Amar A Cristo: Evidencia de Conversión (4)
J. C. Ryle
viene del número anterior
8. Finalmente, si amamos a una persona, nos gusta estar siempre con ella. Pensar, oír, leer y, de vez en cuando, hablar están bien, cada cosa a su manera. Pero, cuando amamos de verdad a alguien, queremos algo más. Anhelamos estar siempre con ella. Deseamos estar continuamente en su compañía y comulgar con ella sin interrupciones ni despedidas. Pues bien, lo mismo sucede entre el verdadero cristiano y Cristo. El corazón de un verdadero cristiano anhela ese bendito día en que verá a su Señor cara a cara y ya no se marchará. Anhela terminar de pecar, arrepentirse y creer, y comenzar esa vida sin fin en la que verá cómo ha sido visto y no pecará más. Ha encontrado dulce vivir por fe y siente que será aún más dulce vivir por vista. Le agrada oír hablar de Cristo, hablar de Cristo y leer de Cristo. ¡Cuánto más agradable será verle con sus propios ojos y no dejarlo nunca más! “Más vale vista de ojos que deseo que pasa” (Ecl. 6.9). ¿Y por qué todo esto? Sencillamente, porque lo ama.
Estas son las señales que permiten descubrir el verdadero amor. Todas son claras, sencillas y fáciles de entender. No hay nada oscuro, abstruso ni misterioso en ellas. Úsalas con honestidad y manéjalas con justicia y no podrás dejar de obtener luz sobre el tema de este artículo.
Me refiero a cosas que son familiares a todos. No hace falta que me extienda más. Son tan antiguas como las colinas. Se entienden en todo el mundo. Apenas hay una rama de la familia de Adán que no sepa algo de afecto y amor. Así que nunca se diga que no podemos averiguar si un cristiano realmente ama a Cristo. Se puede saber; se puede descubrir; las pruebas están todas a la mano.
Las habéis oído este mismo día. El amor al Señor Jesucristo no es nada oculto ni secreto ni impalpable. Es como la luz: se ve. Es como el sonido: se oye. Es como el calor: se siente. Donde existe, no puede ocultarse. Donde no se puede ver, es seguro que no existe.
J. C. Ryle, del libro Holiness (“La santidad”)
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
La Disciplina Paterna
E. L. Moore (parte 3)
viene del número anterior
El amor paterno, junto con su carácter piadoso y la firmeza de sus principios, ayudarán a los padres a conservar cierto equilibrio en medio de las corrientes de pensamiento popular. A continuación, queremos examinar diez principios aplicables en la ducación de los hijos:
1. Exigir la obediencia.
La obediencia es imperativa, y no optativa: en el hogar – Ef. 6.1, en la iglesia – He. 13.17, y en la sociedad – Tit. 3.1.
2. Enseñarles a respetar la autoridad.
Ejemplo de David – 1 S. 24.6-11.
Enseñanza del N.T. – Ef. 6.2; 1 P. 2.17, etc.
3. Estar unánimes ambos padres.
Ambos padres tienen que estar unánimes en cuanto a la disciplina. Hay un solo regla de conducta en la Palabra de Dios (ver 2 Ti. 3.16-17). Ejemplo del A.T. – Jue. 14.3.
4. No hacerles la vida demasiado fácil.
No es conveniente aislar a los niños de los problemas y pruebas de la vida. Si tienen que sufrir ciertos rigores y dificultades ahora, estarán más preparados para hacer frente a las pruebas que puedan venir más adelante. Ver Ro. 8.17.
5. Enseñarles a ser responsables.
· Ver Gá. 6.5.
6. Establecer como meta cierta excelencia de conducta y no simplemente lo mínimo aceptable. Ver Ecl. 9.10; 1 Co. 10.31 y 14.40; Fil. 1.10.
7. Hacerles sentir que son capaces de lograr la meta.
No se debe permitir o fomentar una actitud de flojera o de fracaso. Ver Fil. 4.13.
8. Enseñarles a mostrar siempre consideración hacia otros.
No conviene cultivar el egoísmo en ninguna forma. Ver Fil. 2.4; He. 10.24; 1 Co. 10.24; 2 Co. 5.15.
9. Rehusar hacer tareas que ellos pueden hacer solos.
Ellos no deben ser servidos, sino instruidos a servir. Ver Mt. 20.25-28; Mr. 10.42-45.
