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miércoles, 31 de marzo de 2021

EN ESTO PENSAD - abril 2021

 DIOS PRIMERO



“Hazme a mí primero...”
1 R. 17:13   

         
     El profeta Elías habló así no por egoísmo sino por mandato divino (véase 1 R. 17:9), y actuando oficialmente en Nombre de Dios. Dios nunca jamás aceptará el segundo lugar. La doctrina del señorío nos enseña que Él es Señor de todo, o no es Señor. El primer mandamiento del decálogo enfatizó esa lección a Israel. “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éx. 20:3). La viuda en Sarepta puso a Dios primero, y fue recompensada.
    Tristemente para muchos de nosotros, nuestros propios intereses egoístas toman preferencia sobre las cosas de Dios, y colocamos los asuntos más importantes más abajo en nuestra lista de prioridades. ¿Es extraño, entonces, que en nuestras vidas faltan el poder y la bendición de Dios? Una vida egoísta es una vida malgastada, pero la vida consagrada, rendida al Señor, satisface.
    La plenitud de esta grata devoción se ve en la vida del más grande y perfecto Siervo de Dios, Su propio Hijo, que dijo: “...he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn. 6:38). Para seguir bien al Señor Jesucristo cada uno de nosotros debe aprender esta lección, que la voluntad de Dios es la que vale. No podemos aprender esto sin sacrificio. Pablo dijo a los romanos: “...que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:1-2).
    Meditemos en el ejemplo de nuestro Señor. Aunque agonizaba en el huerto de Getsemaní, y afrontaba los horrores de Gólgota, dijo: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42).
    Dios primero es la ley del cielo. "Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Mt. 6:10). Esta gran verdad es celebrada en el Salmo 103:20-21. "Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto. Bendecid a Jehová, vosotros todos sus ejércitos, ministros suyos, que hacéis su voluntad".

    Toma mi vida, Cristo Señor,
    Tuya es la gloria, Tuyo el honor.
    Dueño absoluto Tú quieres ser;
    Transfórmame pues por Tu poder.
                        

adaptado de la revista Assembly Testimony, marzo/abril 2020, pág. 41

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¿Somos Todos Hijos De Dios?
parte III

viene del número anterior    

El apóstol Juan declara: “El que practica el pecado es del diablo” (1 Jn. 3:8). Todos los inconversos en el mundo, es decir, todo aquel que no ha nacido de nuevo, están en esta categoría. No importa que sean muy religiosos, pues aun la religion falsa es pecado. En el versículo 10 del mismo capítulo, tras una clara descripción, dice:  “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo”. El versículo 12 indica que Caín “era del maligno”, no un hijo de Dios.
    Pese a la opinión popular, está claro en la Biblia que no todos son hijos de Dios. De hecho, todos por naturaleza somos solamente carne, hijos de desobediencia, hijos de ira, hijos del diablo e hijos de este siglo sin futuro celestial. Es la condición de todo ser humano que no ha nacido de nuevo, y como Cristo afirma: “os es necesario nacer de nuevo”. Hay cosas opcionales, y cosas necesarias, y es necesario nacer de nuevo. Solo así podemos llegar a ser hijos de Dios. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn. 1:12-13). Observa, si son “hechos hijos de Dios”, es que no lo eran antes. Pero la voluntad de Dios no es un misterio. Él no predestina a nadie, sino soberanamente determina salvar a “todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre”. ¿Quieres ser salvo y ser hijo de Dios? Recibe al Señor Jesucristo, como tu único y suficiente Salvador. Confía en Él, no en religiones, ritos, sacramentos u obras. Ninguna iglesia ni filosofía puede hacerte hijo de Dios. Para que le digas en verdad: "Padre nuestro", debes nacer de nuevo.
    Resumiendo, solo los que nacen de nuevo por fe en el Señor Jesucristo, tienen vida espiritual, son hijos de Dios e irán al cielo. Los demás solo son carne. Pueden ser religiosos o no, pero solo son carne. “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3:3). Hay lugar en el corazón y la casa de Dios para todos, pero solo entrarán los que nacen de nuevo. El quiere “llevar muchos hijos a la gloria” (He. 2:10). ¿Quieres ser uno de ellos?

Carlos Tomás Knott

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 "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.  Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad".  Mateo 7:21-23

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La Compañía de los Humildes

 “Mejor es humillar el espíritu con los humildes que repartir despojos con los soberbios” (Pr. 16:19).   

 
    La humildad y la compañía de los humildes es preferible a la compañía de los soberbios, aunque ellos tengan despojos – bienes materiales. Siempre recordaremos al Señor Jesucristo, con amor y admiración, cómo se humilló a sí mismo, en la encarnación, en Su vida y ministerio, y en Su muerte en la cruz. No fue humillado – Él se humilló. Dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde”. Romanos 12:16 nos exhorta así: “...no altivos, sino asociándoos con los humildes”. Es una calidad de carácter muy atractiva a Dios, porque es lo que Jesucristo hizo; vino y se asoció con nosotros, hasta morir por nuestros pecados.

