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sábado, 30 de septiembre de 2023

En Esto Pensad -- octubre 2023

La Seguridad Del Creyente
En Romanos 8

William MacDonald


Ningún lugar en la Biblia enseña más claramente la seguridad del creyente que el capítulo 8 de Romanos. Pablo amontona verdad sobre verdad para demostrar que nadie ni ninguna cosa puede robar a un cristiano de su destino eterno con Cristo en el cielo.
    En los versículos 29 y 30, el apóstol delinea cinco pasos en el gran programa de Dios para nosotros, de la eternidad a la eternidad.

“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Ro. 8.29-30).

    Él antes nos conoció. En la opinión del autor, esto significa más que saber de antemano, en la eternidad pasada, quiénes escogerían a Cristo como su Salvador.
1 En otro pasaje leemos que Dios también conoció antes a Israel (Ro. 11.2). Esto parece significar que Él escogió la nación de Israel para ser Su pueblo terrenal.2 Ciertamente no significa que el pueblo de Israel le escogió a Él, pues su historia demuestra que no lo hizo. Todo fue por la gracia. Sin embargo, el preconocimiento de Dios no absuelve al hombre de su responsabilidad.3
    Él nos predestinó. La meta divina era que todos los que Él conoció –los creyentes– llegasen a ser como Su Hijo, moral, espiritual y físicamente, en cuerpos glorificados.
4 Todos los que creen en el Señor Jesús son hijos de Dios. Pero Él solo tiene a un Hijo único. Y el Padre ha determinado que el Señor Jesús ocupará el lugar de más alto honor (el primogénito) entre Sus otros hijos e hijas.
    Él nos llamó. Su conocimiento de antemano y predestinación de los creyentes, estaban antes de la fundación del mundo. Su llamado tomó lugar en el tiempo. En un sentido real, Él llama a todo aquél que escucha la predicación del evangelio (Ap. 22.17). Pero aquí el apóstol está pensando en el llamado de aquellos que responden al evangelio y se convierten.
    Él nos justificó. Cuando nos arrepentimos y creemos, Dios nos declara justos. Él nos absuelve de todo acusación en nuestra contra. Es más que ser declarado no culpable. Él realmente imputa, o pone la justicia a nuestra cuenta. Estamos delante de Él, vestidos de Su propia justicia.
    No es un veredicto condicional que dependa de nuestro comportamiento. Es la declaración de una vez por todas que el pecador que cree ha sido totalmente absuelto. El sacrificio de Cristo expió todos sus pecados, desde su nacimiento hasta su muerte, de modo que Dios el Juez no halla un solo pecado por el cual castigarle con la muerte segunda.
    Él nos glorificó. ¡Éste es el punto de énfasis en los cinco pasos del argumento! El Espíritu Santo se atreve a poner el verbo en el tiempo pasado—Él nos glorificó—aunque nuestras imperfecciones presentes nos recuerdan con viveza que todavía no hemos llegado al estado glorificado. El punto es que si una persona ha sido justificada, su glorificación está tan segura como si ya la tuviera.
    Pero Pablo no ha terminado. El resto del capítulo hace hincapié en la posición inalterable de la persona que está en Cristo. Explora el universo en busca de cualquier cosa que podría separar al creyente del amor de Dios, pero no halla absolutamente nada.
    
“¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8.31-39).

    Ahora el apóstol presenta cinco argumentos para demostrar que nadie está más eternamente seguro que la persona que ha confiado en Cristo como su Salvador.
    Dios es por nosotros. Puesto que Dios está en nuestro lado, nuestros adversarios son adversarios de Dios. Nada puede ser más inútil que luchar contra Dios. A largo plazo ningún ataque contra nosotros puede tener éxito.
    Lo mayor incluye lo menor. Dios ya ha hecho el sacrificio más grande, cuando envió a Su Hijo a este mundo. Y Él ya ha dado la dádiva más grande, al entregar a Su Hijo por nosotros. Entonces, sigue que con Él también nos dará todas las cosas. Y “todas las cosas” incluyen el don de salvación perfecta, completa y eterna. Puesto que es un don gratuito, es incondicional, esto es, no tiene condiciones. Todo depende de la generosidad del Dador, no del mérito del receptor.
    Nadie nos puede acusar. La idea es que nadie lo podrá hacer justamente o con éxito. El diablo nos acusa día y noche (Ap. 12.10). Pero ¿qué más da, ya que la justicia de Dios ha sido puesto a nuestra cuenta?

    “Aunque el acusador ruja de males que he hecho,
    Los conozco bien, y miles más, pero Dios no halla ninguno”.
                                    
Samuel W. Gandy

    Nadie puede condenarnos. La razón es, que Cristo ha muerto para llevar nuestra condenación en la cruz. Él ha resucitado, y esto demuestra que Dios está plenamente satisfecho con Su obra terminada a favor nuestro. Él está a la diestra de Dios como nuestro Sumo Sacerdote y Abogado. Intercede por nosotros, asegurándonos de Su poder para guardarnos seguros.
    No hay condenación para los que están en Cristo Jesús. Su deuda ha sido pagada, y Dios, siendo justo, no la requerirá dos veces.

    “Tú mi libertad procuraste,
    Y en mi lugar toda ira divina sufriste,
    La paga dos veces Dios no demandará,
    Primeramente a mano de mi Sustituto,
    Y otra vez de mí”.
                                    
Augustus M. Toplady

    “¡No hay condenación, ni infierno para mí!
    ¡El tormento y el fuego mis ojos jamás verán!
    Para mí no hay sentencia, ni de muerte el aguijón,
    Porque Cristo el Señor me salvó y bajo Sus alas me guardará”.
                                    
Paul Gerhardt

    Nada nos puede separar. En una gran declaración profunda, Pablo busca en el tiempo y el espacio cualquier cosa que pueda separar al creyente del amor de Dios que es en Cristo Jesús. La búsqueda queda sin fruto.
    Nota la expresión: “ni ninguna otra cosa creada”. Algunos argumentan que aunque nadie más puede separar al creyente de Dios, él puede separarse a sí mismo. Éste no es un modo digno de tratar las Escrituras. Seamos sensatos y reconozcamos que el creyente mismo está incluido en la frase: “ni ninguna otra cosa creada”. El Espíritu Santo insiste que nada ni nadie, incluso el creyente mismo, puede separarle del amor de Dios.
    ¿Qué más necesidad tenemos de argumentos? ¿Qué más necesidad de testigos? ¡Nos basta la Palabra de Dios!

Notas:

1 Pese a su opinión, hay gran diferencia entre preconocer y determinar. ed.

2 La elección de Israel no fue para salvación individual, sino para ocupar un lugar especial en el cumplimiento de los propósitos de Dios. Muchos de los elegidos en Israel no fueron israelitas verdaderos (Ro. 9.6), pues no gozaron de una relación viva con Dios. La elección de Israel se basó en el linaje físico: los hijos de Abraham, Isaac, Jacob y sus doce hijos.
  En cambio, la elección del creyente se basa en el nuevo nacimiento. Tenemos vida eterna y no pereceremos jamás (Jn. 3.16). Pero nadie es escogido para ser salvo. Dios escoge salvar y perfeccionar a los que creen. Él sabe de antemano, pero no determina quiénes son. El determinismo es una filosofía, no una doctrina bíblica. ed.

3 Como en cualquier relación de amor humano (El amor inmutable de Dios es el tema concluyente de Romanos 8), si un hombre ama y escoge a una mujer para ser su esposa, ¿concluimos entonces que ella no tiene voz ni voto en el asunto? Al contrario, ella también tiene que escoger amarle, y el Nuevo Testamento está lleno de semejantes llamados a “venir”, “recibir”, “creer”, “confiar”, etc. ed.

4 Como hemos notado, la predestinación no tiene que ver tanto con dónde estarán los que reciben a Cristo (cielo o infierno), sino con qué serán por la gracia de Dios (ver también Jn. 1.11-12). Nadie es predistinado a ser salvo. ed.

capítulo 4 de Una Vez En Cristo, Para Siempre En Él, Libros Berea

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¿Cuán Importante Es El Señorío De Cristo?

¿Puede una persona recibir a Jesucristo como su Salvador, pero no como su Señor? Temprano en mi ministerio, tras escudriñar las Escrituras, llegué a la firme convicción de que el gobierno soberano de Cristo y Su gracia salvadora van juntos. “A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (Hch. 5.31).  Notemos el orden. Su posición como Príncipe precede Su poder para perdonar.
    Previamente yo me hubiera opuesto a semejante declaración. Pero la honestidad intelectual demandó que estudiara el tema. Así comenzó mi estudio del Nuevo Testamento para comprender bien esta verdad. Puesto a observar “qué dice la Escritura”, hallé que Jesucristo es mencionado 16 veces como Salvador, ¡pero es llamado Señor más de 470 veces! Relucen ciertos textos muy conocidos y usados, como por ejemplo, Hechos 16.31, “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”. El señorío de Cristo no es algo opcional para considerar después de ser salvo. Al contrario, es parte del evangelio, de modo que está entretejido en la salvación,  y además, es un propósito de Dios en ella.
    Ciertas conclusiones son inevitables. La enseñanza popular del señorío opcional, no solo deshonra a Cristo, sino trastorna el evangelio, y es una doctrina nociva. En muchos casos produce “convertidos” que son p
aridos muertos, como abortivos. Son personas que luchan con una falsa noción de la salvación. Creen que van al cielo, pero nunca han reconocido a Cristo como Señor (Col. 2.6). De ahí viene su inhabilidad de vivir la vida cristiana. Pero los mismos que predican esa doctrina les aseguran que su problema es que son “cristianos carnales” que deben consagrarse más. Lo cierto es, que el que rechaza el señorío no va al cielo.


