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sábado, 2 de agosto de 2014

EN ESTO PENSAD -- agosto 2014

 
La Biblia impresa por Gutenberg cerca del año 1450
EL MILAGRO DEL LIBRO
(II)
Dyson Hague

El milagro de su unidad

    Hablamos de la Biblia como siendo un libro, pero raramente o nunca se nos ocurre que tenemos ante nosotros una biblioteca. Poco se nos consta, que este Libro se compone de 66 libros diferentes y que fue escrito por 30 o 40 autores en 3 idiomas distintos, teniendo un contenido muy diverso y escrito en circunstancias de las más variadas,. Los redactores escribieron sobre la historia, la teologia, la filosofía, el derecho, la genealogía, la etnología, escribieron profecías, biografías e interesantes experiencias de viaje. Si estos 66 libros fuesen impresos individualmente con letra grande y sobre papel fuerte y encuadernados en cuero, resultaría de ello todo una biblioteca. De hecho la totalidad de 66 tomos queda constituida en un libro de tamaño reducido, pudiéndolo sostener en su manita un niño. Aunque sus temas son tan variados y tan arduos –los más arduos y profundos que uno se pueda imaginar– y que no hubo posibilidad alguna de sintonizarlos simultaneamente–era imposible que el primer escritor pudiese adivinar lo que se iba a escribir 1500 años más tarde–así y todo este vasto conjunto de escritos variados se unió con toda armonía en una obra total –y eso no solo de parte de los hombres, sino de Dios, el Autor– resultando el que a la Biblia la tratamos como un solo libro. Es un libro deslucido – en su formación, pero el milagro de una unidad literaria.
 
El milagro de su edad

    También resulta milagroso, que la Biblia a pesar de su edad es de constante actualidad. El tiempo es un toque de prueba fundamental del valor de un libro. ¿Hay acaso un libro más, que escrito desde hace 1.000 años y aun hoy se lee por parte de un amplio público? Libros, que pocos años hace despertaban el interés, hoy quedan olvidados. Aparecieron, clamorosamente fueron celebrados, y desaparecieron del conocimiento; la fría mano del olvido se posaba sobre ellos, su fuerza se retiraba, su influencia desapareció sin gloria. ¿Dónde hay algún libro, que habiendose escrito desde hace 500 o más años aun hoy se lee de las masas? Horacio y Homero pueden ser objetos de estudio por parte de estudiantes, Virgilio y Xenofón pueden inculcarse en el cerebro de escolares, pero ¿a quién se le ocurre leer para sí estos libros? Sus obras son libros muertos en lenguas muertas. Por contraste la Biblia es el único libro del mundo, que ha franqueado la barrera del tiempo, pero también –y esto no es accidental– ha saltado la influencia limitadora de la nacionalidad. El libro de un español sólo pocas veces es leído por un alemán. Los alemanes generalmente leen libros alemanes, los ingleses libros ingleses. La Biblia se concibió mayormente en una lengua muerta, y sin embargo es el libro más vulgarizado del mundo.

El milagro de su incomparable venta

    ¿Acaso no resulta ser un milagro, el que este viejo Libro es el que más se compra? A un librero se le preguntó qué libro gozaba de la más alta cifra de negocios. Aquel hombre citó no los últimos relatos o la más reciente obra científica como “Bestseller”, sino la Biblia. El movimiento de otros libros se cifra en miles, el de la Biblia en millones. Cada año se traduce en otras lenguas y dialectos.

El milagro de su círculo de interés

    La Biblia es el único libro en el mundo que lee la gente de todas las clases, de toda edad y de todo grado de madurez. Personas de formación literaria raras veces se enfrascarán en un libro infantil, esto es palmario, y tampoco los niños leerán un libro sobre la ciencia y la filosofía, aun si pudiesen hacerlo. He aquí, sin embargo, un libro que se distingue de todos los demás, un libro que se lee a un niño y que un hombre cargado de años, hallándose en el umbral del más allá, también lo lee.
    Años atrás oí una vez, como la niñera de mi pequeña le iba leyendo algo; le pregunté: “¿Qué es eso que está usted leyendo?” “Estoy leyendo la historia de José de la Biblia”, dijo ella, cuando excitada se interpuso la niña: “¡Por favor, Papá, no nos interrumpas!” Con interés devorador seguía un historia, que hacia unos 3500 años se había escrito en hebreo. Y no lejos de la habitación, en donde estaba escuchando la niña de corta edad, se hallaba sentado uno de los más grandes y modernos científicos, el destacado erudito canadiense Sir William Sawson, presidente del colegio universitario de McGill en Montreal. Leía en el mismo libro maravilloso con profunda reverencia y gozo. ¿Acaso no es eso un milagro? Uno de los más competentes letrados modernos encuentra su delicia en el mismo libro que la niñita.
    Ello realmente queda sin par en la literatura. En miles de hogares y escuelas dominicales es leído por parte de nuestros jóvenes, chicos y chicas. Grandes eruditos, como Newton, Herschel, Faraday y Brewster, grandes militares, como Gustavo-Adolfo, Gordon y Stonewall Jackson, y grandes estadistas, como Gladstone y Lincoln, veían en este Libro el gozo y la guía para su vida.

continuará, d.v. en el siguiente número

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"No podemos cerrar nuestros ojos a la verdad de que la Iglesia de Dios no está progresando como debiera, en santidad de vida, ni en obra ferviente. Como el señor Moody dijo hace años en una carta circular anunciando una conferencia en Northfield: 'Hay en las iglesias reservas de riquezas no consagradas, talentos no empleados o mal empleados, multitudes reposados en Sion, testigos que no dan ningún testimonio de su Señor, obreros sin el poder vencedor del Espíritu, maestros que hablan sin autoridad, discípulos que siguen de lejos, formas sin vida, maquinaria de iglesias que sustituye vida y poder interior'".

Escrito por F. E. Marsh (1858-1919), en The Discipler's Manual ("El Manual del Discipulador"). Aunque escrito al principio del siglo XX, parece más verdad ahora que en aquel entonces. Hoy hay urgente necesidad de quebrantamiento, contrición, confesión de pecado y arrepentimiento en muchas congregaciones. "Salva, oh Jehová, porque se acabaron los piadosos; porque han desaparecido los fieles de entre los hijos de los hombres" (Sal. 12:1).

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EL CRISTIANISMO NOMINAL

    Algunos creen el evangelio, pero sólo por encima. Nuestro Señor Jesús enseñó esto en Israel; dijo: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad" (Mt. 23:27-28).
    Se miraron unos a otros, estiraron sus largas barbas y decidieron que, a la mayor brevedad posible, y sin provocar disturbios callejeros, matarían a Jesús. Al final lo lograron, pero Dios le resucitó de entre los muertos al tercer día y le sentó a Su diestra. Ellos pensaban que estaban enviando a un hombre a la muerte, pero era Dios quien ofrecía un sacrificio. Ésta es la diferencia. Éste es el aspecto irónico de lucar contra el Señor Jesucristo.
    La consecuencia de ser un cristiano nominal, sólo de nombre, es la tendencia a usar las palabras de manera equivocada, liarse con juegos de palabras religiosas. Hoy día, en demasiados lugares, la religión cristiana ha quedado reducida a un juego de palabras....
    Pero el Espíritu Santo no habla de liberales ni de personas que niegan la verdad de las Escrituras. Habla de personas que admiten la verdad dela Biblia y reciben el evangelio como un hecho, y no lo niegan, sino que lo respaldan... Los que no, su religión no es más que un juego de palabras. 
A. W. Tozer, de su libro: FE AUTÉNTICA

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Entrando En El Repsoso de Dios (II)
David Gooding

Texto: Hebreos 3-4

Dejemos a un lado esos usos del término en Hebreos 3 y 4, y veamos  ejemplos de otros contextos. En 11:31, el escritor observa que Rahab la ramera: “por la fe...no pereció juntamente con los desobedientes...” ¿Y quiénes eran esos desobedientes que murieron cuando los israelitas destruyeron a Jericó? ¿Eran verdaderos y genuinos creyentes que recientemente habían sido vencidos por alguna tentación o algo así? Por supuesto que no. Rahab había oído del Dios verdadero y lo que Él hacía a través de Israel; y ella creyó y mostró su fe recibiendo a los espías (Jos. 2:8-13). Sus conciudadanos de Jericó habían oído tanto como ella acerca del Dios verdadero; pero en contraste, ellos rehusaron creer y arrepentirse; y cuando ella fue salvada, ellos perecieron.
    Tomemos un ejemplo típico de Hechos. Leemos en 14:1-2 que Pablo y Bernabé: “hablaron de tal manera que creyó una gran multitud de judíos, y asimismo de griegos. Mas los judíos que no creían [literalmente “que desobedecían”] excitaron y corrompieron los ánimos de los gentiles contra los hermanos”. ¿Quiénes entonces eran esos judíos que desobedecían? ¿Eran verdaderos y genuinos creyentes que estaban mal de salud espiritual y culpables de desobedecer uno de los mandamientos del Señor? No, de ninguna manera. Ellos eran judíos que, cuando escucharon la predicación del evangelio, “rehusaron creer”, como traduce la Nueva Versión Internacional.
    O tomemos el argumento de Pablo en Romanos 10. Él anhela, así lo declara, que sean salvos sus compatriotas de Israel, y le pesa que la mayoría de ellos no se salve. ¿Entonces por qué no son salvos? Pablo apunta un número de razones, y termina citando las palabras de Dios: “Todo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde y contradictor” (v. 21; Is. 65:2). Aquí también “rebelde” [desobediente] significa rehusar creer el evangelio. Y no hay salvación para el que rehúsa creer el evangelio. Escucha al evangelio de Juan: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece [literalmente “desobedece”] al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él” (Jn. 3:36 Biblia de las Américas). Entonces, “desobedecer al Hijo” es lo contrario de “creer en el Hijo”. Lo que denota no es un creyente que momentáneamente desobedece, sino uno que es incrédulo; y es por eso que la Nueva Versión Internacional traduce aquí la frase como: “cualquiera que rechaza al Hijo”. Y Pedro nos advierte acerca de la gravedad de hacer esto: “¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?”
    Sería laborioso estudiar en este momento todos los lugares donde se emplea esta palabra. Pero un ejemplo final servirá para nuestro propósito porque es especialmente iluminador. En la epístola a Tito, 1:15-16, Pablo comenta así: “...mas para los corrompidos e incrédulos, nada les es puro... profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes [desobedientes], reprobados en cuanto a toda buena obra”. En el contexto ha estado hablando de los falsos maestros. Ahora habla acerca de los que “profesan conocer a Dios”. Pero su profesión es falsa, dice Pablo. No creen; son desobedientes. Observamos que los dos términos son prácticamente sinónimos.
    Con esto volvemos a nuestro pasaje en Hebreos, y notamos que nuestro escritor emplea estos mismos dos términos. Los antiguos israelitas profesaron creer cuando salieron de Egipto; pero su rebelión subsecuente y el rehusar entrar en Canaán mostraron que ellos nunca habían creído verdaderamente el evangelio. Ellos “desobedecieron”, dice en el 3:18. “No pudieron entrar a causa de la incredulidad”, añade en el 3:19.
    “Sí”, puede decir alguno, “pero no estás siendo justo con estos antiguos israelitas. Admitimos que se rebelaron contra Dios y Moisés después de haber viajado una larga distancia por medio del desierto, al llegar a la frontera de la tierra prometida. Y ciertamente rehusaron creer a Caleb y a Josué cuando les aseguraron de que Dios les daría la tierra. Así que, claramente, ellos al final habían perdido totalmente la fe. Pero no es justo decir que nunca fueron creyentes. Fueron redimidos por la sangre del cordero pascual en Egipto; fueron rociados con la sangre del pacto en Sinaí. Es obvio que eran verdaderos y genuinos creyentes al principio, sólo que después perdieron su fe y la desecharon, y así perecieron”.