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 Los Ídolos En El Armario

    “¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?” Por supuesto que lo es, pero nosotros no lo sabríamos a juzgar por la propaganda de hoy y por lo que la gente piensa que necesita conseguir.
    Hay muchas personas en nuestra sociedad cuya mayor preocupación es su propio cuerpo —lo adornan, lo preparan, lo visten, lo ponen en un bonito coche, lo hacen vivir en una hermosa casa, lo llenan de comida, lo sientan en un confortable sofá, cuelgan de él un montón de joyas, lo suben en un yate, o a nadar, le enseñan a esquiar, lo llevan a un crucero y otras cosas más. Sin embargo, la esencia de la vida no está contenida en estas cosas, sino que trasciende todo lo externo. La vida viene de Dios —y la plenitud de ella, de Cristo Jesús...
    ...Para algunas personas, el lugar más importante es su armario. En lugar de tener miedo a no tener nada que ponerse —una preocupación común en los tiempos bíblicos— estas personas temen que no puedan lucir lo mejor de la última moda. La manía por la ropa cara y de marca es un pecado muy común en nuestra sociedad actual.
    Siempre que camino por un centro comercial, me asombro mirando cuántas cosas hay en las tiendas. No sé cómo estas casas pueden hacer sus inventarios. Hemos hechos de la moda un dios. Nos permitimos gastar una verdadera fortuna en vestir nuestros cuerpos con cosas que no tienen nada que ver con la belleza de carácter: “Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el ser interior de la persona, en el incorruptible ornato de un espíritu manso y apacible, que es de gran valor delante de Dios” (1 P. 3:3-4).

J. MacArthur, Enfrentando La Ansiedad, págs. 21, 28

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La Importancia de la Asamblea
y Nuestro Compromiso con Ella

parte 3

 
por David Rodgers

 

viene del número anterior
3. Edificio de Dios, Templo de Dios (1 Corintios 3:9; 16-17),

“Vosotros sois...edificio de Dios” ... “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es”.

    Otra vez vemos la actividad de Dios y la colaboración humana. La figura del edificio se une con la del templo. Un principio común entre las dos figuras es la necesidad de componer las piedras vivas en esta estructura espiritual. Cada creyente es una piedra viva, y forma parte automáticamente de la Iglesia en su aspecto universal. Pero aquí el contexto habla de la iglesia local, la asamblea.
    Para que puedan estar en comunión real y práctica, las piezas deben ajustarse de tal forma que configuran algo sólido y operante, cada una bajo la guía del Espíritu, y sometidas las unas a las otras. Si no es así, no habrá una forma ni un trabajo armonioso.
    Cuando estudiamos el templo de Salomón, nos fijamos en la elaboración prolija de las grandes piedras, hechas con tal precisión que calzaban precisamente la una con la otra en su lugar en el edificio. Las piedras no se producen así solas. Hablamos de cómo el Espíritu Santo trabaja con nuestro carácter, despuntando, puliendo, transformándonos para que podamos calzar bien con los demás hermanos en la asamblea. Nuestros problemas raramente son por diferencias de doctrina, sino más bien por conflicto de carácter. Tantas veces se escucha: “Bueno, así soy yo, y los demás me tienen que aceptar así”. Lo único que tal declaración exhibe es un concepto agrandado y atropellador de la importancia propia de cada uno. Niega el señorío de Cristo, y desprecia a los demás hermanos. Tales personas tienden a marcharse de la asamblea frente a algún conflicto de opinión con otros hermanos. Exhortamos a los hermanos que cuando se encuentren frente a tales situaciones, se sometan al Señor y permitan que Él proceda con Su obra de moldearnos, ajustando nuestras personas para que calcemos con los demás en la asamblea.
    Leemos en Romanos 12:3, “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno”. La idea de “medida” no es tanto la cantidad de fe – como mucha o poca – sino la “dimensión o calce”, dado que Dios ha equipado a cada uno para servicio particular en la asamblea. Un ejemplo sería de una pieza precisa de una máquina. Las dimensiones deben ser precisas para que el conjunto funcione. Otro ejemplo es la idea que vimos antes, de una piedra elaborada para estar en un lugar específico, calzando con precisión, y así contribuyendo a la estabilidad estructural, utilidad y hermosura del edificio. Si permanecemos en la asamblea, permanecemos en Su lugar de actividad, bajo los cinceles del Señor, porque nos interesa serle útiles en la prosperidad de lo que más le importa – la asamblea
– la entidad corporativa más importante en el mundo para Dios.
    Con respecto a la asamblea como “templo de Dios”, es importante agregar que el vocablo griego es “naos” o santuario interior, el lugar santísimo. ¡Qué tremenda solemnidad y privilegio encierra esta figura! Dios mismo mora en la asamblea, y nuestro aprecio y participación han de corresponder a aquella gran verdad, como se desarrolla a continuación en el mismo capítulo. Salmo 93:5 exclama: “La santidad conviene a tu casa, Oh Jehová”.
 
4. Cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:27)

“Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular”.

