¿Por Qué Murieron Nadab y Abiú?
parte 2
viene del número anterior
Hay evidencia de irreverencia y posible embriaguez
Las Escrituras enseñan constantemente que quienes sirven ante el Señor deben hacerlo con sobriedad y discernimiento. “Sed sobrios y velad” (1 P. 5.8). “Sobrio”, dice Vine, significa de mente sana, de ahí, con dominio propio, templado, prudente. Ser sobrio es no ser liviano, no tomar decisiones por su cuenta, ni a la ligera, ni actuar impulsivamente. Independientemente de si hubo embriaguez o no, el texto deja claro que la negligencia en la adoración es inaceptable para Dios.
El juicio de Dios preservó la santidad de la adoración
Este acontecimiento tuvo lugar en un momento crítico. El tabernáculo acababa de ser inaugurado, se habían aceptado los sacrificios y la gloria de Dios se había manifestado visiblemente al pueblo (Levítico 9.23-24). En momentos como este de la historia de la redención, Dios suele actuar definitivamente para preservar la seriedad de Su santidad.
Juicios similares ocurren en otros momentos cruciales, como con Uza (2 Samuel 6.7) y con Ananías y Safira (Hechos 5.1-11). Estos acontecimientos recuerdan al pueblo de Dios que no debe tomarse a la ligera Su presencia. “Nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12.29).
La justicia de Dios no fue cruel, sino recta
Especialmente hoy en día, algunos consideran que este juicio fue excesivo. Las Escrituras no lo ven así. Dios había revelado claramente Su voluntad. Nadab y Abiú la ignoraron. Su muerte no fue un arrebato de ira ni una reacción emocional de Dios, sino un juicio justo. “Los juicios de Jehová son verdad, todos justos” (Sal. 19.9). La santidad de Dios y la autoridad de Su Palabra no son negociables. Cuanto más nos acercamos a Él, mayor es la responsabilidad de honrarlo como es debido. “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón” (Sal. 24.3-4).
El silencio de Aarón revela la aceptación de la justicia de Dios
Después de que Moisés habló, las Escrituras registran: “Y Aarón calló” (Lv. 10.3). Su silencio es significativo, pues muestra reverencia y el temor de Dios. Hoy en día, muchos padres se molestarían si Dios tocara a sus hijos, porque anteponen la familia a Él. Sin embargo, Aarón, el padre de los difuntos, no protestó ni acusó a Dios de ser injusto. Reconoció que Dios tenía razón. Esto nos enseña que la reverencia hacia Dios implica someterse a Sus juicios, incluso cuando resultan dolorosos. “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal. 46.10).
La conexión con el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento no rebaja el estándar de Dios para la adoración. Más bien, lo profundiza. Los creyentes son ahora el templo del Espíritu Santo (1 Co. 6.19). En la edad de la gracia se nos manda adorar a Dios “en espíritu y en verdad” (Jn. 4.24).
La gracia no elimina la reverencia. “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12.28-29). El relato de Nadab y Abiú advierte a los creyentes y las iglesias que la sinceridad sin obediencia no es una adoración aceptable.
Nadab y Abiú fueron muertos porque se acercaron a Dios según sus propios términos, como ellos creían que era mejor. Improvisaron y ofrecieron una adoración no autorizada, desobedeciendo así Su Palabra y deshonrando Su santidad. Su castigo nos enseña que Dios define cómo debe ser adorado, y que quienes le sirven deben hacerlo con obediencia, reverencia y temor, sin inventar ni modificar nada. Este pasaje es para nuestra instrucción y amonestación (1 Co.10.6, 11). La historia se escribió para invitarnos a examinar nuestras prácticas de adoración. Hermanos, Dios es misericordioso, pero también es santo. La verdadera adoración no tiene que ver con la creatividad o la conveniencia. Tiene que ver con someterse a la voluntad revelada de Dios y mostrar reverencia hacia Su santa presencia.