El Veredicto de Dios

    Pues, lo mejor que podemos hacer para resolver el asunto es consultar a Dios mismo. ¿Estará de acuerdo que al comienzo en Egipto y después, durante algún tiempo ellos fueron verdaderos y genuinos creyentes, y que solamente después perdieron su fe? He aquí el veredicto de Dios: “¿Hasta cuándo no me creerán, con todas las señales que he hecho?...todos los que vieron mi gloria y mis señales que he hecho en Egipto y en el desierto, y me han tentado ya diez veces, y no han oído mi voz, no verán la tierra de la cual juré a sus padres” (Nm. 14:11, 22-23).
    Según Dios, entonces, a pesar de haber visto todos los milagros en Egipto al principio y después en el desierto, este pueblo había mostrado consistente incredulidad y desobediencia en todo el camino, y además una actitud de menosprecio hacia Dios y Su gloria. Habían salido de Egipto en medio de mucha emoción y fervor religioso; pero en cuanto a la fe genuina y personal en Dios, muy claramente ellos nunca la tuvieron. Los siguientes sucesos en el desierto meramente expusieron la verdad acerca de ellos que siempre yacía debajo de la superficie.
    El Salmo 106 rinde el mismo veredicto. Israel no pensaba en los milagros de Dios en Egipto. La nación olvidó Su grandeza, Sus obras, y se rebeló al lado del Mar Rojo (v. 7). Dios le salvó,  pese a esto, por causa de Su nombre (v. 8). El prodigio innegable e impresionante hecho en el Mar Rojo causó en ellos una fe superficial y temporal (vv. 9-12), como hicieron los milagros de nuestro Señor en algunos de Sus contemporáneos (Jn. 2:23-25). Pero después de esto, en el desierto, pronto volvieron a su comportamiento normal de falta de comprensión, ingratitud, incredulidad, rebelión e idolatría abierta (vv. 13-43).

La Advertencia Aplicada

    Hasta aquí hemos estado considerando el caso de los israelitas en el desierto; pero ahora debemos escuchar mientras que nuestro escritor saca de esta historia una advertencia para aquellos a quienes escribe.
    Puede que digas: “Pero no cabe duda acerca de ellos. Debieron ser verdaderos creyentes porque al principio del capítulo 3 el escritor se dirige a ellos llamándoles ‘hermanos santos, participantes del llamamiento celestial’”.
    Pues, ciertamente, si ellos genuinamente creían el evangelio cuando lo oyeron, podrían estar absolutamente seguros de que serían salvados eternamente. Observa lo que el escritor dice en el 4:6 y contrasta esto con lo que dice en el 4:3. “Aquellos a quienes primero se les anunció la buena nueva no entraron”, dice él, “por causa de desobediencia” (4:6). En contraste, “los que hemos creído entramos en el reposo”. No cabe duda. Una vez que la persona cree real y genuinamente (observa el tiempo del verbo: “hemos creído”) no queda incertidumbre, esta persona entra. Es una de las afirmaciones gloriosas de Dios, de la certidumbre invariable e inquebrantable. Tal como dos y dos son cuatro, no a veces sino siempre con constancia infalible, así la Palabra de Dios afirma que “los que hemos creído”, sí, “entramos en el reposo”. Podemos estar tan seguros así como de la otra afirmación: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn. 3:36).
    Como vimos antes, el escritor exhorta a sus lectores a asegurarse de que verdaderamente hayan creído el evangelio, de que sean creyentes genuinos, no sea que simplemente hayan caminado con los demás emocionados con fervor religioso pero sin  creer  personalmente en el Señor Jesús. Si no han creído personalmente, o si no están seguros de ello, que crean ahora. Todavía está abierta la puerta de oportunidad, y les cita de nuevo  el Salmo 95:7-8 (como en He. 3:13,15), para asegurarles que todavía es su día de oportunidad. “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”.
    “Mirad, hermanos”, les exhorta, “que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo” (v. 12); y entonces añade una advertencia especial. El pecado es engañador, y sin que el incrédulo lo reconozca, puede endurecer su corazón.

El Pecado Fundamental

    Todo pecado, por supuesto, es malo, y si uno continúa en ello, puede endurecerse su corazón; pero el pecado en el cual el escritor está pensando aquí, como el contexto hace abundantemente patente, es el pecado de incredulidad, el pecado de escuchar el evangelio, pero rebelarse contra él (3:16), el pecado de rehusar entrar en la tierra prometida, por lo cual Dios estuvo airado con Israel cuarenta años (3:17); el pecado de desobediencia e incredulidad (3:18-19). Nota que todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés eran culpables de esta rebelión, todos, es decir, excepto las personas como Caleb y Josué (3:16). Como hemos visto, desde el principio ellos nunca habían creído el evangelio; pero este pecado de incredulidad les engañó y finalmente endureció tanto sus corazones que se rebelaron abiertamente contra Dios, rechazaron el liderazgo de Moisés y hablaron de nombrarse otro capitán y volverse a Egipto (Nm. 14:2, 4).
    La incredulidad, el rehusar creer, es por supuesto el pecado cardinal, tanto que a veces la Escritura emplea el término “pecado” en el sentido de fallar o rehusar creer el evangelio. Por ejemplo, así dice nuestro Señor en Juan 16:8-9 que cuando el Espíritu Santo venga, “convencerá al mundo de pecado... de pecado por cuanto no creen en mí”. En otras palabras, Él no habla de los pecados puntuales cometidos ocasionalmente por los verdaderos creyentes (que tienen perdón cuando el creyente confiesa su pecado), sino de ese pecado básico, cardinal, de no creer al Salvador.
    Y este pecado fundamental es muy engañador y fácilmente endurece el corazón. Sucede así con demasiada frecuencia, que las personas entran en una iglesia como miembros sin ninguna experiencia personal del Salvador, o son llevadas a una profesión de fe en base a alguna emoción o experiencia de éxtasis, sin haber nacido de nuevo genuinamente. El tiempo pasa, y el fervor desaparece, y llegan a reconocer que realmente Cristo, Su Palabra y obra significan poco o nada para ellas. Pero, en lugar de estar alarmadas, confesar su estado y buscar al Salvador para recibirle personalmente, estas personas permiten que el pecado de incredulidad les decepcione y que les haga pensar que si mantienen las apariencias externas de decencia y religión, su falta de experiencia personal de Cristo y la salvación no importa. Con el paso del tiempo su incredulidad les endurece tanto el corazón que ninguna predicación del evangelio puede despertarles respecto a su peligro ni conducirles al arrepentimiento y la fe en el Salvador. ¡Qué tragedia!


Extracto traducido del libro del hermano David Gooding,
An Unshakeable Kingdom ("Un Reino Inconmovible",
1989, Eerdmans Publishing, págs. 112-121)
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EL RECUERDO FASCINANTE
DE LAS PALABRAS MUERTAS
(II)
A. W. Tozer

(viene del nº de junio)
Las palabras muertas en la Iglesia actual

    Voy a mencionar solamente dos de esas palabras muertas. Una de ellas es el verbo “aceptar”. Esta palabra enseña la doctrina de la pasividad moral. La otra palabra es “recibir”, que enseña la doctrina de la inactividad espiritual.
    “Aceptar” fue un buen término en determinada época. De paso diré que la palabra “aceptar”, en el sentido de “aceptar a Jesús”, no aparece en la Biblia. Pero hubo un momento en que fue una idea viva. Describía un conjunto de circunstancias con experiencias espirituales circunscritas a una generación concreta. Se alzaron voces vivas que dijeron: “Usted no es salvo por obras, sino por aceptar a Cristo”; era un mensaje dotado de vida. Los hombres que habían intentado trepar por la escalera de Jacob de las buenas obras descubrieron de repente que podían aceptar a Jesús en su corazón y así, sencillamente, convertirse. En su época fue un término maravilloso. Durante las grandes campañas de una generación anterior, se convirtió en le lema del movimiento evangélico, el fundamentalismo, el evangelismo a fondo y las misiones mundiales. Contenía una verdad poderosa que ya hace mucho que murió, pero el vocablo perdura. Se mantiene dentro del espectro teológico, y produce una generación de cristianos –o autoproclamados cristianos– que tienen corazones impenitentes, espíritus frivolos y una conducta mundana. Dicen a las personas que vienen a nosotros para convertirse: “Acepta a Jesús”, de modo que ellas dicen: “Muy bien, aceptaré a Jesús”. En consecuencia, aceptan a Jesús y ahí acaba el asunto. No se produce una transformación, ni se sana una sola raíz impenitente de su ser. Hay un orgullo que jamás se ha crucificado, una mundanalidad a la que nunca han podido vencer y una frivolidad espiritual más allá de toda descripción. Hoy día, hay toda una generación cuyos miembros son las víctimas de esta palabra teológica ya muerta, “aceptar”.
    Para darle una ilustración de lo que quiero decir, existe un centro especializado en alcanzar a los jóvenes soldados y hablarles del Señor. Tienen un personal que, se supone, les da testimonio del Señor Jesús antes de que a los jóvenes los envíen al extranjero.
    Cierto día, uno de esos trabajadores, predicador bautista, vino a visitarme a mi oficina. Se dejó caer en un sofá viejo y grande y me dijo: “Hermano Tozer, estoy muy angustiado. Trabajo en tal y cual centro. ¿Sabe cuál es el problema que tenemos? No me dejan mencionar el arrepentimiento. Lo único que puedo decir a esos muchachos que van a morir es que acepten a Jesús. El resultado es que inclinan sus cabezas y dicen, “Sí, le acepto”, se ponen de pie sonriendo con cierta tristeza y me estrechan la mano. Algunos de ellos, cuando salen, están asustados. Es posible que no vuelvan jamás y ni siquiera puedo atreverme a hablarles del arrepentimiento, del pecado ni de la tristeza que éste genera. Solo me permiten decir que acepten a Jesús”.
    El perjuicio de esta práctica será evidente en las generaciones futuras, cuando tengamos una Iglesia anémica y orientada al mundo en todas sus facetas. “Aceptar” a Jesús sin exigir la transformación del hombre o de la mujer da como resultado rechazar al Cristo del Nuevo Testamento. Por todo el país hay evangelistas que proclaman el mensaje “Acepten a Jesús”, que en nuestros días no pasa de ser un muerto teológico, una voz desde la tumba que no significa nada para esta generación.
    La segunda palabra es el verbo “recibir”. Este término enseña la doctrina de la inactividad espiritual. Tanto “aceptar” como “recibir” son términos pasivos, y el resultado práctico de esta doctrina de recibir es, ni más ni menos, toda una tragedia en nuestro país.
    Cuando yo era joven conocí a una mujer anciana, ¡qué Dios la bendiga! No dominaba mucha teología, pero creía que la forma de ser llenos del Espíritu Santo consistía en ponerse de rodillas, morir al mundo y abrir el corazón. Como en aquella época yo tampoco dominaba mucho la teología, la obedecí, gracias a Dios. El resultado fue que el Espíritu Santo invadió mi naturaleza como en los tiempos antiguos. Por eso no puedo predicar ningún sermón sin mencionar al Espíritu Santo ni su bautismo, porque yo lo recibí.
    No pasó mucho tiempo después de eso cuando la Iglesia empezó a decir “Reciba al Espíritu Santo”. Venía algún joven, con el corazón hambriento y una mirada reflexiva, y preguntaba:
¡Cómo puedo recibir al Espíritu Santo?”, y su profesor respondía: “Bueno, pues recíbelo, simplemente recíbelo, joven. ¿Le recibes?”.
    “Sí, le recibo”.
    La tragedia es que aquel joven, y otros como él, no le recibieron. Y hemos enviado a docenas de hombres a los campos de misión que no tienen otra cosa que ofrecer que la doctrina de la pasividad espiritual.
    Éstas palabras son muertas, aunque dadas otras circunstancias, en otra época, es posible que vuelvan a la vida y se conviertan en palabras del propio Dios para otra generación.