    Es posible que esta figura suscite algo de confusión, puesto que la frase: “el cuerpo de Cristo” (con artículo) se refiere a la iglesia en su aspecto global. Sin embargo, en este texto en griego la palabra “cuerpo” se encuentra sin artículo antecedente. Esto señala la verdad preciosa que la asamblea tiene carácter de cuerpo de Cristo, con mucha enseñanza paralela a la que se aplica a la Iglesia universal. Cuando digo “carácter de cuerpo de Cristo”, quiero decir la misma naturaleza o esencia. Tiempo atrás me invitaron a conocer una crianza de jabalís. Mirándolos, era evidente que aunque no eran el típico cerdo doméstico, ni el “supercerdo” que promociona Agrosuper, eran de hecho porcinos, no bovinos ni equinos, etc. Así podríamos decir que nosotros, como creyentes, como asambleas cristianas, debemos ser reconocibles como “cuerpo de Cristo”. ¡Qué hermoso sería si al observar nuestro proceder como asamblea, los de afuera comentasen: “son realmente cuerpo de Cristo”!
    Los miembros de un cuerpo vivo son necesariamente diferentes, y algunos más atractivos que otros. Tienen que ser diferentes para cumplir las diversas funciones, y todos los miembros son necesarios para el bienestar del conjunto, la asamblea. Si falta un miembro, todo se debilita, cojea o deja de funcionar de la manera deseada. Un punto de gran importancia en esta consideración es que este cuerpo carece de cabeza humana y terrenal. La Cabeza es el mismo Señor Jesucristo, tanto de la Iglesia en su aspecto universal, así como en su aspecto local, la asamblea. Él debe dirigir, y todos nos sujetamos a Él. ¡Cuán grande es nuestro privilegio de ser miembros aquí en la tierra. Somos Sus manos para servir y seguir haciendo bienes en el mundo, como Él hacía. Somos Sus pies, para seguir llevando el evangelio a todas partes. Ya vimos el pasaje en Tito 2:14 donde nombra la característica de “pueblo propio” de Dios que es “celoso de buenas obras”.
    Hace poco una hermana nos compartió una experiencia. Ella acompañaba a los hermanos a una predicación al aire libre en una población humilde cerca del local. Allí vio a un grupo de madres cuyos niños asistían a la Escuela Dominical. Se acercó para saludarle. Una le preguntó: “¿Ustedes no hacen nada más sino solo predicar?” La pregunta le sorprendió a nuestra hermana, pero aprovechó la ocasión y preguntó de vuelta: “¿Qué más le gustaría que hiciéramos?” “Bueno”, respondió la madre, “Me gustaría aprender a coser. Así podría proveer ropa mejor para mi familia”. Resulta que nuestra hermana es una costurera experta, y pensó que sería una excelente oportunidad para trabajar con las mujeres del vecindario. Pero cuando conversó con los hermanos, planteándoles la posibilidad de usar el amplio sótano del local para eso, ellos solo pusieron pegas, obstáculos (no querían máquinas de coser en el local, etc. etc.), y le pusieron otras condiciones que hicieron imposible el trabajo. La hermana terminó consiguiendo el uso de un centro comunitario, y algo pudo hacer, pero la asamblea perdió la oportunidad de forjar una conexión inmediata entre el testimonio y los vecinos.
    Conviene que siempre nos preguntemos: “¿Qué haría el Señor Jesús?” En países de habla inglesa se puso de moda entre ciertos evangélicos llevar algo con los iniciales WWJD, que representan en inglés esa pregunta: “¿Qué haría el Señor Jesús?” No digo que lo llevemos puesto como prenda o adorno, pero sí, sería muy saludable que recordáramos siempre esta pregunta. La asamblea ha de manifestar fielmente las bondades, la voluntad y los designios de Cristo, funcionando como Sus miembros aquí en la tierra. Y nosotros debemos respetar profundamente a cada hermano y hermana, como indispensable miembro del mismo cuerpo.
    Otra vez enfatizo que el contexto del servicio contemplado es la asamblea, la iglesia local. Los hechos de bondad y misericordia abren paso a un testimonio positivo en la comunidad.

continuará, d.v., en el siguiente número
David Rogers sirve al Señor en Chile

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Distinciones Importantes entre
el Cuerpo de Cristo y una Asamblea
por Norman Crawford

1. “El cuerpo” es espiritual, y las verdades relacionadas con él son posicionales. En cambio, una asamblea es geográfica – una localidad, y las verdades relacionadas con ella conciernen sus prácticas (Ef. 1:22-23; 1 Co. 1:1-2).

2. Entramos en “el cuerpo” en el momento de la conversión, pero el patrón para entrar en una asamblea es que después de la conversión los creyentes deben bautizarse y entonces son añadidos a la comunión de la asamblea (1 Co. 12:13; Hch. 2:41-42).

3. En “el cuerpo” no hay varón ni hembra (Gá. 3:28), pero en una asamblea sí, hay muy claras distinciones entre varones y mujeres (1 Co. 11:1-16; 14:34; 1 Ti. 2:12-15) y sus funciones.

4. Damos gracias a Dios que ningún creyente puede ser separado del “cuerpo” (Ro. 8:38-39). Pero puede ser necesario sacar a una persona de una asamblea (1 Co. 5:11).

5. “El cuerpo” en Efesios es llamado “mi iglesia” por Cristo en Mateo 16:18. Nada falso puede entrar ahí, ni puede Satanás prevalecer contra ella. En cambio, lobos rapaces pueden entrar en una asamblea (Hch. 20:29), y Satanás puede corromperla (2 Co. 11:1-3).

6. Hay perfecta unidad en “el cuerpo” (Ef. 4:4), pero una asamblea puede ser dividida por disensiones (1 Co. 3:3).

7. La novia será presentada, sin falta, santa y sin mancha (Ef. 5:25-27), pero una asamblea puede ser quitada en juicio (Ap. 2:5).

8. La esposa será eternamente (Ap. 21:1-2), pero una asamblea continua solo “hasta que él venga” (1 Co. 11:26; Ap. 2:25).

9. Todo “el cuerpo” nunca está presente en un lugar hasta que venga el Señor y se reúna con Él (2 Ts. 2:1). Pero toda una asamblea debe congregarse regularmente (1 Co. 14:23; He. 10:25).

10. El Señor Jesús declaró: “edificaré mi iglesia” (Mt. 16:18), pero Pablo dijo que los hombres edifican una asamblea y que él mismo era perito arquitecto (1 Co. 3:10).

