para Israel". Y ¿qué se podría decir entonces del diezmo y de la parodia que practican como fiesta de las primicias?

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Libro Nuevo:

¿Es Bíblico Que Una Mujer 
Hable En La Congregación?
por Christopher Knapp

El autor no pregunta la cultura, los derechos, la opinión de mayoría, ni qué hacen los demás. Sólo quiere saber qué dicen las Escrituras, y nos guía a examinar la Biblia y sacar respuestas bien claras si no populares. ¿Te atreves a saber la verdad, y obedecerla?
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¿EXISTE EL INFIERNO?

Sorprendentemente, las encuestas demuestran que durante las últimas décadas aumentó el número de los que creen que el infierno existe. Sin embargo, menguó dramáticamente el número de los que creen que irán allá. ¿Esto nos proporciona una comprensión de la condición espiritual del mundo hoy en día? ¿Cómo es que hoy más gente profesa creer en el infierno, pero menos gente cree que irá allá?
    Creo que estos resultados reflejan la creciente popularidad de ideas como: “Dios es un Dios de amor – Él nunca mandaría a nadie al infierno”, y “Creo que he hecho bastante bien en mi vida, y si existe el infierno, no iré allá”. Son dos conceptos equivocados y muy peligrosos, porque son claramente contrarios a lo que la Biblia enseña al respecto.
    ¿Realmente existe un lugar llamado el infierno?  Jesucristo habló más del infierno que del cielo, diciendo: “Temed a aquel que...tiene poder de echar en el infierno” (Lucas 12:5). El infierno se describe como el lugar “donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga” (Marcos 9:44).
    ¿Dios realmente echará a gente en el infierno? Sí. “Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” (Apocalipsis 20:15).
    ¿Pueden las buenas obras librarnos del infierno? No. “Ya que por las obras de la ley [buenas obras] ningún ser humano será justificado delante de él...por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:20, 23).
    Estas Escrituras revelan la verdad a menudo ignorada del carácter de Dios y el juicio requerido del pecado. Sí, Dios es amor. No obstante, Él también es perfectamente santo y justo, lo cual significa que Él no puede pasar por alto el pecado. La paga del pecado que Él ha decretado tiene que pagarse. “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). El que muere en sus pecados será eternamente separado de Dios en el infierno (Apocalipsis 20:14; 21:8). No fue hecho para los seres humanos, sino para el diablo y sus ángeles (Mateo 25:41).
    Si piensas que Dios nos ama demasiado para no intervenir a favor nuestro, tienes razón. Él ha intervenido. La Biblia declara: “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Dios demostró Su increíble amor inigualable a nosotros cuando envió a Su Hijo Jesús para ser nuestro sustituto y sufrir en nuestro lugar. La Biblia dice que Cristo “llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”, y “nos redimió de la maldición de la ley” (1 Pedro 2:24; Gálatas 3:13). Entonces, Dios le levantó de los muertos, mostrando Su satisfacción con Él y el precio que pagó.
    Ahora el mensaje maravilloso es: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Se ofrecen gratuitamente la salvación del pecado y del infierno a todos los que confíen en el Señor Jesucristo – todos los que confíen en Su obra consumada en la cruz de sufrir en nuestro lugar, pagando la paga de nuestros pecados: la muerte.
    En el día del juicio, la pregunta no será si el infierno existe o no, ni si Dios es justo, ni si eres tú pecador – porque todas estas cosas serán obvias. La pregunta será: “¿Confiaste en el Señor Jesucristo como tu Salvador?” Es así de sencillo: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).
    Porque Cristo dijo: “Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). “¿Cómo escaparemos...si descuidamos una salvación tan grande?” (Hebreos 2:3). No la descuides. Arrepiéntete y confía en el Señor Jesucristo.  