Sigamos el patrón sin modificaciones
Necesitamos hoy ser más como los de Berea, que escudriñaron cuidadosamente las Escrituras antes de tomar decisiones. El Espíritu Santo los llama “nobles”. Quisieron ceñirse a la Palabra de Dios. Si hiciéramos esto siempre, no se permitiría los cambios que se ven en las iglesias. Seríamos más sobrios, más prudentes, más fieles. El Nuevo Testamento presenta un patrón claro para la Iglesia y las iglesias. Si se siguiera este patrón, no existirían todas las denominaciones ni los “estilos de culto” que vemos en las iglesias que procuran acomodar al público. Dios es quien establece el patrón, y se nos manda: “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste” (2 Ti. 1.13), y “guarda lo que se te ha encomendado” (1 Ti. 6.20). Retener y guardar no admiten modificaciones. Desde los inicios de la Iglesia, a los ancianos se les describía así: “Retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada” (Tit. 1.9).
No se permite desviarse de la enseñanza apostólica, modificarla ni improvisar. No hay lugar para el razonamiento humano ni para las decisiones basadas en la conveniencia o la opinión de la mayoría. El incumplimiento de estas cosas ha dado lugar a todas las denominaciones e improvisaciones que ofrecen un fuego extraño a Dios. “Extraño” significa aquello que Él no mandó; que no está de acuerdo con Su Palabra.
Pensemos en algunas de las muchas aplicaciones de esta lección. ¿Mandó Dios celebrar reuniones y conferencias de mujeres? ¿Acerca de la Cena del Señor, mandó usar copitas en lugar de la copa? ¿Acaso mandó usar un “equipo de alabanza”, conciertos, actuaciones de música especial o coros? ¿Mandó presentar obras de teatro en las reuniones? Si estas y otras cosas no están en el Nuevo Testamento, que es nuestro único patrón, entonces son “extrañas”.
autor desconocido
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Los Sufrimientos en el Lago de Fuego Eterno
Parte 2
Antonio Rodríguez Galende
viene del número anterior
2º- CONCIENCIA QUE DESPIERTA AL ESPANTO DEL ETERNO DESTINO DE CONDENACIÓN.
Las densas y negras espesuras de la noche eterna se abrieron para recoger en su hórrido seno a los pobres condenados que habían dado altivo espaldarazo a aquel Dios que comprendía sus necesidades espirituales y les ofrecía misericordiosamente remedio absoluto a sus males.Dios me hizo ver, desde mi lugar de seguridad en Cristo, que estuve sujeto, o expuesto, a haber sido engullido al abismo eterno, y yo no podía ni soportar aquel pensamiento, y es por tanto que ahora puedo divisar algo más de cerca lo que podrá ser para aquellos desgraciados cuando sus conciencias hayan despertado a la más espantosa realidad que nadie pudiera haber imaginado.
¿Y qué impresión les quedará de sí mismos después de haber visto al mismo Cristo en su gloriosa majestad, cual Juez justo contra ellos?
Estímese que Juan apóstol, aquel que en la Santa Cena reclinó su cabeza sobre el pecho de Cristo, cuando años más tarde vio en Patmos al mismo Cristo en su esplendente realidad, y con sólo verle cayó como muerto a Sus pies, Apocalipsis 1:17. Y si Juan, el discípulo amado del Señor, compañero de Cristo, testigo especial de Cristo, fiel siervo del Dios Eterno..., cae como muerto nada más ver a Aquel que ya era su Salvador, ¿qué será, entonces, de aquellos impenitentes que hayan tenido que comparecer ante Su Divina Majestad, Rey de la Eternidad, y hacerlo sucios de sus pecados?, y lo más grave: culpables y culpándose a sí mismos de: haber pisoteado al Hijo de Dios, haber tenido por inmunda la Sangre del Pacto en la que fueron santificados, y de haber hecho afrenta al Espíritu de Gracia, Hebreos 10:29.
Sí, ¿qué será de ellos? ¿Cuántas veces crucificaron de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y lo expusieron a vituperio (burla pública)? Hebreos 6:6.