    Se podría apuntar más distinciones, pero con éstas tenemos bastante para enfatizar las diferencias. De esas claras distinciones debemos sacar ciertas conclusiones. Primero, creemos que muchos amados hermanos han comprendido la gran verdad de “un cuerpo”, pero nunca han comprendido las distinciones entre él y una asamblea. Dios ha dado la los hombres la responsabilidad de mantener la pureza de una asamblea, pero la novia (aspecto futuro de la iglesia) es guardada sin mancha por Cristo en virtud de Su sangre. Entramos en “el cuerpo” como pecadores totalmente indignos que solamente merecen el juicio eterno del Dios santo. Pero un creyente entra en la comunión de una asamblea cuando da evidencia de vida nueva en Cristo. Debe estar claro a todos los que entienden la verdad de la comunión, que una asamblea recibe al creyente y que ese creyente también recibe a la asamblea. A eso el finado señor Fisher Hunter lo llamó “la recepción mutua”. Si recibimos a personas que no reciben a la asamblea, llámese como se llame, eso no es comunión. Lucas 5:10 describe a Jacobo y Juan como “compañeros” de Simón – eso es – socios suyos en el negocio. La palabra “compañeros” viene de la misma palabra traducida “comunión” , y sugiere que esa comunión es una colaboración completa y bilateral. No es ocasional ni con doblez.
    Mencionamos antes el texto de Romanos 15:7, “Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios”. Es empleado para intentar demostrar que la recepción al cuerpo es todo lo que se requiere para ser recibido en una asamblea. Pero si queremos entender correctamente este texto, debemos examinar su contexto. Había al menos tres asambleas en Roma (Ro. 16:5, 14 y 15). En ellas había judíos y gentiles (Ro. 15:5-21), con fondos y normas muy distintos acerca de la dieta y días sagrados. Surgieron muchos conflictos sobre esas diferencias (vv. 1-7). Pablo escribió a las personas en esas asambleas para que tuviesen “un mismo sentir según Cristo Jesús” (v. 5). Ése es el contexto, y por eso nos asombra cuántas veces hermanos que son lectores cuidadosos de la Palabra de Dios usan esto para la recepción a la asamblea. Seguramente “los unos a los otros” en el versículo 7 significa lo mismo que las otras veces que aparece en el mismo pasaje (Ro. 14:13; 15:7, 14). En todos los otros casos habla de los creyentes que están en la comunión de la asamblea. ¿Puede significar algo distinto aquí? Es otro ejemplo de la importancia de siempre entender un texto en su contexto. La recepción de Febe en Romanos 16:2 es la recepción a una asamblea, y ahí el verbo “recibid” es diferente del verbo usado en 15:7.
    A menudo se emplea una ilustración que creemos equivocada. Dicen que el cuerpo es como una naranja o una manzana dividida entre varias personas. Nadie tiene toda la naranja, pero todos tienen naranja. Sueña bien, y parece basarse en 1 Corintios 12:27, pero en la ilustración cada uno tiene una parte de la naranja y si se juntaran todas las partes la naranja estaría entera. ¿Esto realmente se aplica al “cuerpo de Cristo” y las asambleas? ¿Es una asamblea “una parte del cuerpo”? Y si se juntaran todas esas asambleas, ¿tendríamos “el cuerpo”?


Del libro CONGREGADOS A SU NOMBRE, por Norman Crawford
próximanente disponible, d.v.,  de Libros Berea
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¡EL VIVE!
“No está aquí, pues ha resucitado, como dijo”.  Mateo 28:6

Esas gloriosas palabras del ángel, causaron temor y gran gozo en los que las oyeron. Las últimas semanas fueron inolvidables para ellos. Vieron al Señor Jesús resucitar a Lázaro, entrar en triunfo en Jerusalén con aclamación, y luego ser traicionado, detenido, golpeado y colgado en una cruz para morir entre dos criminales. Pensaban que Él les libraría de sus enemigos e inauguraría el reino. Pero ese día temprano habían ido a Su sepulcro.
    Oír que Él estaba vivo no debía haberles sorprendido. Muchas veces Él predecía Su crucifixión y resurrección. La importancia de Su resurrección es tan grande como la de Su muerte. Jesucristo “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25). En Su muerte pagó por nuestros pecados. Su resurrección nos da una esperanza viva, la prueba de que Sus promesas son verdad (1 Pedro 1:3). Sin un Salvador vivo, no habría esperanza. “Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados” (1 Corintios 15:17). ¡El vive! “Yo soy... el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Apocalipsis 1:17-18).
    Jesucristo resucitado es el Señor y Salvador de los creyentes, pero el Juez de los incrédulos. ¿Cuál es tu relación con Jesucristo? ¿Es solo un personaje histórico para ti? ¿Te has arrepentido de tus pecados y confiado en Él para tener perdón y vida eterna? “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Un mero personaje histórico no puede cambiar tu vida ni prometerte nada, pero Jesucristo vive, y está sentado a la diestra de Dios en la gloria. Hebreos 7:16 afirma que Él vive en "el poder de una vida indestructible".
    Él vive, y es el único que puede salvarte. "Puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos" (Hebreos 7:25).



domingo, 28 de febrero de 2021

EN ESTO PENSAD - marzo 2021

Una Salvación Segura
William MacDonald

“Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Jn. 5:13).

