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martes, 22 de septiembre de 2020

EN ESTO PENSAD agosto 2020

 La Gimnasia Intelectual


“Profesando ser sabios, se hicieron necios” (Ro. 1:22)
 

La Biblia testifica que los hombres, a pesar de su conocimiento de Dios, cometieron el suicidio espiritual: “cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador” (Ro. 1:21-25). Aunque esos versos hablan de algo que sucedió en el pasado, la verdad es que hoy sucede. ¡Se suicidan espiritualmente! Realmente creen que el universo vino de un “big bang” y que el ser humano, finito y pecaminoso, puede solucionar los problemas del mundo y traer una nueva era de paz y seguridad mundial. Pero la Biblia advierte claramente que no será así, pues “...cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán” (1 Ts. 5:3).
    Desafortunadamente la insensatez espiritual no se limita a los del mundo. Muchos evangélicos, aun personas de “las asambleas”, juegan a la gimnasia intelectual con las Escrituras. Adoptan el rumbo mundano de nuestra época, ignoran las Escrituras como si no tuvieran relevancia, o las desvirtuan con sus propios razonamientos. Enfatizan la “libertad cristiana” y la usan como excusa para disfrutar el mundo y todos sus placeres. Aun introducen conceptos y prácticas del mundo en las iglesias para ponerse la día, y así supuestamente alcanzar a los del mundo.
    Vemos claramente esa gimnasia intelectual en la campaña liberal y feminista para la “igualdad de la mujer en la iglesia”, o como dijo un misionero inglés en España, "para potenciar el ministerio de la mujer". Muchos líderes eminentes se han manifestado a favor de grupos como “Cristianos A Favor De La Igualdad Bíblica”.  Ese nombre engaña, porque en realidad los del grupo promueven enseñanzas y prácticas no bíblicas. Juegan a la gimnasia intelectual con Gálatas 3:28, “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”. Deducen que no hay cabeza en el matrimonio, la familia o la iglesia. Si fuera verdad, no solamente los hombres y las mujeres tomarían parte igual en el matrimonio y la iglesia, sino también los niños serían iguales con sus padres.   
    Esa organización presentó sus ideas en la revista Christianity Today (“El Cristianismo Hoy”, Abril 1990). Enseña que el liderazgo del varón sobre la mujer fue resultado de la caída y no es válido para creyentes. Pero 1 Timoteo 2:12-13 nos hace ver el fallo de esa enseñanza. Su publicidad llama a las mujeres a involucrarse en “el cuidado pastoral, la enseñanza, la predicación y la adoración”. No es el propósito de este artículo responder a todos esos errores, sino solo señalarlos y advertir que tales ideas entran en las asambleas mediante las escuelas bíblicas, los pastores, las organizaciones paraeclesiales, las reuniones de mujeres, los campamentos y retiros para jóvenes universitarios, etc. El razonamiento más común entre todos ellos es el argumento cultural, aunque carece de base bíblico. Traen sus suposiciones y predisposiciones a la Biblia como lentes que distorsionan la vista y no permiten que uno crea simplemente lo que ella dice. Sus argumentos complicados dependen de razones extra-bíblicas, porque no están en las Escrituras. Pocos vigilan lo que es enseñado en esos grupos. Los ancianos no asisten para oír y si es necesario corregir. Así la mala doctrina puede entrar y obrar como levadura. Cambiando de figura, los que asisten a los estudios de esos grupos o escuelas, salen con la mente contaminada.
    Quizás lo más espantoso sea que de más de doscientas personas que firmaron manifestando su acuerdo con las declaraciones de este grupo, aparecieron apellidos conocidos como: F.F. Bruce, Cole, Davids y Liefeld, que eran evangélicos conocidos en las asambleas de Norte América e Inglaterra. También están otras “eminencias evangélicas” como Stuart Briscoe, Antonio Campolo, William Hybels y otros.
    Está claro que esos hombres y mujeres no usan bien la Palabra de verdad (2 Ti. 2:15). No distinguen entre la posición del creyente bajo la gracia de Dios, y la función del cristiano bajo el gobierno de Dios, en la iglesia, el matrimonio y el hogar. Su texto favorito, Gálatas 3:28, está en la epístola que trata nuestra posición bajo la gracia de Dios, donde es absolutamente verdad que en Cristo todos somos iguales. Sin embargo, otras escrituras enseñan nuestra función como creyentes, y dan un orden que observar y seguir en el hogar y también en la iglesia. Este orden divino incluye papeles distintos para los hombres y las mujeres (1 Co. 11:3; 14:34-35; Ef. 5:22-25; 1 Ti. 2:11-14).
    Tristemente, el feminismo mundial y cada vez más iglesias descartan el orden que Dios estableció, llamandolo: “progreso”, “crecimiento” o “madurez”. Pero en realidad es una señal clara del fracaso. Los hombres fracasan respecto al liderazgo que debieran tomar, y las mujeres fracasan porque se rebelan contra el lugar y la función importante que la Biblia las asigna. En estos postreros tiempos cuesta mucho ser fiel a la Palabra de Dios cuando muchos  "evangélicos" la abandonan y no se someten a ella (Ap. 3:8). Procuremos con diligencia presentarnos a Dios aprobados, no teniendo de qué avergonzarnos, usando bien la Palabra de verdad, y persistiendo en ella (2 Ti. 2:15; 3:14).

                  Steve Hulshizer, de un artículo en MILK & HONEY (“Leche Y Miel”), Nº 7, en julio de 1992. Han pasado 18 años y el problema es peor hoy que entonces. 

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¿Hay Obispos Sobre Las Iglesias?


En la iglesia católica romana existe una jerarquía bien definida:


    Pero en las iglesias neotestamentarias no hay nada similar. No hay Papa, sino Cristo. No hay cardenales, ni obispos. Todos los creyentes son sacerdotes y entre ellos, no sobre ellos, hay hermanos ancianos y otros que son diáconos. No hay religiosos ni laícos. Esto es todo. Sobre las iglesias locales está Cristo, nadie más. El que anda en medio de las iglesias es Cristo, no ningún hombre como obispo. Pero hoy hay hombres que quieren controlar a todas las asambleas de su zona o departamento. Están usurpando el lugar del Señor Jesucristo. No importa cuánto saben ni cuánto dinero tienen. No cedamos a los hombres el lugar de Cristo. No hay nadie entre las iglesias locales y el Señor. Recordemos la visión del apóstol Juan en Apocalipsis 1:13-16. 


"y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas. Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplan
dece en su fuerza".

    Los hombres que intentan andar como señores en medio de las iglesias son usurpadores. Por ejemplo, un hermano anciano en una iglesia en una ciudad no tiene ninguna autoridad sobre otras iglesias. Si hay varias otras iglesias en su localidad, él no manda en ninguna de ellas. No puede poner ni quitar ancianos en ninguna. Ninguna federación ni asociación tiene poder ni autoridad bíblica para mandar a las iglesias. La Palabra de Dios no reconoce a tales jerarquías. No hay obispos, cardenales ni papa en las asambleas. Si un hombre quiere actuar así, debe ser parado, como las palabras de 2 Crónicas 26:18, "No te corresponde a ti". 

                                         Carlos

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La Autonomía y el Señorío de Cristo
 

    Cada iglesia local es autónoma delante del Señor. No es gobernada por ninguna otra iglesia, grupo de iglesias, consejo de hombres, asociación de iglesias ni nada parecido. Pero sí es gobernada por el Señor Jesucristo.
    La autonomía es respecto a otras iglesias y hombres, pero ninguna iglesia es autónoma en el sentido de hacer lo que quiere, sino que todas deben someterse y obedecer al Señor de las iglesias. Mira en Apocalipsis 1:13-16 y recuerda quién está en medio de los siete candeleros que representan a las iglesias. ¿Quién se encarga de gobernar, animar y castigar a las iglesias según su comportamiento? Es el Señor Jesucristo.
    Él mismo dice: "¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?" (Lc. 6:46). Cristo gobierna cada iglesia local, incluso gobierna a los ancianos. Su Palabra es la guía y autoridad, Sus mandamientos deben ser obedecidos. Ninguna iglesia verdadera se libra del señorío de Cristo. Y Cristo nos manda qué hacer con los que lo intentan (Ro. 16:17-18). 