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 ¿Hay Pocos Que Se Salvan?
Parte II
O. J. Gibson
viene del número anterior
Las iglesias evangélicas creen que al predicar el evangelio, algunos oyentes obedecerán el mensaje del evangelio, confiando en Cristo, y así serán salvos (1 P. 4:17; Hch. 5:32). Aunque es difícil saber con certeza las cifras, se calcula que sólo entre 300 millones y 350 millones (en todo el mundo) pertenecen a iglesias evangélicas que predican el evangelio. Esto sería aproximadamente veinticinco por cien de los en el mundo que dice que son cristianos. Pero, de ese número, sólo la persona más optimista creería que cada uno de ellas es un verdadero creyente, nacido de nuevo y mostrando las mínimas señales de nueva vida en Cristo. De la población mundial de seis billones de personas, trescientas millones es ciertamente un número pequeño. ¿Cómo llegan éstas a ser cristianas en la práctica general? La mayoría de las personas que están en iglesias evangélicas son bautizadas y consideradas miembros de la iglesia. Está muy extendida la creencia de que esto es todo lo que se requiere. La existencia en ellas de una fe genuina que resulta en la salvación es un supuesto.  Algunos llamados “cristianos” basan sus esperanzas de ir al cielo en el hecho haber sido bautizados y que son miembros de la iglesia. En las iglesias hay cierta reticencia en cuanto a quitar de la lista de miembresía a aquellos que han cesado de asistir o se han vuelto atrás. Hoy por hoy, casi nadie es excomulgado por comportamiento pecaminoso, a pesar de que en 1 Corintios 5 la doctrina apostólica demanda eso.
    Curiosamente, algunos evangelistas conducen una serie de reuniones evangelísticas o “avivamientos”, como las llaman en algunas partes. Recuerdo un incidente de un avivamiento evangelístico. Tenía que ver con una viuda anciana que ciertamente estaba viviendo una vida cristiana, y asistió a una de esas reuniones. El predicador típicamente empleaba un “llamado múltiple” al final de su mensaje. Primero hizo una invitación a los que querían ser salvos, que pasasen al frente. Casi no hubo respuesta. El evangelista siguió con su invitación y llamado: “Los que quisieran ser restaurados al Señor, que pasen adelante”. Luego apeló: “Los que desean dedicar de nuevo su vida al Señor, venid”. Finalmente, porque había tan pobre respuesta, apeló desesperadamente: “Los que no estáis haciendo para el Señor todo lo que podríais, venid”. Esto último tocó a la viuda anciana, y ella pasó al frente y se sentó en el primer banco donde se ponían los que buscaban ser salvos. El pastor fue el que habló primero con ella. “Dime, señora, porque ha venido al frente usted?” Ella respondió con voz temblorosa: “Pienso que no estoy haciendo para el Señor todo lo que podría”. El pastor respondió: “¿Y quién hace esto?”, suspiró, y la dejó.
    Un evangelista conocido internacionalmente me dijo que le juzgan por su éxito al traer al frente las personas. Dijo: “lo aborrezco”. Así que le pregunté: “¿Por qué, entonces, prolongas tus reuniones al final con estas invitaciones y llamadas?” Respondió: “es necesario para obtener resultados–quiero decir, números”. En mi experiencia hay muy pocos “convertidos” así que se demuestran reales. Hace años fui consejero algunas veces en las “cruzadas” del más famoso evangelista del mundo: Billy Graham. Cuando hacía preguntas a los que pasan al frente, pocos tenían convicción de pecado o verdadero comprensión del evangelio. Cuando les preguntaba: “¿Por qué te acercaste?”, muchas veces respondían: “Parecía algo bueno que hacer, no puede hacerme daño”.  Basándome en los que venían a nuestra iglesia y otras iglesias como resultado de estas cruzadas, yo calcularía que una minoría sorprendentemente pequeña de tales personas han sido verdaderamente salvadas. No obstante, multitudes basan su esperanza de ir al cielo sobre esta experiencia de “decisión”. Una “decisión” indica casi cualquiera respuesta a una presentación del evangelio, como por ejemplo las siguientes:

    “Pasé al frente al final de la reunión”.
    “Levanté mi mano”.
    “Dije ‘amén’ a la oración que alguien hizo por mi”, o “repetí                      una oración escrita o formulada por otro”.
    “Acepté de Dios el don gratuito de salvación”.
    “Firmé una tarjeta de decisión”.
    “Hice la oración del pecador”.  (...
en tal día y tal hora)
    “Invité a Jesús a entrar en mi corazón”.
    El predicador oró conmigo”.

    ¿La epístola a los Romanos o el evangelio según Juan enseña respuestas así? Todos debemos saber que no. Entonces, ¿cuál es el contenido de la fe de las personas que toman pasos así? ¿Verdaderamente hay comprensión en el corazón? Considera lo que a menudo pasa con esta clase de profesión de fe. La persona que le ha “guiado al Señor” le presenta a otra persona diciendo: “Juan acaba de ser salvo, ¡alabado sea Dios!” O puede incluso presentar públicamente a la persona como alguien que acaba de convertirse. Pero yo pregunto: “¿cómo puede el cristiano que presenta al otro así estar tan absolutamente seguro de su afirmación si no tiene por adelantado una copia del libro de la vida del Cordero?” Al contrario, dar su confesión de fe es la responsabilidad de la persona que profesa creer (Ro. 10:7-10). Debería ser la Palabra de Dios, no la palabra de un obrero cristiano, la que provee la base correcta para la certidumbre de la salvación. ¿Quién es calificado para dar a otra persona la certidumbre de la salvación?
    En esas prácticas evangelísticas se siembran semillas de lo que podría ser una falsa profesión de fe. Una persona puede parecer haber aceptado o creído en Cristo como Salvador, pero si después se le anima a creer que irá al cielo principalmente por esa profesión, a pesar de como vive en este mundo, esto es peligroso. A esto se le llama: “la seguridad eterna de la profesión de fe”, en lugar de: “la seguridad eterna de la salvación genuina”. No hay ningún apoyo bíblico para la “seguridad eterna de la profesión de fe”. De hecho, la Escritura nos advierte acerca de “palabras vanas” como una decepción (Ef. 5:6).
    Es curioso que hoy en día parece que no hay preocupación, o muy poca de ella, en las iglesias, en su liderazgo y en los miembros de las familias, acerca de la realidad de una supuesta relación con Cristo. En muchos casos se ven periodos extendidos de relación con una iglesia en particular por razones de familia, amigos o lazos étnicos. Esto no equivale a salvación. En las generaciones anteriores hubo una gran preocupación acerca de estar seguro de ir al cielo. Al parecer hubo más temor de Dios, el cual es: “principio de sabiduría” (Pr. 9:10).  Esto ayudó a romper los lazos tradicionales. Hoy en día la falsa profesión es una “doctrina perdida de la iglesia” a la hora de enseñar, aconsejar, y en libros completos acerca de la salvación. Ésta es una pérdida peligrosa. No hay en absoluto nada peor que morir, y encontrarse delante de Dios con el choque de hallar que no vas a ir al cielo para estar siempre con el Señor como esperabas (ver Mt. 7:22-23). Es trágico pensar en porqué tus amigos, pastores, maestros o tu propia familia te permitía vagar en la vida, engañado con una certidumbre falsa.
    ¿Estás seguro de que tú estás entre los “pocos” de los cuales Jesucristo habló, cuyos nombres están inscritos en: “el libro de la vida del Cordero” (Ap. 20:15; 21:27)? Si no, debes asegurarte. Estudia cuidadosamente, no selectivamente, lo que la Biblia dice acerca de cómo ser salvo, y considera con cuidado cada versículo bíblico que es aplicable a este tema.

Preguntas Para Reflexión:  (basadas en las dos partes del artículo)

1. ¿Piensas que muchas personas que profesan ser cristianas se sorprenderían al saber que Jesucristo dijo que sólo unos pocos llegarán al cielo y que el camino es angosto? ¿Por qué quisiera alguien poner en entredicho esta afirmación del Señor?


2. En tu opinión, ¿por qué está la mayoría de la gente más confiada hoy en día de que irá al cielo  en comparación con los que vivieron hace 50 o 75 años? Previamente, muchos pensaron que nadie podía estar seguro de esto hasta el día del juicio final después de la muerte. ¿A que es debido este cambio?


3. ¿Qué parece ser la base de la confianza de muchos de los que profesan ser cristianos? ¿Por qué están tan seguros de que irán al cielo? (Mt. 7:21-23; Lc. 13:23-27). Considera las prácticas típicas en las iglesias, los ritos o sacramentos como la base de la esperanza de algunos.


4. ¿Qué decepción podría haber en las prácticas de muchas iglesias, por las cuales muchos confían que han llegado a ser cristianos?  Apunta algunos métodos que cuestionarías, y explica porqué.