     Estaremos eternamente agradecidos a Dios por este versículo porque nos enseña que la seguridad de la salvación nos llega en primer lugar por la Palabra de Dios y no por los sentimientos. La Biblia fue escrita, entre otras razones, para que aquellos que creen en el Nombre del Hijo de Dios puedan saber que tienen vida eterna.
    Podemos estar agradecidos al saber que esta seguridad no depende de los sentimientos, ya que éstos fluctúan de un día a otro. Dios no nos pide que digamos: ‘gracias Dios porque me siento muy bien’, sino que fijemos los ojos en Jesucristo y Su Palabra. Una vez alguien preguntó a Martín Lutero: “¿Sientes que tus pecados han sido perdonados?”, y él contestó: “No, pero estoy tan seguro de esto como que hay un Dios en el cielo. Porque los sentimientos van y vienen y son engañosos. Mi garantía es la Palabra de Dios. Nada es más digno de creerse”. C. I. Scofield nos recuerda que “la justificación sucede en la mente de Dios, no en el sistema nervioso del creyente”. H. A. Ironside acostumbraba decir: “No sé si soy salvo porque me siento feliz, pero me siento feliz porque sé que soy salvo”. Sabía que era salvo por la Palabra de Dios.
    Cuando vemos que el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, debemos recordar que el Espíritu nos da testimonio principalmente a través de las Escrituras (Ro. 8:16). Por ejemplo, en Juan 6:47 leemos: “El que cree en mí, tiene vida eterna”. Sabemos que hemos confiado en Cristo para nuestra salvación eterna; Él es nuestra única esperanza para el cielo. Por lo tanto, el Espíritu de Dios nos da testimonio, a través de este versículo, de que somos hijos de Dios.
     Por supuesto que también hay otros medios que nos aseguran que poseemos la  salvación: sabemos que somos salvos porque amamos a los hermanos, aborrecemos el pecado y practicamos la justicia, amamos la Palabra de Dios y tenemos el instinto de oración. Pero el más importante y fundamental de estos es la Palabra de Dios, el instrumento más confiable y preciso del universo. George Cutting decía en su tratado memorable “Seguridad, Certeza y Gozo”: “Es la sangre la que nos salva; es la Palabra que nos lo asegura”.

del libro DE DÍA EN DÍA, CLIE
 
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¿SOMOS TODOS HIJOS DE DIOS?
parte II
Carlos Tomás Knott

viene del número anterior
“¿Qué dice la Escritura?”  (Ro. 4:3). Considera los siguientes pasajes bíblicos  que aclaran que no todos son hijos de Dios.
    Dios dirigió al profeta Oseas a llamar a su hijo “Lo-ammi, porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios” (Os. 1:9). Por los pecados de los israelitas incrédulos Dios los cortó de ser Su pueblo. Sin embargo, Romanos 11:17 y 20 describe a los israelitas incrédulos como “desgajados”, pero promete su futura “plena restauración” (v. 12), “admisión” (v. 15) y salvación (v. 26). Los judíos incrédulos al igual que los demás incrédulos, no son hijos de Dios.
    En Mateo 13:38 Jesucristo habla de “los hijos del malo” y los contrasta con “los hijos del reino”. Claramente no todos son de Dios. Los del malo son los que no han nacido de nuevo, y los del reino son los que por la fe en el Señor han nacido en la familia de Dios.
    Luego en Lucas 16:8 el Señor dice que “los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz”.  Los creyentes son “hijos de luz e hijos del día” (1 Ts. 5:5), y los demás son de la noche y de las tinieblas. Lucas 20:34 menciona a “los hijos de este siglo”, que son personas cuyas vidas no tienen futuro, porque no han nacido de nuevo. El salmista los llama “hombres mundanos, cuya porción la tienen en esta vida” (Sal. 17:14).
    Todavía más fuerte es la expresión de Cristo en Juan 8:44, “Vosotros sois de vuestro padre el diablo”. En el versículo rechaza la idea de que Dios sea el padre de ellos, porque no manifiestan los rasgos de la familia. Dios es su Creador, pero no su Padre, aunque quisiera serlo. Juan 5:40 identifica el problema: que ellos no querían venir a Cristo para ser salvos. El Señor lamentó: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mt. 23:37). Dios “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Ti. 2:4). El problema no está en la voluntad de Dios, sino en la de los hombres.
    En Juan 17:12 el Señor describe a Judas como “el hijo de perdición”. Este término también es empleado para hablar del anticristo, el hombre de pecado: “el hijo de perdición” (2 Ts. 2:3). Judas no fue predestinado a la perdición, sino él se echó a perder pese a grandes privilegios y oportunidades.
    En Mateo 23:15 Cristo usa el término “hijo del infierno” para describir a los hipócritas entre los escribas y fariseos, y también a sus prosélitos. Claramente tales personas no son hijos de Dios.
    El apóstol Pablo llama a Elimas el mago: “hijo del diablo, enemigo de toda justicia” (Hch. 13:10). Elimas se hizo así por sus decisiones y disposiciones. Se quedó en su estado natural, bajo la influencia del diablo. De este mismo modo también describe a toda la raza humana como “hijos de desobediencia” (Ef. 2:2), no hijos de Dios. El siguiente versículo enseña a los creyentes que antes del nuevo nacimiento, “éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Ef. 2:3).
    En Efesios 2:12 Pablo enseña que los gentiles, antes de creer en el Señor Jesucristo, estaban “sin esperanza y sin Dios en el mundo”. Efesios 4:17-18 también habla de personas que no son hijos de Dios: “...los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay”. Claramente las personas descritas así no son hijos de Dios. Pero, cuando creen en el Señor Jesucristo, su condición cambia. “Ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Ef. 2:19). Describe algo que no eran antes – “miembros de la familia de Dios”. Luego, no eran de la familia de Dios, pero por la salvación por la gracia por medio de la fe (Ef. 2:8-9) llegaron a ser hijos de Dios.  ¡Es necesario nacer de nuevo para ser hijo de Dios!     
              