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¡Hay Que Cambiar!


En todas partes del mundo la gente demanda cambios. Seguramente hacen falta, como en los tiempos de Juan el Bautista. Pero ¿qué tipo de cambios? En el día lúgubre de Juan, él vino predicando la Palabra de Dios. ¿Cuál era el mensaje de Dios por medio de él?
    ¿Era el cambio de mejores salarios? ¿Esto remediaría la situación? Consideramos si todos los sindicatos, los grupos de presión y las huelgas han solucionado hoy todos nuestros problemas. La gente hoy gana más que nunca en la historia, y en algunos países también hay ayudas del gobierno. Pero en lugar de estar contentos, demandan más. El dinero no soluciona los problemas, pero el amor al dinero es raíz de todos los males.
    ¿Era el cambio de mejor gobierno? Si derrocas a un hombre pecaminoso y pones a otro pecador en su lugar, ¿qué provecho hay en esto?
    ¿Debían efectuar cambios a través de la desobediencia civil? ¿Ayudarían las marchas, protestas y los enfrentamientos? ¿Deberían tomar las carreteras y paralizar a sus ciudadanos para presionar al gobierno? ¿Qué realmente conseguirían así?
    ¿Y si lucharon para efectuar cambios por medio de mejor educación? ¿Esto ha menguado la población de nuestras prisiones, o solo son criminales con más conocimientos? ¿Son las escuelas y las universidades lugares de gran moralidad e integridad, o de lo contrario?
    ¿Predicaba el cambio violento de una revolución con armas y bombas? ¿Puede un masacre, un baño de sangre, lavarnos de nuestros pecados?
    A todo esto la respuesta es un “¡NO!” enfático. Juan el Bautista predicó el arrepentimiento personal, no esas otras cosas. El cambio necesario entonces y hoy no es del hombre externo o las condiciones externas. ¡Es necesario un cambio de corazón! La naturaleza de todo ser humano está contaminada con el pecado, “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Cristo declaró que el mal está en el corazón: “Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre” (Marcos 7:20-23). ¡El problema está en el corazón!
    Ni la política, ni la educación, ni la religión, ni el dinero ni la filosofía  cambian el corazón del hombre. Solo Dios puede hacer esto. Él obra en los que se arrepienten y confían en el Señor Jesucristo que murió por sus pecados, resucitó y vive en el poder de una vida indestructible. Cristo con gran poder salva y socorre “a todos los que por él se acercan a Dios” (Hebreos 7:25).

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 PREPÁRATE PARA
EL TRIBUNAL DE CRISTO 
(II)


viene del número anterior


Texto: Romanos 14:10-12  "...todos compareceremos ante el tribunal de Cristo... cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí".

3. Nuestra mayordomía de todo: el cuerpo, las fuerzas, la mente, los afectos, el tiempo, el dinero. Romanos 6:13 manda que presentemos nuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. 1 Corintios 6:20 nos manda a glorificar a Dios en nuestro cuerpo, y en nuestro espíritu, los cuales son de Dios. ¿Qué queda para nosotros? Nada, porque hemos sido comprados por precio. ¿Qué hacemos con el cuerpo? ¿Lo disciplinamos y lo ponemos en servidumbre (1 Co. 9:26-27), o proveemos para los deseos de la carne? (Ro. 13:14). ¿Lo vestimos como al Señor le gusta, o seguimos las modas del mundo? ¿Qué hacemos con el dinero? El Señor mandó: “No os hagáis tesoros en la tierra” (Mt. 6:19), pero es quizás el mandamiento más ignorado. William MacDonald dijo que a la mayoría de los cristianos es como si este versículo no estuviera en la Biblia. Manda: “sino haceos tesoros en el cielo” – no dice: “haced también tesoros en el cielo”, porque eso daría a entender que está bien tener tesoros en el mundo mientras que tengas también en el cielo. No enseña esto. Son lugares mutuamente exclusivos. O en el cielo, o en la tierra. ¿Vivimos vidas sencillas de fe e invertimos todo lo posible en el reino de Dios, o somos como aquellos ricos en Marcos 12 que echaron en la ofrenda lo que les sobraba? Cristo sabe lo que ponemos en la ofrenda, y lo que nos queda en el bolsillo, el bolso o la cuenta. Daremos cuenta a Él de todo eso. ¿Cómo usamos el tiempo? Todos tenemos 24 horas en cada día y 168 horas en cada semana. ¿Qué hacemos con esos días y horas que Dios nos confía? ¿Los redimimos o andamos como necios? (Ef. 5:15-16; Col. 4:5). Mejor orar: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Sal. 90:12), y aprender ahora, porque cada uno dará cuenta de sí delante del Señor.

4. Nuestra vida de soltero/a. 1 Corintios 7 dice: “El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor” (v. 32), y “La doncella tiene cuidado de las cosas del Señor, para ser santa así en cuerpo” (v. 34). El propósito de esta etapa de la vida es tener cuidado de las cosas del Señor, agradarle y ser santo. ¿Dónde está hoy esta clase de solteros? Muchos aparentemente piensan que esa etapa de su vida es para sí, para divertirse con sus amigos, para preparar una carrera y planificar su futura vida cómoda. Se equivocan, y el Señor examinará todo esto. C. T. Studd dijo: “Solo una vida, pronto pasará, solo lo hecho para Cristo durará”.


5. Nuestro matrimonio y familia. Siendo que el matrimonio es una institución divina, y que Él ha dado amplia instrucción al respecto, nuestro comportamiento matrimonial será juzgado. Para empezar, el yugo desigual está prohibido (2 Co. 6:14-7:1). Si hemos “convertido” a alguien para casarnos “cristianamente”, el Señor lo sabe y lo juzgará. Luego en el matrimonio cristiano, ¿los maridos se han portado como cabeza, fielmente, han dirigido y pastoreado, en amor como Cristo? (Ef. 5:25-29). ¿Las esposas han sido ayudas idóneas, castas, cuidadosas de su casa, sujetas a sus maridos, y los han reverenciado como “aquellas santas mujeres que esperaban en Dios”, como Sara que obedeció a Abraham llamándole “señor”? (1 P. 3:5-6) Hoy hay mujeres "cristianas" que morirían antes de hablar así a su esposo. Tienen una actitud dominante en su casa y matrimonio. Pero la agenda feminista no es aprobada por Cristo.  Dios también ha dado instrucciones acerca de los hijos y los padres. Proverbios contiene instrucciones de padre a hijos. Proverbios 1:8 manda: “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, Y no desprecies la dirección de tu madre”. A los hijos se les manda honrar y obedecer a sus padres, y aunque en el mundo hoy no se enseñan esas cosas, en la Palabra de Dios sí. En el Tribunal de Cristo nuestro comportamiento en familia será examinado a la luz de Su Palabra.

 
6. Nuestros amores y gustos. 1 Juan 2:15-17 nos manda: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo”. Pero en los postreros días las personas que profesan piedad – profesan ser cristianas – serán “amadores de sí mismos”, “avaros” (literalmente: amadores de plata), y “amadores de los deleites” (2 Ti. 3:2-4), no de Dios. El amor de Dios ha sido derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Ro. 5:5), y es fruto del Espíritu Santo (Gá. 5:22), pero no es para lo del mundo sino lo de Dios. El salmista exclamó: “¡Oh cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación” (Sal. 119:97). ¿Es así con nosotros? Viene el juicio, y daremos cuenta al Señor.