El peligro de las palabras muertas

    Estos dos vocablos, “aceptar” y “recibir”, se han explotado y luego se ha permitido que mueran, y además han fallecido en la misma casa de sus amigos. El resultado es que no “recibiimos” y cualquier tipo de credo que tengamos no transforma nuestra vida.
    Una vez recibí una llamada de larga distancia de una mujer que vivía en Boston. Me dijo: “Acabo de terminar su libro La Conquista Divina, y mi esposo y yo queremos ir a Chicago y ser llenos del Espíritu Santo”.
    “Bueno”, le respondí, “para ser llenos del Espíritu Santo no tienen que venir aquí”.
    Me dijo: “No, un momento, es que no conozco a nadie en esta ciudad que me diga cómo ser llena del Espíritu”.
    Yo no supe decirle adónde ir; supongo que había personas que podrían haberles ayudado, pero uno no puede hablar mucho rato por teléfono. Le dije: “Hermana, no puedo permitir que vengan. Vayan y lean de rodillas La Conquista Divina, los dos, y sigan leyendo hasta que el fuego descienda”.
    Ella me dijo: “¿Cree que eso funcionará?”.
    Le dije: “Seguro que sí”.
    No sé lo que sucedió, per espero que fuera eso.
    Podría mencionar otras muchas palabras como ejemplos de términos muertos para esta generación particular de cristianos, pero los verbos “aceptar” y “recibir” están destruyendo la naturaleza misma de la Iglesia. Si no se hace nada para corregir esto, la siguiente generación de cristianos sufrirá profundas enfermedades espirituales que impedirán que sus miembros sean el testimonio a su generación que Dios espera que sean.  
   

Bellas palabras de vida
Philip P. Bliss (1838-1876)

¡Oh, cantádmelas otra vez!
Bellas palabras de vida;
Hallo en ellas mi gozo y luz,
Bellas palabras de vida.
Sí, de luz y vida
Son sostén y guía.

CORO:
¡Qué bellas son, qué bellas son!
Bellas palabras de vida.
¡Qué bellas son, qué bellas son!
Bellas palabras de vida.

Jesucristo a todos da
Bellas palabras de vida;
Él llamándote hoy está.
Bellas palabras de vida.
Bondadoso te salva,
Y al cielo te llama.

Grato el cántico sonará,
Bellas palabras de vida;
Tus pecados perdonará,
Bellas palabras de vida.
Sí, de luz y vida,
Son sostén y guía.



tomado del capítulo 11 del libro: FE AUTÉNTICA, por A W. Tozer, 2011,
Editorial Portavoz, Grand Rapids, MI, EE.UU.

miércoles, 25 de junio de 2014

EN ESTO PENSAD -- julio 2014

EL MILAGRO DEL LIBRO
 

Dyson Hague

Cuanto más aumenta nuestra experiencia, tanto más el milagro de este Libro se nos abre; porque cuanto más intensamente escudriñamos en él, tanto más sólido llega a ser el conocimiento, de que la Biblia no es simplemente un libro, sino que es el Libro. Cuando Sir Walter Scott en su hora de muerte pidió que se le leyera en el Libro, su yerno le preguntó: “¿En  qúe libro?” Dio como respuesta: “Tan solo hay un Libro, la Biblia”. En el mundo entero este es “el Libro”. Comparados con él, todos los demás libros no son más que hojas, pedazos. Sí, es el único libro perfecto, el Libro eterno–la voz de la cual todos los demás a lo sumo son el eco. Es el Libro que se halla en inalcanzable y excelsa altura, en solitaria gloria, siendo misterioso en su influencia, tan soberano, muy por encima de todos los demás libros como el Cielo está por encima de la tierra, como el Hijo de Dios por encima de los hijos de los hombres.

El milagro de su formación

    La sola existencia de la Biblia es un milagro. Todo aquel que está enterado de la historia y el origen del Libro divino, queda abrumado por el asombro que le inspira la misteriosa manera de su amoldamiento. El que esta palabra llegase a ser libro y hoy en día es el Libro, ya en sí es un milagro literario, puesto que nunca se había entregado a ningún hombre la tarea de planear la Biblia. Tampoco fue concebida por un acuerdo alguno entre sus diversos escritores.
    La manera en que la Biblia gradualmente creció a través de los siglos es uno de los grandes misterios de los tiempos. Gradualmente, de un siglo a otro, una porción se agregaba a otra, en primer lugar inconexo, fragmentario, sin haber relación entre las porciones individuales (He. 1) escritas por distintos hombres y sin cualquier convenio respecto a su organización por parte de éstos. Uno escribió en Siria, otro en Arabia, otros más en Israel, Italia o en Grecia. Algunos escribieron centenares de años antes o después de otros; la primera porción se produjo 1.500 años antes de que naciere el hombre que escribió la última porción.
    Escoge al azar cualquier libro del conjunto, según tu anteojo momentáneo, y considera cómo llegó a la existencia. En nueve casos de diez esto se produce de modo que alguien, después de haberse propuesto escribir un libro, da cierto orden a sus ideas, junta el material, escribe o dicta sobre su contenido y lo manda imprimir en múltiples ejemplares. Tarda en esto dos, tres o más meses o años respectivamente. El promedio de los libros se prepara según parece, en un lapso de tiempo de desde uno hasta diez años. Pero para escribir la Biblia se tardó por lo menos 1.500 años, esto es a través de 60 generaciones.
    Cuán elevado se hace nuestro concepto de Dios, nuestra apreciación de Su paciencia, cuando le vemos observar con silenciosa y tranquila paciencia, el ajetreo y la febril intranquilidad de los hombres, mientras que el gran Libro lentamente y en máximo silencio va creciendo. Una porción se agrega a otra; aquí algo de historia, un poema, una carta, allá una profecía, una biografía, hasta que por fin sin alboroto alguno –cual el Templo en la época de Salomón (1 R. 6:7)– quedó perfecto y acabado en un mundo, que tan apremiantemente precisaba de él.
    Al morir Moisés, quedaban disponibles las primeras cinco partes; cuando David estaba sentado en el trono, algunos pergaminos se habían añadido. Príncipes, sacerdotes y profetas agregaban sus más o menos grandes aportaciones, hasta que finalmente se había terminado todo el Antiguo Testamento, letra por letra, palabra por palabra, frase por frase, libro por libro, igual como hoy todavía lo tenemos entre manos, intacto y perfecto. Y como lo testifica Josefo, nadie en el curso de los siglos se ha atrevido a añadirle algo o restar cualquier cosa, tampoco el texto del Antiguo Testamento ha sido modificado en lo más mínimo desde aquel día hasta hoy.
     Pero desde el punto de vista literario el Nuevo Testamento es un milagro aun mayor que el Antiguo. Todo el mundo sabe, los judíos no eran un pueblo dado a escribir. Como lo dijo una vez el sr. Westcott, los judíos fueron instruidos casi exclusivamente por vía oral, tenían una aversión hacia la literatura escrita. [nota del editor: Sin embargo, vemos claramente que Dios les mandó escribir: Éx. 17:14; Dt. 34:21-26; Is. 30:8; Jer. 36:2; Ro. 15:4; Ap. 1:11, etc. y lo hicieron] Además su Señor y Maestro tampoco era escritor. Jesucristo–que sepamos–nunca escribió ni siquiera un solo renglón para la divulgación, y el pensamiento de escribir adiciones o suplementos a la Biblia, probablemente nunca se le ocurrió a ninguno de Sus discípulos. Indudablemente se hubiesen espantado ante tan sólo el pensamiento de semejante temeridad. Cincuenta años después del nacimiento de Jesús no se había escrito, probablemente, ni un renglón del Nuevo Testamento. Pero entonces, por medio de la influencia misteriosa y la guía del todopoderoso Espíritu de Dios–sin cualquier colaboración colectiva humana o planeamiento unificado–pieza por pieza se iba produciendo; aquí una carta, allá una biografía, obra sobre obra. Así creció el Nuevo Testamento.
    Pero fíjate bien – no hubo, mirando desde el punto de vista humano, ningún plan, ninguna preordinación. Nada de esto que Mateo, Marcos, Lucas y Juan se hubiesen reunido y tras seria meditación y oración para recibir la guía del Espíritu Santo hubiesen determinado que Mateo habría de escribir sobre Cristo como Rey, Marcos le habría de depictar como infatigable Siervo, que Lucas debería emprender la tarea de mostrar al Señor como hombre, y Juan tendría el propósito de coronarlo todo, escribiendo sobre Él bajo Su aspecto de Hijo de Dios. Nada de esto, como si Pablo y Santiago bajo oración hubiesen acordado que Pablo escribiera sobre la doctrina, pero Santiago sobre la práctica del cristianismo. De eso no hubo nada parecido. Ellos sí escribieron impulsados por una necesidad íntima, para dar expresión a un solemne deseo, de poner a la clara luz del día una verdad maravillosa, mediante la carta, el tratado o una clase de mirada retrospectiva. Así esta composición de piezas encontró un camino en aquella maravillosa unidad que llamamos el “Nuevo Testamento”. Desde luego – el Libro es un milagro; sobrepuja todo y en su formación simplemente que

da inexplicable – a no ser que el verdadero autor es Dios mismo.
continuará, d.v. en el siguiente número
su libro "The Wonder of the Book" fue impreso del discurso que dio en Toronto, Canadá en 1912