martes, 2 de febrero de 2016

EN ESTO PENSAD -- febrero 2016




¿Hay Pocos Que Se Salvan?
O. J. Gibson

Es una buena pregunta. ¿Sólo van a ir unos pocos al cielo cuando mueran? Según la Biblia, la respuesta correcta a esta pregunta profunda es: “Sí, pocos”. Pese a los deseos de nuestro Dios de amor (Jn. 3:16; 2 P. 3:9; 1 Ti. 2:4), la mayoría de las almas no irán allí. Cuando los discípulos preguntaron al Señor: “¿Son pocos los que se salvan?” (Lc. 13:23), Él contesto claramente su pregunta. “...Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mt. 7:13-14). La mayoría de la gente no sabe esto, o por alguna razón rechaza Su enseñanza. Millones de personas dicen: “soy cristiano”, pero tiene poca o ninguna evidencia de que su afirmación esté de acuerdo con la Biblia. En los funerales regularmente los ministros aseguran a los oyentes de que el difunto está en el cielo. ¿Es siempre verdad esto, o simplemente hablar bonito o esperar lo mejor?
    Es una tragedia hoy en día, que muchas personas confiadamente esperan ir al cielo, aunque su condición espiritual sea cuestionable. Hay quienes a nunca o a penas leen la Biblia, ni saben lo que ella enseña acerca de la salvación. La forma general de razonar parece ser que: “Dios nos ama demasiado como par enviarnos al infierno”. Muchos piensan que porque pertenecen a una buena iglesia, o a cualquier iglesia, por eso llegarán al cielo. Quizá ni asisten regularmente ni ocasionalmente, pero piensan que esta negligencia no importa. Quizá piensan así: “Yo básicamente soy buena persona”, o al menos, “No soy mala persona. Por lo tanto, Dios me aceptará como suficientemente bueno para el Cielo”. ¿Es esto verdad? Al contrario, la Biblia nos enseña que: “No hay justo, ni aun uno”, ante los ojos del Dios infinitamente santo (Ro. 3:10).
    ¿Cuál es la situación en el mundo respecto al número de los que se identifican como cristianos? En el año 1980, E. R. Dayton, en su libro: To Reach the Unreached (Alcanzando a los No Alcanzados”), estimó que había aproximadamente un billón de “cristianos” en la población mundial de cuatro billones de personas, aproximadamente veinticinco por cien. En 1998 la población del mundo fue calculado en seis billones (seis mil millones), y se calculaba que el número de “cristianos” era entre 1.5 y 1.8 billones; el mismo porcentaje y todavía una minoría. Pero cuidado, porque el término “cristiano” incluye toda variedad de creencia, aun las sectas y grupos con serias contradicciones respecto a la sana doctrina. También incluye toda persona que ha sido bautizada de cualquier modo y por cualquiera razón, aunque haya dejado de  asistir o pertenecer a una iglesia. Muchas iglesias (católicas y protestantes) emplean a los padrinos – los que intervienen haciendo un voto para asegurar que los niños sean criados como “cristianos”. Esos profesan creer de parte del infante o niño pequeño cuando se bautice. Se suele hace rociando con agua y marcando su frente con la señal de la cruz. Luego, los candidatos van a clases de catecismo, que consisten mayoritariamente de trabajos de memorizar (los credos, versículos de la Biblia como los Diez Mandamientos, etc.). La suposición es que entienden y creen todo lo que han sido enseñados y lo que han memorizado. Luego pueden ser miembros y tomar la comunión, y más tarde pasan por un rito de confirmación sobre el cual preside el obispo. Por supuesto que nada de esto excepto el bautismo es mencionado en la Escritura; ni fue practicado por la iglesia apostólica del primer siglo. La cualificación para el bautismo es ser creyente, es decir, tener una fe genuina y salvadora (Hch. 8:36-37). Sólo Cristo salva. Sólo la sangre del Señor Jesucristo quita los pecados; no lo hacen las aguas del bautismo (Ap. 1:5; He. 9:22), ninguna experiencia, sensación, sueño, visión, ni ningún rito, sacramento ni ceremonia de ninguna iglesia.
continuará, d.v.

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 “Yo soy el hombre que ha visto aflicción 
bajo el látigo de su enojo” (Lam. 3:1)


El libro de Lamentaciones describe el sufrimiento de la ciudad de Jerusalén como si fuera una persona. Además describe el sufrimiento que Jeremías sentía al ser testigo del juicio divino que caía sobre su pueblo.
      Pero el lenguaje de algunos pasajes también es una vista profética de Cristo sufriendo por nosotros. Por ejemplo, en Lamentaciones 3.1-20 podemos reconocer al Señor Jesús como “el hombre” afligido por la vara de su furor, mientras sufría en el Calvario por nuestros pecados. Nosotros amamos al Señor Jesucristo porque Él soportó toda esa ira por nosotros, y por eso le adoraremos
para siempre.
Carlos

        Su santa vara Dios blandió, hiriéndote a Ti;
        Dios mismo te desamparó, para ampararme a mí.