7. Nuestros amigos y compañeros. Muchos piensan que tienen derecho a escoger sus amigos, pero esto también está bajo el señorío de Cristo. No escogemos a los que van a la escuela o el lugar de trabajo, ni a nuestros vecinos, pero debemos tener cuidado de escoger bien los amigos conforme al mandato del Señor. El Salmo 1:1 da tres tipos de personas que no deben ser nuestros amigos. El Salmo 119:63 dice: “Compañero soy yo de todos los que te temen y guardan tus mandamientos”. ¿Usamos el criterio divino para nuestras amistades? 2 Timoteo 2:22 manda: “sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor”. Debemos ser amables con todos, pero nuestra amistad debe estar reservada para los que temen al Señor, guardan Su Palabra y de corazón limpio le invocan. En el Tribunal de Cristo darás cuenta de tus amistades.

8. Las Iglesias. En Apocalipsis 2-3 hay siete cartas del Señor Jesucristo a siete iglesias. Tratan temas del Tribunal, es decir, del juicio divino, aunque todavía esas iglesias tenían tiempo para cambiar y mejorar. Reconocía las cosas bien hechas, y reprendía las demás cosas. Efectivamente el Señor mandó a cinco de las siete a arrepentirse. Tarea difícil es ésta. Los creyentes predicamos a los pecadores que deben arrepentirse, pero se nos olvida que nosotros también tenemos que arrepentirnos. Hay asambleas que deben arrepentirse porque no agradan al Señor. Se parecen más como las denominaciones que como asambleas de santos. Y eso porque no practicamos lo que predicamos.  ¡Qué iglesia quiere arrepentirse! Pero el Señor dice: “porque si no...”  Es lenguaje de ultimátum. Advierte que si no hay cambios, quitará el candelero, que vendrá como ladrón, que peleará contra la iglesia y a una dice: “te vomitaré de mi boca”. ¡Le dan nausea, asco!
    Hermanos, no somos señores de las iglesias ni podemos hacer lo que nos parece. Ningún anciano, obrero ni misionero tiene autoridad para cambiar lo que el Señor manda en Su Palabra. Recordemos que Dios compró a la iglesia con la sangre de Cristo. Es Suya, no nuestra. Cristo es su Señor y la juzgará en el Tribunal. ¿Qué usará en el juicio? Su Palabra. Todos la tenemos, y no hay excusa, sobre todo hoy cuando hasta en el teléfono uno puede leer la Biblia. Pablo advirtió a los corintios que las cosas que él les escribió son “mandamientos del Señor” (1 Co. 14:37). Entre esos mandamientos del Señor está éste: “vuestras mujeres callen en las congregaciones” (v. 34), válido en “todas las iglesias de los santos” (v. 33). Pero el feminismo ha invadido las iglesias, y los hombres liberales o cobardes que lo han permitido darán cuenta y sufrirán pérdida en el Tribunal de Cristo.
    “Es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios” (1 P. 4:17). Todavía estamos a tiempo para arrepentirnos y volver obedientes a la Palabra de Dios. No cometamos el error de Israel, como vemos en Jeremías 6:16-17. “Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos. Puse también sobre vosotros atalayas, que dijesen: Escuchad al sonido de la trompeta. Y dijeron ellos: No escucharemos”.

    Amados, Dios nos ha dado todos los recursos necesarios para regocijarnos en el Tribunal de Cristo. Hemos sido justificados por la fe. Tenemos paz para con Dios. El amor de Dios ha sido derramado en nuestro corazón. Hemos sido quitados de Adán y el reino del pecado y la muerte (Ro. 5), y puestos en Cristo donde abunda la gracia. Hemos muerto con Cristo y resucitado con Él, y por eso hemos sido librados del dominio del pecado (Ro. 6). También hemos muerto a la ley, y no estamos bajo su condenación (Ro. 7). Además, tenemos el Espíritu Santo, para vivir para Dios, dar fruto y agradarle (Ro. 8). Tenemos Su Palabra para guiarnos y librarnos de la sabiduría humana y la corriente del mundo.
    Pero vivimos en los postreros tiempos, tiempos peligrosos, cuando los profesados cristianos no sufren la sana doctrina (2 Ti. 4:3-4). Hermanos, seamos sobrios. Prediquemos y obedezcamos la Palabra. Seamos fieles al Señor y esperemos Su venida, porque “aun un poquito y el que ha de venir vendrá, y no tardará” (He. 10:37). Y “es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo” (2 Co. 5:10).
 

Carlos Tomás Knott 

domingo, 5 de junio de 2011

EN ESTO PENSAD -- JUNIO 2011

El Amor de Dios
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amados a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10).

      El amor verdadero es caracterizado por el sacrificio propio. En ningún lugar es esto más evidente que con el amor de Dios (Jn. 3:16). Es un amor sin causa, en el sentido de que no hay nada en los objetos amados que causara que Dios les amara. No somos amables por naturaleza, sino más bien aborrecibles (Tit. 3:3). Sin embargo,  Él nos amó porque Él es amor, y porque Él escogió amarnos.
Este amor de Dios es incondicional. Con esto queremos decir que el amor divino no se basa en el amor del individuo a Él. No es un amor recíproco. Nuestro amor normalmente es en respuesta al amor que otro nos manifiesta. En el caso del amor de Dios, Él nos ha amado pese a la ausencia de amor de nuestra parte. Su amor no se condiciona sobre el amor nuestro a Él.
El amor de Dios es inmerecido. Puesto que Su amor es incondicional, no hay nada que podamos hacer para merecerlo. Muchos quieren creer que si se enderezan, o si limpian o arreglan sus vidas, entonces Dios les amará porque serán más atractivos. Ésta es una enseñanza errónea.
Para apreciar el amor de Dios debemos lograr comprender más cuál es nuestra propia gran pecaminosidad. Qué lástima que muchas personas, y entre ellas muchos creyentes, tienen un concepto muy pobre de lo pecaminoso que es el ser humano no regenerado. Se fijan en los pecados obvios de los demás, y hallan cosas que afirman que: “yo nunca haría esto”, o “yo no he hecho esto”. Y así no comienzan a ver lo pecaminoso que es su propio corazón. No es tanto lo que hemos hecho, sino lo que somos por naturaleza. Somos pecadores. El pecado mora en nosotros; somos torcidos, contaminados y perversos por naturaleza (véase Marcos 7:20-23). Así que, amados, el pecado no es sólo algo que hacemos, sino el estado natural de nuestro corazón, es nuestra forma de ser, nuestra naturaleza. No somos pecadores porque pecamos, antes al contrario, pecamos porque somos pecadores. Debemos meditar en esto, porque la diferencia entra las dos formas de pensar es muy grande. Con demasiada frecuencia  no comprendemos que la carne no es mejor hoy que el día cuando nos convertimos. No sólo necesitamos perdón de nuestros pecados cometidos, sino también necesitamos ser limpiados y cambiados por dentro. La salvación hace más que perdonar unos cuantos hechos malos, porque es la conversión de la persona. Dios nos perdona, nos limpia, y nos transforma, nos da una naturaleza nueva, de modo que somos nuevas criaturas en Cristo (2 Co. 5:17).
Así que, aquellos que conocen su propia gran pecaminosidad son los que llegan a conocer y apreciar el amor de Dios (Lc. 15:21; Ro. 5:8). Los que sienten que no merecen el amor de Dios, llegan a conocerlo y ahora pueden apreciarlo (1 Jn. 4:16). “Conservaos en el amor de Dios” (Jud. 21).
Steve Hulshizer
traducido y adaptado de “Milk and Honey”, febrero 2002, con permiso
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“Esto, lo he hecho yo” (1 R. 12:24)