¿Qué conciencia de terror en aquel entonces para cuantos hoy tienen a Cristo cual pobre pelele que nada tiene útil para ofrecer a ellos? ¿Y qué de aquellos que aún le ponen tantas y tantas veces aun como taza de agua? ¿Qué impresión para memoria eterna les quedará indeleble, tanto del rostro del Cristo glorificado, como de la propia certidumbre en haberle menospreciado?
“HORRENDA COSA ES CAER EN MANOS DEL DIOS VIVO”, Hebreos 10:31. Y confieso que nuestra pobre mente humana bien poco puede vislumbrar de lo espantoso del juicio eterno.
Recuerda, lector, que si simples calumnias, desprecios de protocolo, insultos y pisoteos a la dignidad de algún reyezuelo de este mundo, serían dignas acciones de un severo castigo, ¿cuál castigo correspondería al que pisoteare olímpicamente a Cristo?
“Conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor”. Deuteronomio 32:35; Hebreos 10:30.
3º- EL PESO ATERRADOR DEL CASTIGO ETERNO
Mi débil mente no alcanza a discernir qué resultará más negativo para los pobres condenados:
1. El peso acerbo de la propia locura en haber rechazado el perdón divino en Cristo.
2. El recuerdo imborrable de la imagen misma del Juez Justo y Santo, al que han visto en Su infinitud gloriosa.
3. Tal vez el peso aterrador de saber que de aquel lago de fuego en que se bañan continuamente jamás de los jamases van a poder salir.
Sea como fuere, serán tres cargas para siempre. Y este apartado trata de la duración del infernal destino: para siempre, siempre, siempre.
El propio castigo se hará espantoso en extremo al saber que nunca cesará, que será eterno, que perdurará por los siglos infinitos, “y nada podrá hacer ni poseer el hombre para recompensar a Dios y salir de allí”, Mateo 16:26; Marcos 8:37.
Para recompensar a Dios, o satisfacer su justicia por haber ofendido su dignidad, nada hay sino sólo la Sangre del Cordero Divino que expió el pecado humano. Y los que rechazan al Crucificado, no hallarán goma alguna que pueda borrar sus manchas, Hechos 4:12.
Y sólo la eternidad soportando sus pecados tendrá en calma al Dios, también Eterno, que vindica gloriosamente su justicia y glorifica su Nombre en ello.
En el Evangelio según Mateo hallamos que Cristo dijo seis veces (y probablemente otras muchas que dicho Evangelio no registra): “...allí será el lloro y el crujir de dientes”. ¡Cuánto y cuánto advierte el Señor que se huya del infierno de fuego!
Y aunque muchos estimen que el tormento eterno de los rebeldes a la gracia divina no honraría a Dios, sí que le honra y glorifica. Porque si en verdad Dios ha manifestado a Su creación que “ha amado tanto al mundo enviando a su Hijo a morir para salvarnos del juicio que por pecadores merecemos, también manifestará y hará bien patente su inexorable justicia enviando al lamento eterno a aquellos que rechazan, precisamente, a su Hijo”.
Qué inmensa alegría sería para los condenados a eterna desdicha si un día les pasasen informe que iban a ser aniquilados. ¡Libres del peso lamentoso al fin! Pero ni esa breva les caerá; y como de Judas dijo Cristo: más les valdría a ellos no haber nacido. Mateo 26:24.
¡Cuántos enfermos y ancianos desean verse libres de su situación aceptando que Dios “se acuerde de ellos” y les envíe la muerte! Pero para aquellos condenados se esfuma toda esperanza de verse libres de aquellos lamentos. Y saber que de tal lugar no saldrán jamás, pues la condena es a perpetua eternidad, les aplanará constantemente en un fuego eterno presente.
Dios puso eternidad en el corazón del hombre, Eclesiastés 3:11, a la eternidad vamos, y en ella moraremos eternamente y para siempre. ¿Siempre?