 
  continuará en el siguiente número
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 Pastores Ladrones
 
"Traspasan los linderos, roban los ganados, y los apacientan".  
Job 24:2

    
Hay pastores y colegas suyos que son ladrones, que no respetan los linderos de la asamblea local. El lindero marca el límite o término de algo, por ejemplo, una provincia o una heredad, o en este caso, una asamblea con sus ancianos y los que están en comunión y bajo su cuidado. Pero hay quienes  no reconocen esos límites. Roban directa o indirectamenta a otras iglesias. Entran de visita, para espiar. Luego hacen amistades y se llevan a las personas, o las incitan a salir a ir con ellos. También reciben a personas que vienen de otras iglesias sin carta, y aun a las que están bajo disciplina eclesial. Saltan el lindero y las reciben, felices de tener a una oveja más. Luego las apacientan, y sacan provecho de ellas. Pero no deja de ser un robo, un delito. Hoy hay muchos que traspasan los linderos, pero el Señor lo ve todo, y darán cuentas a Él.

 
 
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Un Proverbio Para Meditar

“Mejor es lo poco con el temor de Jehová, que el gran tesoro donde hay turbación” (Pr. 15:16).

    Muchos piensan que “gran tesoro” es la clave de la felicidad. Pero los que tienen “el temor de Jehová” poseen la verdadera riqueza, aunque materialmente tengan poco. Si solo entendiéramos esto, nos libraríamos de buscar ganancia material a expensas del bienestar espiritual nuestro y de otros. Piensa por ejemplo, en los que abandonan familia e iglesia y se van a otro país, incluso ilegalmente, en busca de dinero. Todavía es verdad que “gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición;  porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Ti. 6:6-10).
 
de la revista "Assembly Testimony", enero/febrero 2020, adaptado
 

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DIOS — POR NOSOTROS


"Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?"  Es la gran pregunta hallada en Romanos 8:31. La cuestión es, amigo, si tú realmente puedes hablar así. Porque el apóstol dice esto a los que han creído en el Señor Jesucristo y han sido justificados ante Dios por la fe en el Señor. ¿Eres uno de ellos?
    En verdad Dios tiene muchas razones para estar airado y en contra de nosotros. El profeta Isaías nos describe así:


"¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás. ¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga".

 
     Luego Jesucristo en Marcos 7:20-23 describe la gran maldad que sale del corazón humano y lo contamina. Si lees Romanos 1:18-32 verás más motivos de disgusto, ira y castigo. No hemos hecho nada más que rebelarnos, ser ingratos y necios, insultar y ofender a Dios. Lee Romanos 3:9-20 y verás todavía más. Todo el mundo queda bajo el juicio de Dios, y es merecido.
    Pero la sorpresa y gran maravilla es que habiendo sido ofendido tanto por nosotros, Dios actuó en amor y misericordia, a favor nuestro, "por nosotros", cuando envió a Su Hijo Jesucristo al mundo para realizar el gran y único sacrificio en nuestro lugar. Primero, le preparó cuerpo, por la encarnación. "Y aquel Verbo fue hecho carne" (Juan 1:14). Vivió 33 años en este mundo antes de llegar el momento del sacrificio. Dios Padre cargó en Cristo el pecado de todos nosotros (Isaías 53:6). En este cuerpo Él murió castigado por el Padre, por nuestra culpa. "Quien llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero" (1 Pedro 2:24). ¡ESTO ES DIOS POR NOSOTROS! Tres días después Él resucitó y luego ascendió vivo al cielo. En Cristo Dios es por nosotros.
    Pero hay que arrepentirte de tus pecados y confiar en Él si quieres aprovechar este gran favor divino. De otro modo, oirás el terrible decreto de Dios a los que no creen:  "Heme aquí contra ti" (Nahum 2:13).
    La cruz de Cristo es Dios por ti. El lago de fuego es Dios contra ti. La decisión es tuya.

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La Importancia de la Asamblea
y Nuestro Compromiso con Ella

parte 2


David Rodgers


viene del número anterior

    Hay muchas maneras por las que podemos destacar la importancia de la asamblea y por qué ella debe ser el mayor enfoque de nuestra vida. Deseo con la ayuda del Señor repasar las diferentes figuras de la asamblea en las Escrituras. Ellas demuestran que la asamblea es el enfoque de la actividad de Dios, y a través de ella Él promueve y propaga el testimonio de Cristo. A continuación, presentamos una lista de las figuras de la asamblea:

    1. Iglesia de Dios            1 Co. 1:2
    2. Labranza (cultivo de Dios)        1 Co. 3:9
    3. Edificio de Dios, Templo de Dios    1 Co. 3:9;  3:16-17
    4. Cuerpo de Cristo            1 Co. 12:27
    5. Carta de Cristo            2 Co. 3:2-3
    6. Virgen pura                2 Co. 11:2
    7. Rebaño, grey de Dios        Hch. 20:28; 1 P. 5:2-3
    8. Casa de Dios            1 Ti. 3:15
    9. Columna y Baluarte de la Verdad    1 Ti. 3:15
    10. Candelero de Oro            Ap. 1:12-13, 20

1. Iglesia de Dios (1 Corintios 1:1-2)

“Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”.