Las decepciones de la vida no son, en realidad, otra cosa más que los decretos del amor. “Hoy tengo algo que enseñarte” dice el Señor a cada uno de Sus redimidos afligidos. “Te lo diré suavemente al oído para que las tempestades que te puedan sobrevenir no te atemoricen, y para que las espinas sobra las cuales tienes que andar te hagan menos daño. Es una frase corta: déjala que se introduzca hasta lo más profundo de tu corazón, para que te sirva de almohada para tu cabeza cansada: “Esto, lo he hecho yo”.
¿Ha pensado alguna vez que todo lo que importa a ti me importa a mí también? “El que os toca, toca la niña de su ojo” (Zac. 2:8). “A mis ojos fuiste de gran estima...y yo te amé” (Is. 43:4). Por eso me da tanto gusto formarte. Cuando la tentación te ataca y el enemigo se te acerca, “como río” (Is. 59:19), quiero manifestarte que “esto, lo he hecho yo”. Dirijo todas tus circunstancias. No es por casualidad que estás en el lugar donde te encuentras, sino porque lo he escogido para ti.
¿No has podido llegar a ser humilde? Pues yo te he puesto en la escuela misma donde se aprende esta lección. Por medio de lo que te rodea y de las personas que te acompañan mi voluntad ha de realizarse en ti. ¿Tienes problemas materiales? ¿Encuentras difícil vivir con lo que tienes? “Esto, lo he hecho yo”, porque soy quien lo posee todo. Quisiera que lo recibieras todo de mí y que dependieras enteramente de mí. “Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria” (Fil. 4:19). Pon a prueba mis promesas y que no se pueda decir de ti como fue dicho de Israel en el desierto: “Aun con esto no creísteis a Jehová vuestro Dios”.
¿Pasas por noches de aflicción? “Esto, lo he hecho yo”. Yo, que fui “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is. 53:5), te he dejado sin sostén humano para que, viniendo a mí, conozcas “consolación eterna” (2 Ts. 2:16-17). ¿Te ha decepcionado un amigo a quien solías revelar tu corazón? “Esto, lo he hecho yo”. He permitido esta decepción para que aprendas que Jesús es tu mejor Amigo. Es Él quien te guarda para que no caigas, que sostiene tu alma en sus luchas. Él es tu escudo, tu victoria. Quiere ser tu Confidente, tu Pastor, tu Guía.
¿Alguien te ha calumniado? Deja que me ocupe de esto y ven a refugiarte bajo la sombra de mis alas, “a cubierto de la contención de lenguas” (Sal. 31:20). Haré manifestar “tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía” (Sal. 37:6). ¿Se han trastornado tus proyectos? ¿Estás decaído y cansado? “Esto, lo he hecho yo”. ¿Has hecho planes, y has venido a pedirme que los bendiga, mientras quería prepararlos para ti y tomar la responsabilidad yo mismo, “porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo”? (Éx. 18:18). No eres más que un instrumento; no eres el que lo utiliza.
¿Con ardor deseabas hacer alguna obra importante para mí, y en vez de poder cumplir tu deseo, has sido apartado sobre un lecho de dolor y de impotencia? “Esto, lo he hecho yo”. Mientras estabas tan activo no podía llamar tu atención. Ahora quiero enseñarte algunas de mis lecciones más profundas. Solamente los que han aprendido a esperar con paciencia pueden servirme. Mis obreros más eficaces son, a veces, los que son obligados a dejar un servicio activo para que aprendan a manejar el arma de la oración. ¿Te encuentras llamado, de repente, a ocupar un puesto difícil y lleno de responsabilidad? Sigue adelante, contando conmigo. Si te confío este puesto importante, es para hacerte experimentar la verdad de mi Palabra: “Te bendecirá Jehová tu Dios en todos tus hechos, y en todo lo que emprendas” (Dt. 15:10).
Hoy pongo en tus manos “un poco de aceite en una vasija” y “un puñado de harina” (1 R. 17:12), para que los utilices sin temor. Que todas las circunstancias que se presenten en tu camino, que toda palabra ingrata que hiera tu oído, que cada interrupción que debilita tu paciencia y que toda manifestación de tu propia flaqueza te encuentren bien provisto de estos recursos divinos. Acuérdate que todas estas pruebas son parte de la educación del Padre. Las heridas que causan se sanarán más rápidamente a medida que aprendas a verme a mí en todas las cosas. Porque “por todas estas cosas los hombres vivirán, y en todas ellas está la vida de mi espíritu” (Is. 38:16). “Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies...Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (He. 12:12-14). “Aplicad vuestro corazón a todas las palabras que yo os testifico hoy” (Dt. 32:46).
Cuando echamos un vistazo a nuestra vida pasada, no podemos hacer otra cosa que bendecir al Señor por todas las pruebas que nos han acontecido.
El orgullo y la resistencia estoica al sufrimiento no nos convienen. No es así cómo nuestras almas son llevadas a Dios, sino todo lo contrario, de esta manera se mantienen distanciadas de Él. Cuando el dolor es completo, nos da una intimidad completa con Él, quien tiene el poder para socorrernos; entonces encontramos verdaderamente nuestra bendición en Dios.
Vendrá un tiempo en el cual todos nuestros sufrimientos llegarán a su fin, pero nuestro Amigo permanecerá. Su amor ha sido puesto a prueba. Ha entrado en las angustias más profundas de nuestros corazones y quiere hacernos compartir Su gozo para siempre.

J. N. Darby   (de un tratado editado por Ediciones Bíblicas, 1166 Perroy, Suiza) 
Gracias al hno. Benedicto L. Alonso en Valencia por enviarnos este tratado.
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NOTA: En su artículo Darby contempla aquellas cosas que Dios manda o permite para corregirnos y enseñarnos. Su texto principal viene de 1 Reyes y una situación muy concreta en la historia de Roboam, cuando Dios le informó de Su intervención. No siempre es así en todos los casos, ni debemos culparle a Dios por todo lo que sucede. Tengamos discernimiento y sabiduría en todo.
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     Por qué estamos en el mundo? ¿Por qué tenemos que sufrir?¿Cuál es el significado de la vida?
     "CONÓCETE A TI MISMO". Estas son palabras de sabiduría que han llegado hasta nosotros desde los tiempos de los griegos ilustres como Sócrates. Todavía, después de 24 siglos, tienen aplicación en el mundo moderno. La preocupación por conocer la personalidad humana, se ve todos los días en el interés casi fanático que mucha gente tiene en los horóscopos, la magia negra, la profecía y todo tipo de análisis.
Muchos se ríen de la quiromancia, o sea la adivinación por las rayas de la mano, pero con cierta curiosidad infantil permiten que una gitana les adivine la suerte. Casi no existe una persona que no haya deseado sondear los secretos escondidos en los trozos de una escritura, en los sueños y en las emociones. El famoso dicho de los griegos apunta al deseo universal del hombre de conocerse a sí mismo y conocer el futuro.
Pero aún antes de los griegos, las Sagradas Escrituras ofrecieron el análisis que todo el mundo desea. La Biblia habla acerca del hombre desde el punto de vista de Dios y da respuestas a muchos interrogantes, como los siguientes: ¿Por qué estamos en el mundo? ¿Cuál es el secreto de la felicidad? ¿Por qué a veces nos sentimos aburridos, deprimidos o inútiles? ¿Por qué tenemos que sufrir? ¿Cuál es el significado de la vida?
La Biblia es como un espejo. Mientras uno lee o escucha sus palabras con tranquilidad y sinceridad, comienza a verse, a conocerse y entenderse. No es tan difícil entender el mensaje de la Biblia, como muchos creen. En el libro de los Salmos dice acerca de este libro: "La exposición de tus palabras ilumina, instruye a la gente sencilla" (Salmo 119:130).
Es por esta enseñanza e inspiración que miles de personas leen diariamente la Biblia y la consideran como la guía infalible para sus vidas. En los últimos años, hasta incluso muchos médicos aconsejan la lectura de la Biblia para resolver problemas emocionales, obteniéndose muy buenos resultados.
Pero, por supuesto, nunca es suficiente verse en el espejo. El retrato que vemos reflejado desde las páginas sagradas realmente no es nada bonito. Hay que hacer algo para remediar los defectos. El apóstol Santiago escribió: "El que solamente oye el mensaje, y no lo practica, es como el hombre que se mira en un espejo: se ve a sí mismo, pero en cuanto da la vuelta se olvida de cómo es. Pero el que no olvida lo que oye, sino que se fija atentamente en la ley perfecta, que es la ley que nos trae libertad, y permanece firme cumpliendo lo que ella manda, será feliz en lo que hace" (Santiago 1:23-25).
Y esta Palabra divina penetra muy hondo. Discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12). No sólo lleva a la persona a reconocer y luego confesar sus pecados, sino también le ayuda a percibir una parte más profunda de su personalidad, es decir las fuentes contaminadas de donde salen los hechos (lee S. Marcos 7:20-23). No sólo aclara lo que hacemos, sino cómo somos (lee el primer capítulo de Romanos). Y eso requiere una solución de fondo.
La meditación sincera en el mensaje de la Biblia debe llevamos a una comunicación personal con Dios, quien es su autor. Es imposible leer la Biblia con sinceridad durante mucho tiempo sin dirigirse a Dios en oración auténtica. Y cuando uno invoca su nombre, descubre que él está cerca. En ese momento uno se conoce a sí mismo y al Dios que lo creó. 
de un viejo número de "La Voz"
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JESUCRISTO ES EL SEÑOR
“Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús” (2 Co. 4:5).