Elmer H. Murdoch, traducido del prefacio de The New Sovereignty (“La Nueva Soberanía”), por Reginald Wallis, Loizeaux Publishers, Neptune, NJ. EE.UU.

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  Jesucristo Omnisciente: 

Dios Manifiesto En Carne

R. E. Harlow

Nota del editor:  Hay quienes enseñan que cuando el Hijo de Dios se encarnó, dejó en el cielo Sus atributos divinos y no los utilizó. Este error es contestado aquí por el hermano Harlow.


1. OMNISCIENCIA
    Dios es omnisciente, esto es, todo lo sabe. Esta doctrina se basa  indudablemente sobre las Escrituras, como podemos ver a continuación.

Los Pensamientos:
1.  Dios sabía que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Génesis 6.5.
2.   Sabía la integridad del corazón de Abimelec. Génesis 20.6.
3. Conocía los pensamientos del pueblo de Israel, lo que se proponían de antemano. Deuteronomio 31.21.
4.  Sabía lo que había en el corazón de Eliab, porque Dios mira el corazón. 1 Samuel 16.7.
5.  Escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos. 1 Crónicas 28.9.
6.  Ve y sabe los secretos del corazón, Salmo 44.21.
7.  Entiende desde lejos nuestros pensamientos. Salmo 139.2.
8. Entiende las cosas que surgen a nuestro espíritu, todas ellas. Ezequiel 11.5.
9. Conoce los corazones de todos los hombres. Lucas 16.15; Hechos 1.24; 15.8.
10.  Conoce los pensamientos de los sabios. 1 Corintios 3.20.
11.  Conoce a los que le aman de corazón. 1 Corintios 8.3.

El Futuro:
1.   Dios anuncia cosas nuevas y las hace notorias antes de que acontezcan. Isaías 42.9.
2.   Anuncia lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho. Isaías 46.10; 48.5
3.   Conoce las oraciones de los creyentes antes de que ellos oren. Isaías 65.24.
4.   Conocía a Su siervo escogido antes de que naciera. Jeremías 1.5.
5.   Reveló a Nabucodonosor lo que sucederá en los postreros días. Daniel 2.28.
6.   El Padre sabe el día y la hora del retorno de Cristo. Mateo 24.36.
7.   Conoce Sus obras desde el principio del mundo. Hechos 15.18.

Todas Las Cosas:
1.    Todas las cosas están desnudas y abiertas ante Él. Hebreos 4.13.
2.   Dios sabe todas las cosas. 1 Juan 3.20.

JESUCRISTO
    La mayoría de lo dicho en esas listas es igualmente verdad en cuanto a Dios el Hijo, y un lenguaje similar es empleado acerca de Jesucristo después de Su encarnación.

Los Pensamientos:
1.    Jesucristo sabía los pensamientos de los escribas. Mateo 9.4; Marcos 2.8; los de los fariseos. Mateo 12.25 y los de ambos grupos. Lucas 5.22; 6.8.
2.   Él percibió los pensamientos de los corazones—el orgullo de los discípulos. Lucas 9.47.
3.   Conoció la integridad del corazón de Natanael. Juan 1.47.
4.   Sabía el pasado de la vida de la mujer de Samaria. Juan 4.16-18.
5.   Conocía la carencia del amor de Dios en los judíos de Jerusalén. Juan 5.42.
6.   Conocía [y todavía conoce] a Sus ovejas. Juan 10.14, 27.
7.   Es quien escudriña los corazones de los creyentes. Apocalipsis 2.23.

El Futuro:
1.   Cristo dijo a Pedro, Jacobo, Juan y Andrés muchas cosas antes de que pasaran. Mateo 24.25.
2.   Sabía que Judas le iba a traicionar. Mateo 26.46; Juan 13.11.
3.   Sabía que Pedro le iba a negar, Marcos 14.27, 30; y los detalles acerca de lo que iba a suceder pronto. Lucas 22.10; Juan 18.4.
4.   Sabía desde el principio quiénes eran los que no creían. Juan 6.64.
5.   Sabía que había salido de Dios, y a Dios iba. Juan 13.3.

Todas Las Cosas:
1.   Jesús sabía lo que había en el hombre, conocía a todos. Juan 2.24-25.
2.   Sus discípulos estaban seguros que Él sabía todas las cosas. Juan 16.30.
3.   Pedro también estaba seguro de esto, después de la resurrección. Juan 21.17.

    La doctrina de la omnisciencia no quiere decir que Dios esté siempre consciente de todos los pensamientos viles y sucios de todas los hombres y las mujeres rebeldes de todas las épocas, pasado, presente y futuro. Por supuesto que podría, pero ¿lo quiere hacer? El profeta sabía por el Espíritu que Dios es muy limpio de ojos para ver el mal, y no puede ver el agravio, Habacuc 1.13. Dios no puede tolerar la maldad, no la puede mirar con ecuanimidad. Jesucristo no conoció pecado, eso es, por experiencia propia.
    Podemos pensar en la omnisciencia como la habilidad que Dios tiene de saber todo, pasado, presente y futuro, incluso los íntimos pensamientos de los hombres. Nada puede ser ocultado de Él. Esto hace paralelo con la omnipotencia de Dios, que no significa que a todos haga todo, sino que Él puede hacer todo, si quiere. El patriarca Job aprendió esto: “Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti” (Job 42.2).

del libro: Las Teorías de Kenosis, Publicaciones Cotidianas, Canadá

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La Preocupación Con Uno Mismo


Satanás retó a Jesucristo a hacer un espectáculo al llevarlo al pináculo del templo y decirle: “Si eres Hijo de Dios, ÉCHATE DE AQUÍ ABAJO” (Lc. 4.9). ¿Qué hombre no estaría tentado a buscar la admiración y el aplauso? Los medio hermanos de Jesucristo vivían antes del Facebook, Snapchat y Twitter, pero incluso ellos no podían imaginarse a una persona que no hablara de sí misma y que no compartiera cada detalle de su vida, especialmente si podía hacer milagros. Ellos dijeron: “MANIFIÉSTATE AL MUNDO” (Jn. 7.4). ¡Haz que todo el mundo se fije en ti y hable de ti! Pero esa no era la manera de pensar de Cristo. Incluso en los horribles sufrimientos de la cruz, “ni aun Cristo se agradó a sí mismo” (Ro. 15.3). En cambio, Él sólo buscaba “los intereses de los demás” (Fil. 2.4 NBLA). Teniendo en mente el estándar de Cristo, Pablo nos advierte: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria” (Fil. 2.3).

                          Juan Dennison, Devoción a Diario, lectura 23 mayo, Publicaciones Pescadores

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La Palabra Profética  Es Para Nosotros


Al comenzar la dispensación de la gracia, la edad de la Iglesia, los apóstoles de Cristo señalaron repetidas veces la importancia de la palabra profética, pues todo lo profetizado se cumplirá. En la epístola a los Romanos, Pablo comenzó hablando del “evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras” (Ro. 1.1-2). El escritor de la epístola a los Hebreos abre con estas palabras: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (He. 1.1-2). El Hijo de Dios ha cumplido y cumplirá la palabra profética. Al final del libro de Apocalipsis el ángel dijo al apóstol Juan: “El testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía” (Ap. 19.10).
    Pablo afirmaba el valor del Antiguo Testamento para los cristianos. No es solo la historia de Israel. Los mensajes de los profetas no son solo para esa nación. “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Ro. 15.4). “Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros” (1 Co. 10.6). “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Co. 10.11). El que descuida la lectura y el estudio del Antiguo Testamento lo hace en daño y perjuicio suyo.
    En su primera epístola, Pedro señala que los profetas, sin saberlo, profetizaron para nosotros. Hablaron a los de su nación y generación, es cierto, pero además, se dirigen a nosotros:

“Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos. A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles” (1 P. 1.10-12).

     En su segunda epístola, Pedro asegura que es mejor tener la Palabra de Dios que repetir su experiencia en el monte de la Transfiguración. “La palabra profética” alude en primer lugar al Antiguo Testamento, pero es aplicable a toda la Biblia, pues los escritores inspirados eran portavoces de Dios. Es la lámpara y lumbrera que nos guía en este mundo de tinieblas (Sal. 119.105). Hacemos bien en prestar atención a ella.

 “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P. 1.19-21).

    Establecida la Iglesia, y completado el Nuevo Testamento – palabra de Cristo y de los apóstoles enviados por Él e inspirados por el Espíritu Santo – no hay más mensajes de Dios. Dios ha hablado por el Hijo. No hay nuevos profetas o apóstoles verdaderos, ni más revelaciones. Tenemos toda la Palabra de Dios, las Escrituras, y está prohibido añadir o quitar de este Libro Divino. Hay muchos falsos profetas (y apostoles) en el mundo (1 Jn. 4.1), pero tenemos en nuestras manos las Sagradas Escrituras, la completa provisión para toda buena obra (2 Ti. 3.17). Nuestro deber es tener “memoria de las palabras que antes han sido dichas por los santos profetas, y del mandamiento del Señor y Salvador dado por vuestros apóstoles” (2 P. 3.2). Pongamos atención diligente, con fe, y seamos fieles hasta el fin. “Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos” (He. 2.1).

del libro Los Profetas Escritores, por Carlos Tomás Knott, Libros Berea

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 ¿Realmente Eres Un Cristiano?


