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sábado, 30 de mayo de 2015

EN ESTO PENSAD -- junio 2015

La Cizaña

Texto: Mateo 13:24-30

El otro día hablé con un vecino después de que los Testigos de Jehová estuvieron repartiendo en todo nuestro barrio. A él se le ha muerto la esposa, y antes había tenido a varias personas hispanoamericanas trabajando en su casa, personas que decían que eran cristianos evangélicos, pero no daban muy buen testimonio en su trabajo. Es una lástima, porque mi vecino y su familia son católicos de toda la vida, y nunca han conocido otra cosa. Por desgracia, el único contacto que han tenido con gente así ha resultado una experiencia negativa.
    Así que hablando, él me preguntó si soy Testigo de Jehová, y por supuesto le dije que no, sino cristiano evangélico. Entonces dijo que había visto en la tele cosas raras de los evangélicos, como que gritan en sus reuniones, la gente se desmaya y cae al suelo, etc. Pero le expliqué que nosotros no de éstos, y cómo somos y qué creemos. Le expliqué que hay orden en nuestras reuniones, que no tenemos escenas de descontrol ni desorden, que hay himnos, luego un hermano da un estudio en la Palabra de Dios, que no se levantan las mujeres chillando, hablando de visiones ni nada así.Y aclaradas estas cosas, él se fue.
    Todo esto me hizo pensar en esta parábola, porque demuestra que no todos los que dicen son. 1 Juan 2:19 dice: “salieron de nosotros, pero no eran de nosotros”. En la parábola aquí en Mateo 13 aprendemos que en el campo siempre habrá problemas porque el enemigo está allí. Todo lo que es presentado aquí sucede en el mismo terreno. El campo es el mundo, y el príncipe del mundo es Satanás. La cizaña brota en el mismo campo que el trigo, se parece al trigo, sobre todo al principio, y crece a la par con el trigo e incluso más rápido, porque no lleva nada de valor. Sube pronto y es quizás más vistosa pero no tiene nada al final. Su trayecto es corto y termina siendo desechada.
    Alguien pregunta: “¿Cómo pudo ser sembrada?”  La respuesta es que el enemigo busca el momento oportuno para hacerlo y lo halló como dice el versículo 25, “mientras dormían los hombres”. Uno no puede vigilar cuando duerme, así que dormido es no orar, ni vigilar, ni velar. Es una condición espiritual en la que uno no lee ni conoce la Palabra de Dios, ni juzga bien, ni discierne. Todos los gatos son pardos. Todo le parece más o menos bien. El versículo 39 explica que el enemigo es el diablo y trabaja con astucia para meter entre el trigo algo que confunde y no tiene valor: la cizaña.
    Hoy en día muchas iglesias piensan que si hay música bonita pues todo está bien. Todos se sienten bien. A la gente le gusta y por eso viene, y viendo a la gente allí piensan que todo anda bien. No tengo nada contra el uso piadoso de música, pero de eso no se trata, sino de música para divertirse y crear ambiente. Pero los que así proceden se equivocan. Sólo se emocionan carnalmente, es algo de sentimientos, no de espíritu. Se sienten bien, levantan las manos, mueven los cuerpos con el ritmo de la música y piensan que Dios está en todo esto, pero no siguen al Señor. Son cizaña – las denominaciones, religiones, sectas, cada uno con sus cosas, cada loco con su tema, y en iglesias así hay para todos los gustos menos los del Señor y los que le siguen. Al final todo eso está destinado a ser quemado. Se alegran de tener locales llenos, pero ¿de qué? ¡De cizaña! Uno que no sabe puede mirar un campo de cizaña y pensar que está viendo un campo de trigo. Pero al final la cizaña dará su fruto, y el trigo el suyo.
    Al trigo le cuesta su tiempo llegar a la madurez. No da fruto en seguida, sino cuando sea el tiempo. Pero la cizaña viene y se va y no da ningún fruto. ¿Cuántos hemos visto entrar, profesar fe, incluso bautizarse y luego desaparecer sin dar ningún fruto? Muchos. No todo el que profesa ser creyente lo es. La cizaña parece como trigo pero no lo es.
    El Señor no la arranca todavía, sino que la deja crecer, pero en el mundo, no en la iglesia. Recordemos: el campo es el mundo. Sin embargo, hoy muchas iglesias permiten la cizaña y muchas no hacen ninguna distinción entre el que profesa y el que cree.
    ¡Cuán importante es cuidarnos de aun los desvíos pequeños! Por desviarse un avión sólo un punto de la brújula, no llega a su destino. A corto plazo parece poca cosa pero cuanto más lejos anda más grande es la diferencia y la desviación. Al final en lugar de llegar a su ciudad de destino se estrella en el mar. Hoy en las iglesias evangélicas dicen que hay doctrinas que no son importantes, que son pormenores, pero no lo son. Cuidado con el desvío más pequeño porque conduce a errores más grandes. El Espíritu Santo, dijo el Señor, nos guia a toda la verdad, y lo hace mediante la Palabra inspirada.
    Debemos orar siempre, pidiendo la guía del Señor, y estar mucho en Su Palabra, leyendo, estudiando, meditándola y poniéndola por obra. Debemos rodearnos de los que tienen una fe igualmente preciosa, como dice 2 Pedro 1:1. Debemos tener cuidado de nosotros mismos y de la doctrina. Necesitamos discernimiento y firmeza hasta que venga el Señor. Que Él nos ayude. Amén 

