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viernes, 30 de junio de 2017

EN ESTO PENSAD -- julio 2017



¿TUERCES LA BIBLIA PARA JUSTIFICARTE?

Wiliam MacDonald

“...los indoctos e inconstantes tuercen... las otras Escrituras para su propia perdición” (2 Pedro 3:16b).

El Dr. P. J. Van Gorder acostumbraba hablar de un letrero, colocado fuera de una carpintería, que decía: “Se hacen toda clase de torceduras y vueltas”. Los carpinteros no son los únicos que sirven para esto; muchos que profesan ser cristianos también tuercen y dan vueltas a las Escrituras cuando les conviene. Algunos, como dice nuestro versículo, tuercen las Escrituras para su propia perdición.
    Todos somos expertos para justificar, es decir, excusar nuestra desobediencia pecaminosa ofreciendo elogiosas explicaciones o atribuyendo motivos dignos a nuestro proceder. Intentamos torcer las Escrituras para que se acomoden a nuestra conducta. Damos razones plausibles aunque falsas que den cuenta de nuestras actitudes. Aquí hay algunos ejemplos.
    Un cristiano y hombre de negocios sabe que está mal recurrir a los tribunales contra otro creyente (1 Co. 6:1-8). Más tarde, cuando se le pide cuentas por esta acción, dice: “Sí, pero lo que él estaba haciendo estaba mal, y el Señor no quiere que se quede sin castigo”.
    Mari tiene la intención de casarse con Carlos aún cuando sabe que él no es creyente. Cuando un amigo cristiano le recuerda que esto está prohibido en 2 Corintios 6:14, ella dice: “Sí, pero el Señor me dijo que me casara con él para que así pueda guiarle a Cristo”.
    Sergio y Carmen profesan ser cristianos, sin embargo viven juntos sin estar casados. Cuando un amigo de Sergio le señaló que esto era fornicación y que ningún fornicario heredará el reino de Dios (1 Co. 6:9-10), se picó y replicó: “Eso es lo que tú dices. Estamos profundamente enamorados el uno del otro y a los ojos de Dios estamos casados”. Una familia cristiana vive en lujo y esplendor, a pesar de la amonestación de Pablo de que debemos vivir con sencillez, contentos con tener sustento y abrigo (1 Ti. 6:8). Justifican su estilo de vida con esta respuesta ingeniosa: “Nada hay demasiado bueno para el pueblo de Dios”.
    Otro hombre de negocios codicioso, trabaja día y noche para amasar ávidamente toda la riqueza que puede. Su filosofía es: “No hay nada de malo con el dinero. Es el amor al dinero la raíz de todo mal”. Nunca se le ocurre pensar que él podría ser culpable de amar al dinero.
    Los hombres intentan interpretar sus pecados mejor que lo que las Escrituras les permiten, y cuando están resueltos a desobedecer la Palabra y esquivarla como puedan, una excusa es tan buena (o mala) como la otra.

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LA CONVICCIÓN VERDADERA

“...si me fuere, os lo enviaré [el Espíritu Santo]. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio”.  Juan 16:7-8

La misión especial del Espíritu Santo es la convicción, esto es, convencer y reprender al mundo. Muchos, cuando usan la palabra “convicción”, piensan en producir tristeza intensa y angustia a causa del pecado, que producirán lágrimas de confesión. La tristeza que acompaña esta experiencia es generalmente llamada “convicción”. Porque nunca han tenido una experiencia así, algunas personas cuestionan la realidad de su conversión aunque están verdaderamente confiando en el Señor.
    Lejos esté de mí hablar livianamente de semejante experiencia. Me alegraría de veras si viera a personas quebrantarse e irrumpir en lágrimas amargas por su maldad y su indiferencia a Cristo. Pero puede que haya tristeza y lágrimas sin la “convicción” de que nuestro Señor habla en este texto. Y también puede haber “convicción” genuina donde no cae ni una lágrima.
    No somos todos iguales, no expresamos todos nuestra convicción de la misma manera. Algunos son más sensibles, más fácilmente provocados a lágrimas; otros son más tranquilos y lógicos, ¡y pueden estar más genuinamente convictos que los que se emocionan! Dios habla a la inteligencia del hombre, no meramente a sus emociones. Sería un error, entonces, limitar la convicción a nuestra naturaleza emocional.
    A veces los creyentes intentan mover a lágrimas a la gente y procuran hacer surgir sus emociones con música sentimental, testimonios conmovedores y anécdotas tristes. Cuando algunos oyentes lloran a causa de estas actividades, entonces los pronuncian profundamente tocados y convertidos; sin embargo, ¡uno podría conseguir los mismos resultados dejándoles mirar una película mundana! Es el juicio de la persona que debe quedar convicto también, y no solamente sus emociones.
H. A. Ironside
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 LA OFRENDA

¿Dónde Ofrendamos?
    Principalmente, en la congregación donde estamos en comunión. Hay mil voces mendigas pidiendo ofrendas para "ministerios", pero la iglesia debe ser nuestra prioridad. En 1 Corintios 16:1-2 el apóstol enseña a poner aparte para la ofrenda, en el contexto de la iglesia local. Es allí donde aprendemos la Palabra del Señor, y Gálatas 6:6 instruye así: “El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye” (véase 1 Co. 9:11, 14). Recibimos de ellos una ofrenda espiritual, la instrucción en la Palabra de Dios, para nuestro bien, y debemos responder con ayuda práctica, para su bien. No está bien enviarles con las manos vacías.
   
¿Cuándo Ofrendamos?  
    1 Corintios 16:2 dice: “cada primer día de la semana”, porque en la edad de la Iglesia es cuando los creyentes se reúnen, no el sábado. Tomamos la ofrenda ese día en la reunión del partimiento del pan, porque es sólo para los creyentes. Aunque otros puedan observar, no participan. No tomamos ofrendas de los inconversos (3 Jn. 7).
    Pero también Gálatas 6:10 dice: “según tengamos oportunidad, hagamos bien”, y esto incluye la posibilidad de una ofrenda espontánea a un hermano. Mateo 6:3-4 indica que debe ser en secreto, eso es, no llamando la atención. Dios es quien sabe lo que ofrendamos.

¿Cuánto Ofrendamos?
    En la ley Dios enseñaba a los judíos que debían diezmar, pero el diezmo no era una ofrenda, sino un deber, casi como un tributo. El judío debía a Dios la décima parte de todo, y al dar eso todavía no había ofrendado. Por eso leemos frases como “diezmos y ofrendas” (Dt. 12:11; Neh. 12:44; Mal. 3:8), porque eran cosas distintas.
    En la enseñanza del Señor y los apóstoles en el Nuevo Testamento, no aparece el diezmo. Está en los evangelios porque ellos tratan lo que sucedía al final de la dispensación de la ley.
    La norma para la ofrenda en la dispensación presente de la iglesia es por gracia, no por ley. El Señor comenzó a enseñar esto, aunque en otro contexto, en Mateo 10:8 al decir: “de gracia recibisteis; dad de gracia”. 2 Corintios 8:9 nos enseña la gracia del Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre. ¿Qué quiere esa gracia de Dios enseñarnos a hacer?
    En 2 Corintios 9:7 el apóstol Pablo escribe: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre”.  Ofrendar “por necesidad” sería por ley, como por ejemplo el diezmo, u otras imposiciones por hombres. Hay pastores e iglesias que demandan cierta porción, pero están fuera de juego. Algunas iglesias dan una caja de 52 sobres a cada miembro con su nombre impreso en ellos. Es un sobre para cada domingo del año, para que traigan su ofrenda. Así les hacen sentir obligación, y controlan cuánto da cada uno. Pero nada de eso hay en el Nuevo Testamento.
    Bajo la gracia no preguntamos: “¿Cuánto tengo que dar?”, sino “¿Cuánto quiero y puedo ofrendar?” 1 Corintios 16:2 dice: “cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado”.
    Si uno desea personalmente usar el 10% como guía para sus ofrendas, puede, pero debe comprender que Dios no lo manda así. Alguien bien preguntó si un creyente bajo la gracia realmente no quiere dar más a Dios que un judío bajo la ley. La cuestión es proponer de corazón, y preparar de antemano cada uno su ofrenda, y venir a la reunión con ella preparada. Cuando llegue el momento de tomar la ofrenda, no debemos empezar a rascar el bolsillo y buscar de repente algo para echar, una monedita o cualquier cosa. Nuestra ofrenda debe ser apartada a propósito antes, y dada con alegría y gratitud al Señor que nos da la vida y toda cosa buena (2 Co. 9:6-11). Dios es generoso, ¡y cuánto nos gusta que así sea! Pero, debemos ser generosos en nuestras ofrendas.

Carlos

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30 Centímetros Iguales A 30 Metros
Yo tenía apenas un año viviendo en Venezuela, en Puerto Cabello, cuando recibí la triste noticia de la muerte de una niña en las afueras de la ciudad. Su madre no se había dado cuenta de que la criatura de poco más de un año de edad se había alejado de la casa y llegado a la boca de un pozo abierto en el cual, cayendo al fondo, se ahogó en treinta centímetros de agua.
    Di mi pésame, hablé a los vecinos de Jesucristo quien murió y vive para salvar a los niños (y adultos), y acompañé a los amigos de regreso a la ciudad. Pero no llegamos a buena hora como esperábamos, porque hubo otro funeral.
    Dos soldados apostados en el Cuartel Libertador habían recibido órdenes de buscar piedras en una cantera al otro lado de la bahía. Sobrecargaron su embarcación y naufragaron en un punto donde la profundidad de las aguas era de casi treinta metros. Uno de ellos fue arrastrado al fondo y su cadáver había sido encontrado cuando pasamos frente a la playa.
    Ahora, amigo, mi pregunta es: ¿cuál de los dos está más muerto? ¿La débil niña que se ahogó en treinta centímetros de agua, o un fuerte joven que se ahogó en treinta metros?
    “Ah”, dice usted, “no sea tonto. ¡Los dos están igualmente muertos”. Es verdad, y estamos de acuerdo. Así, otra pregunta: ¿Cuál está más muerto: el pecador “bueno”, o el “malo”? Desde luego, a lo espiritual y eterno me refiero. Estoy preguntando acerca de los que viven físicamente pero están, como dice la Biblia en términos apostólicos: “muertos en delitos y pecados”.
    No se apresure, amigo, en su respuesta. No vienen al caso las opiniones, los prejuicios y las teorías. Vayamos a la Biblia: “El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). “Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” (Santiago 1:14-15). “No hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:22-23).
    Pero basta. Ya vemos que Dios habla de todos y cada uno: la gente religiosa, culta, de “treinta centímetros” de satisfacción propia porque practica su religión, y la gente antisocial a quienes tildamos de “treinta metros” de pecado a la vista. Usted está incluido y yo también, igualmente necesitados de la vida eterna.
    Pero, si “la paga del pecado es muerte...la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). “El que oye mi palabra”, dijo Jesucristo, “y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24).