Si preguntara a cualquier congregación un domingo por la mañana: “¿Creéis en el señorío de Jesucristo?”, seguramente la respuesta sería afirmativa. Pero si preguntara a cada uno individualmente: “¿Es Jesucristo el Señor de todo lo que eres y todo lo que tienes?”, ¡probablemente pasaríamos una mañana incómoda y reveladora! Cualquier congregación puede cantar: “¡A Cristo coronad!”, pero no todos los que le coronan así con sus labios le harían Señor de su vida.
Un predicador habló de “verdades que nombramos tanto que pierden el poder de la verdad y yacen en el dormitorio del alma”. El señorío de Cristo es una de estas verdades. Un escritor dice que la palabra “Señor” es una de las palabras más inertes en todo el vocabulario cristiano. Sin embargo, A.T. Robertson dijo que el señorío de Cristo es la piedra de toque de nuestra fe, y G. Campbell Morgan lo llamó: “la verdad central de la iglesia”.
El señorío de Cristo fue la confesión inicial de la iglesia. “...Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Ro. 10:9). Cuando un judío convertido en la iglesia primitiva decía: “Jesús es el Señor”, esto significaba que Jesús es Dios, y cuando un creyente gentil decía: “Jesús es el Señor”, quería decir que César ya no era su dios. Policarpo fue a su muerte afirmando el señorío de Cristo por encima de lo que César reclamaba. El Nuevo Testamento nunca dice: “Cristo y . . .”, porque nunca se necesita añadir nada a Jesucristo. Él es el Alfa y la Omega, y todas las letras del alfabeto entre ellas. La forma correcta de hablar es “Cristo o . . . el mundo, Cristo o Belial, Cristo o Egipto, Cristo o César”.  El cristianismo primitivo demandaba una rotura limpia y completa con el mundo, la carne y el diablo. Esta postura duró hasta que Constantino hizo que el cristianismo fuese popular y de moda. Entonces multitudes de paganos entraron livianamente, trayendo consigo sus ídolos y sus pecados, y la iglesia bajó el listón para acomodarlos. Nunca nos hemos recuperado de ese error. Hoy en día, aunque César está muerto, demasiados miembros de iglesias intentan servir a dos señores, a César y a Cristo, a Dios y a las riquezas. Las iglesias están llenas de paganos bautizados que viven vidas dobles, que juegan con dos barajas, que temen al Señor y sirven a sus propios dioses, acercándose a Dios con la boca y honrándole con sus labios. Le llaman “Señor, Señor”, pero no hacen lo que Él les dice. No sólo debemos adorar al Señor el domingo, sino que también debemos servirle toda la semana.
El señorío de Cristo es la confesión auténtica del cristiano. “Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” (1 Co. 12:3). Llamar a Jesús Señor es la obra auténtica del Espíritu Santo, porque el viejo Adán nunca se dobla ante el señorío de Cristo. Hoy en día hemos creado una distinción artificial entre confiar en Cristo como Salvador y confesarle como Señor. Hemos hecho dos experiencias de algo que es una sola. Así que, hay mucha gente que ha “aceptado a Cristo” para no tener que ir al infierno y para poder ir al cielo, pero que no se preocupan en absoluto por reconocerle como Señor de sus vidas. La salvación no es como un restaurante de auto-servicio donde cada uno toma una bandeja, escoge lo que quiere y deja lo demás. No podemos tomar a Cristo como Salvador y dejar Su señorío. No podemos ser salvos poco a poco, como una letra que se paga cada mes, o con los dedos cruzados y reservas internas, como si pudiéramos tomar a Cristo “condicionalmente” o “en consigna”. Cierto es que uno a lo mejor no entiende todo lo que viene incluido en una conversión, pero nadie puede ser salvo tomando conscientemente a Cristo como Salvador y rechazándole como Señor. Pablo dijo al carcelero en Filipos: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”. Le presentó todos los tres nombres de nuestro Señor, como Maestro, Mediador y Mesías. Al carcelero no le dio la opción de recibir a Cristo como Salvador y pensarse lo de Su señorío o dejarlo para el futuro.
Sólo tenemos una opción: podemos recibir al Señor o rechazarlo. Pero una vez que le recibamos, ya no nos queda opción. Entonces no somos nuestros, pues hemos sido comprados por precio. Somos Suyos. Él tiene la primera palabra y la última. Él demanda absoluta lealtad más allá de todo dictador terrenal, pero tiene derecho a hacerlo. “Amor tan grande y divino demanda mi alma, mi vida, todo mi ser”. ¡Qué necio decir: “nadie me va a decir cuánto tengo que dar, y qué tengo que hacer!” ¡Ya se nos ha dicho! Somos Suyos y Su Palabra es final.
Vine a Cristo como un joven campesino. No entendía todo acerca del plan de la salvación. No tenemos que entenderlo todo, pero sí, tenemos que confiar en el Señor. No entiendo todo acerca de la electricidad, ¡pero no pienso vivir en la oscuridad hasta que la entienda del todo! Una cosa sí entendí como joven: entendí que estaba bajo dirección nueva. Pertenecía a Cristo y Él era mi Señor.
He aquí la razón por la triste condición de muchos cristianos e iglesias. Hay una versión barata y fácil de “fe” que no cree, y una forma de “recibir” que no recibe al Señor, en la que no se confiesa a Jesucristo como el Señor. Es significativo que la palabra “Salvador” aparece sólo 24 veces en el Nuevo Testamento, pero la palabra “Señor” se halla 433 veces.
El cristiano es un creyente, un discípulo y un testigo. Debería venir a ser todos los tres a la vez y serlos todo el tiempo. Los creyentes fueron llamados “discípulos” antes que “cristianos”. La gran comisión nos llama a hacer “discípulos”. Dios no está obrando sólo para salvar a los pecadores, sino también para hacer santos de ellos. La crisis de conversión es seguida por una continuación de vida. “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Jn.8:31). Pedro todavía era creyente pero no discípulo después de negar a su Señor, hasta que fue restaurado con la palabra: “sígueme”, dicha en Tiberias. El ángel en el sepulcro dijo: “Id, decid a sus discípulos, y a Pedro” (Mr. 16:7). El creyente viene a Cristo; luego como discípulo viene en pos de Él. Algunos salen a favor de Cristo, pero después se quedan parados. Dan un paso, pero no siguen caminando. Escuché a un misionero decir que muchos de nosotros cantamos: “Todas las promesas del Señor Jesús...”, pero no hacemos nada con ellas excepto sentarnos encima.
El nacimiento de un niño es un evento importante, pero después de esto cuesta veinte años hacer un hombre o una mujer de aquel bebé. La evangelización es una tarea emocionante, pero sólo es el principio. El creyente tiene que ser desarrollado como discípulo y testigo. En el camino a Damasco Saulo comenzó bien: “¿Quién eres, Señor?” “Señor, ¿qué quieres que haga?” Comenzó confesando que Jesucristo es el Señor. Tomás exclamó: “¡Señor mío y Dios mío!” Juan Wesley dijo que después de las reuniones en Aldersgate, una mañana despertó con “Jesús, Señor” en su corazón y boca. El Espíritu Santo había hecho Su trabajo. El Dr. E. Y. Mullins dijo que al presentarse para ser recibido en comunión como miembro de una iglesia, “...la fe en Cristo y la aceptación de Su señorío son condiciones imprescindibles”.
La salvación es gratuita. El don de Dios es vida eterna. No es barato porque a Dios le costó Su Hijo, y al Hijo le costó la vida, pero es gratuita. No obstante, cuando creemos, de ahí en adelante somos discípulos, y esto nos costará todo lo que tenemos. Nuestro Señor perdió algunos de los mejores discípulos prospectivos en este punto. Aparentemente perdió a tres en los últimos seis versículos del capítulo 9 de Lucas. Perdió al joven rico. ¡Qué logro hubiera sido éste! Tenía modales, porque vino arrodillándose. Tenía moral porque guardaba los mandamientos. Tenía dinero, porque no quería deshacerse de él. Hubiera sido una “pesca” buena, pero el Señor no le pescó. Cuando los enfermos y pecadores venían a Jesús, Él les trataba con ternura. Pero a los seguidores prospectivos les dio un reto serio: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios” (Lc. 9:60). “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lc. 9:62). A la multitud Él dijo tres veces: “no puede”, respecto al discipulado (Lc. 14:25-33). Pero nuestro Señor buscaba discípulos, no a meros “miembros”. A muchos les gusta hacerse socios y miembros. Si les das un pin en la solapa y un certificado, se harán socios de cualquier cosa. Nosotros hubiéramos recibido al joven rico en la iglesia inmediatamente y le hubiéramos hecho el tesorero, pero el Señor exigía que el joven le tomara en serio.
El Nuevo Testamento enseña no sólo la fe en Cristo sino el seguir a Cristo. “Venid a mí” es una invitación al creyente prospectivo. Pero “aprended de mí” es cómo se hacen discípulos. La Palabra de Dios no conoce esta variedad extraña de “cristianos” que están dispuestos a tomar a Cristo como Salvador pero no quieren confesarle como Señor. Él no es sólo el Salvador del alma, sino también el Señor de la vida.
El señorío de Cristo será la última confesión de la creación. Se nos dice que un día toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios Padre (Fil. 2:9-11). Yo no pregunto al pecador: “¿Confesarás a Jesús como el Señor?”, porque tiene que hacerlo, tarde o temprano. Yo le pregunto: “¿Cuándo le confesarás como Señor, ahora cuando puedes vivir para Él, o más allá de la tumba cuando será demasiado tarde?” Una empresa tenía como lema en su publicidad: “Finalmente, sí, entonces  ¿por qué no ahora?” Finalmente toda lengua confesará a Jesucristo como el Señor, en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra. Pero, ¿por qué no ahora?
¿Es Él tu Señor? ¿Es Señor de tu cuerpo, tus pensamientos, tu lengua, tu temperamento, tu tiempo libre, tus planes para tu vida, tu cartera, tu vida eclesial, tu recreo, de lo que escuchas en la radio y ves en la tele? Su señorío cubre todo desde comer y beber hasta los problemas a nivel mundial. Pero no es una servidumbre, sino una libertad, porque “...donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Co. 3:17). Somos libres para hacer todo lo que es bueno y justo, en nuestra relación con Dios, con nosotros mismos y con todos los demás.
El corazón del avivamiento, de la vida cristiana más profunda, del cristianismo verdadero, es reconocer que Jesús es el Señor, tu Señor, y someterte a Él en fe y amor. ¿Lo has hecho?