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“Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra”.  Salmo 121:2
Nuestro Dios es una maravillosa fuente de poder, consuelo, paz y esperanza. Todas esas manifestaciones de la gracia hallan toda su plenitud en Él. Sin embargo, muchas veces Él no es el primero que buscamos cuando tenemos necesidad. En lugar de Él, buscamos la ayuda de otras personas, y ponemos nuestra mira en ellas, o procuramos otra forma de ayuda. Pongamos nuestra fe y esperanza en el Señor Dios Todopoderoso –que nos entiende completamente y tiene omnipotencia para ayudarnos. Hoy y cada día vamos directamente a Él. ¡No nos desamparará!

del calendario “Choice Gleanings”

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LA AUTORIDAD DE 
LA PALABRA DE DIOS

Acuda a su Biblia y verá cómo Dios da advertencias como: "el alma que pecare, esa morirá" (Ez. 18:4), y "Los malos serán trasladados al Seol, todas las gentes que se olvidan de Dios" (Sal. 9:17). O también: "aquella persona será cortada de en medio de su pueblo" (Éx. 31:14), o "el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios" (Jn. 3:3). Y "antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente" (Lc. 13:3), y "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre" (Mt. 7:21). O "ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios" (Ef. 5:5). Éstas son las terribles palabras de Dios. Transmite este mensaje único de una forma totalmente autoritaria.
    Nadie se atreve a intervenir y decir: "Vamos a explicar esto a la luz de lo que dijo Platón". Me da lo mismo lo que dijera Platón. He leído a Platón de vez en cuando, pero me es indiferente lo que diga cuando Dios dice: "el alma que pecare, esa morirá". Que Platón se arrodille ante la autoridad de la Palabra de Dios. Dios ha expresado su autoridad por medio de su Palabra; que no venga ningún papa a decir: "Explicaremos esta cuestión a la luz de lo que dijo el Padre tal o cual". Que el padre en cuestión guarde silencio. Pronto tendrá la boca llena de polvo. Y que todo el mundo cierre la boca cuando habla el Dios Todopoderoso. "¡Tierra, tierra, tierra! Oye palabra de Jehová" (Jer. 22:29). "Oíd cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová" (Is. 1:2).

A. W. Tozer, de su libro FE AUTÉNTICA, págs. 36-37, Editorial Portavoz

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EL ARCA DE NOÉ: DEJA VU

No es un cuento, ni una alegoría. Olvídate de la peli. No fue un desastre ecológico, sino un juicio de Dios sobre un mundo como el nuestro. Jesucristo advierte: "Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre".  ¿Cómo eran los días de Noé? Génesis 6:5 dice que "la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal". Génesis 6:11-12 nos informa: "Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia. Y miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra".
    Deja vu. Esto describe el mundo de 2014. La corrupción, la violencia, la lujuria, el jolgorio y la juerga. La gente se ama a sí misma, al dinero y los placeres en lugar de Dios. Y el juicio viene pronto. ¿De qué te servirá pasarlo bien si luego lo pasas mal por toda la eternidad? Prepárate mientras puedas.
    Despierta de tu sueño placentero y engañoso. Viene la dura realidad, Dios es dueño y juez de este mundo y pronto lo verás, pero si no te preparas ahora, será tarde para salvarte. Perecerás como los que murieron en el diluvio. La Biblia dice que te espera el justo juicio de Dios, y luego...el rechazo eterno. La opinión de tus amigos será insignificante delante de Dios. Jamás les volverás a ver, porque estarás solo, sufriendo eternamente en el lago de fuego.
    ¿Cómo puedes salvarte de esto? Pues muy fácil: Entrando por la puerta del “Arca del Señor Jesús”. Jesucristo afirmó: “Yo soy la puerta; el que entre por mí entrare, será salvo” (S. Juan 10:9).
    No creas a tus amigos, pues ellos no te salvarán. La religión no te salvará. Tu santos tampoco. La filosofía no te salvará. Sólo Jesucristo puede salvarte. La Palabra de Dios pregunta: "¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” (Hebreos 2:3).
           No demores más. Deja tu pecado, y busca a Dios mientras pueda ser hallado. ¡Se juega la eternidad! 
CTK 
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 Entrando En El Reposo De Dios
El Monte Sinaí
David Gooding

Texto: Hebreos 3-4

Un Ejemplo Espantoso
El ejemplo histórico al que el Espíritu Santo ahora nos dirige puede resumirse en pocas palabras de la siguiente manera: Los antepasados de los cristianos hebreos receptores de esta epístola, eran una vez esclavos en Egipto. Finalmente hallaron la libertad, siendo primero salvos de la ira de Dios mediante la sangre del cordero pascual; y luego libertados de la tiranía de Faraón por el poder sobrenatural de Dios. Fueron bautizados en Moisés en la nube y en el mar (1 Co. 10:2); y comenzaron a viajar hacia la tierra prometida, tierra del reposo. Pero pocos de ellos llegaron a ese destino. Se rebelaron contra el Señor de tal manera que Él juró que no entrarían en Su reposo. Y así fue: nunca entraron.
    Debemos tener doble cuidado aquí. Primero, debemos asegurar que entendemos exactamente qué es lo que el Espíritu Santo dice que falló, exactamente por qué causa nunca entraron en el reposo prometido. Y segundo, debemos ver cómo el escritor aplica la lección a sus lectores y a nosotros.
    Primero, consideraremos la afirmación llana y clara de Hebreos 3:19, “Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad”. El término es: “incredulidad”. No dice mundanalidad, descuido, falta de devoción, etc., sino incredulidad. “Sí, pero esto podría aplicarse a cualquiera de nosotros”, dicen algunos, “incluso a cualquier verdadero cristiano. Todo creyente puede ser a veces culpable de no creer. Pedro fue culpable cuando salió de la barca para andar sobre el mar e ir al Señor, y repentinamente perdió su fe y comenzaba a hundirse. Supongamos que el Señor me manda hacer algo para Él y me da una promesa para animarme, pero luego encuentro que me falta fe – no confío en la promesa. ¿No es eso incredulidad? ¿Y eso no me descalificaría de entrar en el reposo que Dios me ofrece?”
    Pues, ciertamente la incredulidad es incredulidad; pero debemos notar exactamente qué era lo que aquellos hebreos no creyeron. Lo encontramos en el 4:2, “Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron”. Y luego en el 4:6, “...y aquellos a quienes primero se les anunció la buena nueva no entraron por causa de desobediencia”. Estas declaraciones no podrían estar más claras; lo que no creyeron fue el evangelio. Lo escucharon; pero no les aprovechó porque nunca lo creyeron.
   
¿Qué Es El Evangelio?
    Ahora bien, si no tenemos la idea correcta de qué fue el evangelio en su caso (y qué es en el caso nuestro) tendremos dificultad para entender eso de que ellos nunca creyeron el evangelio. Nos inclinaremos a argumentar que después de todo, salieron de Egipto y fueron bautizados en Moisés. Aparentemente entonces creyeron el evangelio, o al menos parte del evangelio, porque de otro modo no habrían salido de Egipto. Solamente no creyeron las partes posteriores del evangelio, esto es, el informe de los espías (Nm. 13:27) y especialmente el informe de Josué y Caleb (Nm. 14:6-10), y así vino el desastre.
    Pero es justo aquí que cometemos un gran error. El evangelio predicado a los israelitas no consistía de dos o tres partes separadas para que pudieran creer y aceptar una parte sin necesariamente creer y aceptar las otras. Moisés no iba diciendo: “Mirad, lo principal es escaparse de la ira de Dios en la noche de Pascua, y luego escaparse de la esclavitud a Faraón en Egipto. Éste es el evangelio que Dios os ofrece. No compliquemos la cosa. Lo principal es salir de Egipto al desierto. Luego quizá os guste tomar alguno de los cursillos avanzados de Dios, tales como el caminar en comunión con Él en el desierto, y luego entrar al final en la herencia en la tierra prometida. Pero esos cursillos avanzados son opcionales. No tenéis que tomarlos si no queréis. Así que podéis decidir esto más tarde. De momento, simplemente creed el evangelio sencillo y salid de Egipto”.
    Por supuesto que no. Moisés no predicó así el evangelio, porque no hubo ninguna buena nueva así que predicar. El evangelio era que Dios había venido para redimirles; y la redención significaba ser librado de la ira de Dios mediante la sangre del cordero pascual, ser librado del poder de Faraón, ser aceptado como el pueblo de Dios, salir de Egipto, cruzar el desierto y entrar en la herencia en la tierra prometida. Fue todo un paquete o entidad indivisible. No podían creer y aceptar la primera parte pero rechazar el resto. Era todo o nada; y esto es lo que fue claramente expresado a ellos desde el principio (ver Éx. 6:6-8).
    Como sabemos, todos ellos profesaron creer el evangelio y salieron de Egipto. Pero cuando llegaron al lugar donde podían ver la tierra prometida, deliberada y persistentemente rehusaron entrar. ¿Qué demostró eso? ¿Que ellos habían creído el evangelio, pero no el resto de la Palabra de Dios? ¿O que ellos habían creído algunas partes del evangelio pero no otras partes? ¡No! Afirmar esto sería reducir la seriedad del veredicto del Espíritu Santo. Él dice que el mensaje que ellos oyeron no les aprovechó, no tuvo valor para ellos, porque ellos no lo acompañaron de fe. No creyeron el evangelio.
    Y “también a nosotros”, añade el escritor, “se nos ha anunciado la buena nueva”. Debemos asegurar que hemos entendido qué es el evangelio y que realmente lo hemos creído. Entonces tengamos mucho cuidado respecto a cómo lo presentamos a los demás. No debemos dar a la gente la impresión de que el evangelio solamente nos ofrece el perdón de pecados; y que después de esto hay algunos cursillos opcionales tales como progreso en santidad,  conformidad a Cristo al final, y entrar en nuestra gran herencia celestial. La esperanza del evangelio guardado para nosotros en los cielos es parte integral del evangelio, y los primeros predicadores cristianos solían dejar claro desde el principio este punto a sus oyentes inconversos (ver Col. 1:5). El evangelio es una entidad sola e indivisible. Lo crees todo o nada. Es cosa muy grave profesar creer el evangelio, y luego rehusar deliberada y persistentemente progresar en la senda de la santidad  ni entrar en la gran herencia guardada para nosotros “en lugares celestiales en Cristo Jesús” (Ef. 2:6). Tal comportamiento pone en duda si realmente hemos  creído el evangelio o no.