Pregunto, porque hay personas que creen que son cristianas cuando realmente no es así. Están confundidas o engañadas. Por ejemplo, si digo: “Soy un médico”, ¿eso me hace médico?  Y si digo: “Creo que soy médico, o me siento médico”, ¿por eso lo soy? Tal vez digo: “Mi familia (o amigos) me dice que soy médico”, entonces, ¿es así porque lo dicen otros? ¿Y qué pasa si tengo una enciclopedia médica en casa y la leo de vez en cuando? ¿Entonces soy médico?
    Todos sabemos que la respuesta es “no” a cada una de esas preguntas. Pero muchos se equivocan de manera similar en cuanto al cristianismo. Si dices: “Soy cristiano”, eso no te hace uno. Si dices: “Creo que soy cristiano”, o “me siento cristiano”, tampoco es cierto. Si tu familia o amigos, o aun un pastor te dice: “eres cristiano”, nada cambia, pues no por eso eres cristiano. Si tienes una Biblia en casa y la lees de vez en cuando, eso tampoco te hace cristiano. Ni lo eres si te reúnes con cristianos y los imitas. Algunos piensan que son cristianos porque han nacido de padres creyentes, y que desde la niñez siempre han asistido a reuniones de iglesia. Otros, porque se han bautizado o tenido una experiencia emocionante. Otros porque han hecho una oración. Pero nadie es cristiano por esas cosas. La verdadera conversión no es así. Hay que entender mejor qué es ser cristiano, y cómo estar seguro.
     Para ayudarnos a pensar con más claridad en este tema tan importante, un siervo de Dios, O. Jean Gibson (1921-2006), escribió lo siguiente:

“La fe es nuestra responsabilidad. No es un don de Dios. Es creer a Dios, creer lo que Él dice, confiar en Él; es la condición que Él pone para la salvación. ¿Cómo viene a ser eficaz esa fe? Requiere más que decir ciertas palabras en  una oración, confesar tus pecados, pedir perdón, levantar la mano, ponerse de pie, pasar al frente de una congregación, o estar intelectualmente de acuerdo con ciertos datos bíblicos. Tampoco es una emoción. Involucra la mente, la voluntad y las emociones (todo nuestro ser), en un hecho decisivo y sincero que cambia la vida. Es una entrada personal y transformadora a la vida nueva con el Señor Jesucristo. Considera los aspectos que las Escrituras indican:

· Oyes el mensaje del evangelio (Ro. 10.14; Ef. 1.13) y crees que es verdad.

· Entiendes y estás convencido que Jesucristo pagó por tus pecados en Su muerte en la cruz, resucitó de los muertos y hoy vive y te llama a sí mismo (1 Co. 15.1-4).

· Abandonas toda esperanza en tu propia bondad –ya que es ficticia– y cualquier esperanza en una iglesia, los sacramentos, los diez mandamientos u otras cosas para darte favor con Dios (Ro. 4:.4-5; Gá. 2.16). De este modo no estarás bajo maldición por intentar hacerte aceptable delante de Dios por tus esfuerzos (Gá. 3:10). Solo Cristo puede limpiarte. La salvación es el favor inmerecido y divino a los pecadores (Ef. 2.8-9). No somos dignos de ser aceptados por Dios ni podemos merecer Su salvación.

· Entras por la Puerta de la vida eterna, que es Cristo mismo (Jn. 10.9), y no esperas en la iglesia, los rituales ni en buenas obras para abrirte el camino.

· Reconoces a Jesucristo como tu Señor y Salvador. Cierto es que no sabes todo lo que esto significará en el futuro, pero por fe lo haces sin reservas, porque confías en Él. En el futuro todos tendrán que doblar la rodilla ante Él, incluso los perdidos y condenados (Fil. 2.10-11). Pero tú, ahora, por la fe estás preparado para confesar que Jesucristo es el Señor (Ro. 10.9). Irás aprendiendo a lo largo de la vida lo que significa Su señorío, pero estás dispuesto.

· Naces de nuevo, y al instante el Espíritu Santo entra en tu vida (Jn. 3.6-7). El Espíritu es quien te capacita para vivir una vida cambiada, diferente, por el poder de Dios. Vienes a ser nueva criatura. Las cosas viejas pasan (2 Co. 5.17). Has pasado de muerte a vida (Jn. 5.24), de las tinieblas a la luz (1 P. 2.9; Col. 1.13). No eres perfecto en la vida en este mundo, pero inmediatamente comienzas a vivir una vida nueva que irá cambiando y madurando en la medida que permitas a Cristo controlar tu vida y moldear tu carácter.

· Reconoces que Cristo te ha salvado con el propósito de vivir una vida que le sigue en la tierra. Él no te da un “vale” para entrar en el cielo, dejándote libre para vivir como te place ahora, sino que te ha salvado de la vieja manera de vivir. Ahora Jesucristo, no tú, es el Señor. Él es tu nuevo Amo (1 Co. 6.19-20)”.

O. Jean Gibson, “Soy Cristiano”. ¿Verdad o Falso?, Libros Berea

 

jueves, 31 de agosto de 2023

EN ESTO PENSAD - septiembre 2023

Por Gracia Por Medio De La Fe

William MacDonald

Cuando pienso en la seguridad eterna del creyente, uno de los primeros pasajes que viene a mi mente es Efesios 2.8-10. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.
    La salvación es por gracia. Esto significa que nadie la merece. Es el inmerecido favor de Dios a aquellos que solo merecen el castigo eterno. Es todo a cambio de nada, para uno que no merece nada. Es un don que, una vez dado, nunca será quitado (Ro. 11.29). El don es incondicional. Si añademos condiciones, todo cambia. Viene a ser una deuda, no gracia, y todavía Dios no está endeudado con nadie (Ro. 11.35). La gracia que tiene condiciones no es gracia. La única forma de que una persona pueda estar segura de su salvación es que sea por gracia (Ro. 4.16).
    En Efesios 2.8-9, Pablo recuerda a los efesios que fue por gracia que habían sido salvados. Cuando por medio de la fe recibieron a Jesucristo como Señor y Salvador, fueron salvados, y todavía lo eran. No había cláusulas condicionales en letra menuda. Era un suceso espiritual, puntual, con resultados permanentes. Ningún requisito legal había sido impuesto con amenaza de posible condenación eterna. No viene la palabra “si” después de la palabra “salvos”; su ausencia es notable.
    Dios da la salvación como un don gratuito, pero el pecador tiene que recibirlo. Es aquí que entra la fe. La fe es confianza implícita en la Palabra de Dios. El Señor no coacciona a nadie. No llevará al cielo a nadie que no quiera estar allí. Para ser salvo, cada uno debe recibir a Jesucristo por un acto deliberado de fe. La fe no tiene mérito, y por eso no deja lugar para jactancias. No es la cantidad de fe lo que importa, sino el objeto de la fe.
    Cuando Pablo agrega: “y esto no de vosotros”, no es extraño que algunas personas piensen que habla de la fe. Entonces, sacan la conclusión de que Dios da fe a algunas personas, pero a otras no. Pero es una conclusión extraña. El antecedente de “y esto no de vosotros” es la salvación “por gracia por medio de la fe”. Lo que Pablo está diciendo aquí es que no hay nada de mérito que nadie pueda hacer para ser salvo, ni para contribuir a su salvación. Todo el mérito está en Cristo; no hay nada en el creyente.
    Como hemos visto, la salvación es un don gratuito de Dios. Cuando Él da la promesa incondicional de vida eterna, nadie puede añadir luego restricciones para condicionar o anular aquella promesa. Cuando Él da un regalo, ninguna ley puede venir después para quitarlo.
    La salvación no es por obras, “para que nadie se gloríe”. No hay nada de mérito que nadie pueda hacer para obtenerla. De otro modo, el cielo se poblaría de los que se jactan de sus obras y méritos. La salvación es obra del Señor, de principio a fin. El hombre solamente es el receptor afortunado. Es, y siempre será, “solo un pecador salvado por la gracia”. La gracia y las obras son mutuamente exclusivas (Ro. 11.6).
    El versículo 10 de Efesios 2 enfatiza que las obras no son el medio de salvación, sino el resultado de ella. No son la raíz sino el fruto. No somos salvados por obras, sino para obras. Éste es el propósito de nuestra creación en Cristo Jesús. Antes de ser salvos, Dios preparó buenas obras para que las hiciéramos en nuestras vidas como creyentes.
    A lo largo de los siglos, millones de personas han hallado descanso, basando su bienestar eterno en la verdad de Dios en estos versículos en Efesios 2. Ninguna de ellas ha sido avergonzada ni ha faltado de llegar al cielo al final. Con gratitud podemos cantar el himno compuesto por James Gray: “Solo Por Gracia Salvo Soy”.

“¡Qué maravilla! Perdón recibí,
Cristo por gracia salvóme a mí.
Mis culpas todas Él las llevó,
Y solo por gracia salvo soy.

Solo por gracia salvo soy.
Solo por gracia salvo soy.
Esta es mi historia,
De Dios es la gloria
Que solo por gracia salvo soy”.