Si una persona escribiese un nueve, seguido de los ceros suficientes para cubrir la línea de los cuarenta mil kilómetros que dicen circundan la tierra, tan incomprensible cifra traducida en siglos ¿qué sería en la eternidad? apenas un simple segundillo de la eternidad sin fin.
Hay quienes estiman que el aspecto más terrible y espantoso del lago de fuego eterno es su eterna duración, que sobrecogerá de espanto a los condenados. Sí, sólo Dios sabe lo que significa ¡Eternidad!
del libro La Salvación de los Pecadores, por Antonio Rodríguez Galende
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Una Demostración Singular:
Congregados a Su Nombre
Norman Crawford
Aquí es donde el creyente nuevo debe comenzar su lectura. Pero estas verdades que tocan el corazón y nos conmueven no son demasiado sencillas o familiares para los creyentes de años. ¡Conceda Dios que todos apreciemos de corazón el bendito privilegio de congregarnos al Nombre del Señor Jesucristo!
Una asamblea es un testimonio único a Dios en el mundo. Es único porque no hay nada más que el Nuevo Testamento reconoce como testimonio colectivo de Dios en nuestros tiempos. Hay muchos sistemas y organizaciones en el “mundo cristiano” (la cristiandad). Se podría decir mucho bien acerca de ellos, pero también mucho mal. Si el Nuevo Testamento es realmente nuestra única guía, solo hay un verdadero testimonio de Dios en sentido colectivo. Algunos intentan esquivar esto diciendo que el Nuevo Testamento solo describe el cristianismo primitivo, y que es (según ellos) la intención de Dios que las iglesias locales se unan en sistemas organizados. De este modo serían reconocidos por el mundo y tendrían mayor impacto para Dios. Debemos tener mucho cuidado con eso de decirle a Dios cuáles son Sus intenciones. En Su Palabra Él nos ha dado la completa revelación de Su voluntad, y ni siquiera menciona nada semejante a eso. Ninguna de las grandes instituciones y organizaciones de la cristiandad tiene siquiera un solo texto de apoyo bíblico para su existencia.
En los capítulos anteriores señalamos que solo hay dos aspectos de la iglesia en el Nuevo Testamento: el cuerpo espiritual, y la asamblea local. ¿Pero no deben las iglesias locales unirse para formar unidades más grandes, federaciones, asociaciones u organizaciones de alguna clase? Así hacen, pero la Biblia no lo apoya. Cuando el Nuevo Testamento menciona o se dirige a un número de asambleas, nunca las llama en singular: “la iglesia de...” (cualquier cosa). Simplemente las llama “las iglesias de los santos” u otra expresión bíblica que se aplica a todas las congregaciones.
Esta verdad es designada la independencia o autonomía de la iglesia local, pero ninguno de esos términos es suficiente. La asamblea no es en verdad autónoma – no se gobierna a sí misma – y ciertamente no es independiente ni autosuficiente. Pero es cierto que cada asamblea es responsable solo al Señor, y no a ninguna asociación, cuerpo gubernamental ni jerarquía. Es gobernada por sus propios ancianos que deben obedecer al Señor y ser guiados solo por Su Palabra (Ap. 1:12-3:22). Una asamblea no es una democracia, gobernada por el pueblo, sino una teocracia que reconoce el gobierno de Dios.