El Significado de “Desobediencia”
    Pero quizá tengas una objeción más o menos así: “Está bien que citas 3:19 y 4:2 y luego afirmas en base a estos versículos que aquellos que no entraron en la tierra prometida eran personas que no creyeron el evangelio, en otras palabras, totalmente incrédulas. Pero mira al 3:18 y 4:6; estos versículos dan otra razón. Dicen que el pueblo que no entró fue aquel que desobedeció. Y además, el 4:11 nos advierte que tengamos cuidado para no seguir su ejemplo de desobediencia. Seguramente no vas a decir que es imposible que un verdadero creyente jamás desobedezca. Todos nosotros desobedecemos al Señor a veces; y estos versículos seguramente nos advierten que un verdadero creyente podría desobedecer al Señor tan gravemente como para perder su salvación”.
    Pues, no, ciertamente no voy a decir que es imposible que un verdadero creyente jamás desobedezca. Tristemente, todos nosotros desobedecemos éste o aquel mandamiento del Señor de tanto en cuando, o bien porque desconocemos Su Palabra de modo que no sabemos que trasgredimos, o porque creemos que algunos de Sus mandamientos no son importantes, o porque la tentación o la voluntad propia nos sobrecoge y nos inunda. Además, si no nos arrepentimos de esto, conducirá a la disciplina en esta vida (ver 1 Co. 11:30-32) y pérdida de recompensa (no de salvación) en la vida venidera (ver 1 Co. 3:11-15). Esto es verdaderamente serio, y no tengo intención alguna de quitar su importancia.
    Pero de momento nuestra tarea es examinar qué clase de desobediencia es aquella a la que el Espíritu Santo se refiere aquí en los capítulos 3 y 4 de Hebreos. La palabra griega para “desobediencia” en 4:6 y 4:11 es apeitheía. Incluyendo estos dos textos, aparece un total de siete veces en el Nuevo Testamento(1).  Como verbo, apeitheo, “desobedecer”, aparece en Hebreos 3:18 y 11:31, y catorce veces más en el Nuevo Testamento, para un total de dieciséis veces
(2). El adjetivo, apeithes, “desobediente”, no aparece en Hebreos; pero sí en otros seis lugares(3) en el Nuevo Testamento. Entonces, esto da un total de veintinueve veces que aparecen el sustantivo, el verbo y el adjetivo, y ninguna vez se usa ninguno de ellos para describir la desobediencia de un verdadero creyente. Siempre cuando estas palabras son empleadas, los desobedientes son los que rechazan a Dios, rechazan Su ley, rechazan Su evangelio y rehúsan creer en Él o creer lo que Él dice.
David Gooding, de su libro Un Reino Inconmovible
continuará en el nº siguiente
Notas:
1. Ro. 11:30, 32; Ef. 2:2; 5:6; Col. 3:6; He. 4:6,11.
2. Jn. 3:36; Hch. 14:2; 17:5 (texto incierto); 19:9; Ro. 2:8; 10:21; 11:30-31; 15:31; He. 3:18; 11:31;        1 P. 2:7-8, 3:1; 20; 4:17.
3. Lc. 1:17; Hch. 26:19; Ro. 1:30; 2 Ti. 3:2; Tit. 1:16; 3:3.
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La Copa Mundial: ¿Aunque Pierdas?

Ante la enorme importancia que tantos dan al deporte y especialmente a la copa mundial, conviene advertir lo siguiente.
    Primero, al ganador de la copa y a sus fans (su fieles), la Palabra de Dios dice: “Oh vosotros que os alegráis en nada” (Am. 6:13). ¿Qué has ganado? Nada. Un trofeo que se puede comprar con poco dinero en una tienda de trofeos. Algo que se quemará porque 2 Pedro 3:10 avisa que “la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas”. Todos los trofeos se quemarán. Dios no los conservará porque no tienen valor. “¡Oh, no”, dices, “es lo que simboliza”. ¿Sí? ¿Qué simboliza? Nada eterno, nada espiritual, nada de valor duradero. En cien años nadie se acordará del trofeo ni de los ganadores, porque no tiene importancia en el gran esquema de las cosas.
    La exagerada importancia que se les da a los equipos y ganadores de trofeos, como si fuera gran cosa, cumple una profecía acerca de los postreros tiempos. 2 Timoteo 3:1-4 dice serán tiempos peligrosos, y que habrá hombres “amadores de los deleites más que de Dios”. Piensa en el tiempo, la emoción y el dinero que se gastan en la copa. Piensa en las horas gastadas delante de pantallas, mirando atentamente, emocionándose, siguiendo cada paso, cada jugada, cada partido y los rankings de cada grupo. Piensa en el dinero gastado en ropa, banderas, etc. de cada país para mostrar su afición.
    Dios dice además: “Ni en su valentía se alabe el valiente” (Jer. 9:23). ¡Pero cómo se alaban! Levantan los brazos, quitan la camisa y corren delante de sus fans, gritan con toda emoción, pavonean y se jactan de su destreza y su victoria. "¡Gooool! ¡Gol-gol-gol! ¡Golazo!" ¡Y todos piensan que son los mejores! Pero no han librado a nadie. No han establecido nada bueno duradero. No han vencido la maldad ni establecido la justicia. Sólo han ganado un trofeo, y dinero, los cuales no durarán mucho. “Su valentía no es recta” (Jer. 23:10).
    El Señor Jesucristo pregunta: “¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” Podría hacer una aplicación puntual diciendo: “¿qué aprovechará si ganare la copa mundial, y perdiere su alma?” La respuesta es: “Nada”. Luego no son ganadores, sino perdedores. La copa no tiene importancia. El alma sí. Pero la gente presta atención a la copa, se anima, pone ganas, y todo ese tiempo su alma sigue perdida. Para muchos vale más el deporte, la diversión, que su alma, que Dios y la eternidad. Su lema parece ser: "¡El fútbol, aunque me pierda!" Se cumple lo que 2 Timoteo 3:4 dice: “amadores de los deleites más que de Dios”. Amós 6:7 advierte: “se acercará el duelo de los que se
entregan a los placeres”. Amigo, estás en sobreaviso. ¡El fin viene!

Segundo, a los que profesan ser creyentes, la Palabra de Dios dice: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Jn. 2:15). Lo triste es que en nuestros tiempos los llamados cristianos aman al mundo y sus cosas, y no ven nada malo en ello ni aceptan corrección. Bien pregunta el Señor Jesucristo: “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lc. 6:46). Es hora de arrepentirnos y hacer una buena limpieza en nuestras vidas y nuestras congregaciones. “Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Co. 7:1).
    A ti que llamándote creyente has seguido el mundial con tanto interés, te invito a considerar honestamente tu respuesta a las siguientes preguntas. No como si respondieras a mí, porque no soy tu juez, sino como respondiendo al Señor.
    ¿Miras tan atentamente la Palabra de Dios? ¿La lees, estudias y meditas con gran interés y ganas?
    ¿Inviertes más tiempo en la Palabra de Dios y la oración que en el fútbol? “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:15-16). Calcula todas las horas que has gastado hablando del mundial, mirando los partidos, leyendo artículos acerca de los equipos y partidos, etc. Entonces, ¿puedes decir que dedicas, no el mismo tiempo, sino más, a la Palabra de Dios y la oración? ¡Ellas son infinitamente más importantes! Cuidado, no digás “sí” con tu boca si no lo estás diciendo con tu vida.
    ¿Te emociona la Palabra de Dios, más que el fútbol? Salmo 119:97 dice: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación”.  ¿Puedes decir lo mismo a Dios? ¿Tienes ganas de leerla? ¿Ella te alegra? Salmo 119:162 declara: “Me regocijo en tu palabra como el que halla muchos despojos”. Jeremías 15:16 dice: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón”. ¿Qué les emociona a los del cielo? Lucas 15:10 dice que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente. En Apocalipsis 12:10-12 se alegran de la victoria sobre el diablo. En Apocalipsis 18:20 se alegran sobre el juicio de la gran Babilonia. Aparentemente en el cielo no siguen los deportes.    
    ¿Gastas dinero en libros para ayudarte a estudiar la Palabra y entenderla? ¿Cuánto gastas en el fútbol, en aparatos para ver el mundial, y tambien en juegos de x-box o playstation y horas pasadas mirando y jugando? Tu uso del dinero y el tiempo manifiesta tus valores e intereses. ¿Qué clase de creyente eres realmente?
    ¿Conoces los libros de la Biblia, los grandes personajes y las doctrinas de Dios mejor que conoces los equipos y sus jugadores? ¿Conoces a los patriarcas y profetas de Dios en el Antiguo Testamento? ¿Conoces a los reyes buenos del pueblo de Dios? ¿Conoces a los valientes de David? ¿Conoces a los héroes de la fe y sus hazañas en Hebreos 11? ¿Tu vida y tus intereses demuestran que valoras lo eterno sobre lo temporal?
    ¿Dedicas más tiempo a ganar almas, que a seguir la copa? ¡Piensa en el valor de un alma! Es mejor ganar almas que partidos y trofeos. “El que gana almas es sabio” (Pr. 11:30). ¿No lloras porque los que ganan la copa están igualmente perdidos como antes, y su fin es la perdición? Los trofeos y honores de este mundo son de muy poco valor. Dí al mundo y al mundial como Daniel dijo al rey Belsasar: “Tus dones sean para ti, y da tus recompensas a otros” (Dn. 5:17). Cultivemos un santo desdén por los honores del mundo.
    Analiza por ejemplo cuánto tiempo recientemente has pasado mirando el fútbol, pensándolo, hablando de eso, y cuánto tiempo durante esas mismas fechas has dedicado a la Palabra de Dios, el evangelio, la oración y la comunión de los santos. Si no sale la cuenta grandemente y sobremanera a favor de Dios, tienes de qué arrepentirte. A Dios lo primero y lo mejor. ¿Qué clase de cristiano blandengue y extraviado eres que no tienes ganas de las cosas de Dios como las tienes de las cosas del mundo, sea el deporte o cualquier otra cosa? C. T. Studd era un gran deportista que renunció el deporte con toda la fama y ganancia que podía haber tenido, y dedicó su vida a predicar el evangelio. El escribió: “Sólo una vida, pronto pasará. Sólo lo hecho para Cristo durará”.
    La iglesia en Laodicea no era ni fría ni caliente. Cristo la vomitó de Su boca (Ap. 3:16). ¿Qué tendrá que hacer con las iglesias hoy en día, dedicadas a los placeres, llenas de personas que aman los deleites y no aman a Cristo sino a todo lo que hay en el mundo? No, hermanos míos, no hay lugar para cristianos de doble corazón, es decir, con un pie en el mundo y otro en la iglesia, ni mucho menos para los que aman y se emocionan por las cosas del mundo. No te confundas, no lo prohibo yo, porque ¿quién sería yo para hacerlo? ¡Lo prohibe Dios!