                                                James M. Gray (1851-1935)

capítulo 3 de Una Vez En Cristo, Para Siempre En Él,  Libros Berea

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EL DUEÑO DEL EVANGELIO

“Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios” (Ro. 1.1)

Notemos bien la expresión: “el evangelio de Dios”, pues el primer verso de la epístola le identifica como el dueño del evangelio. Dios origina. envía  y define el evangelio. Ningún hombre ni grupo de hombres, ni iglesia, ni concilio, ni congreso de evangelistas, ni escuela tiene derecho a definir o modificar el evangelio. Somos mayordomos, administradores, pero no dueños, y esto debe afectar nuestra actitud y conducta. Por eso Pablo declara en 1 Tesalonicenses 2.4, “…según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones”. Esto descarta categóricamente las palabras lisonjeras, la avaricia y la búsqueda de gloria de los hombres (1 Ts. 2.5-6). Ser un siervo de Dios requiere un amor a Cristo, una vida de comunión con Él, una disposición a trabajar incansablemente y sufrir penalidades, con afecto sincero hacía las almas perdidas. Además, es necesario que sea santo, justo e irreprensible en carácter y conducta (1 Ts. 2.8-10). El llamamiento y la aprobación vienen solo del Señor, pues si buscamos el favor de los hombres, o les agradamos, no seremos siervos de Cristo (Gá. 1.10).

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Hablaron Desde El Infierno  (parte 4)

Sr. Dives Rico:  Lucas 16.19-31



viene del número anterior

Sentí que no tenía deseos de continuar la entrevista, pero me pareció que era importante probar al fondo su experiencia lo más posible.
—Señor, usted mencionó que vio al mendigo Lázaro en el Paraíso. ¿Él le vio a usted y pudo conversar con él?
—No, no hubo nada que indicara que él me viera o pudiera conversar conmigo. También vi al padre Abraham y con él pude conversar. En ese caso, fue una comunicación audiovisual, pero no con Lázaro.
    —Señor Rico, ¿le molestaría relatar el tono de su conversación con el venerable Abraham?
    —Le pedí que mandara a Lázaro con alivio; solo una gota de agua para aliviar mi lengua. Usted ve, las llamas del hades son tanto internas como externas.
    —¿Y cuál fue la respuesta del patriarca? ¿Lo admitió?
    —No, no lo admitió —respondió—. Abraham explicó que hay un abismo imposible de pasar entre el Paraíso y el Hades. Además, me recordó del divino principio igualatorio. “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado”. 
    Una vez más, apareció esa mirada de desesperación sin límites en el rostro del señor Rico. Cuando lo miré por primera vez, me di cuenta plenamente de la magnitud de las cargas del pecado, no de la muerte del cuerpo, sino de la muerte consciente que no tiene punto final. Una conciencia donde no hay esperanza de un mañana mejor, ni meses ni años, sino un eterno ahora. Noche sin aurora, tormento sin alivio, terror sin paz, juicio sin apelación, ansia sin esperanza, lamento sin perspectiva de perdón. Para estas desdichadas almas, no hay cambio para bien. Habrá solo un cambio, pero que solo aumentará el tormento: cuando la muerte y el Hades entreguen a los muertos que están en ellos. Entonces estarán finalmente delante del Gran Trono Blanco para el juicio final, y su entrega al Lago de Fuego (el Infierno), con Satanás y sus ángeles.  
—¿Puedo hacerle una pregunta a usted, ahora? —dijo el señor Rico.
—Por cierto —repuse—. ¿Qué es?
—Si usted ha leído el registro divino de mi vida, muerte y condenación, probablemente recordará que pedí al padre Abraham que mandara a Lázaro de nuevo al mundo de los mortales para advertir a mis cinco hermanos, para que no vinieran también a este lugar de tormento.
—Sí, recuerdo haber leído esto. De paso, ¿qué ocurrió con sus hermanos? ¿Alguien les advirtió?
—Estaban advertidos por los escritos de Moisés y los profetas, pero eso no tuvo efecto —y al mirar alrededor de la expansión, al parecer sin límites, de las llamas, agregó tristemente—. Allí están con los demás.
—Usted pensaba hacer una pregunta —le recordé.
—Oh, sí, el padre Abraham me dijo que si la gente no hacía caso de las advertencias de Moisés y los profetas, no sería influida ni persuadida por el hecho de que alguien se levantara de los muertos.
“Ahora bien, aquí sabemos que Alguien sí se levantó de los muertos. Aquél que ustedes conocen como Jesucristo. En relación con ese hecho, quisiera hacer no una sino dos preguntas.
—Siga adelante y hágalas —lo alenté.
—La primera pregunta: ¿Usted cree que si mis cinco hermanos se hubieran encontrado y escuchado a Jesús después de que Él se levantó de los muertos, hubieran seguido Sus advertencias?
—Para decir la verdad, yo…
—Por favor —interrumpió el señor Rico—, déjeme hacer la otra pregunta porque están relacionadas.
“Muchos años han pasado desde que Aquel volvió de los muertos al mundo de los mortales. Quedé convencido de que, si alguien volvía a los hombres de entre los muertos, ellos se arrepentirían. ¿Estaba acertado en mi convicción? Temo que no, pero quisiera saber su opinión.
No contesté inmediatamente. Dudaba de desilusionarlo.
—Lo siento, señor —repuse—. Comparativamente pocos se han arrepentido y creído en Aquel que se levantó de los muertos. Parece que en mi tiempo, tal como cuando usted disfrutaba de existencia mortal, los hombres escogen los placeres del pecado que duran solo por una temporada, antes que la alegría eterna en la comunión con Dios.
El señor Rico sacudió tristemente su cabeza.
—¡Qué necios son! Siembran en la carne y cosecharán corrupción eterna. ¡Necios, ciegos, ciegos! ¡Esclavos del pecado y siervos de Satanás! Y su única perspectiva es la de abrir sus ojos en el infierno y encontrarse en el tormento.
Me miró con una extraña expresión. Por un momento, pensé que pudo haber sido una sonrisa. Entonces dijo:
—Y fíjese quién está diciendo que los demás son necios, cuando yo fui el más grande de todos. Tenía la ley y los profetas que me advertían. Sabía de la ira de Dios que es revelada contra todos los hombres pecadores y malos, contra aquellos que alejan de sí la verdad (Ro. 1.18). Sin embargo, aun sabiéndolo, vendí mi alma por los fugaces placeres del pecado. Endurecí mi corazón y cuello, y finalmente en aquel lejano cumpleaños, ¡de repente fui cortado, y entonces ya no hay remedio!
Yo no sabía qué decir. No tenía más preguntas que hacer. No me estaba permitido dar simpatía o intentar llevar un consuelo. Antes de que pudiera agradecer su colaboración, se volvió y se alejó. Y entonces oí su voz que se unía al coro del Hades: “¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde! ¡Es demasiado tarde!” (Pr. 29.1). Y desapareció entre las llamas.

del c. 1 de Hablaron Desde El Infierno, por C. Leslie Miller

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Las Cosas Movibles, y el Reino Inconmovible

“Aún una vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo. Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles. Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia;  porque nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12.26-29).

“Movible” (gr. saleuo) “se traduce agitar, temblar, primariamente de la acción de vientos tormentosos, olas, etc... lit: cosas que son sacudidas” (W. E. Vine). Lo movible es frágil, temporal, agitable, y tiende a desaparecer (1 Jn. 2.17). “Lo que el viento se llevó”. Es mejor invertir el tiempo y las fuerzas en lo inconmovible. Todo lo gastado en “mejorar al mundo” que Dios ha condenado. Aunque sean “cosas buenas”, como escuelas, todo es echado en saco roto. Esto incluye toda la política, las campañas electorales, los puestos en el gobierno y la sociedad,  los movimientos sociales e ideológicas, el gastar tiempo y dinero en establecer escuelas y programas para alimentar a los pobres, etc. – todas son cosas movibles, agitables, de poco peso, baja importancia y corta duración. Tal no es la herencia del creyente, pues tenemos parte en el reino inconmovible del Señor Jesucristo. Es triste cuando hermanos que deben saber mejor se involucran en esas cosas, queriendo ser alguien importante en este mundo. “... La tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir” (2 P. 3.10-11).
    No es cuestión de qué opina una persona u otra, sino: ¿Qué dice nuestro Señor? “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mt. 6.33). En otra ocasión mandó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios” (Lc. 9.60). Pablo, apóstol inspirado, escribió así: “Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Ti. 2.4).
Así que, el escritor de Hebreos concluye: “tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios, agradándole con temor y reverencia” (He. 12.28). 

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 A Sabiendas

El apóstol Pablo dijo: “Voy a Jerusalén, SIN SABER lo que allá me ha de acontecer” (Hch. 20.22). Pero “Jesús, SABIENDO todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó” (Jn. 18.4). ¿Qué es peor, saber o no saber? La incertidumbre produce ansiedad, pero saber que el más intenso dolor de la historia humana está por delante sería mucho peor. Tener una idea general de que habrá sufrimiento en el futuro sería malo, pero Jesús sabía “todas las cosas”. Ningún detalle de su dolor le iba a sorprender. Pablo había sabido por algunas décadas que sufriría, pero el Señor Jesús siempre lo supo. Pero más asombroso es que Pablo sabía que sufriría persecución por Cristo, pero el Salvador sabía que sufriría el castigo de los pecadores y aun así “se adelantó”. Eso no nos deja ninguna duda hoy de que “él nos amó primero” (1 Jn. 4.19).

Juan Dennison, Devoción a Diario, Publicaciones Pescadores, lectura para 1 de mayo.