El Nombre Digno
Deseamos ahora examinar el lado positivo de la verdad de congregarse al Nombre del Señor Jesucristo. Sabiendo que pronto volvería a Su lugar en el cielo, Cristo dio instrucciones para guiar a los Suyos durante Su ausencia. Dejó muchos legados espirituales a los Suyos, pero ninguno de ellos es más precioso que Su precioso Nombre. Es conmovedora la lectura de las palabras de Jeremías: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos” (Jer. 15:16). Es una de las grandes verdades del Antiguo Testamento, porque Dios dijo a Israel: “Y verán todos los pueblos de la tierra que el nombre de Jehová es invocado sobre ti, y te temerán” (Dt. 28:10). Deuteronomio está lleno de esta verdad, que Dios puso Su Nombre como marca distintiva del lugar donde Israel debía congregarse (Dt. 12:5, 11, 14, 18, 21, 26; 16:2, 6, 7, 11). ¿Existe un paralelo a esta verdad para nuestros tiempos? Santiago escribió a los creyentes humildes acerca de los ricos: “¿No blasfeman ellos el buen nombre que fue invocado sobre vosotros?” (Stg. 2:7). Somos conocidos por el Nombre que los hombres blasfeman, pero este Nombre es precioso y digno. Al decir “buen nombre”, la palabra “buen” es el adjetivo kalos en griego. Según W. E. Vine esto significa: “algo que es intrínsecamente bueno, y así, hermoso, honroso”. (Diccionario Expositivo, W. E. Vine, Grupo Nelson, p. 120)
Isaac Watts (1674-1748) compuso este hermoso himno acerca del Señor:
“Venid, nuestras voces alegres unamos,
Al coro celeste del trono alrededor;
Sus voces se cuentan por miles de miles,
Mas todas se inflaman de un mismo amor.
“Es digno el Cordero que ha muerto”, proclaman,
“De estar exaltado en los cielos así”.
“Es digno el Cordero”, decimos nosotros,
Pues Él por nosotros Su vida dio aquí”.
A Ti que eres digno, se den en los cielos,
Poderes divinos y gloria y honor;
Y más bendiciones que darte podemos,
Por siempre a Tu trono se eleven, Señor.
Que todos los seres que pueblan las nubes,
La tierra, y el aire, y el fuego, y el mar,
Unidos proclamen Tus glorias eternas,
Y dente alabanzas, Señor, sin cesar".
El Nombre del Señor Jesucristo contiene toda la inigualable dignidad y nobleza de Su Persona y Su obra. Es imposible separar ese Nombre de todo lo que Él es y ha hecho.
del capítulo 4 de Congregados a Su Nombre, Norman Crawford, Libros Berea
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“El Lugar”
Algunos dicen que no necesitan reunirse como iglesia porque Dios está en todas partes, y se le puede adorar y rendir culto en cualquier lugar. Es cierto que Dios es omnipresente, pero también lo es que Él es soberano, y tiene derecho a decirnos cómo debemos acercarnos a Él. Lo hace en Su Palabra, la Biblia, y en ella no se dice que cualquier lugar está bien. ¿Qué dice la Escritura?
Tras sacar a Israel de Egipto como pueblo Suyo, les enseñó a no imitar a las naciones y dio las siguientes instrucciones:
“No haréis así a Jehová vuestro Dios, sino que el lugar que Jehová vuestro Dios escogiere de entre todas vuestras tribus, para poner allí su nombre para su habitación, ése buscaréis, y allá iréis. Y allí llevaréis vuestros holocaustos, vuestros sacrificios, vuestros diezmos, y la ofrenda elevada de vuestras manos, vuestros votos, vuestras ofrendas voluntarias, y las primicias de vuestras vacas y de vuestras ovejas; y comeréis allí delante de Jehová vuestro Dios, y os alegraréis, vosotros y vuestras familias, en toda obra de vuestras manos en la cual Jehová tu Dios te hubiere bendecido. No haréis como todo lo que hacemos nosotros aquí ahora, cada uno lo que bien le parece” (Dt. 12.4-8).
Observa cómo se repite para hacer hincapié: “El lugar… allí… allá… allí… allí”. ¿Quién decide el lugar? No los hombres, sino Dios. No en cualquier lugar del campo, la playa o la ciudad. No sirve cualquier lugar, porque Dios indicó que escogería dónde y pondría allí Su Nombre. En ese lugar había que presentar las ofrendas y rendir culto a Dios. No estaba permitido que cada uno hiciera lo que le pareciera. En Deuteronomio 10.21, se dirigió a Israel y declaró: “Él es el objeto de tu alabanza, y él es tu Dios”.