    El Nuevo Testamento utiliza a menudo esta expresión, siempre con respecto a una iglesia local. En esta primera instancia en 1 Corintios vemos las preciosas características de su uso. Señala la ubicación (en este caso, Corinto) de un grupo de gran interés para el corazón de Dios. Son los santificados en Cristo Jesús, apartados hacia y para Él, y llamados a ser santos.
    En el Antiguo Testamento, al pie del monte Sinaí, el Señor propuso hacer de Israel Su propio pueblo.

“Y Moisés subió a Dios; y Jehová lo llamó desde el monte diciendo:
Así dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a los hijos de Israel: Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel”
(Éx. 19:3-6).

    Evidentemente aquí el Señor descubre Su corazón, manifestando Su deseo de tener un pueblo plenamente identificado con Él, como Él en santidad, ocupado con Él en devoción y servicio, y representando Su carácter en el mundo. Este tema de Su elección y propósito para ellos surge constantemente en las palabras de Moisés a través del libro de Deuteronomio, donde reflexiona y comenta sobre el pasado y hace recomendaciones para su futuro.
    Siglos después, en Tito 2:11-14 vemos el mismo propósito expresado en cuanto a la iglesia.

“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tit. 2:11-14).

    1 Pedro 2:9-10 da otro ejemplo neotestamentario expresado en lenguaje muy similar a Éxodo 19.

“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia”.

    Volviendo al ejemplo de 1 Corintios 1:2, entendemos que por el evangelio Dios había llamado a sí mismo y formado las asambleas. Eran “santificados en Cristo Jesús”, apartados del mundo y llamados a un propósito sagrado. Eran de carácter santo: “llamados a ser santos”, y no eran únicos sino “con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo...” Esto nos recuerda la predicación de Pedro en el día de Pentecostés:

“Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación” (Hch. 2:39-40).
           
    Dios, mirando a las resultantes asambleas, veía grupos que eran de Su pueblo. ¡Qué privilegio es el nuestro, de formar parte de una iglesia de Dios, una asamblea cristiana santificada y congregada al Nombre del Señor Jesucristo! Repetimos: para Dios no hay otra entidad corporativa de mayor importancia en el mundo que una iglesia de Dios, la asamblea. ¿Estamos de acuerdo con Él? ¿Cuánto valoramos la compañía de Su pueblo propio?
    
2. Labranza de Dios    (1 Corintios 3:9)

“Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios...”

Labranza: “campo cultivado, huerto”. En los versículos anteriores, Pablo describe las labores suyas y de Apolos en términos agrícolas, sembrando, regando, pero agrega que era Dios que daba el crecimiento. Añade en el v. 8 que ellos, los siervos humanos, eran “una misma cosa” (uno en propósito, meta y deseo, que era precisamente que la obra de Dios en Corinto, la asamblea, fructificara). En eso, eran verdaderos colaboradores de Dios.
    El trabajo del huerto, del campo, es arduo. 2 Timoteo 2:6 nos recuerda: “El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero”. A la vez, trabaja con una meta muy definida y clara: cosechar el fruto deseado. Todo lo que incide en la salud robusta de las plantas le interesa, como también el ritmo de las estaciones del año. Habrá mala hierba que arrancar y plantas que podar. Oportunamente habrá que echar abono y regar. En todo vemos la necesidad de actividad e interés.
    La asamblea es el huerto del Señor, donde Él pone atención no solo a cada uno, sino a cada uno en su relación con los demás. Desea remover el pecado, y acortar las malas costumbres que arrastramos de la vida antes de convertirnos, o que nuestra carne permita entrar del mundo. A menudo es doloroso para nosotros, y resistimos admitir la necesidad de cambiar. En tiempos de conflicto, la tendencia humana es marcharse antes de enfrentar la situación o reconocer una falta.
    Pero es mediante la vida en la asamblea, bajo la mano laboriosa de Dios, que poco a poco el carácter va moldeándose al de Cristo, fruto precioso para el Padre. El hermano Luis Poblete en su excelente libro: La  Iglesia del Dios Viviente, menciona tres frutos: la adoración, la semejanza a Cristo, y la salvación de almas. Algunos son frutos en nosotros, otros son a través de nosotros. El punto es que la asamblea es el lugar donde Dios actúa en nosotros para producir esos frutos. Recuerda, tienes que estar en la asamblea, participando activamente, para colaborar con Dios en producir el fruto que le agrada.

 continuará, d.v., en el siguiente número
David Rogers sirve al Señor en Chile

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¿Qué Es El Legalismo?