10. No premiarles por hacer lo que deben hacer.
Deben ofrecer su servicio por motivos de amor y deber, y no para ser premiados con estímulos materiales (ver Lc. 17.7-10). Sin embargo, necesitan el aliciente y la felicitación por el trabajo bien hecho.
del libro La Disciplina Bíblica, por E. L. Moore, Libros Berea
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
La Biblia: Su Sufiencia y Supremacía
por C. H. Mackintosh
Ahora bien, aquellos que nos dicen estas cosas pueden ser personas muy inteligentes e instruidas, pero no tenemos ningún reparo en decirles que, a este respecto, yerran “ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mt. 22.29). Por cierto que deseamos rendir el debido respeto al saber, al genio y al talento siempre que se encuentren en su justo lugar y en su debida labor; pero, cuando hallamos a tales individuos ensalzando sus arrogantes cabezas por encima de la Palabra de Dios, cuando les hallamos sentados como jueces, mancillando y desprestigiando aquella incomparable revelación, sentimos que no les debemos el menor respeto y les tratamos ciertamente como a tantos agentes del diablo que se esfuerzan por sacudir aquellos eternos pilares sobre los cuales ha descansado siempre la fe del pueblo de Dios. No podemos oír ni por un momento a hombres — por profundos que sean sus discursos y pensamientos — que osan tratar al Libro de Dios como si fuera un libro humano y hablar de esas páginas que fueron compuestas por el Dios todosabio, todopoderoso y eterno, como si fueran producto de un mero mortal, débil y ciego.
Es importante que el lector vea claramente que los hombres o bien deben negar que la Biblia es la Palabra de Dios, o bien deben admitir su suficiencia y supremacía en todas las épocas y en todos los países, en todos los períodos y en todas las condiciones del género humano. Dios ha escrito un libro para la guía del hombre, y nosotros sostenemos que ese libro es ampliamente suficiente para ese fin, sin importar cuándo, dónde o cómo encontremos a su destinatario. “Toda la Escritura es inspirada por Dios...a fin de que el hombre de Dios sea perfecto (griego: artios), enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3.16-17). Esto seguramente es suficiente. Ser perfecto y estar enteramente preparado debe necesariamente implicar la independencia del hombre de todos los argumentos humanos de la Filosofía y de la pretendida Ciencia.
Sabemos muy bien que al escribir así nos exponemos a la burla del instruido racionalista y del culto e ilustre filósofo. Pero no somos lo suficientemente susceptibles a sus críticas.
Admiramos en gran manera cómo una mujer piadosa — aunque, sin duda, muy ignorante — contestó a un hombre erudito que estaba intentando hacerle ver que el escritor inspirado había cometido un error al afirmar que Jonás estuvo en el vientre de una ballena. Él le aseguraba que tal cosa no podría ser posible, ya que la historia natural de la ballena (gran pez) demuestra que ella no podría tragar algo tan grande. “Bueno — dijo la mujer — yo no conozco demasiado acerca de Historia Natural, pero sé esto: si la Biblia me dijera que Jonás se tragó el gran pez, yo le creería”. Ahora bien, es posible que muchos piensen que esta pobre mujer se hallaba bajo la influencia de la ignorancia y de la ciega credulidad; pero, por nuestra parte, preferiríamos ser la mujer ignorante que confiaba en la Palabra de Dios antes que el instruido racionalista que trataba de menoscabar la autoridad de esta última. No tenemos la menor duda en cuanto a quién se hallaba en la posición correcta.
Pero no vaya a suponerse que preferimos la ignorancia al saber. Ninguno se imagine que menospreciamos los descubrimientos de la Ciencia o que tratamos con desdén los logros de la sana Filosofía. Lejos de ello. Les brindamos el mayor respeto en su propia esfera. No podríamos expresar cuánto apreciamos la labor de aquellos hombres versados que dedicaron sus energías al trabajo de desbrozar el texto sagrado de los diversos errores y alteraciones que, a través de los siglos, se habían deslizado en él, a causa del descuido y la flaqueza de los copistas, de lo cual el astuto y maligno enemigo supo sacar provecho. Todo esfuerzo realizado con miras a preservar, desarrollar, ilustrar y dar vigor a las preciosas verdades de la Escritura lo estimamos en muy alto grado; pero, por otro lado, cuando hallamos a hombres que hacen uso de su sabiduría, de su ciencia y de su filosofía con el objeto de socavar el sagrado edificio de la revelación divina, creemos que es nuestro deber alzar nuestras voces de la manera más fuerte y clara contra ellos y advertir al lector, muy solemnemente, contra la funesta influencia de tales individuos.