Santiago J. Saword
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“DIEZ SICLOS DE PLATA POR AÑO”
 
Donald Norbie

“Quédate en mi casa, y serás para mí padre y sacerdote; y yo te daré diez siclos de plata por año, vestidos y comida”. Jueces 17:10
   
Palabras tentadoras eran  ésas al joven levita que había viajado para “buscar un lugar donde servir”. Se le ofreció un hogar, una posición y unos ingresos seguros. El resultado de aquella oferta hecha hace más de tres mil años todavía es testimonio de su atractivo: “Y el levita se quedó”.
    ¿Acaso no podría servir al Señor en ese lugar? Era una puerta abierta; quizá Jehová había abierto esta oportunidad para él. Seguramente uno debe aprovechar las oportunidades que le son dadas en esta vida.
    Y unos ingresos seguros, ¿no podría esto aliviar su mente de ansiedad para que sirviera a Dios más eficazmente? Después de todo, el siervo de Dios tiene bastantes otros problemas por los cuales necesita fe.
    Dicen que los tiempos cambian y a veces uno necesita ajustarse. Además, razonan, no todos tienen el mismo don de fe. Seguro que el levita encontraba muchas razones que a su mente le parecían buenas, para quedarse. Con ese salario podría dedicar más tiempo a la obra. “Y el levita se quedó”.
    Hoy este método de apoyar económicamente a los “obreros del Señor” es muy extendido por la cristiandad. Una casa o piso pagado por la congregación, un título y una posición de autoridad, un pequeño salario mensual, estas cosas son consideradas como necesidades prácticas en el “ministerio cristiano”. Cuando una iglesia se reúne con un candidato para el pastoreo, una de las primeras preguntas que generalmente se hacen es: “¿Cuánto es el salario?” Después de todo, uno de los deseos básicos del hombre es seguridad. ¿Y qué le ofrece más seguridad al morador de la tierra que el dinero? Un banco en nuestra área recientemente hizo publicidad con esta frase llamativa: “¡Qué sensación más buena, dinero en el banco!”
    Hay cierto movimiento hoy en día entre los hermanos que profesan seguir la verdad del Nuevo Testamento acerca de la iglesia, y es preocupante porque se trata de la introducción de estos métodos no bíblicos para el sostenimiento de la obra de Dios. Estos métodos de apoyo económico no son nuevos. Hace cientos de años que varias entidades religiosos han tenido tales arreglos para su clero. Sin embargo, a lo largo de los siglos también han existido pequeños grupos viriles de no conformistas que han renunciado las prácticas religiosas corrientes, y han enseñado y practicado una vuelta a la fe sencilla del Nuevo Testamento. Por tales hermanos damos gracias a Dios. Su camino no ha sido fácil. Han conocido la  hostilidad y oposición amarga de la religión organizada.
    Es posible servir al Señor con varios grados de obediencia a Su Palabra. Dios en Su gracia maravillosa bendice lo que es de Él. Es posible que aun un predicador incrédulo proclame el evangelio y que alguien se convierta. Pero, ¿quién diría que semejante proceder es conforme a las Escrituras? Lo que sirve de guía para el creyente no es si algo tiene éxito, si otros creyentes o iglesias lo hacen, o si parece conveniente, sino las Escrituras.
    Las Escrituras no dan ninguna instrucción ni ejemplo acerca de arreglos económicos entre el obrero y el pueblo de Dios. Es más; las Escrituras enseñan lo contrario. El que sirve a Dios sale a la obra sin ningún compromiso ni garantía de finanzas. Con fe sencilla mira a Dios, y si es necesario, puede trabajar con sus manos. Los del pueblo de Dios que son ejercitados espiritualmente comparten sus bienes temporales con el labrador. Todo esto promueve una sencillez deleitosa y un ejercicio de corazón de parte de todos. Cada uno está compartiendo en la obra de Dios de manera muy personal.
    Cuando el Señor Jesús envió a los doce, les exhortó: “No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos...porque el obrero es digno de su alimento” (Mt. 10:9-10). Habían estado con el Señor por un tiempo y habían compartido Su vida sencilla; una vida fragante con una fe como la de un niño y una dependencia en Su Padre. No tenía reservas de fondos, ni nada  en el mundo para asegurar unos ingresos fijos. Ahora Él anima a Sus seguidores, al salir ellos de Su presencia inmediata, a que vayan como Él. Dios les cuidaría. Habrá algunas personas de corazón sensible y ejercitado, a través de quienes Dios puede proveer las necesidades de la vida. El obrero hoy en día que escoge otro camino no está siguiendo el ejemplo de su Señor.
    Al escudriñar el resto de las Escrituras, no se halla ninguna evidencia de que los apóstoles u otros obreros o ancianos de aquel entonces tuvieran arreglos en cuanto a finanzas, ni con las iglesias locales, ni con individuos, ¡ni mucho menos con el gobierno! Pablo encontró que a veces le era necesario trabajar con sus manos (Hch. 18:3). No obstante, la mayoría del tiempo tenía lo suficiente debido a las diferentes ofrendas de individuos o asambleas. Una persona como Lidia puede proveer alojamiento para el siervo del Señor (Hch. 16:15). Repetidas veces grupos de  creyentes mostraron su preocupación y amor a través de sus ofrendas (Fil. 4:15) Así el amado apóstol se dedicaba a trabajar para el Señor, y dijo: “Imítame”. No hay forma más bienaventurada de servir a Aquel que dijo: “El siervo no es mayor que su señor” (Jn. 13:16).
    ¿Cuáles son algunas de las ventajas prácticas de hacer así la obra del Señor? Primero, esto estimula una saludable dependencia en Dios. El hombre que tiene sus finanzas prometidas y calculadas tiende a sentirse independiente de Dios; tiene y sabe de dónde viene lo que necesita para procurar las cosas de esta vida. Así que, es bueno que el siervo del Señor sea pobre y no tenga grandes reservas: “como pobres, más enriqueciendo a muchos...” (2 Co. 6:10). Esto le mantiene en una posición de dependencia temerosa de Dios en todo momento. Puede que llegue a su último céntimo y pedazo de pan. Se ha comprometido a un camino de no anunciar sus necesidades a otros. Está encerrado al lugar secreto de oración donde con agonía de alma clama a Dios. Debe quedarse allí hasta que pueda salir con un corazón sereno y labios que no murmuran, contento de descansar como un niño destetado en los brazos del Padre. Los que han conocido tales tiempos pueden testificar que la dependencia íntima en Dios es la flor dulce que viene después del brote amargo de la prueba. Cuando vea al Padre contestar, obrando de manera maravillosa y secreta, ¿quien cambiaría esto por un salario mensual?
    Segundo, este modo de servir a Dios hace que ofrendar sea un santo ejercicio del alma. Ofrendar ya no es un deber programado de cierta reunión el domingo. La oración y el ofrendar van brazo en brazo en el camino de la vida de devoción cristiana. Cada creyente sabe que la obra de Dios depende de él y de su interés. Los creyentes se dan cuenta individualmente y como asambleas que la obra de Dios crece y lleva fruto como resultado de sus oraciones y ofrendas. Cada cual tiene una parte vital; todos comparten esta obra gloriosa.
    Tercero, esta forma de servir anima al hombre a ser siervo del Señor. Puesto que nadie le paga un salario ni una mensualidad regular, no puede ser mandado por hombres, ni tentado a andar de puntillas al proclamar la verdad de Dios. No tiene que cosquillar las orejas para mantener sus ingresos. Puede sentirse dichosamente libre para proclamar todo el consejo de Dios. Pablo podía decir con fervor: “¿Busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gá. 1:10). Esto también deja libre al siervo para ir donde Dios quiere que vaya. Depende de Dios para su dirección, y no está mirando a los hombres. De nuevo, esto produce profundo ejercicio de alma mientras que uno espera en el Lugar Santo. Sin duda, para los que sólo son siervos de Otro, ni desean ser más, ¡qué sensación más buena!
    Finalmente, libra para siempre al obrero de la acusación de amar al dinero. Puede ocuparse en la obra de Dios sin nunca tener que pedir una ofrenda. El mundo puede burlarse y pensar que tal hombre es necio, pero no podrá acusarle de avaricia. Tendrá que confesar que su obra no es con ánimo de lucro, sino una pasión por Dios. Con Pablo, él podrá decir: “os he predicado el evangelio de Dios de balde” (2 Co. 11:7).
    El camino de fe es para la iglesia que desea seguir el patrón del Nuevo Testamento. Requiere que los creyentes sean ejercitados espiritualmente; hombres y mujeres que conocen y confían en Dios, no en una organización. ¿No es un comentario trágico sobre el bajamar en la vida espiritual cuando enfatizamos un edificio de piedra en lugar del Cuerpo de Cristo, cuando hacemos publicidad en lugar de oración, y buscamos la certeza de un salario en lugar de depender del Dios vivo?

“He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona”  (Ap. 3:11).
Donald Norbie nació en Minnesota en 1923, y nació de nuevo en 1938. Fue encomendado a la obra del Señor en 1949 y ha servido fielmente desde entonces, evangelizando, predicando y escribiendo. Desde 1970 vive en Colorado y colabora en una asamblea allí. 
Su libro: LA IGLESIA PRIMITIVA, está disponible de Editorial Berea. www.editorial-berea.com

miércoles, 31 de mayo de 2017

EN ESTO PENSAD -- junio 2017


El Problema de los Hijos Consentidos

William MacDonald


“Corrige a tu hijo mientras hay esperanza; pero no desee tu alma causarle la muerte” (Proverbios 19:18 BAS).