de un estudio dado por Lucas Batalla
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 ¿BUDA o JESUCRISTO?


El budismo es una religión antigua algo parecida al hinduismo de donde salió. Viene del estado de Bihar en la India. El budismo no acepta las castas y las vedas (las escrituras hindúes), pero sí busca la nirvana. Originó con Sidarta Guatama Buda (“buda” es un título, que significa “iluminado”). Nació en 560 a.C. Un día salió del palacio de su padre y fue profundamente impactado por el sufrimiento y la pobreza que vio. Hizo “la gran renuncia”, abandonando su familia y vida cómoda, para vagar en busca de la iluminación espiritual y la sabiduría. Profesó haber alcanzado la nirvana durante siete días de meditación debajo de una higuera. Por supuesto que no existe ninguna prueba de sus afirmaciones. A partir de entonces, y comenzando con su “sermón de Benarés” enseñaba a la gente a evitar los extremos: los placeres, los lujos, la tortura y el dolor. Enseñaba que hay que seguir lo que llamaba el “noble sendero óctuple”, de las ocho virtudes que conducen al nirvana: la iluminación que trasciende todo sufrimiento y logra la paz. Los budistas tratan de ser equilibrados, pacíficos y ocuparse de buenas obras. Según el erudito Dr. John Noss: “No hay en el budismo ninguna Persona Soberana en los cielos manteniéndolo todo unido”.
    PERO la Biblia afirma que Dios existe y no hay más dioses (Is. 45:22). El Salmo 14:1 declara: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios”. No sólo existe, sino que es el Creador de todo (Gn. 1:1) y sustenta todas las cosas con la palabra de Su poder (He. 1:3). Él se reveló a lo seres humanos en Jesucristo (Jn. 1:1-14). Dios ha establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto, el juicio (He. 9:27). No hay karma, ni reincarnación, ni nirvana. El Señor Jesucristo es el único Salvador (Hch. 4:12) de la humanidad. Él es el camino, la verdad y la vida (Jn. 14:6) y el único acceso al Padre, al cielo (Jn. 14:6). Los que creen (confían) en el Señor Jesucristo serán salvos. Jesucristo declaró: “Nadie viene al Padre sino por mí”. ¡Buda se equivocó!
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EL ÚNICO LIBRO PARA LA VIDA ETERNA