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Lecciones de los Primeros Años de Samuel

 Lucas Batalla


Texto:
1 Samuel 1-6


Samuel era especial, pues vino al mundo como respuesta de oración de su madre, Ana, una mujer piadosa. Entre otras cosas que indican su piedad, tres veces en el capitulo 1 leemos de la adoración (vv. 3, 19, 28). También, cuando Elí interpretó mal su oración, ella no se enojó ni disputó con él, sino pacientemente explicaba su caso, y al final Elí le bendijo. Pero lo más importante es que “Jehová se acordó de ella” (1.19).
    En el segundo capítulo, Ana oró en acción de gracias y alabanza a Dios, cuando dejó a su hijo Samuel en el tabernáculo en cumplimiento de su voto. Su oración manifiesta su espiritualidad y conocimiento de las Escrituras. Presentó a su hijo en sacrificio vivo al Señor, pero más adelante Samuel mismo tendría que presentarse a Dios. Luego en el capítulo vemos el marcado contraste entre Ana y su hijo, y Elí y sus dos hijos malvados (vv. 12-17; 22-25, 29). Elí los reprendía verbalmente pero les permitía seguir ejerciendo el sacerdocio, y no les castigó como Dios había mandado (véase Dt. 21.18-21). Por eso vino la reprensión del varón de Dios (vv. 27-36). “Habéis hollado mis sacrificios y mis ofrendas... has honrado a tus hijos más que a mí” (v. 29). Así que, Elí y sus hijos habían despreciado a Dios (v. 30), e hicieron a los hombres menospreciar los sacrificios de Jehová (2.17). Dios castigó a la familia de Elí y honró a Samuel, y todavía es operativo este principio: “Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco” (2.30). La elección es nuestra, pero debemos recordar como dijo otro hermano: nuestras decisiones y hechos tienen consecuencias.
    El tercer capítulo se dedica a ciertos eventos del desarrollo del ministerio de Samuel. Primero, como joven le vemos ministrando en el tabernáculo (v. 1). Pasaba el tiempo, y el niño se había hecho joven o muchacho. Dice que la palabra de Dios escaseaba en esos días, y parece ser debido a los hijos de Elí y la condición del pueblo. Entonces, en el verso 4 comienza Jehová a llamar a Samuel y persistió hasta que Samuel se dispusiera a oír Su mensaje (vv. 4, 6, 8, 10). Es la siguiente fase en su desarrollo, cuando llegó a conocer personalmente a Dios y oír Su Palabra. El mensaje que Dios le dio (vv. 11-14) era el segundo mensaje para Elí (2.27-36), pero el primero para Samuel, y una gran prueba para el joven. Dios anunció el juicio de Elí y su casa, porque no estorbó a sus hijos. Esa negligencia culpable es común hoy en muchas casas, pues el mundo ha hecho creer que tenemos que dejar a los hijos hacer lo que les parece, y Dios protesta ese proceder. Como padre judío y además Sumo Sacerdote, Elí tenía que haber honrado a Dios, no a sus hijos, pero como hoy, los lazos emocionales y familiares hacen a muchos actuar con acepción de personas. Apreciamos el contraste: Ana sacrificó a su hijo para que sirviera a Dios, pero Elí no sacrificó (no castigó) a sus hijos malvados. Dios anunció a Samuel el juicio de la casa de Elí, y eso fue una prueba para el joven. Su primer mensaje no fue suave, sino duro y difícil. Pero fue fiel, declaró todo (3.18), y el resultado fue que Samuel creció espiritualmente y Dios hizo al pueblo conocerle como profeta (vv. 19-21). El primero verso del capítulo 4 realmente va con el capítulo 3 porque termina el comentario sobre la aprobación divina del ministerio de Samuel.
    El capítulo 4 relata el creciente conflicto con los filisteos, y la mala decisión de los israelitas. En lugar de orar, clamar a Dios y confiar en Él, el pueblo en su baja condición espiritual quiso usar al arca como un fetiche (4.2-6). Así que, el arca y los dos hijos de Elí llegaron al campo de batalla, sin saber que Dios preparaba Su juicio. Los versos 10-13 cuentan de la pérdida del arca y la muerte de los hijos de Elí. En los versos 14-22 vemos la muerte de Elí (v. 18), y la de su nuera al dar a luz al niño llamado “Icabod” (literalmente: “no gloria” o “sin gloria”, v. 21). Llegó el juicio que previamente había sido anunciado, y la nación se encontró sin el arca, el símbolo de la presencia de Dios. El profeta Ezequiel vio cuando la gloria abandonó al templo y Jerusalén (Ez. 10-11), quedando así la ciudad “sin gloria”. Y hoy, ¿no es cierto que sobre algunas iglesias habría que escribir “Icabod”, porque dejaron el primero amor y los caminos del Señor? Si no se congregan debidamente en Su Nombre, no cuentan con Su presencia (Mt. 18.20).
    El capítulo 5 se dedica a enseñar una lección muy importante – que Dios es muy capaz de defenderse a sí mismo. El Todopoderoso no necesita a nadie, y cierto es que no cuenta con los impíos de Su pueblo. Por los juicios de los ídolos (vv. 2-4), y las plagas sobre los filisteos (vv. 6-12), los filisteos acabaron temiendo a Dios más que los israelitas. Hay dos maneras de conocer a Dios. Una es creer a Su Palabra, y confiar en Él, y el otro es conocerle mediante Sus juicios. Pero por las buenas o por las malas, al final todos le conocerán, y no habrá más ateos.
    El capítulo 6 relata el retorno del arca a Israel (vv. 1-12), y la gozosa recepción de ella por los habitantes de Bet-semes (vv. 13-18). Un día salieron los hombres a trabajar en el campo, en la siega del trigo (v. 13), y vieron venir el arca. De manera similar, un día cuando estamos ocupados en nuestros trabajos, sin aviso previo aparecerá el Señor Jesucristo, y ¡qué gozo tendremos! Recibieron al arca con gozo, y ofrecieron holocaustos y sacrificios a Jehová (6.14-15).
    Pero después vino el juicio de Dios sobre los hombres de Bet-semes, “porque habían mirado dentro del arca de Jehová” (v. 19). En eso vemos que todavía al pueblo le faltaba el temor reverente, pues trataba al arca con familiaridad y curiosidad carnal, y Dios los hirió con gran mortandad, y el pueblo lloró. Preguntaron: “¿Quién podrá estar delante de Jehová, el Dios santo?” (v. 20). La respuesta está en los Salmos 15 y 24, “El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón” (Sal. 15.2). “El limpio de manos y puro de corazón” (Sal. 24.4).
    Así que, el arca fue trasladado de Bet-semes a Quiriat-jearim – “ciudad de bosque” (6.21-7.2), a la casa de un hombre llamado Abinadab, situada en el collado (7.1). En este pueblo, aproximadamente nueve kilómetros de Jerusalén, reposó el arca durante 20 años. Santificaron a su hijo Eleazar para guardarla, es decir, para asegurar la debida reverencia, recordando el castigo ocurrido en Bet-semes. Como en aquel entonces, también el temor y la reverencia faltan hoy entre muchos profesados cristianos, y algunos afirman que en la edad de gracia no hay que tener temor de Dios. Pero hermanos, la Palabra de Dios dice: “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia, porque nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12.28-29). La falta del temor de Dios es síntoma de ignorancia y mundanalidad.

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La Inmoralidad


Dijo un senador estadounidense, acerca de una ley del estado de Virginia: “Nadie debería pensar que puede ser procesado por esta práctica común. Muchos la consideran anticuada”. Continuó: “¡Es una ley estúpida! ¡Es una locura!” Se refería a una ley según la cual las relaciones sexuales prematrimoniales son ilegales, aun si son consensuales. Esta es la actitud de mucha gente hoy en día.
    Las posturas comunes son: “Es mi cuerpo, así que puedo hacer lo que quiera”; “Está bien si se aman; no hay necesidad de casarse”, “No hacemos daño a nadie”, etcétera. Pero ¿qué dice Dios?
    Las relaciones sexuales entre dos personas que no están casadas se llama fornicación, y Dios dice que es pecado. Dios manda que nos abstengamos de la fornicación (1 Tesalonicenses 4.3) y dice que ningún fornicario heredará el reino de Dios (Gálatas 5.19-21). También dice: “Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1 Corintios 6.18).
    En el Antiguo Testamento, la infidelidad en el matrimonio era un pecado severamente castigado por Dios. “Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos” (Levítico 20.10). El matrimonio es tan santo para Dios que divorciarse y volver a casarse implica cometer el pecado de adulterio, a menos que el divorcio haya sido por fornicación (Mateo 19.9). Dios dijo muy claramente: “No cometerás adulterio” (Éxodo 20.14).
  