Vivimos en una sociedad tolerante. Especialmente en el área de la educación de los hijos, la gente escucha el consejo de los psicólogos y sociólogos en vez de oír las enseñanzas de la Palabra de Dios. Muchos adultos que fueron criados por padres que se atrevieron a disciplinarles deciden que sus hijos vivan y se expresen libremente. ¿Cuáles son los resultados?
    Tales hijos crecen con un profundo sentido de inseguridad y más tarde se convierten en inadaptados sociales. Encuentran difícil enfrentarse con los problemas y las dificultades de la vida, y buscan alivio en las drogas y el alcohol. Unos pocos años de disciplina les hubiera hecho mucho más fácil el resto de su vida.
    No es de extrañarse que sean indisciplinados. Su apariencia personal, sus habitaciones y hábitos personales dejan al descubierto su descuido y modo de pensar desordenado.
    Se sienten satisfechos con la mediocridad o con menos. Carecen de impulso e iniciativa para moverse con desempeño y disciplina en el trabajo, la música, el arte, los negocios y otras áreas de la vida.
    Estos hijos luego se alejarán de sus padres, los cuales suponían que al no castigarles, ganaban su amor eterno. Mas bien lo que han conseguido ha sido el odio y desprecio de sus hijos.
    La rebelión contra la autoridad de los padres se extiende a otras áreas de la vida, la escuela, el empleo y el gobierno. Si los padres hubieran quebrantado sus voluntades al comienzo de su vida, los hijos habrían podido someterse más fácilmente en las áreas normales de la vida.
    La rebelión se extiende a las normas morales expuestas en las Escrituras. Los jóvenes rebeldes se ríen de los mandamientos que hablan de la pureza y se abandonan a una vida temeraria y sin restricciones. Manifiestan una aversión profunda por todo lo bueno, y amor por lo anormal, obsceno y aborrecible.
    Finalmente, los padres que fracasan en quebrantar la voluntad de un hijo por medio de la disciplina, dificultan la salvación de ese hijo. La conversión implica el quebrantamiento de la voluntad en su rebelión contra el gobierno de Dios. Susana Wesley, la madre de Juan y Carlos Wesley, decía: “El padre que estudia cómo quebrantar la voluntad de su hijo colabora junto con Dios en la renovación y salvación de un alma. Los padres indulgentes realizan la obra del diablo, hacen que la religión sea impráctica, la salvación inalcanzable y que todo lo que está en él se eche a perder, su cuerpo y alma, para siempre”.
del libro De Día En Día, Editorial CLIE
 
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¡Ojos En Jesús!
 

“Puestos los ojos en Jesús...considerad a aquel...” Hebreos 12:2-3
La exhortación hace surgir la pregunta: ¿Dónde ponemos los ojos, y en qué ponemos la mente? Son dos consideraciones claves para cada creyente. El pasaje es principalmente una exhortación acerca de la vida cristiana – cómo debemos correr la carrera que tenemos por delante. Es la conclusión del tema del capítulo 11, la vida de fe. Si pones los ojos en lo que ofrece el mundo: poder, dinero, fama, influencia, placeres, serás desviado en la carrera de la fe.
    Pero ¿cómo podemos poner los ojos en Jesús? No se trata del uso de imágenes. El apóstol Pedro afirma que amamos al Señor “sin haberle visto” (1 P. 1:8). No aparece en visiones y sueños, y aunque está espiritualmente presente donde dos o tres se congregan en Su Nombre, sin embargo no es visible. Pero en Hebreos 11 leemos acerca de la fe de Moisés que rehusó la política y el poder de Egipto, y dejó sus riquezas, placeres y fama, “escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios” (He. 11:25). No estimó nada de lo que Egipto ofrecía, pues tenía “por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (v. 26). El galardón no es nada que el mundo ofrezca, recuerda que hemos de poner los ojos en Cristo y las promesas de Dios. Moisés “se sostuvo como viendo al Invisible” (v. 27). Así también debemos hacer nosotros, hermanos. Por la fe ponemos la mira en las cosas de arriba (Col. 3:1-4), “no en las de la tierra”. Es la mirada de fe. En Efesios 1:17-18 vemos el deseo y la oración de Pablo por los creyentes: “para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado”. No son físicos, los de la cara, sino “de vuestro entendimiento”, y así ponemos los ojos en el Señor Jesucristo. Por la fe le vemos en las Escrituras, y comprendemos dónde Él está ahora, y consideramos Sus virtudes, Su obra y triunfo, y Sus propósitos para con nosotros.
    “Puestos los ojos en Jesús” es la manera de evitar las trampas y enredos de este mundo, con su política, pompa, poder, prosperidad y placeres – todos deleites temporales que disiparán y desaparecerán en el día eterno. Ni el Señor ni Sus santos apóstoles tuvieron esas cosas en el mundo. El Señor sufrió contradicciones a manos de pecadores. ¿Para qué nos dejaremos convencer hoy de que las cosas que el mundo ofrece son legítimos u ofrecen ventaja? El que tiene la vista y la mente puestas en Cristo, no necesita nada del sistema de este mundo. Vivir de otra manera es contradecir el testimonio de los santos y la enseñanza de la Palabra.
    Estos dos versículos también ofrecen una meditación grata acerca de la Cena del Señor, y dan motivos de adoración. Cuando ponemos los ojos en Jesús, por la fe, por medio de la Palabra, y con los símbolos delante en la Cena del Señor, recordamos cómo Él sufrió la cruz y el oprobio, todo para salvar a los pecadores. ¡Gran amor le llevó a la encarnación y la pasión! Luego, triunfante se sentó a la diestra de Dios. Por nosotros, el glorioso Hijo de Dios, descrito en Hebreos 1:2-3, descendió y sufrió tal contradicción a manos de pecadores. Pero ahora, congregados alrededor de la mesa, no hay contradicción, sino honra, gloria, alabanza, adoración y acciones de gracias. ¿Quién no puede decir: “¡Gracias, Señor, por salvarme!”? No hace falta elocuencia, ni erudición, sino gratitud por la salvación, pues ¡aun nuestras madres nos enseñaron a decir “gracias” cuando alguien nos regala algo! Y en el cielo, las acciones de gracias constituyen adoración (Ap. 7:11-12).
    Un día no muy lejano nuestra fe dará lugar a vista, cuando por primera vez pongamos ojos en el Señor. ¡Que sea pronto! Hasta entonces, andemos en este mundo con los ojos, la mente y el corazón puestos en el Señor Jesús y las cosas de arriba, y no nos enredemos en este mundo (2 Ti. 2:4).
Carlos
 
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¿Tiene El Cristiano Parte En La Política?

C. H. Mackintosh
(Respuesta a la pregunta de un corresponsal)

Respecto de su pregunta: "¿Qué enseña la Palabra de Dios acerca de la posición de un cristiano cuando es convocado a votar por un miembro del parlamento?"  
    Tal vez se alarme cuando le digamos que su pregunta toca los mismos fundamentos del cristianismo. Le preguntamos, querido amigo, ¿a qué mundo pertenece el cristiano? ¿Pertenece a este mundo o al mundo de arriba? ¿Está su ciudadanía en la tierra o en el cielo? ¿Está él “muerto al mundo”, o está “vivo en él”? Si él fuese un ciudadano de este mundo; si su lugar, su porción y su hogar estuviesen aquí abajo, entonces, seguramente, nunca sería suficiente su comprometida actividad en los “asuntos de este mundo”. Si él fuese un ciudadano de este mundo, de hecho que debiera votar por concejales del municipio o por miembros del parlamento o por un presidente de la república; debe hacer todos los esfuerzos posibles para lograr poner al hombre correcto en el lugar adecuado, ya sea en el consejo municipal, en la cámara de los legisladores, o en el poder ejecutivo. Debe dedicar todos sus esfuerzos y medios a su alcance para mejorar y regular el mundo. Si, en  una palabra, él fuese un ciudadano de este mundo, debiera, con lo mejor de sus capacidades, desempeñar las funciones pertenecientes a tal posición.
    Pero, por otro lado, si fuere cierto que el cristiano está “muerto” con respecto a este mundo; si su “ciudadanía está en los cielos”, si su lugar, su porción y su hogar estuviesen en lo alto; si él sólo fuese un “extranjero y peregrino” aquí abajo, entonces sigue que él no es llamado a comprometerse de ninguna manera con la política de este mundo, sino a seguir su camino peregrino, “sometiéndose pacientemente a toda institución humana por causa del Señor”, prestando obediencia a las “autoridades” establecidas por Dios y orando “por todos los que están en eminencia” a fin de ser guardados y estar bien en todas las cosas.

continuará, d.v., en el número siguiente
 
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EL LIBRO DEL MES
 
El Cristiano Y La Política
por Carlos Tomás Knott
   
Nuestro Señor declaró: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían...” (Jn. 18:36). Sus apóstoles enseñaron: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Fil. 3:20).
    ¿Deben los ciudadanos del cielo involucrarse en la política de los reinos del mundo, o intentar mejorar al sistema del mundo? ¿Cuál es la actitud de Dios hacia el mundo, y cuáles las obligaciones bíblicas del creyente respecto al gobierno? El autor examina a la luz de las Escrituras esas cuestiones y el activismo cristiano. Lo que debe guiar al creyente es la Biblia, no la ciencia política ni la sabiduría humana.
precio:  5 euros
 
para ver éste y otros libros disponibles, 
 
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¡Lee la Biblia todos los días!
 
 
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 Sentirse mal...una advertencia
Durante una visita rutinaria a su médico, un paciente le comentó: “Doctor, creo que he logrado cierta inmunidad frente a los parásitos y a otras infecciones que me molestaban mucho hace 20 años. Ahora puedo comer cualquier cosa, y beber agua de cualquier arroyo, sin sentir ninguna consecuencia”.
    Como respuesta, el médico le revisó muy cuidadosamente, y luego le dijo: “Usted está muy enfermo. Sufre de extrema debilidad. Un cuerpo sano reacciona rápida y violentamente frente a los gérmenes infecciosos, pero usted se ha acostumbrado a la presencia de esos elementos dañinos, y tiene una falsa sensación de bienestar. Tenemos que iniciar un tratamiento enérgico para que usted recobre su resistencia”.
    Suele suceder el caso de alguien que va a una fiesta y, dejando a un lado la prudencia, consume desmasiado alcohol. Cuando llega la hora de volver a su casa, insiste en conducir su automóvil, pues dice estar perfectamente bien: “Jamás me he sentido mejor”. Ya en la carretera, sus reacciones son lentas, su vista está nublada, y sus cálculos acerca de la velocidad y las distancias andan muy mal. Segundos antes de llevarse por delante un árbol, se le oyó decir: “Déjenme tranquilo. Estoy perfectamente bien”.
    El dolor es algo bueno. Cuando alguien está enfermo, debe sentirse enfermo. ¿De qué otro modo sabrá que algo anda mal? Uno de los grandes peligros del alcohol es el efecto anestésico que tiene sobre el raciocinio. Una persona puede acostumbrarse de tal modo a las condiciones anormales, que sin darse cuenta erige una defensa mental en contra del sufrimiento, y llega a no sentir nada.
    La falta de felicidad y paz es para el alma lo que el dolor es para el cuerpo: un aviso de que algo anda mal. La convicción de pecado, la culpa y el temor del juicio son cosas buenas, porque nos advierten para que arrepentidos, busquemos a Dios. Él  nos hizo para que fuésemos felices en comunión con Él. Pero debido al pecado en nosotros, nos hemos voluntariamente alejado de Él. Nuestra condición de pecadores nos condena y nos conduce al juicio divino y la perdición eterna en lugar de la comunión y la bendición. Pero curiosamente, una persona puede estar feliz en sus pecados, y satisfecha sin vivir cerca de Dios.
    El mundo está dispuesto a atraer a la gente y hacerla creer que la felicidad consiste en obtener comodidades materiales, nuevos inventos y placeres. Pocos se detienen a pensar que todas esas cosas tal vez sólo sirvan para mantener la ilusión de que ya no están mal y en gran peligro. Lo cierto es que así se engañan a sí mismos.
    No hay remedio alguno fuera de Dios. “En ningún otro hay salvación” (Hechos 4:12). “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:23).