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PELIGROS EVANGELÍSTICOS
escribe Reginald Wallace

Gracias a Dios por los fieles mensajeros de Dios que hoy desean únicamente la gloria de Dios en la reclamación de almas. Pero no olvidemos que la evangelización masiva tiene un peligro del cual cada predicador fiel debe estar consciente. Es la tendencia a un emocionalismo que suelta grandes oleadas de fuerza emocional y produce una agitación religiosa que puede parecerse como un movimiento de Dios. Las emociones controladas por el Espíritu Santo tienen su lugar en la verdadera evangelización, pero ahora más que nunca necesitamos una discreción divinamente dada, mediante la cual distinguimos entre excitación religiosa y el verdadero poder espiritual. Reconocemos, por supuesto, que una profunda obra convencedora de la gracia puede acompañarse de un despertar emocional. Pero tales sentimientos en sí no son criterio de una profunda obra espiritual en el corazón. El enemigo siempre está dispuesto a imitar la obra del Espíritu Santo con un estímulo religioso que parece como verdadera espiritual, pero cuando la marea de agitación decrece, deja el alma vacía e insatisfecha.  Tal vez la peor tragedia es que deja condiciones que luego generan sus propios problemas. Es de esperar que las almas desilusionadas son mucho más difíciles de influir luego con el verdadero mensaje del evangelio.
    La posibilidad de tal falsificación enfatiza la suprema necesidad de proclamar claramente una vida de “criatura nueva”.  Es una ley universal que todo lo que reproduce lo hace “según su género”. También es verdad respecto al ministerio de cosas santas. El ministerio religioso puede ser psíquica, ortodoxa, herética, social, humanitaria, educativa, política o espiritual. En cada caso, reproduce “según su género”. ¿Pero son tales resultados externos el objetivo principal de la evangelización? ¡Jamás! Los que están enseñados en estos artes saben que fácil y baratamente pueden ser producidos. Pero la verdadera meta de la evangelización es el establecimiento de la soberanía de Cristo en el corazón de los hombres. Es obra del Espíritu Santo y como tal no se mide con estadísticas.
    Siempre existe el peligro de entender mal el carácter celestial y la novedad esencial de la vida espiritual. ¡Cuán importante es que sus implicaciones transformadores y revolucionarias sean proclamadas completa y claramente! ¿Y cómo oirán los demás si no es mediante la predicación? Si los a quienes está encomendada la verdad no interpretan las doctrinas de Dios, no es sorprendente que haya una grave ignorancia respecto a las implicaciones del verdadero discipulado. Es de suma importancia que los ministros de la Palabra de Dios examinen todo (1 Ts. 5:21), busquen la iluminación del Espíritu Santo y prediquen con “el poder que Dios da” (1 P. 4:11). ¡Deben asegurarse que los talentos naturales y los poderes de la personalidad sean animados y dominados por la vida de Aquel a quien Dios levantó de los muertos!  
    Por otra parte, recordemos que la consagración entera “por causa de ellos” no garantiza la eliminación de todo lo falso. Quiero decir que desaciertos y falsas conversiones también son experimentados en la pura evangelización espiritual. El Señor declaró que la red del evangelio contendría malos y buenos peces, esto es, que habría profesiones espurios además de conversiones verdaderas. No obstante, seguramente es parte de la evangelio que nos ha sido confiado, que respecto al mensajero, él debe reducir al mínimo la posibilidad de falsas conversiones. Su responsabilidad principal es exaltar a Cristo mediante un testimonio fiel, sabiendo que la verdadera conversión siempre es obra del Espíritu Santo.
    No debe deducirse de todo esto que el evangelista debe ir al otro extremo y consistentemente rehusar echar y recoger la red. Seguramente esto es parte esencial del trabajo del pescador. Pero sí, significa que su objetivo principal es glorificar al Señor y serle fiel, cueste lo que cueste. Mediante la proclamación de un evangelio intransigente desea trabajar en busca de la profunda obra de gracia divina en los corazones de los oyentes.

del capítulo 1 de su libro: The New Sovereignty ("La Nueva Soberanía")

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 LIBRO NUEVO

La Fe de los Escogidos de Dios
 por John Parkinson,

Excelente y clarísimo estudio que demuestra la diferencia entre la elección que la Biblia enseña y la que la teología enseña. El autor documenta cuidadosamente los orígines extra-biblicos del concepto calvinista de elección. Invita cordialmente al lector a creer a Dios antes que a los hombres.    

precio:  7 euros
 
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            CREO LA BIBLIA, 
PERO NO SOY SALVO