El lugar escogido por Dios se menciona otras veces en Deuteronomio 15.20 y 16.2, 5-7, 11, 15-16. “… En el lugar que Jehová escogiere” (Dt. 15.20). “Y sacrificarás la pascua a Jehová tu Dios… en el lugar que Jehová escogiere para que habite allí su nombre” (Dt. 16.2). No se podía celebrar la Pascua en cualquier lugar, por conveniencia o a gusto del pueblo.
Era necesario celebrar la Pascua donde, cuando y como Dios mandó. Solo podían faltar quienes no estuvieran limpios o quienes estuvieran de viaje. Todos los demás debían estar presentes. “Mas el que estuviere limpio, y no estuviere de viaje, si dejare de celebrar la pascua, la tal persona será cortada de entre su pueblo; por cuanto no ofreció a su tiempo la ofrenda de Jehová, el tal hombre llevará su pecado” (Nm. 9.13).
continuará, d.v., en el siguiente número
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CONDENADO
y esperando la muerte
Cuentan que, en tiempos pasados, un príncipe viajó a Francia y visitó la prisión de Toulón, donde estaban recluidos los criminales condenados a muerte. El comandante del centro penitenciario, en un gesto de cortesía hacia el príncipe, le permitió liberar a uno de los presos, a su elección. Al príncipe le encantó la idea y, deseando aprovechar este privilegio de la mejor manera, entrevistó a los presos uno por uno para conocer la razón de su condena.
Uno le dijo: “Me han acusado falsamente”. Otro se quejó diciendo: “Fue un juicio injusto y los testigos tenían prejuicios contra mí”. Otro alegó que las leyes eran injustas e irrazonables. Otro afirmó ser víctima de la corrupción del sistema judicial. En definitiva, todos se declaraban inocentes y afirmaban haber sido maltratados y oprimidos. Finalmente, el príncipe entrevistó a uno que, cuando le hizo la misma pregunta que a los demás, respondió así: “Alteza, no tengo ninguna razón para quejarme. Soy culpable. He sido muy malo y rebelde, y soy un miserable infeliz. Reconozco que es una gran misericordia el hecho de que todavía esté vivo”.
El príncipe fijó su mirada en él y le dijo: “¡Oh hombre miserable y malo! Qué lástima que te hayan puesto aquí entre tantos hombres buenos y honestos. Por tu propia confesión eres tan malo que podrías corromper a todos ellos, pero no lo permitiré. No te quedarás aquí ni un día más”. Y dando la vuelta para hablar con el funcionario, añadió: “Este es el hombre al que quiero librar”.
¡Cuánto remordimiento de conciencia afligía a los demás cuando vieron a su compañero salir libre mientras ellos se quedaban para enfrentarse a su sentencia de muerte! ¡No se puede describir con palabras! Cualquiera de ellos podría haber salido libre si hubiese confesado su crimen y culpa.
Pero el remordimiento que le esperará a cada lector de estas líneas si rehúsa confesar su ruina, culpa y justa condenación espiritual delante de Dios, el Juez de todos, y no recibe el perdón que solo se ofrece a quienes se arrepientan de sus pecados y confíen en el Señor Jesucristo, será infinitamente mayor. Dios ya conoce sus pecados y culpas, y si los niega, solo aumentará su condena. Así que, no diga que es bueno ni que no es como los demás, porque Dios dice lo siguiente:
“No hay justo, ni aun uno: no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:10-12).
“Estando atestados de toda injusticia...” (Romanos 1.29).
“Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3.23).
Todo ser humano es pecador. Nadie se salva por méritos propios. Solo los pecadores que se arrepienten y confían en el Señor Jesucristo reciben el perdón de Dios y entran en el Cielo. El Señor Jesucristo declara:
“Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (S. Lucas 5.31-32).
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (S. Lucas 19.10).
Y el apóstol Pablo declaró:
“Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1.15).
Si se reconoce como pecador culpable y condenado ante Dios, amigo lector, arrepíentase y confíe en el Señor Jesucristo, que murió en la cruz en su lugar, pagando por sus pecados. Recibirá de Él el perdón y la vida eterna. Él que murió por usted también resucitó y vive para salvar a todos los que confían en Él.