Creemos que la Biblia, tal como está escrita en las lenguas originales — hebreo y griego — es la Palabra misma del sabio y único Dios verdadero, para quien un día es como mil años y mil años como un día, quien vio el fin desde el principio, y no sólo el fin, sino todos los períodos del camino. Sería, pues, una positiva blasfemia afirmar que «hemos llegado a una etapa de nuestra carrera en la cual la Biblia ya no es suficiente», o que «estamos obligados a seguir un rumbo fuera de sus límites para hallar una guía e instrucción amplias para el tiempo actual y para cada momento de nuestro peregrinaje terrenal». La Biblia es un mapa perfecto en el cual cada exigencia del navegante cristiano ha sido prevista. Cada roca, cada banco de arena, cada escollo, cada cabo, cada isla, han sido cuidadosamente asentados. Todas las necesidades de la Iglesia de Dios para todos aquellos que la conforman, han sido plenamente provistas. ¿Cómo podría ser de otro modo si admitimos que la Biblia es la Palabra de Dios? ¿Podría la mente de Dios haber proyectado o su dedo haber trazado un mapa imperfecto? ¡Imposible! O bien debemos negar la divinidad, o bien admitir la suficiencia del “Libro”. Nos aferramos tenazmente a la segunda opción. No existe término medio entre estas dos posibilidades. Si el libro es incompleto, no puede ser de Dios; si es de Dios, debe ser perfecto. Pero si nos vemos obligados a recurrir a otras fuentes para guía e instrucción referente a la Iglesia de Dios y a aquellos que la conforman — cualesquiera sean sus lugares — entonces la Biblia es incompleta y, por ende, no puede ser de Dios en modo alguno.
C. H. Mackintosh, La Autoridad de las Escrituras y la Persona de Cristo, Ediciones Bíblicas
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
En Tu Palabra, oh, Padre Dios,
¡Qué bella luz se ve!
Bendita, celestial porción,
Gozada por la fe.
“Este pueblo dice: No ha llegado aún el tiempo, el tiempo de que la casa de Jehová sea reedificada” (Hag. 1.2).
Cuando los primeros cristianos eran perseguidos, no esperaron a que cambiara su situación. Más bien glorificaban a Dios por las circunstancias.
Es muy triste comprobar que a menudo no seguimos su ejemplo. Damos largas a la acción hasta que las condiciones son más favorables. Vemos las barricadas como obstáculos en lugar de verlas como trampolines. Disculpamos nuestras tardanzas argumentando que nuestras circunstancias no son ideales.
Los estudiantes no se comprometen activamente en el servicio cristiano hasta que se gradúan. Pero apenas esto ocurre, se dedican al romance y al matrimonio. Más tarde, las presiones del empleo y la vida familiar les mantienen ocupados y deciden esperar hasta la jubilación. Piensan que entonces se verán libres para servir al Señor. Pero cuando llega ese momento su energía y visión se han esfumado y sucumben a una vida de ocio.
O puede ser que nos encontremos trabajando en la iglesia local con gente que ocupa puestos de liderazgo pero que no nos cae bien. Aunque son fieles y se esfuerzan, nos resultan desagradables y molestos. ¿Qué hacemos entonces? Nos incomodamos e irritamos con el trabajo, esperando a que llegue algún funeral de primera clase. Pero esto tampoco funciona, pues algunas de estas personas tienen una longevidad sorprendente. Esperar funerales no es productivo.
José en Egipto no esperó hasta salir de la prisión para hacer que su vida fuera útil; tenía un ministerio de Dios en la prisión. Daniel llegó a ser un hombre poderoso en Dios durante la cautividad babilónica. Si hubiera esperado hasta que terminase el exilio, habría sido demasiado tarde. Fue durante el tiempo que Pablo estuvo en prisión cuando escribió las epístolas a los Efesios, Filipenses, Colosenses y a Filemón. No esperó a que las circunstancias mejoraran.
La realidad es que las circunstancias nunca son ideales en esta vida. Y para el cristiano, no hay promesa de que vayan a mejorar. Así que, tanto en el servicio como en la salvación, hoy es el tiempo aceptable.