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 EL CAMINO DE CAÍN

“Salió, pues, Caín de delante de Jehová”.  – Génesis 4:16

“No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas”.  – 1 Juan 3:12 

“¡Ay de ellos! porque han seguido el camino de Caín, y se lanzaron por lucro en el error de Balaam, y perecieron en la contradicción de Coré”.  – Judas 11
      
Puesto que Judas habla del “camino de Caín” especialmente como el camino de los postreros días, nos conviene inquirir acerca de su sentido. Fue malo, no bueno. Él era un pecador abierto y descarado, y en él el pecado se manifiesta a tope. Fue el primer hijo de la caída, el engendro de los caídos; no fue un transgresor común ni tuvo una carrera ordinaria de maldad. Al contrario, él va al extremo de la maldad. Es presentado como un faro, como un verdadero ser humano, una muestra del corazón humano en las circunstancias más favorables. Entró en el mundo, no maduro como Adán, sino como un niño, y por lo tanto con la menor cantidad posible de maldad. Fue el hijo de padres creyentes; porque Adán mostró su fe llamando a su mujer Eva, y Eva mostró la suya por la manera en que recibió a su primogénito. Caín tuvo un hermano piadoso, y era de una familia piadosa, nacido al lado del Paraíso, y desde su niñez fue enseñado el conocimiento del Dios verdadero.
       Que sepamos, no fue expuesto a tentación externa; no tuvo compañero en el pecado; sino que caminó solo en el camino ancho. No cabe duda de que fue advertido acerca de la serpiente y su simiente. Más de una vez Dios habló directamente con él. Tuvo toda posible ventaja en cuanto a la ausencia del mal y la presencia del bien. Se podía haber esperado mucho de él, pero él dio la espalda a Dios, al Paraíso, al altar, al sacrificio y a todo lo bueno y bendito. Pero examinemos más específicamente lo que el escritor inspirado llama: “el camino de Caín”.
        1. Es el camino de la INCREDULIDAD. Caín es el primer ejemplo de un hombre incrédulo. Sus padres eran pecadores, pero creyeron. Su hermano era pecador, pero creyó. Caín no fue ateo, ni fue un hombre sin religión. Reconoció a Dios y llevó sus frutos al altar. Pero no trajo ningún cordero, ninguna sangre, nada que hablara de muerte. Se acercó sin confesión, sin clamor pidiendo misericordia. No vio ninguna necesidad en la simiente de la mujer, ni peligro alguno en la simiente de la serpiente. No vio nada precioso y quizás nada verdadero en la promesa de la herida a la cabeza de la serpiente y el calcañar herido del Mesías. Tomó el lado de Satanás en contra de Dios; no el lado de Dios en contra de Satanás; porque toda incredulidad es tomar la parte de Satanás contra Dios. Dios no le fue el Dios de la gracia, ni la simiente de la mujer el Salvador de los perdidos. Tuvo una religión, pero fue de hechura suya, de cosecha propia, una religión humana, algo suyo, sin Cristo, sin sangre ni perdón. El amor de Dios le pareció una mera indiferencia al pecado. El rechazo de la verdadera religión de Dios y de Su Mesías, este es “el camino de Caín”.

        2. Es el camino de APOSTASÍA.  Él dio la espalda a Dios y se marchó; no quiso tener más que ver con Él. No es como los paganos entenebrecidos en nuestros tiempos que son ignorantes acerca del Dios verdadero. Caín conoció a Jehová; había oído Su voz; pero le dio la espalda y salió. Fue un apóstata (el primer apóstata) de la religión de su padre; un escarnecedor del Mesías; buscó su propio mesías– “un cristo que será”; no el Cristo de Dios, sino el del hombre, el anticristo. De qué comienzo pequeño brota la apostasía.

        3. Es el camino de MUNDANALIDAD. Habiendo abandonado al Dios de su padre, se hizo un dios para sí; ese dios es el mundo. Se marchó lejos del Paraíso, edificó una ciudad, se volvió un hombre completamente del mundo y vino a ser el padre de los inventores de todos los instrumentos curiosos. Encabeza la creciente multitud en su carrera de mundanalidad y vanidad– con el lema: “¡adelante, adelante, progreso, progreso!” Comen, beben, se casan y se dan en casamiento. Todo lo referente a Caín tiene que ver con este mundo malo. En nuestros tiempos, ¡qué espíritu de mundanalidad hay! Frecuentemente no es maldad abierta, sino simplemente mundanalidad, que absorbe al alma de tal manera que la arrastra de la región del “mundo venidero”.

       4. Es el camino de ODIO. Caín comenzó con envidia de su hermano, pasó al aborrecimiento, y terminó en el homicidio. Especialmente tuvo celos de su hermano por el favor que él halló con Dios. Sí, es extraño, porque él no quiso a Dios, pero no pudo soportar que su hermano tuviera comunión con Él. Lo que causó los primeros celos y el primer homicidio no fue el amor de hombre ni mujer, sino el amor de Dios. Caín aborreció a Dios, y tanto más porque Él amaba a su hermano.  Aborreció a Abel, y tanto más porque él fue amado por Dios. No pudo echar manos a Dios como sinceramente le hubiera gustado, pero alcanzó a Su favorito y así tomó su venganza. ¡Sí, el camino de Caín es el camino de envidia, celos, odio y homicidio!

    5. Es el camino del que  DESAFÍA A DIOS. Disimuló, limpió de sangre sus manos y su arma, diciendo en efecto: “¿Qué he hecho?” Mintió; procuró esconder de Dios sus hechos. Engañó a su hermano para que saliera al campo con él, y allí le mató, pensando que nadie intervendría y nadie vería. Actuó como el mentiroso e hipócrita que era en la misma presencia de Dios. El camino de Caín es el camino de hipocresía, falsedad y el desafío de Dios. Su respuesta no sólo fue mentira, sino una descarada pieza de impiedad: “¿Soy yo acaso guardador de mi hermano?” Así se burló de Dios; empleando el lenguaje de irreverencia y desafío:  “Él es tu favorito; ¿por qué no le guardaste? Yo nunca pretendía guardarle”. Aquí se manifiesta una mezcla de miedo, vergüenza, descaro y desafío. Quiso sinceramente negar el hecho, pero no se atrevió. Tembló y buscó esconder la verdad. Se mostró desafiante de postura y actitud, ¡como si con coraje pudiera salir ganando ante El que todo lo ve! Así es el camino de Caín.

Marquemos cuidadosamente su perdición.

        1. EL DESESPERO. No hubo clamor pidiendo misericordia, sino sólo la queja: “Grande es mi castigo para ser soportado”. Así es en todas las edades. Cuando los pecadores se desesperan en cuanto a la misericordia, o se quejan en contra de Dios por hacer tan grande su castigo, repiten la ofensa y la perdición de Caín. ¿Por qué se desesperará un pecador que está todavía en este lado del infierno? Hay perdón abundante; gracia que alcanza mucho más allá del extremo de la culpa humana. ¿Por qué no humillarse, arrepentirse y recibir el perdón, en lugar de quedarse con las quejas y críticas de Caín?
        2. LA SEPARACIÓN DE DIOS. Él salió de la presencia de Dios, como si no pudiera soportar el estar más allí. Se tuvo que alejar del Paraíso, del lugar nativo de la raza, del lugar de acercarse a Dios y adorar. ¿Pero qué es esto en comparación con la separación eterna? Caín no intentó quedarse lo más cerca posible, sino que se marchó lejos. No tuvo descanso; moviéndose de un lugar a otro sin esperanza ni propósito, como fugitivo y vagabundo, buscando reposo pero no hallando ninguno. ¡Triste maldición! Pero no fue nada en comparación con la perdición eterna.

        3. EL DESÁNIMO. Él mismo fue un desánimo para su madre, porque ella pensó que había engendrado el hijo de la promesa divina. Fue también un desánimo para sí mismo, porque desde el momento que puso su voluntad en contra de la de Dios, nunca encontró el contentamiento. De principio a fin, vemos en Caín un hombre insatisfecho, probando todo, teniendo éxito en nada, edificando ciudades, moviéndose de lugar en lugar, tratando de apaciguar su conciencia y llenar el vacío en su corazón. ¡Pero fue todo en vano!

        4. LA MUNDANALIDAD SIN FRUTO. Caín es el heredero de un mundo infructuoso; porque todo el mundo fue suyo. Fue el poseedor de la tierra hecha estéril por la sangre de su hermano; arando, sembrando,  pero sin cosechar. Fue un hombre cansado, trabajando por lo que no es pan; intentando sacar agua de las arenas del mundo y de sus cisternas rotas. Así es la carrera de miles de personas: mundanalidad infructuosa. Amigo lector, ¿eres tú una de ellas? ¿Fuiste criado como joven cerca de Dios, bajo el sonido de Su Palabra, en compañía de creyentes? Pero, mírate ahora, dónde estás y cómo te comportas. ¿Has salido, te has alejado, porque quieres las cosas como tú dices y no como Dios? Marca bien esta historia triste retratada en la vida de Caín, arrepiéntete y vuélvete mientras haya tiempo. El camino de Caín es una vida de vanidad; de un alma totalmente vacía, de una existencia totalmente derrochada.
Horatius Bonar, traducido y adaptado de su artículo hallado en www.gracegems.org

domingo, 30 de abril de 2017

EN ESTO PENSAD - mayo 2017

¿Que es el arrepentimiento?