     Alguien preguntará: "¿Entonces es malo el ejercicio?" Claro que no. "El ejercicio corporal para poco es provechoso" (1 Ti. 4:8). No dice "para nada", pues tiene beneficio a corto plazo. Y a muchos les hace falta. Pero mirar partidos en la pantalla o en el estadio no es ejercicio. No tiene nada que ver. Otro dirá, "Pero Pablo habló a los corintios de "los que corren en el estadio" (1 Co. 9:24)". Claro, ¡pero él no era uno de ellos! Con eso ilustraba cómo debemos dedicarnos a la vida de piedad y servir al Señor, ¡no al deporte!
    Así que, los que realmente somos creyentes, y no falsos hermanos, demostrémoslo. Que todos vean nuestro amor ferviente a Cristo. Dediquémonos a ganar algo más importante que una miserable y vanagloriosa copa de chatarra que pronto se quemará. En Filipenses 1:21 el apóstol declaró: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”. Pablo declaró al jóven Timoteo: “Gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento” (1 Ti. 6:6). El Señor quiere que todos, jóvenes y adultos, nos esforcemos y nos ejercitemos para la piedad. En Filipenses 3:8 Pablo dijo: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo”. ¡Eso es ganar! En el versículo 17 dijo: “Hermanos, sed imitadores de mí”. Esto es para nosotros – no sólo saber o estar intelectualmente de acuerdo, sino también seguir el ejemplo de Pablo. Y algunos padres y hermanos en lugares de responsabilidad en la congregación debemos pensar en qué ejemplo damos con nuestras vidas, porque si no podemos decir: “imitadme”, estamos fallando. Debemos dar ejemplo de amor a Cristo, la Palabra de Dios, los santos y las almas perdidas. Debemos demostrar la importancia de lo eterno sobre lo temporal. Hay que hacer más que hablar; hay que marcar pauta. Despeguémonos de la pantalla y pongámonos pegados a la Palabra, atentos y emocionados por lo que ella nos dice. Desechemos de nuestra mente a los jugadores y equipos, para llenarla de Cristo, “en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3). Entonces no resultará difícil hablar de Él, porque “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt. 12:34). Tener a Cristo, andar con Cristo y vivir para Cristo es ganar. Todo lo demás es perder.
Carlos Tomás Knott, junio 2014


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¿Son Inocentes Los Niños?
El 28 de diciembre los católico-romanos celebran “el día de los santos inocentes”, para conmemorar la matanza ordenada por Herodes de todos los niños menores de dos años en Belén. La Iglesia los llama “santos inocentes”. ¿En qué sentido puede considerarse una persona inocente?
    Por ejemplo, si uno es llevado a juicio y acusado de un crimen que no cometió, debería ser declarado “inocente” al final, y deben dejarlo en libertad. En Génesis 20:4 Abimelec preguntó: “Señor, ¿matarás también al inocente?” En Éxodo 23:7 Jehová manda: “no matarás al inocente y justo”. En estos y otros textos parecidos la idea es que son inocentes de haber cometido cierto pecado o crimen. Pero si un niño de cinco, ocho o diez años dice que no es pecador todavía porque según él: “soy un niño inocente”, ¿cómo le responderías? Seguramente sus padres quisieran que fuera así, y se oye esta clase de cosa porque seguramente así fueron enseñados. Si quiere decir con “inocente” que no tiene conocimiento de ciertos pecados o que no ha cometido ciertos pecados, estamos de acuerdo. Los niños deben gozarse de esa dicha, de desconocer muchos de los hechos y palabras pecaminosos que contaminan el mundo. Pero según la Palabra de Dios, nadie es inocente del pecado, sea niño o adulto, pues es la naturaleza misma del ser humano desde la caída de Adán y Eva. El diccionario define “inocente” así: “libre de culpa; que carece de malicia”. Pero la Biblia declara: “...todo el mundo quede bajo el juicio de Dios”, en otras palabras, todo el mundo es culpable ante Dios.
    Solemos llamar la primera dispensación la de “Inocencia”, porque en aquel tiempo del principio, Adán y Eva fueron creados sin el conocimiento del pecado. Lo ignoraban, y eran inofensivos. No habían cometido pecado. No eran malos, pero tampoco eran santos. El único que nació “santo” es el Señor Jesucristo (Lc. 1:35).
    Pero, esa condición de inocente se perdió para siempre cuando pecaron, y de ahí en adelante toda persona nace pecaminosa, no inocente. No vemos en la Biblia que haya edad ni estado de inocencia delante de Dios. Dice la Escritura: “Todos pecaron”, no “todos los adultos pecaron pero los niños son inocentes”.  Cuando el Señor Jesucristo describe el corazón humano en Marcos 7:20-23, dice que está contaminado con el pecado y que “todas estas maldades de dentro salen”. La palabra “hombre” no significa “adulto”, pues es de la palabra griega “anthropos” que significa “ser humano”. Todo ser humano tiene un corazón contaminado con el pecado, una naturaleza pecaminosa. Es cierto que ciertos pecados no se han manifestado, de acuerdo, pero el Señor dice que todas estas maldades están en el corazón. Desde la caída de Adán y Eva, toda la raza humana tiene un corazón que es manadero de pecado.
    El hecho de que los niños no matan ni cometen otros pecados “groseros” no es porque sean inocentes, sino más bien ignorantes, y también porque el fruto del mal que hay en ellos desde su concepción no ha madurado; no está muy desarrollado. Cuando tienes en tus brazos un niño pequeño, precioso e inofensivo, casi le tienes envidia, porque ni siquiera conoce toda la maldad y el dolor que hay en este mundo arruinado por el pecado. Sus preocupaciones son simplemente comer, beber y estar cómodo, y ¡qué feliz está en los brazos de sus padres! Da pena pensar que antes de que pase mucho tiempo todo esto cambiará. Pero uno diría: “¿Cómo puede ser pecador algo tan chiquitín e indefenso?” Si dejamos que nuestros ojos, sentimientos y lógica nos engañen, diremos que el niño es inocente. Pero escucha lo que Dios dice: “Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 S. 16:7). Como vimos en Marcos 7:20-23, el Señor no mira la apariencia externa, sino el corazón, y allí ve el pecado y la contaminación, no la inocencia.
    Un árbol naranjo lo es desde el principio. Lleva en su interior, en su composición, todo lo necesario para producir naranjas. Si lo arrancas antes de que produzca naranjas, arrancas a un naranjo. No cambia la naturaleza del árbol, sino el desarrollo del fruto. De igual modo el ser humano es pecaminoso, no inocente, desde su concepción, en su naturaleza.  Su naturaleza es pecaminosa y mala. Lleva en su interior todo lo necesario para cometer pecados. No hay ser humano que no sea pecador. La Biblia dice:

Sal. 51:5 “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”.
    · David reconoce la condición natural del ser humano, que desde su concepción, cuando es formado en el vientre de su madre, ya viene contaminado por el pecado, lo sepa o no.

Sal. 58:3 “Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron”.   
· no son inocentes en ningún momento, pues son “impíos” y descarriados por naturaleza.

Mr. 7:20-23 “...Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre”.
    · la maldad está entretejida en la fibra del corazón humano, cada uno que nace tiene un corazón malo y capaz de cometer los pecados nombrados aquí. Es una tierra sembrada con maldad, y unas semillas brotan, florecen y dan fruto antes que otras, pero todas están allí. El texto habla de los seres humanos, no sólo de adultos, sino de “antropos” (griego: “humano, genéricamente incluye todo ser humano”).

Ro. 3:10 “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno”.  (véase Ecl. 7:20)
    · Ni siquiera un niño. Si hubiera un niño no pecador, habría justo, pero no lo hay.

Ro. 3:12 “Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles”.
    · No dice: “todos los adultos” – pues se trata de la raza humana entera: espiritualmente desviada e inútil.

Ro. 3:23 “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”.
    · No dice: “todos los adultos” ni “todos menos los niños”. Se refiere a todo ser humano sin excepción.

Ro. 5:12 “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”.
    · la imputación del pecado de Adán a todo ser humano porque él actuó como cabeza de la raza .
    · todo ser humano es pecaminoso por naturaleza, y esto es punible, condenable.

1 Co. 15:22 “en Adán todos mueren” .
    · Esta expresión encierra todos los descendientes de Adán, todos los seres humanos, sean niños o adultos.