 
Frecuentemente oímos esta expresión al hablar con las personas sobre la condición de su alma delante de Dios. Cuando la Biblia dice vez tras vez en versículo tras versículo que el creyente tiene vida eterna y es salvo, ¿es posible cree la Biblia y no ser salvo?
    Sin duda, cuando uno dice que cree la Biblia, esto significa que la acepta como verdadera. Pero creer que la Biblia es verdadera y aun defenderla ante la oposición no es lo mismo que ser salvo. Sin embargo, nadie puede ser salvo si no cree la Biblia, porque “la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios” (Romanos 10:17).
    Quizás esto le suena confuso. Pero, estimado amigo, si toma el tiempo para considerar seriamente lo que la Biblia dice, podrá comprender claramente lo que estas declaraciones quieren decir.
    La salvación no se basa en creer en la biblia, sino en la fe y confianza que uno deposita en una Persona, esto es, en el Señor Jesucristo (Juan 5:39-40; 8:24). El patriarca Abraham ocupa un lugar prominente en toda la Biblia, pero el testimonio supremo de la Biblia acerca de él es que creyó a Dios y Dios contó su fe por justicia (Romanos 4:3; Gálatas 3:6). Esto es lo que Dios quiere que usted haga: creerle.
    Dios le declara que ha pecado y está destituido de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Busca y lee en la Biblia la terrible acusación que Dios declara contra usted en Romanos 3, versos 9 al 23. Dios desea que usted y todos los demás reconozcan y confiesen a Él que ésta es su verdadera condición. ¡No mire atrás en su vida buscando las cosas que considera buenas obras y buenas prácticas, ni se engañe pensando que éstas le hará apto para la presencia eterna de Dios! Afronta su condición verdadera, sincera y justamente, reconociendo que Dios le conoce totalmente. Entonces confiesa su terrible condición a Dios y clama a Él para que le tenga misericordia. Si ha hecho esto, ahora esté en la condición correcta para recibir la salvación de Dios: el Señor Jesucristo.
    La verdad de la salvación entra en el corazón del pecador arrepentido mediante fe en las Escrituras que declara a Jesucristo como el único Salvador. Hay muchos textos así en la Biblia, pero le pido que considere seriamente Romanos 10:9, “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”. Considere primero la segunda parte de este versículo, y entonces contesta estas preguntas en su corazón: ¿Cree que Jesucristo vivió en este mundo, y que murió en la cruz del Calvario por sus pecados, que fue sepultado y que Dios le levantó de los muertos? Si cree esto de todo corazón, sólo queda una cosa que hacer para ser salvo ahora y para siempre. Confiesa con su boca que Jesús es su Señor y Salvador, porque Dios dice que creyendo en el corazón y confesando con la boca, será salvo.
    ¡Imagínese! No más dudas, no más incertidumbre, no más inquietudes acerca de su destino eterno. Confíe en el Señor Jesucristo como su Salvador de todo corazón, confiésele como su Señor, y sepa por la autoridad de la inmutable Palabra de Dios que es salvo. Entonces podrá decir: “¡Creo la Biblia y soy salvo!”

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 Los Profetas: Verdaderos y Falsos