H. A. Ironside

El llamado al arrepentimiento es algo que falta en la predicación en tiempos modernos. Algunos de nuestros hermanos casi tienen miedo de hablar del arrepentimiento, porque hay gente que cree que es algo meritorio. Pero no es una obra de mérito. El arrepentimiento es reconocer que uno no tiene méritos, que en sí mismo es un pecador que no merece sino castigo, reo del juicio divino. El Dios santo y justo “manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hch. 17:30).
    El arrepentimiento no debe confundirse con la penitencia. La religión define el arrepentimiento como "un sentido de pesar por algo que se ha hecho, y que, por algún motivo, deseamos no haberlo hecho". La penitencia es contrición o tristeza por el pecado, pero somos advertidos que “la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse” (2 Co. 7:10). No es tan solamente tristeza por lo que hemos hecho. A veces uno es triste porque ha sido descubierto o castigado. Puedo entristecer mi corazón al pensar de las cosas malas que he cometido, y de todo el daño que he causado a otros, pero a la vez no arrepentirme realmente para con Dios.
    El arrepentimiento tampoco debe ser confundido con los actos de penitencia. Esos son esfuerzos de expiación o reparación por cosas que uno ha hecho. Son una manera de sufrir voluntariamente; pero no hay sufrimiento físico ni negación propia que pueda pagar por lo malo que le hemos hecho a Dios o al hombre.
    El arrepentimiento no es una reforma personal. Algunas personas tienen la idea que el arrepentimiento es que uno intenta abandonar sus pecados, limpiarse y vivir justamente, es decir, obra para hacerse buena persona, para merecer la salvación. No es así. Cierto es que puede haber reformas personales sin el arrepentimiento, pero nunca puede haber un verdadero arrepentimiento que no produce cambios, porque si de veras me arrepiento y creo el evangelio, seguramente habrá cambios. La nueva naturaleza no es como la vieja. Ser guiado por la carne y el espíritu de desobediencia no es igual que ser guiado por el Espíritu. Cuando haya arrepentimiento y fe, la vida cambia.
     Es un cambio en mi forma de pensar acerca del pecado,  para verlo como Dios lo ve. Deseo apartarme del pecado, incluso lo renuncio, pero sin la ayuda del Señor no se puede llevar a cabo. No puedo limpiarme. Sólo Él nos limpia. Pero al arrepentirme, la media vuelta en mi forma de pensar, acompañada por la fe en el Señor, produce por Su poder el fruto, cambios, una media vuelta en la forma de vivir.       
 adaptado y ampliado de su comentario sobre el Evangelio según Lucas, escrito en 1947

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Los Padres Psicologizados

Los padres de Sansón no se lo dijeron (Jue. 14). David probablemente no se lo dijo muchas veces a Absalón. Elí tampoco empleó la palabra con sus hijos (1 S. 2). ¿Qué palabra es esta que estos padres no dijeron a sus hijos?  Es la palabra: “no”.
    Con todo el énfasis puesto en los hijos durante las últimas décadas, y de ello algo era necesario, el péndulo se ha ido demasiado a un lado. La verdad es que en muchas familias los hijos ahora son el centro de atención, y en demasiadas familias ellos realmente llevan la batuta. Como resultado, la disciplina falta completamente, o muchas veces es simplemente una amenaza que nunca se materializa, se dice pero no se administra. En algunos casos los hijos realmente se anteponen al propio matrimonio, es decir, antes de la pareja misma.
    Demasiados padres tienen temor de ofender al niño diciéndole: “no”. Los psicólogos han enfatizado tanto que los hijos necesitan amor y libertad, y que los padres deben dedicarles tiempo de calidad, que muchos padres harían cualquier cosa porque temen privar a su hijo de sus deseos. El resultado es una familia que va en torno a los hijos, y ellos marcan la pauta de la familia. Todo tiene su explicación: “a favor del niño”. Con frecuencia el tiempo demuestra que hacer esto es un error, pero claro, entonces es tarde para quienes lo han practicado.
    Como si sobraran los padres, los hijos deciden regularmente qué se les dará de comer, dónde irá la familia para sus vacaciones, o si la familia comprará esto o lo otro. Dictan tales cosas como la marca de ropa que llevarán, el corte de su pelo y el horario de la familia. Hay familias que dejan de comer juntos porque: “a los hijos les es difícil”. Las actividades como la gimnasia, el fútbol, las clases de música y otras parecidas ocupan el centro de la vida familiar como si fuesen las consideraciones más importantes, y el horario de todos los demás tiene que ajustarse y ponerse en raya para que los hijos puedan hacer lo que les apetece.
    Y como es de esperar, a menudo este proceder también entra en los asuntos de la asamblea, donde a los jóvenes se les permite hacer todo lo que quieren, y pronto la asamblea encuentra que quienes determinan su dirección y marcan la pauta son los jóvenes. Los ancianos se quedan como secuestrados en la iglesia, temiendo actuar con firmeza o tomar ciertas decisiones por miedo a la reacción de los jóvenes (o sus padres).
    Habiendo dicho esto, ¿queremos decir que simplemente hay que ignorar a nuestros hijos y a los jóvenes en la asamblea? ¡Por supuesto que no! No obstante, sí, debemos mantener todo en su perspectiva correcta, y los hijos y los jóvenes necesitan aprender que el mundo no gira en torno a ellos. (El hombre natural ya está en el centro sin que nosotros animemos más el asunto.) Una de las grandes lecciones que debemos aprender para crecer espiritualmente es: “mirando...cada cual...por lo de los otros” (Fil. 2:4). “Yo” y “mi” deben tomar el último lugar. Esto significa el preocuparse por los intereses de los demás, y quitar la mirada de uno mismo. Es difícil enseñar esto a los hijos, sobre todo, cuando los padres mismos son los primeros que los colocan en el centro, los miman y encuentran excusas y explicaciones para todo lo que ellos hacen. Pero el “yo” tiene que ir para abajo. Ésta es exactamente la actitud que se enfatiza en el texto hermoso que describe: “la mente de Cristo”. Él pensaba en los demás.
    El poner a los hijos o a los jóvenes por encima de los demás y darles todo lo que desean y demandan, simplemente permitiéndoles ir casi sin riendas, es en realidad una expresión de falta de amor y será causa de vergüenza al final (Pr. 29:15).
Stephen Hulshizer, de la revista Milk & Honey (“Leche y Miel”), Octubre 2000
traducido y adaptado con permiso
 
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¿Dónde Está Tu Corazón?
     Cristo advierte contra el hacer tesoros en la tierra. Es cuestión de si viven para esta vida o para el reino venidero. El Señor señala primero las ventajas de la inversión de transferir nuestros tesoros al cielo, donde no estorban ladrones, orín ni polilla. Entonces, llega al corazón del asunto, que es, el corazón humano. Declara: “donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6:21). El Señor quiere nuestro corazón. No quiere que tengamos doble visión, con los ojos puestos en los tesoros celestiales y también en los terrenales (6:22-23). Esto resultaría en no ver nada claro. No quiere que intentemos trabajar para dos amos. Esto resultaría en mal trabajo para ambos. No podemos vivir para el mundo y para el cielo. No podemos servir a Dios y al dinero.
    Observa que el tema de la vista es común en las dos primeras prohibiciones. Podemos hacer justicia para ser vistos por los hombres, para ganar alabanza o gloria de ellos, o podemos hacer nuestras justicias secretamente, confiando en nuestro Padre que ve en secreto, para que luego Él nos recompense abiertamente. Entonces, debemos preguntar dónde están puestos nuestros ojos – en los tesoros terrenales o los celestiales. ¿Hemos intentado enfocarnos sobre los dos con el resultado de que ahora tenemos doble visión? Nuestros ojos simbolizan nuestras ambiciones y motivos – donde ponemos la mira. El verdadero seguidor, dice Cristo, tiene sus ojos puestos en la recompensa celestial. El hombre con visión doble tiene tinieblas (6:23). El tal es un discípulo falso.

A. W. Wilson, de su libro Matthew’s Messiah (“El Mesías según Mateo”), pág. 92
 
 
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Estamos Aquí De Paso

¿Debe el creyente involucrarse en la politica o la sociedad de este mundo? C. H. Mackintosh comenta:

“Como cristianos, nuestro deber es atravesar el mundo como peregrinos y extranjeros, sin tener nada que ver con él, excepto que somos testigos pacientes de la gracia de Cristo. Como tales debemos brillar como luminares en medio de las tinieblas morales. Pero desgraciadamente fallamos y no mantenemos esta rígida separación; nos permitimos ser engañados a entrar en alianzas con el mundo, y como consecuencia, nos involucramos en problemas y conflictos que propiamente no nos corresponden”.

C. H. Mackintosh, Notas sobre Números capítulo 31

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   EL CONSEJO DE MARÍA

En el Evangelio según S. Juan leemos de una boda en Caná de Galilea. Allí María enfatizó la importancia de su hijo Jesús y Sus palabras. Observó que faltaba vino, y no pudiendo hacer nada, lo dijo a Jesús. María, entonces, aconsejó a los siervos, o bien podríamos decir, los mandó: “Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere” (S. Juan 2:5). Sólo aquí en la Biblia María da un consejo o mandamiento, y ciertamente todo buen católico romano, y especialmente los devotos de María, deben hacer caso de sus palabras: “Haced todo lo que os dijere”. Es un excelente consejo todos los días, no sólo en aquella boda. Entonces, ¿qué más dijo Jesús?
JESUCRISTO DIJO que es el único que puede ser nuestro Salvador, esto es, el único camino al cielo. “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (S. Juan 14:6).
NO DIJO que confiáramos en santos, el Papa, la iglesia, ni siquiera en Su madre para nuestra salvación. Luego declaró el apóstol Pedro: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).
JESUCRISTO DIJO que la fe en Él es la única clase de fe que nos puede salvar, esto es, darnos perdón y vida eterna. “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (S. Juan 3:36).
NO DIJO que los sacrificios, sacramentos o buenas obras sean necesarias para salvarnos. Afirmó el apóstol Pablo: “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:5).
JESUCRISTO DIJO
que Él, no la iglesia, da vida eterna. “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (S. Juan 5:24).
NO DIJO que fuera una vida temporal o condicional, que dependiera de nuestro comportamiento para no perderla. Al contrario, afirmó: “Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (S. Juan 10:28)
JESUCRISTO DIJO que las palabras de Dios son la única autoridad que debemos seguir. “El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (S. Juan 12:48).
NO DIJO que las tradiciones o los mandamientos de los hombres fueran otra palabra Suya. “Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres...invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido” (S. Marcos 7:7, 13).
       Amigo, sigue el consejo de María, y haz caso de todo lo que Jesucristo dice. Si ahora te arrepientes de tu confianza en tus obras o bondad, en los sacramentos y la iglesia, y en cualquier otra cosa y confías únicamente en el Señor Jesucristo, Él, el TODOPODEROSO, te salvará para siempre. Nada ni nadie más puede perdonarte y salvarte, sino sólo Jesucristo. 
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¿Qué Pensáis Del Cristo?(Part II)