Vance Havner, de su libro “Repent or Else” (“Arrepiéntete, y si no...”), 1958, Fleming H. Revell Company. Traducido y adaptado por Carlos Tomás Knott.
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lunes, 14 de diciembre de 2009

EN ESTO PENSAD --- Diciembre 2009

El Mito De La Propiedad Privada

En una democracia la gente cree que puede ser dueña de la propiedad. Por supuesto, el estado tiene varias maneras de reclamar parte de lo que el ciudadano cree que es suyo. Impuestos sobre impuestos. Puedes hacer lo que quieres con tu dinero, pero el gobierno siempre reclama “su parte” y más.

Los seres humanos somos “libres”, no somos esclavos de nadie. No tienes que trabajar para nadie si no quieres. Puedes dejarlo cuando quieras. Pero como millones saben, a lo mejor no será tan fácil conseguir otro puesto de trabajo. Puede que sea cruel tu jefe, injusto, dominante, pero es buena idea pensarlo dos veces antes de salir.

No vamos a discutir los méritos y desméritos de la democracia y el capitalismo. De todos modos somos ciudadanos de otro reino. ¡En Cristo tenemos libertad real! ¡El Hijo nos ha hecho verdaderamente libres! Esto es, libres del pecado y de la condena de la ley. Libres, quizás gradualmente, del poder del pecado. Pero, ¿libres para hacer lo que nos parece? ¡Ciertamente no! Hemos sido librados del poder de las tinieblas, pero trasladados al reino del amado Hijo de Dios. El Hijo es Cabeza del cuerpo, la iglesia, y antes que todas las cosas (Col. 1:13, 17-18).
Considera estas esclavitudes:
El Cuerpo: Seguramente puedo hacer lo que quiero con mi propio cuerpo, ¿no? No, porque has sido comprado por precio, la sangre de Cristo, y no eres tuyo. Glorifica a Dios en tu cuerpo, porque realmente es Suyo (1 Co. 6:19-20).
El Tiempo: Nuestras vidas estaban perdidas, porque la paga del pecado es muerte. Así que juzgamos que ya debemos vivir para Él, no para nosotros mismos (2 Co. 5:14-15). El que no aborrece su propia vida, no puede ser discípulo de Cristo (Lc. 14:26). "El que halla su vida la perderá" (Mt. 10:39).
El Dinero: Al menos las ofrendas serán opcionales para el creyente, ¿verdad? Respecto a la cantidad, sí. En cuanto a la frecuencia, semanalmente. Observa cuidadosamente estos mandamientos del Espíritu Santo.
· “Abundad también en esta gracia” (2 Co. 8:7).
· “Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo” (1 Co. 16:2).
Y los mandamientos de Cristo:
· “Haceos tesoros en el cielo” (Mt. 6:20).
· “Haced amigos con el dinero” (Lc. 16:9).
El diez porciento del Antiguo Testamento ahora es cien por ciento. He sido crucificado con Cristo, y mi vida ahora es enteramente para Él que dio Su todo por mí. Dices: “Entonces, ¿no quiere Dios que yo sea feliz?” Sí, pero sólo a largo plazo, esto es, feliz en la eternidad. Su bendición te enriquece y Él no añade tristeza (Pr. 10:22).
La Mente: Nos gusta pensar que nuestra mente es algo privado. Pero el Hijo de Dios en el mundo podía conocer los pensamientos de los hombres. ¡Cuánto más ahora! Los pensamientos y hechos pecaminosos vienen del corazón (Mt. 15:18-19). ¿Tengo entonces derecho a llenar mi mente con la violencia e inmoralidad con que se alimentan día y noche mis iguales, vecinos y amigos? Pensad en lo que es verdadero, honesto, puro y amable (Fil. 4:8). ¿Cuántas novelas, películas o programas de deporte se conforman a estos requisitos? Además, la exposición a la propaganda del mundo tiende a conformarnos a su filosofía: auto importancia, protagonismo y hedonismo.
Las Habilidades: A veces las llamamos talentos y dones, pero la Fuente es obvia. “¿Quién te distingue?, o ¿qué tienes que no hayas recibido?” (1 Co. 4:7). Cada uno ha recibido un don y debe usarlo para servir a los demás, como buen mayordomo (1 P. 4:10).
Las Palabras: "Libertad de expresión" es hoy en día una frase popular. Pero no se nos permite decir cualquier cosa, porque tenemos que dar cuenta a Dios (Mt. 12:36). Nuestras palabras manifiestan la condición de nuestro corazón (Mt. 12:34). El Espíritu manda que nunca digamos nada corrompido (Ef. 4:29). Lo que decimos debe ser sólo palabras sanas, con gracia y sal (Col. 4:6). También debe ser sabio, para que demos la respuesta correcta a cada uno, para que se avergüence cualquier adversario (Tit. 2:8). Se prohíbe la mentira, el engaño, la falsedad y la exageración (Ef. 4:24; 1 Ti. 1:10; Ap. 21:8).
En resumen, se trata del compromiso total. Soy de mi Amado. ¿Significa esto que todos hemos de salir como misioneros? Muchos misioneros son en verdad ejemplos modernos de devoción total al Señor. Pero cualquiera de nosotros puede traer honor al Señor Jesucristo si vive frugalmente, ofrenda sacrificadamente y ora continuamente. ¡Sea ésta nuestra porción!