Lutero decía: “El que espera hasta que la ocasión parezca favorable por completo para empezar a hacer su obra, nunca la encontrará”. Y Salomón nos advierte que: “El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará” (Ecl. 11.4).
por Camilo Vásquez, Chile
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Jn. 14.16).
La palabra “Consolador” se corresponde con el nombre “Menahem”, que dan los hebreos al Mesías y en su sentido más amplio este vocablo significa uno que socorre, que consuela, y Cristo fue esto para Sus discípulos durante Su estadía con ellos. La palabra “otro” usada por el Señor para referirse a quién enviaría viene del griego “allos” y significa idéntico, no diferente (“heteros”). El Espíritu que los discípulos recibirían sería idéntico al Señor en Su Personalidad y en todos Sus atributos ya que fue Él quién estuvo primero asistiéndoles en todas sus pruebas. John Ritchie (1853-1930), en sus comentarios sobre el Espíritu Santo dice: “De todos sus nombres, quizás el que más apela a nosotros es aquél que le fue enseñado cuatro veces por el Señor Jesucristo: ‘el Consolador’. Véanse Juan 14 al 16. Es un término muy expresivo e inclusivo, y desconozco palabra que exprese cabalmente todo su sentido”.
Ese vocablo “Consolador” se traduce “abogado” en 1 Juan 2.1 con referencia al Señor Jesús quién estando ahora en el cielo realiza este oficio cual Sumo Sacerdote. Esa abogacía es hecha delante del Padre y la del Espíritu es en nuestro corazón. La abogacía del Señor en el cielo es después que hemos pecado, y la del Espíritu es antes que pequemos. Por la experiencia de Pedro sabemos que incluso el Señor intercede antes que pequemos (Lc. 22.32) y frente a la tentación abre una puerta para que abandonemos la idea de pecar (1 Co. 10.13).
Podemos decir que este término griego “parakletos” significa “uno llamado a ponerse al lado de otro”. Nosotros entendemos la idea de “abogado” en términos jurídicos de alguien que conoce las leyes, conoce mi causa y puede defenderme sin embargo cualquier abogado no posee la facultad de consolar como lo hace el Espíritu Santo. El hecho que sea de la misma naturaleza que el Señor significa que conoce todo de nosotros y todo de Dios (1 Co. 2.10-11). Su tarea como abogado que consuela es ayudarnos frente al combate contra el pecado, por esto el apóstol Pablo explica la gran ayuda del Espíritu guiándonos a buscar aquello que nos aleje de las obras de la carne: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Ro. 8.26). La definición como “Consolador” usada para el Espíritu vemos que está asociada a la actividad constante de un abogado, pues ha venido para estar con nosotros de una forma muy íntima tal como el Señor anunció a Sus discípulos: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Jn. 14.18). Este ministerio de acompañar al creyente defendiéndolo frente al mal se ve claramente en lo que el Señor les adelantó como persecución a Sus discípulos: “Pero cuando os trajeren para entregaros, no os preocupéis por lo que habéis de decir, ni lo penséis, sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo” (Mr. 13.11). No debemos sacar de contexto este pasaje para decir que hoy el Espíritu comunica qué decir en las reuniones sin haber estudiado la Biblia. El contexto se trata sobre las persecuciones futuras que recibirían estos discípulos de parte de sus propios hermanos judíos como lo vivieron los primeros cristianos. Pedro nos narra de estas persecuciones y nos cuenta cómo el Espíritu estuvo sobre ellos ministrándoles Su gracia en medio del sufrimiento: “Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros...” (1 P. 4.14). Hoy esta ayuda la está haciendo el Espíritu en aquellos hermanos que combaten con el evangelio sembrando la Palabra de Dios en medio de la idolatría imperante. Pero también la puede vivir usted frente a cualquier incrédulo que demande razón de su fe y de su esperanza. Para esto el Espíritu tomará de lo que usted ha estudiado de la Palabra de Dios y querrá manifestar por medio de usted un testimonio digno de templanza y buenos modales (1 P. 3.15).
Definitivamente aquella declaración del Señor tiene ahora mucho sentido: “Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Jn. 16.7). La venida del Espíritu anuló la orfandad que caracterizaba al hombre. Él estaría con ellos perpetuamente y en ellos; sería una constante fuente de poder, de consuelo y de valentía.