No falta material para leer. Los periódicos nos dan las noticias. Las novelas nos divierten. Los libros de texto nos educan. Hay muchísimos libros en el mundo. Algunos enseñan matemática, otros ciencia, otros filosofía, otros historia, otros lengua, otros religión y muchas otras cosas. Hay de todo, y para todos los gustos.
    Dicen que en España hay dos libros que están en casi todas las casas, pero que casi nadie los lee: la Biblia y el Quijote. Don Quijote de la Mancha es famoso, pero la Biblia es el único libro para la vida eterna.
    Así que, si lo que se busca es la vida eterna, sólo hay un libro que leer: La Sagrada Biblia. Ella es el libro de Dios. Sólo hay que leerla para darse cuenta de que no es un libro cualquiera. Nos da la mejor educación, porque nos enseña lo que somos en el interior, el porqué de los problemas y cuál es su solución. Nos explica cosas que serían imposibles de saber sin la Biblia. Habla del cielo y del infierno, de Dios y del diablo, del problema del pecado y de cómo obtener el perdón y la vida nueva.
    JUNIO ha sido designado: “el mes del libro” y en Madrid hay una gran feria del libro. Bien, pero todos los meses son buenos para leer algo que tanto bien puede hacerle. Obtenga una Biblia y comience a leerla. Es un libro compuesto de 66 libros, desde Génesis hasta Apocalipsis. ¿Sabía que el apóstol San Juan pronunció una bendición sobre los que leen el libro de Apocalipsis? Así es. Y el mismo apóstol dijo en el Evangelio según S. Juan que el propósito de lo que escribió es que los lectores crean y tengan vida eterna. La Biblia está llena de promesas y bendiciones, pero hay que leerla para encontrarlas.
   
Si lo hace, comenzará a descubrir cosas maravillosas. No se quede con las ganas. Hágalo. Apaga la tele y el internet, y lee un buen libro: la Biblia.