 ¿Y qué de la pornografía? No tiene nada de malo mirar, ¿verdad? ¿Acaso no decimos “mire pero no toque”? Ante Dios eso también es pecado. Jesucristo declaró: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5.28). Este versículo enseña que podemos cometer un pecado sexual sin tener ningún contacto con otra persona. Eso incluye el sexting, revistas, sitios en Internet, videos, ciertos videojuegos, películas y cualquier medio por el cual codiciamos sexualmente a otra persona.
    En Levítico 20.11-19 se mencionan otros pecados sexuales, entre ellos el incesto y la homosexualidad. “Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre” (Levítico 20.13). Lamentablemente, hoy en día el pecado sexual crece desmedidamente y pareciera que los seres humanos tenemos un apetito insaciable por el sexo. Esos pecados son “los deseos de la carne”, y se convierten en una obsesión y adicción. Esclavizan y arruinan a los que los practican. La paga de esos pecados es muerte. Apocalipsis 21.8 declara que “los fornicarios... tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”. No es nuestra opinión, sino declaración de Dios.
    Sin embargo, nuestros días no son muy diferentes a los de los corintios en tiempos de la Biblia. Algunos practicaban varios de los pecados mencionados anteriormente (1 Corintios 6.9-10). Corinto era una ciudad famosa por la inmoralidad. Pero luego escucharon que todo eso es pecado, y hay perdón de pecados y salvación por medio de la muerte de Jesucristo. Él murió en la cruz como Sustituto, pagando por nuestros pecados. A los que se arrepintieron y creyeron en el Señor Jesucristo como su Salvador, se les dice: “Ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús” (1 Corintios 6.11).  Fueron librados de la adicción y esclavitud a la inmoralidad.
    Estimado lector, usted también puede ser lavado, santificado y justificado de su pecado por medio del Señor Jesucristo, quien vertió Su sangre para limpiarnos de todo pecado (1 Juan 1.7). Confíe hoy en Él.

adaptado del tratado escrito por Jasón Wahls, Publicaciones Pescadores
publicacionespescadores@gmail.com


lunes, 31 de julio de 2023

En Esto Pensad - Agosto 2023

“No Perecerán Jamás”

William MacDonald


Una de las afirmaciones más concluyentes sobre la seguridad eterna del creyente es la de Juan 10.27-29. Es de comprender si al leer este texto, uno cree que al nacer de nuevo está seguro eternamente. De hecho, es difícil ver cómo alguien podría llegar a otra conclusión. Examinemos el pasaje frase por frase, y disfrutemos la certidumbre que da.

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Jn. 10.27-29).

    “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”. Es una frase declarativa. Nos informa quiénes son las ovejas de Cristo. Son las personas que oyen Su Palabra, responden a Su voz, y son salvas.
    Él les conoce. Les reconoce como Suyos. Les distingue de los que no son creyentes y de los que falsamente profesan creer. Él puede ver donde hay fe genuina cuando a lo mejor ninguno de nosotros lo tiene claro, por ejemplo,  en el caso de Lot (2 P. 2.7), y Sansón (He. 11.32).
    Ellas le siguen. Esto no es una condición. Él no dice que son Sus ovejas si le siguen, o entre tanto que le sigan. Al contrario, es lo que caracteriza al verdadero creyente. Característicamente él sigue a Cristo (ver Jn. 10.4-5). Digo “característicamente” porque nadie lo hace perfectamente. Todos tenemos más o menos tendencia a vagar y alejarnos del Dios que amamos. Pero el Pastor asume la responsabilidad de restaurar a las ovejas descarriadas.
    “Y yo les doy vida eterna”. De nuevo tenemos una promesa incondicional, sin cláusulas o condiciones añadidas. La vida eterna es un regalo, un don. ¡Un regalo con condiciones no es regalo! Cualquiera que haya confiado en el Señor Jesucristo para la salvación de su alma puede saber, en base a la autoridad de la Palabra de Dios, que tiene vida eterna.
    “Y no perecerán jamás”. Piensa por un momento en las consecuencias que habría si una sola oveja de Cristo se perdiera jamás. Entonces, Cristo habría renegado Su promesa. Ya no sería Dios. La Trinidad cesaría. La Biblia no sería fidedigna. Estaríamos todavía en nuestros pecados. Pero nada de eso puede suceder, pues el cumplimiento de la promesa depende solamente de Cristo y no de Sus ovejas.
    “Ni nadie las arrebatará de mi mano”. Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, garantiza que Sus ovejas están en Su mano y que nadie las puede quitar a la fuerza.
    Los arminianos argumentan: “Nadie de los demás puede arrebatarlas, pero el mismo creyente puede arrebatarse de la mano del Señor”. Esta forma de argumentar es grotesca, que un cristiano tenga más poder que todos los demás en el universo. Nadie—un absoluto que incluye las ovejas— las puede arrebatar de las manos fuertes del Salvador.
     “Mi Padre que me las dio, es mayor que todos”. Para enfatizar todavía más la seguridad del creyente, el Señor dice que los verdaderos creyentes son un regalo del Padre al Hijo. Si un creyente pudiera quitarse de la mano de Cristo, entonces cabe la posibilidad de que todas Sus ovejas podrían hacerlo. Y no solamente podrían, sino que probablemente lo harían. En ese caso, el regalo del Padre al Hijo desaparecería. Entonces, ¿qué tipo de regalo sería? Ciertamente no sería nada digno del Padre.
    No, el Padre es mayor que todos, esto es, mayor que todos los demás poderes en el universo, y ciertamente mayor que la fuerza de una oveja. El término “todos” incluye las ovejas.
    “Y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre”. En vista de semejante certidumbre maravillosa, es perverso que algunas personas objeten diciendo que una verdadera oveja de Cristo puede decidir que ya no quiere ser más oveja, y así retirarse de la mano del Padre.
    El argumento no puede mantenerse. La palabra “nadie” es absoluta. No admite excepciones. El texto inspirado no dice “nadie excepto una oveja de Cristo”, y tampoco debemos nosotros decirlo, pues sería añadir a las Escrituras.


Capítulo 2 de Una Vez En Cristo, Para Siempre En Él,  Libros Berea

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 ¿Qué nos enseñan las Escrituras acerca
de cómo orar en público?

El pasaje principal relacionado con este tema es 1 Timoteo 2.1-8. La voluntad de Dios, expresada por el apóstol con las palabras “exhorto ante todo”, es que rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias sean presentadas por “todos los hombres” (v. 1, gr. anthropos = seres humanos) y los gobernantes (v. 2). Según el versículo 8 la responsabilidad de orar públicamente reside claramente en los varones, no en las mujeres (“hombres” aquí viene del griego aner que designa “varones”). 1 Corintios 14:34 manda que las mujeres callen en la congregación. Es un asunto del orden de Dios acerca de cómo hacer las cosas. No puede ser eliminado o descontinuado, como si no tuviera importancia, o como si fuera algo cultural de aquel entonces, como alegan algunos, porque es un mandamiento del Señor (1 Co. 14.37).
    Cuando se reúnen los creyentes para orar, los varones dirigen de uno en uno, en voz alta, y el resto de las personas les siguen en silencio, haciendo suya la oración del que se oye. Cuando dicen “Amén” al final, expresan su acuerdo con lo que se ha dicho (1 Co. 14.16). La palabra “amén” es importante – aparece 78 veces en la Biblia. En la alabanza del Salmo 106, el versículo 48 exhorta: “Y diga todo el pueblo, Amén. Aleluya”. De acuerdo que no debemos abusar el “amén” ni decirlo constantemente o sin sentido, como algunos. ¿Pero cómo podemos prohibir que los hermanos digan “amén” en la asamblea, vocalizando su acuerdo? ¿Quién tiene autoridad para prohibir el uso de una palabra que Dios manda?
    Algunos dicen: “Vuestras mujeres no oran en las reuniones”, pero se equivocan. Las hermanas sí oran, pero en silencio. Recuerda el ejemplo de Ana en 1 Samuel 1.12-13, que oraba en silencio y sin embargo tenemos su oración en el texto porque Dios lo oyó todo. No es necesario que las mujeres oren en voz alta en la reunión para ser escuchadas.
    En el sermón del monte, el Señor dijo: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” (Mt. 6.6). Sin embargo, no debemos mirar a este caso como una prohibición de oraciones públicas. Si hubiera sido ese el caso, entonces el Señor Jesús rompió Su propia regla (Jn. 11.41-42). Pero en Mateo 6 el Señor advierte acerca de la práctica hipócrita de orar en publico para ser visto y oído por los hombres.No se debe dar un pequeño estudio o meditación en la oración. Es erroneo estilizar o arreglar nuestras oraciones para que sean placenteras o impresionen a los que están alrededor. Si oras para que los ancianos se den cuenta de tus conocimientos o don, esperando que te inviten a predicar, estás malgastando el tiempo. Eso es precisamente lo que debemos evitar, no la oración, sino la oración hipócrita.

Capítulo 8 de ¿Vale la Pena Orar? por Wm. MacDonald y Carlos Knott, Libros Berea

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Los Límites de la Autonomía


Hay dos características que son propias de cada asamblea:    

1) dependencia del Señor, demostrada por obediencia a Su Palabra. 2) autonomía demostrada por independencia de toda organización humana.
 

La interdependencia de estas características deja ver que la “autonomía” de la asamblea no es una autonomía absoluta, sino limitada y condicional. Es necesario entender esto, porque es administrativa (en las finanzas, etc.) la autonomía de los que se congregan en el Nombre del Señor. En ningún caso se extiende a la formulación de sus propias leyes y ordenanzas. Cuando grupos de hermanos comiencen a abandonar las enseñanzas bíblicas y regirse por sus propios conceptos y deseos, ya no pueden seguir manteniendo su profesión de ser congregados en el Nombre del Señor. Como ya se ha visto en un articulo anterior, esta expresión implica: autorización, instrucción, conformación y representación, o sea, sumisión a la Autoridad suprema del Señor: “Señor de ellos y nuestro” (1 Co. 1.2), obediencia a Sus instrucciones: “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28.20), conformidad con las doctrinas apostólicas: “perseveraban en la doctrina de los apóstoles” (Hch. 2.42); y una conducta y una presentación que sean dignas de ser nosotros Sus representantes en este mundo. Léase 1 Timoteo 5.14 “que no den al adversario ninguna ocasión de maledicencia” y 2 Corintios 6.4 – “nos recomendamos en todo como ministros de Dios”.    