William MacDonald


¿Hay mandamientos? ¿En el Nuevo Testamento? Cuando el pueblo escuche la palabra “mandamiento”, inmediatamente piensa: “legalismo”. Pero los dos términos no son sinónimos. Nadie habló de mandamientos más que el Señor Jesucristo, pero al mismo tiempo no  hay nadie menos legalista que Él.
    ¿Qué es legalismo? Aunque la palabra no está en el Nuevo Testamento, describe lo que en el hombre es sus esfuerzos incesantes para ganar o merecer el favor de Dios. Básicamente significa el intento de ganar justificación o santificación a través de guardar la Ley. Esto es su verdadero significado. Pero hoy la palabra es empleada en un sentido más amplio e incorrecto, para describir lo que uno piensa que son normas morales y rígidos. Cualquiera que intenta clasificar ciertas prácticas como tabú es etiquetado: “legalista”. De hecho, ahora emplean la palabra “legalista” como un mazo o palo para atacar casi toda y cualquiera restricción del comportamiento cristiano, o en contra de cualquier enseñanza “negativa”.
    ¿Cómo debe un cristiano pensar, si desea evitar el peligro asociado con el “legalismo”? En primer lugar, es verdad que los cristianos estamos libres de la Ley, pero es importante añadir rápidamente que no estamos sin ley. Estamos bajo la ley de Cristo. No debemos hacer lo que nos plazca, sino lo que le place a Cristo.
  Segundo, debe recordarse que el Nuevo Testamento está lleno de mandamientos, incluso un buen número de negativas. La diferencia está en que esos mandamientos no son dados como Ley, es decir, no conllevan penas como las del Antiguo Testamento, sino son instrucción en justicia para el pueblo de Dios.
    Los que se ciñen a la Palabra de Dios tal como fue escrita no son legalistas, sino leales. El Señor Jesús ante el tentador afirmó: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). La fidelidad agrada a Dios, y Él la demanda de los administradores (1 Co. 4:2).
    Además de esto, hay cosas que puede ser lícitas para el cristiano, pero que no le convienen. Puede que sean cosas “legales” en ese sentido de ley, pero que sean cosas que esclavizan (1 Co. 6:12). Es posible que un creyente tenga libertad para hacer algo, pero por otra parte, si ejerce su libertad, podría ser culpable de tropezar a otra persona. En ese caso, aunque es “legal”, no debe hacerse.
    El hecho de que alguien llame a una prohibición: “legalista”, no quiere decir que esté mal. La gente emplea la palabra “puritano” de forma despectiva, para describir ciertas normas de conducta, pero el comportamiento de los puritanos honraba a Cristo más que muchos de los que les critican. Uno no es legalista porque desea obedecer y guardar la Palabra de Dios, pero esto molesta a los que desean cambiar.
    A menudo, cuando los cristianos tildan y castigan de
“legalista” ciertos patrones de comportamiento piadoso, esto puede indicar que ellos mismos se han vuelto más liberales y permisivos, y se han deslizado moral o espiritualmente. A los que no aflojan con ellos les llaman “legalistas” o “puritanos”. Es una defensa pobre y floja. Como ingenuos, creen que les favorece atacar y criticar así a los que no cambian con ellos. Piensan que así fortalecen y encomiendan su posición y prácticas ante los demás.
    Nuestra seguridad está en quedarnos lo más cerca posible a las enseñanzas de las Escrituras, no en intentar ver cuán cerca del precipicio podemos llegar sin caernos.

 Traducido  de la revista UPLOOK

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En Tu Palabra

En tu Palabra, oh Padre Dios, ¡qué bella luz se ve!
Bendita, celestial porción, gozada por la fe.

Aquí del Redentor la voz alegra el corazón;
la dulce voz del buen Pastor que trae salvación.

En su divina inspiración aliento se nos da;
también allí satisfacción el alma encontrará.

Y antorcha para iluminar los pasos de tu grey;
y lámpara que nos dará visiones del gran Rey.

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¿A Quién Llamas Legalista? 

¿A Quién Le Cuelgas El Sambenito?

"Colgarle a alguien el sambenito" es una frase que radica en las prácticas de la Inquisición. El diccionario de la Real Academia Española la define.

1. m. Capotillo o escapulario que se ponía a los penitentes reconciliados por el Tribunal eclesiástico de la Inquisición.

2. m. Letrero que se ponía en las iglesias con el nombre y castigo de los penitenciados, y las señales de su castigo.

3. m. Descrédito que queda de una acción.

4. m. difamación.

  

    Hoy  el uso es tildar o acusar injustamente a alguien, de modo que daña su reputación y le desacredita ante los demás. Es darle mala fama a alguien.
   Entre evangélicos esto sucede con términos como “legalista” y “legalismo”, "liberal" y "liberalismo". Antes de usar esos términos debemos entender bien su verdadero significado. Debemos preguntar: ¿Qué dice la Escritura? Es incorrecto llamar "liberal" a alguien simplemente porque rompe con una tradición nuestra. Por otra parte, también escuchamos a menudo "legalistas" acerca de personas que no están de acuerdo con nosotros. Es una táctica para desacreditarles y ponerles a la defensiva. Debemos pensar bien antes de llamar "legalistas" a los creyentes que desean sujetarse a la Palabra de Dios para obedecer y agradar al Señor. Llamarles legalistas es la antigua táctica de colgar el sambenito. Esto equivale a una falsa acusación, un testimonio falso.
    Legalista es el que procura merecer la justificación - la salvación - mediante las obras de la ley. Por ejemplo, legalistas eran los fariseos que en Hechos 15 enseñaban que los gentiles creyentes debían circuncidarse y guardar la ley para ser salvos. Romanos 3:28 declara: "el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley". La epístola a los Gálatas fue escrita para combatir el legalismo de los que querían obligar a los gentiles creyentes a judaizar (Gá. 2:14).
 
  El Señor demanda la obediencia de los creyentes, no para ser salvos, sin por amor (Jn. 14:15). La obediencia de los creyentes no los convierte en legalistas. En cambio, los que enseñan otra cosa son llamados por Dios "falsos maestros". No porque no estén de acuerdo con ciertas iglesias, tradiciones u otros seres humanos, sino porque lo que enseñan no cuadra con la Palabra de Dios.
Carlos