R.E. Harlow, de la revista “Missions”, traducido con permiso

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EL CREYENTE Y LAS DEUDAS
¿contraemos dudas para las fiestas,
como los del mundo?


George Müller (1805-1898)

“ ‘Vended lo que poseéis, y dad limosna’ Lucas 12:33. ‘No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros’ Romanos 13:8. Puede que alguien diga que estos pasajes no pueden entenderse literalmente, porque si no, ¿cómo podría el pueblo de Dios pasar por el mundo? Juan 7:17 hará que estas objeciones se desvanezcan. CUALQUIERA QUE DESEA CUMPLIR estos mandamientos del Señor LITERALMENTE, creo que verá conmigo que, tomarlos LITERALMENTE es la voluntad de Dios. —Aquellos que los toman así, sin duda a menudo tendrán dificultades, difíciles de soportar para la carne, pero esto les hará sentir constantemente que son extranjeros y peregrinos aquí, que este mundo no es su hogar, y de esta manera confiar más en Dios, quien ciertamente nos ayudará a través de cualquier dificultad en la que nos encontremos por causa de buscar el actuar en obediencia a Su palabra”.
—A Narrative of Some of the Lord’s Dealings with George Müller, escrito por él mismo; London: J. Nisbet & Co., volumen 1, Novena edición, 1895, pág. 66.

C. H. Mackintosh (1820-1896)

“Tomamos Romanos 13:8 en su sentido sencillo y claro. Creemos que nos enseña a no deber nada a nadie. ¡Ojalá lo cumpliésemos más! Es doloroso más allá de toda expresión el ver la falta de conciencia entre los profesantes, en cuanto a la cuestión de las deudas. Haríamos un llamado solemne a todos nuestros lectores, que tienen el hábito de endeudarse, a que se juzguen a sí mismos, y a que salgan de esta falsa posición de inmediato. Es mucho mejor sentarse en una corteza seca, y llevar un abrigo pobre, que vivir y vestir bien a expensas de nuestro vecino. Estimamos esto como una verdadera injusticia. ¡Quién tuviera una mente recta!”

—Things New and Old, editado por C. H. Mackintosh, vol. X, 1867, págs. 199-200.
“El primer y gran negocio de una persona endeudada es salir de la deuda. Debemos ser justos antes de ser generosos”.
—ibid., volumen XVII, 1874, pág. 224.

* Nota: Por supuesto que esto no prohíbe la función normal de un negocio, las cuentas con sus proveedores, etc., ni la función normal de una casa. Se trata de no contraer uno deudas que no podrá pagar, de no vivir endeudado.

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Varias Recompensas Que Habrá Para El Creyente

1. La presencia y comunión de otros que se convirtieron (Lc. 16:9).
2. Las coronas que dará el Señor (Ap. 4:10).
3. El vestirse de lino fino según las obras justas (Ap. 19:8).
4. Oír al Señor decir: “está bien, buen siervo” (Lc. 19:17).
5. El gozo de haberle agradado y glorificado (Mt. 25:21, 23).
6. Más responsabilidad en el futuro (Lc. 19:17, 19).
7. Gloria (Dn. 12:3; 1 Co. 15:41-42; 1 P. 1:7).
8. La satisfacción de ver a creyentes que fueron edificados por nuestra vida (1 Ts. 2:19; Fil. 4:1).
9. Descansar de nuestras obras (Ap. 14:13).
10. Ver al Señor y estar siempre con Él (Ap. 22:4; 1 Ts. 4:17; Sal. 23:6).

"Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano".
1 Corintios 15:58

"Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún". Hebreos 6:10

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¿CREES EN EL SEÑOR JESUCRISTO?
por H. A. Ironside

Uno de los pasajes más conocidos en la Biblia es el que forma la respuesta del apóstol Pablo al carcelero en Filipos cuando éste le preguntó: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” Nada puede ser más claro que su respuesta: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”. Sin embargo, esta respuesta tan clara y sencilla me confundía. Nunca, ni por un momento, pensaba que yo podía salvarme a mí mismo, ni por lagrimas, ni por oraciones, ni por arrepentimiento, ni por obras, ni por nada que podría hacer para mí ninguna persona ni ninguna iglesia. Pero, ¿que significa “creer en Jesús”? Ésta era la pregunta, el problema.
A veces pensaba que sí, que creía, y vacilando profesaba creer. Pero después, no tenía la seguridad que buscaba, ni la paz duradera, ni ninguna evidencia de nueva vida. Me preguntaba una y otra vez: “¿De qué modo creo yo, con la cabeza o con el corazón?” No estaba seguro, y la Palabra de Dios dice: “...si confesares con tu boca que Jesús es al Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”. ¿Qué es este creer “en el corazón”? Nunca hallé paz hasta que me enteré que es una cosa creer acerca de Jesús, y otra cosa creer en Él.
Probablemente, tú como todo lector sincero de este folleto crees lo que la Biblia dice acerca del Salvador. Crees que el Hijo de Dios vino a este mundo como un Niño verdadero, puro y santo, inmáculo, crecía como hombre haciendo buenas obras y manifestando el amor y la gracia de Dios a los pecadores. También crees que murió en una cruz cruel, y que después de tres días, Dios le levantó de los muertos. Crees que Él ascendió al cielo, que ahora se sienta a la diestra de Dios, y que algún día vendrá para juzgar al mundo. Crees todo esto, en sentido intelectual, pero todavía no sabes si eres salvo. No tienes certidumbre de salvación. Quizás te ayudaría saber que la palabra traducida “creer” también significa “confiar en” o “fiarse”. En un pasaje está traducido “fiarse de”. Dice: “Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre”. Puede que estos significados de la palabra “creer” te ayuden en tu propio caso. Permíteme unas preguntas. ¿Has confiado así, de esta manera, en Jesucristo; en el sentido de entregarte totalmente a Él? ¿Has encomendado tu alma a Él y solamente a Él? ¿Confías en Él como tu único Salvador personal, sin necesidad de santos y sacramentos, o repartes tu fe entre muchas cosas, de modo que no confías única y totalmente en el Señor Jesucristo?
Me gustaría ilustrar esto con una anécdota personal. Estuve en las montañas hace unos pocos años, y quería cruzar un barranco. Había un puente de cuerdas, muy estrecho, tendido entre dos picos, y más de 300 metros abajo, había un río. Sabía que si me caía, ciertamente moriría. Mi pregunta y mi duda era: ¿podría yo fiarme de este puente? Así que, me quedé allí y observaba mientras varias personas cruzaban. Vi que algunos hombres de más peso que yo llegaron al otro lado sin problemas. Por fin, creía que el puente aguantaría mi peso. Creía suficientemente para confiar en el puente, y crucé sano y salvo. Esto ilustra lo que es “creer en Jesús”. También se expresa en la letra del siguiente himno:

Jesús, confiaré en Ti; encomiendo a Ti mi alma,
Cansado, rendido y desamparado, sólo Tú me puedes sanar.
No hay nadie en el cielo, ni en el mundo como Tú;
Moriste Jesús por los pecadores, Señor, moriste por mí.

traducido por Ruth Knott

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Texto: 1 Timoteo 1:1-2

En este pasaje vemos al Señor Jesucristo llamado de dos maneras: primero en el versículo 1 es “Jesucristo nuestra esperanza”, y luego en el versículo 2 es “Cristo Jesús nuestro Señor”. Son hermosas descripciones, ¿verdad? El que es nuestra esperanza también es nuestro Señor, lo cual quiere decir que el que nos salva también nos gobierna.
Luego vemos estos tres términos: “gracia, misericordia y paz” en el versículo 2. Son tres cosas importantísimas, de las cuales mucha gente hoy en día carece. A todos les gustaría tenerlas, pero no todos saben cómo.
Primero está la gracia. Gracia significa favor o ayuda que no se merece. Romanos 4:1-4 y Efesios 2:8-9 establecen claramente que la gracia no se compra, ni se merece, y no puede mezclarse con obras. Si algo es por obras, no es por gracia, porque la gracia no se merece. La gracia de Dios no es una recompensa, sino algo totalmente inmerecido. Dios nos favorece, nos perdona y salva sin que lo merezcamos, porque lo hace por Su gracia. Y Su gracia viene a nosotros, no por la iglesia, no por los sacramentos, no por nuestras obras, sino por el Señor Jesucristo. 2 Corintios 8:9 enseña que la gracia de nuestro Señor Jesucristo se manifestó cuando Él, siendo rico, se hizo pobre (se encarnó) para enriquecernos a nosotros. La gracia actuó a favor nuestro, por medio de una Persona divina, nuestro Señor. Dios quiere que Su gracia se manifieste en nosotros en nuestra generosidad y abnegación a la hora de ofrendar para ayudar a otros.1 Pedro 5:10 nos recuerda que Dios es Dios de toda gracia. El modelo y ejemplo a seguir es Dios mismo. Hermanos, por la maravillosa gracia de Dios tenemos la salvación eterna. Nosotros que no merecemos ser llamados hijos de Dios hemos sido adoptados como hijos Suyos. Como dice el himno: “¡Sublime gracia!” Pero además de esto, es Dios quien exhorta a los creyentes a crecer en la gracia (2 P. 3:18). Por ejemplo, en 2 Corintios 9:8 el apóstol Pablo dice que la gracia puede hacer que abundemos en toda buena obra. A todos nos gusta recibir la gracia, pero, ¿nos gusta tratar a los demás con gracia?
En segundo lugar, habla de la misericordia. La misericordia es NO recibir lo que merecemos. Si uno merece una multa o un castigo y no lo recibe, esto es misericordia. La salvación es recibir misericordia de Dios, porque significa NO recibir el juicio que merecemos. La paga del pecado es muerte, pero al que cree el evangelio, Dios le perdona por Su misericordia y le da vida eterna. En el Salmo 25:6, 7, 10 y 16 David expresa su esperanza continua en la misericordia de Dios. El Salmo 136 es el gran salmo de la misericordia de Dios, que es “para siempre”. ¡Gracias a Dios que recibimos en Jesucristo la perpetua, eterna misericordia de Dios! Habiendo recibido misericordia de Dios, debemos también ser misericordiosos. En Mateo 5:7 el Señor dice: “Bienaventurados los misericordiosos”. En Lucas 6:36 el Señor manda: “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso”. Efesios 4:32 nos exhorta: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. 1 Pedro 3:8 lo enfatiza otra vez: “...sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables”. La misericordia viene relacionada con la benignidad, el perdón, la compasión, el amor y la amistad. Lo triste es: aunque nos gusta RECIBIR misericordia y ser tratados así, nos cuesta SER misericordiosos con los demás, y esto mismo es lo que Dios manda. La misericordia de Dios no debe entrar en nosotros y parar allí, sino entrar, transformarnos y salir hacia los demás. Por ejemplo, David usó de misericordia con Mefiboset al recibirle y cuidarle como a hijo suyo (2 S. 9). Demos gracias a Dios por Su misericordia, y seamos misericordiosos como nuestro Padre celestial.
En tercer lugar, la paz es otra gran bendición que hemos recibido en Cristo. La paz es más que ausencia de conflicto. Significa también una serenidad interior, incluso pese a circunstancias adversas. En primer lugar tenemos paz con Dios mediante la sangre de Cristo (Ro. 5:1). , y es algo que ninguna circunstancia puede cambiar, gracias a Dios. Efesios 2:14, 15 y 17 nos recuerda que Jesucristo ES nuestra paz, vino e HIZO paz, y ANUNCIÓ esta paz. El evangelio es un mensaje de paz. Además, el Salmo 119:165 dice: “mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo”. Mucha gente anda tropezando, dejándose ofender y molestar, siempre mosqueada o quejosa por una y otra cosa, viviendo en conflicto eterno. Pero los que aman la ley del Señor, se humillan, porque aprenden de la ley que ellos no son nada, que no merecen nada bueno, y humillados, confían en el Señor para recibir perdón. Luego pueden andar en paz con Dios y con los demás. El creyente goza de la paz de Dios que le puede guardar en medio de circunstancias adversas. Filipenses 4:6-7 nos instruye que en lugar de estar afanosos, presentemos nuestras peticiones al Señor en oración, y Su paz guardará nuestro corazón. Sabemos que Él nos ama, Él nos oye y Él nos cuida, y esto nos deja en paz, tranquilos en Sus poderosos brazos. La Palabra también nos exhorta al menos tres veces a tener paz y vivir en paz los unos con los otros (Mr. 9:50; 2 Co. 13:11; 1 Ts. 5:13). Esta paz, que procede de Dios, es también fruto del Espíritu Santo quien mora en nosotros (Gá. 5:22-23). La paz de Dios, no los conflictos carnales, debe ser el ambiente en que vive una asamblea. Todos debemos ser pacificadores (Mt. 5:9). Con la ayuda del Señor, seamos de aquellos que hacen la paz (Stg. 3:18), no de los que siembran discordia (Pr. 6:19).
Así que, mis hermanos, hemos recibido y seguimos recibiendo estas tres cosas maravillosas del Señor, entre muchas otras: la gracia, la misericordia y la paz. Dios quiere que ellas marquen nuestra vida, nuestro carácter y proceder, porque así darán testimonio de Él. Por esto tenemos que pedirle al Señor que nos dé cada día Su misericordia, gracia y paz, y que Él nos ayude a manifestar estas tres cosas diariamente en nuestras vidas. Es así que los demás pueden conocer más acerca de Dios, cuando vean Su obra en nosotros. Mostremos el carácter de Dios a los de nuestro alrededor, para la gloria de Dios.


de un estudio dado por L. B., el 8 de mayo, 2008

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