Texto: Mateo 22:42-46

El otro día un hombre me dijo que no creía en Dios. Le pregunté qué pensaba de Cristo, y me dijo que creía que era bueno y hacía bien, pero ya está. Decía que tenía una Biblia en casa, pero no la lee. Y así están muchas personas. Creen en Cristo de alguna manera, pero no saben realmente quién era ni se toman la molestia para investigarlo para ver si su opinión cuadra con la verdad o no.
    Así como decíamos en el estudio anterior, si preguntamos a la gente qué piensa de Cristo, cada uno daría su opinión, pero no acertará porque no acaba de darse cuenta de quién es. El apóstol Juan informa que el propio pueblo judío no le conoció ni le recibió (Jn. 1:11). Pero hay un conocimiento de Cristo que es correcto y provechoso, cuando uno entiende quién es y por qué vino al mundo. Ojalá que cada uno pueda llegar a ese buen conocimiento, y pensar de Cristo como se debe.
    Tarde o temprano cada uno tendrá que presentarse ante Dios y dar cuenta de sí. Los creyentes van a estar con su Señor en un lugar de dicha eterna donde recibirán recompensa y serán benditos y consolados. Pero los que no piensan correctamente de Cristo irán a la perdición, porque su nombre no está en el libro de la vida del Cordero.
    Por eso los que somos creyentes tenemos que hablar bien de Cristo, con nuestros labios y con nuestra vida – nuestra manera de vivir. Debemos darle a conocer ante los demás. La pregunta es buena: “¿Qué pensáis del Cristo?”, y de la respuesta depende la felicidad ahora y por toda la eternidad.
    Vamos a seguir investigando qué pensaban diferentes personas en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, está el caso del paralítico en Betesda (Jn. 5: 1-18). Llevaba treinta y ocho años enfermo, y había estado mucho tiempo al lado del agua en Betesda pero nadie le ayudaba. Diría que en un momento Jesucristo  le había sanado completamente, que no hacía falta esperar más ni en ángeles ni otros. La solución de su problema estaba en un encuentro personal con Cristo.
    La viuda de Naín y los que le acompañaron dirían que Cristo resucitó de los muertos a su hijo (Lc. 7:11-17). Era su único hijo y además de amarle como hijo, probablemente dependía de él para vivir. Había perdido toda esperanza y estaba de luto, saliendo del pueblo aquel día yendo al entierro, cuando el Señor paró al funeral. Tuvo compasión de ella, tocó el féretro, y resucitó al hijo. Todos estaban maravillados y dijeron que un gran profeta se había levantado entre ellos (suenan como los musulmanes) y que Dios había visitado al pueblo. Así le compararon con Elías o Eliseo, pero no acabaron de ver que era el Dios de Elías. Muchos hoy también admiran a Cristo pero no entienden quién era.
    Consideremos la opinión de la mujer que quedó encorvada dieciocho años, con un problema incurable de la columna (Lc. 13:11-17). Cuando el Señor le sanó de su azote, ella glorificaba a Dios, pero el principal de la sinagoga sólo criticaba a Cristo porque la sanó en el día de reposo, por lo que el Señor le llamó “hipócrita”. El pueblo se regocijó en esa sanidad, y seguramente la mujer más. Había encontrado el poder de Dios en el Señor. Lo que no sabemos es si ella, al glorificar a Dios, reconoció que Jesucristo es Dios, o si le veía sólo como profeta.
    El caso de la muerte de la hija de Jairo trajo al Señor en contacto con sus padres y los de su pueblo (Lc. 8:41-42; 49-56). Claramente ella murió, y el Señor fue a resucitarla aunque la gente se burlaba de Él. Cuando la levantó de los muertos y la presentó a sus padres todos estaban espantados y maravillados. La más agradecida seguramente fue la niña, y después de ella sus padres. Habían visto el poder de Dios en el Señor Jesucristo. Cristo en otra ocasión dijo a Sus discípulos: “yo soy la resurrección y la vida”, y he aquí un caso que lo demuestra.
    La mujer samaritana en Juan 4 comenzó pensando que Jesús era simplemente un hombre judío. Luego decidió que era profeta. Pero en el versículo 29 dijo: “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?”
    Consideremos el caso extraño de Judas Iscariote, el que le entregó. Porque después de entregar al Señor, el día siguiente se dio cuenta de su gran error y pecado, y dijo: “Yo he pecado entregando sangre inocente” (Mt. 27:4). Reconoció la inocencia del Señor y la injusticia de su traición y de los malos tratos que los líderes del pueblo le daban. Pero nada de eso absuelve al traidor de su terrible pecado. Una cosa es saber que Cristo fue tratado injustamente, y otra es arrepentirse y confiar en el Señor para ser salvo, lo cual Judas no hizo.
    Luego está el caso único del centurión que le crucificó. Era un verdugo profesional y veterano, que seguramente había matado a muchos. Pero nunca había visto a una persona así ni que muriera así. Los criminales al ser crucificados solían blasfemar y morir echando pestes, pero Cristo no abrió Su boca. La forma en que murió y los acontecemientos en la naturaleza mientras estaba en la cruz – las tinieblas a mediodía y el terremoto – le convincieron de modo que declaró: “verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mt. 27:54). Probablemente quería decir que era una persona justa que no merecía morir, pero tal vez le faltó el paso clave de reconocer que Cristo había muerto por él.
    Allí también estaban los dos ladrones que fueron crucificados, uno a la derecha y el otro a la izquierda. Al principio los dos blasfemaban e insultaban al Señor, pero después uno de ellos volvió en sí, reconoció al Señor como Rey, y le rogó que se acordara de Él cuando viniera a Su reino. Sabemos que confió en Cristo, porque el Señor reconociendo su fe le prometió: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
    Hasta los demonios pensaban de Cristo mejor que muchos hombres, porque le llamaron: “Jesús, Hijo del Dios Altísimo” (Mr. 5:7). Sabían más que muchos judíos, y ciertamente más que los falsamente llamados “testigos de Jehová” y los mormones en nuestros días porque reconocieron la divinidad de Cristo. Pero no se sometieron a Él en fe para obedecerle. Reconocieron Su identidad y autoridad pero sin aceptarla, y así también son muchas personas en nuestros tiempos.
    Juan el bautista tuvo bastante que decir acerca de Cristo, ya que era Su precursor, enviado delante de Su faz para prepararle el camino. Anunció Su venida, diciendo: “Éste es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado” (Jn. 1:27). Poco después, en Juan 1:29 le señaló y dijo: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Sabía quién es que quita el pecado, y no es María, los santos, la Iglesia ni otros, sino sólo Jesucristo. En Juan 3:30 dijo: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”. ¡Qué bueno sería si todos tuvieran la misma opinión que Juan porque él acertó!
    Pedro confesó: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt. 16:16) y luego dijo: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn. 6:68). Pero después, le negó tres veces. En Hechos 2:36, luego que recibió el Espíritu Santo, predicó así: “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo”. En Hechos 3:14-15 le llamó: “el Santo y el Justo” y “Autor de la vida”. En Hechos 4:12 habló con gran denuedo en público diciendo: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. En Hechos 5:31 le llamó: “Príncipe y Salvador”. En Hechos 10:36-43 proclamó: “éste es Señor de todos”, y “Juez de vivos y muertos”. En el versículo 43 anunció que “todos los que en él creyeren recibirán perdón de pecados por Su nombre”. Luego en su primera epístola escribió: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 P. 2:24). ¡Pensar así como Pedro es confiar en Cristo para perdón y vida eterna!
    El apóstol Juan escribió en Apocalipsis 22:16 citando las palabras de Cristo: “Yo soy...la estrella resplandeciente de la mañana”. Esa es la estrella que aparece en el cielo de madrugada justo al clarear el alba, antes de que salga el sol. Así Jesucristo es la esperanza de todo creyente, porque antes de que Él venga como Sol de Justicia para juzgar al mundo y reinar, vendrá en el cielo como estrella resplandeciente y llamará a los Suyos al cielo para que estén con él y escapen del juicio venidero.
    Tomás el dudador fue vencido por su encuentro personal con Cristo. Cristo le invitó a meter su dedo en las heridas y no ser más incrédulo sino creyente. Tomás exclamó: “Señor mío y Dios mío” (Jn. 20:28).
    Saulo de Tarsis, el perseguidor, cuando encontró a Cristo en el camino a Damasco, cayó ante la luz de Su presencia y preguntó primero: “¿Quién eres, Señor?” Y al saber que era Jesucristo, dijo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hch. 9:5-6). Con esas palabras reconoció el señorío de Cristo y se sometió a Él en fe. Luego en Filipenses 3:8 Pablo habló de “la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo”. Pablo perdió todo para ganar a Cristo, y muchos hoy en día fallan y no siguen ese ejemplo tan bueno, pues quieren a Cristo junto con todo lo demás que ellos planifican y desean para sí, y no están preparados a sacrificar nada. Es porque tienen bajos pensamientos de Cristo. En 1 Timoteo 6:15 Pablo le llamó: “el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores”.
    Los llamados “testigos de Jehová” y otros no creen que Jesucristo es Dios, pero se equivocan, y su opinión defectuosa de Cristo les condena. El mejor testimonio es el del Padre en el cielo que dijo: “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mt. 3:17). En Hebreos 1:1-4 leemos: “Dios...en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,  hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos”.
    Así que, amigos, la Biblia da abundante testimonio y nos enseña cómo pensar y cómo no pensar acerca de Cristo. Pero cada uno debe llegar a una conclusión y convicción personal. Amigo, ¿qué piensas de Cristo? ¿Estás dispuesto a aceptar el testimonio de Dios y de Sus apóstoles? Sólo así podrás ser salvo.