 J. W. K.  de la revista “Congregados En Mi Nombre”, 2004, Nº1, pág. 10

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 Hablaron Desde El Infierno  (parte 3)

Sr. Dives Rico:  Lucas 16.19-31

viene del número anterior

El amor al dinero no es, como usted dice, una debilidad; es un pecado. Me he dado cuenta que, cuando era mortal, era ciego y necio. Me hubiera horrorizado de encontrar un ídolo o imagen sobre cualquiera de mis propiedades. Sin embargo, todo el tiempo estaba poniendo mi riqueza por encima de Dios. ¡Había llegado a ser mi ídolo! Al amar al dinero, no estaba amando a Dios con el amor que Él merece y requiera. ¿He sido claro?
—Por cierto que sí —contesté—. Y estoy sorprendido del curso que está tomando esta entrevista. Poco me imaginaba que oiría algo como eso en el Hades. Pero permítame preguntarle: ¿Qué otros factores contribuyeron al juico que ahora está experimentando?
—El orgullo tuvo mucho que ver con mi reclusión en este lugar. Usted se ha referido a la forma en que yo estaba vestido con costosa púrpura de Tiro y lino fino de Egipto. Era el hombre mejor vestido de la ciudad, y me sentía orgulloso de eso. Estaba orgulloso de mis ropas, del número de esclavos que poseía, de los banquetes que servía y de la posición que tenía en la comunidad. Mi actitud se parecía mucho a la del antiguo rey de los caldeos, Nabucodonosor.
—Lo siento, señor —dije—, pero no entiendo qué relación hay entre su orgullo y el del rey Nabucodonosor.
El señor Rico me miró con cierto reproche y dijo:
—Pensé que usted tenía cierto conocimiento de las Escrituras. ¿No recuerda cómo cuenta sobre el rey que se sentaba en su palacio, hinchándose de orgullo y jactándose? “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?”
“Ya ve —continuó— que todo lo que yo hice, las ropas que usaba, los discursos que daba en reuniones religiosas y políticas, aun las donaciones que di a instituciones de caridad, todo era motivado por el orgullo y el deseo de obtener la alabanza de los hombres. Todo lo que tenía, todo lo que lograba, todo lo que era, lo acreditaba a mi propia capacidad”.
—Aprecio su honestidad, señor —dije—. ¿Es ésa una característica de la mayoría de los residentes del Hades?
—Probablemente lo sea. Después de todo, el hecho de que estemos aquí haría que cualquiera excusa o defensa deshonesta fuera más bien ridícula, ¿no es verdad? No, usted no encontrará ningún alma condenada en este lugar que pretenda que sufre injustamente. Sabe por qué está condenada. Somos el producto de nuestras propias malas decisiones, y nos adecuamos a los modelos de destino que nosotros mismos hemos creado. ¿Se dio cuenta que en el registro divino de mi experiencia en estas salas de tormento, no me he quejado o acusado de trato injusto?
     “Dios se ha revelado a sí mismo a nosotros por medio de la naturaleza, de la conciencia,  a través de la Ley y poco después de mi muerte física, se reveló por medio de Su Hijo.  Pero nosotros pasamos por alto Sus revelaciones. Él ofreció Su gracia, y nosotros la rechazamos. Trató de ser incluido en cada fase de nuestras vidas, y le negamos admisión. No nacimos para ser condenados: nos condenamos nosotros mismos por nuestro desafío de la voluntad de Dios, y al eliminarle de nuestra existencia mortal”.
—Me quedé sorprendido de esa honesta evaluación de su destino personal. El Hades era un lugar sorprendente en muchos sentidos, y comencé a preguntarme cuáles eran las nuevas sorpresas que me aguardaban.
     Pero el señor Rico tenía más que decir.
—Cuando usted comenzó la entrevista, se refirió a mi vida de alegría, fiestas y falta de inhibiciones. No, ni se disculpe. Estaba diciendo la verdad. Mi existencia mortal consistió en comer, beber y estar alegre. Era un playboy. ¿Alguna vez oyó hablar de los antediluvianos? ¿De cómo comían y bebían, compraban y vendían, casándose y dando en casamiento, hasta que vino el diluvió y se los llevó a todos?    Bueno, eso describe mi vida en la tierra. Vivía para la alegría y el placer. Realmente el…
—Disculpe, señor —lo interrumpí—, ¿está sugiriendo que comer y beber, comprar y vender, casarse y dar en casamiento, que todas esas actividades son malas y traerán juicios como los que usted está sufriendo?
—No —contestó—; pero hacer que la vida consista solo en esas actividades con la total exclusión de Dios y sus reclamos sobre la vida y las posesiones… eso es maldad de primer orden.
“Ya ve —continuó el señor Rico—, yo creo en Dios. Asistí a los servicios en la sinagoga cuando era conveniente. Puse mis ofrendas y sacrificios en el Templo. Pero era meramente una actuación religiosa. Mantuve a Dios del lado de afuera de mi vida, como un adorno espiritual, pero en realidad le negué un lugar en mi vida, intereses y afectos. En otras palabras, no vivía para Dios, sino para comer, beber y jugar, para tener diversiones. Encontré mucho placer. Que nadie diga que no hay placer en el pecado. ¡Lo hay, pero el resultado es una vida impía, y una eternidad sin esperanza!
Durante algunos minutos, no habló ninguno de los dos. Y entonces pregunté:
—¿Sería doloroso para usted contarme sobre su llegada al Hades?
—De ninguna manera —contestó—. Ocurrió en mi fiesta de cumpleaños. ¡Y esa sí que era una fiesta! Vino, mujeres y canto, ¡lo mejor de todo y en cantidad! Debe haber sido cerca de la medianoche, cuando de repente, un fuerte dolor agudo se apoderó de mí pecho. Me vino un sudor frío —ola tras ola de agotadora agonía venían sobre mí— y entonces perdí el conocimiento. Aparentemente, ocurrió enseguida una oclusión coronaria. No tengo ni idea de cuánto duró la tiniebla del desvanecimiento. Luego vino la sensación de flotar a través de nieblas de oscuridad, seguida de una plena conciencia en este lugar de tormento. Cerré los ojos con agonía física, ¡y los abrí en las llamas del Hades!
—Señor Rico, ¿puede usted describir su primera reacción al llegar aquí?
—Sí, mi primera impresión fue el increíble e intolerable tormento, tormento de la mente, del espíritu y tormento por recuerdos, por lamentos inútiles, por la desesperanza y la desesperación.
     “Mi siguiente impresión fue la de sorpresa. Levanté mis ojos y descubrí que aquellos que estaban en el Hades podían ver a los que estaban en el Paraíso, pero no podían compartir su bendición.   Y ése fue el tormento definitivo, viendo lo que yo pude haber sido y tenido, pero que había perdido para siempre.
     “Usted habrá visto que yo dije que en el Hades levanté mis ojos. Mientras estaba en mi estado mortal, nunca lo hice. Mi mirada y mis deseos siempre eran geocéntricos. Solo amaba al mundo y las cosas que hay en él. El cielo era solo una palabra para mí, y Dios solo un nombre en el credo judío. Al llegar aquí, por primera vez miré hacia arriba, y vi a Lázaro en el Paraíso. Nunca le había visto o al menos le había prestado atención, cuando yacía a la puerta de mi palacio, ansiando las migajas que yo echaba a los perros.  Estaba más allá de mi interés. ¿Qué me importaba que estuviera muriendo de hambre? Esa era su suerte dura. Y ahora daría todo lo que tengo para cambiar de lugar con él y compartir…”
—Perdóname, señor Rico, creo que usted se ha olvidado dónde está. Aquí usted no posee nada. No tiene riquezas para cambiar con Lázaro. Pudo haber sido tremendamente rico en la tierra, pero dejó todo eso atrás cuando murió su cuerpo.
—Tiene razón —contestó—. Y hubo un mundo de angustia en su respuesta.