Ef. 2:1-3 “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás".
    · Este último describe la raza humana, la condición natural de todo ser humano. En estos textos no se trata de adultos, sino de los seres humanos, todos los descendientes de Adán. Que sean ignorantes acerca de ciertos pecados, no cabe duda, pero la Biblia no dice que sean inocentes.   
    A nuestro juicio no es aconsejable pensar y hablar así acerca de la “inocencia” de los niños. Pueden parecernos inocentes, porque sólo miramos lo de fuera, como 1 Samuel 16:7 nos recuerda, "pero Jehová mira el corazón". Él que mira el corazón dice que no hay bueno, ni siquiera uno. ¡Hasta los bebés pueden mentir y engañar, y aprenden pronto a hacerlo! Manifiestan enojo y desconformidad. Se retuercen, tienen berrinche, se niegan a hacer lo que deben, y demandan cual egoístas la atención y los mimos.
    Más adelante, manifiestan la rebeldía latente en todo pecador. Dicen que “no” y plantan cara. No vienen cuando se les llama. No hacen caso de la palabra de sus padres: “párate”, “ven”, “recoge esto”, “no lo tires al suelo”, “no lo toques”, “siéntate”, “cállate”, “cómelo”, etc. Si hacen algo que no deben, son capaces de decir que no lo hicieron, e incluso de señalar a otros como culpables. Pueden actuar egoístamente, no queriendo compartir, y con envidia, deseando tener lo que es de otros. Algunos se enojan de tal manera que incluso dejan de respirar, para rendir a los demás y salirse con la suya. Se pueden poner tristes o enojados y no hablar, ni jugar ni comer, si no se les dejan hacer lo que quieren. Y hay mucho más, pero estas son muestras del comportamiento pecaminoso de los pequeños. Salen de la cama cuando tienen que estar acostados, y si se les ve, dicen que tienen sed o tienen que ir al baño aun cuando no es así. Se inventan excusas para hacer lo que quieren. Son capaces de armar una mini guerra en la mesa porque no quieren comer algo. A algunos les gusta el protagonismo, el dominar la conversación, y no soportan el tener que callarse y escuchar. Quieren estar en el centro de la atención. Todos estos son más que “pequeños defectos de seres humanos”; son pecados. Los niños son pequeños pecadores, no inocentes. Son inocentes de homicidio y cosas así, claro, pero no son inocentes del pecado y lo manifiestan sobradamente. Cualquiera que ha criado hijos sabe que esto es verdad. Luego, andando el tiempo, estos “pecados de pequeños” se cambiarán en pecados de adultos – puede ser distinto el “tamaño” o “color” o “forma”, pero es el fruto malo, el pecado. Está allí desde la concepción, sólo que se manifiesta de diferentes maneras en diferentes etapas de la vida.
    “La necedad está ligada en el corazón del muchacho; mas la vara de la corrección la alejará de él” dice Proverbios 22:15. Los niños, como el resto de los seres humanos, tienen la necedad “ligada en el corazón”. Marcos 7:20-23 habla de lo que está en el corazón humano y va saliendo de ahí. El mal está en el interior del ser humano, no en la sociedad. No lo tiene que aprender de otros, pues todas las semillas de la maldad yacen ya en su propio corazón. Todo ser humano tiene un corazón pecaminoso, tenga la edad que tenga.
    La Palabra de Dios dice que “todos” deben arrepentirse para ser salvos (Hch. 17:30; 2 P. 3:9). Esto no excluye a nadie. Algunos preguntan de qué tendría un niño que arrepentirse. Parecen increíblemente ingenuos, o tal vez hacen acepción de personas con los niños. ¡Los que así preguntan dan la impresión de que no han criado hijos! Lee otra vez los párrafos y las Escrituras anteriores, porque hay bastante.
    Un texto que se suele citar a favor de la inocencia de los niños es Isaías 7:16, “Porque antes que el niño sepa desechar lo malo y escoger lo bueno, la tierra de los dos reyes que tú temes será abandonada”. Es cierto que los niños crecen y llegan a un punto de reconocer lo malo y lo bueno. Pero esto no quiere decir que sean inocentes, sino más bien ignorantes, como antes señalamos. Cuando un niño cree que es inocente, está en error, porque o ignora o no quiere reconocer lo que hay en su corazón. Uno puede ser inocente de haber cometido ciertos pecados, pero no es inocente de ser pecador. Sólo el Señor Jesucristo no fue pecador.
    Otro texto citado a menudo es Mateo 19:14, “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos”.  Esto no quiere decir que los niños estén todos en el reino de los cielos, ni que el Señor les haya aceptado y salvado a todos. Esto sería el universalismo, porque todo descendiente de Adán y Eva ha vendio al mundo como infante y ha sido niño. Los niños no son automáticamente salvos, porque eso significaría que se puede perder la salvación. Los adultos impíos y  perdidos, eran una vez “del reino de los cielos” cuando eran niños, según esa interpretación. Entonces, ¿hemos de creer que por ser niños, se salvan, pero cuando se gradúan de la niñez, de repente están perdidos? No, hermanos, Dios no da vida provisional, temporal ni condicional, sino vida eterna. Cuando uno es salvo, lo es para siempre.
    Entonces, ¿qué significa el texto? Hay que tomar en cuenta otro texto que habla de lo mismo, esto es, Mateo 18:3, “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. El Señor hablaba con adultos. ¿Qué deseaba, que se volvieran atrás en años y fuesen bebés o niños otra vez? No, porque si nos fijamos, usa la palabra “como”. Es un símil, una comparación. La sencillez y disposición a confiar que tienen los niños es lo que el Señor busca en los adultos. Que no vengan con argumentos complicados, filosofías, malas sospechas metidas en su cabeza por terceros, malicia, etc. sino sencillamente oyendo y creyendo lo que el Señor les dice. Así es cómo entrar por fe, y somos salvos por gracia por la fe, no por ser físicamente niños. En 1 Corintios 14:20 Pablo dice a los corintios: “sed niños en la malicia”. A los romanos escribe: “quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal” (Ro. 16:19).
    En el Salmo 25:7 David dice: “De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes”. Nosotros recordamos su pecado de adulto con Betsabé, pero él se acordaba de otros pecados de cuando era joven, y de rebeliones que no son nombrados. ¿Para qué hablar así si era inocente en aquel entonces? A veces cuando somos mayores nos damos cuenta de algunos de nuestros pecados como niños o jóvenes, y sentimos vergüenza. Pero estas cosas eran pecados cuando las hicimos, y no éramos inocentes entonces, sino culplables aunque tal vez ciegos, endurecidos, confundidos o ignorantes. No obstante, el pecado es pecado, lo sepamos o no, porque el Dios santo y justo lo sabe.
    2 Timoteo 3:15 dice: “y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”. Luego los niños necesitan ser hechos sabios para la salvación. No nacen inocentes. Uno de los trabajos de sus padres es en amor ayudarles a saber que son pecadores. Cuando pecan de actitud, palabra, hecho u omisión, debemos amarles lo suficiente para hacerles saber que esto es pecado y desagrada a Dios. Es la parte de la educación de los niños que falta en muchos hogares.
    “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”, oró el Señor acerca de los adultos que le crucificaron. Los niños y los adultos pueden hacer cosas malas sin saber lo que hacen, pero todavía necesitan el perdón. Es bueno permitir que los niños tengan una niñez sencilla y feliz, sin exponerles a toda la maldad que hay en el mundo. Sin embargo, debemos enseñar a los niños la verdad, que son pecadores, no son inocentes, la maldad está en su corazón si bien no todavía en muchos de sus hechos, pero que Dios les ama y desea salvarles. Deben arrepentirse y creer el evangelio, igual como todos los demás. Hermanos, no hay dos evangelios – uno para niños y otro para adultos. El Señor mandó a Sus discípulos a predicar el evangelio “a toda criatura”. Entonces, no confundamos a un niño ni pongamos tropezadero delante suyo haciéndole creer que es inocente como sin pecado, cuando deberíamos enseñarle que es el pecador por quien el Señor Jesucristo murió en la cruz.
    Desde el tiempo del primer pecado y la caída de Adán y Eva, el único completa y verdaderamente inocente es el Señor Jesucristo, pues así le describe Hebreos 7:26, “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos”.



Carlos Tomás Knott
julio 2013 

sábado, 31 de mayo de 2014

EN ESTO PENSAD -- junio 2014

LAS SETENTA SEMANAS DE DANIEL

“Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo, y sobre tu santa ciudad” (Dn. 9:24). 
   Lo primero que quisiera puntualizar es que esta es una profecía acerca de algo que no puede ser cambiado. Las semanas han sido “determinadas” – están planificadas y fijadas por el Dios Todopoderoso. Lo segundo que me gustaría señalar es que ese periodo de setenta semanas tiene que ver con el pueblo de Israel: “tu pueblo”, y con la ciudad de Jerusalén: “tu santa ciudad”.
    Con esto Dios declara que Sus tratos con los hijos de Israel, hasta el establecimiento del reino milenario, cubrirán un periodo de setenta semanas. Como dice el versículo 24, “para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos”. La palabra hebrea “heptad”, traducida “semanas” también puede traducirse: “sietes”. Hallamos en otros pasajes de las Escrituras (p. ej. Gn. 29:26-27) que un periodo de siete años también puede ser llamado “semana”. Teniendo esto en cuenta, observa que las setenta semanas hacen exactamente cuatrocientos noventa años.
    Las setenta semanas se dividen en tres partes. La primera sección contiene siete semanas, es decir, cuarenta y nueve años. La segunda parte cubre sesenta y dos semanas, o cuatrocientos treinta y cuatro años. Esto deja sólo la última semana, la septuagésima: “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones” (Dn. 9:25-26).
    Ahora si vamos a Nehemías 2:1 tendremos la fecha exacta del mandamiento para reedificar a Jerusalén: “Sucedió en el mes de Nisán, en el año veinte del rey Artajerjes...” El registro sagrado demuestra a continuación que Nehemías pidió que el rey le permitiera ir y reedificar la ciudad. La historia fija la fecha del año veinte de Artajerjes como 445 a.C. También la historia informa que la reedificación del templo [bajo Esdras] y luego de Jerusalén [bajo Nehemías] ocupó cuarenta y nueve años, los cuales cumplen la primera división de las setenta semanas de Daniel.
    Entonces, de ese periodo en adelante, se nos dice que “después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías”. La historia demuestra que cuatrocientos treinta y cuatro años después de la edificación del templo, el Mesías – que se refiere al Señor Jesucristo – fue crucificado. Después de las primeras sesenta y nueve semanas, la ciudad de Jerusalén iba a ser destruida y pisoteada: “y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario” (Dn. 9:26). Esto también está registrado en la historia. En el año 70 d.C. Tito el romano descendió sobre la tierra y destruyó la ciudad y el santuario, y llevó cautivo al resto de los hijos de Israel para ser dispersado en todas las naciones del mundo.
    Entonces Dios comenzó Sus tratos con la Iglesia, llamando a una novia para Su Hijo, el Señor Jesucristo. La nación de Israel está marginada por el tiempo presente, hasta que Dios reanude Sus tratos con ella durante la septuagésima semana de Daniel. Todo esto está corroborado por el resto de las Escrituras. Leemos, por ejemplo, acerca del anticristo: “Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador” (Dn. 9:27). Jesucristo nos dijo que esa “abominación desoladora” vendrá durante el futuro periodo de la Tribulación (Mt. 24:15). Consulta Apocalipsis 11-13 para más detalles sobre esos tiempos y acontecimientos.
    Espero que puedas ver lo que Dios quiso revelar a Daniel. Hay setenta semanas durante los cuales Dios tratará con el pueblo de Israel. Las primeras sesenta y nueve terminaron en el momento de la crucifixión de Jesucristo. Cuando suceda el arrebatimiento de la Iglesia, Dios continuará la última semana que queda pendiente, y esa semana la llamamos el periodo de la Tribulación. Solemos llamar "Gran Tribulación" a la última mitad de ese periodo.
    Permíteme preguntarte nuevamente si estás preparado para encontrar al Señor Jesucristo. Él puede venir a por Su Iglesia en cualquier momento. Entonces, ¿estás preparado para encontrarle en el aire, o serás dejado en el mundo de los incrédulos para sufrir los juicios de la Tribulación? El tiempo es corto, y debes arreglar tus cuentas con el Señor ahora, antes de que sea eternamente demasiado tarde.

        Condensado del libro Daniel The Prophet (“El Profeta Daniel”), por M. R. DeHaan, en un artículo publicado en www.mwtb.org

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El Fruto Espiritual Sólo Viene 
De La Vida Espiritual

“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6:21).

El agua no sube por encima de su propio nivel. ¡Tampoco puede un cristiano, por un esfuerzo repentino y espasmódico, subir por encima del nivel de su propia vida espiritual!
    En mi propia experiencia, he observado a hombres de Dios desatando su lengua durante todo el día en conversación liviana y frívola, permitiendo divagar su interés entre los vanos placeres de este mundo; y luego, bajo la necesidad de predicar por la noche, buscar ser indultados a última hora mediante la oración desesperada, a fin de ponerse en una posición en la que el espíritu del profeta descienda sobre él al entrar en el púlpito.
    No se recogen uvas de los espinos ni higos de los cardos. El fruto del árbol es determinado por el árbol, y el fruto de una vida por la clase de vida que es. Lo que le interesa al hombre hasta el punto de absorberle es lo que determina y revela qué clase de hombre es; y por una ley secreta del alma la clase de hombre que es, es lo que decide qué clase de fruto producirá.
    La cuestión es que a menudo no descubrimos la verdadera calidad de nuestro fruto hasta que es demasiado tarde.
    ¿En qué pensamos cuando estamos libres para pensar lo que queremos?
    ¿Que asunto nos da placer interno al meditarlo?
    ¿A qué tema vuelve nuestra imaginación una y otra vez?
    Cuando hayamos contestado estas preguntas honestamente sabremos qué clase de personas somos, y habiendo descubierto qué clase de personas somos podemos deducir la clase de fruto que produciremos. ¡Si queremos hacer obras santas, debemos ser hombres y mujeres santos!