El mensaje de los profetas no era principalmente una predicción del futuro, sino sencillamente una exposición de lo que Dios les reveló. Por eso tan frecuentemente leemos cómo  ellos comenzaron sus mensajes: “oíd palabra de Jehová”, “Me dijo Jehová”, “Vino a mi palabra de Jehová”, “así ha dicho Jehová”, etc. (ver por ejemplo: Jer.1:9; 7:2; Ez. 2.7 y las introducciones de los profetas menores.)  Sí que hay un elemento de predecir el futuro en los profetas, como advertencia o como esperanza. Las profecías más conocidas serían las de Isaías acerca del nacimiento de Cristo (7:14) y acerca de Su crucifixión (53), que fueron dadas 700 años antes de Cristo, y las visiones de Daniel 7-11 acerca de los grandes imperios y la venida del reino de los cielos. Y por cierto vemos en los libros de los profetas mucho del elemento profético en cuanto a predecir el futuro, pronunciar juicios venideros sobre pueblos —el día de Jehová— y también hablar acerca de la venida del Mesías. Pero mucho de lo que ellos dijeron era para corregir al pueblo de Dios y para afectar la vida práctica de los que les escucharon. Y a menos que fuesen falsos profetas, no hablaron otra cosa que la Palabra de Dios, porque la profecía no vino por voluntad humana, como 2 Pedro 1:21 nos dice. En 2 Crónicas 18:12-13, Micaías expresa muy bien esta fidelidad de los profetas a la Palabra de Dios:
    “Y el mensajero que había ido a llamar a Micaías, le habló diciendo: He aquí las palabras de los profetas a una voz anuncian al rey cosas buenas; yo, pues, te ruego que tu palabra sea como la de uno de ellos, que hables bien. Dijo Micaías: Vive Jehová, que lo que mi Dios me dijere, eso hablaré”.
    En cambio, los falsos profetas, y había muchos de ellos, pretendieron el oficio profético sin seguir y servir a Jehová, sino que a veces siguieron a Baal o a otros dioses y como mucho, fingieron ser profetas de Jehová. Profesaron hablar en Su nombre, pero Él declaraba repetidas veces que no los había enviado. Sirvieron sin llamamiento divino, sin palabra de Jehová y sin fidelidad a Él. Micaías tuvo que enfrentar al rey Acab con la Palabra de Dios aunque 400 falsos profetas ya habían profetizado lo que Acab quería oír, que iba a vencer a sus enemigos. Y aquí empezamos a ver cómo procedieron los falsos profetas. Su ministerio era positivo, agradable, y suave, los “mister sonrisas”, los señores “quedar-bien-con-todos”, con sus picos de oro. Ellos no solían denunciar el pecado, sino causar admiración y ser amigos de todos. “¡Oh, qué bien habla!” diría la gente. Pero la gente no quería escuchar a los verdaderos profetas, y siglos después, en el Nuevo Testamento, decían que el apóstol Pablo era “tosco en palabra” (2 Co. 11:6).  Volviendo al Antiguo Testamento, vemos otros ejemplos de este rasgo principal de los falsos profetas mediante las palabras de Jeremías, porque él como verdadero profeta de Dios tuvo que denunciar a los falsos profetas más de una vez. Considera las siguientes citas de Jeremías y lo que nos enseñan acerca del ministerio presumido y positivo de los falsos profetas:
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    “Cosa espantosa y fea es hecha en la tierra; los profetas profetizaron mentira, y los sacerdotes dirigían por manos de ellos; y mi pueblo así lo quiso. ¿Qué, pues, haréis cuando llegue el fin?”  (5:30-31).
    “No fiéis en palabras de mentira, diciendo: Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este... He aquí, vosotros confiáis en palabras de mentira, que no aprovechan. Hurtando, matando, adulterando, jurando en falso, e incensando a Baal, y andando tras dioses extraños que no conocisteis, ¿vendréis y os pondréis delante de mí en esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, y diréis: Librados somos; para seguir haciendo todas estas abominaciones?” (7:4, 8-11).
    “...desde el profeta hasta el sacerdote todos hacen engaño. Y curaron la herida de la hija de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz. ¿Se han avergonzado de haber hecho abominación?  Ciertamente no se han avergonzado en lo más mínimo, ni supieron avergonzarse...” (8:10-12).
    “Y yo dije: ¡Ah!  ¡ah, Señor Jehová!  He aquí que los profetas les dicen: No veréis espada, ni habrá hambre entre vosotros, sino que en este lugar os daré paz verdadera. Me dijo entonces Jehová: falsamente profetizan los profetas en mi nombre; no los envié, ni les mandé, ni les hablé; visión mentirosa, adivinación, vanidad y engaño de su corazón os profetizan” (14:13-14).
    “A causa de los profetas mi corazón está quebrantado dentro de mí, todos mis huesos tiemblan; estoy como un ebrio, y como hombre a quien dominó el vino, delante de Jehová, y delante de sus santas palabras. Porque la tierra está llena de adúlteros; a causa de la maldición la tierra está desierta; los pastizales del desierto se secaron; la carrera de ellos fue mala, y su valentía no es recta. Porque tanto el profeta como el sacerdote son impíos; aun en mi casa hallé su maldad, dice Jehová... Y en los profetas de Jerusalén he visto torpezas; cometían adulterios, y andaban en mentiras, y fortalecían las manos de los malos, para que ninguno se convirtiese de su maldad; me fueron todos ellos como Sodoma, y sus moradores como Gomorra.... Así ha dicho Jehová de los ejércitos: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová. Dicen atrevidamente a los que me irritan: Jehová dijo: Paz tendréis; y a cualquiera que anda tras la obstinación de su corazón, dicen: No vendrá mal sobre vosotros” (23:9-17).