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 LA GENEROSIDAD


Dios es generoso, no mezquino, y Él quiere que también Su pueblo sea generoso, no mezquino. Decía William MacDonald que un cristiano mezquino es una contradicción, porque la mezquindad viene del egoísmo, del amor propio. Un cristiano egoísta y mendigo, que piensa en lo que podría obtener de los demás, en lugar de lo que podría dar, no refleja la imagen de Cristo. El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar (Mr. 10:45). A pesar de que Dios es generoso, y que nos gusta que Él sea así con nosotros mismos, la obsesión con recibir en lugar de dar parece ser un problema perenne con el pueblo de Dios.
    Cuando Dios redimió a Su pueblo, sacándolo de Egipto, lo enseñó a ofrendar: Dice Éxodo 35:5, “Tomad de entre vosotros ofrenda para Jehová; todo generoso de corazón la traerá a Jehová”. Al hablar de la ofrenda para el Tabernáculo, la enfocó como asunto del corazón (véase 2 Co. 9:7), como lo es también la generosidad. La raíz del asunto está en el corazón. El pueblo dio de tal manera que sobró material. En Éxodo 36:6-7 leemos: "Entonces Moisés mandó pregonar por el campamento, diciendo: Ningún hombre ni mujer haga más para la ofrenda del santuario. Así se le impidió al pueblo ofrecer más; pues tenían material abundante para hacer toda la obra, y sobraba". No se escuchan anuncios de este tipo hoy en día porque faltan recursos para la obra y los obreros del Señor en muchos lugares. No es que no haya ofrendas, porque las tomamos cada domingo. Tal vez faltan generosos de corazón, o falta consagración al Señor, o falta la disposición a sacrificar, o falta amar a Dios por encima de todas las cosas.
    D. Ernesto Trenchard dijo (en su libro: Arimética Divina), que en manos de los hermanos españoles había ampliamente todo lo necesario para la obra de Dios en España. No es necesario buscar ayuda fuera del país. El problema hoy no es tanto la escasez de recursos, sino la falta de generosidad en la obra de Dios. Muchos piensan que los ricos deberían dar y costear la obra de Dios. Pero en 2 Corintios 8:1-5 los que destacaron por su ofrenda eran los pobres macedonios. Los pobres también deben ser generosos, y no pensar en recibir sino en dar. Cada uno debe ser generoso, consagrado y sacrificado, y no mirar a otros esperando que ellos lo sean.
    Pasamos a 2 Crónicas 29:31 donde leemos: “Y la multitud presentó sacrificios y alabanzas; y todos los generosos de corazón trajeron holocaustos”.  Durante el reino de Ezequías hubo un gran avivamiento, y uno de los resultados se mostró en los sacrificios presentados al Señor. Vemos la generosidad de los que trajeron holocaustos – la ofrenda enteramente dedicada al Señor – como evidencia de la obra del Espíritu de Dios en ellos. La clave de la generosidad no está en la cantidad de los recursos, sino en la actitud de corazón.
    Proverbios 11:25 promete: “El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado”. Aquí entra en el interior del ser humano para descubrir de dónde viene la generosidad. Comienza en el alma con una actitud y un deseo, y luego se manifiesta en dádivas generosas, tan generosas que sacian a los que tienen necesidad. Esto no es una ofrenda simbólica, pues usa la palabra "saciar". Hay una diferencia entre el que está saciado y el que todavía tiene hambre. Cuando vemos a los que han salido para predicar el evangelio viviendo sin tener a penas sus necesidades básicas cubiertas, pasando necesidad y escasez, en lugar de estar saciados por nuestras ofrendas, debemos preguntarnos cuál es el motivo de nuestra ofrenda. Ironside habla del diácono que dijo al Señor: "Mantén a Tu siervo humilde y yo le mantendré pobre".  Es triste, pero hay personas que podrían dar más, podrían quitar a otros de la pobreza, pero no lo hacen. Ofrendan, pero los mantienen pobres. ¿Cambiaríamos lugar con aquellos que mantenemos viviendo de mano a boca? Puede que Dios castigue con escasez a los que teniendo, no son generosos.
    Isaías 32:8 dice: “Pero el generoso pensará generosidades, y por generosidades será exaltado”. Aquí vemos que la generosidad está en los pensamientos. Allí comienza y se manifiesta en los hechos. Es primero un pensamiento, un deseo e inclinación del corazón. Él que lo desee encontrará cómo llevarlo a cabo. El ser humano por naturaleza es más generoso consigo mismo que con los demás. Pero, ¿cómo nos gustaría si Dios nos diera de la forma que procedemos con Él, dándonos lo mínimo o ni siquiera esto?
    2 Corintios 8:2 nos cuenta acerca de los macedonios: “...que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad”. Observamos que la pobreza no es excusa para no ser generoso. Los pobres macedonios manifestaron “riquezas de su generosidad”. La generosidad de los pobres tal vez no sea tanta como la de los ricos, pero realmente en la historia de la obra del Señor han sido los pobres, no los ricos, quienes han apoyado la obra. Muchos ricos dan de sus riquezas”, pero no según sus riquezas. Cuando en el evangelio leemos de cómo el Señor miró las ofrendas en el templo, y "muchos ricos echaron mucho", recuerda que Él dijo que la pobre viuda había dado más que todos ellos. Esto fue porque después de ofrendar, les quedaba mucho, dieron de lo que les sobró.  El que no ofrenda según y más allá de sus posibilidades, no necesita depender del Señor porque tiene mucho más guardado. Pero la viuda ofrendó por fe, echó todo lo que tenía. Hay algunos hermanos pobres que son como aquella viuda. Dios no sólo ve la cantidad sino la proporción. Pero hay muchos otros pobres que no son como aquella viuda. Se disculpan diciendo: “soy pobre”. Piensan que toca a otros ser generosos, no a ellos. Esto es un error y tal vez también un pecado.