A. W. Tozer, de su libro Renewed Day By Day (“Renovado de Día en Día”),lectura del 5 de octubre


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“Mas él, dejando el consejo que le dieron los ancianos, tomó consejo con los jóvenes que se habían criado con él, y que estaban a su servicio” (2 Crónicas 10:8).

Hoy hay consejos disponibles sobre toda clase de tema que surja. La cuestión es: ¿De quién escucharemos los consejos? ¿Es el que aconseja una autoridad en esa área? ¿Habla de experiencia propia? Con demasiada frecuencia los jóvenes tienden a escuchar a sus pares, la gente de su edad y su entorno, que opinan pronto pero carecen de conocimiento y experiencia. Bendito el joven que busca el consejo de santos de más años que tienen conocimiento de la Palabra, de los caminos de Dios, y que pueden hablar de la experiencia de andar con Él toda la vida.
William Gustafson
traducido de una lectura del calendario devocional “Choice Gleanings”

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EL LIBRO DEL MES:
¿Qué Es Una Asamblea Cristiana?
    por Littleproud
En las congregaciones de los santos, se precisa siempre ministerio respecto a la iglesia. Necesitamos saber cómo vivir y actuar ya que formamos parte de la Iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad" (1 Ti. 3:14-15). El autor de esta valiosa obra nos guía a ver los principios bíblicos que deben aplicarse en el desarrollo de diversas actividades en la asamblea local. Este libro debe ser leído y estudiado cuidadosamente por cada creyente.
precio: 7 euros
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 DOS GRANDES DESCUBRIMIENTOS

1. La Convicción Ante Dios

    Amigo, ¿Has descubierto que eres un pecador culpable ante Dios? Puede que seas una persona moral, amable y religiosa ante los hombres, y en tu propia estimación inocente en la vida. Pero ante los ojos del Dios Santo y Justo, eres un pecador. No te ofendas, sino considera cabalmente lo que la Palabra de Dios dice: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.  Romanos 3:23. Y, “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque”. Ecclesiastés 7:20
    Leemos de algunos que reconocieron esa verdad, y así es cómo se expresaron:
· el apóstol Pedro: “Soy hombre pecador” Lucas 5:8
· el patriarca Job: “He aquí que yo soy vil” Job 40:4
· el profeta Isaías: “¡Ay de mí! que soy muerto...siendo hombre inmundo de labios”. Isaías 6:5
· el apóstol Pablo: “...los pecadores, de los cuales yo soy el primero”. 1 Timoteo 1:15
    ¿Te has visto así convicto de tu pecado ante Dios? ¿Lo has reconocido en Su presencia? Si es así, también puedes conocer el camino de limpieza del pecado. Pero si no lo has reconocido, debes ser hallado un día convicto y sin palabras (Mateo 22:12) ante el trono del juicio divino.

2. La Limpieza del Pecado
    Muchos tampoco han descubierto cómo realmente ser limpios de sus pecados. Hay una manera en que cualquier pecador puede ser totalmente perdonado y limpiado, y así hecho apto para estar en Su santísima presencia. No es por sinceridad, ni obras de justicia, ni por ocupación en las cosas de religión como por ejemplo los rezos, los sacramentos o la devoción a los santos. “Hay generación limpia en su propia opinión, Si bien no se ha limpiado de su inmundicia”. Proverbios 30:12
    Sólo hay un camino por el cual el pecador puede ser limpio ante Dios, y es éste:La sangre de Jesucristo: "y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. Apocalipsis 1:5. “...la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” 1 Juan 1:7. “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” Juan 15:3.
    El pecador que reconoce su pecado ante Dios (Salmo 32:5) y confía en la sangre de Jesucristo que fue derramada por sus pecados, y cree la Palabra de Dios, el Evangelio, recibe perdón y limpieza de Dios, como Cristo dijo: “está todo limpio” Juan 13:10.

    Nunca en el infierno estará alma que no tuvo oportunidad,
   Sea pagano, o de hogar cristiano, cada cual tiene responsabilidad.
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El Recuerdo Fascinante 
de las Palabras Muertas
A. W. Tozer

"En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra tí". 
Salmo 119:11

En cualquier momento de la historia, predominan ciertas palabras y expresiones que gobiernan el pensamiento y las actividades de esa generación dentro de un campo determinado.
    Esto es cierto en el campo de la filosofía, y también en los de la literatura, la política y la religión. En cada generación, en toda época o periodo histórico, hay ciertas expresiones, palabras e ideas que se enseñorean de las mentes de los hombres. Determinan la dirección del esfuerzo humano durante esa generación. El poder de esos términos radica en que encarnan y expresan ideas primordiales.
    No subestime el poder de una idea. Juan dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1:l-3). Cuando Juan dijo: “en el principio era el Verbo”, utilizó la palabra logos. En el principio fue una idea activa y expresada. Por lo tanto, en el principio hubo una idea activa, y todo fue creado a partir de ella, nacido del corazón de Jesucristo, el Hijo de Dios.
    Todo lo que nos rodea, en cualquier lugar donde vivan los hombres, nació de una idea o ideas. Por ejemplo, pensemos en la civilización. Resulta tan difícil de comprender que no estoy seguro de saber exactamente qué es la civilización, pero sin duda es mejor que la selva. Es mejor vivir en el Jefferson Hotel que en una choza de barro y dormir en el suelo. La civilización tiene sus ventajas, y nació en la mente descontenta de alguien que, allá en el pasado remoto, decidió que iba a arreglar un poco las cosas para mejorarlas. De modo que nuestra civilización nació de esa idea.
    Tomemos el concepto de libertad. En nuestro país aún queda un poco, y todo lo que tenemos, lo que vemos y hemos disfrutado a lo largo de las generaciones, nació de la idea de las mentes torturadas de determinadas personas que, incluso estando en prisión algunas de ellas, tuvieron elevados sueños de libertad. Benjamin Franklin, Thomas Jefferson y el resto de los Padres Fundadores encarnaron esas ideas de la Constitución de los Estados Unidos, que según dijo William Gladstone fue el documento más poderoso y noble jamás concebido por la mente humana. Todo empezó con una idea.   
    Lo mismo sucede con el concepto de transporte. Alguien, en alguna parte, vestido con una piel de leopardo, descubrió la rueda. Se dio cuenta de que si tomaba una pieza redonda y le practicaba un agujero en el centro, era muy fácil hacerla rodar; y de aquí nació la rueda. A partir de la rueda llegaron los automóviles, los aviones, los trenes y todo aquello que nos traslada de un punto a otro.
    Pensemos en la comunicación. Guglielmo Marconi, inventor italiano, fue uno de los primeros en desarrollar la comunicación por radio comercial y viable. Se supone que emitió y recibió su primera señal de radio en Italia, en 1895. De esta idea surgieron la radio y la televisión.
    Lo mismo sucede con la idea Reforma. Un hombre llamado David, por inspiración del Espíritu Santo, dijo: “Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño” (Sal. 32:2). Esa idea quedó aletargada durante mucho tiempo. Volvió a la vida en el corazón de Pablo, quien nos dio los libros de Romanos y Gálatas. La idea de la justificación por la fe se impuso en el pensamiento de la Iglesia primitiva, y luego volvió a sumirse en el sopor durante mucho tiempo. Renació en la mente de aquel alemán llamado Martín Lutero y de algunos de sus ayudantes, y tuvimos la Reforma.
    Fue también del corazón torturado de un hombre, el Dr. A. B. Simpson, del que nació la Alianza Cristiana y Misionera. Antes de ser una sociedad tuvo que ser una idea. Por lo tanto, toda la Alianza Cristiana y Misionera, con todos sus misioneros repartidos por el mundo, estuvo en cierto momento dentro del corazón de un canadiense llamado A. B. Simpson. Era una idea tan pequeña como una bellota, apenas tan grande como para poder medirla, pero estaba allí.
    Las ideas son poderosas; no las infravalore nunca. Pero en todo este asunto hay una trampa: las ideas, las palabras y las expresiones suelen vivir una sola generación, luego desaparecen. Sin embargo, después de su muerte se niegan a esfumarse del todo; siguen teniendo poder aun después de haber fallecido.

Las palabras muertas en la siguiente generación
    Dentro de la religión, vemos esto más claramente que en cualquier otro campo de la actividad o del pensamiento humano. Dios interviene otorgando a una generación una idea viva beneficiosa para aquel momento, una verdad viva. Esta verdad se viste, se encarna, en una expresión, una palabra o media docena de frases. El concepto expresado se incluirá en una bibliografía. Se escribirán libros sobre él, se le dedicarán revistas, y habrá predicadores que recorran el país de un extremo a otro, exponiéndolo; a su alrededor se crearán centros docentes, y se convertirá en una escuela de pensamiento en su generación. Como es una idea viva, y procedía del corazón de Dios, es creativa y poderosa, y de ella surgen grandes cosas. Luego morirá. Se marchitará en el corazón de las personas a las que contribuyó a crear, normalmente hasta la siguiente generación.
    Después de esto, seguirá influyendo. Aquellas palabras y frases muertas que una vez describieron una idea viva siguen determinando nuestra doctrina y el modo expositivo de los predicadores de ese grupo, el contenido de lo que se enseñe en las escuelas, lo que aparezca en las revistas, se escriba en los libros y se incluya en las canciones. Nadie admite que el término murió una generación atrás. La palabra pasa de boca en boca, se mueve de un lado a otro, convirtiéndose en el reclamo y en el centro de grandes grupos de personas, incluso de denominaciones. Pero ese término murió hace mucho, y ya no le queda vida, ni hace lo que se propuso hacer o hizo originariamente. Tampoco hace lo que consiguió en la primera o en la segunda generación que la utilizó.
    Y así continuamos durante una o dos generaciones más, dominadas por los fantasmas de términos teológicos, esos muertos vivientes. Vivimos rodeados de voces espectrales que claman desde las tumbas de la teología, desde esos sepulcros mohosos en que yacen los muertos. Nadie tiene el valor de ponerle freno y decir: “Eso ya está muerto”, y mirar a Dios en busca de una idea nueva. De modo que las grandes y yertas manos de las frases teológicas nos estrangulan. Nuestra vida se asfixia debido al uso constante de palabras que en cierto momento significaron algo para algunas personas, pero que para nosotros no significan nada.


continuará, d.v., en el número siguiente


tomado del capítulo 11 del libro: FE AUTÉNTICA, por A W. Tozer, 2011,
Editorial Portavoz, Grand Rapids, MI, EE.UU.
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