de un estudio dado por Lucas Batalla

Hay más estudios del hermano Lucas en  internet:
http://estudios-lucas-batalla.blogspot.com.es
 

viernes, 31 de marzo de 2017

EN ESTO PENSAD -- abril 2017

La Elección del Cónyuge (II)
J. Graf

viene del nº anterior
 
El amor
¿No es el amor la condición primordial para que una unión sea feliz? Al menos esto es lo que se dice a menudo. Es cierto que el afecto natural entre prometidos, entre esposos, entre padres e hijos, es algo que Dios pone en el corazón humano. Estos sentimientos son un lazo precioso entre dos seres estrechamente unidos el uno al otro.
    Pero desde la antigüedad pagana, tal amor fue desnaturalizado por la desobediencia del hombre y cayó bajo el imperio de la ley del pecado y de la muerte. La ausencia de afecto natural caracteriza también a la cristiandad sin Cristo en estos últimos tiempos (Ro. 1:31; 2 Ti. 3:3).
    El amor es algo natural en las relaciones entre esposos, pero debiera ser santificado para que no fuera un simple amor carnal, el cual se manifiesta ante todo por sus exigencias, por su egoísmo, su deseo de poseer, sin preocuparse de la voluntad de Dios. Ejemplos muy solemnes de todo esto los encontramos en Sansón (Jue. 14:3, 16; 16:4, 15) y Amnón (2 S. 13). Tal amor no puede ser nunca el fundamento seguro de una unión dichosa, ya que desaparece al haber conseguido lo que se buscaba en la persona amada. El creyente no está exento de este peligro, por lo que la vigilancia le es necesaria.
    El amor que Dios pone en el corazón, a la vez da y se entrega. No busca su propio interés (1 Co. 13:5). Encuentra su medida en Cristo, quien ha amado a la Asamblea y se entregó a sí mismo por ella (Ef. 5:25). Fue su amor y su obediencia al Padre, lo que le indujo a descender del cielo y darse por la Iglesia, del mismo modo que un hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer.
    Toda peticion de matrimonio, requiere según Dios un afecto santo hacia la novia. “Cristo amó a la iglesia”. Siguiendo su ejemplo, le corresponde al hombre, desempeñar el papel activo y pedir a su prometida en matrimonio. Una actitud pasiva de parte del novio o la iniciativa de la futura esposa estarían en desacuerdo con los pensamientos divinos.
    El verdadero amor no actúa nunca en oposición a Dios. El amor no debe cegarnos, ya que es necesario examinarse a sí mismo delante del Señor, para saber si el motivo que nos mueve está de acuerdo con la voluntad de Dios.

La petición de una compañera a Dios
    El siervo de Abraham nos proporciona un ejemplo muy hermoso. No era una joven agraciada o rica la que él buscaba para Isaac, sino una muchacha que quisiera servir a un extranjero como él y que cuidase de sus camellos fatigados. Habiendo Dios respondido a su petición al instante, el siervo, primeramente, se contentó con mirar, sorprendido y en silencio. Profundamente emocionado por la respuesta divina, no dice ni una sola palabra a la muchacha, sino que empieza por expresar su gratitud a Dios (Gn. 24:12, 21, 27). Fue de esta manera que recibió de la mano del Señor la mujer que Dios destinaba a Isaac.

¿En qué momento casarse?       
    Hay un orden que conviene observar y que nos es indicado claramente en Génesis 2:24 y vuelto a citar por el Señor Jesús en Mateo 19:5, “El hombre dejará a su padre y madre”. Nos habla de la autonomía unida a la responsabilidad.
    A continuación viene “el estar unido a su mujer”, unión pública delante de Dios y de los hombres, la cual es realizada en nuestra sociedad actual [en algunos países] por la inscripción en el registro civil. [en otros: por la iglesia].
    Es solamente después, y no antes, “que los dos serán una sola carne”.
    Otra condición precedente a la fundación de un hogar es el ejercicio de un oficio que tras una formación profesional o un aprendizaje suficiente, permita al hombre proveer a las necesidades de la familia. “Prepara tus labores fuera, y disponlas en tus campos, y después edificarás tu casa” (Pr. 24:27).
    El tiempo escogido por Dios no corresponde siempre a nuestros deseos. “En tu mano están mis tiempos” (Sal. 31:15).
    Las hijas de Zelofehad nos ofrecen un ejemplo estimulante (Nm. 27 y 36). Experimentaron por sí mismas las dificultades que muchas jóvenes creyentes encuentran en nuestros días, las cuales deben comprobar que hay muy pocos jóvenes varones a su alrededor resueltos a seguir a Cristo. Las hijas de Zelofehad hubieran podido suplicar a Moisés que les ayudase a buscar un esposo; pero ellas amaban y deseaban, ante todo, conseguir su herencia (figura de nuestras bendiciones espirituales), y Dios respondió simultáneamente a sus dos deseos.

El lugar del encuentro
    El siervo de Abraham encontró a Rebeca cerca de un pozo. De él surgía el agua, figura de la Palabra de Dios aplicada por el Espíritu Santo.
    Jóvenes: ¿Dónde deseáis encontrar a vuestro futuro cónyuge? ¿En el mundo estéril, sin agua, o en este lugar escogido por Dios, donde su Palabra refresca el corazón?
   
Una decisión firme
    Rebeca no obró ligeramente hacia su futuro esposo. “Yo iré”, dijo ella decidida.

Una ayuda idónea
    Dios quería dar a Adán una ayuda idónea. Las grandes diferencias de edad, educación, lengua, raza, etc., no son contrarias a la Palabra, pero pueden constituir en el curso de los años, una carga en la vida común. “El que halla esposa halla el bien, y alcanza la benevolencia de Jehová” (Pr. 18:22).

J. Graf, Juventud, matrimonio, familia, Ediciones Bíblicas, Perroy, Suiza.

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 ¿QUIÉN ESTÁ EN LAS REUNIONES?

“Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).

Cuando el Señor Jesucristo pronunció estas palabras, se estaba refiriendo a una reunión de la iglesia convocada para tratar con un miembro pecador que rehúsa arrepentirse. Otros esfuerzos para con el ofensor han fallado y ahora es llevado ante la asamblea. Si aún rehúsa arrepentirse, debe ser excomulgado: puesto fuera de comunión. El Señor Jesús promete Su presencia en tal reunión convocada para tratar con un asunto de disciplina de la iglesia.
     Pero el versículo ciertamente tiene una aplicación más amplia. Se cumple dondequiera y cada vez que dos o tres se reúnen en Su Nombre. Reunirse en Su Nombre significa juntarse como asamblea cristiana; congregarse con y por Su autoridad, actuando de Su parte; reunirse en torno a Él como cabeza y centro de atracción; congregarse de acuerdo con la práctica de los cristianos primitivos en doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones (Hch. 2:42). Quiere decir congregarse con Cristo como el centro, congregarse en Él (Gn. 49:10; Sal. 50:5).
     Dondequiera que los creyentes se reúnen de este modo a la Persona del Señor Jesús, Él promete estar presente. Mas alguien podría preguntar: “¿No está Él presente en todas partes? Siendo Él Omnipresente, ¿no está en todos los lugares al mismo tiempo?” La respuesta es, por supuesto que sí. Pero promete estar presente de una manera especial cuando los santos se congregan en Su Nombre: “...allí estoy yo en medio de ellos”. Esa es, por sí misma, la razón más fuerte por la que debemos ser fieles asistiendo a todas las reuniones de la asamblea local. El Señor Jesús está ahí de una manera especial. Muchas veces podemos no estar conscientes de Su prometida presencia. En otras ocasiones aceptamos el hecho por la fe, basados en Su promesa. Pero hay otras veces cuando se nos manifiesta a Sí mismo de una manera singular. . . Nunca sabemos cuándo ocurrirán estas sagradas visitas. Llegan inesperadamente y sin anuncio y si no estamos presentes las perdemos. Sufrimos una pérdida parecida a la de Tomás, que no estaba presente cuando el Señor Jesús resucitado y glorificado apareció a los discípulos la tarde de Su resurrección (Jn. 20:24). Éste fue un momento de gloria que jamás pudo recuperar.   
     Si realmente creemos que Cristo está presente cuando Su pueblo se reúne en Su Nombre, estaremos mucho más motivados y determinados a asistir que si el rey o el presidente estuviera allí. Nada aparte de la muerte o una enfermedad grave impedirá nuestra presencia.
William MacDonald, De Día En Día, Editorial CLIE

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William MacDonald Comenta Sobre El Mundo

     "El apóstol Juan nos dice que todo lo que hay en el mundo es los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida (1 Jn. 2:16). Traducción: el mundo glorifica al sexo, a la pasión, a la violencia, a la guerra, a la riqueza, a la posición social y al poder. La gente del mundo vive para el presente, no para la eternidad; para las cosas pasajeras, no para los demás; para el yo, no para Dios. Todos sus placeres tienen su fin en el sepulcro".    pág. 74
     "El mundo tiene formas diferentes. Hay el mundo de la política: por su propia naturaleza, es corrompido. Hay el mundo del comercio: está impregnado de prácticas nada éticas. Hay el mundo religioso: tiene las manos manchadas con la sangre de Jesús. Hay el mundo del arte, la música y la cultura: el nombre de Cristo es excluido porque causa desasosiego. Y hay el mundo del espectáculo, con su inmundicia, insinuaciones sexuales, dobles sentidos. Hollywood y la televisión son retratos de este mundo a todo color..." pág. 75

del libro EL MANDAMIENTO OLVIDADO: SED SANTOS
 
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¿IRÉ AL CIELO?

Para ir al cielo, ¿que es necesario?                   
☐ 1. Guardar los Diez Mandamientos
☐ 2. Hacer buenas obras. “Haz bien y no mires a quién”.
☐ 3. Los sacramentos: el bautismo, la penitencia, la eucaristía, la confirmación, la extremaunción, etc.
☐ 4. Dar limosnas a la iglesia, a los pobres, a las obras de caridad.
☐ 5. Arrepentirse y dejar de pecar.
☐ 6. Ser sincero y procurar siempre lo mejor.
☐ 7. Amar a Dios y al prójimo.
☐ 8. Asistir a una iglesia evangélica o protestante y hacerse miembro.
☐ 9. Arrepentirse y confiar sólo en el Señor Jesucristo para el perdón y la vida eterna.
☐ 10. Nada, porque no existe ni cielo ni infierno.