del c. 1 de Hablaron Desde El Infierno, por C. Leslie Miller

continuará, d.v., en el siguiente número

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Lágrimas Inútiles

Como vimos el mes pasado, hay lágrimas que evocan la compasión de Dios, a Él gracias, pero no cualquier lágrima entrará en Su redoma. No toda lágrima es digna de compasión, ni de Dios ni de nosotros, porque las emociones humanas también han sido contaminadas por el pecado. “Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente” (Is. 1.5). El hombre natural no piensa bien ni siente bien, es decir, sus pensamientos y sentimientos están contaminados con el pecado. Por eso Jeremías declara: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17.9). Así que cuando uno afirma que nos dice algo de corazón, recordemos cómo es el corazón natural. Si no es purificado y guiado por el Espíritu Santo, no es confiable.
    Y de ahí que las lágrimas pueden ser malas, y pueden ser utilizadas para manipular a otros, como una defensa, o para salirse uno con la suya.
    Esaú despreció su primogenitura (Gn. 25), y luego cuando Jacob le engañó y tomó la bendición patriarcal, “clamó con una muy grande y muy amarga exclamación” (Gn. 27.34). Quería la bendición pero su padre la había dado a su hermano, y no había vuelta atrás. “Y alzó Esaú su voz, y lloró” (Gn. 27.38). Hebreos 12.16-17 describe a Esaú como fornicario y profano, y añade: “ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas”. Eran lágrimas de hombre profano que se dio cuenta tarde de lo que había despreciado y perdido, y no hubo remedio. No consiguió cambiar la decisión de su padre.
    Israel despreció el maná, provisión milagrosa de Dios para Su pueblo en el desierto. Además, se dejó influir por las malas actitudes de los extranjeros en su medio. “Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne!” (Nm. 11.4). Eran lágrimas inmundas, egoístas, y de desprecio de la provisión divina. ¿Cuál fue la reacción de Moisés y de Jehová a esas lágrimas? “Y oyó Moisés al pueblo, que lloraba por sus familias, cada uno a la puerta de su tienda; y la ira de Jehová se encendió en gran manera; también le pareció mal a Moisés” (Nm. 11.10). Lloraban familias enteras y el pueblo estuvo alterado. Pero Dios respondió con ira porque esas lágrimas eran malas – carnales, pecaminosas y rebeldes. Les mandó carne y les castigó: “cuando la ira de Jehová se encendió en el pueblo, e hirió Jehová al pueblo con una plaga muy grande. Y llamó el nombre de aquel lugar Kibrot-hataava, por cuanto allí sepultaron al pueblo codicioso” (Nm. 11.33-34). Había llorado de codicia, quejándose y despreciando la provisión divina. Sus lágrimas trajeron el juicio de Dios y gran mortandad. Hoy todavía hay quienes lloran porque quieren algo que no tienen. Lloran porque no quieren comer lo que está delante, sino otra cosa. Lloran quejándose. Lloran porque desprecian la provisión de Dios y desean más. Quieren hacerse las víctimas, y que se les tenga compasión. Esperan que sus lágrimas manipularán a otros, y quizás a Dios, y que así obtendrán su antojo. No hay que compadecerse de tales lágrimas, porque son carnales.
    En Números 14.1-2 el pueblo de Israel lloró malamente otra vez, en Cades. Diez de los espías dieron informe malo de la tierra prometida, y convencieron al pueblo que no podía entrar. “Entonces toda la congregación gritó, y dio voces; y el pueblo lloró aquella noche. Y se quejaron contra Moisés y contra Aarón todos los hijos de Israel; y les dijo toda la multitud: ¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto; o en este desierto ojalá muriéramos!” No hubo compasión de parte de Dios ante la incredulidad de ellos y su rechazo de la provisión de Dios. Le insultaron y se apartaron. Fueron castigados con muerte en aquel desierto. “En cuanto a vosotros, vuestros cuerpos caerán en este desierto” (v. 32). Sus lágrimas no sirvieron. Dios no les permitió volver a Egipto ni buscar otra tierra. No tenían por qué no estar satisfechos con la tierra que Él les prometió. Su falta de fe no era digna de conmiseración, sino de castigo. “Sin fe es imposible agradar a Dios” (He. 11.6). Endurecieron sus corazones y provocaron a Dios. En Hebreos hallamos su historia repetida para advertirnos. “Entre tanto que se dice: Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación. ¿Quiénes fueron los que, habiendo oído, le provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés? ¿Y con quiénes estuvo él disgustado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron? Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad” (He. 3.15-19).
    Malaquías 2 se dedica a la denuncia de los sacerdotes y levitas que habían deshonrado a Dios. No decidieron de corazón dar gloria a Dios (v. 2). Se habían apartado del camino, habían hecho a muchos tropezar en la ley, y habían corrompido el pacto que Dios hizo con Leví (v. 8). No guardaron los caminos de Dios, y en la ley hicieron acepción de personas (v. 9). Eran desleales y profanaron el pacto (v. 10).  Se habían divorciado y vuelto a casar (vv. 14-17). Pero querían venir al templo y cubrir el altar de Jehová de lágrimas, con llanto y clamor (v. 13), deseando que Él aceptara sus ofrendas despreciables. ¿Cómo respondió el Señor? ¿Acaso dijo: “Pobrecitos, les tendré compasión porque son sinceros y, en fin, nadie es perfecto”? ¡En ninguna manera! Declaró: “no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano” (v. 13).
    Cristo advirtió de lágrimas eternas, de verdadera tristeza, pero indignas de compasión. Dijo que en las tinieblas de afuera, en el lugar de castigo eterno, “allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 8.12). Prometió que cuando Él venga en Su reino, los ángeles recogerán “a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 13.41-42). Luego lo repitió: “los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 13.50). Mandará echar fuera al que se coló entre los invitados (los creyentes). “Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 22.13). Mateo 24.51 indica cuál es el lugar de castigo para los siervos malos y los hipócritas: “lo castigará duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes”. “Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 25.30). Son lágrimas de dolor, de desesperación y de remordimiento de conciencia, de aquellos que “sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Ts. 1.9). Por mucho que lloren, no entrarán. Despreciaron el evangelio. No recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Algunos presumían y pretendían ser cristianos, pero eran falsos. Todos serán igualmente perdidos por la eternidad. Tendrán profunda tristeza y agonía, pero sus lágrimas y sus clamores implorando la misericordia de Dios llegarán a oídos sordos, porque será demasiado tarde.
    Hoy es día de salvación. Hoy estás a tiempo para arrepentirte, humillarte y buscar al Señor. Cristo dice: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mt. 5.4). Pero no demores, porque la benignidad de Dios no siempre te esperará.
    “Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta, y estando fuera empecéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No sé de dónde sois. Entonces comenzaréis a decir: Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad. Allí será el llanto y el crujir de dientes” (Lc. 13.25-28).
    La historia del pueblo de Israel es repetida en el Nuevo Testamento para nuestro beneficio (Ro. 15.4), para que aprendamos a cuidar nuestra conducta. No intentemos tapar con lágrimas nuestros pecados. “Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil. Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co. 10.6-12).

Carlos

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A Mí, Ni Fu Ni Fa

    Se encontraba mal y acudió al médico. Después de realizar el diagnóstico, éste afirmó  “Hay que operar. A usted le toca decidir si operamos o no. Si quiere operarse, tiene que darnos su consentimiento”.
    Supongamos que la respuesta del paciente fuera así: “Lo mismo me da; me es igual...” o como en España: “a mí ni fu ni fa”.
    El médico contestaría: “¿Qué quiere decir? ¿Se opera o no se opera, sí o no? Esto de ‘a mí ni fu ni fa’ no me dice nada. Usted tiene que decidir y tiene que decirme si quiere que realicemos la intervención que precisa o si quiere continuar como hasta aquí. Su respuesta no tiene sentido”.
    El náufrago solo tiene dos posibilidades: agarrarse a la cuerda que se le ofrece y salvarse, o bien hundirse en el mar y ahogarse. No hay otra alternativa.
    Los que se casan, o bien pronuncian un “sí” que les compromete, o por el contrario, se niegan a comprometerse, diciendo que “no”, y siguen como antes. La indiferencia no tiene sentido, porque no significa nada.
    El paciente que necesita una intervención quirúrgica solo tiene dos opciones: o se somete a la operación propuesta, o sigue en su dolencia.
    También frente a Jesucristo, cada ser humano tiene que tomar una decisión de la que no puede escapar. Afirmar que no estamos ni a favor ni en contra de Jesucristo, como pretenden algunos, es una locura, porque equivale en realidad a una decisión negativa de hecho.
    Jesucristo viene a ofrecernos lo que NO tenemos: la salvación, el perdón de nuestros pecados. Ofrece lo que más anhelamos: vida eterna, vida abundante. Para esto vino. La religión no puede dar esas cosas, pero Jesucristo sí, puede.  Él vino para darse en sacrificio en la cruz del Calvario. Allí murió como Sustituto, sufriendo por nosotros la pena de muerte, por nuestros pecados. Al tercer día resucitó de la tumba, y cuarenta días más tarde ascendió vivo al cielo. Jesucristo no es una filosofía, es una Persona, Dios y hombre en uno, que vive y desea entrar en una comunión personal, íntima, con cada uno de nosotros.
    Responder a eso diciendo  —A nosotros, todo esto ni fu ni fa— significa haber escogido la frustración y la muerte. No nos engañemos: esta respuesta no afirmaría la neutralidad, sino una mala elección.
    Cristo advierte que el que no cree en Él ya está condenado por su incredulidad. La indiferencia es perdición. No tenemos que hacer nada, ni tenemos que movernos; simplemente basta quedarnos como estamos, en el estado de condenación que merecemos por ser pecadores. Ante el Señor Jesucristo la indiferencia no es neutralidad. Es locura y perdición.
    “El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo no tiene la vida”, dice la Biblia. No hay medias tintas. O tiene a Jesucristo y así tiene la vida, o está sin Jesucristo y se halla alejado de Dios y lejos de la verdadera vida, la vida eterna, plena y abundante.
    Jesucristo dijo: “El que no es conmigo, contra mí es: y el que conmigo no recoge, desparrama” (Mateo 12.30).
    Su indiferencia es el peor pecado, la más monstruosa de las afrentas, porque le mantiene fuera de la puerta abierta de la salvación y la vida eterna. Para salvarse, hay que entrar (confiar en Cristo). Para perderse, no hay que hacer nada.
    No caben neutralismos: o la vida con Cristo (vida con sentido y plenitud; abundante y eterna), o la muerte sin Cristo. ¿Qué hará usted con el Señor Jesucristo?