    “Los profetas que fueron antes de mí y antes de ti en tiempos pasados, profetizaron guerra, aflicción y pestilencia contra muchas tierras y contra grandes reinos. El profeta que profetiza de paz, cuando se cumpla la palabra del profeta, será conocido como el profeta que Jehová en verdad envió... Ahora, oye, Hananías: Jehová no te envió, y tu has hecho confiar en mentira a este pueblo” (28:8-9, 15).
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    Y como la aprobación del pueblo era lo que guiaba a aquellos hombres, ellos pensaban que hacían bien. Por cierto eran aceptados, preferidos y respetados entre los de Israel, que los preferían en lugar de los verdaderos profetas de Dios que denunciaban el pecado. Pero la voz del pueblo no es la brújula del hombre que es portavoz de Dios. Con razón el Señor Jesucristo advierte a Sus discípulos en Lucas 6:26 diciendo: “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!  porque así hacían sus padres con los falsos profetas”.
    Desgraciadamente, la mala reacción del pueblo a los profetas era algo que llegó a ser típico en Israel. Dijo Dios a Jeremías: “Pero ellos no oyeron, ni inclinaron su oído, sino endurecieron su cerviz para no oir, ni recibir corrección”. Al pueblo escogido de Dios no le supo bien ser corregido, y no quiso soportarlo. Entonces, la forma de quitarse de encima el problema era (y también sigue siendo así hoy en día) culpar al profeta de hablar cosas duras o “negativas”, o decir que no habla con amor. Claro, su concepto de amor era el amor propio, o el amor perverso que todo lo consentía, y los profetas hablaron del Dios de amor que “ama la justicia y aborrece la maldad” (Sal. 45:7). Muchos de los profetas tenían que sufrir castigo, no de los paganos sino del mismo pueblo de Dios. Acab y Jezabel persiguieron y mataron a los profetas de Dios, e intentaron lo mismo con  Elías pero sin éxito. Sedequías, un falso profeta que servía al rey Acab, golpeó a Micaías en la mejilla por su profecía que contradecía lo que todos los demás profetas habían dicho ante Acab. Y Acab mismo metió a Micaías en la cárcel por profetizar negativamente acerca de él (2 Cr. 18:23,26-27). El rey Joás mató a Zacarías hijo del sacerdote Joiada (2 Cr. 24:20-22) porque profetizó denunciando su pecado. El rey Amasías (2 Cr. 25:16) amenazó al profeta que Dios le envió, diciendo: “¿Te han puesto a ti por consejero del rey?  Déjate de eso. ¿Por qué quieres que te maten?” A Jeremías los judíos le dijeron: “No profetices en nombre de Jehová, para que no mueras a nuestras manos” (Jer. 11:21). El sacerdote Pasur azotó a Jeremías y le puso en el cepo porque profetizó contra la ciudad de Jerusalén (Jer. 20:1). En Jeremías 42 el remanente dice a Jeremías que consulte a Jehová por ellos, para saber si han de huir a Egipto o no, prometiendo: “obedeceremos” (42:5), pero cuando él les dice claramente: “No vayáis a Egipto” (v. 19), que no fue lo que querían oír, ellos responden diciendo: “Mentira dices; no te ha enviado Jehová nuestro Dios para decir: No vayáis a Egipto...” (43:2).
    Esto parece como muchos de los profesados cristianos hoy, que tienen interés en saber qué dice la Palabra de Dios, mientras esté de acuerdo con lo que ellos quieren hacer. Ya han decidido cómo quieren vivir, y buscan el “sello de caucho” que diga: “Aprobados tus planes”. Escuchan y siguen mientras el ministerio sea cosas con las que ya están de acuerdo, pero en el momento que hay que cambiar, arrepentirse, humillarse, romper esquemas, etc., empiezan a denunciar al ministro del Señor, como si él fuera el problema. ¡Qué orgullo, qué insumisión, qué ceguera! Pero es una reacción demasiado típica al ministerio profético,  decir que el problema es el predicador, no nosotros. Dios mismo, cuando llamó a Ezequiel para profetizar a Israel, le advirtió: “Yo, pues,  te envío a hijos de duro rostro y de empedernido corazón; y les dirás: Así ha dicho Jehová el Señor. Acaso ellos escuchen; pero si no escucharen, porque son una casa rebelde, siempre conocerán que hubo profeta entre ellos” (Ez. 2:4-5). Miqueas relata como en su tiempo el pueblo trataba de poner mordaza a los profetas: “No profeticéis, dicen a los

que profetizan...” (Miq. 2:6). Juan el Bautista fue echado en la cárcel porque reprendió a Herodes acerca de su matrimonio ilícito. El Señor Jesucristo menciona esta reacción de la nación elegida por Dios a Sus profetas en Lucas 6:22-23, diciendo: “Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre. Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus padres con los profetas”. 
Carlos Tomás Knott
continuará, d.v.