¿Cuáles ha escogido?
    Si ha escogido alguno del nº1 al nº8, lamentamos decirle que se ha equivocado. Dios dice en Su Palabra que la salvación es: “por gracia...por medio de la fe...no por obras para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).
    Si ha escogido el nº10, también se ha equivocado. El Señor Jesucristo no miente ni se equivoca, y Él habló y enseñó acerca del cielo y del infierno. Si usted no lo cree, es su problema, pero el cielo y el infierno existen, y usted irá a uno de estos lugares para siempre.
    Si ha escogido sólo el nº 9, ha acertado. El obstáculo que impide que vayamos al cielo, la morada de Dios, es nuestro pecado, y todos hemos pecado. “La paga del pecado es muerte” dice la Biblia. Por eso vino Jesucristo y murió en la cruz del Calvario, para sustituirle a usted ante Dios y tomar en su lugar el castigo que sus pecados merecen. Y cuando expiró en la cruz, gritó: “¡Consumado es!”. Jesucristo no sigue sufriendo ni muerto, porque ya lo  pagó todo. Resucitó y está sentado a la diestra de la majestad en el cielo. Jesucristo es el único que puede perdonar los pecados y dar vida eterna. Sólo por Él podemos ir al cielo. Él dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (S. Juan 14:6).
    Si desea saber más acerca de Jesucristo y cómo recibir vida eterna e ir al cielo, acérquese y pregunta. Con gusto le ayudaremos. 

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 ¿Qué Pensáis Del Cristo?

 Hay muchas preguntas en la Biblia, pero esta es la más importante, porque de la respuesta a ella depende el destino de cada persona: “¿Qué pensáis del Cristo?”
    Si preguntamos a la gente, habrá muchas respuestas, porque a muchos les encanta expresar su opinión. Unos hablarán a favor y otros en contra. Hay gente que tiene religión pero no tiene a Cristo, y que practica culto pero no le conoce. En nuestro mundo se hacen encuestas públicas y preguntan: “¿Qué piensa de esto o lo otro?” Pero esta pregunta es infinitamente más importante. No se trata de meras opiniones, sino de cómo evalua y qué entiende acerca de Jesucristo. Vamos al Nuevo Testamento para preguntar a los que convivieron con Él.
    En Juan 7:46 los alguaciles del templo no le trajeron a las autoridades como se les había mandado, porque quedaron impresionados de Su manera de hablar. Exclamaron: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” Habían oído a muchos hablar en el templo, pero Cristo predicaba con poder y razón y Sus palabras tocaron el corazón de los que le oyeron. Jamás en la vida oirás otras palabras como las de Jesucristo.
    En Mateo 4:24-25 vemos a los del otro lado del Jordán, oyéndole y viendo las señales que hacía. ¿Qué pensaron de Él? Se quedaron admirados. “Y se difundió su fama por toda Siria”. Había gente siguiéndole de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán. Pero amigo, una cosa es estar impresionado, y otra es creer, confiar en Él. En Mateo 5:1-3, a esas multitudes Él les enseñaba el reino de Dios, no de políticos ni obras sociales sino de Dios, el que quiere gobernar en el corazón. El gran evangelista Moody dijo: “prefiero estar cinco minutos a los pies de Cristo que escuchar toda la vida a los sabios de este mundo”.
    Vamos a Marcos 1:30-31 para entrevistar a la suegra de Simón Pedro. Ella había caído enferma, tenía fiebre y estaba acostada. Hablaron al Señor explicando la condición de ella, y Él se acercó y la tomó de la mano. La levantó de la cama e inmediatamente le dejó la fiebre. Se curó de tal manera que podía servir a sus huéspedes. Ella diría: “Él me quitó la fiebre; me sanó”. Jesucristo tiene poder para levantarnos, curar nuestras males y habilitarnos para servir. ¿Quién desea dejarle entrar en su casa y su corazón?
    Preguntemos en Marcos 2:2-12 a los cuatro que trajeron a un paralítico al Señor, y lo bajaron en su lecho delante del Señor. Ellos, el enfermo y todos los demás que estaban en la casa vieron el poder del Señor sobre la parálisis y sobre el pecado. Se asombraron, glorificaron a Dios y dijeron que nunca habían visto tal cosa. El Cristo tiene poder y compasión, puede restaurar los nervios y perdonar los pecados.
    Los discípulos pescadores, después de la gran pesca en Lucas 5:1-8, quedaron asombrados también. Eran pescadores de oficio, pero el Señor les enseñó cómo pescar mejor. Pedro se arrodilló y rogó al Señor que se apartara de él, diciendo: “porque soy hombre pecador”. Probablemente había tenido mala actitud y malos pensamientos acerca de la instrucción que Cristo les dio en el v. 4, “echad las redes...” Pero la sencilla obediencia puede vencer la incredulidad, porque cuando hacemos lo que el Señor dice, entonces vemos resultados que de otra manera no se puede. Se quedaron impresionados con la santidad y el poder del Señor.
    En Lucas 15:2 los fariseos y escribas expresaron su baja opinión de Cristo cuando murmuraron: “este a los pecadores recibe y con ellos come”. Lo dijeron para denigrarle, pero nos hace admirarle porque si no hubiera recibido a los pecadores, ¿dónde estaríamos nosotros? La crítica de los líderes religiosos se convierte en palabras de esperanza para nosotros. ¿Quién es Cristo? Es uno que recibe a los pecadores. Vino para buscar y salvar a los que se habían perdido.
    Otra vez escuchamos opinión negativa de parte del establecemiento religioso, en Mateo 27:41-43. “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar”. Aquí vemos el conflicto entre la religión organizada y pomposa, y la fe sencilla en el Señor Jesucristo. Esos hombres no estaban allí para compadecerse sino para burlarse. Pero llevaron razón en lo que dijeron. Cristo no podía salvarse a sí mismo, ni falta hacía porque era santísimo y en este momento sufría por nosotros. Él entregó Su vida por la tuya y la mía. No vino para salvarse, sino para salvarnos a nosotros.
    Si preguntamos a Caifás, el sumo sacerdote, veremos su opinión de Cristo en Mateo 26:57-64. Sólo obraba para quitar a Cristo de en medio, porque le veía como competencia y quería para sí el poder sobre el pueblo. Así que procedió deshonestamente, buscando testigos falsos para condenarlo. Al final le conjuró: “que nos digas si eres tú el Cristo”. Pero no lo dijo porque no sabía qué pensar, sino para provocarle a decir algo condenable. Y cuando Cristo le respondió, le acusó de blasfemia (v. 65). Caifás pensaba que Cristo blasfemaba y que merecía morir. Jesucristo tiene muchos enemigos todavía hoy que le resienten.
    Otro hombre que opinó públicamente sobre Cristo fue Poncio Pilato (Mt. 27:1-2; 11-26; Jn. 18:28-19:6). Era un hombre duro y cruel. Pilato, ¿qué opinas de Cristo? Declaró en Juan 19:4 que ningún delito halló en Él. Los judíos en el versículo 7 acusaron: “se hizo a sí mismo Hijo de Dios”.  Pilato le llamó hombre inocente, pero le condenó, manifestando el fracaso del sistema judicial de este mundo. Condenó al Santo y Justo. En Mateo 27:22 preguntó: “¿Qué queréis...que haga con Jesús...?” (véase Mr. 15:12). ¿Qué importaba lo que ellos querían? ¡Él debió actuar con justicia y equidad, pero no lo hizo! “¡Crucifícale!” respondieron a gritos, y así fue. Había recibido correo de su esposa rogándole que no tuviera nada que ver con “ese justo”, pero ni a eso hizo caso. Al final Pilato se lavó las manos, pero tenía que haber lavado su corazón pecaminoso. Fracasó y no hizo justicia, porque se dejó guiar por la opinión y la voz de la multitud. Como muchos, a Pilato le preocupaba el “¿qué dirán?” más que la verdad. Dicen algunos historiadores que luego volvió a Roma y fue castigado con exilio, durante el cual se deprimió y se suicidió. Otros dicen que el emperador Calígula le condenó a muerte por ejecución o suicidio. El caso es que murió en el año 39 d.C., y un día Pilato tendrá que comparecer ante Cristo. ¡Qué momento más terrible será!
    ¿Qué pensaba Judas Iscariote de Cristo? En Mateo 27:4 dijo: “he pecado entregando sangre inocente”. Sabía que el Señor era inocente y que él le había traicionado. Devolvió el dinero arrepentido – esto es – triste por las consecuencias. Pero Judas no se arrepintió debidamente, y murió como un pecador desgraciado. Había andado con Cristo y con los demás apóstoles durante tres años, día y noche. Había escuchado las mismas enseñanzas y visto los mismos milagros. Recibió más atención personal del Señor que muchos. Pero pese a todo eso, y aunque había hecho milagros y predicado el evangelio,vemos que no había creído en el corazón. Hasta qué punto llegan los “cristianos” modernos que asisten a reuniones pero que no permiten que el Señor cambie sus vidas, y los predicadores que hacen campañas y milagros y recogen dinero, como Judas, pero Cristo para ellos es más que nada una manera de tener fama y hacer dinero.
    Tenemos que invitar a la gente a tener una buena opinión de Cristo, y esto se hace también con nuestra vida. Nuestra manera de vivir como cristianos influye a la gente en su opinión de Cristo. Que Él nos ayude a enmendar nuestra manera de hablar y vivir, para que reprensentemos bien al Señor. Pablo dijo: “Sed imitadores de mí así como yo de Cristo”. Cuando imitamos al Señor, cuando le seguimos en nuestra manera de vivir, ayudamos a la gente a entender realmente quién es Cristo y qué es el evangelio.


continuará, d.v. en el siguiente número
de un estudio dado por Lucas Batalla
 
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  Dios Cumple Toda Su Palabra

"...no ha faltado una palabra de todas las buenas palabras que Jehová vuestro Dios había dicho de vosotros; todas os han acontecido, no ha faltado ninguna de ellas" (Jos. 23:14).
 
    Los que dividen la Palabra de Dios en doctrinas fundamentales y no esenciales, o culturales, deben reflexionar y arrepentirse de su pecado. Desean que Dios cumpla todas Sus promesas, toda Su Palabra, y se alegran de que Él sea fiel en todo. Pero ellos no desean guardar todo. Esquivan su deber de enseñar y guardar todo, con sus inventos y excusas de "no esencial", frase no hallada en toda la Biblia. Se alegran de que "no ha faltado una palabra de todas las buenas palabras" de Dios, pero ellos sí son hallados faltos. ¿Qué sería de nosotros si Dios no cumpliera todas Sus promesas? Pero tranquilos, porque en Cristo todas las promesas de Dios son Sí, y en Él Amén (2 Co. 1:20).
    Y somos mandados a enseñar y obedecer TODO. "Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado" (Mt. 28:20). "Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad" (Jn. 16:13), no "a las doctrinas más importantes". (!) Dios cumple toda Su buena Palabra. Dejemos de dividir y clasificarla, y seamos obedientes a todo.
Carlos