    En 2 Corintios 9:5 Pablo escribe: “Por tanto, tuve por necesario exhortar a los hermanos que fuesen primero a vosotros y preparasen primero vuestra generosidad antes prometida, para que esté lista como de generosidad, y no como de exigencia nuestra”. Los corintios prometieron ayudar con una ofrenda a los pobres en Jerusalén, pero no llevaron a cabo con prontitud su promesa. Pensemos en esto, que Dios escucha nuestros promesas de ayuda a los hermanos, y Él quiere que seamos generosos, no simbólicos, en hacerlo.
    En 2 Corintios 9:6 leemos la promesa: “El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará”. Es un principio: la ley de la siembra y la cosecha. Si somos escasos, no generosos, en la ofrenda, echando cualquier monedita allí en lugar de preparar y traer una ofrenda generosa como sacrificio a Dios, pués Él lo tendrá en cuenta luego con nosotros. Allí vemos a veces nuestra doblez. Queremos que Dios nos dé de modo que supla nuestra necesidad, y sabemos que Él puede. ¿Pero, hermanos, ofrendamos así?
    La exhortación a los ricos en 1 Timoteo 6:18 es: “Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos”. Dios habla así a los ricos y no se equivoca. Suelen amar sus riquezas y desear siempre tenerlas. Por eso su tendencia al ofrendar es dar lo que no necesitan, y que realmente pueden vivir bien sin ella. Aunque los demás con menos recursos podrían considerar grande la ofrenda del rico, por la cantidad, recuerda, Dios mira la proporción, la relación entre lo que dan y lo que les queda. Sabe cuánto les queda en sus cuentas y sabe si han sido generosos según sus posibilidades. Ricos en buenas obras significa muchas buenas obras. Dadivosos significa muchas dádivas, continuamente como práctica y norma de su vida, y generosos significa que den de acuerdo con sus posiblidades que son mayores que los demás. Es el uso correcto de los bienes, para el Señor en el tiempo presente, y no haciendo tesoros en la tierra (Mt. 6:19-21).
    En Hechos vemos que "todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido" (Hch. 4:34). En lugar de comprar y adquirir más casas, tierras, vehículos, etc. de lo que necesitamos, podríamos vender algo de nuestros bienes y traer el precio como ofrenda. Por ejemplo, con lo que algunos gastan en viajes y vacaciones, o simplemente cosas como televisores de gran pantalla, algunos pobres siervos de Dios tendrían cubiertas sus necesidades económicas y podrían obtener materiales evangelísticos.
    Al leer estos textos vemos claramente que en nuestros días tantos pobres como ricos necesitan arrepentirse de la falta de generosidad, y ser imitadores de Dios en este hermoso atributo Suyo. Dios ama al dador alegre, y le agradaría ver ese espíritu otra vez en las iglesias.
    El libro de Malaquías nos enseña que Dios no puede bendecir a un pueblo tacaño y mezquino porque no le honra con sus ofrendas. Él es Dios grande, y nuestras ofrendas deben reflejar que apreciamos esto. Pero es más, porque si no ofrendamos como debemos, le estamos robando, y esto es pecado. Robamos a Dios cuando no suplimos lo suficiente para Su obra y Sus obreros. Queremos que Dios nos dé billetes, pero no le ofrendamos los nuestros, sino sólo monedas. Queremos que Él sostenga a Sus obreros, pero no queremos ofrendar abundancia para esto. Queremos que Él abra las ventanas del cielo y derrame bendición, pero no queremos abrir nuestros bolsillos y cuentas para derramar ofrendas (Mal. 3:10).
    Proverbios 3:9 nos llama a honrarle con las primicias de todo. Las ofrendas no son cosas para cumplir, echando algo en la bolsa, sino son una oportunidad para honrar al Dios que puede ver muy bien las cuentas de cada uno, y la actitud con que ofrenda (2 Co. 9:7).
    Nuestro Señor Jesucristo, en Lucas 6:38, mandó así: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir”. Hermanos, ¿realmente podría el Señor decir de nosotros lo que dijo de la mujer que ungió Sus pies con su perfume? "Esta ha hecho lo que podía" (Mr. 14:8). Esto está entre cada uno y Dios, claro, pero, cuando ofrendas, ¿puede el Señor decir esto de ti? Aunque hayas ofrendado mucho, ¿podías haber hecho más? ¿Hemos sido generosos como individuos y como asambleas? Damos para saciar, o sólo para un bocado? ¿Damos como nos gustaría recibir? (Lc. 6:31). Si es así, ¡gloria a Dios!
    Pero donde no ha habido la debida generosidad con el Señor a nivel personal, debemos postrarnos arrepentidos y confesarlo con el pecado de egoísmo, mezquindad, falta de fe y amor al dinero. Donde no ha habido generosidad a nivel de congregación, sería bueno convocarla para que haya un acto de arrepentimiento público, confesando y apartándose de este pecado, y presentando al Señor ofrendas generosas. Amados hermanos, no pongamos más excusas ni explicaciones para justificarnos. Dios es generoso. Si somos de Su familia, y Su Espíritu opera en nosotros, debemos ser generosos como nuestro Padre celestial. No hagamos tesoros en la tierra (Mt. 6:19-21), ni nos afanemos, porque: "Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús" (Fil 4:19).
Carlos Tomás Knott
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