Hemos de saber que la orfandad más grande no consiste tanto en no tener padres a quiénes acudir por amparo y amor, sino que se trata de la esclavitud del pecado que hace al hombre un ser miserable. Muchos creyentes verdaderamente salvados y regenerados viven derrotados por no descubrir que ya no son huérfanos abandonados a sus propias fuerzas. El Señor aseguró a Sus discípulos: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Jn. 14.18), en que esto es verdaderamente cierto porque nos envío Su Espíritu, el otro Consolador. El apóstol lo reitera al decirnos: “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Ro. 8.15). Este poderoso Dios el Espíritu ha venido para quedarse dentro de nosotros y ayudarnos contra la carne – no regenerada, indómita e incansable que reclama aún sus derechos sobre nuestro ser redimido. Si el apóstol Pablo decía: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro. 7.24), tal poder libertador está en el Señor que nos ha dado de Su Espíritu con el cual podemos disciplinar nuestro cuerpo y nuestra mente para vivir vidas para la gloria de Dios: “derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co. 10.5).

Algo similar ocurre con todos los seres humanos, respecto a su condición espiritual. Si miramos honestamente cómo está el mundo hoy, vemos que padece de un malestar prolongado, y en verdad no mejora sino empeora. Basta con ver las noticias del telediario para comprobarlo. No es que el mundo sea malo – pues debemos recordar que el mundo está compuesto de personas – y de ahí viene la maldad. Es más fácil verlo en los demás y decir: ¡qué mala es la gente!, pero pensar así no nos ayuda a resolver nuestro problema, que no es los demás, sino nosotros mismos. ¿Por qué sentimos y hacemos cosas que no debemos? ¿Qué hay en nosotros que nos hace así?
Cuando estaba en el mundo, el Señor Jesucristo anunció, digamos, los resultados del análisis divino de la humanidad, y nos explicó la raíz del problema que cada uno de nosotros tiene. Es una contaminación espiritual, que está presente en cada corazón humano. De ahí viene el problema. Considera el análisis que Cristo da del corazón humano, y recuerda que Él no describe solo a los demás, sino también a ti. Dice “hombres” que no significa varones sino “seres humanos”.
"Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre". Marcos 7.20-23
¿Qué hay en ti que te hace así? Un corazón contaminado con el pecado. La maldad mora en nosotros, y las cosas en la lista que dio Cristo son los síntomas del pecado que nos contamina. El análisis divino dice que todo eso hay en nosotros.
Estas cosas aparecen en nuestros pensamientos, deseos, actitudes y conducta, porque ya están en nuestro corazón. De ahí sale todo esto. No somos pecadores porque pecamos, sino al contrario, pecamos porque somos pecadores, porque el mal está en nuestro corazón, y vamos rumbo a la muerte y el juicio de Dios. Las personas contaminadas no pueden entrar en el cielo, la morada santa de Dios. Apocalipsis 21.27 declara lo siguiente acerca del cielo: “No entrará en ella ninguna cosa inmunda”. Ahí está el problema – que tenemos el corazón contaminado. Es lo que hay en ti que te hace así. Y si no cambias de rumbo, el pronóstico no es nada bueno.
La única forma de librarse se anuncia en el Evangelio. El Señor Jesucristo es el médico bueno que nos da la receta. “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo” (Juan 10.9). Realizó una gran obra para quitarnos la contaminación del pecado. Para ello, tuvo que encarnarse – tomar un cuerpo humano – y la Palabra de Dios dice que en ese cuerpo, Él llevó nuestros pecados, cuando murió en la cruz. El apóstol Pedro dijo: “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2.24). No hay otra manera de curarnos. Toda la maldad en la lista en Marcos 7.20-23, no solo la tuya y la mía, sino la de toda la humanidad a lo largo de toda la historia – esa enorme y horrible carga de podredumbre y contaminación – la llevó Jesucristo en Su cuerpo cuando murió en la cruz, pues murió como Sustituto, por nosotros. Ninguna iglesia ni filosofía ni psicólogo puede solucionar tu problema. Solo Jesucristo puede limpiar el corazón malo, perdonar y dar vida nueva. Por eso, debes confiar en Él que el apóstol Juan describe así: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1.5). Reconoce la condición de tu corazón, y confía solo en Él, y declara con fe: “Él murió por mí”.